BUSCAR en este Blog

sábado, 26 de junio de 2021

William L. Pierce - Fichte y la Nación Alemana

 

     Publicado originalmente en National Vanguard Nº 58 (1978), el siguiente artículo que ofrecemos traducido (Fichte and the German Nation) lo escribió William Luther Pierce a modo de divulgación y homenaje al filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), hablando de su vida y su formación, pero en especial de lo que se refiere a sus "Discursos a la Nación Alemana" (Reden an die Deutsche Nation) de 1807-1808, pronunciados en plena ocupación napoleónica de Alemania con el fin de elevar el desmoralizado espíritu alemán de ese entonces.

FICHTE y la NACIÓN ALEMANA

por William L. Pierce, 1978

 

 

     Johann Gottlieb Fichte fue uno de aquellos raros hombres que son a la vez pensadores y héroes. Su desafiante Wissenschaftslehre ("doctrina de la ciencia") permanece como una de las tentativas más ambiciosas de englobar el mundo y su sentido en un sistema filosófico especulativo. En su elaboración de la filosofía de Immanuel Kant del idealismo ético, Fichte logró una convincente síntesis de los valores complementarios de la libertad y el deber. Su concepción del mundo como la proyección material de un Ego del Mundo que todo lo abarca ejerció una influencia fundacional sobre el movimiento Romántico, aquella radical reafirmación de los valores raciales arios a los cuales en el tiempo de Fichte el superficial racionalismo de la Ilustración estaba desplazando.

     Sin embargo, es como el héroe que pidió una regeneración del espíritu alemán en una serie de discursos que marcaron época en un Berlín conquistado lleno de hostiles tropas francesas que Fichte vivirá en la memoria de sus conciudadanos. En sus "Discursos a la Nación Alemana" el "philosophus teutonicus", como el patriota-poeta Ernst Moritz Arndt calificó a Fichte, reveló una visión del destino de su pueblo que trasciende las fronteras nacionales y todavía apela a nuestra propia generación y a las futuras para su realización.

     En Diciembre de 1807 parecía que Napoleón y sus ejércitos franceses todo-conquistadores habían apagado la última ascua del carácter de la nación alemán. El año antes, el Sacro Imperio Romano Germánico, la única expresión tangible de la unidad política de la nación alemana, por débil que fuera, había sido disuelto. Lo que es más importante, la patria adoptiva de Fichte, Prusia, había cosechado los frutos de la cortedad y la indiferencia de más de una década frente al destino de sus vecinos alemanes. El 14 de Octubre de 1806, en las batallas gemelas de Jena y Auerstädt, las tropas de Napoleón habían casi aniquilado a la una vez incomparable máquina militar prusiana. Después de huír a Königsberg en Prusia del Este, el bien intencionado pero indeciso rey Hohenzollern Federico Guillermo III se vio forzado a ceder la mitad del territorio de su país en el humillante Tratado de Tilsit. Prusia fue además obligada a pagar una desmesurada indemnización, y Berlín fue llenado de guarniciones de tropas francesas.


IMAGEN: Charles Meynier, Entrée de Napoléon à Berlin. Un triunfante Napoleón conduce sus tropas por la Puerta de Brandenburgo en Berlín el 27 de Octubre de 1806, trece días después de aniquilar al ejército prusiano en Jena y Auerstädt. Esta pintura pro-franceses de Charles Meynier apenas exagera la aclamación que berlineses tránsfugas brindaron al Emperador. Prominentes entre los partidarios de los conquistadores franceses eran los miembros de una raza sinónima de traición. Como un historiador dijo, "Sólo los judíos estaban incondicional y resueltamente a favor de los franceses, ya que ellos sabían que uno de los principios revolucionarios franceses era la emancipación política y social de ellos...". Fichte, aun cuando había tendido a apoyar los ideales de la Revolución francesa, intencionadamente excluyó a los judíos de la consideración como ciudadanos alemanes. En anticipación del programa nacionalsocialista, él abogó por su deportación desde Alemania.

     Más nefasta que el colapso militar de Prusia y los otros Estados alemanes era la concomitante decadencia de la moral alemana. El patriotismo puramente dinástico que los diversos príncipes alemanes habían intentado fomentar entre sus súbditos había demostrado no ser capaz de competir con el intenso nacionalismo que estimularon los invasores franceses. Aunque, como era de esperarse, los judíos de Alemania habían tributado a Napoleón su más entusiasta bienvenida, muchos burgueses de Berlín también habían aclamado la triunfante entrada del ejército imperial francés. Ciudadanos prominentes buscaron conseguir audiencias con el Emperador, y escritores aduladores escribieron panegíricos a su genio.

     En agudo contraste con los efusivos admiradores de Napoleón, los patriotas alemanes se habían callado, contentándose con denunciar a los opresores extranjeros sólo ante sus amigos de mayor confianza en la intimidad de sus salones. Había una amplia justificación para su timidez: los espías franceses y los informantes alemanes a su servicio estaban en todas partes, y los censores franceses tenían más que lápices azules a su disposición.

     Poco más de un año antes, Johannes Palm, un librero de Núremberg, había sido detenido en conexión con la escritura y la difusión de un folleto anti-francés anónimo titulado "Alemania en Su Humillación Más Profunda". Él había sido denunciado a las autoridades por un policía alemán. El 26 de Agosto de 1806 Palm había sido fusilado en la pequeña ciudad austriaca de Braunau-am-Inn (la cual, 83 años más tarde, iba a adquirir una causa mayor aún para la veneración de los patriotas alemanes).

     En esas desesperadas circunstancias, el filósofo Fichte resolvió hablar claro en público defendiendo la causa de la nación alemana. Él había acompañado a la corte prusiana y a los remanentes del desbaratado ejército de Prusia a Königsberg en 1806. Allí, su reputación de radicalismo había frustrado sus intentos para ser designado como predicador de campaña de las tropas. Decepcionado pero todavía desbordante con la determinación de reavivar el espíritu alemán, Fichte volvió a Berlín en Agosto de 1807.

     Él se estableció con su familia en el aislado Georgengarten, en una sección de Berlín raramente frecuentada por los soldados franceses. En los meses siguientes, él se sumergió en los escritos de Maquiavelo y del educador suizo Pestalozzi, pero sobre todo en los "Anales" de Tácito, en los cuales encuentran su eco los heroicos hechos de Hermann (Arminio) el Querusco contra las legiones romanas.

     Usando a esos escritores como inspiración, Fichte comenzó a componer una serie de conferencias que incorporaban el espíritu del ferviente patriotismo de Maquiavelo y de Hermann, e hizo uso de las propuestas concretas de Pestalozzi para la reforma educacional. El profesor Fichte (quien era entonces un miembro de la facultad de la Universidad de Erlangen) anunció las conferencias en un breve aviso en el Vossischer Zeitung, uno de los principales periódicos de Berlín de esa época. Según el anuncio, la serie de conferencias debía ser la continuación de un curso popular que Fichte había entregado en Berlín tres años antes, que él había titulado "Las Características de la Época Actual".

     Los berlineses que atestaron el anfiteatro de la Academia de Ciencias el mediodía del domingo 13 de Diciembre de 1807 habían sido indudablemente atraídos por más que una mera curiosidad intelectual. Fichte nunca había rehuído la controversia, en particular al abordar las cuestiones vitales del día, ni tampoco él mostraba ninguna aprensión al ensartar a sus oponentes intelectuales en los agudos dientes de su polémica mordaz. ¿Sería él igual de resuelto al tratar con los franceses?

     Estaba también el problema de la continuidad con la serie previa de conferencias. Los atentos alumnos de Fichte pudieron recordar que en sus discursos de "Las Características" el filósofo se había representado a sí mismo como distinto del patriota ferviente que él había revelado ser en los años intermedios. De hecho, Fichte se había jactado orgullosamente de un cosmopolitismo en el cual "nosotros mismos y nuestros descendientes podemos permanecer para siempre indiferentes ante los asuntos y los destinos de las naciones y Estados". ¿Cómo debían ser reconciliados esos sentimientos con la postura actual de Fichte?

     Fichte estaba bastante consciente del destino de Johannes Palm. Más tarde, durante el curso de sus conferencias, él escribió a su amigo el consejero prusiano Beyme: "Sé muy bien lo que arriesgo; sé que puedo ser fusilado al igual que Palm. Pero no tengo ningún temor, y moriría de buena gana por la realización de mi objetivo".

     En otra parte Fichte escribió:

     "El único factor decisivo es: ¿puede usted esperar que el bien a ser llevado a cabo sea mayor que el peligro a ser arriesgado? Aquel bien es inspiración, exaltación. Mi peligro personal no importa; más bien, podría ser muy ventajoso. Mi familia y mi hijo no carecerían de la ayuda de la nación; mi hijo cosecharía los beneficios del martirio de su padre. Ése sería el mejor resultado. Yo no podría hacer un mejor uso de mi vida".

     Fue en ese espíritu que Fichte inauguró sus "Discursos a la Nación Alemana". En el podio del colmado anfiteatro él presentó una apariencia dominadora. Bajo pero robusto, sus rasgos agudos irradiaban firmeza de propósito. Como Immanuel Hermann Fichte, su hijo y biógrafo, escribió más tarde, "las palabras de Fichte en sus conferencias se extienden como una nube de tormenta que lanza su fuego en golpes separados. Él no se mueve, pero eleva el alma".

     Fichte inmediatamente estableció la conexión con sus conferencias acerca de Las Características de la Época Moderna. En ellas Fichte había desarrollado un esquema de cinco épocas sucesivas, algo similar al expuesto por el gran dramaturgo y crítico alemán Gotthold Ephraim Lessing algunos años antes. Según Fichte, la historia humana era un proceso de progreso evolutivo, pero durante la Ilustración la demasiado rápida sustitución de la época de credulidad y obediencia por una de la razón humana no anclada todavía en un fundamento de un conocimiento real, había introducido una época de "pecaminosidad completa".

     Ahora, proclamó Fichte, la época de la pecaminosidad consumada había llegado a un final, y era la tarea de los alemanes el conducir a toda la Humanidad hacia una nueva época de liberación. A pesar de sus objetivos universales, Fichte aclaró que él hablaba "sólo de alemanes y para alemanes". Era sólo la gente alemana la que tenía las cualidades de carácter exigidas para iniciar la nueva Edad. Pero primero era necesario "evitar la caída de nuestra nación, que está amenazada por su fusión con pueblos extranjeros, y reconquistar otra vez una individualidad que es autosuficiente y completamente incapaz de cualquier dependencia de otros".

     La amplia avenida de Berlín Unter den Linden pasaba frente a la Academia de Ciencias, y los oficiales de Napoleón organizaban alli frecuentes desfiles para mantener el brío de sus tropas. De vez en cuando, a medida que Fichte hablaba, el estruendo de la música marcial alcanzaba los oídos de sus oyentes.

     Dentro del anfiteatro mismo había berlineses cuya atención no era producto ni del ardor patriótico ni de una sed de ilustración filosófica. Ellos eran conocidos por ser informantes de las autoridades francesas, y ellos aguzaban sus oídos para sorprender cualquier indicio de rebeldía contra el gobierno de los heraldos de los "Derechos del Hombre".

     Fichte ocurrentemente los había previsto. El objetivo de él no era tanto reprender a los franceses como promover un renacimiento nacional alemán. Además, como él indicó, no era posible en ese entonces desalojar a los conquistadores por medios simplemente militares. A pesar de su superficial desaprobación de los objetivos anti-franceses, sin embargo, Fichte nunca perdió una oportunidad, a través de todos los Discursos, de atacar a los franceses y, en efecto, a Napoleón mismo, con una ironía característicamente francesa, que claramente eludió a los oficiales fisgones del gobierno militar francés.


IMAGEN: Fichte dedicó su vida no sólo al descubrimiento de la verdad sino a la proclamación de ella al mundo, sin tener en cuenta las consecuencias. Sus conmovedores "Discursos a la Nación Alemana", pronunciados bajo riesgo de detención o incluso de muerte a manos de las autoridades francesas, marcaron el punto alto dramático de su carrera pública, pero sus contribuciones a la base filosófica del movimiento Romántico fueron aún más valiosas para su posteridad. Fichte enfatizó la importancia del conocimiento intuitivo, aquella sabiduría profunda que está en el alma de la raza y que es sostenida por la Conciencia Universal.

     La solución que Fichte ofreció a los males que asediaban a la nación alemana, tanto a manos de los franceses como en el contexto del egoísmo que había penetrado en todas las clases en Alemania incluso antes de la derrota, era "un cambio total del sistema existente de educación". En su lugar debía ser instituído un sistema de educación nacional (Nationalerziehung), a aplicarse a "cada alemán sin excepción, de modo que no sea la educación de una sola clase social sino la educación de la nación, simplemente como tal y sin exceptuar a ninguno de sus miembros individuales".

     Fichte concluyó su Primer Discurso [de catorce] con una inspiradora evocación de su objetivo al hablar claro:

     "El alba del nuevo mundo ya ha comenzado; ya ilumina las cumbres de las montañas, y anuncia el día que viene. Quisiera, en la medida en que pueda, tomar los rayos de este amanecer y tejerlos en un espejo, en el cual nuestra época golpeada por la aflicción pueda verse a sí misma, de modo que pueda creer en su propia existencia, pueda percibir su yo real, y, como en una visión profética, pueda ver su propio desarrollo, y ver pasar sus futuras formas".

     La propia vida y el desarrollo intelectual de Fichte lo calificaron singularmente para su papel como el heraldo del despertar de Alemania. La carrera del filósofo proporciona una amplia evidencia de haber poseído aquellas cualidades de la mente y la voluntad que él procuró infundir a otros, en agudo contraste con ciertos otros mejoradores del mundo (Rousseau y Marx se vienen a la mente).

     Johann Gottlieb Fichte nació el 19 de Mayo de 1762, en Rammenau, Lusacia superior, en lo que era entonces el electorado de Sajonia. Sus orígenes fueron humildes. Su padre era un tejedor, y su madre una mujer de piedad simple. Cuando Fichte tenía nueve años, su rápida inteligencia saltó a la vista de un noble local, el barón von Miltitz, que decidió patrocinar su educación. Después de dos años de instrucción en una casa parroquial vecina, Fichte fue matriculado en el renombrado Schulpforta, un colegio internado privado que hoy cuenta entre sus ex-alumnos más ilustres, además de Fichte, al poeta Friedrich Klopstock, al historiador Leopold von Ranke y al filósofo Friedrich Nietzsche.

     La educación que Fichte adquirió en Schulpforta lo calificó para el ingreso en la élite intelectual de Alemania sin divorciarlo de una conciencia de sí mismo como un hombre del pueblo. Cuando Fichte se vio obligado a abandonar sus estudios universitarios después de sólo un año, debido a la muerte de su patrón, sus sentimientos democráticos fueron reforzados por la experiencia de casi una década como tutor de los hijos de nobles y ricos. Tratado como poco mejor que un sirviente por sus ricos patrones, en Fichte nació un desprecio de toda la vida por la aristocracia.

     El punto decisivo en la vida de Fichte vino con el haber conocido, por medio de un estudiante de universidad al cual él enseñaba, la filosofía de Immanuel Kant. Fichte inmediatamente abrazó el rechazo de Kant de los superficiales racionalismo y materialismo de moda en la filosofía alemana y francesa durante el siglo XVIII, así como su justificación "intuitiva" de Dios y de la inmortalidad del alma. Fichte dominó rápidamente la filosofía de Kant, y en 1791, con la aprobación de Kant, anónimamente publicó "Una Crítica de Toda Revelación", que fue inmediatamente considerada como una obra propia de Kant. Cuando la autoría de Fichte se hizo conocida, su reputación fue asegurada. Dentro de poco a partir de entonces, por iniciativa de Goethe, Fichte fue designado como profesor de filosofía en la Universidad de Jena en Saxe-Weimar.

     Mientras estuvo en Jena, Fichte desarrolló su Wissenschaftslehre [doctrina o principios de la ciencia], en la cual él prescindió de las concesiones de Kant a una realidad capaz de ser objetivamente aprehendida, a favor de una cosmovisión basada completamente en la supremacía de la mente y la voluntad. Entre los estudiantes sobre los cuales él influyó decisivamente estaban el poeta Novalis, el filósofo Friedrich Schelling, y los hermanos Schlegel, August y Friedrich, que debían ambos llegar a convertirse en filólogos excepcionales. En 1799 Fichte fue forzado a irse de Jena después de una controversia fabricada por sus oponentes acerca de la especiosa acusación de que Fichte era un ateo. Marchándose de la supuestamente tolerante Sajonia-Weimar, él encontró en la Prusia absolutista una recepción ya preparada.

     En Prusia, Fichte comenzó a desarrollar su filosofía en una dirección que tomó más conocimiento de la importancia de la nación y el Estado en el suministro de las condiciones bajo las cuales el conocimiento y la virtud podrían ser alcanzados y cultivados. En 1800 él escribió "El Estado Comercial Cerrado", que procuró armonizar las exigencias de la justicia económica y las necesidades del Estado. Como la primera descripción de un socialismo nacional en términos que no fueran utópicos, dicha obra tuvo no poca influencia sobre el futuro pensamiento político en Alemania.

     Hacia 1806 Fichte había desarrollado los elementos fundamentales de la ideología del nacionalismo alemán que inspiró los "Discursos a la Nación Alemana". A pesar de que Fichte situó los Discursos en el contexto de su compleja Wissenschaftslehre, su tesis central —que el renacimiento de Alemania debía ser llevado a cabo mediante un programa de "educación nacional"— es relativamente fácil de comprender. Las ideas que son la base de esa tesis, sin embargo, requieren una cierta cantidad de aclaración, sobre todo para el lector moderno. Aquellos que se acercan a los Discursos previendo una súper-cargada y destilada pomposidad patriótica anti-francesa, quedarán indudablemente decepcionados.

     El propósito de Fichte al entregar los Discursos no era tanto criticar duramente al tirano corso y a sus acólitos franceses (y alemanes) como estimular a sus compatriotas alemanes para un pensamiento y una acción efectivos. Los estadounidenses acostumbrados durante dos generaciones a una propaganda que presentaba a los alemanes como chauvinistas frenéticos tendrán dificultad en visualizar el grado de indiferencia ante el destino político de Alemania que prevaleció entre los intelectuales alemanes en el tiempo de Fichte. Durante los 50 años previos los principales escritores y pensadores de Alemania habían emancipado la literatura y la filosofía nacionales de su imitación servil de modelos franceses. No obstante, en la esfera política, el ideal de hombres como Goethe y Kant permaneció como un nebuloso cosmopolitismo. Goethe, en particular, aparentó un olímpico desapego, yendo tan lejos como a recibir cordialmente a Napoleón cuando el Emperador pasó por Weimar.

     Como hemos visto, incluso Fichte fue capaz durante mucho tiempo de engañarse a sí mismo con la noción de que él, también, era un "ciudadano del mundo". La tarea especial que Fichte se propuso al escribir los "Discursos a la Nación Alemana" era imbuír a los alemanes educados de un sentido de misión nacional. Para tal efecto, él aprovechó los sentimientos de orgullo cultural y lingüístico que los intelectuales alemanes habían desarrollado durante las décadas precedentes.

     Fichte sostuvo que el Volk alemán era superior en carácter a aquellos pueblos en Europa, a menudo originalmente germanos, que había abandonado sus idiomas originales por otros nuevos derivados del latín. Usando fuertemente las teorías del filólogo y crítico literario August Wilhelm von Schlegel, Fichte distinguió entre el idioma alemán, una "lengua viva" o "lengua original" (Ursprache), capaz de formar un vocabulario intelectual y filosófico a partir de sus propias raíces, y las lenguas Romances, que fueron obligadas a sacar sus palabras doctas de una lengua muerta.

     Según Fichte, ese basarse (en el caso de la lengua alemana) en palabras nativas con connotaciones concretas para representar lo "supra-sensorial" aseguró una claridad y honestidad de la expresión de las que tristemente carecen lenguas tales como el francés y el italiano. De hecho, los alemanes debieron su "honesta diligencia y seriedad en todas las cosas" únicamente a su idioma.

      Insoportable como esta clase de arrogante reduccionismo pueda ser para nosotros hoy, Fichte hizo un buen uso de ello para estimular el orgullo nacional. A pesar de su desconocimiento de los factores biológicos que subyacen en las diferencias de grupos, Fichte fue infalible al delinear los puntos fuertes del carácter alemán. En un pasaje memorable, él describió al espíritu alemán como "un águila, cuyo poderoso cuerpo se lanza hacia lo alto y se eleva con alas fuertes y expertas hacia el firmamento, para que pueda ascender más cerca del Sol al cual se deleita en contemplar", en contraste con los menos inspirados pueblos latinos, cuyo genio él comparó con "una abeja, que con ajetreado arte recolecta la miel de las flores y la deposita con encantadora pulcritud en celdillas de construcción regular".

     Habiendo establecido detalladamente el valor de la cultura y el carácter alemanes, Fichte enfatizó que la lengua alemana, la base del carácter y la cultura, estaba en peligro de desaparición en una Alemania dominada por extranjeros. ("Donde un pueblo ha dejado de gobernarse a sí mismo, está igualmente obligado a abandonar su lenguaje y a fundirse con sus conquistadores, a fin de que pueda haber unidad y paz interna y un completo olvido de relaciones que ya no existen").

     El sistema de educación nacional que Fichte propuso para asegurar la futura supervivencia de la lengua alemana —y, así, de la gente alemana— encarnaba una concepción mucho más radical que es quizá evidente a primera vista. La idea de inculcar en una élite una virtud que sólo puede ser adquirida por medio del conocimiento se remonta al menos a la República de Platón. Fichte actualizó esa idea requiriendo denodadamente tal educación para la juventud entera de la nación. En palabras de Fichte,

     "Así, no queda nada más para nosotros sino sólo aplicar el nuevo sistema a cada alemán sin excepción, de modo que no sea la educación de una sola clase social sino la educación de la nación, simplemente como tal y sin excepción de ninguno de sus miembros. En esto, es decir, en la formación del hombre para que tenga verdadero placer en lo que es correcto, toda diferencia de clases que pueda en el futuro encontrar un lugar en otras ramas del desarrollo será completamente removida y desaparecerá. De esta manera, crecerá entre nosotros no una educación popular sino una verdadera educación nacional alemana".

     El sistema educativo que Fichte vislumbró estaba en deuda con las teorías de Johann Heinrich Pestalozzi, un suizo que había hecho de la educación de los niños de los pobres el trabajo de su vida. En contraste con alimentar a la fuerza al intelecto, que era lo principal de la práctica educativa racionalista, Pestalozzi puso el acento en el desarrollo del carácter del niño. A esa preocupación Fichte añadió un énfasis especial en la formación de la voluntad, que él sentía que había sido durante mucho tiempo enormemente descuidada por los educadores alemanes. Brevemente, la concepción de Fichte de la educación nacional era "el arte de entrenar al hombre integral, completa y totalmente, para que alcance su humanidad".

     Según Fichte,

     "Cuando una vez que la generación que ha sido formada por esta educación está en existencia —una generación impulsada por su gusto por lo correcto y lo bueno y por nada más en absoluto; una generación provista de un entendimiento que es adecuado para su punto de vista y que reconoce lo correcto indefectiblemente en cada ocasión; una generación equipada con el poder pleno, tanto físico como espiritual, para realizar su voluntad en cada ocasión—, cuando una vez que esa generación existe, todo lo que podemos anhelar en nuestros deseos más atrevidos nacerá por sí mismo de la misma existencia de aquella generación, y crecerá de ella naturalmente".

     Fichte concluyó los Discursos con algo de la oratoria más apasionante en lengua alemana. Él lanzó un desafío a sus oyentes alemanes en estas palabras:

     "Revisen en sus propias mentes las diversas condiciones entre las cuales ustedes ahora tienen que hacer una elección. Si ustedes continúan en su insensibilidad e impotencia, todos los males de la servidumbre les esperan; privaciones, humillaciones, el desprecio y la arrogancia de sus conquistadores; ustedes serán forzados y acosados en cada esquina, porque ustedes están en lo incorrecto y estorban en todas partes, hasta que por el sacrificio de su nacionalidad y su lengua ustedes hayan comprado para ustedes mismos algún lugar subordinado y pequeño, y hasta que de esta manera ustedes gradualmente mueran como pueblo. Si, por otra parte, ustedes reaccionan y se portan como hombres, continuarán en una existencia tolerable y honorable, y verán crecer entre ustedes y alrededor de ustedes una generación que será la promesa, para ustedes y para los alemanes, del renombre más ilustre. Ustedes verán en espíritu el nombre alemán elevándose por medio de esa generación para ser el más glorioso entre todos los pueblos; ustedes verán esta nación como la regeneradora y la nueva creadora del mundo".

     Como es bien sabido, los Discursos de Fichte ayudaron a reavivar los rescoldos agonizantes del sentimiento nacional alemán hasta convertirlos en un infierno furioso que barrió de la patria a los invasores franceses en las Guerras de Liberación cinco años más tarde. Sin embargo, el radicalismo de Fichte al exigir una Alemania unida organizada de acuerdo a las orientaciones explicadas detalladamente en sus Discursos esperó un siglo y cuarto para su breve realización. En el corto período del resurgimiento de Alemania bajo el Nacionalsocialismo, el ideal de Fichte de una joven generación alemana fuerte de carácter y voluntad comenzó primero a tomar forma.

     El coraje de Fichte al decir lo que tenía que ser dicho a riesgo de su propia vida en 1807-1808 debería servir para alentar a los hombres y mujeres Blancos que están en posesión de la verdad hoy para hablar claro resueltamente. La visión del filósofo de una educación nacional que pasa a través de líneas de clases sociales y abarca al pueblo entero para moldear a hombres y mujeres jóvenes como miembros con principios de su nación y raza permanecerá como un faro que nos anima para la futura realidad.–

 

 


 

4 comentarios:

  1. No se que cantidad de lectores tengan pero veo que nadie les agradece la calidad del blog,sigan asi.
    Gracias.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo que habría que agradecer es que estas lecturas sean de provecho para alguien, porque así no es en vano el esfuerzo. Saludos.

      Eliminar
  2. Este artículo me ha hecho buscar ese libro y leerlo en cuanto pueda, gracias por esta gran labor que hacéis de traer este tipo de textos.

    ResponderEliminar
  3. Fichte, Pierce. Cuántos leerán y entenderán el mensaje. Es un tanto más que Napoleón, el enemigo que con una incalculable perversidad, crueldad y poder, se ciernen sobre nuestra vida, nuestra libertad y nuestra propiedad.por estos dias. Expone todas nociones que conforman el concepto de dignidad, sin cuyo culto y posesión espiritual solo debe esperarse esclavitud,humillación, miseria y muerte fáciles, irresistidas. Oportuna remembranza de verdaderos inspiradores del coraje, el sentimiento y la razón libertaria, sin las que las vidaa de los hombres es vacío de sentido. Corresponde agradecer la oportunidad en la publicación de texto tan decisivo y desprovisto de grandilocuencia que esterilizaria su enorme valor y vigencia.

    ResponderEliminar