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jueves, 5 de septiembre de 2019

Revilo P. Oliver - Cristianismo, una Religión para Ovejas



     Firmado con el seudónimo de Ralph Perier, en 1980 fue publicado como folleto el siguiente texto (Christianity: A Religion for Sheep) del doctor Revilo P. Oliver (1908-1994) que presentamos aquí en castellano, donde con vehemencia y erudición hace la denuncia de lo dañino que ha sido desde sus comienzos hasta ahora el cristianismo, un producto judío, para la raza aria, deslindando a la vez, según él, sus tres componentes básicos (judaísmo, zoroastrismo y budismo), y señala que dicha pócima paradójicamente le es muy conveniente a sus creadores, y que en su daño hace que los que creen haberse librado de ella aún sigan bajo sus efectos.


Cristianismo, una Religión para Ovejas
por Revilo P. Oliver, 1980



     Nuestros contemporáneos están llegando a una comprensión radicalmente nueva del problema judío. Una tras otra, e independientemente entre sí, varias de nuestras mejores mentes han reexaminado el registro histórico o han analizado las fuerzas que están llevando hoy a nuestra raza al suicidio. Y cada una de ellas ha llegado espontáneamente a la conclusión de que el cristianismo fue una invención judía, ideada para el propósito específico de debilitar y paralizar a los pueblos civilizados del mundo, a quienes los judíos estaban depredando en la Antigüedad y han continuado depredando desde entonces.

     Hace un siglo Nietzsche percibió que nuestro civilización, aunque parecía tener un dominio absoluto del mundo entero, estaba infectada por una enfermedad degenerativa, un cáncer del espíritu que la destruiría, si nuestra gente no tenía la inteligencia ni la valentía para extirpar dicha malignidad. Él llegó a la conclusión de que el cristianismo era una "transvaloración de los valores", un virus mental hábilmente inventado y propagado por los judíos para poner en práctica la "venganza y el odio judíos, el odio más profundo y excelso en la historia humana". Nuestros contemporáneos, si ellos han leído "La Genealogía de la Moral", razonan en gran parte a partir de acontecimientos que han ocurrido o de pruebas históricas que han estado disponibles desde la época de Nietzsche. Ellos llegan sustancialmente a la misma conclusión.

     Los orígenes del cristianismo son extremadamente obscuros. No ha sobrevivido ningún registro histórico de sus comienzos, y los eruditos sólo pueden sacar deducciones de las referencias históricas más tempranas e inferencias de su confusa e incoherente mitología.

     Una cosa es cierta: el cristianismo fue originado por judíos y basado en tradiciones orales sobre uno o, más probablemente, varios de los agitadores judíos y traficantes de milagros que llevaban el muy común nombre judío de Jesús y que se llamaron a sí mismos como cristos. La palabra "cristo" viene de una palabra griega que significa "aceite, grasa", pero que fue usada en el tosco dialecto del griego que usaban los judíos, para significar un "mesías", es decir, un hombre designado por el dios tribal de los judíos para conducir a sus bárbaros Elegidos a una victoria definitiva sobre los pueblos civilizados, a los cuales ellos odiaban implacablemente. Uno de los trucos más astutos de los Padres de la Iglesia para promover su culto consistió en dar a los no-judíos la impresión de que "Cristo" era el nombre de una persona, e incluso hasta este día muchos cristianos ignorantemente creen que su dios era un hombre que era llamado "Jesucristo".

     Nietzsche vio que la exitosa promoción del cristianismo dependió de fingir una hostilidad recíproca entre cristianos y judíos, y de hacer que ese nuevo culto judío, cuando fue vendido a los goyim, pareciera no-judío, e incluso anti-judío. «¿No forma parte —preguntó él— de la oculta magia negra de una política verdaderamente grande de la venganza, de una venganza de amplias miras, subterránea, de avance lenta y cuidadosamente planeado, el hecho de que Israel tuviese que negar y clavar en la cruz, como si se tratase de su enemigo mortal, al auténtico instrumento de su venganza, a fin de que "el mundo entero", es decir, todos los adversarios de Israel, pudieran morder sin recelos precisamente ese cebo?» [Genealogía, I, 8]. Esa política, sin embargo, produjo una inesperada reacción, que fue sólo con dificultad puesta bajo control.

     Se requeriría un volumen tan sólo para resumir la escandalosa y escabrosa historia del cristianismo a partir de sus principios conocidos alrededor de mediados del siglo II hasta el triunfo de una secta particularmente astuta y agresiva en el siglo V. Había cientos de esas sectas, cada una con su propio núcleo de evangelios, doctrinas peculiares y diestros teólogos, pero entre ellas había docenas de sectas que tomaron en serio el supuesto antagonismo de los judíos frente a la nueva religión.

     Una de las más tempranas sectas cristianas de las cuales tenemos algún registro, y durante casi dos siglos una de las más grandes, fue la de los Marcionitas. Es significativo, a propósito, que hasta muy recientemente la inscripción existente más temprana de una iglesia cristiana haya provenido de una iglesia Marcionita que fue construída en 318 y que fue, por supuesto, destruída cuando la secta victoriosa consiguió el poder de perseguir.

     Los Marcionitas creían que los judíos eran "la sinagoga de Satán". Ellos negaban que su Jesús hubiera sido un judío. Ellos vieron que era absurdo afirmar que un dios encarnado pudiera morir o tontamente hacerse crucificar. Ellos creían que era escandaloso identificar al dios supremo, que era un dios justo y que amaba a toda la Humanidad, con el dios caprichoso, feroz y extremadamente inmoral descrito en el libro de historias de los judíos, que los cristianos ahora llaman el "Antiguo Testamento". Los Marcionitas ingenuamente consideraban aquellas historias como históricas, pero las consideraban como una crónica de los crímenes perpetrados por los judíos y su cómplice sobrenatural, una deidad muy inferior cuyo abusado poder el dios supremo con toda justicia había revocado. Otras sectas cristianas dieron el paso lógico de identificar francamente al dios de los judíos con Satán. Esa plausible identificación se presentó a sí misma como digna a los goyim que tenían que vivir con judíos y sufrir sus depredaciones.

     No tenemos ningún medio de estimar números, pero es probable que a principios del siglo III, tomando las numerosas sectas en conjunto, una mayoría de los cristianos rechazara la noción de que los trapaceros judíos fueran el Pueblo de Dios y que Jesús, quien era divino, pudiera haber sido un judío. Las sectas anti-judías, sin embargo, parecen haber pensado de sí mismas como simplemente religiones y haber creído lo que fue dicho en sus escrituras sobre amor, fe y paz. Contentas con creer ciertos dogmas y observar reglas que les asegurarían la felicidad después de la muerte, ellas parecen no haber tenido ningún interés por las intrigas y conspiraciones políticas, para lo cual no tenían ningún talento. De esa manera, ellas finalmente cayeron víctimas de una banda de teólogos solapados, despiadados y fuertemente organizados, que son conocidos ahora como los Padres de la Iglesia y a los que se les ha dado una prominencia que ellos no pueden haber tenido en su propio tiempo, cuando ellos deben haber parecido ser sólo otra camarilla de mercachifles de la salvación.

     Cuando los Padres de la Iglesia finalmente pusieron sus manos sobre los poderes policiales del Estado, indudablemente con mucha ayuda encubierta de los judíos, ellos extirparon a los cristianos anti-judíos con fuego y espada, los instrumentos naturales del amor cristiano como lo han entendido esos ambiciosos hombres santos. A pesar de todas las masacres piadosas en el siglo V, la "herejía" anti-judía ha reaparecido de tiempo en tiempo en años posteriores. Es encontrada hoy en ciertas iglesias "fundamentalistas" y, más claramente, en el grupo de sectas sueltamente afiliadas llamadas "Israel Británico" [British Israel], cuyos miembros probablemente nunca han siquiera oído hablar de los Marcionitas o de sus otros antiguos precursores.

     El "Israel Británico" puede ser otra estratagema a la que le salió el tiro por la culata. Comenzó en Inglaterra en el tiempo cuando Benjamin Disraeli estaba escalando hasta la nobleza y el cargo de Primer Ministro británico. En su forma original, enseñaba que las "diez tribus perdidas" supuestamente llevadas cautivas por los asirios habían sido anglosajones, que emigraron en masa desde el territorio asirio a las islas británicas. Una conveniente genealogía fue tramada para mostrar que la reina Victoria era una descendiente lineal de un jefe de bandidos llamado David. De allí se seguía, por lo tanto, que el propio Pueblo de Dios, a saber, los anglosajones y los judíos, reunidos por fin después de muchos siglos, deberían gobernar conjuntamente el mundo. Aquella noción, sin embargo, impuso una tensión demasiado grande incluso sobre la credulidad cristiana.

     Hoy, los "israelitas británicos" aceptan la historia de que las "diez tribus" eran anglosajones o, al menos, nórdicos, que arrancaron desde el territorio asirio hacia las islas británicas o, al menos, a Europa del Norte. Ellos además afirman que el Jesús de la Santa Escritura era un ario, a pesar de su nombre distintivamente judío y el nombre particularmente judío (o posiblemente egipcio) de su supuesta madre. Ellos se basan principalmente en algunas de las tempranas falsificaciones cristianas que explícitamente describen a aquel Jesús como habiendo tenido ojos azules y cabello y barba de color rubio. Ellos no usan, y parecen no conocer, la tradición, atestiguada tan tempranamente como cualquiera de los otros cuentos cristianos, de que uno de los Jesús era el hijo de una judía y un soldado llamado Pandara o Panthera, el cual probablemente no era un judío y bien podría haber sido un macedónico u otro griego de un ejército seléucida o romano.

     Debemos sentir una considerable simpatía por los "israelitas británicos" del presente. Ellos reconocen sinceramente a los judíos como los enemigos eternos de nuestra raza. Ellos son los mejores de los cristianos y están haciendo un valiente esfuerzo para liberar su religión de sus ataduras judías y hacerla contributiva para la supervivencia de nuestra raza. Lamentablemente, su doctrina es históricamente absurda y, lo que es aún peor, desmoralizadora. Ella hace de nuestra raza los cómplices y los beneficiarios del feroz dios Yahvé, el cual, según el "Antiguo Testamento", ayudó a sus favoritos a estafar, saquear, atormentar y matar a sus superiores en Egipto y Canaán.


LOS PADRES DE LA IGLESIA

     El cristianismo hoy, incluyendo a todas las muchas sectas menores, es lo que fue hecho por el trabajo paciente y sutil de los Padres de la Iglesia. Ellos eran un grupo de engañadores. No hay manera de saber cuántos de ellos eran realmente judíos que trabajaban para la Raza de Dios. Es muy improbable que alguno de ellos fuera un griego o un romano. La mayoría de ellos eran probablemente semitas o descendientes de uno de los otros pueblos orientales que abundaban en el mestizado Imperio romano y que desplazaron o sustituyeron a los romanos. Independientemente de sus antecedentes raciales, está claro por sus propios escritos, a pesar del muy posterior blanqueo, que ellos eran un grupo variopinto de leguleyos, psicópatas y otros inadaptados. Ellos eran mentirosos y falsificadores calculadores o compulsivos (vea la calificada revisión del registro de ellos hecha por Joseph Wheless, Forgery in Christianity, Nueva York, 1930).

     Uno de los fraudes más audaces y exitosos de esos Padres ciertamente emite un olor judío. Mediante descaradas aseveraciones constantemente repetidas, ellos comunican la afirmación de que los malvados romanos, comenzando en el tiempo de Nerón, persiguieron a los pequeños corderos de Jesús porque esas inocentes criaturas querían adorar al "Dios verdadero". Nada podría ser más absurdo en términos históricos. Los romanos, aparte de su típicamente aria falta de sensibilidad ante los hechos raciales, eran una gente admirablemente práctica y sabían cómo gobernar. Su política fija era nunca interferir con las supersticiones de sus súbditos. Ellos toleraban imparcialmente los ritos más grotescos y las religiones más obscenas. Algunos de los asquerosos cultos que prosperaron entre la hez de la sociedad practicaban el sacrificio humano, pero mientras aquéllos se conformaran con sacrificar a sus propios miembros, los romanos no tomaban ninguna acción: ellos sabían que nada debería ser hecho para salvar a los tontos de las consecuencias de su locura. Era sólo cuando el celo religioso inspiraba el asesinato de romanos o de los súbditos que estaban bajo su protección que los romanos trazaban una línea más allá de la cual su tolerancia no existía. Incluso entonces, ellos castigaban no a la fe perniciosa sino sólo la violencia y la conspiración para cometer violencia.

     Las sabandijas ejecutadas por Nerón eran terroristas judíos de la chusma del enorme ghetto que los judíos habían plantado en Roma. Ellos fueron acusados de haber iniciado el gran incendio que destruyó la mayor parte de Roma el año 64; ellos lo admitieron y fueron ejecutados, aunque es verdad que cruelmente. Cuando uno considera los espantosos brotes del nihilismo judío que han ocurrido en todo el mundo de tiempo en tiempo, siempre que un Cristo incitaba a la chusma, uno ve que es altamente probable que los terroristas fueran culpables del crimen que ellos confesaron. Es verdad que los opositores políticos de Nerón, que estaban conspirando para derrocarlo, prefirieron acusarlo del crimen; y la arrogante locura del joven egomaníaco, cuando él expropió el devastado centro de la ciudad para un extravagante nuevo palacio, pareció confirmar la propaganda política. Eso fue lo que permitió a los Padres, cuando ellos comenzaron a imponer su fraude entre los ignorantes más de un siglo más tarde, pretender que los feroces terroristas habían sido perseguidos por querer amar a cada uno.


     Cuando la crítica histórica se hizo factible en nuestro siglo XVIII, el astuto fraude de los Padres durante mucho tiempo evitó su detección: trece siglos de cristianismo tenían tan acostumbrada a nuestra gente a la práctica de la tortura y la matanza de hombres por sus pensamientos y supersticiones, que dicha historia pareció bastante plausible.

     Después de mediados del siglo III, cuando los sucesores de los extinguidos romanos trataron desesperadamente de apuntalar el Imperio que se derrumbaba, algunos de ellos emprendieron algunas acciones contra los cristianos en cuanto tales, pero no sabemos bajo qué provocación y, por supuesto, ninguna confianza puede tenerse en los cuentos relatados por los Padres. La política habitual, sin embargo, era la tolerancia, y sabemos que Diocleciano admitió a los cristianos a posiciones de alta confianza y responsabilidad en su propio palacio hasta el año 303, cuando la piedad de los cristianos sacó lo mejor de ellos y trataron de asesinar al Emperador quemándolo vivo en su propio dormitorio. Aquello lo puso furioso.

     Al final del siglo IV Jerónimo, que había sido mucho mejor educado que la mayoría de los Padres y que era probablemente el mejor de un mal grupo, fue el verdadero fundador de un nuevo tipo de historia breve que se hizo enormemente popular: los cuentos sobre los "mártires" que "sufrieron por su fe". Existe una carta de Jerónimo en la cual él amargamente reprueba a algunos cristianos que pensaban que importaba que el héroe de su primera ficción nunca hubiera existido. Aquello, dijo Jerónimo indignadamente, era irrelevante, ya que su cuento edificaba a los clientes del clero, que no sabían más. Y Jerónimo continuó elaborando los cuentos con tan brillante éxito, que él pronto tuvo una multitud de imitadores, todos tratando de inventar complots más espeluznantes.


     Jerónimo, como usted ve, era un teólogo consumado. Él es ahora mejor recordado por su revisión del texto latino de la Biblia, que él llevó a cabo con la ayuda de amables judíos, que revolotearon sobre él, impacientes por explicar los misterios de la Palabra de Dios. Aquellos judíos, podemos estar seguros, sabían lo que el cristianismo estaba haciendo por ellos.

     En el año 313 Constantino y su colega Licinio, quienes estaban combatiendo en guerras civiles contra Emperadores rivales, publicaron el así llamado Edicto de Milán, que proclamó la tolerancia universal para todos los cultos religiosos y que expresamente nombraba a los cristianos entre los cultos a ser tolerados. Los dos Emperadores indudablemente sintieron que el apoyo de las organizaciones cristianas sería valioso en las guerras civiles, y Constantino puede haber previsto que ellos podrían ser especialmente útiles para él cuando le llegara su tiempo de cambiar y destruír a su aliado y cuñado Licinio. Por supuesto, tan pronto como Constantino estuvo bien muerto, los Padres de la Iglesia tramaron una historia de que él había sido en privado "convertido" por un milagro infantilmente imaginado ocurrido en 312, y que realmente había sido bautizado en su lecho de muerte, de modo que el alma de uno de los gobernantes más traidores indudablemente revoloteara directamente hasta Jesús.

     A los cristianos todavía les gusta repetir el mito sobre la "conversión" de Constantino y el triunfo de la Fe Verdadera. Todo lo que realmente sucedió fue que los Padres de la Iglesia, establecidos con seguridad por el edicto de tolerancia, astutamente usaron su poder negociador en intrigas con los diversos generales ambiciosos que estaban aguardando el gran premio. El verdadero triunfo de su Iglesia llegó sólo con la victoria final de Teodosio en 394, cuando los Padres por fin consiguieron el poder de usar la policía y el ejército imperiales para comenzar a perseguir en serio. Su primera preocupación, por supuesto, era exterminar a sus competidores cristianos y destruír todos sus evangelios. Algunos de aquellos evangelios, sin embargo, se les escaparon de una manera u otra. Por eso ahora sabemos mucho sobre las marcas competidoras del cristianismo.

     Nosotros los arios todavía tenemos un instintivo respeto por la honestidad y un peculiar respeto por los hechos. Estamos impresionados por la hipocresía y la mendacidad de los Padres, y los cristianos de nuestra raza no pueden llegar a creer que aquellos individuos ostentosamente piadosos fueron lo que el registro les muestra que fueron. Haciéndoles justicia, sin embargo, deberíamos recordar que sus engaños no eran anti-cristianos. Ellos pensaban —o al menos era su negocio enseñar— que la Salvación dependía de la creencia en ciertos cuentos intrínsecamente inverosímiles y de la conducta que ellos aprobaban. De aquella premisa se deducía que cualquier mentira o truco que indujera la fe deseada en los palurdos no sólo estaba justificada sino que era meritoria. Como un escritor reciente ha dicho, "Mentir por el Señor es un normal ejercicio de piedad".


LA RAZA DE DIOS

     Los Padres de la Iglesia se pusieron a trabajar cerca del final del siglo II, cuando, a propósito, el Emperador en Roma, aunque él tuviera un nombre romano, era un hombre de África del Norte, probablemente de ascendencia mezclada semítica y bereber, cuya lengua materna era púnica, un dialecto semítico. El objetivo principal de dichos Padres, a juzgar por los resultados, era preservar y proteger la conexión judía, que los Marcionitas y otros "herejes" habían amenazado.

     Cuando los cristianos comenzaron a emborronar los evangelios alrededor de mediados del siglo II, ellos produjeron un número muy grande, y la composición de evangelios para satisfacer los caprichos o las ambiciones de aspirantes a hombres santos continuó durante la mayor parte de los siguientes dos siglos.


     De tales composiciones, los Padres de la Iglesia recolectaron y seleccionaron sus favoritas, haciéndoles revisiones cuando ellos lo consideraban oportuno, y probablemente componiendo suplementos. Las que ellos finalmente reunieron en una pequeña antología, ellos las llamaron un "Nuevo Testamento" y así las unieron indisolublemente al libro de historias de los judíos, que ellos llamaron un "Antiguo Testamento". Se dice que la selección final de piezas para la antología fue hecha en 367 por Atanasio, un hombre santo particularmente obstinado, que todavía es reverenciado por sus servicios en el establecimiento de la incomprensible doctrina de un dios tres-en-uno, del que Jesús era un 33,33%. Su autoridad hizo a partir de entonces imposible componer nuevos evangelios que tuvieran alguna posibilidad de ser implantados en el canon que él había establecido. Desde entonces, la revisión de las historias sobre Jesús se limitó a breves interpolaciones y substituciones verbales.

     El efecto de esa combinación de "Testamentos" era imponer a los cristianos, so pena de condenación eterna, la rara creencia de que, a través de la mayor parte de la historia humana, los judíos eran el Pueblo Elegido de un dios terrible y agresivo, que salvajemente y a menudo caprichosamente afligía a las razas inferiores cuando ellas no se rendían cobardemente a su Raza Superior. Desde luego, los judíos temporalmente se alienaron su afecto cuando ellos crucificaron a un tercio de él, pero la doctrina cristiana nos asegura que Dios finalmente "cambiará sus corazones" y ellos volverán en tropel de vuelta a Jesús. (Nadie parece preocuparse de la moralidad de cambiar la mente de un hombre por medio de un proceso psicológico que debe parecerse a la hipnosis). Mientras tanto, Dios todavía ama a sus hijos errantes, incluso aunque ellos adoren sólo a un tercio de él, y ellos deben ser preservados para el milagro venidero de su reconciliación con papá.

     Otra consecuencia de la conveniente doctrina de los Padres es que los judíos eran la Raza de Dios hasta una fecha en la cual los cristianos ahora establecen en algún momento entre el 29 y el 34 d.C.; a partir de entonces, ellos se convirtieron en una religión, ya que los judíos que han sido lavados en agua bendita milagrosamente dejan de ser judíos.

     El efecto de esta paradoja era hacer al cristianismo parecer anti-judío y por lo tanto atractivo para todos los goyim que se resentían de sus explotadores, a la vez que preservaba para los judíos su prestigio como un pueblo maravillosamente "justo" y "temeroso de Dios", que había sido durante mucho tiempo íntimo del propio dios de los cristianos.

     De las muchas ventajas que el cristianismo confirió sobre los judíos, ninguna fue mayor que el privilegio de enmascararlos como una religión, ocultando de esa manera su raza. Eso les aseguró la protección tanto de la Iglesia como del Estado mientras ellos rapazmente acumulaban riqueza en la Europa medieval. Uno sólo tiene que preguntarse lo que habría sucedido si los chinos o los malayos hubieran afluído a las ciudades para establecer sus enclaves (ghettos) para monopolizar el comercio, practicar la usura y controlar las finanzas. Más importante aún, eso les dio un acceso perpetuo a las sedes del poder.

     Se nos dice que Fernando e Isabel expulsaron a los judíos de España en 1492. ¡Tonterías! En aquel tiempo los judíos estaban a salvo e inamoviblemente establecidos en cada segmento importante de la sociedad española como "conversos". Un siglo más tarde, un tercio de los arzobispos y del clero superior de España estaba formado por judíos que practicaban ritos cristianos en público y que en privado se reían disimuladamente de la estupidez de los goyim. El historiador Arnold Toynbee estima que los judíos componían casi la misma proporción de la nobleza. Y a nadie tiene que serle dicho que un tercio fuertemente cohesionado de cualquier organización tiene el control efectivo de ella. La Inquisición, desde luego, agarró a algunos de los marranos que eran descuidados o ineptos en su disimulo, pero eso sirvió para tranquilizar y pacificar al pueblo.

     Edward I desterró a los judíos de Inglaterra en 1290, y nos dicen que Inglaterra era Judenfrei [libre de judíos] hasta que ellos se volvieron a apiñar (con sus sacos de dinero) bajo Cromwell. Nadie, creo, ha tratado de calcular cuántos judíos, de acuerdo con la táctica inmemorial de su raza, habían sido rociados con el agua mágica de los cristianos, tomado nombres ingleses, e intentado no reírse de los británicos en público. Y uno sólo puede adivinar cuántos de esos enmascarados tuvieron que ver con la aparición del Puritanismo, una marca de cristianismo que estaba basada principalmente en el "Antiguo Testamento", y con la revolución que colocó en el poder a fanáticos que, por ejemplo, hicieron ilegal la observancia de la Navidad.

     Los cristianos hoy se encienden de ira cuando se les muestran traducciones de ciertos pasajes en el Talmud judío, que se dice que demuestran cuánto odian los judíos al cristianismo. Es verdad que hay referencias peyorativas a Jesús de Nazaret, quien era ciertamente uno de los cristos que contribuyó a la figura que ha sido compuesta en el "Nuevo Testamento".

     Nadie parece notar que el Talmud habla muy peyorativamente del último de los cristos importantes de la Antigüedad, de cuya ortodoxia judía no puede haber ninguna duda. Asumiendo el nombre de Bar-Kojba, él sorprendió a miles de griegos y romanos con la guardia baja y los mató, y emprendió una guerrilla de terrorismo durante casi tres años, hasta que las legiones romanas dieron la prueba de que Yahvé había olvidado otra vez enviar refuerzos celestiales para ayudar a Su Pueblo a exterminar a los goyim. Sin embargo, los talmudistas lo denuncian amargamente, incluso cambiando su nombre ficticio de Bar-Kojba ("el hijo de la estrella") por Bar-Koziba ("el hijo del mentiroso"). Los judíos lo odian y denigran su memoria porque él fracasó.

     Los teólogos que están preocupados por mostrar a los cristianos cuánto los judíos odian la religión de aquéllos, traducen como "cristianos" o "cristianismo" algunas o todas de una docena de palabras y frases del idioma rabínico, ninguna de las cuales tiene un sentido tan indudable que los judíos no puedan objetar al respecto. Sería un desperdicio de tiempo entrar en detalles con ellos. Los judíos realmente sienten desprecio por las personas que creen los cuentos cristianos, y ellos odian a nuestra raza, la que es probablemente aludida por aquellas palabras y frases que no son simplemente sinónimos de goyim, su término general para las razas y pueblos que perversamente rechazan reconocer la enorme superioridad de los judíos.


LA DOCTRINA

     Queda para nosotros considerar las consecuencias del cristianismo, ahora restringiendo aquel término a la religión establecidas por los Padres de la Iglesia. El cristianismo ha dominado y ha deformado la mente de nuestra raza durante quince siglos, y continúa haciendo aquello.

     Debemos eliminar primero una potencial ambigüedad. Diversas investigaciones y estimaciones de hace una década o más están de acuerdo en que aproximadamente entre el 10% y el 15% de los miembros de nuestra raza (incluyendo a aproximadamente el 90% de nuestra "Derecha") son cristianos, en el sentido de que ellos creen que los cuentos del "Nuevo Testamento" son históricamente verdaderos, o que al menos aceptan como verdaderos los dogmas sobre la divinidad de Jesús, etcétera. Aunque los porcentajes hayan sido probablemente aumentados por la intensa promoción del cristianismo en años muy recientes, la religión, de acuerdo a esta estimación, controla sólo a una minoría de nuestra raza.

     Cuando estimamos la influencia de la religión en nuestro mundo, sin embargo, no debemos pasar por alto el cristianismo sucedáneo [Ersatz = sucedáneo, sustituto, suplantador, imitador]. Como ha señalado un escritor reciente, un número muy grande de nuestros contemporáneos que se llaman a sí mismos "liberales", "progresistas" y otros por el estilo, están orgullosos de haber rechazado los cuentos increíbles sobre seres sobrenaturales y la otra parafernalia de la mitología cristiana, pero retienen una fe perdurable en sus supersticiones sociales. Como Nietzsche agudamente observó, casi todas las personas que piensan que ellos se han liberado del cristianismo desdeñan su credo, pero aman su veneno. Si incluímos este cristianismo sucedáneo, los Padres de la Iglesia establecieron un dominio duradero sobre nuestra raza, al cual al menos el 95% de nuestros contemporáneos está ahora sometido. Ése es un dato para ser recordado cuando usted lea la siguiente descripción.

     Es obvio —obvio al menos para todo el que haya hecho un estudio siquiera superficial de la religión como un fenómeno histórico— que la doctrina cristiana es una combinación forzada de tres componentes incompatibles: Zoroastrismo, Budismo y Judaísmo.


I. El primero de éstos, que es probablemente el más importante, es apropiadamente simbolizado en el famoso mito de que sacerdotes zoroastrianos (magos) fueron a asistir a la natividad de Jesús. Ese componente vino realmente de manera directa de Persia.

     Si uno compara el culto zoroastriano con los politeísmos más sanos de la Antigüedad, uno ve cuán extraño e irracional es, aunque el cristianismo nos haya acostumbrado tanto a él que pocos reflexionan sobre cuán perniciosa es una creencia en un dios malvado. Ningún veneno mental ha sido más mortal que la gran innovación de los zoroastrianos, el precepto básico de que el mundo es un campo de batalla en el cual dos dioses contienden por el dominio: un dios bueno y un dios malo, cada uno de los cuales sería omnipotente, si no fuera por el otro. Por ninguna razón inteligible, esos dos poderosos seres sobrenaturales, uno de los cuales tuvo el poder de crear el universo entero, tienen que reclutar a endebles mortales para una guerra que es absurda de todos modos, ya que todos saben que al final el dios bueno vencerá al dios malo, lo tomará cautivo, y se pondrá a torturarlo por toda la eternidad. Mientras tanto, sin embargo, todos los hombres deben unirse a uno u otro ejército y luchar desesperadamente para destruír a sus enemigos.

     Esta fantástica noción ha dado origen a la que puede ser la idea más perniciosa en la historia humana: una guerra santa, luchada para destruír al mal. Los hombres racionales van a la guerra para extender su propio dominio sobre otra gente o a veces para mantenerlo contra otras naciones que tratan de ampliar su propio poder, en conformidad con lo que es la condición fija e invariable de la vida humana. Bajo el sistema zoroastriano-cristiano, sin embargo, naciones enteras son sometidas a periódicos espasmos de locura. Las multitudes enloquecidas se imaginan elegidas por el dios bueno (Corporación Yahvé e Hijo) para matar y aniquilar a los diabólicos acólitos del dios malo (Satán, alias Anticristo). Nuestra civilización ha sido repetidamente llevada al borde de la destrucción, y algunas de nuestras naciones más grandes de hecho se han condenado ellas mismas en tales santurrones paroxismos de manía homicida, mientras sus enemigos miraban con felicidad, cosechando tanto ganancias enormes como satisfacción espiritual de los desastres que los enloquecidos arios atrajeron sobre sí mismos en su impaciencia por matarse unos a otros para complacer al feroz dios asiático que había sido impuesto sobre ellos. Algunos pocos ejemplos bastarán:

     1. La Reforma Protestante (la cual, a propósito, fue provocada e instigada por los judíos) precipitó las Guerras de Religión, en sólo una de las cuales perecieron dos terceras partes de la población de Alemania. Los enloquecidos arios, completamente resueltos a extirpar de Roma las legiones del Anticristo, poseídas por demonios, o las legiones del Anticristo, también poseídas por demonios, que se habían rebelado contra Roma, empobrecieron irreparablemente la herencia genética de nuestra raza mientras ellos hicieron tierras baldías de muchas de las partes más civilizadas y prósperas de Europa y arruinaron su propia cultura durante casi dos siglos. Ellos lucharon valientemente a ambos lados, es verdad, e igualmente hipotecaron sus tierras a los judíos.

     2. En Estados Unidos, los Estados del Norte efectivamente destruyeron la Constitución estadounidense cuando ellos invadieron los Estados del Sur en 1860 para negarles los derechos que las colonias habían ganado conjuntamente en 1781. Los historiadores, desde luego, han identificado causas económicas, sobre todo la avaricia de industriales del Norte, pero la cruzada contra el Sur fue esencialmente una guerra santa para liberar a los salvajes de la esclavitud, aunque el libro santo de los cristianos expresamente aprobaba y autorizaba la esclavitud (incluso de razas superiores) en pasajes que los aulladores derviches en los púlpitos convenientemente olvidan. La herencia genética de los estadounidenses fue empobrecida, mientras los judíos naturalmente aclamaban a ambos lados y, después de la guerra, aquéllos fueron en tropel al Sur para prosperar a costa de la devastada tierra y de su arruinada gente, y en el Norte consolidaron la corrupción política.

     3. En 1917 un deshonesto picapleitos, a quien los judíos astutamente habían instalado en la Casa Blanca [Woodrow Wilson], proclamó una santa "guerra para acabar con las guerras". Los estúpidos estadounidenses, enfurecidos mientras sus hombres santos aullaban por sangre, como de costumbre, salieron en estampida hacia Europa, creyendo en su frenesí que el Anticristo se había encarnado en el Káiser alemán y en su nación. A nadie hay que recordarle cuántas ganancias aquella yihad reportó a los judíos.

     4. Nuevamente, en Agosto de 1933, cuando los alemanes trataban de hacerse independientes de los extranjeros que estaban en su país, Samuel B. Untermeyer, como el portavoz de su raza internacional, declaró una Guerra Santa contra la nación insubordinada. Los judíos, sin embargo, no invadieron Alemania como sus antepasados habían invadido Canaán cuando ellos codiciaron aquel país. Ésa fue una Guerra Santa para los arios cristianizados en el resto del mundo, los que fueron fácilmente incitados a una rabia ciega contra la satánica nación que no quiso venerar a la Santa Raza de Dios. En su delirio fratricida, los arios enloquecidos por el odio consumaron lo que probablemente habrá sido el Suicidio de Occidente y el destino irreversible de nuestra raza. Y ahora, la Tribu Elegida de Yahvé controla alegremente la vida económica de los empobrecidos y estupidizados arios en todas partes, exige que los acobardados hombres Blancos crean incluso ficciones tan obscenas como el "Holocausto", y muestra cada vez más abiertamente su justo desprecio por brutos que puede hacerse tan fácilmente que se abalancen hacia su propia destrucción.

     La idea zoroastriana de una guerra santa es, por supuesto, sólo un componente del veneno que ha hecho esquizofrénica a nuestra raza. En los intervalos entre los ataques de locura santurrona que los hace volverse locos con guerras santas, ellos no se hacen racionales, ni siquiera momentáneamente, sino que en cambio balbucean en las convulsiones de otra alucinación. Ellos farfullan sobre pacifismo y, en una especie de delirium tremens, imaginan que ven cosas tan imposibles como la "paz mundial" corcoveando justo más allá de su alcance. Entonces los lunáticos tratan de correr con fuerza para alcanzar el fantasma que siempre se aleja.


II. El componente budista del cristianismo lo alcanzó indirectamente, quizá en gran parte por medio de los esenios, y fue bastante adulterado en el camino.

     El elemento esencial es la doctrina sombría y cobarde de que la vida humana no vale la pena, que todas las cosas queridas por los hombres sanos, como la salud, la fuerza, el amor sexual, la belleza, la cultura, el aprendizaje, la inteligencia, la riqueza, e incluso la individualidad, son simplemente "vanidad de vanidades", ilusiones vacías. (El cristianismo, por supuesto, hace de ellas ilusiones malignas). La actitud propiamente dicha es la de un hombre desesperanzadamente enfermo y en el dolor: él añora la muerte. El culto, sin embargo, nos niega una liberación racional de nuestra miseria en el suicidio, el cual dice que es imposible, ya que una especie de fantasma sobrevivirá a la muerte del cuerpo. Lo que podemos y debemos hacer, sin embargo, es abstenernos absolutamente de relaciones sexuales, de modo que no engendremos vínculos nuevos en la cadena de miseria que es la vida en la Tierra. Además, algún misterioso poder sobrenatural ha decretado que podemos adquirir beneficios después de la muerte para nuestras almas frustrando todos los deseos que sienten los hombres sanos, y aún mayores recompensas al provocar dolor físico sobre nosotros mismos.

     Hay una máquina de contabilidad divina que hace entradas a nuestro crédito siempre que nos provoquemos el sufrimiento del dolor, y entra en débitos contra nosotros siempre que cedamos a la tentación y disfrutemos de algo, ya sea del amor de una mujer, de la belleza del gran arte, del regocijo intelectual de descubrir un hecho de la Naturaleza, o de cualquier otro placer. El balance de nuestra cuenta cuando morimos determina el futuro del alma. (El budismo presupone que aquel futuro es la reencarnación, pero el cristianismo pervierte y degrada ese mito que no es inverosímil añadiendo la noción zoroastriana de un juicio final: después de nuestra única vida en la Tierra, un ángel leerá el listado del computador y, si la cantidad de nuestras deudas nos ha hecho insolventes, con un tridente clavado en nosotros nos llevará al Infierno, donde nuestras almas impalpables e intangibles serán asadas sobre carbones calientes y sufrirán todos los otros tormentos corporales imaginables por toda la eternidad; no durante un año o un siglo o un milenio o mil millones de años, sino ¡por toda la eternidad del tiempo infinito!).

     De esta noción, corrompida por la adición de algunas obsesiones sexuales que parecen ser una parte innata de la mentalidad racial de los judíos, el cristianismo proclamó la doctrina del suicidio racial para nuestra gente. La concesión fue hecha, por supuesto, para los hombres que no tenían la valentía para castrarse a sí mismos, o de otro modo para frustrar los instintos de los hombres sanos; pero por medio de una transvaloración monstruosamente obscena de los valores racionales, la enfermedad fue llamada "salud" y la fuerza fue llamada "debilidad". A los hombres demasiado "débiles" para ser eunucos se les permitió el "pecado" de tener descendientes para proporcionar clientes para la siguiente generación de chamanes, pero era la voluntad del horrible dios del cristianismo el que nuestra raza fuera tan célibe como fuese posible. Durante quince siglos, enormes cantidades de arios varones fueron juntados en manada en la iglesia, como sacerdotes y como monásticos, para destruír su masculinidad con homosexualismo y perversión, mitigado sólo por la posibilidad de adulterios furtivos. Y enormes cantidades de nuestras mujeres fueron encarceladas en conventos para hacerse psicopáticas o practicar abortos secretos.

     Puede parecernos ahora que las instituciones para el suicidio racial atrajeron, tal como hoy, sólo a personas inadaptadas, a los física o psíquicamente defectuosos, a los cuales siempre debería serles impedido, hasta donde sea posible, reproducirse. Hasta cierto punto eso era verdadero, pero, por motivos que son históricamente obvios, algo de la mejor sangre de nuestra raza fue irreparablemente perdido en desquiciados esfuerzos para ganarse el favor del dios que los judíos nos habían exportado. Durante siglo tras siglo, las supersticiones sexuales del cristianismo sistemáticamente debilitaron y empobrecieron nuestra raza. Los judíos no podrían haber inventado nada mejor para sus propósitos.

     Los judíos desprecian a nuestra raza por su credulidad, su venalidad y la debilidad de sus instintos raciales, pero ellos también nos odian temiendo que nunca podamos llegar a ser un ganado absolutamente dócil en su granja mundial. La actitud judía hacia nosotros fue algo indiscretamente revelado en inglés por Theodore Kaufmann en su escrito "¡Alemania Debe Perecer!" (1941). Kaufmann exigió que cada hombre, mujer y niño en Alemania fuera quirúrgicamente esterilizado para exterminar a un pueblo que había sido culpable de insubordinación a la Raza de Dios. El rabioso judío comprendió que sería prematuro impulsar un tratamiento similar de los arios en otras naciones, y, como sucedieron las cosas, el plan judío resultó no ser factible de ser llevado a cabo incluso en la Alemania de ese entonces. En Estados Unidos y otros países una vez gobernados por nuestra raza, el mismo objetivo debe ser conseguido más gradualmente mediante el mestizaje y la incitación de una obsesión sexual, la que, a propósito, es un renacimiento de las primeras sectas cristianas que enseñaban que Jesús había revelado que el único camino a la Salvación está en el homosexualismo masculino o, a la inversa, en la ilimitada promiscuidad y la abolición de la familias para liberar a las mujeres para la cópula intensa e indiscriminada ad libitum [a voluntad].

     Otro derivado de la negación budista de los valores de la vida humana también fue distorsionado y contaminado durante su transmisión. Se trata del empalagoso sentimentalismo, la fatua auto-degradación, y el rechazo total de la razón que aparece en el así llamado Sermón del Monte, un veneno concentrado por el cual los cristianos todavía tienen un apetito mórbido. Aquél es la esencia de lo que Nietzsche llamó la "moralidad de esclavo", la moralidad de personas tan degeneradas o enfermas que ellas están sólo aptas para la esclavitud. Se trata de la negación de la vida misma. La gloria es reservada para los mansos y los humildes quienes experimentan un placer masoquista en ser pisoteados. Ellos deben ser tan abyectos y débiles de mente como para que amen a sus enemigos. Las heces de la sociedad humana son la "sal de la tierra", y a ellos se les promete la alegría de ver sufrir a sus superiores, cuando "los últimos serán los primeros".

     Nada que hace la vida digna de ser vivida es malo, y los idiotas son exhortados para que "no se preocupen por vuestras vidas"; en verdad, para que se abstengan totalmente del pensamiento racional. La mentalidad ideal para los cristianos es la de los vegetales, pero ya que no es completamente factible alcanzar aquel bendito estado, los cristianos se enorgullecen de proclamar que ellos son ovejas, los más estúpidos de todos los mamíferos, incapaces de defenderse ellas mismas, viviendo sólo para alimentarse, multiplicarse y ser trasquiladas periódicamente. A los cristianos incluso les gusta describirse a sí mismos como corderos que contemplan incomprensivamente el mundo alrededor de ellos. Ellos recitan con unción salmos que afirman que ellos son ovejas irreflexivas y carentes de voluntad, confiados en que el dios de los judíos los reunirá en manada y los llevará a "verdes pastos junto a aguas mansas", donde ellos podrán acostarse para masticar su alimento en una ininterrumpida felicidad.


     Ordenados que "no se preocupen por el mañana" sino que tengan cerebros de pájaros y que sean "como las aves del cielo" las cuales "no siembran ni tampoco cosechan", confiando en que su "Padre celestial" los ha de alimentar, los cristianos que realmente creyeron en las Tonterías del Monte, de ser suficientemente numerosos, simplemente precipitan la desintegración total de cualquier sociedad civilizada o incluso bárbara, y ni siquiera crecería su lana para que los judíos la trasquilen. Quizás es afortunado que a los cristianos les guste confundirse a sí mismos con la verbosidad sentimental que ellos no entienden y con santos "misterios" que ellos pueden contemplar con incomprensión bovina.

     El cristianismo, en efecto, ordena sentir orgullo por la imbecilidad. Su dios se encarnó para "hacer locura de la sabiduría de este mundo". Su creyentes deben tener una fe irracional en un incomprensible fárrago de declaraciones evidentemente falsas. Renunciar al uso de la razón es el único camino a la Salvación y a las alegrías animalescas de una ociosidad eterna en el Cielo. El aprendizaje y la sabiduría deben ser despreciados. Cada esfuerzo de la razón humana para entender el mundo en el cual vivimos es un pecado, una afrenta a un dios que nos ha dado el modelo perfecto de la virtuosa sabiduría de una ostra.

     El rechazo de la razón y la cordura fue un veneno particularmente mortal para nuestra raza, la cual, como varios escritores de etnología han indicado recientemente, tiene en algunos de sus miembros, al menos, una capacidad innata para el pensamiento objetivo y filosófico gracias al cual sólo nuestra raza alcanzó un control parcial de las fuerzas de la Naturaleza y el poder de defenderse a sí misma imponiendo su voluntad a otras razas.

     Ese poder, al que ahora fatuamente hemos renunciado, fue ganado para nosotros lenta y dolorosamente por los esfuerzos a menudo heroicos de unos cuantos hombres y sólo contra la oposición frenética de los charlatanes cristianos. La degradada superstición que insanamente exalta la ignorancia por sobre el conocimiento y la fe por sobre la razón, reprimió y deformó durante muchos siglos la capacidad única de nuestra raza para una civilización racional y poderosa.


III. Los estudiosos de la religión comúnmente niegan la originalidad a los judíos, porque todos los cuentos cosmogónicos del "Antiguo Testamento" fueron tomados de las mitologías de pueblos más civilizados, sobre todo de los babilónicos, y sólo superficialmente judaizados. Dichos eruditos, al hacer eso, pasan por alto o ignoran lo que es único en la religión profesada por los judíos, especialmente después de que ellos tuvieron la brillante idea de convertir su religión desde un henoteísmo [la adoración de un solo dios sin negar la existencia de otros] a un monoteísmo para imitar y apropiarse del monoteísmo del estoicismo griego.

     Es verdad que las peculiaridades de la religión judía no son meras supersticiones, como las que otras razas pueden aceptar ignorantemente, sino que surgen de su innata certeza de que su raza es inmensamente y categóricamente superior a todas las otras, una certeza absoluta que es independiente de cualquier explicación mitológica de ello que ellos puedan dar a otros o incluso a ellos mismos. Eso plantea un problema biológico que no podemos considerar aquí, pero debemos notar el elemento específicamente judío que entró en la amalgama cristiana.

     Los judíos son, por naturaleza, un pueblo proletario. Es una materia de observación común el que cuando ellos invaden un país, ellos se infiltran en cada ciudad próspera y establecen sus ghettos, en los cuales ellos se amontonan, como hormigas en su hormiguero, abejas en su colmena o termitas en su nido. Cada uno ha notado que cuando un judío o unos cuantos judíos se asocian con goyim, ellos simulan exitosamente las maneras y la cultura de la gente entre quienes ellos se han plantado; pero cuando los judíos se convierten en una mayoría en cualquier lugar, desde un cuarto individual a una ciudad, ellos se convierten en un enjambre, en una zumbadora sinagoga, una inequívoca especie foránea.

     Algunos judíos, por supuesto, se hacen enormemente ricos, pero ellos permanecen como parte del enjambre internacional. Según un despacho del Sunday Chronicle (el periódico judío oficial en Londres), el 2 de Enero de 1938 los judíos, enfurecidos porque los alemanes se atrevieron a ser irrespetuosos con la Raza Superior de Dios, sostuvieron una reunión cerca de Ginebra en la cual los financieros judíos prontamente contribuyeron con 500 millones de libras esterlinas a un fondo para castigar a los insubordinados goyim. El lector, sobre todo si él ha tenido la experiencia de la actividad "derechista" en cualquiera de nuestras naciones, puede estimar por sí mismo las posibilidades de que los financieros arios hubieran dado 2.500 millones de dólares en 1938 para conservar su propia raza, o que hubieran contribuído con (de serles pedida) una suma equivalente hoy a, digamos, 20.000 millones de libras esterlinas. Si él piensa que eso es improbable, él tiene la medida de la diferencia entre la raza judía y la nuestra.

     La solidaridad racial de los judíos los hace únicos entre los pueblos del mundo. Sólo podemos envidiarles un lazo de cohesión que indisolublemente une al pobre con el rico, que subordina la avaricia y la ambición personales, y que incluso supera las diferencias religiosas. Las creencias profesadas de talmudistas, cabalistas y ateos judíos nos parecen irreconciliables, pero ellas no impiden más la efectiva unidad de la raza que las feroces disensiones religiosas de los últimos siglos a.C. impidieron la explotación por parte de los judíos de los crédulos goyim, los seléucidas, los Ptolomeos y los romanos, a quienes los judíos hábilmente pusieron en oposición unos contra otros. Tácito se maravilló de la "obstinada lealtad [de los judíos] a su propia clase" junto con un "odio implacable hacia el resto de la Humanidad". Él escribió antes de que la solidaridad de raza fuera muy impresionantemente demostrada por las rebeliones judías en muchas provincias romanas alrededor de 117 d.C. En Cirenaica, por ejemplo, los judíos naturalmente habían plantado un enorme ghetto en la capital provincial y controlaban una gran parte del comercio del cual dependía la prosperidad de la región. Muchos judíos deben haber estado entre los habitantes más ricos.

     Pero un cristo llamado Andrés llevó las gratas noticias de que Yahvé dijo que era tiempo para que su Raza Elegida pusiera a los goyim en su lugar. Llenos de celo por la justicia, el enjambre judío sorprendió a los estúpidamente complacientes griegos y romanos con la guardia baja y mataron a más de 200.000 hombres y mujeres de varias ingeniosas maneras, como aserrar sus manos y pies y arrancar sus intestinos mientras ellos estaban todavía vivos. El Pueblo de Dios luego destruyó toda la propiedad en la ciudad (¡incluyendo la propia de ellos!), evidentemente quemando todos los edificios hasta el suelo y aplanando las ruinas. Después ellos se precipitaron hacia los campos para destruir las villas y desarraigar las cosechas. Habiendo hecho eso, la entusiasta multitud de nihilistas descendió sobre Egipto, dejando sólo un desierto quemado y cadáveres desmembrados.

     Ese nihilismo fue vivamente expresado en la historia de horror favorita de los cristianos, el Apocalipsis judío que los Padres de la Iglesia seleccionaron para su inclusión en su anexo al "Antiguo Testamento". La salvaje fantasmagoría describe con amoroso detalle todos los desastres y tormentos con los cuales Jesús afligirá y destruirá a los pueblos civilizados de la Tierra cuando él vuelva en gloria desde las nubes con un escuadrón de ángeles sádicos. Habría que notar la característica estipulación de que los goyim no deben ser simplemente muertos sin tardanza: debe hacerse que ellos sufran exquisitas agonías durante cinco meses primero. Pero lo que Lloyd Graham ha llamado correctamente el "diabólico salvajismo" del dios judío, no está satisfecho con el exterminio de todos los goyim con cada clase de tortura que una macabra imaginación podría inventar. Dicho dios destruye las tierras, las montañas, el mar, la Tierra entera; él destruye el Sol y la Luna; y él enrolla el cielo como un pergamino, presumiblemente incluso hasta las galaxias más remotas... Todo es aniquilado. Y todo eso por el bien de las mascotas de Jesús, una élite de 144.000 varones judíos que desprecian a las mujeres. Para éstos, desde luego, él crea una Nueva Jerusalén, en la cual ellos holgazanearán felizmente durante mil años.


     Los judíos condimentaron el cristianismo con su rencor y nihilismo. Como dijo Maurice Samuels, con sinceridad encomiable: "Nosotros, los judíos, los destructores, permaneceremos como los destructores para siempre... Destruiremos para siempre porque necesitamos un mundo nuestro propio, un mundo de Dios". Y al inventar el cristianismo, ellos detuvieron a los crédulos goyim de averiguar qué clase de dios su raza creó para sí misma.


¡TODO ESTO, Y EL INFIERNO TAMBIÉN!

     A los cristianos les gusta chacharear sobre cuánto su fardo de irreconciliables supersticiones ha hecho por nosotros. Bueno; eso primero dio esquizofrenia a nuestra raza y le ha dado ahora una obsesión suicida.

     Era bastante malo cuando los cristianos estaban bajo el hechizo de la noción zoroastriana de que la realidad biológica de la raza puede ser hecha desaparecer por una especie de magia llamada "conversión". Ellos contrataron a misioneros para importunar a todos los demás en el mundo, desde los altamente civilizados chinos hasta los incivilizables antropoides en África. Ellos creían que los extranjeros podrían ser transformados en el equivalente de europeos Blancos si ellos fueran sumergidos en agua bendita por un practicante autorizado. Los cristianos sucedáneos substituyeron la sumersión con la "educación", la que ellos piensan que es una clase mucho más poderosa de magia. Pero desde esa tonta idea hemos progresado ahora a una clase más perniciosa de insensatez.

     La noción budista de la igualdad, pervertida por la malicia proletaria y la supurante envidia, se ha convertido en la fe fanática del 95% de nuestra raza hoy. En un reciente artículo, R. P. Oliver observó que nuestros "intelectuales", que desdeñan los cuentos de hadas cristianos sobre Jesús y que se enorgullecen de ser ateos o, al menos, agnósticos, no obstante "se aferran al mórbido odio contra la superioridad que hace a los cristianos idolatrar lo que es humilde, inferior, irracional, degradado, deformado y degenerado". Ambos grupos se aferran frenéticamente al dogma de la "igualdad de todas las razas" (excepto, por supuesto, la raza inmensamente superior del "Antiguo Testamento"), e igualmente creen que la excelencia moral es evidenciada por la fe en lo que la experiencia diaria muestra que es manifiestamente absurdo. Y cuando ellos ya no pueden cerrar sus ojos para alejar el mundo real, ellos tienen una solución: las diversas razas (exceptuado el Pueblo de Dios) deben ser hechas iguales, deben ser reducidas al denominador común más bajo de los antropoides.

     Y así llegamos a la impresionante transvaloración que es el credo dominante de nuestro tiempo: los arios, en virtud de la superioridad que ellos han mostrado en el pasado, son una raza inmensamente inferior. Ellos son cargados con la horrible culpa de no haberse suicidado, una culpa que ellos pueden expiar sólo cobrándose impuestos a sí mismos para contratar a sus enemigos para que los destruyan. Ellos deben amar a sus enemigos, pero odiar a sus propios hijos. Sobre todo en la alguna vez Gran Bretaña y en Estados Unidos, los enloquecidos Blancos no sólo están subvencionando la proliferación de sus alimañas y legislando para inhibir la reproducción de su propia clase, sino que están importando desde todo el mundo multitudes de sus enemigos biológicos para que destruyan su propia posteridad. Especialmente en Estados Unidos, ellos condenan a sus propios hijos a la asociación más degradante con salvajes en sus escuelas "integradas". Los padres estadounidenses claramente sienten una satisfacción "espiritual" cuando sus propios hijos —o, al menos, los hijos de sus vecinos— son golpeados, violados y mutilados por los sub-humanos. Y los padres británicos, quienes si todavía son prósperos pueden proteger a sus hijos de la sordidez física —aunque no de la mental—, detestan como malvados "racistas" a los pocos individuos que piensan que su raza es apta para sobrevivir. Un psiquiatra honesto (hay algunos) podría quizá determinar qué extraña mezcla de sadismo y masoquismo ha sido inculcada en las mentes de nuestra gente.

     En todas partes, los arios cristianizados (incluyendo a aquellos que imaginan que no son cristianos) claramente están de acuerdo en que nuestra raza debe ser extinguida para la comodidad y la alegría de varias especies mamíferas que desean fervientemente nuestra propiedad y que instintivamente nos odian.


¡CUÁNTO ODIAN LOS JUDÍOS AL CRISTIANISMO!

     Los judíos ya no hacen ningún esfuerzo serio para mantener el pretexto de una antipatía hacia el cristianismo. Es verdad que de vez en cuando ellos protestan por la exhibición pública de símbolos cristianos, como la cruz. Pero eso simplemente condimenta su burla. Cuando ellos erigen una "menorá" de 9 metros delante de la Casa Blanca para recordar a su arrendatario quién posee el lugar, los intimidados cristianos nunca piensan en protestar.

     Oliver, en su libro bastante famoso "El Cristianismo y la Supervivencia de Occidente" (Christianity and the Survival of the West), afirmó que aquél era una religión "occidental", pero él tuvo que basar su argumento en lo que tuvo que ser añadido a la doctrina para hacerla aceptable para los pueblos nórdicos después del colapso del podrido Imperio que había sido una vez el romano. Y en la nota final a su segunda edición, él admitió que la religión había sido despojada de aquellas adiciones y estaba siendo reducida a la superstición de las primeras sectas cristianas que o excluían a los no-judíos o los admitían sólo al status de "perros gimientes" que ellos podrían alcanzar al mutilarse sexualmente, observar los tabúes judíos, y obedecer a sus amos divinos.

     La santidad de los judíos es ahora un dogma establecido, sobre todo entre los cristianos sucedáneos. Un amigo mío, que está ahora en Estados Unidos, escribió a los rectores de varios institutos y universidades que estaban tratando de conseguir unos dólares extras ofreciendo cursos para demostrar la "verdad" del fraude de los judíos acerca de los "seis millones" del Pueblo de Dios que se supone que los alemanes "exterminaron" por medio de un procedimiento que es físicamente imposible. Él recibió varias respuestas muy ofensivas de importantes vendedores de diplomas que insinuaban que él, que tiene un doctorado en Historia moderna, debería ser encerrado por su "ignorancia". He visto copias de algunas de aquellas cartas. Los airados rectores estaban claramente respaldando su propia fe. Ellos sabían que los judíos no podían mentir, tal como sus abuelos sabían que Jesús caminó por el agua y realizó un picnic que fue el pescado frito menos caro de la Historia. Aquello lleva a no preguntarse cuánto de la fe de sus abuelos o la propia estaba fundado en la creencia fáctica en lo que "todos creen" y cuánto estaba basado en un cálculo de que no sería remunerativo dudar de lo que "todos saben". Los resultados son el mismo: Ay del que cuestione cualquier cuento contado por la raza "justa".

     A estas alturas, todos deben saber que los judíos han adquirido un control efectivo de todos los medios de comunicación: la prensa, la radio, la televisión y la publicación de libros ampliamente distribuídos. Si los judíos tuvieran la más leve animosidad contra la religión cristiana, ellos usarían esas poderosas armas para destruírla. En cambio, los verdaderos oponentes del cristianismo, los ateos racionales, son sistemática y totalmente excluídos de los "medios". Ningún periódico ni ninguna revista extensamente distribuída se atreve a imprimir uno solo de sus artículos o siquiera a mencionarlos sin escarnio. Ninguna estación de radio o televisión admitirá que ellos existen, e incluso si ellos llaman por teléfono a programas que reciben llamadas, ellos son cortados antes de que su primera palabra significativa alcance la antena. Para ser impresos, ellos deben organizar sus propias famélicas casas editoriales para publicar libros o revistas que son muy caros porque sólo unas pocas copias pueden ser impresas para una diminuta audiencia que no puede ser aumentada porque ningún periódico o radio podrían ser contratados para que anuncien tales publicaciones por ningún precio. Los gerentes, incluso si no son judíos, prudentemente presuponen que los ateos, que substituirían los hechos y la razón con cuentos de hadas y una fe ciega en "valores espirituales", son muy malvados, y ellos lamentan que no sea factible actualmente quemarlos en la hoguera. Si los judíos tuvieran una antipatía por el cristianismo, ellos podrían cambiar aquella actitud de la noche a la mañana con unas pocas instrucciones a sus mercenarios, y ellos podrían hacer absurda la religión a los ojos de la mayoría dentro de un año o dos. Las personas tontas simplemente absorben lo que les dicen.


     Los medios de comunicación controlados por el judío prodigan constante y sistemáticamente publicidad gratis a las iglesias cristianas y sobre todo a los mercachifles de la salvación. El éter [ondas radiofónicas] está lleno con los bramidos y las zalamerías de "evangelistas", que manejan su negocio y recogen el dinero de todo aquel cuyas emociones pueden ser conmovidas por su burda retórica. Incluso los más adinerados de los negocios evangelísticos reciben la mayor parte de su publicidad gratis; cuando ellos tienen que pagar realmente, les ofrecen precios muy reducidos. Los "medios" religiosamente relatan milagros que sólo podrían haber sucedido al Este del Sol y al Oeste de la Luna [East of the Sun and West of the Moon, título de un cuento de hadas noruego]. Y ellos religiosamente suponen que los chamanes cristianos son tan santos que ellos deben "tener buenas intenciones" aun cuando sean sorprendidos en malversación o fraude.

     He oído que a aproximadamente media docena de predicadores Blancos, más o menos sutilmente "racistas" o incluso anti-judíos, les permiten hablar (por unos honorarios) en algunas de las emisoras de radio más pequeñas en Estados Unidos, a condición de que, por supuesto, ellos no hagan más que insinuar furtivamente lo que ellos piensan sobre asuntos raciales. Si ellos realmente irritaran a los judíos, serían silenciados por algún pretexto u otro. Los "evangelistas" que lo hacen a lo grande (cosechando anualmente diez millones de dólares o más) todos dejan claro que la primera obligación de los cristianos es adorar al Pueblo de Dios.

     Además, aunque los cristianos y algunos sociólogos no capten la idea, los "medios" están creando laboriosamente la atmósfera más propicia para una intensificación del cristianismo. Dicha religión creció en el declinante Imperio romano junto con el aumento de la insensatez universal: tuvo que competir sólo con otras supersticiones tan groseras que los historiadores quedan perplejos cuando se les pide decidir cuál era la más grotesca. Los "medios" están hoy promoviendo estridentemente toda clase de basura que estimula la creencia en lo sobrenatural. Ellos no sólo publicitan sino que incluso contratan a "psíquicos", "videntes", astrólogos y traficantes de misterios quienes cuentan enormes cuentos sobre casas embrujadas, fines de semana en "platillos voladores", "Triángulo de las Bermudas" y similares cazabobos. Todos los adeptos de tales cultos son potenciales clientes de los faquires cristianos. Cuando, por ejemplo, un hombre comienza a practicar la auto-hipnosis llamada "meditación transcendental", él pronto estará maduro para un estallido de Fe. Cuando él tiene tan embotada su inteligencia que puede creer que los planetas, que obedecen a la ley de gravitación con precisión matemática, se dieron el trabajo de presagiar su futuro, él puede creer pronto en la Segunda Venida y en el Fin de los Tiempos.

     No he visto estadísticas que indiquen cuán grandemente el porcentaje de creencia en los mitos teológicos del cristianismo ha sido aumentado por la intensa promoción que hacen los judíos de ello, pero observo que en Estados Unidos los tres payasos que recientemente [Nov. 1980] compitieron por el trabajo de hacer la labor de los judíos en la Casa Blanca [Reagan (electo), Carter y John B. Anderson] pensaron que era una buena publicidad llamar a un "renacimiento espiritual" y afirmar que ellos habían sido lavados en la "sangre del Cordero" y que habían "nacido de nuevo". Las posibilidades de que un candidato gane la competición por el apoyo popular ahora parecen haber aumentado por la evidencia de que él o es un mentiroso o tiene alucinaciones.

     El más estupendo de los muchos fraudes de los judíos es la poción de una bruja que, a través de los siglos, ha transformado a los una vez inteligentes y valientes arios en rebaños de ovejas carentes de entendimiento, fácilmente reunidas en manada, fácilmente trasquiladas, y que fácilmente salen en desbandada.–




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