BUSCAR en este Blog

lunes, 2 de octubre de 2017

Julio Caro Baroja - Cristianismo, Paganismo y Hechicería



     Del libro del erudito antropólogo, historiador y escritor español Julio Caro Baroja (1914-1995) "Las Brujas y Su Mundo", publicado en Madrid en 1961, presentamos aquí su capítulo tercero (Cristianismo, Paganismo y Hechicería), donde revisa ciertos hechos de los primeros tiempos del cristianismo que tuvieron relación con la práctica de las artes mágicas, lo mismo en los países escandinavos y eslavos, en especial lo tocante a la hechicería femenina, y algunas legislaciones relativas a dicho asunto durante la temprana Edad Media en Europa.


CRISTIANISMO, PAGANISMO Y HECHICERÍA
por Julio Caro Baroja, 1961




1. EL CRISTIANISMO ANTE LA MAGIA ANTIGUA Y EL PAGANISMO

     Con el triunfo del cristianismo los sistemas de creencias existentes con anterioridad en Europa hubieron de sufrir una reinterpretación, como es lógico. En primer término al condenar, como tuvo que condenar, toda creencia pagana, la nueva religión, por vía de sus autoridades, procedió de modo parecido a como antes había procedido el paganismo con las creencias cristianas: las alteró algo, para convertirlas mejor en pura representación del mal.

     Los paganos habían dicho, con falsedad, que los cristianos adoraban una cabeza de asno, que mataban niños y que cometían otros muchos actos nefandos en sus reuniones [1]. Los cristianos pudieron acusar a los paganos de modo más directo, profundo y veraz poniendo de relieve la insensatez de algunos de sus mitos y ritos según lo que una moral filosófica podía dictar, ya en la Antigüedad, contra su obscenidad, su brutalidad y su aire grotesco. Autores como Arnobio y Lactancio aprovecharon bien el filón [2] que sofistas como Luciano habían utilizado, con otros fines.

[1] Tertuliano, Apol., 7, 9, 16, etc.
[2] Así puede darse el caso de que en antiguas colecciones de textos obscenos se aprovechen algunos de Arnobio acerca de escandalosas aventuras de los dioses o sobre ritos impúdicos.

     Así, sin atender a grados ni matices, los antiguos dioses se vieron asimilados a los demonios, ni más ni menos, o al Diablo, abstrayendo y unificando más los conceptos. Lo que podía haber de pío, de moral, de decoroso dentro de los cultos domésticos y públicos griegos y romanos, no fue tenido en cuenta. Y sólo en épocas recientes en las que el ateísmo es el mayor enemigo de la gente de la Iglesia, se ha vuelto a poner de relieve por algunos miembros de la Iglesia misma aquella piedad antigua, por no decir pagana, que trasciende en muchos textos de escritores clásicos. «¿Quiénes no tienen que ganar con los cristianos? Los alcahuetes y otros agentes de la lujuria, los asesinos sicarios, los envenenadores, los magos, los arúspices, los adivinos (arioli) y los que se dan a la Astrología (mathematici. Esto decía Tertuliano en su apología famosa [3], mucho antes del triunfo. No proclamaba de modo tan claro que la religión suya procuraría también desterrar a las demás, equiparando al pagano o gentil con las personas dadas a aquellas artes y acciones punibles según la misma moral pagana.

[3] Tertuliano, Apol., 43.

     Hoy vemos la lucha terminada y desde muy lejos. Es difícil que nos imaginemos con exactitud la situación antes del final y de cerca. La fuerza dialéctica de la Historia concluída, escrita, juzgada, nos domina. Pero es posible que la radical diferencia que establecemos entre Cristianismo y Paganismo nos impida destacar los valores más profundos del Paganismo, del mismo modo como el triunfo de la Filosofía socrática alteró durante mucho tiempo la visión que se tuvo de los sistemas anteriores, y acaso aún hoy (pese a varios esfuerzos) influye para que no resulten tan valorados como debieran serlo.

     Parece, sin embargo, que en las primeras luchas entre Emperadores paganos y Emperadores con simpatía hacia el cristianismo se procuraba averiguar simplemente cuál de los dos sistemas era el más eficaz o poderoso como auxiliar de las armas mismas. Y cuando Constantino se vio premiado con la victoria, pensó simplemente que era necesario dar satisfacción al dios que se la había dado, al menos en parte. Sus sucesores no se contentaron con eso: poco a poco proscribieron al Paganismo en sí. Pero al lado de él proscribieron también creencias y prácticas que los mismos paganos habían considerado punibles y que estaban castigadas en sus leyes.

     Una nueva concepción del Derecho hizo que éste se cargara de un carácter religioso que acaso no había tenido inmediatamente antes. Al Derecho particular de la «polis» griega o la ciudad romana, Derecho empírico o pragmático como el que más, sucede el Derecho de los creyentes, de los fieles frente a los que no lo son. A la idea de la moral pública, de la moral de la «polis», se opone la idea de la moral de la comunidad religiosa. El cambio es enorme desde todos los puntos de vista; aunque hay que advertir que, una vez producido, las doctrinas jurídicas y las doctrinas teológicas tienen un desarrollo independiente hasta cierto punto.


2. LA DOCTRINA JURÍDICA Y LA DOCTRINA TEOLÓGICA

     Así, en la legislación cristiana del Imperio, a la par que se condenaba el culto ya llamado idolátrico, se condenaba también mediante varias leyes la práctica de casi todos los aspectos de la Magia. Algunas de esas leyes son acaso más severas (aunque no más explícitas) que las de otras épocas. La «interpretatio» de la ley 3 del título 16 del libro IX del «Código Teodosiano» dice, por ejemplo: «Malefici vel incantatores vel inmissores tempestatum vel hi, qui per invocationem daemonum mentes hominum turbant, omni poenarum genere puniantur». Y entre otras leyes que contiene aquel código, y que corresponden a distintas fechas del siglo IV, hay una por la que se condena con pena capital a los que celebraran sacrificios nocturnos en honor de los demonios o invocaran a éstos [4]. Las leyes del libro IX, título 18, del «Codex Iustinianus» y de otras colecciones legales antiguas reflejan el mismo espíritu.

[4] Cod. Theod., IX, 16, 7. El título 16 agrupa doce leyes sobre maléficos matemáticos y otras personas semejantes.

     Pero tan interesante o más que precisar el alcance de esas disposiciones, que han sido objeto de estudios y comentarios muy nutridos, es explorar el ánimo de las personas de mayor autoridad en aquellos tiempos, es decir, los padres de la Iglesia, examinando lo que nos dicen acerca de la Magia y Hechicería, y más concretamente sobre ciertos aspectos de éstas. Los textos reunidos muchas veces ya acerca de la Magia, según las autoridades cristianas primitivas, demuestran que la creencia en ella era general.

     La Astrología, la Adivinación, los maleficios y ligaturas, la llamada Mathematica, la Necromancia, la fabricación de filtros y filacterias, la creencia en el poder de los sortilegios, etc., constituyen las «artes» mágicas como en tiempos anteriores. Pero al tratarse en particular de las acciones de las hechiceras, tal y como las habían expuesto Apuleyo y otros, nos encontramos con que hay un intento teológico de interpretarlas en forma no real en absoluto, y ese intento —memorable por muchas razones— es nada menos que de Agustín, que habla de acuerdo con experiencias muy directas y personales.

     «Cuando estábamos en Italia —indica él en un pasaje famoso de "De Civitate Dei"oímos hablar de ciertas mujeres, mesoneras de profesión, que imbuídas de aquellas malas artes, dando de comer queso a los viajeros que querían, luego los convertían en jumentos, que servían para transportes» [5]. Es decir, que la historia narrada por Luciano y Apuleyo (al que Agustín hace alusión poco después) se daba como factible en los siglos IV y V.

[5] Agustín, De Civ. Dei, XVIII, 18.

     Pero Agustín se muestra, sin embargo, muy dubitativo, en unas consideraciones que siguen a lo narrado, acerca de la posibilidad física de tales metamorfosis. Cree que, en realidad, el demonio sume a los hombres que dicen haberlas experimentado en una situación especial de ensueño imaginativo, durante la cual se dan como vividos, con todo detalle, muchos episodios que pueden ocurrir en derredor, aunque no al que está bajo el poder maléfico, e ilustra la creencia en el mismo poder del referido hechizo de los quesos con un caso que contaba un tal Prestancio.

     Decía éste que habiendo comido su padre del queso hechizado, en su propia casa, le entró un sueño tan profundo que nadie podía despertarlo. Despertó al fin por sí mismo al cabo de varios días y contó lo que le había ocurrido mientras tanto. Se había convertido en caballo y había estado transportando provisiones para las tropas que se hallaban en Rhetia. Ahora bien, se comprobó que el transporte de las provisiones se había realizado en la forma que él lo describió... De aquí a Apuleyo hay una distancia grande. Porque Agustín, que, por otra parte, no dudaba de que las hechiceras («veneficae») pueden hacer enfermar o curar, no sólo duda de la realidad de las metamorfosis sino que cree que es imposible invocar a las almas de los muertos por medio de encantos y realizar lo que se pretende con tales invocaciones [6].

[6] Hansen, Zauberwahn... (Múnich, Leipzig, 1900), pp. 28-32, recogió muchos textos agustinos sobre el tema.

     Dejando estas últimas cuestiones a un lado, se ha de notar que con relación a las metamorfosis y otras acciones ligadas con ellas, la tesis del ensueño fue la que tuvo mayor validez entre las autoridades de la Iglesia occidental durante toda la primera parte de la Edad Media, y no han faltado quienes la pusieron en contraste con la defendida por autoridades de época posterior, que sostuvieron a machamartillo no sólo la realidad de las metamorfosis mismas sino también la de otros actos, como los vuelos nocturnos, las cabalgatas hechiceriles, etc. Los padres de la Iglesia antigua tenían que combatir al Paganismo incluso en el campo de la «realidad». Los de la más moderna no se sintieron tan obligados a ello y dieron como cierto lo que muchos antiguos paganos habían creído.


3. LA HECHICERÍA FEMENINA DURANTE EL BAJO IMPERIO

     Así, pues, si no se podía negar de modo radical (y dado que los textos sagrados las consideran como reales) la efectividad de las artes mágicas, en casos sí se podía limitar el alcance del poder del Demonio, bien considerando que una vez establecido el Cristianismo lo que antes era común dejaba de serlo después, bien atribuyendo a sus actuaciones en el espíritu y no en el cuerpo mucho de lo que se creía causado por él. Porque excusado es decir que esa época de inseguridad colectiva e individual en que vivieron Agustín y otros padres de la Iglesia, que trataron con mayor o menor extensión de las artes mágicas, se prestaba más que ninguna a la credulidad más absoluta. Y pueden recordarse, como ocurridos en ella, cantidad de casos que acreditan la fe en la Magia maléfica concretamente.

     Pero reduciéndonos a la creencia en el poder maligno de ciertas mujeres, cabe hacer memoria —por vía de ejemplo— que el historiador Zósimo cuenta que la esposa de Stilicón, al casar a una de sus hijas con el Emperador Honorio, se valió de una bruja para impedir que éste cumpliera con su deber conyugal [7]. Y caído el Imperio de Occidente, la idea del poder de la «strix», «stria», «striga» o «masca» (como se llamaba a menudo a esas mujeres maléficas en la baja latinidad) vive en la conciencia del pueblo siglo tras siglo. Los actos que se les atribuyen son siempre parecidos, cuando no los mismos.

[7] Zósimo, V, 28, hace ver que la primera mujer del Emperador murió virgen. Pero a pesar de ello, casó luego con la hija de Stilicon, y al morir éste fue devuelta a su madre, V, 38.

     El poder de ciertos estereotipos hace que siglos después de que vivieran no sólo Luciano y Apuleyo, sino también Agustín y el desdichado Emperador Honorio, en pleno siglo IX, se contara que hubo gran discusión entre el Papa León IX y Pedro Damián acerca del caso de cierto joven que se decía había sido transformado en asno por unas mujeres. La versión que da del hecho un autor británico muy posterior en verdad es la siguiente:

     Cierta noche un joven juglar pidió posada a dos viejas hechiceras, que vivían en los alrededores de Roma. Mientras el pobre joven dormía lo transformaron en asno y como, pese a la metamorfosis, conservó la inteligencia humana, ganaron mucho dinero exhibiéndolo y haciéndole mostrar sus habilidades. Por último, lo vendieron muy caro a un rico vecino que se había encaprichado con el asno. Al tiempo de la venta recomendaron al nuevo amo que le impidiera bañarse en agua. Así vivió el joven transformado durante mucho tiempo hasta que, habiéndose descuidado una vez el amo, se fue a un estanque, se zambulló y recobró su forma primitiva. El juglar contó en público su historia y el Papa, después de haber sido convencido por Pedro Damián de que tal cosa era posible, castigó a las hechiceras [8].

[8] William of Mamelsbury parece haber sido el primero que contó el hecho, de donde pasó a Vicente de Beauvais y de su obra a Molitor y otros autores más tardíos.

     Si en los dominios del antiguo Imperio de Occidente vemos pulular a éstas, no menos mediatizada por ellas se creía que estaba la vida de cantidad de súbditos del Imperio Oriental, bizantino. Un padre de la Iglesia griega de gran combatividad, predicó con insistencia contra las supersticiones en general. Pero en algunas de sus homilías atacó con especial dureza a las mujeres que de continuo empleaban hechizos. «No os contentáis con hacer ligaturas y hechizos —dice en cierta ocasión Juan Crisóstomo a los habitantes de Antioquía—, sino que, además, lleváis a vuestras casas a viejas borrachas y temblorosas para que los ejecuten». Los ataques del predicador alcanzan las alturas y es conocida su posición ante los excesos de la emperatriz Eudoxia [9].

[9] Este episodio fue narrado con vigorosa pluma por Gibbon, The Decline and Fall of the Roman Empire, III, pp. 306-311 (cap. XXXII).

     Si la corte de aquélla estaba infectada por la práctica de la Magia negra, tanto o más lo estuvo después la de otras emperatrices. Procopio nos dice que la mujer de Belisario, Antonina, «usó de los filtros conocidos en su familia», como si ésta constituyera una dinastía de hechiceras (Anec., I, 1). Y una vez que atrajo a aquél y se casó con él, los empleó con otros fines (Anec., I, 7). De Teodora afirma que tenía tratos mágicos con el demonio (Anec., XII, 10; XXII, 7 y 8). Pero la práctica no estaba confinada a las mujeres: los hombres también fueron acusados de actos semejantes (Anec. IX, 12; XXII, 6 y 7). Siglos después un historiador bizantino también, Nicetas Acominata Choniata, habla de unos hechizos a los que recurrió Eufrosina, mujer del Emperador Alejo Angel, para conocer el futuro, parte de los cuales consistieron en dar de latigazos a una estatua de Hércules, obra preciada de Lisímaco, y mutilar a un jabalí de Calidonia, al que rompió el morro [10].

[10] Nicetas Choniata, III, 4 («De Rebus Gestis Alex. Commeni»).

     Otras cortes menos refinadas, pero acaso tan crueles como éstas, fueron teatro de escenas sombrías del mismo tipo. Por ejemplo, la de los reyes francos. No en balde los pueblos germánicos, en un lento proceso de cristianización, se hallaban sujetos, como los que más, al influjo del pensamiento mágico, que para algunos autores es como un índice cultural, es decir, que cuanto más se admita la realidad objetiva de los hechos mágicos, más retrasado se considera que está un pueblo, una sociedad [11]. Y en este caso la tentativa de considerar «incorpóreos» a algunos de los hechos más típicos, como los consideraba Agustín, puede interpretarse como un intento positivo de avance. Hablemos, pues, de los pueblos llamados bárbaros.

[11] A. L. Kroeber, Anthropology, pp. 298-299.


4. LA HECHICERÍA FEMENINA ENTRE LOS PUEBLOS GERMÁNICOS Y ESLAVOS

     Si la Antigüedad clásica conoció un tipo de hechicera que se parece bastante a la que nos es familiar, a la que ha existido en Europa mucho después, aun en época contemporánea, algo parecido puede decirse también con relación a los pueblos europeos que quedaban fuera del mundo clásico, según vamos a ver, tomando como punto de apoyo textos conocidos.

     Comencemos con los de entronque germánico, acerca de cuya Magia hay muy buenas autoridades. De acuerdo con ellas podemos sostener que también entre los germanos cada «situación» social dio lugar a un tipo de Magia, y que incluso se afirma que los dioses la usaron en determinadas circunstancias. Podemos decir asimismo que, a pesar de lo extraño que parezca esto, la práctica de la Magia se ajusta a un orden lógico y a un orden social, como ocurre en otras comunidades bien estudiadas modernamente, y que la maléfica florece en determinados estados de tensión.

     En lo más alto de la sociedad germánica nos encontramos a los reyes, ejercitando la Magia pública con éxito más o menos reconocido.

     Entre los suecos, Erik, el del sombrero ventoso, fue un rey de excepcionales poderes mágicos [12]. En otros casos las desgracias y miserias de la comunidad se atribuyen al hecho de que el monarca reinante no tenía el poder mágico adecuado para arrostrar las circunstancias. Pero descendiendo en la escala social vemos también que en la vieja Escandinavia se consideraba que cada actividad mágica era patrimonio de un linaje que tenía, como los demás, su epónimo. Así, «todos» los adivinos, «todas» las hechiceras y «todos» los magos descendían de su respectivo antepasado particular, del mismo modo como los gigantes tenían el suyo [13].

[12] Juan Magno, Gothorumque Sueonumque Historia, ex Probatis Antiquorum Monumentis Collecta... (Basilea, 1558, p. 640 (lib. XVII, cap. XII).
[13] Los Eddas, viaje de Gylfo, y Poema de Hyndla.

     La división de las actividades humanas por linajes supone una transmisión especial de conocimientos por vía tradicional, desde una época mítica; por otra parte, la Hechicería o Magia maléfica tiene su nombre propio y queda perfectamente definida por la palabra «seid» [14].

[14] H. Ch. Lea, Histoire de l'Inquisition au Moyen Age, III, pp. 486-490.

     En las leyendas históricas de Islandia hay pasajes en los que esa actividad maligna se achaca a toda una familia compuesta de padre, madre e hijos [15]. Pero, como ocurre en el mundo clásico, son las mujeres, o determinados tipos de mujeres, las que de manera más frecuente se consideran como dadas a ella.

[15] La Laxdoela Saga. Légende Historique Islandaise Traduite du Vieux Norrois (París, 1914), pp. 99, 103, 104, 105-107, 111-112.

     El texto de Tácito en la «Germania», según el cual en aquella tierra los hombres creían en cierto carácter sagrado de las mujeres y siempre prestaban gran atención a sus consejos, avisos y advertencias [16], ha sido objeto —como casi todos los de aquella obra— de muchas interpretaciones encontradas. Pero si de una parte puede ilustrarse con los ejemplos de Velleda [17] o Ganna (sucesora de la anterior), heroínas de la historia germánica, de otra hay razones para creer que los sentimientos de respeto y veneración podían ir unidos a los de temor, a los de simple miedo hacia los maleficios que practicaban.

[16] Tácito, Germania, 8.
[17] Tácito, Hist., IV, 61-66; VI, 22-24. Dion Casio, LXVII, 5.

     Tanto la primitiva literatura germánica como las obras históricas escritas en latín acerca de los pueblos del mismo entronque en época más tardía, nos hablan de esta situación equívoca de la mujer con constancia.

     Numerosos son, así, los pasajes de los «Eddas» en que se alude a la pericia de las mujeres en materias hechiceriles y al peligro que se corre dejándose dominar por ellas: «Huye del peligro de dormirte en brazos de la mujer maga; que no te estreche contra su seno. Te hará despreciar la asamblea del pueblo y las palabras del príncipe; rehusarás el comer, huirás del trato con los demás hombres y te irás a dormir tristemente», dijo una voz sobrenatural a Lodfafner [18]: considerando éste y otros hechos podría hablarse de un «complejo de Circe» que ha dominado a hombres de diferentes épocas de modo imperioso.

[18] Los Eddas, canto de Lodfafner.

     Por otra parte, la imagen de la vieja hechicera sale de continuo en los mismos poemas. Sirve, por ejemplo, para representar a Angerboda, la madre de los lobos que devorarán el Sol y la Luna:

«Al Este de Midgard, en la selva de hierro
estaba sentada la vieja hechicera.
Ella alimentaba a la raza
terrible de Fenrer...».

     Y, por otro lado, la Hechicería o la Magia realizada con malos fines, es objeto de imprecaciones constantes, y se considera como una de las actividades más antisociales que cabe imaginar.

     Pero conviene insistir en que, dentro del mundo germánico, pagano también, los dioses quedan comprometidos no sólo como fautores de hechicería, sino incluso como hechiceros. Loke o Loki, el maligno, es capaz de decirle al mismo Odin: «Se afirma que has ejercido la Magia en Samsoe, que te has ocupado de maleficios como una Vala: bajo la forma de una bruja has errado por el país. Esto es lo que yo encuentro envilecedor en un hombre» [19]. A Freya le grita: «¡Cállate! Tú eres una envenenadora y practicas la Magia. Por tus hechizos las potencias propicias se han vuelto desfavorables a tu hermano».

[19] Los Eddas, festín de Aeger. Véase también la predicción de Wola la sabia.

     No hay duda, pues, de que la Magia tiene su lugar en la vida de los dioses como en la de los mortales. La pregunta que se hacía Lucano con relación a los del Olimpo podía habérsela hecho un germano con respecto a los del Walhala. Hay una «vis magica» que los domina o fascina, lo mismo que a los poderosos o a los humildes de la tierra.

     Varias leyendas, recogidas en textos más modernos que los aludidos, acreditan que esos pueblos germánicos en la vida cotidiana estaban dominados por el miedo a las hechiceras y que las creían con frecuencia causantes de las desgracias de sus reyes. Una de las más conocidas es la relativa a la muerte del rey danés Frothon III, que los escritores de asuntos mágicos han solido tomar comúnmente del historiador alemán A. Krantz.

     El rey —como otros muchos más o menos legendarios (se dice vivió en tiempo de Cristo)— parece que usaba de la Magia. Tenía en su corte a una hechicera famosa. El hijo de ésta tenía gran fe en el poder de su madre. En cierta ocasión, se concertaron los dos para robar los tesoros del rey, que ya era viejo. Una vez realizado el robo huyeron de palacio y se retiraron a una casa que poseían en sitio apartado. El rey, siguiendo indicaciones de varias personas, asoció el robo con la huída y determinó ir en persona a buscarlos. Así lo hizo. Pero al verlo llegar la hechicera usó de sus artes para convertir en toro a su hijo, que salió al paso del anciano. El rey se sentó para contemplar al animal. Pero la hechicera lo dejó disfrutar poco tiempo del espectáculo: el toro lo embistió con todas sus fuerzas y lo mató [20].

[20] A. Krantz, Regnorum Aquiloniarum, Daniae, Sueciae, Noruagiae Chronica... (Frankfurt, 1583), fols. 20 vto. 21 r (lib. I, cap. XXXII).

     Esto es lo que cuenta, poco más o menos, Krantz, aunque hay que advertir que existen versiones algo diferentes [21]. Pero para el caso es lo mismo. Lo que aquí hay que destacar es la configuración general de la leyenda. También vale la pena de indicar que quien la popularizó más creía que en su época (es decir, en los siglos XV-XVI) las viejas hechiceras eran capaces de realizar cosas tan sorprendentes como ésta, o más. El mundo germánico, desde las tierras hiperbóreas hasta las vecinas al Mediterráneo pobladas por visigodos, ostrogodos y lombardos, desde las estepas del Este de Europa a las islas del Atlántico, vive dominado por la creencia en hechicerías y atemorizados por ellas en la época de sus grandes movimientos.

[21] Así la de Pierre le Loyer, Discours, et Histoire des Spectres, Vissions et Apparitions des Esprits... (París, 1605), p. 142 (lib. II, cap. VII).

     Y así, dentro de él, a los pueblos enemigos y odiados se les acusa de practicar la Hechicería y de descender de hechiceras malvadas. Una tradición que recogió ya Jornandes o Jordanes, historiador de los godos, en el siglo VI y que después recordaron otros muchos historiadores, modificándola, es la de que habiendo hecho el rey Filimero, en tiempo antiquísimo, una investigación acerca de las costumbres de su pueblo, halló que existían dentro de él ciertas magas, a las cuales ordenó llevar desterradas a las soledades remotas de Escitia, para que no contaminaran a más gente. Del comercio casual de éstas con ciertos espíritus inmundos que vagaban por los mismos desiertos nacieron los hunos [22].

[22] Jordanes, De Rebus Gothicis, 24. Juan Magno mucho después (Gothorumque Sueonumque Historia, VI, 24) dice que las hechiceras cohabitaron con hombres y no con espíritus. Sobre el nombre de éstas hay variantes grandes en las ediciones.

     Eran aquellas magas las llamadas «alrunas» o «haliurunnae» que surgen en otros textos. El denominar, pues, a uno «hijo de bruja» es un insulto antiguo, y el atribuír malas artes a la comunidad más enemiga entre las próximas también es una reacción clásica del hombre. Concretamente en el caso de los hunos es muy probable que fueran dados a la Hechicería (como luego lo fueron los magiares y húngaros), pero acaso también la mala reputación que tuvieran entre los godos se debiera en parte al terror enorme que inspiraban; en otras palabras, que se debiera al mismo sentimiento de impotencia que se tenía ante ellos.

     Historias más o menos fabulosas acerca del poder de determinadas hechiceras se encuentran también en las viejas crónicas eslavas.

     Así, en la historia más antigua de Bohemia hay una parte legendaria que conviene recordar aquí. A fines del siglo VII, el año 690, se pone la muerte de un jefe llamado Krok, que dejó tres hijas. La primera, Kazi o Brelum, era gran conocedora de las plantas medicinales y curandera. La segunda, llamada Tecka o Tekta, era adivina y sortílega; cada vez que se realizaba un hurto en el país ella descubría a su autor, y si se perdía algo señalaba dónde se había perdido. La tercera, Libuscha, Libussa o Lobussa, era sibila, poseía el espíritu de las pitonisas y fue superior a todos los hombres y mujeres de su época. Por artes mágicas hizo que los bohemios eligieran como señor a Przemislao, con el que se casó. Predijo la grandeza de Praga y después de una vida gloriosa murió.

     Mas he aquí que a su muerte las mujeres, acostumbradas a mandar, no se resignaron a volver a ser las siervas de los hombres. Una joven doncella, llamada Wlasca, de espíritu dominador, las reunió y les dirigió la palabra en términos parecidos a estos: «Nuestra señora Libussa gobernó este reino mientras vivió: ¿Por qué no he de regirlo unida a vosotras? Conozco todos sus secretos, también los sortilegios y las artes de augurar de su hermana Tecka, y también sé lo que de medicina sabía Brelum, pues no en vano estuve adscrita a su servicio. Si queréis conjuraros conmigo y ayudarme, espero que dominaremos por completo a los hombres».

     Las mujeres reunidas le respondieron que les agradaba mucho la idea expuesta. Entonces les administró un brebaje que hizo que concibieran todas un odio absoluto a sus maridos, hermanos y amantes y a todo lo que fuera de sexo masculino. Así preparadas mataron a casi todos los hombres y sitiaron por las armas a Przemislao en el castillo de Diewin. Siete años dicen que duró el mando de las mujeres, a las que se atribuyen una serie de leyes que rayan en lo cómico. Pero al final volvió a ocupar el trono el mismo Przemislao que, a lo que parece, también era un insigne mago. Los autores tardíos se hicieron eco de esto interpretándolo a su modo [23]. La Edad Media recoge las tradiciones con fruición, cuando no las crea. Pero los procedimientos hechiceriles descritos en los textos son siempre de una desesperante monotonía. Los que se hallan ya en los poemas védicos se aplican en las épocas más oscuras del medievo y se siguen aplicando hoy.

[23] «Chronicon Bohemiae», lib. II, caps. III-X, en Reliquiae Manuscriptorum Omnis Aevi Diplomatum ac Monumentorum Ineditorum, XI (Halle, 1737), pp. 131-145. Ver también P. J. Schafarik, Slawische Alterthümer, II (Leipzig, 1844), p. 421.

     Así, por ejemplo, la historia del rey Duff de Escocia (que se coloca por los años de 967-972) entra dentro de un ciclo archiconocido. Cuentan las crónicas que habiendo caído enfermo se reputó que la enfermedad era debida a hechicerías. Se iniciaron varias averiguaciones y al final se dio con unas hechiceras que tenían sometida a fuego lento una imagen de cera, retrato del rey. Así se vino a explicar el carácter raro de la enfermedad, que consistía en un sudor continuo. Una vez castigadas las mujeres, el rey recuperó la salud [24].

[24] H. Boethius, Scotorum Historiae a Prima Gentis Origine... (París, 1574), fols. 220-221 (lib. XI). Pierre le Loyer, Discours..., pp. 369-370 (lib. IV, cap. XV).


5. MÁS LEYES CIVILES Y RELIGIOSAS: OBSERVACIONES SOBRE SU ESPÍRITU

     Pero vamos a dejar ahora a un lado las tradiciones históricas recogidas en textos oscuros y un tanto legendarios y vamos a entrar otra vez en el terreno siempre árido de la legislación. Las leyes bárbaras, escritas en latín para uso de los hombres del Norte, que dominaron durante siglos las antiguas provincias del Imperio romano, son abundantes en disposiciones contra los hechiceros y contra los que se aconsejan de ellos.

     Así, en el libro sexto, título segundo, del «Fuero Juzgo», se pueden leer cuatro de la época de Chindasvinto contra todas las clases posibles de Magia. En la primera se condena a siervos e ingenuos que consulten acerca de la salud o muerte del rey con «ariolos», «aruspices» y «vaticinatores», que, para el traductor castellano, eran tanto como «adevinos», «sorteros» y «encantadores». En la segunda a los que dan hierbas maléficas. En la tercera a los «maléficos» y productores de tempestades que, con sus encantos, malogran viñas y mieses, a los que turban la mente de los hombres por medio de invocaciones al demonio y a los que hacen sacrificios nocturnos en su honor. En la cuarta, a los que malefician con ligamentos y palabras escritas, procurando el mal ajeno, en cuerpo, espíritu y hacienda [25].

[25] Fuero Juzgo en Latín y Castellano, Cotejado con los Más Antiguos y Preciosos Códices por la Real Academia Española (Madrid, 1815), pp. 81-82 y 104-106 (textos latino y castellano).

     Estas leyes y otras civiles y eclesiásticas del mismo período condenan en conjunto las actividades mágicas, sin aludir al sexo de la persona. Pero las paralelas de las antiguas Galias y otros países dominados también por los bárbaros cristianizados, sí que aluden con frecuencia al sexo de las personas maléficas y a otros hechos que hay que poner ahora de relieve. Acaso ciertos tipos de hechiceras abundaban más allí que en la España visigoda.

     Un pasaje de Pomponio Mela que se ha discutido mucho, parece dar a entender que entre los antiguos galos había unas mujeres dedicadas a practicar la Magia con fines benéficos, pero adscritas a un templo, que eran no más de nueve y que guardaban castidad perpetua (III, 7). Lo que haya de cierto en él no parece que afecta al tema general de la Hechicería femenina.

     Sabemos por otras fuentes, no del todo seguras sin embargo, que las hechiceras pululaban por las Galias en la época del Bajo Imperio romano, que, a veces, fueron consultadas por grandes personajes y que también fueron equiparadas a los «druidas» (llamándoseles así «druidesas» en textos relativos al siglo III) [26]. Esas hechiceras continuaron pululando en épocas posteriores, e inquietaron a más de una familia altamente situada en la corte de los reyes merovingios, como se ve en los escritos de los historiadores más famosos de aquel tiempo, en que también se advierte que más de una mujer pagó caro el tener reputación de tal.

[26] Scriptores Historiae Augustae: Alex. Sev. (biografía atribuída a Lampridio): Numerianus (biografía atribuída a Flavio Vopisco).

     El año de 578 la reina Fredegunda perdió un hijo. No faltaron personas de mala intención que insinuaron que había muerto a causa de maleficios y hechizos, Un cortesano acusó al prefecto Mummolo (que era odiado por la reina) como instigador, Pero las ejecutoras se dice fueron unas mujeres de París, que en el tormento declararon que con sus maleficios habían hecho morir no sólo al mismo hijo de la reina sino a mucha gente más [27].

[27] Gregorio de Tours, Hist. Franc., VI, 35.

     Fácil es imaginar la suerte de las mujeres y del prócer.

     No fue ése el único episodio de la vida de aquella reina feroz, en que salen a relucir hechiceras. Antes acusó de haber dado muerte a otros dos de sus hijos a su hijastro, Clodoveo o Clovis, ayudado por, o en complicidad con, una vieja hechicera y su hija: a los tres consiguió matarlos [28]. Pero eso no quitaba para que ella misma hiciera maleficios y consultara a las hechiceras cuando le parecía oportuno [29].

[28] Gregorio de Tours, Hist. Franc., V, 40.
[29] Gregorio de Tours, Hist. Franc., VII, 44.

     Fredegunda no era una excepción en la tierra donde reinaba: la represión de las prácticas a las que se dio y de las que acusó a otros fue uno de los mayores cuidados que tuvieron las autoridades civiles y religiosas de entonces y de después.

     A veces se nota, sin embargo, una oscilación sensible en el modo de llevarla a cabo, una divergencia entre el criterio de los hombres de leyes y el de los teólogos u hombres de Iglesia, Vale la pena de pararse a considerar esto.

     Hace ya muchos años que un erudito francés, Garinet, compiló las leyes más famosas que dictaron los reyes francos y sus sucesores para reprimir la práctica de la Magia, que (como ocurría en las últimas leyes imperiales) quedaba incluída en sus manifestaciones diversas, dentro de la herencia pagana que había que proscribir. Después han vuelto a ser estudiadas con mayor rigor y precisión. Pero aun el libro antiguo sigue siendo útil [30].

[30] Jules Garinet, Histoire de la Magie en France, depuis le Commencement de la Monarchie jusqu'à Nos Jours (París, 1818), p. 6-7, 39-40, etc. y las piezas justificativas.

     Esas leyes, en apariencia, no son muy distintas de las que dictaron los Emperadores cristianos y los reyes visigodos y ostrogodos en sus respectivos dominios, o las que se conocen como propias de Inglaterra, Alemania y Hungría en tiempos igualmente oscuros. Son de una monotonía aparente que hace aburridos de leer los libros que se ocuparon de ellas, Pero no hay más remedio que examinarlas, aunque sea de modo rápido, pues entre la masa de cosas repetidas surge, de repente, algo que resulta particular, significativo en extremo.

     En el año 743 Childerico III publicó un edicto en el que condenaba, sin hacer mayor distinción, prácticas paganas y prácticas propiamente mágicas, Entre las primeras pueden ponerse los sacrificios a los muertos, y otros que aun hacían muchos junto a las iglesias mismas y dedicándolos, ya que no a los dioses antiguos, sí a santos mártires y confesores. Entre las segundas hay que contar a los sortilegios, la adivinación, los augurios, los encantos y las filacterias [31].

[31] Baluze, Capitularia Regum Francorum, I (París, 1677) cols. 150-152.

     Carlomagno, siguiendo la trayectoria que habían marcado éste y otros de los reyes merovingios, publicó también varios edictos en los que exhortaba a sus súbditos a que no se libraran a las supersticiones; mas habiendo sido pequeño el resultado de tales exhortos, dio otros en los que ya establecía penas. Esos edictos condenan de modo específico toda clase de hechicerías, tales como el levantamiento de figura, la invocación de los diablos y el uso de los filtros amorosos, turbar los aires, excitar tempestades, echar maleficios y hacer morir los frutos de la tierra, hacer que la leche se retire de los animales domésticos de los unos y dársela a la de otros, practicar la Astrología judiciaria y fabricar caracteres y talismanes. Los que ejerzan en lo futuro las artes diabólicas —se declara— serán reputados execrables, y tratados como los homicidas, envenenadores y ladrones y los que los consultan y utilizan tendrán la misma pena, que en casos será la de muerte.

     El año 873 Carlos el Calvo dio otra capitular, en Quierzy sur Oise, en la que declara que quería cumplir con su deber de rey (señalado por los santos) habiéndose enterado de que en varias partes de su reino habían aparecido hechiceros y hechiceras, ocasionando enfermedades y aun la muerte a vanas personas. Su propósito era hacer desaparecer a los impíos, a los fabricantes de filtros y venenos:

     «Hacemos en consecuencia recomendación expresa a todos los condes de que busquen y prendan con gran diligencia a los culpables de estos crímenes en sus respectivos condados. Si son convictos, hombres o mujeres, deben perecer, como lo piden la ley y la justicia. Si son sospechosos o se hallan bajo acusación simplemente, pero no convictos y si los testimonios no son suficientes para probar su culpabilidad, serán sometidos al juicio de Dios. Este juicio determinará su perdón o condenación. Y no sólo los culpables sino también sus asociados y cómplices, hombres o mujeres, morirán, a fin de hacer desaparecer de nuestra tierra todo conocimiento de crimen tan grande» [32].

[32] Baluze, op. cit., cols. 230-231 (§ VII).

     Estos tres textos de tres épocas distintas son suficientes para ver cómo la ley civil era dura con los que estaban culpados por delitos de Hechicería, allá por los siglos VIII y IX. Pero, probablemente, en su aplicación se dieron muchas arbitrariedades, y la acusación de haber realizado tales delitos debió de hacerse una y otra vez del modo apasionado y violento como la realizó Fredegunda. El peligro de inculpar a gentes que eran incluso inocentes en la intención hubo de ser visto.

     Así se explica que la Iglesia, que condenaba de un modo absoluto, desde el punto de vista teológico, todo lo que oliera no ya a Magia sino simplemente a Paganismo, promulgara una serie de disposiciones que tienden a moderar a veces los efectos de la ley civil. Valdría la pena de investigar sobre los fundamentos de esa moderación que, en gran parte, puede considerarse como propagandística, es decir, enderezada a atraerse a masas que aún quedaban muy fuera del cristianismo en campos y aldeas sobre todo. Pero, en todo caso, se ve siempre también en las disposiciones moderadoras la huella del pensamiento de Agustín.

     Hace ya mucho que J. B. Thiers, en su «Traité des Superstitions», reunió cantidad de referencias a cánones de concilios, decretales, etc., en que se condenaba severamente la práctica de la Magia y que datan de los siglos VI, VII y VIII [33], y de épocas posteriores también. Si en unos se hace hincapié en los peligrosos efectos espirituales de la Magia, en otros se insiste en que, a menudo, los magos mismos son objeto de engaños e ilusiones diabólicas y que no hay que creer en aquellos efectos a pies juntillas.

[33] J. B. Thiers, Traité des Superstitions qui Regardent les Sacremens, I (París, 1741), pp. 178, 198, et passim.

     Así resulta, por ejemplo, que aun después de promulgadas las referidas «Capitulares» de Carlomagno los prelados reunidos en el concilio de Tours el año 813, ordenaron a los sacerdotes que advirtieran a los fieles que los encantos no pueden aliviar nada ni a las personas ni a las bestias enfermas o moribundas y que no son más que engaños y ardides del demonio. Y en otras ocasiones las mismas autoridades eclesiásticas se levantan contra hechos dados como ciertos por la ley civil o atenúan sus efectos.

     Puede ponerse como ejemplo el de Agobardo, arzobispo de Lyon (779-840), que, contra viento y marea, criticó y censuró ásperamente a aquellos que creían que había seres humanos capaces de provocar tempestades y granizos y a los que, con motivo de una epidemia que atacó a los bueyes de los campesinos de su diócesis, pensaron que eso era debido a que el duque Grimaldo había enviado a unos hechiceros a que lanzaran polvos maléficos en los campos, montes y fuentes.

     Mas de acuerdo con las capitulares y leyes civiles estuvieron los prelados reunidos en París, en el concilio del año 829, sexto de los celebrados en aquella ciudad. Al canon 11 dejaron consignado esto:

     «Hay otros males muy perniciosos que son, con seguridad, restos del Paganismo, como la Magia, la Astrología judiciaria, el sortilegio, el maleficio o envenenamiento, la adivinación, los encantos o hechizos y las conjeturas que se deducen de los sueños. Esos males deben de ser muy severamente castigados, según la ley de Dios. Pues está fuera de duda y varios lo saben, que hay gente que por los prestigios y las ilusiones del demonio pervierte de tal modo a los espíritus humanos, por medio de filtros, alimentos y filacterias, que parecen volverlos estúpidos e insensibles a los males que les hacen padecer. Se dice también que esta gente puede turbar el aire con sus maleficios, enviar granizos, predecir el futuro, quitar a unos los frutos y la leche para dárselos a otros y realizar una infinidad de cosas semejantes. Si se descubre a algunas personas de esta clase, hombres o mujeres, se les debe castigar tanto más rigurosamente cuanto que éstos tienen la malicia y temeridad de no asustarse ni temer públicamente al demonio» (Thiers, op. cit., nota 49).

     La divergencia entre este texto y el de Agobardo es evidente y la volveremos a encontrar atestiguada cientos de veces en épocas posteriores; se halla también reflejada en algunas leyes civiles que aparecen a veces como muy contrarias a otras que se recogen en los mismos códigos.

     Hay, así, una «capitulatio» relativa a tierra de Sajonia que aparece entre las de los reyes francos fechada el año 789, en la que se condena la creencia en «strigae», y en que éstas coman a los hombres y en que deban ser quemadas, e incluso se fija la pena capital como la propia de los que creen en tales hechos. Sin duda hay que ponerla en relación con otra ley que aparece en las «Leyes Langobardicae» y que debe datar de la época del rey Rothario, concebida en el mismo espíritu y en la que se declara inconcebible, desde un punto de vista cristiano, que tales «strigae», o «mascae», como las llamaban también, puedan realizar acto semejante [34].

[34] Hansen, Zauberwahn, pp. 76-77, se refiere también a las leyes dadas por Esteban de Hungría (997-1038) y en general sobre esa época se hallan abundantes noticias en las historias generales como la de Soldan, la más moderna de Baissac, etc.

     Por otra parte, los pontífices que habían de velar por la conversión de gentes del centro de Europa (y más aún del Norte) son muy categóricos en sus instrucciones a reyes y prelados. Gregorio II, por ejemplo, ordenó al obispo Martiniano y al presbítero Jorge, enviados a Baviera, que no permitieran la práctica de los hechizos y encantos, resto del Paganismo; pero no habla de ninguna pena temporal contra los que los practicaran.

     Gregorio VII escribió en cierta ocasión al rey de Dinamarca para que evitara en lo posible la persecución de mujeres inocentes bajo pretexto de que habían causado tempestades y epidemias. Antes, León VII había dado al arzobispo de Lorch, Gerhard, una instrucción, fechada el año 936, para las autoridades de Alemania meridional, en la que se defiende a los acusados de hechicería: «Respondo —dice a una consulta— que aunque la vieja ley los castigaba con la muerte, la justicia eclesiástica les perdona la vida, para que hagan penitencia».

     Esa situación que pudiéramos llamar difusa, que implica, de una parte, una fe violenta de las masas paganas aún o cristianas ya, y de otra una actitud dubitativa y pragmática de las autoridades eclesiásticas, no sólo frente a ellas, sino también ante la ley civil, es muy propia de un momento de transición como el que, en suma fue toda la primera parte de la Edad Media. Digamos ahora que el problema de la realidad de ciertos aspectos de la Hechicería vino a plantearse de nuevo al filo del siglo IX, de una manera que es de capital importancia en el conjunto de esta historia. Pero conviene dedicar al asunto capítulo aparte.–





No hay comentarios:

Publicar un comentario