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sábado, 2 de septiembre de 2017

Thomas Dalton - Nietzsche acerca de los Judíos



     En el sitio theoccidentalobserver.net se publicó hace ocho años, en Septiembre de 2009, el siguiente artículo (Nietzsche on the Jews) del filósofo doctor Thomas Dalton (seudónimo), profesor de Humanidades en una universidad estadounidense y autor de los libros Debating the Holocaust (2009 y 2015) y The Holocaust: An Introduction (2016). En este breve texto, citando diversos pasajes de las obras de Nietzsche, el señor Dalton muestra la ambivalencia que exhibió el filósofo alemán frente al tema de los judíos, rescatando en el balance final, no obstante, la idea de que, con sus luces y sombras, el judaísmo es algo que debe ser superado.


Nietzsche acerca de los Judíos
por Thomas Dalton
28 de Septiembre de 2009



     Los filósofos, por regla general, son un grupo bastante discreto. Ellos generalmente hablan de temas mundanos, técnicos o completamente abstractos que provocan poco interés entre la sociedad en general. Por supuesto ha habido excepciones, principalmente durante el Renacimiento cuando los primeros humanistas incurrieron en la ira de la Iglesia (piense en Bruno o Spinoza); eso obligó a que algunos publicaran sus trabajos usando un seudónimo o póstumamente. Y Marx y Engels ciertamente se han ganado su justa parte de enemistad. Pero, en términos generales, los filósofos a través de todas las épocas han provocado pocos serios sentimientos de animosidad.

     Una importante excepción es el caso de Friedrich Nietzsche, ciertamente uno de los filósofos más polémicos de la Historia. Siendo el epitome de la "no-corrección política", a Nietzsche claramente no le importaba nada a quién él pudiera ofender. Él estaba en una misión de des-cubrir los defectos fundamentales en la sociedad occidental, de exponer la hipocresía y la corrupción moral, y socavar cada aspecto de la degenerada sociedad moderna. Sólo yendo a la raíz del problema, pensó él, podríamos nosotros encontrar nuestro camino hacia adelante, un camino hacia la grandeza que es el destino humano.

     El triste estado de la vida moderna, dijo él, es una consecuencia del derrocamiento de los valores clásicos que ocurrió a principios del mundo post-cristiano. Dichos valores clásicos, que se originaron en la Grecia antigua y que fueron adoptados por los romanos, enfatizaban la fuerza, la robustez, la nobleza, la autodeterminación y la excelencia personal. Esos valores afirmadores de la vida, los valores del "amo" o "aristocráticos", eran el fundamento sobre el cual fueron construídas las grandes civilizaciones de Atenas y Roma.

     Una consecuencia de ese desarrollo fue el poderoso y expansivo Imperio romano. Dicho Imperio alcanzó Palestina hacia el año 60 a.C., y conservó ese territorio durante más de quinientos años, hasta la caída del Imperio Occidental en 476 d.C. (aunque el Imperio Oriental, o Bizantino, continuó durante mucho más tiempo). Durante esa época, afirmó Nietzsche, la opresión sentida por los judíos y los primeros cristianos creció hasta el punto de que fue creado un nuevo sistema de valores, el judeo-cristiano, como una especie de respuesta religiosa y ética a la dominación romana.

     Aunque se trataba de un sistema unificado, tenía diferentes énfasis para ambos grupos. Para los judíos el foco estaba puesto en la auto-compasión, la cohesión étnica, una sed de venganza, una obsesión con la libertad, un odio hacia los fuertes y poderosos, y un deseo de recuperar la riqueza perdida. Los cristianos, a través de la figura de Jesús, prefirieron enfatizar el valor de los oprimidos ("benditos son los mansos"), la fe en Dios para traer justicia ("los mansos heredarán la tierra"), la salvación en la vida futura, y una obsesión con el amor como un medio para aliviar el sufrimiento. Habiendo surgido, como lo hizo, de la cuasi-esclavitud impuesta por los romanos, Nietzsche consideró a esa respuesta colectiva judeo-cristiana como una moralidad de "esclavos" o "sacerdotal".

     Cuando el Imperio Occidental, con sede en Roma, colapsó en el siglo V d.C., la moralidad de los señores colapsó con él. Como el único verdadero competidor, la moral de los esclavos se elevó para tomar su lugar como el sistema ético dominante de Occidente. Y allí ha permanecido durante casi dos mil años. En este sentido, dice Nietzsche, el esclavo ha derrotado al amo, y se ha convertido en el nuevo señor.

     Pero el resultado actual ha estado lejos de ser positivo. Muy por el contrario, ha sido un desastre absoluto para la Humanidad. Cuando se ha combinado con poblaciones en auge y tecnología avanzada, ahora existe una forma distintivamente moderna de la mentalidad sacerdotal, una basada en el servilismo, la conformidad, la igualdad, la compasión, la culpa, el sufrimiento, la venganza y el auto-odio: la moral del rebaño. Uno apenas podría idear una concepción más baja del hombre.

     Esto nos lleva a la cuestión de los judíos. La posición de Nietzsche en cuanto a los judíos es compleja y decididamente heterogénea. Por una parte, ellos son la encarnación y el producto de la despreciada moral de los esclavos. Los judíos deben su mismo éxito a la promoción y la explotación de ese modo de pensar. Por otra, ellos realmente tuvieron éxito: ellos "derrotaron" (o, mejor dicho, sobrevivieron) a Roma, y así fueron capaces de llevar a cabo con éxito aquella inversión de valores en la cual el esclavo eclipsó al señor. En parte por esa misma razón ellos han sido capaces de sostenerse como una etnicidad distinta a través de los milenios. Ellos son sobrevivientes endurecidos; ellos son (relativamente) puros; ellos saben cómo tener éxito.

     Vemos esta actitud ambivalente de Nietzsche en una temprana obra, Humano, Demasiado Humano (1878). En una breve discusión acerca del "problema de los judíos", Nietzsche muestra una evidente simpatía por su sufrimiento: «Me gustaría saber cuánto hay que excusar, en una recapitulación total, en un pueblo que, no sin culpa de nuestra parte, ha tenido la historia más dolorosa de todos los pueblos» (I, 475). En un breve momento de elogio, y en notorio contraste con sus escritos posteriores, él alaba las contribuciones de los judíos: ellos son aquellos «a quienes debemos el ser humano más noble (Cristo), el filósofo más puro (Spinoza), el libro más poderoso, y el código moral más eficaz en el mundo» (Ibid.). Ésta sería prácticamente su última alabanza incondicional a Jesús y la Biblia.

     El mismo pasaje, sin embargo, incluye esta observación: «Cada nación, cada hombre, tiene características desagradables, incluso peligrosas; es cruel exigir que el judío debiera ser una excepción». Y no cabe duda de que él es desagradable: «El joven judío de la Bolsa de comercio es la invención más repugnante de la raza humana entera». (Dado nuestro reciente colapso financiero, los rescates bancarios y el escándalo Madoff, pienso que muchos concordarían con eso hoy).

     El siguiente libro de Nietzsche, Aurora (1881), ofrece una alabanza condicional a los judíos basada en la larga historia de ellos de exclusión, aislamiento y persecución. «Como una consecuencia de esto, los recursos psicológicos y espirituales de los judíos hoy son extraordinarios» (205). Ellos son capaces de «el más frío razonamiento y de perseverancia en situaciones terribles, del más ingenioso aprovechamiento de la desgracia y del azar». Así, la agudeza mental es de primordial importancia: «Tan seguros están ellos de su flexibilidad intelectual y de su habilidad, que nunca, ni en los momentos más difíciles, han tenido la necesidad de ganarse el pan con el esfuerzo físico». Y sin embargo, «sus almas nunca han conocido sentimientos caballerosos y nobles».

     Pero ellos tienen realmente un plan para Europa:

     «Pero como están emparentados —y cada vez lo estarán necesariamente más— con la mejor nobleza de Europa, acabarán incorporándose de un modo considerable, con cada año que pasa, las buenas formas espirituales y físicas, de suerte que dentro de cien años presentarán un aspecto lo suficientemente noble como para no avergonzar a quienes les estén sometidos por el hecho de ser sus amos. Esto es verdaderamente lo que importa... Puede llegar un día en que Europa caiga en sus manos como una fruta madura, sin que tengan que hacer otro esfuerzo que el de alargar el brazo» (Aurora, 205).

     De hecho, como sabemos, resultó ser Estados Unidos el que cayó en sus manos, «como una fruta madura».

     El otro pasaje relevante en Aurora, de la sección 377, introduce el importante concepto del odio judío: «Nuestros entusiasmos se pierden allí donde se encuentran nuestras debilidades. El mandamiento que dice "amad a vuestros enemigos" tuvo que ser inventado por los judíos, que son los que mejor han odiado en el mundo». El mandamiento (judeo)cristiano del amor, pensó Nietzsche, creció directamente del odio de los judíos esclavizados, como una especie de máscara o tapadera. Quizá aún más que eso, como una especie de engaño deliberado. Un "mal odiador" lleva su cólera en su manga, para que todos la vean. Un "buen odiador" la esconde dentro. Pero los "mejores" complots se vengan usando exactamente lo opuesto —una imagen de amor divino— como disfraz. "Incluso si usted piensa en nosotros como enemigos", podrían decir los judíos, "ámenos de todos modos. Ésa es la orden de Dios". Esta idea entera, sólo insinuada aquí, estaría inactiva durante aproximadamente seis años; surge de nuevo fuertemente en su obra maestra de 1887, La Genealogía de la Moral.

     Después de Aurora pasó un largo período de cinco años en el cual Nietzsche no abordó el problema judío de ningún modo sustancial. La Gaya Ciencia (partes 1-4) se enfocó en cambio en la naturaleza de la ciencia, en el poder, y en la "muerte de Dios". Su otro libro de ese período, el famoso Así Hablaba Zaratustra, no contenía ninguna referencia a ello.

     Pero hacia 1886, con la publicación de Más Allá del Bien y el Mal, él había vuelto al tema. Otra vez su lenguaje es mixto. Él elogia el Antiguo Testamento: «En el Antiguo Testamento judío, el libro de la justicia divina, hay seres humanos, cosas y discursos en un estilo tan magnífico que la literatura griega e india no tiene nada para compararse con ello» (52). (De hecho fue precisamente ese estilo el que él duplicó tan eficazmente en su Zaratustra). Los europeos están además endeudados con los judíos por su alto concepto de la ética: «¿Qué le debe Europa a los judíos? Muchas cosas, buenas y malas, y sobre todo una cosa que es de lo mejor y de lo peor: el gran estilo en moralidad, la terribilidad y la majestad de las demandas infinitas, de los significados infinitos» (Más Allá del Bien y el Mal, 250).

     En parte por esa deuda, y en parte por su ejemplo como una raza resistente, coherente y duradera, a los judíos debería permitírseles un papel en Europa, pensó Nietzsche. En la sección 251 él desacredita la "estupidez anti-judía" de los tiempos. «No he encontrado todavía a un alemán que estuviera bien dispuesto hacia los judíos». El sentimiento común —"que Alemania tiene ampliamente suficientes judíos"— dominaba claramente. Pero a los judíos se les tiene que dar la debida consideración, ya que su influencia no es insignificante:

     «Un pensador que tenga el futuro de Europa en su conciencia... tomará en cuenta a los judíos así como a los rusos como los factores provisionalmente más seguros y más probables en el gran juego y en la lucha de fuerzas... Que los judíos, si ellos lo quisieran... podrían tener ahora mismo la preponderancia, en realidad muy literalmente el dominio sobre Europa, es algo cierto; que ellos no están trabajando para eso ni planeándolo es igualmente cierto» (Más Allá del Bien y del Mal, 251).

     Yo recordaría al lector en este punto la considerable influencia que los judíos de hecho tenían en Alemania a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Su población era de alrededor del 1% del total durante ese tiempo, pero ellos estaban considerablemente sobrerrepresentados en varios campos importantes. Sarah Gordon (Hitler, Germans, and the Jewish Question, 1984) proporciona algunas estadísticas relevantes:

     "Ellos estaban sobrerrepresentados en la industria, el comercio, y el servicio público y privado... Esas características eran evidentes ya en la Edad Media y aparecieron en los datos de los censos tan pronto como en 1843... Los judíos eran también influyentes en las corporaciones de sociedades anónimas, en la Bolsa, la industria de seguros, y empresas consultoras legales y económicas. Antes de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, los judíos ocupaban el 13% de los directorios de corporaciones y el 24% de las posiciones supervisoras dentro de esas corporaciones... Durante 1904 ellos comprendían el 27% de todos los abogados, el 10% de todos los abogados aprendices, el 5% de los funcionarios de tribunales, el 4% de los magistrados, y hasta el 30% de todos los rangos más altos de la judicatura... Los judíos estaban [también] sobrerrepresentados entre los profesores y estudiantes de universidad entre 1870 y 1933. Por ejemplo, en 1909-1910... casi el 12% de los instructores en las universidades alemanas eran judíos... En 1905-1906 los estudiantes judíos comprendían el 25% de los alumnos de leyes y de medicina... El porcentaje de médicos judíos era también muy alto, sobre todo en las grandes ciudades, donde ellos a veces eran la mayoría... En Berlín alrededor de 1890, el 25% de todos los niños que asistían a las escuelas primarias eran judíos..." (pp. 10-14).

     La influencia judía, de esa manera, no era ningún asunto ocioso.

      «Mientras tanto», continúa Nietzsche, «ellos más bien quieren y desean, incluso con cierta insistencia, ser absorbidos y asimilados por Europa... y esa tendencia e impulso deberían ser tenidos en cuenta y complacidos: para lo cual tal vez podría ser útil y oportuno expulsar a los voceadores anti-judíos del país» (Más Allá del Bien y el Mal, 251). Nuevamente, él ve a los judíos como ejemplos útiles de resistencia y coherencia racial. Y, lo que es más importante, ellos aprendieron una importante lección en la creación de nuevos sistemas de valores como un medio para vencer la adversidad, y ejercer el poder. El típico anti-judío alemán no entiende esto; él simplemente odia a todos los judíos y quiere deshacerse de ellos. Para Nietzsche, ellos [los judíos] son detestables pero también útiles e instructivos. Una nación alemana realmente fuerte podría acomodar fácilmente un 1 ó un 2% de judíos.

     Nietzsche es enfático en cuanto a que el valor de los judíos y de la moralidad judía es puramente educacional, no algo a ser emulado. Él da más detalles en la sección 195:

     «Los judíos han llevado a efecto aquel prodigio de inversión de los valores gracias al cual la vida en la Tierra ha adquirido, durante un par de milenios, un nuevo y peligroso atractivo: sus profetas... han transformado por vez primera la palabra "mundo" en una palabra infamante. En esa inversión de los valores reside la importancia del pueblo judío: con él comienza la rebelión de los esclavos en la moral».

     Dicha "inversión" —la destrucción de los valores griegos y romanos clásicos— fue un logro notable, y si debemos movernos ahora más allá de los valores judíos sacerdotales de esclavos, tendremos que realizar todavía otro acto similar. Sólo comprendiendo completamente la inversión anterior podemos esperar llevar a cabo la siguiente.

     El año siguiente a la publicación de Más Allá del Bien y el Mal fue excepcionalmente ocupado y productivo. Además de continuar permanentes entradas en sus cuadernos —muchas de las cuales llegarían a ser más tarde parte de La Voluntad de Poder— Nietzsche escribió un importante quinto capítulo para su libro más temprano La Gaya Ciencia, y publicó una de sus más grandes obras, La Genealogía de la Moral.

     La quinta parte de La Gaya Ciencia incluye dos entradas relevantes. Primero hay un pasaje elogioso del amor judío a la lógica y el análisis. «Todos ellos [los judíos eruditos] tienen un alto respeto por la lógica, es decir, por el acuerdo irresistible que se consigue gracias a la fuerza de los argumentos... ya que nada es más democrático que la lógica, ya que no hace acepción de personas y no hace ninguna distinción entre narices curvas y rectas» (348). Y eso ha sido un verdadero beneficio para todos: «Europa debe a los judíos no pequeños agradecimientos por hacer pensar a la gente de manera más lógica y por establecer hábitos intelectuales más limpios».

     En cuanto a la influencia cultural de ellos, su presencia en los escenarios, en el teatro y la prensa, Nietzsche ofrece los siguientes pensamientos:

     «En lo que respecta a los judíos, el pueblo del arte de la adaptación por excelencia, estamos predispuestos en este orden de ideas a ver en ellos, por encima de todo, una empresa, por así decirlo, de alcance histórico universal para la formación de actores, un semillero propiamente dicho de actores. Esta cuestión tiene plena actualidad; ¿qué buen actor no es hoy judío? El judío, del mismo modo, como hombre de letras de nacimiento, como dominador efectivo de la prensa europea, ejerce ese poder que le es propio en virtud de sus habilidades histriónicas, pues el literato es esencialmente un actor: él representa el papel del "experto", del "especialista"» (La Gaya Ciencia, 361).

     En La Genealogía de la Moral, Nietzsche comienza a escribir en tonos más abiertamente raciales, hablando del "ario rubio" como la "raza superior", o la "raza conquistadora". En una ocasión él nuevamente desdeña a aquellos que no ven un valor instructivo en los judíos: «Tampoco me gustan estos recientes especuladores en idealismo, los anti-semitas, que hoy entornan sus ojos en una manera burguesa cristiano-aria y agotan la paciencia tratando de despertar en la gente todos los elementos de bestia con cuernos» (III, 26). Pero por otra parte, los judíos y su moralidad reciben una severa crítica, no debido a su capacidad para tener éxito sino debido a lo que ellos son intrínsecamente:

     «Usted ya habrá adivinado cuán fácilmente el modo sacerdotal de valorar puede desviarse del caballeresco y aristocrático, y luego seguir desarrollándose en su antítesis... Los juicios de valor caballerescos y aristocráticos tienen como su presunción básica una constitución física poderosa, una salud florecimiento, rica, incluso desbordante, junto con aquellas cosas requeridas para mantener esas cualidades: guerra, aventura, caza, danza, juegos bélicos, y, en general, todo lo que implica la acción fuerte, libre, feliz. El método sacerdotal de evaluar tiene, como hemos visto, otras condiciones previas... Como es bien sabido, los sacerdotes son los más malvados de los enemigos, pero ¿por qué? Porque ellos son los más impotentes. A causa de su impotencia, su odio crece entre ellos hasta convertirse en algo enorme y terrible, hasta las manifestaciones más espirituales y más venenosas. Los odiadores verdaderamente grandes en la Historia mundial siempre han sido sacerdotes...

     «Consideremos brevemente el mayor ejemplo. Todo lo que en la Tierra ha sido hecha contra "los nobles", "los poderosos", "los señores", "los gobernantes" no vale la pena mencionarlo en comparación con lo que los judíos han hecho contra ellos: los judíos, ese pueblo sacerdotal, que supo cómo conseguir la satisfacción final de sus enemigos y conquistadores por medio de una transformación radical de los valores de éstos, es decir, por un acto de la venganza más espiritual. Eso era apropiado sólo para un pueblo sacerdotal con el deseo sacerdotal de venganza más profundamente reprimido. En oposición a las ecuaciones de valor aristocráticas (bueno = noble = poderoso = bello = afortunado = amado por Dios), los judíos, con un consecuencia sobrecogedora, se atrevieron a invertir las cosas y a aferrarse a ello con los dientes del odio más profundo (el odio del impotente), es decir, "sólo aquellos que sufren son los buenos; los pobres, los impotentes, los bajos son la única gente buena; los sufrientes, aquellos que están en necesidad, los enfermos, los deformes son también la única gente piadosa; sólo ellos son benditos por Dios; únicamente para ellos existe la salvación. Por contraste, ustedes los privilegiados y gente poderosa, ustedes son por toda la eternidad los malvados, los crueles, los lascivos, los insaciables, los ateos; ¡y ustedes serán también los no benditos, los malditos y condenados por toda la eternidad!".

     «En relación a aquella iniciativa enorme e inmensamente desastrosa que los judíos lanzaron con esta la más fundamental de todas las declaraciones de guerra, recuerdo la frase que escribí en otro tiempo, a saber, que con los judíos comienza la rebelión de los esclavos en la moral...» (La Genealogía de la Moral, I, 7).

     Los medios por los cuales esa rebelión fue llevada a cabo fue el cristianismo. El "amor" cristiano, según Nietzsche, es un poco más que la "corona de triunfo" del árbol judío del odio. Ese amor actuó en la búsqueda de «los objetivos de aquel odio: la victoria, el despojo y la seducción, por el mismo impulso que profundizó más las raíces de aquel odio en todo lo que era profundo y malvado» (I, 8). «Lo que es cierto», añade él, es que bajo el signo del cristianismo, «Israel, con su vengatividad y su transvaloración de todos los valores, ha triunfado hasta ahora una y otra vez sobre todos los otros ideales, sobre todos los ideales más nobles» (Ibíd.).

     Después de aproximadamente dos mil años, ese proceso continúa, de manera lenta pero segura:

     «La "redención" del género humano (a saber, respecto de los "señores") continúa adelante; todo visiblemente se judaiza, se cristianiza, se aplebeya (¡qué importan las palabras!). El progreso de ese envenenamiento a través del cuerpo entero de la Humanidad parece irresistible; su paso y su ritmo pueden hacerse de aquí en adelante incluso más lentos, más sutiles, menos audibles, más cautelosos, ya que hay tiempo de sobra» (I, 9)

     Hasta que comprendamos este envenenamiento del hombre moderno, no tenemos ninguna esperanza de liberarnos nosotros mismos y conseguir nuestro destino más alto.

     Las muchas notas que componen La Voluntad de Poder son difíciles de interpretar, tanto porque los escritos cubren un amplio rango de ideas y observaciones, y también porque dichas anotaciones nunca Nietzsche pretendió que fueran publicadas. Ellas aparecieron en forma de libro sólo después de su muerte, por disposición de su hermana. De todos modos, encontramos numerosos pasajes que son consecuentes con sus opiniones publicadas, particularmente en el tema que tratamos.

     Como de costumbre, él escribe en un lenguaje a la vez laudatorio y crítico. En la sección 175 leemos:

     «La realidad sobre la cual el cristianismo podía fundamentarse era la pequeña familia judía de la Diáspora, con su calor y afecto, con su disposición a ayudar y a sostenerse unos a otros... Haber reconocido en eso una forma de poder, haber reconocido que esa beatífica condición era comunicable porque era seductora y contagiosa para los paganos también, ése fue el genio de Pablo».

     Nietzsche tiene simpatía por los pocos alemanes restantes "de valores nobles", y entiende su «actual aversión instintiva a los judíos: es el odio de las clases libres y conscientes de sí mismas contra aquellos que combinan hipócritamente gestos tímidos y torpes con una opinión absurda de su propio valor» (186). Más tarde él se explaya en ese «instinto judío de considerarse "elegidos"» en virtud del cual los judíos «se atribuyen, sin más, todas las virtudes y consideran al resto del mundo como su contrario, un signo profundo de un alma vulgar» (197). Y si una cosa es cierta, es que los judíos son, en algún sentido, profundamente poco fiables:

     «Gente del origen más vil, en parte maleantes, los reprobados no sólo de la buena sociedad sino también de la sociedad respetable, criados lejos incluso del olor de la cultura, sin disciplina, sin conocimiento, sin la sospecha más remota de que haya tal cosa como la conciencia en asuntos espirituales; judíos, en suma: con una capacidad instintiva de crear una ventaja, un medio de seducción, a partir de cada suposición supersticiosa... Cuando los judíos se presentan como la inocencia misma, entonces el peligro es grande» (La Voluntad de Poder, 199).

     La opinión global de Nietzsche acerca del judaísmo y su vástago cristiano es bastante bien resumida en este pasaje de La Genealogía de la Moral:

     «Llevemos a término esto. Los dos valores contrapuestos "bueno y malvado", "bien y mal", han luchado una batalla terrible en la Tierra durante miles de años... El símbolo de esta lucha, escrito con caracteres que han permanecido legibles a lo largo de toda la historia humana hasta ahora, es llamado "Roma contra Judea, Judea contra Roma". Hasta este punto no ha habido ningún mayor acontecimiento que esta guerra, que este planteamiento de un problema, que esta contradicción entre enemigos mortales. A Roma le parecía que el judío era como algo contrario a la Naturaleza misma, como su monstrum antipódico, por así decir. En Roma el judío fue considerado "culpable de odio contra el género humano entero". Y aquella opinión era correcta, en la medida en que tenemos razón en vincular la salud y el futuro de la raza humana al predominio incondicional de los valores aristocráticos, los valores romanos.

     «Por contraste, ¿qué sentían los judíos con respecto a Roma? Podemos adivinarlo por mil indicios, pero es suficiente remitirnos otra vez al Apocalipsis de Juan, el más salvaje de todos los exabruptos escritos que la venganza tiene en su conciencia...

     «Los romanos eran en efecto hombres fuertes y nobles, más fuertes y más nobles que cualquier otro pueblo que haya vivido en la Tierra hasta entonces o incluso que cualquier pueblo que haya sido soñado alguna vez. Todo lo que ellos dejaron como vestigios, toda inscripción suya, es encantador, a condición de que podamos adivinar lo que hay allí escrito. Por contraste, los judíos eran por excelencia el pueblo sacerdotal del resentimiento, que poseía un genio incomparable para la moralidad popular...

     «¿Cuál de ellos se ha demostrado victorioso por el momento, Roma o Judea? Seguramente no cabe la duda más leve. Sólo piense ante quién la gente se inclina hoy en la propia Roma, como la personificación de todos los valores más altos; y no sólo en Roma sino en casi la mitad de la Tierra, en todos los lugares donde la gente se ha hecho simplemente domesticada o que quiere volverse mansa: delante de tres judíos, como sabemos, y una judía (delante de Jesús de Nazaret, el pescador Pedro, el fabricante de alfombras Pablo, y la madre del mencionado Jesús, llamada María). Esto es muy notable: sin duda Roma ha sido conquistada» (La Genealogía de la Moral, I, 16).

     Concluyo con un pasaje final de una de las últimas obras de Nietzsche, El Anticristo (1888). Como había de esperarse, los temas religiosos dominan en ese libro, y de particular interés son sus comentarios acerca del origen del cristianismo a partir de su fundamento judío. Poco se puede hacer salvo dejar que Nietzsche hable por sí mismo:

     «Los judíos son la nación más notable de la Historia mundial porque, enfrentados a la cuestión de ser o no ser, ellos prefirieron, con una determinación francamente escalofriante, ser a cualquier precio: el precio que ellos tuvieron que pagar fue la falsificación radical de toda la Naturaleza, de toda naturalidad, de toda realidad, del mundo interior entero así como del externo... Considerada psicológicamente, la nación judía es una nación de la más fuerte energía vital que... se puso del lado de todos los instintos de la décadence, no por estar dominada por ellos sino porque adivinó en dichos instintos un poder por medio del cual podría prevalecer contra "el mundo". Los judíos son lo opuesto de los decadentes: se vieron obligados a actuar como decadentes hasta el punto de producir esa ilusión... Esa clase de hombres tiene un interés vital en enfermar a la Humanidad, y en invertir los conceptos de "bueno" y "malo", de "verdadero" y "falso", en un sentido mortalmente peligroso y difamador del mundo» (El Anticristo, 24).

     Confío en que está claro que el complejo análisis que hizo Nietzsche del judaísmo permite múltiples (malas) interpretaciones. El uso selectivo de frases o fragmentos individuales puede retratarlo tanto como un filo-judío o como un anti-judío, todo lo cual ha sido hecho. Pero al examinar sus escritos detalladamente conseguimos una comprensión razonablemente coherente de su posición, de una fuerte aversión a los judíos y a la moralidad que el judaísmo (y el cristianismo) ha traído, pero también una admiración por la capacidad de recuperación y el "éxito" de los judíos. El punto fundamental, sin embargo, es claro: el judaísmo es algo que debe ser superado.

     Es interesante especular acerca de lo que él habría pensado de los acontecimientos del siglo XX. Si él no hubiera enfermado y no hubiera muerto en 1900, bien podría haber vivido para presenciar el temprano ascenso de Hitler y el Nacionalsocialismo. (Él habría tenido 89 años en 1933, cuando Hitler asumió el poder). Probablemente su apoyo habría sido condicional, en el mejor de los casos. Si él hubiera vivido para ver la aparición de la industria del "Holocausto", el AIPAC y la influencia judía en los medios de comunicación y el gobierno estadounidenses, él podría haberse sentido reivindicado.

     El análisis de Nietzsche del problema judío es poderoso, profundo y completamente único. Es de la clase que nunca podría ser llevado a cabo hoy por ningún filósofo de la corriente predominante. Agradezcamos que él haya vivido y escrito en un tiempo en que tal pensamiento realmente libre era todavía posible.–





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