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domingo, 26 de febrero de 2017

Tolkien, Wagner, Nacionalismo y Modernidad



     El siguiente texto que presentamos en castellano es la conferencia que dio Bradley J. Birzer (1967), doctor y profesor de Historia en el Hillsdale College, en Michigan, para el Intercollegiate Studies Institute (ISI) en Seattle en Agosto de 2001. Birzer es autor, entre otras publicaciones, del libro "Tolkien's Sanctifying Myth. Understanding Middle-Earth" (2003). El catolicismo de Tolkien, dice este texto entre diversas interesantes noticias, lo llevó a rechazar el nacionalismo, el socialismo y la interpretación de Wagner de los mitos nórdicos, lo cual podría resumirse en la mecanización del hombre y la muerte de su espíritu creador.

 


Tolkien, Wagner, Nacionalismo y Modernidad
por Bradley J. Birzer
3 de Agosto de 2001


     Cuando la traducción sueca de El Señor de los Anillos apareció en 1961, su autor quedó impactado. Conociendo el idioma sueco, John R. Tolkien no encontró ningún problema con la traducción. En efecto, Tolkien a menudo consideraba a los diversos idiomas escandinavos como mejores medios para sus historias de la Tierra Media que el inglés, ya que los mitos nórdicos e islandeses medievales habían influído fuertemente en ellas. Su disgusto, en cambio, provino de la presunción encontrada dentro de la introducción a la edición sueca. El delito: el traductor Åke Ohlmark había comparado el Anillo de Tolkien con el Anillo de Wagner. «El Anillo es de un cierto modo "Der Niebelungen Ring"», había escrito Ohlmark. Indignado, Tolkien se quejó a su editor: "Ambos anillos eran redondos, y allí termina el parecido". El comentario del traductor era simplemente "basura", según Tolkien.

     Ohlmark no fue el único crítico que hizo la comparación. Un profesor canadiense de inglés, William Blissett, examinando El Señor de los Anillos para el prestigioso South Atlantic Quarterly, encontró diversos paralelos entre las dos leyendas, pero no estaba dispuesto a excluír "alguna influencia wagneriana directa". A principios de los años '60 la comparación estaba llegando a ser común. En su última entrevista antes de su muerte, Clive S. Lewis, el cercano amigo de Tolkien, afirmó haber querido escribir una nueva versión en prosa de la ópera del Anillo de Wagner. Lewis temió, sin embargo, que «ante la sola mención de la palabra "Anillo" mucha gente podría pensar que tenía algo que ver con "El Señor de los Anillos" de Tolkien». Desde las primeras comparaciones en los años '50 muchos críticos han usado el Anillo de Wagner contra Tolkien. Un famoso poeta inglés se refirió a El Señor de los Anillos como "una combinación de Wagner y Winnie-the-Pooh".

     La comparación con Wagner irritó a Tolkien. En sus propias vidas personales, los dos tenían poco en común. Wagner era un socialista alemán del siglo XIX, un creyente en la apoteosis del hombre. Tolkien era un inglés monárquico no constitucional del siglo XX, un devoto católico romano, y un fuerte creyente en las limitaciones colocadas sobre los humanos por el pecado original de Adán. Según su biógrafo oficial y amigo de familia, Humphrey Carpenter, Tolkien "despreciaba" la interpretación de Wagner de las versiones nórdica y alemana de la Saga de los Nibelungos. A pesar de ello, él estudió o escuchó a Wagner y su música con frecuencia. Un alumno de Lewis, Derek Brewer, afirmó que circularon rumores de que Lewis y Tolkien asistían anualmente a la ópera completa del Anillo en Londres. Priscilla, la hija de Tolkien, recuerda una de tales visitas a la ópera donde su padre y Lewis habían olvidado llevar puesto el atuendo formal de tarde, los únicos dos en el auditorio entero que habían descuidado hacer aquello.

     Adicionalmente, Tolkien y Lewis estudiaron los mitos de Wagner como parte de su exploración en su efímero pero profundamente influyente Kólbitar Club. Al crear dicho club académico en 1926, Tolkien esperaba interesar a varios profesores de Oxford en cuanto al significado de la mitología nórdica. Significando "Mascadores de Carbón", Kólbitar [Coal Biter] era un término burlón para los hombres nórdicos que rechazaban participar en la caza o en la lucha, prefiriendo en cambio el calor del fuego. Los Kólbitars de Tolkien leyeron varios de los mitos nórdicos, incluyendo la saga Volsunga entera y el Edda Mayor en el islandés original. Fue en en ese club que Tolkien y Lewis comprendieron cuánto ellos tenían en común, y donde comenzaron su amistad de 34 años.

     "Una semana estuve hasta las 2:30 horas el lunes (hablando con el profesor de anglosajón Tolkien", escribió Lewis a su amigo Arthur Greeves en 1929, "el cual regresó conmigo al College y nos sentamos para hablar acerca de dioses y gigantes y Asgard durante tres horas". Tolkien debe haber considerado especialmente la charla nocturna como importante, ya que él prestó a Lewis partes del El Silmarillion, una obra que él consideraba como vital pero sumamente personal y privada. Sólo su familia y un ayudante de investigación sabían algo sobre ella.

     En lo que debe haber resultado ser una inmensa sensación de alivio para Tolkien, Lewis respondió con entusiasmo al mundo privado de su colega. "Me senté hasta tarde la noche pasada y he leído las Geste hasta donde Beren y sus aliados gnómicos derrotan a la patrulla de orcos sobre las fuentes del Narog y se disfrazan", escribió Lewis a Tolkien. "Puedo decir muy francamente que hacía años que no había tenido una tarde de tanto placer". Según un amigo, Lewis "estaba consternado. Ésa era la clase de escritos que él no se habría atrevido a creer que pudiera existir".

     Hacia principios de los años '30 los Kólbitars se habían disipado, y los miembros restantes, Tolkien y Lewis, continuaron con el club bajo un nombre diferente, "The Inklings". Las traducciones de leyendas nórdicas y germánicas, sin embargo, prosiguieron. Hacia 1934 Warnie Lewis relató en su diario que él, su hermano y Tolkien estaban traduciendo el texto de la segunda ópera del Anillo de Wagner, La Valkiria, del alemán original. "A partir de las complejidades de Wotan", registró Warnie, "tuvimos una larga e interesante discusión acerca de religión, que duró aproximadamente hasta las 23:30 hrs. cuando el automóvil llamó por nosotros". Estando de acuerdo o discrepando con las interpretaciones de Wagner, aquello proporcionó mucho que pensar.

     De los dos Inklings principales, Lewis se sintió mucho más atraído hacia Wagner que lo que lo fue Tolkien. En su autobiografía, Surprised by Joy, Lewis escribió que cuando él primero conoció la obra de Wagner en 1911, a la edad de 13 años, la "nordicidad pura" lo abrumó. Cinco años más tarde, Lewis asistió a su primera interpretación del Anillo de Wagner, y quedó perturbado por miembros del auditorio que estaban tan poseídos por la ópera que gritaban frases al director de orquesta o se levantaban espontáneamente, incapaces de controlar su excitación. El joven Lewis incluso empujó a un fanático de la ópera demasiado entusiasta hacia su asiento. Para Lewis, la ópera del Anillo le demostró que "toda la ópera italiana es simplemente un pasatiempo comparado con el gran drama musical de Wagner". La ópera italiana, él concluyó, eran meros "gritos y contorsiones". Para el ateo y racionalista Lewis, el paganismo del Norte había servido como una forma de cristianismo sustituto.

     Wagner, escribió él después de asistir a otra interpretación del Anillo en 1924, le dio un indicio significativo acerca de la divinidad. Cuando se sentía deprimido, Lewis pedía su "pequeña porción de Wagner" para levantar su espíritu. Después de su conversión al cristianismo, Lewis admitió haber amado "a Balder antes de que él amara a Cristo". Ante un grupo de estudiantes de Oxford, Lewis declaró: "Si el cristianismo es sólo una mitología, entonces encuentro que la mitología en la que creo no es la mitología que más me gusta. Me gusta la mitología griega mucho más; la irlandesa mejor todavía: la nórdica, la mejor de todas". Lewis incluso escribió el punto culminante del segundo volumen de su famosa trilogía espacial Perelandra haciendo un paralelo con el Anillo de Wagner.

     Aunque Tolkien nunca tuvo a Wagner en la misma consideración que Lewis, uno no puede descartar completamente la comparación entre Tolkien y Wagner. En un nivel superficial, las dos historias del Anillo comparten varias cosas en común: dragones (con puntos vulnerables) que guardan tesoros; importantes anillos que causan el mal, directa o indirectamente; la espada rota hecha de nuevo; una deidad gris y caminante inspiradora de los hombres; y la corrupción moral y física del poseedor original del anillo. Quizá más importante aún, Wagner y Tolkien admiraron enormemente el coraje del Norte. "Fue la fuerza de la imaginación mitológica del Norte la que enfrentó este problema, puso a los monstruos en el centro, les dio la victoria pero no el honor, y encontró una solución potente pero terrible en la voluntad desnuda y en el coraje", escribió Tolkien en su ensayo justamente famoso acerca del Beowulf. Lo nórdico "tiene poder para revivir su espíritu incluso en nuestros propios tiempos".

     Incluso las comparaciones, a pesar de todo, no deberían llevar a concluír que Tolkien tomó prestado de Wagner. Más bien, Tolkien y Wagner cada uno sacó de las mismas fuentes. A saber, Wagner usó las historias básicas del Nibelungenlied austriaco, las islandesas Edda Mayor y la Völuspá, y de la saga nórdica Volsunga. Tolkien también tomó de esas fuentes. Pero el Kalevala finlandés, diversa poesía anglosajona, George MacDonald y G. K. Chesterton también sirvieron como influencias en Tolkien, directa o indirectamente.

     Hubo otras influencias importantes en él, no tan inmediatamente obvias. "¡Imagine eso! Usted sabe, él solía tener el interés más extraordinario por la gente aquí en Kentucky", dijo Allen Barnett, un kentuckiano y antiguo compañero de clases en Oxford. "Él nunca pudo conseguir bastantes de mis cuentos de la gente de Kentucky. Él solía hacerme repetir apellidos como Barefoot y Boffind y Baggins y buenos nombres del país como ésos".

     La manera en que Tolkien usó las fuentes difería enormemente de la de Wagner. Para Wagner, los mitos paganos del Norte servían para varios propósitos en sus óperas. Primero, ellos dieron a la gente alemana una identidad nacionalista. No debería ser considerado como casualidad que Wagner escribiera y completara la ópera del Anillo mientras Alemania y Bismarck luchaban para unificar y encontrar una voz común. Segundo, Wagner promovió el socialismo, en lo que en el siglo XX sería visto en dos variedades: el nacionalsocialismo y el socialismo internacional. Finalmente, Wagner deseaba mostrar que el hombre podía alcanzar su propia divinidad. Wagner, explica el filósofo inglés Roger Scruton, "propuso al hombre como su propio redentor, y al arte como el transfigurante rito de pasaje a un mundo superior". Ciertamente, la muerte de Siegfried que conduce a la consumición del Valhala por llamas sugiere eso.


1. Tolkien versus el Nacionalismo

     Sería difícil encontrar a alguien que sostuviera opiniones más diferentes de Wagner que Tolkien. Primero, Tolkien veía un santificado mito pagano del Norte como un medio de llevar de nuevo al modernista y herético Occidente hacia la cristiandad. "La grandeza que quise dar a entender era la de un gran instrumento en las manos de Dios, un impulsor, un hacedor, incluso un conseguidor de grandes cosas, al menos un iniciador de grandes cosas", escribió Tolkien desde las trincheras en Francia en 1916. El joven de 24 años esperaba que él siguiera "reavivando una vieja luz en el mundo", para continuar las Viejas Verdades en el devastado mundo de posguerra.

 

     Para Tolkien, el Beowulf era el que mejor ejemplificaba la combinación de tradiciones paganas y pensamiento cristiano. El anónimo autor del Beowulf vivió cuando Inglaterra estaba en el lento proceso de la conversión al cristianismo. Un cristiano, el autor del Beowulf usó dicho poema para demostrar que no todas las cosas paganas deberían ser descartadas por la nueva cultura. En vez de ello, el cristiano debería abrazar y santificar la virtud más noble que salió de la mente pagana del Norte: el coraje.

     El argumento de Tolkien refleja el pensamiento de Agustín también. En su obra "Sobre el Deber Cristiano" Agustín escribió: si los filósofos "han dicho que nada es verdadero ni está en armonía con nuestra fe, no sólo no debemos atemorizarnos ante eso sino reclamarlo para nuestro propio uso de aquellos que lo tienen como una posesión ilícita". Clemente de Alejandría, que vivió a finales del siglo II y principios del III, presagió el argumento de Agustín. Las creencias pre-cristianas, sostuvo él en Misceláneas, sirvieron como "una enseñanza preparatoria para aquellos que más tarde abrazarían la fe". Dios había dado a los griegos la Filosofía como un regalo en espera de la llegada del cristianismo. La Filosofía, concluyó Clemente, "actuó como un profesor de escuela para los griegos, preparándolos para Cristo, tal como las leyes de los judíos los prepararon para Cristo". Platón y Aristóteles sirvieron como una preparación para el cristianismo, al igual que lo hicieron Abraham y Moisés. La historia y la leyenda, como diría Tolkien, se fusionaron con la encarnación de Cristo, el Mito Verdadero.

     El anónimo autor del Beowulf había seguido el consejo de Clemente y de Agustín, apropiándose de lo mejor de la cultura pagana y santificándolo como cristiano. Porque la Verdad, dice el argumento, pertenece a Dios, ya esté codificada en escritura o en la Naturaleza. Con la creación del mundo, la ley natural revela tanto como la revelación directa. Y, siendo Él el autor de toda sociedad y de la plétora de cultos y culturas, Dios colocó una parte de su Verdad en cada uno. Cuando cada cultura no cristiana se encuentra con el cristianismo, se ve que tiene algún fragmento de la verdad, lo que le permite aceptar la Verdad plena. Lewis lo dijo más sucintamente que Tolkien: "El paganismo no sobrevive simplemente sino que primero realmente se convierte en el núcleo mismo del cristianismo". Al escribir su extensa mitología durante toda su vida, Tolkien siguió la misma práctica, apropiándose del mito del Norte y bautizándolo, haciéndolo relevante para las herejías del mundo moderno.

     En efecto, Tolkien a menudo señaló que la Tierra Media representaba a Europa. El término, después de todo, era simplemente anglosajón para designar la tierra entre los océanos, la tierra entre el Cielo y el Infierno, la tierra entre el espíritu y lo material: la Europa cristiana. «Rhun es la palabra élfica para el "Este": Asia, China, Japón, y todas las cosas que la gente de Occidente considera como muy lejanas», indicó Tolkien en una entrevista en 1966. «Y al Sur de Harad está África, los países tórridos"». Inglaterra, de acuerdo a tal lógica, sería la Comarca. Tolkien lo admitió también. Más específicamente, los hobbits representaban lo mejor de los ingleses.

     La mayor parte de sus sentimientos provino de su traslado durante la infancia desde Sudáfrica a Inglaterra. Los recuerdos más tempranos de Tolkien son de África, "pero eso era ajeno para mí, y cuando vine a casa, por lo tanto, experimenté frente al campo de Inglaterra tanto un sentimiento nativo como la maravilla personal de alguien que llega a él. Vine al campo inglés cuando yo tenía aproximadamente 3½ o 4 años, y me pareció maravilloso. Si usted realmente quiere saber en qué está basada la Tierra Media, es en mi maravilla y deleite con la tierra tal como es, particularmente con la tierra natural".

     Tolkien al principio esperaba que su legendarium [cuerpo de leyendas] sirviera como una mitología para Inglaterra, una tierra carente de todo salvo del mito Arturiano. Incluso el Beowulf, escrito en anglo-sajón, trataba con la historia de los danos (Danes) y los gautas (Geats) como opuestos a los anglo-sajones. Pero, desde su concepción original como un mito para Inglaterra, el legendarium creció muchísimo en alcance y significación. La historia, especialmente El Señor de los Anillos, se convirtió en mucho más que un mito para algún pueblo o nación particular. Ella, en cambio, llegó ser un mito para la restauración de la cristiandad. Con el retorno del rey, Aragorn, a su trono legítimo, sostuvo Tolkien, "el progreso de los cuentos finaliza en lo que es mucho más como el reestablecimiento de un Sacro Imperio Romano efectivo con su sede en Roma".

     Considerando la intensa religiosidad de Tolkien y su creencia de que Dios lo condujo a él hacia y a través de la mitología, sería difícil para el devoto católico romano concluír otra cosa. Su mito, esperaba él, ayudaría a impedir el ascenso del nacionalismo. Presenciando la unificación en Estados Unidos, Alemania e Italia, el historiador liberal Lord Acton enfatizó que la aparición del nacionalismo significaría rápidamente el final de la cristiandad y de los ideales occidentales en cuanto a la persona soberana creada a imagen de Dios. "El cristianismo se alegra de la mezcla de razas", escribió él en su famoso ensayo "Nacionalismo". El paganismo, sin embargo, "se identifica con sus diferencias, porque la verdad es universal, y los errores, variados y particulares". Aunque escribía en 1862, Acton aparentemente entendió que un Nietzsche surgiría pronto. "Haciendo el Estado y la nación correspondientes uno con otra en teoría", continuó Acton, aquellos considerados inferiores serán "exterminados, o reducidos a la servidumbre, o proscritos, o puestos en una situación de dependencia".


2. Tolkien versus el Socialismo

     En segundo lugar, a diferencia de Wagner, Tolkien odiaba el socialismo en cualquier forma, nacional o internacional. Tolkien escribió que los santos que vivían en el mundo moderno eran aquellos «que a pesar de todas sus imperfecciones nunca finalmente han inclinado la cabeza y la voluntad ante el mundo o ante el espíritu maligno (en términos modernos pero no universales: mecanicismo, materialismo "científico", socialismo en cualquiera de sus facciones ahora en guerra)». Para Tolkien, un ataque contra el hombre también significaba un ataque contra la Naturaleza.

     Como ocurría con muchos católicos romanos conservadores de los años '30 y '40, Tolkien creía que el comunismo representaba una forma aún más peligrosa de tiranía que el fascismo. Si él odiaba al fascismo, realmente odiaba más al comunismo. Muchos de los llamados fascistas, como Franco en España, protegieron a la Iglesia católica, mientras que los comunistas siempre habían asaltado cualquier forma de teísmo, substituyendo las creencias cristianas con su propia ideología. Tolkien fue especialmente persuadido por el aliado del general Franco el poeta y convertido católico Roy Campbell. Encontrándose con Tolkien y Lewis en Octubre de 1944, Campbell habló de las atrocidades cometidas contra católicos por comunistas y socialistas en España. Hacia el final de la tarde, Campbell había convencido a Tolkien de la corrección del lado de Franco en la guerra civil española, y Tolkien concluyó que Campbell era un Aragorn de nuestros días, recorriendo el mundo y luchando contra los poderes fácticos, defendiendo la gloria de Dios.

     Tolkien también temía al comunismo debido a su potencial para hacer el mal después del fin de la Segunda Guerra Mundial. "¿Y qué del Crisantemo rojo en el Este?", preguntó Tolkien. "Y cuando se acabe [la Segunda Guerra Mundial], ¿le quedará a la gente común alguna libertad (o derecho), o ellos tendrán que luchar por eso, o estarán demasiado cansados para resistir?". Tolkien temía la pérdida de cualquier parte de Occidente a manos de los soviéticos, a los que él los veía como una potencia realmente extranjera y del Este, totalmente ajena a Occidente. Él calificó a la Conferencia de Teherán, en la cual "los Tres Grandes" [Roosevelt, Churchill y Stalin] comprometieron sus principios y procuraron definir el mundo de posguerra, como un evento sensacionalista.

     A Tolkien lo enfermaba pensar en "aquel viejo asesino sanguinario Josef Stalin invitando a todas las naciones a unirse a una familia feliz de gente dedicada a la abolición de la tiranía y la intolerancia". El peor escenario que Tolkien podía imaginar era un mundo dividido entre agresivos y sanguinarios soviéticos, y los comercialmente agresivos estadounidenses. El mundo, predijo Tolkien, se convertiría en una entidad homogénea y cosmopolita, con Inglaterra como un mero suburbio. "Pueda la maldición de Babel confundir todas sus lenguas", escribió Tolkien a Christopher. "Pienso que tendré que rechazar hablar todo menos el antiguo dialecto de Mercia".

     Los católicos tenían una especial aversión contra el comunismo debido a dos importantes acontecimientos ocurridos a finales del siglo XIX y principios del XX. En 1884 el Papa León XIII tuvo una visión en la cual él vio demonios vagar por la Tierra del siglo XX, destruyendo gran parte de ella. Para ayudar a combatir ese futuro posible, él compuso la "Oración a Miguel", pidiendo a Dios que soltara a Miguel para luchar contra los demonios y el diablo, expulsándolos de vuelta al Infierno. Él instituyó eso como la oración final en todas las misas. La mayoría de los devotos católicos del siglo XX veían al comunismo como la satánica erupción que el Papa León había predicho. Ciertamente Tolkien dio a Manwë un papel prominente en los asuntos de la Tierra Media, llamándolo el Vice-regente. Manwë representa a Miguel el Arcángel.

     Segundo, en 1917, en Fátima, Portugal, la Virgen María se apareció a varios niños, revelándoles varios secretos en cuanto al siglo XX. Uno de los más tempranos revelados, sin embargo, era que el comunismo se convertiría en el mayor enemigo mundano de la Iglesia en el siglo XX. La Revolución bolchevique a fines de 1917, sólo meses después de la aparición en Fátima, dio un significativo crédito a las advertencias de la Virgen. La Iglesia aprobó esa aparición de manera relativamente rápida. Eso, conectado con la fuerte devoción de Tolkien a María, sugiere fuertemente que Tolkien había temido enormemente al comunismo como el enemigo de la Iglesia en dicho siglo. A lo largo del siglo, los católicos romanos devotos ofrecieron su recitación del rosario por la caída del comunismo y la conversión de los rusos al cristianismo.

     No todos los males modernos parecen tan obvios o tan estridentes como los de los enfrentamientos mecanizados e inhumanos de la Primera Guerra Mundial. La tiranía y la modernidad llegan en muchos envoltorios, algunos de ellos brillantemente coloreados. Entendiendo eso, Tolkien despreciaba al capitalismo conducido por la máquina impersonal del siglo XX, y sobre todo a sus criadas, las opresivas burocracias democráticas del mundo occidental, casi tanto como él odiaba al fascismo y al comunismo.

     Todas las formas del gobierno del siglo XX —ya descaradamente socialista como el fascismo o el comunismo, o sólo moderadamente socialista, como las democracias burocráticas— implicaban la planificación, es decir, poner a los hombres en categorías y usarlos como medios para diversos fines. Tanto como Lewis en La Abolición del Hombre y Aquella Horrible Fuerza, Tolkien temía a los condicionadores democráticos y a los "hombres sin torsos" que planificaban sólo por el hecho de planificar, drenando la vida de su enorme riqueza. Cuando Merlin reaparece después de quince siglos de dormir en la novela de Clive S. Lewis Aquella Horrible Fuerza, él pregunta dónde ellos podrían encontrar aliados. Ransom responde:

     "El veneno fue elaborado en estas tierras del Oeste, pero ha caído por todas partes ya. Por lejos que vayas, encontrarás las máquinas, las ciudades atestadas, los tronos vacíos, las escrituras falsas, los libros estériles: hombres airados por falsas promesas y amargados con miserias verdaderas, adorando las obras de hierro de sus propias manos, cortados de la Tierra su madre y del Padre en el Cielo. Tú podrías ir hacia el Este tan lejos que el Este se convirtiera en el Oeste y volverías a Gran Bretaña a través del gran océano, pero aún así no habrías salido en ninguna parte a la luz. La sombra de una ala oscura está sobre todos".

     El adulterado Oeste, y el resto del mundo siguiendo su ejemplo, intentaban mecanizar al hombre, negándole su humanidad dada por Dios. Como ya se señaló, Tolkien y Lewis ambos aborrecían las máquinas en cualquier forma, pero especialmente la idea de un hombre mecanizado.

     La democracia, ella misma la reciente palabra de moda en Inglaterra durante la guerra, era solamente una impostura, según Tolkien. En la Grecia antigua, la democracia servía como un nombre de fantasía para el gobierno de la muchedumbre. Cualquier ciudad-Estado griega digna de ser recordada, escribió Tolkien, es digna de recordar precisamente debido a su capacidad centralizada de movilizarse y acometer a otro poder. Peor aún, argumentaba Tolkien, la democracia naturalmente termina en la esclavitud. «No soy un "demócrata" sólo porque la "humildad" y la igualdad son principios espirituales corrompidos por la tentativa de mecanizarlos y formalizarlos, con el resultado de que conseguimos no la pequeñez universal y la humildad sino la grandeza universal y el orgullo, hasta que algún orco se apodere de un anillo de poder, y luego conseguimos y estamos consiguiendo la esclavitud», afirmó Tolkien, repitiendo a varios críticos de la democracia, desde Platón en La República a Tocqueville en Democracy in America.

     Como Tolkien lo veía, la democracia requería planificar, con el hombre, una vez más, llegando a ser nada más que un engranaje en la máquina. La planificación, sin embargo, porque es el producto necesario de mentes finitas, causa solamente estragos sobre el complejo y multifacético mundo. El hombre es demasiado complejo para confinarlo a categorías precisas. "Personalmente encuentro impredecibles a la mayoría de las personas en cualquier situación o emergencia particular", escribió Tolkien. La categorización del hombre sólo conduce al derramamiento de sangre, ya que los seres tridimensionales no están hechos para ideologías de dos dimensiones.

     Tolkien también creía que ningún individuo podría gobernar de manera capaz sobre otro. Eso demostró ser especialmente verdadero de aquellos que buscaban el poder. Sauron comenzó de tal modo, procurando hacer el bien, para reordenar el mundo, como él lo veía, para mejor.

     Él había seguido el camino de todos los tiranos: comenzando bien, al menos en el nivel en que deseando ordenar todas las cosas según su propia sabiduría él todavía al principio consideraba el bienestar (económico) de los otros habitantes de la Tierra. Pero él fue más allá que los tiranos humanos en orgullo y sed de dominación, siendo en su origen un espíritu (angelical) inmortal.

     Tolkien nunca se etiquetó a sí mismo como un miembro de un partido u otro en Inglaterra, aunque él parece haber favorecido a los conservadores más que a los laboristas. Él, sin embargo, reveló su propia política bastante enérgicamente. "Mis opiniones políticas se inclinan cada vez más a la Anarquía (filosóficamente entendida, significando la abolición del control, no hombres barbones con bombas), o a la Monarquía no constitucional", escribió Tolkien a su hijo Christopher. "Yo arrestaría a cualquiera que use la palabra Estado (en cualquier sentido aparte del reino inanimado de Inglaterra y sus habitantes, una cosa que no tiene ni poder, ni derechos ni mente); y después de una posibilidad de retractación, ¡los ejecutaría si ellos permanecieran obstinados!".

     La Comarca sirve como la mejor representación de Tolkien de una república agraria ideal. La Comarca es, en sí misma, una sociedad pre-moderna, y los hobbits a menudo parecen inocentes e infantiles porque ellos lo son. Ellos viven en una edad pre-cínica. Ellos simplemente viven la buena vida, como agricultores, comerciantes, hombres, mujeres y niños. Los hobbits son, dicho simplemente, normales. Ellos comen, beben, fuman, discuten, chismorrean, coleccionan demasiados regalos ("mathom"), cultivan huertos y aman. "Los hobbits son gente discreta pero muy antigua, más numerosos antes que hoy; porque ellos aman la paz y la tranquila y buena tierra cultivada: un campo bien ordenado y bien equipado era su lugar predilecto favorito", escribió Tolkien en el Prólogo a La Comunidad del Anillo. "Ellos no entienden ni entendieron ni gustaban de máquinas más complicadas que un fuelle de forja, un molino de agua, o un telar de mano, aunque eran hábiles con las herramientas". Políticamente, la Comarca es, como Clive S. Lewis la describió, "casi anárquica". Tolkien la llamó "mitad república, mitad aristocracia", esencialmente una sociedad aislacionista Jeffersoniana basada en una aristocracia natural.


3. Tolkien versus la Apoteosis

     En tercer lugar, Tolkien entendió la apoteosis de Wagner en "El Crepúsculo de los Dioses" como simplemente una repetición del pecado del primer hombre en el Jardín de Edén. En cambio, Tolkien veía la apropiada relación entre el hombre y Dios como entre sub-creador y Creador. Tolkien definió a un sub-creador como un artista hecho y haciendo a la imagen del Creador último, Dios. Este último, por supuesto, es el Autor de todo. Nosotros, como humanos caídos, actuamos en una manera cristiana cuando también creamos, a Su Imagen, y para Su Gloria. A diferencia del progresista que intenta rehacer al hombre a imagen del hombre, el verdadero y divino sub-creador crea para glorificar y revelar la belleza de la creación de Dios. El regalo de Dios de la sub-creación es a la vez un deber y un derecho. Como declaró Tolkien en su poema "Mythopoeia": "Era nuestro derecho (usado o mal usado). El derecho no ha decaído. Hacemos todavía según la ley en la cual hemos sido hechos".

     Sin embargo, porque somos caídos, argumentaba Tolkien, incluso los hombres bien intencionados y divinos pueden fácilmente pervertir la más alta vocación de la sub-creación. Como tal, el hombre caído convierte el arte en poder, en disposición a controlar a otros o en un deseo egoísta de controlar lo que no es nuestro. Él usa sus talentos no para la Creación y la gloria del Creador sino para la posesividad o para la propia exultación del hombre. Los elfos ejemplifican esto en El Silmarillion. El más grande de todos ellos, Fëanor, dotado por Ilúvatar con el "Espíritu del Fuego", crea tres Silmarils, gemas sin par que capturan la luz de los Dos Árboles, Telperion y Laurelin. Cuando Morgoth destruye los árboles, los poderes angelicales, los Valar, son dejados sin luz. Las Silmarils de Fëanor, sin embargo, puede tener la clave, ya que ellas contienen la santa luz. Dominador de su sub-creación, Fëanor deja el Reino Bendito, llevando con él las Silmarils, conteniendo una luz más allá de su capacidad de crear.

     Con tales implicaciones y significación religiosas en su imaginación artística, concluía Tolkien, la mejor historia de hadas y sub-creación proporciona al lector lo que Tolkien etiquetó como Eucatástrofe, el final feliz. En él, uno gana una "breve vislumbre de la Alegría, alegría más allá de las murallas del mundo". Tal evangelium raramente sucede en nuestro mundo caído. Cuando lo hace, hay que estar contento con ello, ya que eso muy probablemente no ocurrirá otra vez en la vida de alguien. La historia de hadas final, o mito verdadero, entonces, es la encarnación y la crucifixión de Cristo. "La alegría cristiana, la Gloria, es de la misma clase; pero es eminentemente (infinitamente, si nuestra capacidad no fuera finita) alta y alegre", escribió Tolkien. Con la encarnación de Cristo, "el arte ha sido verificado", afirmó Tolkien. "Dios es el Señor, de ángeles y de hombres, y de elfos. La Leyenda y la Historia se han encontrado y se han fusionado" con la llegada de Dios al Tiempo.


Conclusión

     El mito de Tolkien proporciona a las personas un medio para evitar la monotonía, la conformidad y la mecanización de la modernidad nacionalista, socialista y negativista de Wagner. Tolkien advirtió que eso no es lo mismo que escapar de la realidad. Todavía tratamos con la vida y la muerte. Simplemente escapamos del progresismo y del sueño progresista, que reduce toda la compleja realidad a una mera sombra de las verdaderas maravillas de la Creación. Tolkien escribió en "Mythopoeia", repitiendo las Bienaventuranzas:

"Benditos son los fabricantes de leyendas con su rima
de cosas no encontradas dentro del tiempo registrado.
No son ellos los que han olvidado la Noche,
o los que nos piden huír al placer organizado,
en islas de lotos de felicidad económica
renunciando a las almas para ganar un beso de Circe
(y falsificar aquella fraudulenta seducción,
producida por la máquina, del seducido dos veces)".

     Con frustración, Clive S. Lewis una vez preguntó a Tolkien: "¿Qué clase de hombres esperaría usted que estuvieran más preocupados por, y que fuesen más hostiles, a la idea de escape?". Tolkien contestó: "Los carceleros". Ciertamente Wagner veía el nacionalismo, el socialismo y la apoteosis como liberadores. En realidad, como lo han demostrado los campos de matanza del siglo XX, tales falsos esquemas y engaños —aquel "seréis como dioses"— no han resultado en una liberación sino en el encarcelamiento de la carne y el espíritu.–


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