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viernes, 22 de abril de 2016

Pío Baroja - De Judíos, Oriente y Masas



     El escritor español de la renovadora Generación del '98, el novelista y periodista Pío Baroja (1872-1956) vio publicado en 1938 (durante la Guerra Civil) su libro recopilatorio de artículos titulado "Comunistas, Judíos y Demás Ralea". De dicha colección hemos seleccionado para presentar aquí cuatro breves textos suyos (El Fondo del Marxismo, Diferencia entre los Judíos, Las Promesas de Oriente y El Espíritu de las Masas). Todo lo que aquí expone el señor Baroja está lleno de perspicacia y sensatez, y es una clara y crítica exposición de ideas nítidas (el oficio del escritor), información que tiene plena validez.





EL FONDO DEL MARXISMO


     Cuando se observa la importancia y la generalización que ha tenido el marxismo en el mundo, hay para quedarse sorprendido. Antes de Karl Marx existía en Europa el socialismo tematizado desde el tiempo de Platón. Los profetas modernos de esta teoría política, algunos evidentemente de gran talento, como Saint-Simón, Fourier y Owen, fueron poco a poco olvidados. Si quedó algo útil de su crítica social, ésta se aprovechó, pero sus sistemas dogmáticos y cerrados desaparecieron. En cambio, el socialismo de Karl Marx ha quedado íntegro como un credo inmutable.

     Muchas explicaciones se han dado para explicarlo. Se ha dicho que el marxismo era el socialismo científico. El colaborador y heredero de Marx, el alemán Engels, publicó una obra que se titula "Progreso del Socialismo desde el Estado de Utopía al de Ciencia". Es incomprensible cómo se puede creer que una teoría política pueda ser científica. Toda ciencia política y experimental está siempre en constante evolución porque no puede ser exacta.

     Cuando fueron dos expediciones científicas de médicos franceses y alemanes a estudiar el cólera a Egipto y Roberto Koch descubrió el bacilo originario de la enfermedad, los sabios franceses, a pesar de sentirse rivales de los alemanes, reconocieron que el bacilo existía, y discutieron su acción.

     Nunca se ha visto que los adversarios políticos hayan reconocido las verdades de los enemigos. Tampoco ha habido riñas sangrientas por la teoría de Newton o por la de Copérnico. La ciencia pura no ha producido jamás ni revoluciones ni complots.

     Según los fieles del marxismo, éste es una aplicación científica de las doctrinas económicas a la vida. La afirmación es una pura fantasía. También los socialistas consideran que la dialéctica heredada de la filosofía de Engels es una ciencia. "La dialéctica —dice Engels— es la ciencia de las leyes generales del movimiento, tanto del mundo exterior como del pensamiento humano". Es absurdo creer que la dialéctica es una ciencia, al menos teniendo de la ciencia el concepto actual. La dialéctica, ni la de Engels ni la de nadie, es una ciencia experimental de certeza y de evidencia.

     Nadie ha visto que, por la dialéctica, los individualistas se hayan convertido en comunistas, o al contrario, ni los espiritualistas en materialistas, ni los monárquicos en republicanos. Se ve que Karl Marx era un metafísico, ni muy grande ni muy original.

     En la doctrina suya hay una porción de afirmaciones que han perdido todo su valor para los científicos, y hay otras que se habían hecho antes por distintos economistas, sobre todo por los ingleses.

     "Dos grandes descubrimientos tenemos que agradecer a Marx —dice Engels—: la concepción materialista de la Historia, y la divulgación de la producción capitalista por medio del aumento del valor (plus—valía). Con ello, se convirtió el socialismo en una ciencia". ¡Qué ilusión!.

     La concepción materialista de la Historia no tiene valor. Decir que sólo los hechos económicos y la vida material determinan y dan carácter al mundo, es una idea primaria de estudiante. La Historia no se explica sólo por intereses materiales. Si los motivos históricos estuviesen ya completamente aclarados, como la vida cambia poco o no cambia nada en cientos y hasta en miles de años, se conocería ya su mecanismo. Además de los motivos económicos, hay los motivos étnicos, psicológicos, religiosos y morales. ¡Qué duda cabe de que el descubrimiento de la máquina de vapor, del dínamo eléctrico, del motor de explosión, han influído en la vida humana! Pero también es evidente que las ideas o las teorías han influído en la inteligencia de los inventores y en sus creaciones. Saber qué es lo anterior, si lo material o lo espiritual en la vida, es como afirmar que el huevo es anterior a la gallina o la gallina al huevo.

     A pesar del carácter precario de las afirmaciones de Marx, éstas quedan como indiscutibles. Han tenido su eclipse, pero han vuelto a su prestigio entre las masas. Sin embargo, en la doctrina suya hay una porción de afirmaciones que han perdido todo su valor, lo que no es obstáculo para su crédito. El mismo carácter de inmutable y de indiscutible de lo dicho por Marx tiene lo escrito por su colaborador y heredero Engels. Éste publicó un libro titulado "Orígenes de la Familia, de la Propiedad y del Estado". Su libro se ha publicado recientemente en castellano, en varias ediciones económicas. Esa obra, que salió hace más de medio siglo, basada en investigaciones etnográficas deficientes, se considera en el campo de la ciencia como envejecida y tendenciosa.

     Engels exageró ciertos datos y suprimió otros con el propósito de demostrar la verdad del materialismo histórico. Otras obras importantes de la época de autores más ilustres y más bien enterados, como Tylor y Lubbeck, no tienen ya, a los ojos de todo el mundo, más que una importancia histórica. Sin embargo, para los doctrinarios del marxismo, el libro de Engels representa toda la verdad. Como su amigo y maestro Marx, él también es indiscutible.

     Otra cosa en pugna con el carácter de lo científico, es que nada de lo pronosticado por Karl Marx ha resultado cierto. Marx quería creer que la cuestión social era una cuestión pura y exclusivamente económica; por eso, había que aplicar de una manera científica las doctrinas económicas a la vida.

     Los profesores socialistas actuales, a pesar de llamarse marxistas algunos, ya no creen que la cuestión social sea un problema de economía pura sino que es producto de muchos y diversos factores. También afirmaba Marx que los capitales tenían la tendencia de concentrarse en pocas manos, preparando de esa manera que el Estado fuera en el porvenir el único propietario. Esa ley de concentración de capitales no se ha verificado, y la propiedad de la clase media, en vez de disminuír en estos últimos años, ha aumentado. La revolución social, también según Marx, iba a comenzar en Inglaterra, país de máxima cultura industrial. No ha sido así: ha comenzado en Rusia, pueblo agrícola y de economía primitiva.

     Respecto a los datos de Karl Marx, naturalmente, no tienen mucha exactitud ni aplicación, porque son antiguos. Los datos económicos que cita Karl Marx en su libro "El Capital", se refieren a la Inglaterra de 1833 a 1844, y, naturalmente, hoy han variado. Las ecuaciones entre la mercancía, el dinero y la plusvalía que figuran en su libro, no parecen más que vulgaridades, son un aparato científico.

     A pesar de todas sus fallas, de sus errores y de su pesadez, el libro de Karl Marx queda para los adeptos como el Corán para los mahometanos, como un libro indiscutible. No hay posibilidad de ejercer la crítica sobre sus afirmaciones; hay que creer ciegamente en él, según los doctrinarios de la escuela. Esa actitud hace que la gente independiente odie a los comunistas, porque el comunista podrá amenazar al millonario con quitarle su fábrica o su palacio, pero al hombre independiente y pobre ¿qué le va a quitar? No le puede quitar nada. Por eso le tiene más rencor. De ahí que os diga claramente que el proletariado es el enemigo natural de los intelectuales. Desde cierto punto de vista, el marxismo es una secta religiosa. Tiene un libro sagrado: "El Capital", un catecismo: el "Manifiesto Comunista", y un instrumento de trabajo: la dialéctica engelsiana.

     Los comunistas modernos, como Lenin, han modificado en parte la técnica del partido, sin salir del dogma. La ilusión de los bolcheviques: que después del Estado que llaman burgués, en que según ellos los ricos ejercen la violencia contra el proletariado, ha de venir una forma social en donde suceda todo lo contrario, en la cual el proletariado ejerza el despotismo contra la burguesía.

     Entonces, piensan estos doctrinarios, cuando la burguesía esté ya vencida, ya no se necesitará del Estado. Los bolcheviques, ordenancistas y despóticos, coronan su utopía con un ideal anarquista. El anarquismo será el final, pero mientras tanto, exterminan a todos los anarquistas. La idea de que no habiendo ricos ya no habrá pobres, es una idea inexacta. Hay países que son íntegramente pobres, en los cuales no hay ricos. El proletariado también es una pseudo-realidad. No se sabe dónde se acaba y dónde se empieza a ser proletario. No hay manera de fijar sus límites. Un jefe de taller ¿es un proletario? Hay muchos que ganan más que un médico, que un periodista o que un profesor de colegio. Si sólo los plutócratas y los grandes terratenientes son los que se llaman burgueses y los demás no, la mayoría somos proletarios. Es una invención un tanto absurda de Lenin y de sus colegas el hablar de la dictadura del proletariado. Tanto valdría decir de una casa en donde los criados llegaran a dominar a los amos, que era una casa en donde mandaban los criados. Sería en tal caso una casa en donde los antiguos criados se habían convertido en amos.

     Además de su carácter religioso de secta absolutista, que no acepta la discusión ni la independencia de criterio, el marxismo se parece al curanderismo. Tiene una panacea para todos. Que en la realidad la medicina tenga éxito o no tenga éxito, no importa. Eso no quita para que sea indiscutible.

     Cuando se piensa en esto, se pregunta uno: ¿Qué fondo puede haber en todo ello?; ¿por qué a base de un libro confuso y difuso, que no se lee, se puede llegar a un fanatismo de tal naturaleza?; ¿por qué esa doctrina no ha evolucionado como todas las demás, no se ha dividido y no se ha fraccionado? La razón, o por lo menos una de las razones principales, es que en el fondo inconsciente del marxismo hay un elemento étnico, y ese elemento es el judío. La raza judía tiene, desde hace siglos, el deseo de imponerse al mundo. El judío cree que está destinada para él la soberanía de los pueblos. Tiene una gran idea de su superioridad, un profundo desprecio por los demás, y es hombre de pocos escrúpulos.

     El judío, que no ha sido casi nunca inventor sino más bien compilador y divulgador, aceptó con gran entusiasmo la teoría comunista de un hombre de su raza, como Karl Marx, y la propagó y la difundió con el arte que tiene para ello. El judío, en la vida intelectual, tiene caracteres parecidos a los que presenta en la vida comercial. Lo esencial para el judío culto es llegar a ser algo y a mandar.

     El arribismo suyo es una forma de su ansia de imperio: cree que la dirección del mundo es algo que está asignado a su raza, desde el comienzo de la Historia. Para éste, naturalmente, toda teoría doctrinaria y afirmativa le es simpática. Los pueblos primitivos de la vieja Europa, en sus elementos cultos, no se prestan a obedecer a utopías.

     Hace algunos años se publicó en Rusia el libro titulado "Los Protocolos de los Sabios de Sión". Nadie sabe quién ha escrito ese libro, pero, evidentemente, ha salido de medios próximos al judaísmo. En esa obra se habla de la conquista del mundo por los hebreos.

     Al judío, para mandar, le estorban las diferenciaciones nacionales de Europa, que fueron humillantes para ellos. De ahí nace ese fondo de odio semítico contra las naciones europeas, el deseo de que se hundan. El judío quiere pasar a ser apisonadora por el continente, que no haya particularismos, que no haya más valor que el dinero.

     Éste es, probablemente, el motivo por el cual la mayoría de los judíos de categoría son, expresa o tácitamente, partidarios del comunismo. Todo lo que es de procedencia semítica tiene el mismo carácter doctrinario absolutista.

     Una de las manifestaciones de la despreocupación judaica es el cambio de nombre. No es que no se dé en los individuos de otras razas, pero es mucho más frecuente en los judíos. En estos últimos tiempos de Alemania, antes de Hitler, tomaban nombres ilustres de todos los países. Así el doctor Cosme de Médicis o el ingeniero Rohan, que se anunciaban en una calle de Berlín o de Frankfurt, eran un Cohen o un Leví disfrazados. Cierto que en Alemania era comprensible y legítimo en parte el cambio de nombre por los actuales judíos, porque a muchos, al quitarles el apellido hebreo de la familia y darles uno alemán, les habían puesto nombres ridículos: Coliflor, Ratón, Mal Olor, etc., pero en fin, no era tampoco necesario tomar el nombre de una familia ilustre y conocida. El judío tiene un fondo de rencor contra Europa; considera que el europeo lo ha ofendido y entra con placer en todo lo que pueda desacreditar nuestro continente. Así se le ve figurar en el teatro, en la novela y en el cine erótico, en el cubismo, en las falsificaciones y en la legitimación del homosexualismo con Freud y sus discípulos.

     El judío actual no es ya el antiguo israelita practicante y escrupuloso; es en parte escéptico de muchas cosas, menos de su raza.

     Benjamín Disraeli, lord y Primer Ministro inglés, dijo en su tiempo, hablando de los judíos correligionarios suyos: Lo principal es la raza.

     El sentimiento de la raza hace que los judíos vean en el comunismo su venganza y la posibilidad de su triunfo.

     Este fondo de odio semítico contra Europa y el deseo de que se hunda, ha dado un carácter de continuidad al marxismo y ha hecho que no se descomponga ni degenere. De ahí esas consignas de crueldad brutal que ha mandado Rusia a los rojos de España. El comunismo ruso, casi siempre judío, ha querido comprometer a sus camaradas españoles, incitándolos al crimen, para que de esa manera no puedan volver atrás. El jefe o el jefecillo socialista o comunista de España, aleccionado por la predicación del rencor, ha ido seguramente donde no pensaba ir.

     El comunista ruso, al mismo tiempo que envía constantemente esas consignas de odio y de exterminio, tiene el cuidado de pintar como próximo un paraíso que pueda ilusionar al obrero europeo que cree en esas utopías como en algo que se pueda realizar mañana.

     Al mismo tiempo tiene como técnica la falsedad. Los rusos pintaron al último Zar como un criminal sediento de sangre. No había tal cosa. Todos los informes individuales pintan al Zar Nicolás como un hombre tímido, bondadoso y débil. Los judíos provocaron la muerte horrorosa del Zar y de su familia, y el director de la matanza fue un judío. Se dice también como consigna en España: Nosotros, los comunistas, defendemos la libertad. ¿Qué libertad van a defender, si son doctrinarios y absolutistas rabiosos? Ya saben que eso no es verdad, pero les conviene decirlo, y mientras tanto, llenan las cárceles de sospechosos, que para ellos son todos los que no son comunistas.

     El comunismo es hoy la gran cruzada que la raza judía hace contra el mundo europeo y su cultura con un fin de catequista. En Francia, en Suiza y en Alemania se ve en los judíos, aún entre los más ricos, una simpatía manifiesta por el comunismo y el frente popular. Es un poco raro el oír a una señora millonaria que vive en una casa espléndida, con un parque magnífico, con varios automóviles y un salón lleno de obras de arte, mostrarse partidaria acérrima de los bolcheviques y justificarlos. Después se sabe que esa señora tiene una participación en grandes fábricas o en bancos y que es judía o casada con algún judío.

     Sin duda, la consigna de la raza es superior al interés, o las señoras ricas suponen que para ellas no ha de llegar nunca la época de las incautaciones y de los fusilamientos.




DIFERENCIA ENTRE LOS JUDÍOS


     Al referirnos a los judíos, todos lo hacemos como si se tratara no sólo de una confesión religiosa, sino de un pueblo de raza especial. Muchas veces se ha discutido acerca de la pureza étnica de los hebreos. Ellos mismos últimamente han venido a asegurar que, como los demás, el judío no es originariamente un grupo nacional homogéneo sino que ha sido formado por elementos distintos y diversos. Hay en esto una serie de confusiones. Hablamos muchas veces indistintamente de semitas, de israelitas, de hebreos y judíos como si fueran palabras sinónimas, y no hay tal. Semita es una voz con significado filológico. Hay lenguas semíticas como hay lenguas arias. Pero no hay semita como no hay raza aria. Israelita indica en realidad una tribu; hebreo, principalmente un idioma; judío, un pueblo caracterizado por una religión y una tradición. Es decir que se puede ser semita sin ser israelita ni judío ni hablar hebreo. Se puede ser israelita sin ser judío, y se puede ser judío sin ser semita ni israelita ni hablar hebreo.

     El judío, como decimos, no es una raza pura de origen. No hay razas absolutamente puras, pero puede haber una relativa pureza. Se dice que hay en la judía una influencia armenia, otra de los amorreos y la de un pueblo desaparecido hace muchísimos años, el hitita, que dejó a los judíos la forma de su nariz. La base principal es el elemento semítico. El representante más completo del semitismo es el actual beduino, y el tipo heroico y caballeresco de la raza es Antara o Antar, poeta y guerrero que murió antes de Mahoma y por quien el profeta sintió admiración y pena por no haberlo conocido.

     El doctor Fransenthal, filosemita alemán notable, asegura que el judío es un pueblo, no una religión, y afirma que desde Teodosio hasta el año 1800 habrán entrado a formar parte de la comunidad judía no más de trescientas familias no semitas. Es quizá asegurar demasiado. Lo que sí es cierto es que el elemento semita ha sido el director y el organizador del pueblo hebreo, el que ha plasmado esa nación en su forma definitiva.

     Según Salomón Reinach, el judaísmo no es una religión, ni una raza, ni un pueblo, ni aun, como lo calificaba Heine, una desgracia. El judaísmo es una tradición.

     Como todos los demás pueblos, el judío tiene distintos orígenes; lo que ocurre es que se ha depurado y ha concluído en parte por ser un grupo homogéneo en ideas, cultos y hábitos. No es una raza la judía en el sentido zoológico, que primitivamente tuviera éstos o los otros caracteres anatómicos, sino una entidad seleccionada que ha ido creando sus particularidades. Así podía decir Disraeli, refiriéndose a sus correligionarios: Lo principal es la raza; esclavos mongoles, semi-turcos, como los jázaros, y hasta los chinos que practican la ley de Moisés.

     Un carácter especial de los judíos es que no buscan hacer prosélitos. El proselitismo no está en sus planes. Entre ellos no hay catecúmenos; el catecúmeno se considera como un tumor dentro del organismo religioso y nacional. Hace veinticinco años, un joven alemán y otro español bastante desaprensivos, a quienes veía yo en un café del barrio latino de París, inducidos por un judío rumano, decidieron ir a visitar a un rabino para ingresar en el judaísmo, pensando que eso los sacaría de la miseria. El español, en vista de las dificultades que se le presentaban, abandonó el proyecto, pero el alemán, que tenía una tenacidad extraordinaria, persistió en su idea, pero no consiguió penetrar en la comunidad israelita.

     Refiriéndose solamente a los judíos que se encuentran en el mundo antiguo, hay dos castas importantes en dos ritos: los judíos sefarditas (sephardim), judíos españoles o ibéricos, y el ashkenazi o askenazita (Ashkenazim), habitante del centro y oriente de Europa.

     Sefard o Sefarad se cree que en hebreo indica España. La palabra Sefarad aparece en la Biblia señalando de una manera imprecisa diversos países, entre ellos, la península ibérica. Ashkenazi se supone sin gran fundamento que viene de Askenaz, hijo de Gomer, citado en el Génesis. Si fuera así, no serían semitas porque Gomer, según la Biblia, es un hijo de Jafet, y Gomer se llamó a un pueblo jafético, empujado por los circundantes hacia Sión. Los sefarditas y los askenazitas son distintos; los primeros han vivido largo tiempo en España, en Portugal y en Marruecos; los segundos, en Alemania, Rusia, Polonia y Rumania.

     Hay que hacer, pues, la discriminación de los dos grupos que tienen rasgos comunes y otros diferenciales.

     Los sefarditas se distinguen de los otros judíos por su belleza y por su prestancia, por su espíritu abierto y por ser más dotados para las artes que los demás. El sefardita es un pueblo un poco infantil, contemplativo, ergotista, de una movilidad excesiva, lleno de distinción, amable, felino, un poco ávido y rapaz. Casi todos los judíos del mundo consideran como un timbre de aristocracia el descender de los sefarditas españoles o portugueses.

     En contraste con ese tipo bien definido, el askenazita es un producto híbrido mezclado. El sefardita siente poca simpatía por él, casi le repugna. El ashkenazi se ha pasado en Alemania y en Polonia más de cinco siglos en una actitud obscura de servilismo, siempre humillado, dominado por supersticiones puramente mecánicas y verbales. El ashkenazi alemán o polaco es rudo, grosero, de mal aspecto, muchas veces harapiento y repulsivo.

     Se cree que los sefarditas fueron impulsados por los romanos después de la Diáspora, o sea, de la dispersión judaica a marchar al extremo occidente de Europa. Los romanos no persiguieron a los judíos que vivían dentro del Imperio, pero a los que consideraban más puros, más israelitas, más peligrosos por lo exaltados, los enviaron a España, es decir al lugar más alejado de su patria de origen.

     Se supone que al venir a España, se mezclaron con los naturales y con los godos, con los cuales tuvieron privilegios, pero después, siguiendo su táctica de doblez, favorecieron la entrada de los árabes afines de raza, con los que tuvieron también grandes prerrogativas. Siguieron después disfrutando iguales o parecidas ventajas en los nuevos Estados cristianos, y al último fueron expulsados por considerarlos el pueblo como explotadores.

     Los ashkenazim, en cambio, no han tenido historia. No han practicado tampoco la política de aislamiento del sefardita. Entre los judíos de Alemania y de Polonia no se advierte la menor pureza étnica. Ya la mayoría primitiva no era probablemente semita de origen. Era el caos étnico, un conjunto de razas parias. Se han mezclado en los nuevos países como se mezcla la gente pobre y errante, y sus mujeres han sufrido las violaciones en los pogroms de los ghettos como en África las han sufrido en las aljamas marroquíes.

     Una reunión de sefarditas es decorativa, una reunión de askenazitas tiene un triste aspecto. Quizá éste haya sido uno de los motivos del antisemitismo violento que se ha desarrollado en Alemania, Polonia y sobre todo en Rumania.

     Los sefarditas han sido gente con unas costumbres más elegantes, más elaboradas, con una sociedad muy jerárquica; en cambio los ashkenazim son todo lo contrario: forman un conglomerado social mixto, confuso, sin ninguna homogeneidad, con pocos escrúpulos, sin ninguna elegancia ni delicadeza.

     Los ashkenazim son hoy la avanzada del comunismo.

     Un carácter que distingue a sefarditas y ashkenazim es que los primeros figuran mucho en la Edad Media, y los segundos, nada.

     Los judíos españoles influídos por las escuelas de los árabes, se distinguen y brillan en el Califato de Córdoba y siguen distinguiéndose después: León Hebreo, Maimónides, Aben-Ezra, Benjamín de Tudela, el judío de Carrión, Cardoso, Uriel de Acosta, Espinosa y Disraeli son sefarditas.

     Los ashkenazim se destacan más tarde, y Mendelsshon, Meyerbeer, Heine, Karl Marx, Bergson, Rathenau, Einstein, Freud, Trotsky y Sarah Bernhardt son askenazis. El ashkenazi cuando se distingue no acentúa gran cosa su personalización.

     En España, muchos de los sefarditas ingresaron e influyeron en el catolicismo. Ahí están el caso de Diego Lainez y de Polanco, judíos de pura sangre, ambos jesuítas, y el de Santamaría León y otros. También entre los Protestantes españoles hubo sefarditas, como los Cazalla. Muchos de esos judíos penetraron en la aristocracia. Algunas comunidades españolas, como la de los jerónimos, estaban tan llenas de conversos, que el Papa Alejandro VI les exigió una declaración de ser de familia de cristianos viejos hasta la cuarta generación.

     Los ashkenazim han estado siempre al margen del cristianismo, considerándose demasiado insignificantes para entrar en él.

     Los judíos han pretendido siempre estar separados de los demás pueblos. Los políticos antiguos, como Cicerón, los temían; el Emperador Tiberio los vigilaba y los consideraba peligrosos. En tiempos modernos, el gran Federico tuvo mala opinión de ellos. Los judíos han sentido siempre demasiado amor al poder para tener afición a la ciencia o al arte. Lo objetivo no les ha interesado, al menos hasta ahora. Indiferentes a las naciones en donde viven, ellos son una nación dentro de otra nación, un Estado dentro de otro Estado, y no manifiestan el menor amor por la tierra donde viven.

     El judío habla mucho de la fraternidad humana, pero siempre ha mostrado odio por el extranjero y ha manifestado cierta doblez.

     En el Talmud, a los cristianos se les llama Akum, adoradores de los astros. En el libro titulado "Sefer Midrasch Talpioth", publicado no hace muchos años en Varsovia, se dice: "Dios creó los akum en forma de hombres en honor de los judíos. Los akum no han sido creados más que para servir a los judíos día y noche, sin que puedan quitar su servicio. No convendría a un príncipe ser servido por un animal, pero sí por un animal de figura humana". En el mismo libro se asegura: "Todos los judíos son príncipes".

     El viejo rabino Shabti Hallev, de Varsovia, en un libro publicado en el siglo XVI, dice que los sabios de Israel deben dedicarse a aumentar las querellas de los nazarenos cuando el fuego comience a arder, porque cuando los perros se desgarran entre sí dejan en paz a los corderitos. Los corderitos son los judíos.

     Muchas veces han intentado las naciones europeas la asimilación completa de los judíos. Napoleón I quiso someterlos a principios del siglo XIX (1806) a las leyes comunes de Francia. El Consejo Israelita de los Ancianos aceptó todas sus propuestas menos el matrimonio de judíos con cristianas; en cambio, transigía con el de las judías con los cristianos.

     Es bastante sospechoso suponer que la entrada de los judíos en la vida de las naciones europeas ha sido hecho de buena fe. El sabio israelita Gratz, en su Historia de los Judíos, dice que "Börne y Heine no se separaron del judaísmo más que en apariencia, como combatientes que han cogido las armas y la bandera del enemigo para esperarlo y destruírlo más fácilmente".

     ¿Será posible que los sefarditas puedan llegar a incorporarse a España y a colaborar con ella? Parece que sí. Más difícil es que los ashkenazim se enrolen en sus patrias adoptivas. Son éstos muy rudos, muy ambiciosos, muy groseros y muy ansiosos. Han visto ahora a los suyos en posiciones altas, y quieren vengarse de sus años de humillación entrando en el comunismo.




LAS PROMESAS DE ORIENTE


     Ha habido una época, principalmente en el siglo XIX, en que casi todos los historiadores, la mayoría filólogos y lingüistas, han creído como una verdad inconcusa que el origen de la civilización estaba en Oriente. Para unos, el foco era Egipto; para otros, Asiria, la India, o Asia Central.

     La influencia del estudio de las lenguas les hacía pensar de ese modo. Nada era originario de Europa. Para esos historiadores filólogos, Europa no había hecho más que recoger lo creado en los países orientales. De aquí ese apotegma en latín: Ex Oriente Lux.

     En esta tesis colaboraron ilustres arqueólogos y lingüistas, la mayoría unilaterales; Champollión primero, después Burnouf, Mariette Opert, el coronel Rawlinson, Max Muller, etc.

     Al final del siglo XVIII el orientalista alemán Eichhorn propuso llamar a todas las lenguas parientes del hebreo, como el fenicio, cartaginés, sirio, babilónico, árabe, abisinio, etc., lenguas semíticas.

     En los primeros años del XIX, gracias al conocimiento del sánscrito, debido a los sabios ingleses de Calcuta, los filólogos de Alemania pudieron comprender que los antiguos idiomas de la India brahmánica, los diferentes dialectos del persa, del armenio, caucásico, griego, latín, eslavo, germánico y céltico, formaban un grupo que llamaron indo-germánico o indoeuropeo. De estas fusiones se llegó a la idea de la unidad de lenguas, de la unidad histórica de las religiones, de la unidad del arte y de la cultura.

     Al declinar, quizá por agotamiento, los estudios de filología clásica y de lenguas orientales, y al comenzar los descubrimientos de Prehistoria y de arqueología protohistórica, la tendencia varió y se fue encontrando que el origen único de la civilización en Oriente era una teoría como otra cualquiera. Ya no se podía decir que allí estaba el origen de todo. El mundo no ha ido avanzando en su marcha de una manera armónica, y los pueblos han tenido épocas de esplendor y de decadencia, de brillo y de oscuridad.

     La tendencia a la unidad comenzó a perder su crédito. Que en las civilizaciones antiguas más importantes, como la griega y la romana, haya elementos de los países próximos, es indudable. Esto ha ocurrido siempre. Un pueblo no puede vivir de su propia y única substancia.

     Con relación a las religiones, existe una teoría moderna defendida por grandes historiadores alemanes, entre ellos Winckler y Jeremías, que afirman que todas las ideas religiosas del mundo tienen su origen en Babilonia. Otro historiador hebraísta, Federico Dolitzsch, en su folleto "Babel und Bibel", comentado por H. S. Chamberlain en su libro Los Fundamentos del Siglo XIX, considera también a Babilonia como el centro de origen de las religiones, y a los pueblos semíticos como los creadores de todos los cultos.

     A la tesis que afirma como indudable la cuna de todas las ideas en Oriente, se han opuesto otras de investigadores del siglo XX que tienden a creer lo contrario, es decir que, en gran parte, la civilización ha ido de Occidente a Oriente. Otfried Muller no considera apreciable las influencias de Fenicia y de Egipto en Grecia. Brunner asegura encontrar los cánones artísticos de Ninive inspirados en los helénicos.

     Salomón Reinach en su Crónicas de Oriente tiene un capítulo sobre el espejismo oriental, demostrando la influencia preponderante de Grecia en los países orientales.

     Examinando estas teorías con los pocos conocimientos de un aficionado, no es fácil llegar a una opinión segura. En época muy anterior a la clásica, en la Edad de Piedra, el arte paleolítico superior tuvo su esplendor en el Occidente de Europa, en Francia y en España, en el Pirineo y en el Cantábrico, mucho antes de las civilizaciones del cobre, del bronce y del hierro. La teoría de que los arios, sobre todo los germanos, llegaron de Oriente, basándose en la descendencia sánscrita de su idioma, no parece exacta. Para muchos, los germanos se formaron a orillas del Báltico, al Sur de Escandinavia, en la península de Jutlandia y en Lituania para avanzar después hacia el Asia.

     Respecto al pan-babilonismo y a la creación semítica de los cultos, han asegurado después muchos investigadores que, si es cierto que en Babilonia hubo una lujuriante vegetación mitológica, ésta no era de origen asirio, es decir, semítico, sino caldeo, de un pueblo llamado sumeriano, de carácter no bien conocido, pero siempre más afín a los pueblos caucásicos y a los mongólicos que a los semitas.

     Respecto a la influencia oriental histórica en Europa, el arqueólogo belga Franz Cumont publicó hace unos años un libro pequeño, claro y documentado que se titula Las Religiones Orientales en el Paganismo Romano. En ese libro se estudia la acción de los pueblos de Oriente, Egipto, Asiria, Asia Menor y hasta Persia en la Roma antigua.

     La influencia de los pueblos asiáticos y semíticos en la ciudad latina es perjudicial. Los orientales introducen en la urbe de tipo europeo e itálico la neurosis, el malestar y el descontento. No es sólo el efecto, siempre perturbador, de los extranjeros y de metecos con sus hábitos diferentes en una sociedad reglamentada; es un efecto más activo. Se produce en Roma, con las ideas asiáticas, una floración de astrólogos, de magos, de compiladores, de retóricos y de sofistas; aparecen cultos misteriosos; viene el rebajamiento del nivel intelectual, la decadencia de las costumbres; se apaga el espíritu de la ciudad del Lacio durante largo tiempo, y cierta parte de los romanos se da a las prácticas del espiritismo y de la magia. Se leen las "Eneadas" de Plotino, los libros de Porfirio, de Ammonio Sacas y de Jámblico. Los cultos orientales que florecen en la antigua Roma, de procedencia asiática y africana, no son patrimonio del pueblo sino de la aristocracia, de personajes de la Corte y de altos empleados; es de gente que, en nuestro tiempo, se hubiera dicho que era modernista y snob. Los romanos del tiempo leen a Luciano y algunos otros de los autores contemporáneos, falsos griegos, que tienen un espíritu acre que no es helénico.

     Este efecto perturbador es caso constante. Cuando interviene el elemento semítico en los pueblos europeos, en seguida llega el trastorno, la descomposición. Así ha venido en nuestros días por el comunismo, en gran parte semítico.

     A pesar de esa lejana experiencia tan categórica, hay autores modernos que consideran que la filosofía de Oriente puede ser la salvación de la Europa actual. Existen escritores que suponen que en los pueblos orientales hay como un secreto guardado, una filosofía que podría renovar el espíritu de la vieja Europa. En nuestros días, más que en Egipto, en Siria o en Asia Menor, se piensa en la India. Desde Schopenhauer esta tendencia indianista ha ido aumentando, y existió entre Bournouf y Max Muller y ha existido siempre en todos los que tienen cierta vocación de magos y que se inclinan más o menos claramente al ocultismo, desde Cagliostro hasta Rodolfo Steiner, Schuré, René Guénon, Keyserling, etc.

     En artículos y en libros se afirma, como si fuera de una clara evidencia, la superioridad de Oriente sobre Occidente. En estos últimos treinta años ha habido dos casos de dos personajes elogiados exageradamente por los europeos: el de Rabindranath Tagore y el de Gandhi. Yo supongo que en eso hay una gran parte de novelería y snobismo. La literatura de Tagore tiene el aire de algo artificioso y trabajado en frío. Respecto al elogio de la obra política de Gandhi, parece también deliberadamente exagerado. He leído el libro biográfico de Romain Rolland y no he visto en él más que frases y retórica.

     Los propagandistas del pensamiento oriental, como una señora Sofía Wedia, que habló el año pasado en una reunión literaria de Buenos Aires, no salen de lugares comunes que no tienen gran valor. Esa señora dice que la ciencia india defiende la espiritualidad, la justicia y la humanidad. Afirma que los hindúes son partidarios de la intuición y enemigos de la inteligencia, porque la inteligencia es más destructora que creadora.

     El programa salvador de esa dama se ve que no es muy original ni muy valioso. Es una teoría plausible, como todas las teorías: en general no hay dogmas, en países civilizados, que se muestren enemigos de la espiritualidad, de la justicia y, sobre todo, de la humanidad. Es cierto que ha habido sectas anti-humanas, que practicaban la muerte ritual, como los partidarios del Viejo de la Montaña, o los adoradores de la diosa Kali (los thugs), pero son rarísimas.

     Respecto a la intuición, evidentemente es una gran virtud intelectual, pero no tiene intuición el hombre por proponérselo, como no tiene genio; la intuición es un don que no se adquiere: se tiene o no se tiene. Además de tenerla es necesario hoy poseer conocimientos profundos en una materia parar utilizar ese don.

     Ahí está el caso de Planck, el físico más célebre de nuestra época, el autor de la teoría de los quanta. Planck enunció esa hipótesis al principio de su carrera de investigador. Su maestro le recomendó que no se dedicara a la cuestión de las radiaciones de la materia, porque, según él, en aquel momento estaba agotada y no tenía porvenir.

     Quizá Planck, llevado por la intuición, creyó que en ese campo, que su profesor consideraba estéril, había de encontrar algo extraordinario, y, efectivamente, lo encontró. Pero si Planck no hubiera tenido los conocimientos que tenía, ¿de qué le hubiera servido la intuición?.

     Planck estudió la manera y la forma de emitirse la energía de las radiaciones negras, y vio que éstas no se realizaban de una manera continua, como el chorro de una fuente, sino de una manera discontinua. Esta palabra quanta que en latín es plural, quiere decir cuentas, pero no en el sentido de cuentas matemáticas, hechas de memoria o en un papel, sino en el sentido de cuentas de rosario.

     Cada cuenta de emisión de energía tiene la forma de una elipse, y va engarzada con la que le precede y la que le sigue, como las perlas de un collar. Al parecer, esta teoría de Planck ha sido en física tan trascendental, que ha producido una transformación completa de la ciencia y ha hecho que se escriba sobre ella toda una biblioteca.

     La intuición tiene un gran valor, pero parece evidente que lo tiene mayor cuando se ejerce sobre puntos desconocidos que hay que aclarar, porque cuando obra sobre temas conocidos por la Humanidad desde miles de años no parece que puede dar gran resultado. Las antiguas intuiciones de Swedenborg, como las modernas de Rodolfo Steiner, no valen nada. Si terminan en algo es en teosofía, en magia o en espiritismo, en práctica de pitonisas y de adivinadoras.

     La imaginación, obrando sobre lo ya conocido, es de lo más limitado del hombre. Así se explica que la fábula de la lechera se haya transcrito en 14 ó 15 idiomas, copiándose unos autores a otros.

     Si la imaginación fuera tan fecunda, ¿para qué aprovechar una tan pequeña anécdota? Es que una pequeña anécdota de esa clase es dificilísima de encontrar, y por eso se repite.

     René Guénon, como Keyserling, y todos los que tiran más o menos claramente para magos, quieren creer que hay dos modos de pensamiento en el hombre, dos culturas distintas: la oriental y la occidental; la oriental, que busca las ideas y las teorías por sí mismas en su inmanencia; la occidental, que tiende sólo a lo práctico y a lo empírico. Todo ello parece arbitrario.

     La tesis de esos escritores es que Oriente es superior a Occidente, que Oriente es la espiritualidad, y Occidente el materialismo, Oriente la teoría y Occidente la práctica. Sería más exacto, probablemente, decir que Oriente es la magia y Occidente la ciencia.

     En los libros de René Guénon hay una teoría que me parece inaceptable. Ese autor supone que la época tradicional, super-racional de los pueblos, es la época de la verdadera sabiduría, que el período que se inicia con la filosofía griega y profana es un período de decadencia. Es decir, que las sociedades fuertes viven, según él, con un orden hierático, con sus misterios, con sus claves, más o menos oscuras, con su templo. Las sociedades modernas que viven al aire libre, sin oscuridades y sin misterios, son degeneradoras.

     Aun suponiendo que esto sea verdad, que ya es suponer, y que el predominio de la crítica y el de la razón sean errores, ¿cómo se va a suprimir el razonamiento?, ¿cómo se va a aceptar el dogma oriental porque sí?, ¿cómo va a ser posible esa transmutación? Al lector se le ocurre también preguntar: ¿para qué un escritor de éstos, como René Guénon, razona para convencernos a los lectores de que en asuntos trascendentales no se debe razonar?.

     Para Keiserling y para Guénon es Asia la que nos puede salvar; en cambio para Frobenius es África la que tiene el secreto de nuestra salvación.

     Quizá el filósofo Spengler está en lo cierto al pensar que el hombre Blanco, el europeo, proceda de donde proceda, es la teoría, la energía, el individualismo, la crítica, la técnica, la máquina, el industrialismo, y que no debe abandonar los sistemas creados por él, sino persistir en ellos. Ésa es la tendencia de la Alemania actual.




EL ESPÍRITU DE LAS MASAS


     Hace ya treinta o cuarenta años se publicaron varios libros acerca de la psicología y del alma de las multitudes. Creo que la primera obra que trató de esta cuestión más o menos científicamente fue la del profesor italiano Sighele, y que a ésta siguieron las de Le Bon, Tarde y, por último, Freud.

     Se intentó construír una psicología colectiva, pero el intento quedó en el primer capítulo. La tesis de ese primer capítulo se puede expresar así: La multitud, la masa, tiene una especie de sobrealma social que no es la suma de las almas individuales que la componen. A la tesis se le añade un corolario: Las energías de espíritu de todos los que forman la masa, en vez de adicionarse, se destruyen en parte o en todo.

     Estas afirmaciones no son nuevas.

     Solón, el legislador griego, decía que los atenienses, uno a uno, individualmente, eran astutos como zorras, y que reunidos tenían un espíritu mediocre y vulgar.

    Hay una antigua sentencia latina sobre los senadores que no es necesario traducir porque se entiende perfectamente; dice así: Senatores boni viri, Senatus mala bestia.

     Se cuenta que un orador griego, cuando era aplaudido por la multitud decía: "Alguna estupidez ha salido de mi boca".

     Por último, el Ariosto afirma: "Se asegura que hay hombres que valen por cien; yo jamás he conocido cien hombres que valgan por uno".

     Como se ve, la observación de la mediocridad espiritual de la masa con relación al individuo es antigua.

     Algunos psicólogos de tendencia mística se han inclinado a creer que la sobrealma colectiva de las muchedumbres no es una fórmula metafórica sino una realidad; otros piensan que ese nombre y esa idea no pasan de ser una etiqueta para expresar los caracteres que presenta una aglomeración humana. Yo supongo que éstos tienen razón.

     Para la mayoría de los autores, las modalidades características de una multitud son la unanimidad, el furor, la versatilidad y la tendencia justiciera. Las causas de ello dependen de la imitación, del contagio, de la sugestión. Yo creo que a esto habría que añadir el sentimiento de poder y la impunidad.

     La imitación, el mimetismo, tiene una fuerza inconsciente enorme. Se ve bailar a unas parejas al son de la música y se siente el deseo de llevar el compás como ellas. Se ve en el circo a un hombre que pasa con su balancín por un alambre o por la cuerda floja y, si se le mira con atención, se hacen movimientos parecidos a los del volatinero. Es difícil no marcar el paso aliado de una banda militar que va tocando una marcha. El contagio del movimiento y del gesto es una consecuencia del instinto de imitación.

     Se oye llorar y se tiende a llorar; se ve reír y se tiende a reír; donde el mérito es insultar, se insulta; donde el mérito es rezar, se reza; donde es vociferar, se vocifera. Individual y colectivamente se verifica el contagio, tanto por las ideas expresadas como por los gestos.

     Un obrero semi-indiferente que penetra por primera vez en el lugar de una reunión revolucionaria puede tener distintas reacciones; o protesta y se muestra disconforme, o procura aislarse, inhibirse de lo que ocurre a su alrededor, o se entrega.

     Si se entrega, se va fundiendo en la masa rápidamente. El tumulto, los clamores, los gestos, lo convierten en un autómata. Une sus aplausos y sus gritos a los de los demás; se transforma sin darse cuenta en un energúmeno, en un frenético, que si se viera a sí mismo, se asombraría.

     La razón de esta identificación del hombre —sobre todo, pobre— con la masa revolucionaria está principalmente en que tiene el sentimiento de que se han cometido injusticias con él o con su clase, y en su corazón hay como agazapada una fiera que se despierta y se lanza a morder.

     El rencor de ese desvalido se transforma en una decoración lejana y romántica, como si estuviera construída por sentimientos generosos. El resentimiento en el alma del revolucionario se convierte en poema.

     En la vida ordinaria, ese fondo de rencor y de envidia tan humano está velado por la prudencia, la sociabilidad, por el cuidado de conservar una buena reputación, y así muchas veces lo que nace con intenciones de mordisco o de arañazo se termina en un chiste o en una sonrisa.

     Al burgués, al conservador, al patriota, le pasa lo mismo. En un momento de una manifestación o de una asamblea de los suyos se identifica con la masa conservadora o patriótica. En el orador que le habla de una manera elocuente, ve el defensor de sus privilegios de clase o de nación; pero no ve esos privilegios de una manera concreta, fría y tangible, sino de un modo simbólico que no le parece egoísta. ¿No le pagan las rentas? Pues eso es señal de que la sociedad se hunde y de que viene el caos, el asesinato y la muerte. La bandera, el canto, el monumento a los héroes del país le dice sotto voce que le pagarán los alquileres.

     Tanto el hombre del proletariado como el conservador, al incorporarse a la masa, sienten la fuerza terrible que les da el número y al mismo tiempo la conciencia de su poder. Navegan en una corriente que neutraliza su timidez natural, corriente hecha a base del anonimato y de la impunidad.

      Entonces sale de su boca una consigna que quiere ser rápida y justiciera: ¡A Berlín!, ¡a las armas!, ¡a fusilar a los presos!.

     La masa pretende ejecutar en seguida sus planes y sus sentencias; unas veces lo consigue; otras, fracasa por una causa cualquiera: porque llueve, porque se dividen los pareceres de los dirigentes o porque le salen al encuentro unos cuantos guardias.


* * *

     Así es la psicología de las masas: un ímpetu primario generalmente orientado hacia soluciones rápidas y unilaterales, más bien vulgares que selectas.

     A veces las masas aceptan ideas generosas y nobles; pero, en general, lo que triunfa en ellas son sentimientos de rencor y de venganza.

     Casi siempre lo exaltado por las masas es falso, aparatoso, lleno de mentira y de teatralidad. El público produce el histrionismo. El hombre que vive para el público es un cómico. Yo he notado que cuando se habla en público se habla como cuando se usa un idioma extranjero que no se conoce bien. Se dicen sin querer frases exageradas, pomposas y falsas. No se puede extraer del interior la verdad psicológica, personal, con matices y con contradicciones. Esa verdad íntima no interesa; es de onda corta para el público.

     En la ecuación que se establece entre hombre y público, el público exige al hombre que éste se acomode a su modelo. Su modelo es el fantoche. De aquí el entusiasmo de la masa por el fantoche político o literario, por el gran histrión. Cuando ese histrión tiene genio verbal, el público se derrite de entusiasmo.

     El espíritu de la masa trastorna el del hombre que pretende dirigirla, y éste, por ponerse a tono, la excita y la azuza.

     Así, una masa formada por personas inteligentes y sensatas puede hacer con facilidad una gran estupidez, o cometer una crueldad, o dar muestra de una enorme cobardía.

     La masa es una charca pantanosa y malsana; pero con ella y con su espíritu tiene que contar la política. Ya en la Convención (Revolución francesa), el Marais (el pantano), lo más bajo de la Asamblea, era lo que decidía en las deliberaciones. La masa, con sus tirones y sus exigencias, es la que da a la política ese aire cómico-lírico-bailable tan del gusto de las porteras y de los barberos.

     El político está a la altura de la masa. Ese personaje turbio, aprovechador de todas las corrientes que lo pueden encumbrar, se convierte con facilidad extraordinaria en un divo, en un cómico que busca la claque.

     Los casos en España y fuera de España son muchos, y no vale la pena señalarlos.

     La tesis de que todo hombre es político no es cierta. Muchos somos anti-políticos por convicción.

     Si se sintiera uno maestro de escuela, diría que política viene de ciudad; yo, por aficiones y por la cédula, no soy ciudadano sino campesino.


* * *

     Considerada España desde un punto de vista colectivo, hay que reconocer que nuestro país no es todavía un país de masas. Únicamente en Barcelona y después en Madrid se podría señalar algo parecido a grandes masas. En el resto de España, no.

     Una masa de andaluces o de castellanos no se comprende muy bien; una masa de vascongados, mucho menos aún. Una sala de posada o de sidrería donde puedan estar veinticinco vascos ya nos parece mucho a nosotros. El summum para un vasco es un orfeón; de ahí no podemos pasar.

     Somos los españoles —por ahora, al menos— poco cepillados para la vida colectiva, mal preparados para colaborar unos con otros.

     El sentimiento social en Europa es evidentemente patrimonio de los países centrales de grandes llanuras. Sobre ese sentimiento, el judío con su espíritu teocrático y sus conocimientos económicos de largos años de usura ha dado al socialismo un aire seudo-científico y al mismo tiempo mesiánico.

     Los europeos de las zonas periféricas no son socialistas. Los del centro —sobre todo, los alemanes— tienen el sentimiento ya innato de la colaboración y de la disciplina para lo bueno como para lo malo.

     A mí ese sentimiento de colaboración me sorprendió y me salió al paso una tarde de domingo que llegué solo a Núremberg. Me mostró una de sus buenas facetas.

     Al bajar del tren me encontré con la enorme estación abarrotada de gente. Había diez o doce mil personas en los andenes que marchaban despacio hacia la salida, apretándose y pisándose sin protesta, con esa característica brutalidad alemana. De pronto, aquella multitud se puso a cantar a coro una canción popular de Haydn. Era como una tempestad de voces armonizada y estudiada, algo imponente que me dejó sobrecogido.

     Quizá la música —el arte social por excelencia— sea uno de los elementos más indispensables  para fundir los individuos aislados en una masa.–





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