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domingo, 14 de febrero de 2016

Richard Crossman - Apocalipsis en Dresden



     Richard H. S. Crossman (1907-1974) fue un político británico laborista que durante la Segunda Guerra participó oficialmente en la difusión de propaganda anti-nacionalsocialista. En la revista estadounidense Esquire se publicó hace 53 años, en Noviembre de 1963, el siguiente artículo suyo (faem.com) que hemos traducido que hace alusión al bombardeo triple que tuvo lugar el 13 y el 14 de Febrero de 1945 sobre la ciudad alemana de Dresden, casi al final de la guerra. Repasa aquí el autor, en su calidad de testigo indirecto pero con acceso a informaciones reservadas y poco públicas, los antecedentes de dicho bombardeo, sus consecuencias y sus lecciones, 17 años después de ocurrido el hecho. A 71 años de haberse llevado a cabo aquella sanguinaria acción, los cientos de miles de víctimas de ese literal holocausto, real y no imaginario como el más publicitado, quedan como ejemplo de dicha misma guerra de exterminio forzada sobre la Alemania nacionalsocialista por la mancomunidad de potencias de la oscuridad.

Apocalipsis en Dresden
por R. H. S. Crossman
Noviembre de 1963




La largamente suprimida historia
de la peor masacre en la Historia del mundo.


     Si la Commonwealth británica y Estados Unidos duraran mil años, los hombres podrían decir que ésa fue su hora más oscura.

     ¿Fueron todos los crímenes contra la Humanidad cometidos durante la Segunda Guerra Mundial el trabajo de subordinados de Hitler? Ésa fue ciertamente la impresión creada por el hecho de que sólo los alemanes fueron procesados en Núremberg. ¡Lamentablemente ésa es una impresión falsa! Ahora sabemos que en la terrible lucha emprendida entre el Ejército Rojo y la Wehrmacht alemana, los rusos exhibieron su buena parte de insensata inhumanidad. Lo que es menos ampliamente reconocido —porque la verdad, hasta sólo recientemente, ha sido deliberadamente suprimida— es que las democracias occidentales fueron responsables del más absurdo acto de asesinato de masas cometido durante todo el curso de la Segunda Guerra Mundial.

     La devastación de Dresden en Febrero de 1945 fue uno de aquellos crímenes contra la Humanidad cuyos autores debieron haber sido emplazados en Núremberg si el Tribunal no hubiera sido pervertido como el instrumento de la justicia Aliada. Si se la mide en términos de destrucción material o por la pérdida de vidas humanas, esa incursión aérea "convencional" fue mucho más devastadora que cualquiera de las dos incursiones atómicas contra Japón que iban a seguirla unos meses más tarde. De 28.410 casas que había en el centro de la ciudad de Dresden, 24.866 fueron destruídas; y el área de la destrucción total abarcó más de 18 kms².

     En cuanto a la cantidad de muertos, la población, como veremos, había sido casi duplicada por un influjo de última hora de refugiados que huían del Ejército Rojo; e incluso las autoridades alemanas —por lo general tan detallistas en sus estimaciones— renunciaron a la tentativa de calcular el total preciso después de que aproximadamente 35.000 cuerpos habían sido reconocidos, etiquetados y sepultados. Sabemos realmente, sin embargo, que 1.250.000 personas que había en la ciudad durante la noche de la incursión habían sido reducidas a 368.619 cuando aquélla terminó; y parece seguro que la cantidad de muertos debe haber excedido enormemente los 71.879 de Hiroshima. En efecto, las autoridades alemanas estuvieron probablemente correctas cuando, unos días después del ataque, pusieron el total entre 120.000 y 150.000.

     ¿Cómo se permitió que ese horror sucediera?. ¿Fue un acto deliberado y estudiado de política, o fue el resultado de uno de aquellos horrorosos malentendidos o errores de cálculo que a veces ocurren en el calor de la batalla? Hay muchos que dirán que éstas son preguntas académicas que pertenecen a la Historia. No estoy de acuerdo. Por supuesto, lo que pasó en Dresden pertenece a la época pre-nuclear, pero tiene una enorme importancia para la estrategia de defensa que las democracias occidentales están aplicando hoy. Si el crimen de Dresden no debe ser repetido en una escala más vasta, debemos averiguar por qué fue cometido. Ése, al menos, ha sido mi sentimiento, y hay dos motivos especiales que me han impulsado a continuar investigando los hechos durante tantos años. En primer lugar, estuve implicado en una función muy menor en las decisiones que precedieron a ello.

     Cuando los alemanes invadieron Francia en 1940 y el gobierno de Neville Chamberlain en Londres fue sustituído por el gobierno de Churchill, hubo una purga en Whitehall [la calle de las oficinas gubernamentales londinenses]. Inesperadamente me encontré reclutado para un departamento secreto anexo al ministerio de Asuntos Exteriores, con el título de "Director de la Guerra Psicológica contra Alemania". Mi tarea principal era planear la propaganda abierta y subversiva que esperábamos que despertaría a la Europa ocupada contra Hitler. Pero pronto me encontré atrapado en una áspera controversia confidencial sobre el papel de la ofensiva de bombardeo en la destrucción de la moral alemana.

     El Primer Ministro fue acosado por temores de que la sangría de las batallas del Somme y de Passchendaele en la Primera Guerra Mundial tendría que ser repetida si tratáramos de derrotar a Hitler invadiendo y liberando Europa. Por eso, los mariscales del Aire encontraron fácil persuadirlo de que si a ellos les dieran una mano libre ellos podrían hacer esas bajas innecesarias destruyendo el hogar alemán hasta conseguir su sumisión. Lo que Hitler hiciera contra Londres y Coventry, nuestros bombarderos lo harían pagar mil veces, hasta que los habitantes de Berlín, Hamburgo y cada otra ciudad en Alemania hubieran sido sistemáticamente dejados sin viviendas y pulverizados hasta la rendición. Para conseguir eso, los mariscales del Aire exigieron que la prioridad superior en la producción de guerra fuera dada no a los preparativos para el segundo frente sino a la construcción de grandes cantidades de bombarderos nocturnos de cuatro motores.

     Sir Winston Churchill aceptó ávidamente su consejo, con el apoyo de todo su Gabinete. Las únicas voces de advertencia que se levantaron fueron las de varios científicos muy influyentes quienes, por medio de cuidadosos cálculos, plantearon serias dudas sobre la posibilidad física de provocar el grado de destrucción requerido. Sus argumentos matemáticos fueron reforzados por los estudios que nosotros los guerreros psicológicos habíamos hecho de la moral británica en la campaña. Suponiendo, sabiamente como resultó, que la gente alemana se comportaría bajo el ataque aéreo al menos tan valientemente como la gente británica, demostramos que la escala de aterrorizamiento que nuestros bombarderos podrían emplear contra las ciudades alemanas casi ciertamente reforzaría la moral civil, e iría a estimular la producción de guerra que se pretendía debilitar.

     A principios de 1941 estos argumentos fueron finalmente dejados de lado, y Gran Bretaña se comprometió completamente con la ofensiva de bombarderos. Cuando esto alcanzó su primer punto culminante en la incursión sobre Hamburgo, sin embargo, yo había sido transferido al personal de Eisenhower. Yo estaba feliz, primero en África del Norte y luego en el SHAEF (Supreme Headquarters Allied Expeditionary Force, Cuartel General Supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada), de trabajar con un personal anglo-estadounidense que no se hacía problema para ocultar cuánto ellos detestaban la obsesión histérica por la destrucción y el placer de sangre fría de reducir los hogares alemanes a escombros exhibidos por los muchachos de las grandes bombas.

     En efecto, uno de mis recuerdos más placenteros es la actitud que el general Walter Bedell Smith mostró unas semanas después de la incursión en Dresden. Sir Winston había acusado a "Ike" (Eisenhower) de ser suave con los civiles alemanes, y ordenó que él usara tácticas de terror a fin de infundirles pánico en sus hogares y en los caminos, y de ese modo bloquear la retirada alemana. Nadie contradijo a sir Winston, pero tan pronto como él dio la espalda, fuimos instruídos para elaborar una directiva que le impidiera salirse con eso.

     El Día de la Victoria Aliada en Europa (V-E Day, 8 de Mayo de 1945), cuando volé de vuelta a Gran Bretaña a fin de presentarme como un candidato laborista en Coventry, supuse con alivio que mi preocupación por los bombardeos había terminado. Pero estaba equivocado. Dentro de unos años, Coventry, la principal víctima de la Luftwaffe (Fuerza Aérea alemana), se había hecho "melliza" a sí misma con Dresden, la principal víctima de la RAF (Royal Air Force). Y cuando Alemania fue dividida y se hizo difícil para los occidentales ir detrás de la Cortina de Hierro, yo tenía una invitación permanente para visitar Dresden como invitado de su alcalde. Lo he hecho muy frecuentemente, y en cada ocasión he tratado de hacer calzar la experiencia interna de la estrategia de bombardeo que adquirí durante la guerra, con la información de primera mano de sus víctimas "al otro lado de la colina".

     También he cotejado los relatos publicados de la destrucción de Dresden disponibles en Alemania Occidental y del Este, con la oficial Historia de la Ofensiva Estratégica de Bombardeos publicada sólo hace dos años en Gran Bretaña. Estas investigaciones no me han dejado ninguna duda en absoluto de cómo Dresden fue destruída, por qué fue destruída, y qué lecciones debemos sacar de su destrucción.

     El preludio al bombardeo de Dresden fue notificado por el comunicado ruso del 12 de Enero de 1945, que anunció que el Ejército Rojo había reanudado su ofensiva a todo lo largo del frente, y que estaba avanzando en Prusia y Silesia. Esas noticias difícilmente podrían haber sido más incómodas, ya para el general Dwight D. Eisenhower, cuyos ejércitos todavía se reponían de los efectos humillantes de la ofensiva de Navidad (1944) del general Karl von Rundstedt en Ardennes, o para el Presidente Franklin D. Roosevelt y el Primer Ministro Churchill, que se preparaban entonces para la Conferencia de Yalta a comenzar el 4 de Febrero.

     Puesto que el acuerdo de posguerra iba a ser discutido con Josef Stalin en términos no de principios sino de pura política, a sir Winston le pareció que la impresión creada por la ocupación por parte del Ejército Rojo de Europa del Este y el profundo avance en Alemania debía ser contrarrestada. ¿Pero cómo? La respuesta obvia era mediante una demostración contra el Ejército Rojo de poderío aéreo occidental. Lo que se requería, decidió él, era una atronadora aniquilación aérea anglo-estadounidense tan espantosa en la destrucción que provocaría, que incluso Stalin quedaría impresionado.


     El 25 de Enero fue el día en que se tomó la decisión que provocó el exterminio de Dresden. Hasta entonces, la capital de Sajonia había sido considerada un monumento cultural tan famoso y un objetivo militar tan inútil, que incluso el comandante en jefe del Comando de Bombarderos, el mariscal del Aire sir Arthur Harris, apenas le había dedicado un pensamiento. Todas sus baterías de fuego antiaéreo [de los alemanes] habían sido removidas de su uso en el frente del Este; y las autoridades de Dresden no habían tomado ninguna de las precauciones, ya para reforzar los refugios antiaéreos, o en preparativos de búnkers de concreto que habían reducido tan sorprendentemente las bajas en otras ciudades alemanas sometidas al ataque Aliado. En vez de eso, las autoridades habían fomentado rumores de que la ciudad se libraría de un ataque ya sea porque Churchill tenía una sobrina viviendo allí, o porque la ciudad estaba reservada por los Aliados como su principal cuartel de ocupación. Esos rumores fueron reforzados por el conocimiento de que no menos de 26.000 prisioneros Aliados estaban en y alrededor de la ciudad, y que la población de la ciudad se había duplicado a más de un millón en las semanas recientes por corrientes de refugiados llegados del Este.

     Todo esto sir Winston lo sabía el 26 de Enero. Pero temprano durante aquella mañana de invierno él se había enterado de que el Ejército ruso había cruzado el Oder en Breslav y estaba ahora sólo a 96 kms. de Dresden. Furiosamente él llamó por teléfono a sir Archibald Sinclair, su ministro del Aire, y le preguntó qué planes tenía él para "dar una paliza a los alemanes en su retirada desde Breslav". Sir Archibald, cuya función principal había sido proteger al comando de bombarderos de la crítica pública mediante una serie de garantías mentirosas de que estaba aplicando un escrupuloso cuidado para bombardear sólo objetivos militares, permaneció fiel a sí mismo. Él fue ambiguo por teléfono, y al día siguiente contestó que en opinión del personal del Aire, "una intervención en tiempo de invierno en un rango muy grande sobre Alemania del Este sería dificultosa". A esto el Primer Ministro contestó con un memorándum tan ofensivo en su furia controlada que el ministro y el personal aéreo, nunca señalados por su coraje moral, salieron en estampida a la acción. Inmediatamente se dieron órdenes para concertar con el 8º Comando de la Fuerza Aérea estadounidense un plan para borrar Leipzig, Chemnitz y Dresden.

     Sir Winston y su personal se fueron a Yalta, donde se hizo demasiado claro que los presentimientos del Primer Ministro estaban justificados. Reforzado por sus victorias, Stalin presionó sus demandas políticas sobre un Presidente ahora debilitado y muy cerca de su muerte (Roosevelt), y un Primer Ministro aislado e incómodo. Cuando se hicieron sugerencias de que el bombardeo occidental debería ser usado para ayudar al avance del Ejército Rojo, los generales rusos fueron fríos e indiferentes. Sin embargo, sir Arthur Harris ya había seleccionado Dresden, ahora sólo a 96 kms. del frente, para su destrucción. Y de día en día, sir Winston esperaba ser capaz de impresionar a Stalin con la demostración de lo que el poderío aéreo Aliado podría conseguir tan cerca de los aliados rusos. Pero el tiempo estaba contra él. La conferencia se disolvió el 11 de Febrero, y fue sólo tres días más tarde —mucho después de la conferencia cuando ya no podía tener ningún efecto sobre las negociaciones— que el portavoz de la RAF en Londres anunció orgullosamente la destrucción de Dresden.

     Debemos volver atrás ahora y ver lo que los aviadores habían estado planeando. Sir Arthur Harris fue rápido para aprovechar la oportunidad presentada por la insistencia del Primer Ministro de que el Comando de Bombarderos debería hacer sentir su presencia en Alemania del Este. Desde 1941, mediante un lento proceso de ensayo y error que le había costado muchos miles de sus tripulaciones de aviones, él había perfeccionado su nueva técnica de "bombardeo de precisión por saturación". Primero, las operaciones a plena luz del día sobre Alemania habían sido descartadas como demasiado costosas; luego, asaltos restringidos a bombardear objetivos de noche, después de un largo período de éxitos completamente imaginarios, habían sido abandonados como demasiado inexactos. Se tomó la decisión de incendiar cada centro de la ciudad y destruír los barrios residenciales, sector por sector.

     En esta nueva clase de ataque incendiario, tripulaciones especiales altamente entrenadas fueron enviadas delante para delinear un área-objetivo claramente definida con bengalas trazadoras, apodadas por los alemanes como "árboles de Navidad". Cuando esto había sido hecho, todo lo que le quedaba al resto de las fuerzas bombarderas era poner su alfombra de bombas tan densamente que la defensa civil contra ataques aéreos, la policía y los bomberos se verían todos abrumados.

     Esta técnica provocadora de incendios fue primeramente usada con éxito completo en la gran incursión sobre Hamburgo. Miles de incendios individuales se conglomeraron en una sola llamarada, creando el famoso efecto de "tormentas de fuego", por primera vez descrito por el presidente de la policía de la ciudad en un informe secreto a Hitler que pronto cayó en manos Aliadas:

     "Como resultado de la confluencia de varios incendios, el aire encima es calentado hasta tal punto que, a consecuencia de su gravedad específica reducida, ocurre una violenta corriente ascendente que provoca una gran succión del aire circundante que irradia del centro del fuego... La succión de la tormenta de fuego en las más grandes de esas áreas de zonas de fuego tiene el efecto de atraer el aire ya sobrecalentado hacia áreas de zonas de fuego más pequeñas... Un efecto de este fenómeno era que el fuego en las zonas de fuego más pequeñas era abanicado como por un fuelle a medida que la succión central de los incendios más grandes y más feroces provocaba una atracción aumentada y acelerada de las masas circundantes de aire fresco. De esta manera todos las áreas de fuegos se unieron en un enorme incendio".

     La tormenta de fuego de Hamburgo probablemente mató aproximadamente a 40.000 personas: tres cuartos por envenenamiento por monóxido de carbono a consecuencia de que el oxígeno fue succionado del aire, y el resto por asfixia.

     Tan pronto como oyó que se había concedido el permiso para destruír Dresden, el mariscal del aire Harris decidió conseguir eso mediante una tormenta de fuego deliberadamente creada, y para aumentar el efecto él persuadió a los estadounidenses de que dividieran los bombarderos disponibles en tres grupos. La tarea de la primera oleada era crear la tormenta de fuego. Se programó que tres horas más tarde llegara una segunda fuerza nocturna mucho más poderosa de bombarderos británicos, cuando los combatientes alemanes y la defensa de fuego antiaéreo estarían con la guardia baja y las escuadrillas de rescate ejecutando su labor. La tarea de la segunda ola era extender la tormenta de fuego. Finalmente, la mañana siguiente, un ataque a plena luz del día por el 8º Comando de la Fuerza Aérea estadounidense debía concentrarse en las áreas periféricas, la nueva ciudad.

     Ataques de doble "pinchadura" habían sido realizados con éxito durante 1944 contra varias ciudades alemanas. El ataque de tres "pinchazos" empleado en Dresden fue único y singularmente exitoso. La primera oleada, consistente en aproximadamente 250 bombarderos nocturnos, llegó exactamente a tiempo y creó puntualmente una tormenta de fuego. La segunda fuerza —dos veces más fuerte y llevando una carga enorme de bombas incendiarias— también alcanzó el objetivo puntualmente, y, sin ser perturbada por el fuego antiaéreo o cazas nocturnos, gastó 34 minutos extendiendo meticulosamente los incendios fuera de la primera área-objetivo. Finalmente, para completar la devastación, aproximadamente 211 Fortalezas Volantes (Boeing B17) comenzaron el tercer ataque a las 11:30 de la mañana siguiente. Sin exagerar, los comandantes podrían afirmar que la incursión en Dresden había "salido según el plan". Todo lo que sucedió en la golpeada ciudad había sido previsto y planeado con cuidado meticuloso.


     Hasta ahora, hemos estado mirando la incursión de Dresden desde "nuestro propio lado de la colina", considerando el punto de vista del señor Churchill, preocupado por crear la mejor impresión posible sobre Stalin en la Conferencia de Yalta, y del mariscal del Aire Harris, impaciente por demostrar la técnica para crear una tormenta de fuego. ¿Pero cuál fue el impacto sobre los habitantes de Dresden? Inevitablemente la incursión ha creado su propio folklore. Miles de aquellos que sobrevivieron a ella ahora viven en Alemania Occidental, cada uno con su propio recuerdo para vender al visitante.

     En la misma Dresden, los padres de la ciudad han establecido ahora una versión comunista oficial, de la cual el objetivo principal claramente es poner la culpa principal sobre los "imperialistas estadounidenses" (se nos dice solemnemente, por ejemplo, que la RAF fue dirigida a objetivos especiales en la ciudad por un capitalista estadounidense cuya casa de campo en el lado opuesto del Elba es ahora un club de lujo para artistas comunistas favorecidos). Sin embargo, cualquiera que se moleste en leer los libros publicados en ambas Alemanias y en comparar las historias que él escucha de testigos comunistas y anti-comunistas pronto descubre que no sólo el esquema de los acontecimientos sino los detalles de los episodios principales concuerdan indiscutiblemente.

     Dresden es una de aquellas ciudades alemanas que normalmente celebra las festividades de Carnaval. Pero el 13 de Febrero de 1945, con el Ejército Rojo a 96 kms. de distancia, el humor era sombrío. Los refugiados, que llenaban cada casa, cada uno tenía su historia de horror sobre las atrocidades rusas. En muchas partes de la ciudad, y particularmente alrededor de la estación de ferrocarriles, miles de rezagados que no podían encontrar ninguna esquina para dormir acampaban en el intenso frío de las calles abiertas. Los únicos signos del espíritu de Carnaval, cuando las sirenas sonaron a las 21:55, eran el lleno total en el circo y unos cuantos grupos de niñas pequeñas que deambulaban con vestidos de fantasía. Aunque nadie tomara muy en serio el peligro de un bombardeo, las órdenes debían ser obedecidas, y la población sólo tuvo tiempo para bajar a sus refugios antes de que las primeras bombas cayeran a las 22:09.

     Veinticuatro minutos más tarde, el último bombardero británico estaba de vuelta camino a Inglaterra, y el centro de la ciudad de Dresden estaba en llamas. Ya que no había ninguna estructura de acero en ninguna de sus casas de departamentos, los suelos rápidamente cayeron, y media hora después de que la incursión había acabado, la tormenta de fuego transformó los miles de resplandores individuales en un mar de llamas, arrancando los tejados, sacudiendo árboles, automóviles y camiones en el aire, y simultáneamente succionando el oxígeno de los refugios antiaéreos.


     La mayor parte de aquellos que permanecieron bajo el suelo iban a morir sin dolor: sus cuerpos primero se tiñeron de brillos naranjos y azules, y luego, cuando el calor se intensificó, se incineraron totalmente o se derritieron en un líquido espeso a veces de un metro de hondo. Pero hubo otros quienes, cuando el bombardeo se detuvo, se precipitaron arriba. Algunos de ellos se pararon para recoger sus pertenencias antes de escapar, y ellos fueron atrapados por la segunda incursión. Pero aproximadamente 10.000 habían huído al gran espacio abierto del Grosse Garten, el magnífico parque Real de Dresden, de unos 2,5 kms² en total. Allí ellos fueron atrapados por la segunda incursión, que comenzó sin una alarma de ataque aéreo, a la 1:22 AM. Mucho más pesado que el primero —había el doble de bombarderos con una carga mucho más pesada de bombas incendiarias—, sus marcadores de objetivos habían sido deliberadamente colocados a fin de extender los incendios en el rectángulo negro, que era todo lo que los aviadores podían ver del Grosse Garten. Dentro de unos minutos la tormenta de fuego arreciaba a través del pasto, destrozando algunos árboles y llenando las ramas de otros con ropa, bicicletas y miembros humanos que permanecieron colgando durante varios días.

     Igualmente terrible fue la carnicería en la gran plaza fuera de la principal estación de ferrocarriles. Allí, los miles que acampaban habían sido reforzados por otros miles que escapaban del centro de la ciudad, mientras dentro de la estación una docena de trenes, cuando sonaron las primeras sirenas, había sido transferida a otras áreas y evitaron así todo daño. Después de que se detuvo la primera incursión, esos trenes fueron transferidos de vuelta a las plataformas de la estación, justo a tiempo para recibir el impacto pleno del bombardeo. Durante semanas hubo cuerpos destrozados dentro y fuera del edificio de la estación. Bajo el suelo, la escena era incluso más macabra. Los restaurantes, las bodegas y los túneles podrían haber sido fácilmente convertidos en eficaces refugios a prueba de bombas. Las autoridades no se habían molestado en hacer eso, y de las 2.000 personas que se agrupaban en la oscuridad, 100 fueron quemadas vivas y 500 se asfixiaron antes de que las puertas pudieran ser abiertas y los sobrevivientes pudieran salir fuera.

     El momento de la segunda incursión, justo tres horas después de la primera, no sólo aseguró que los pocos cazas nocturnos en el área estuvieran fuera de guardia, sino que también creó el caos pretendido e interrumpió efectivamente todo el trabajo de rescate. Por varios kilómetros alrededor, destacamentos militares, escuadrillas de rescate y cuerpos de bomberos comenzaron su camino a la golpeada ciudad, y la mayor parte de ellos se abrían camino por los suburbios cuando las bombas comenzaron a caer. Aquellos que se volvieron atrás fueron tragados pronto en la loca precipitación de la evacuación de pánico. La mayor parte de aquellos que fueron hacia el centro perecieron en la tormenta de fuego.

     Las escenas más terribles en el centro de la ciudad ocurrieron en la plaza del magnífico antiguo mercado, el Altmarkt. Poco después de que la primera incursión terminara, esa gran plaza estaba atestada de jadeantes sobrevivientes. Cuando la segunda incursión atacó, ellos apenas pudieron moverse hasta que alguien recordó el enorme tanque de concreto con agua de emergencia que había sido construído a un lado. Ese tanque era de 90 x 45 mts. y de 1,80 mt. de hondo. Hubo una repentina estampida de gente que se sumergió en dicho tanque para evitar el calor de la tormenta de fuego. Aquellos que hicieron eso olvidaron que sus lados inclinados eran resbalosos, sin pasamanos. Los no nadadores se hundieron hasta el fondo, arrastrando a los nadadores con ellos. Cuando los rescatistas llegaron al Altmarkt cinco días más tarde, ellos encontraron el tanque lleno de cadáveres hinchados, mientras que el resto de la plaza estaba lleno con figuras recostadas o sentadas tan contraídas por la incineración que treinta de ellas pudieron ser llevadas en una sola bañera.

     Pero quizás el horror más memorable de esa segunda incursión ocurrió en los hospitales. En el último año de la guerra, Dresden se había convertido en una ciudad-hospital, con muchas de sus escuelas convertidas en refugios temporales. De sus 19 hospitales, 16 quedaron muy dañados y tres, incluyendo la principal clínica de maternidad, fueron totalmente destruídos. Miles de sobrevivientes mutilados fueron arrastrados por sus enfermeras a las orillas del río Elba, donde ellos fueron puestos en filas en el pasto para esperar la luz del día. Pero cuando ésta llegó, hubo otro horror.

     Puntualmente a las 11:30 AM la tercera oleada de bombarderos, compuesta por 211 Fortalezas Volantes estadounidenses, comenzó su ataque. Una vez más, el área de destrucción fue ampliada a través de la ciudad. Pero lo que todos los sobrevivientes recuerdan son los innumerables cazas Mustang que se zambullían hacia abajo por sobre los cuerpos acurrucados en las orillas del Elba, así como en los grandes céspedes del Grosse Garten, a fin de ametrallarlos. Otros Mustang eligieron como sus objetivos las apretadas muchedumbres que bloqueaban cada camino de Dresden. Nadie sabe cuántas mujeres y niños realmente fueron muertos por aquellos ataques-zambullidas de bombardeo. Pero en la leyenda de la destrucción de Dresden, ellos se han convertido en un símbolo del sadismo y la brutalidad yanqui, y al investigador nunca se le permite olvidar que muchos niños del coro de una de las iglesias más famosas de Dresden estuvieron entre las víctimas.


     Durante cinco días y sus noches, la ciudad estuvo ardiendo, y ninguna tentativa fue hecha para entrar en ella. Entonces por fin las autoridades comenzaron a tratar con la crisis y a estimar el daño. De los cinco teatros de Dresden, todos habían desaparecido. De sus 54 iglesias, nueve fueron totalmente destruídas y 38 seriamente dañadas. De sus 139 escuelas, 69 dejaron de existir y 50 fueron severamente golpeadas. El gran zoológico, que está justo más allá del Grosse Garten, había sido golpeado en la segunda incursión, y los animales llenos de pánico se habían mezclado con los desesperados sobrevivientes. Entonces ellos fueron acorralados y baleados. Aquellos hombres que se escaparon de las prisiones, ya que ellas también fueron voladas en pedazos, tuvieron mejor fortuna: todos ellos lograron escapar, incluyendo varios anti-nacionalsocialistas.

     Pero algunas cosas lograron sobrevivir a la destrucción. Las pocas fábricas que Dresden poseía estaban fuera del centro de la ciudad, y pronto estuvieron funcionando nuevamente. Lo mismo ocurrió con el sistema de ferrocarriles. Dentro de tres días, en efecto, los trenes militares corrían otra vez por entre la ciudad, y los patios de estacionamiento —intocados por las bombas— estaban en pleno funcionamiento. Fue como si un destino irónico hubiera decidido que la primera tormenta de fuego deliberadamente creada por el hombre mortal debía destruír todo lo digno de conservación, y dejar intocado todo lo de valor militar.


     En su trabajo de salvamento, los nacionalsocialistas hicieron uso de los aproximadamente 25.000 prisioneros de guerra Aliados, concentrados en y alrededor de la ciudad. Dresden, como era muy bien sabido en Londres y Washington, no era sólo una ciudad-hospital sino una ciudad de prisioneros de guerra, otra razón extra de por qué las autoridades supusieron que no sería atacada. Enfrentados con las espantosas escenas de sufrimiento, los prisioneros parecieron haber trabajado de buena voluntad, incluso después de que algunos de sus compañeros prisioneros habían sido fusilados, conforme a la ley marcial, por saqueo.

      Lo que los habitantes de Dresden recuerdan principalmente de esos primeros días después de la incursión es la eliminación de los cadáveres. Durante toda la guerra, las autoridades locales alemanas habían sido extremadamente cuidadosas para mostrar un gran respeto por la muerte, permitiendo a los parientes, dondequiera que fue posible, identificar y sepultar a sus propios muertos. Al principio, ese procedimiento fue seguido en Dresden, pero semanas después de la incursión todavía había miles de sótanos sin abrir bajo las ardientes ruinas, y el aire era espeso con la bruma y el hedor dulzón de la carne que se pudre.

     Un comandante SS tomó la decisión de que la procesión diaria de féretros tirados por caballos desde la ciudad a los cementerios fuera de ella debía detenerse. Si la plaga debía ser prevenida, el resto de los cadáveres debía ser eliminado más rápidamente. Apresuradamente fue construída una monstruosa pira funeraria en el Altmarkt. Los postigos de acero de uno de los más grandes almacenes de Dresden fueron puestos a través de losas rotas de piedra. En esa macabra parrilla los cuerpos fueron amontonados con paja entre cada capa, empapados con gasolina e incendiados. Nueve mil cadáveres fueron eliminados de esa manera, y 8 metros cúbicos de cenizas fueron cargados entonces en contenedores de gasolina y sepultados en una fosa fuera de la ciudad, de 7,5 mts. de ancho y 4,5 mts. de hondo.


     Si se esperaba en Londres o en Washington que la destrucción de Dresden, a pesar de su menospreciable significación militar, rompería al menos la moral alemana, esa esperanza se vio frustrada pronto, gracias a la hábil explotación que hizo Paul Joseph Goebbels del desastre. Durante días, el Ministerio de Propaganda en Berlín difundió, tanto en sus servicios en el extranjero como en casa, un continuo flujo de relatos de testigos oculares de la golpeada ciudad, respaldados por ataques moralizadores contra el sadismo de sangre fría de los hombres que crearon la tormenta de fuego. En su propaganda secreta, el doctor Goebbels lo hizo aún mejor filtrando a la prensa neutral una estimación confidencial de que las bajas habían alcanzado probablemente la cantidad de 260.000 personas. A consecuencia de esa campaña de propaganda nacionalsocialista, el pueblo alemán fue convencido de que las fuerzas ango-estadounidenses en efecto se habían propuesto su destrucción. Y su moral fue una vez más reforzada por el terror de la derrota.

     Perturbados por el éxito de la propaganda del doctor Goebbels, los aviadores decidieron llamar a una rueda de prensa el 16 de Febrero en el SHAEF. A consecuencia de la sesión informativa, dada por un comodoro del Aire británico, la Associated Press cablegrafió un mensaje especial por todo el mundo, anunciando "la decisión largamente esperada de adoptar deliberados bombardeos de terror de centros poblacionales alemanes como un despiadado recurso para apresurar la ruina de Hitler". Los corresponsales añadieron que el ataque contra Dresden había sido "con el objetivo declarado de amontonar más confusión en los caminos nacionalsocialistas y en el tráfico de trenes, y de debilitar la moral alemana".

     Cuando este mensaje llegó a Londres, fue inmediatamente censurado a causa de que oficialmente la RAF sólo había bombardeado objetivos militares, y adjudicárselo a incursiones de terror era una viciosa pieza de propaganda nacionalsocialista. En Estados Unidos, donde el mensaje fue ampliamente publicitado, la vergüenza causada a la administración de Roosevelt fue aguda, ya que los portavoces de la Fuerza Aérea rara vez habían dejado de señalar la diferencia entre los indiscriminados ataques nocturnos de la RAF y la naturaleza selectiva y precisa de los bombardeos a plena luz del día realizados por el 8º Comando de la Fuerza Aérea.

     A fin de detener las preguntas incómodas, el general George C. Marshall entonces garantizó públicamente que el bombardeo en Dresden había ocurrido por una petición rusa. Aunque ninguna evidencia fuera presentada entonces o desde entonces para apoyar la verdad de esa declaración, fue aceptada sin ninguna crítica y se ha abierto camino de ahí en adelante en varias historias estadounidenses oficiales.

     Pero la supresión no fue suficiente para contener la creciente ola de protesta pública. Ocurriendo como lo hizo cuando la guerra estaba prácticamente terminada, la inmoral destrucción de la Florencia del Norte y el asesinato de masas de tantos de sus habitantes era demasiado, incluso para una opinión pública mundial alimentada durante años por la estridente propaganda de guerra. La publicación de un informe larguísimo por un corresponsal sueco causó un sentimiento de asco.

     Dentro de unas semanas, ese asco contra el bombardeo indiscriminado había afectado incluso a sir Winston Churchill. Hasta entonces, los críticos en el Parlamento británico del bombardeo de área habían sido una pequeña minoría despreciada. Repentinamente, su influencia comenzó a crecer, y el 28 de Marzo, sir Winston en respuesta a este nuevo estado de ánimo, escribió al jefe del Personal del Aire, comenzando con estas notables palabras: "Me parece que ha llegado el momento en que el asunto del bombardeo de ciudades alemanas simplemente por aumentar el terror, aunque bajo otros pretextos, debería ser examinado".

     Ya que el Primer Ministro había tomado la delantera en exigir el cambio desde un bombardeo de objetivos a un bombardeo de áreas, y había animado activamente cada nuevo avance propuesto por el mariscal del Aire Harris en la técnica de la destrucción aérea, ese memorándum difícilmente podría haber sido expresado menos apropiadamente. Proporcionaba pruebas indiscutibles de que mientras el bombardeo de terror era popular, a los políticos se les adjudicaría el crédito de ello; pero ahora que la opinión pública se estaba sublevando contra la insensata brutalidad de ellos, ellos demasiado obviamente estaban arrancando en busca de protección y dejando a la fuerza aérea asumir la culpa.

     Tan indignado estaba el jefe del Personal del Aire que en esa ocasión él resistió a sir Winston, obligándolo a retirar el memorándum, y a substituírlo por lo que los historiadores oficiales —quienes relatan este incidente en su totalidad— han descrito como "un documento redactado algo más discreta e imparcialmente".

     Pero en Gran Bretaña al menos el daño ya había sido hecho. A partir de aquel momento, el Comando de Bombarderos, que durante años había sido objeto de adulación, llegó a ser cada vez más desacreditado, y el apodo de su comandante en jefe cambió desde el "Bombardero" Harris al "Carnicero" Harris. Aunque las tripulaciones de los bombarderos sufrieron por lejos las mayores bajas de cualquiera de las fuerzas armadas británicas, ninguna medalla de campaña les fue concedida para distinguir su parte en ganar la guerra. En su radioemisión de la victoria del 13 de Mayo de 1945, sir Winston omitió cualquier tributo a ellos, y después de que el gobierno laborista llegó al poder, el conde Attlee estaba simplemente rencoroso contra los bombarderos. En Enero de 1946 él omitió a su comandante en jefe de su lista de honores por la victoria. Sir Arthur Harris aceptó el insulto lealmente, y el 13 de Febrero navegó hacia el exilio en Sudáfrica.


     El 8º Comando de la Fuerza Aérea estadounidense fue tratado más gentilmente, tanto por los políticos en Washington como por el público estadounidense. Sus aviadores recibieron su parte de medallas de campaña, y hasta este día nunca ha sido oficialmente admitido que hacia el final de la guerra ellos estaban bombardeando áreas centrales y residenciales de ciudades tan inmisericordemente durante el día como la RAF lo hacía durante la noche.

     Había, sin embargo, una importante diferencia en la imagen pública de las dos Fuerzas Aéreas. El gabinete británico, habiendo decidido secretamente respaldar el bombardeo de terror indiscriminado, ocultó esa decisión al público británico y por lo tanto obligó al Comando de Bombarderos a actuar bajo la cobertura de una mentira sostenida y deliberada. En el caso del 8º Comando Aéreo estadounidense, el auto-engaño tuvo lugar a partir de la mentira. En vez de hacer una cosa y decir otra, se mantuvo el mito de que en cada misión las Fortalezas Volantes apuntaban exclusivamente a objetivos militares, y esto es todavía parte de la leyenda estadounidense oficial de la Segunda Guerra Mundial. Por causa de que era imposible hacer calzar esta leyenda con lo que había sucedido en Dresden, el general Marshall tuvo que excusar la protesta estadounidense sobre aquel holocausto en base al argumento ficticio de que los rusos habían solicitado el ataque.

     Dejo que el lector decida qué forma fue más repugnante: la mentira de los británicos o el auto-engaño estadounidense. Por lo que me concierne en esta investigación, no es la imagen pública del idealismo anglo-estadounidense la que resultó destruída por la incursión en Dresden, sino el crimen contra la Humanidad que fue perpetrado. Que se hubiera decidido bombardear una ciudad de ningún valor militar simplemente a fin de impresionar a Stalin; que una tormenta de fuego fuera deliberadamente creada a fin de matar a tantas personas como fuera posible, y que los sobrevivientes fueran ametrallados cuando estaban indefensos al aire libre, todo esto ha sido establecido sin una sombra de duda. Lo que queda es preguntar cómo políticos decentes y civilizados aprobaron entusiastamente tal asesinato de masas y cómo militares decentes y civilizados lo llevaron a cabo a conciencia.


     La habitual explicación —o excusa— consiste en que el bombardeo estratégico sólo fue adoptado por las potencias occidentales como un método de venganza en una guerra total comenzada por Estados totalitarios. Esto a lo más es una verdad a medias. Los nacionalsocialistas y los comunistas se interesaron escasamente por incursiones de terror sobre objetivos civiles. Pero ellos eran lo suficientemente anticuados e imperialistas para creer que el objetivo de guerra no es destruír al enemigo sino derrotar sus ejércitos en el campo, ocupar su país y explotar sus recursos. Por eso tanto Stalin como Hitler prefirieron usar su poderío aéreo, no como un arma separada de una guerra ilimitada sino como un adjunto táctico a las operaciones convencionales de tierra y mar. De hecho, las únicas naciones que aplicaron la teoría de la guerra ilimitada realmente y sistemáticamente fueron las dos grandes democracias occidentales. Ambas crearon una gigantesca fuerza aérea estratégica y llevaron a cabo tentativas separadas pero finalmente fracasadas de derrotar a Alemania mediante la aniquilación aérea.

     Sin embargo, a primera vista, el bombardeo de terror me parece, como inglés, una repugnante forma de guerra para nuestro temperamento nacional, y completamente impropia de un pueblo de una isla, él mismo irremediablemente vulnerable a los ataques aéreos indiscriminados. Y sospecho que la mayor parte de los estadounidenses también siente que esto no se conforma con las tradiciones del estilo de vida estadounidense.

     ¿Por qué entonces ambas naciones lo adoptaron?.

     Creo que el motivo que nos incentivó fue un deseo anglosajón muy característico de defendernos sin prepararnos para la guerra para ganar los frutos de la victoria; sin enfrentamientos reales, y (si eso resultara imposible) al menos para mantener las bajas en un mínimo entre nuestros propios soldados. Los combatientes británicos y estadounidenses no sólo exigen un nivel de vida mucho más alto que la mayor parte de sus enemigos, sino que, aún más importante, ellos insisten en que no debiera requerirse que ellos arriesguen sus vidas en el combate cuerpo a cuerpo si están disponibles métodos a control remoto para destruír al enemigo. Aquélla, estoy seguro, es la razón principal de por qué nuestros políticos y generales se sintieron moralmente justificados para conducir un bombardeo ofensivo contra Alemania que culminó en la destrucción de Dresden.

     Una vez que vemos esto, ya no estamos tan sorprendidos de que, tan pronto como una bomba atómica había sido perfeccionada, el Presidente Truman decidió, con la plena aprobación del Primer Ministro británico, hacer uso de ella. De esta manera, él pudo acabar con los japoneses sin un desembarco que habría costado miles de vidas estadounidenses.

     La lección que saco de la terrible historia de Dresden es que las bombas atómicas empleadas en Hiroshima y Nagasaki no inauguraron una nueva época en la historia de la guerra. Ellas simplemente proporcionaron un nuevo método para conseguir la victoria sin las bajas implicadas en tierra, mucho más mortal y mucho más económico que las incursiones de miles de bombarderos de la Segunda Guerra Mundial. Aquí, nuestros políticos y generales sintieron que ésa era el arma última que permitiría a las democracias desarmar y aflojar y aún disuadir la agresión.

     Desafortunadamente, casi veinte años de la amarga experiencia nos han enseñado que el mundo no fue hecho seguro para la democracia por la tormenta de fuego "convencional" creada por los bombarderos en Dresden, o por la tormenta de fuego atómica de Hiroshima. ¡Incluso en la guerra moderna, el crimen no siempre paga!.–





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