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viernes, 29 de enero de 2016

Jacques Sadoul - El Enigma del Zodiaco



     En 1971 el escritor francés Jacques Sadoul (1934-2013) publicó el libro L'Énigme du Zodiaque, un recorrido de antecedentes históricos de la ciencia de la Astrología. Dividido en 12 capítulos (cómo no), hemos seleccionado de su traducción castellana de 1973 los capítulos 2, 3 y 12 completos y el final del quinto, donde habla del origen sumerio, de los aportes griego y egipcio, además de una mirada al Méjico precolombino, del astrólogo suizo Karl Krafft de los años '30, y finalmente hace una resumida visión de conjunto que pone en relación las Eras zodiacales con el Zodiaco astrológico, dos cosas distintas. Sin saturar con datos eruditos ni notas académicas, el señor Sadoul ofrece aquí una buena introducción al tema citando interesantes referencias.


El Enigma del Zodiaco
(selección)
por Jacques Sadoul, 1971




CAPÍTULO 2
TODO EMPEZÓ EN SUMER

     La civilización sumeria es interesante por dos motivos: primero porque con ella comienza la Historia, y luego porque en su seno es donde se han desarrollado los grandes descubrimientos de la Humanidad, la escritura, la tecnología, las artes. Nos interesa también en un tercer aspecto, ya que hoy se sabe que fue en Sumer donde hizo su aparición la Astrología hacia el año 4000 a.C. Un sacerdote astrólogo caldeo, Beroso, nos ha informado al mismo tiempo acerca de esa historia y de esas doctrinas astrológicas. Toda la ciencia astral de los egipcios, de los griegos e incluso de nuestra época, proviene directamente de su enseñanza escrita u oral.

     Más adelante volveremos a los relatos de Beroso. Veamos en primer lugar lo que la Historia y la Arqueología nos enseñan acerca de Sumer. Tal como manifiesta con mucho humor Edward Chiera, profesor de Asiriología de la Universidad de Chicago [1], «Hasta fecha reciente, conocíamos la historia antigua en su totalidad. Para aquellas épocas lejanas, la Biblia era el documento principal; los hebreos dominaban la materia. Las otras poblaciones... no eran más que bárbaros despreciables que oponían obstáculos a la marcha del pueblo de Dios. Era lamentable por tanto que no hubieran sido aniquilados con la rapidez deseable». En efecto, la individualización a los ojos de los arqueólogos modernos de una civilización sumeria no comienza sino hasta 1849, tras una expedición inglesa al Éufrates.

[1] En Las Tablettes Babyloniennes, Editions Payot, 1940.

     Luego la traducción, a comienzos de siglo, de un gran número de tablillas babilónicas acabó de transformar completamente nuestra concepción de la lejana Antigüedad. Escuchemos al respecto a uno de los grandes especialistas actuales de la materia, el profesor Harmut Schmókel, de la Universidad de Kiel, que escribe en su obra Sumer y la Civilización Sumeria (París, 1964):

     «El piadoso lector de la Biblia que encontraba, en los capítulos 4 y 5 del Génesis, los nombres de los primeros hombres desde Adán hasta Noé, no podía sospechar que ese doble y venerable relato era sólo el oscuro recuerdo de una tradición sumeria 1.000 años anterior a él y que se refería a los 10 reyes que reinaron antes del Diluvio. Instituído por los dioses, su reino había durado 120 sarens, es decir 432.000 años. Como en la Biblia, el último de esos reyes fue el héroe del Diluvio; en sumerio se llamaba Siuzudra, los babilónicos lo denominaban Utnapishtim, y Beroso helenizó el nombre sumerio convirtiéndolo en Xisuthros».

     La noción de diluvio que figura al mismo tiempo en los mitos sumerios y en los textos bíblicos no bastaría evidentemente por sí sola para obligar a deducir que los últimos proceden de los primeros. Las correspondencias van mucho más lejos, ya que el Arca de Noé es una historia específicamente sumeria, tal como lo afirma Edward Chiera:

     «Se encuentra en ambos relatos la famosa arca cubierta de asfalto donde se han aposentado un personaje y su familia, preservados así por los dioses del diluvio que se avecina. La lluvia inunda la Tierra y extermina la población. El arca aterriza sobre una montaña. Su habitante hace salir a tres pájaros. Salvado, sale a su vez y ofrece un sacrificio. Las semejanzas son tan contundentes que se está de acuerdo en admitir que se trata de la misma historia».

     El hecho es tan evidente que Édouard Dhorme, el traductor del Antiguo Testamento en la Biblioteca de la Pléiade, ha establecido los paralelos entre ambos relatos, en nota al capítulo 8 del Génesis:

     «El episodio cuando se sueltan los pájaros es el que más se inspira en el relato asirio-babilónico, del que damos aquí la traducción. Es Utnapishtim quien habla: "Al llegar el séptimo día, cogí una paloma y la solté. La paloma voló y regresó; como no había lugar donde descansar, tuvo que volver. Lo mismo hice con una golondrina, que echó a volar y más tarde regresó también al no hallar lugar donde reposar. Finalmente solté un cuervo. El cuervo voló y descubrió la desecación de las aguas. Come, chapotea, grazna, pero no regresa. Hice salir pájaros a los cuatro vientos". La única diferencia reside en el orden en que se sueltan los pájaros».

     De estas correlaciones se pueden sacar dos conclusiones contradictorias. Una, que el Diluvio fue una realidad universal, y confirma, por tanto, plenamente, el relato bíblico; otra, que no se trata más que de un mito sumerio, incorporado por los hebreos. ¿Qué decisión tomar? Bien, creo yo que el mejor medio es saber si hubo o no un Diluvio universal. Regresemos, con este objeto, a la obra del profesor Schmókel, el cual nos dice: «Hace veinte años, se tuvo por un instante la impresión de disponer de una prueba arqueológica de este acontecimiento mítico, el diluvio: efectuando una excavación arqueológica a gran profundidad en Ur, Woolley encontró una espesa capa sedimentaria sin la menor huella de civilización; esto podía efectivamente provenir de una inundación, y él estimó que ello demostraba la realidad del diluvio. Pero esta capa sólo existe en Ur». Hoy rige la opinión de que no hubo un diluvio generalizado.

     Finalmente, una última prueba del origen sumerio de algunos textos bíblicos puede hallarse en la historia de Moisés, que recibió de la misma mano de los Elohim (esta palabra que, en general, se traduce por «Dios» es un plural que significa «los dioses») los famosos Diez Mandamientos. Ahora bien, veamos lo que dice Édouard Dhorme en una nota al capítulo 2 del Éxodo:

     «La historia de Moisés salvado de las aguas ofrece un asombroso parecido con la leyenda del rey Sargón de Acad, que reinó hacia el siglo XXIII antes de nuestra Era. Esta leyenda, que ha llegado hasta nosotros en lengua babilonia y asiría, cuenta cómo el fundador de la dinastía de Acad es dado a luz secretamente por su madre y luego colocado por ella en un cesto de cañas, cuya entrada cierra utilizando asfalto. El recién nacido es abandonado a las aguas del Éufrates que lo arrastran. Es recogido por un "libador de agua" que lo educa y lo convierte en su jardinero, hasta el día en que la diosa Istar se enamora de él y lo destina a la realeza. El motivo común entre ambos relatos es el abandono o la exposición del recién nacido por su madre en la barquichuela recubierta de asfalto».

     Se comprende la importancia del estudio de la civilización sumeria para la comprensión de los mitos en los que descansa la nuestra. Pues hoy se admite por parte de casi todos los historiadores que, a través de diversas ramificaciones, somos los descendientes lejanos, pero directos, de los sumeríos [2].

[2] Hay que señalar que los sumerios no eran semitas, contrariamente a los acadios y otros babilónicos que más tarde los invadieron. Así, los relatos bíblicos tendrían un origen no semítico.

     Desde el punto de vista de este libro —la aparición de la Astrología en Sumer— merece la atención otra característica de su historia, a saber, su brusco y prodigioso desarrollo. Al final de este libro demostraré que dicha mutación y el nacimiento de la ciencia de los astros están íntimamente relacionados. Por el momento, concretemos las manifestaciones de esta ruptura en la evolución de la civilización sumeria; tales manifestaciones han sido especialmente estudiadas por el sumerólogo estadounidense-danés Thorkild Jacobsen, profesor de la Universidad de Harvard, quien ha resumido así sus observaciones:

     «Millares de años han transcurrido desde que el primer hombre penetró en el valle de los dos ríos, y una forma de cultura prehistórica ha sucedido a otra, casi idéntica por otra parte, y en ningún caso sumamente distinta de la que se podría encontrar en cualquier otro lugar del mundo. Durante esos milenios, la agricultura fue la fuente principal de ingresos. Se fabricaron algunos utensilios a partir de la piedra, y también, con menos frecuencia, a partir del cuero. Los pueblos, gobernados según las reglas patriarcales, se adaptaban a lo que era dable esperar. La principal modificación que se ha podido descubrir entre el paso de una forma de cultura a otra —y lo menos que se puede decir es que no es demasiado importante— reside en las técnicas de la alfarería y en su decoración.

     «Pero en el período protohistórico todo el cuadro se modifica; hundida en las tinieblas como estaba, va a cristalizarse la civilización de Mesopotamia. La línea general, la piedra angular a partir de la que Mesopotamia podrá vivir su vida, formular sus preguntas más importantes, evaluarse a sí misma y valorar el universo, y todo ello para los siglos futuros, irrumpe de golpe en la existencia, completa ya en sus aspectos principales».

     Existen dos respuestas a esta brusca mutación de Sumer: una es el azar de la evolución humana; la otra —aportada por Beroso— lleva un nombre: Oannes, el animal dotado de razón. Pero sería prematuro embarcarse tras las huellas de Oannes antes de haber llevado a cabo el estudio de la Historia y de las técnicas astrológicas de las que él es tal vez la clave.

     Desde la Antigüedad pensamos, debido a los autores griegos o latinos que han citado los escritos de Beroso hoy perdidos, que la Astrología había nacido en Caldea. Los descubrimientos de la Arqueología moderna, particularmente gracias al estudio de las tablillas descubiertas en la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive, han demostrado ahora que los más antiguos textos sumerios incluían ya referencias astrológicas ciertas [3].

[3] Precisemos en seguida que la Astrología fue desde el principio un método de admiración de la clase sacerdotal. Sin duda rivalizó con el antiguo método adivinatorio consistente en examinar las entrañas de los animales, como me lo hacía notar René Alleau. Éste cree incluso que la creciente complicación de la adivinación mediante la observación de las visceras o del higado hizo periclitar este método en beneficio de la naciente Astrología. Tal como yo intento demostrar en la última parte de esta obra, ambos métodos no tienen el mismo origen étnico, y es por tanto probable que existiera entre ellos cierta rivalidad desde el principio.

     La primera tablilla redactada por un astrólogo está fechada en el año 2300 a.C. y trata de un presagio referente al fundador de la dinastía de Acad, fundada sobre el planeta Venus, con relación a un eclipse de Luna. Esa tablilla fue estudiada de modo más particular por F. Cornélius en el transcurso de la XIVª Reunión Asiriológica Internacional, en 1966. Cornélius nos señala que el texto sumerio habla de un eclipse de Luna visible en Agadé, ciudad cercana a Babilonia, el 14 de Nisán, durante el cual el planeta Venus se había elevado en el horizonte. La fecha del 14 de Nisán, trasladada al calendario actual, equivale al 11 de Mayo del año 2259 a.C. Por lo que se refiere al texto de esta predicción astrológica, rezaba:

«El rey de Acad muere y sus subditos están a salvo.
El poder del rey de Acad se debilitará,
sus subditos prosperarán».

     Ahora bien, dado que la historia de ese período nos es conocida, parece realmente que ese eclipse coincidió con la muerte de Narám-Sin, nieto de Sargón de Acad. Señalemos, de pasada, el carácter maléfico atribuído a los eclipses lunares que, en la antigua tradición astrológica, amenazan a todo el país, y en primer lugar, naturalmente, a su caudillo.

     Veamos ahora otro pronóstico astrológico sumerio que hace intervenir en esta ocasión a Júpiter, y que procede del siglo XXI a.C.: «Si el planeta Júpiter, al levantarse, dirige su cara anterior hacia el Oeste, si se ve el lado anterior del cielo, el reino será desgraciado. Así ocurrió que Ibi-Sin partió a Alam cargado de cadenas y llorando; así ocurrió que fue vencido». Se ha calculado que esta aparición de Júpiter debía corresponder al mes de Marzo del año 2016 a.C. En realidad, los primeros documentos astrológicos un poco completos que poseemos se remontan al año 1900 a.C., y fueron descubiertos en las ruinas del palacio de Asurbanipal.

     Se trataba de ladrillos de tierra cocida recubiertos de caracteres cuneiformes. Muchos estaban rotos, pero debido a la costumbre de los caldeos —existente también entre los asirios— de llevar sus archivos por partida doble, se pudo reconstituír un número bastante grande de ellos. La mayor parte se refiere a un tratado de astrología fundamental redactado por el propio Sargón el Viejo, el rey de Acad, aproximadamente hacia el cuarto milenio antes de nuestra Era. Pero, incluso en los manuscritos astrológicos más antiguos que han llegado hasta nosotros, se hacía, con frecuencia, referencia a textos que se remontaban a una antigüedad aún más lejana. Así se comprueba que los astrólogos establecían sus predicciones «conforme a los términos de una tablilla que no existe ya», o bien según «la Iluminación de Bel, citada en una tablilla ya no existente». Este aspecto es esencial, ya que demuestra que el período sumerio de la Astrología no debería ser considerado como su iniciación histórica, sino solamente como la huella más antigua que poseemos de ella.

     Desde el punto de vista de las doctrinas, los astrólogos caldeos enseñaban que los cinco planetas visibles a simple vista, que ellos llamaban intérpretes, revelaban mediante su movimiento las intenciones de los dioses. Como consecuencia, su estudio, así como el de los eclipses y cometas, debía permitir prever dichos designios tanto por lo que se refería a las naciones como para los hombres. «Habiendo observado los astros durante un enorme número de años —escribía Diodoro de Sicilia—, los caldeos conocían con mayor exactitud que los demás hombres su curso y sus influencias, y predecían con seguridad muchas cosas del futuro».

     Uno podría preguntarse cómo los sumerios y sus descendientes, cuyos instrumentos de medición eran primitivos y que no poseían nuestros conocimiento matemáticos, pudieron establecer los complicados cálculos que exigen la predicción de los eclipses y la retrocesión de los planetas, tales como los que se han descubierto, por ejemplo, en las tablillas de la época de Sargón de Agadé, halladas nuevamente en la biblioteca de Nínive. Ciertos fenómenos astronómicos, invisibles al ojo desnudo y citados en las tablillas, permiten suponer que los sumerios —al igual que algunos pastores del desierto en la actualidad— poseían una vista mucho más penetrante que la nuestra. Rene Berthelot señala en su estudio La Pensée de l'Asie et l'Astrobiologie (París, 1949):

     «Aparece en los caldeos un esfuerzo por determinar las verdaderas longitudes celestes, de lo cual no nos ofrecen su equivalente los egipcios... La astronomía caldea se valió de la división sexagesimal del tiempo y de la del círculo, y las relacionó una con otra en un sistema único de numeración sexagesimal. A ella debemos la división de la hora y la del día, así como la del círculo», y más adelante añade: «Una tablilla de Nínive del siglo XII a.C. indica ya la marcha errante de los planetas, sus estaciones y sus retrocesiones, al objeto de situarlos en el Zodíaco».

     Son igualmente los babilónicos los que, en una fecha por desgracia incierta, fueron los primeros en utilizar el Zodíaco y en atribuír a cada uno de su sectores un simbolismo particular. No poseemos una representación zodiacal completa muy antigua, pero en las ruinas de Nínive se han hallado numerosos fragmentos de ella. La colección de símbolos de animales hoy familiar estaba ya completa, aunque no obstante con una diferencia notable, consistente en que el signo de Escorpión abarcaba dos sectores: uno correspondía a su cuerpo y el otro a sus pinzas, sector este último que más tarde se convirtió en el signo de Libra. Este Zodíaco es el que había de introducirse en el mundo occidental en la época de Beroso.

     Esto nos lleva a Beroso, el sacerdote-astrólogo caldeo que vivió en el siglo III antes de nuestra Era. Debido esencialmente a él, la Astrología se extendió a Egipto y Grecia; en efecto, Beroso marchó de su patria y escribió, en la lengua de Homero, una historia de su país en la que rendía homenaje al rey Antíoco I Soter («Salvador»). Ese libro está hoy perdido, pero varios autores de la Antigüedad han reproducido amplios extractos de él, y se sabe que, al margen de su parte histórica, explicaba con detalle la astrología caldea, lo que motivó un gran movimiento de curiosidad, y más tarde de entusiasmo, entre los griegos.

     Se invitó entonces a Beroso a ir a instalarse en la isla de Cos, patria de Hipócrates, donde podría enseñar su arte a los estudiantes de Medicina que acudían en peregrinación a esta región. Plinio cuenta que sus predicciones se demostraron tan exactas que los atenienses le erigieron en agradecimiento una estatua cuya lengua era dorada. Entre dichas predicciones, se afirma que había previsto espantosos cataclismos que afectarían a toda la Tierra: Un diluvio de agua en el momento en que todos los planetas confluyeran en el signo de Capricornio, y un diluvio de fuego cuando se hubieran agrupado en el signo de Cáncer. Pero, cualesquiera que fueran sus talentos adivinatorios, lo cierto es que a su enseñanza —y prácticamente sólo a su enseñanza— debe la astrología griega su nacimiento. Comprobaremos que ocurre lo mismo en lo que se refiere a la ciencia de los astros del antiguo Egipto.


CAPÍTULO 3
LAS APORTACIONES GRIEGAS Y EGIPCIAS

     Que un solo hombre, Beroso, haya sido suficiente para difundir la idea astrológica en todo el mundo griego y en el Egipto de los faraones puede causar sorpresa. Probablemente no habría conseguido semejante triunfo si el terreno no hubiera estado preparado en estos dos países por las enseñanzas de los filósofos griegos o de los sacerdotes de Thot.

     Tales y su discípulo Anaximandro afirmaban que el universo era una fermentación cósmica de la que la Tierra era el sedimento y los astros sus manifestaciones exteriores; por lo que se refiere a los animales, incluyendo en ellos al hombre, habrían nacido en el seno del elemento húmedo bajo el efecto del calor del Sol, siendo este astro, al mismo tiempo, dispensador y símbolo de la vida. Fácilmente se ve que semejante teoría se aproximaba mucho a los dogmas de la astrología caldea.

     «Platón habla como un astrólogo cuando afirma, en El Banquete, que el sexo masculino es producido por el Sol, el femenino por la Tierra, y que la Luna participa de ambos», escribe con mucha razón A. Bouché Leclercq en su Astrologie Grecque.

     La teoría de los cuatro elementos, atribuída a Aristóteles, fue recuperada por los astrólogos y terminó por ser el fundamento de la física astrológica de Tolomeo. De ese modo, todas las filosofías griegas podían adaptarse a la astrología, o, más propiamente, el arte de Beroso encontraba en cada una de ellas algún elemento que aparentemente contribuía a justificarlo. Hay que señalar que todos los sistemas cosmogónicos propuestos por los filósofos eran geocéntricos, excepto el de Aristarco de Samos quien sostenía que la Tierra giraba alrededor del Sol. Esta teoría habría podido entrar en conflicto con los dogmas astrológicos, pero razones de orden religioso impidieron que se propagara.

     El Zodíaco fue adoptado sin discusión en Grecia, aunque se lo hacía comenzar en el solsticio de verano, es decir, en el signo del Cangrejo (o Cáncer), ya que ese día señalaba la iniciación del año griego. Más tarde, aparentemente bajo la influencia del astrónomo Hiparco, se regresó al año caldeo que comenzaba en el solsticio de primavera con el signo de Aries. Fue precisamente entonces cuando se descubrió —o se halló de nuevo— el fenómeno de la precesión de los equinoccios. Este descubrimiento astronómico de Hiparco demostraba que las constelaciones a partir de las que se habían denominado los signos del Zodíaco no eran fijas, y se deslizaban poco a poco de signo en signo. Este hecho contrarió enormemente a los astrólogos hasta el día en que Claudio Tolomeo codificó el conjunto de su ciencia y separó el «zodíaco ficticio de los signos», el cual es fijo, del «zodíaco de las constelaciones», que se desplaza.

     La mente sutil de los griegos no se contentaría con adoptar el arte de Beroso, antes bien lo perfeccionaría, y a ella debemos la creación del horóscopo [1], que permite la individualización del tema de nacimiento.

[1] El término "horóscopo" significa «Miro lo que se levanta», es decir, el grado ascendente sobre el Zodiaco.

     El comienzo del sistema de las casas astrológicas es lo que caracteriza el tema de cada persona en particular, y esto era desconocido por los caldeos. No hay que creer por ello, sin embargo, que la astronomía caldea sólo sabía aplicar sus predicciones a los reyes y naciones, y que ignoraba a los simples particulares. Esto es falso, tal como lo muestra el estudio de A. Sachs, de la Universidad de Providence, Horóscopos Babilónicos, aparecido en 1952 en el Journal of Cuneiform Studies. Entre otras cosas, tras haber analizado seis temas particularmente indiscutibles, escribe:

     «Lo que resulta importante es que, siglos antes del período griego, los babilónicos hubieran practicado las predicciones astrológicas tanto personales como generales. Este punto, que es trivial para un especialista de textos cuneiformes, merece ser destacado, ya que, debido al origen griego de la astrología horoscópica, algunos autores, careciendo de información o basándose únicamente en los textos del Enuma Anu Ellil, que es una recopilación de la astrología mundial, han simplificado exageradamente el problema entre una forma griega de astrología individual y una pretendida ausencia de esta misma forma en los mesopotámicos».

     Por lo demás, Proclo cita un texto de Teofrasto, que fue uno de los primeros griegos que se puso en contacto con Beroso, texto en donde manifiesta encontrar «maravilloso el hecho de predecir la vida y la muerte de cada uno, y no simplemente de las cosas comunes».

     Dicho eso, tal como lo estableció claramente Sachs: «Ningún tema babilónico menciona el horóscopo (el signo o punto del Zodíaco que se levanta en el instante del nacimiento), ni, por lo demás, ninguno de los otros elementos astrológicos secundarios que desempeñan un papel importante en la astrología greco-romana». Se puede, por tanto, extraer como conclusión, sin demasiado miedo a equivocarse, que fueron los griegos los que inventaron la domificación y las nociones de Ascendente y Cielo Medio. Poseemos, en efecto, tres representaciones de temas griegos levantados antes de la Era cristiana, en los años 71, 42 y 40 a.C., y todos indican el signo horóscopo. Esto no demuestra en absoluto que los caldeos, y antes que ellos los sumerios, no tuvieran otro sistema para individualizar más los temas, pero, en todo caso, no ha llegado hasta nosotros ningún indicio de él.

     Franqueemos el Mediterráneo y lleguemos a Egipto, donde la astrología se difundió, como en Grecia, a partir de la enseñanza que Beroso dispensaba en su escuela de la isla de Cos. ¿De dónde procede entonces la idea tan divulgada de una fabulosa antigüedad de los zodíacos egipcios y, en consecuencia, de una ciencia de los astros egipcia que databa de las primeras dinastías? Fue el arqueólogo Charles-Francois Dupuis el que más contribuyó a propalar esa idea en una obra que publicó en 1794, Origine de Tous les Cultes. Atribuía una antigüedad de varios miles de años a los diversos zodíacos descubiertos en los monumentos del antiguo Egipto, en particular al de Dendera, hallado en el templo de la diosa Hathor y en la actualidad conservado en el Museo del Louvre. Dupuis llegaba a la conclusión de que la paternidad de la astrología había de repartirse a partes iguales entre caldeos y egipcios.

     Ahora bien, los arqueólogos modernos han acudido a la astronomía para fijar una fecha a estos zodíacos; en efecto, éstos representan la situación celeste en el momento del nacimiento o de la muerte del personaje momificado al que hacen compañía. Como consecuencia, la posición de los planetas representados permite calcular astronómicamente la fecha en que existía semejante cielo. Así, se ha podido fijar para el zodíaco de Dendera la fecha de 17 de Abril del año 17 d.C.

     Puede citarse otro ejemplo: A comienzos del siglo pasado, el explorador Caillaud trajo consigo una momia con un zodíaco en su sarcófago. Este último constituyó el tema de una comunicación a la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, pronunciada por el señor Letronne el 16 de Enero de 1824 [2].

[2] Esa memoria se titula «brevemente»: Observación crítica y arqueológica de las representaciones zodiacales que nos quedan de la Antigüedad, con motivo de un Zodíaco egipcio pintado en un sarcófago de momia que lleva una inscripción griega del tiempo de Trajano...

     «Las primeras personas que, en el gabinete del señor Caillaud —dice la comunicación— vieron y examinaron esta momia, los cuales pertenecían al conjunto de los que persisten —a pesar de los hechos— en considerar los zodíacos egipcios como pertenecientes a una remota antigüedad, sentenciaron al principio que el ataúd de esta momia y la propia momia se remontaban a una época lejana. Su ilusión sufrió cierta contrariedad cuando, después de haberle dado vuelta al sarcófago, distinguieron en medio de los jeroglíficos los restos de una inscripción griega».

     Esta inscripción indicaba que el personaje momificado había muerto bajo el reino de Trajano, en el siglo I de nuestra Era. Por lo que se refiere a los jeroglíficos, fueron traducidos por el propio Champollion, quien escribió al señor Latronne: «A su vez, ahora, sus observaciones acerca de la inscripción griega de la momia traída de Tebas por el señor Caillaud vienen a justificar enteramente la lectura que yo había facilitado...». Hoy se sabe que únicamente el zodíaco pintado en el techo de una sala del templo de Esnech procede de antes de la Era cristiana ya que fue realizado en tiempos de Tolomeo III (247-222 a.C.), lo que nos lleva al siglo III a.C., en el que vivió Beroso. Así, pues, es legítimo considerar a este sacerdote caldeo como el único origen de la astrología egipcia, así como de la griega.

     La principal aportación de los astrólogos egipcios fue la introducción del sistema de los decanos, que es una subdivisión de los signos del Zodíaco en tres partes iguales. Esta nueva complicación invadió pronto el mundo romano, y es todavía utilizado en nuestros días por algunos practicantes.

     Así, pues, hemos llegado a Roma, donde la astrología brillará con su máximo resplandor, ya que los espíritus supersticiosos de los romanos estaban perfectamente preparados para acoger esta nueva doctrina.

     Su éxito fue inmediato y total, resultando inoperante la oposición de algunos hombres, como Cicerón y Agripa. Marco Antonio tuvo su astrólogo agipcio titular (y a sueldo de Cleopatra, pretende Plutarco), Augusto hizo acuñar moneda con su signo, Capricornio, en una de las caras. Tiberio se convirtió él mismo en un experto astrólogo y, al hacer el tema de Galba, descubriría en él «el hombre que un día saborearía el Imperio». Dión Casio pretende incluso que Tiberio hacía estudiar los horóscopos de los personajes importantes del Imperio para hacer asesinar a los que eran capaces de poder sucederle.

     Se conoce la célebre respuesta que Agripina diera al astrólogo que acababa de predecirle:
Vuestro hijo, Nerón, reinará, pero matará a su madre.
No importa —contestó ella—, con tal de que reine.

     Las predicciones de los astrólogos romanos no fueron todas tan exactas. Así, Domiciano, temiendo por su trono, hizo ejecutar a Mecio Pomposanio, aconsejado por su astrólogo, pero perdonó a Nerva, que lo sucedería. Por el contrario, a otro astrólogo, Ascletarión, que había predicho su caída, Domiciano lo hizo condenar a muerte:

     «Preguntó a Ascletarión —nos relata Suetonio— cuál sería su propio fin (el del astrólogo) y como éste afirmara que sería pronto despedazado por los perros, él ordenó ejecutarle inmediatamente, pero, para demostrar la trivialidad de su arte, mandó enterrarlo con el mayor cuidado. Mientras se cumplían estas instrucciones, sucedió que un huracán derribó súbitamente la hoguera y unos perros despedazaron el cadáver medio quemado».

     Al creer los príncipes en la astrología, el pueblo los siguió al punto en esta vía, y, pronto, los que hacían horóscopos reinaron como señores en Roma. Un autor del siglo IV d.C., Ammiano Marcelino, nos cuenta que incluso los incrédulos no atravesaban una calle «sin haber consultado previamente la efemérides para saber por ejemplo dónde estaba situado Mercurio, o qué sector de Cáncer ocupaba la Luna en su trayectoria a través del cielo». ¡Si ésta era la conducta de los escépticos, uno queda un poco asustado ante la idea de la influencia que la astrología debía ejercer sobre los creyentes!.

     Tras haber lanzado esta rápida ojeada sobre la astrología en el mundo antiguo, y antes de dar un salto en el tiempo de más de 1.000 años para llegar hasta los grandes astrónomos-astrólogos del Renacimiento, conviene decir algunas palabras acerca de la idea astrológica en los otros lugares civilizados del mundo, como la India, China y la América precolombina.

     La astrología india es sumamente parecida a la nuestra, lo que no tiene nada de sorprendente, ya que sin duda es de origen griego. El Zodíaco indio está constituído igualmente por 12 signos cuyo simbolismo se aproxima al nuestro, pero, tal como hace notar el astrólogo hindú B. V. Raman, «El grado cero de Aries ha sido tomado como origen del Zodíaco, siendo el sentido de sucesión de los signos el de las agujas del reloj. Así, pues, el zodíaco hindú tiene un sentido opuesto a nuestro zodíaco astrológico tradicional». Los planetas tradicionales tienen, al igual que en el sistema occidental, domicilios en ciertos signos y exilios en los signos opuestos. Por lo demás, lo que hay de original en el sistema es otra división del Zodíaco, en 27 partes iguales, llamadas Casas Lunares y relacionadas con el movimiento aparente de la Luna, que se superponen a los 12 signos tradicionales. No obstante, no se puede hablar de una astrología muy diferente de la nuestra, y parece más que probable un origen común.

     En China hallamos una astrología fundada en un Zodíaco estrictamente lunar y dividido en 28 sectores. Como todo lo que ha brotado de la antigua sabiduría china, esta astrología es de una gran sutileza y de una complicación tan extremada que impidió su difusión entre el pueblo, ya que sólo los iniciados podían conocer todos los arcanos. De siempre, los astrólogos estuvieron agregados a la corte de los Emperadores chinos, y, si se da crédito al relato de uno de los raros viajeros autorizados hoy a visitar la China Popular, ocurriría lo mismo ahora, pese a la ideología del nuevo régimen.

     Más interesante es el caso de la América precolombina, ya que, en principio, esta civilización no tuvo ningún contacto con la nuestra antes de su descubrimiento por Cristóbal Colón. Sin embargo, el hallazgo de cierto número de inscripciones fenicias grabadas en rocas del Brasil, por una parte, y descubrimientos entre los trofeos de los indios de América del Norte, por otra, hacen suponer que debieron establecerse contactos entre los dos continentes mucho antes de la fecha admitida oficialmente.

     Hubo de hecho una astrología azteca muy floreciente, pero bastante distinta de la nuestra; estaba basada en un zodíaco de 20 signos. Su valor queda demostrado por la famosa predicción que anunciaba el regreso de los hombres blancos, lo cual permitió a Cortés y a su pequeña tropa conquistar muy fácilmente un inmenso Imperio. Se la encuentra formulada y fechada, en una predicción efectuada al rey de los cutuc-siu en 1514 por los sacerdotes astrólogos: «A fines del tercer período, una nación de hombres blancos y barbudos vendrá procedente del lugar donde el Sol se levanta, trayendo con ella un signo que hará huír y caer a todos los dioses. Esta nación dominará toda la Tierra, trayendo la paz a los que la reciban en paz y abandonen vanos simulacros para adorar a un dios único que estos hombres barbudos adoran» (J. Babelon, La Vie des Mayas 1934). Si se admite que el tercer período significa tres años, la predicción adquiere un carácter notablemente exacto, ya que los españoles emprendieron la conquista de Méjico en 1517-1518.

     Pero parece que aún había más, puesto que el astrólogo Alexandre Volguine, en su muy interesante obra L'Astrologie chez les Mayas et les Aztéques, tras haber informado acerca de cuanto se refería al Zodíaco de 20 signos de los precolombinos, señala que también habrían utilizado otro, constituido por 12 signos como el nuestro, y cuyos nombres habrían tenido asombrosas semejanzas con nuestras denominaciones tradicionales.

     Un estudio del sacerdote José de Acosta, efectuado sobre los códices aztecas lo resume de este modo:

     «El signo del Carnero (Aries) habría sido llamado Esplendor del Cordero, nombre tan análogo al nuestro que parece pertenecer a nuestra propia tradición. El segundo signo del Zodíaco era denominado Macho Poderoso, Brillante e Inflamado, y no es preciso sub-rayar su concordancia con la imagen del Toro (Tauro)... En el lugar de los Gemelos (Géminis), se encuentra el signo de las Estrellas Unidas o de los Astros Conjuntos, que expresan exactamente la misma idea de unión que los Castor y Pólux de nuestra tradición greco-latina. El signo del Cangrejo (Cáncer) recibe allí el nombre de Culebra Dormida... En cuanto al signo de León (Leo), es denominado Retorno de la Lanza del León Oculto y Rampante. Si la idea de la majestad y de la rectitud vinculada en nosotros al símbolo de este signo parece fallar en la América precolombina, el hecho de que a ambos lados del Atlántico se denomine a la misma parte del cielo, el León, es ya de por sí profundamente significativo. El signo de la Virgen (Virgo) lleva el nombre de la Madre Divina, y la representación tradicional de este signo por una mujer que lleva un niño es de origen precristiano. La Balanza (Libra) era conocida por los aztecas bajo el nombre de la Escala... Capricornio llevaba un nombre parecido, el Ciervo Ardiente o Cornudo, y Acuario el de Época de las Aguas. Es realmente asombroso descubrir tal similitud de los nombres a ambos lados del Atlántico...».

     Las denominaciones de Escorpión, Sagitario y Piscis no aparecen en la obra de Acosta, y no han llegado hasta nosotros.

     La palabra «asombroso» me parece muy débil para calificar una semejanza tan fantástica. La existencia de un simbolismo idéntico en dos continentes privados de todo contacto parecería demostrar por sí sola la verdad universal de la ciencia de los astros.

     Pero yo soy por natural desconfiado, y tales coincidencias me parecieron sospechosas; igualmente, no pudiendo comprobar por mí mismo las afirmaciones del sacerdote Acosta, pedí algunas aclaraciones al señor Jacques Soustelle, que es el especialista europeo más eminente en civilizaciones precolombinas. He aquí dos extractos de la carta que tuvo a bien enviarme como respuesta:

     «El sacerdote Acosta era en realidad un compilador que no llevó a cabo obra original, sino sólo para añadir algunos errores o falsas interpretaciones de su cosecha. He de comunicarle que no encuentro indicios de un zodíaco de 12 signos, estando toda la cronología mejicana basada en la combinación de 13 cifras y de 20 signos. Por otra parte, considero imposible que un signo mejicano haya podido denominarse "Esplendor del Cordero", teniendo en cuenta que el cordero era un animal desconocido en Méjico en la época precolombina, al igual, además, de los bóvidos y el caballo».

     Bien mirado, tampoco hay ciervos en Méjico (se encuentran todo lo más wapitis en Canadá, lo cual está muy apartado), ni tampoco leones en ambas Américas, pudiendo hallarse sólo jaguares y pumas. Finalmente, es de por sí bastante notable que la idea de la influencia de los astros sobre el hombre hubiera nacido igualmente entre los aztecas y los mayas, sin que sea necesario querer hacer sus concepciones idénticas a las nuestras.


CAPÍTULO 5

     (...) Trataré aquí del célebre astrólogo Karl Ernst Krafft. Durante largo tiempo pasó por haber sido el astrólogo personal de Adolf Hitler, y fue necesaria la investigación minuciosa del escritor Ellic Howe, publicada bajo el título de El Extraño Mundo de los Astrólogos, para restablecer la verdad.

     Krafft nació en Basilea el 10 de Mayo de 1900. Su madre era «patológicamente despótica y su padre espeso de mente y cuerpo», lo que puede explicar la característica esquizofrénica bastante acentuada del personaje. La muerte de su joven hermana, a la que quería mucho, contribuyó en verdad a su desequilibrio mental. Su historiógrafo, Howe, que no lo conoció jamás personalmente, parece haber sido atraído por el aspecto de héroe romántico decadente, el cual ciertamente existió en Krafft. Ello no impide que se muestre a través de sus escritos, y a través de su comportamiento en la vida, como un hombre de una rara pretensión, vindicativo, rencoroso, seguramente muy inteligente, pero embrollado en tales contradicciones internas que, a menudo, se comportaba muy estúpidamente. Desde un punto de vista político, es cierto que sintió afecto por la ideología nacionalsocialista y compartió sus prejuicios anti-judíos. Varios textos escritos de su puño y letra, cartas o artículos, lo atestiguan sobradamente.

     Respecto a Krafft, el hecho de que fuese considerado como uno de los mayores astrólogos del siglo se debió a que, al igual que Choisnard, había tenido la idea de aplicar las matemáticas estadísticas al estudio de la astrología. Lo hizo con dos obras: Las Influencias Cósmicas sobre el Individuo Humano, aparecida en 1923, y su famoso y enorme Tratado de Astro-Biología, editado en 1939. Ahora bien, en el capítulo dedicado a las estadísticas aplicadas a la astrología veremos lo que puede conservarse de los trabajos de Krafft: prácticamente nada. Ellic Howe lo reconoce así cuando dice: «El profesor Hersch había comprobado su documentación y sus procedimientos estadísticos y se había declarado satisfecho de ellos. Fue la, insuficientemente crítica, aprobación de Hersch lo que pesó sobre toda la vida ulterior de Krafft engañándolo sobre sí mismo. Hoy se sabe que su pretendida prueba estadística carece de valor. Desde el comienzo hasta el final, la cosmo-biología es una quimera».

     El término "cosmo-biología" no debe sorprender, pues Krafft no podía decidirse a ser un astrólogo cualquiera entre los demás, sino que debía ser el primero de una nueva ciencia, actitud muy típica de su delirio de grandeza. En su Tratado de Astro-Biología rechaza así toda la astrología tradicional al manifestar:

     «De este modo una futura ciencia de las relaciones cosmo-biológicas no se desarrollará excesivamente a partir de las tradiciones astrológicas, e incluso una rehabilitación de éstas no podrá ser tomada en consideración al margen del punto de vista de las civilizaciones. Y es que el edificio de la antigua astrología debe ser comparado a un cadáver cuya alma hace tiempo que lo ha abandonado», lo que, por otra parte, no le había impedido en absoluto escribir exactamente lo contrario cinco páginas antes: «Los principios de la astrología tradicional (el hecho de la influencia astral, la subdivisión de la eclíptica, las "propiedades individuales" de los factores móviles, los aspectos, etc.), se han mostrado de una exactitud maravillosa». He aquí nuevamente un ejemplo impresionante de la confusión mental que reinaba en la mente del astrólogo suizo.

     Su conducta dentro de la vida corriente le causó igualmente numerosos sinsabores. Comenzó por descuidar sus estudios pasando todo su tiempo en el registro civil, con el objeto de tomar nota de los nacimientos para establecer sus famosas estadísticas. Las dificultades económicas lo obligaron pronto a aceptar un trabajo en una editorial, donde no le iba mal, pero que tuvo que abandonar a causa, diría él, «de ciertos colegas que las circunstancias no me permitieron decapitar». Su matrimonio, en 1937, con una joven holandesa, Anna, le procuró un cierto equilibrio que él aprovechó para editar su Tratado de Astro-Biología. Hay que señalar que, a partir de 1930, Krafft había abandonado su cosmobiología que él calificaba entonces de «farsa científica», e inventado un nuevo sistema, la tipocosmia, que era «el orden natural de los arquetipos planetarios».

     Se trataba de una especie de astrología esotérica cuyas diferencias con la cosmobiología no me han resultado evidentes. Al margen de la astrología, Krafft se interesó también por Nostradamus, lo que le valió ser llamado a Berlín por uno de sus colegas al que el doctor Goebbels acababa de encargar una interpretación del célebre vidente demostrando que había previsto la guerra (y la victoria) de Alemania contra Francia e Inglaterra. El astrólogo suizo fue, pues, a instalarse en la capital del Reich.

     La desgracia quiso entonces que Krafft, por una vez, se mostrara buen astrólogo. Cito aquí el relato de Ellic Howe, quien ha verificado minuciosamente la autenticidad de todos los hechos:

     «El 2 de Noviembre, Krafft envió al doctor Fesel una comunicación que este último no tuvo ciertamente demasiadas ganas de hacer circular hasta la sede de la RSHA [Oficina Central de Seguridad del Reich] en Berlín. Predecía que la vida de Hitler estaría en peligro entre los días 7 y 10 de Noviembre, y anunciaba la posibilidad de una tentativa de asesinato mediante el empleo de un material explosivo. Fesel archivó el documento y guardó un discreto silencio, por la excelente razón de que las especulaciones astrológicas referentes al Führer estaban rigurosamente prohibidas. Ahora bien, el 9 de Noviembre de 1939 el público alemán se enteró de que Hitler había sido objeto de un atentado fallido. La noche anterior, el Führer, acompañado por la vieja guardia nacionalsocialista, había asistido a la conmemoración tradicional del Putsch abortado de 1923 que tuvo lugar en la Bürgerbrauerei de Múnich. Hitler y otros miembros importantes del Partido habían regresado antes de lo previsto a Berlín en tren. Minutos después de su partida, una bomba oculta en un pilar, detrás de la tribuna de los oradores, había hecho explosión causando 7 muertos y 63 heridos.

     «Krafft, que no sabía cómo mantenerse tranquilo, estaba patéticamente ansioso de atraer la atención sobre su ciencia astrológica; de inmediato envió un telegrama a Rudolf Hess a la Cancillería del Reich en Berlín, refiriéndose a su carta al doctor Fesel e indicando que Hitler podría aún encontrarse en peligro durante los próximos días. Algunos meses más tarde, declaraba alegremente a Georg Lucht que su telegrama había "hecho explosión como una segunda bomba en Berlín". Al instante se dio la orden al doctor Fesel de presentar la carta en cuestión. Ésta llegó al Führer, el cual la mostró al doctor Goebbels el día 9 de Noviembre, durante un desayuno en la Cancillería. Ese mismo día, 4 funcionarios de la Gestapo de Friburgo fueron a buscar a Krafft a Urberg y, al día siguiente, lo despacharon bien custodiado hacia Berlín para un contra-interrogatorio. Krafft no sólo convenció a la Policía de que no tenía nada que ver con el asunto de Múnich, sino que la persuadió de que, en ciertas circunstancias, eran posibles las predicciones astrológicas».

     Krafft fue liberado y adquirió de ese modo la celebridad a la que aspiraba desde hacía tiempo; se le presentaba siempre como «el hombre que había predicho el atentado contra la vida del Führer». Estableció contacto con varios altos dignatarios del régimen nacionalsocialista, y uno de ellos, el doctor Ley, le encargó una edición crítica de Nostradamus, en el bien entendido de que la labor de desciframiento se ejecutaría según el punto de vista nacionalsocialista, lo cual no disgustaba a Krafft. Veamos aquí, por ejemplo, una típica carta del astrólogo suizo al respecto:

     «Cuando nos encontramos por última vez en Zúrich y cuando le dije a usted que cierto pueblo (el alemán) tenía el futuro ante él y que, inevitablemente, había de instaurarse un orden nuevo en el Sudeste de Europa, usted se mostró bastante escéptico. Posteriormente quizá se acordó de nuestras conversaciones y se acrecentó su confianza en las leyes cosmobiológicas».

     El espíritu independiente e intolerante de Krafft no se adaptaría mucho tiempo al autoritario régimen nacionalsocialista, y pronto rompió brutalmente las relaciones laborales que tenía con sus patronos. La locura del alto dignatario nacionalsocialista Rudolf Hess —que huyó de Alemania, pilotando él mismo un avión, para aterrizar en Inglaterra donde creía poder negociar con sus dirigentes— tuvo para Krafft una doble consecuencia totalmente imprevisible, incluso para un astrólogo como él. Como Hess concedía su protección a todas las disciplinas de las ciencias ocultas, se desencadenó en el Führer un gran furor contra todos sus representantes, y ordenó su arresto, en particular el de los astrólogos reconocidos. El 12 de Junio Krafft fue arrestado en su domicilio por la Gestapo, la cual se apoderó de toda su biblioteca y saqueó todos sus documentos. Krafft ya no recobraría nunca la libertad.

     Paralelamente, en Inglaterra, se difundió entre el público una creencia, a partir de los relatos más o menos neuróticos de Rudolf Hess, relativa a que Hitler utilizaba los servicios de los astrólogos para tomar sus decisiones estratégicas. Se citó el nombre de Krafft, que era entonces muy conocido, sobre todo porque no se comprendía por qué ese ciudadano suizo, en lugar de quedarse en su país natal, donde habría permanecido al margen de la guerra, seguía estando en Berlín.

     El Servicio de Inteligencia [inglés] contrató a un astrólogo, Louis de Wohl, para estudiar el tema del Führer y tratar de adivinar las conclusiones que podían extraer de él Krafft y sus colegas alemanes. El papel de Wohl fue de hecho sumamente limitado, pero él, por su parte, lo magnificó una vez terminada la guerra en una serie de artículos resonantes que contribuyeron a acreditar la leyenda de «Krafft como astrólogo de Hitler».

     Mientras tanto, la verdadera historia de Krafft se desarrollaba de un modo mucho más trágico. El astrólogo y sus colegas fueron internados sin una acusación concreta, y más tarde a aquellos que manifestaron buena voluntad se les dieron algunas tareas astrológicas al servicio del Ministerio de Propaganda. Ahí, se les encargaba analizar el tema de Montgomery con relación al de Rommel, etc. Krafft aceptó colaborar durante algún tiempo, pero, resucitando su carácter iracundo, pronto rechazó los trabajos que consideraba indignos de él. Fue transferido de prisión en prisión antes de ser conducido a Buchenwald, donde murió el 8 de Enero de 1945.

     Yo he conocido personalmente a un discípulo de Krafft, quien me confesó que profesaba la mayor admiración por su antiguo maestro. Me indicó que, contrariamente a lo que en general se afirma, Krafft aceptaba con gusto hacer el horóscopo de los particulares —a condición de, o bien verlos, o poseer al menos una foto de ellos—, pero que era cierto que juzgaba este trabajo indigno de él, y lo hacía únicamente para prestar un servicio, o en los momentos económicamente difíciles. Mi informador añadió que no había encontrado jamás a un astrólogo que igualara a Krafft.

     Por mi parte, yo no veo, al margen de la acertada predicción respecto al atentado del que escapó Hitler, qué puede justificar semejante reputación, pues nada, ni en la vida ni en las obras de Krafft, parece mostrar una ciencia astrológica incomparablemente superior a la de sus colegas. Es cierto que Krafft trató de dar una base científica a este arte, y ello lo singulariza entre los demás practicantes, pero ya vimos cómo fracasó. Por tanto, yo no creo que sea necesario considerarlo como un astrólogo excepcional.


CAPÍTULO 12
EL GRAN ZODÍACO


     Hemos comprobado que el Zodíaco era el fundamento de toda la astrología, y pronto vamos a ver que también lo es de casi todas las religiones. Abriendo un diccionario corriente en esa palabra leemos: «Los signos del Zodíaco llevan los nombres de las constelaciones que se encontraban en él hace 2.000 años». Pues bien, sabemos ahora que esa división de la esfera celeste era conocida en un período mucho más remoto. En consecuencia, podemos intentar fijar el origen del Zodíaco partiendo de la evidencia de que dicha división debió efectuarse en la época en que las constelaciones y los signos coincidían ya. No se trata de este caso de conjeturas, sino de una opinión generalmente admitida, incluso por los representantes de la ciencia oficial. Así, veamos las conclusiones a que llega un astrónomo como el abate Moreux, en Les Influences Astrales, publicado en 1942:

     «Desde el siglo III antes de la Era cristiana, los griegos se habían apropiado de la ciencia astronómica de los caldeos, que databa aproximadamente del año 4000 a.C. No obstante, astronomía y astrología debían ser más antiguas, y esto es lo que se destaca de los estudios del profesor Epping. Este sabio ha demostrado que los mismos nombres de muchas constelaciones nos llevan a la conclusión de que los asterismos [1] que nos son familiares no tienen un origen caldeo, sino que proceden de un pueblo que vivía en una región más septentrional que Babilonia, hacia el mar Caspio, probablemente. Los nombres de las constelaciones zodiacales en particular, establecidos ya en el 4º milenio a.C., habrían sido transmitidos desde este lugar a los caldeos. Y esto queda sobradamente demostrado por el hecho de que los poemas caldeos relativos a dichas constelaciones zodiacales suponen un zodíaco anterior a la época de la antigua Caldea.

[1] Es decir, las asambleas de estrellas que forman las constelaciones.

     «Se sabe que, debido a la precesión de los equinoccios, los signos efectúan un lento movimiento de retroceso sobre la esfera celeste, empleando en la vuelta completa un período de tiempo que se extiende a 25.790 años. Ahora bien, en toda la serie del poema caldeo sobre el diluvio, por ejemplo, ninguno de los signos del Zodíaco está en el lugar que ocupaba en la época en que el poema fue inscrito sobre las tablillas que hemos descifrado, y las constelaciones que figuran en él son precisamente las que fueron fijadas anteriormente por el pueblo desconocido mencionado por mí que habitaba por encima del paralelo 40° Norte.

     «De este modo, el origen de la astronomía y de la astrologia, ciencias que en el comienzo se confundían, se pierde en la noche de los tiempos históricos, y, si se concede crédito a los rastros de dibujos descubiertos sobre piedras que los prehistoriadores tienen en estudio y que representan alineaciones que recuerdan a nuestras constelaciones como la Osa Mayor, habría que remontar el nacimiento de las ciencias de Urania hasta la aparición del hombre sobre la Tierra».

     Sería, pues, en el 26º milenio antes de nuestra Era, es decir, hace unos 28.000 años, cuando un pueblo hoy olvidado habría establecido la existencia del Zodíaco. Desgraciadamente, si damos crédito a las enseñanzas de la ciencia oficial, el hombre de Cro-Magnon vivió aproximadamente 12.000 años a.C., y, en consecuencia, en una época anterior a ésta no podían existir más que humanoides simiescos muy poco inclinados a la contemplación de las estrellas y al establecimiento de reglas de astrología. Pero, ¿acaso esto es muy seguro? Incluso en el mundo científico podemos hallar numerosos partidarios de un origen pre-sumerio de la ciencia de los astros, se llame ésta astronomía o astrología. El astrónomo Bailly, al comienzo del primer libro de su Histoire de l'Astronomie, afirma, por ejemplo:

     «Cuando se contempla con atención el estado de la astronomía en Caldea, India y China, se descubren más bien los residuos que los elementos de una ciencia. Ésta aparece como la obra de un pueblo anterior... que fue destruído por una gran revolución. Algunos de sus descubrimientos, de sus métodos, de los períodos que semejante pueblo inventara se han conservado en la memoria de los individuos dispersos. Pero se mantuvieron en forma de nociones vagas y confusas, más por un conocimiento de las costumbres que de los principios».

     Descubrimos aquí otra vez la misma impresión que habíamos tenido leyendo las tablillas sumerias halladas en Nínive, que con frecuencia llevan la mención «conforme a una tablilla hoy perdida», lo cual indica con claridad que la astrología era ya una ciencia residual, una ciencia parcialmente olvidada en la época del rey Sargón de Acad. Pues bien, existe una muy concreta tradición, que nos ha sido relatada por el sacerdote-astrólogo Beroso, que indica que la ciencia de los astros no es en absoluto una invención del pueblo sumerio, sino que fue revelada a éste en el transcurso de un contacto tenido con una raza extranjera. En L'Histoire Ancienne des Peuples de l'Orient (París, 1887), E. Babelon habla acerca de esta tradición:

     «Los caldeos decían que la astronomía les había sido enseñada por el dios Oannes, el cual surgió cierto día del mar Eritreo bajo la forma de un hombre con cola de pez. Algunos críticos, desorientados por estos antecedentes fabulosos, han tratado de explicar tal supuesta revelación divina mediante una importación del extranjero, y supusieron que el golfo Pérsico fue la ruta seguida por los sabios que, desde Egipto, habrían venido a implantar la ciencia de los astros a orillas del Tigris y el Éufrates. Pero nada hay de ello; la astronomía era una ciencia esencialmente indígena en Babilonia».

    Que la ciencia astral de los caldeos hubiera sido anterior a la egipcia no hay ninguna duda, pero que hubiera tenido un origen indígena, y no uno revelado, es algo que no parece tan evidente como lo cree el historiador del siglo pasado.

     Vamos a examinar ahora el relato que nos dejó Beroso referente a la enseñanza del pueblo sumerio por un extraño ser denominado Oannes. Por desgracia, los escritos auténticos de Beroso están hoy perdidos; la publicación de su obra Antiquitatum Libri Quinque, hecha en 1545 por Agnus de Viterbo, no puede ser tomada en consideración, ya que el libro es apócrifo con toda seguridad. No nos queda otra solución que tratar de descubrir los textos de Beroso a través de los relatos que nos han dejado de ellos algunos comentadores griegos o latinos [2].

[2] Tenemos tres relatos: uno de Alejandro Polihistor, otro de Apolodoro y el tercero de Abideno. Éstos han sido comunicados por varios historiadores latinos, como Plinio, Eusebio, Sincelo, Josefo, Clemente de Alejandría. Esos diversos fragmentos han sido reunidos por el doctor Richter en un volumen aparecido en 1825 en Leipzig: Berosi Chaldeorum Historiae quae Supersunt, cum Comentatione, y por el historiador francés Francois Lenormand, en París en 1872, en su Ensayo de Comentario de los Fragmentos Cosmogónicos de Beroso, según los Textos Cuneiformes y los Monumentos del Arte Asiático. La traducción que yo ofrezco aquí está hecha esencialmente a partir del texto latino del doctor Richter, con, a veces, préstamos tomados a la traducción inglesa de ese mismo texto realizada por Isaac Cory.

Veamos en primer lugar, según Eusebio, el relato del primer libro de Beroso, tal como lo cita Alejandro Polihistor, relato que Eusebio titula De Chaldaica Improbabili Historia, título que no necesita traducción:

     «Beroso, en su primer libro de la Historia de Babilonia, nos cuenta que él vivía en la época de Alejandro, hijo de Filipo. Especifica que en aquel tiempo existían aún —cuidadosamente preservados en Babilonia— relatos históricos que abarcaban 15 miríadas de años. Esos textos relataban la historia de los cielos y del mar, del nacimiento de la Humanidad, de los reyes y de sus acciones. Beroso empieza entonces por describir Babilonia, región que se extendía entre el Tigris y el Éufrates. [Describe luego las riquezas agrícolas del país]. En aquella época había en Babilonia un considerable número de habitantes procedentes de diversas naciones que habían venido a instalarse en Caldea y que vivían sin ley ni orden, como bestias salvajes.

     «Durante el primer año apareció un animal dotado de razón, procedente del Golfo Pérsico que bordeaba Babilonia, cuyo nombre era Oannes (tal como lo cuenta Apolodoro). Su cuerpo era parecido al de un pez, pero más abajo de su cabeza de pez había otra análoga a la de un hombre, y tenía también pies humanos, aunque unidos en una cola de pez. Voz y lenguaje eran articulados y humanos; en cuanto a su aspecto, existe aún en nuestros días un bajorrelieve que lo representa. Ese ser hablaba con los hombres durante el día, pero no tomaba ningún alimento en su compañía. Los inició en la escritura, en las ciencias y en todas las artes. Les enseñó a construír casas, fundar templos, establecer leyes y les explicó los principios de la geometría. Les mostró asimismo cómo distinguir los granos de la tierra y cómo recoger los frutos. En una palabra, les enseñó todo aquello que podía suavizar sus costumbres y humanizar su civilización. Su enseñanza fue tan universal que, después de aquella época, no ha podido ser aportada ninguna mejora. Al llegar la noche, este ser se retiraba al mar y pasaba la noche en sus profundidades, pues era anfibio.

     «Después de ello, aparecieron otros animales como Oannes, de los que hablaremos cuando lleguemos a la historia de los reyes. Pero veamos ahora lo que afirmó Oannes referente a la Humanidad, a los tipos de civilizaciones y a las relaciones entre los hombres; esto es lo que manifestó: "Hubo una época en que la Tierra era sólo oscuridad y estaba totalmente cubierta por las aguas; residían en ella seres repulsivos..." [Prosigue aquí un largo relato acerca de la génesis de la Humanidad, que podría ser interesante comparar con él de la Biblia, pero que escapa al marco de este estudio. El segundo libro de Beroso narra la historia de los 10 reyes míticos de los caldeos que reinaron durante un enorme e increíble período de tiempo, y termina con el párrafo siguiente que nos interesa de modo especial]:

     «Tras la muerte de Ardates, su hijo Xisuthrus lo sucedió y reinó durante 18 sarens. Fue en esta época cuando sobrevino el gran diluvio, cuya historia es ésta. El dios Cronos se apareció al rey en sueños y le señaló que en el 15° día del mes de Daesio ocurriría un diluvio que destruiría a la Humanidad. Le ordenó, pues, recopilar una historia de los comienzos de los progresos y del final de todas las cosas, hasta aquella fecha, luego esconder estos archivos cuidadosamente en la ciudad del Sol de Sippara, y construír un barco a donde llevar a sus parientes y amigos; debía embarcar todo lo que le fuera necesario para la vida, así como a representantes de todas las especies de animales, tanto si volaban como si se arrastraban por el suelo, y confiar su suerte a las olas. Xisuthrus preguntó a la divinidad hasta dónde había de navegar, y se le respondió: hasta los dioses».

     Este relato nos lleva, pues, a la historia del Arca de Noé. Veamos ahora si podemos prestar nuestro crédito a esta narración de Alejandro Polihistor, transcrita por Eusebio. Contaré aquí brevemente el mismo relato tal como ha llegado hasta nosotros a través de Apolodoro y Abideno. En lo que al primero concierne, tomaré como referencia el texto que figura en la página 39 de la Crónica de Sincelo. Éste, tras haber indicado que Apolodoro iba a describir a un ser monstruoso como se acababa de encontrar en las narraciones precedentes, prosigue:

     «Beroso cuenta ante todo que el primer rey de Babilonia fue Aloro, un caldeo. Reinó durante 10 sarens y a continuación le siguieron Alaparo y Ammenón de la ciudad de Pantibiblón. Luego Ammenón el caldeo, en cuya época apareció un segundo Oannes, un Annedoto, procedente del Golfo Pérsico. [Hay que señalar, precisa Sincelo, que Alejandro Polihistor, anticipándose a los acontecimientos, lo había hecho aparecer durante el primer año, en tanto que Apolodoro indica que habían transcurrido 40 sarens; Abideno, por su parte, hace aparecer al segundo Annedoto después de 26 sarens]. Megalaro, de la ciudad de Pantibiblón, se convirtió entonces en rey y gobernó durante 18 sarens; tras él, Daono, al pastor de Pantibiblón, reinó 10 sarens. En su época aparecieron de nuevo, procedentes del Golfo Pérsico, cuatro Annedotos, todos con la misma forma que he descrito anteriormente, es decir, el aspecto de un hombre mezclado con un pez... Tras la muerte de Otiartes, su hijo Xisuthrus reinó 18 sarens. Fue entonces cuando tuvo lugar el gran diluvio; por tanto, el número total de reyes es de 10, y el período durante el cual reinaron sucesivamente fue de 120 sarens».

     Veamos, finalmente, el mismo relato según Abideno, esta vez, contado por Sincelo y Eusebio:

     «Se cuenta que el primer rey del país fue Aloro, el cual pretendía haber sido designado por Dios para ser el pastor de aquel pueblo: reinó durante 10 sarens... En aquella época, una especie de semi-demonio, llamado Annedoto, muy parecido a Oannes, salió del mar por segunda vez... Durante el reinado de Daono, un pastor de Pantibiblón, quien gobernó 10 sarens, cuatro personajes con doble cabeza salieron del mar... Después de ello hubo otros reyes, de los que el último fue Sisithrus (Xisuthrus), por lo que en total hubo 10 monarcas, cuyos reinados abarcaron un período de 120 sarens. Tras haber hablado de su reinado —prosigue Abideno— Beroso llega a lo que atañe al diluvio. Fue a Sisithrus a quien declaró el dios Cronos que habría un diluvio al decimoquinto día del mes de Daesio, y a quien ordenó depositar todos los escritos históricos y científicos en posesión suya en la ciudad del Sol, Sippara. Habiéndolo hecho así, Sisithrus navegó rumbo a Armenia donde fue inspirado por Dios. Al término del diluvio, Sisithrus envió unos pájaros fuera de su barco para comprobar si las aguas habían bajado, pero los pájaros no hallaron más que un mar sin límites, y, finalmente, no pudiendo posarse, regresaron al arca. Tres veces lo intentó, y al regreso de su tercer viaje los pájaros volvieron con las patas cubiertas de barro. Se cuenta que los habitantes de Armenia han mantenido la costumbre de hacer brazaletes y amuletos con la madera del arca de Sisithrus que se conserva todavía allí».

     Lo primero que se desprende es que los tres relatos son asombrosamente semejantes entre sí, por lo que se puede considerar que el texto original de Beroso ha llegado hasta nosotros. Por supuesto que eso no autentifica la narración; sin embargo, cuando menos, muestra una coherencia que innumerables veces ha excitado la curiosidad de historiadores y sabios. Los últimos en haber elaborado una teoría a partir de las enseñanzas de Beroso son dos astrónomos mundialmente conocidos, el ruso I. S. Shklovski y el estadounidense Carl Sagan, en un libro firmado conjuntamente titulado Intelligent Life in the Universe (1966). Aunque sin participar de sus ideas, expondré aquí su hipótesis, dado que no se aparta excesivamente de la mía, que informaré a continuación, y debido a que ha sido establecida por dos verdaderos sabios, lo que impide a los científicos rechazarla de un plumazo.

     La idea de los dos astrónomos es que el relato de Beroso se servía de un encuentro entre la balbuceante civilización sumeria y visitantes extraterrestres llegados a explorar nuestro planeta. Como resultado de cálculos probabilistas muy complicados, Cari Sagan llega a la conclusión de que la Tierra había recibido sin duda tales visitas durante las Eras geológicas y que esta probabilidad era bastante elevada. Shklovski, menos entusiasta, sólo reconocía que dicha probabilidad era distinta de cero. Carl Sagan opina que el mito de Oannes recibe una prueba histórica en esta ruptura de la civilización sumeria que anteriormente he señalado y que demuestra que Sumer pasó desde un estadio agrícola, en sí muy poco diferente del que imperaba en la Prehistoria, a una fase tecnológica marcada por la invención de la escritura, de las artes y de las ciencias, totalmente inexplicables por la sola evolución humana, al menos tan rápidamente.

     Carl Sagan escoge el ejemplo del encuentro entre los indios tlingit de América del Norte con el navegante francés La Perouse, para demostrar que se puede llegar a descubrir y a reconstruír una verdad histórica a través de relatos secundarios de apariencia mítica. Los tlingit, que ignoraban la escritura, sólo dejaron una narración oral de este encuentro; ésta fue transmitida un siglo más tarde a un antropólogo estadounidense, G. T. Emmons. En ella se podía hallar perfectamente el tránsito del hecho real al hecho mitológico: por ejemplo, las naves eran descritas como inmensos pájaros negros de alas blancas; no obstante, concluye Sagan: «El relato oral contenía informaciones suficientes para permitir reconstruír a partir de ellas el verdadero encuentro». El astrónomo aplica entonces ese principio a los relatos histórico-míticos de Beroso y extrae de ello las conclusiones siguientes:

     «Sumer fue una de las primeras civilizaciones, tal vez la primera, en el sentido moderno de la palabra, sobre la Tierra. Fue fundada en el IV milenio a.C., o quizás antes. No sabemos de dónde procedían los sumerios. Su lengua era extraña, no correspondía a ningún idioma indoeuropeo, semítico u otro, y sólo podemos comprenderlo gracias a que, más tarde, los acadios compilaron numerosos diccionarios sumerio-acadios. Sus sucesores fueron los babilónicos, asirios y persas. En consecuencia, desde muchos puntos de vista, se puede considerar que la civilización sumeria es la antepasada de la nuestra. Pues bien, tengo la impresión de que si la civilización sumeria es descrita por sus propios descendientes como de origen no humano, las correspondientes leyendas merecen ser atentamente examinadas.

     «No pretendo que lo que a continuación voy a exponer sea absolutamente un ejemplo de contacto con extraterrestres, pero es el mismo tipo de leyenda que puede corresponder y que merece un atento estudio. Tomadas al pie de la letra, esas leyendas sugieren que se produjo un contacto entre algunos hombres y una civilización no humana inmensamente poderosa a orillas del Golfo Pérsico, quizá cerca de la antigua ciudad sumeria de Eridu, aproximadamente hacia el IV milenio a.C, o antes. Existen tres versiones diferentes de la leyenda de los Apkállu, no contradictorias entre sí, que datan del período clásico. Todas tienen su origen en Beroso, un sacerdote de Bel-Marduk de la ciudad de Babilonia, en tiempos de Alejandro Magno. Beroso tenía acceso a archivos escritos en caracteres cuneiformes o pictográficos que databan de varios miles de años antes de su época».

     Sagan reproduce entonces algunos extractos de los tres textos que he citado, que él ha sacado de la obra de Isaac Cory, Ancient Fragments. Señalemos de pasada que el autor evita hablar del aspecto astrológico del personaje de Beroso. Veamos ahora la conclusión de Carl Sagan:

     «Esos cuatro fragmentos de autores antiguos ofrecen el relato de una notable sucesión de acontecimientos. La civilización sumeria es descrita por los propios descendientes de los sumerios como de origen no humano. Una serie de extraños seres aparece en el transcurso de varias generaciones; su único propósito aparente es instruír a la Humanidad; cada uno de ellos está al corriente de la misión y resultados de sus antecesores; cuando el gran diluvio amenaza la supervivencia del saber nuevamente introducido entre los hombres, se toman medidas para preservarlo. De este modo el acceso de Beroso a los archivos antediluvianos es explicado formalmente. Hay  que señalar la verosimilitud de sus relatos respecto a un contacto con seres superiores. Oannes y los demás Apkállu son descritos como "animales dotados de razón", como "seres", como "semi-demonios", como "personajes". Jamás en tanto que dioses».

     La hipótesis de Sagan puede ser comparada con las de algunos exegetas de los textos bíblicos, que ven en los relatos del Génesis no la narración de una creación divina sino la de la colonización terrestre por seres llegados de otro planeta. Esta teoría es defendida principalmente en la Unión Soviética, desde 1959, por el etnólogo M. Agrest, y el colega de Sagan, I. S. Shklovski, no ha podido menos que establecer el paralelo:

     «En mi opinión —declara— las hipótesis de Agrest y Sagan no se contradicen. Agrest propone una interpretación de los textos bíblicos, pero dichos textos tienen orígenes babilónicos profundos. Los babilónicos, los asirios y los persas sucedieron a las civilizaciones sumeria y acadia. No se puede, por tanto, excluír la posibilidad de que tales textos bíblicos y los mitos anteriores a Babilonia se refieran a los mismos acontecimientos. Seguramente no se podría presentar en este asunto pruebas científicas suficientes, pero cuando menos semejantes hipótesis merecen la atención» [3].

[3] Esta hipótesis de Agrest tiene como corolario la suposición de una base de origen extraterrestre sobre la Luna de la que algún día podríamos llegar a descubrir sus huellas. Sagan y Shklovski afirman en este sentido: «Debido a la atmósfera y a los riesgos de detección o interferencia de los terrestres, tal vez les ha parecido preferible (a los extraterrestres) no establecer su base sobre la Tierra. La Luna parece una posible localización para ella... Esta hipótesis ha sido presentada independientemente por Agrest y el escritor científico británico Arthur C. Clarke».

     Nos hallamos, pues, aquí ante una hipótesis científicamente aceptable, aunque no demostrada. En mi opinión, no es la única que puede dar una explicación de los hechos, y, al presuponer una intervención exterior de origen extraterrestre, yo le reprocharía, en apariencia de modo bastante paradójico, su humanismo (y su antropomorfismo, naturalmente). Esa teoría filosófica que quiere reducirlo todo al hombre jamás ha manifestado de modo tan evidente sus procedimientos rutinarios que cuando pretende dar a las criaturas llegadas del fondo del espacio una forma humanoide. Pues eso es lo que intenta.

     Oannes tiene una forma general de pez con un hombre en el interior; dicho de otro modo, se trata de una persona vestida con una escafandra. No hay en absoluto ningún motivo —aparte del orgullo humanista— para que la forma humanoide sea una constante cósmica. La célula animal es, lo reconozco, un logro notable, pero incluye numerosos defectos, y todo permite suponer que, en otros lugares, la vida ha debido tomar rumbos diferentes. Todo lo más, se podría creer que la forma humanoide ha podido prevalecer en aquellos planetas en los que el oxígeno, el hidrógeno y el nitrógeno predominan en la atmósfera, pero aquí se trata ciertamente de excepciones. Un ser pensante cuyo metabolismo estuviera elaborado a partir del silicio, idea muy querida a los amantes de la ciencia-ficción, me parece mucho más admisible que una entidad llegada de las estrellas con una constitución física que tenga la menor relación con la nuestra.

     Igualmente, aun admitiendo que Oannes hubiera sido un hombre dentro de su escafandra, no puedo aceptar la idea de que hubiera venido del espacio exterior. Por otra parte, Beroso no habla en ningún momento de los cielos en tanto que hábitat de este ser dotado de razón, como habría debido ser para cualquier extraterrestre de buen tono, sino del mar, lo cual nos lleva a una criatura de origen terrestre.

     ¿Quién podía ser, pues, este Oannes, hombre de hábitat marino, heredero de un saber que databa de 26.000 años a.C., es decir, en una época en la que nuestros pretendidos antepasados cazaban alegremente el mamut en las llanuras de Siberia? A esta pregunta sólo encuentro una respuesta que sea al mismo tiempo lógica y verosímil: Oannes y los otros Annedotos eran simplemente los últimos supervivientes de una civilización desaparecida en la época de Sumer, que 10.000 ó 15.000 años antes había alcanzado una fase tecnológica comparable o superior a la nuestra. Sé que estos conceptos de civilización o continente desaparecido tienen la virtud de despertar las iras de la mayoría de los científicos cuyas ideas continúan ancladas en el siglo XIX; sin embargo, los verdaderos sabios no las rechazan en absoluto, al contrario. Así, el físico atomista Frederik Soddy, quien recibió el Premio Nóbel por sus descubrimientos de los isótopos, afirmaba en El Radium, Interpretación y Enseñanza de la Radiactividad:

     «Esta antigua semejanza del poder de transmutación y el elixir de la vida, ¿son sólo una simple coincidencia? Me inclino a pensar que eso podría muy bien ser un eco llegado de uno de los innumerables siglos donde, en tiempos prehistóricos, los hombres siguieron antes que nosotros la misma ruta que nuestros pies hollan hoy. Pero semejante pasado probablemente es tan remoto que los átomos que fueron sus contemporáneos han tenido literalmente tiempo de desintegrarse totalmente...».

     En Agosto de 1968, una foto aérea revelaba una construcción ciclópea sumergida a lo largo de una de las islas Bahamas. Ese «templo submarino», tal como lo bautizaron los periodistas, medía 33 x 25 metros. Fue examinado poco después por el profesor Manson Valentine, Conservador Honorario del Museo de Ciencias de Miami, y Dimitri Rebikoff, el especialista de exploración submarina. La ausencia de vida marina, como algas, corales y madréporas, fijada sobre los muros externos de esa construcción, hizo suponer a los geólogos que el conjunto podía haber estado hundido bajo la arena durante milenios, y tan sólo habría emergido recientemente debido a los violentos huracanes de estos últimos años. A fines de 1970, todos los documentos y fotografías reunidos fueron sometidos a expertos internacionales. La primera solución propuesta, a saber, que tales construcciones habrían sido obra de españoles del siglo XVI, fue descartada inmediatamente, ya que la plataforma donde está edificado el «templo» estaba sumergida ya en aquella época.

     Los olmecas, el antiguo pueblo precolombino, fueron propuestos entonces como los posibles constructores, pero asimismo fueron rechazados porque su estilo de construcción no guardaba la menor relación con el del templo submarino; hubo de ser la geología submarina la que aportara un comienzo de respuesta al enigma y, simultáneamente, un comienzo de prueba de la existencia de civilizaciones protohistóricas hoy desaparecidas. Esta ciencia permitió calcular que la plataforma sobre la que se hallaba la edificación, el Great Bahama Bank, se hunde lentamente en las aguas: se ha podido determinar de manera bastante precisa que era preciso remontarse al VII u VIII milenio a.C. para que el «templo» hubiera podido ser edificado sobre un terreno totalmente emergido. Dimitri Rebikoff, por otra parte, concreta:

     «Esas estimaciones son confirmadas por el método del carbono radiactivo 14, aplicado a las turberas sumergidas vecinas, que proporcionan un resultado de 6.000 años para 4 metros de profundidad y, por extrapolación, aproximadamente 10.000 años para 6 metros. De nuevo hallamos el VIII milenio a.C.».

     En ese artículo, titulado Una Ciudad Engullida Es Hallada de Nuevo en el Atlántico, publicado en el número de Enero de 1971 de Science et Vie, continúa:

     «En el continente americano el horizonte del pasado retrocede sin cesar, como lo hace también en el nuestro en Catal Huyük (emplazamiento arqueológico de aproximadamente 6.800 años antes de nuestra Era) y en las fronteras rumano-yugoslavas, hacia las Puertas de Hierro del Danubio, donde son desenterrados los vestigios de una ciudad de hace 8.000 años. El estudio de las civilizaciones americanas enseña que algunas de esas civilizaciones aparecían como "explosiones" (por ejemplo, las de Chavin y los olmecas) y no como fruto de una maduración secular. ¿De dónde procedían esos portadores de cultura que formaban casi instantáneamente Imperios? Un elemento de respuesta se encuentra en las tradiciones de todas las civilizaciones arcaicas mesoamericanas y andinas, que evocan a los "dioses blancos", los héroes divinizados surgidos del mar».

     La hipótesis de semejantes «dioses del mar», representantes de una civilización de extraordinaria antigüedad hoy desaparecida y colonizadores de la mayor parte de los grupos étnicos actualmente conocidos, ha sido defendido por un auténtico sabio, Charles H. Hapgood, en dos libros, Earth Shifting Crust, aparecido en Nueva York en 1958, y Maps of the Ancient Sea-Kings. La primera obra recoge y amplía la tesis de la deriva de los continentes de Wegener, teoría cada vez más admitida en la actualidad. Del prefacio extraigo las siguientes líneas que demuestran que las ideas de Hapgood no son un delirio seudocientífico:

    «Su idea es original, muy simple... En la región polar, el hielo se deposita de modo continuo, pero no se distribuye de modo simétrico alrededor del polo. La rotación de la Tierra actúa sobre estas masas de forma irregular y produce un movimiento de acción centrífuga que aumenta constantemente, y, al alcanzar una cierta fuerza, habría desencadenado un deslizamiento de la corteza terrestre sobre el resto del cuerpo de la Tierra, lo cual aproximaría las regiones polares al ecuador».

     La presencia en la Antártica de fósiles tropicales, hoy perfectamente establecida, es para Charles Hapgood una prueba de que ese continente se hallaba antaño situado en las proximidades del ecuador terrestre. Estima que hace aproximadamente 10.000 ó 15.000 años una nueva glaciación hizo acumular hielos en ambos polos; luego, bajo el efecto de las fuerzas centrífugas, procedentes de los dos centros de gravedad de los casquetes, tuvo lugar un deslizamiento de la corteza terrestre y, por ejemplo, la Antártica derivó unos 4.000 kilómetros hacia el Sur hasta alcanzar la posición actual. La duración de 10.000 a 15.000 años es lo que indigna sobre todo a la mayor parte de los otros geólogos que consideran estas fechas a la vez demasiado cortas y demasiado próximas; no obstante, se sabe con certeza que hubo glaciaciones sumamente brutales, por ejemplo la de Siberia en la que los mamuts quedaron aprisionados por el hielo en un instante, como se ha podido comprobar al encontrar sus cuerpos.

     Si la hipótesis de Hapgood es exacta, resulta evidente que pudo haber existido una civilización sobre el continente antartico: sus huellas estarían hoy profundamente enterradas bajo el hielo, y, por tanto, no serían accesibles a nosotros. En su segunda obra, Los Mapas de los Antiguos Reyes del Mar, Hapgood recoge esta idea de una civilización antartica avanzada y completamente desaparecida. Dichos mapas son aquellos que el almirante turco Piri Reis dibujó en Abril de 1513 a partir de otros mapas mucho más antiguos y hoy en día perdidos.

     Su estudio no fue emprendido seriamente hasta 1953, por A. H. Mallery, y he aquí cómo el explorador Paul-Émile Víctor [4], en un artículo de la revista Planéte, expone los resultados obtenidos:

     «La porción del mapa comprendida entre Terranova y el Sur del Brasil, aparte de su asombrosa exactitud por lo que se refiere a aquella época, no plantea problemas de desciframiento. En lo que concierne al Norte y el Sur del mapa, una vez traducidas las indicaciones en lenguaje cartográfico moderno, Mallery se convenció, por un lado, de que Piri Reis había dibujado las orillas de la Antártica, y, por otro, que Groenlandia y el continente antartico eran mostrados tal como debían ser antes de la glaciación de los polos».

[4] Estos mapas son estudiados también por Jacques Bergier en el capítulo 4 de su libro Los Extraterrestres en la Historia.

     Entre otros hechos notables, se hallaban en ese mapa islas cuya relación no fue publicada por primera vez sino hasta Junio de 1954; por lo demás, en la Tierra de la Reina Maud, Piri Reis tenía razón en contra de las afirmaciones de los mapas modernos, tal como fue demostrado, también en 1954, por el servicio hidrográfico estadounidense. A. H. Mallery va más lejos en sus conclusiones, pues manifiesta:

     «No comprendemos cómo pudieron ser dibujados estos mapas sin ayuda de la aviación. Además, las longitudes son absolutamente exactas, algo que nosotros sólo sabemos hacer desde hace dos siglos».

     Para que Piri Reis hubiera podido copiar unos mapas que mostraran el trazado de las costas antes de la última glaciación, los originales debían remontarse a 9.000 ó 10.000 años, época de dicha glaciación. Desgraciadamente, como he tenido ya ocasión de decir, la ciencia oficial considera que en esta época la Humanidad estaba representada por hombres de las cavernas cuyas aptitudes cartográficas no han sido jamás señaladas. Paul-Émile Víctor, en tanto que toma la precaución de especificar que las conclusiones de Mallery están lejos de ser admitidas por todos los científicos y que el problema sigue planteado, termina no obstante afirmando:

     «Se podría, por tanto, suponer que una rama de la raza humana, coexistiendo con otras menos evolucionadas, había alcanzado, hace unos 8.000 a 10.000 años, un grado de civilización considerable y tenía un conocimiento desarrollado de su planeta, siendo todo esto destruído de la noche a la mañana por la acción de un cataclismo».

     He aquí, creo, una hipótesis muy verosímil, aunque la expresión «destruída de la noche a la mañana» me parece una fórmula literaria. Hubo ciertamente numerosos supervivientes diseminados sobre fragmentos de continentes, sobre islas, o simplemente sobre ingenios de navegación; para mí, Oannes no sería más que un representante de esta civilización antártica moribunda que habría querido transmitir una parte de su saber científico a las ramas menos desarrolladas del Homo sapiens. De este modo se explicarían las intervenciones de los dioses blancos en la América precolombina, el templo descubierto recientemente en las Bahamas y las leyendas relatadas por Beroso o los sumerios que decían, muy concretamente, que sus instructores habían salido del mar.

     Esta hipótesis —y, repitámoslo una vez más: se trata sólo de una hipótesis— es la única que me parece capaz de explicar una brusca mutación ocurrida en la evolución humana, que empleó 100.000 años en pasar del estadio de la recolección de frutos en los árboles al estadio de la tribu agrícola carente de escritura e industria, y que luego habría franqueado tan rápidamente, en 3.000 ó 4.000 años, el abismo que separa a nuestra civilización de la Era espacial de esas tribus agrícolas de las que acabo de hablar.

     Tiene asimismo el mérito de hacer comprender por qué las enseñanzas de la astrología tradicional parecen tan poco fundamentadas, dando no obstante a veces resultados perfectamente exactos. Es evidente que si la astrología es una ciencia revelada, al igual que la alquimia, por lo demás, surgida de una civilización superior y transmitida a seres humanos en una fase de desarrollo intelectual y tecnológico muy inferior, tan sólo una escasa proporción de tales ciencias ha debido llegar hasta nosotros.

     Una pregunta acude entonces a la mente: ¿por qué los representantes de una civilización avanzada —bien sea de origen extraterrestre, o, más probablemente, nacida de un continente hoy engullido— se habrían tomado la molestia de enseñar a los antiguos sumerios los rudimentos de una ciencia astrológica, ciencia excesivamente compleja para ser transmitida únicamente por tradición oral? Por supuesto, siempre cabe un error del «cuerpo docente superior», tanto más probable cuanto que sería de origen humano, pero existe otra hipótesis que merece ser estudiada.

     El objetivo esencial de esta enseñanza habría sido fijar la atención de la naciente Humanidad sobre el Zodíaco, que, debido a la precesión de los equinoccios, indicaría las grandes Eras de la Humanidad. Se trataría entonces de un gigantesco reloj cósmico, que podía servir a los habitantes de la Tierra para captar el misterio de sus orígenes y las intenciones de sus iniciadores, pero también, quizá, para que estos mismos iniciadores supieran dónde se hallaban los terrestres en su desarrollo.

     Desde comienzos del siglo XIX, numerosos autores han establecido las semblanzas que existen entre la sucesión de las grandes religiones y su simbolismo, por una parte, y la sucesión de las Eras zodiacales, determinadas por el desplazamiento precesional del punto vernal, por otra. Señalemos que se trata aquí del Zodíaco de las constelaciones, que se desplaza en el transcurso de los siglos, y no del Zodíaco de los signos, que es fijo y, como hemos visto, empieza siempre en Aries, el 21 de Marzo.

     Algunos autores sólo consideran esta constelación y la religión que aparece en el momento del paso de una constelación a otra, es decir, aproximadamente cada 2.140 años; otros, como Max Heindel y muchos místicos, consideran, además de la constelación, su opuesta, que participaría simbólicamente en el dogma de la nueva religión. Vamos a proceder a un rápido examen de esas concordancias, y, como actualmente entramos, o vamos a entrar, en la Era de Acuario, cuya constelación opuesta es el León, me parece pues lógico comenzar por la era del León, cuyo opuesto es, en tal caso, Acuario.

• La Era del León, cuyo regente astrológico era el Sol, ocupó su lugar en la Tierra entre el año 10.000 a 8.000 a.C. Si admitimos que el simbolismo zodiacal no es un dato inventado por el hombre sino que le fue revelado con un objetivo determinado, habrá que admitir, en consecuencia, que tal simbolismo se aplica al propio hombre pues debe coincidir con las fases principales de su historia, y no con la de sus desconocidos maestros. En el año 10.000 a.C. la rama del Homo sapiens de la que nosotros procedemos estaba en la fase del hombre de las cavernas, y hoy se admite generalmente que en aquella época el Sol era adorado como una divinidad. Se cree que tanto la India como la América precolombina albergaban ya civilizaciones más avanzadas de las que se encuentran huellas en los Vedas de una y los Códices de la otra, textos que hablan de un culto solar acorde con el simbolismo zodiacal previsto.

• La Era de Cáncer, bajo la regencia de la Luna, se extendió desde 8.000 a.C. a 6.000 a.C., aproximadamente. Parece que realmente en esa época se practicó el culto de la diosa-madre, de la que la Luna era en la práctica el símbolo más corrientemente admitido. En cualquier caso, éste fue el período de la fecundidad para la raza humana, ya que ella se expandió entonces por toda la superficie de la Tierra.

• La Era de los Gemelos, bajo el gobierno de Mercurio, se extiende de 6000 a.C. a 4000 a.C. Estamos ya en el período protohistórico, y hemos conservado la huella de varios cultos rendidos a dioses gemelos, tales como Ormuz y Ahrimán, en Persia, y todas las leyendas griegas que se refieren a Castor y Pólux. En la historia de las religiones, se encuentra en este período otras parejas de divinidades, de notoriedad menor, pero que parecen indicar una cierta tendencia a la adoración de un dios doble. No obstante, debo precisar que el hecho no es general.

• La Era del Toro, con regencia de Venus, abarca desde 4000 a.C. hasta 2000 a.C., aproximadamente. Ésta es la época dominante del antiguo Egipto, cuyos dios esencial, que incorporaba bajo forma animal los atributos de Osiris y de Ptah, fue el toro Apis. En otras regiones hallamos también divinidades del mismo estilo: Creta adoraba el Minotauro, la civilización sumeria de la época, la de Obeid, adoraba igualmente a un toro, y asimismo ocurría en Persia, Siria, Asiría, e incluso en Grecia con Pásifae.

• La Era de Aries o el Carnero, regida por Marte, se extiende desde el año 2000 a.C. hasta el nacimiento de Cristo. En esta época, el dios local de Tebas, el carnero Amón, fue elevado al rango de divinidad principal. En esta época, también, apareció Moisés que dio una nueva religión a los hebreos tomando el cordero como símbolo. Es cierto que la religión judía había absorbido una gran parte del simbolismo zodiacal, como lo señala por ejemplo Charles-Francois Dupuis en su Origine de Tous les Cuites: «Los nombres de las 12 tribus, escritos sobre las 12 puertas, nos recuerdan también el sistema astrológico de los hebreos, que habían colocado cada una de sus tribus bajo uno de los signos celestes».

• La Era de los Peces, bajo la regencia de Júpiter y Neptuno, se extiende desde el nacimiento de Cristo (siendo la fecha generalmente admitida la de 3 a.C.) hasta aproximadamente el año 2140.

La Era de Acuario, bajo el dominio de Saturno y Urano, comenzará entre 2100 y el 2200 según los cálculos más generalmente admitidos (desde 1789, prácticamente todas las fechas posibles —e incluso imposibles— han sido anticipadas por los investigadores por lo que atañe a esta entrada).

     Tal como ya he dicho, el astrólogo Max Heindel y otros escritores han considerado, además de la constelación, aquella que se le opone en el Zodíaco, la cual, en su opinión, participaría también del simbolismo de la Era. Heindel, ignorando la excesivamente lejana época del León, comienza su estudio con Cáncer, cuyo signo opuesto es Capricornio: «El signo de Cáncer es de naturaleza acuosa, y su signo opuesto, Capricornio, mitad pez, simboliza también esta vida acuática durante el tránsito precesional del Sol a través de Cáncer». Confieso que sus explicaciones por lo que se refiere a los Gemelos y Sagitario no son demasiado convincentes; por el contrario, en las tres parejas de signos que corresponden a las Eras siguientes pueden descubrirse efectivamente semejanzas.

     Hemos visto que la principal religión egipcia de la Era de Tauro adoraba al buey Apis y, al mismo tiempo, las reglas religiosas habían hecho adornar el tocado de los faraones con un Escorpión con el aguijón erguido. Puede descubrirse aquí un recuerdo simbólico del par Tauro-Escorpión. En lo que se refiere a la Era siguiente, la de Aries, la religión egipcia se apartó de ese simbolismo sustituyendo el Escorpión, no por sus Pinzas, como correspondía, sino por un escarabajo que es otro símbolo de Cáncer. Por su parte, Moisés parece haber intentado volver a encontrar esa dualidad del simbolismo zodiacal asociando a la idea de su dios, ya marcado por el cordero, el símbolo de la Balanza, para demostrar su justicia y equidad.

     Este aspecto es interesante, ya que si esta cuestión de la dualidad simbólica pudiera ser definitivamente probada, demostraría que Moisés había tenido probablemente acceso a algunos archivos incompletos, pero que en ningún caso había encontrado a un representante de la raza de Oannes (sea de origen extraterrestre o no), puesto que ignoraba manifiestamente que el signo de la Balanza era una invención artificial y que, al escogerlo, convertía su simbolismo en idólatra.

     La constelación opuesta a la de Piscis es Virgo. No obstante, confieso que me siento muy escéptico acerca de algunas suposiciones, que me parecen muy artificiales. Ünicamente parece admisible una cierta correspondencia entre las religiones dominantes y las Eras zodiacales, y aun no hay que olvidar que, aunque en el cuadro presentado las correspondencias parecen evidentes, no son, sin embargo, decisivas. Religiones tales como el brahmanismo, el sintoísmo, el budismo, el islamismo, etcétera, deberían poderse insertar en nuestro cuadro, lo cual no ocurre.

     Para admitir tales correspondencias, es preciso asimismo suponer la predominancia del linaje sumerio. El hecho no es en sí imposible, ya que Oannes y los demás representantes de su civilización, que habrían impartido una enseñanza al hombre, estuvieron sólo en contacto con los sumerios. Esto explicaría los desarrollos tecnológicos mucho más avanzados de todos los pueblos que recibieron a continuación la enseñanza babilónica con relación a aquellos que se vieron privados de ella, como por ejemplo chinos, indios, y la mayor parte de los pueblos africanos. Hoy se comprueba, por ejemplo, que una civilización como la de Mustang, un pequeño país vecino del Tíbet, vive a un nivel semejante al de la alta Edad Media y no ha podido conseguir por sí misma ningún progreso técnico.

     Este caso no es único: las tribus indígenas de Australia, el modo de vida de los indios de América del Sur, etc., demuestra que en todos aquellos lugares en que la Humanidad no ha tenido más recurso que la evolución natural de sus propios medios, muestra al menos mil años de retraso sobre nuestra civilización. ¿Acaso se debe a que el hombre occidental está más capacitado que los otros, como lo pretenden las teorías racialistas? Basta considerar la elevada espiritualidad y la filosofía de las antiguas civilizaciones china o india, por una parte, y la rapidez de asimilación de las técnicas por los japoneses o los chinos, por otra, para darse cuenta de que todos los hombres tienen evidentemente medios intelectuales comparables, pero que ciertas concepciones tecnológicas no pueden ser descubiertas por éstos solos, sino que hace falta una enseñanza. Esta enseñanza que el hombre occidental ha proporcionado a los asiáticos es quizá la misma que sus antepasados sumerios habían recibido del animal dotado de razón, Oannes [5].

[5] Sin embargo, no hay que olvidar que los precolombinos, los indígenas de las Bahamas, así como otros, parece que han recibido la visita de dioses blancos, procedentes quizá de la misma civilización que Oannes. Ahora bien, de modo notable su civilización tomó un rumbo muy distinto a la nuestra. ¿Debemos sacar en conclusión que las enseñanzas recibidas eran distintas o que el medio en el que se han desarrollado les ha transformado radicalmente? Ésta es una pregunta a la que los etnólogos quizá responderán algún día.

     Todo esto parece que nos ha llevado muy lejos del estudio de la ciencia de los astros. Sin embargo, no es así; mi conclusión, que, creo yo, es la única a la que puede conducir un estudio objetivo, a saber, que la astrología no descansa sobre ninguna base científica pero que, con frecuencia, es utilizable en la práctica, sólo puede explicarse dentro de la perspectiva de una ciencia revelada a la civilización sumeria y ya residual en tiempos de la antigua Caldea. Así, en Intelligent Life in the Universe, Carl Sagan reproduce cilindros babilónicos de una gran antigüedad: en ellos se descubre que los sumerios conocían la existencia de 9 planetas, y no sólo de los 7 visibles al ojo desnudo, que serán los únicos en ser utilizados por la astronomía y astrología caldeas.

     Así pues, parece que el sistema heliocéntrico, acompañado de un cortejo de 9 planetas principales, de los que algunos están representados con satélites, era conocido en una época antediluviana. Ahora bien, en aquella época, semejante conocimiento —sin ningún instrumento óptico— era absolutamente imposible sin tener un origen revelado. Se podría incluso inferir que, como el Zodíaco está formado por 12 signos, al igual que el Zodíaco precesional de las constelaciones, y dado que las Casas astrológicas son igualmente 12, sin duda los planetas estaban constituídos por 12 unidades también.

     Tales conclusiones acerca de la astrología, la imposibilidad de explicar los conocimientos astronómicos de los antiguos sumerios, el brusco desarrollo tecnológico y científico de su civilización, que nada en la historia humana justifica, no me parecen lógicamente explicables más que mediante esta hipótesis de un encuentro con una civilización llegada ya a un grado elevado de saber y tecnología. Éste es el motivo por el que creo en la veracidad del relato de Beroso y en el encuentro efectivo de los antiguos sumerios con Oannes, el ser dotado de razón. Éste es el motivo por el que creo en la existencia y veracidad de una ciencia astrológica de la que hoy no nos quedan más que los restos y que hay que reconstruír en su totalidad.–






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