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martes, 10 de noviembre de 2015

Claudio Mutti - Sombart, los Judíos y el Capitalismo



     El siguiente texto (Sombart, gli Ebrei e il Capitalismo) que presentamos de Claudio Mutti (1946), conocido filólogo y escritor italiano, lo hemos traducido del sitio thule-italia.net, y lo hemos afinado y complementado con la versión en francés que está en el sitio del autor (claudiomutti.com), publicada en Noviembre de 2005. El artículo es, al parecer, la Introducción a la traducción (según dice la versión francesa) de la obra Los Judíos y la Vida Económica, del conocido sociólogo e historiador alemán Werner Sombart (1863-1941). Aquí el señor Mutti, con toda su erudición académica, nos da a entender que la obra de Sombart en conjunto adquiere el valor de un manifiesto anti-capitalista, sistema considerado por él como el súmmum de la decadencia y la bajeza humana, ocupándose en dicha obra del papel fundamental que desempeñaron los judíos en la construcción del capitalismo moderno, la que respondería en último término a una especial conformación psíquica, que, aunque propia de los judíos, también puede ser hallada en otras etnias, alma racial que, sin embargo, no sería la única fuente de la mentalidad capitalista, como lo deja ver el capitalismo surgido del Protestantismo, sino que en lo profundo radicaría en un espíritu de negación de lo Tradicional, como sostiene el señor Mutti. Al final del artículo hemos agregado un pertinente texto complementario titulado "Max Weber y Werner Sombart", publicado en 2013 por el español Jorge Álvarez (rindfleischknight.blogspot.com) como parte de una serie de artículos sobre los judíos, además de otro referido a Calvino del mismo autor.


Sombart, los Judíos y el Capitalismo
por Claudio Mutti
17 de Noviembre de 2005



     El tema de la participación judía en la edificación del capitalismo ha sido tratada por Werner Sombart en más de una de sus obras. Además de ocuparse de ello en Die Juden und das Wirtschaftsleben (Los Judíos y la Vida Económica, Leipzig, 1911), Sombart ha debatido ese tema, aunque de una manera más sintética y resumida, en Zukunft der Juden (El Futuro de los Judíos, Leipzig, 1912), en el artículo "Der Bourgeois" (Múnich-Leipzig, 1913) —inserto en la antología que hemos publicado de Sombart en las Edizioni di Ar [1]—, en la segunda edición de Der Moderne Kapitalismus (Múnich-Leipzig, 1916), y en las ediciones sucesivas de esa misma obra.

[1] W. Sombart, «Metafisica del Capitalismo», Padua, 1977.

     La presencia de un capítulo sobre los judíos como vehículos del espíritu capitalista en la edición definitiva de Der Moderne Kapitalismus —un estudio de carácter histórico, económico y sociológico sobre la formación del capitalismo— reviste un valor emblemático en cuanto a las conclusiones sugeridas por el autor a partir de las investigaciones precedentemente realizadas acerca del papel desempeñado por los judíos en la vida económica, cuyos resultados vemos orgánicamente expuestos en Die Juden und das Wirtschaftsleben; y tales conclusiones han sido resumidas al principio del capítulo mencionado, el Nº 62 del primer volumen:

     "En mi libro sobre los judíos creo haber demostrado que su importancia específica para la Historia moderna reside en el impulso dado por ellos a esa forma de la evolución capitalista que yo llamo la comercialización de la vida económica, cuya generalización caracteriza el paso a la época del capitalismo avanzado. La particular y decisiva importancia de los judíos debe pues ser buscada en el hecho de que su actividad va anexa a la aceleración del paso desde la forma del capitalismo primitivo a la forma del capitalismo desarrollado" (W. Sombart, Il Capitalismo Moderno, Turín, 1967, p. 286).

     En "Los Judíos y la Vida Económica" Sombart ha mostrado, sin embargo, que la contribución judía a la instauración del capitalismo no se reduce a dicha transición sino que se manifiesta ya en los comienzos de la economía moderna, y aquello, dado que ya el período proto-capitalista presenta, con particular evidencia, formas de actividad económica características de los judíos. La intervención de la actividad emprendedora judía en la época del capitalismo primitivo, sobre todo desde la verificación de que las corrientes comerciales fueron transferidas desde la región mediterránea hacia la del Norte de Europa, consistió esencialmente, según Sombart, en la importante participación cuantitativa de los judíos en el volumen de los negocios, y más aún en la calidad de su comercio, que tenía que ver especialmente con productos de lujo, productos de gran consumo, artículos nuevos que revolucionaban los procedimientos tradicionales. La participación de los judíos en tanto empresarios se manifestó, además, en su papel masivo en la colonización de América, donde ya habían desembarcado a fines de 1492; y, en tercer lugar, en la función desempeñada por los mercaderes judíos como proveedores de los ejércitos durante los siglos en que se formaron los Estados modernos.

     Sombart no se limita a destacar el aporte empresarial que llevaron a cabo los judíos en la formación del capitalismo, sino que él considera que se debe tener en cuenta como imprescindible la actividad de ellos en el sector de los créditos, ejercitada y perfeccionada en el curso de los siglos por la práctica de la usura. De hecho, Sombart considera al crédito como "una de las más importantes raíces del capitalismo" (Ibid., p. 304), y de esa manera él puede concordar tranquilamente, al reconocerle objetivamente a la civilización occidental moderna una matriz cultural judía, con el judío Karl Marx, del cual cita, en Deutscher Sozialismus (Berlín-Charlottenburg, 1934), las célebres afirmaciones: "El espíritu judío se ha convertido en el espíritu práctico de los pueblos cristianos"; "Los judíos se han emancipado en la medida en que los cristianos se han transformado en judíos", y "La verdadera naturaleza de los judíos se ha manifestado en la sociedad burguesa" (W. Sombart, Il Socialismo Tedesco, Florencia, 1941, p. 235).

     La diferencia entre Marx y Sombart, aunque ambos estuvieran lúcidamente conscientes de la equivalencia que progresivamente se fue estableciendo entre la mentalidad judaica y la mentalidad occidental moderna, reside en la absoluta e irreductible antítesis de sus juicios de valor en cuanto a la civilización capitalista bajo el signo de la usura. En efecto, Marx, en razón del fundamental criterio progresista e historicista que condiciona toda su elaboración ideológica, ve un factor de progreso histórico —es decir, un acontecimiento positivo— en la expansión planetaria de la civilización burguesa, por lo cual se revela, más coherentemente que sus epígonos, que aparentan ser "anti-imperialistas" y partidarios del "Tercer Mundo", como un convencido y fanático apoyador del colonialismo, como cuando exalta la obra de devastación de las tradiciones por parte del imperialismo británico en India, o al tomar abierto partido por Estados Unidos en la guerra de éste contra Méjico, lanzándose, en un artículo aparecido en el Rheinische Zeitung, contra los "salvajes mejicanos" y, de una manera más general, contra los movimientos de liberación sudamericanos ("un miserable y un canalla" son, por ejemplo, los títulos que Marx da a Simón Bolívar).

     Sombart, por el contrario, en destacada polémica con ciertos fanáticos contemporáneos de la expansión occidental como condición de la hegemonía mundial de la "raza blanca", considera al colonialismo como un vehículo de exportación de la decadencia. Su condena del fenómeno colonialista es, por lo tanto, clara e incondicional:

     «Los europeos occidentales no pueden ofrecer a los pueblos subyugados por ellos nada más que los valores problemáticos de su civilización, como por ejemplo, cañones, pólvora, agua potable, retretes, tranvías, máquinas, instalaciones telefónicas, Constituciones parlamentarias, etc., a la vez que destruyen preciosas culturas en África, América y Asia. Se han comportado allí como elefantes en una tienda de porcelanas; en vez de una diversidad multiforme, han impuesto la gris uniformidad de su incultura. Este desagradable período de la Historia humana, como se debía esperar, ya ha pasado, y la dominación de la raza blanca sobre la Tierra llega a su fin, pero no porque los europeos occidentales hayan reconocido sus equivocaciones, sino porque los otros pueblos comenzaron a pensar por sí mismos de acuerdo a su naturaleza particular. El pensamiento de nación se difunde cada vez más y encuentra sus apóstoles» (Ibid., p. 246).

     Fue así que, durante los años en los que Sombart formulaba tales opiniones, los "apóstoles del pensamiento de nación" —si quisiéramos usar esa cruda expresión, con la cual el pasaje referido intenta designar más que nada a los exponentes de las diversas formas tradicionales— se inspiraron en aquel mismo "socialismo alemán" del cual el economista Sombart esperaba una superación de la "Era económica". Y fue así que, en el intento de detener la difusión contaminadora del "foetor judaicus" [hedor judaico, frase de la Antigüedad romana], de los bienes culturales producidos por el Occidente moderno, y de salvar las regiones de la Tierra que todavía no habían sido apestadas, los ambientes más conscientes y representativos del hinduísmo, de la tradición japonesa y del Islam adhirieron a la guerra proclamada por el Tercer Reich contra las potencias sometidas a la usura, dando así al combate del nacionalsocialismo el carácter de una "guerra santa" y transformando el duelo desigual entre Alemania y los Aliados en una confrontación entre el mundo de la Tradición y el mundo moderno.

     Considerada a la luz de tales acontecimientos históricos, la obra de Sombart —desde "Capitalismo Moderno" hasta "Los Judíos", desde "Socialismo Alemán" a su célebre ensayo antropológico "Sobre el Hombre" [2]—, incluso si sus horizontes específicos pueden parecer limitados y parciales, adquiere el valor de un manifiesto que se articula espiritualmente de la misma manera que "La Decadencia de Occidente", y anuncia, con tonos análogos aunque diferentes, la decadencia del sistema instaurado por el hombre fáustico y, entre los modelos alternativos al Estado capitalista —representados en aquella época por el Estado soviético o por el Estado "völkisch"—, se orienta a las soluciones propuestas por los partidarios del segundo modelo, reconociéndole a éste una contribución rectificadora.

[2] Vom Menschen, Versuch einer geisteswissenschaftlichen Anthropologie, Berlin-Charlottenburg, 1938.

     La obra "Los Judíos y la Vida Económica" ejerció también una importante influencia sobre los ambientes "völkisch", como lo confirma un eminente investigador judío, George L. Mosse, quien escribe a propósito de eso:

     "Los prejuicios económicos, siempre estimados en los círculos anti-judíos, recibirán la consagración académica con el ensayo de Werner Sombart (...) Sombart no pronunció un juicio condenatorio contra los judíos: su intención era simplemente formular un análisis histórico de la evolución del capitalismo, pero los escritores y los propagandistas del campo nacional-patriótico aprendieron rápidamente a utilizar su obra y a adaptarla a sus propios fines. Esta obra coincidía, grosso modo, con la imagen que ellos se habían hecho de los judíos como seres incapaces, desarraigados, deshonestos, intermediarios y especuladores, únicamente preocupados de acumular oro y de desangrar a Alemania" (George L. Mosse, Le Origini Culturali del Terzo Reich, Milán, 1968, pp. 207-208).

     En efecto, "Die Juden und das Wirtschafsleben" constituye un importante punto de referencia para Theodor Fritsch, el inventor de la ciudad-jardín, el cual, en su "Manual de la Cuestión Judía" [3] —un texto que alcanzó 40 ediciones y que los nacionalsocialistas consideraban como la obra de un viejo maestro—, utilizó en diversos puntos el ensayo de Sombart sobre los judíos, a fin de describir el rol económico de ellos en la sociedad moderna; y el libro de Fritsch, junto con el de Sombart, figura entre los títulos más citados en un opúsculo de Dietrich Eckart, publicado después de su muerte, en el cual algunos han creído detectar la fuente de la polémica anti-judía de Hitler [4].

[3] Handbuch der Judenfrage, Leipzig 1933. El trabajo de Sombart sobre «Los Judíos» está citado en las págs. 54, 72 passim, y 290 passim.
[4] Cf. Ernst Nolte, Eine frühe Quelle zu Hitlers Antisemitismus, en Historische Zeitschrift, CXCII, 3 (Junio de 1961), pp. 584-606.

     Sin embargo, se ha rechazado la posibilidad de definir la obra de Sombart como un "preludio intelectual del nacionalsocialismo" [5] y se han enfatizado las diferencias entre la "ideología del nacionalsocialismo" y el "espiritualismo de sello romántico y religioso de un Sombart, es decir, de un hombre de cultura, y no de acción" [6], como si las teorías de las que deriva el fenómeno nacionalsocialista no hubieran sido elaboradas por hombres de cultura. Ahora, aparte de la solapada intención, transparente en cierta sociología, principalmente católica [7], de recuperar e instrumentalizar ciertos aspectos del pensamiento sombartiano —una intención que implica la necesidad de separar artificialmente la "responsabilidad" de Sombart de la del nacionalsocialismo—, no es ciertamente en tales términos simplistas que la cuestión debe ser planteada.

[5] F. Rizzo, Werner Sombart, Nápoles, 1974, p. 48.
[6] A. Cavalli, Introducción a W. Sombart, Il Capitalismo Moderno, op. cit. p. 48.
[7] Sobre este asunto, parece ser instructiva la atención prestada por Fanfani a la obra de Sombart; Cf. p. ej.: A. Fanfani, Introduzione allo Studio della Storia del Pensiero Economico, Milán 1960.

     Por el contrario, habría que examinar qué tendencias en aquel fenómeno heterogéneo que fue el nacionalsocialismo alemán, se reconocen espiritualmentente afines a la obra de Sombart y que impregnan la obra de éste, y qué elementos de dicha obra han influído sobre las diversas tendencias del movimiento histórico en cuestión. Para poner un ejemplo: no se podría excluír que el ya citado juicio sombartiano sobre el colonialismo, si es que no fue compartido por el ala occidentalista y anglófila del nacionalsocialismo, haya podido haber contribuído a la formación de una posición anti-colonialista entre el ambiente de las SS, puesto que en la época de la aventura italiana en Etiopía, el periódico oficial de la Orden, Das Schwarze Korps, criticó fuertemente la iniciativa italiana, haciéndose eco de los argumentos de Sombart.

     Un punto en el cual los ya mencionados "recuperadores" se han esforzado en ver un contraste irreductible entre Sombart y el nacionalsocialismo es el que se refiere a la raza, como si los teorizantes nacionalsocialistas de la raza no ofrecieran una multiplicidad de opiniones. Según Rizzo, por ejemplo, Sombart formuló "un formidable argumento contra el racismo al observar que la población alemana está compuesta por cinco razas diferentes y de un número impreciso de sub-razas" (F. Rizzo, op. cit., p. 59); para apoyar su tesis, el académico en cuestión cita el siguiente pasaje de "Socialismo Alemán":

     "No se podría demostrar científicamente que una determinada raza alberga un solo espíritu, ni que un determinado espíritu pueda ser encontrado solamente en una determinada raza. Un espíritu alemán en un Negro es posible, como un espíritu Negro en un alemán. Se podría demostrar solamente que hombres con un espíritu alemán son mucho más numerosos en el pueblo alemán que entre los Negros, y viceversa" (Sombart, Il Socialismo Tedesco, op. cit. p. 234).

     Pues bien, ¿qué diferencia esencial existe entre la posición de Sombart y la mejor doctrina de la raza, que niega y supera el materialista racismo biológico para reconocer en el hombre una realidad que no está hecha sólo de cuerpo y para considerar, al final, todos los elementos constitutivos del ser humano? El "formidable argumento contra el racismo" invocado triunfalmente por Rizzo, Sombart lo dedujo de la clasificación antropológica formulada por un autor de primer rango en los estudios raciales: Hans F. K. Günther, profesor de antropología social en la universidad de Friburgo, que en 1942 fue incluído por Évola "entre los más notables y citados racistas alemanes" (J. Évola, Il Mito del Sangue, Milán, 1942, p. 123).

     ¿Proporcionó Gunther, él también, un "argumento formidable" contra el racismo? En cuanto al pasaje ya citado de "Socialismo Alemán", los puntos de vista que encontramos allí constituyen exactamente una adhesión a las orientaciones más positivas que expresa la doctrina de la raza. Preguntamos nuevamente: ¿qué diferencia esencial existe entre tales opiniones y las que sostenía el psico-antropólogo Ludwig Ferdinand Clauss?. ¿Se puede seriamente considerar a Clauss, con su contribución rectificadora aportada por él a la doctrina de la raza, como un adversario del nacionalsocialismo?.

     La idea —herética tanto para el racismo "zoológico" como para el anti-racismo democrático— de una "raza del alma", idea que se encuentra exactamente en la base de la teoría de Clauss y que está sumariamente expresada en el pasaje citado más arriba, es fundamental para comprender la noción sombartiana del "espíritu judío". Así como es posible encontrar un "espíritu Negro en un alemán" y viceversa, así es también posible encontrar un espíritu judío en muchos "goyim":

     "Los más grandes magnates de la finanza mundial son de la más pura sangre aria, y muchos de los más grandes escándalos bursátiles o bancarios están ligados a nombres no judíos" (Sombart, Il Socialismo Tedesco, op. cit. p. 235).

     En el más lejano origen del capitalismo, los judíos cuentan menos como individuos o como realidad colectiva que actúa sobre la Historia, que como una idea platónica (Sombart la llama Geist), que corresponde a una tendencia particular del espíritu, una particular conformación psíquica (Sombart la llama Gesinnung, mentalidad): es ésta la "raza del alma" a la cual Otto Weininger —"el único judío honesto", según un juicio del Führer referido por Dietrich Eckart— denomina "judeidad": "Ésta —escribe él— representa para cada hombre una posibilidad, y sólo en el judaísmo histórico ha encontrado su realización más grandiosa" [8] . Esta última idea se encuentra también en Sombart:

     «Este espíritu [el espíritu judío] tiene desde un principio su raíz en el pueblo judío y se difunde ampliamente, quizás porque, como se puede suponer, corresponde a un carácter congénito o de "sangre" bastante frecuente en el pueblo judío» (Sombart, Il Socialismo Tedesco, op. cit. p. 236).

[8] O. Weininger, Sesso e Carattere, Roma, 1956, p. 415. Para un estudio de la "cuestión judía" basado en cuestión de la judeidad, vea nuestro ensayo «Ebraicità ed Ebraismo – I Protocoli dei Savi di Sion», Ed. di Ar, Padua, 1976.


* * * *

     La judeidad no es, sin embargo, para Sombart, la única fuente de la mentalidad capitalista:

     "No estamos tan desprovistos de sentido crítico como para atribuír todas las peculiaridades del hombre económico moderno a la influencia de la moral judía (por considerable que ella pueda ser)" (Sombart, Il Borghese, Milán, 1950, p. 403).

     Junto al espíritu judío han actuado, en tal sentido, otros factores, como ciertas filosofías, ciertas religiones y ciertas Iglesias, además de conquistas intelectuales como lo fue la técnica, y factores psicológicos tales como la envida social de los burgueses —el "resentimiento" de que hablaba Nietzsche—, y otras fuerzas más, entre las cuales en primer lugar está el Estado, una entidad que ninguna interpretación racional podría explicar, porque "La comprensión del sentido del Estado entra en el campo de la trascendencia" (Sombart, Il Socialismo Tedesco, op. cit. p. 214).

     El hecho de que Sombart se esfuerce en no hacer de ninguno de estos factores algo absoluto —ni siquiera del espíritu judío— sino que se esfuerce en dar relevancia al impacto global de cada uno de los diversos factores, lleva a establecer una comparación entre el autor de "Los Judíos" y Max Weber, el autor de "La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo". En efecto, Weber, haciendo notar particularmente al papel jugado por la ética Protestante en la formación de la mentalidad capitalista, hubiera podido igualmente destacar el significado convergente de otras fuerzas espirituales. En lugar de ello, Weber estableció una relación de filiación muy preponderante entre la ética Protestante y la mentalidad capitalista, lo que disminuyó la importancia del judaísmo, reducido a un aporte moral limitado proporcionado por este último al Puritanismo:

     "El judaísmo se encontraba del lado del capitalismo de los aventureros, orientado en un sentido político y especulativo; su ética era, en una palabra, la del capitalismo de los parias; el Puritanismo aportó la ética de la industria nacional burguesa y de la organización racional del trabajo. De la ética judía, él tomó sólo lo que le convenía dentro de esos límites" (M. Weber, L'Etica Protestante e lo Spirito del Capitalismo, Florencia, 1977, p. 279).

     Tal punto de vista es confirmado por Weber en su escrito sobre la profecía y la ética judía, donde el capitalismo judío difiere claramente del capitalismo Protestante, el cual es considerado como el único precursor del capitalismo moderno. El capitalismo de los judíos es considerado como "típico de un pueblo paria": él "se encontraba igual de bien en el comercio y en la usura, así como en las formas aborrecidas por el Protestantismo, es decir, en el capitalismo de Estado y en el capitalismo predatorio" [9].

[9] M. Weber, Gesammelte Aufsätze zur Religionssoziologie, Tübingen, 1920, vol. III, p. 359. Cf. M. Weber, Le Sette e lo Spirito del Capitalismo, Milán 1977, p. 165.

     Weber se había propuesto analizar en seguida, de manera profunda, el papel jugado por los judíos en el desarrollo de la economía occidental moderna, porque no estaba satisfecho por el tratamiento sombartiano de la cuestión. Pero el problema no pudo ser tratado, a causa de la muerte de Weber, sobrevenida en 1920. Sin embargo, en "Economía y Sociedad" un pasaje [10] vuelve sobre el asunto y explica cómo se ha atribuído a los judíos la introducción de ciertas formas de actividad económica en Europa, principalmente la del préstamo.

[10] M. Weber, Wirtschaft und Gesellschaft, Tübingen, 1922, vol. I, p. 598.

     En realidad, si prescindimos de la especial consideración que Sombart y Weber prestaron respectivamente a la judeidad y a la ética Protestante, vemos que las teorías formuladas por los dos
sociólogos, a pesar de la pretensión de exclusividad observada en Weber, pueden muy bien complementarse sin que una niegue esencialmente a la otra. Nosotros podríamos por lo tanto suscribir la afirmación de Rizzo según la cual

     «...las investigaciones de Weber con respecto a los elementos pre-capitalistas en la profundidad de la cultura Protestante y las de Sombart en cuanto a las consecuencias de la "cacería" contra los heréticos, convergen y se complementan; sobre este punto, la descripción de Sombart toma el aspecto de una "continuación" del análisis de Weber» (F. Rizzo, op. cit., p. 58).

     Rizzo habla de la cacería contra los herejes, pero, si se mira bien, para evitar todo malentendido, hay que considerar que Sombart pone a los judíos grosso modo en la categoría de los heréticos: «Los "herejes" en Europa eran en primer lugar los Protestantes (y los judíos)» (Sombart, Il Capitalismo Moderno, op. cit. p. 276).

     Podríamos, por lo tanto, concluír que, en el panorama compuesto por los estudios de Weber y de Sombart, los actores y los vehículos históricos del espíritu capitalista son los extranjeros, los herejes, los judíos, los emigrantes, los perseguidos por motivos religiosos, los desarraigados, es decir, todos aquellos que, animados por el deseo de una nueva vida y por un espíritu de revancha, y ejercitados en las capacidades individuales dentro de una continua confrontación contra un ambiente hostil, ven en el país al que han llegado una tierra extraña, sin alma y desolada.

     Un ambiente tal sólo puede ser considerado como un objeto de explotación, como un medio para conseguir el fin que es la riqueza, y en el cual, por esa misma razón, pueden ser empleados tranquilamente los métodos más viles, como la usura. Pero, entre todos los "extranjeros", son los judíos los que practican ese método como un deber religioso, porque así se los prescribe un versículo del Deuteronomio: "Cóbrale interés a los extranjeros, pero no a tu hermano, para que Yahvé, tu dios, te bendiga en todo aquello a lo que pongas mano, en el país donde estás por entrar para tomar posesión" (Deuteronomio 23:21).

     Es claro que el estudio de la contribución judía a la edificación del capitalismo no puede considerarse agotado por la obra de Sombart sobre "Los Judíos y la Vida Económica". De allí que la presente traducción de "Die Juden..." invita a la continuación, a la puesta al día y a la completación de la investigación sombartiana.

     Eso no quiere decir ciertamente que si es plenamente aclarada la función desempeñada por el "pueblo elegido" en la instauración del capitalismo, en su consolidación y su expansión, la significación completa del fenómeno capitalista queda automáticamente dilucidada. Un fenómeno tal puede en efecto ser representado por una ecuación con varias incógnitas, donde la solución de una sola incógnita no significa de ninguna manera la solución de toda la ecuación.

     El capitalismo constituye el estado más ignominioso de la civilización humana, el grado más envilecido del proceso de la decadencia de lo humano, el nivel más bajo de la degeneración, que para Plotino era parecido a un "dios revestido de carne" (théos en sarki). La acción del "espíritu judío" no es ciertamente la única causa de la descomposición que ha conducido a la Humanidad occidental a este resultado: él funciona, más bien, si quisiéramos emplear una imagen bastante adecuada a la culpabilidad que pretendemos expresar, a la manera de una levadura.

     Pero, para ser más precisos, es necesario decir que la descomposición de la cual el judaísmo fue el agente histórico, se ha verificado previamente en el alma judía misma: aquello es confirmado claramente en las vicisitudes históricas de los "hijos de Israel". Éstas manifiestan, en efecto, una tendencia irresistible a separarse de la esencia de la Tradición para adherirse a una forma de ser cada vez más vacía: una tendencia que encuentra en la hipocresía farisaica su expresión más evidente y que justifica y explica el gran número de profetas surgidos en el seno del pueblo judío con la misión de corregirlo y llevarlo de vuelta a las enseñanzas abrahámicas primordiales. Frente al equilibrio entre el "espíritu" y la "letra" que éstas implicaban, los judíos prefirieron romper ese equilibrio a costa del espíritu, y cayeron de ese modo en un formalismo vacío, en una idolatría de la cáscara vacía, en una sumisión ciega y conformista a una Ley que ya no fue considerada como un instrumento de realización espiritual sino que fue objetivamente reducida a la condición de un instrumento de grosera cohesión social [11].

[11] Este equilibrio que privilegia la letra debía necesariamente provocar una reacción en sentido opuesto: la predicación de Jesús, a partir de la cual se desarrolla una religión que sustituye el orden social por el orden espiritual, con la inevitable consecuencia de una legislación social que ya no correspondía a las exigencias sociales. Con el Islam, después, se logró un retorno a la tradición primordial (bajo la forma del monoteísmo de Abraham), de manera que la forma islámica restablece el equilibrio entre el «espíritu» y la «letra», al instituír una legislación sagrada para «este mundo» y al confirmar el papel central del esoterismo.

     Si el capitalismo es por lo tanto en gran parte un producto del "espíritu judío" —el cual está expresado en el formalismo ya mencionado—, una auténtica restauración de lo humano no podría ser llevada a cabo mediante un simple combate contra los efectos últimos, sean ellos la organización capitalista de la economía o los judíos mismos. En otras palabras, sería ingenuo pretender que el proceso de la decadencia caído en la ignominia capitalista puede ser resuelto con simples medidas anti-judías, por más drásticas que ellas puedan ser; las lamentables "persecuciones" de los judíos tienen en realidad, a lo sumo, el sentido de un proceso superficial que deja intacta la raíz del mal, un mal cuyo verdadero origen reside en el espíritu de negación anti-tradicional.

     De aquí que una oposición eficaz al capitalismo y al "espíritu judío" sólo puede desarrollarse allí donde se asuma y se vivan coherentemente, como puntos de referencia en la batalla a librarse, las enseñanzas de la Tradición. Es solamente así, oponiéndose a la anti-tradición en el mismo plano metahistórico donde ella tiene su principio, que será posible restituír al hombre la función de representante de Dios en la Tierra, una función que el proceso de la decadencia histórica ha erosionado poco a poco, hasta que, como resultado final, el estado extremo de la degeneración representado por "Era económica" de que hablaba Sombart, ha reservado al ser humano un único papel: el rol bestial de productor y consumidor de objetos, de acumulador y traficante de cosas materiales.–




MAX WEBER  Y  WERNER SOMBART
Los Judíos y los Calvinistas,
el Capitalismo y el Fin del Mundo Antiguo
por Jorge Álvarez
1º de Abril de 2013


     En  1903 el intelectual alemán Max Weber en su emblemática obra "La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo" atribuyó a la ética emanada del calvinismo el origen de la mentalidad que generó el modelo económico capitalista. Ese ensayo, que a pocos dejó indiferentes, generó debates y polémicas que llegan a la actualidad. Para Weber, la actitud ante la vida que generó la teología calvinista forjó sociedades alejadas del pensamiento generado por el catolicismo, y fue en esas sociedades de individuos reconciliados con el dinero, la riqueza y el beneficio, en las que se destruyó la economía tradicional asociada a los estamentos y a los gremios, y se la sustituyó por un nuevo modelo, basado en una concepción del trabajo como una actividad central de la vida y orientada no a obtener lo razonable para vivir sino a conseguir lucro y riqueza sin límite.

     En 1911 el ilustre sociólogo Werner Sombart publicó un ensayo como respuesta a la teoría de Weber (del que era amigo), titulado "Los Judíos y el Capitalismo Moderno" (The Jews and Modern Capitalism). Para Sombart, no había sido la ética calvinista la enterradora de las formas económicas tradicionales y la impulsora del nuevo modelo capitalista. Los impulsores de esa revolución habían sido los judíos. Tradicionalmente excluídos del sistema económico gremial, según Sombart, fueron ellos los que introdujeron las nuevas formas y relaciones económicas que darían lugar al capitalismo moderno.

     En 2002 el economista judío-francés Jacques Attali escribió la obra "Los Judíos, el Mundo y el Dinero". Para Attali, los judíos contribuyeron de forma decisiva a lo largo de la Historia al desarrollo de prácticas y relaciones comerciales y financieras  que desembocaron en la economía del mundo moderno occidental. Curiosamente, a Attali no le gusta la tesis de Weber, para quien los judíos apenas contribuyeron al desarrollo del capitalismo moderno, pues sus innovaciones nunca pasaron de constituír una especie de "capitalismo paria e irracional". Pero tampoco lo convence la teoría de Sombart, que atribuye a los judíos la responsabilidad exclusiva de la destrucción del modelo económico tradicional católico y su sustitución por el modelo capitalista moderno.

     «El debate rápidamente lanzado alrededor de su imponente obra, hace reconocer a Max Weber como el mayor sociólogo de su época. Y todavía hoy muchos citan con respeto esa suma de ignorancia e ingenuidad, sin ver que —con Marx, a quien detestaba— es una de las principales fuentes del anti-judaísmo alemán.

     «En 1911, otro universitario alemán, mucho más marginal, el historiador y economista Werner Sombart, le responde con "Los Judíos y la Vida Económica", donde pretende rehabilitar el papel de estos últimos en el nacimiento del capitalismo: de hecho se trata de otra caricatura, más desmesurada todavía que la de Weber o la de Marx. Para Sombart —en ello coincide con Marx y discrepa con Weber— los judíos inventaron el capitalismo; pero para Sombart, como para Weber, la moral judía no constituye el fundamento sino de uno de los capitalismos: el propio de la especulación financiera.

     «Sombart habla de los judíos sin decir casi nada acerca de su estatus de prestamistas forzados, de la expoliación multisecular de su ahorro, de la obligación en que se vieron de disimular todo su patrimonio, de la obsesión anti-judaica de la Iglesia y de los príncipes, de la ética solidaria y exigente del Talmud, de su papel en la innovación industrial» (Jacques Attali, op. cit., pp. 338-340).

     A Attali y a los judíos en general les gusta que los autores gentiles reconozcan todo lo mucho de bueno que (según ellos) los judíos han aportado al desarrollo y al progreso de la Humanidad. Sin embargo, rasgan vestiduras cuando se atribuye a los judíos más importancia de la que ellos consideran que se les debe atribuír o cuando se achaca a los judíos la responsabilidad de algún acontecimiento negativo. Entonces se incurre de lleno en el terrible pecado del anti-judaísmo, que tanto puede consistir en decir que los judíos no aportan gran cosa a una determinada actividad en un determinado período o, paradójicamente, en decir lo contrario, es decir, que resultan decisivos. Weber incurrió en el primer pecado, Sombart en el segundo. De forma que dos de los más grandes intelectuales en el campo de la Historia y el de la Sociología, unánimemente reconocidos por la comunidad académica de su época y por la actual, se convierten para los judíos como Attali, un autor de infinita menos talla intelectual que cualquiera de ellos, en "ignorante e ingenuo" el primero, en "marginal" el segundo... y en anti-judíos ambos.

     El hecho de que Weber y Sombart coincidiesen en reconocer a los judíos cierto protagonismo en el capitalismo especulativo y aventurero y se lo negasen en el capitalismo industrial, por mucho que moleste a Attali y a sus hermanos, no es más que la constatación de una realidad absolutamente incuestionable. La diferencia entre ambos radica en que, para Weber, el auténtico capitalismo debe su desarrollo a la ética calvinista, siendo el papel de los judíos marginal, mientras que para Sombart, son los judíos los auténticos padres de la criatura.

     La realidad es que el sistema económico tradicional-gremial-estamental llevaba conviviendo desde la Edad Media con las prácticas capitalistas de los judíos sin que éstas hubiesen podido mellar en lo sustancial sus fundamentos. Las prácticas judías, toleradas y fomentadas casi exclusivamente por reyes, príncipes y grandes señores en su exclusivo beneficio (y en el de los judíos que tomaban como consejeros, financieros y recaudadores), eran absolutamente despreciadas por las masas cristiano-católicas,  los campesinos, los artesanos, los comerciantes, los concejos de pueblos, villas y ciudades, el bajo clero...

     Esas prácticas judaicas y las de la economía general del mundo cristiano eran en gran medida compartimentos estancos. Los judíos despreciaban la forma de actuar de los cristianos tanto como éstos despreciaban la de aquéllos. El andamiaje sobre el que se sustentaba el modelo económico cristiano apenas resultaba contaminado por las prácticas de los judíos, que eran visceralmente mal vistas por la inmensa mayoría de la sociedad. Los judíos se situaban al margen de la vida económica cristiana, y la escasa influencia que ejercían sobre ella era, además, considerada como negativa.

     Los judíos no eran más que minorías de individuos infieles, tolerados en mayor o menor medida según el momento y el lugar, pero rechazados por la sociedad y en general despreciados. Y por lo tanto, su capacidad para cambiar las reglas del sistema desde esta posición exógena y marginal era mínima. Recurrir a la usura de los prestamistas judíos no era algo de lo que un cristiano se sentía orgulloso. Nadie acudía al préstamo a interés de buena gana y con la conciencia limpia. Las prácticas económicas judías, netamente capitalistas, constituían un universo aparte respecto al cual existía un consenso en considerarlas nocivas. Pero, con la herejía Protestante y su expansión por media Europa, ese consenso se quebró y la división de la cristiandad fue la cuña a través de la cual las prácticas económicas judaicas comenzarían de verdad a contaminar al mundo cristiano, hasta que, en un lento proceso que llega hasta hoy, éste acabó asumiéndolas como propias.

     ¿Cómo era el sistema económico cristiano-católico que los judíos contribuyeron decisivamente a destruír? Era un sistema basado en reglas tradicionales emanadas de la ética católica. Los artesanos y comerciantes trabajaban para vivir decorosamente, pero no hacían del trabajo un fin en sí mismo ni concebían su actividad profesional como un medio para obtener riquezas y beneficios ilimitados. Las prácticas económicas se basaban en relaciones fundamentadas en la tradición y en la costumbre, según eran percibidas por los estamentos y las instituciones de la sociedad, los gremios y los concejos. Artesanos y comerciantes trabajaban las horas justas para obtener lo necesario para vivir dignamente. En su mentalidad no cabía la idea de sustraer tiempo al ocio habitual ni a los días festivos para aumentar la producción, o cerrar más operaciones comerciales de las necesarias, ni tampoco la idea de competir con otros artesanos o comerciantes de los alrededores. Cada uno tenía sus clientes habituales y no aspiraba a conseguir más a costa de sustraérselos a otro. Y cada uno debía circunscribir su actividad profesional a su localidad y no intentar salir de ella ampliando su negocio a las localidades vecinas.

     Tampoco se consideraba ético salir a la "caza" del cliente. El comerciante debía permanecer en su establecimiento y vender al cliente que entraba en él. Las prácticas agresivas de captación de clientes saliendo en su busca para ofrecerles productos en las calles o visitándolos en sus domicilios era algo absolutamente fuera de lugar. La competencia era una práctica considerada desleal. Y lo mismo cabe decir de utilizar los precios como reclamo para vender más. Las mercancías valían lo que valían y los precios eran los que tanto los vendedores como los compradores consideraban justos según la tradición y la costumbre del lugar. Bajar los precios para vender más y captar clientes de otros vendedores era igualmente una práctica deshonrosa. La estabilidad de precios era un valor que había que respetar y conservar. La norma central era contentarse con unas ganancias justas, las necesarias para mantener el nivel de vida digno que correspondía al estatus de la persona según la tradición y las costumbres locales, emanadas de la ética católica.

     El trabajo no era más que un medio al que había que dedicar el tiempo estrictamente necesario para alcanzar ese fin. Trabajar más y competir mejor para ampliar la cartera de clientes a expensas de otros colegas y expandir el negocio fuera de sus límites habituales para obtener cada vez más beneficios, sólo podía conducir a romper el equilibrio sobre el que se sustentaba la sociedad, y a generar desigualdades y conflictos permanentes. El mayor valor no era la acumulación de riqueza a cambio de esfuerzo y riesgo, sino la existencia tranquila en un entorno de seguridad. Según Sombart,

     "Éste fue el mundo que los judíos asaltaron. En cada etapa actuaron contra los principios del orden económico. Esto resulta bastante evidente a la luz de las quejas unánimes de los comerciantes cristianos en todas partes" (Sombart, op. cit., p. 127).

     No obstante, ni Weber ni Sombart aciertan en su análisis. Y mucho menos aún Attali. Las prácticas económicas de los judíos eran capitalistas cuando el capitalismo era algo despreciado por el mundo cristiano-católico. Pero, para imponerse, necesitaban un cambio de paradigma en la cristiandad, y la herejía Protestante se lo dio. El calvinismo fue el terreno abonado sobre el que germinó el capitalismo judío. Ocurre que tanto Weber como Sombart eran alemanes luteranos y en consecuencia, ambos sentían poco respeto por el judaísmo. Para Weber, el capitalismo fue algo positivo, para Sombart, no tanto. Por lo tanto, el primero restó protagonismo a los judíos y el segundo se  lo otorgó en exceso.

     La realidad es que la respuesta a la pregunta por el origen del fin del mundo antiguo es evidente: la simbiosis calvinismo-judaísmo.–



JUAN CALVINO
Su Delirante Teología Favoreció el Triunfo de la Cosmovisión
Talmúdica entre Gran Parte del Mundo Cristiano
por Jorge Álvarez
25 de Octubre de 2011


     La Reforma Protestante, y sobre todo en su vertiente calvinista, supuso una evidente judaización del cristianismo. La idea de Lutero de retornar a una Iglesia más auténtica, idea que está en la base de todos los movimientos religiosos de carácter integrista, desembocó en una serie de reformas teológicas, doctrinales y litúrgicas que rechazaban gran parte de la evolución de la Iglesia en los siglos anteriores, acercando el cristianismo reformado a las formas semíticas de la Iglesia primitiva.

     En las sectas calvinistas, que pronto se convertirían en las mayoritarias dentro del Protestantismo, esa involución se hizo absolutamente evidente. La obsesión por la literalidad de la Biblia condujo a los calvinistas a una interpretación del Antiguo Testamento prácticamente idéntica a la que hacen los judíos. Mientras la Iglesia Católica interpretaba el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo y ponía el acento en el Dios Misericordioso, en el Padre del que hablaba Cristo, los calvinistas recuperaron a Yahvé, el dios celoso y vengativo de los hebreos y lo colocaron en un primer plano de su devoción.

     "Otra ventaja para los judíos, no menos importante que las anteriores, estaría constituída por el hecho de que las sectas protestantes se volviesen hacia la Biblia como instrumento dotado de una autoridad fundamental. La tendencia humanista de acudir a los documentos originales asumiría en este caso un aspecto religioso. Para los cristianos, la Biblia comprende por igual el Antiguo Testamento y el Nuevo. Pero la aspiración de construír una sociedad cristiana mejor y un Estado más perfecto haría que varias sectas cristianas y destacados pensadores Protestantes retornasen a los sistemas y los objetivos de la Ley tal como se hallan expresados en el Antiguo Testamento por medio de la conducta de los jueces, los profetas y los reyes de Israel. La Biblia hebrea y el idioma hebreo pasaron así a erigirse en valores religiosos, sociales y políticos de primordial significado en la sociedad Protestante y en su cultura propia" (Hayim H. Ben-Sasson, A History of the Jewish People, p. 761).

     La obsesión por la letra del Antiguo Testamento los condujo, como a los judíos, al rechazo de las imágenes en los templos, por identificar, equivocadamente, esa presencia como idolatría. Al negar la existencia del magisterio de la Iglesia y abogar por el libre examen de la Biblia, entendieron que no debía haber "intermediarios" entre Dios y los fieles, y acabaron con el sacerdocio y con las órdenes religiosas. Las comunidades calvinistas prescindieron de los clérigos, sus oficios religiosos los presidían "pastores", una figura casi idéntica a la de los rabinos, y se regían por consejos de ancianos o notables, como las juderías de la diáspora. La identificación con el Antiguo Testamento también traspasó a los calvinistas —a través de la demencial doctrina de la predestinación— el concepto de "pueblo elegido" y el sectarismo inherente al mismo, traducido en un absoluto desprecio por los paganos y por los "idólatras papistas", en la misma forma en la que el judaísmo rabínico desprecia a los gentiles.

     La idea de la predestinación habría de provocar en los calvinistas una actitud ante la vida muy similar a la de los judíos. Según esta cruel doctrina, Dios habría elegido de forma caprichosa ("porque le plugo"), desde antes de la creación, a un reducido grupo de almas para la salvación, y de forma igualmente arbitraria habría condenado, para la eternidad, al resto. Éstos, los réprobos, nacen "muertos" por el pecado, y como los "muertos" no pueden darse la vida a sí mismos, nada pueden hacer para evitar su fatal destino. Los elegidos, en cambio, han sido tocados por la gracia divina, y como ésta, al ser un don de Dios, es irresistible, hagan lo que hagan, se salvarán.

     El fatalismo de esta doctrina provocó en los calvinistas una angustia asfixiante y los empujó a intentar encontrar alguna forma de tener la certeza de que pertenecían al grupo de los predestinados para la salvación. Naturalmente ellos estaban convencidos de que todos los paganos y los católicos eran réprobos, y que los predestinados para la salvación necesariamente serían miembros de las comunidades calvinistas. Pero eso no era suficiente, debía haber algún signo externo que pudiese otorgar la certeza de pertenecer al reducido colectivo de los elegidos. Y de forma increíble, llegaron a la conclusión de que un buen calvinista de vida austera y esforzada que se hacía rico, agradaba a Dios, y esto era señal inequívoca de salvación.

     Naturalmente, un católico podía ser rico, pero como era un idólatra, no agradaba a Dios y, en consecuencia, necesariamente sería uno de los réprobos. Aunque esta argumentación, no ya para un católico sino para cualquier conciencia no enferma, resulte disparatada, constituye sin embargo un dogma entre los calvinistas de todo el mundo. La ética del calvinista se convierte así en la misma ética del judío. Frente a la doctrina católica que tradicionalmente valoró la humildad y la pobreza, una gran parte de la cristiandad comenzó a rechazar estos valores para asumir los del judaísmo talmúdico. Dejemos que un judío ilustre, como Attali, lo explique:

     «Luego, los reformadores proponen una revisión mayor de la ética económica. El dinero deja de ser sucio; está permitido hacerlo trabajar. Calvino autoriza que los "pastores" practiquen el préstamo a interés en virtud de los "piadosos esparcimientos que dispensa a los ministros del culto". ¡Exactamente lo que dicen los rabinos desde hace quince siglos!» (Jacques Attali, op. cit., p. 245).

     Paul Johnson, ferviente admirador de los judíos y del capitalismo especulativo, manifestó con admiración indisimulada:

     "Una de las principales contribuciones de los judíos al progreso humano consistió en obligar a la cultura europea a reconciliarse con el dinero y su poder" [1].

[1] Paul Johnson, Historia de los Judíos, p. 253. No hay más que ver, en esta época de crisis generada por la falta de control sobre el capital especulativo, hasta dónde nos ha conducido el poder del dinero.

     Y también,

     "Juan Calvino estaba mejor dispuesto hacia los judíos, en parte porque tendía a coincidir con ellos en la cuestión del préstamo a interés" (Ibid., p. 249).

     Para Calvino y sus sectarios, la Ley cristiana y la Torá judía son exactamente la misma cosa, y rechazan frontalmente la doctrina católica que defiende una prevalencia del Nuevo Testamento sobre el Antiguo al afirmar que el primero completa y da luz al segundo.

     "Los que no comprendieron esto se imaginaron que Cristo era otro Moisés, que había promulgado la Ley evangélica para suplir los defectos de la Ley mosaica. Y de ahí nació la sentencia tan difundida de la perfección de la Ley evangélica, como mucho más ventajosa que la antigua, doctrina que es en gran manera perjudicial. Pues claramente se verá por el mismo Moisés, cuando expongamos en resumen,  los mandamientos, cuán gran injuria se hace a la Ley de Dios al decir esto. E igualmente se sigue de semejante opinión que la santidad de los padres del Antiguo Testamento no difería mucho de una hipocresía. Y, en fin, esto sería apartarnos de aquella verdadera y eterna regla de justicia.

     "Cosa muy fácil es refutar este error. Pensaron los que admitieron esta opinión que Cristo añadía algo a la Ley, siendo así que solamente la restituyó a su perfección, purificándola de las mentiras con que los fariseos la habían oscurecido y mancillado" (Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, libro II, capítulo VIII).

     Esta admiración por la literalidad del Antiguo Testamento, como ya vimos, acercó a los calvinistas a los judíos. Éstos comprendieron rápidamente que los cambios revolucionarios que introducía la Reforma en las sociedades en las que se imponía, jugaban claramente a su favor. En concreto, la prohibición de las órdenes religiosas acarreaba la desaparición de frailes y monjes, los brazos ejecutores de la ortodoxia católica, los guardianes de la Fe, a quienes tanto odiaban los judíos.

     Además, la doctrina calvinista impuso una cosmovisión básicamente idéntica a la del judaísmo: Dios no es padre de todos los hombres sino sólo de unos pocos escogidos; en consecuencia, los demás, los no elegidos, los réprobos, no merecen la más mínima atención de los elegidos, pues, si Dios mismo los ha rechazado nada se puede hacer por ellos. Y si nada se puede hacer por ellos, dado que están condenados por Dios, no es pecado explotarlos como esclavos ni asesinarlos para quedarse con sus tierras.

     De esta forma los puritanos anglosajones que colonizaron América del Norte se veían a sí mismos como las tribus de Israel exterminando a los paganos idólatras de Canaán liderados por Josué. La interpretación literal del Antiguo Testamento les permitía encontrar una justificación moral a su política de exterminio de las comunidades indígenas. Dios los había elegido a ellos, igual que a los antiguos israelitas, para ocupar la nueva tierra prometida, establecer en ella una comunidad de santos elegidos y efectuar una limpieza de paganos salvajes réprobos e idólatras.

     Mientras los españoles llegaban a América con misioneros para convertir a los indígenas, los calvinistas anglosajones llegaban como el nuevo pueblo elegido por Dios para exterminarlos y quedarse con sus tierras, tal y como Josué había hecho con los paganos cananeos. Y tal y como los israelíes han hecho en Palestina desde 1947 hasta hoy.–





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