BUSCAR en este Blog

lunes, 19 de octubre de 2015

Spengler y el Nacionalsocialismo, Coincidencias y Diferencias



     Presentamos en esta oportunidad una selección de tres capítulos (el 3º de la 1ª parte, el 2º de la 2ª parte y las conclusiones finales) del escrito "Oswald Spengler, ¿Precursor del Nacionalsocialismo?" del historiador Javier Abella Romero, tesis presentada en una universidad venezolana en 2011. Aquí el autor analiza primeramente las ideas contenidas en el ensayo de Spengler "Prusianismo y Socialismo" (1919), que compartirían algunos lineamientos con el Nacionalsocialismo; y luego se refiere a la obra "Los Años Decisivos" (1933), con la cual Spengler manifestaría su distanciamiento oficial de dicho movimiento. Las sucintas conclusiones aluden también a algunos otros temas que son tratados en el resto de dicha tesis, pero sin embargo redondean perfectamente lo planteado por el autor en este buen trabajo.




"PRUSIANISMO Y SOCIALISMO".
Sus Coincidencias con el Discurso Nacionalsocialista


     Como ya hemos visto, la derrota de 1918 había acarreado numerosas calamidades para Alemania. El Káiser había tenido que abdicar y se había instaurado un gobierno presidido por el príncipe liberal Max de Baden para tratar de salvar la monarquía, pero este nuevo gobierno a su vez se desmoronó a los pocos días, cuando se produjo un alzamiento de las tripulaciones de la flota alemana ante el intento de los oficiales de marina de hacerse a la mar para salvar su honor en una última batalla con los británicos. La revuelta pronto se extendió a la población civil, y empezaron a organizarse "consejos de soldados y obreros" siguiendo el modelo de los soviets rusos. Ante la emergencia, se formó un gobierno presidido por Friedrich Ebert, el líder de la mayoría socialdemócrata en el Reichstag. Este nuevo gobierno declaró la República y designó delegados para la firma del armisticio el 11 de Noviembre. Así, fue al gobierno democrático a quien correspondió enfrentar las consecuencias de la derrota, entre ellas la firma del Tratado de Versalles, documento que imponía a Alemania una serie de duras restricciones militares y políticas, así como el pago de reparaciones de guerra a las potencias vencedoras. Este hecho provocaría que muchos alemanes vieran a la nueva República y a la democracia como traidores que habían entregado el país al enemigo.

     El Gobierno socialdemócrata procuró restablecer el orden, pero continuaron produciéndose revueltas propiciadas por los socialistas radicales. En Enero de 1919 se produciría en Berlín un alzamiento armado del movimiento espartaquista —integrante del recientemente creado Partido Comunista Alemán—, el cual pretendía llevar la revolución marxista hasta sus últimas consecuencias. En Múnich se produjo una serie de revueltas que se iniciaron con la declaración de una República revolucionaria bávara (Noviembre de 1918) y que fueron imponiendo consecutivamente Gobiernos cada vez más radicales.

     El gobierno del Reich, temiendo que se suscitara en el país el tipo de "terror rojo" que imperaba por entonces en Rusia, y para detener la anarquía, aprobó el reclutamiento de bandas fuertemente armadas, formadas por una mezcla de veteranos de guerra y hombres más jóvenes, grupos que serían conocidos como los "cuerpos libres" o freikorps (esta misma medida sería adoptada por el Parlamento bávaro). Esos grupos se encargaron de aplastar las rebeliones, tanto en Berlín como en Múnich, y pronto actuarían fuera del control del Gobierno socialdemócrata, convirtiéndose en la fuerza de choque de la Derecha.

     Esta serie de dramáticos acontecimientos afectaron sin duda alguna a todos los alemanes. Algunos —los que militaban en la Izquierda radical— se animaban porque creían en la posibilidad de que la revolución marxista triunfaría finalmente en Alemania, y otros —los del centro y la Derecha— temiendo que eso sucediera, buscaban los medios de impedirlo. Oswald Spengler se ubicaba en el segundo grupo, y por ello creyó su deber patriótico el intervenir de manera más directa en la arena política para advertir a sus compatriotas acerca del peligro marxista.

     Las preocupaciones que asaltaban al autor de La Decadencia de Occidente aparecen claramente expresadas en una carta que éste escribió a su amigo Hans Klores el 18 de Diciembre de 1918. En ella Spengler expresaba "el disgusto y la pena" que le habían causado los "ignominiosos" eventos políticos ocurridos en los meses subsiguientes al fin de la guerra. Tan afectado se había visto, que decía: "he pensado con frecuencia que no sería capaz de sobrevivir". No se trataba solo de la derrota que representaba "el colapso de todo lo que yo había estimado y tenido por más querido", continuaba Spengler, sino de "nuestro comportamiento durante estas semanas de la mayor vergüenza que jamás nación alguna ha tenido que vivir, cuando todo lo que es llamado honor y dignidad alemana ha sido arrastrado en el fango por los enemigos externos e internos", y Spengler se lamentaba de que "hemos probado que la mayoría de nosotros, sin distingo de clase, somos una chusma vulgar y sin honor". El autor de La Decadencia de Occidente afirmaba haber visto de primera mano algunas de las escenas revolucionarias del 7 de Noviembre y "casi haberme ahogado de horror". Se mostraba igualmente escandalizado por la forma en que el Káiser Guillermo II había sido "expulsado", y la vileza e ingratitud que las masas habían mostrado hacia ese gran líder. Pero luego, afirmaba el autor, había empezado a considerar las cosas con más calma.

     Spengler había llegado a la conclusión de que los hechos que se habían sucedido en Alemania a partir de la abdicación del Káiser tenían gran similitud con lo sucedido durante la Revolución francesa, pues ésta fue la culminación de un proceso de desgaste y deterioro de la monarquía, iniciado mucho antes de 1789 por la burguesía francesa, de tal forma que cuando el pueblo irrumpió en la escena política —con acciones como la toma de La Bastilla—, se le hizo muy fácil derribar las ya débiles bases de aquella monarquía. Luego, la violencia y la anarquía se habían adueñado de la escena política —tal como sucedía entonces en Alemania— hasta que un hombre fuerte (Napoleón) se había hecho con el poder absoluto, instaurando una dictadura, la única forma de gobierno capaz de restablecer la paz y el orden internos. Spengler pronosticaba que esto mismo sucedería en Alemania; por tanto era preciso esperar y mientras tanto aprovechar las ventajas que el socialismo podía ofrecer: la organización de las comunicaciones y la producción por parte del Estado, la conversión de los ciudadanos en servidores del Estado y una conducción autoritaria para controlar todo. Esto era lo que siempre había querido realizar la dinastía Hohenzollern, y ahora el Estado socialista lo realizaría. Pero paulatinamente "el viejo elemento prusiano con sus incalculables reservas de disciplina, poder de organización y energía" tomaría la conducción, acompañado de "la parte respetable de la población trabajadora", para vencer la anarquía (Spengler Letters, pp. 68-70).

     Estas ideas sobre el socialismo que, en forma embrionaria, bullían en la mente de Spengler a finales de 1918, no se reservarían para sus amigos. Muy pronto empezó a desarrollarlas y ponerlas sobre papel para convertirlas en un ensayo político llamado "Prusianismo y Socialismo". La importancia que revestía este tema para el autor lo llevó a detener su trabajo en el segundo tomo de La Decadencia de Occidente para dedicarse de lleno al nuevo libro, que se publicaría en 1919.

     La obra se iniciaba afirmando que la polarización política y el caos que sufría Alemania desde el final de la Primera Guerra Mundial se había engendrado de un trágico malentendido. Los socialistas y los conservadores alemanes, enemigos que se odiaban a muerte, eran en realidad una y la misma cosa. Su mutua hostilidad había permitido a sus verdaderos enemigos —los que apoyaban el parlamentarismo y la democracia— ganar la batalla constitucional. Pero esta derrota era necesariamente temporal, decía Spengler. Si los socialistas y los conservadores pudieran llegar a darse cuenta de la semejanza de sus objetivos, entonces podrían unirse para derrocar el gobierno parlamentario de Weimar y establecer un tipo de gobierno acorde con el espíritu alemán. El propósito de Prusianismo y Socialismo —como el título implicaba— era probar la posibilidad cierta de esa alianza.

     Basándose en los postulados de La Decadencia de Occidente, Spengler afirmaba que así como cada cultura tiene un alma única, así mismo cada nación o pueblo dentro de esa cultura tiene su propia interpretación particular del espíritu general. Desarrollar ese modo de vida, despertar las potencialidades de su determinado grupo cultural, sería la misión histórica de cada pueblo. Según este mismo razonamiento, todo esfuerzo que se hiciera para organizar una sociedad en oposición al espíritu nacional obtendría naturalmente resultados negativos.

     Desde la primavera de la cultura occidental, tres naciones europeas habían heredado ideas universales: los españoles desarrollaron la idea del catolicismo militante; los ingleses conquistaron otros pueblos en nombre de una visión depredadora y mercantilista del imperialismo, heredada de sus ancestros vikingos; los prusianos inventaron el Estado burocrático de servicio. En oposición a estos tres destacados pueblos, los franceses y los italianos —afirmaba Spengler— podrían concebir únicamente muy pobres objetivos políticos y culturales.

     En Prusianismo y Socialismo se afirmaba que el marxismo había tergiversado el verdadero sentido del socialismo convirtiéndolo en una teoría económica, en una doctrina del dinero y del estómago. El verdadero socialismo consistía en que cada ciudadano antepusiera su deber para con el Estado a sus intereses individuales, que los gobernantes guiaran a este pueblo obediente con mano firme y le indicasen el mejor camino, siempre pensando en la prosperidad y el fortalecimiento del Estado. En este último sentido, el único pueblo capaz de engendrar verdaderos socialistas era el pueblo alemán, que había entendido e internalizado el estilo de vida prusiano. Cualquier intento por establecer un tipo de gobierno distinto a este socialismo prusiano, como lo era la democracia parlamentaria —que estaba iniciándose en Weimar—, sería una especie de traición. Significaría imponer a los alemanes un sistema de gobierno que era exitoso en Inglaterra, porque expresaba el crudo individualismo del espíritu inglés, pero que por esa misma razón estaría fuera de lugar en Alemania. La democracia parlamentaria y constitucional sería un veneno para la nación, y sus patrocinadores representaban una invasión del espíritu inglés en el cuerpo político de la nación alemana.

     "Entre todos los pueblos de la Europa Occidental", escribió Spengler, "únicamente estos dos están marcados por una estricta articulación social". El uno tiene una ética del éxito, el otro una ética del deber. "La sociedad inglesa se fundamenta en la distinción entre pobre y rico; la sociedad prusiana en la distinción entre comando y obediencia (...) La democracia en Inglaterra significa la posibilidad para cualquiera de volverse rico; en Prusia, la posibilidad de alcanzar los más altos rangos" (Spengler, Prusianismo y Socialismo, Santiago de Chile, 1935, p. 93).

     Para encontrar las bases de una sociedad alemana correctamente organizada se debería volver la vista al pasado, a los tiempos de Federico Guillermo, el padre de Federico el Grande y fundador de la tradición prusiana basada en la disciplina burocrática y militar, hacia quien Spengler extendía el paradójico título de "el primer socialista consciente". En la misma tradición se ubicaría la gran máxima familiar de Federico el Grande: "Yo soy el primer sirviente del Estado". Bismarck también siguió este principio de jerarquía y disciplina cuando fundamentó el Reich Alemán en la fuerza militar. Visto en la perspectiva de un "socialismo prusiano", la subsecuente política bismarckiana de legislación social no era una contradicción sino más bien un complemento lógico a la tradición conservadora. Los fundadores de las grandes industrias alemanas también hicieron una contribución esencial, aunque en una forma distinta. Aún el mismo August Bebel [1840-1913], líder de los socialdemócratas alemanes durante la pre-guerra, estaba actuando dentro de la tradición prusiana cuando organizó a la clase obrera alemana como una férrea y disciplinada fuerza de batalla.

     Si Bebel era un gran socialista alemán, esto era a pesar de su dependencia ideológica de Marx, afirmaba Spengler, pues Marx nunca entendió el verdadero principio del socialismo alemán; él nunca hubiera podido apreciar el dictamen "todo verdadero alemán es un trabajador". El autor de El Capital, quien vivió la última parte de su vida en Inglaterra, basó su trabajo en las condiciones inglesas, y desarrolló su concepto de socialismo en un contexto inglés. Su doctrina se alimentó en base a la envidia del pobre hacia el rico, típica de los ingleses. El ideal de los proletarios marxistas es desplazar a los capitalistas —"expropiar a los expropiadores"— y luego vivir como ellos una placentera vida de ocio. Es un ideal privado, egoísta y realmente anti-socialista. "El marxismo es el capitalismo de las clases trabajadoras" (Prusianismo y Socialismo, p. 99).

     El verdadero socialismo —socialismo alemán— no significa nacionalización mediante la expropiación o el robo, afirmaba Spengler:

     "En general, no es una cuestión de posesión nominal sino de técnica en la administración. Comprar empresas sin moderación y sin propósito en nombre de una consigna y ponerlas bajo la administración pública en lugar de la iniciativa y responsabilidad de sus propietarios, quienes perderán eventualmente cualquier capacidad de supervisión, todo eso significa la destrucción del socialismo. La vieja idea prusiana era poner bajo control legislativo la estructura formal de toda la fuerza productiva nacional, preservando al mismo tiempo cuidadosamente el derecho de propiedad y herencia, y dejando espacio para el tipo de empresa personal, talento, energía e intelecto desplegado por un hábil jugador de ajedrez, que juega dentro de las reglas y disfrutando ese tipo de libertad que el mismo dominio de las normas permite. Socialización significa la lenta transformación —que toma siglos en completarse— del trabajador en un funcionario económico y del empleador en un responsable supervisor oficial" (Prusianismo y Socialismo, p. 49).

     Para una sociedad concebida en estos términos, el corporativismo sería la forma lógica de gobierno. Spengler manifestaba sus requerimientos en términos inusualmente específicos cuando afirmaba: "Cuerpos corporativos locales organizados según la importancia de cada ocupación hacia el pueblo como un todo; representaciones superiores en varias jerarquías hasta llegar a un consejo supremo de Estado; mandatos revocables en cualquier momento; sin partidos políticos, ni políticos profesionales, ni elecciones periódicas" (Ibid. p. 50). Sobre este Estado "socialista", sólo una monarquía hereditaria puede presidir propiamente. Pero al mismo tiempo debe ser democrática. "La Democracia, sin importar lo que uno piense de ella, es la forma política de este siglo, la cual no puede dejar de establecerse con éxito. No hay alternativa... excepto la democratización" (Ibid. p. 51). Esto debían entenderlo los conservadores antes de que fuese demasiado tarde. Debían unirse con los trabajadores para fundir en uno sólo los ideales del prusianismo y el socialismo. Ninguno de los dos podría salvarse sin el otro.

     Se ve aquí claramente las implicaciones que tenía el discurso de Spengler. Los intentos de establecer una República Parlamentaria, como lo era Weimar, no podían tener éxito en Alemania, pues eran más afines al espíritu inglés y no compaginaban con el alemán. Tampoco el socialismo marxista podía triunfar pues era una tergiversación del verdadero socialismo arraigado en el pueblo alemán. Aunque Spengler reconocía que la democracia era la forma política del futuro, planteaba más bien un tipo de Monarquía con compromiso social y ciertos derechos de participación para el pueblo. Este "socialismo autoritario" sería la única forma de gobierno que se adaptaría al instinto prusiano, al sentir del pueblo alemán.

     Todo lo anterior nos permite ver claramente por qué, tras la publicación de Prusianismo y Socialismo, Spengler aumentó su número de adeptos en la Derecha tradicional, pero también entre los nacionalsocialistas, pues éstos se identificaban bien con la idea de un Estado corporativista, disfrazado como una especie de socialismo nacional pero comandado desde arriba con disciplina militar. Por otra parte, aunque Spengler era favorable al sistema monárquico, el tipo de monarquía que propugnaba era tan excéntrica que pudo ser confundida con casi cualquier otra forma de gobierno autoritario, como lo sería la posterior dictadura de Adolfo Hitler.

     Aparte de este mensaje central, Prusianismo y Socialismo reafirmaba algunas de las ideas expresadas por Spengler en La Decadencia de Occidente, entre ellas, el desprecio por el idealismo. Al hablar de la "Revolución" alemana, Spengler tildaba de blandos a los socialdemócratas por no llevarla hasta sus últimas consecuencias, y decía que sus acciones sólo confirmaron que su patriarca (entiéndase Marx) no era un creador sino sólo un crítico. Su herencia no era más que "una colección de ideas abstractas, y su proletariado un concepto puramente literario" (Ibid. p. 51).

     En la etapa que se iniciaba —la decadencia— se exigiría a los hombres enfrentarse a los hechos duros de la vida, olvidándose de ilusiones y esperanzas; solo la acción permitiría al hombre occidental enfrentar con éxito los retos de esta época.

     "El tiempo para ideologías elaboradas ha pasado. Nosotros, quienes vivimos en plena Decadencia de la civilización occidental, nos hemos vuelto escépticos. Nos negamos a ser confundidos por sistemas ideológicos. Las ideologías son cosa del siglo pasado. No deseamos ya más ideas ni principios" (Prusianismo y Socialismo, p. 11).

     Spengler reafirmaba la inutilidad de las ideologías en la época de la Decadencia. El escepticismo sería la actitud predominante en el hombre de esta época.

     En otro pasaje, Spengler habló del pragmatismo y la sangre fría que habían mostrado los ingleses en momentos cruciales de su historia, poniendo esto como ejemplo de la actitud a seguir en los nuevos tiempos:

     "El inglés trata de persuadir al enemigo doméstico de la debilidad de su posición. Si no tiene éxito, simplemente toma la espada o la pistola en sus manos y, evitando el melodrama revolucionario, le presenta al enemigo sus opciones. Decapita a su rey porque el instinto le dice que esto es requerido como un símbolo. Para él este tipo de gesto es un sermón sin palabras" (Ibid. p. 25).

     En esta obra también reaparecía la imagen heroica de la muerte. En un pasaje en el cual Spengler criticaba a la "Revolución" alemana de Noviembre de 1918, se expresaba lo siguiente:

     "El escenario clásico de las revoluciones europeas occidentales es Francia. La resonancia de frases altisonantes, los torrentes de sangre sobre el pavimento, la santa guillotina, las penosas noches de los incendios, la muerte heroica en las barricadas, las orgías de las masas desquiciadas, todo esto viene a resumir el espíritu sadista de esa raza. El repertorio completo de palabras y acciones simbólicas para lograr una perfecta revolución proviene de París y nosotros sólo hemos producido una mala imitación de ella. (...)

     "Nosotros producimos pedantes, niños de escuela y chismes en el palacio Real y en Weimar, penosas demostraciones en las calles, y en el fondo una nación observando indiferente. Una verdadera revolución debe involucrar a todo el pueblo: un solo clamor, un solo furor, una sola meta. La verdadera Revolución Socialista Alemana se escenificó en 1914. Transpirando con un legítimo estilo militar. (...)

    "La grandes revoluciones se pelean con sangre y hierro" (Ibid. pp. 25-27).

     Las ideas expresadas en Prusianismo y Socialismo parecen realmente muy cercanas a las que luego aparecerían en los discursos nacionalsocialistas. Veamos, por ejemplo, cómo Hitler atacaba al parlamentarismo y hablaba del tipo de gobierno que el creía más apropiado para Alemania:

     "En oposición a ese parlamentarismo democrático está la genuina democracia germánica de la libre elección del Führer, quien se obliga a asumir toda la responsabilidad de sus actos. Una democracia tal no supone el voto de la mayoría para resolver cada cuestión en particular, sino llanamente la voluntad de uno solo, dispuesto a responder de sus decisiones con su propia vida y hacienda" (Hitler, Mi Lucha, p. 29).

     En la introducción al Mein Kampf de una edición de 1933 un prologuista anónimo afirma:

     "El socialismo nacional que practica el actual régimen en Alemania, revela, en hechos tangibles, la acción del Estado a favor de las clases desvalidas; es un socialismo realista y humano, fundado en la moral del trabajo, que nada tiene en común con la vocinglería del marxismo internacional que explota en el mundo la miseria de las masas" (Ibidem, p. 1).

     Algo que suena bastante parecido a la idea de Spengler de un Estado fuerte y autoritario, pero que también vela por el bienestar de sus ciudadanos.

     Alfred Rosenberg, quien fuera uno de los "ideólogos" del Partido Nacionalsocialista (aunque no siempre aprobado por Hitler), describía el Nacionalsocialismo en uno de sus escritos de la siguiente manera:

     «¿Nacional-socialismo o socialismo-nacional? (...) Si se emplea el concepto "socialismo nacional" en lugar de "nacional-socialismo", podría fácilmente expresarse la idea de que el socialismo es la idea principal, mientras que lo nacional no sería más que un adjetivo que califica de una cierta manera al concepto más importante. Y en realidad es más bien lo contrario: lo eterno, lo que nosotros quisiéramos mantener a través de sus formas cambiantes es el pueblo. (...) Desde este punto de vista, el socialismo, depurado del marxismo, aparece como un medio político al servicio del individuo y de la comunidad para proteger la unidad del pueblo de los apetitos particulares desenfrenados» (Rosenberg, Alfred, "Nationaler Sozialismus", Volkischer Beobachter 1/II/1927, cit. en T. Buron y P. Gauchon, Los Fascismos, FCE, 1983, pp. 116-117).

     Joseph Goebbels por su parte, explicaba en estos términos las bases del nacionalsocialismo:

     "El socialismo no es solamente un asunto que le atañe a la clase oprimida; es más que esto, es el tema de todos aquellos para quienes la liberación del pueblo alemán de su esclavitud constituye el sentido y la finalidad de toda política de hoy. (...) (Sin el nacionalismo) el socialismo no es nada, un fantasma, una teoría fraguada, un espectro, un libro. ¡Con él es todo, el porvenir, la libertad, la patria!.

     "Éste fue el pecado de la burguesía liberal: no haber visto en el socialismo una fuerza creadora del Estado (...) El pecado del marxismo fue el de rebajar el socialismo al nivel de una doctrina del salario y del vientre, y manejarla para hacer de ella una enemiga del Estado y de la existencia nacional" (Goebbels, Der Angriff 16/VII/1928, cit. en Los Fascismos, p. 118).

     También podemos mencionar un intercambio epistolar entre Hitler y Otto Strasser (líder nacionalsocialista de tendencia izquierdista), en el cual el primero habla —en términos muy similares a los utilizados en Prusianismo y Socialismo— acerca del socialismo y el tipo de gobernantes que necesita Alemania:

     "Yo soy socialista, pero de un tipo de socialismo muy diferente (...) Vuestra variedad de socialismo no es más que marxismo. La masa de trabajadores no quiere más que pan y circo. Ellos no comprenderán jamás el sentido de un ideal, y nosotros no podemos esperar conquistarlos.

    "Lo que nosotros tenemos que hacer es seleccionar entre una nueva categoría de conductores de hombres que no se dejen gobernar por la moral y la piedad, como vosotros. Los que gobiernan deben saber que ellos tienen el derecho de gobernar porque pertenecen a una raza superior" (Intercambio epistolar entre Hitler y O. Strasser, reproducido en Los Fascismos).

     En este fragmento hay ideas muy parecidas a las expresadas por Spengler en sus obras, como cuando caracteriza al habitante de la Ciudad Mundial, que llega con la Civilización para extinguir los últimos vestigio de la cultura, "el panem et circenses que se manifiesta de nuevo hoy en los concursos de boxeo y en la pista de deportes, todo eso caracteriza bien, frente a la cultura definitivamente conclusa (...) una forma nueva, postrera y sin porvenir, pero inevitable, de la existencia humana" (La Decadencia de Occidente, p. 81). También está presente el rechazo hacia el marxismo y un sentimiento elitista y anti-democrático.

     Como se ve, en Prusianismo y Socialismo hay ideas que parecen acercar en gran medida el discurso spengleriano a aquel que posteriormente usarían los nacionalsocialistas.



LOS AÑOS DECISIVOS:
El Distanciamiento Definitivo del Nacionalsocialismo


     Desde el momento en que saltara a la palestra pública en 1918, Oswald Spengler nunca dio muestras de apoyo hacia los nacionalsocialistas, pero tampoco los rechazó abiertamente antes de que llegasen al poder. Las ideas propagadas por Spengler a través de sus obras y conferencias hicieron pensar a muchos que éste se hallaba de alguna forma en sintonía con los nacionalsocialistas. En 1933, con el ascenso de Hitler a la cancillería del Reich —que significaba el ascenso de los nacionalsocialistas a las esferas más altas del poder—, llegaría el momento definitorio de la complicada relación entre Spengler y aquéllos. Y en ese momento crucial, para sorpresa de muchos, el autor alemán tomaría distancia frente al nacionalsocialismo.

     Esta postura quedaría expresada en Los Años Decisivos, obra publicada a finales de 1933, que significaría un último intento de Spengler por influír en el ámbito político. En los primeros párrafos de esta obra, el autor parecía ubicarse en el bando de los nacionalsocialistas, al afirmar:

     "Nadie podría anhelar más que yo la subversión nacional de este año. Odié, desde su primer día, la sucia revolución de 1918, como traición infligida por la parte inferior de nuestro pueblo a la parte vigorosa e intacta que se alzó en 1914 porque quería y podía tener un futuro. Todo lo que desde entonces he escrito sobre política ha ido contra los poderes que se habían atrincherado en la cima de nuestra miseria y nuestro infortunio, con ayuda de nuestros enemigos, para hacer imposible tal futuro" (Spengler, Años Decisivos, Madrid, 1962, p. 11).

     Sin embargo, luego de esa introducción, Spengler empezaba a expresarse en forma poco halagadora hacia a los nacionalsocialistas. Entre otras cosas, afirmaba que veía con preocupación la forma en que el triunfo de Hitler era celebrado ruidosamente cada día y afirmaba que "sería mejor guardar nuestro entusiasmo para un día de reales y definitivos resultados (...) y si nadie más tiene el coraje de ver y decir lo que ve, yo sí me propongo hacerlo. Tengo derecho a criticar, porque a través de esto he demostrado repetidamente lo que debe pasar, porque eso pasará" (Ibid., p. 15).

     En este libro Spengler seguía la misma línea de pensamiento que vimos en su carta de 1918, dirigida a su amigo Hans Klores: cuando se produce una revolución siempre hay una tendencia a profundizar el proceso revolucionario y mantener una especie de "agitación permanente". Esta situación trastorna el orden y dificulta el cumplimiento de las funciones básicas de gobierno. Cuando
la sociedad se ve sumergida en el caos, empieza entonces a tomar fuerza un grupo más pragmático que sustituirá finalmente el "des-gobierno" revolucionario sustituyéndolo por un gobierno autoritario. En el caso de Alemania, esto significaba que el "elemento prusiano" —las fuerzas conservadoras presentes en la sociedad alemana— terminarían imponiéndose.

     Así pues, parece que lo que buscaba Spengler era evitar el proceso de agitación que necesariamente seguiría a la "revolución" nacionalsocialista. Pretendía saltar una etapa del proceso para llegar directamente a la fase final: el retorno a un gobierno conservador.

     Spengler criticaba duramente a los nacionalsocialistas pues pensaba que efectivamente estaban transitando la etapa de agitación constante inmediatamente posterior al inicio de la "revolución" (la que el autor quería evitar). Los acusaba de inmadurez política y no dudaba en llamarlos "eternos muchachos" y acusarlos de "delirar como frailes mendicantes" (Años Decisivos, p. 101).

     Sin embargo, las principales críticas de Spengler apuntaban a la preocupación excesiva de los nacionalsocialistas por la política interna, que en apariencia dejaba en segundo plano a la política externa. Para el autor de La Decadencia de Occidente las verdaderas victorias se lograrían en el terreno de la política internacional, llevando adelante una política expansiva que le devolviera a Alemania su nivel de primera potencia europea. Por supuesto que Spengler —quien falleció en 1936— no pudo presenciar cómo aquella prioridad de los nacionalsocialistas hacia la política interna evolucionó rápidamente hacia una política expansionista cada vez más fuerte. Hubiera sido interesante ver su reacción ante esa nueva realidad.

     Por lo demás, el contenido de esta obra era en gran medida una repetición de temas previos. Se mostraban los ya familiares ataques a líderes marxistas y una más reciente obsesión de Spengler sobre el peligro "de color", acompañado de una reiteración de la teoría de las razas como "afinidades electivas" (Ibid. p. 58). Sin embargo, para el desarrollo del pensamiento spengleriano, dos elementos son significativos: la discusión del fascismo italiano, en la cual Spengler por vez primera trata de interpretar el papel histórico de este nuevo fenómeno político; y los planteamientos acerca de la situación política de Alemania en el contexto internacional, la cual expresaba su postura final acerca del imperio Faústico.

     El fascismo, declaraba Spengler, era sólo un régimen de transición:

     "Lo que anticipa el futuro no es la simple existencia del fascismo como partido sino simple y únicamente la figura de su creador. Mussolini no es un líder de partido (...) él es el amo de su nación (...) Mussolini es primero y ante todo un estadista, frío y escéptico, realista, diplomático (...) Mussolini es un conductor de hombres con la astucia de la raza sureña en él, igual que los condottieri del Renacimiento, y es por ello capaz de presentar su movimiento en total consonancia con el carácter de italia —ópera nacional— sin llegar a ser intoxicado por él" (Ibid. p. 171).

     "Como un partido de masas con ruido y disturbios y (...) oratoria", el fascismo italiano se había mantenido atrás en la Era de la agitación política. Pero en la figura de Mussolini había servido el futuro proveyendo un modelo de los Césares por venir (Ibid., p. 172).

     Retornando al tema de quién ocuparía el liderazgo en Occidente, Spengler revisó y combinó sus actitudes previas, para dar a sus compatriotas la más clara dirección posible. Su nueva creencia sobre la preeminente importancia del peligro representado por las naciones "de color" lo llevó a insistir con menos intensidad que antes en las hostilidades entre naciones de Occidente. Los fáusticos, predicaba Spengler, deben dejar sus disputas mezquinas y unirse para resistir la amenaza bárbara desde fuera. Así que Los Años Decisivos no repitieron la predicción de un inevitable enfrentamiento final entre Alemania e Inglaterra con el que Prusianismo y Socialismo había concluído. Sin hacer ataques directos a los ingleses, Spengler afirmaba que la nación inglesa no era lo suficientemente fuerte, jóven o saludable, espiritual o racialmente, para combatir esta terrible crisis con seguridad. Por otras razones, tanto Francia como Estados Unidos se habían descalificado a sí mismos. Quedaba únicamente Alemania.

     "¿Por qué es el pueblo alemán", preguntaba Spengler, "el menos exhausto de los pueblos Blancos y por ello el único en el que deben ser depositadas las mayores esperanzas? Porque su pasado político no le ha dejado ninguna oportunidad para desperdiciar su valiosa sangre y sus grandes habilidades. Ésta es la principal virtud de nuestra miserable historia desde 1500: nos ha utilizado escasamente". Frustrada de una gran historia, Alemania ha mantenido un cierto "barbarismo", "una raza fuerte, la eterna figura del guerrero en forma de animal de rapiña". Contra los nuevos bárbaros, podrían servir como un escudo de una vieja civilización, al reunir firmemente todo lo que quedara de sus primitivas virtudes tradicionales (Ibid., p. 225).

     Los nacionalsocialistas no reaccionaron de inmediato. Todavía en Octubre de 1933 el mismísimo Joseph Goebbels (quien en su juventud leyó a Spengler) escribió una corta misiva al autor de La Decadencia de Occidente solicitándole un artículo que sirviera de apoyo a los nacionalsocialistas en su campaña electoral de dicho año, lo que podría verse como el ofrecimiento de una última oportunidad de reivindicación. Spengler declinó la oferta.

     Llegaron a venderse unas 12.000 copias antes de que las autoridades finalmente tocaran la alarma. Algunos ataques de la prensa sólo sirvieron para darle mayor publicidad al libro. Fue sólo tres meses después de la publicación y con 150.000 copias en impresión cuando el gobierno nacionalsocialista finalmente prohibió la mención de Spengler en la prensa y tomó medidas para detener la venta del libro. Estas medidas consiguieron el efecto deseado, pero no pudieron prevenir la circulación sub-repticia de las copias que ya estaban en manos del público (Kornhardt, "Deutschland in Gefahr", p. 6, cit. por Hughes, Henry Stuart, Oswald Spengler: A Critical Estimate, p. 6)..

     Entre el coro de voces nacionalsocialistas que se unieron para condenar a Los Años Decisivos, al menos uno habló de manera oficial por el Partido. En un panfleto que circuló ampliamente, Johan von Leers, líder de la División de Política Exterior e Información Exterior en el Colegio Alemán de Estudios Políticos, trató de desengañar al público alemán de la impresión —aparentemente muy común— de que la filosofía de Spengler era buen nacionalsocialismo. Lejos de ser algo así, Leers afirmaba, Los Años Decisivos era una vía contrarrevolucionaria. Su autor no era más que un escéptico pesimista, un enemigo de los trabajadores, con un "helado desprecio por el pueblo", cuyo verdadero deseo era retornar a la antigua sociedad aristocrática del siglo XIX (Hughes, p. 131). Su teoría racial sobre la "amenaza de color" era un peligroso error, pues le enseñaba a Alemania a desconfiar de Japón, su aliado natural, descuidando a sus enemigos reales en Europa.

     Otros críticos advertían acerca del carácter oscuro y fragmentario de los textos spenglerianos, que dejaba dudas en sus lectores menos sofisticados acerca de su significado real.

     Entre los ofendidos por la actitud de Spengler se contó Elizabeth Forster-Nietzsche, hermana del célebre filósofo, protectora de su archivo, convencida admiradora de Hitler y con quien el autor mantuvo amistad por cerca de 15 años. En Octubre de 1935 Forster-Nietzsche escribió a Spengler manifestándole:

     "Con gran pena me he enterado de que Ud. se ha apartado del Archivo Nietzsche y que no quiere tener más relación con él. Lamento este hecho enormemente y simplemente no puedo comprender por qué razón sucedió. Fui informada de que su actitud hacia el Tercer Reich y su Führer es de una vigorosa oposición, y que su retiro del Archivo Nietzche —que está ligado al Führer con gran devoción— supuestamente está relacionado con ello. Ahora yo sé por experiencia personal que Ud. ha acompañado firmemente nuestro más preciado ideal. Pero es precisamente esto lo que yo hallo incomprensible. ¿Acaso no ofrece nuestro amado Führer el mismo ideal y los mismos valores para el Tercer Reich que Ud. expresó en su Prusianismo y Socialismo? Ahora, ¿qué es aquello que ha causado su fuerte antipatía?" (Spengler Letters, pp. 304-305).

     Muchos críticos de Spengler en esta etapa vieron las declaraciones anti-nacionalsocialistas en Los Años Decisivos como una especie de traición familiar. "Hipnotizado por su propia construcción intelectual y cegado por el prejuicio", Spengler había fallado en reconocer a "sus propios hijos" (Arthur Zweiniger, Spengler im Dritten Reich, 1933, p. 12, cit. en Hughes, p. 131).

     Ésa era en el fondo la verdadera causa de la rabia nacionalsocialista, pues los nacionalsocialistas siempre habían visto a Spengler como uno de lo suyos, poco ortodoxo tal vez, pero en el fondo un verdadero precursor de la "revolución nacional". Ahora, justo en el momento en que él debía haber descartado sus antiguas reservas, en el momento en que pudo incluso beneficiarse de esa admiración que muchos líderes nacionalsocialistas tenían hacia él, eligió alejarse definitivamente de ellos. La confusión y la indignación de los nacionalsocialistas ante la actitud de Spengler puede ejemplificarse claramente en la expresión de Elizabeth Forster-Nietzche: "¿Acaso no ofrece nuestro amado Führer el mismo ideal y los mismos valores para el Tercer Reich que Ud. expresó en su Prusianismo y Socialismo?” (Spengler Letters, p. 305).

     Lo cierto es que en "Los Años Decisivos" Spengler había hecho dos cosas imperdonables: había repudiado abiertamente a los nacionalsocialistas como la gente errada para liderar la revolución por la cual tanto él como ellos habían trabajado durante quince años; y había difundido abiertamente lo que Hitler iba finalmente a realizar pero que en aquel momento no convenía que se ventilaran públicamente, ni en Alemania ni en el exterior: la preservación de las clases gobernantes tradicionales y la búsqueda de la expansión alemana a través de la guerra. Y ésta fue la razón central por la cual los nacionalsocialistas reaccionaron con amargas recriminaciones y una fuerte censura sobre el autor.

     Así pues, hemos visto cómo los elementos que alejan a Spengler del Nacionalsocialismo no parecen tan claros cuando se analizan en detalle, pues, en el tema de la raza y el anti-judaísmo, el discurso oscuro y plagado de imágenes duras tan propio de Spengler, se prestaba a diversas interpretaciones, mientras que en el caso de lo expresado en Los Años Decisivos, su discurso no estaba muy alejado de lo que pensaban los nacionalsocialistas, y sus discrepancias con éstos fueron vistas más bien como ceguera política por parte del autor.



CONCLUSIONES


     En esta investigación hemos intentado desentrañar el verdadero sentido de la relación entre Spengler y el nacionalsocialismo, relación que ha levantado polémicas desde principios del siglo XX hasta estos inicios del XXI.

     Es innegable la gran influencia que en Alemania ejerció Oswald Spengler sobre importantes actores políticos y sobre el público general luego de la publicación de La Decadencia de Occidente. Esa influencia no fue sólo una moda, sino que en realidad se manifiesta bastante profunda cuando vemos que Spengler supo sintetizar, engranar y exponer dramáticamente en sus obras muchas ideas y sentimientos que —en forma fragmentaria y proviniendo de las más variadas fuentes— ya circulaban entre los movimientos de la Derecha alemana desde finales del siglo XIX.

     Analizando en detalle todos los elementos que han sido identificados por los especialistas como fundamentos o "pasiones movilizadoras" del fascismo en general y el Nacionalsocialismo en particular, hemos visto que muchos de dichos elementos aparecen de manera recurrente en el pensamiento de Spengler, y al revisar los discursos y hechos históricos del movimiento nacionalsocialista hemos podido comprobar que —no sólo en cuanto a su fondo sino también muchas veces en cuanto a su forma— la cercanía entre el Nacionalsocialismo y el discurso de Oswald Spengler es evidente.

     Adicionalmente, el análisis particular del libro Prusianismo y Socialismo nos ha mostrado que esa obra puede ser señalada como un hito en la proto-historia del Nacionalsocialismo, como un panfleto premonitorio de muchas ideas y acciones que luego propugnaría y llevaría adelante el Nacionalsocialismo.

     Cuando pasamos a considerar los elementos aparentemente incompatibles entre el pensamiento de Spengler y el Nacionalsocialismo, nos hemos encontrado con que el contraste entre uno y otros no era tan evidente, o que al menos pudo no serlo para los contemporáneos que leyeron o escucharon a Spengler, debido al lenguaje a veces críptico y confuso del autor y sobre todo debido a que su pasión y dramatismo al tratar temas como la raza, dejaban un sabor extrañamente cercano al posterior discurso nacionalsocialista.

     El capítulo final en la vida política de Spengler y en su relación con los nacionalsocialistas, marcado por la publicación de Años Decisivos, nos ha mostrado que las ideas y aspiraciones del autor acerca del papel de la nación alemana como potencia hegemónica mundial no diferían en nada de los objetivos nacionalsocialistas, lo que se haría evidente a partir de 1939. En realidad, el único elemento que parece distanciar a Spengler es su desprecio por la pompa y teatralidad nacionalsocialista, así como el cortejo a las masas en su discurso, sus manifestaciones multitudinarias, y tal vez un poco la tosquedad de sus dirigentes. Esto último se entiende por la preferencia del autor hacia la nobleza como clase gobernante.

     Vemos pues que en el discurso de Spengler, en sus concepciones, ideas, temores y objetivos, se manifiesta una gran cercanía con los que luego serían propios del nacionalsocialismo. El carácter profundamente irracionalista de este último, así como lo fragmentario de su "ideología", pudieron disminuír la influencia directa del pensamiento spengleriano sobre los nacionalsocialistas. Sin embargo, no debemos olvidar que el mismo Spengler era un irracionalista que gustaba de sintetizar su pensamiento en poderosos y dramáticos aforismos, en un estilo muy similar al que luego utilizarían los líderes nacionalsocialistas.

     Por otra parte, la gran relevancia que tuvieron las obras y opiniones de Spengler en la sociedad alemana de la primera posguerra, demuestran que, como mínimo, el autor contribuyó a preparar el ambiente político alemán para la consolidación del Nacionalsocialismo, razón por la cual puede ser señalado —aún a despecho de él mismo— como uno de los precursores del movimiento que se alzaría con el poder en 1933 y que llevaría a los hechos las más terribles premoniciones alguna vez lanzadas por el autor de La Decadencia de Occidente.

     Esta investigación abre un abanico de posibilidades para el estudio de la obra de Oswald Spengler. La teoría de las culturas y las etapas de su desarrollo, la concepción del imperialismo como inseparable de la cultura occidental, y otros temas presentes en las obras del autor alemán, son materia que aún está por estudiarse a fondo. Por otro lado, las reacciones que desde distintos sectores de la sociedad alemana se generaron en torno a La Decadencia de Occidente —y otras obras posteriores de Spengler—, permite vislumbrar la posibilidad de estudios que evalúen la influencia del autor en grupos distintos a los nacionalsocialistas.–





2 comentarios:

  1. Hola, me gustaria este libro. Usted tiene este libro en PDF?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. https://estudioscontemporaneos.files.wordpress.com/2012/04/tesisec2-javier-abella.pdf

      Eliminar