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lunes, 17 de noviembre de 2014

Sobre la Europa Germánica, Visigodos y Cosacos



     Existe publicado un libro que lleva el título de "La Orden SS. Ética e Ideología" de la autora Edwige Thibaut, prologado por León Degrelle. Salió a la luz originalmente en francés en 1991 (L'Ordre SS. Ethique et Idéologie), siendo momentáneamente prohibido en 1992. El libro está esencialmente constituído por textos seleccionados de los cuadernos oficiales de la propia organización SS. De la versión en castellano presentamos ahora tres artículos del capítulo II, que tienen que ver con aspectos de la Historia, publicados primeramente en 1939 y 1944. Son simplemente de ilustración y formación para sus miembros, aunque por cierto tienen interés general. Por supuesto el libro tiene infinitos otros aspectos interesantes y su lectura entrega una perspectiva panorámica de dicha formación político-militar, "la más extraordinaria que haya conocido la Humanidad", según Degrelle, que llegó  a tener un millón de voluntarios de 28 países diferentes durante la Segunda Guerra.





El Nacimiento de la Europa Germánica
hacia el año 500 d.C.
por Hans Jörg Boecker


     Cuando en el siglo V d.C. los pueblos germánicos asestaron violentos golpes provocando la desintegración del Imperio Romano en Europa —en Italia, en las Galias y en España— crearon simultáneamente los fundamentos de la Europa actual. Una nueva época comenzó con ellos. El Imperium Romanum se encontraba ya en un estado de decadencia interna cuando en aquellos días de Enero del año 406 las tropas germánicas abatieron definitivamente sus fronteras en el Rin y en Francia. No engrandecieron tan sólo el territorio germánico por una incesante colonización sino que también fundaron ciudades en expediciones de audaces conquistas. Unas decenas de años más tarde, un romano cuenta:

     «Los funcionarios, no sólo de las ciudades sino también de las comunidades rurales y de los pueblos, son todos unos tiranos. Se les quita todo a los pobres, las viudas gimen, los huérfanos son pisoteados. La presión de los impuestos y las extorsiones pesan sobre todos de una manera terrible. Muchos de entre ellos, incluso hombres de origen noble y ciudadanos libres, huyen al territorio de los germanos para no ser víctimas de las persecuciones de los poderes públicos y ser ejecutados. Buscan, pues, una humanidad romana en la casa de los bárbaros, porque no pueden soportar la bárbara inhumanidad de los romanos. Prefieren ser libres bajo la apariencia de la servidumbre que llevar una vida de esclavos bajo la apariencia de la libertad. E incluso los romanos que viven bajo la dominación de los godos, de los vándalos y de los francos, sólo tienen un deseo: no volver a vivir bajo la legislación romana. Todo el pueblo romano suplica al cielo poder continuar viviendo con los germanos».

     Donde los germanos establecían su poder, el Derecho y el orden reemplazaban al despotismo de los grandes propietarios agrarios y de los grandes financieros.

     Estos nuevos Estados germánicos implantados en el suelo del Imperium tuvieron un destino rico en peripecias. Fueron, en su mayoría, tribus germánicas orientales quienes se establecieron en el Sur. Habían venido desde Suecia y Dinamarca al principio de la Era cristiana y se habían establecido entre el Oder y el Vístula... godos, vándalos y borgoñones, así como otros, tales corno los ruges, los hérulos o los gépidos. Tomaron la patria de los bastarnos y de los skiras que, mil años antes, se habían instalado en las costas de Pomerania. Desde el siglo II los convoyes conquistadores de los germanos orientales partieron de ese espacio Este-alemán. Mientras que una parte de los vándalos se apoderaba de Hungría, los godos fundaban un poderoso Imperio en el Sur de Rusia y en Rumania. A partir del siglo III emprendieron simultáneamente constantes expediciones guerreras contra el Imperium romano. Los romanos, tan orgullosos antaño, se defendían muy penosamente contra las tropas atacantes y, en ese caso, únicamente gracias a las tropas auxiliares germánicas enroladas en el ejército romano. Pero, cuando hacia el año 370 los hunos surgieron del Asia y derrotaron al Imperio godo en Rusia, los visigodos abandonaron sus hogares... Devastaron los Balcanes, entraron en Italia en el año 410 conducidos por su rey Alarico, conquistaron Roma y consolidaron su reino tras la muerte de su glorioso rey en el Sur de Francia, desde donde llegaron a España hacia el año 460.

     De una manera análoga, los vándalos y los suevos habían llegado al Rhin en el año 406, atacando a lo largo del Danubio; habían atravesado la Galia y conquistado España. Mientras los suevos se quedaban en el Noroeste de la península, los vándalos fueron, algo más tarde, al África del Norte y sometieron a esa rica provincia. Pero su fuerza guerrera se debilitó pronto bajo el clima debilitante del Mediterráneo. Y su fuerza numérica no bastó para instaurar una supremacía duradera sobre los habitantes del país, originarios de otros pueblos: el pueblo vándalo no se componía más que de 85.000 hombres. Ya no quedaban rastros de él cuando, un siglo después, fue destruído por las tropas del Emperador de Bizancio.

     Aparentemente, el destino de los ostrogodos en Italia fue similar. Habían salido de Hungría hacia el año 470, bajo el reinado de su gran rey Teodorico —donde habitaban desde el hundimiento de su Imperio del Sur de Rusia— y habían conquistado en poco tiempo la península italiana. Teodorico superaba en poder, en renombre y en influencia a todos los demás reyes germánicos de su época. Y, sin embargo, su pueblo tampoco fue lo bastante fuerte y numeroso para poder conservar el poder. Tras veinte años de combates, debieron finalmente sucumbir ante la superioridad del Imperio romano oriental en el año 553. Los restos del pueblo que habitaba en la alta Italia se asimilaron a los lombardos que recibieron su herencia y erigieron en Italia septentrional y central un poder fuerte que duraría siglos...

     Así había nacido en el Sur de Europa una zona en la que las tribus germánicas dominaban a la población romana: en España los visigodos, y los borgoñones, luego también los francos; en Italia los ostrogodos y, más tarde, los lombardos.

     En todos estos países los inmigrantes germanos se habían instalado con esposas, hijos, criados y criadas, en tanto nobleza combatiente que ejercía el poder sobre los autóctonos vencidos por ellos. Aquéllos debieron ceder una parte de sus propiedades y de sus esclavos a los nuevos señores con objeto de que cada familia germánica pudiera poseer y regir su finca. Los hombres germánicos eran pues, a la vez, campesinos y guerreros. En tiempo de paz vivían la mayor parte del tiempo diseminados por todo el país, mientras que muchos de los más jóvenes constituían el séquito del rey en su corte o combatían en las unidades que servían de guarnición en los castillos, fuertes fronterizos y ciudades, para salvaguardar la paz con las armas en la mano. Pero, en caso de peligro, se reincorporaban de nuevo a sus antiguas unidades militares y empuñaban alegremente sus espadas.

    La descripción que hace un contemporáneo de los godos que reinaban en España revela cuál era la naturaleza de los conquistadores germánicos: «Los godos tienen cuerpos ágiles y fuertes, espíritus vivos llenos de confianza en sí mismos. Son altos y esbeltos, llenos de dignidad en la actitud y el gesto, prontos a la acción e insensibles a las heridas. Llegan a vanagloriarse de sus cicatrices y desprecian la muerte».

     Pero, a la larga, esas numerosas tribus numéricamente débiles no pudieron mantenerse distanciadas de los pueblos dominados. Con el paso de los siglos debieron fusionarse cada vez más estrechamente con ellos. Los jefes de los autóctonos accedieron primeramente a cargos dirigentes, y pronto los señores germánicos aprendieron también la lengua de sus súbditos y vistieron trajes meridionales. Perdieron progresivamente su carácter germánico y se fundieron así, poco a poco, con los pueblos autóctonos. Puede deplorarse que se perdiera tanta sangre germánica. Pero esto, por otra parte, condicionó el nacimiento de una Europa homogénea, pues, durante siglos, incluso hasta los tiempos modernos, la herencia de la sangre germánica sobrevivió en las clases dirigentes de esos pueblos románicos.

     La influencia duró mucho tiempo, incluso hasta la Edad Media. El personaje clave de la Edad Media, el caballero, estaba totalmente animado en su actitud por el espíritu germánico. Fue pues también la herencia de la sangre germánica la que se tradujo en las grandes obras de esos pueblos en los siguientes siglos. La herencia germánica se perpetuó en los nobles españoles que, a partir del siglo XII, expulsaron a los árabes de España y partieron como conquistadores a América. Vivió en los caballeros provenzales que contribuyeron a proteger a Europa en el frente del Mediterráneo Oriental del asalto del Islam. Se expresó igualmente en un Leonardo da Vinci y en otros grandes hombres del Renacimiento que, hacia el año 1500, crearon las realizaciones culturales sin las cuales nuestra vida actual seria inconcebible.

     La anexión del Sur europeo a la comunidad de los pueblos germánicos, esa creación de una base adelantada en el Sur del espacio vital germánico fue de la mayor importancia para el devenir global de Europa. Sólo gracias a la clase dirigente del tipo germánico pudieron esos pueblos cooperar en la civilización caballeresca de la Edad Media, en la cual se reveló la primera Europa, tal como la conocemos hoy.

     Pero esta Europa "nuestra" no fue fundada realmente más que por esta parte del pueblo germánico que hizo de la Europa central el corazón alemán —incluídos los Países Bajos, Bélgica y el Norte de Francia—, un territorio étnico germánico. Las realizaciones de los francos fueron su origen. En el siglo VIII pudieron decir con toda justicia y claramente conscientes de su importancia histórica, que Europa era la tierra del Imperio Franco. Poco tiempo antes de la Era cristiana, las tribus germánicas habían abandonado su antigua área de "hábitat" para dirigirse hacia el Sur y el Oeste, y habían colonizado toda Alemania hasta el Danubio, los Vosgos y el Mosa. El territorio alemán se había convertido en una "Germania". Durante siglos el Imperio Romano había contenido a estas tribus, principalmente a los francos del Bajo Rin, a los alamanes del Alto Rin y del Danubio, y a los bávaros en Bohemia, aunque no pudieron impedir la instalación cada vez mas importante de estos colonos germánicos al Oeste del Rin. Pero tras el hundimiento del Imperium, poco después del año 400, estos pueblos progresaron también; sin embargo, no sometieron más que el país que podían colonizar enteramente. Así, Alemania se convirtió en germánica hasta las cimas de los Alpes incluídas Suiza y Alsacia, mientras que los francos atravesaban el Rin, desde el Mosela hasta su desembocadura e invadían en un siglo todo el país que se extiende hasta la región del Sena (un poco al Norte de París) con densas implantaciones germánicas. Simultáneamente, los frisones y los sajones habían ocupado los Países Bajos al Norte de la desembocadura del Rin. Más al Norte aún, los anglos y los sajones empezaron a colonizar Inglaterra partiendo de la desembocadura del Elba.

     Así, el espacio vital germánico situado en el centro de Europa había llegado a ser un bloque poderoso, que se extendía al Oeste y al Este del Rin hasta La Mancha y hasta el Oder. Allí vivía la mayor parte de los germanos que, en los siguientes siglos, debían unirse para constituír el pueblo de los alemanes. Y es desde allí que se desarrolló el centro de la Europa germánica.

     Los francos llevaron a cabo una obra mayor, creando una potencia política homogénea con las tribus hasta entonces independientes de los bávaros, los alamanes, los sajones y los turingios. Durante siglos, fueron el único pueblo de Europa realmente dominador. Su rey Clodoveo fundó este Estado cuando tomó el poder hacia el año 500. Antes que nada, soldó las diferentes regiones francas en un solo Estado franco poderoso. Con esta unificación los francos llegaron a ser tan poderosos que Clodoveo y sus hijos consiguieron integrar las otras tribus —los alamanes, los turingios y los bávaros— en el Estado Franco y crear así un gran bloque germánico en el centro de Europa. Debía ser completado más tarde por Carlomagno, que anexionó a los sajones y a los bávaros en el Reich. Carlos terminó, pues, la obra de Clodoveo que había ya iniciado la anexión del Sur de Francia tras su triunfo sobre los visigodos y los borgoñones: así, después de haber sometido la Italia lombarda —con excepción de los españoles—, los pueblos romanos dirigidos por una autoridad germánica quedaron estrechamente ligados, políticamente hablando, al poderoso Imperio germánico central. Así como el rey Clodoveo, con mano férrea, había aumentado su poder, Carlomagno creó también las bases futuras de la estructura interna de Francia. Rompió toda resistencia que se le opuso, y consolidó y extendió su poder real. Concedió poderes especiales a los jefes de las regiones, de las tribus y a los jueces, que dependían de él y debían aplicar sus decisiones y no las de las asambleas populares. De esta manera, el rey adquirió el poder de conducir al pueblo y dirigir el Estado según su voluntad.

     Gracias a sus capitulares pudo emerger, poco a poco, bajo sus sucesores, una clase de jefes francos ligados al rey por la regla germánica de la fidelidad de la tropa, y cuyos valores del honor y de la lealtad determinaban sus actos. Preocuparse de sus subordinados, de aquellos a quienes debían proteger, y la aplicación justa del derecho, eran su ley suprema. Mantenían el orden y la justicia en nombre del rey.

     El Imperio Franco permitió así la creación de una estructura interna nacional comparable a la que existiría luego en la época imperial alemana, en la que los valores del alma germánica determinaban la vida de todo el pueblo así como la de cada individuo.

     La marca de los rasgos fundamentales de la vida nacional originó el principio de la Europa germánica, debido a que ese Imperio comprendía la mayor parte de los pueblos germánicos y que se convirtió en una realidad política europea.

     Esa Europa unificaba en su seno al pueblo germánico entre el Canal de la Mancha y el Oder. Las clases dirigentes germánicas en los pueblos romanos de Italia, de Francia y también de España, estaban vinculadas a ella. La cultura germánica de la época imperial medieval pudo florecer e impregnar igualmente a los pueblos germánicos del Norte y de Inglaterra. Así, la unidad de sangre germánica de los pueblos europeos, a la cual, hacia el año 500, las tribus germánicas habían dado su impulso, estuvo en el origen de la evolución de la actual Europa y de su cultura.



Las Modernas Leyes Anti-Judías ya Existían
en Tiempos de los Germanos
por el SS-Unterscharführer Büttner


Impuesto sobre parte de la fortuna judía, hace 1.300 años

     Hoy es universalmente sabido que la cuestión judía no se ha planteado únicamente desde el nacimiento del nacionalsocialismo sino que, ya en la Edad Media, los campesinos y ciudadanos alemanes debieron defenderse contra el judaísmo destructor de pueblos. Pero muy poca gente sabe que una tribu germánica debió librar, hace más de 1.300 años, una lucha a muerte contra el judaísmo internacional.

     Desgraciadamente, poseemos pocos documentos que nos relaten este conflicto entre germanos y judíos. Son, sin embargo, suficientes para que podamos formarnos una idea de los acontecimientos que se desarrollaron en el Imperio español de los visigodos. Constatamos con sorpresa que las leyes y decretos contra los judíos se parecen de una manera pasmosa a las leyes y decretos anti-judíos del Tercer Reich, y, en particular, a los últimos promulgados en lo que se refiere al impuesto sobre la fortuna.

     ¿Cómo llegaron los visigodos a la promulgación de esas leyes anti-judías? En tiempos del Imperio Romano, España había sido una ciudadela para los judíos. El pulpo judío había introducido sus ventosas en todos los centros comerciales, vías de comunicación y cargos públicos. Esa preponderancia había sido abolida con la fundación del Imperio godo en España. Al principio, los visigodos consideraban a los judíos como un pueblo más entre los muy numerosos que vivían entonces en la península ibérica Así pues, los judíos fueron tratados, de entrada, con mucha benevolencia. Los reyes visigodos, sin embargo, pronto constataron que se trataba de una raza de hombres muy particular que se distinguía del resto de la población, no tan sólo por sus creencias sino también, y ante todo, por sus predisposiciones delictivas. Por tal razón, el rey visigodo Recaredo I fue el primero, en el año 590, en promulgar una ley prohibiendo a los judíos poseer esclavos, desempeñar cargos públicos y contraer matrimonios mixtos con no-judíos. Su sucesor, Sisebuto, fue aún más severo. Naturalmente, no fue, tal como pretenden judíos y cristianos, la consecuencia de un exceso de celo religioso cristiano, sino porque ese previsor jefe germano, descrito por sus contemporáneos como excepcionalmente erudito, generoso y tolerante, en particular en lo referente al trato dado a los prisioneros de guerra, estaba persuadido del peligro que representaban los judíos y su nocividad. Sisebuto promulgó dos decretos anti-judíos de los que citamos a continuación las disposiciones mas importantes.

1. Los judíos ya no podrán tener domésticas ni sirvientes Si todavía los tienen, aquéllos deberán ser despedidos tras un plazo legal.
2. Los judíos sólo podrán tener empleados judíos.
3. Los matrimonios entre judíos y cristianos serán inmediatamente disueltos.
4. Los cristianos que se conviertan al judaísmo serán severamente castigados.
5. A los judíos se les prohíbe toda actividad política o pública.
6. Todo judío que desee viajar deberá proveerse de un salvoconducto que hará visar por un eclesiástico en todas las ciudades en que habrá permanecido y que deberá devolver cuando regrese a su domicilio.
7. Se prohíbe a todo cristiano comprar medicamentos a un judío o ser tratado por un médico judío.

     En conclusión de esta ley, Sisebuto, rey de los visigodos, añadió: «Mis sucesores en el trono godo que anularen estas prohibiciones, serán condenados, juntamente con los judíos culpables, a la condenación eterna».

     Sisebuto sólo reinó durante ocho años. Murió de repente, en el año 620, envenenado por un desconocido.

     Su hijo Recaredo II reformó aún más las leyes anti-judías de su padre. Sólo reinó catorce meses, pues el 16 de Abril del año 621, ¡se le encontró, a él también, envenenado! Los que hemos vivido el asesinato de Wilhelm Gustloff, de Ernst von Rath, de Codreanu y de otros adversarios del judaísmo, sospechamos quiénes fueron los instigadores del asesinato de aquellos dos reyes de los visigodos. Sin embargo, Suintila, que subió al trono tras Recaredo II, ¡abolió las leyes anti-judías de Sisebuto!.

     Es verdad que ciertos reyes visigodos que les sucedieron tomaron medidas contra los judíos, sobre todo contra los que se habían bautizado. Parece, no obstante, que tales prescripciones no fueron seguidas con el necesario rigor por el bajo clero encargado de su aplicación. En efecto, la influencia desmoralizante del judaísmo no se debilitó, sino que, al contrario, se reforzó en los años siguientes. En el curso de los desórdenes internos que sacudieron al Imperio visigodo y disminuyeron la autoridad del trono en detrimento del clero católico, los judíos encontraron la posibilidad de reanudar sus actividades subversivas.

     Sin embargo, la resistencia contra los judíos aumentó de nuevo con el reinado de los mejores reyes visigodos: el rey Egica (687-702) invitó, en el año 693, al Concilio de Toledo, al que asistió personalmente, a ¡extirpar totalmente el judaísmo! Pidió, además, una nueva ley que prohibiera a los judíos penetrar en los puertos para comerciar con los cristianos. En otro Concilio de Toledo (año 694) desveló el plan de alta traición de los judíos contra el Imperio de los visigodos: los judíos del Imperio visigodo habían entrado en relación con los judíos de África del Norte. La revuelta urdida por los judíos debía estallar en el ano 694. Los judíos norteafricanos desembarcarían en España y ésa sería la señal de ataque contra la pequeña clase social de los visigodos germánicos. Tras el descubrimiento de esta maquinación judía que amenazaba la estabilidad del reino, el rey Egica adoptó las conclusiones del Concilio, a saber, que los judíos serían, juntamente con sus mujeres, sus hijos y todos sus bienes, considerados como formando parte del tesoro público, despojados de sus moradas y colocados individualmente, en calidad de lacayos del rey, al servicio de los cristianos.

     Constatamos aquí, con turbadora precisión, cómo los métodos y los objetivos han permanecido inalterables, pero también con qué perspicacia ese rey germánico había descubierto los planes judíos y, con perfecto conocimiento de causa, había tomado unas medidas, muchas de las cuales, hoy, nos parecen banales.

     El drama del Imperio visigodo fue que el trabajo de agitación subversiva de los judíos se había extendido demasiado en un Estado desorganizado y que al rey le faltaba la fuerza necesaria para hacer cumplir verdaderamente sus leyes. La suerte de ese Estado fue trágica e inevitable. Los judíos iniciaron entonces su vengativa obra contra ese Imperio germánico que había osado levantar la mano contra el "pueblo elegido". El primer plan de alta traición había sido descubierto por el mismo Egica. El segundo plan tendiente a la aniquilación del Imperio germánico de los visigodos tuvo éxito: los judíos facilitaron la llegada a España de los árabes del África del Norte. Los halagaron prometiéndoles convertirse al Islam. Como los árabes se mostraban escépticos, les citaron viejas profecías en las cuales podía leerse que era justamente en esa época precisa cuando los judíos debían "volver al Islam". Los árabes desembarcaron en España y los judíos les abrieron las puertas de las plazas fuertes. La misma capital, Toledo, cayó, por una traición, en manos de los árabes. En todas partes los judíos acogieron al enemigo como un libertador. Éste les demostró su agradecimiento entregándoles, "en custodia", las ciudades de Córdoba, Sevilla, Toledo y Granada. Con la ayuda de los judíos españoles, el general musulmán Tarik desembarcó en Andalucía y derrotó con su ejército, en Jerez de la Frontera, en el curso de una batalla que duró siete días, en el año 711, a Rodrigo, el rey anti-semita de los visigodos. El Imperio de los visigodos se derrumbó y los últimos visigodos se refugiaron en las montañas de Asturias.

     Un pasaje de una obra del judío Rosenstock, escrita en 1879, nos muestra con qué júbilo saludan los judíos las "proezas" de sus padres: «La crueldad de las persecuciones aumentó con Ervigio y Egica, pero no menos que la resistencia de los judíos y de los falsos conversos (es decir, de los judíos bautizados), y la dominación visigoda terminó por hundirse cuando los judíos acogieron como libertadores a los invasores árabes conducidos por Tarik, hicieron causa común con ellos y les ayudaron a conquistar todo el país. Combatieron por la conquista del poder de los unos y por la caída de los otros». La caída de los visigodos hizo de España un paraíso para los judíos, que pronto coparon las más altas funciones en la Corte y en los cargos públicos.



Los Cosacos


Vestigios Germánicos en el Este

     La historia de los rusos está a menudo poblada de lagunas, porque los historiadores estaban a menudo sometidos a las órdenes y a las consignas de los señores zaristas o de los tiranos soviéticos. Así sucedió que los historiadores rusos sostenían que los ostrogodos partieron hacia el Oeste después de la muerte de Hermanarico. No conocían las tres batallas de los godos y de los colcos contra los hunos en la región de la Cólquide; el hecho es que una gran parte de los godos vivía lejos, en la región del Norte del Cáucaso y en el mismo Cáucaso. Estaban tan debilitados que ya no fundaron ningún Estado. Un relato de los colcos explica que, más tarde, un godo fue nombrado obispo de la Iglesia Ortodoxa de Cólquide. Melanchton cuenta ademas que algunos testigos le contaron que los turcos hallaron una Godia en los alrededores de Cólquide, durante Ja conquista de Crimea. Dice además que los habitantes de este país hablaban una lengua germánica. Así pues, está demostrado que los godos partieron tan sólo en pequeño número hacia el Oeste tras la muerte de Hermanarico.

     Los varegos y los vikingos fundaron el Imperio de Kiev. Hacia el año 1000, una parte de éstos se dirigió hacia el Sur y crearon probablemente el principado de Tmutarakán, a orillas del mar Negro. Estos hombres del Norte penetraron por la fuerza en el Imperio bizantino. El príncipe Mistislav de Tmutarakán nos cuenta que sometió a los cosogos (cosacos) hacia el año 1022, y que los cosacos se mezclaron con los habitantes de Tmutarakán. En esta época existió también el Imperio de los jázaros, en la región situada al Este del mar Negro. En los amplios espacios donde los pueblos del Este mongol se enfrentaron a menudo con el Oeste ario, donde la raza nórdica y la raza dinárica se unen, el ruso cree haber borrado todos los vestigios de los pueblos germánicos, como los baskares, los esquiros, los ruges, los godos y los normandos. De ningún modo.

     En el siglo II los cosacos hicieron su aparición en la región de Zaporoga y en el Don. ¿Quiénes eran sus antepasados? No se sabe. Los historiógrafos rusos afirman, a veces, que se trata de una tribu eslava pura, o que son los descendientes de los hunos o de los pechenegos... Sin embargo. las características raciales externas nos indican que se trata de un pueblo formado por una mezcla de nórdicos y de dináricos. Bien es cierto que estos vestigios de pueblos germánicos que desaparecieron en la estepa se mezclaron con los chechenos eslavos y con otros pueblos caucasianos. Este pueblo de caballeros luchadores de la estepa, que rechazó a todos los invasores, llevó a cabo correrías en otros países.

     Los cosacos debieron sufrir duras represalias tras el asalto de los mongoles. Una parte de ellos huyó a las montañas, y otra acudió a los grandes duques en Moscú, donde vivieron en fortalezas (Gorodnoje) o como cosacos libres (Wolnje).

     Un autor genovés relata que durante el siglo XV los cosacos, a quienes los turcos llamaban brodnikis, hablaban una lengua mezclada. Esto no concuerda con el hecho de que, desde siempre, habían hablado ucraniano o ruso. En las disputas entre Polonia, Moscú y Turquía, se les encuentra bien del lado de Moscú o bien del lado de Polonia. También sucede que combatan solos contra los turcos.

     En 1654, el Zar consigue ganarse a los cosacos del Don gracias a un tratado de amistad. Obtuvieron derechos y privilegios especiales y, desde entonces, llevan una vida que guarda muchas similitudes con las del campesino-soldado germánico. Estos campesinos-soldados libres de la estepa no adoptaron tan sólo más de una característica de la caballería occidental, sino también principios arios del Cáucaso. Siempre estuvieron en lucha contra los pueblos invasores del Este del Asia interior y protegieron a Europa occidental en un tiempo en que ésta se debilitó a sí misma en las guerras religiosas (las Cruzadas, la Reforma, la Contra-Reforma).

     Además de los zaporogos y de los cosacos del Don, existen los cosacos de Kuban, de Terek, de las montañas de Orenburgo, de Semir, de Sibier, de Saheikul, de Usur y de Amor.

     Los cosacos viven en poblados cerrados a los que llaman stanizas. Una pequeña colonia recibe el nombre de chuter, y varios chuters pueden agruparse en una satina. En la cúpula de la satina está el atamán. Es escogido en una asamblea de hombres. Como símbolo de su rango y en las ocasiones solemnes, lleva un cetro de plata sobre el que se halla esculpida una calavera. En la época de los zares se grabaron en el cetro las siguientes palabras: «¡Por Dios, el Zar y la Patria!». Cuando el atamán alzaba su cetro durante una reunión, daba así a entender que debía hacerse el silencio. Los cosacos obedecieron libremente a este atamán electo. Las grandes decisiones relativas a la tribu se tomaban durante las reuniones populares de los hombres. Se hablaba de la guerra y de la paz, de la atribución de tierras, pero también se celebraban juicios. Tres cosacos actúan como consejero, secretario y tesorero al lado del atamán, y diez cosacos armados constituyen la policía. El atamán se ocupa también de juzgar los delitos leves. El honor y la fidelidad son los principios fundamentales, no tan sólo enseñados en la familia, sino también al joven soldado. Los ladrones son excluídos de la comunidad. Las mujeres no tienen acceso a las reuniones populares. Las mujeres se ocupan del hogar y gozan de gran consideración. Al elegir esposa se lleva a cabo una cuidadosa selección. Cuando un cosaco desea contraer matrimonio, tan sólo puede casarse con una cosaca, o bien ha de raptar bonitas jóvenes de un pueblo caucasiano vecino. Cuando toma a una cosaca. el padre de la joven ha de dar su consentimiento al matrimonio. Los divorcios no existen. Cuando una mujer es infiel, es castigada por su propio marido. En tal caso, tiene derecho a pegarle. El cosaco no puede contraer matrimonio con mongoles, y posteriormente tampoco con judías. En las celebraciones, como en las bodas, podía estar bebiendo durante días enteros. Generalmente, la pareja estaba acompañada en el templo por los compañeros, que iban montados a caballo.

     Tras su conversión, se adhirieron a la Iglesia Ortodoxa. Vivian estrictamente según los preceptos de su fe; ayunaban durante las fiestas de Navidad y Semana Santa, es decir, no comían ni carne ni leche durante largos periodos. Eran los defensores de la Iglesia. A los 19 años, los cosacos de Zaporogue, del Don y de Terek eran reunidos en un campamento militar que se hallaba en una isla, donde reinaba un orden y una disciplina severos. Los cosacos de Zaporogue tenían su campamento militar en la isla de Kortiz, los cosacos del Don en la isla del Don, en las proximidades de la ciudad de Novotcherkask; los cosacos de Terek en la isla de Chechen (desembocadura del Terek en el Volga). Los varegos normandos se reunían también en estos campamentos militares. El ejército familiar de los cosacos es, también, germánico.

     En tiempos del Zar, el cosaco de 19 años de edad se presentaba para el servicio militar. Durante la inspección era dirigido, en función de su nivel de aptitud, hacia la caballería, la artillería o la infantería. Recibía una instrucción que duraba nueve meses. En Diciembre del mismo año, el joven cosaco rico ingresaba en su regimiento con un caballo, una silla de montar y una espada, que debía suministrar a su costa. El cosaco pobre ingresaba en la infantería, o bien en un regimiento de caballería, provisto de una espada. Recibía, además, un caballo y una silla de montar, un abrigo, dos uniformes, tres juegos de ropa interior, una gorra, una escopeta, una pistola y una espada.

     El equipo siempre era inspeccionado por unas comisiones militares. El servicio activo duraba tres o cuatro años. El regimiento se dividía en centurias (centurias germánicas). Eran agrupadas según el color de los animales. Se daba una gran importancia a la disciplina y al compañerismo. Se concedían premios por las proezas en equitación y en tiro. Los más dotados eran destinados a las escuelas de oficiales. Tras el periodo de servicio activo, el soldado regresaba a casa. Después de cinco años en la reserva, donde debía presentarse a menudo con su equipo, iba a la segunda reserva. Entonces tenía el derecho de vender su caballo.

     Tras el servicio militar, se le permitía aparecer armado en las reuniones de los hombres, y también tenía derecho a votar. Podía, además, solicitar unas tierras, y se convertía así en un campesino independiente. Podía disponer del excedente de sus ingresos como se le antojara. En las reuniones populares, el atamán tenía que redactar un informe sobre la propiedad común de la comunidad aldeana. Al igual que en las tribus germánicas, existía también un bien comunitario: los pastos, el semental, el toro del pueblo, la pesca y la caza.

     Tenían también una escuela común. Los niños de pueblos extranjeros no podían ir a la escuela cosaca. La propiedad común era administrada por el atamán. En sus tiempos de ocio, el cosaco se ocupaba, por lo general, de la caza y la pesca.

     Como ya se ha dicho anteriormente, los cosacos de Zaporogue tenían un campamento militar en la isla de Kortiza. Por razones políticas, fueron desplazados por Catalina II y se establecieron a orillas del mar Negro o de Kuban. Por consideración a esta gran emperatriz fundaron la ciudad de Ekaterinburgo (actualmente Krasnodar), donde erigieron un monumento en su honor. Los cosacos no recibían tan sólo privilegios económicos sino también militares. Estos hombres eran los guardaespaldas (la Guardia de Corps) del Zar. Los hombres más altos, más fuertes y más apuestos eran elegidos para esta unidad. Uno de ellos recibía, además, la orden de vigilar a los hijos del Zar. Aún hoy, los cosacos muestran con orgullo la fotografía de un cosaco del Kuban con el hijo del antiguo Zar.

     Los cosacos del Don tenían su campamento militar en la isla del Don. No fue hasta 1624 que el Zar concertó tratados de amistad con los cosacos del Don y más tarde con los demás cosacos, de los que se puede constatar que, en verdad, eran campesinos y guerreros libres. Se convirtieron en los más fieles defensores del Imperio zarista.

     Los cosacos de Terek vivían en Terek y su fortaleza militar se hallaba en la isla de Chechen. No quisieron someterse al zar lván IV y por ello fueron atacados por él en su isla. Tras duros combates, cedieron ante la superioridad de sus adversarios. Los supervivientes huyeron a las montañas y se denominaron cosacos de la montaña. Poco tiempo después, reconocieron al Zar, el cual los envió a luchar contra los tártaros. Tras vencer a estos últimos, los autorizó a regresar a las llanuras, donde se instalaron. Para aumentar su número, hizo instalar a mil familias de cosacos del Don y quinientas familias de las regiones del Volga en Terek.

     No existe una gran diferencia entre los usos y costumbres y el estilo de vida de cada tribu. Las costumbres se adaptan a las particularidades de cada provincia. Como rasgos caracteriológicos pueden citarse la valentia, el arrojo, un gran sentido del honor y el orgullo. La desmesura y la inconsistencla son los defectos de los cosacos. Poseen, además, un rasgo notable: un gran sentido de la hospitalidad. No se echa a nadie. Si un visitante piensa que un objeto es extraordinariamente bello, se le obsequia con él. Los cosacos de las montañas y del Ural se adaptaron a las condiciones de vida de la montaña. Todas las tribus de cosacos proceden de los cosacos del Don, de Kuban y de Terek.

     Los zares enviaban cosacos a cualquier lugar del Imperio que estuviera amenazado por enemigos o cuando debieran emprenderse conquistas. Los cosacos participaron en gran medida en la conquista del Asia oriental y occidental. Como tropas de choque, invadieron los países enemigos, se instalaron en ellos y fundaron pequeños fuertes, los "Ostrogi", y luego pacificaron el país. Estas tropas de choque comprendían de cincuenta a cien hombres, y se denominaban "centuria". Los mandos del pueblo extranjero eran destituídos, y el resto de la poblacion, vencido y políticamente sometido. Aparte de su carácter guerrero, los cosacos encargaban la realización de los trabajos agrícolas a los siervos que les cedía el Zar. En el apogeo de la servidumbre, acogieron a una afluencia de campesinos que huían de todas las regiones del Imperio. Fueron admitidos en la comunidad de la tribu, tras prestar juramento. En las reuniones de las stanizas, también se les daban tierras. El Zar mandó establecer soldados de la reserva en las regiones cosacas para reforzar la implantación de los cosacos. En 1835 los cosacos del Don se vieron forzados a pedir al Zar un ukase [edicto] que promulgara la prohibición de colonizar posteriormente en la región de los cosacos del Don.

     Tras el desmoronamiento del Imperio de los zares, los cosacos lucharon por una república libre. En 1917 la proclamaron en la zona Norte del Cáucaso. Los bolcheviques intentaron por todos los medios destruír el Imperio que acababa de fundarse. Tras cuatro años de combates, los cosacos fueron vencidos por los bolcheviques. Se dice que los comisarios judíos trataron al pueblo con crueldad. Los supervivientes fueron enviados al interior del país o a presidio. En 1929 los cosacos se sublevaron de nuevo y se convirtieron en contrarrevolucionarios, pues rechazaban la kulakización. El levantamiento fue sofocado. Tuvieron que renunciar a su independencia y a sus particularismos en beneficio del Estado bolchevique. El estallido de la guerra en 1941 incitó a los bolcheviques a devolver la independencia a los cosacos. En lo sucesivo, ya podrían llevar de nuevo sus vestimentas y sus armas y se les reconocía una identidad nacional. Se esperaba así ganar la confianza de estos valientes guerreros. Pero la mayor parte de los regimientos cosacos aprovechó la primera oportunidad para pasarse al lado de los alemanes, esperando de este modo conseguir la victoria junto a ellos. También aspiran a que, tras el final de la guerra, se les permitirá construír un Estado independiente bajo la dirección de Alemania.

     Fue, en verdad, la sangre germánica lo que motivó a estos campesinos-soldados, enamorados de la libertad, a actuar de este modo.

     Nunca he oído hablar del derecho matriarcal eslavo, ni de las costumbres eslavas y ni siquiera hunas de los cosacos. En ningún relato se encuentran particularismos extranjeros.

     ¿Acaso no hay analogías entre la descripción de los chattes germánicos y de los cosacos cuando Tácito dice de éstos: «En esta nación, los cuerpos son más duros, los miembros nerviosos, el rostro amenazador y un espíritu más fuerte. Para los germanos, mucho razonamiento y habilidad: adoptar por jefes a hombres de élite, escuchar a sus mandos, conservar los rangos, reconocer las ocasiones, diferenciar los ataques, ordenar sus jornadas, reforzar sus noches, considerar a la suerte como incierta y a la virtud segura; en una palabra, lo que es muy infrecuente y que sólo ha sido concedido a la disciplina romana: esperar más del jefe que del ejército?».–





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