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martes, 11 de noviembre de 2014

Revilo P. Oliver - La Estrategia Judía (Selección)



     Revilo Pendleton Oliver (1908-1994) fue un escritor estadounidense y profesor universitario de Filología clásica, castellano e italiano, en la Universidad de Illinois, que defendió decididamente a la raza blanca. El doctor Oliver llegó incluso a traducir del sánscrito una obra. Durante la Segunda Guerra trabajó en una agencia gubernamental. Adoptó luego una cosmovisión de Derecha, ayudando a William L. Pierce a formar la National Alliance. Fue consejero editorial del Institute for Historical Review, y colaborador permanente de la publicación Liberty Bell. Se retiró de la academia en 1977, y en 1994, sufriendo de graves enfermedades, se suicidó a sus 86 años. No siendo ningún iletrado, consideraba al cristianismo como una "sífilis espiritual" que "había podrido las mentes de nuestra raza y había inducido una parálisis en nuestra voluntad de vivir". Autor de diversos libros, póstumamente se publicó en 2002 su estudio "The Jewish Strategy", del cual presentamos ahora en castellano 9 de sus 13 capítulos. Sabíamos que circula una traducción de dicho escrito, pero al revisarla hemos hecho muchas correcciones de acuerdo al original. Da cuenta aquí el señor Oliver, no sabemos en qué año, de la grave situación de la sociedad estadounidense de raza blanca, y revela diversas tácticas empleadas por gente que habiendo llegado reptando a EE.UU. se apoderó final y completamente de aquél. Como siempre, es bueno leer el texto completo, que abunda más en antecedentes históricos de la Antigüedad, pero lo que aquí presentamos basta para formarse una buena perspectiva de lo enunciado, y creemos que este texto esclarecedor y valiente es digno de ser meditado, y todas sus advertencias dignas de ser tenidas en cuenta.


LA ESTRATEGIA JUDÍA (Selección)
por Revilo P. Oliver




1. LA DIFÍCIL SITUACIÓN
DEL HOMBRE OCCIDENTAL

     Es un hecho sombrío y terrible el que la mayoría de los miembros de nuestra raza tenga sus mentes tan deformadas por siglos de astuta propaganda judía que han sido condicionados, tan eficazmente como perros bien entrenados, para gruñir y morder cuando sus amos judíos pronuncian ciertas palabras claves, como "fascista", "racista" y otras similares, que han tomado el lugar de la palabra "¡ataca!" a la que responden los perros. Ellos están, además, tan emocionalmente adictos a fantasías narcóticas, que muchos de ellos no están dispuestos a, y son incapaces de, soportar la angustia de mirar el mundo real que los rodea, y de pensar racionalmente sobre él. Ellos, comprensiblemente, prefieren cerrar apretadamente los ojos de sus mentes y vivir en el mundo de ensueño de placenteros cuentos de hadas como los que oían en su infancia y a los que subconscientemente anhelan regresar. Como Kipling impecablemente los caracterizó, «Si desean una cosa, declaran que es verdad. Si no la desean, aunque fuera la misma muerte, vociferan: "¡Eso nunca ha existido!"».

     Es un hecho trágico y potencialmente desastroso el que cualquier análisis franco y razonablemente completo de nuestra actual difícil situación, no sólo expone a su autor a represalias sub-repticias o abiertas, sino que además aliena a muchos miembros de nuestra confundida y quizá ya condenada raza, haciéndolos gruñir y querer morder al hombre que les haría encarar una realidad desagradable. Muchos más son tan timoratos que incluso el más leve indicio de falta de respeto hacia los judíos les hace escapar corriendo en busca de refugio, como gatos asustados, no sea que los judíos los castiguen por haber escuchado palabras impías.

     Muchos miembros de nuestra raza, por cierto, secretamente tienen resentimiento hacia sus encubiertos amos, y a veces, cuando están solos con amigos confiables, se aventuran a hacer bromas o a dar indicios de que, profundamente en su corazón, ellos no veneran a los judíos. Y si observamos a nuestros compatriotas, finalmente nos enteramos de muchos, a menudo personas de muy considerable riqueza, que leerían con agrado publicaciones prohibidas, pero no se atreven a suscribirse a ellas, ni siquiera mediante domicilios postales ni bajo nombres ficticios, por miedo a que los judíos descubran su secreta desafección y los castiguen por sus pensamientos. Una pequeña minoría de nuestro pueblo, es cierto, más comúnmente los relativamente pobres, que se creen protegidos por su anonimato, se indigna más o menos abiertamente contra este dominio judío y, por una fina ironía, se llaman a sí mismos "anti-semitas", usando así irreflexivamente esa absurda palabra que la estridente propaganda ha implantado en sus mentes. Algunos han logrado escapar lo suficiente del contemporáneo control mental como para atreverse a usar la palabra "ario", que es la única designación conveniente y aproximadamente segura para nuestra raza, aunque los judíos nos prohíben pronunciarla. Pero incluso estos espíritus valientes están por lo general mal informados y son propensos a emociones fuertes, y a veces agitados por un frustrado odio hacia la raza internacional.

     Aunque son pocos en número, los arios que sienten un verdadero odio perturban la complacencia de los judíos, incluso en este país [EE.UU.], donde su control crecientemente abierto parece absoluto. Un rabino, por ejemplo, en su columna en el Chicago Sun-Times, aunque sin desmentir el gran engaño judío sobre los "seis millones" que supuestamente fueron exterminados por los alemanes (y que luego reptaron hacia Estados Unidos), advirtió muy claramente a sus compatriotas de que sus clamores acerca de un "holocausto" podría dar ideas a los goyim y tener como resultado el funcionamiento de verdaderas cámaras de gas y una purga de verdad, si los arios se salían de control en Estados Unidos. El rabino es probablemente un alarmista, pero es cierto que la cada vez más descarada arrogancia y terrorismo de los judíos está suscitando el odio en sus siervos. Puede haber sido indiscreto por parte de ellos haber erigido una "menorá" monumental de diez metros de altura delante de la Casa Blanca estadounidense como símbolo de su propiedad, al mismo tiempo que niegan a los sumisos estadounidenses (que alguna vez tuvieron un país propio) el derecho a exhibir árboles de Navidad en terrenos de propiedad pública. Y en vez de abandonar tranquilamente la absurda patraña sobre los "seis millones", que fue diseñada para animar al rebaño ario a abalanzarse sobre Europa en 1941, y que les ha producido muchos miles de millones de dólares a costa de los estafados alemanes, y muchos más del resto del mundo, ellos están exigiendo que dicha mentira sea inyectada a la fuerza en la mente de cada niño estadounidense. Aquello es seguro que aumentará el resentimiento, como lo es, por ejemplo, el reciente intento de ellos de asesinar a un hombre en Chicago, el cual, como resultó gravemente herido, explicaron afirmando que lo habían confundido con el hombre al que querían matar, dando por supuesto que dado que la víctima era simplemente un perro ario, aquella explicación sería suficiente consuelo para los demás perros.

     El abierto terrorismo, sea violento o pseudo-legal, hace crecer en algunos estadounidenses una indignante percepción de su servidumbre anteriormente oculta. Estoy informado por fuentes fidedignas acerca de un hombre joven de la parte Noreste (la más corrupta) de Estados Unidos, que leyó recientemente las definitivas revelaciones del profesor Arthur Butz acerca de la patraña de los "seis millones" [The Hoax of the Twentieth Century] y de inmediato renunció a su pertenencia en una de nuestras minúsculas organizaciones nacionalsocialistas, sobre la base de que el profesor Butz lo había convencido de que Hitler no sólo no mató a seis millones de judíos sino que ni siquiera lo intentó.


5. LA ESTRATEGIA JUDÍA:
EN SUS PROPIAS PALABRAS

     El origen de los judíos como raza no se conoce, pero hay indicios de que ellos tempranamente comenzaron a explotar las supersticiones de las poblaciones a las que se adherían. Los judíos cuentan que su antepasado, llamado Abraham, provenía de Ur, ciudad de Sumeria (¿quizá con hipotecas de las propiedades de la mitad de los sumerios en el bolsillo?), y algunos eruditos, no tenidos hoy en día en gran consideración, han sugerido que algunos de los pueblos de lengua semita con quienes los sumerios insensatamente intentaron coexistir se inmiscuyeron ampliamente con la religión sumeria, y que quizá incluso tuvieron alguna influencia en la civilización Blanca pre-aria del valle del Indo.

     Existe una base más firme para una conjetura —pero sólo es una conjetura, téngalo en cuenta— que explicaría una de las rarezas del "Nuevo Testamento": que éste habría sido compilado por una secta cristiana que profesaba una religión que obviamente sería algún tipo de Zoroastrismo judaizado. Todo el mundo ha notado el curioso detalle de que en el relato del nacimiento del cristo [= ungido] llamado Jesús, que marca la fecha más temprana del evento de la Natividad, se cuenta que a ella asistieron unos sacerdotes zoroastrianos, de quienes se dice que fueron guiados a aquel sitio exacto por una solícita estrella o planeta que flotaba en la atmósfera a una altitud no superior a los cúmulos de nubes, para mostrarles el camino. Es posible que los "magi", los sacerdotes profesionales de la religión que se propagó por el antiguo Imperio persa, fueran judíos. Los judíos tienen la tradición (4 Reyes 17:6; 18:11) de que en Media había colonias de israelitas (¡en las ciudades, naturalmente!), y que los Magi no sólo decían venir de Media, sino que componían una casta racialmente cerrada y que, al igual que los judíos, se propagaban por línea materna, a menudo consiguiendo una descendencia pura dejando embarazadas a sus propias hemanas o madres. En la actualidad se considera prácticamente cierto que al menos la mayor parte de los libros sagrados que se conservan de esa religión supuestamente "aria", aunque estén ahora en un extraño dialecto del antiguo persa, fueron traducidos desde algún lenguaje semítico.

     Diógenes Laercio (I. 9) menciona de pasada a unos anónimos geógrafos griegos que pensaban que los Magi eran antiguos judíos, pero como esas obras están hoy día perdidas, no podemos saber si dicha opinión se basaba en algo más que en el hecho de que, tras la caída del Imperio persa, muchos de los Magi que propagaban su culto por otras tierras se sabía que eran judíos. La descripción que hace Heródoto de la Magofonía, la reacción persa contra uno de los Magi que pretendía un fraude particularmente ultrajante, suena demasiado parecido a un estallido racial, y How y Wells, en el comentario de ellos a Heródoto (ad I. 101), sugieren que quizá los Magi pueden haber sido no-arios. A partir de estas y otras pequeñas pistas uno podría construír una hipótesis que sería altamente significativa, si hubiera alguna prueba real de la misma.

     Cualquiera que fuera su origen, no puede quedar la menor duda sobre el método que los judíos siempre han considerado como ideal para hacerse con el control de un país: está clara y explícitamente expuesto en el "Antiguo Testamento" (Génesis 47:1-27). El héroe de esta narración es un judío llamado José, del que se dice que fue llevado a Egipto como esclavo, pero que hábilmente trepó por la sociedad egipcia hasta llegar a una posición donde pudo aprovecharse de las supersticiones y el buen carácter del rey egipcio, a quien primeramente manipuló para que permitiera la entrada de judíos, los cuales, de un modo u otro, se apoderaron de las mejores tierras de la nación; luego, usa la autoridad del rey para acaparar el mercado del grano, y de esta forma poder quitarles a los egipcios todo su dinero, luego todos sus rebaños, y luego toda su tierra, de manera que tiene a todos los egipcios (excepto a los sacerdotes, con quienes obviamente mantiene una prudente aunque extraña alianza) a su merced, obliga a los miserables hambrientos a venderse a sí mismos como esclavos, y luego astutamente deporta grupos de esclavos de un extremo a otro del país, mezclando a la población tan completamente que todas sus víctimas acaban entre extraños con quienes difícilmente se atreverían a concertar ninguna protesta eficaz —y los judíos, sin duda burlándose en privado, se anexionaron las propiedades y "se multiplicaron sobremanera". José usó al rey egipcio como una conveniente marioneta en esta operación, y por supuesto el relato da a entender que José gozaba de la cooperación de su especial dios tribal, al menos mientras hacía de adivino, cuando iba escalando posiciones.

     Es difícil decir cuánto de verdad subyace en el relato, que obviamente es una exposición de los métodos ideales de los judíos. Algunos reyes de Egipto parecen haber sido unos débiles mentales, e incluso hay constancia de que uno de ellos admitió a algunos nómadas del desierto que le suplicaban compasión por haberse secado sus pastos, pero a grandes rasgos, el relato probablemente refleje más las ambiciones judías que sucesos reales. Como fuera que fuese, lo cierto es que el cuento bosqueja un modus operandi ideal de subyugación de los goyim. Y seguramente los judíos de hoy día ¡no tendrán la audacia de pretender que esa descripción de sus métodos haya sido falsificada por la policía secreta de la Rusia de los Zares!.

     Los judios sostienen que los así llamados "Protocolos de los Sabios de Sión", que fueron ciertamente publicados ya en 1904, y de los que se informa que habían sido publicados mucho antes en libros que fueron destruídos cuando los judíos se apoderaron de Rusia en 1917, son meramente una "falsificación", como de hecho quizá lo sean, aunque describen en detalle y con completa precisión los métodos que los judíos han estado constantemente usando a lo largo de todo este siglo [XX] para subvertir nuestra civilización y destruír a nuestra raza.

     Pero los arios que quieran entender la mentalidad judía no necesitan basarse en ese documento: les basta leer el "Antiguo Testamento" con la mente no inmovilizada por una niebla de temor supersticioso. Escasamente hay un solo capítulo en esa narración pseudo-histórica que no sea altamente revelador; por ejemplo, nunca existió ningún rey persa llamado Ahasuerus (Asuero; habitualmente los sacerdotes cristianos afirman que dicho nombre ¡es una "equivocación", por Artajerjes!), pero la la ficción acerca de Ester es un inspirado apólogo para recordar a las judías que, aunque ellas puedan encontrar conveniente casarse con algún varón de las razas inferiores, deben siempre recordar que su deber es manipular al estúpido goy para explotarlo en provecho de su Raza Superior.


6. UNA MENTALIDAD ÚNICA

     La mentalidad racial de los judíos es tan distinta de la nuestra, que sólo podemos sacar algunas inferencias a partir de la observación de su comportamiento y de algunas de sus afirmaciones, en la medida en que parezcan más o menos sinceras y dignas de crédito (por ejemplo, el excelente libro de Maurice Samuel "Vosotros, los Gentiles" [You Gentiles], Nueva York, 1924). Pero hay que recordar que todas las formas de vida, instintiva y necesariamente hacen de la preservación y el incremento de su especie su objetivo supremo, y que si los vampiros fueran capaces de raciocinio, sin ninguna duda describirían sus furtivas succiones de sangre como un acto justo, y calificarían de diabólicamente malvados a los diversos animales (incluyendo al hombre) que de una u otra forma interfieren con el noble ejercicio de su derecho que Dios les ha otorgado.

     Ninguna especie podría pensar de sí misma como malvada. Como un ex-comunista me hizo notar una vez: «Usted debe recordar que cuando los comunistas traicionan a una nación, o asesinan a gente inocente por millares, ellos piensan de sí mismos como individuos altamente morales, que obedecen de manera justa a un propósito superior». Podemos estar absolutamente seguros de que cualquier cosa que los judíos hagan como raza, sin importar cuán vil y cobarde pueda parecernos a nosotros que sufrimos sus efectos, a ellos les parece justo y correcto —como de hecho lo es, si lo consideramos objetivamente en términos de la ley biológica que convierte en ley suprema de todas las especies su supervivencia e incremento [1].

[1] Los arios son una aparente excepción, puesto que por doquier, y más notablemente en EE.UU., en Gran Bretaña y ahora en Sudáfrica, ellos están evidentemente impulsados por un subconsciente deseo de muerte. Quizá la especie haya degenerado biológicamente o bien, como creen los judíos, sea innatamente estúpida e inferior, fácilmente pastoreable por su credulidad y su codicia. Algunos optimistas creen que la especie podría recuperar su voluntad de vivir y llegar a ser viable otra vez si de alguna forma escapara al control de sus pastores judíos.
     Antes del asesinato político del doctor Verwoerd, muchos estadounidenses sensatos veían en Sudáfrica una brillante esperanza para nuestra malhadada raza, y consideraban a los afrikaners como unos miembros excepcionalmente inteligentes e incorrompidos, atribuyendo su prudencia al hecho de que ellos estaban separados por sólo una generación de los pioneros que lucharon una heroica guerra de independencia, y quizá también a cierta honestidad moral peculiar de la Iglesia Holandesa Reformada, que parecía haber conservado alguna creencia en el cristianismo tradicional de Occidente en una época en que en todas partes las Iglesias habían sido compradas y convertidas en meros instrumentos de subversión.
     Desde el asesinato del doctor Verwoerd, que se hizo que pareciera fortuito a las personas que no entienden la regla del "cui bono?" [¿a quién beneficia?], se ha vuelto dolorosamente evidente que los afrikaners son tan crédulos y corruptos, tan atontados y embrutecidos, como la mayoría de los británicos y los estadounidenses, y que lo que equivocadamente habíamos atribuído a un pueblo no era más que el genio de un único hombre, cuyos logros le recuerdan a uno a Filopemen, que lideró a los griegos en su último esfuerzo en pro de su independencia.

     La gran fuerza de los judíos y el vínculo de su cohesión racial es su religión, la cual, en su sentido más amplio, es una fe ilimitada en la absoluta superioridad de su raza, porque, como Maurice Samuel nos recuerda, los judíos ateos, que se mofan de la creencia en seres sobrenaturales, veneran al Inmortal Pueblo Judío. Más allá de esto no podemos ser más concretos, porque sin duda siempre ha habido una amplísima gama de creencias personales, y existe plenitud de evidencia de un fanatismo emocional salvaje y grotesco entre las clases más bajas [de los judíos], como entre la chusma que era incitada por los numerosos goëtae [goéticos, charlatanes taumaturgos itinerantes] y autoproclamados cristos del siglo primero a.C. y del primer siglo d.C., con sus perpetuos estallidos de violencia demencial; y muchas sectas judías tienen estrafalarios conceptos en los que parecen creer sinceramente, como por ejemplo los hasidim polacos, que emparejan a sus niños y niñas en cuanto alcanzan la pubertad para acelerar al máximo su ritmo de natalidad, con la expresa intención de agotar cuanto antes la reserva de Dios de buenas almas judías, y de esta manera obligarlo a poner fin al mundo antes de lo que él planeaba. Pero estas peregrinas ideas que pululan entre las excitables e irracionales clases bajas tienen en realidad poca importancia para la fe racial.

     Por otro lado, si se vuelve uno hacia los judíos cultos, uno no puede discernir con seguridad entre lo que creen y lo que consideran conveniente profesar. Las luchas entre las diversas sectas judías han sido frecuentemente violentas, sangrientas y cruelmente inhumanas, pero parecen no haber sido tanto por diferencias doctrinales como por las ambiciones de los líderes que disputaban implacablemente y hasta el final el poder y la riqueza, y que aprovechaban algún detalle religioso para reclutar y excitar a sus ejércitos privados.

     Y, en último término, no tenemos ninguna seguridad de que el proceso psicológico que llamamos "creencia", como algo distinguible de la hipocresía y la mendacidad, tenga lugar en las mentes judías, las cuales quizá no distingan entre verdad y falsedad en términos de alguna realidad objetiva, tal como hacen los arios, aun cuando la realidad sea un mero producto de su imaginación. De hecho, hasta donde podemos decir, la mentalidad racial de esta extraña especie bien podría, mediante algún proceso psicológico fuera de nuestra comprensión, pensar sólo en términos de lo que es bueno para el Pueblo Judío, la Raza Divina, y, en su relación con nuestra especie, limitarse a simular nuestra distinción entre lo que es objetivamente cierto y lo que no, de manera análoga a como entrenamos a algunos animales enseñándoles lecciones en términos de su conformación mental [2].

[2] Acerca de seres humanos supersticiosos, Ivor Benson dio un ejemplo cuando escribió: «En el Norte de África durante la última Guerra Mundial, una de nuestras tareas era enseñar a conducir camiones de tres toneladas a unos toscos negros de la jungla. El problema Nº 1 era cómo explicarles lo que eran las marchas. El sentido común nos dio la respuesta. Al meter la primera marcha, les decíamos a los novatos que usaran "el espíritu del elefante", lento pero muy fuerte, exactamente el tipo de potencia necesaria para empujar al camión por una colina cuesta arriba, o para sacarlo de un barrizal. La segunda marcha significaba "el espíritu del caballo", una potencia más rápida, pero no tan fuerte como la del elefante. Y al pasar a la última marcha, era "el espíritu del antílope" lo que debía implementarse: muy veloz, pero no de mucho uso para las faenas pesadas.
     «Ahora, en la medida en que esta mitología funcionaba con estos negros, puede decirse que haya sido cierta, o en algún grado haber tenido algún elemento de verdad que no hubiera podido ser comunicado a estas mentes primitivas de ninguna otra manera.
     «En lo que a mitos religiosos se refiere, todos estamos, por supuesto, en la condición de aquellos salvajes africanos».

     Nuestras mentes se confunden cuando tratamos de comprender afirmaciones como «Dios está absorto [sic] en el nacionalismo de Israel... Él [Dios] crea el mundo [sic] en la lengua hebrea», del rabino Solomon Goldman, o «No fue Dios quien deseó a este pueblo... Fue este pueblo quien deseó a este Dios», del doctor Joseph Kastein, o cualquiera otra de los cientos de afirmaciones parecidas, que a nosotros nos parecen ser desvaríos de la locura pero que sólo son típicos de la mente judía, la cual, debemos recordar, regularmente a través de la Historia ha sobrepasado en astucia a nuestra raza. Nosotros, por supuesto, a menudo afirmamos que los hombres crearon a Dios a la propia imagen de ellos, declarando con ello una verdad psicológica y antropológica, y lo que queremos decir con dicha afirmación es que los dioses no existen sino que son meras invenciones de la imaginación, y si algún hombre de nuestra raza, habiendo confirmado de esta forma su ateísmo, llegara luego a profesar alguna creencia en la divinidad y en la existencia de algún dios o dioses, deberíamos con toda justicia declararlo loco; pero es obvio que la mente judía no ve ninguna falta de lógica en adorar a un dios que ella a sabiendas ha creado, en adorar a su propia imagen en el espejo. Esto es demencia —no podemos honestamente llamarla de ninguna otra manera en nuestra terminología—, pero es la demencia de una especie que lleva milenios depredando con éxito a todas las demás, y que está ahora alcanzando la posesión de toda la Tierra.

     Si hemos de ser justos y objetivos, debemos tener presente la diferencia —quizá una diferencia enorme— entre la mentalidad judía y la nuestra [3]. Cuando consideramos la religión de los judíos y la describimos en nuestros términos, les atribuímos a ellos, explícita o implícitamente, una hipocresía similar a la que vemos en nuestros propios clérigos de hoy en día, y nos vemos tentados de declararlos culpables de un fingimiento consciente que nos resulta odioso, pero debemos recordar que lo que a nosotros nos parece repugnante, a su peculiar mentalidad le parece bueno y justo.

[3] No puede haber ninguna duda, me parece, de que los judíos perciben el mundo físico que nos rodea, de manera totalmente diferente a como lo percibimos nosotros. Puesto que los judíos se comunican con nuestra raza en idiomas indoeuropeos, y en Occidente incluso usan estos idiomas para comunicarse entre ellos (aunque probablemente adjudicando distintos significados a muchas palabras fundamentales), o distorsionan los idiomas indoeuropeos en dialectos propios suyos, como su variedad del griego koine en la Antigüedad, y el ladino o el yíddish en tiempos más recientes, esta enorme diferencia psicológica puede ser vista mucho más claramente cuando se examina el idioma hebreo, un dialecto que formaron a partir del semítico occidental (fenicio) y que marcaron con su propia mentalidad, pues tiene muchas peculiaridades que no se encuentran en otras lenguas semíticas. Estas particularidades son expuestas por el doctor Thorleif Boman en su libro "El Pensamiento Hebreo Comparado con el Griego" [Hebrew Thought Compared with Greek] (Philadelphia, Westminster Press, 1960), una obra que merece el más cuidadoso estudio por parte de los arios. El doctor Boman es cristiano, y se ve por lo tanto obligado a encontrarle algún valor "moral" a la radicalmente diferente mentalidad judía, y sería enormemente deseable otro estudio similar realizado por algún filólogo sin prejuicios. Es completamente posible que los mamarrachos esquizofrénicos que les venden a los bobos como "arte moderno" realmente correspondan a la percepción judía de la realidad y al odio instintivo hacia lo que a nosotros nos parece hermoso y noble, y por tanto no debieran ser considerados como simplemente un medio de corromper nuestra cultura y exhibir su desprecio por nosotros.


7. LA RELIGIÓN JUDÍA

     Aunque es prácticamente imposible que los judíos no sepan que están practicando engaño y fraude cuando embaucan a los goyim, es probable que sientan algo parecido a lo que sentimos los miembros de nuestra raza cuando disparamos contra ciervos o patos desde alguna emboscada, pero nosotros sólo podemos hacer precarias conjeturas sobre sus propios sentimientos acerca de su religión. Lo que está claro es lo útil que les resulta en sus ataques contra las otras razas.

     (1) La religión es la tapadera perfecta para la arrogancia racial de los judíos. Si ellos afirmaran por cualquiera otra razón ser la Raza Superior, y proclamaran que los miembros de las otras razas son tan inferiores que son sólo un poco mejores, si es que algo, que los cerdos, los judíos suscitarían el resentimiento de las personas que no estuvieran dispuestas a aceptar semejante estatus. Pero los pueblos que han emergido de la barbarie, incluso si aún estuvieran profundamente imbuídos con supersticiones, han aprendido a ser tolerantes de muchas extrañas supersticiones y dioses extraños, y saben prácticamente no hay ningún límite para lo que los devotos puedan creer. Los judíos atenúan posteriormente el resentimiento al pretender que comparten su estatus de Raza Superior con cualquier "converso", y que son entusiastas proselitistas, pero han tomado la precaución de exigir a los prosélitos mutilaciones sexuales que por sí solas bastan para excluír a los hombre viriles, y de exigir tabúes grotescamente bárbaros que ciertamente rechazará cualquier goy, excepto algunas mujeres tan frívolas que les servirán como útiles marionetas. Su fe en su innata superioridad es de esta manera astutamente disfrazada.

     (2) La religión es una tapadera perfecta para la conspiración. Cuando los judíos invaden un país, normalmente pasan inadvertidos infiltrándose, unos pocos a la vez, e implantando unos cuantos de ellos en cada ciudad, pueblo, o incluso villa donde pueda hacerse dinero explotando a los estúpidos nativos. Si los dispersos grupos de invasores se mantuvieran en estrecho contacto con otros miembros de su raza, tanto dentro como fuera de la nación que están atacando, y dijeran hacer aquello sobre la base de cualquier otro interés común salvo la religión, ellos pronto serían identificados como una conspiración extranjera y enemiga, pero al afirmar que tienen un interés común en la adoración de un cierto dios, persuaden a los ciudadanos para que piensen de ellos simplemente como los devotos de algún culto absurdo pero inocuamente insensato, y para que pasen por alto la solidaridad real que existe entre los invasores.

     (3) La religión es el medio perfecto —y esto es lo más importante—, el medio perfecto para asegurarse de que los judíos sean perseguidos. Debe comprenderse que el éxito de los judíos depende de su astucia para ser considerados como "perseguidos".

     Quejándose permanentemente de que son una pobre, indefensa y perseguida minoría, ellos disfrazan eficazmente su real poder y su éxito en envolver sus tentáculos sobre sus víctimas, y suscitando la compasión de los sentimentales y poco juiciosos goyim pueden usarlos como armas contra los demás.

     Estableciendo una reputación de ser perseguidos por causa de su religión por parte de paganos terriblemente perversos, pueden hacer parecer que ellos, pobres inocentes, están sufriendo por su devoción cada vez que sus depredaciones y malevolencia exasperan tanto a sus víctimas que éstas intentan, mediante legislaciones o por la violencia, librarse de los extraños que los están explotando y oprimiendo.

     (4) La religión es un camuflaje perfecto, haya sido conscientemente o no diseñada para dicha función. Ante todo, prescribe a la raza unas prácticas tan bárbaras y unos tabúes tan absurdos e inconvenientes que los miembros de las demás razas no pueden creer que algún ser racional se someta voluntariamente a lo que los judíos llaman su "Ley", y por lo tanto suponen que los judíos sólo lo hacen por un miedo servil a su caprichosa y feroz deidad. Esto convence a los goyim de que los judíos jamás se atreverían a desobedecer la supuesta voluntad de su dios. Los judíos se han pertrechado con libros sagrados que contienen regulaciones específicas, tales como los así llamados Diez Mandamientos, que fueron por supuesto diseñados sólo para promover la solidaridad interna de la raza y para ser aplicados solamente a sus miembros, pero que pueden presentarse ante los estúpidos "gentiles" como rigiendo la conducta de los judíos hacia ellos. Así, los judíos se han envuelto en la reputación de temer tanto a su deidad que obedecen meticulosamente sus instrucciones escritas, incluso en sus relaciones con otras razas. Los judíos han implantado esta noción tan completamente en nuestro pueblo, que muchos arios, aun sin tener ideas religiosas preconcebidas, exoneran casi automáticamente a los judíos de acusaciones que están apoyadas por una evidencia que bastaría para condenar a miembros de cualquier otra raza. El testimonio de los testigos oculares que han entrado en el santuario interior del templo de Jerusalén es rechazado de plano: los píos judíos no habrían tenido un santuario semejante. La fuerte evidencia circunstancial de asesinatos rituales es simplemente descartada: los judíos temerosos de Dios no se entregarían a sacrificios humanos.

     Cada nación a la cual los judíos se han agarrado desde su primera aparición en la Historia ha sido destruída por la subversión y la corrupción, pero nadie investiga hasta qué punto aquel cuerpo extraño alojado dentro de la nación fue responsable de su desintegración y ruina final: los nobles judíos no dañarían a sus anfitriones. Y así sucesivamente. Nuestro pueblo ha sido condicionado para otorgar automáticamente a los judíos una exención a las leyes que observamos entre nosotros mismos. Hasta donde yo sé, a ningún ario acusado de robo o asesinato se le ha ocurrido nunca demostrar su inocencia declarando que es cristiano y aduciendo la Biblia como prueba de que los cristianos no pueden robar ni asesinar. Nadie ha sostenido nunca que la Guerra de los Treinta Años debe ser una invención de los historiadores paganos para difamar a los cristianos porque es impensable que dos sectas de amables, amorosos y corderiles cristianos hayan podido masacrarse tan bárbaramente entre sí.

     (5) La religión proporciona un medio de penetrar incluso los círculos más internos de las naciones y sociedades de los crédulos goyim. A un judío le basta afirmar que rechaza su religión y hacerse rociar con agua bendita para que los cristianos se imaginen que ha sido milagrosamente transformado y que ya no es más un judío. Los no-cristianos son igual de crédulos, porque si un judío no observa algunos de los tabúes y es visto comiendo cerdo, y finge que acepta la cultura de aquéllos, éstos lo aceptan como uno de los suyos. La religión judía bien podría haber sido diseñada para facilitar la implantación de marranos en el seno de las naciones invadidas.

     (6) Su reputación de estar en trato íntimo con seres sobrenaturales les da a los judíos una gran ventaja a la hora de vender hechicerías y basuras similares en sociedades marcadas por un alto nivel de ignorancia. En la Edad Media, por ejemplo, o incluso durante el Renacimiento y la Reforma, la práctica de la magia para estafar a los crédulos y para imponerse incluso sobre los gobernantes de los Estados y enterarse de sus secretos era casi tan útil para los judíos como la usura y el fraude comercial para subvertir a la sociedad europea. Una rápida ojeada a cualquier grimorio [manual de magia negra] de la época, o a su resumen en el "Libro de Magia Ceremonial" [Book of Ceremonial Magic] de Arthur E. Waite (Londres, 1912; Nueva York, 1961), bastará para mostrar que tanto la terminología como las prácticas proceden de fuentes judías, especialmente de la Kábala, adaptada para imponerse sobre los goyim.

     (7) Su experiencia en la superstición siempre le ha dado al "Pueblo de Dios" —como a los judíos les gusta llamarse— la capacidad para influír sobre las religiones nativas y extraviarlas para su propio beneficio. Puesto que tal labor se hace encubiertamente mediante marranos y tontos engañados, sólo podemos sospechar la influencia judía en muchas guerras civiles religiosas, sin que podamos ser capaces de demostrarla. Por ejemplo, es históricamente cierto que cuando Ciro el Grande emprendió la conquista del Imperio babilónico, los judíos en aquella nación actuaron, como siempre lo hacen, como agentes subversivos para debilitar y traicionar a sus anfitriones, y que después de que Ciro capturó Babilonia sin un asedio ni una lucha prolongados, éste devolvió el favor a los judíos por su buen trabajo, lo que le ahorró la vida de muchos de sus soldados, y (como muchos otros conquistadores harían posteriormente) los recompensó por la traición hecha a los enemigos de él con privilegios especiales. Los judíos, de acuerdo a sus tradiciones, adularon al triunfante goy llamándole su cristo, y probablemente frotándose las manos de alegría mientras se preparaban para usar estos privilegios para explotar a los nativos de las diversas regiones del expansivo Imperio persa, que incluiría finalmente a los nativos egipcios, como hemos aprendido de los papiros judíos hallados en Elefantina.

     Podemos inferir razonablemente que los judíos abrieron sigilosamente los portones de Babilonia a los persas, de manera que Ciro pudiera tomar la ciudad fuertemente amurallada sin combatir, pero sólo podemos conjeturar qué contribuciones hicieron ellos a la agitación y desmoralización de los babilónicos que debilitó al Imperio antes de que los persas lo invadieran. El relato de la caída de Babilonia en el libro de historias de los judíos es, por supuesto, una impresionante ficción, probablemente redactada casi cuatrocientos años después del acontecimiento, por algún autor que ni siquiera conocía el nombre del último rey de Babilonia, que era Nabonidus (= Nabu-na'id), evidentemente un gran benefactor de los judíos [4], quienes naturalmente apuñalaron al tonto por la espalda en cuanto tuvieron la ocasión. Puede haber algo de verdad, sin embargo, en la tradición de los judíos de que su odio hacia los babilónicos tenía algún matiz religioso, y las diatribas atribuídas a Isaías, así como algunas partes del cuento llamado "Daniel", quizá conserven algún recuerdo de la agitación religiosa provocada por los judíos en Babilonia.

[4] Es prácticamente cierto que Nabonidus dio a los judíos la posesión de los estratégicos oasis que controlaban las rutas comerciales hacia el Sur de Arabia (Arabia Felix), que estaban todavía en manos judías en tiempos de Mahoma, y mucho tiempo después; vea, por ejemplo, el capítulo 5 de "La Grandeza que Fue Babilonia" [The Greatness that Was Babylon] (Nueva York, 1962, 1968) del profesor H. W. F. Saggs. Incluso después de la conquista persa, Babilonia siguió plagada de judíos, y en la época del Imperio romano era la capital de su nación internacional y residencia de su jefe (el Resh-galutha), que quizá dirigiera la gran Conspiración Judía del año 117.

     Ahora, una importante causa de las dificultades de Nabonidus fue lo que equivalió a una guerra civil religiosa en sus dominios, al parecer entre devotos de Sin y devotos de Marduk, llevada a cabo con un fanatismo feroz que parece extraño entre pueblos largamente acostumbrados al politeísmo, incluso aunque algunos de ellos fueran de raza semita. Y hay pruebas de que algunos (no sabemos si pocos o muchos) seguidores de Marduk estaban difundiendo una especie de monoteísmo, afirmando que él era el único dios (¿bueno?) y que los otros dioses eran simplemente aspectos de él. Los judíos, por supuesto, nunca titubean en promover a cualquier dios que les resulte útil (por ejemplo, a Sebazius en Roma, y a Osiris en Egipto, durante el siglo II a.C.) para manipular a los goyim, de modo que podemos sospechar que ellos se estaban entrometiendo con la religión babilónica, así como contribuyendo, con toda probabilidad, a la depresión económica y a la inflación en el reino de Nabonidus, pero, hasta donde sé, no tenemos pruebas. Lo mismo es verdadero de muchos acontecimientos posteriores en la Historia.

     Aunque quedan algunos puntos oscuros, el origen y evolución del cristianismo es actualmente bien conocido, pero es un tema demasiado complejo para exponerlo aquí de manera completa. Podemos señalar, sin embargo, una etapa en aquella evolución, la Reforma Protestante, que fue, si se la considera históricamente, una terrible calamidad que cubrió las calles y campos de Europa con mucha de la mejor sangre de nuestra raza, empobreciéndola genéticamente, mientras los judíos observaban regocijados y sacaban enormes provechos de ambas partes y, con la fragmentación del protestantismo, de todos los bandos. Ahora bien, muchas causas contribuyeron a dicho desastre, pero si intentamos señalar un incidente aislado que pudiera haber desencadenado la explosión, tendríamos que fijarnos en la astucia de los judíos de Florencia cuando en 1485 engañaron y explotaron a Giovanni Pico, conde de la Mirandola y príncipe titular de Concordia, extrayendo enormes sumas de dinero del demasiado rico joven, a la vez que llenaban su vigorosa pero adolescente cabeza con patrañas de la Kábala, diciéndole que él era la verdadera esencia del cristianismo. A partir de Pico, la pista conduce directamente hasta Reuchlin, Pfefferkorn, Lutero (que fue guiado discretamente por sus serviciales amigos judíos hasta el final de su vida, momento en que se dió cuenta de cómo lo habían manipulado), Ulrich von Hutten, y las terribles Guerras de Religión que convulsionaron a Europa durante tres siglos. Sería absurdo sostener que la catástrofe fue el resultado de una conspiración judía, pero es legítimo plantear la cuestión de hasta qué punto las intrigas y manipulaciones judías contribuyeron a ello. Ése es un problema que podría ser la Hauptwerk [obra capital] de algún historiador diligente y objetivo dispuesto a dedicar su vida a la investigación requerida.

     (8) La religión de los judíos, que, según es presentada a los goyim, parece confirmar sus jactancias sobre una especial "rectitud", hace posible la mayor parte de su subversión secular (es decir, económica y social), y la eventual destrucción de las naciones que invaden. Debe recordarse que los judíos actúan mediante la detección y explotación de las causas de disenso dentro de las naciones, incitando a las clases y otros grupos análogos dentro de la nación a un antagonismo recíproco, y exacerbando las rivalidades hasta el punto de la guerra civil, hasta que la nación queda paralizada y reducida a masas de individuos que ya no sienten que tengan nada en común excepto el territorio geográfico que habitan. La técnica judía, tal como la explicó muy francamente el conocido agitador Herbert Aptheker, consiste en descubrir grandes grupos de goyim que puedan ser aislados del resto de la sociedad en base a algún interés económico, ocupacional, regional, cultural, sexual o racial que tengan en común, y persuadirlos de que ellos son "oprimidos" por la perversa sociedad, incitándolos a odiar a sus "opresores" y fomentando su codicia por los beneficios que creen que podrán conseguir al "exigir sus derechos", y poniendo de esta manera a cada grupo contra todos los otros hasta que la nación se paraliza por las contiendas pseudo-legales de las que puede esperarse que desemboquen en guerras civiles, masacres masivas y un retroceso a una barbarie total. Los judíos, que siempre tienen mucho cuidado de lamentarse de que son una "minoría perseguida" apasionada por la "justicia" divina, están por ende perfectamente preparados para incitar a los "desfavorecidos" a estallidos en pro de la "justicia social"; y es bien conocido, por supuesto, que todas las múltiples formas de subversión están dirigidas por judíos, a menudo muy abiertamente, aunque por lo general intentan que se asocien con ellos algunos miembros, o contratados o gente frívola, de cada uno de los grupos a los que están instigando para lo que será, en último término, una autodestrucción.

     (9) El mismo desliegue de religiosidad facilita la otra principal ofensiva contra la nación ocupada, si ésta pertenece a nuestra raza, que es mórbidamente susceptible a las apelaciones retóricas al sentimentalismo y a los "ideales", es decir, a los imaginarios cambios del mundo real para hacerlo más placentero, usualmente mediante alguna transformación mágica de la naturaleza humana. Los arios, sobre todo las mujeres, son fácilmente intoxicados por la charla extravagantemente emocional acerca de "toda la Humanidad", "la hermandad del Hombre", "la paz mundial", "la igualdad de las razas", "todos los hombres nacen iguales", y tonterías semejantes. Que los arios adultos crean en este tipo de cosas, sin la ayuda del ácido lisérgico o siquiera el alcohol, es simplemente la prueba de la observación de Kipling de que «Las palabras son las drogas más poderosas usadas por la Humanidad». Los judíos no pueden ser considerados responsables por la debilidad mental de aquellos a quienes explotan, ni por su éxito en explotarlos. En Estados Unidos, por ejemplo, llevan décadas incitando abiertamente a los congoides a saquear, golpear, violar y asesinar a sus "opresores" Blancos, y los estadounidenses Blancos no solo son tan cobardes y masoquistas que se someten ellos y sus hijos a los ultrajes de los salvajes, sino que son tan poco inteligentes que creen la simulación de los judíos de que éstos actúan por una preocupación por los salvajes "desfavorecidos" más bien que por odio hacia los arios, además de intentar sacar provecho de las desgracias de los modernos cananeos, cuyo país han ocupado efectivamente. El desprecio de los judíos hacia sus atontadas víctimas carentes de carácter probablemente esté justificado, pero creo que es obvio que su éxito en Estados Unidos ha sido posible tal como lo fue en Canaán, según Filón de Alejandría, mediante el temor suscitado por sus declaraciones religiosas en las mentes de los enemigos involuntarios cuyo país habían invadido.


8. ¿CONSPIRACIÓN O INSTINTO?

     Este resumen de los recursos más útiles de los judíos nos deja, por supuesto, con la pregunta de cómo es posible que los miembros dispersos y ampliamente diseminados de esa raza actúen con lo que equivaldría a una coordinación unánime y perfecta. Es casi increíble que un número tan grande de individuos, muchos de ellos con un bajo nivel de inteligencia, puedan llevar a cabo semejantes operaciones de acuerdo a un plan diseñado conscientemente y con el cual todos hayan previamente concordado. La gran masa de los judíos parece estar, casi sin excepción, bajo el estricto control y disciplina de sus bastante numerosos líderes, quienes a su vez podrían estar igualmente sujetos a las órdenes de algún directorio supremo y secreto, que planea y dirige una estrategia consciente, tal como está establecida en los famosos "Protocolos". Esto es posible, aunque los arios tienden a considerar como muy improbable cualquier operación de la que ellos mismos serían absolutamente incapaces, de la que ellos son, debemos creer, genéticamente incapaces, puesto que sus registros más antiguos —en las tradiciones homéricas, las leyendas nórdicas, e incluso en los Vedas— atestiguan la enorme dificultad para mantener un consenso efectivo dentro incluso de bandas compactas y comparativamente pequeñas, para objetivos específicos, inmediatos y limitados.

     Es un error pernicioso, y quizá fatal, característico de nuestra raza, suponer que otras razas tienen aproximadamente la misma naturaleza que la nuestra, de modo que el argumento contra una conspiración consciente y concertada debe ser descartado. La alternativa a dicha teoría, hasta donde puedo ver, solo puede ser la hipótesis de que los judíos están dirigidos por su instinto, al menos en gran medida. Quizá representen una forma compleja y altamente avanzada de ese fenómeno biológico del cual una simple manifestación se ve en los mamíferos que cazan en jaurías o bandas. Como es bien sabido, los lobos y los perros salvajes africanos, por ejemplo, cazan en jaurías organizadas y acosan y llevan a cabo su juego mediante una especie de estrategia que es ejecutada por toda la jauría como una unidad, pero en la que cada uno de sus individuos cumple una función determinada, y adaptándose él mismo a las necesidades de un situación específica. Esta actividad la atribuímos a instintos que operan completamente por debajo del nivel de la consciencia real. Los babuinos africanos forman bandas que son en realidad pequeñas tribus que tienen un gobierno oligárquico, y su supervivencia bajo condiciones muy adversas demuestra que adaptan sus métodos supuestamente instintivos a las nuevas condiciones, y que aprenden mediante la experiencia y la observación. Se supone, sin embargo, en parte por la estructura del cerebro de los babuinos y por la ausencia de un verdadero lenguaje, que la especie no es capaz de pensamiento consciente. Por otra parte, estamos enterados de que, aunque podamos, en base a argumentos estrictamente objetivos, identificar a nuestra raza como poseedora de una singular capacidad para el pensamiento objetivo, muchas de nuestras acciones están determinadas por reacciones instintivas y subconscientes (por ejemplo, nuestra percepción de la belleza, el miedo a la muerte, la reacción ante olores y sonidos, etc.), por mucho que podamos intentar racionalizarlas conscientemente o alterarlas mediante esfuerzos de la voluntad que probablemente producirían esquizofrenia.

     Es completamente posible, por lo tanto, que una especie pueda haber sido formada mediante una selección biológica, de manera que deprede inconscientemente a nuestra especie tan instintivamente como los lobos depredan a los caribúes, aunque por supuesto, con muchísima mas astucia y versatilidad.


9. EXTERMINIO

     Esta hipótesis está abierta a la objeción de que, hasta donde podemos decir, un cambio notable ha tenido lugar en la actividad de los judíos en este siglo [XX], y aproximadamente hacia la época de los "Protocolos".

     Antes de ello, los extranjeros parecían haberse contentado con explotar a los arios y, en términos biológicos, alimentarse de ellos; su objetivo actual es obviamente el exterminio de nuestra especie mediante mestización y masacres, de modo que parecería que la organización y dominio de las colonias judías por los sionistas ha producido un cambio de intenciones que, al menos en gran medida, debe haber sido conscientemente determinado y planificado.

     Esto implica cierto grado de gobierno ejercido por alguna especie de consejo directivo que tiene la capacidad y el poder de establecer objetivos para su raza. La alternativa a esto es explicar el cambio como un resultado natural del progresivo debilitamiento de nuestra raza, debido a ataques menos directos durante los pasados mil años o más, comparable al cambio en la actividad de una jauría de lobos cuando percibe que el asediado caribú está cercano al agotamiento.

     Cualquiera sea la explicación, la decisión de los judíos de exterminar a los arios no es contraria a la razón.

     Uno puede ver una buena analogía con el ganado vacuno que se cría en la parte Sudoeste de Estados Unidos. Durante un largo tiempo, la raza favorita era la Texas Long-horn, que era resistente, capaz de repeler a coyotes y otros predadores, y de sobrevivir en tierras agrestes, hasta que fue acorralada por los vaqueros para un largo viaje hasta la feria de ganado, pero que era también un animal peligroso, que podía atacar a sus propietarios si se sentía provocado. Está ahora prácticamente extinguida, habiendo sido reemplazada en los ranchos con razas más dóciles, como la Black Angus, por cuanto los predadores han sido exterminados, y el ganado ahora pasta dentro de recintos cercados o es simplemente engordado con maíz que se le proporciona, y el vigor de la potencialmente peligrosa raza Long-horn ya no es necesario, a la vez que estos animales más dóciles y lentos proporcionan una carne más tierna.

     A principios del siglo XX los arios, para todos los propósitos prácticos, habían subyugado al mundo entero y lo habían hecho en todas partes seguro y conveniente para los judíos, mientras que los acontecimientos en la Alemania de los años '30 mostraron que los arios podían ser peligrosos para la Raza Superior si ellos se salían de control. La eliminación de la especie parece por lo tanto un paso lógico para el autoproclamado "Pueblo de Dios".


10. "INTEGRACIÓN" GENÉTICA

     Añadiré una inquietante consideración que, hasta donde sé, ningún otro ario ha tomado en cuenta. Se basa en el trabajo del doctor [judío] Alfred Nossig, cuyo manual de consejos a su raza sobre los mejores medios de tomar posesión rápidamente de todo el planeta, publicado simultáneamente en Austria, Alemania y Estados Unidos (Integrales Judentum, Viena, Berlin, Nueva York, 1922), debió haber sido alguna vez ampliamente distribuído pero que ha llegado a ser ahora extremadamente raro, tanto que tuve que buscar durante años antes de encontrar siquiera una deteriorada copia. La mayoría de lo que dice, por supuesto, son meros lugares comunes para cualquiera que haya observado las técnicas de los judíos, pero hay una afirmación que, de ser cierta, explica mucho y nos deja con poca o ninguna esperanza, sin importar lo que pueda suceder en el futuro: él se jacta de una infiltración genética de nuestra raza que probablemente nos deje indefensos.

     Según el doctor Nossig, cualquier contaminación con sangre judía (ein einziges jüdisches Bluttröpfchen) alteraría de tal modo las células del cerebro (Gehirnganglien) de muchas subsiguientes generaciones de una familia aria aparentemente pura, que sus descendientes serían susceptibles a la propaganda judía y podrían fácilmente ser movilizados contra su propia raza. Más aún, el doctor Nossig parece rechazar el habitual punto de vista judío de que los genes de la judeidad, como el de la hemofilia, son transmitidos sólo a través de las mujeres, de modo que sólo la descendencia de las judías, sin importar la raza del padre, serían auténticos judíos. (Esto, por supuesto, explica fenómenos tan variados como la degeneración de la aristocracia británica, la que algunos observadores remontan parcialmente a la común práctica de británicos codiciosos o necesitados, de casar a sus hijos varones con judías quienes eran provistas con suculentas dotes, y a menudo sumergidas en agua bendita para hacerlas más aceptables; y también el secuestro de niños alemanes en 1944-45, que fueron llevados a Israel como material genético para mejorar el físico de la raza). Asombrosamente, el doctor Nossig parece creer que la herencia genética se transmite por judíos de ambos sexos. Esto significa que, por ejemplo, si un judío en 1800 hubiera seducido y embarazado a una mujer aria, los descendientes de ella, incluso hoy después de varias generaciones (que, con todo, serían menos que «eine lange Reihe von Generationen» [una larga serie de generaciones]) de matrimonios con arios de pura raza, tendrían todos ellos el tumor judío en sus cerebros y estarían sujetos a un control mediante él. Y cuando uno trata de imaginar en cuántos nidos pueden haber puesto sus huevos estos cuclillos invasores a lo largo de los siglos, uno se estremece.

     El doctor Nossig está obviamente convencido de que los genes judíos no sólo son dominantes sino que tienen un potencial de dominación mayor que el que atestiguado por los genes de cualquier otro rasgo físico. Esta presunción no se ajusta a las teorías sostenidas por la mayoría de los modernos genetistas, pero no he podido encontrar ninguna corroboración o refutación científica de su afirmación, y no necesito señalar los obstáculos metodológicos que tendría la determinación de la herencia de rasgos mentales específicos en los individuos, incluso si la investigación sobre dicho tema estuviera libremente permitida.


11. LA RELIGIOSIDAD

     La actual promoción intensiva de la charlatanería ocultista, que tan generalmente atribula a los jóvenes que han sido intelectualmente desheredados y saboteados en las incubadoras públicas de bobos, parece indicar que mucha gente que carece de religión tiene un apetito instintivo por algo que la sustituya. Algunos miembros altamente inteligentes de nuestra raza, incluyendo algunos que he observado en las escuelas universitarias, tanto hombres como partícipes del sexo religioso, que son por supuesto demasiado inteligentes como para practicar brujería o drogarse con mescalina o ácido lisérgico para "entrar en contacto con el infinito", quieren creer en la metempsicosis (una antigua fe aria, por lo menos) y en alguna inteligencia cósmica más o menos comparable al Brahma hindú, que gobierna el universo en conformidad con algún Propósito Superior.

     Una cierta religiosidad, un deseo o necesidad de creer en la magia y en los milagros (lo cual, por supuesto, implica la existencia de un poder preterhumano [lat. præter = más allá de] capaz de producirlos), podría ser biológicamente innata en todas las razas y quizá incluso en algunas especies de mamíferos no antropoides. Ésa, al menos, es una hipótesis que he considerado a menudo. Muchos lectores probablemente conozcan la importante obra de Eugene Marais "El Alma del Simio" [The Soul of the Ape] (es decir, de los babuinos. Me han dicho que este inapropiado nombre proviene de la traducción del idioma afrikaans, en el cual el título tiene una palabra que designa tanto a los simios como a los grandes monos), pero muchos pudieran no haber visto su obra anterior, y mucho más breve, que fue traducida y publicada poco después de su muerte con el título de "Mis Amigos los Babuinos" [My Friends, the Baboons]. En ella Marais informa que cuando él y su ayudante estaban observando una colonia de babuinos y ya habían tenido éxito en establecer relaciones amistosas con ellos, fueron despertados una noche por una visita sin precedentes de los machos dominantes que eran los oligarcas de la tropa babuina. Ellos finalmente comprendieron que estaban siendo invitados a visitar la guarida de la tropa, y siguiendo a aquellos líderes fueron conducidos al lugar donde éstos dormían, donde encontraron a varias hembras acongojadas por sus hijos que aparentemente habían muerto por alguna enfermedad epidémica. Hasta donde Marais pudo determinar, él había sido invitado con la esperanza de que pudiera y decidiera resucitar a los pequeños babuinos muertos y volverlos a la vida. Cuando se marchó sin haber podido realizar el deseado milagro, hubo tristeza y aullidos. Anatole France ha escrito un ensayo muy persuasible acerca de los perros, quienes consideran a los hombres como sus dioses con una devoción que, sugiere él, no difiere en lo esencial de la devoción religiosa de los seres humanos, con la salvedad de que los perros pueden ver y tocar a sus deidades y así saber que existen, mientras que los seres humanos tienen que contentarse con invenciones de su imaginación.

     Debemos considerar la posibilidad de que nuestra raza, aunque distinguida, por supuesto, por su habilidad única para la investigación científica, pueda tener también alguna tendencia particular (y probablemente relacionada) hacia las creencias religiosas, o algún deseo de ellas. Esto nos hace vulnerables a numerosos engaños e imposturas, particularmente hacia las creadas comúnmente, quizá instintivamente, por los judíos. Existe, me parece, una gran dosis de verdad en la identificación y descripción que Spengler hace del alma fáustica de nuestra civilización, con su anhelo de lo infinito como su ideé maîtresse [idea principal]. Lo infinito puede ser temporal o espacial, y es fácil ver que esta tendencia de la mentalidad racial produciría naturalmente un deseo muy fuerte e intenso de inmortalidad. Como dice Nietzsche en su himno de medianoche [La Canción de la Embriaguez, en Así Hablaba Zaratustra], «Doch alle Lust will Ewigkeit, will tiefe, tiefe Ewigkeit!» [¡Pero toda Alegría quiere Eternidad, quiere profunda, profunda Eternidad!].


13. LA CONDENACIÓN DE LAS NACIONES

     En las páginas precedentes he intentado simplemente sugerir lo que me parecen ser los fenómenos más importantes que deben ser tenidos en cuenta para formarse una estimación objetiva de los judíos, y para considerar desapasionadamente la actual difícil situación de nuestra raza y la condenación que parece pender sobre nuestros hijos y sobre nosotros mismos, a menos que seamos individuos que ya hemos llegado «prope ad ipsos exactae aetatis terminos» [= casi al límite de la edad avanzada, Tácito].

     No sé qué puede hacerse, si es que algo, para preservar una especie que algunos juiciosos observadores consideran impulsada por un deseo de muerte, en gran medida subconsciente pero irresistible. En 1914, aunque teníamos a los judíos en nuestra espalda, éramos sin ninguna duda la raza dominante sobre la Tierra; ahora somos una especie despreciada y degradada de antropoides de quienes se alimentan alegremente todas las demás especies, incluyendo las más inferiores y brutales. Cuando veo que nuestra gente es o bien demasiado estúpida para percibir su degradación, o demasiado cobarde para preocuparse, estoy cerca de la desesperación. Incluso hace unas pocas décadas no habría creído posible que aquí en EE.UU. los arios estuvieran dispuestos a ver a sus hijos acarreados a las "escuelas" para ser profanados mediante una asociación forzosa con salvajes, y para ser robados, golpeados, violados y mutilados por esos animales. Incluso hoy, soy casi incrédulo cuando oigo a jefes de policía por la radio instando a los conejos blancos a que minimicen las posibilidades de ser heridos o muertos por los salvajes, a quienes alimentan con sus impuestos y a quienes subsidian para que se reproduzcan más rápidamente: en las junglas que alguna vez fueron nuestras grandes ciudades, a los sumisos habitantes Blancos se les dice que no salgan fuera de sus casas después del anochecer, que deberían andar sólo por el centro de las aceras para que los congoides tengan menos probabilidades de abalanzarse sobre ellos desde algún umbral o desde algún automóvil en la calle, y que no debieran aparecerse por grandes áreas de sus propias ciudades. Unas criaturas que aceptan semejante degradación ¿son capaces de sobrevivir o incluso aptas para la vida?. ¿Es sólo que han sido esclavizadas por inmundas supersticiones, o es que tienen sus cerebros tan solidificados por siglos de un sistemático envenenamiento que se han vuelto permanente e irremediablemente imbéciles?.

     Cuando los judíos invaden una nación, su primera preocupación es, como lo exige la prudencia, conseguir el control de las mentes de sus víctimas. A mediados del siglo XIX, Lord Harrington decía al Parlamento que los judíos ya controlaban "una gran parte" de la Prensa británica, y por supuesto en otros países arios habían tenido un éxito igual o mayor. Menos de un siglo después, su control sobre todos los medios de comunicación dentro de cada nación aria había llegado a ser prácticamente absoluto, aunque a unos pocos periódicos pequeños aún se les permite publicar algunos artículos que el poder ocupante no ha aprobado. En relación con esto es bueno recordar la declaración de Dzhugashvili (alias Stalin) de que un periódico con una circulación de 10.000 ejemplares o menos no era digno de ser capturado o suprimido. Y es también verdad que los judíos necesitan tener una pequeña oposición abierta para mantener la ficción de que ellos son "perseguidos", y es posible que elos hayan estimulado en una pequeña escala las formas más absurdas y menos prácticas de "anti-semitismo", precisamente con ese propósito. Pero ellos parecen pensar ahora que pueden exhibir sin riesgo su arrogancia, y haber resuelto que a ningún perro mestizo ario se le permitirá ladrarle a sus dueños o siquiera lloriquear de manera audible.

     Para todos los propósitos prácticos, la aristocracia natural de nuestra raza, que alguna vez le dio algún sentido de dirección, ha sido totalmente destruída, mediante masacres revolucionarias, guerras artificiales con fines alucinatorios, saqueos económicos disfrazados de "democracia", corrupción interna a través del fomento de sus vicios, y mediante el mestizaje. Nos hemos quedado con lo que es, en general, un proletariado ario, diferenciado sólo por sus ingresos y, especialmente si esos ingresos están en alguna medida por sobre el promedio, dispuesto a someterse a cualquier cosa o incluso a hacer cualquier cosa por unos cuantos dólares, libras o rands [moneda de Sudáfrica] adicionales. Nuestra población entera, casi sin ninguna excepción significativa, está ahora a merced de, y por lo tanto esclavizada por, las presiones económicas que los judíos ejercen ante los primeros signos de descontento. La tradicional desconfianza de nuestra raza hacia los "mercaderes" sólo era realista. Los hombres cuyos ingresos dependen de vender algo a las masas están siempre sujetos a la tentación de las ganancias, que es probable que sea más fuerte que cualquiera otra restricción moral que teóricamente ellos puedan reconocer, y hoy ellos no son más que esclavos a merced de sus amos.

     Aún más precario es el estatus de aquellos que no tienen bienes materiales para vender, como los escritores, periodistas, actores, clérigos y demás adivinos, vendedores, agentes publicitarios, profesores, y similares, cuyos medios de subsistencia dependen completamente de la venta de palabras, meros sonidos ya sean hablados o escritos, a unas masas cuyos gustos han sido formados por la formidable maquinaria que controla sus mentes. Estos hechos de esclavización económica llevan a muchos observadores agudos a la conclusión de que la única oportunidad de sobrevivencia de nuestra raza radica en la posibilidad de que los judíos, cegados por su propia arrogante confianza en su superioridad absoluta, permitan o precipiten un colapso total de la sociedad organizada, hacia una anarquía en la cual los fuertes y decididos sobrevivirán de nuevo a costa de los débiles y de los insensatos.–





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