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miércoles, 5 de noviembre de 2014

John Kaminski - En la Cúspide de la Aniquilación



     Se publicó hace dos días en therebel.org este artículo del señor Kaminski, y lo presentamos en castellano para sus lectores. John Kaminski es un escritor que vive en la Costa de Golfo de Florida, constantemente tratando de entender por qué nos estamos destruyendo a nosotros mismos, y señalando un sistema corrupto de creencias como el motor de nuestra desaparición.


En la Cúspide de la Aniquilación
por John Kaminski
3 de Noviembre de 2014
        

El fracaso para identificar las fuerzas que
deliberadamente están destruyendo a Estados Unidos.



     A causa de nuestra incapacidad para curar las muchas y empeorantes plagas sociales que nos afligen, no puede haber una mayor y más horrible evidencia presagiadora de nuestra completa desaparición como un país libre que la reciente evaluación de que los más probables candidatos presidenciales estadounidenses para 2016 serán Hillary Clinton y Jeb Bush.

     En términos muy claros, esta repugnante perspectiva significa que la gente que ha llevado a Estados Unidos al suelo, destruyendo su infraestructura y saboteando su bienestar, seguirá haciendo su trabajo sucio sin impedimentos en el futuro, cuan largo (¿o corto?) pueda ser éste.

     En ninguna parte en el horizonte del espectro político hay una voz coherente que esté dispuesta a explicar totalmente cómo Estados Unidos ha sido secuestrado y mutilado por un demencial poder extranjero motivado sólo por sus propias psicosis narcisistas.

     Tampoco hay en ninguna parte, ni con mucho, suficientes escritores francos y directos que aborden el problema claramente, y que bosquejen la espiral descendente del bienestar de EE.UU. como resultado de la desfiguración de las instituciones estadounidenses hecha por los judíos.

     Ciertamente, no ha habido ningún cambio en cuanto a quién gobierna Estados Unidos desde el asesinato de Kennedy de 1963, que parece haber sido la última vez que alguna clase de retórica pública demostró una genuina y verificable preocupación por la gente estadounidense.

     La última vez que algún Presidente estadounidense mencionó alguna vez la existencia de "sociedades secretas moralmente repugnantes", fue John F. Kennedy, asesinado poco tiempo más tarde, y el tema ha sido rara vez planteado por algún líder estadounidense de rango, porque todos los Presidentes desde entonces, en un grado u otro, han sido metidos en una camisa de fuerza por estas mismas infames sociedades secretas, que están compuestas exclusivamente por millonarios judíos que enmascaran su pertenencia étnica con unos pocos miembros simbólicos de la realeza europea, que fingen ser de alguna otra denominación religiosa, pero quienes están de un modo inconfundible dirigidos por los jenofóbicos, homicidas y psicopatológicos tratados del Talmud.

     Esto ha sido desde entonces una caída directa cerro abajo hacia el predecible totalitarismo, en el cual los estadounidenses pierden un derecho tras otro, día tras día. Como sus Padres Fundadores les advirtieron hace tanto tiempo, a la mayoría de los ciudadanos corrientes no les queda ningún derecho para aliviar su estrangulación social en curso. Los empleos se han ido, los tribunales son corruptos y los banqueros no están preocupados por el sufrimiento de la gente.

     "Aniquilación" es una palabra fuerte, pero considere los titulares de hoy: balas de punta hueca, radiación de Wi-Fi y enfermedades diseñadas por el Gobierno, como el Ébola. Luego están los desastres aparentemente naturales como el metano en el Ártico y Yellowstone a punto de hacer erupción. Demasiado para que alguien se preocupe, definitivamente no un mundo normal. Definitivamente un paisaje apto para el Armagedón, para la aniquilación del mundo que pensábamos que conocíamos.

     A pesar de la corriente interminable de análisis partidistas que siempre detallan los crímenes pero nunca nombran a los criminales, no hay nada hoy que indique que cualquiera de estas tendencias destructivas será mejorada, por cuanto los manipuladores ultra-millonarios que siempre consiguen escoger a sus Presidentes no tienen ningún adversario con la capacidad o la voluntad de ponerlos en su lugar, lo que correctamente sería en las entrañas más profundas del infierno.

     La policía está toda sobornada, los militares permanecen dóciles porque sus líderes son designados por civiles corruptibles, y la judicatura está totalmente controlada por los hombres ricos que les asignan su poder inexpugnable.

     Y con una población mentalmente defectuosa, incapaz de percibir siquiera la mayor parte de los problemas creados por los crímenes que han ocurrido, los chabacanos y corruptos empleados serviles que se hacen pasar por nuestros Presidentes siguen erosionando los principios y prácticas que alguna vez hicieron de EE.UU. el mejor lugar en el mundo para vivir.

     Hoy, Estados Unidos está inundado con la anarquía del Tercer Mundo creada por las políticas de inmigración deliberadamente desestabilizadoras que han permitido que judíos criminales usurpen la autoridad del gobierno tomando control de las operaciones financieras de EE.UU. y de sus medios de comunicación, universidades y sistemas comerciales, y en sus demoníacos procesos, anegando las alguna vez civilizadas naciones Blancas con una inundación torrencial de violadores no-Blancos salvajemente irracionales.

     Se ha hecho que el pueblo estadounidense acepte estas anormales prácticas como normales, y que considere los malsanos procedimientos médicos como sanos. A ellos se les ha hecho tragar acontecimientos completamente artificiales como verdaderos, porque sus supuestos líderes escenifican atrocidades para convencer a los lemmings yanquis de que entreguen sus armas y pierdan así su última posibilidad para remover por la fuerza a los retorcidos leguleyos que han secuestrado a su país y lo han convertido en un burdel sangriento de demencial abuso de niños, desquiciadas trabajadoras sociales lesbianas y médicos tipo Frankenstein.

     Cien años de inflación artificial han privado a los estadounidenses de toda su propiedad, que es controlada ahora por estafadores internacionales que no tienen lealtad a ninguna nación, y son mantenidos en la esclavitud del salvajismo de estafadores judíos firmemente enraizados que llevan a la bancarrota a cada país en el que se les permite entrar.

     Hoy, las siguientes generaciones de nuestros países antes civilizados están siendo envenenadas desde el nacimiento por vacunaciones cínicamente prescritas, y los niños de escuela primaria ya no son educados en los valores simples de matemáticas, lenguaje y música, sino que en cambio son instruídos en las perversiones de adicciones al mismo sexo y masturbación constante mucho antes de que ellos siquiera alcancen la edad de la pubertad, garantizando que ellos nunca serán capaces de formar familias sanas o vivir vidas normales sin la maldición debilitante de drogas psicoactivas que arruinarán su salud y acortarán sus vidas.

     Completamente por casualidad —o debido a mi predisposición a leer sobre la Historia antigua, en un penoso intento de discernir cómo, nosotros los de este tiempo, nos diferenciamos de los de épocas anteriores (y no ofrecemos resistencia demasiado bien, yo podría añadir)— recientemente leí la famosa oración fúnebre de Pericles, el gran campeón de la democracia ateniense, que puso el estándar para el confiado orgullo en su país y en su historia, exhibiendo un orgullo de lugar y de gente que hace mucho tiempo no poseemos.

     La oración misma es casi imposible de entender en esta época de televisión y mensajes instantáneos formulados en un retardado tecnolenguaje. Pericles no pide ninguna disculpa por el orgullo que siente en prácticas que otros sólo pueden imitar, una sociedad que favorece a los muchos en vez de a unos pocos, con igual justicia para todos, sin considerar la clase o el dinero.

     «La libertad de la cual disfrutamos en nuestro gobierno se extiende también a nuestra vida corriente. Allí, lejos de ejercer una vigilancia celosa sobre cada uno de los demás, no nos sentimos llamados a estar enojados con nuestro prójimo por hacer lo que le gusta, o siquiera permitirnos aquellas miradas perjudiciales que no pueden dejar de ser ofensivas, aunque ellas no impongan ninguna sanción positiva. Pero toda esta soltura en nuestras relaciones privadas no nos hace carentes de ley como ciudadanos. Dicho temor es nuestra principal salvaguardia, que nos enseña a obedecer a los magistrados y las leyes, particularmente en cuanto a la protección de las víctimas de injusticias, estén dichas leyes realmente en la legislación o pertenezcan a aquel código que, aunque no escrito, no puede ser quebrantado sin una reconocida desgracia».

     Los atenienses vivían exactamente como les agradaba, confiaban en sus vecinos y no estaban temerosos del peligro como la condición del mundo. A diferencia de cualquiera otra nación en el mundo, se jactaba Pericles, los atenienses consideraban a cualquiera que eludiera sus deberes públicos no como carente de ambición sino como inútil.

     Pero quizá debido a la pequeña población, el secreto no era algo que pudiera ser practicado en una sociedad donde todos los asuntos estaban en la mesa.

     «En vez de considerar la discusión como un escollo en el camino de la acción, la consideramos como un prolegómeno indispensable a cualquier acción sabia en absoluto».

     Hoy, en nombre de la seguridad nacional, todo lo verdaderamente importante es hecho en el secreto.

     El orgullo ateniense se basaba en el conocimiento de aquellos que saben la diferencia entre la privación y el placer y aún así no sienten la tentación de huír ante el peligro. Ellos adquirían sus amigos dando —no recibiendo— favores, según Pericles.

     «Ya que es el ansia de honor lo que nunca envejece; y es el recibir honores, no las ganancias, como algunos considerarían, lo que alegra el corazón del anciano y desvalido».

     «...Y donde las recompensas por el mérito son las mayores, allí se encuentran los mejores ciudadanos».

     Los hombres, y las naciones, de este temple, a través del tiempo, han sido pocos y distanciados. Uno de los pocos ejemplos modernos de esta clase de sincera sabiduría es el famoso discurso de John F. Kennedy [27 de Abril de 1961] sobre las sociedades secretas, que terminaría costándole su vida.

     «La misma palabra "secreto" es repugnante en una sociedad libre y abierta; y estamos como pueblo intrínseca e históricamente opuestos a las sociedades secretas, a juramentos secretos y a procedimientos secretos. Decidimos hace mucho que los peligros de una ocultación excesiva e injustificada de hechos pertinentes excedían con mucho a los peligros que son citados para justificarla. Incluso hoy, es de poco valor oponerse a la amenaza de una sociedad cerrada imitando sus restricciones arbitrarias. Incluso hoy, es de poco valor asegurar la supervivencia de nuestra nación si nuestras tradiciones no sobrevivirán con ello. Y hay un peligro muy grave de que una anunciada necesidad de una seguridad aumentada será aprovechada por aquellos que están ansiosos por expandir su significado a los mismos límites de la censura oficial y el ocultamiento. No tengo la intención de permitir aquello, en la medida en está bajo mi control. Y ningún funcionario de mi Administración, sea su rango alto o bajo, civil o militar, debería interpretar mis palabras aquí esta noche como una excusa para censurar las noticias, reprimir el disenso, encubrir nuestros errores u ocultar de la prensa y el público los hechos que ellos merecen conocer».

(http://www.jfklibrary.org/Research/Research-Aids/JFK-Speeches/American-Newspaper-Publishers-Association_19610427.aspx).

     Nuestras nobles tradiciones no han sobrevivido en la época del Nuevo Orden Mundial, o, si lo han hecho, ha sido sólo en forma lobotomizada, donde el secreto es ocultado entre un pequeño grupo de hombres malvados, y el público es alimentado con una corriente estable de mentiras deliberadas que sirven a la agenda de aquellos que desean esclavizar a cada uno.

     En los 53 años que han transcurrido desde que John F. Kennedy pronunció aquellas palabras, ninguna figura pública importante las ha repetido. Nuestro mismo futuro habría dependido de aquellas palabras. Pero el público no las apreció cuando ellas fueron dichas, y nuestros educadores, atrapados en la tóxica esclavitud de las subvenciones del Gobierno, las han ignorado durante mucho tiempo.

     Lea el discurso entero [en inglés] en la dirección referida. No es muy largo. En aquellas palabras usted verá lo que le ha sucedido a nuestro futuro alguna vez prometedor, y aún más vívidamente, usted será testigo de la criminalidad depravada de los Presidentes que hemos tenido desde entonces.

     Estamos perdidos, y los judíos que controlan nuestras vidas han hecho que nos hayamos perdido, para tomar ventaja de nuestra ignorancia y al final eliminarnos de su ecuación demente.

     Si vamos alguna vez a encontrarnos a nosotros mismos, debemos deshacernos de los judíos a fin de averiguar quiénes somos realmente. De otra manera, seguiremos siendo esclavos de aquellos que no tienen alma.

     A menos que reclamemos estas herencias, estamos perdidos. Como seres humanos, como gente decente, como almas inspiradoras por medio de quienes puede ser construída una civilización que valga la pena, sin la práctica diaria y la creencia ferviente en este legado, estamos perdidos, para siempre.

     Hubimos escuchado las palabras de Kennedy hace 50 años, y en nuestra tímida inmadurez, no actuamos de acuerdo a ellas; de manera que culpe los problemas sobre nosotros, gente vieja que no conocía nada mejor, o que tuvo miedo de hablar claro. Ha pasado un largo tiempo para despertar, para deshacernos de los criminales que nos controlan. Todavía no es demasiado tarde para corregir los errores del pasado, para desterrar a los judíos a una prisión de sus propios aberrantes deseos y proceder a un futuro glorioso de la Humanidad que nos espera, si hubiéramos tenido sólo el coraje para dominarlo.

     De otro modo, nuestro futuro es algo que usted no deseará conocer, y sus hijos lo odiarán a usted por ello, si es que ellos no lo odian ya.–


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