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lunes, 6 de octubre de 2014

Hans Jonas - Sobre el Demiurgo y Marción



     El filósofo judío y sionista nacido en Alemania Hans Jonas (1903-1993), que fue un tiempo discípulo de Heidegger, publicó en 1958 su libro "The Gnostic Religion. The Message of the Alien God and the Beginnings of Christianity", una original y valiosa exposición filosófica de diversos temas del gnosticismo antiguo. Circula también una edición en castellano de ese libro. Esta vez hemos tomado su capítulo 6, salvo sus parrafos iniciales, para presentarlo, tras hacer varias correcciones teniendo a la vista el original en inglés. Su primera parte habla de algunos aspectos teogónicos comunes a diversas corrientes gnósticas, y luego el autor se encarga de hablar, aunque no exhaustivamente, acerca del famoso teólogo Marción, que sostenía con toda claridad la diferenciación absoluta entre el Padre de Jesús y el demonio que predomina en el Antiguo Testamento. Creemos que esta selección puede ser interesante especialmente para quienes ya sepan algo del tema. La lectura completa de "La Religión Gnóstica" es ciertamente recomendable.





a) LOS ÁNGELES QUE CREARON EL MUNDO


     La gran mayoría de los sistemas gnósticos cristianos catalogados por los heresiólogos pertenecen al modelo sirio, incluso cuando incorporan la Oscuridad original en la forma Platonizante de una materia pasiva. Esto no quiere decir que todos ellos aceptaran el tipo de genealogía trascendental que hemos indicado. De hecho, cada vez que se dice que los «ángeles» o los «demiurgos» son los creadores y gobernantes del mundo, sin que ni siquiera tengan trazada una línea de descendencia directa desde el Dios supremo, estamos ante un origen no del todo maligno sino más bien inferior y degenerado, como causa y esencia de la creación.

     Así Carpócrates, sin intentar explicar por qué (por lo que se refiere al informe de Ireneo), simplemente afirma que el mundo fue hecho por ángeles «que son muy inferiores al Padre no-engendrado»: Jesús y todas las almas que como la suya siguieron siendo puras y fuertes con su recuerdo del Padre no-engendrado pueden despreciar a los creadores y pasar a través de ellos (Ireneo, I 25, 1-2). Menandro enseñó, similarmente a Simón el Mago, que el Primer Poder era desconocido para todos y que el mundo había sido hecho por ángeles, que él «como Simón, cree que han emanado de Ennoia». Menandro cree poder doblegar a estos gobernantes del mundo por medio de la magia (loc. cit. 23. 5). Saturnino, pasando por alto a Ennoia o cualquier origen femenino, enseñó igual que Ireneo simplemente que «el Padre desconocido hizo a los ángeles, arcángeles, potestades y dominaciones. El mundo, sin embargo, y todo lo que en él se encuentra, fue hecho por siete ángeles particulares, y el hombre también es una obra de los ángeles», de los cuales el dios judío es uno. Estos ángeles él los describe a su vez como artesanos torpes y rebeldes. Cristo vino para destruír al dios de los judíos. Como rasgo particular [1], junto a estos ángeles Saturnino reconoce también al diablo, que «es un ángel enemigo de aquellos ángeles y del dios de los judíos», una especie de feudo privado dentro del campo de los poderes inferiores (loc. cit. 24. 1-2).

[1. Compartido con Marción y los valentinianos].

     Por otra parte y como ya se ha indicado, los sistemas más grandes explican el descenso del orden inferior desde el principio más elevado en genealogías extensas y cada vez más complicadas, una especie de "involución" metafísica que termina en la decadencia que este mundo representa. Así, por ejemplo, Basílides extiende la línea genealógica hasta convertirla en una enorme cadena la cual, por medio de una serie de figuras espirituales como Nous, Logos, etc., nos lleva a través de 365 cielos, generados de forma sucesiva, con sus poblaciones angélicas, la última de las cuales es la que vemos, habitada por los ángeles que hicieron este mundo. Su jefe es el dios de los judíos. Aquí también el inefable Padre envía a Cristo, el eterno Nous, a liberar a los que creen en él del dominio de los hacedores del mundo. Su Pasión fue un engaño y fue Simón de Cirene el que murió en la cruz en forma de Jesús (loc. cit. 24. 3-4).

     En todos estos casos, los poderes responsables del mundo y contra los cuales está dirigida la obra de la salvación son más despreciables que siniestros. Su maldad no es la del archienemigo, el eterno odiador de la Luz, sino la de ignorantes usurpadores que, desconocedores de su rango subalterno en la jerarquía del ser, se arrogan una falsa autoridad, y, en una mezcla de débiles medios, envidia y codicia de poder, sólo pueden convertirse en una caricatura de la verdadera divinidad. El mundo, creado por ellos en una imitación ilegítima de la creatividad divina y como prueba de su propia divinidad, demuestra de hecho la inferioridad de ellos, tanto en la constitución como en la forma de gobierno del mundo.

     Una característica recurrente es la afirmación de que las profecías y la ley mosaica emanaron de estos ángeles gobernadores del mundo, entre los que el dios de los judíos ocupa un lugar prominente [2]. Esta idea revela un particular antagonismo hacia la religión del Antiguo Testamento y hacia su dios, cuya realidad no es en absoluto negada. Por el contrario, después de haber prestado en astrología él sus nombres a cuatro de los siete arcontes planetarios [3], a los cuales los gnósticos elevaron después a la categoría de creadores del mundo, la polémica semejanza con él emergió con creciente preeminencia a partir de su cantidad como una inconfundible caricatura del dios bíblico, una figura no venerable, sin duda, pero no menos formidable.

     [2. Saturnino llega incluso a decir que las profecías fueron pronunciadas en parte por los hacedores del mundo y en parte por Satán].
     [3. Iao, Sabaoth, Adonaios y Elohim; más raramente también Esaldaios = El-shaddai].

     De los Siete, es sobre todo Yaldabaoth el que reclama para sí esta eminencia y esta semejanza. Según nos cuenta Ireneo, en el sistema de los ofitas Yaldabaoth es el primero en nacer de la Sofía inferior o Prunikos y hace surgir de las aguas a un hijo llamado Iao, que a su vez genera del mismo modo un hijo, Sabaoth, y así hasta siete. De esta forma Yaldabaoth es, mediatamente, el padre de todos ellos y, por ende, de la creación. «Él se vanaglorió de lo que sucedía a sus pies y dijo: "Yo soy Padre y Dios, y no hay nadie por encima de mí"» (según el patrón de ciertas fórmulas del Antiguo Testamento, como Isaías 45:5: "Yo soy Yahvé, y no hay nadie más; no hay dios junto a mí"); a lo que su madre contesta: «No mientas, Yaldabaoth: por encima de ti se encuentra el Padre de todo, el Primer Hombre, y el Hombre, el Hijo de Hombre» (loc. cit. 30. 4-6).

     El tema del engreimiento demiúrgico es frecuente en la literatura gnóstica, incluyendo las alusiones al Antiguo Testamento. «Porque allí gobernaba el gran Arconte, cuyo dominio se extendía hasta el firmamento, quien cree que es el único dios y que no hay nada por encima de él» (Basílides, en Hipólito, VII 25.3; cf. 23.4 y ss.). El Apocrifón de Juan va un paso más allá en la difamación del personaje, donde Yaldabaoth, por el bien de su dominio, engaña a sus propios ángeles tanto en lo que les otorga como en lo que les niega al crearlos, y por esto sus celos son considerados como una traición a un conocimiento más bien que una ignorancia del Dios superior:

     «Les asignó parte de su fuego, que es su propio atributo, y de su poder; pero de la pura Luz del poder que había heredado de su Madre no les dio nada. Por esta razón tenía dominio sobre ellos, a causa de la gloria que estaba en él y que venía del poder de la Luz de la Madre. Por tanto, se dejaba llamar «el Dios», renunciando a la substancia de la cual él había brotado...
     «Y contempló la creación que estaba debajo de él y a la multitud de ángeles que estaban por debajo de él y que habían surgido de él, y les dijo: "Soy un dios celoso, y junto a mí no hay nadie", indicando por lo tanto a los ángeles que estaban por debajo de él que hay otro dios: porque, si no hubiera ninguno, ¿de quién podría él estar celoso?» (42:13 y ss.; 44:9 y ss., Till).

     Abundan las especulaciones mandeas acerca de los orígenes con el mismo tema, si bien en este caso no existe una referencia manifiesta al dios del Antiguo Testamento: «B'haq-Ziva se consideraba a sí mismo un poderoso y desechó el nombre que su Padre había creado [para él]. Él dijo: "Yo soy el padre de los uthras, que ha creado shejinás para ellos". B’haq-Ziva meditó sobre el agua turbia y dijo: "Crearé un mundo"» (G 97 y s.).

     Típica es también la respuesta que viene de lo alto y que pone al creador en su sitio [4]. Pero aún más humillante es la misma reprimenda que viene del alma ascendente del pneumático que hace alarde de su origen más elevado frente al señor, o señores, del mundo:

     «Soy una vasija más preciosa que la mujer que te hizo a ti. Tu madre ignora su origen, pero yo me conozco a mí misma y sé de dónde vengo. Invoco a la Sofía incorruptible, que habita en el Padre y que es la madre de tu madre.... Pero una mujer nacida de mujer te ha creado, sin conocer a su propia madre y creyendo que provenía de sí misma: pero yo invoco a su madre» (Ireneo, I 21.5).

[4. Por ejemplo, el Yaldabaoth-Sabaoth de los "gnósticos" en Epifanio es tratado con el mismo reproche por parte de su madre Barbelo (como es llamada Sofía en ese sistema) como lo fue el Yaldabaoth de los ofitas en Ireneo (Epiph. Haer. XXVI 2. 3 y s.). Basílides trata el tema de la amonestación en la forma menos áspera de una instrucción, en el "Evangelio de la Filiación", que también encuentra una respuesta más satisfactoria que la que es atribuída en otras partes al demiurgo: "Y el Arconte se enteró de que él no era el dios universal sino que había sido engendrado y que tenía por encima suyo el tesoro del carente de nombre e inefable "No-Existente" (paradójico nombre de Basílides para la Primera Causa) y de la Filiación; y él se volvió y tuvo miedo, dándose cuenta de en qué ignorancia él había estado... y confesó el pecado que había cometido al glorificarse a sí mismo" (Hipólito VII 26. 1-3)].

     Fórmulas como ésta, de las cuales hay muchas, expresan con fuerza la confianza de los elegidos gnósticos y su soberano desprecio hacia los poderes inferiores, incluso si esos poderes son los gobernantes de este mundo. Esto no excluye un sentimiento de temor, que encontramos curiosamente mezclado con la osadía de la provocación. El principal interés del alma es escapar de los terribles Arcontes, y más que encontrarse con ellos frente a frente, el alma desea deslizarse entre ellos, pasando, si le es posible, inadvertida. En consecuencia, se dice que la tarea de los sacramentos es a veces hacer la futura ascensión de las almas invisible para los Arcontes, quienes interceptarían su camino, y en especial para el príncipe de ellos, que, en el papel de juez, haría a aquéllas responder por las acciones llevadas a cabo bajo su ley. Ya que la esencia de esta ley es la "justicia", el intento gnóstico de escapar de sus sanciones forma parte de su general actitud anti-nómica y expresa su repudio del dios del Antiguo Testamento en su aspecto moral.

     En algunos gnósticos cristianos, la figura de un dios del mundo absorbe totalmente la pluralidad de ángeles o arcontes y se convierte, como aparece representado él en la Biblia, en el único símbolo de la creación y de su ley, de forma que el problema de la salvación se reduce al que existe entre él y el dios desconocido del más allá. De este acontecimiento casi monoteísta, en relación con el reino cósmico, tenemos varios ejemplos [5]. Cerinto enseñó que «el mundo fue hecho no por el primer Dios sino por un poder que se encontraba muy lejos y separado de la fuente del ser y no sabía siquiera de la existencia del Dios que es exaltado sobre todas las cosas»: Cristo fue el primero en predicar sobre el Padre desconocido en el mundo (Ireneo, I 26.1) [6]. En la misma línea, Cerdón sostenía que «el dios predicado por Moisés y por los profetas no es el Padre de Jesucristo: uno es susceptible de ser conocido, el otro no; uno es simplemente justo, el otro es bueno» (loc. cit. 27.1). La doctrina de Cerdón, de la cual no poseemos nada salvo este breve resumen, nos lleva muy cerca de Marción, el maestro más importante de este grupo.

     [5. Ya el "Baruj" de Justino contrasta al demiúrgico Elohim con el supremo Dios Bueno, pero presenta en la femenina Edem un tercer principio aún más bajo que es la causa del mal, aunque no plenamente mala en sí misma].
     [6. Como un importante apoyo escritural para la doctrina del Padre Desconocido, por vez primera y únicamente revelada por Cristo, sirvió Mateo 11:25-27 y Lucas 10:21-22. En su informe general de los valentinianos, Ireneo relata: «Como piedra angular de su tesis ellos aducen el siguiente pasaje: "Te agradezco, Padre, Señor de los cielos y de la Tierra, que estas cosas las hayas escondido de los sabios y prudentes y las hayas revelado a los pequeños... Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y ni siquiera el Hijo sino el Padre y aquel a quien el Hijo revele (esto). Con esta palabras, dicen ellos, él ha enseñado explícitamente que el "Padre de la Verdad" recientemente inventado por ellos nunca ha sido conocido por nadie antes de su aparición (de Cristo), y ellos quieren dar a entender que el creador y hacedor del mundo siempre había sido conocido por todos: aquellas palabras, por lo tanto, dicen ellos, el Señor las ha dicho acerca del Padre Desconocido por todos a quienes ellos proclaman» (Adv. Haer. I 20.3)].



b) EL EVANGELIO DE MARCIÓN


     Marción de Sínope, en el Ponto, ocupa una posición única tanto en el pensamiento gnóstico como en la historia de la Iglesia cristiana. En el caso de esta última, Marción fue el más resuelto y sólido «cristiano» de los gnósticos, razón por la cual él se convirtió en el mayor desafío para la ortodoxia cristiana, o, más precisamente, su desafío, más que el de cualquier otra "herejía", condujo a la formulación del credo ortodoxo mismo. Dentro del pensamiento gnóstico, la singularidad de su posición es tal que su clasificación dentro del movimiento entero ha sido rechazada nada menos que por un estudioso de Marción como Harnack.


La Posición Única de Marción en el Pensamiento Gnóstico

     Marción es en realidad la excepción a muchas reglas gnósticas. Sólo él, de todos ellos, tomó en serio la pasión de Cristo, aunque su interpretación de la misma resultó inaceptable para la Iglesia; su enseñanza carece totalmente de la fantasía mitológica en la que el pensamiento gnóstico se deleitaba; él no especula sobre los primeros orígenes; no multiplica las figuras divinas y semi-divinas; rechaza la alegoría para la comprensión tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento; no afirma poseer un conocimiento "pneumático" superior o la presencia en el Hombre de ese elemento divino que podría ser su fuente o destinatario. Él basa su doctrina completamente en lo que según él se trata del significado literal del Evangelio; con esta rigurosa restricción, se encuentra enteramente libre del sincretismo tan característico del gnosticismo en general; y, finalmente, como Pablo, que para él fue el apóstol, hace de la fe —y no del conocimiento— el vehículo de la redención. Esta última circunstancia parecería situar a Marción definitivamente fuera del área gnóstica, si es que ésta se define por el concepto de gnosis. No obstante, el dualismo anti-cósmico como tal, del cual Marción es el más inflexible exponente, la idea de un Dios desconocido opuesto al del cosmos, la concepción misma de un creador inferior y opresivo, y la subsiguiente visión de la salvación como liberación desde el poder de éste mediante un principio extraño, son tan claramente gnósticos que cualquiera que profesara ideas semejantes en este contexto histórico podría ser considerado como uno de los gnósticos, no sólo en términos de clasificación sino en el sentido de que las ideas gnósticas más generalizadas habían dado forma a su pensamiento. Sin embargo, el mismo concepto que conecta tan fuertemente a Marción con la corriente gnóstica general, el de «Extraño», recibió en sus enseñanzas un giro completamente nuevo.

     En su formulación más breve, el Evangelio de Marción [7] era el del «Dios extraño y bueno, el Padre de Jesucristo, que redime de los pesados lazos y concede la vida eterna a la miserable Humanidad que, sin embargo, es totalmente extraña para él». Marción comparte el concepto de «ajenidad» del Dios verdadero con el gnosticismo en general. Que es un extraño incluso para los objetos de su salvación, y que los hombres, incluso en sus almas o espíritus, son extraños para él, son ideas totalmente suyas. De hecho, este Evangelio invalida uno de los principios básicos de la religión gnóstica: que los hombres son extranjeros en este mundo, y que por lo tanto su ascensión al reino divino es un regreso a su verdadero hogar, o que al salvar a la Humanidad el Dios supremo salva lo que es suyo. Según Marción, el hombre en su constitución completa, como toda la Naturaleza, es una criatura del dios del mundo, y, desde antes del advenimiento de Cristo, su propiedad legítima y total, en cuerpo y alma [8]. "Naturalmente", por lo tanto, ninguna parte de él puede ser extraña en el mundo, mientras que el Dios Bueno es extraño en sentido absoluto para él y para todo lo creado. No hay ningún sentido en el cual la deidad que salva desde el mundo tenga algo que ver con la existencia del mundo, ni siquiera el sentido en el cual, a lo largo de toda la especulación gnóstica, alguna parte de éste fue llevada a la creación por abandono o por violencia. En consecuencia, ninguna genealogía o historia de cualquier clase relaciona al demiurgo con el Dios Bueno. El primero es una divinidad por derecho propio, que expresa su naturaleza en el universo visible de su creación y que es la antítesis del Dios Bueno, no por su condición de maligno sino por su condición de «justo». Así, por muy negativamente que se lo describa, él no es el Príncipe de la Oscuridad. En la elaboración de la antítesis entre estos dos dioses, por una parte, y del significado de la redención a través de Cristo, por la otra, se encuentra la originalidad de la enseñanza de Marción.

     [7. La fuente más extensa es la obra de Tertuliano en cinco partes, Adversus Marcionem. De la extensa polémica de Orígenes, el otro gran crítico de Marción del siglo III, sólo se conservan algunos fragmentos. En cuanto al resto, todos los heresiólogos, comenzando por el primero, Justino Mártir (siglo II), trataron el caso de Marción o de sus seguidores, y la polémica continuó hasta el siglo V, cuando aún existían en Oriente comunidades marcionitas enteras, remanentes de la iglesia que Marción había fundado. En nuestro resumen sobre las enseñanzas de Marción, indicaremos la fuente concreta sólo ocasionalmente].
     [8. Marción acepta el relato del Génesis sobre la creación del Hombre, del cual extrae la consecuencia de que el Dios Bueno no había participado en absoluto en ella].


La Redención según Marción

     Para comenzar con el segundo aspecto, dice Harnack: «A la pregunta que plantea que de qué nos salvó Cristo —¿de los demonios, de la muerte, del pecado, de la carne? (todas estas respuestas fueron dadas desde los primeros tiempos)— Marción responde radicalmente: Él nos ha salvado del mundo y de su dios para convertirnos en hijos de un dios nuevo y extraño» [9]. Esta respuesta nos lleva a preguntarnos: ¿qué razón tuvo el Dios Bueno para preocuparse por el destino del Hombre? La respuesta a esto es que ninguna, excepto su bondad. Él no recoge a los hijos perdidos desde el exilio para llevarlos de vuelta a su hogar, sino que adopta libremente a extraños para sacarlos desde su tierra nativa de opresión y miseria a una nueva casa del padre. En consecuencia, ya que éstos no son sino propiedad original del dios del mundo, su salvación es una "compra libre" llevada a cabo por Cristo. Marción invoca aquí a Gálatas 3:13, "Cristo nos ha comprado" (y dicho sea de paso, cambiando dos letras, lee también, en Gálatas 2:20, «me compró» [ηγωρησε] por «me amó» [ηγαπησε], una de las enmiendas de texto características de Marción), y argumenta: «evidentemente como a extraños, porque nadie compra nunca a los que le pertenecen».

[9. Adolf von Harnack, Marción: Das Evangelium vom fremden Gott, Leipzig, 1921, pág. 31, nota 1. El libro de Harnack es un clásico, por lejos la mejor monografía sobre cualquier capítulo particular del gnosticismo].

     El precio del rescate fue la sangre de Cristo, que fue dada no para redimir pecados o para lavar la culpa de la Humanidad o como expiación sustituta cumpliendo la Ley; en resumen, no como una reconciliación de la Humanidad con Dios, sino para cancelar el reclamo del creador sobre su propiedad. La legalidad de esta reclamación es reconocida, igual que la validez de la Ley, a la cual, como súbditos del señor del mundo y mientras lo sean, los hombres deben obediencia. Marción entiende en este sentido el argumento paulino concerniente a la Ley, y en general interpreta todas las expresiones del apóstol —de otro modo inconvenientes para su postura— que enfatizan la validez de la revelación del Antiguo Testamento. A éste Marción lo reconoce como el documento auténtico del dios del mundo, y en su interpretación se pone de parte de la exégesis judía contra sus contemporáneos cristianos al insistir en su significado literal y rechazar el método alegórico que la Iglesia aplicó al Antiguo Testamento para establecer una concordancia con el Nuevo.

     Marción no sólo no estaba interesado en tal concordancia sino que ni siquiera podía admitirla, viendo que el Antiguo Testamento se declaraba a sí mismo como revelación de ese dios que creó el mundo y que lo gobierna. Al aceptar esta afirmación, Marción podía aceptar, en su sentido literal, juicios que la Iglesia sólo podía reconciliar con la revelación cristiana por medio de la interpretación alegórica. Así, Marción concordó con los judíos en que su prometido Mesías, el terrenal, hijo del dios del mundo, estaba todavía por llegar y establecería su reino terrenal como los profetas habían declarado, sólo que esto no tiene nada que ver con la salvación traída por Cristo, la cual es acósmica en su naturaleza y no cambia el curso de los acontecimientos mundanos, ni siquiera en el sentido de un mejoramiento: de hecho, sólo cambia la perspectiva de la vida futura del alma redimida y, a través de la fe en ese futuro, su condición espiritual actual, pero deja al mundo a su suerte, es decir, a su eventual auto-destrucción. Durante el resto de su estancia terrenal, la conducta de los creyentes queda determinada no tanto por un interés positivo en una vida santificadora sino por él interés negativo en reducir cualquier contacto con el dominio del creador. La felicidad futura sólo puede ser anticipada en este mundo por la fe, y la fe es en realidad la única forma por la cual la adopción divina ofrecida por Cristo puede ser aceptada, así como mediante su negación puede ser rechazada: aquellos que permanecen bajo el dominio del creador lo hacen por su propia voluntad [10]. De este modo, ninguna "experiencia pneumática", ninguna iluminación de los elegidos por una "gnosis" que transforma su naturaleza o que saque a luz el elemento divino oculto en él, interviene en esta transacción estrictamente legal entre el Dios Bueno, el Creador, y las almas adoptadas en la paternidad del primero. Los salvados son creyentes, no "gnósticos", aunque la fe con su certeza implica su propia experiencia de bienaventuranza.

[10. En conexión con esto, Marción ofrece una explicación original, cuando no un tanto jocosa, para el supuesto hecho de que, en contraste con Caín, los sodomitas y sus similares, Abel, los patriarcas y todos los hombres justos y profetas de la tradición bíblica no fueron salvados cuando Cristo descendió al infierno. porque sabiendo tras una larga experiencia que a su Dios le agradaba tentarlos, ellos sospecharon una tentación también esta vez y por lo tanto no creyeron en el Evangelio de Cristo (Ireneo, I 27.3)].

     Y con esto es suficiente en cuanto a la soteriología.


Los Dos Dioses

     Marción elaboró su teología en forma de "antítesis", siendo éste el título de uno de sus libros perdidos. La mayor parte de estas antítesis estaban en términos de atributos de los dos dioses. Uno es "el artesano" (demiurgos), el "dios de la creación" (o "generación"), el "gobernador de este eón", "conocido" y "predicable"; el otro es el dios "oculto", "desconocido", "imperceptible", "impredicable", "el extraño", "el extranjero", "el otro", "el diferente", y también "el nuevo". El Dios creador es conocido por su creación, en la cual se revela su naturaleza. El mundo revela no sólo la existencia de dicho dios sino también su carácter, que es de mezquindad. Uno sólo tiene que mirar su lamentable resultado: «Con engreimiento, los totalmente desvergonzados marcionitas se orientan a destruír la obra del Creador: "En verdad", dicen, "¡un gran trabajo y digno de su dios es este mundo!"» (Tertuliano, Contra Marc. I.13). En otras partes Tertuliano menciona las expresiones "estos elementos miserables" y "esta desmedrada celda del Creador" [11]. Las mismas "mezquindades, debilidades e inconsistencias" que hay en su creación aparecen en su trato con la Humanidad, e incluso con su propio pueblo elegido. Para esto Marción aduce evidencia del Antiguo Testamento, el cual para él es "verdadero" en el sentido indicado. La más reveladora auto-revelación de dicho dios es la Ley, y esto nos lleva a la antítesis final y para Marción la más importante: la del Dios «justo» y el Dios «bueno». Desde el punto de vista cristiano, éste es el aspecto más peligroso del dualismo de Marción, ya que separa violentamente y reparte entre dos dioses mutuamente excluyentes esa polaridad de justicia y misericordia, cuya unidad en un Dios único motiva, por su misma tensión, toda la dialéctica de la teología paulina.

[11. Generalmente Marción determina el carácter del dios del mundo según el del mundo, «porque lo hecho debe ser como su hacedor» (Hipólito, Refut. X. 19.2); la sabiduría de dicho dios es idéntica a la "sabiduría de este mundo" en el sentido peyorativo de la religión trascendental. En la exégesis de ciertos pasajes de Pablo, Marción simplemente identifica al creador con el mundo, tomando lo que se dice de este último como aplicable al primero, y según Marción, dicho dios finalmente perece con el mundo por una especie de auto-destrucción, lo que muestra en el análisis final que aquél no es genuinamente un dios sino el espíritu de este mundo].

     Para Marción, por un lado una mente inferior y por tanto más adicta a la pulcritud de la consistencia formal y a la justicia, y la bondad, por otro, son contradictorias, razón por la cual no pueden residir en un mismo dios: el concepto de cada dios, y ciertamente el del Dios verdadero, debe ser inequívoco, la falacia de todo dualismo teológico. El dios justo es el "de la Ley", y el dios bueno, el "del Evangelio". Aquí y en otros casos, Marción, simplifica a Pablo excesivamente, entiende la "justicia" de la Ley como algo meramente formal, estrecho, retributivo y vindicativo ("ojo por ojo, diente por diente"): esta justicia, no maldad pura y simple, es la propiedad cardinal del dios creador. Así, el dios a quien Cristo ha puesto como el mal no es el persa Ahrimán, no la oscuridad absoluta —Marción situó al diablo en la existencia como una figura separada dentro del dominio del creador—, ni la materia, sino simplemente el dios del mundo que la Ley y los profetas habían enseñado. La bondad moral bajo la Ley, aunque según las normas intramundanas preferible al libertinaje, es irrelevante desde el punto de vista de la salvación trascendente.

     Así como el dios creador es conocido, obvio y "justo", el verdadero Dios es desconocido, extraño y bueno. Es desconocido porque el mundo no puede enseñar nada acerca de él. Como no ha participado en la creación, no hay ningún rastro en toda la Naturaleza a partir del cual pueda sospecharse siquiera su existencia. Como lo resume Tertuliano: «El Dios de Marción, naturalmente desconocido y nunca revelado, excepto en el Evangelio» (op. cit. V.16). No siendo el autor del mundo, incluyendo al Hombre, es también el extraño. Es decir, ningún lazo natural ni ninguna relación pre-existente lo conecta con las criaturas de este mundo, y no tiene obligación de preocuparse por el destino del Hombre. El hecho de que no participa en el gobierno físico del mundo resulta evidente para Marción: éste tuvo que eliminar del Evangelio interpolaciones judaístas referidas a los dichos del Señor, como aquella sobre el Padre que se preocupa por los gorriones y por cada pelo de la cabeza de uno. El Padre que proclamara Jesucristo no podría haber estado preocupado de lo que era asunto de la Naturaleza o de su dios. Esto acaba con la idea completa de una providencia divina en el mundo. Sólo con una actividad interviene el Dios Bueno en el mundo, y ésa es su única relación con éste: el Dios Bueno envía a su Hijo para que redima al Hombre del mundo y del dios del mundo: «Esta única obra basta a nuestro Dios, que él ha liberado al Hombre mediante su suprema y superlativa bondad, lo cual es preferible a todas las langostas» [12] (Tertuliano, op. cit. I 17).

[12. Utilizado como símbolo despreciable de la creación (¿o una referencia a una de las plagas egipcias?)].

     Vemos que la bondad del Dios Bueno está conectada con su ajenidad en que esta última elimina todos los demás motivos en su preocupación por el Hombre. La bondad de su acción salvadora es aún mayor por el hecho de que es un extraño y está tratando con extraños: «El Hombre, esta obra del dios creador, que el Dios de bondad eligió amar, y para beneficio del cual se esforzó en descender desde el tercer cielo a estos miserables elementos, y por cuya causa fue crucificado en esta desmedrada celda del creador» (ibid. 14).


"Gracia Otorgada Libremente"

     Así, la única relación del Dios Bueno con el mundo es soteriológica, es decir, está dirigida contra el mundo y contra su dios. Con respecto al Hombre, esta relación ha sido entera y gratuitamente iniciada por el Dios extraño y es por lo tanto un acto de pura gracia. Aquí una vez más Marción interpreta a su manera una antítesis paulina: la de la "gracia otorgada libremente" y la "justificación a través de las obras". Que la gracia sea otorgada libremente es para ambos hombres el contenido entero de la religión cristiana; pero mientras que "libremente" en Pablo significa "ante la culpa y la insuficiencia humana", es decir, en ausencia de todo mérito humano, en Marción significa "ante la mutua condición de ajenos", es decir, en ausencia de todo vínculo que obligue. Ni la responsabilidad ni el apego paternal de un creador hacia sus criaturas están presentes en este caso, ni tampoco el Dios Bueno, a la usual manera gnóstica, está implicado de forma mediata en el destino de las almas (y del mundo) mediante las conexiones genealógicas descritas, de modo que no hay nada que él deba recobrar o restaurar.

     Por último, en ausencia de cualquier relación anterior, las ideas de perdón y de reconciliación no se pueden aplicar aquí: si los hombres han sido pecadores antes, ellos ciertamente no podían pecar contra el dios desconocido. El punto es que la misma primera relación entre este dios y esas criaturas que no eran suyas fue establecida a través de un acto de él de una gracia sin pasado; y la relación continúa existiendo enteramente de esta forma.

     El lector cristiano deberá reflexionar sobre qué se le ha hecho aquí al concepto cristiano de amor y misericordia divinos. La llamada al arrepentimiento, la inminencia del juicio, el temor y el temblor, la expiación, todo esto está eliminado del mensaje cristiano. Pero puede ser observado aquí que aunque Marción abolió la paradoja paulina de un dios que es justo y a la vez bueno, y ante quien el hombre es culpable pero amado, Marción enfatizó mucho la paradoja de una gracia otorgada de forma inescrutable, no solicitada, sin antecedentes que pudieran provocarla o prepararla, un misterio irreductible de bondad divina como tal. Por esta razón, Marción debe ser contado entre los grandes protagonistas de la religión paradójica.


La Moralidad Ascética de Marción

     Tan intransigente como en la doctrina teológica se mostró Marción en cuanto a los preceptos de conducta que dedujo de aquélla. No podría por supuesto la gracia divina ganarse ni aumentar a través de las obras, ni menos aún podría perfeccionarse la naturaleza humana a través de la virtud, a la manera pagana clásica. En principio, toda moralidad positiva, como una manera de regular y, por lo tanto, de confirmar la pertenencia del Hombre al sistema de la creación, no era más que una versión de aquella Ley por medio de la cual el creador ejercitaba su dominio sobre el alma del Hombre y con la cual los salvados ya no estaban en deuda: continuar practicándola equivaldría a consolidar una pertenencia al cosmos que debería, por el contrario, ser reducida al mínimo inevitable, en espera de sustraerse definitivamente a su influencia. Esta última consideración define la clase de moralidad que Marción se imponía. Su principio era no completar sino reducir el mundo del creador y hacer el menor uso posible de éste. «Por oposición al Demiurgo, Marción rechaza el uso de las cosas de este mundo» (Clemente de Alejandría, Strom. III 4.25).

     El ascetismo así prescrito es, estrictamente hablando, un asunto no de ética sino de alineación metafísica. Gran parte de la evitación de la contaminación mundana era un aspecto de dicho ascetismo. Su principal característica era obstruír más que promover la causa del creador; o incluso, de fastidiarlo: «[Marción] cree que él agravia al Demiurgo al abstenerse de lo que éste ha creado o instituído» (Hipólito, Refut. X 19.4). La "abstinencia perpetua" en materia de alimentos es "por el bien de destruír y menospreciar y abominar las obras del creador" (Jerónimo, Adv. Jovinian. II 16). El propósito de obstrucción se ve especialmente claro en la prohibición de las relaciones sexuales y del matrimonio: «No queriendo colaborar en llenar el mundo creado por el Demiurgo, los marcionitas decretaron la abstinencia del matrimonio, desafiando a su creador y apresurando al Bueno que los llamó y que, dicen ellos, es Dios en un sentido diferente: de aquí que, deseando no dejar nada de ellos aquí, se vuelven abstinentes, no por un principio moral sino por hostilidad hacia su hacedor y por renuencia a hacer uso de su creación» (Clemente de Alejandría, loc. cit.).

     Aquí la contaminación a través de la carne y de su lujuria, tema tan extendido en aquella época, no es ni siquiera mencionado; en vez de ello (aunque no para ser excluído: cf. Tertuliano, op. cit. I 19, donde el matrimonio es llamado "suciedad" u "obscenidad" [spurcitiae]) es el aspecto de la reproducción el que descalifica a la sexualidad, siendo aquel mismo aspecto el que a los ojos de la Iglesia la justifica como su propósito bajo el designio de la Naturaleza. Marción expresa aquí un argumento genuina y típicamente gnóstico, cuya elaboración más completa encontraremos en Mani: que el esquema reproductivo es un ingenioso mecanismo arcóntico tramado para la retención indefinida de las almas en el mundo [13]. De esta manera, el ascetismo de Marción, a diferencia del de los esenios o, más tarde, del monaquismo cristiano, no fue concebido para promover la santificación de la existencia humana sino que fue esencialmente negativo en su concepción y era parte de la rebelión gnóstica contra el cosmos.

[13. Esto, de paso, proporciona una prueba concluyente, contra Harnack, de la dependencia de Marción de una especulación gnóstica anterior, ya que el argumento cobra real sentido si las almas son partes perdidas de la divinidad que deben ser recobradas, en cuyo caso la reproducción prolonga el cautiverio divino, y una mayor dispersión dificulta la obra de la salvación como una de reunificación.


Marción y las Escrituras

     Al utilizar su comprensión sobre Pablo como un patrón de comparación de lo que es o no es genuinamente cristiano, Marción sometió los escritos del Nuevo Testamento a un riguroso proceso de depuración con el fin de separar la verdad de lo que tuvo que considerar como falsificaciones posteriores. Fue de esta manera que por primera vez no sólo la crítica textual, si bien en una manera arbitraria, fue aplicada a los primitivos documentos cristianos, sino que la idea misma de un canon fue concebida y ejecutada en la Iglesia cristiana.

     El canon del Antiguo Testamento había sido establecido mucho antes por teólogos judíos, pero ningún cuerpo de libros auténticos o autorizados había sido fijado entonces como Escrituras Sagradas de la masa circulante de los escritos cristianos. El canon que Marción estableció para la Iglesia era comprensiblemente exiguo. No hace falta decir que el Antiguo Testamento en su totalidad se fue por la borda. De nuestro actual Nuevo Testamento, sólo el Evangelio según Lucas y las diez cartas paulinas fueron aceptadas, aunque incluso estas últimas con algunas correcciones y amputaciones de lo que Marción juzgó como interpolaciones judaístas. Dichas interpolaciones habían invadido, a su juicio, también al Evangelio de Lucas, que Marción consideraba como el único auténtico, es decir, entregado por Dios (y, por tanto, no de Lucas), de modo que necesitaba una cuidadosa expurgación: la historia del nacimiento, por ejemplo, con su referencia davídica, debía desaparecer, y muchas otras cosas (de las cuales ya mencionamos la eliminación de 12:6). Estos rasgos principales bastan para ilustrar el carácter general del trabajo de crítica textual de Marción.

     Fue en respuesta al intento de Marción de imponer a la Iglesia su canon, y con él toda su interpretación del mensaje cristiano, que la Iglesia procedió a establecer el canon y el dogma ortodoxos. Al fijar el canon la mayor disputa se centró en la retención o el abandono del Antiguo Testamento, y si "Sagradas Escrituras" hasta el día de hoy significa ambos Testamentos, ello se debe a que el marcionismo no pudo salirse con la suya. En el asunto paralelo del dogma, el énfasis anti-marcionita es claramente discernible en sus primeras formulaciones. Las regula fidei con las que Orígenes prologó su obra más importante, De Principiis, contienen esta enfática afirmación [14]: «Este Dios, justo y también bueno, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, ha él mismo dado la ley y los profetas y los Evangelios, él, que es el Dios de los apóstoles y del Antiguo y del Nuevo Testamento».

[14. No menos anti-valentiniana, por cierto, que anti-marcionita].

     Pero de una manera u otra, el marcionismo ha permanecido como un tema en el cristianismo hasta este día. Y al margen de toda controversia doctrinal, el mensaje de Marción acerca del Dios nuevo y extraño nunca dejará de afectar al corazón humano.–





3 comentarios:

  1. FORMIDABLE ...TRABAJO....CONGRATULACIONES¡¡¡¡BUEN AÑO...DE AKA... Ec. Quito

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  2. La idea del rechazo al Antiguo Testamento esta bien pero por otro lado las demas ideas son destructoras de la vida, ya que odiaba este mundo.

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  3. Ya desde muchos años atrás camino insatisfecho en relación a qué religión y Dios es el verdadero. Lo ando buscando desde hace mucho pero sigo sin encontrarlo. Al observar la vida de los diferentes pueblos y razas me he convencido que cada una tiene "su hacedor" y,por lo tanto,éste (como en nuestra casa nuestro padre) no nos apoyará en lo absoluto si andamos pidiendo a desconocidos...seguiré buscando a mi arconte.
    He de comentar que he llegado a esta página buscando a Abraxas de Hernán Hesse.
    Saludos a todos y felicitaciones por el artículo.

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