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viernes, 24 de octubre de 2014

Francis P. Yockey - Sobre Marxismo, Propaganda y Venganzas



     Del inteligente análisis de la situación mundial post-Segunda Guerra titulado "Imperium. La Filosofía de la Historia y la Política" (1948), del influyente abogado y filósofo político estadounidense Francis Parker Yockey (1917-1960), hemos extractado para presentar aquí tres capítulos: uno donde establece la diferencia entre marxismo y socialismo, otro donde habla de los métodos de la propaganda política en Estados Unidos, y finalmente uno donde habla del espíritu vindicativo, completamente extraño a Europa, de los vencedores de la Segunda Guerra. En esta obra, cuya lectura completa es recomendable, su autor elabora algunos conceptos claves que articulan coherentemente su discurso. Este libro fue traducido en los años '70 por Joaquín Bochaca, que es lo que publicamos, pero esa edición debe corregir el nombre del autor de la Introducción, que no es quien dice sino el conocido Revilo P. Oliver, como aclara la edición inglesa que circula. Habiéndose Yockey expatriado en Europa, tras conocer de primera mano la lógica de funcionamiento de los "jueces" estadounidenses que se arrogaron el derecho a juzgar al pueblo y los dirigentes de los vencidos de la Segunda Guerra, fue finalmente capturado por el gobierno de EE.UU. y "suicidado" en una de sus prisiones, sin haberle perdonado nunca que hubiese escrito "Imperium".




MARXISMO


     A pesar de que Inglaterra fue la nación que actualizó las ideas de la fase temprana de la Civilización de Occidente —el período 1750-1950— es decir, Racionalismo, Materialismo y Capitalismo, esas ideas se hubieran actualizado de otro modo, aún cuando Inglaterra hubiera sido destruída por cualquier catástrofe externa. Sin embargo, para Inglaterra esas ideas eran instintivas. Eran ideas sin palabras, más allá de las definiciones, auto-evidentes. Para las otras naciones de Europa, eran cosas a las cuales uno debía adaptarse. El capitalismo no es un sistema económico sino una concepción del mundo, o, más bien, una parte de una perspectiva mundial completa. Es una manera de pensar, de sentir y de vivir, y no una mera técnica de planificación económica que cualquiera puede comprender. Es primordialmente ético y social y sólo secundariamente económico. La economía de una nación es un reflejo del alma nacional, del mismo modo que la manera en que un hombre gana su vida es una expresión subordinada de su personalidad.

     El capitalismo es una expresión del individualismo como un principio de la Vida, la idea de cada hombre para sí mismo. Debe comprenderse que este sentimiento no es universal-humano, sino solamente una cierta etapa de una determinada Cultura; una etapa que, esencialmente, pereció con la Primera Guerra Mundial, 1914-1919.

     El socialismo es también un principio ético-social, y no un programa económico. Es la antítesis del individualismo que produjo el capitalismo. Su idea evidente e instintiva es: cada hombre para todos.

     Para el individualismo como principio vital, era obvio que cada hombre, al ocuparse de sus propios intereses, trabajaba para el bien de todos. Para el socialismo como principio vital, es igualmente obvio que un hombre que se ocupe únicamente de lo suyo trabaja ipso facto contra el bien de todos.

     El siglo XIX fue la época del individualismo; los siglos XX y XXI son las épocas del socialismo. Quien crea que se trata de un conflicto ideológico no ha comprendido nada. La misma ideología significa: racionalización del mundo en acción. Esta fue la preocupación de la fase temprana de la civilización occidental, 1750-1900, pero ya no llama seriamente la atención de los hombres ambiciosos. Los programas son meros ideales; son inorgánicos, racionalizados, y cualquiera puede comprenderlos. Pero ésta es una época de lucha por el poder. Cada participante quiere el poder para actualizarse a sí mismo, su idea interna, su alma. 1900 no pudo comprender lo que Goethe quiso decir cuando escribió: "En la Vida, es la Vida misma lo que importa, y no un resultado de la Vida". Ya ha pasado el tiempo en el cual los hombres morían por un abstracto programa tendente a "mejorar" el mundo. Pero los hombres siempre querrán morir para ser ellos mismos. Esta es la distinción entre un ideal y una idea.

     El Marxismo es un ideal. No toma en cuenta ideas vivas, sino que considera al mundo como algo que puede ser planificado sobre el papel y luego llevado a la realidad. Marx no comprendió el socialismo ni el capitalismo como visiones éticas del mundo. Su comprensión de ambos fue puramente económica, y por eso los comprendió mal.

     La explicación que ofreció el marxismo del significado de la Historia fue ridículamente simple, y en esa simplicidad radica precisamente su atractivo y su fuerza. Toda la Historia del mundo no ha sido más que el registro de la lucha de clases. Religión, filosofía, ciencia, técnica, música, pintura, poesía, nobleza, clero, Emperador, Estados Papales, guerra y política, todo esto no ha sido más que reflejos de la economía. No la economía en general, sino la "lucha" de las "clases". Lo más sorprendente de esta imagen ideológica es que fue presentada en serio, y también es curioso que fuera tomada en serio.

     El siglo XX considera innecesario contradecir esta imagen histórica como visión del mundo. Ha sido suplantada y se ha unido a Rousseau. Los fundamentos del marxismo deben, no obstante, ser expuestos, ya que la totalidad de la tendencia que lo produjo es de la clase que esta época se ve obligado a rechazar como premisa de su propia existencia.

     Siendo internamente extraño a la filosofía occidental, Marx no pudo asimilar al primer filósofo de su tiempo, Hegel, y tomó prestado el método de Hegel para formular su propia imagen. Aplicó este método al capitalismo como forma económica, con el objeto de describir una imagen del Futuro de acuerdo con sus propios sentimientos e instintos. Esos instintos eran negativos hacia toda la civilización occidental. Pertenecieron a los luchadores de clase, que aparecen en la correspondiente etapa de cada cultura, como una protesta contra ella. La fuerza motriz de la guerra de clases es el deseo de aniquilamiento de una cultura.

     Los fundamentos éticos y sociales del marxismo son capitalistas. Se trata, otra vez, de la vieja "lucha" malthusiana. Mientras que para Hegel el Estado era una Idea, un organismo con armonía en sus partes, para Malthus y Marx no había Estado, sino sólo una masa de individuos, grupos y clases ocupados en su propio interés. Hablando en términos capitalistas, todo es economía. Interés propio significa economía. Marx no discrepaba, en este plano, con los teorizantes del capitalismo, contrarios a la lucha de clases, Mill, Ricardo, Paley, Spencer, Smith. Para todos ellos la Vida era economía, no cultura. Para todos ellos también, era la guerra de grupo contra grupo, clase contra clase, individuo contra individuo, lo confesaran expresamente o no. Todos creían en el Libre Comercio y no deseaban "interferencias estatales" en los asuntos económicos. Ninguno de ellos consideraba a la sociedad o al Estado como un organismo. Los pensadores capitalistas no encontraban delito alguno en la destrucción de grupos e individuos por otros grupos e individuos, siempre y cuando no se infringiera el código penal. En definitiva, se pensaba que actuando así se servía al bien común. El marxismo es también capitalista en esto. Su ética había sobreañadido la ley mosaica de la Venganza, y la idea de que el competidor es moralmente malo, así como económicamente dañino.

     El competidor de la "clase trabajadora" era la "burguesía", y como la "victoria de la clase trabajadora" era el único objetivo de toda la historia del mundo, naturalmente el marxismo, siendo una filosofía de "Progreso", se alineó con el "buen" trabajador contra el "mal" burgués. La necesidad de pensar que las cosas mejoran continuamente —un fenómeno espiritual que acompaña a todos los materialismos— era tan indispensable al marxismo como lo fue al darwinismo y, en general, a todo el filisteísmo del siglo XIX.

     Fourier, Cabet, Saint-Simon, Comte, Proudhon, Owen, todos modelaron utopías como el marxismo, pero se olvidaron de hacerlas inevitables, y también omitieron convertir al Odio en el centro del sistema. Ellos usaron la Razón, pero el marxismo es una prueba más de que el odio es más efectivo. Incluso entonces, una de las más viejas utopías (la de Marx fue la última en Europa, seguida sólo por la de Edward Bellamy en EE.UU.) hubiera podido jugar el papel del marxismo, pero procedían de países con más bajo potencial industrial, y así Marx tenía una superioridad "capitalista" sobre ellos.


II

     En el esquema marxista, la Historia prácticamente no llegó a ninguna parte hasta que apareció la cultura occidental, y su tempo se aceleró infinitamente, y precisamente con la aparición del marxismo. La guerra de clases de cinco mil años estaba a punto de terminarse, y la Historia llegaría así a un final. La "victoria" del "proletariado" consistía en abolir las clases, pero también en implantar la dictadura. Una dictadura del proletariado implica que alguien debe sufrir ese dictado, pero ése es uno de los misterios del marxismo, que impide que las conversaciones de los discípulos decaigan.

     Cuando apareció el marxismo, dice la teoría, quedaban sólo dos "clases", el proletariado y la burguesía. Naturalmente, debían hacerse una lucha a muerte, ya que el burgués se estaba apropiando de casi todos los productos del sistema económico, cuando no tenía derecho a nada. En cambio, era precisamente el proletario quien no obtenía nada y tenía derecho a todo. Esa reducción de las clases a sólo dos era inevitable: toda la Historia había existido sólo para traer esa dicotomía que sería finalmente liquidada por la dictadura del proletariado. Capitalismo fue el nombre dado al sistema económico en el cual la gente mala lo tomaba todo para sí, no dejando nada para la gente buena. El capitalismo creó el proletariado por necesidad mecánica, y también mecánicamente, el proletariado estaba predestinado a aplastar a su creador. Lo que debía ser la forma del Futuro no se hallaba incluído en el sistema. Los dos slogans "expropiación de los expropiadores" y "dictadura del proletariado" se supone que lo definen.

     De hecho, no era, siquiera en teoría, un plan para el futuro, sino lisa y llanamente un fundamento teórico para la guerra de clases, dándole una exposición razonada desde un punto de vista histórico, ético y económico político. Esto es demostrado por el hecho de que en el prólogo de la segunda edición rusa del Manifiesto Comunista, Marx y Engels avanzaron la tesis de que el comunismo podía hacerse directamente, pasando en Rusia desde el campesinado hasta la dictadura proletaria, prescindiendo del largo período de dominación burguesa que había sido absolutamente necesario en Europa. La parte importante del marxismo fue su exigencia de una activa, constante y práctica guerra de clases. Los trabajadores de las fábricas fueron escogidos como instrumentos para esta lucha por razones obvias: estaban concentrados y estaban siendo mal tratados; así, podían ser agitados y organizados en un movimiento revolucionario para llevar a la práctica los fines completamente negativos de la tertulia de Marx.

     Por esta razón práctica, el odio se infiltra en una imagen de la Historia y la Vida, y por esa razón a los "burgueses" —simples partes mecánicas de una evolución mecánica, según Marx— se les atribuyen todas las maldades. El odio es útil para fomentar una guerra que no ocurriría por sí misma, y, con el objeto de aumentar el odio, a Marx le gustaban las huelgas perdidas, que creaban más odio que las ganadas.

     Sólo para servir a ese propósito de acción existen las proposiciones absurdas sobre el trabajo y la plusvalía. Marx comprendía el periodismo, y así no tenía escrúpulo alguno en decir que el trabajador manual es la única persona que trabaja, que genera valores económicos. Para esta teoría, el inventor, el descubridor, el empresario son parásitos económicos. El hecho es, naturalmente, que el tipo de trabajo manual es meramente una función de la creación de valor, que sigue a las del organizador, el administrador, el inventor. Se dio una gran importancia teórica al hecho de que una huelga podía paralizar una empresa. No obstante, como dijo el filósofo, incluso una oveja podría hacer lo mismo sí se cayera dentro de la maquinaria. El marxismo, en su afán simplificador, negó incluso un valor subsidiario al trabajo de los creadores. No tenía valor alguno; sólo el trabajo manual tenía valor.

     Marx comprendió la utilidad de la propaganda mucho antes de que se oyera hablar de Lord Northcliffe [1]. La propaganda masiva, para ser efectiva, debe ser simple, y en la aplicación de esa regla Marx se mereció un premio: toda la Historia es guerra de clases; toda la Vida es guerra de clases; ellos tienen la riqueza, tomémosla. El marxismo atribuyó instintos capitalistas a las clases altas, e instintos socialistas a las clases bajas. Esto era completamente gratuito, toda vez que el marxismo precisamente apeló a los instintos capitalistas que había acaparado toda la riqueza, y a las clases bajas se las invitaba a quitársela. Esto es capitalismo. Los sindicatos son puramente capitalistas, que se distinguen de los patronos en que venden otra clase de género. En vez de un artículo, venden trabajo humano. El sindicalismo es simplemente una realización de la economía capitalista, pero no tiene nada que ver con el socialismo, pues sólo se ocupa de su interés. Exalta el interés económico de los trabajadores manuales contra el interés económico del patrono y el dirigente de empresa. Es simplemente Malthus con una nueva compañía. Es aún la vieja "lucha por la existencia", hombre contra hombre, grupo contra grupo, clase contra clase, todos contra el Estado.

[1. Alfred Harmsworth, vizconde Northcliffe, fundador del periodismo popular moderno y director del "Times" de Londres (NdelT.)].

     Y, no obstante, el instinto del Socialismo excluye absolutamente toda clase de luchas entre las partes componentes del organismo. Es tan hostil al maltrato de los trabajadores manuales por sus patronos como al sabotaje de la sociedad por los "luchadores de clase". El capitalismo se convence a sí mismo de que la "lucha por la existencia" es orgánicamente necesaria. El socialismo sabe que tal "lucha" es innecesaria y patológica.

     Entre capitalismo y socialismo no hay relación de verdadero y falso. Ambos son instintos, y tienen el mismo rango histórico, pero uno de ellos pertenece al pasado, y otro al futuro. El capitalismo es un producto del racionalismo y del materialismo, y fue la fuerza rectora del siglo XIX. El socialismo es la forma de una época del Imperialismo político, de Autoridad, de filosofía histórica, de imperativo político extrapersonal.

     No se trata en absoluto de un asunto de terminología o de ideales, sino de sentimiento e instinto. En el momento en que empezarnos a pensar que una "clase" tiene responsabilidades hacia otra clase, estamos empezando a pensar en socialista, sin que importe el nombre que demos a nuestro modo de pensar. Le podemos llamar Budismo —esto a la Historia no le importa— pero pensaremos así. Si usamos la terminología del capitalismo y la práctica del socialismo, ello no es perjudicial, pues la práctica y la acción son lo que cuenta en la vida, no palabras y nombres. La unica distinción entre tipos de socialismo está en eficientes y deficientes, débiles y fuertes, tímidos y osados. No obstante, un socialismo fuerte, osado y eficiente, difícilmente usará una terminología derivada de un tipo de pensamiento antitético, ya que una vida fuerte, elevada y completa hace concordar las palabras con los hechos.


III

     El marxismo delató su procedencia capitalista con su idea de las "clases", su concepto del trabajo, y su obsesión con lo económico. Marx es un judío y, como tal, habíase impregnado en su juventud con la idea del Viejo Testamento de que el trabajo era una maldición lanzada contra el hombre como consecuencia del pecado. El librecambismo, o capitalismo puro, atribuyó ese mismo valor al trabajo, considerándolo como algo de que debíamos liberarnos como requisito previo para el disfrute de la vida. En Inglaterra, la tierra clásica del capitalismo, las ideas de trabajo y riqueza eran los polos centrales de la evaluación social. El rico no tenía que trabajar; la "clases medias" debían trabajar pero no eran pobres; los pobres debían trabajar para poder subsistir de una semana a la siguiente. Thorstein Veblen, en su "Teoría de la Clase Ociosa" describió la actitud hacia el trabajo en la vida de las naciones del siglo XIX y sus implicaciones.

     La atmósfera de la utopía marxista se concretiza en que la necesidad de que los proletarios trabajen se desvanecerá con su "victoria". Después de la "Expropiación", el proletariado ya puede jubilarse, teniendo como criados a sus antiguos patronos.

     La actitud hacia el trabajo no es humanamente universal, sino que es algo ligado a la existencia del capitalismo inglés, Nunca existió, antes, en la cultura occidental el sentimiento predominante de que el trabajo debiera ser despreciado; de hecho, tras la Reforma, los principales teólogos adoptaron una actitud positiva hacia el trabajo, describiéndolo como uno de los más elevados valores, si no el más elevado. De ese periodo procede la idea de que trabajar es rezar. Este espíritu es de nuevo el predominante, y el instinto socialista considera el trabajo de un hombre, no como una maldición lanzada contra él, algo odioso de lo que el dinero puede librarle, sino como el contenido de su vida, el aspecto terrenal de su misión en el mundo. La evaluación marxista del trabajo se opone completamente a la socialista.

     Paralelamente, el concepto marxista de "clase" no tiene nada que ver con el socialismo. La articulación de la sociedad en la cultura occidental se hizo primero en Estados. Dichos Estados eran, originalmente, espirituales. Como dijo Freidank, en los tiempos góticos:

God Halla shapen lives three,
Boor and Knight and Priest they be
(Dios moldeó tres vidas,
la del rústico, la del caballero y la del sacerdote).

     No se trataba de clases sino de rangos orgánicos. Después de la Revolución Francesa vino la idea de que la articulación de la sociedad era un reflejo de la situación del acaparamiento del dinero. El término "clase" se usaba para describir a un estrato económico de la sociedad. Dicho término fue definitivo para Marx, puesto que la vida para él era simplemente economía, precisamente por estar tan saturado como él lo estaba con la perspectiva, o la visión mundial, capitalista.

     Pero para el socialismo, la posesión de dinero no es la determinante del rango en la sociedad, como tampoco lo es en un ejército. El rango social, en el socialismo, no depende del dinero sino de la Autoridad. Así, el socialismo no conoce las "clases" en el sentido marxista-capitalista. Ve el centro de la vida en la política, y de ahí su espíritu definidamente militar. En vez de "clases", expresión de riqueza, tiene rango, concomitante de la autoridad.

     El marxismo está igualmente obsesionado con la economía, como su ambiente contemporáneo inglés. Empieza y termina con lo económico, concentrando su atención en la minúscula península europea, ignorando el pasado y el presente del resto del mundo. Simplemente quiso frustrar el curso de la Historia occidental, y escogió la guerra de clases como herramienta para llevarlo a cabo.

     Ya habían habido guerras de clases antes del marxismo, pero esta "filosofía" inventó la teoría de que no había nada más en el mundo. La envidia ya había existido en las capas bajas antes del marxismo, pero ahora esa envidia recibía una base ética que la convertía a ella sola en algo bueno, y a todo lo demás en malo. La riqueza fue etiquetada como inmoral y criminal; sus poseedores, de archi-criminales. La guerra de clases era una competencia, y algo más que eso: fue una batalla del Bien contra el Mal, y a causa de ello más brutal e ilimitada que cualquier otra guerra. Ciertos pensadores occidentales, como Sorel, no pudieron aceptar la idea de que la guerra de clases debiera exceder todas las limitaciones del honor y la conciencia; la concepción de Sorel sobre la lucha de clases era similar a la de la guerra entre naciones, con protección para los no combatientes, reglas de guerra, trato honorable a los prisioneros. El marxismo consideraba al adversario como un criminal de guerra de clase; como no podía ser asimilado en el nuevo sistema, debía ser exterminado, esclavizado, perseguido, aplastado.

     El concepto marxista de la guerra de clases sobrepasó, pues, largamente, a la política. Política es, simplemente, actividad de poder, no actividad de revancha, de envidia, de odio o de "justicia". Otra vez comprobamos que no tiene conexión alguna con el socialismo, que es profundamente político, y considera a un adversario vencido como un miembro del nuevo y más amplio organismo, con los mismos derechos y oportunidades que los que ya formaban parte de él.

     Otra conexión del marxismo con el capitalismo estriba en la tendencia a moralizar en política, convirtiendo al oponente en una persona malvada.

     Finalmente, el marxismo difiere del socialismo en que es una religión, mientras que el socialismo es un principio de organización política. El marxismo tuvo su biblia, sus santos, sus apóstoles, sus tribunales para juzgar a los heréticos, su ortodoxia y su heterodoxia, sus dogmas y su exégesis, sus sagradas escrituras y sus cismas. El socialismo se desentiende de todo eso; lo que le interesa es conseguir la cooperación de hombres con los mismos instintos. La Ideología tiene escasa importancia para el socialismo, y en las próximas décadas tendrá cada vez menos.

     Mientras el socialismo crea la forma del Futuro, el marxismo se desliza hacia el Pasado con los otros residuos del materialismo. La misión del hombre de Occidente no consiste en enriquecerse mediante la lucha de clases, sino en actualizar su imperativo interno ético-político-cultural.


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PROPAGANDA


     Si se creyera realmente en la ideología de la Igualdad del siglo XVIII, no existiría la propaganda, toda vez que cada hombre pensaría de manera completamente independiente, y se sentiría ofendido ante cualquier tentativa para influír en su mente Pero esta ideología es precisamente actualizada por el ejemplo de Estados Unidos, el país en que fue adoptada con fervor religioso, a pesar de no corresponder con ninguna clase de realidad. La igualdad espiritual pudo haber estado más o menos de moda en los salones de los aristócratas y los racionalistas espirituales de Francia, Alemania, Inglaterra o EE.UU. en el siglo XVIII, pero ya hacia mediados del siglo XIX, cuando las masas habían sido movilizadas, no existía posibilidad de igualdad alguna, ya que las masas exigían el mando en razón de su simple existencia. Cuanto más se radicalizaba la situación de las masas, más grande era el sentimiento de la necesidad de un liderazgo fuerte, como dijo Nietzsche: "Cuando la inseguridad es demasiado grande, los hombres se arrodillan ante una fuerte voluntad de poder".

     Hay dos técnicas de liderazgo y ambas son indispensables: disciplina y persuasión. La primera se basa en la confianza, la fe, la lealtad, el sentido del deber, los buenos instintos. La segunda se dirige al aspecto intelectual, y se ajusta a las características de la persona o población solicitada. Ambas técnicas utilizan sanciones, ya sean penales, morales, económicas o sociales. En un período el que la reorganización y formación de grandes masas es el principal problema de acción, la persuasión o la propaganda es paralelamente necesaria, porque sólo una élite es capaz de la más elevada disciplina, y las masas deben ser constantemente convencidas.

     Así, en Estados Unidos, el país en que el pensamiento de masas, los ideales de masas y la vida masificada dominan la vida colectiva, la propaganda es la forma principal de diseminación de la información. No hay publicaciones en EE.UU. dedicadas exclusivamente al intelecto. Un régimen distorsionador de Cultura se basa en su indivisibilidad, y el pensamiento independiente de individualidades fuertes es, ipso facto, hostil a tal régimen. Tampoco hay publicaciones que solamente den a conocer hechos. Cualquier clase de hechos y de puntos de vista son coordinados, en su presentación al público, en el circuito de la imagen propagandística requerida.

     La técnica de la propaganda estadounidense incluye a todas las clases de comunicación. El principal es el cine [2]. Cada semana 80 millones de personas asisten al cine en EE.UU. para ingerir el mensaje propagandístico. Durante el período de preparación de la guerra, 1933-1939, el cine produjo una interminable sucesión de películas odiosas, dirigidas contra la Revolución Europea de 1933, su Perspectiva del siglo XX, así como sus realizaciones.

[2. Hoy en día, el autor situaría indudablemente a la televisión en el primer lugar de los medios propagandísticos. En la televisión estadounidense, todos los cargos dirigentes están ocupados por individuos no anglosajones (NdelT)].

     El segundo lugar en efectividad lo ocupa la radio. Cada estadounidense tiene en su hogar uno o más receptores de radio, y a través de ellos, le es administrada la imagen masificada de los acontecimientos, una y otra vez. Ya ha leído el mismo punto de vista obligatorio en la prensa, lo ha visto en el cine, y ahora lo oye.

     La prensa, tanto diaria como periódica, ocupa el tercer lugar en la efectividad. Debiera decirse que, en EE.UU., la efectividad se mide solamente por el número de individuos a que llega, toda vez que el ideal del pensamiento masificado ha triunfado sobre la individualidad, la calidad, y la estratificación intelectual de la población.

     En cuarto lugar viene la edición de libros. Sólo se editan aquellos libros que pueden encuadrarse en el marco propagandístico. Así, una edición para niños de Las Noches de Arabia fue, recientemente, retirada en EE.UU. a causa de que se creyó que su contenido podía crear prejuicios contra los judíos a sus lectores. Todo se reducía a una ilustración mostrando a un mercader poco escrupuloso con los rasgos de un judío, en la historia de Aladino y su lámpara. En el transcurso de los años 1933-1939, la política del Falseador no pudo ser contrarrestada en ningún periódico, libro o revista de amplia difusión.

     Luego vienen las universidades y los colegios. La idea de masas, aplicada a la educación, significa que una "educación superior" está generalizada hasta tal extremo que hace imposible llegar a alcanzar los altos niveles de la educación superior en Europa. Estados Unidos, con una población que no llega a la mitad de la Europa, tiene diez veces más instituciones que conceden grados académicos. De hecho, lo que se imparte en esas instituciones es una versión ligeramente más esotérica de la imagen ideológica y propagandística impuesta por el régimen Falseador de la Cultura.

     Finalmente, está el teatro. Fuera de Nueva York, la capital espiritual del régimen dominante, éste casi no existe, pero en Nueva York el teatro periodístico juega un importante papel en la técnica propagandística. Esto ocurrió de manera muy marcada durante el período 1933-1939, una corriente ininterrumpida de obras tendenciosas contra el concepto del siglo XX y sus representantes europeos. Muchas de estas obras se representaban en el lenguaje yíddish, ya que los líderes reales de EE.UU. requieren la uniformidad también entre su propia gente.

     La imagen propagandística presenta dos aspectos, el doméstico y el extranjero. La propaganda domestica es revolucionaria, apoyando la Revolución estadounidense de 1933. Todas las Revoluciones ideológicas, desde la francesa de 1789, pasando por las europeas del siglo XIX en Europa, hasta llegar a la bolchevique de 1917, tienden a tomar la forma de un culto. En Francia, el culto a la Razón fue el foco del frenesí religioso; en Rusia fue el culto a la máquina, según el dios Marx. La Revolución estadounidense de 1933 no es una excepción. El motivo central del nuevo culto es la "democracia". En la imagen propagandística, este concepto toma el lugar de Dios como centro y realidad última. Así, un juez del Tribunal supremo hablando a los graduados de un colegio judío, dijo en 1939: "En un sentido más amplio, hay algo más importante que la religión, y ello es la realización de los ideales de la democracia".

     La palabra ha sido dotada de una fuerza religiosa y, de hecho, ha alcanzado la posición de una religión. Se ha convertido en un tópico, y no puede ser objeto de un tratamiento crítico. La apostasía o la herejía provocan una inmediata respuesta en la forma de un proceso por sedición, traición, evasión de impuestos, o cualquier otra excusa. Los santos de este culto son los "Padres Fundadores" de la Guerra de Independencia, particularmente Jefferson, a pesar del hecho de que ellos detestaban la idea de democracia y eran, casi todos, propietarios de esclavos, y también Lincoln, Wilson y Roosevelt.

     Sus profetas son periodistas, propagandistas, estrellas de cine, líderes sindicales y políticos partidistas. El hecho de que la palabra no pueda ser definida es la evidencia más segura de que ha dejado de ser descriptiva, y se ha convertido en el objeto de una fe masiva. Todas las ideas y dogmas de la imagen propagandística se refieren a la democracia para su justificación fundamental.

     Inmediatamente después de la democracia sigue, en importancia, la "tolerancia". Ésta es, obviamente, fundamental para un régimen culturalmente extranjero. Tolerancia significa, esencialmente tolerancia hacia los judíos y los negros, pero puede también significar la más cruel persecución contra europeos u otras personas cuyos puntos de vista difieran fundamentalmente de la predominante idea masificadora. Esta persecución es social, económica y, si es preciso, legal.

     Para continuar la atomización del anfitrión, la lucha de clases representa un aspecto esencial del parásito. Se predica como "el derecho al trabajo a organizarse", el derecho a la huelga, y otros slogans similares. Pero el "capital" también tiene sus derechos, ya que ninguno de los dos bandos debe obtener una victoria decisiva. La División, aquí, como siempre y en todas partes, es una técnica de la victoria.

     El Feminismo es predicado y fomentado, llevando la uniformidad masificadora al campo de los sexos. En vez de la polaridad de los sexos, se promueve el ideal de la mezcla de los mismos. A las mujeres se les enseña a ser "iguales" a los varones, y el reconocimiento occidental de la polaridad sexual es denunciado como sumisión y "persecución de las mujeres".

     El pacifismo también forma parte de la propaganda que se predica. No se trata, naturalmente, de un verdadero pacifismo, porque éste sobreviene sin necesidad de que nadie lo predique, a menudo sin que nadie lo sepa, y siempre sin que nadie pueda hacer nada en favor o en contra de su existencia. En la práctica, el pacifismo doctrinario es siempre una forma de propaganda de guerra. Así, en EE.UU. Europa significa guerra, y EE.UU. significa paz. El imperialismo estadounidense es siempre una cruzada por la paz. Un prominente miembro del régimen habló recientemente del "deber de EE.UU. de imponer la paz en todo el mundo".

     La "tolerancia religiosa" es también una parte de la propaganda, y se interpreta de manera que signifique indiferencia religiosa. Los dogmas y las doctrinas de la religión son tratados de manera completamente secundaria como si no significaran nada. Las iglesias a menudo se funden o se separan por consideraciones puramente económicas. Cuando la religión no es simplemente una obligatoria distracción social semanal, es un mitin político. Constantemente se promueve la cooperación entre las iglesias, y siempre con alguna finalidad utilitaria que no tiene nada que ver con la religión. Y lo que esto significa es: la sumisión de la religión al programa del Falseamiento Cultural.


II

     Mucho más importante para Europa que la propaganda y sus efectos en los asuntos domésticos estadounidenses, es la propaganda sobre los asuntos exteriores.

     El tópico "democracia" es usado, también en este campo propagandístico como la esencia de la realidad. Un acontecimiento extranjero que se desea que ocurra es descrito como "fomento de la democracia". Otro tipo de acontecimiento que se desea boicotear es presentado como "contrario a la democracia, o fascistoide". "Fascismo" es el tópico correspondiente a la maldad en teología, y de hecho ellos están directamente equiparados en la estadounidense.

     El enemigo primordial en la imagen propagandística fue siempre Europa, y especialmente el espíritu prusiano-europeo que surgió con tan evidente fuerza en la Revolución Europea de 1933 contra la Visión negativa de la vida con el materialismo, la obsesión por el dinero y la corrupción democrática. Cuanto más claro se vio que esta Revolución no era un superficial fenómeno político, un mero cambio de régimen de partidos, sino una revolución total, profundamente espiritual, de un nuevo y vital espíritu contra un espíritu muerto, más violenta se hizo la campaña de odio dirigida contra Europa. Hacia 1938 esta propaganda había llegado a un punto de tal virulencia tanto en intensidad como en volumen, que ya no podía ser superado. El estadounidense fue bombardeado sin descanso con el mensaje de que Europa estaba atacando todo lo que tenía algún valor en el mundo: "Dios", la "religión", la "democracia", la "libertad, la "paz", "Estados Unidos".

     Este uso excesivo de abstracciones era indicativo, por sí mismo, de una falta de realidades concretas a qué referirse. Como, a pesar de ese bombardeo propagandístico, no se llegó a excitar suficientemente al público, se utilizó la tesis de que Europa estaba planeando la invasión de Estados Unidos con flotas y ejércitos. Ideas de este tipo realmente conquistaron el lado intelectual de la masificada mente estadounidense, pero no penetró hasta el nivel emocional suficiente para causar una aprensión genuina o un odio efectivo.

     "Agresor" fue otra palabra tendenciosa utilizada en el asalto intelectual. Una vez más, no se refería a hechos, sino que se empleaba como término insultante. Se inventó la "moralidad internacional", formulándose de manera que el enemigo del Falseador de la Cultura fuera definido ipso facto como inmoral. Si no se podían encontrar razones políticas para su política, se inventaban razones morales, ideológicas, económicas y estéticas. Las naciones fueron divididas en buenas y malas. Europa en conjunto era mala cuando estaba unida, y si la Distorsión Cultural conseguía obtener una cabeza de puente en un país europeo, tal país se convertía a partir de entonces en bueno. La máquina estadounidense reaccionó con venenoso odio contra el reparto europeo de Bohemia [3] en 1938. Todas las potencias europeas que participaron en las negociaciones fueron denunciadas como malvadas agresoras, inmorales, antidemocráticas y todo lo demás.

[3. El autor se refiere, sin duda, al reparto del Estado checoslovaco creado en Versalles, que estalló internamente, alcanzando la independencia Eslovaquia y Rutenia, y repartiéndose Alemania, Polonia y Hungría el resto del territorio. Pero Bohemia propiamente dicha fue incorporada al Reich (NdelT)].

     Algo fundamental en esa imagen política fue la tesis de que la política es un asunto de formas de gobierno luchando las unas contra las otras. No naciones o Estados, sino abstracciones como democracia y fascismo, eran el contenido de la lucha mundial. Esto impuso la necesidad de llamar al oponente de la situación momentánea, democrático o "fascista", cambiando de un mes a otro, de un año a otro. Servia, Polonia, Japón, Rusia, China, Hungría, Rumania, y muchas otras unidades políticas, fueron "fascistas" y "democráticas", dependiendo ello precisamente de qué clase de tratado habían concluído y con cuál potencia.

     La división entre potencias "democráticas" y "fascistas" se correspondía exactamente con la de potencias observadoras de los tratados y potencias violadoras de los tratados. Como suplemento de todo esto, existía la dicotomía de naciones amantes de la paz y... las otras. La frase "derecho internacional" fue popularizada, y se utilizó para describir algo que nunca ha existido y que no puede existir. No tenía nada que ver con el verdadero derecho internacional de 500 años de práctica occidental. Se popularizó para significar que cualquier cambio en el statu quo territorial internacional estaba "prohibido" por el "derecho internacional".

     Todas las palabras que tenían buen "renombre" fueron relacionadas con los tópicos principales de la imagen. Así, la civilización occidental era demasiado impresionante para ser tratada como un término hostil, y fue usada para describir el parlamentarismo, la lucha de clases, la plutocracia y finalmente, a la Rusia bolchevique. La maquinaria propagandística insistió, durante la batalla de Stalingrado, a finales de 1942, cuando se enfrentaban las fuerzas de Europa y de Asia, en que las fuerzas asiáticas representaban a la civilización occidental. El hecho de que regimientos siberianos, turkestanos y kirghizos eran utilizados por el régimen bolchevique fue aducido como prueba de que Asia había salvado a la civilización occidental.

     Para los europeos, esta clase de cosas testimonia dos grandes hechos: la total falta de cualquier consciencia cultural o política entre las masas de la población estadounidense, y la profunda, total e implacable enemistad hacia Europa del régimen Falseador de Cultura en Estados Unidos. Japón también fue tratado en la imagen propagandística como un enemigo, pero no como un enemigo irreconciliable, como Europa. No se permitió que la propaganda contra Japón adoptara nunca una forma racial, precisamente para impedir que los instintos raciales de la población estadounidense se despertaran de forma tempestuosa, barriendo al Falseador y acabando con su influencia. El tono, generalmente suave, de la propaganda anti-japonesa, se debió al hecho de que Japón no había experimentado y no podía jamás experimentar nada parecido a la Gran Revolución Europea de 1933.

     Debido a la primitiva intelectualidad de un país cuya población había sido mentalmente uniformizada, esta propaganda pudo llegar a extremos muy crudos. Así, durante la preparación de la guerra, entre 1933 y 1939, la Prensa, el Cine y la Radio anunciaron historias de insultos a la bandera estadounidense en el extranjero, de documentos secretos accidentalmente descubiertos, de conversaciones telefónicas registradas en magnetófonos, de descubrimientos de depósitos de armas pertenecientes a grupos nacionalistas estadounidenses, y otras cosas por el estilo. Noticiarios cinematográficos que, según se afirmaba, habían sido filmados en Europa, habían sido filmados muchos en Hollywood. Todo llegó a ser tan fantástico que, un año antes de la Segunda Guerra Mundial, un programa radiofónico que relataba una historia imaginaria de una invasión de la Tierra realizada por marcianos, produjo síntomas de incontenible pánico entre las masas embrutecidas por la propaganda.

     A causa de que Estados Unidos nunca había estado bajo el influjo de las costumbres de la política de gabinete española, que se identificaron con el espíritu europeo, el Falseador de la Cultura pudo realizar ataques propagandísticos de una vileza extremadamente repulsiva contra las vidas privadas de los dirigentes europeos que representaban la Perspectiva mundial del siglo XX en Europa. Estos dirigentes fueron presentados al público como rufianes, homosexuales, drogadictos y sádicos.

     La propaganda no guardaba ninguna relación con ninguna base cultural, y era completamente cínica con relación a los hechos. Así como las fábricas cinematográficas de Hollywood producían "documentales" embusteros, los propagandistas de la Prensa crearon los "hechos" que necesitaban. Cuando las fuerzas aéreas japonesas atacaron la base naval estadounidense de Pearl Harbor en Diciembre de 1941, los Falseadoras de la Cultura no sabían que Europa aprovecharía esa ocasión para tomar represalias contra la guerra no declarada que el régimen Distorsionador de la Cultura, afincado en Washington, había estado llevando a cabo contra Europa. El régimen, por consiguiente, decidió explotar de una vez el ataque japonés como si se tratara de una medida militar europea. A tal fin, los órganos de propaganda hicieron correr la "noticia" de que aviones europeos con pilotos europeos habían participado en el ataque. El régimen, oficialmente, anunció que sólo se habían causado daños leves. Pero esas invenciones de la propaganda no serían nada comparadas con la masiva propaganda post-bélica sobre los "campos de concentración" llevada a cabo por el régimen Falseador de Cultura basado en Washington.

     Esta propaganda anunció que 6 millones de miembros de la Cultura-Nación-Estado-Iglesia-Pueblo-Raza judíos habían sido asesinados en campos de concentración europeos, así como un número indeterminado de gentes de otras razas. Esta propaganda se organizó a escala mundial, y fue de una mendacidad adaptada, tal vez, a una masa uniformada, pero resultó sencillamente nauseabunda para europeos capaces de razonar. Técnicamente hablando, la propaganda fue completa. Se exhibieron "fotografías" por millones. Miles de personas que habían sido muertas publicaron relatos sobre sus experiencias en esos campos. Cientos de miles hicieron verdaderas fortunas, después de la guerra, en el mercado negro. Fueron fotografiadas "cámaras de gas" que nunca existieron, y se inventó un "motor de gas" para excitar a los aficionados a la mecánica.

     Ahora llegamos al propósito de esta propaganda que el régimen hizo tragar a sus masas mentalmente esclavizadas. Desde el análisis de la perspectiva política del siglo XX, no puede existir más que un sólo propósito: todo se hizo para crear una guerra total, en el sentido espiritual, trascendiendo los límites de la política, contra la Civilización Occidental. Las masas estadounidenses, tanto militares como civiles, recibieron este veneno mental para ser inflamadas hasta un punto en que llevaran a cabo sin vacilación el programa de aniquilamiento post-bélico. Específicamente se trataba de desencadenar una guerra después de la Segunda Guerra Mundial, una guerra de saqueo, asesinatos contra una Europa indefensa. La propaganda no es más que un adjunto de la política.


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EL TERROR


     "Es una debilidad, de hecho mezquindad de corazón, no hablar bien de los propios enemigos y no tributarles el honor que merecen" (Federico el Grande, prefacio a su Historia de la Guerra de los Siete Años, 1764).


     Dentro de cada Gran Cultura, el sentimiento universalmente prevaleciente ha sido el mismo que el expresado por Federico II. Ni siquiera la aparición de la Crisis de Civilización ha hecho que desapareciera completamente este sentimiento de honor sin palabras. Por feroces que hayan sido las batallas, o por prolongadas que hayan sido las guerras, todo vencedor sobre un oponente que perteneciera a la misma cultura ha mostrado siempre generosidad y respeto por su enemigo vencido. Este concepto se inserta en la naturaleza de la política dentro de una misma gran cultura, la cual es llevada a cabo únicamente por el poder, y no por la matanza de individuos después de la guerra, ya por ejecución, ya por el hambre artificialmente provocada. Una vez que el poder ha sido ganado, el objetivo ha sido alcanzado, y los individuos del anterior enemigo ya dejan de ser considerados como enemigos, sino simplemente como seres humanos. En los mil años de historia occidental, han habido, naturalmente, unas cuantas excepciones; el deshonor ha existido siempre. Pero el ejercicio de la malignidad y los malos tratos contra el oponente vencido no fue nunca realizado, ni menos fomentado en gran escala, ni a lo largo de un período prolongados. Ello hubiera sido sencillamente imposible entre dos grupos pertenecientes a la cultura occidental.

     En tiempos muy recientes este imperativo orgánico ha sido bien ilustrado. Por ejemplo, cuando Lee se rindió en Appomatox, en 1865, el feroz guerrero Grant, tan implacable en el campo de batalla, demostró ser un vencedor magnánimo y bondadoso. El caso de Napoleón muestra el mismo imperativo orgánico en acción por parte de sus apresadores, después de Leipzig, e incluso después de Waterloo. Anteriormente, el gobierno inglés, que se encontraba en guerra con él, le había avisado que se tramaba un complot contra su vida. Y cuando Napoleón III fue capturado, Bismarck se interesó personalmente por su seguridad y por que recibiera un trato honorable.

     Pero entre una potencia perteneciente a una gran cultura y otra perteneciente a una cultura diferente, estos usos de honor nunca han sido generalizados, ni en la conducción de la guerra ni el tratamiento dado al enemigo derrotado. Así, en los tiempos góticos, la Iglesia prohibió el uso de la ballesta contra miembros de la cultura occidental, pero autorizó su empleo contra los bárbaros. En tales casos, el grupo adversario no había sido considerado como un mero oponente, sino como un verdadero enemigo, como el siglo XX una vez más utiliza esta palabra para describir a elementos situados fuera de la civilización occidental. El tribunal militar español que "juzgó" al último Inca y lo sentenció a muerte, no se sintió ligado con él por la misma obligación de honor que hubiera sentido hacia cualquier líder occidental de su rango. A fortiori [= con mayor razón], la comunidad de honor que surge en el seno de una cultura no se extiende al extranjero que no pertenece a ninguna clase de cultura, es decir, al bárbaro. Así, Yugurta, Mitrídates, Sertorio, Vercingetorix, fueron todos ellos perseguidos hasta su muerte personal por los romanos. El bárbaro comprende las cosas de la misma manera, como demuestran los asesinatos y matanzas llevadas a cabo por Mitrídates, Juba, los godos, Arminio y Atila. No es una cuestión de pueblo ni de raza, sino el hecho grandioso de pertenecer o no pertenecer a una gran cultura, lo que es decisivo en este caso, como lo prueban las matanzas de los mongoles de Gengis Jan y los rusos actuales, ambos externos a una gran cultura.

     Así, cuando después de la Segunda Guerra Mundial fue organizado un enorme y exhaustivo programa de exterminación física y persecución política, legal, social y económica contra el indefenso cuerpo de Europa, se vio muy claramente que esto no era un fenómeno intra-cultural, sino una manifestación más, transparente y ejemplar, de Distorsión Cultural. Lo que fue distorsionado fueron, específicamente, las costumbres político-militares de honor de un milenio de elevadas tradiciones occidentales. Estas costumbres fueron aún observadas por Europa durante la Segunda Guerra Mundial, y un numeroso grupo de políticos y generales de pequeños Estados sobrevivieron a las cárceles europeas a través de la Segunda Guerra Mundial, porque no se le ocurrió a ninguna mente europea que podrían ser sometidos a simulacros de juicio y ahorcados. Estos usos se extendieron incluso a situaciones extremas, como fue la protección de la vida del hijo del líder bárbaro, Stalin, que estuvo cautivo en Europa durante la guerra, y hasta fueron observados en algunos casos por el bárbaro Japón, que salvó las vidas de militares estadounidenses de alta graduación, cuando podía haberlos matado con o sin simulacros de juicio. Pero la incondicional obligación del honor de guerra, hasta entonces absoluta en la civilización occidental, fue alterada por el Falseador de la Cultura después de la Segunda Guerra Mundial.

     Como la enfermedad cultural no puede nunca influenciar el alma de la Cultura en lo más profundo, no puede nunca cambiar permanentemente esa alma, pero debe llevar a cabo una lucha sin fin contra ella. En esa lucha no puede haber paz ni tregua. Los instintos culturales resistirán siempre a los elementos de la enfermedad, ya sean parasitarios, retardarios o distorsionadores. Siendo así, la Distorsión Cultural procedió a desencadenar el Terror Europeo después de la Guerra, cuando ya no había ninguna lucha política en la civilización occidental.

     La historia del programa de "crímenes de guerra” muestra su naturaleza. Sus fundamentos fueron cimentados en la propaganda anti-europea que sumergió a Estados Unidos desde 1933 en adelante. La misma propaganda mostró que actuaban fuerzas extra-europeas, toda vez que rechazó la comunidad de las naciones y el honor político. Los líderes de Europa fueron representados como delincuentes comunes y pervertidos sexuales, y a través de esta propaganda vil se esparció la idea de que esos líderes podían y debían ser muertos. Gradualmente, la tesis fue ampliándose y la Idea del siglo XX del Socialismo Ético fue equiparada con el Mal Absoluto, y las poblaciones a su servicio fueron descritas como afectadas de una locura colectiva, y necesitadas de "reeducación" que debía administrarles EE.UU.

     La Distorsión Cultural debe siempre utilizar medios eficaces, así como ideas y costumbres establecidas, con el objeto de ser efectiva. Así, en Estados Unidos apeló al patriotismo y al legalismo estadounidense. Durante la Segunda Guerra Mundial, la propaganda empezó a exigir explícitamente "procesos" de los líderes europeos y del estrato portador de la Cultura de Occidente. Un masivo "proceso por traición" fue instruído en el curso de la guerra, en EE.UU., contra elementos estadounidenses hostiles a la Distorsión Cultural y favorables al Imperio de Occidente. Con el objeto de superar, por lo menos temporalmente, los nativos instintos de honor occidentales, la guerra fue presentada como única, como una guerra de "humanidad" contra "moralidad", de "paz" contra "guerra", una guerra que, por consiguiente debía ser llevada a cabo con medidas únicas contra el enemigo en caso de victoria; una guerra en la cual el enemigo debía no solamente ser derrotado sino físicamente exterminado como "castigo" por sus crímenes. Como de costumbre, se recurrió a la Ley para apoyar la estructura, y a los abogados se les ordenó preparar nuevos crímenes, idear nuevos tribunales, procedimientos, jurisdicciones, sanciones. No sólo los líderes, sino los ejércitos e incluso la población civil, debían ser convictos de nuevos crímenes.

     En el plano intelectual más bajo, esta operación fue francamente presentada como venganza, pero esto hizo necesaria la creación de nuevos hechos, puesto que nada parecido a este programa había ocurrido jamás en cinco milenios de grandes culturas. Por tal motivo se inventó la infame propaganda de los "campos de concentración" con objeto de inflamar la imaginación pública. La fantasía se convirtió en hechos, la mentira se convirtió en verdad, la sospecha se volvió prueba, la manía persecutoria se transformó en sed de sangre. Como Europa no había llevado a cabo simulacros de juicio que justificaran una revancha, la propaganda dijo que los habría habido en caso de ganar la guerra, y esta demostrable mentira tomó rango de hecho.

     La natural afinidad de los elementos enfermos en una Cultura quedó demostrada por el hecho de que los líderes de los grupos de Retraso Cultural en Occidente, y particularmente en EE.UU., dieron su apoyo al programa. Sin las fuerzas retardarias de la cultura en EE.UU. toda la operación de "juicios y crímenes" hubiera sido imposible. Como podía esperarse, las mejores mentes de la civilización occidental, tanto en EE.UU. como en Europa, rechazaron totalmente el esquema, pero el poder de llevarlo a la práctica estaba en las manos del exótico vencedor.

     El esquema de los crímenes presentaba tres grandes facetas: en primer lugar el procesamiento masivo de los más altos líderes europeos, autores de la Revolución Europea de 1933; en segundo lugar, los procesamientos, también a gran escala, de oficiales de todos los grados que se habían distinguido en la guerra, del personal militar que había servido en misiones de guardia de los campos de concentración, y de los civiles que habían tomado parte en la defensa contra los ataques aéreos; en tercer lugar, los procesamientos individuales de millones de miembros de organizaciones políticas de masas.

     Aún cuando esos procesamientos fueron llamados "juicios", en realidad no lo eran en absoluto, ya que no había sistema legal vigente que autorizara sanción alguna. El Derecho Internacional de Occidente excluía la posibilidad de que los líderes de un Estado enemigo pudieran ser juzgados o ahorcados como parte de la explotación de la victoria, ya que su principio básico era la soberanía de los Estados. El Derecho Internacional, pues, descansaba puramente en una comunidad de cortesía, y no en la fuerza. Un juicio genuino presupone, desde un aspecto puramente legal, un sistema jurídico preexistente, un igualmente preexistente poder judicial para imponer la ley, una jurisdicción sobre los asuntos a juzgar, y una jurisdicción sobre la persona cuyos actos debían ser juzgados. Sin una ley preexistente, no puede haber delito, ni tribunal, ni jurisdicción sobre los actos o personas. La mera custodia no es jurisdicción, pues de serlo un secuestrador podría afirmar que tenía jurisdicción sobre su víctima.

     Los simulacros de juicio no son nada nuevo en la historia cultural, pero cuando se celebran entre miembros de la misma cultura son simplemente deshonor, y el deshonor se refleja en su autor, y en él solamente, y nunca en la víctima. Son deshonor, simplemente por que son engaño y subterfugio; son un intento de hacer, amparándose en las formas y en la Ley, lo que el instinto y la conciencia prohíben. Así, los preliminares de las ejecuciones de Luis XVI de Francia y Carlos de Inglaterra no fueron juicios, aún cuando ese nombre les dieran los que en ellos participaron, porque de acuerdo con la ley que existía en aquellos tiempos en Francia y en Inglaterra el monarca era soberano y, como tal, no podía ser sometido a ningún tribunal.

     Enteramente aparte de los fundamentos estrictamente legales, y las consideraciones de comunidad de honor intra-cultural, hay una fuente independiente de razones según las cuales los procesos por "crímenes de guerra" no podían ser descritos como juicios: es la fuente de la psicología humana. Un verdadero juicio presupone imparcialidad en el tribunal; una verdadera imparcialidad mental, aparte de una mera presunción legalista de inocencia del acusado. Pero las acciones judiciales en cuestión estaban abierta y francamente formuladas contra enemigos. Las víctimas fueron legalmente llamadas "enemigo", y se declaró que la guerra continuaba legalmente en curso. La enemistad excluye la imparcialidad, y ésta no se vio por ninguna parte en el programa de los "crímenes". En épocas anteriores, los "juicios" mediante los cuales Felipe el Hermoso eliminó como una potencia política a los Caballeros Templarios, los "juicios" de Juana de Arco, de Lady Alice Lisle, y del Duque d'Enghien, no fueron verdaderos juicios a causa de la parcialidad del tribunal. A fortiori, cuando los juicios son el resultado del impacto de dos diferentes culturas, entonces no puede haber un verdadero e imparcial juicio, como lo demuestran el "juicio" de Cristo por el Procurador Romano y el de Atahualpa por un tribunal militar español. El espectáculo de Nuremberg fue un ejemplo más, y el más concluyente de todos, de la completa irrenconciabilidad de las almas de dos culturas, y de la abismal profundidad a que puede descender la enfermedad cultural. Incluso mientras el juicio se estaba desarrollando, sus organizadores ordenaron a su prensa que sondeara al público sobre qué métodos de ejecución debieran ser usados contra las víctimas.

     Naturalmente, es imposible engañar siempre a la población entera de una cultura. Hay un cierto estrato que ve la realidad a través de los fraudes, y en ese estrato la propaganda de los crímenes y los "juicios" tuvo un efecto precisamente opuesto al buscado. Cualquiera que sea capaz de orientarse históricamente, sabe que el epíteto "criminal" puede ser adjudicado, con superficial y temporal éxito, a toda persona en el poder. Durante el milenio de historia occidental, centenares de personas creativas o que han ocupado lugares importantes han sido acusadas de crímenes, o encarceladas. El Sacro Emperador Romano Conradino Hohenstaufen fue decapitado a pesar de ser la persona secular de más alto rango en toda la cristiandad. Algunos otros acusados de crímenes o encarcelados fueron: Ricardo Corazón de León, Roger Bacon, Arnaldo de Brescia, Giordano Bruno, Cristóbal Colón, Savoranola, Juana de Arco, Galileo, Cervantes, Carlos de Inglaterra, Shakespeare, Oldenbarneveldt, Luis XVI, Lavoisier, Voltaire, Napoleón, el Emperador Maximiliano de México, Thoreau, Wagner, Carlos III, Federico el Grande, Edgar Poe, Napoleón III, Garibaldi.

     El periodo del Terror durante la Revolución Francesa, empezó en 1793 y duró algo más de un año, aún cuando surgiera y se desarrollara a consecuencia de prolongadas y continuas condiciones de actividad política interna y externa, llevadas hasta un grado de intensidad hasta entonces desconocida en Europa. La Nueva República Francesa estaba luchando por su vida en los campos de batalla, y simultáneamente se enfrentaba a la mayoría de su propia población. Bajo esas condiciones de la lucha por el poder, los abusos del Terror pueden comprenderse históricamente, dadas las circunstancias. Las cualidades dramáticas del Terror no pueden obscurecer el hecho de que únicamente guillotinó, según cálculos de sus oponentes, a un número de personas que osciló entre dos mil y cuatro mil.

     Bien diferente fue el Terror que se produjo después de la Segunda Guerra Mundial. Toda su motivación estaba más allá de la política, ya que esta palabra sólo se usa en actividades en pro del poder dentro del seno de una cultura. No fue una fase de la lucha por el poder. La Europa vencida estaba completamente ocupada por ejércitos al servicio de la Distorsión Cultural. No había ninguna resistencia física. Así, pues, por un puro imperativo revanchista, se organizó un programa de persecución y ejecuciones en masa.

     La elaborada pretensión de legalismo es otro signo de enfermedad cultural. Una orgía tan prolongada de fraudes para intentar enmascarar un tan patente deshonor hubiera sido imposible para cualquier grupo perteneciente a una gran cultura contra su oponente intra-cultural. Baste
con decir que no hay precedentes de tal procedimiento en cinco milenios de alta historia.

     La Distorsión Cultural queda también patentizada por la prolongación indefinida del programa de ejecuciones. Los organizadores del esquema no tenían una comunidad de honor con las gentes que condenaban a muerte, y hubieran podido continuar su tarea indefinidamente. Tres años después de haber empezado, el "programa" se desarrollaba en una escala mayor que en sus comienzos. El sentimiento de la propia vergüenza no tiene cabida en un extranjero cultural, al revés de lo que sucedió con los intransigentes jacobinos y la canaille de París.

     El ridículo ropaje legalista, que fue usado puramente pro forma y que en ningún caso pudo influír en los "veredictos" y las "sentencias", es un signo suplementario de origen extracultural. El pensamiento legal occidental nunca ha pretendido el aniquilamiento del honor entre occidentales, aún cuando a menudo se ha puesto al servicio de causas políticas, económicas o religiosas, bajo el disfraz de un pensamiento legal "puro". Pero el extranjero cultural carece del fino sentido de la limitación, y así continúa usando su disfraz incluso después de haber sido reconocido.

     Tampoco es el programa de los "crímenes" una manifestación de barbarismo, porque el barbarismo es mucho más hostil a los polisilábicos malabarismos de los abogados que a los sentimientos de honor de los estratos elevados de una gran cultura. Así, en su ocupación de Europa, los rusos no hicieron "juicios" por "crímenes de guerra", sino que simplemente asesinaron cuando les plugo, sin simulacros legales.

     El Terror de la Revolución Francesa tenía, también, una idea positiva para la Nación, y las muertes y destrucciones que llevó a cabo tenían como propósito imponer un nuevo régimen mediante la intimidación y destrucción del anterior. Cuando hubo alcanzado su objetivo político, el Terror se terminó. En cambio, el Terror que siguió a la Segunda Guerra Mundial empezó con un objetivo político ya alcanzado y no tenía, pues, ninguna razón de ser político-cultural. Su motivo fue el odio existencial, y su finalidad fue simplemente una venganza total, apocalíptica... pero la venganza no interviene en la política cultural.

     Grupos pertenecientes a una misma cultura, en la historia pasada, han mostrado siempre rasgos de generosidad contra un enemigo vencido de su misma cultura, incluso en la etapa de las guerras de aniquilamiento. Lo que se trataba de destruír era el Estado enemigo, no el pueblo. La misma duración de los "juicios" indica una enfermedad cultural. El Terror francés juzgó y condenó a muerte, en sólo dos días, a una persona tan importante como la reina de Francia, pero los infames simulacros jurídicos sobre los "campos de concentración" duraron meses y meses, y la tortura legal de Núremberg fue prolongada hasta un año.

     El aspecto más cruel del amplio esquema fue indudablemente el que se dirigió contra gente de poca importancia, ya que abarcó a millones de personas. Regímenes marionetas, instalados por el régimen estadounidense, instituyeron tribunales de "des-nacionalización" para dar nuevos impulsos al grandioso programa de persecución masiva. Las víctimas eran privadas de todas sus propiedades. Profesionales y académicos eran obligados a transformarse en trabajadores manuales. A muchachos de determinadas familias se les prohibía el acceso a la Universidad. Empezaron a distribuírse bajísimas raciones alimenticias entre la población; esta técnica había sido utilizada por Lenin en su programa de exterminación de la "burguesía" en Rusia. Los oponentes a la Distorsión Cultural fueron mandados a la cárcel por varios años. Las familias de las víctimas eran tratadas de idéntica manera, con el objeto de que no pudieran prestarles ayuda alguna.

     Este programa, en todos sus aspectos, fue contrario a todas las Convenciones Internacionales que ligaban a todos los Estados occidentales al código común cultural-internacional de honor político-militar. Estas convenciones representaban sentimientos occidentales, pues de lo contrario no se hubieran llevado a efecto, y de ahí procede su olvido absoluto por parte de EE.UU. en su ocupación post-bélica de Europa, y constituye además la prueba definitiva de la naturaleza patólogico-cultural del vasto programa del Terror. Ninguna fuerza occidental ha podido implicarse en la prolongada y fraudulenta tentativa de presentar el Derecho Internacional de Occidente como un código penal, ya que nunca se había previsto en el mismo una escala de sanciones. Pero los elementos culturalmente extraños, en última instancia, no pueden nunca penetrar los sentimientos que están detrás de las ideas e instituciones occidentales, de la misma manera que tampoco los occidentales podrán nunca comprender totalmente las sutilezas de la Cábala o de la filosofía maimonidiana.

     Finalmente, y lo que desde el punto de vista espiritual es más importante, se encuentra la desesperada tentativa llevada a cabo por el Terror para lograr la transmutación de todos los valores occidentales. La vida y la salud del anfitrión son la muerte del parásito, y el florecimiento del parásito es la enfermedad y la distorsión del anfitrión; por lo tanto cualquier tentativa normal y natural llevada a cabo por elementos portadores de cultura para oponerse a los fenómenos patológico-culturales en el seno de la civilización occidental es presentada como criminal y moralmente reprensible. La oposición a la Distorsión Cultural y sus instrumentos fue declarada “delito", y el apoyo a la Revolución Europea de 1933 pudo acarrear la condena a muerte. En este intento de transmutación de valores, un oficial de las Fuerzas Norteamericanas que no era miembro de la civilización occidental llegó a decir que si Bismarck viviera sería juzgado como criminal por sus tropas. Finalmente, la notoria "Control Council Law Nº 10" definió como "criminales" a los líderes de la vida política, militar, industrial y financiera de Europa y sus Estados asociados del Este de Europa, con aquellas mismas palabras.

     Este Terror muestra el significado de una ocupación estadounidense en Europa. La naturaleza de Estados Unidos como colonia, separada por una gran distancia del solar materno de la Cultura occidental, explica claramente por qué la enfermedad cultural ha podido jugar un papel tan determinante allí. Los usos del honor occidental, existentes también en EE.UU., nunca tomaron raíces tan profundas en ese país, y así el extranjero cultural pudo injertar su imperativo de venganza en el organismo estadounidense. Tal proceso es orgánico, y por consiguiente tiene una dirección. No puede continuar indefinidamente para siempre sin sufrir el desafío profundo y poderoso de los instintos nacionales de EE.UU., pero en esta época decisiva, el significado de EE.UU. para Europa es simbolizado en el programa del Terror de la distorsión cultural que desató en los antiguos Estados de Europa, ahora convertidos en colonias suyas, después de la Segunda Guerra Mundial.–





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