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viernes, 1 de agosto de 2014

Karl Jaspers - Sobre el Sentido de la Historia



     El psiquiatra y filósofo alemán Karl Jaspers (1883-1969) publicó en 1949 en forma de libro Einführung in die Philosophie. Zwölf Radiovorträge (Introducción a la Filosofía. Doce Conferencias Radiales), que fue publicada en castellano en 1953 bajo el título de La Filosofía desde el Punto de Vista de la Existencia, en traducción de José Gaos. Aquí su capítulo Nº 9 se titula "La Historia de la Humanidad". Salvo unos párrafos y algunas frases, es eso lo que presentamos ahora, donde su autor esboza una filosofía de la Historia. Es ampliamente conocida su detección de un momento clave en la historia humana, la cual, ya entonces, planteaba que había llegado a una especie de final.


La Historia de la Humanidad
por Karl Jaspers, 1949



     No hay realidad más esencial para nuestro cerciorarnos de nosotros mismos que la Historia. Ésta nos abre el vastísimo horizonte de la Humanidad, nos aporta el contenido de !a tradición en el que se funda nuestra vida, nos suministra los patrones para medir lo presente, nos libera de la vinculación inconsciente a la propia época, nos enseña a ver al Hombre en sus más altas posibilidades y en sus creaciones imperecederas.

     No podemos emplear mejor nuestros ocios que en familiarizarnos con las glorias del pasado y con el espectáculo de la fatalidad en que todo sucumbe. Lo que nos sucede en la actualidad lo comprendemos mejor en el espejo de la Historia. Lo que transmite la Historia nos resulta vivo en vista de nuestra propia época. Nuestra vida avanza en medio de las luces que se cruzan entre el pasado y el presente.

     Sólo en la cercanía, en la intuición directa, en la aplicación a lo individual, nos afecta realmente la Historia. Filosofando nos perdemos en unas cuantas consideraciones abstractas.

     La Historia universal puede parecer un caos de acontecimientos casuales. Semeja en conjunto algo así como el remolino de una corriente de agua. Avanza siempre, de una confusión en otra, de una tragedia en otra, con breves destellos luminosos de felicidad, con islas a las que la corriente perdona un momento hasta que las sepulta. En suma, para decirlo con una imagen, una ruta empedrada por el Demonio con valores destruídos.

     Es cierto que el conocimiento advierte algún orden en su curso, como relaciones causales aisladas, digamos las repercusiones de las invenciones técnicas en la forma de trabajar, de la forma de trabajar en la estructura social, de las conquistas en las estratificaciones de los pueblos, de la técnica de la guerra en las organizaciones militares y de éstas en la estructura del Estado, y así sucesivamente hasta el infinito. Por encima de estas relaciones causales se advierten incluso ciertos aspectos totales, digamos en la sucesión de los estilos en la cultura del espíritu a través de una serie de generaciones, como edades de la cultura que brotan unas de otras, como grandes cuerpos culturales cerrados que evolucionan. Spengler y sus seguidores han visto brotar semejantes culturas desde la masa de la Humanidad que se limita a ir viviendo, semejantes a las plantas que brotan del suelo, que florecen y mueren, culturas en número no limitable —Spengler contaba ocho hasta aquí, Toynbee veintiuna— y de tal suerte que poco o nada se afectan mutuamente.

     Vista así, la Historia no tiene más sentido, más unidad ni más estructura que los que hay simplemente en las concatenaciones causales inabarcablemente numerosas y en las configuraciones morfológicas, lo mismo que se dan también en los procesos de la Naturaleza, sólo que en la Historia son mucho menos determinables exactamente.

     Pero la filosofía de la Historia significa buscar ese sentido, esa unidad, la estructura de la Historia universal. Esta estructura sólo puede darse en la Humanidad en su conjunto.

     Esbocemos un esquema de la Historia universal.

     Hace milenios ya vivían hombres; su existencia está demostrada por el hallazgo de huesos en capas geológicas que pueden datarse en el tiempo. Hace milenios vivían hombres anatómicamente desde todo punto de vista semejantes a nosotros; hay restos de instrumentos, incluso de pinturas. Únicamente desde hace 5.000 ó 6.000 años tenemos una Historia documentada y continua.

     La Historia presenta cuatro profundos cortes.

     Primero. Sólo inferible es el primer gran paso del nacimiento de las lenguas, de la invención de instrumentos, del encender y usar el fuego. Es la edad prometeica, la base de toda historia, a través de la cual se volvió el Hombre por primera vez hombre frente a un ser humano sólo biológico que no podemos representarnos. Cuándo fue ello, en qué largos espacios de tiempo se distribuyeron los distintos pasos, no lo sabemos. Esta edad tiene que retroceder hasta muy lejos, y sustenta la múltiple (edad) del tiempo histórico documentado, que es casi insignificante comparada con ella.

     Segundo. Entre 5000 y 3000 a.C. se desarrollaron las altas culturas antiguas de Egipto, Mesopotamia, el Indo, y algo más tarde del Hoang-ho, en China. Son pequeñas islas de luz en la vasta masa de la Humanidad que ya puebla el planeta entero.

     Tercero. Por el 500 a.C. —en el tiempo que va del 800 al 200— tuvo lugar la cimentación espiritual de la Humanidad, de la cual se nutre ésta hasta hoy, y es notable que haya ocurrido simultánea e independientemente en China, India, Persia, Palestina y Grecia.

     Cuarto. Desde entonces se ha desarrollado un proceso único enteramente nuevo, espiritual y materialmente decisivo, de igual jerarquía que los anteriores bajo el punto de vista de su acción histórico-universal: la edad de la técnica científica, preparada en Europa desde el fin de la Edad Media, constituída espiritualmente en el siglo XVII, en amplio despliegue desde el fin del siglo XVIII, en un desarrollo vertiginosamente rápido tan sólo desde hace algunos decenios.

     Echemos una mirada a la tercera sección, hacia el 500 antes de Cristo. Hegel decía: "Toda la Historia va a parar a Cristo y procede de él. La aparición del hijo de Dios es el eje de la Historia universal". De esta estructura cristiana de la Historia universal es testimonio diario nuestra cronología. Lo malo es que semejante manera de ver la Historia universal sólo puede tener valor para los fieles cristianos. Ni siquiera en Occidente el cristiano ha vinculado a esta fe su interpretación empírica de la Historia. La historia sagrada se separó de la profana para el cristiano por la diversidad de sentido.

     Un eje de la Historia universal, en el caso de que lo haya, sólo podría encontrarse en la historia profana, y aquí sólo empíricamente, como un hecho, que en cuanto tal puede ser válido para todos los hombres, incluídos los cristianos. Tendría que ser convincente para Occidente y Asia y para todos los hombres, sin el patrón de medida del contenido de una fe determinada. Brotaría para todos los pueblos un marco común de auto-comprensión histórica. Este eje de la Historia universal parece estar en el proceso espiritual que tuvo lugar entre 800 y 200 a.C.

     Entonces surgió el Hombre con el que vivimos hasta hoy. Llamemos concisamente a aquel tiempo el "Tiempo Axial". En aquel tiempo se aglomeran las cosas extraordinarias. En China vivieron Confucio y Lao-tsé, surgieron todas las direcciones de la filosofía china, pensaron Mo-ti, Chuang-tsé, Li-si y otros innumerables; en la India surgieron los Upanishads, vivió Buda, se desarrollaron todas las posibilidades filosóficas hasta el escepticismo y el materialismo, la sofística y el nihilismo, como en China; en Irán enseñó Zaratustra la exigente imagen del mundo de la lucha entre el Bien y el Mal; en Palestina aparecieron los profetas, desde Elías, pasando por Isaías y Jeremías, hasta el déutero-Isaías; Grecia vio a Homero, a los filósofos Parménides, Heráclito, Platón, a los trágicos, a Tucídides y Arquímedes. Todo lo simplemente indicado con tales nombres se desarrolló en aquellos pocos siglos, con aproximada simultaneidad, en China, India y Occidente, sin que estos pueblos supieran unos de otros.

     Lo nuevo de aquella edad es que en general el Hombre se vuelve consciente del Ser en su totalidad, de sí mismo y de sus límites. Hace la experiencia de lo temible del mundo y de la propia impotencia. Plantea cuestiones radicales, y se afana, ante el abismo, por emanciparse y salvarse. Percatándose conscientemente de sus límites, se fija las más altas metas. Hace la experiencia de lo incondicional en la profundidad del ser-uno-mismo y en la claridad de la trascendencia.

     Se ensayaron las posibilidades contradictorias. La discusión, la formación de partidos, la división del espíritu, en términos opuestos mutuamente referidos sin embargo; hizo surgir la inquietud y el movimiento hasta el límite del caos espiritual.

     En aquella edad se produjeron las categorías fundamentales en las que pensamos hasta hoy, y se crearon las religiones universales de las que viven los hombres hasta hoy. Con aquel proceso se pusieron en cuestión las intuiciones, costumbres y estados que habían valido inconscientemente hasta entonces. Todo cayó en un remolino.

     La edad mítica llegó a su fin con su quietud y lo que tenía de comprensible de suyo. Empezó la lucha con el Mito desde la racionalidad y la experiencia real, la lucha por la trascendencia del dios único contra los demonios, la lucha contra los dioses falsos desde la indignación moral. Los mitos se transformaron, fueron entendidos con nueva hondura, en el momento en que el mito quedó destruído en su conjunto.

     El Hombre ya no está cerrado en sí. Está inseguro de sí mismo, pero con ello abierto para nuevas posibilidades sin límite. Por primera vez hubo filósofos. Los hombres osaron pisar como individuos sobre sus propios pies. Pensadores solitarios y peregrinantes de China, ascetas de la India, filósofos de Grecia, profetas de Israel, son una sola cosa, por muy distintos que sean unos de otros en sus creencias, contenidos y actitud íntima. El Hombre logró hacer frente íntimamente al mundo entero. Descubrió en sí el origen desde el cual elevarse sobre sí mismo y sobre el mundo. Entonces se cobra conciencia de la Historia. Empieza algo extraordinario, pero se siente y se sabe que antecedió un infinito pasado. Ya al comienzo de este despertar del espíritu propiamente humano está el Hombre sustentado por el recuerdo, tiene conciencia de ser tardío, incluso de ser decadente.

     Se tomará en la mano el curso de los acontecimientos para someterlo a un plan, se restablecerán o se producirán por primera vez las situaciones justas. Se reflexiona sobre la mejor forma de convivencia, administración y gobierno de los hombres. Ideas reformistas dominan el trato humano.

     También los hechos sociológicos muestran analogías en los tres dominios. Hubo una multitud de pequeños Estados y ciudades, una lucha de todos contra todos, a pesar de la cual fue posible por primera vez un asombroso florecimiento. Pero la edad en que esto se desplegó durante unos siglos no fue un desarrollo simplemente ascendente. Hubo destrucciones y creaciones a la vez. No se alcanzó una plenitud en manera alguna. Las sumas posibilidades que se habían realizado en algunos no llegaron a convertirse en un bien común. Lo que empezó por ser libertad de movimiento acabó en anarquía. Cuando la edad perdió su fuerza creadora, sobrevino en los tres dominios de la cultura la fijación de dogmas y la nivelación. Del desorden, que se había hecho insoportable, brotó el afán de un nuevo vínculo, obtenido en el restablecimiento de situaciones duraderas.

     La conclusión es ante todo política. Surgen grandes imperios, que lo dominan todo, casi simultáneamente en China (Tsin-Chi-Huangti), en la India (dinastía Maurya), en Occidente (los reinos helenísticos y el Imperium romanum). En todas partes se obtuvo en medio del derrumbamiento un orden planeado técnica y organizativamente. Al Tiempo Axial se remonta la vida espiritual de la Humanidad hasta hoy. En China, en la India y en Occidente están los retornos conscientes, los renacimientos. Sin duda han surgido nuevas grandes creaciones del espíritu, pero provocadas por el saber de los contenidos conquistados en el Tiempo Axial.

     Así es cómo marcha el gran curso de la Historia desde la primera humanización, pasando por las altas culturas antiguas, hasta el Tiempo Axial y sus consecuencias, que han sido creadoras hasta cerca de nuestro propio tiempo.

     Desde entonces, parece, ha empezado un segundo curso. Nuestra edad técnico-científica es como un segundo comienzo, comparable tan sólo a las primeras invenciones de instrumentos y del fuego.

     Si hubiésemos de arriesgar una conjetura fundada en la analogía, sería ésta: vamos a pasar por formas de vida análogas a las organizaciones y planificaciones de las altas culturas antiguas. Quizá la Humanidad marche a través de estas organizaciones gigantescas hacia un nuevo tiempo axial, aún lejano e invisible e inimaginable, de verdadera humanización.

     Pero ahora vivimos en una edad de las más terribles catástrofes. Es como si todo lo transmitido debiera fundirse, a la vez que aún no es convincentemente visible la base de un nuevo edificio. Novedad es que la Historia se torne por primera vez en nuestro tiempo en Historia universal. Comparada con la actual unidad de comunicaciones en el globo terrestre, toda la Historia anterior es un agregado de historias locales.

     Lo que llamamos Historia, en el sentido vigente hasta aquí, ha llegado a su término. Fue un momento intermedio de 5.000 años entre el proceso de población del globo terrestre, que se extendió a lo largo de los milenios prehistóricos, y el actual comienzo de la verdadera Historia Universal. Medidos dichos milenios con los tiempos de la precedente Humanidad y de las posibilidades futuras, han sido un insignificante espacio de tiempo. Tal Historia ha significado, por decirlo así, el encontrarse, el reunirse de los hombres para que entre en acción la Historia Universal; ha sido la adquisición espiritual y técnica del equipo necesario para resistir el viaje. Justo ahora es cuando empezamos. En semejantes horizontes tenemos que buscar la orientación, cuando todo lo vemos negro en las realidades de nuestro tiempo y daríamos por perdida la Historia humana entera. Debemos creer en las venideras posibilidades del Hombre. A primera vista hoy es todo turbio; a larga vista, no. Para cerciorarnos de ello tenemos menester de los patrones de medida de la Historia universal en conjunto.

     Podemos creer tanto más decididamente en el futuro cuanto que al presente nos hacemos reales, buscamos la verdad y divisamos los patrones de medida del Hombre.

     Si preguntamos por el sentido de la Historia, fácil es para quien cree en una meta de la misma, no sólo concebir esta meta, sino realizarla según un plan.

     Pero experimentamos nuestra impotencia cuando queremos organizarnos en conjunto según un plan. Los altaneros planes de los poderosos, inspirados en un presunto saber total de la Historia, fracasan en medio de catástrofes. Los planes de los individuos, dentro de su estrecho círculo, se malogran o resultan factores de muy otros órdenes, con sentido, pero sin plan. La marcha de la Historia parece ya un torbellino del que nadie puede defenderse, ya una marcha con un sentido que es interpretable sólo prolongándolo hasta lo infinito, que se da a conocer en nuevos sucesos contrarios a las expectativas, que siempre sigue siendo ambiguo; en suma, un sentido que nunca conocemos cuando nos confiamos a él.

     Si ponemos el sentido en un estado final de felicidad asequible sobre la Tierra, no lo encontramos en ninguna imagen concebible por nosotros, ni en ningún indicio de la Historia transcurrida hasta aquí. Más bien la historia de la Humanidad habla en contra de semejante sentido con su marcha caótica, este camino de moderados logros y destrucciones totales. La cuestión del sentido de la Historia no es solucionable por medio de una respuesta que lo enuncie como una meta.

     Toda meta es particular, provisional, superable. Construír la Historia entera como la historia de una decisión única, nunca se logra sino al precio de descuidar algo esencial.

     Quizá es posible hacerse una idea de un sentido amplio e indeterminado: la Historia es el lugar de la revelación de lo que el hombre es, de lo que puede ser, de lo que sale de él, y de aquello de que es capaz. Hasta la mayor de las amenazas es un problema planteado al Hombre. En la realidad del más alto ser del hombre no rige sólo la norma de la seguridad. (...)

     Formalmente puede definirse no la meta final de la Historia, pero sí una meta que sería la condición para alcanzar las más altas posibilidades del Hombre: la unidad de la Humanidad.

     La unidad no es asequible simplemente por medio del contenido racional y universal de la Ciencia, pues ésta aporta sólo la unidad del intelecto, no la del Hombre entero. La unidad tampoco reside en una religión universal que pudiera fundarse con una votación unánime en un congreso religioso. Tampoco tiene realidad en las convenciones de un lenguaje ilustrado del sano entendimiento humano. La unidad sólo puede sacarse de las honduras de la historicidad, no como un contenido susceptible de ser sabido en común, sino sólo en la ilimitada comunicación de lo históricamente diverso. (...)

     Si la Humanidad quiere la comunicación y la renuncia de la violencia, en favor de un orden jurídico que, aun cuando siga siendo siempre injusto, vaya volviéndose cada vez más justo, ningún optimismo nos ayuda a ver el futuro salvado sin ambigüedades por la fuerza de convicción de semejante idea. Más bien tenemos toda ocasión de pensar lo contrario.

     Vemos a cada uno atenido a sí mismo, vemos el egoísmo, la resistencia contra la propia iluminación, la sofística, que se sirve de la Filosofía para disfrazarse; vemos el rechazar al extraño en vez de la comunicación, el gusto por el poder y la violencia, el desgarramiento de las masas por los azares de guerras emprendidas en la ciega esperanza de una ganancia y por el bárbaro espíritu de aventura dispuesto a morir que todo lo sacrifica; y en cambio vemos la escasa disposición de las masas para renunciar, para ahorrar, para tener paciencia, y para construír sobriamente situaciones sólidas, y vemos a las pasiones que siguen su camino casi sin trabas a través de los bastidores del espíritu.

     Vemos además, y prescindiendo por completo de los rasgos del carácter del hombre, la injusticia inextirpable en todas las instituciones, vemos surgir situaciones no solucionables con justicia, digamos a consecuencia del aumento de la población y de su distribución, o a consecuencia de la posesión exclusiva de algo que todos apetecen y que no es divisible.

     De aquí que parezca casi inevitable el límite en que, en alguna forma, irrumpa de nuevo la violencia, y vuelve la pregunta de si quien rige el mundo es Dios o el Diablo. Y es una creencia que no puede ser fundamentada la de que al fin y al cabo el Diablo está al servicio de Dios.

     Cuando, pobres individuos, vemos disolverse nuestra vida en meros momentos, arrebatada en la incoherencia de azares y sucesos sobrecogedores, a la vista de la Historia que parece haber llegado a su fin dejando tras de si sólo el caos, tratamos de elevarnos sobre nosotros mismos superando a la vez la Historia entera.

     Cierto, tenemos que permanecer conscientes de nuestra época y de nuestra situación. Una Filosofía moderna no puede brotar sin que se ilumine este estar entregado al tiempo en un determinado lugar; pero si estamos sujetos a las condiciones de la época, no por ello filosofamos partiendo de estas condiciones, sino partiendo, como en todo momento, de lo circunvalante. No podemos hacer recaer sobre nuestra época lo que podemos ser, sometiéndonos a ella: antes debemos intentar penetrar, a través de un iluminar la época, hasta allí donde podemos vivir del trasfondo profundo.

     Tampoco debemos hacer de la Historia la divinidad. No necesitamos asentir a la sentencia atea de que la Historia universal es el Juicio universal. La Historia no es una última instancia. Fracasar no es un argumento en contra de la verdad, pues se halla fundada en la trascendencia. Cruzando transversalmente la Historia y apropiándonosla así, echamos el ancla en la eternidad.–




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