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martes, 19 de agosto de 2014

Anthony Ludovici - Hitler y Nietzsche



     Del filósofo inglés Anthony Ludovici (1882-1971), también sociólogo y políglota (traductor de Nietzsche al inglés, habiendo vivido en Alemania algunos años), autor de unos 40 libros propios donde además de exponer sus estudios nietzscheanos y de otro tipo defendió valores aristocráticos y conservadores y criticó al igualitarismo, ponemos en castellano ahora este breve artículo suyo originalmente publicado en The English Review Nº 64 (1937), una revista mensual londinense que dejó de publicarse ese mismo año. Este artículo fue presentado en Enero de 2012 en el sitio counter-currents.com, de donde lo hemos tomado. No es un ensayo filosófico profundo sino más bien una especie de reportaje, con alusiones a la contingencia del momento en que fue escrito, del tema planteado en el título.


Hitler y Nietzsche
por Anthony M. Ludovici, 1937



     Mucho se ha escrito y más ha sido dicho acerca de la influencia nietzscheana que está detrás del nuevo régimen en Alemania. Y mientras algunos han condenado bruscamente al Nacionalsocialismo por esa sola razón, otros (entre ellos algunos nietzscheanos) lo han condenado por ser una parodia de Nietzsche, es decir, por haber interpretado mal y aplicado mal la enseñanza del Maestro.

     Pero sin importar cómo pueda ser decidida finalmente la disputa sobre estos puntos, parece bastante obvio que debe haber una fuerte influencia nietzscheana sobre el Nacionalsocialismo, aunque sólo fuera debido al poderoso aliento del helenismo pre-socrático que ha prevalecido en Alemania desde que el NSDAP tomara las riendas del gobierno.

     Por el bien de aquellos lectores que no están completamente claros en cuanto a esta asociación del nietzscheísmo con los valores pre-socráticos, quizá sería bueno señalar también que, de acuerdo a Nietzsche, la historia de la Humanidad se divide, por así decirlo, en dos mitades: el período que precedió a Sócrates, durante el cual la estimación pública de un hombre estaba siempre basada en el valor biológico de éste, y el período después de Sócrates, durante el cual la estimación pública de un hombre siempre tendía a descuidar o a ignorar su valor biológico. Cómo Sócrates cambió el punto de vista a fin de hacer que las cosas fuesen tolerables para él (un espécimen degenerado), lo he explicado ya en estas páginas. Así, Nietzsche afirmó que la manera socrática de mirar a los hombres —que ignoraba el valor biológico de éstos, o lo consideraba insignificante— era un camino que favorecía a los degenerados, tal como había favorecido al gran degenerado que primero la instituyó; y el filósofo alemán abogó por un retorno a los valores pre-socráticos que, estando concentrados en el valor biológico, combatirían y eliminarían la degeneración.

     Ahora, si sólo por este retorno al ángulo biológico en su visión de la Humanidad la Alemania moderna es esencialmente nietzscheana, y cuando llegamos a apreciar los otros elementos en el Nacionalsocialismo que deben su inspiración a Nietzsche, y tenemos en cuenta no sólo la admiración sincera y seria de Adolf Hitler por la filosofía de Nietzsche y su gran amistad con la señora Förster-Nietzsche, la hermana de Nietzsche, sino también la fuerte simpatía de Alfred Rosenberg con la perspectiva nietzscheana —siendo Rosenberg el jefe del ministerio responsable de la formación política del Partido Nacionalsocialista—, no queda en nosotros ninguna duda en cuanto a la influencia profunda que el creador del sabio ambulante Zaratustra está ejerciendo ahora sobre su país natal. Quizás puede que no carezca de interés averiguar lo que, además de la ola de valores pre-socráticos, puede ser definitivamente atribuído al liderazgo de Nietzsche en el Tercer Reich.

    Durante el reciente Día del Partido (Parteitag) celebrado en Núremberg, el primer rasgo más característico fue la propia actitud del Führer hacia la cultura, como fue bosquejada en su discurso del 9 de Septiembre en la Casa de la Ópera. Él dejó muy en claro que él no consideraría al arte, ni podría hacerlo, como un asunto internacional, como nuestros propios estetas y diletantes de Oxford siempre lo han hecho, y declaró que "toda esta charlatanería del internacionalismo en el arte es tan idiota como peligrosa". Él sostuvo que dado que el arte es la expresión de la vida de un pueblo y la flor en el árbol de sus valores, y que "ningún hombre puede tener una relación íntima con cualquier logro cultural que no tenga sus raíces en sus propios orígenes y suelo", es tan ridículo esperar que un producto artístico nacional tenga validez internacional o que ejerza el mismo atractivo en todas partes, como suponer que un alemán o un ciudadano inglés pueden sentir las mismas emociones al leer otra historia nacional diferente de la propia.

     Así, él concluyó que la cultura es invariablemente el producto de la disciplina y la autoridad dentro de una unidad nacional particular. Ella surge invariablemente del trabajo del legislador que primero estableció los valores de un pueblo. "Es el producto civilizado del liderazgo político". Y él dejó en claro que "tal como la Era cristiana podía tener sólo un arte cristiano, así una Era nacionalsocialista sólo podría tener un arte nacionalsocialista".

     Todo esto es absolutamente coherente con el nietzscheísmo. Pero antes de mostrar la conexión, es importante referirse a ciertas interpretaciones erróneas que pueden surgir, y que en efecto han surgido, con respecto a la última declaración citada del Führer. Para ello, sólo tengo que recordar la comunicación hecha por el corresponsal en Berlín del Morning Post a su diario el 8 de Octubre. Refiriéndose sólo a la declaración en cuestión, el escritor del artículo dijo:

     "¿Quién, se pregunta uno, de los susceptibles invitados de honor ingleses que no hablan alemán que ya han escrito a la Prensa para afirmar que la Alemania nacionalsocialista está salvando a la civilización cristiana del bolchevismo, comprende que esta notable antítesis fue enunciada y aplaudida durante dichas reuniones? Raramente, si es que alguna vez, el señor Hitler ha dado al mundo una pista tan sucinta de sus pretensiones, de que el movimiento político que él formado está destinado a inaugurar una nueva época en Europa, a heredar la autoridad y la inspiración moral ejercida por el cristianismo, en un menor o mayor grado, en los asuntos europeos durante mil años".

     La implicación es, por supuesto, que el conjunto de valores promulgados por el Nacionalsocialismo está, según la propia exposición del Führer, en conflicto con el cristianismo. Ahora bien, yo resulté ser uno de los invitados ingleses de honor presentes cuando aquella declaración fue hecha, y la entendí y la aplaudí. Pero yo estuve tan lejos de sacar las conclusiones que el corresponsal en Berlín del Morning Post sacó que, cuando leí su interpretación, fue con sentimientos de completo asombro.

     Tampoco creo que su interpretación podría ser sostenida incluso sobre razones puramente históricas. Por ejemplo, si él revisara el artículo "Arquitectura" en el segundo volumen de la Enciclopedia Británica (11ª edición), él encontrará capítulos bajo varios títulos que son tan adecuados a su interpretación de las palabras del Führer como la propia declaración de éste. Él encontrará un capítulo entero bajo el título de "Arquitectura Cristiana Temprana", y posteriormente un capítulo titulado "Arquitectura del Renacimiento". ¿Deduciría él de esto que el escritor intentó sostener solemnemente que hubo un quiebre total entre los dos períodos en cuestión sobre el asunto de la autoridad e inspiración moral del cristianismo? Y si él no inferiría aquello, ¿por qué lo deduce al comentar la declaración del Führer, la cual, por cierto, él saca muy gratuitamente de su contexto?.

     Todo lo que yo deduje de las palabras del Führer fue que tal como el cristianismo había producido —como una fe internacional no teñida por un sentimiento y un carácter local— una cierta clase de arte que en último término se hizo diferenciado mientras la Iglesia se dividía y quedó bajo la influencia de segregaciones nacionales de la Humanidad, así también el Nacionalsocialismo (una de estas segregaciones más recientes) necesariamente y con el tiempo produciría un arte que tiene su propio carácter peculiar. No hubo una sola palabra en el discurso del Führer que indicara, sin embargo, que se suponía una antítesis, o que este carácter nacional peculiar que se manifiesta en el arte nacionalsocialista estaría necesariamente en conflicto con el verdadero cristianismo. Y por lo que puedo ver, la influencia deducida por el corresponsal en Berlín del Morning Post era tan completamente gratuita como lo era su cita de esta frase fuera de contexto del discurso del Führer.

     El Führer simplemente estaba dejando muy en claro a sus oyentes que cualquier arte que fuera poco distinguible al punto de ser independiente del alma del pueblo entre el cual encuentra su ser —es decir, cualquier arte que en el verdadero sentido pueda ser llamado "internacional"— es de menor importancia a menos que, por supuesto, prevalezca una homogeneidad de tipos y valores sobre todas las unidades nacionales. ¿Y por qué esto debe ser así? Porque tal arte no puede menos que ser caótico, laberíntico y sin carácter, debido a que su ser está arraigado en un choque y en el caos de los valores.

     "Ningún pueblo podría vivir", dijo Nietzsche, "que en primer lugar no valorara. Si se mantuviera, sin embargo, no debe valorar como su vecino... El hombre estampa sus valores sólo sobre las cosas que él puede preservar".

     Tener el mismo arte que todos los demás, por lo tanto, sería valorar como valoran todos los demás, y esto para un pueblo significa la auto-exterminación; de aquí la estupidez básica de la idea de un arte internacional en las condiciones actuales, en las cuales la homogeneidad de tipos y valores es todavía remota. "¿Qué hace todo arte?", pregunta Nietzsche. "¿Acaso no elogia?, ¿no glorifica?, ¿no selecciona?, ¿no lleva a la prominencia? En cada uno de estos casos refuerza o debilita ciertas valoraciones".

     Pero el Führer no estaba implicando o conduciendo a su auditorio a suponer que a partir del Nacionalsocialismo sería desarrollado un nuevo arte peculiar a él, por así decirlo, de la noche a la mañana. Él no sugirió nada tan ridículo. Él habló, por el contrario, de la "enorme importancia de la lenta formación". Él dejó en claro que sus propios esfuerzos y los de sus colegas estaban concentrados en restaurar para el pueblo alemán aquellas grandes tradiciones de su nación, aquella costumbres probadas y consagradas por el tiempo, aquellas instituciones y valores característicos, a partir de los cuales crecería necesariamente un arte del futuro, un arte nacionalsocialista, tal como surgió un arte judeo-greco-cristiano de una Europa hecha casi homogénea en espíritu por los valores helenísticos, judíos y otros, difundidos por la Iglesia temprana.

     "Lo esencial en el cielo y en la tierra", dijo Nietzsche, "es al parecer que debería existir un largo acatamiento en la misma dirección; entonces allí aparece, y siempre a la larga ha aparecido, algo que ha hecho de la vida algo digno de ser vivido —por ejemplo, la virtud, el arte, la música, la danza, la razón, la espiritualidad, etc... Incluso la belleza de una raza o de una familia, la afabilidad y la bondad de su comportamiento entero, son adquiridas por medio del esfuerzo; tal como el genio, esto es el resultado final del trabajo acumulado de generaciones".

     Aquellos que saben de la reciente justificación científica de este punto de vista, aquellos que recuerdan las palabras de Herbert Spencer: "Los aspectos que nos disgustan son los correlativos externos de imperfecciones internas", y los que están conscientes del hecho de que trabajadores de la investigación como el doctor Kretschmer, el doctor George Draper y el doctor E. S. Talbot asocian todos la morbilidad, la anormalidad o la degeneración con la fealdad, aquéllos apreciarán la presciencia de Nietzsche, quien ya en 1888 escribía: «Desde el punto de vista fisiológico, todo lo feo debilita y deprime al hombre. Esto le recuerda la decadencia, el peligro de impotencia... La fealdad es entendida como un indicio y un síntoma de degeneración; aquello que nos recuerda aunque remotamente la degeneración, nos obliga a juzgarlo como "feo"... Un cierto odio se expresa aquí. ¿Qué es aquello que el Hombre odia? Sin duda es la decadencia de su tipo. A este respecto su odio surge de los instintos más profundos de la raza: hay, sin embargo, precaución, profundidad y una visión de gran alcance en este odio: es el odio más profundo que existe. A causa de esto sólo el arte es profundo». Estos sentimientos tienen el aroma de un período en que el Hombre todavía se aferraba al punto de vista —ahora al menos en proceso de ser confirmado por la ciencia— de que el cuerpo y la mente son uno y no pueden ser separados, de que ellos son simplemente aspectos diferentes de una misma cosa.

     El énfasis que el Führer puso en este requisito previo, la belleza, del modo en que él la vinculó con las demandas que él hace para un arte nacional, y su idea de que lo mejor de la raza de su nación debería ser el estándar glorificado por el arte nacional, todos estos elementos en su memorable discurso, hasta la misma noción de un arte nacional como el glorificador de un tipo, revela que él y sus camaradas no son simplemente una fuerza nueva y potente para el saneamiento de la Humanidad europea (una fuerza que está inspirando ahora incluso a nuestra propia gente), sino también ciertamente seguidores de Nietzsche o, para decirlo moderadamente, influídos por la enseñanza del poeta-filósofo.

     Tal vez Hitler nunca se hubiera permitido, incluso con Nietzsche detrás de él, aparecer con tal doctrina ahora, si él no hubiera sabido que la ciencia misma —mucho más aceptable que Nietzsche para el hombre moderno— estaba avanzando rápidamente en defensa de la misma posición. Y el hecho de que él haya encontrado un apoyo leal en los sectores científicos en Alemania confirma bastante esta suposición.

     Volviendo ahora a la legislación de los gobernantes nacionalsocialistas durante los pasados tres años, y todo el énfasis que pone en la deseabilidad de una raza sana y en impedir que linajes inferiores o corrompidos se multipliquen, y en la supresión del estatus de padres de todas las personas que están de algún modo hereditariamente enfermas, encontramos una confirmación adicional de la influencia nietzscheana, y, como ya señalé, una prueba explícita de que la tendencia pre-socrática de Nietzsche está por fin haciéndose sentir en Alemania. En efecto, ciertos pasajes de Nietzsche podrían servir incluso ahora como un resumen del programa nacionalsocialista.

     Considere, por ejemplo, el siguiente: "Hay casos en que tener un hijo sería un crimen; por ejemplo, en el caso de inválidos crónicos y neurasténicos extremos. Esta gente debería ser convertida a la castidad, y para este fin la música de Parsifal podría ser en todo caso intentada".

     Compare esto con la reiterada afirmación del Führer de que si en el pasado la castidad voluntaria de una parte de la población ha sido constantemente exigida en nombre sólo de la religión, ¿por qué no sería justificable esperar y exigir la castidad voluntaria, por razones de lealtad a la patria, de todos aquellos cuyos esfuerzos reproductivos simplemente extenderían la degeneración?.

     «La sociedad como la administradora de la Vida», dice Nietzsche, «es responsable ante la Vida de cada existencia arruinada que viene a este mundo, y como tiene que expiar tales vidas, debería hacer imposible para ellas ver la luz: debería en muchos casos realmente impedir el acto de la procreación, y puede, sin ningún respeto por rango, linaje o intelecto, tener dispuestas las formas más rigurosas de obligación y restricción, y en ciertas circunstancias, tener el recurso de la castración. La ley mosaica "No cometerás asesinato" es una pieza de ingeniosa puerilidad comparada con la seriedad de esta prohibición que la vida hace a los decadentes: "No procrearás", pues la Vida misma no reconoce ninguna solidaridad o igualdad de derechos entre las partes sanas y malsanas de un organismo. Estas últimas deben ser eliminadas a toda costa, no sea que el todo se caiga a pedazos. Compasión por los decadentes, igualdad de derechos para los fisiológicamente arruinados: éste sería el pináculo mismo de la inmoralidad; ¡esto establecería al opositor más formidable de la Naturaleza como la moralidad misma!».

     Difícilmente es posible leer lo dicho sin apreciar el grado hasta el cual su luz es reflejada en la legislación eugénica y en la atmósfera general de la Alemania moderna. Los detalles de mucha de esta legislación han sido tratados ya en este diario [1]. Pero el hecho de que en el Tercer Reich el concepto de compasión que tiene el agricultor (es decir, como una emoción sentida cuando la planta sana y valiosa está en peligro de ser sacrificada por la planta enferma o sin valor) está comenzando a tomar el lugar de la compasión sentimental e irracional de los citadinos que es sentida sólo por existencias mórbidas o anormales y que está lista para socorrer a éstas no importando cuál sea el costo para las sanas, ese hecho ciertamente es la prueba mas palmaria de que la inspiración de Nietzsche está actuando.

[1. Anthony M. Ludovici, "Hitler and the Third Reich", The English Review Nº 63, 1936, pp. 35-41, 147-153 y 231-239].

     "Un certificado médico como una condición para cualquier matrimonio", dijo Nietzsche, "respaldado por las autoridades locales, en el cual deba ser respondida una serie de preguntas dirigidas a las partes y a los funcionarios médicos (historias de familia)". Y él hizo esta exigencia para los matrimonios del futuro. Esto ya ha sido implementado legislativamente, como hemos visto, en la Alemania moderna.

     Volviendo ahora a las formas políticas y a la licencia permitida para criticarlas, la tendencia anti-democrática de Nietzsche es por supuesto bastante conocida, como lo es también la del Führer. Según éste, y me parece que con razón, la democracia es el precursor de la anarquía y el comunismo, porque, en tanto el derecho a sufragio se extiende a las filas de los ignorantes, los puramente subjetivos y los tontos, los cuales no pueden ver más allá de los límites de su propio interés, la forma democrática de gobierno necesariamente conduce a un choque caótico de grupos o secciones egoístas que están listos para ver desaparecer su país antes de que ellos cedan un ápice de lo que ellos conciben como su ventaja inmediata. Según Nietzsche, la democracia debe estar equivocada porque esto significa que los pocos lanzamientos exitosos de dados que hace la Naturaleza deben ser hundidos por los mediocres, los inferiores y los congénitamente indeseables.

     "Estoy opuesto al gobierno parlamentario y al poder de la Prensa", dijo él, "porque ellos son los medios mediante los cuales el rebaño se convierte en amo". Pero hoy es aún peor que esto. Los abogados de la democracia afirman que ella no hace ninguna acepción de personas, pero el verdadero problema es que ella no respeta a las personas. Esto significa que el gobierno parlamentario no es sólo un medio mediante el cual el rebaño se convierte en amo, sino también mediante el cual el rebaño enfermo y degenerado se convierte en amo, y cada uno, aunque esté mal informado, es llevado a pensar que tiene derecho a discutir cualquier asunto.

     Durante todo el Día del Partido el Führer enfatizó repetidamente el valor que tenía para Alemania haberse librado de su democracia, de sus instituciones habladoras, de sus arrogantes charlatanes boquisueltos, y de la voz de la degeneración e impudicia en su mesa de reuniones. Y aquí otra vez, como Napoleón, Bismarck y otros eminentes pensadores políticos, él mostró su apreciación del silencio como una fuerza sanadora en la vida de una nación herida y en desorden. Refiriéndose a los años sagrados de la primera infancia carente de lenguaje durante la cual, como sabemos ahora, adquirimos la mayor parte de lo que finalmente determina nuestro carácter como hombres, De Quincey habló de "aquel poderoso silencio que la infancia, por naturaleza y posición, tiene el privilegio de disfrutar". Nietzsche, también, estaba muy consciente del valor del silencio, y ordena, en los que vayan a descubrir de nuevo la Sabiduría, el deber de emular a los pitagóricos.

     Pero en una democracia el ruido de la charla nunca cesa, la lengua de la nación nunca descansa, y la impudicia de nulidades degeneradas es mimada y defendida. Cuando, por lo tanto, el Führer repetidamente le garantiza a Alemania los beneficios de su silencio, aunque sólo fuera como una medida terapéutica, y señala la ventaja de que, como nación silenciosa, ella ahora disfruta por sobre todas las naciones vociferantes y charlatanas de la democracia occidental, él una vez más revela, si bien no la influencia nietzscheana, al menos una profunda simpatía por las ideas del sabio alemán de tiempos recientes.–






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