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domingo, 23 de febrero de 2014

Sobre Acusaciones de Sacrificios Humanos



     El aristocrático periodista y escritor católico francés Roger Gougenot des Mousseaux (1805-1876), hijo de un gentilhombre de cámara de dos reyes de Francia y capitán de un cuerpo de nobles, y sobrino del abad Louis Gougenot, sucedió a su padre en ese mismo puesto en la Corte del rey Carlos X. Destinado a la diplomacia, sus viajes lo familiarizaron con diversos lenguajes. Después de la Revolución de 1830, que depuso al rey y asentó a la nueva casa de Borbón-Orleans (cuyo rey pasó de llamarse "rey de Francia" a "rey de los franceses"), Gougenot rechazó colaborar con la dinastía ilegítima y se consagró enteramente al estudio, en particular a la demostración de la vía sobrenatural diabólica, a la historia de la magia y el esoterismo, y a la denuncia de las sociedades secretas y la masonería. Es considerado como uno de los precursores del anti-judaísmo en la escritura, influyendo sobre el abad Ernest Jouin y varios polemistas del siglo XIX que han denunciado complots judíos y judeo-masónicos. Fue traducido al alemán en los años 1910s por Alfred Rosenberg. De su obra "Le Juif, le Judaïsme et la Judaïsation des Peuples Chrétiens" de 1869 (disponible en castellano en la red) hemos extractado el capítulo séptimo, que habla de las acusaciones que han pesado sobre los judíos con respecto a que han venido llevando a cabo, como en la Antigüedad, sacrificios humanos e ingestión de sangre de los mismos.


CAPÍTULO SÉPTIMO

PRIMERA DIVISIÓN
MORAL TALMUDISTA. ANTIGÜEDADES BÍBLICAS.
 ANTROPOFAGIA SAGRADA


     Siempre entrenado hacia el politeísmo, el judío, desde los tiempos más antiguos se dedica a inmundas y atroces prácticas de los cabalistas sabeístas, es decir, de los primeros adoradores de los astros. — Qué son estos idólatras. —La Biblia enumera sus crímenes; crímenes que no podrán detenerse ni por la ley ni por profetas. —Esta espantosa idolatría se estableció, con personal y mobiliario, hasta en el palacio de los reyes, hasta en el templo. — Sus actos supremos son los sacrificios humanos y la antropofagia sagrada, la ingestión de carne humana. —La Biblia nos da la historia y la clave de esas supersticiones, que la tradición talmudista transmitió a los descendientes de esos judíos corruptos.


     "¡En verdad, la religión de Israel, sólo ella, con su horror por la sangre y su celestial dulzura, es capaz de salvar al mundo de la barbarie!", Univers Israélite, XI, pág. 490, 1866.


     ¡Y qué!. ¡Los ortodoxos del judaísmo se hacen cargo de los cobardes asesinatos que la Historia acaba de señalarnos!. Pero, ¿con qué fin estas perfidias?; ¿por qué sangre cristiana?. Que la voz del pasado nos lo diga o que sea la del presente, la respuesta es la misma y no podría cambiar: así es el secreto del culto.

     ¡Cómo! ¿Culto?. ¿Una religión podría pues parir detestables crímenes, exigir tributo de sangre humana?. Sí, si esta religión no es más que una repugnante mezcla de creencias absurdas y de prácticas odiosas, donde se entrecruzan las supersticiones cabalísticas con las de algunos pueblos en cuyas tierras acamparon los hijos de Israel. Y desde entonces, la estúpida ferocidad humana no pudo sorprendernos, puesto que, en cualquier ser humano, la creencia es la regla de sus actos. Bajo la vara de Moisés y de Aarón, este pueblo, a quien el Cristo reprocha sus sacrílegas invenciones y sus falsas tradiciones, mezcladas con las que forman parte de la ley divina, cae y vuelve a caer siempre en las vergonzosas supersticiones de los pueblos que lo rodean. Y no solamente adora al Becerro de Oro a los pies del Sinaí, sino que la viciosa pendiente los llevará a las más espantosas abominaciones. Este pueblo lleva el testimonio contra sí mismo, y este testimonio es eterno, pues está en los libros de los pueblos por donde su dispersión los llevó.

     Si tenemos la amabilidad de abrir en este libro (la Biblia) la página que nos describe su inconstancia y monstruosidades, se repetirá permanentemente y encontraremos a Israel casi en todos los tiempos igual e idéntico a sí mismo, es decir, escapándose de las manos de Dios. En este punto, nadie lo puede cambiar, nadie lo cambiaría jamás, de no ser por Cristo, ¡y quizá el día de ese cambio radical comenzó a despuntar!. Hasta aquí, si desde antes sus legisladores, si su ley divina y pura, si su divino gobierno, si su sacerdocio no pudieron impedirle tropezar y caer de pozo en pozo, ¿con qué ingenuidad sorprenderse de que, advertido por sus legistas, por su gobierno, por su sacerdocio, por su ley divina y pura transformada en ley adúltera y sacrílega, se arrastre en el abismo de donde el paternal brazo de su dios lo sacaba permanentemente?.

     ¡Sangre!, ¡sangre!. Siempre supo derramarla a raudales a los pies de dioses paganos este pueblo al que entristecidos sabios nos mostraron como poseído de un espíritu monoteísta. Sí, sangre, ¡y que debía costarle un poco más que la de los cristianos! pues debía salir de sus venas; debía ser la sangre ¡de sus propios hijos!. Su furor por ese crimen religioso era extremo, pues muchas páginas de la Escritura reiteran vuelta a vuelta las terribles amenazas de Dios contra ese hábito criminal, es decir, contra los actos de una idolatría que resume en su ritual todas las monstruosidades de los mágicos sabbats; el vicio de ciudades malditas del Mar Muerto y del más allá: homicidio y antropofagia. Nos dirigimos a los nuestros, y algunos de ellos quedarán boquiabiertos al escucharnos, y pedirán cuentas por nuestras palabras. No podríamos sorprendernos de su estupor, y ya que las manos del judío son el pupitre de la Biblia, por encima de la cual él instaló el Talmud, consultemos este primer libro (la Biblia) y veamos al abrirlo si los hijos de Israel degeneraron cuando, fieles a sus tradiciones cabalísticas y escrupulosos observadores de ritos transmitidos por los grandes del rabinato, degustan y saborean la sangre de los caídos bajo el cuchillo del sacrificio.

     "Hijos de Israel, decía el Señor, ustedes no cesan de entregarse a prácticas idólatras de cuanto pueblo los rodee; guárdense pues, con su ejemplo, de dar vuestros hijos para consagración del ídolo de Moloc: guárdense de esas abominaciones que el texto de mi ley les explica. Caminen con rectitud frente a mi presencia, ¡O soporten mis justas venganzas!" [1].

[1. Levítico, XVIII, 21 a 25. Moloc, Melkom, Baal, etc., son el mismo dios Sol o luz masculina y femenina: Dianus-Diana, etc. Vea nuestro libro Dieu et les Dieux, en gran cantidad de capítulos y disertaciones sobre Moloc, Camós, Baalfegor. Biblia Vence D., t. III, pág. 40 a 73, 5ª edición, París, 1829. — En el culto cabalístico-sabeísta, a veces se hacía pasar a la persona consagrada por el fuego, o bien lo cocinaban allí, bebían su sangre y devoraban su carne. Ver Biblia, Sabiduría, cap. XII, vers. 5, etc.].

     Las audaces infidelidades de Israel obligaron sin embargo al Señor a recordar permanentemente, por la boca de Moisés y de los profetas, las prohibiciones y los castigos. Escuchemos, y si queremos entrar en los crueles misterios del judaísmo, no perdamos ni una sola de estas palabras bíblicas. "Herid, herid, dice el Señor, si no temen encender mi ira; herid de muerte al que, en Israel, entregue al ídolo de Moloc alguno de sus hijos [2]. ¡Ah! os burláis de mis prohibiciones, y lejos de rechazar cualquier alianza con los habitantes de la tierra de Canaán y de destruír sus altares, ustedes hacen el mal delante de mí, se casan con los hijos e hijas de esos idólatras, se prostituyen a sus dioses, los adoráis: Israel se hizo servidor de Baal y de Astarot. ¡Adora las abominaciones!" [3].


[2. Levítico, cap. XX, vers. 2-6].
[3. Jueces, II, vers. 2, 11 , 17; III, 6, 7, etc.; IV Reyes, cap. XVII, vers. 11 a 13, 16, 17].

     "Sí, se atreven a construír hasta bajo los muros de Jerusalén los lugares altos (colinas) de Tofet, en el valle del hijo de Hinom, ¡para consumir en el fuego a sus hijos e hijas ofrecidos a Moloc!. Es por esto [4] que castigaré a Jerusalén, porque han transformado ese lugar sagrado sacrificando allí a dioses extraños, quemando allí a sus hijos, ofreciéndolos en holocausto a Baal, regando la tierra de sangre de inocentes. ¡Es por esto que haré de esta ciudad objeto de escándalo y de la mayor y cruel burla de los hombres!. Nadie pasará por allí sin horrorizarse ni insultar sus llagas. El enemigo la asediará y alimentaré a sus habitantes con la carne de sus hijos y de sus hijas" [5].

[4. Jeremías, cap. VII, vers. 31-32: XXXII, 35, etc.].
[5. Jeremías, cap. XIX, vers. 3, etc.].

     "Oh casa de Israel, ¿quién lo creería?. Ya hasta en el desierto, apenas salida de Egipto, bajo la celosa mirada de Moisés, a la sombra de la nube milagrosa que os protegía, entre prodigios prodigados el Altísimo, ya, en lugar de ofrecerme hostias y sacrificios durante esos cuarenta años de espera, ¿acaso no llevaban junto a mi arca de la alianza el altar de vuestro Moloc con cabeza de becerro?, ¿la imagen de vuestros homicidas dioses?, ¿la estrella de vuestro dios Renfán?. ¡Es por esto que yo los llevaré más tarde más allá de Babilonia! [6]. Bendito sea pues, entre vuestros reyes, el rey Josías, pues dio la orden al sumo sacerdote Elcías de arrojar fuera del templo del Señor los vasos que servían para el culto de Baal y de todos los astros del cielo [7]. Bendito ese rey, pues los redujo a cenizas; exterminó a los adivinos puestos por vuestros reyes para sacrificar en los lugares altos de las ciudades de Judá; hirió de muerte a los que encendían incienso en honor al Sol, a la Luna, a los doce signos y a todas las estrellas del cielo; destruyó las ermitas construídas en el templo mismo del Señor, de moda entre los infames que servían de instrumento a ese culto inmundo, y para las cuales ¡manos de mujeres hacían esos trabajos sagrados!. Profanó los lugares altos donde subían a sacrificar los sacerdotes de los ídolos de una punta a la otra de sus Estados, y sin perdonar a los de Tofet, para que nadie consagre nunca más su hijo o su hija a Moloc en el fuego; mató los caballos destinados al Sol por los reyes de Judá, y quemó los carros de ese dios; destruyó los altares elevados por los reyes de Judá en el domo de la habitación de Acaz, y los que construyó Manasés en las dos explanadas del templo del Señor; él profanó los lugares altos a la derecha de la montaña del Escándalo, construídos por Salomón a Astarté, diosa de los sidonios, a Camós, el escándalo de Moab, y a Moloc, la abominación de los amonitas; por fin, mató a los sacerdotes destinados a los altares de los lugares altos; exterminó a los que inspiraba un espíritu de Pitón, e hizo desaparecer del medio del pueblo todo lo que lo incitaba a actos inmundos y abominables [8]. Sin embargo, ¡Ay! apenas la abominación fue erradicada de la casa de Israel, regresó y con mayor fuerza, haciendo brotar vigorosos retoños, como lo hace la planta que crece en su terreno favorito, y todas las monstruosidades imaginables se mezclaron en las prácticas de su culto adúltero, ¡tan lleno de encantos para la multitud y para sus príncipes!" [9].

[6. Amós, cap. V. 25 etc., Disertación sobre Moloc, ídem, Disertación sobre la Idolatría en el Desierto. Biblia Vence D. t. XVII, pág. 170; París, 1829. Hechos de los Apóstoles, cap. VII, vers. 39 a 44, etc. Levítico, cap. XVII, vers.; cap. XVII, vers. 7].
[7. Sabeísmo y Cábala, o astrología caldea enseñada por los hijos de Cam. Los judíos fueron, entre todos los pueblos, los príncipes de la magia cabalística y de la astrología].
[8. Reyes, lib.IV, todo el cap. XXIII].
[9. Levítico, cap. XVIII, vers. 21, 22,23; Reyes, libro IV. Cap. XXIII, vers. 7, 11,12, etc.].

     Pero terminemos por convencernos, frente al texto sagrado, de la ferocidad de esta religión homicida e inmunda cuya magia conserva los abominables ritos y, a la cual, Israel, siempre dispuesto a la rebelión, prefirió al culto de su dios: "Helos aquí, pues, Señor, estos pueblos de la tierra de Canaán que tienes en horror, que quisiste hacerlos perder por medio de las manos de nuestros padres, y ¡a quienes nuestros padres nunca dejaron de imitar!. Mirad esas detestables obras, esos crímenes de la superstición y de la idolatría, esos infames libertinajes, ¡esos encantamientos y esos sacrificios impiadosos!. ¡Matan sin compasión a sus propios hijos; LOS COMEN, y son entrañas de hombres; ellos beben, y ES LA SANGRE de las víctimas humanas!" [10].

[10. Sabiduría, cap. XII. Vers. 3, etc.].

     Aquí, aquí están pues, a pesar de las advertencias de Dios, los idólatras a quienes Israel se complace en hacerlos su modelo; aquí está la trama de crímenes contra natura que llegaron a ser ¡los grandes hechos de su religión!. Ayudada por infectados consejos del sacerdocio y de oráculos idólatras, la inteligencia humana desprecia, rechaza la tutela del sacerdocio divino; pervierte las ideas de santa expiación y de sacrificio, y se dice a sí misma [11]: Esta carne humana que come el hombre, esta sangre humana que bebe, es la ley del sacrificio en mayor y perfecta concepción. Pues el que delinque, el que comete pecado, el crimen, ¿no está acaso dotado de razón?. ¿No es acaso, hombre?. La persona humana debe expiar el pecado. La víctima será desde entonces no un animal irracional sino el mismo hombre. Y la purificación sólo se realiza cuando el que sacrifica se identifica con la víctima, en tanto la transforme en lo que él es, es decir, su propia carne y su propia sangre. Pues sólo la ingestión cumplimenta la obra. El hombre religioso debe pues sacrificar y comer a su semejante [12]. He aquí cómo, nacidas una y otra de la cábala sabeísta, la idolatría pagana de antaño y la idolatría talmudista [13] hasta nuestros días, se apoderan de las verdades eternas para corromperlas, para pervertirlas y para invertir el sentido.

[11. Pervirtió las santas nociones de la caridad y se dijo: La búsqueda del hombre por el hombre, transformada en dogma del culto (Biblia, Reg., 1. IV, cap. XXIII, vers. 7: Effeminati, etc. etc.) es el símbolo de la gran fraternidad entre los hombres; es la alta inspiración del amor celestial, tan superior, tal como lo enseña Platón en su Banquete, a los vulgares y miserables instintos del amor natural. La simple búsqueda de la brutalidad por el hombre, es la elevación de lo bruto al hombre; es la comunión de los reinos escalonados de la Naturaleza. El hombre reuniendo, elevando en él tantas cosas por la ingestión y por el amor, recompone el gran todo, que se divide sin cesar y termina por elevarse a sí mismo hasta los dioses; y éstos lo recompensan a menudo de manera visible revistiéndolo para unirse a él ¡en forma de animal!. Nuestro libro de alta magia hacia comprender especialmente este tema.
[12. La antropofagia fue en casi todos los pueblos de la Tierra un crimen religioso. Ver el capítulo Antropofagia, en nuestro libro Dieu et les Dieux, 1854].
[13. NOTA IMPORTANTE: Comprendemos en la religión del judío absolutamente ortodoxo, es decir en la idolatría talmudista, las tradiciones rabínicas o farisaicas que hemos mencionado, en otro capítulo, que ya no se encuentran en el Talmud pero que son transmitidas de forma oral haciendo parte de la fe práctica de los talmudistas].

     Pero, puesto que aquí abajo todo cambia, fuera de aquello que lleve el sello de la ley divina, las supersticiones mismas no pueden exceptuarse de soportar en su aspecto exterior esta necesidad de cambio. Busquemos pues, preguntando a las creencias supersticiosas del judío, cuya historia y clave nos acaban de presentar las santas Escrituras, busquemos si alguna cosa justifica nuestro pensamiento; es decir, si la religión ortodoxa talmudista, similar a la del judío de antaño infectado de idolatría, exige, limitándose a cambiar la forma del sacrificio, la muerte de víctimas humanas y ordena la antropofagia, ¡la ingestión de carne o de sangre!.



SEGUNDA DIVISIÓN — LA SANGRE Y POR QUÉ

Los verdaderos talmudistas sólo inmolan a los cristianos para recoger su sangre: ejemplos auténticos. — Usos sagrados de esa sangre y que varían como el error, según los tiempos y los lugares; pero necesidad de beber esa sangre que representa al hombre y que es llamada su vida.— Sus virtudes, su inapreciable valor.— Ella sana, ella santifica, ella salva.— Desarrollos y pruebas.— Denegaciones eternas del judío.—Confesión de uno de los más célebres rabinos en pleno ejercicio de sus funciones.—Cólera de las revistas judaicas contra esta celebridad nacional calificada de falso sacerdote.— Legítima indignación de los judíos no talmudistas.— Conclusión.


     Se nos ha demostrado hace un momento que algunos judíos talmudistas inmolan cristianos y recogen su sangre con escrupulosa avidez. Esto es lo que, siglo tras siglo, reconocieron algunos ortodoxos del judaísmo. "Y en cuanto a mí —nos dice uno de los israelitas que representan el Oriente—, yo fui uno de sus rabinos, conozco sus misterios y los mantuve en secreto; pero regenerado por la gracia del bautismo, y revestido de hábito monástico, renuncio a ellos y los publico con suficientes pruebas". Escuchemos:

     «El misterio de la sangre no es conocido por todos los judíos. Sólo son iniciados en esto los rabinos, o jajams, los letrados, y los fariseos llamados hasidim. Éstos son sus fieles guardianes, y tres motivos deben darnos la razón de los homicidios sagrados: 1º el odio implacable que alimentan contra los cristianos, lo que hace meritorio el asesinato de esos enemigos; 2º las prácticas de superstición y de magia familiarizadas con los judíos, para las cuales esa sangre es tan necesaria; 3º el fuerte temor de los rabinos de que Jesús, el hijo de María, ¡haya sido el verdadero Mesías!, pues albergan la supersticiosa esperanza de salvarse salpicándose con sangre cristiana».

     «Tratar de demostrar el odio atroz del judío hacia el cristiano sería en verdad perder el tiempo queriendo demostrar lo obvio. Pero las supersticiones judaicas que venimos de recordar su origen, y que sufren numerosas modificaciones, son menos conocidas que este odio. Luego, sean cual sean las inmunidades que hacen del temperamento de Israel un temperamento excepcional, y que habremos de describir, Dios cubrió a los judíos de sarna, de úlceras y males propios, por lo cual ellos están convencidos que de que "¡ungirse con sangre de cristiano es remedio eficaz!" [1]. Es costumbre, en consecuencia, que en la noche de una boda israelita, después del severo ayuno de los futuros cónyuges, el rabino presente a cada uno de ellos un huevo cocido. En este huevo, en lugar de sal puso la ceniza de una tela quemada; y esta tela fue impregnada en sangre de un cristiano muerto con cuchillo. El rabino, mientras los casados comen el huevo de sangre, recita algunos versículos cuya eficacia es la de otorgarles la virtud para engañar a los cristianos fortaleciéndose con sus almas».

[1. Inútil repetir con cuánta amplitud queremos admitir las excepciones, pero siempre recordando qué es, entre los pueblos civilizados, la tiranía de las supersticiones hereditarias].

     «Para la muerte de un judío, el jajam o rabino toma la clara de un huevo, mezcla allí algunas gotas de sangre de cristiano martirizado, rocia el corazón del muerto y pronuncia estas palabras de Ezequiel: "Yo verteré sobre ustedes las aguas puras y seréis purificados". Al igual que el 9 de Julio, día aniversario de la ruina de Jerusalén, los judíos se ponen sobre la frente la ceniza de la tela impregnada de sangre cristiana y comen un huevo salado con esta ceniza. Se dice estas imprecaciones: Seida-amaph-seïhas. En fin, cuando llega el día de la Pascua... cada israelita, después de haber largamente librado su lengua a las peores blasfemias contra Cristo y contra todos los santos, debe comer un pedazo de pan ázimo del grosor de una aceituna; y ese pan que se llama ephikoïmon, se prepara con la sangre de un cristiano martirizado. Además, en la época de la fiesta del Purim, el 14 de Adar (Febrero), los israelitas se las ingenian para matar un cristiano en memoria de su opresor Amán. Si la tentativa es favorable, el rabino amasa con la sangre del cristiano asesinado y con miel, algunos panes de forma triangular. Y si el rabino es amigo de cristianos, ¡les envía ese pan! A este envío se lo llama mesloï-monnès».

     «Éstas son sus prácticas habituales. Y debemos observar que, en la noche de la fiesta del Purim, apenas se podrá encontrar algún judío que esté en pleno dominio de sí mismo. Son maniáticos en quienes se cumple la maldición de Moisés: "El Señor te golpeará con ceguera, demencia y espanto". En esta circunstancia, tratan de secuestrar niños cristianos para encerrarlos hasta su pascua que viene después de su fiesta del Purim, para tener sangre de cristiano martirizado. La forma triangular de los panes del tiempo del Purim tiene por explicación la creencia de los cristianos en la santa Trinidad, y su sangre, que el judío mezcla allí, es un insulto a ese misterio, simbolizado por el triángulo» [2].

[2. Ruine de la Religion Hébraïque, tercera edición, a Nápoles desde Rumania, 1834; opúsculo de un ex rabino. Es sobre todo a los judíos orientales, es decir los que menos cambiaron, que se aplican las palabras de este rabino. Éstos, a quienes no les llega la civilización cristiana, son evidentemente los atrasados. Impreso en 1803, publicado en griego en 1834. Laurent, 1846, vol. II, pág. 378, etc. A pesar de su triple edición, esta obra es rara; se piensa que está en nombre de aquellos que los judíos hacen desaparecer. En la antigua brujería, la forma de las hostias de color negro, destinadas a la celebración de la misa del Sabbat, era igualmente triangular.

     Acabamos de enunciar un hecho extraño. Para el judío, la tercera razón para utilizar sangre de cristianos es la sospecha arraigada entre los rabinos de que "Jesucristo pudo ser el verdadero Mesías"; y esa sospecha llegó a ser una verdadera creencia, pero una indecible soberbia comprime en su corazón a esta fe que los persigue como un remordimiento. También, en ocasión de la circuncisión de un niño, el jajam mezcla en un vaso de vino, a una gota de sangre del niño, una gota de sangre cristiana, que introduce en la boca del circunciso. Según su extravagante interpretación de algunos de los profetas, se imaginan que la circuncisión es ineficaz: "el niño no bautizado podrá salvarse por medio de la sangre de cristiano martirizado, quien ha recibido el bautismo, ¡y cuya sangre haya sido entregada, como la de Cristo, por medio de torturas!".

     «He demostrado con numerosas pruebas —dice este rabino convertido en monje— los errores de los judíos, y yo publico "misterios que no se encuentran en ninguno de sus libros". En efecto, esta costumbre de matar cristianos y de recoger su sangre no se lee en ninguna parte. "Los padres y los rabinos dan las indicaciones a viva voz, y por tradición, a sus hijos, quienes son conjurados bajo graves amenazas y maldiciones de conservar el secreto hasta a sus propias mujeres, a riesgo de los mayores castigos y peligros reales"».

     A la edad de trece años, los judíos ponen en la cabeza de sus hijos un cuerno llamado tifilm, símbolo de fuerza. «Mi padre, al ponerlo en mi cabeza, me descubrió el misterio de la sangre: "Cuando te hayas casado, cualquiera sea el número de tus hijos, no revelarás este secreto más que a uno solo, al más inteligente... al más fiel en la religión. ¡Guárdate de contarlo alguna vez a alguna mujer!. Nunca encontrarás dónde refugiarte, hijo mío, si revelas este secreto, aunque te hayas convertido al cristianismo. ¡Desgracia para ti si lo revelas!". Entonces, habiendo adoptado por padre a Nuestro Señor y por madre a nuestra santa Iglesia, doy a conocer la verdad a todos los lugares por donde se extienda su dominio» [3].

[3. Ruine de la Religion Hébraïque, Laurent, t. II, pág. 378 a 393; 1846].

     Y lo que nos afirma tan didácticamente este rabino convertido, se nos ha confirmado en todos los tiempos y por todas partes. Es costumbre que cada año —escribía hace tiempo Thomas de Catimpré— los judíos sorteaban en qué ciudad o pueblo habitado por ellos debía salir la sangre cristiana para los correligionarios de otros países. Un judío muy sabio, y convertido poco después, me afirmó que uno de sus correligionarios, a punto de morir, hizo a los judíos esta profecía: "Sepan que nunca podrán sanar de la vergonzosa enfermedad que sufren, ¡sino por medio de sangre cristiana!" [4]. Es suficiente escucharlos vuelta a vuelta hablar de las virtudes maravillosas de esa sangre: detiene las hemorragias, reanima el amor de los esposos, libera a las mujeres que la beben de las incomodidades de su sexo; facilita los partos; los preserva del mal olor que exhalan; es para el judío la panacea universal, y el que la obtiene matando un cristiano, consuma uno de los mayores preceptos de la ley de los sacrificios [5].

[4. Thomas de Catimpré, De Vita Instituenda, libro III, cap. XXIX, art. 23].
[5. Leer l’Eglise et la Synagogue, pág. 314, etc.; Rohrbacher, Histoire Universelle de l’Eglise, t. XXII, pág. 261; 1852. El olor característico del judío ¿es o no un prejuicio?. El judío pura sangre, nos decía el doctor Boudin, antiguo presidente de la Sociedad Antropológica, huele a chinche de cama. —Ver acerca de su olor un curioso pasaje de los Annales de Baronius: Cum eorum corporibus tam gravis foetor inhæserit. Ex eo enim et nomen sunt assecuti ut foetentes Judæi nomine dicerentur, etc. T. Iº pág. 677 (72, XXXI)].

     Entonces, entre los judíos, esas supersticiones tradicionales se mezclan con enseñanzas de la magia, cuyo dogma es la doctrina cabalística difundida en el Talmud, y que reclama siempre la sangre del hombre. El señor Gilles de Rais (siglo XV) recogía la película irisada que se formaba sobre la sangre de sus víctimas; luego sometía esta película a "diversas fermentaciones y ponía a digerir el producto en el huevo filosófico del Atanor". Así es la reputación del hijo de Jacob, nuestros verdaderos padres de la ciencia oculta, afirma el cabalista Eliphas Lévi, que decía: "esta receta sacada de viejos grimorios hebreos hubiesen sido suficientes, si hubiesen sido conocidos, para salvar a los judíos de la execración en toda la Tierra" [6].

[6. Leer el anticatólico Eliphas Lévi, Histoire de la Magie, pág. 289; 1860. Execración formulada en el Corán, vol. 1, pág. 454; 2, pág. 12, 1775].

     Pero, si estos hechos, no sólo que infames mentiras, y si nos hablan de cierta manera, lo que dicen en términos muy claros es que, siempre y constantemente, entre el judío ortodoxo, aquel que la civilización cristiana aún no ha domado, las exigencias del dogma talmúdico y las de la superstición lo llevan a la necesidad de asesinar para procurarse sangre cristiana. Los registros oficiales del interrogatorio de los asesinos del padre Thomas revelan al incrédulo europeo de nuestros días este secreto de alta iniquidad.

—¿Qué se hace con la sangre?— Pregunta M. el cónsul de Francia al acusado S*.
—Se la usa para el fath-ir (fiesta de los ázimos).
—¿Cómo sabe usted que es para los ázimos?
—He preguntado para qué objeto se hacía desangrar y me dijeron que era para la fiesta de los ázimos [7].

[7. Laurent, t. II, pág. 34-35].

     Por su parte, el Pachá, dirigiéndose al judío D*:

—¿Con qué objetivo mató usted al padre Thomas?
—Para tener su sangre. La hemos recogido en una botella blanca, o jalabiehs, que enviamos luego a casa del jajam A*, siendo necesaria esta sangre para el cumplimiento de deberes religiosos.
—¿Para qué sirve la sangre en su religión?
—Se la utiliza en los panes ázimos.
—¿Se la distribuye a los creyentes?
—Ostensiblemente, no; se la entrega al principal jajam.
—¿Por qué no la guardó en su propia casa?
Es costumbre que la sangre quede en dominio de los jajams (los rabinos).
—¿Por qué ha matado usted al padre Thomas?
—Por la sangre; porque la necesitamos para la celebración de nuestro culto.

     Pregunta al jajam A*:
—¿Quién le entregó esa sangre en sus propias manos?
—El jajam Y* se puso de acuerdo con A* y con los otros, para tener una botella con sangre humana; después de lo cual, el citado jajam me advirtió sobre esto. Los A* le prometieron que eso les costaría cien bolsas para obtenerla. Enseguida fui informado por ellos que habían llevado una persona para degollar y conseguir su sangre, y me dijeron: Puesto que usted es razonable, llévesela a casa del jajam Y*.
—¿Se enteró usted, ya en presencia del jajam Y*, si se iba a enviar la sangre a otras partes?
—El jajam me informó que debía enviarla a Bagdad.
—¿Llegaron cartas de Bagdad que pidieran la sangre?
—Así me informó el jajam Y*.
—¿Es verdad que el barbero haya participado sosteniendo al padre durante el asesinato?
—Los vi a todos juntos sobre él, así como a S* y al doméstico M*. Mientras lo degollaban, ¡estaban muy contentos, visto que se trataba de un acto religioso!.
—¿El proyecto era matar a un sacerdote o a algún otro cristiano?
—El jajam Y* nos dijo, a los siete, que se necesitaba sangre humana para la fiesta de los ázimos; y que, puesto que el padre Thomas andaba siempre por ese barrio, había que hacerlo venir bajo algún pretexto, degollarlo y desangrarlo [8].

[8. Interrogatorio, continuación. Tomo II pag. 34 a 49. Laurent, ídem, tomo II, pág. 299-300].

—Y ¿Por qué es necesaria la sangre? —Preguntó la autoridad judicial al rabino A*— ¿La añaden al pan ázimo y todo el mundo come de ese pan?
—El rabino: "Es costumbre que la sangre puesta en el pan ázimo no sea para el pueblo sino para aquellos destacados en su celo. El jajam Y* tiene a cargo el horneado de los panes durante la fiesta. Allí, los verdaderamente celosos le envían la harina para hacer el pan; amasa él mismo la pasta, ¡sin que nadie sepa que se le añade sangre, y lo envía a los que les cooperaron con la harina!

—(...) Su respuesta no nos hizo comprender suficientemente cómo puede estar permitido usar la sangre de una persona.
—Es el secreto de los grandes jajams; ellos conocen este tema y la manera de usar la sangre.

     Lo que nosotros sabemos, nosotros, es que las instrucciones varían; porque el modo es múltiple; además, durante los ázimos no siempre la sangre es amasada con la harina; a veces hacen una especie de "capa, un barniz" sobre el pan, como para dorarlo. Aquí nos ayudaremos a interpretar esto con algunas palabras de Ben-Noud, judía por lejos muy conocida, y que son confirmadas por el testimonio de uno de nuestros más distinguidos viajeros en Oriente, el conde de Dufort-Civrac. Comprometemos al lector a recorrer su carta completa, dirigida al incorruptible cónsul de Francia, M. de Ratti-Menton, la cual dice así:

     «La judía Ben-Noud, hija de Mourad, nativo de Alepo, nos afirma "recordar haber visto perfectamente, cuando tenía 6 ó 7 años, en la ciudad de Antioquía, y en la casa donde ella vivía, dos niños colgados al techo por sus pies". Ella corrió asustada para avisar a su tía; la tía respondió que era un castigo infligido a los niños y la hizo salir para desorientarla. "A su regreso, los cuerpos habían desaparecido, pero ella vio la sangre en uno de los recipientes que los árabes llaman laghen y que usan para lavar la ropa"» [9].

[9. Leer ídem, Interrogatorio, etc., t. II, pág. 45, 58, 323, 319].

     Ocho años más tarde, en 1834, ella se encontraba en Trípoli, en casa de una pariente y fue testigo en esta ciudad de una horrible escena cuyos detalles no olvidaría nunca más. Desde lo alto de una terraza donde pasó desapercibida, vio a "un cristiano, anciano de barba blanca, invitado por los judíos, con quienes se relacionaba comercialmente, a comer naranjas de un patiecito contiguo a la sinagoga. Le ofrecieron el narghileh, el aguardiente, el café, y en el momento en que era colmado de atenciones, cuatro o cinco judíos se abalanzaron sobre él, le ataron la boca con un pañuelo, le pusieron un torniquete y lo colgaron de los pies". Así lo dejaron cerca de unas nueve horas, desde la mañana hasta la tarde; pues se trataba de "darle agua por la nariz y por la boca, cuya evacuación es necesaria para que la sangre adquiera el grado de pureza que exige el empleo para la que está destinada".

     En el momento en que el anciano estaba a punto de expirar, momento muy importante de vigilar con mucho cuidado, "los judíos le cortaron el cuello con uno de esos cuchillos que usan los rabinos
para degollar las víctimas, y el cuerpo quedó suspendido hasta que toda la sangre cayó en el recipiente".

     Tres años más tarde, Ben-Noud llegó a Latakia a casa de unos tíos... y mientras duró su visita, se les envió frecuentemente desde Alepo el pan ázimo necesario para la pascua. Los hay de dos especies, dice ella: "El mossa y el mossa guesira" [10]. Similar al primero, el segundo contiene además una cobertura de sangre humana, pero en cantidad mínima, para no otorgar a la masa su pronunciado sabor. "Los judíos comen esos panes ázimos durante los siete días de su pascua; y comen el mossa cuando se les termina el mossa guesira".

[10. Guesira, significa degollar, en siríaco].

     "Durante la noche que precede a su pascua, hay muy pocas familias judías que no crucifican un gallo. Les clavan las alas a la pared, y se lo atormenta de todas las maneras posibles; cada uno de los asistentes lo perfora con una punta de hierro, en burla a la Pasión de Jesucristo y en consecuencia para hacerlo con todo su corazón; todo esto se hace entre grandes explosiones de risa".

     El año pasado, esta bárbara ceremonia se llevó a cabo en casa de M. Bélier, donde se encontraban la familia del marido de Ben-Noud y un rabino. "¡Ah! ¡Cuánto agradaría a los judíos —decía ella— la posibilidad de sacrificar un cristiano en lugar de un gallo!. Tienen dos fiestas en las cuales llenas de maldiciones a los cristianos; y los judíos que aparentan ser los más tímidos son los que muestran el mayor encarnizamiento y crueldad" [11].

[11. Conde de Durfort-Civrac, t. II, leer págs. 320 a 325. Fiestas e insultos análogos a las que, desde y antes de Teodosio, ellos podían permitirse festejar en Europa. Ver el gran Traité de la Police, t. I, pag, 280, etc.; París, 1705; e Imprécations: Baronius, Annales: Abusiones fere innumerabiles, etc. año 1320. T. XXVI y pág. 139].

     Frente a esos actos de odio, cuyos menores detalles tienen una escalofriante precisión, vemos que la intención es siempre la misma: que la víctima reclamada para el culto ortodoxo y tradicional debe ser un cristiano, un gallo, un cordero o cualquier otro animal. En otros términos, la confesión del culto es el homicidio, la muerte de un cristiano, la ingestión de su sangre; y el sacrificio en sentido figurado sólo es aceptado por el sacrificante en caso de que le sea imposible concretarlo de manera efectiva. De allí las palabras que parecen hablar por sí mismas: "El fin trágico del padre Thomas no ha causado sorpresa en Egipto. Los habitantes están persuadidos y tienen la misma convicción de que los judíos degüellan a menudo a esclavos cristianos tomando su sangre para mezclarla con sus panes ázimos. Si los descendientes de los que crucificaron a Cristo no pueden comprar niños nacidos en el cristianismo, dicen los egipcios, eligen un cordero bien graso, y lo apuñalan uno tras otro, en alusión a la muerte del Salvador del mundo" [12].

[12. Hammont, l’Egipte sous Méhémet-Ali, pag. 367; Paris, 1843. El que quiera saber más de esto, dice Laurent, no tiene más que leer el capítulo XXXIII de la obra del médico Paolo, relacionado con el odio de los judíos hacia los cristianos, y los asesinatos de niños cristianos. t. II, pág. 382].

     Sin embargo, si esas palabras son claras, si esos hechos son innumerables, si son de todas las épocas y en todos los países, y si la Historia parece, por su precisión y generosidad de detalles, darnos de alguna manera las fotografías, el judío los niega: los niega con el mismo y maligno aplomo que hace un rato negaba la usura; con el aplomo que lo sujeta a negar tantos hechos que el resto de la gente logró reunir en evidencia. Y este hombre a quien el Talmud le otorga un mérito por mentir al cristiano, ¿qué pone como descargo a las pruebas que todo el mundo le presenta? Nada menos que su palabra de judío. ¿Será suficiente? En cualquier caso, nuestro deber es hacerla remarcar, a esta palabra, y dejarla al crítico, que sabrá ponerla, si encuentra algún peso, en uno de los platillos de la balanza. Escuchemos:

     "Entre tantos pretendidos raptos de cristianos cometidos por los israelitas y tan señalados en Oriente por el clamor popular durante los últimos dos siglos; en medio de persecuciones severas que, por causa de acusaciones formales, hechas tanto por autoridades mahometanas como por las de las comunas locales cristianas, así como por los cónsules de potencias occidentales residentes en este país... nunca se ha podido constatar, ni legalmente NI POR PRESUNCIONES JURIDICAS ninguno de los asesinatos cometidos por los israelitas. AL CONTRARIO, ha habido miles de circunstancias y miles de hechos históricos que han evidentemente demostrado que se trata de una indigna calumnia empleada contra ese infortunado pueblo, ya sea por la mala fe premeditada, ya sea por un fanatismo ciego, para cubrir esta presunción generalmente acreditada en Oriente, a otros crímenes que realmente fueron cometidos allí [13].

[13. Archives Israélites, XIX, pág. 890-1; 1867].

     "Hoy en día aún, se repite algunas veces este error: que necesitamos sangre cristiana para la celebración de nuestra Pascua. No nos hemos olvidado del triste caso de Saratoff; no hemos olvidado que un folleto francés destinado a probar que los israelitas se sirven de sangre en sus ceremonias pascuales, fue divulgado en Rusia para ajustar las convicciones poco claras de los jueces. En fin, nos acordamos también de que, en una elección de no hace mucho tiempo, un oscuro abogado se atrevió a tirarnos esta calumnia en un órgano de prensa del gobierno. No tenemos el derecho a pensar que está destruída; tal vez está dormida. ¿Despertará algún día? Por eso la combatimos siempre".

     "Cada año, en las proximidades de las fiestas de Pascua judías y griegas, los israelitas son objeto de malos tratos por parte del populacho griego, que cree ciegamente en el empleo de sangre cristiana para los panes ázimos.

     "En 1861, sin embargo, cuando los israelitas de Esmirna tuvieron que sufrir más que lo acostumbrado con esta sistemática persecución, monseñor Sophronios, que ocupaba el trono patriarcal, intervino enérgicamente, y publicó una encíclica; y desde entonces las Pascuas nunca más fueron molestadas hasta hoy.

     "Pero si este prejuicio absurdo ha sido abandonado, basta inventar una calumnia cualquiera; y por increíble que parezca, provee a cierta clase de personas, amigas del desorden, la ocasión de fomentar el odio y la discordia entre cristianos y judíos" [14].

[14. Archives Israélites, XVI, pág. 738; 1867].

     "Mis palabras fueron para mis correligionarios palabras sagradas —agrega en una solemne circunstancia el abogado judío Crémieux— porque eran las del hombre que venía de obtener de Méhémet-Ali la liberación de nuestros hermanos, tan calumniadoramente acusados de haber amasado su pan ázimo con la sangre del padre Thomas [15]. ¡Ah! verdaderamente, si hay un pueblo realmente desgraciado en la Tierra, es seguramente el pueblo judío. Desde hace dieciocho siglos que es dispersado por la superficie del globo, no hay persecución, no hay insulto, no hay tortura que no se le haya sistemáticamente infligido".

[15. Archives Israélites, I, pág. 16; 1867. ¡El lector juzgará! Ya que acaba de leer las piezas del proceso, las palabras y el decreto de Mehemet].

     "Sin embargo, la revolución de 1789 ha herido de muerte los bárbaros prejuicios; y, proclamando la igualdad entre todos los hombres [16], puso fin a la miserable situación de la nación judía".

[16. ¿Habrá proclamado la igualdad moral? La igualdad del talmudista y del seguidor del Evangelio, ¡lo que implicaría la igualdad del Evangelio y del Talmud! .En todo caso, ¿Qué nos importa, y qué le importa a la razón lo que la Revolución pudo proclamar?].


     "Todos los pueblos de Europa siguieron este ejemplo; solamente, algunos fanáticos, la vergüenza de nuestro siglo y de la civilización, continúan a... hacerse instrumentos de las más odiosas persecuciones. Y, no tenemos miedo de repetir: Entre las fábulas puestas en circulación para mantener el odio contra los judíos, la más absurda, la más ridícula, si no la más odiosa, es sin dudas la que consiste en imputarles el uso de sangre de un niño cristiano ¡para la fabricación de sus panes ázimos!" [17].

[17. L’Univers Israélite, I, pág. 34-5, Septiembre 1867].

     Este es el eterno desmentido del judío, y dejamos toda su repercusión contra las más fuertes, contra las mayores autoridades de la Historia, es decir, contra las condenas de la magistratura humana, y contra la certeza filosófica que surge del testimonio humano. Cualquiera que hable de cosas judaicas miente, a no ser que sea el judío y el abogado del judío. Jamás un hecho, y mejor aún, jamás "una presunción jurídica" puede ser establecida contra el judío por el asunto de la sangre cristiana en sus panes ázimos; y dudar de esta afirmación de Israel, ¡es declararse un fanático!.

     Esto dicho, admitimos de todo corazón que odiosas e innumerables calumnias fueron causa de persecución del judío, y no podríamos sorprendernos por las injusticias que sufrió, pues su invencible atrevimiento, su característica tenacidad para negar todos los crímenes, frente a todas las evidencias, encabezados por el crimen de la usura, ¿no es justamente a causa de eso por lo que se han provocado miserablemente esas injustas sospechas y calumnias con consecuencias desastrosas? Dejemos, por lo tanto, al crítico contarnos sus apreciaciones, dando por respuesta a nuestra pregunta sobre Israel a Israel mismo, representado por uno de sus más ilustres rabinos:

     «Un predicador judío, un rabino en pleno ejercicio de sus funciones —nos dice el Univers Israélite—, libra una violenta batalla contra el fanatismo religioso en el seno del propio pueblo judío"; luego, nos relata "los hechos más odiosos y más absurdos, atribuídos a israelitas de la grande y célebre comunidad de Galicia, y agrega: "Tenemos que lamentar persecuciones que los judíos tuvieron que soportar... pero... yo muestro por anticipado al hombre que nos mostrará el horrible cuadro del fanatismo judío".

     «Y ese rabino acusador, denunciador y calumniador de sus hermanos, provocando contra ellos el odio y el desprecio de los pueblos ¿quién es?. Es, y experimentamos un gran dolor en decirlo, el célebre doctor Adolphe Jellinek, ¡predicador de Viena!. ¡Ay!, pero, ¿cómo no vamos a quejarnos nosotros de los ataques y de las persecuciones extranjeras cuando vemos un orador de nuestro santuario, un pastor en Israel, golpear de esta manera a su rebaño con las armas envenenadas y criminales de la denuncia y la calumnia?».

     «Felizmente los pueblos que ven nuestra conducta y nuestras obras, reconocen la falsedad de esas odiosas insinuaciones de un falso sacerdote judío, y no creen más en el asesinato de niños cristianos por necesidades de nuestra pascua ni en las persecuciones a nosotros mismos por parte de piadosos rabinos y nuestros hombres de ciencia» [18].

[18. Univers Israélite, VI, pág. 241-3; 1868. Notemos que este rabino habla sobre lo que él ve, sobre lo que pasa frente a su vista; y ¡que el Univers Israélite niega lo que no sabe!].

     El órgano judaico que se indigna contra el ministro de su culto, contra el ilustre rabino cuya elocuencia reprocha a los judíos los crímenes odiosos de su fanatismo, nos afirma que los pueblos no creen más en los asesinatos de niños por talmudistas en razón de su pascua; pero olvida en el mismo momento, al igual que su colega de los Archives Israélites, de afirmarnos lo contrario, ¡y de acusar al Oriente por no poder purgar esta creencia!. ¿Podría acaso sostenerse durante dieciocho siglos, en los lugares más célebres y más civilizados de la Tierra, esta creencia, sin haber tenido jamás otro fundamento que la imaginación de la gente?. Mas solamente al judío de pura ortodoxia le cabe el mérito o el crimen de sus actos, repudiados con legítima indignación los judíos no talmudistas de las partes más civilizadas de Europa.


CONCLUSIÓN


     Mientras que, si lo creemos sobre ellos mismos, alimentado durante cuarenta años por milagros en el desierto; cuando, viviendo durante siglos en Tierra Santa con una vida que lo familiarizaba con el milagro, Israel cede a los prestigios de los falsos dioses, adora las más vergonzosas divinidades, se entrega a bajezas de las que la Biblia, su historia, ni siquiera imputó a Sodoma; cuando inmola y entrega al fuego a sus propios hijos, come carne de víctimas humanas y bebe su sangre, ¿cómo es que, realizando estos actos monstruosos, un crimen de otra naturaleza, que desde la muerte y el triunfo de Cristo inmola cristianos a los que aborrece, mezcla su sangre en los panes de su código religioso, mancillado con magia, les da el título de panes sagrados?. ¡No, sin dudas! Pero además, Israel, entregándose a esos crímenes religiosos, ¿no hace otra cosa que lo mismo que hacían sus padres? ¡No, sin dudas; mil veces no!.

     Pues entonces Israel niega, ante el género humano que lo acusa, sus últimos crímenes, más raros y menos complicados de los horrores y bajezas que los que en la Antigüedad y con su propia mano escribió las páginas de la Historia, ¿Cómo creer, por no reconocer en su primera confesión, en su confesión bíblica, sostenida por las autoridades modernas que pusimos en consideración, el desmentido moral de sus actuales desmentidos?.

     En otros términos, si los crímenes religiosos del judío fueron actos tan comunes y tan públicos durante un lapso de quince siglos, mientras que la Sinagoga profesaba aún la ley de Moisés en su pureza, ¿qué decir?. ¿Y por qué razón esos mismos crímenes, o más bien, los crímenes de la misma naturaleza, pero más escasos y de calidad menos maligna, se habrían bruscamente dejado de cometer entre los hijos de esos mismos judíos?. ¿Quién pudo entonces corregir los sentidos de esa gente?. ¿Quién los encarriló en la senda recta?. No es de ninguna manera su religión, la cual, lejos de mantener su pureza desde los tiempos de Cristo, perdió el sacerdocio, y, atravesando la civilización cristiana, ¡se envició con nuevas tradiciones impuestas por rabinos farisaicos cuyas doctrinas eran las de la Cábala, alma de la idolatría y de la magia alterada durante siglos por la sangre humana [1].–

[1. Leer sobre esta sed de sangre en el folleto de nuestro amigo el doctor Boudin, médico en jefe del ejército de los Alpes y de Italia, etc.: Sacrifices Humains, 1862; y nuestro libro Dieu et les Dieux, 1854, obra agotada a la que aún no encontramos el tiempo para reeditarla].





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