BUSCAR en este Blog

domingo, 4 de agosto de 2013

Hermanos Grimm - El Judío Entre Espinas



     En 1812-1814 se publicó (1er y 2º volumen) la primera edición de Kinder und Hausmärchen (Cuentos de Hogares y para Niños) de los hermanos alemanes Jacob y Wilhelm Grimm, que contenía 156 cuentos. La séptima edición y final, de 1857, contenía 211 cuentos. De una edición de Grimm's Complete Fairy Tales (en un inglés no moderno) hemos sacado el cuento The Jew Among Thorns (Der Jude im Dorn) y lo hemos vertido al castellano, advertidos de que en nuevas ediciones no se lo incluye. Hay que señalar que en la lengua inglesa "Fiddle" significa "violín", pero también "cometer fraude y robo el empleador de uno"; y por otro lado, "stop fiddling" significa "dejar de tocar el violín", pero también "dejar de estafar". Ignoramos cómo ha funcionado aquello en la lengua alemana original. Después de haberlo traducido hemos hallado un par de versiones castellanas en la red pero nos han parecido demasiado parciales (localistas) y libres. Creemos que "gun", que hemos traducido aquí como "escopeta" (ya harto en uso el arma y el término en el siglo XIX para la caza menor), se refiere indudablemente a un arma de fuego y no a una cerbatana, como lo han traducido erróneamente otros. El cuento manifiesta las leyes oníricas, ya que se produce un desdoblamiento de personajes y la compensación absoluta del protagonista. No sabemos por qué podría merecer censura el cuento si sólo hay mención de roles perfectamente establecidos y atestiguados por la Historia. Para comprender aquí el valor de un farthing, hay que señalar que equivale a un cuarto de penique, y un penique es la centésima parte de una libra esterlina, la moneda inglesa. Y en cuanto a "echar sal en la cola de un pájaro" se ha pensado por siglos que así puede ser atrapado, pero en realidad es un dicho equivalente de "atraparlo". Hay otros no tan ocultos simbolismos cristianos que dejamos que el lector los dilucide.


El Judío Entre Espinas
por los Hermanos Grimm



     Había una vez un hombre rico que tenía un sirviente que lo servía de manera diligente y honesta. Cada mañana el sirviente era el primero en levantarse de la cama, y por la noche era el último en irse a descansar; y siempre que había un trabajo difícil de hacer, que nadie quería emprender, él siempre era el primero en realizarlo. Además, él nunca se quejaba sino que se contentaba con todo, y siempre estaba feliz.

     Cuando pasó un año, su amo no le dio ningún salario, ya que éste se dijo a sí mismo:

—"Este es el procedimiento más inteligente, ya que ahorraré algo, y él no se marchará sino que se quedará tranquilamente a mi servicio".

     El sirviente no dijo nada sino que hizo su trabajo durante el segundo año como lo había hecho durante el primero; y cuando al final del segundo año, de la misma manera, él no recibió ningún salario, él se mantuvo feliz, y a pesar de ello se quedó.

     Cuando el tercer año también pasó, el amo reflexionó, puso su mano en su bolsillo, pero no sacó nada. Entonces por fin el sirviente dijo:

—"Amo: durante tres años le he servido honestamente; tenga la bondad de darme lo que yo debería tener, ya que deseo marcharme y buscar para mí algo más en el mundo".

—"Sí, mi buen amigo —contestó el viejo avaro—. Tú me has servido laboriosamente, y por lo tanto serás gratamente recompensado".

     Y puso su mano en su bolsillo, pero sacó sólo tres farthings [tres cuartos de penique], diciendo:

—"Aquí tienes un farthing por cada año; es un pago cuantioso y liberal, como el que habrías recibido de pocos amos".

     El sirviente honesto, que entendía poco sobre dinero, puso su fortuna en su bolsillo, y pensó:

"¡Ah!, ahora que tengo mi monedero lleno, ¿por qué tendría que preocuparme y sufrir por más tiempo con trabajo duro?".

     Entonces él se fue, por colinas y valles; y cantaba y saltaba por el contento de su corazón. Entonces sucedió que cuando él iba por una espesura apareció un pequeño hombre que lo interpeló:

"¿A dónde vas, feliz amigo?. Veo que no llevas muchas preocupaciones".

—"¿Por qué debería yo estar triste? —contestó el sirviente— Tengo bastante; el salario de tres años suena en mi bolsillo".

"¿Cuánto es tu tesoro?", le preguntó el enano.

—"¿Cuánto? Tres farthings, en total".

—"Mírame —dijo el enano—. Soy un pobre hombre necesitado. Dame tus tres monedas. Yo ya no puedo trabajar más, pero tú eres joven, y puedes ganar fácilmente tu pan".

     Y como el sirviente tenía un buen corazón y sintió compasión por el anciano, le dio los tres farthings, diciendo:

—"Tómelos en el nombre del Cielo; no seré yo quien empeore la situación".

     Entonces el pequeño hombre dijo:

—"Como veo que tienes un buen corazón, te concedo tres deseos, uno por cada moneda, y todos ellos se cumplirán".

"¿Ah, sí? —dijo el sirviente— ¿Usted es uno de aquellos que pueden obrar maravillas?. Bien. Entonces, si debe ser así, deseo, primero, un arma, que golpee todo a lo que yo apunte; en segundo lugar, un violín, que cuando yo lo toque obligue a bailar a todo el que lo escuche; y en tercer lugar, que si yo le pido un favor a alguien él no sea capaz de negármelo".

—"Todo aquello lo tendrás"—, dijo el enano; y puso su mano en el arbusto. Y con sólo pensarlo, allí estaban un violín y una escopeta, todo listo, tal como habían sido pedidos. Entonces se los pasó al sirviente, y luego le dijo: "Cualquier cosa que pidas en cualquier momento, ningún hombre en el mundo serán capaz de negártela".

"¡Santo cielo!, ¿qué más puede uno desear?"—, se dijo el sirviente, y siguió alegremente adelante.

     Poco después él encontró a un judío con una larga barba de chivo, que estaba escuchando el canto de un pájaro que estaba en lo alto de un árbol.

"¡Cielos! —él exclamaba— ¡Que una criatura tan pequeña tenga una voz tan terriblemente fuerte!. ¡Si sólo fuera mía! ¡Si tan sólo alguien pudiera echar un poco de sal sobre su cola!".

"Si eso es todo —dijo el sirviente—, el pájaro estará pronto aquí abajo". Y apuntándole con la escopeta tiró del gatillo, y el pájaro cayó en los espinosos arbustos. —"¡Anda, bribón —le dijo al judío—, y saca el pájaro para ti!".

"¡Ah! —dijo el judío— excluya lo de bribón, mi señor, y lo haré inmediatamente. Sacaré al pájaro para mí, ya que usted realmente lo ha golpeado". Entonces él se echó al suelo y comenzó a arrastrarse por entre el matorral.

     Cuando él iba rápido entre las espinas, el humor del buen sirviente lo tentó entonces de manera que éste tomó su violín y comenzó a tocarlo. En seguida las piernas del judío comenzaron a moverse y a saltar en el aire, y mientras más el sirviente tocaba el violín, mejor iba el baile. Pero las espinas rasgaron su andrajoso abrigo, peinaron su barba, y lo pincharon y arañaron por todas partes del cuerpo.

—"Oh, mi estimado —gritó el judío—, ¿qué quiero yo con vuestra interpretación? Deje el violín en paz, mi señor; no quiero bailar".

     Pero el sirviente no lo escuchó, y pensó: "Tú has desplumado a la gente demasiado a menudo; ahora los arbustos espinosos te harán lo mismo"; y él comenzó a tocar otra vez, de modo que el judío tuviera que saltar más alto que nunca, y los restos de su abrigo fueron quedando colgados en las espinas.

"¡Oh, ay de mí! —gritaba el judío— Daré al caballero cualquier cosa que pida si él sólo deja de tocar el violín; incluso un monedero lleno de oro".

—"Si usted es tan liberal —dijo el sirviente— detendré mi música; pero debo decir, para su crédito, que usted baila tan bien que esto es completamente un arte". Y habiendo tomado el monedero prosiguió su camino.

     El judío se estuvo quieto y miró al sirviente silenciosamente hasta que éste estuvo lejos y fuera de la vista, y entonces gritó con toda su fuerza:

—"¡Tú, músico miserable, tú, violinista de taberna!. ¡Espera a que te agarre solo; te perseguiré hasta que las suelas de sus zapatos se caigan!. ¡Tú, andrajoso! ¡Sólo pon cinco farthings en tu boca, y quizás puedas valer tres medios peniques!". Y continuó lanzándole improperios tan rápido como él podía hablar.

     Tan pronto como él se hubo refrescado un poco de esta manera, y recuperó su aliento otra vez, entró corriendo a la ciudad en busca del juez.

—"Mi señor juez —dijo él—; he venido a quejarme. Vea cómo un granuja me ha robado y me ha maltratado en el camino público. Una piedra del suelo podría compadecerse de mí: mi ropa se ha rasgado; mi cuerpo, pinchado y rasguñado; lo poco que tenía, ido con mi monedero, unos buenos ducados, cada pieza mejor que la última. ¡Por el amor de Dios, que ese hombre sea arrojado en prisión!".

"¿Fue un soldado —dijo el juez— quien lo ha cortado así con su sable?".

—"¡Nada por el estilo! —dijo el judío— No fue ninguna espada que él tuviera, sino un arma que cuelga en su espalda, y un violín en su cuello; el desgraciado puede ser fácilmente reconocido".

     Entonces el juez envió a su gente en busca del hombre; y ellos encontraron al buen sirviente, que había estado caminando muy lentamente, y le encontraron también el monedero con el dinero. Tan pronto como él fue llevado delante del juez, dijo:

"Yo no he tocado al judío, ni tomé su dinero; él me lo dio por su propia voluntad, para que yo pudiera dejar de tocar el violín, porque él no podía soportar mi música".

—"¡Que el cielo nos defienda! —gritó el judío— Sus mentiras son tan gruesas como las moscas sobre la pared".

     Pero el juez tampoco creyó su versión, y dijo:

"Esa es una mala defensa; ningún judío haría eso".

     Y porque había cometido el robo en el camino público, él condenó al buen sirviente a ser ahorcado. Cuando él estaba siendo conducido lejos, el judío otra vez gritó detrás de él:

"¡Tú, vagabundo!... ¡Tú, perro de violinista!. ¡Ahora vas a recibir tu merecida recompensa!".

     El sirviente subió silenciosamente la escala con el verdugo, pero en el último escalón él se dio vuelta y le dijo al juez:

—"Concédame sólo una petición antes de que yo muera".

—"Sí, si usted no pide su vida", dijo el juez.

—"No pido la vida —contestó el sirviente— sino que como un último favor permítame tocar una vez más mi violín".

     El judío dio un gran grito de "¡Asesinato, asesinato!. ¡Por el amor de Dios, no lo permita!, ¡no lo permita!". Pero el juez dijo:

"¿Por qué no debería yo permitirle tener ese corto placer?. Le ha sido concedido, y él lo tendrá".

     Sin embargo, el juez no podía haberse negado, debido al regalo que le había sido otorgado al sirviente.

     Entonces el judío gritó: "¡Oh, ay de mí!; ¡amárrenme, amárrenme rápido!", mientras el buen sirviente tomó su violín de su cuello, y se preparó. Cuando él dio el primer toque, todos ellos comenzaron a estremecerse y a sacudirse, el juez, su escribano, y el verdugo y sus hombres, y la cuerda se cayó de la mano del que iba a amarrar al judío.

     Al segundo frote del arco todos levantaron sus piernas, y el verdugo dejó de sujetar al buen sirviente, y se preparó para bailar. Al tercer frote todos ellos se levantaron de un salto y comenzaron a bailar, siendo el juez y el judío los mejores en saltar. Pronto todos quienes se habían reunido en el mercado por curiosidad estaban bailando con ellos: viejos y jóvenes, gordos y delgados, unos con otros. Los perros, igualmente, que había corrido hasta allí se levantaron sobre sus patas traseras y brincaban; y mientras más el sirviente tocaba, más alto saltaban los bailarines, de modo que ellos golpeaban sus cabezas entre sí, y comenzaron a chillar terriblemente.

     Finalmente el juez gritó, completamente sin aliento:

"Le perdonaré a usted su vida si sólo deja de tocar el violín".

     El buen sirviente inmediatamente después de eso tuvo compasión, tomó su violín y lo colgó alrededor de su cuello otra vez, y descendió por la escala. Entonces se acercó al judío, que estaba tirado en el suelo jadeando para respirar, y le dijo:

"Tú, bribón, ahora confiesa de dónde has obtenido el dinero, o tomaré mi violín y comenzaré a tocar a otra vez".

—"¡Lo robé, lo robé! —gritó él— pero usted lo ha ganado honestamente".

     Entonces el juez hizo llevar al judío a la horca y lo colgó como a un ladrón.–



No hay comentarios:

Publicar un comentario