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jueves, 6 de junio de 2013

Sobre la Conquista Española de América


     En la edición de Septiembre de 2001 de la publicación American Renaissance (www.amren.com) está contenida esta revisión y comentario (God, Glory and Gold) que hizo el doctor en Historia H. A. Scott Trask, de St. Louis, Missouri, de dos libros del famosísimo historiador estadounidense del siglo XIX William H. Prescott, History of the Conquest of Mexico (1843) e History of the Conquest of Peru (1847), obras que el estudioso lector puede conseguir en castellano si las busca un poco en la red. Lo que hace el señor Trask es señalar algunos aspectos de la Conquista española y plantear ciertas reflexiones que le merecen a él y al historiador Prescott, tratando de explicar la causa del éxito de la Conquista y la proyección de su resultado.

Dios, Gloria y Oro
La Asombrosa Saga de la Conquista Española de América
por H. A. Scott Trask




     Sin duda, la conquista española del siglo XVI de los Imperios azteca e inca es uno de los grandes logros del hombre occidental. Uno sólo puede maravillarse de cómo unos pocos cientos de conquistadores marcharon por tierras desconocidas y no trazadas en los mapas hacia los corazones de Imperios que contenían millones de sujetos, derrotaron ejércitos que contaban con decenas de miles de hombres, y gobernaron con éxito territorios muchas veces más grandes que su España natal. Ellos ganaron para su país el más grande Imperio desde Roma y ayudaron a establecerlo como el Estado más rico y más poderoso de Europa. Ellos ganaron para sí mismos el oro y la gloria. Ellos derrocaron Imperios despóticos y bárbaros cuyos oprimidos súbditos estaban hundidos en la más oscura idolatría y superstición, y cuyas prácticas religiosas incluían el sacrificio humano, la tortura y el canibalismo. Mediante sus victorias, ellos extendieron el cristianismo y la civilización europea a la mitad Sur del Nuevo Mundo.

     El contraste entre estos valientes caballeros castellanos y sus modernos homólogos europeos no podría ser más asombroso. Los conquistadores eran rudos, valientes y seguros de sí mismos hasta un grado más allá de la imaginación de los Blancos más modernos. Las duras experiencias físicas a las que se vieron sometidos por sí solas están casi más allá de lo increíble. En la misma expedición, ellos tuvieron que soportar dos extremos diferentes de clima. Cuando ellos estaban en la costera tierra caliente, tenían que soportar un sol tropical ardiente, enjambres de insectos, un calor sofocante, lluvias torrenciales y enfermedades debilitantes. En las montañas, en cambio, ellos tenían que soportar vientos glaciales, aguanieve, e incluso nieve. Ellos afrontaron estos extremos sin la moderna ropa para el aire libre de alta tecnología. Ellos también soportaron períodos repetidos y sostenidos de hambre y sed.

     Tanto los combates como las largas marchas fueron hazañas físicas que pocos soldados modernos podrían igualar. Sólo un pequeño porcentaje de las fuerzas españolas era la caballería. El resto marchaba a pie a través de la escabrosa solidez de la Sierra Madre en Méjico y por las formidables cordilleras de los Andes. Después de largas marchas, ellos tenían que entrar en agotadores combates cuerpo a cuerpo —a veces durante horas— sobre anfractuosos terrenos.

     Lo que es aún más notable es el miedo que estos hombres tuvieron que vencer. Ellos marchaban profundamente en territorio enemigo cuya geografía y clima les eran desconocidos, y donde ellos se enfrentarían con innumerables miles de guerreros enemigos. Una vez en el interior, no podría haber ningún reabastecimiento ni refuerzo. Si ellos fueran derrotados, la retirada era casi imposible. Ellos sabían que si llegaban a ser capturados, serían torturados y muertos, con mayor probabilidad mediante sacrificio. El temor a lo desconocido puede ser el miedo más debilitante, y estos hombres lo afrontaron constantemente.

     Huelga decir que los conquistadores ahora tienen un lugar destacado en la galería de gente indeseable de lo políticamente incorrecto. Que hubo un lado oscuro de la conquista, nadie puede negarlo. Los conquistadores, sin que tuvieran la intención, introdujeron enfermedades; algunos cometieron atrocidades, incluso violaciones y asesinatos; y mientras ellos liberaron a los pueblos nativos de alguna forma de tiranía, la substituyeron por la suya propia en la forma de un sistema religiosamente aprobado de trabajo forzado. La Corona española, con la aprobación formal de la Iglesia Católica, concedió a los terratenientes españoles el derecho a usar del trabajo de un cierto número de indios, siempre que se preocuparan por el bienestar espiritual y físico de estos últimos. Los colonos españoles no vacilaron en ejercer sus derechos, pero ellos no fueron tan diligentes en el cumplimiento de sus obligaciones.

     Por supuesto, los modernos historiadores y profesores no están interesados en una evaluación justa de la conquista española. Ellos caricaturizan el pasado para usarlo como un arma contra la civilización occidental y los pueblos europeos. Ellos pasan por alto las virtudes de los conquistadores (o las consideran como vicios), transforman sus logros en crímenes, y exageran sus vicios para ennegrecer su lugar en la Historia. Esto no siempre fue así. Hubo un tiempo en que la élite culta podía admirarlos y reconocer los logros de los conquistadores sin ignorar sus faltas.

William H. Prescott

     William Hickling Prescott (1796-1859), uno de los primeros grandes historiadores estadounidenses, provenía de una distinguida familia de Massachusetts. Su abuelo comandó la milicia Nueva Inglaterra en la batalla de Bunker Hill en 1775, y su padre fue un respetado juez estatal. Después de aprender griego y latín, él entró a Harvard en 1811 a la edad de 15 años, y se graduó en sólo tres años. Con el apoyo financiero inicial de su padre, él determinó convertirse en un académico y hombre de letras. Él decidió estudiar el tema de España, que estaba entonces descuidado. Tanto su Historia de la Conquista de Méjico (1843) como su Historia de la Conquista del Perú (1847) fueron éxitos tanto según la crítica como comercialmente.

     Las historias de Prescott están maravillosa y vívidamente escritas, y son registros generalmente confiables de los acontecimientos que él describe, aunque la posterior investigación académica haya añadido enormemente a nuestros conocimientos información tanto de las civilizaciones indígenas como de los detalles de la conquista. Prescott no fue de ningún modo un apologista de los españoles falto de sentido crítico. Mientras él consideraba a Hernán Cortés, el conquistador de Méjico, como un cristiano y un hombre de honor, él consideraba a Francisco Pizarro, el conquistador del Perú, como poco más que un aventurero brutal. Él fue crítico de las barbaridades y la tiranía de los aztecas, pero se mostró comprensivo —incluso quizá en exceso— con lo que él consideraba el despotismo suave y benévolo de los incas.

     En tanto que Prescott no lamentó la caída de aquellos Imperios indígenas (él consideró su caída decretada por la "Providencia"), él no estaba seguro de que la conquista hubiera sido un triunfo puro para la civilización europea o para el cristianismo. Él elogió a los desinteresados misioneros y sacerdotes católicos que vinieron a difundir su religión, pero condenó a los colonos que explotaron a las poblaciones nativas.

     En cuanto al papel de la raza, él nunca dudó de la superioridad de los españoles, como europeos representativos, por sobre los indios. Por otra parte, él dejó de examinar las dos más importantes cuestiones raciales planteadas por la conquista: Cómo podrían los españoles transmitir su civilización cuando ellos eran una minoría en sus nuevas posesiones; y cuáles fueron las consecuencias de su disposición a reproducirse con sus súbditos indígenas.

La Conquista de Méjico

      En 1519 el Imperio azteca estaba a la altura de su poder. Se extendía desde el Oeste de la península de Yucatán hacia el noroeste al gran valle de Méjico, y desde el Océano Pacífico hasta el Golfo de Méjico. Su área total era de aproximadamente 200.000 kilómetros cuadrados, o un poco más de un tercio del tamaño de España. Las estimaciones de la población total van desde cuatro millones hasta treinta millones, pero todas las cifras son conjeturas. La capital azteca, Tenochtitlán, estaba en el centro del valle de Méjico, en una isla en el lago Texcoco. Tenía entre 200.000 y 300.000 habitantes, lo que la habría convertido en la ciudad más populosa en el Nuevo Mundo. Ciudad de Méjico está ahora edificada sobre aquellas ruinas.

     Hernán Cortés salió de Cuba el 18 de Febrero de 1519 a la cabeza de una expedición de 11 barcos, 50 marineros, 530 soldados, 16 caballos, 14 piezas de artillería y algunos cañones de retrocarga más pequeños. Su objetivo era la exploración y la conquista. Sus hombres eran aventureros y soldados profesionales armados con espadas de acero y lanzas, 30 ballestas y 12 mosquetes. Para la armadura del cuerpo, ellos llevaban puestas gruesas cotas de algodón que los españoles habían aprendido que eran bastante frescas para usarse en un clima tropical, pero lo bastante resistentes como para detener flechas. Los aristócratas entre la expedición (los caballeros) llevaban armaduras de acero español.

     Navegando a lo largo de la costa Oeste de la península de Yucatán, Cortés se encontró con indios mayas contra los que peleó dos batallas derrotándolos. Abordando sus barcos y siguiendo hacia el Noroeste, Cortés pronto averiguó que él había cruzado la frontera hacia un Imperio rico y poderoso cuya capital estaba localizada aproximadamente a 320 kilómetros hacia el interior. Él también se enteró de que los pueblos súbditos del Imperio no estaban contentos bajo el gobierno de los aztecas, a quienes ellos consideraban como amos crueles y rapaces. Cortés astutamente percibió que su ayuda podría ser la clave para una conquista exitosa. Él decidió que sus más valiosos aliados potenciales eran los tlaxcaltecas, una tribu de guerreros feroces que mantenían una república independiente en el núcleo del Imperio azteca. Si él pudiera formar una alianza con ellos, él ganaría una base segura profundamente en el interior y a bravos guerreros para complementar sus fuerzas. Él se movería entonces audazmente sobre la capital Tenochtitlán y la capturaría, derrocando así al Imperio con un solo golpe.

     Antes de marchar hacia el interior, Cortés quemó todos sus barcos, exceptuando sólo a uno. Él comprendía que en una operación tan peligrosa como ésta, la vacilación o la duda entre sus soldados podría arruinar su posibilidad para la victoria. Si ellos se encontraran con un gran contratiempo o dificultad —como seguramente ocurriría—, bien podrían pensar en retirarse. Al haber quemado los barcos, él no dio a sus hombres ninguna otra opción sino concentrarse en el avance y la victoria. Hechos sus preparativos el 8 de Agosto de 1519, él salió a la cabeza de un ejército de 300 conquistadores, incluyendo 40 ballesteros, 20 hombres con mosquetes, 15 caballos y 4 piezas de artillería. Él también llevaba consigo aproximadamente 800 indios auxiliares obtenidos de la costera tribu totonaca. Cuando Cortés alcanzó Tlaxcala, él se encontró no con la amistosa embajada de bienvenida que él había esperado sino con el ejército tlaxcalteca entero en completo orden de batalla. Sólo después de que él los derrotó en tres batallas terribles los indígenas estuvieron de acuerdo con una alianza. Los tlaxcaltecas se convirtieron en sus aliados más importantes y fieles; y con un ejército aumentado con 1.000 de estos guerreros, Cortés reanudó su marcha sobre Tenochtitlán.

     Para Prescott, la victoria de Cortés sobre los tlaxcaltecas tenía una importante lección. A la vez que él fue efusivo en su alabanza por el valor mostrado por los tlaxcaltecas, admitió que "con las mismas armas" un individuo de Tlaxcala "se podría haber mantenido firme contra el español, pero el triunfo español estableció la superioridad de la ciencia y la disciplina por sobre el mero coraje físico y la cantidad. Se estaba librando una vez más... la vieja batalla del europeo contra el asiático". Prescott comparó la victoria española a la de los griegos sobre los persas en Maratón. Es un tema común en las historias de Prescott no sólo que los españoles representan a Occidente, sino que la preeminencia histórica de éste sobre el Oriente representa una superioridad de mente.

     Cortés recibió una inesperada ayuda de una antigua profecía azteca que predecía el eventual retorno del dios Quetzalcóatl. El generoso y benévolo Quetzalcóatl había enseñado a los indios la agricultura, la metalurgia y el gobierno, pero había sido obligado a dejar el país como castigo por alguna transgresión divina. Prometiendo a sus seguidores que él regresaría un día, abordó su "balsa de mago, hecha de pieles de serpientes, y se internó en el gran océano hacia la legendaria tierra de Tlapalan". La tradición azteca describía a Quetzalcóatl como "alto de estatura, con una piel blanca, pelo oscuro y largo, y abundante barba". Cada circunstancia de la llegada española —su aspecto físico, sus barcos aparentemente mágicos, y su llegada por el golfo— parecía cumplir esta antigua profecía. Lo que es más, los españoles habían llegado en el año azteca Uno-Caña, el aniversario del nacimiento del dios.

     Moctezuma, el emperador azteca, estaba lleno de temor por el acercamiento de los españoles. Los informes de los aterradores caballos españoles (los indios al principio pensaron que ellos eran centauros), sus armas sobrenaturales que parecían respirar fuego y sus armaduras brillantes, todo infundió terror en los indios y sustentó la creencia de que los españoles eran seres divinos. Paralizado por la indecisión y el temor, Moctezuma dejó a los españoles entrar en su indisputada capital, y pronto se encontró él mismo como un cautivo Real.

     Cortés no era todavía el amo del Imperio. Su rival y enemigo personal, el gobernador de Cuba, envió una expedición para arrestar a Cortés por insubordinación. Cuando Cortés marchó a la costa para responder a esta amenaza, los aztecas se sublevaron en una rebelión y sitiaron la pequeña guarnición que él había dejado en la capital. Habiendo derrotado a las tropas enviadas para detenerlo, Cortés retornó a Tenochtitlán a fines de Junio de 1520 con 1.000 conquistadores y 2.000 tlaxcaltecas. Por entonces, los aztecas estaban enfurecidos por los esfuerzos españoles para extirpar su religión, y ya no sufrían de la ilusión de que Cortés era un dios. Más encima, Pedro de Alvarado, a quien Cortés había dejado a cargo de la guarnición, posteriormente había envenenado las relaciones con los indios al masacrar a la nobleza azteca, de quien él sospechaba un complot. Los aztecas pronto tuvieron a Cortés bajo sitio también. Quedándose sin comida y sin municiones, él hizo una desesperada retirada con enfrentamiento a través de una de las estrechas calzadas de la capital hacia el continente. En la batalla, que ocurrió durante una fuerte lluvia durante una noche negra como boca de lobo, Cortés perdió la mitad de su ejército, todos excepto 20 de sus caballos, y toda su artillería, mosquetes y ballestas. Fue una derrota catastrófica.

     Los cientos de españoles capturados en la Noche Triste encontraron un final infernal. Durante las semanas siguientes los aztecas condujeron a sus prisioneros uno tras otro a los altares de sacrificio en sus altos templos en el centro de la ciudad. Ellos los sujetaron y arrancaron sus corazones desde sus cuerpos vivos. Luego lanzaron los cadáveres abajo por las escalinatas, decapitados y desollados, y comieron la carne como parte de una celebración de victoria continua. Mientras tanto, Cortés condujo sus tropas exhaustas hacia la seguridad de Tlaxcala, pero los aztecas estaban determinados a impedir la fuga.

      En la llanura de Otumba, el fatigado ejército de Cortés de 400 conquistadores fue encontrado por un ejército azteca que sumaba decenas de miles de hombres. Sin armas de fuego, ellos pronto estaban luchando por sus vidas en un agotador combate cuerpo a cuerpo que se extendió durante horas. Todos parecían perdidos cuando Cortés decidió dar un atrevido golpe contra el principal comandante azteca, que podía ser visto dirigiendo la batalla desde la distancia, vestido con plumas brillantemente coloreadas y estando de pie delante de los estandartes imperiales. Cortés llamó a otros cinco caballeros a su lado, y juntos ellos rompieron por entre las líneas indias. Cortes traspasó al comandante con su lanza, y los españoles agarraron los estandartes aztecas y los arrojaron a tierra. Privada de su líder y de sus estandartes, la fuerza india cayó en consternación y confusión. Cortés había ganado su más desesperada y reñida batalla.

     Prescott sacó lecciones de la victoria española:

     "Aquella fue, indudablemente, una de las victorias más notables alguna vez conseguidas en el Nuevo Mundo. Y esto, no simplemente debido a la disparidad de las fuerzas, sino por su condición desigual, ya que los indios estaban en toda su fuerza, mientras que los cristianos estaban debilitados por la enfermedad, el hambre y sufrimientos prolongados por mucho tiempo, sin cañones o armas de fuego, y deficientes en el aparato militar que tan a menudo había infundido terror en su bárbaro enemigo —deficiente incluso en los terrores de un nombre victorioso. Pero ellos tenían la disciplina de su lado, una resolución desesperada y una confianza implícita en su comandante. Que hayan triunfado contra tales probabilidades proporciona una inferencia de la misma clase que la establecida por las victorias de los europeos sobre las hordas semi-civilizadas de Asia".

     Cortés inmediatamente preparó una nueva expedición contra Tenochtitlán. Él reunió provisiones y refuerzos y condujo a sus hombres a todavía otra campaña brillantemente ingeniosa. Él envió hombres a subir el volcán Popocatépetl —en aquel entonces activo— y a extraer azufre de su cráter para fabricar pólvora. Él ordenó la construcción de 13 bergantines para usarlos en su asalto contra la isla que era la capital. Los indios porteadores los llevarían por las montañas en piezas hasta un río que se vaciaba en el lago Texcoco (donde estaba Tenochtitlán). El nuevo ejército de Cortés estaba compuesto por 550 hombres de infantería (incluyendo 80 con mosquetes y otros 80 con ballestas), 40 caballos, 9 cañones y 10.000 indios auxiliares tlaxcaltecas.

     Una tras otra, él redujo las fortalezas y guarniciones aztecas fuera de la capital, y pronto los aztecas se encontraron rodeados por el ejército español y sus aliados tlaxcaltecas. Cortés entonces echó mano a sus bergantines. Después de un sitio brutal de 75 días, que atestiguó la destrucción física de la ciudad, la matanza de decenas de miles de guerreros y la hambruna de sus habitantes, los pocos aztecas restantes se rindieron el 13 de Agosto de 1521. Dos años después de que él marchara por primera vez hacia el interior de Méjico, y dos años y medio después de que dejara Cuba, Cortés era ahora el amo absoluto e indiscutible del antiguo Imperio azteca.

La Conquista del Perú

     La expedición de Francisco Pizarro es en muchos aspectos aún más notable que la de Cortés. Mientras Méjico no estaba muy lejos de los establecimientos españoles en Cuba y Santo Domingo, Perú estaba casi a un mundo de distancia, en el otro lado del continente y lejos al Sur. Además, el Imperio incaico era enorme, extendiéndose por 4.000 kilómetros desde la frontera Norte de lo que es ahora Ecuador hasta el río Maule en Chile central. De ancho, se extendía entre 320 y 960 kilómetros, desde la costa del Pacífico hasta las cumbres de los Andes. El establecimiento español más cercano estaba en Panamá, donde circulaban rumores de un reino rico y poderoso ubicado al Sur.

     Francisco Pizarro, un soldado profesional y uno de los antiguos tenientes de Balboa, puso su mente en la exploración y conquista. En 1526 él navegó hacia el Sur con dos barcos y entró en contacto con comerciantes indios cargados con atractivos bienes peruanos. Aquí estaba la prueba de un reino digno de ser conquistado. Pizarro se detuvo, acampó en una isla frente a la costa de Colombia, y envió sus barcos de vuelta a Panamá por refuerzos. El gobernador, enojado porque Pizarro no se hubiera devuelto en persona, envió barcos sólo para llevarlo a él y a sus hombres de vuelta a Panamá. Pizarro rechazó ir. Él reunió a sus hombres, trazó una línea en la arena con su espada, y se dirigió a ellos así: "¡Camaradas y amigos! En este lado están el trabajo duro, el hambre, la desnudez, la tormenta torrencial, el abandono y la muerte; en este otro lado, la holgura y el placer. Por aquí se va a Panamá a ser pobres, por allá al Perú a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere. Yo por mi parte, voy al Sur". Trece hombres valientes decidieron permanecer con Pizarro; el resto retornó a Panamá.

     La terquedad de Pizarro dio resultado, ya que cinco meses más tarde un barco llegó de Panamá con provisiones y permiso para que él continuase con su exploración. Pizarro navegó hacia el Sur y pronto alcanzó una rica y populosa ciudad india llamada Tumbes en el borde Norte del Imperio incaico. Aquí estaba la prueba de la existencia de un Imperio cuya riqueza rivalizaba con la de los aztecas. Dejando a dos hombres, él navegó de vuelta al Norte a Panamá para difundir las noticias y reclutar un ejército.

     En Enero de 1531 nuevamente salió de Panamá con tres barcos, 180 hombres y 27 caballos. Después de una larguísima espera por refuerzos —100 hombres comandados por Hernando de Soto— Pizarro navegó por segunda vez hacia el puerto de Tumbes. Para su sorpresa, él encontró a los habitantes desconfiados y hostiles, en contraste con su amistad de cinco años antes. Sus dos hombres estaban desaparecidos, probablemente asesinados. Él dejó una pequeña guarnición en Tumbes y avanzó 145 kilómetros hacia el interior al Sur. Él se enteró de que el emperador incaico, Atahualpa, había acampado con un gran ejército en la ciudad de Cajamarca en las montañas al Sur. Pizarro decidió marchar hasta allí, derrotar ese ejército y capturar al emperador. Así, el 24 de Septiembre de 1532, Pizarro levantó el campamento al mando de un ejército de 167 conquistadores, incluyendo 67 de caballería, 20 ballesteros y tres hombres con mosquetes. Él también tenía quizá no menos de mil indios auxiliares.

     El emperador incaico, Atahualpa, no estaba ni ocioso ni ignorante del progreso de los españoles. Él había decidido que en vez de atacarlos en las tierras bajas, los dejaría marchar por las montañas profundamente en su territorio donde los atraparía y destruiría. Él planeaba capturar sus caballos y criarlos para su propio ejército. Una vez apresados él los sacrificaría, o los castraría para que sirvieran como guardias para sus mujeres.

     Prescott describe cómo, el 15 de Noviembre de 1532, la pequeña fuerza de Pizarro surgió por entre las montañas encima de la reluciente ciudad de Cajamarca:

     "De cuáles fueron los sentimientos del monarca peruano no estamos informados, cuando él contempló el desfile marcial de los cristianos, cuando éstos, con banderas ondeantes y sus brillantes armaduras reluciendo con los rayos del sol, surgieron desde las profundidades oscuras de la sierra y avanzaron en orden de batalla sobre el hermoso poblado, que, hasta ese entonces, nunca había sido pisado por otros pies que los del indio".

     Cualquiera haya sido la reacción del Inca, los hombres de Pizarro estuvieron aterrorizados ante la vista de un ejército indio de entre 30.000 y 50.000 guerreros acampados en las colinas encima de la ciudad. Después de entrar en la ciudad, que Atahualpa había ordenado que fuera evacuada, Pizarro envió una embajada al campo incaico para invitar al soberano a visitar a los españoles en sus cuarteles. Pizarro había decidido que su mejor posibilidad para la victoria era capturar al emperador y evitar una batalla desesperada.

      Mientras tanto, Atahualpa había ordenado que sus generales bloquearan las entradas a la ciudad en las montañas por las cuales los españoles acababan de pasar, atrapándolos así en el valle de Cajamarca. Creyendo que los españoles estaban completamente en su poder, Atahualpa accedió a la invitación de Pizarro. Entrando en la ciudad al atardecer con un contingente de 3.000 asistentes y guardias, mayormente desarmados, al Inca le salió al encuentro un sacerdote español que le dijo que él debía reconocer la autoridad del rey de España y adoptar la religión del cristianismo. Atahualpa montó en cólera, lanzó a tierra la Biblia que se le había entregado, y anunció que él no era tributario de ningún hombre. En ese momento la caballería y la infantería de Pizarro irrumpieron desde sus escondites. Las calles pronto se llenaron con la sangre de la masacrada guardia de Atahualpa, y el Inca mismo fue tomado cautivo.

     La captura de su emperador paralizó al gobierno incaico. Pizarro devolvió a Atahualpa a su trono y hábilmente permitió que éste siguiera reinando pero ahora bajo su propia dirección, el cual permitió que los españoles comenzaran a saquear el oro y plata del país, y que llevaran refuerzos sin ser molestados. Ningún indio se atrevió a dañar o a resistir a un español. Pero el Perú estaba lejos de ser sometido. Cuando, nueve meses después de capturarlo, Pizarro ordenó la ejecución de Atahualpa, esto rompió el hechizo que los españoles parecían tener sobre los atónitos y supersticiosos indios.

      En el otoño de 1533, cuando Pizarro finalmente se marchó de Cajamarca hacia la capital incaica de Cuzco, él encontró una seria resistencia, y tuvo dos escaramuzas y una batalla antes de tomar la ciudad. Él puso a un hombre en el trono, Manco Inca, que él pensaba que sería una marioneta, y envió una gran expedición al Sur para explorar y tomar control de lo que es ahora Bolivia y el Norte de Chile.

     Creyendo la conquista casi terminada, Pizarro comenzó a buscar un sitio para la capital de la nueva colonia española del Perú. El Cuzco estaba demasiado lejos hacia el interior y profundo en los Andes. Dejando a su hermano a cargo del Cuzco, marchó hacia la costa y fundó la ciudad de Lima en Enero de 1535. Pero mientras el Gobernador Pizarro dedicaba todas sus energías a construír su nueva capital, Manco Inca planeaba un levantamiento masivo contra el dominio español.

     En Mayo de 1536 Manco puso sitio a la guarnición española del Cuzco de sólo 190 hombres con un ejército de al menos 50.000 guerreros. Los incas atacaron y masacraron a los aislados puestos avanzados, a los viajeros y a todos los pobladores españoles a través del Perú, y enviaron varias cabezas cortadas al Cuzco. Ellos incluso atacaron Lima, y la sitiaron durante dos semanas. Un alarmado Pizarro pidió refuerzos de todas partes del Imperio español. La verdadera guerra para Perú había comenzado, pero los enfrentamientos en gran escala duraron sólo un año. En contra de todas las predicciones, la guarnición del Cuzco resistió. Los refuerzos españoles llegaron a Lima, y los guerreros incaicos comenzaron a abandonar el ejército para volver a sus granjas. Manco se retiró con un pequeño ejército a un reducto de la selva al Noroeste de Cuzco. Su reino en el exilio de Vilcabamba resistió a los conquistadores durante otros 36 años hasta que los españoles finalmente lo invadieron y ejecutaron a su hijo Tupac Amaru, el último emperador incaico. El Imperio español fundado por Cortés y Pizarro iba a durar durante 300 años.

Motivos de la Victoria Española

      El lector moderno se maravilla de cómo unos pocos cientos de conquistadores pudieron derrocar esos dos poderosos Imperios del Nuevo Mundo. Incluso de acuerdo a las estimaciones más conservadoras, en sus grandes batallas los españoles fueron superados en número en razón de diez a uno o de veinte a uno, y a veces por incluso más. Prescott escribió en una ocasión que la magnitud del "logro militar" español lo llenaba de "asombro". Él atribuyó el triunfo "al valor, las armas y la disciplina de los castellanos", además de las debilidades internas de dichos Imperios, y al genio de Cortés y de Pizarro.

     Los españoles ciertamente tenían armas superiores. Casi todos estaban armados con espadas de acero de Toledo, con el cual ellos podían decapitar o desmembrar a un oponente con un solo golpe. La caballería también llevaba largas lanzas, que ellos usaron con efecto mortal contra los soldados de infantería. Los mosquetes, las ballestas y los cañones españoles podían matar a larga distancia, y sus proyectiles metálicos penetraban fácilmente los escudos indios y su ropa protectora. El cañón en particular causaba estragos entre las formaciones compactas de guerreros indios. La carnicería que los españoles infligieron fue horrenda.

      Por contraste, las armas indias eran en gran parte ineficaces contra los cascos de acero y las gruesas cotas de algodón usadas por los españoles. Los indios iban armados con arcos y flechas, lanzas, hondas para lanzar piedras, y pesadas mazas. Estas armas tenían cuchillos o puntas hechos de obsidiana, hueso o cobre, todos los cuales eran agudos, pero frágiles, y podían romperse al contacto con el acero o la armadura de los españoles.

     Los españoles también tenían al caballo. Ninguna otra arma sola era tan importante para hacer huír a enormes masas de guerreros indios. Los jinetes eran particularmente eficaces en terrenos abiertos, donde ellos cargaban sobre las columnas enemigas, acuchillando y apuñalando con sus espadas y lanzas, pisoteando a los hombres con sus caballos, y dispersándolos. Si sus enemigos huían, los españoles los atropellaban y los traspasaban por la espalda con las lanzas. El efecto psicológico producido por los caballos era tan importante como su efecto físico. Varias batallas importantes habrían sido seguramente perdidas sin la caballería. En la batalla de Centla contra los mayas, en el mismo comienzo de la campaña de Cortés, la infantería española superada en número luchó sin la caballería durante más de una hora, llegando a estar completamente exhausta. Ellos fueron salvados en el último momento por un punzante ataque de sólo 16 jinetes, que habían emprendido una maniobra de flanqueo distante que llevó mucho más tiempo que el esperado.

     Sin embargo, la disparidad de números era tan grande que las armas superiores solas no podían asegurar la victoria. Los españoles tenían una ciencia militar superior y además disciplina. Mientras los guerreros indios tendían a precipitarse en la batalla desordenadamente, los comandantes españoles eran cuidadosos al ordenar ataques y defensas, para ganar la máxima ventaja de sus armas y el mayor efecto de sus soldados.

      Los indios posteriormente fueron obstaculizados por su deseo de víctimas para los sacrificios. Ellos a menudo luchaban para capturar más bien que para matar, para ser capaces de ofrecer víctimas vivas a los dioses. Los españoles, por supuesto, entraban en batalla intentando matar tantos enemigos como les fuera posible.

      Finalmente, Cortés y Pizarro no podrían haber tenido éxito sin el apoyo de los indios aliados. Prescott concluyó que "la monarquía azteca cayó por obra de sus propios súbditos, bajo la dirección de la sagacidad y la ciencia europeas".

Lecciones Raciales

      La doctrina de moda de que la raza es un constructo social (una entidad inventada socialmente) no recibe mucho apoyo a juzgar por la reacción de los indios frente a la aparición repentina del hombre Blanco. Mucho antes de que los españoles tuvieran tiempo para inventar constructos sociales, los indios tenían un sentido claro de las diferencias raciales. Ellos parecen haber considerado la blancura como un atributo de la divinidad. El Inca se maravilló de la "tez blanca" de los españoles, y tempranamente comenzó a referirse a ellos como "los Hijos del Sol", una impresión reforzada por las armaduras y armas de fuego de los españoles. Los indios de Méjico llamaron a uno de los principales oficiales de Cortés, Pedro de Alvarado, quien tenía el pelo rubio y la tez blanca, como "el Sol", y a menudo se referían a los españoles como "los dioses blancos".

     A diferencia de los ingleses, y en menor grado de los franceses y holandeses, los españoles no tuvieron ninguna antipatía hacia el mestizaje. Poco después de su llegada a las Américas, su tendencia hacia la promiscuidad, el concubinato, la violación, e incluso el matrimonio con los naturales, creó una raza mezclada de mestizos. Cortés tenía cinco amantes indias, tres de las cuales le parieron hijos. Pizarro tuvo dos hijos de una hija del emperador incaico. Los tlaxcaltecas ofrecieron a su aliado Cortés trescientas muchachas esclavas y cinco o seis hijas de la nobleza. Cortés distribuyó las primeras entre sus soldados y las últimas entre sus oficiales. Su única condición era que las mujeres nobles fueran bautizadas antes de que ellas pudieran compartir las camas de sus oficiales. Moctezuma igualmente fue muy generoso al ofrecer mujeres a sus captores españoles. Mientras que Cortés trató de impedir las violaciones, Pizarro era mucho menos escrupuloso. En el Cuzco, sus oficiales y hombres estragaron a las Vírgenes del Sol —las equivalentes incaicas de las vírgenes vestales romanas— y abusaron de muchas esposas del Inca.

     Es sorprendente que Prescott no comentara sobre la tendencia española a aparearse con las indias, ya que era un artículo de fe entre los anglo-estadounidenses de su tiempo que el mestizaje había desbaratado a la América española. Los norteamericanos pensaban que los mestizos eran una mezcla degenerada de dos razas incompatibles. A la vez que reconocían una población remanente de sangre española pura, o casi pura, ellos creían que era demasiado pequeña para levantar la sociedad latinoamericana hasta un estándar europeo.

     Los colonos ingleses en Estados Unidos no permitieron el mestizaje, y los indios tomaron esto como un signo de hostilidad y antipatía. Si los ingleses se hubieran intercasado libremente con los indios, habría habido menos guerra, pero ellos habrían dejado de ser ingleses, europeos, o Blancos. Ellos estaban orgullosos de su raza y determinaron perpetuarla.

     Los datos demográficos de la colonización española se diferenciaron de la inglesa en otro importante aspecto. Los españoles se encontraron como una minoría viviendo entre una gran población india. Había tres razones para esto: la gran población india existente; su establecido estado agrícola; y la repentina completación de la conquista española. Los ingleses, por otra parte, llegaron para asentarse, no para conquistar. El objetivo de la guerra para ellos no era sojuzgar a las tribus sino expulsarlas. Los ingleses formaron establecimientos compactos a lo largo de las costas y luego gradualmente se diseminaron hacia el interior a medida que su población aumentaba. De esta manera, los norteamericanos construyeron comunidades homogéneas totalmente separadas de los indios por una frontera deshabitada. El hecho de que las tribus indígenas de Norteamérica fueran menos numerosas y estuvieran menos establecidas que sus parientes del Sur estimuló la práctica inglesa.

     Prescott era consciente de los dos modelos diferentes de colonización, y claramente prefería el método inglés. En efecto, el ejemplo de América Latina es un hecho histórico que clama contra aquellos que creen que la civilización occidental y sus culturas nacionales pueden sobrevivir cuando las poblaciones mayoritarias de Europa y Norteamérica ya no son Blancas. No es ninguna casualidad que los únicos países en América Latina que recuerdan a España, o que parecen europeos, son países en los cuales la población mayoritaria es de ascendencia europea: Chile, Argentina, Uruguay y Costa Rica. Incluso países tales como Alemania, Inglaterra, Dinamarca y Francia encontrarán el mismo destino que Méjico y Brasil si ellos dejan de controlar la inmigración.

     Una lección final que podríamos sacar de la Conquista apunta a lo que los hombres Blancos pueden llevar a cabo cuando ellos están unidos y con confianza, y no enervados por un falso sentido de culpa o inferioridad moral. Que los centenares de hombres de Cortés y de Pizarro pudieran sojuzgar a tantos miles debería recordarnos que contando con la resolución suficiente no tenemos que estar en mayoría para prevalecer contra nuestros adversarios.–



5 comentarios:

  1. Estimados Sres.:
    Excelente artículo, no obstante, es necesario precisar que en Chile, el lugar económicamente más deprivado en comparación con México y Perú de esos años de "conquista", las hordas españoles debieron morder el polvo: JAMAS se rindieron los Araucanos, cuyo nombre significa "amantes de su tierra".
    La llamada "conquista" DURÓ MÁS DE UN SIGLO y sólo se concretó con el exterminio de este pueblo. ¡Qué diferencia con México o Perú...! Los españoles -por su parte-, sólo en Chile tuvieron más bajas que en toda América...
    Para España, México y Perú fue un paseo que los enriqueció infinitamente. En Chile se encontraron con verdaderos guerreros...
    Ante Uds, Atte.:
    Dagoberto Ramírez Alarcón

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    1. Si lo que plantea usted es que sólo en Chile los españoles se encontraron con una verdadera resistencia, quizá habría que complementar aquella afirmación. El español en Chile no "mordió el polvo". Si así hubiera ocurrido habría tenido en Chile más derrotas que triunfos. Más bien fue un asunto de que los araucanos (o mapuches = "hombres de la tierra") lograron anular la técnica militar española, imitándola y sobre todo contando con la ayuda del terreno para sus acciones. La tregua allí no concluyó con ningún exterminio sino con el reconocimiento de cierta soberanía del Estado de Arauco. Si bien en Chile España se desangró ello sólo habla mal de los otros pueblos, que no resistieron con toda su energía porque estaban ya mentalmente avasallados. Pero con todo, el artículo no está ensalzando a los españoles como superhombres de suyo, sino que nombra todos los factores que ayudaron a su conquista final del continente. Y tampoco se pierda de vista que el planteamiento final del autor es de un inmenso amor a la raza y a los antepasados, y por ello hace la comparación con la conquista de Estados Unidos.

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  2. Gran artículo, obvio hubo abusos pero cabe recordar y recalcar que tanto la corona española como los misioneros siempre protestaron y en muchos casos lograron el castigo de quienes realizaban abusos contra la población indígena.

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  3. "Estaban hundidos en la más oscura idolatría y superstición, y cuyas prácticas religiosas incluían el sacrificio humano, la tortura y el canibalismo"... Es verdad. Ahora...¿Los europeos con el cristianismo?... ¿La inquisición no equivalía a los sacrificios?...¿Y la gente europea no vivía a merced del autoritarismo de sus reyes?...El muerto se asusta del degollado.

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  4. Ojalá jamas nadie llegue a su casa le arrebate sus posesiones, sojuzgue a su familia y " lo gobierne ", esto es pensando en su familia que no tiene la culpa de su estupidez. Ahora si vive usted solo, tal vez el destino le otorgue la oportunidad de que lo " conquisten ".

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