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lunes, 13 de mayo de 2013

Winston Churchill - Hitler ¿Monstruo o Héroe?



     El sitio winstonsmithministryoftruth.blogspot.com publicó en Febrero de 2012 el siguiente texto del siniestro asesino y mentiroso personaje inglés que fue una verdadera enfermedad de la iglesia (church-ill) satánica judeo-masónica. En este escrito el criminal de guerra Church-ill, a la luz de los hechos en Alemania en 1935, se pregunta hipócritamente si todo resultará para bien o se desatará la guerra. La presentación del escrito en el sitio mencionado es la siguiente:
     «En la edición de Noviembre de 1935 de la revista Strand de Londres, apareció un artículo escrito por el entonces diputado del Parlamento Winston Churchill titulado "Hitler y Su Opción". El artículo también apareció en la revista Today de Nueva York, fechado el 24 de Agosto de 1935 y titulado "Hitler: Monstruo o Héroe". Estoy bastante seguro de que soy la primera persona en reproducir el artículo en su totalidad en internet, después de cotejarlo en el volumen 4 de las publicaciones de la revista Today, y en el libro Grandes Contemporáneos de 1937 que reprodujo el artículo de la revista Strand. El artículo fue notoriamente editado para los lectores estadounidenses, por cuanto el estilo de escritura está norteamericanizado, y la descripción de Churchill de los alemanes como la más "marcial raza en el mundo", fue convertida en la más "resentida raza en el mundo"».
     Además de esto último, que aquí en esta traducción lo hemos corregido, Church-ill se hace eco de un infundio al sostener que Hitler había sido pintor de casas, cuando toda persona informada sabe que jamás lo fue sino un tremendo pintor de pincel y buen dibujante. Lo publicamos sólo por su rareza, y por la gran cantidad de elogios que Church-ill hace sobre Hitler y sus hechos.
    

Hitler: ¿Monstruo o Héroe?
por Winston Churchill
1935



     El ex-cabo ha restaurado a Alemania a una posición de poder en Europa; si para el bien de la civilización moderna o para su perdición, sólo el futuro lo dirá.


    No es posible formar un justo juicio de una figura pública que ha alcanzado las enormes dimensiones de Adolf Hitler hasta que el trabajo de toda su vida en conjunto esté delante de nosotros. Aunque ninguna posterior acción política pueda excusar hechos incorrectos, la Historia está repleta de ejemplos de hombres que han subido al poder empleando métodos severos, sombríos, e incluso espantosos, pero quienes, sin embargo, cuando su vida es revelada en su conjunto, han sido considerados como grandes figuras cuyas vidas han enriquecido la historia de la Humanidad. Del mismo modo podría ocurrir con Hitler.

    Tal punto de vista final no nos es concedido todavía hoy. No podemos decir si Hitler será el hombre que una vez desató sobre el mundo otra guerra en la cual la civilización moderna sucumbirá irreparablemente, o si él pasará a la Historia como el hombre que restauró el honor y la tranquilidad de espíritu a la gran nación germánica y la llevó de regreso serena, provechosa y fuerte al círculo de la familia europea. Pertenece al misterio del futuro si la Historia calificará a Hitler de monstruo o de héroe. Es esto lo que determinará si él estará en el Valhala con Pericles, con Augusto y con Washington, o en la confusión en el infierno del desprecio humano con Atila y Tamerlán. Es suficiente decir que ambas posibilidades están abiertas en este momento. Ya sea porque la historia está inacabada, porque de hecho sus capítulos más aciagos todavía no han sido escritos, nos vemos obligados a detenernos en el lado oscuro de su obra y creencias, y no debemos olvidar nunca ni dejar de esperar su lado brillante.

    Adolf Hitler fue el hijo de la rabia y el dolor de un poderoso Imperio y raza que había sufrido una derrota aplastante en la guerra. Fue él quien exorcizó el espíritu de desesperación de la mente alemana substituyéndolo con el no menos funesto pero mucho menos mórbido espíritu de la venganza. Cuando los terribles ejércitos alemanes que habían ocupado la mitad de Europa bajo su sujeción retrocedieron en cada frente y buscaron el armisticio con aquellos sobre cuyas tierras hasta entonces ellos todavía permanecían como invasores; cuando el orgullo y la fuerza de voluntad de la raza prusiana se trastocó en rendición y revolución detrás de las líneas de combate; cuando aquel gobierno Imperial, que había sido durante más de cincuenta espantosos meses el terror de casi todas las naciones, colapsó ignominiosamente dejando a sus fieles y leales súbditos indefensos y desarmados ante la ira de los Aliados victoriosos profundamente heridos, entonces fue que un cabo austriaco, un antiguo pintor de brocha, se dispuso a recuperar todo.

    En los quince años que han seguido a esta determinación, él ha tenido éxito en restaurar a Alemania a la posición más poderosa en Europa, y no sólo ha restaurado la posición de su país sino que ha revertido en un muy alto grado los resultados de la Gran Guerra. Sir John Simon dijo en Berlín que, como Ministro de Asuntos Exteriores, él no hacía distinciones entre vencedores y vencidos. Tales diferencias, en efecto, todavía existen, pero los vencidos están en proceso de convertirse en los vencedores, y los vencedores en los vencidos. Cuando Hitler comenzó, Alemania estaba postrada a los pies de los Aliados. Él puede aún ver el día cuando lo que queda de Europa estará postrado a los pies de Alemania. Independientemente de lo que se piense de estas proezas, ellas están ciertamente entre las más notables de la historia entera del mundo. El éxito de Hitler y por cierto su supervivencia como una fuerza política no habrían sido posibles si no hubiera sido por el letargo y la estupidez de los gobiernos francés y británico desde la guerra, y sobre todo en los últimos tres años. No se efectuó ninguna tentativa sincera para llegar a un acuerdo con los diversos gobiernos moderados de Alemania, que existieron sobre un sistema parlamentario. Durante mucho tiempo los franceses persiguieron la absurda ilusión de que ellos podrían extraer enormes indemnizaciones de los alemanes a fin de ser compensados por la devastación de la guerra.

    Los pagos por concepto de reparaciones fueron adoptados no sólo por los franceses sino también por los británicos, que no tenían ninguna relación en absoluto con ningún proceso existente, o que pudiera ser ideado alguna vez, de transferir la riqueza de una comunidad a otra. Para hacer cumplir la sumisión a estas insensatas demandas los ejércitos franceses volvieron a tomar posesión de la Región del Ruhr en 1923. Para recuperar hasta un décimo de lo que fue originalmente exigido, un consejo inter-aliado, presidido por un estadounidense capaz, supervisó las finanzas internas de Alemania durante varios años, renovando así y perpetuando la mayor amargura en las mentes de la nación derrotada. De hecho, nada se ganó a costa de toda esa fricción, pues, aunque los Aliados extrajeran aproximadamente mil millones de libras en activos de los alemanes, Estados Unidos, y en menor grado Gran Bretaña, prestaron a Alemania más que lo que ella había pagado. Pero mientras los Aliados derramaron su riqueza en Alemania para reconstruírla y reanimar su vida e industria, los únicos resultados fueron un resentimiento creciente y la pérdida de todo su dinero. Incluso mientras Alemania estaba recibiendo grandes ventajas por los préstamos que le fueron hechos, el movimiento de Hitler ganó vida y fuerza cada semana producto de la irritación por la interferencia Aliada.

    Yo siempre he sido de la doctrina de que la reparación de los agravios por parte del vencido debería preceder al desarme de los vencedores. Poco fue hecho para reparar los agravios de los tratados de Versalles y Trianón. Hitler en su campaña pudo señalar continuamente una serie de anomalías menores e injusticias raciales en los arreglos territoriales de Europa que alimentaron los fuegos en los que le tocó vivir. Al mismo tiempo los pacifistas ingleses, ayudados desde una distancia segura por sus prototipos estadounidenses, forzaron el proceso de desarme hasta el máximo protagonismo. Año tras año, sin el menor respeto hacia las realidades del mundo, la Comisión de Desarme exploró innumerables proyectos para reducir el armamento de los Aliados, ninguno de los cuales fue perseguido con alguna sinceridad por ningún país excepto Gran Bretaña. Estados Unidos mientras predicaba el desarme realmente continuó llevando a cabo un desarrollo enorme en su ejército, marina y fuerza aérea.

    Francia, confrontada con el renacimiento gradual de Alemania con su enorme población militar, naturalmente rechazó reducir su defensa por debajo del punto de peligro. Italia por otros motivos aumentó su armamento. Sólo Inglaterra, bajo el control de Ramsay MacDonald, redujo sus defensas por tierra y mar, muy por debajo del nivel de seguridad, y pareció completamente inconsciente del nuevo peligro que se desarrollaba en el campo aéreo. Mientras tanto los alemanes, principalmente bajo el gobierno de (Heinrich) Brüning, comenzaron sus grandes proyectos para recobrar su poder armado. Éstos fueron llevados adelante por todos los canales. La aviación comercial y deportiva fueron un mero camuflaje detrás del cual se extendió sobre cada rincón de Alemania una organización enorme para los objetivos de la guerra aérea. El personal general alemán, prohibido por el tratado, creció año a año a un tamaño enorme so pretexto de la dirección estatal de la industria. Todas las fábricas de Alemania estuvieron preparadas con increíble detalle para dedicarse a la producción de guerra.

    Estos preparativos, aunque diligentemente ocultados, fueron sin embargo conocidos por los departamentos de inteligencia tanto de Francia como de Gran Bretaña. Pero en ninguna parte de ninguno de estos gobiernos existía el poder de mando para llamar Alemania a que se detuviera o para procurar revisar los tratados, o mejor todavía ambas cosas. La primera opción habría sido completamente segura y fácil, por lo menos hasta el final de 1931, pero en aquel momento el señor MacDonald y sus colegas todavía se contentaban con pronunciar tópicos altisonantes sobre las bendiciones de la paz y con ganar el aplauso de las mayorías bien intencionadas pero ignorantes a través de nuestra isla. Incluso aún en 1932 fue puesta la mayor presión por el gobierno británico sobre Francia para que ésta redujera su fuerza armada, cuando al mismo tiempo los franceses sabían que inmensos preparativos estaban siendo llevados adelante en todas partes de Alemania. Expliqué y expuse las locuras de este proceso repetidamente y en detalle en la Cámara de los Comunes. Al final, todo lo que salió de las conferencias de Desarme fue el rearme de Alemania.

    Mientras todas estas formidables transformaciones estaban ocurriendo en Europa y los estadistas británicos estaban haciendo un capital fácil con sus peroratas acerca de la paz, el cabo Hitler estaba luchando su larga y agotadora batalla por el corazón alemán. La historia de aquella lucha no puede ser leída sin la admiración por el coraje, la perseverancia y la fuerza vital que le permitió cuestionar, desafiar, conciliar o vencer a todas las autoridades o resistencias que obstruían su camino. Él, y las legiones siempre crecientes que trabajaron con él, mostraron ciertamente en ese momento, en su ardor patriótico y en su amor al país, que no había nada que ellos no estuvieran dispuestos a hacer o no se atreverían a hacer, ningún sacrificio de vidas, integridad física o libertades que ellos no harían o infligirían sobre sus opositores. Aquí no hay espacio para contar esa historia. Sus principales episodios son bien conocidos. Las reuniones tumultuosas, el sangriento tiroteo en Munich, el encarcelamiento de Hitler, sus varias detenciones y procesos, su conflicto con Hindenburg, su campaña electoral, la tergiversación de Von Papen, la conquista por Hitler de Hindenburg, el abandono por Hindenburg de Brüning... todos éstos fueron los jalones durante aquella marcha indomable que llevó al cabo austriaco a la dictadura de la vida de la nación alemana entera de casi setenta millones de almas, constituyendo la raza más laboriosa, manejable, aguerrida y marcial en el mundo.

    Hitler llegó al poder supremo en Alemania a la cabeza de un movimiento Nacionalsocialista que borró todos los Estados y los viejos reinos de Alemania y los fundió en un todo. Al mismo tiempo el Nacionalsocialismo suprimió y eliminó a la fuerza, cuando fue necesario, a todos los otros partidos en el Estado. En ese mismo momento él encontró que la organización secreta de la industria y la aviación alemanas que el personal general alemán y últimamente el gobierno de Brüning habían construído estaba de hecho absolutamente lista para ser puesta en operación. Hasta ahora, nadie se había atrevido a dar ese paso. El temor a que los Aliados intervinieran y cortaran todo de raíz los había refrenado. Pero Hitler se había elevado mediante violencia y pasión; él estaba rodeado por hombres tan despiadados como él. Es probable que, cuando derrocó al gobierno constitucional existente en Alemania, él no supiera cuán lejos éste había preparado el terreno para su propia acción; ciertamente él nunca les había hecho la justicia de reconocer su contribución a su éxito. Hitler incluso expulsó al patriótico Brüning, bajo amenaza de muerte, del suelo alemán. El hecho que queda es que todo lo que él y Goering tuvieron que hacer fue dar la señal para el proceso más gigantesco de rearme secreto que alguna vez haya tenido lugar.

    Hitler había proclamado desde hacía mucho tiempo que si él subía al poder haría dos cosas que nadie más podría hacer por Alemania excepto él mismo: Primero, restauraría Alemania a la altura de su poder en Europa; y segundo, él curaría el sufrimiento que afligía al pueblo. Sus métodos son ahora visibles. Alemania iba a recuperar su lugar en Europa rearmándose, y los alemanes iban a ser en gran parte liberados de la maldición del desempleo siendo puestos a trabajar en la fabricación de los armamentos y otros preparativos militares. Así a partir del año 1933 en adelante todas las energías disponibles de Alemania fueron dirigidas a prepararse para la guerra, no sólo en las fábricas, en los cuarteles y en las bases aéreas, sino en las escuelas, las universidades, y casi en las guarderías infantiles, mediante cada recurso del poder estatal y de la propaganda moderna; y se emprendió la preparación y la educación de toda la gente para la disposición a la guerra. Este proceso se desarrolló sin preguntas ni interferencias de los Aliados durante casi dos años. Mientras tanto los británicos siguieron descuidando su defensa y sermoneando a Francia por su ignorante vacilación en seguir su ejemplo. Estados Unidos, en seguridad más allá del Océano Atlántico y armándose a sí mismo a un costo enorme, reprendió a ambos con imparcialidad.

    No fue sino hasta 1935 que todo el terror de esta revelación irrumpió sobre el mundo descuidado e imprudente, e Hitler, dejando el ocultamiento de lado, saltó hacia adelante armado hasta los dientes, con sus fábricas de municiones rugiendo día y noche, sus escuadrones de aeroplanos formándose en un éxito incesante, sus tripulaciones de submarinos entrenándose en el Báltico y sus ejércitos armados marchando a paso firme por las plazas de los cuarteles de un extremo a otro del amplio Reich. Aquí es donde estamos hoy, y el logro por el cual las mesas han sido completamente trastornadas sobre los vencedores auto-complacientes, incompetentes y miopes merece ser reconocido como un prodigio en la historia del mundo, y un prodigio que es inseparable de los esfuerzos personales y el empuje de vida de un hombre singular.

    Ciertamente no es extraño que cada uno quisiera saber "la verdad sobre Hitler". ¿Qué hará él con los poderes enormes que ya tiene bajo su control y que los perfecciona semana tras semana?. Si, como he dicho, sólo miramos el pasado, que es todo lo que tenemos para juzgar, debemos en verdad sentirnos preocupados. Hasta ahora la carrera triunfante de Hitler ha sido llevada adelante no sólo por un amor apasionado por Alemania sino por corrientes de odio tan intenso como para quemar las almas de aquellos que nadan sobre ellas. El odio a los franceses es la primera de esas corrientes, y sólo tenemos que leer el libro de herr Hitler "Mein Kampf" para ver que los franceses no son la única nación extranjera contra quien se puede encender la cólera de la rearmada Alemania.

    Pero las tensiones internas son aún más asombrosas. Se supuso que los judíos habían contribuído mediante una influencia desleal y pacifista al colapso de Alemania al final de la Gran Guerra, y se supuso que fueron el puntal principal del comunismo y los autores de doctrinas derrotistas en cada forma. Por lo tanto los judíos de Alemania, una comunidad compuesta por cientos de miles, debían ser despojados de todo poder, expulsados de cada posición en la vida pública y social, expulsados de las profesiones, silenciados en la prensa y declarados una raza asquerosa y detestable. El siglo veinte ha atestiguado con sorpresa no simplemente la promulgación de estas doctrinas feroces, sino el que hayan sido hechas cumplir con vigor brutal por el gobierno y por el pueblo. Ningún servicio pasado, ningún patriotismo probado, ni incluso las heridas sufridas en la guerra, podían conseguir la inmunidad para personas cuyo único delito consistía en que sus padres los habían traído al mundo. Cada clase de persecución, grave y pequeña, sobre los científicos de fama mundial, escritores y compositores que están en la cima, hasta la de los desgraciados pequeños niños judíos en las escuelas nacionales, fue practicada y glorificada, y todavía está siendo practicada y glorificada.

    Una proscripción similar cayó sobre socialistas y comunistas de cada matiz. La intelectualidad liberal ha sido igualmente golpeada. La crítica más leve es una ofensa contra el Estado. Los tribunales de justicia, aunque se les permite funcionar en los casos ordinarios, fueron reemplazados para cada forma de ofensa política por los llamados tribunales del pueblo, conformados por fervientes nacionalsocialistas. Junto con los campos de entrenamiento de los nuevos ejércitos y los grandes aeródromos, la campos de concentración llenan el suelo alemán. En éstos, miles de alemanes son coaccionados y obligados a someterse al poder irresistible del Estado Totalitario. El odio a los judíos condujo, por una transición lógica, a un ataque sobre la base histórica del cristianismo. Así el conflicto se ensanchó rápidamente, y los sacerdotes católicos y los pastores Protestantes cayeron bajo la prohibición de lo que ha llegado a ser la nueva religión de los pueblos alemanes, a saber, la adoración de Alemania bajo los símbolos de los antiguos dioses del paganismo nórdico. Aquí también es donde estamos hoy.

    ¿Qué clase de hombre es esta figura severa que ha realizado estos magníficos trabajos y ha desatado estos males espantosos?. ¿Todavía comparte él las pasiones que ha evocado?. A plena luz del Sol del triunfo mundano, a la cabeza de la gran nación que él ha levantado desde el polvo, ¿todavía se siente él atormentado por los odios y los antagonismos de su lucha desesperada, o serán desechados ellos como la armadura y las armas crueles de la lucha bajo los dulcificados influjos del éxito?. ¡Evidentemente una quemante pregunta para los hombres de toda la nación!. Aquellos que se han encontrado con herr Hitler cara a cara en el negocio público o en términos sociales, han encontrado un funcionario altamente competente, ecuánime y bien informado, de agradables maneras, con una sonrisa encantadora, y pocos no han sido afectados por un sutil magnetismo personal. Tampoco es esta impresión simplemente el deslumbramiento del poder. Él lo ejerció sobre sus compañeros en cada etapa de su lucha, incluso cuando su fortuna estaba en las profundidades más bajas. Así el mundo vive en la esperanza de que lo peor ya ha pasado y de que podemos vivir aún para ver en Hitler una figura más afable en una época más feliz.

    Mientras tanto, él hace discursos a las naciones, que están a veces caracterizados por la sinceridad y la moderación. Recientemente él ha ofrecido muchas palabras tranquilizadoras, ansiosamente bebidas por aquellos que han estado tan trágicamente equivocados sobre Alemania en el pasado. Sólo el tiempo puede mostrarlo, pero, mientras tanto, las grandes ruedas giran; los rifles, los cañones, los tanques, la bala y el obús, las bombas aéreas, los cilindros de gas venenoso, los aviones, los submarinos, y ahora los comienzos de la flota, fluyen en corrientes que siempre se ensanchan desde los arsenales y fábricas de Alemania ya en gran parte movilizados para la guerra.–





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