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miércoles, 12 de diciembre de 2012

John Kaminski - Una Turba Rabiosa de Asesinos Mentirosos


     En www.scoop.co.nz hemos hallado este texto (A Rabid Flock of Lying Killers) de Kaminski, que hemos traducido, publicado allí el 1º de Febrero de 2003, más de un mes antes de la invasión que George W.C. Bush ordenó sobre Iraq, maldad que Kaminski, por deducción lógica, pone en último término sobre los creyentes religiosos comunes y corrientes, que con su silencio y cobardía respaldan a sus líderes religiosos y finalmente a sus políticos. A pesar de constituír una crónica, más de nueve años después sigue completamente vigente todo lo que afirma en este artículo. John Kaminski es un escritor que vive en la costa de Florida, quien se pone realmente nauseoso cuando él pasa frente a casas de adoración, porque él sabe que la verdadera razón de toda esta inútil muerte y destrucción habita dentro de ellas.

 
Una Turba Rabiosa de Asesinos Mentirosos
por John Kaminski



Cómo los Cristianos y Judíos Estadounidenses Justifican
el Asesinato Masivo de Inocentes en el Nombre del "Señor".


     ¿Quiere Dios que nosotros matemos a niños iraquíes inocentes?. A juzgar por la aprobación aparentemente unánime en la cámara del Senado de todas aquellas celebridades políticas inmunes a la verdad que presenciaron el más reciente discurso del estado de la Unión del Presidente Bush —todos los cuales son abiertamente al menos asistentes a las iglesias— el mensaje está claro: Dios quiere aquello.

     Por lo visto no hay ni un solo miembro del Congreso que se oponga a la idea de dejar caer más bombas sobre Iraq. Seguramente hay unos pocos que quieren una aprobación formal de Naciones Unidas, pero si ellos consiguen aquello —o sea, si ellos pueden finalmente evitar la culpa por esta atrocidad diciendo posteriormente que Naciones Unidas dijo que estaba bien hacerlo— no hay nadie en el aparato del gobierno estadounidense entero que se oponga a la aniquilación de Iraq y al asesinato de todavía miles más de sus mujeres y niños indefensos.

     Si los hubiera, los habríamos escuchado abucheando aquel discurso; pero no los escuchamos.

     Si los hubiera, habríamos escuchado una indignada respuesta de los Demócratas, en vez del cobarde respaldo a los principios del plan de Bush para que proceda con el genocidio que oímos realmente.

     Imagine: ni un solo miembro del Congreso que defienda la enseñanza más importante de Jesús, o la idea de que la matanza de grandes cantidades de personas inocentes por causa de alguna nebulosa e indemostrable aseveración política es equivocada, y no sólo equivocada sino maligna y despreciable. No sólo nebulosa e indemostrable, sino deliberadamente engañosa, porque no es Iraq quien tiene armas de destrucción masiva sino Israel —y los estadounidenses no tienen ninguna objeción frente a esto, aunque Israel haya asesinado injustamente mil veces más víctimas inocentes que Iraq durante la década pasada. No queremos la libertad para los iraquíes; sólo queremos su petróleo, y el mundo entero sabe esto.

     La sombra de la muerte es el corazón de la oscuridad que emana de las enseñanzas de Jesús Cristo y su sanguinario padre Yahweh, según estos santurrones simuladores de Washington, quienes se describen a sí mismos como cristianos renacidos y judíos devotos.

     Ahora está claro que el verdadero Eje del Mal pasa directamente por el corazón de Washington D.C. y —a juzgar por las encuestas— directamente por los corazones del pueblo estadounidense.

     Pues son los más correctos feligreses —los seguidores de los teleevangelistas aporreadores de la Biblia, financiados por Moon, predicadores del Armagedón— quienes están en la vanguardia rabiosa de esta injusta convocatoria al asesinato de masas, cuando ellos asienten con sus cabezas mostrando su acuerdo y aplauden la retórica obviamente falsa de George W. Bush, que predica la masacre y el caos contra todos los pueblos de piel morena del mundo como su última iniciativa "basada en la fe". La obediencia a una iglesia corrupta es fácilmente transformada en obediencia a un gobierno corrupto.

     Pero mientras los fundamentalistas evangélicos conducen la carga hacia su deseado Armagedón, son los respetables y equilibrados episcopalianos, metodistas y judíos liberales los que mediante su silencio criminal proporcionan el verdadero lastre en la inmoral inacción del statu quo, por su negativa a condenar la histeria sanguinaria de sus hermanos menos moderados.

     Ellos inclinan sus cabezas y fingen una sublime convicción teológica cuando pronuncian sus devotas rogativas para que sus líderes frían a los niños inocentes de países extranjeros con el armamento radiactivo ideado en las entrañas más profundas del infierno.

     Y por este sincero deseo, ellos contemplan su propia recompensa de una pacífica vida futura en un cielo justo. No para mí, gracias. ¿Puede usted imaginar andar con esos monstruos por toda la eternidad?.


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     Yo tuve una discusión hace mucho tiempo con alguien muy cercana a mí. Era el clásico debate sobre "seguir las palabras de la santa ley de Dios versus hacer buenas obras".

     Yo sostuve que realmente no importaba qué religión practicara usted, o si usted practicara alguna en absoluto. Mientras usted viviera una vida honesta, tratara de ayudar a los oprimidos, fuera amable con los menos afortunados, y tomara el partido de la justicia contra las opiniones que usted juzgara como injustas, entonces usted muy probablemente sería considerado más favorablemente ante los ojos de Dios que si usted sólo fuera a la iglesia el domingo y le creara dificultades a la gente el resto de la semana.

     Siendo una cristiana devota y vociferante, ella discrepó en forma vehemente de mi evaluación. Ella dijo, básicamente, que no importaba qué tipo de buenas obras uno hiciera, sino más bien que mientras la gente no aceptara sinceramente a Jesús Cristo como su señor y salvador, y no siguiera al pie de la letra las palabras que fueron escritas en la Santa Biblia, ellos se iban a ir directamente al infierno, y ése era el final de todo.

     Si usted acabara de leer el libro del Apocalipsis —dijo ella con aire de superioridad—, usted conocería las reglas del juego. Nosotros ganaremos al final. Es todo lo que hay que hacer.

     Y ése fue esencialmente el final de la discusión. No había cómo tender un puente sobre el abismo.

     En ese momento percibí sus protestas inflexibles como la definición misma de la locura.

     Muchos años más tarde, ahora sostengo que ése es el mismo argumento que tiene al mundo siempre al borde de la guerra, como la gente que insiste en que las leyes "santas" deben ser seguidas al pie de la letra y no desafiadas, y que hay que extrapolar aquel egocéntrico aire de superioridad moral a sus líderes políticos, tal como su iglesia, siempre impaciente para mejorar su influencia sobre los poderes fácticos, los anima a hacer.

     Los disimulados fieles declaran fervorosamente que los juicios de sus líderes no deben ser cuestionados. Estos líderes deben tener nuestros mejores intereses en su corazón —razonan los fieles— porque ellos son nuestros líderes. Ésta es la razón por la cual los políticos se apresuran a apadrinar a las facciones religiosas. Esta clase de lealtad de votante no es algo que usted podría conseguir de una persona sana.

     Mediante este método, creo que la devoción conduce a la tiranía, que la fidelidad incondicional al credo da lugar a una especie de totalitarismo reflejo que impide el escrutinio crítico de las decisiones de los politicos que repiten parábolas, quienes sólo podrían, cuando ellos hacen declaraciones políticas, probablemente tener motivos que son menos que sinceros.

     Aquellos que creen en la infalibilidad de la Escritura son mucho menos propensos a percibir estos motivos deshonestos, porque se les ha enseñado a creer más bien que a pensar. Les han enseñado a esperar ciegamente, más bien que a estar perceptivamente conscientes.

     De esa manera, cuando estos líderes murmuran frases familiares acerca de los valores e ideales cristianos, y sus votantes deciden creerles, la gente extrapola esta misma lealtad general, que ellos voluntariamente dan a su iglesia elegida, hacia los políticos; y porque mucho de su propia ilusoria auto-imagen está ligado en esa lealtad, ellos son incapaces de o reacios a percibir faltas en estos líderes que son descaradamente obvias para otros que no están engrillados por la desventaja profunda de la credulidad.

     Éstos son los grilletes de la creencia religiosa. Ésta es la prisión de Dios, que ahora amenaza con destruír el planeta.

     Peor aún, estos mismos políticos devotos religiosos deliberadamente complacen a esta pobre gente que cree más bien que piensa, además de congraciarse ellos mismos en las mentes de las personas que están tan desesperadas que creen lo mejor y fingen que lo peor no existe, sobre todo en su propio medio.

     Creo que ésta es la gente que es realmente responsable de los asesinatos insensibles e inútiles que el gobierno de Estados Unidos comete cada día, por todo el mundo. Creo que ésta es la gente que se disfraza cada domingo por la mañana y mete su Biblia bajo sus brazos, sonríe a sus vecinos y participa de la confraternidad cristiana, quienes son finalmente responsables de la cínica carnicería de alta tecnología que sigue devastando a la población inocente de Iraq y a tantos otros indefensos países del Tercer Mundo.

     Ellos profesan que su fe en Dios es inconmovible, aun cuando ellos vean con sus propios ojos que los líderes en los que ellos ponen su confianza asesinan a gente inocente en nombre del mismo Dios que ellos adoran con devoción.

     Los estadounidenses (y los europeos antes de ellos) tienen una propensión al asesinato y a luego inventar una especie de excusa para justificarlo como la obra de Dios. Devotos cristianos torturaron y asesinaron a innumerables millones de "paganos" durante toda la Edad Media porque las víctimas rechazaron aceptar a Jesús Cristo, o los criminales rechazaron aceptar como algo verdadero cuando la gente decía que ellos lo aceptaban realmente, o, lo peor de todo, como en el caso de Colón y los Conquistadores, la gente fue asesinada porque ellos no podían hablar el lenguaje apropiado, y los asesinos interpretaron esto como la prueba de que aquellos no creían en Jesús Cristo.

     Por supuesto, los cristianos no están solos. El pueblo judío está actualmente involucrado en un pogrom propio que se iguala con el comportamiento más horroroso de cualquier pueblo en la Historia cuando ellos matan a tiros a bebés y ancianas en su búsqueda para completar el robo de tierra de sus desvalidos y perseguidos habitantes árabes. Y los musulmanes tienen sus propios horrores religiosos de los cuales estar avergonzados también: la decapitación de bribones menores por delitos menores, y la exigencia a las mujeres de vivir sus vidas con mortajas porque los hombres no pueden controlar sus propias fantasías sexuales.

     Pero la persecución a las mujeres es de lo que las religiones de ese tipo se trata, y eso existe en abundancia en los tres credos. Recuerde a ese judío que rezaba: gracias, Dios, porque no nací mujer. O la prohibición cristiana del control de la natalidad para impedir a las mujeres alcanzar alguna vez un status igual a los hombres. Y aquellas burkas musulmanas.

     Es la convicción religiosa la que nos impide ver la verdad, los sacerdotes y rabinos y mulás que predican el odio al extranjero, y el miedo profundamente arraigado de la gente común, que tiene miedo de decir la verdad por temor a la persecución que se apodera del mundo entero.

     Quizás este último grupo es el peor transgresor de los preceptos religiosos que ellos insisten en que apoyan. Como este temeroso silencio permite que asesinos hipócritas ejerzan sus oficios, el partido realmente culpable en la continua guerra estadounidense contra el mundo entero son los feligreses corrientes que usted ve cada domingo vestidos de gala, porque es su silencio cobarde en medio de una obediencia incondicional a las autoridades lo que en última instancia permite que estos horrores continúen.

     Es el silencio de los estadounidenses corrientes demasiado ocupados con sus actividades triviales o demasiado acobardados por sus esfuerzos para lograr un ilusorio status el que es finalmente culpable del exterminio innecesario de tantas buenas e inocentes almas en todo el mundo.

     Como un descontento ex-agente de la CIA que ahora vive en otro país una vez me dijo, "los estadounidenses no son un grupo muy agradable de gente".


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     Ahora, en esta crítica situación, muchos de ustedes sin duda han notado mi fracaso para ser tan vehemente en mi desprecio hacia los musulmanes e hindúes y otras sectas como lo he sido con los cristianos hipócritas y los judíos, y, por lo tanto, yo debo estar difundiendo la propaganda musulmana o hindú como mi manera de socavar los principios del EE.UU. moral y centrado en Dios. Déjeme asegurarle que eso es sólo porque he vivido mi vida entera en EE.UU., y me he encontrado con cantidades insuficientes de musulmanes e hindúes, de modo que soy incapaz de comentar acerca de sus prácticas tan directamente como puedo hacerlo sobre los cristianos y  los judíos.

     Habiendo dicho eso, también puedo decir que la parábola paradigmática de la locura de todas las religiones que uso más a menudo se deriva de la epopeya hindú Bhagavad Gita, en la cual el Señor Krishna informa al príncipe Aryuna que realmente no importa cuánta gente sea muerta en batalla porque todas las almas finalmente llegan a él de todos modos, así que a seguir adelante y dar comienzo a la matanza.

     Y aunque recientemente he escuchado un fragmento evocador de las enseñanzas de Mahoma sobre su prescripción de la tolerancia y cuidado de los lugares sagrados de otras religiones, ciertamente no puedo ser admirador de una filosofía que prescribe la muerte para las mujeres por coquetear.

     Sin embargo, es obvio para mí —y algunos apreciados otros— que los acontecimientos del 11-S fueron una estratagema principalmente diseñada para difamar a los musulmanes del mundo, para proporcionar una excusa para su persecución y una justificación para la invasión de los yacimientos petrolíferos de Oriente Medio por parte de corporaciones occidentales. Cada acontecimiento político del siglo XX —y en algunos aspectos mucho antes de aquél— ha enmascarado un subtexto que implica la esclavitud colectiva y la difamación de toda la gente de aquella parte del mundo, y todos estos acontecimientos desde las Cruzadas han sido generados por intereses coloniales cristianos y/o judíos. Sólo mire la historia de todos los países del Medio Oriente, que fueron todos (excepto Irán) inicialmente construídos desde la nada por conveniencias políticas por la British Petroleum y sus aliados.

     Sólo mire profundamente en la creación de Al-Qaeda, Osama bin Laden, Hamás, la Yihad Islámica, Saddam Hussein, los príncipes sauditas y los presidentes de Egipto y Paquistán, y vea cómo los tentáculos de sus historias siempre reptan hacia el Nº 1600 de Pennsylvania Avenue.

     Como es el caso ahora en la agresión estadounidense contra Iraq, la propaganda religiosa siempre sirve como la conveniente historia de portada para motivos políticos puros, una retórica justiciera para encubrir delitos horribles.

     Podemos seguir culpando a nuestros líderes por su duplicidad, pero la verdadera culpa yace en los corazones de las personas corrientes, la gente temerosa de Dios. Como ellos rechazaron hacer las preguntas difíciles acerca de la inconsistencia de sus propias creencias, y en particular sobre la difamación de los extranjeros, ellos son incapaces ahora de hacer las mismas preguntas difíciles acerca de sus propios líderes. Y por consiguiente, la mayor parte del mundo —incluso ellos mismos— está muriendo ahora por ninguna buena razón.

     Si hay algún grupo contra el cual es necesario un golpe preventivo en este mundo, es aquel que se agazapa dentro de las capillas de adoración y concluye que el poder de su creencia elegida los exime de la necesidad de pensar claramente y de sentir sinceramente acerca de toda aquella gente que está siendo asesinada en sus nombres.–


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