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domingo, 18 de marzo de 2012

Vida Universal - ¿Quién en la Silla de Pedro? (7)


      Hemos integrado a nuestro archivo ahora dos partes más (la 12 y la 13) de la serie ¿Quién Está Sentado en la Silla de San Pedro? del grupo alemán de "Cristianos Originarios" Vida Universal, que han realizado una crítica tanto a la iglesia católica como a la protestante, representando un cristianismo que aparentemente sería el más decente por su espíritu de ceñirse sólo a los textos que quedaron, menospreciando las tradiciones humanas, y apelando a la naturalidad de que los dioses hablen mediante seres humanos existentes.


¿Quién Está Sentado en la Silla de San Pedro?
Duodécima Parte
La Huella Sangrienta de la Iglesia




«Ninguna organización del mundo se ha cargado de crímenes durante tanto tiempo, de forma tan prolongada y terrible como la Iglesia cristiana»

     Estimados lectores, ¿se sienten también ustedes una y otra vez profundamente conmovidos y horrorizados cuando por los medios de comunicación se enteran de asesinatos y masacres por motivos religiosos, como por ejemplo en Nueva York, en Londres, Madrid, Bagdad, en Israel o en otros lugares de esta Tierra?. ¿Consideran estos hechos como crímenes abominables que es preciso condenar de la manera más enérgica?. ¿Y se preguntan también de vez en cuando dónde viven tal vez los peores delincuentes o terroristas?.

     Antes de que emitan un juicio apresurado, deberían saber lo que el conocido y varias veces premiado escritor y científico Karlheinz Deschner ha comprobado ya hace decenios en su libro «La Iglesia Ofendida o ¿Quién Altera la Paz Pública?». Deschner escribe: «Después de ocuparme intensamente de la historia del cristianismo, en la Edad Antigua, en la Edad Media y en la Edad Moderna, incluyendo de forma especial el siglo XX, no conozco ninguna organización del mundo que se haya cargado de crímenes durante tanto tiempo, de forma tan prolongada y terrible como la Iglesia cristiana, especialmente la Iglesia católica romana» (págs. 42-43). En vista de la exactitud y evidencia de esta apreciación, es en realidad desacostumbrado que Deschner la pueda difundir sin que esto tenga consecuencias para él. Aquí cabe sólo la conclusión de que la grave declaración de Deschner sobre el carácter criminal, especialmente de la Iglesia católica, no se puede ni negar ni desmentir. La manera como Karlheinz Deschner llegó a esta comprobación de hechos lo pueden leer en sus numerosos libros, algunos de los cuales ya han sido traducidos al castellano. Pero también los datos y explicaciones siguientes de la serie «Para personas con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?», le mostrarán la huella sangrienta de la Iglesia en algunos pocos ejemplos provenientes de la gran cantidad de crímenes e increíbles crueldades que ésta ha cometido. Muchos de ustedes se sentirán conmovidos; otros por su parte ya no se sorprenderán porque han escuchado nuestras transmisiones anteriores y saben cuál es la institución tan cuestionable que utiliza el nombre de Cristo para sus maquinaciones. El destapar este abuso del nombre de Jesús, el Cristo, para ser utilizado por un culto idólatra totalitario, es el motivo por el cual nosotros como cristianos originarios difundimos la verdad sobre la silla de san Pedro por todo el mundo.


Jesús rechazó todo tipo de violencia. La silla de san Pedro descolló en la Historia como instigadora de la guerra.

     Jesús era pacifista. Él rechazó todo tipo de violencia y dijo: «Quien tome la espada, morirá por la espada». Y también los primeros cristianos vivían sin hacer uso de la violencia, de forma completamente pacífica. Ningún soldado ni cazador podía ser miembro de las comunidades cristianas originarias, a no ser que dejase primero de ejercer su oficio. Bajo el reinado de Constantino las cosas cambiaron completamente: En el año 314, en el Sínodo de Arelate, la actual ciudad de Arles, en el Sur de Francia, la Iglesia de aquel tiempo decidió expulsar a todo aquel que se negase a cumplir el servicio militar exigido por el Emperador romano. Hay que tener en cuenta que hasta entonces entre los pacíficos cristianos originarios se excluía a todo aquel que tomase las armas, y ahora, por el contrario, se empezó a excluír a todo aquel que abandonara y rindiera las armas. Es decir que tuvo lugar un giro de 180 grados, alejándose así de la enseñanza original. Desde ese momento la Iglesia no sólo incitó al Estado a actuar contra las personas que tenían otra forma de pensar y una fe diferente sino que también contra pueblos enteros. Éste fue el inicio de la huella sangrienta de la Iglesia.

     Una breve mirada a la Historia muestra el transcurso posterior: En el siglo VI, los clérigos del imperio bizantino, así como también el Papa de Roma de aquel entonces, incitaron al Emperador Justiniano a que hiciera la guerra a los vándalos y a los ostrogodos. Los vándalos vivían en ese tiempo en el norte de África y los ostrogodos en Italia. Aquí ya se muestra el deseo del Papa de apoderarse del poder en Italia, ya que los ostrogodos no eran católicos sino cristianos arrianos. La Iglesia logró en aquel entonces que el Emperador Justiniano exterminara a estos dos pueblos, y así Italia fue devastada del mismo modo que Alemania durante la Guerra de los 30 Años. En el siglo VIII el Papa Esteban II cruzó los Alpes y viajó donde el rey de los francos, Pipino, para exigirle que hiciera la guerra a los longobardos o lombardos. Y aquí volvemos a vivir lo mismo. Los longobardos dominaban en Italia, el Papa quería apoderarse del poder en aquel país, los longobardos se le interponían, fueron vencidos y desaparecieron del mapa. Al mismo tiempo, el Papa Esteban, por medio de una superchería desvergonzada, la llamada «Donación de Constantino», logró hacer valer la supuesta entrega de territorios al Papado: en base a un documento falsificado se aseguró que el Emperador Constantino 400 años antes había regalado al Papa toda la península itálica, incluída Roma. Ya en aquel entonces empezó así la historia de los llamados Estados Pontificios, en los que el Papa como soberano profano dirigiría a un regimiento asegurado militarmente.

     En el siglo XI fue el Papa Gregorio VII quien provocó una guerra civil en Alemania; aquí ya no se trataba de Italia sino del poder en el Imperio alemán. Alemania fue devastada durante decenios, y con la división de la misma se fortaleció en última instancia el poder de la Iglesia. Dicho sea de paso, la frase predilecta del Papa Gregorio era: «Maldito sea el que prive a su espada de sangre», una frase del Antiguo Testamento (Jer. 48:10). Ya a esta altura vemos que el Antiguo Testamento era empleado con mucha frecuencia para justificar guerras y violencia. ¿Por qué? Porque en el Antiguo Testamento hay muchas cosas que no fueron inspiradas por Dios sino que son obra humana. En el siglo XII sucedió así que el Vaticano apoyó primero a la dinastía de los Hohenstaufen, bajo el emperador Barbarroja, contra los normandos. Después cambió de lado y apoyó a los normandos contra los Hohenstaufen. La llamada «Santa Sede» siempre apoyó en el momento oportuno a los pueblos que precisamente eran los más poderosos, para consolidar así su propio poder. La Guerra de los Treinta Años en Alemania difícilmente hubiera tenido lugar si no hubiese sido por el hostigamiento bélico ejercido en la corte de los Habsburgo, especialmente por los jesuítas.

     Algún lector podría objetar aquí: «Eso pasó en aquel entonces. ¡Hoy en día las cosas son diferentes!». ¿Pero son realmente diferentes?. ¿Se mantienen las espadas alejadas del derramamiento de sangre, o se las mancha más que nunca de sangre?.


Los representantes de las Iglesias fomentaron el fratricidio también en el siglo XX.

     Una mirada al siglo XX muestra claramente que la Iglesia, igual a como siempre actuó en el pasado, no combate el derramamiento de sangre sino que lo fomenta. En la Primera Guerra Mundial, el embajador del Vaticano en Viena exigió del gobierno austriaco de entonces más dureza; dicho textualmente: que «actuara más enérgicamente» contra Servia, y con ello provocó de hecho la Primera Guerra Mundial. También en la Segunda Guerra los obispos alemanes proclamaron hasta el final consignas para que los soldados se mantuvieran firmes y no se rindieran. Después de la guerra naturalmente que no querían saber nada más de aquello, pero durante la guerra los obispos alemanes incitaron hasta el final a los soldados a continuar la guerra. Uno de ellos, el cardenal conde de Galen, de la ciudad de Münster, entretanto ha sido beatificado y se le celebra como gran luchador de la resistencia por su acción en contra de la eutanasia y de la matanza de incapacitados. Sin embargo, la vida de los soldados por lo visto le parecía menos valiosa. El conde de Galen todavía en el año 1942 hizo elogiar en una pastoral a los soldados caídos: «Ellos querían donar su sangre para que el pueblo enfermo de debilidad senil y otros males sanara y floreciera juvenilmente. Ellos querían abatir el bolchevismo en una nueva cruzada con la consigna de guerra "Dios lo quiere", tal como el liberador español Franco elogió con consignas cristianas hace pocos años a los soldados en un discurso en Sevilla».

     Pero no sólo este hombre de Iglesia fomentó la matanza de hombres contra hombres, de hermanos contra hermanos. Poco antes del final de la Segunda Guerra Mundial, en Enero de 1945, el obispo de Würzburg, Ehrenfried, incitó a los creyentes diciéndoles: «Poneos del lado del orden estatal. En el espíritu de san Bruno os puedo vitorear: Justamente en tiempos de necesidades, cumplid vuestro deber para con la patria. Pensad en la advertencia de san Pablo: "Que cada uno se supedite al poder de las autoridades"».  Uno se puede figurar cuántos millones de soldados fueron a la muerte en las batallas y mataron a otros o bien fueron matados por haber creído a este alto dignatario eclesiástico. También los obispos protestantes luteranos difundieron cosas semejantes hasta el fin de la guerra e incitaron a odiar al enemigo encubriéndolo con el manto del amor a la patria.

     Durante el genocidio en Croacia (1941-1943) también hubo clérigos que estuvieron implicados, p. ej., los monjes franciscanos. Uno de ellos era director de un campo de concentración. El ex-arzobispo Stepinac, de la ciudad de Zagreb, estuvo de parte del líder fascista Pavelic. Este obispo Stepinac fue también el sacerdote castrense superior de la milicia fascista «ustacha», que asesinó a unos 750.000 servios ortodoxos. Aquí se ve nuevamente que la vida de aquellos que tenían otras creencias, que pensaban de otra manera y tenían otras confesiones no tenía ningún valor cuando la Iglesia católica estaba en el poder. El ex-Papa Pío XII recibió varias veces en audiencia al líder ustacha Pavelic y lo despidió siempre con los mejores deseos «para la tarea posterior a realizar». En 1988, el mencionado arzobispo Stepinac fue beatificado por el Papa Juan Pablo II.

     Esto pasó no sólo en Yugoslavia. El Vaticano colaboró en aquella época con todos los regímenes fascistas de Europa. Según el diccionario alemán Duden, el fascismo es una «forma de dominio, un movimiento radical de derecha, organizado según el principio de liderazgo, nacionalista, antidemocrático, antisocial y anticomunista». Algo poco conocido por la opinión pública es cuán intensamente el Vaticano apoyó al régimen de Mussolini en Italia. Esto se puso de manifiesto, por ejemplo, durante la invasión de Abisinia en 1935. «Según las declaraciones de un especialista estadounidense de la universidad de Harvard, por lo menos 7 cardenales italianos, 29 arzobispos y 61 obispos apoyaron de inmediato la ocupación fascista». Algo parecido sucedió en España cuando el régimen de Franco tomó el poder. También en ese caso la Iglesia, obispos y clero, rindieron homenaje al nuevo caudillo. El Papa Pío XII, por ejemplo, escribió lo siguiente a Franco el 1º de Abril de 1939: «Elevando nuestro corazón a Dios, nos alegramos con vuestra excelencia por la victoria tan añorada por la Iglesia católica. Albergamos la esperanza de que su país, después del restablecimiento de la paz, retome nuevamente con nueva energía las antiguas tradiciones cristianas». Lo que debía entenderse por retomar las «antiguas tradiciones cristianas», lo demostró Franco en los años siguientes. Más de 100.000 republicanos fueron a parar principalmente a las prisiones y a una muerte por fusilamiento después de haber terminado la guerra.

     Quizás más de uno diga ahora de nuevo: «¿Qué me interesa el año 1939 o el 1941?. Yo no había nacido entonces. Hoy es todo diferente». ¿Es de veras diferente?. Al respecto es interesante escuchar lo que el actual titular de la silla de san Pedro, el señor Ratzinger, dijo siendo cardenal. El 11 de Abril de 2003, a través del noticiario católico Katnet, se difundió una noticia sobre la reacción de la «Santa Sede» después del ataque bélico de EE.UU. contra Iraq y la toma de Bagdad por las tropas estadounidenses. El cardenal Ratzinger dijo textualmente: «Nos alegramos de que haya sido así. No se podía prever lo que hubiese podido suceder. Con armas químicas todo hubiese sido posible, pero ahora podemos empezar desde el principio». Esto es lo que declaró el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; ahora es el más alto funcionario católico. Sus declaraciones se ajustaron en su contenido a las declaraciones y expresiones del gobierno estadounidense. Sin embargo, las personas más importantes de entonces que representaban la parte estadounidense, tienen ahora en parte mala conciencia. En los medios de comunicación se escuchó que el ex-ministro de asuntos exteriores, Powell, quien justificó entonces la guerra ante la opinión pública mundial en Naciones Unidas, hoy se ha disculpado, diciendo más o menos que el capítulo más oscuro de su vida fue cuando mintió a la opinión pública mundial en base a antecedentes falsos. Por lo visto hay personas que todavía se avergüenzan y disculpan por tales cosas. En cambio, del Vaticano no se ha escuchado hasta hoy ninguna disculpa por la actitud que se reflejaba en las palabras del señor Ratzinger. Todo lo contrario: en Noviembre de 2004, pocos meses después de haber sido elegido Papa, Ratzinger rechazó el pacifismo como algo «no cristiano» (Radio Vaticano, 23.11.2004). De este modo él rechazó a Cristo, que era pacifista.


También en la actualidad la silla de san Pedro apoya la guerra.

     El Papa Juan Pablo II, quien hasta ahora ha sido aclamado como un gran pacificador, fue en verdad también un propulsor de la guerra. Por ejemplo, en 1991, durante la guerra contra Iraq, que fue llamada la Guerra del Golfo, dijo públicamente: «No somos ningunos pacifistas. No queremos una paz a toda costa, sino que una paz justa, paz y justicia». Aquí vemos entonces cuán profundamente enraizada estaba en el Papa Juan Pablo II la antigua enseñanza de Agustín de la llamada «guerra justa», habiendo encontrado también acceso a su Catecismo. En 1995, cuando la guerra en Yugoslavia estaba en su punto más álgido, dijo él en Bosnia: «El derecho a la defensa ha de ponerse en práctica para la  protección de la población civil en una guerra injusta». Cuando después de esto el periódico Abendzeitung de Munich publicó un gran titular que decía: «El Papa Llama a la Guerra», muchos lo entendieron como una exhortación, más aún, como una invitación a la guerra. El cardenal Meisner, de la ciudad alemana de Colonia, una persona de mucha confianza y admirador de aquel Papa así como del actual, durante una prédica ante soldados dijo lo siguiente el 30.1.1996: «A un soldado que alabe a Dios se le puede otorgar de buena fe la responsabilidad por la vida y la muerte de otros, porque en él ellos están asegurados al mismo tiempo por la santidad de Dios». «¿A quién se le podría ocurrir entonces discriminar a soldados, que también son personas que rezan, tachándolos de asesinos?. No, en manos que rezan, las armas están seguras de no ser mal usadas». ¡Ésta es entonces la ideología católica!.

     En la misma línea está el nombramiento de obispos castrenses y sacerdotes militares, cuyo cometido es apoyar moralmente a los soldados. Las consecuencias que esto tiene lo pudimos leer en el año 2003. De acuerdo con una noticia de la agencia católica de prensa KNA del 26 de Marzo de 2003, el arzobispo castrense de EE.UU., Edwin O'Brian, dijo que las tropas destinadas a la guerra de Iraq podían luchar con buena conciencia. Él explicó que es «totalmente razonable que los miembros de nuestras fuerzas armadas partan de la base de la integridad y capacidad de tomar decisiones de nuestros jefes, y que por ello cumplan sus obligaciones militares con buena conciencia». Esto no es otra cosa que un escarnio total de la enseñanza de Jesús. Es inimaginable que Jesús, el Cristo, hubiera apoyado una guerra: él enseñó la renuncia absoluta a la violencia.


¿Por qué los agitadores eclesiásticos de la guerra no van hoy a la cabeza del ejército?.

     Fundamentalmente habría que preguntarse: ¿se puede lograr tener paz y justicia en base al dolor, a sangre humana, crueldad y muerte?. Y además: si en tiempos pasados los jefes del ejército iban del modo más natural al frente de los soldados, ¿por qué los actuales instigadores de la guerra no van hoy a la cabeza del ejército?. De hecho, en la Edad Media los Papas acudían a los campos de batalla; también iban obispos, algunos de los cuales morían durante las operaciones militares. En cambio hoy en día los Papas, los obispos y los teólogos justifican la guerra y llaman a la guerra, pero ponen mucho cuidado en no tomar un arma en sus propias manos. ¿Por qué no lo hacen?. Si encuentran que la guerra es algo tan justificado, ¿no deberían ir ellos por delante, dando con ello un buen ejemplo a los soldados?.

     Más aún, ¿no se debería pedir acaso a todos aquellos ciudadanos que están a favor de la guerra que fueran a la cabeza del ejército y se mostraran como «buenos ejemplos»?. ¿Cómo se llaman todos aquellos que abogan por la guerra?. ¡Llamémoslos!. ¿Quién debería ir a la cabeza del ejército, es decir, ser el jefe del ejército?. Algo muy actual sería pedirle al señor Ratzinger que él mismo vaya a la guerra, pues después de todo él ha advertido de los peligros que conlleva el pacifismo, rechazándolo como algo «no cristiano», así como lo dijo en el año 2004. Por tanto, señor Ratzinger, si el pacifismo es algo «no cristiano», ¡tome la espada en la mano, o bien el arma, y vaya a la guerra!.

     También el Sr. Meisner debería naturalmente ser enviado de igual modo al frente, puesto que él tiene también «manos que rezan», en las que como él mismo dijo, «las armas están seguras de no ser mal usadas». El cardenal Meisner puede ahora aplicarse su frase a sí mismo y convertirse en un «soldado que alaba a Dios». Entre muchos otros, también el arzobispo Angelo Comastri mostró aptitudes para engancharse en el servicio militar. En el año 2000, en el santuario mariano de Loreto, él bendijo una escuadrilla de combate de la fuerza aérea italiana. La fotografía llenó los titulares de la prensa: El obispo bendice con el hisopo del agua bendita los aviones militares del ejército del aire italiano. ¿No sería más digno de crédito si él mismo se sentara en una de estas máquinas, pues al fin y al cabo dio su bendición para que se arrojen bombas sobre sus semejantes?. En realidad, todos los obispos castrenses deberían marchar en primera fila al frente de sus soldados, por ejemplo, el recientemente nombrado obispo Mixa, de la ciudad alemana de Augsburgo, quien se ha destacado como obispo militar de la institución católica. También a él podríamos pedirle que en un próximo combate marchara al frente de sus soldados.

     También el cura Eberhard von Gemmingen, que dirige las emisiones de la Radio Vaticano en alemán, debería igualmente ir a la guerra, puesto que defiende la «guerra justa». Contestando a la pregunta de si la teoría de la «guerra justa» no contradice la postura que tuvo Jesús, él dio la siguiente respuesta: «Jesús, con su llamada a no hacer uso de la violencia, sólo me está dando un consejo. No se trata de ninguna orden, no es un mandamiento. La ley natural permite la defensa propia». Y a la pregunta de si Jesús no había sido pacifista, respondió: «Yo preferiría no calificar a Jesús de pacifista, pues de esa forma se le encasilla en un grupo ideológico». Por tanto, el señor Eberhard von Gemmingen sería también un candidato apto para participar activamente en conflictos bélicos.

     La declaración del Sr. von Gemmingen sobre Jesús es bastante significativa. El ser humano hace uso de la violencia; el ser humano provoca guerras; la Iglesia apoya las guerras, llama incluso a hacerlas y sostiene la opinión de que quien vence, tiene la razón. Y también opina que todo aquel que representa lo que enseñó Jesús de Nazaret es un «ideólogo». Jesús de Nazaret enseñó que por medio de la violencia y la guerra no se puede obtener la justicia ni un mundo mejor, sino que con ello sólo se logra obtener una reacción violenta. En los ojos de la Iglesia esto es una «ideología», un concepto del mundo que nadie debería representar. Aquí se muestra entonces de manera muy clara qué clase de espíritu reina en la Iglesia. Ella no está de parte de Dios sino que está de parte del adversario de Dios. La declaración de Gemmingen es también significativa en otro aspecto: ¿Es que acaso él no conoce su propia Biblia?. ¿Qué enseñó Jesús, el Cristo, y cómo se comportó?. ¿No fue así que amplió el mandamiento de «No matarás» en su sermón de la montaña?. Cuando se le quería hacer prisionero, ¿no actuó de tal modo que incluso prohibió a su discípulo emplear la violencia para defenderse, diciéndole: «Envaina tu espada», y añadiendo después: «...pues todos los que cojan la espada, perecerán por la espada»?.

     Está claro que Jesús no era un hipócrita. Está claro que tampoco fue un arribista que se acomodaba a las situaciones, sino que siempre dijo abiertamente la verdad. Él puso en claro las cosas. Él explicó. Él advirtió. Pero nunca llamó a que se hiciera uso de las armas. Tampoco jamás llamó a que se llevara a cabo una «guerra justa». Jamás aprobó el más mínimo empleo de la violencia. Por eso, si hoy alguien, pretendiendo hablar en su nombre, apoya la guerra y condena el pacifismo, entonces se sabe quién está detrás de ello, una vez más la silla de san Pedro, un culto idólatra totalitario con sus servidores fetichistas, que son los que para conseguir sus fines abusan de la manera más vergonzosa de la enseñanza de Jesús, el Cristo.

     En el libro de Karlheinz Deschner «Y Una Vez Más Cantó el Gallo» se puede leer una declaración del profesor Gundlach, un jesuíta que temporalmente fue rector de la Universidad Gregoriana en Roma: «El Estado tiene que ser portador y defensor del derecho; él no puede practicar el Sermón de la Montaña». Y aún cuando el mundo se hundiese con una guerra atómica, esto significaría poco, porque —como explica el jesuíta— «en primer lugar tenemos la certeza de que el mundo no durará eternamente, y en segundo lugar no tenemos la responsabilidad por el fin del mundo. Con ello podemos decir que Dios, el Señor, que por su providencia nos ha conducido a semejante situación o nos ha hecho llegar a tal situación, en la que tenemos que dar esta declaración de fidelidad a su orden, es él quien toma la responsabilidad por todo ello» (pág. 674). Para colmo de la vergüenza y encima de todo, a quien se le hace asumir la responsabilidad es a Dios.

     La Iglesia tampoco se avergüenza de tergiversar y falsificar las palabras de Jesús, el Cristo. Cuando Jesús dijo: «Quien coja la espada, perecerá bajo la espada», esto podría haber sido una advertencia que resulta evidente al sentido común. Pero en las biblias de la Iglesia las palabras de Jesús a menudo han sido traducidas de forma errónea. Así se dice en algunas de ellas: «Quien tome la espada, deberá morir por la espada», de lo cual a su vez se deduce que uno sin duda se puede defender entonces con la espada o incluso hacer guerras. Más aún, esta declaración presenta justamente como que es la voluntad de Dios la consecuencia lógica de que aquel que por su parte ha desenvainado primero la espada «debe morir». ¿No es esto otra cosa que burlarse conscientemente de Jesús, el Cristo?.


La silla de san Pedro aseguró a todos los que participaran en las Cruzadas la absolución de todos sus pecados.

     Lo que la Iglesia representa en este caso se puede denominar con todo derecho una ideología pagana. ¿Y qué consecuencias, efectos y repercusiones ha tenido y tiene ésta?. No debemos olvidar que todo lo que la Iglesia católica transmite de sí como sabia enseñanza no queda en el vacío casi como un programa abstracto, sino que lo dicho tiene consecuencias de forma directa e indirecta para personas, para animales, para países enteros. Antes se ha hablado de la guerra en Iraq, en Bagdad. Cuando se habla de Bagdad, del Oriente, se piensa automáticamente en Arabia. Tal vez demos un salto retrocediendo en el tiempo y comprobaremos que no es la primera vez que los que dicen ser cristianos creen que tienen la obligación de convertir a los árabes en algo mejor. Esto ya empezó hace cerca de mil años, precisamente en las Cruzadas.

     Efectivamente, también en este caso fueron los Papas los que incitaron a las Cruzadas, es decir, a asesinar. En el año 1095, el 27 de Septiembre, el Papa Urbano II subió a un pedestal que fue erigido en un campo a las afueras de la puerta oriental de la ciudad francesa de Clairmont, y desde este escenario hizo un llamamiento a una Cruzada, a una «guerra a favor de la cruz». En una Cruzada de este tipo —prometió el Papa— matando uno podía «ganar» la misericordia de Dios y un lugar cerca de su trono. Esto se puede leer en el libro «Cuando la Iglesia Traicionó a Dios», de Mikel Baigent y Richard Leigh. Fue efectivamente así que al «buen cristiano» se le otorgó con ello la licencia para matar. De forma automática recibía también la absolución de todos sus pecados si participaba en esta Cruzada, de la que sabemos que los soldados «vadeaban en la sangre» y millones de personas tuvieron que dejar la vida.

     La «libertad de acción» que otorgó el Papa fue aprovechada totalmente, puesto que entre 1096 y 1291 tuvieron lugar siete Cruzadas hacia «Tierra Santa». Según cálculos hechos por el escritor Hans Wollschläger, murieron allí un total de 22 millones de personas. Durante la conquista de Jerusalén, en el año 1099, fueron asesinados unos 70.000 judíos y mahometanos en una verdadera orgía de sangre. Allí tuvieron lugar enormes decapitaciones en masa de prisioneros y civiles. La masacre duró un día y medio. ¿Y qué sucedió después de estos asesinatos?. En una crónica se dice al respecto: «Luego, llorando de alegría, los nuestros fueron a adorar el sepulcro de nuestro Redentor y depositaron allí la deuda de su agradecimiento».

     El escritor Gert von Paczenski escribe en su libro «Una Bendición Muy Cara» lo siguiente: «La llamada del Papa Urbano II, del 27 de Noviembre de 1095, costó la vida de forma terrible a más de medio millón de personas: Mahometanos, judíos y cristianos, hombres, mujeres y niños. El 14 de Julio de 1881, Urbano II fue acogido oficialmente en el canon de los beatos por la "Iglesia fuera de la cual no hay salvación"».

     No hay que olvidar que toda esta masacre se realizó en aquel tiempo bajo el pretexto de que era un procedimiento deseado por Dios. Y cuando hoy en día escuchamos que los musulmanes realizan una «guerra justa» contra los «cristianos», a menudo se escucha también la declaración de que los musulmanes se denominan a sí mismos «guerreros de Dios», y que califican a los cristianos de «cruzados». Por tanto, en la guerra que llevan a cabo contra el Occidente, hacen referencia a las Cruzadas del pasado. Casi se podría suponer que hoy en día se dan constelaciones semejantes a las de aquel entonces, es decir, que en este tiempo hay personas parecidas a aquel tiempo, sólo que en sentido contrario. Y si los teólogos o los políticos católicos quieren reflexionar sobre de dónde viene esta disposición a la violencia de parte musulmana, en ese caso simplemente pasan por alto el hecho de que la Iglesia católica hace ya siglos que les ha dado prácticamente un ejemplo para hacerlo.

     No obstante, no sólo la disposición a la violencia de parte de los islamistas, es decir, de los fundamentalistas del lado musulmán, es algo que se pueda atribuír en última instancia a las Cruzadas. Se podría preguntar también ¿de dónde viene la disposición a la violencia que también tiene lugar en Alemania, el radicalismo extremo de derecha, la hostilidad contra los extranjeros, el odio a lo extranjero?. Tomemos en cuenta que ya hubo Cruzadas, p. ej., contra los eslavos, en Europa oriental. Una vez se calculó que en 400 años se llevaron a cabo 170 guerras contra los eslavos por parte de Emperadores y príncipes alemanes, en parte con obispos a la cabeza de ellas. El obispo Arnd de Würzburg fue él mismo a la batalla en el año 871 y en el 892 una vez más, habiendo pagado esto con su vida. Y «san» Bonifacio denominó a los eslavos como el «género humano más abominable y malo» que existe. Es decir, que también aquí la Iglesia puso la primera piedra para las masacres de los pueblos orientales vecinos de los alemanes. Y cuando se creó el obispado de la ciudad de Bamberg, a través de un «santo», a saber, del Emperador Enrique II, hubo el siguiente motivo para ello: En un sínodo en Frankfurt se redactó un protocolo diciendo lo siguiente: «Este obispado ha de ser erigido para que el paganismo de los eslavos sea destruído y el nombre de Cristo se recuerde allí solemnemente para siempre». ¿Es de sorprender que en un país donde tales personas hasta hoy son veneradas como «santas» siga existiendo todavía hasta nuestros días la hostilidad contra los extranjeros y el extremismo de derecha?.


De parte de Roma o de Lutero: acentuado odio a los judíos

     Si se habla de radicalismo de derecha, tampoco hay que dejar de mencionar la postura de la Iglesia vaticana para con los judíos. Los judíos alemanes fueron las primeras víctimas de las Cruzadas. Antes de que los cruzados llegaran a «Tierra Santa», ya habían destruído totalmente las comunidades judías de Worms y otras ciudades, puesto que eran supuestamente «los enemigos de los cristianos»: así lo había enseñado la Iglesia durante muchos siglos. Por eso es entonces evidente que a esta actitud de endemoniar a los judíos habían de seguirle hechos concretos. Y no hay que olvidar que se necesitaba dinero para la cruzada que acabada de iniciarse. Además, liquidar a los judíos alemanes fue una oportunidad muy propicia para desahogar agresiones lo más rápidamente posible. De este modo se abalanzaron sobre los judíos.

     El antijudaísmo se expresa también en algo que descubrió el historiador Pinkas Lapide, a saber, que 114 de los 266 obispos romanos de aquel entonces en 96 concilios de la Iglesia dictaron leyes contra los judíos. Cuando se habla de antijudaísmo, más de uno piensa que éste habría surgido del modo de pensar de Adolf Hitler. Sin embargo, es un hecho histórico que en el tiempo de las Cruzadas y de acuerdo con una disposición de un concilio, los judíos tenían que llevar una ropa especial. La estrella de los judíos no es entonces un invento de Adolf Hitler. Los judíos ya en la Edad Media en parte no podían construír más sinagogas. Tampoco podían salir a la calle en días de fiesta. Tenían que vivir en barrios judíos. Eran discriminados y perjudicados cuando querían estudiar, no pudiendo, p. ej., obtener ningún grado académico. Y para los esbirros nacionalsocialistas todas estas circunstancias fueron naturalmente un motivo bienvenido para justificar su discriminación y aislamiento de conciudadanos judíos.

     El tristemente célebre Julius Streicher, durante los procesos de Nüremberg contra los nazis, se remitió expresamente a los discursos difamatorios de Martín Lutero contra los judíos. Y Hitler anotó en su libro «Mein Kampf»: «Yo sólo hago lo que la Iglesia está haciendo desde hace 1.500 años, pero evidentemente de manera más radical». O sea que vemos que también el anti-judaísmo del Reich alemán proviene de la Iglesia vaticana y de su extensión, la Iglesia luterana.

     Puesto que en general reina la impresión de que el protestantismo en comparación con el catolicismo es una doctrina más liberal, en esta ocasión es necesario decir claramente que la Iglesia luterana, a pesar de la separación que tuvo lugar hace unos 500 años, no está muy lejos de la ideología de la Iglesia vaticana. Justamente en lo que concierne a Martín Lutero, fue él mismo quien a menudo puso la corona a las ideologías de la Iglesia del Vaticano llevándolas a la perfección. Lutero se destacó especialmente por su exigencia de que se persiguiera a los judíos. En su libro «De los Judíos y Sus Mentiras», dice: «... que se destrocen así sus casas y viviendas, y a su vez puedan habitar bajo un techo o en establos. Habría que prender fuego a las sinagogas y a sus escuelas, en honor al Señor y a la cristiandad, para que Dios vea que somos cristianos». O bien exige «que entre nosotros se les prohíba adorar públicamente a Dios, darle gracias, rezar, enseñar, bajo peligro de perder su cuerpo y su vida». Luego sigue: «debería quitárseles todo su dinero y privarles de la libertad de circular por la calle». Lo último significa que ellos no deberían tener más la posibilidad de caminar libremente por la calle. Y resumiendo, Lutero dice: «Que vosotros y todos nosotros seamos liberados de la carga demoníaca de los judíos».

     Pocos días antes de su muerte, Lutero se quejó de que a pesar de sus exhortaciones nadie había hecho nada en contra de los judíos. Las generaciones posteriores —también los nacionalsocialistas—, recogieron ese «piadoso» deseo del honorable hombre de Iglesia. Entonces se dijo: ¡Ahora ha llegado el momento!. ¡Ahora actuamos!.

     Muy conocido es el llamamiento del obispo regional protestante, Martin Sasse, en 1938. Cuando en Alemania se prendió fuego a las sinagogas, precisamente el día del nacimiento de Lutero, él se alegró y llenó de júbilo, diciendo literalmente: «El 10 de Noviembre de 1938, el día de nacimiento de Lutero, en Alemania arden las sinagogas. En esta hora debe ser escuchada la voz del hombre que como el profeta alemán del siglo XVI, empezó siendo amigo de los judíos, y que empujado por su conciencia, empujado por las experiencias y por la realidad, se convirtió en el mayor antijudío de su tiempo». Es un estremecedor documento sobre la autoría de la Iglesia —en este caso de la Iglesia luterana— de las masacres llevadas a cabo por diferentes líderes políticos. Se puede decir entonces con razón que las acciones de Adolf Hitler contra los judíos no sólo fueron toleradas por la Iglesia, sino que fueron preparadas, fomentadas y fundamentadas ideológicamente por ella.

     Es hoy un hecho indiscutible que las Iglesias contribuyeron a que Hitler llegara al poder. No sólo la Iglesia luterana, sino, como se sabe, también el Papa Pío XII cooperó con los nacionalsocialistas, y firmó curiosamente acuerdos de los que todavía hoy la Iglesia vaticana deriva exigencias al Estado alemán. Para algunos ciudadanos que pagan sus impuestos es incomprensible que estas exigencias de miles de millones de la Iglesia en forma de subvenciones por parte del Estado alemán, sigan manteniéndose como algo obvio —naturalmente a costa del contribuyente, independientemente de si éste es miembro de la Iglesia o no.

     En vista de los datos expuestos, es una flagrante mentira histórica cuando el actual Papa, durante la visita a la sinagoga judía en la ciudad alemana de Colonia, afirmó que el Holocausto fue la consecuencia de una ideología neopagana, pero no de la actitud de la Iglesia contra los judíos.

     En su importante libro «Los Papas Contra los Judíos», el historiador David Kertzer se ocupó de esta cuestión calificando de «verdad inoportuna» el que «las disposiciones establecidas por las leyes de Nüremberg de los nacionalsocialistas y las leyes raciales del fascista italiano Mussolini, que robaron a los judíos sus derechos de ciudadanos, se basaran en el modelo de las medidas que la Iglesia católica había tomado desde antaño. Todavía en el siglo XIX los judíos que circulaban sin la prescrita estrella amarilla en los Estados vaticanos eran apresados. Aún en 1850 el Papa se esmeraba en expulsar a los judíos de la mayor parte de sus lugares de dominio y en obligarles a vivir en las escasas ciudades en las que había ghettos, para encerrarlos allí» (pág.15). Tras intensos estudios de los documentos vaticanos, Kertzer llega a la siguiente conclusión: «La transición de los prejuicios medievales contra los judíos a los movimientos políticos antijudíos modernos, que se llevó a cabo en pocas décadas anteriores a la Segunda Guerra, tuvo en la Iglesia católica a uno de sus principales arquitectos» (pág.16).

     Aquí no podemos naturalmente hablar de todos los crímenes que fueron iniciados y apoyados por la Iglesia. A causa de la persecución de los judíos iniciada por la Iglesia, ya en la Edad Media, como ya hemos escuchado, cientos de miles de personas perdieron la vida. Más tarde, bajo el régimen de Adolf Hitler, fue una cantidad más grande de conciudadanos judíos la que perdió la vida.


Cien millones de muertos como resultado de una «evangelización digna de admiración».

     Muchos desconocen el hecho de que un horrendo y gran número de personas murió también en América con la aprobación, por influencia y con la cooperación de la Iglesia. Las víctimas de la conquista de América se calculan en unos 100 millones de personas. Ocupémonos brevemente de este sombrío capítulo de la Iglesia vaticana: Ya en los primeros 50 años posteriores al descubrimiento de América por los católicos españoles, un millón de indios en las islas del Caribe fueron o bien asesinados, o se les vejó con trabajos forzados o murieron a causa de infecciones. Después de transcurrir 150 años fueron entonces los 100 millones mencionados. Esto lo confirma también la publicación del diario alemán «Südwest Presse» del 2.5.1992.

     Cuán cruelmente fueron matados los indios en aquel entonces lo podemos leer en las citas de testigos oculares de aquel tiempo. Es realmente una espantosa huella de sangre la que dejó la Iglesia en aquel nuevo continente. Dejemos hablar aquí al testigo Bartolomé de las Casas: «Los cristianos se metieron entre la gente, no tuvieron consideración ni de niños ni de ancianos, ni con mujeres embarazadas ni con las que acababan de dar luz, abrieron sus cuerpos y descuartizaron todo, del mismo modo que si atacaran a un rebaño de ovejas... Hacían apuestas entre ellos sobre quién de ellos podía partir en dos a una persona de un solo tajo de espada, abrirle la cabeza de un solo golpe de pica o sacarle las entrañas del cuerpo. A las criaturas recién nacidas las arrancaban por los pies de los brazos de sus madres y las lanzaban catapultándolas contra los peñascos. A otras las arrastraban por los hombros por las calles, riéndose y haciendo bromas con ellas, y al final, las arrojaban al agua diciendo: "Patalea ahora, tú, pequeño cuerpo infame". Otros acuchillaban a madre e hijo juntos». Y así sigue página tras página el relato de este testigo ocular sobre aquellos increíbles y bárbaros crímenes.

     En relación a esto, merece la pena señalar cómo el Papa anterior, Juan Pablo II, durante la visita a esos países disimuló estos infames hechos adornándolos y diciendo que fue una «evangelización digna de admiración» la que vivió la gente en aquellos lugares. Cuando Juan Pablo II en uno de sus numerosos viajes fue a Haití —y ya en Haití murieron asesinados más de un millón de indios—, dijo que la Iglesia había ido allí: «para anunciar a Cristo, nuestro Redentor, para defender la dignidad de los indígenas, para ponerse a favor de vuestros inviolables derechos», «para hacer presente el Reino de Dios entre vuestros antepasados... desde entonces este amado pueblo se abrió aquí para la fe en Jesucristo... Alabado sea el Señor, que me ha conducido aquí, donde para gloria y honor de Dios ha empezado en este continente el tiempo de la salvación».

     ¡Esto es inconcebible!: Cientos de millones de personas mueren asesinadas y el Papa habla de un «tiempo de la salvación» que habría empezado en aquella época. Y hoy este Papa ha de ser elevado a la calidad de «santo». ¿Es posible acaso conciliar la mentira y el entontecimiento del pueblo con una canonización?.


La Inquisición: terror y negocio al mismo tiempo.

     Lo que acabamos de escuchar a más de una persona la hará enrojecer de ira. A uno u otro esto tal vez le recuerde otra catástrofe de dimensiones extremas, producida también con la implicación del Vaticano, esto es, la persecución de brujas. Puesto que de la misma manera brutal y sadista —se puede decir incluso patológica— procedieron los hombres de Iglesia contra las llamadas brujas. También sobre ello queremos hablar brevemente.

     El número de víctimas del delirio eclesiástico por perseguir a las brujas se calcula en un mínimo de 40.000 a 80.000. La persecución de brujas fue un gran movimiento de exterminio y demonización, cuyos rebrotes llegan hasta el siglo XIX. Como el mismo nombre lo indica, afectó en primera línea a mujeres, las que desde siempre fueron calificadas por la Iglesia como  seres «inferiores» o como un «error de la Naturaleza». Pero no sólo mujeres y ancianos; también personas mayores, hombres y también muchos niños fueron torturados quemados o asesinados. ¿Y quienes fueron los autores de los hechos?. Aquí se encuentra, p. ej., el príncipe obispo Julius Echter (gobernó entre 1573-1617), que residió en la ciudad bávara de Würzburg. De él se dice aún hoy en el lenguaje popular: «Julius Echter, el carnicero»; o también «Julius Echter, el carnicero de bribones». Esto segundo suena casi inofensivo. Pues quién era un «bribón» que debía ser matado, lo decidía entonces sobre todo la Iglesia. En cualquier caso todavía hoy se le rinde honores a Julius Echter en la «oscura» ciudad a orillas del río Meno. Quien visita Würzburg, aprende a conocer automáticamente también el nombre de este malvado, unido por lo general al retrato de su figura: una de las calles principales de Würzburg es la «Julius-Promenade» (paseo), en la que se ha erigido un monumento de piedra de tamaño excepcional de este fanático representante de la Contrarreforma, que en 1588 hizo expulsar a los protestantes de la ciudad. En frente se encuentra el «Julius-Spital», que pertenece a la clínica de la Universidad de Würzburg. Este hospital fue construído en el solar de un cementerio judío que Julius Echter expropió en seguida y mandó aplanar. En la ciudad existe, además, una «Echter-Bier» (cerveza de Echter), una «Echter-Haus» (Casa de Echter), un «Echter-Verlag» (Editorial de Echter) y otras más.

     Parece que nadie se molesta por el pasado de este hombre siniestro que hizo torturar y asesinar a cientos de mujeres e incluso niños y se apropió de sus bienes. Para las ejecuciones incluso hizo construír expresamente hornos crematorios. Mientras que Echter y uno de sus seguidores, su nieto Philipp Adolf de Ehrenberg —bajo el cual la quema de brujas alcanzó en Würzburg un triste punto culminante—, recibieron en la catedral pomposos sepulcros, no hay casi nada que recuerde a las víctimas. El «tío Julius» tenía además un segundo nieto, que como Georg Fuchs de Dornheim se destacó en el obispado próximo de la ciudad de Bamberg (1623-1633) como el más terrible de los quemadores de brujas. En los resultados se puede constatar cuál era el punto central de la educación de ambos nietos, de la que se ocupaba el tío personalmente.

     ¿Y cuáles eran los principales motivos de la obsesión por las brujas?. Por un lado el torturar y matar a personas, vivir intensamente los placeres del poder; por otro lado se quería destruír cualquier desviación de la «fe correcta» y por ello se persiguió a la «secta de brujas». Por último se trataba sencillamente de confiscar los bienes y posesiones de los discriminados.

     Al respecto un ejemplo del obispado de Würzburg del 10 de Junio de 1627: «El príncipe obispo Philipp Adolf de Ehrenberg hizo pública en Würzburg una sentencia en la que ordenó expropiar los bienes de los acusados por brujería y ponerlos bajo administración de las autoridades. Éstas dependían de él como príncipe reinante». Por su parte, cada una de las numerosas sentencias de muerte en el obispado de Augsburgo, acababa con la fórmula: «Sus bienes y propiedades pasan a ser propiedad del fisco de sus mercedes principescas, el excelentísimo y honorabilísimo obispo de Augsburgo y el prior capitular de Bamberg». Las posesiones enteras de todas las brujas y herejes que fueron quemados se las embolsó entonces la Iglesia. ¡Un negocio lucrativo!. ¿Y quién estaba detrás de estos procesos?: aquella que obtenía provecho de ellos, la Iglesia, tanto la católica como la luterana.

     La mayor responsabilidad por todos estos hechos en relación con el delirio por las brujas la tiene sin duda la Iglesia. Hay algunos sumamente «listos» que quieren cuestionar esto, pero se puede seguir con mucha exactitud la manera cómo se desarrollaron los hechos para llegar a tal situación. Fue el libro «El Martillo de las Brujas», del año 1487, el que hizo posible la persecución de brujas en gran estilo. Este «Martillo de las Brujas» procede de un monje dominico llamado Heinrich Kramer (Institoris, en latín). Con ayuda de la imprenta, que había sido descubierta en el siglo XV, esta obra demoníaca se difundió ampliamente. El Papa Inocencio VIII dio el permiso papal para imprimirla, y fuera de esto promulgó una «bula contra las brujas».

     Por lo demás, también en el caso de la conquista de América la Iglesia vaticana tiene sin lugar a dudas la responsabilidad, puesto que preparó ideológicamente a los españoles para que creyeran que los indios eran personas de segunda categoría. Toda la campaña para la conquista del continente fue justificada con el hecho de que había que proclamar «la fe». Es decir, que en ambos casos la Iglesia es la culpable. Esto también lo admitió —por cierto que con bonitas palabras— Juan Pablo II, cuando como se ha mencionado habló de «una evangelización digna de admiración», que habría contribuído a una «ampliación de la historia sagrada». El espantoso episodio lo elogió al final de forma triunfal como que se trataba de una «culpa feliz» (Revista Spiegel Special 3/2005, pág. 91). Quien intenta minimizar la culpa causal de la Iglesia en relación con la Inquisición y la persecución de brujas fomenta de ese modo la falsificación de la Historia.

     Karlheinz Deschner escribe en su libro «Y Una Vez Más Cantó el Gallo»: «Junto a la mesa de torturas había colgado un crucifijo, y durante la tortura se salpicaban una y otra vez con agua bendita los instrumentos de tortura. Al comparecer el tribunal en los juicios, se rogaba al "Espíritu Santo", pero no se concedía a la víctima ningún tipo de defensa ni ningún tipo de apoyo por parte de la ley… La ejecución de los "herejes", que casi siempre tenía lugar en un día festivo, la conformaba la Iglesia católica como una espectacular exhibición de su poder ilimitado. Jinetes en misión especial invitaban al pueblo. Se cobraban altos precios por contemplar el espectáculo desde una ventana, y a cada espectador que acarrease madera para la hoguera se le concedía una indulgencia plenaria total... Si el hereje, según fuera la dirección del viento, se asfixiaba o se quemaba lentamente, los católicos reunidos cantaban la canción "Gran Dios, te adoramos"» (pág.548).

     La persecución de brujas, que está unida estrechamente a la Inquisición, es un menosprecio tan increíble y evidente, por una parte, de la vida humana, y por otra, de la enseñanza de Jesús, el Cristo, que uno podría imaginarse perfectamente que la Iglesia quisiera apartarse hoy en día de estos hechos. Pero ¿qué dice el Sr. Ratzinger en la actualidad?. Poco antes de su elección como Papa dijo: «Aquello que con los métodos de antaño fue en parte motivo de crítica, tratamos de hacerlo hoy partiendo de nuestra conciencia del derecho. Pero hay que decir que la Inquisición fue un progreso, ya que nada podía ser condenado sin inquisitio (inquirir), es decir, que había que llevar a cabo investigaciones». ¡Una burla más indigna hacia las víctimas, las miles y miles de víctimas de estos crímenes, uno no se la puede imaginar!.


Iglesia y esclavos de la Iglesia: «La esclavitud es un regalo de Dios».

     Cuando después del descubrimiento de América hasta el siglo XIX se esclavizó a 13 millones de africanos y se les llevó luego al nuevo continente, la Iglesia no se puso en contra de esto. Por el contrario, el Papa Nicolás V en su bula pontificia «Divino Amore Comuniti», del 18 de Junio de 1452, legitimó la esclavitud, concediendo al rey de Portugal el poder de conquistar las tierras de los infieles, de expulsar a sus habitantes, de esclavizarlos, y a obligarlos a la esclavitud eterna. Tampoco Colón tuvo escrúpulos en este sentido, dado que los paganos de todos modos estaban condenados por toda la eternidad. En Sevilla, al principio incluso el mismo obispo Rodríguez de Fonseca se encontraba como mandante detrás de la venta de indios como esclavos. Y otro escándalo que también tiene relación con el comercio de esclavos, es que los Estados pontificios romanos fueron uno de los últimos Estados europeos que abolieron, sólo en 1838, la esclavitud de forma oficial. Ya tan sólo esto muestra cuál era la posición de la Iglesia referente al comercio de esclavos.

     Muchos hombres de Iglesia y agrupaciones eclesiales mantenían esclavos. Todo el mundo conoce a san Martín, el que según la leyenda dividió su capa y regaló la mitad a un mendigo. Se trata del santo nacional de Francia, Martín de Tours, el que también mantenía 20.000 esclavos, según afirma el historiador Deschner en el tercer tomo de su «Historia Criminal del Cristianismo» (pág. 524). Y el doctor de la Iglesia, Ambrosio, llegó a la conclusión definitiva de que: «La esclavitud es un regalo de Dios» (pág. 518).

     En vista de todos estos graves hechos uno tiene que preguntarse una y otra vez: ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?. Todo esto no tiene que ver en lo más mínimo con lo que nos enseñó Jesús de Nazaret. Dios dio a los seres humanos un entendimiento y la facultad para pensar de manera lógica; con ello, a una persona con buena capacidad analítica le debería quedar claro a más tardar ahora quién está sentado en la silla de san Pedro.

Jesús no eligió a ningún pecador, ni mucho menos a uno de relación clerical.

     Tal vez nos ayude una frase del actual ocupante de la silla de San Pedro, para reconocer más exactamente quién se sienta en ella. ¿Qué dijo él en la Jornada Mundial de la Juventud, en el año 2005, durante la celebración de una vigilia?. Él dijo: «Se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor nos lo dijo: Ella es una red con peces buenos y malos, un sembrado con trigo y maleza». Y algunas frases más adelante: «En el fondo resulta consolador que haya maleza en la Iglesia. En todos nuestros errores podemos tener la esperanza de encontrarnos en el seguimiento de Jesús de Nazaret, quien eligió precisamente a pecadores».

     Éste es un ejemplo acertado de cómo se puede —dicho sea de paso— «sembrar maleza», esto es, informaciones erróneas en las mentes de los jóvenes. Es cierto que Jesús llamó a los pecadores, pero para redimirlos. Pero él jamás «nombró precisamente a pecadores». El significado de «nombrar» los diccionarios lo definen como «dar a alguien cierto cargo» o «elegir o señalar a alguien para un cargo, un empleo u otra cosa». ¿Por qué el Papa formuló así su frase?. ¿Qué «cargo» o tal vez qué altos cargos debe haber tenido en mente en su declaración?. Y para todos aquellos que no quieran permanecer capturados por la Iglesia en esa «red de peces buenos y malos», hay una forma muy sencilla para escapar de esa red: salirse de la Iglesia.

     Para terminar, todavía una pregunta más sobre la declaración del Papa relativa al sembrado con trigo y maleza: ¿Quién es en realidad el sembrador que siembra la mala hierba?. La respuesta puede ser solamente: el mismo que está sentado en la silla de san Pedro.

     Estimados lectores: no tenemos nada en contra de que una organización que se basa en la maleza se haga llamar «maleza», o de que se haga llamar «vaticana», «católica» o «luterana». Nosotros sólo aclaramos, porque esta organización se ha apoderado del nombre de Jesús y practica con ello un fraude, un engaño. ¡Ante esto no callamos!.





¿Quién Está Sentado en la Silla de San Pedro?
Décimotercera Parte
por Vida Universal



Prólogo

     La serie de programas de radio «Para personas con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» ha tenido un eco arrollador. Hemos recibido muchísimas cartas expresando la aprobación con lo escuchado, pero también hay muchos oyentes que a raíz de nuestros programas nos han enviado algunas otras preguntas. De la gran cantidad que hemos recibido, nos ocuparemos de una que nos pide aclaración sobre hechos y conceptos básicos.

     Pregunta: «Ustedes utilizan una y otra vez términos como "Iglesia", "Papa", o "Santo Padre". Normalmente no se piensa sobre el significado de estos términos. ¿Podrían explicarme algo sobre la etimología de estas palabras y qué significado se encuentra tras ellas?».

Iglesia, la «casa del Señor»... pero ¿a qué «señor» se refiere?.

     Comencemos con el término «iglesia». ¿Qué significa el término «iglesia» y de dónde viene?. Según el diccionario universal alemán Duden este concepto existía ya en la lengua del alto alemán medio; proviene del griego «kyrikón» = casa de Dios; otra palabra griega más antigua es «kyriakón», que en realidad significaba «(casa) perteneciente al señor», de «kýrios» = señor. Ahora podría añadirse otra pregunta: ¿a qué señor se refiere aquí?. Se refiere a Dios —así lo presenta la Iglesia. Es decir que el término «iglesia» significa casa de Dios. ¡Pero lo que se ve es una casa de piedra!. ¿No dijo Jesús, al cual se remite la Iglesia, algo totalmente diferente?. Jesús lo dijo de otra manera, y de igual modo los profetas. En la Biblia se dice p. ej.: «Aunque el Altísimo no habita en casas fabricadas por manos humanas» (Hechos 7:48). Por consiguiente, Dios, el Altísimo, no puede vivir en la iglesia, que es definida como «casa de Dios».

     A una persona atenta y con buena capacidad analítica no se le pasa por alto la contradicción: la Biblia de la Iglesia ha sido declarada por ésta como la verdadera palabra de Dios. Pero si esto está escrito en su Biblia, ¿por qué afirma entonces que una casa de piedra es la casa de Dios?. La respuesta a esta pregunta la encontramos echando una mirada a la Historia: el establecimiento de casas de piedra está muy unida a la formación de una institución, de una religión externa en el tiempo del Emperador Constantino; pues las iglesias de piedra que fueron construídas en aquel tiempo bajo Constantino eran imitaciones de los palacios imperiales romanos. Por tanto, se tomó algo de lo mundano, también de lo pagano, se transmitió a la denominada «iglesia» y se habló de la «casa perteneciente al Señor». Puesto que en nuestras emisiones anteriores hemos mostrado todo lo que sucedió y sucede en esta Iglesia y lo que sale de ella, habría que preguntar de nuevo: ¿de qué Señor se trata aquí?. ¿Es Dios, el Eterno, o más bien el dios de las tinieblas, de los mundos inferiores, al que pertenece todo esto?.

     Viendo todo con detención, el surgimiento de la Iglesia institucional pasa entonces por Constantino, y Constantino fue toda su vida pagano, se hizo adorar como «dios Sol», consultó oráculos y muchas cosas más por el estilo. Sólo al final de su vida se hizo bautizar y al parecer pensó que con ello podría limpiarse de los muchos crímenes que había cometido. Ya sabemos que esto no es posible, sino que la culpa no expiada se queda en el alma después de que ésta abandona el cuerpo físico.

     Volviendo otra vez a la Biblia, también los profetas del Antiguo Testamento hablaron contra las llamadas casas de Dios hechas de piedra. Por ejemplo, Dios dijo a través del profeta Isaías: «Los cielos son mi trono y la tierra la alfombra de mis pies. Pues ¿qué casa me vais a edificar?» (Isaías 66:1). Y en Lucas leemos: «El reino de Dios está dentro de vosotros» (17:21). Y Jesús no dijo: encontraréis el Reino de Dios en una casa de piedra o en una institución determinada, sino que dijo: el hombre mismo es el templo del Espíritu Santo y por consiguiente puede encontrar a Dios en su propio interior.

     Uno de los cristianos originarios de este panel, como buen católico fue monaguillo en su infancia, y recuerda que se le inculcaba: «Cuando pases por una iglesia, saluda a Dios, puesto que Dios vive en esa iglesia». Se ha hecho creer a las personas que Dios vive en la iglesia —más exactamente en el tabernáculo—. La contradicción con lo que él proclamó a través de sus profetas y a través de Jesús, el Cristo, salta a la vista. De aquí se desprende la pregunta: ¿Viene de Dios lo que está en la Biblia?. ¿O viene de Dios aquello que la Iglesia dice?. Pues las Iglesias, con sus afirmaciones, y en definitiva con su comportamiento, están en contra de la Biblia que ellos mismos citan.

     Una vez más resulta evidente que la Iglesia está en contra de Jesús, el Cristo, a pesar de que hipócritamente se denomina «cristiana». La Iglesia entonces no es cristiana, sino pagana.


«Papa». Toma de posesión de títulos de sumos sacerdotes paganos.

     Ocupémonos del siguiente término, del cual se nos ha pedido una aclaración. ¿Qué significa «Papa» y de dónde viene este término?. ¿Procede del mismo entorno?. El término «Papa», se dice en italiano «papa», que significa «Pater Patrum», el «Padre de los Padres». Este título era la denominación del sumo sacerdote pagano del culto a Mitra, que —¿a quién podría ya sorprenderle?— encontró después una aplicación en la Iglesia que se estaba formando. Este título sirvió no sólo —como hoy en día— para denominar al jerarca de la institución católica, sino que también para muchos otros obispos, hasta que el obispo de Roma exigió para él solo esta denominación de Papa (Pater Patrum), el título de un sumo sacerdote pagano. El titular de la silla de san Pedro se apoderó del título de otro sumo sacerdote, a saber, del sumo sacerdote pagano del Imperio romano, y de modo correspondiente se denomina entonces «Pontifex Maximus», cuya traducción es la de «constructor superior de puentes». O sea que también en este caso se puede constatar la toma de posesión de aspectos del paganismo.

     No obstante, con Jesús esto no tiene nada que ver. Él dijo: «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "rabí", porque uno solo es vuestro maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie "padre" vuestro en la Tierra, porque uno solo es vuestro padre, el del cielo». Esto se puede leer en Mateo 23:8-9, es decir, de nuevo en la Biblia de las Iglesias católica y luterana.

¿Ve la Iglesia al pueblo como «niños que balbucean?».

     El gran diccionario alemán Duden señala otra raíz de la palabra «papa». Allí se lee: «del latín papa = padre, palabra de balbuceo del lenguaje infantil». La persona con buena capacidad analítica se pregunta con motivo de ello: ¿Ven los funcionarios eclesiásticos al pueblo como «niños que balbucean», igual a subordinados, que deben dejar su entendimiento y su responsabilidad por ellos mismos ante las puertas de la iglesia?. ¿Entontecen conscientemente los sacerdotes a los denominados creyentes?. ¿Por qué se pueden permitir las Iglesias estas evidentes contradicciones entre la parte de verdad que hay en la Biblia y lo que ellos hacen y disponen en sus ritos, dogmas y ceremonias?.

     Hubo un tiempo en el que se prohibía leer la Biblia. ¿Cuál era el motivo para ello?. ¿Se trataba de una maniobra de engaño?. ¿Se quería evitar de esta manera por parte de la Iglesia que la gente reconociera los restos de verdad que aún están contenidos en la Biblia, a pesar de todas las falsificaciones, y descubriera a raíz de ello que los mismos superiores de sus instituciones no se atienen a ella?. Más tarde, bajo la presión de la Reforma, se levantó esta prohibición. Fuera de eso, en la época de la letra impresa ya no se podía evitar que se difundieran escritos. Antiguamente los únicos que podían escribir eran los monjes en los monasterios, y también ellos eran los únicos que reproducían libros. Hasta entonces ellos tenían todo bajo control. Pero al parecer, y con ayuda de la pereza de las masas, las instituciones lograron seguir manteniendo ocultas sus contradicciones y sustituír con sus propios cultos sacerdotales, con sus propias enseñanzas paganas, la palabra de Dios que aún en parte se encuentra en la Biblia, y transformarla de esta manera monstruosa en lo contrario.


Trasfondo del estado de minoría de edad del rebaño de la Iglesia.

     ¿A qué se debe que el pueblo acepte absurdidades durante un tiempo tan prolongado?. ¿Por qué se ha podido y se puede seguir engañando así al pueblo?. Esto radica sin duda principalmente en ideas muy asentadas y arraigadas. La mayoría de las personas aún cree que alguien que tiene un título especial, que lleva una vestimenta especial, que hace uso de gestos y rituales especiales, es «algo mejor». Además, se piensa que alguien que supuestamente ha «estudiado a Dios», entiende más de Dios que el resto de los mortales y se parte naturalmente de la base de que tal hombre –el sacerdote– tiene acceso a Dios. Jesús ya dijo a los sacerdotes de aquel tiempo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los Cielos. Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar» (Mateo 23:13). Así es también hoy en día.

     Ciertamente que al estado de minoría de edad del pueblo de la Iglesia también ha contribuído la persecución de herejes tanto en pequeña como en gran escala, pues especialmente la institución católica se ha ocupado desde siempre de quitar de en medio, en lo posible con mucha rapidez, a todos aquellos que han querido abrir los ojos a las otras personas. En nuestros programas anteriores ya hemos expuesto que aún en la actualidad siguen siendo válido los dogmas de la Iglesia católica, en los que ella, por ejemplo, habla de que es su «deber» el «quitar» y «eliminar», «con meticuloso cuidado», «todo lo que esté en contra de la fe», y eso no es otra cosa que lo que está en contra de la doctrina de la Iglesia católica. Este «eliminar», que en el diccionario alemán Duden se define como «quitar de forma radical», puede haber sido un motivo más para la ignorancia de los creyentes de Iglesia, pues a aquellas personas que señalaban los hechos ocultos hasta entonces y querían hacer despertar a la gente, se les eliminó sin más ni más.

     A una persona con buena capacidad analítica se le plantea ahora la pregunta: ¿Es la Biblia acaso la verdad?. ¿O poseen las instituciones llamadas Iglesia la verdad?. Pues la Iglesia habla y actúa en contra de la Biblia. ¿Dónde está entonces la verdad?.


¿Puede haber en la Tierra un «Santo Padre»?.

     La Iglesia también se atreve a afirmar que en su cúspide se encuentra un «Santo Padre». ¿Qué significa «santo»?. El diccionario alemán Duden da al respecto la siguiente información: De «santo» se dice: «a diferencia de todo lo terrenal, divinamente perfecto, y por tanto digno de veneración». Según declaración de la Iglesia misma, ella está representada entonces por un hombre divinamente perfecto y digno de veneración —y ha de ser siempre un hombre, pues «padre» es evidentemente masculino. En la Biblia, sin embargo, se encuentra el mandamiento de Jesús, el Cristo: «Ni llaméis a nadie "padre" vuestro en la Tierra» (Mateo 23:9). Esto es por tanto una clara contradicción. Fuera de esta crasa contradicción, habría que preguntar aquí: ¿fueron acaso perfectos los denominados «Santos Padres», de los que ya hemos informado?. ¿Se puede calificar su proceder de «perfecto»?.

     Hemos necesitado varios programas para dar una pequeña impresión sobre la amplitud de los muchos crímenes de los Papas. Apenas existe un crimen que no haya sido cometido por los llamados «Santos Padres»: robo y asesinato, usurpación de poder, envenenamiento de sus predecesores, fornicación y toda clase de desviaciones morales, guerras en las que murieron millares de personas, persecución y asesinato de personas de otra fe, opresión y esclavitud de pueblos enteros, engaño..., por nombrar brevemente sólo los peores. La vida de los llamados «Santos Padres» no fue en absoluto perfecta, sino todo lo contrario. ¿Y hoy en día?.


Complicidad del Vaticano en genocidios, también en la actualidad.

     También en la actualidad la Iglesia es un aparato de poder que continúa siendo guiado por el llamado «Papa infalible». Y también hoy en día hay muchos ejemplos de cuán poco santo se comporta muchas veces el llamado «Santo Padre». Recordemos algunos hechos. En una de las últimas transmisiones informamos exhaustivamente de que en Argentina, en la década de los '70, a personas que eran contrarias al régimen, narcotizadas pero aún vivas, se las arrojaba desde aviones al mar abierto. La sugerencia de hacerlo vino al parecer de sacerdotes y obispos católicos en Argentina, los que apoyaban allí al régimen. Pero hasta el presente no se han abierto los archivos del Vaticano sobre estos sucesos. O pensemos en el genocidio en Ruanda. Allí fueron asesinadas brutalmente más de 800.000 personas en el transcurso de 100 días. La Iglesia católica, a la cual pertenecen el 70% de los ruandeses, hubiera sido la única que tenía la autoridad para haber detenido tal baño de sangre.

     El semanario alemán «Der Spiegel», N° 1/2000 escribió: «La mayor parte de sus sacerdotes y monjas se limitó a ser testigo de la matanza, sin hacer nada en contra, e incluso en algunos casos colaboró en los asesinatos. El 14 de Abril comenzó la masacre de Kibeho, primero contra 15.000 refugiados que habían buscado cobijo en el recinto de la iglesia. Se tardó dos días hasta que todos fueran despedazados, mutilados, golpeados, matados a tiros o en parte quemados vivos. Testigos oculares culpabilizan actualmente a curas y monjas de la Iglesia católica por haber apoyado el genocidio contra los tutsis».

     Otras citas: «Entre el 7 de Abril y el 4 de Julio se asesinó a tutsis en 160 iglesias, quienes habían buscado refugio en santuarios supuestamente seguros». «Los culpables viven actualmente tras los muros de monasterios en Bélgica, dirigen casas de alguna orden en Francia, estudian teología en universidades papales o predican el amor al prójimo y el perdón en iglesias italianas». Así comenta el semanario «Der Spiegel» N° 1/2000. Recordemos que todos estos hechos comenzaron en el año 1994 y que las personas implicadas directa o indirectamente en las masacres viven actualmente sin ser molestadas detrás de los muros de un monasterio.

     Por eso cabe preguntarse de nuevo: ¿quién dispuso estas cosas?. ¿Tal vez Jesús, el Cristo, que nos trajo la paz y el amor del Padre eterno, habiendo él mismo personificado el amor?. En relación a esto se plantea también la pregunta: ¿por qué la Iglesia continúa justificando —y esto es algo que apenas se puede creer— el poseer armas de destrucción masiva, o sea bombas atómicas?. Tan sólo hace unos pocos años se determinó expresamente en un llamado Documento de Paz de la Conferencia Católica de obispos alemanes, que la estrategia de disuasión continuaba siendo adecuada con medios de exterminación masiva. Los obispos comprobaron que las grandes potencias continúan teniendo amplios arsenales de armas atómicas, y que mientras no exista una alternativa ante la amenaza con armamento de exterminación masiva, esto hay que permitirlo.

     Todo esto sucedió durante el pontificado de Juan Pablo II, el llamado «Papa de la paz», quien por cierto también consideró correcta la actuación de las tropas de la OTAN en Kosovo, y que entonces dijo: «Al fin y al cabo no somos pacifistas». Así se pone claramente de manifiesto que el comportamiento de esta Iglesia no es compatible con Jesús de Nazaret ni con su enseñanza, incluso ni siquiera en la actualidad más reciente. Y también este Papa, Juan Pablo II, ha de ser beatificado y posiblemente después canonizado. Éste es de nuevo un ejemplo de cómo aún en la actualidad la casta sacerdotal consigue adormecer el cerebro no sólo de la gran masa de la población, sino también el de los políticos y el de los representantes de los medios de comunicación. Una persona con una clara capacidad analítica comentará: si todos son «niños que balbucean», ¿qué otra cosa se puede esperar de ellos?.


«¿Pero qué se tiene en contra de las guerras?. ¿Acaso que en ellas mueran personas que de todas maneras tienen que morir?».

     Esta postura de la Iglesia con respecto a la aplicación de la violencia en contra del prójimo es antiquísima. Como sabemos, por el contrario Jesús de Nazaret dijo: «Al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra» (Mateo 5:39). O a uno de sus discípulos que quería defenderlo con un arma: «Envaina tu espada» (Mateo 26:52). Y no hay que olvidar que en los Diez Mandamientos se dice claramente: «No matarás» (Éxodo 20:13; Deut. 5:17).

     Ya en programas anteriores se indicó que algunos «primeros padres» muy estimados, como el doctor de la Iglesia, Agustín, enseñaron, por ejemplo: «¿Pero qué se tiene en contra de la guerra?. ¿Acaso que en ellas mueran personas que de todas maneras tienen que morir?». Y en la extensión de la Iglesia vaticana, la Iglesia luterana, Martín Lutero marca la pauta diciendo: «La mano que guía y maneja la espada no es ya la mano del hombre, sino la mano de Dios. Y no es el hombre, sino Dios quien ahorca, impone el suplicio de la rueda, decapita, mata y conduce la guerra». Esta postura se ha conservado hasta nuestros días. Que tantas personas participen una y otra vez de esta terrible difamación de Dios, es el gran «milagro» de la historia de la Iglesia.

     Que esto sea así tiene naturalmente que ver con el hecho de que los creyentes de la Iglesia deben colaborar, pues en la obra actual de enseñanza de la Iglesia católica, el libro de los autores Neuner y Roos, «La Fe de la Iglesia en los Documentos de la Proclamación de la Enseñanza», está escrito que se debe aceptar la enseñanza católica en su totalidad, pues en caso contrario se quedará «excluído», es decir, excomulgado (N°85). Y esto significa entonces amenazar con la condenación eterna. Es decir que las Iglesias, especialmente la católica, han establecido que el pueblo llano, el «pueblo que balbucea», debe aprobar lo que la Iglesia anuncia, y que en caso contrario las personas quedan condenadas eternamente. Una amenaza más terrible apenas existe.

     ¿Se puede entonces educar a un «pueblo de Iglesia que balbucea» para que se convierta en un pueblo que analice bien las cosas?. Mientras sólo «balbucee» y se someta incondicionalmente, no. Pensemos, por ejemplo, en el aparatoso espectáculo de la «Jornada Mundial de la Juventud» de 2005. Innumerables seguidores de la Iglesia vaticana vitorearon a un Papa, celebrando palabras de éste que, visto sólo desde el aspecto lingüístico, comprendían sólo en parte, pues el orador cambiaba una y otra vez de un idioma a otro. Es para poner en duda si aún se puede alcanzar a todas estas personas con argumentos razonables.

     Sin embargo, todavía habría para ellas una posibilidad de liberarse, y es que se apartaran de esa contagiosa atmósfera de demencia. Como esto puede suceder, para ello hay una buena indicación en la Biblia institucional, que quienquiera puede hacerla suya. En ella se dice: «Salid de ella, pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas» (Apoc. 18:4).


¿Fe viva o vacías disposiciones de la ley y ceremonias de culto?.

     ¿Qué consejo se le podría dar a nuestro lector que se quiere convertir en una persona que sabe analizar bien las cosas, que las cuestiona en su totalidad?. ¿Ha de leer la Biblia, o ha de observar las instituciones llamadas Iglesia con ojos despiertos?. Él puede hacer las dos cosas. Puede leer la Biblia, en la que aún se encuentran partes de la verdad original de Dios, y comparar las declaraciones que hay allí con la enseñanza y la vida de las Iglesias. Y además puede también observar con ojos atentos el proceder y los comunicados de las Iglesias. Otra indicación para él sería preguntarse qué transmitió Jesús en sus enseñanzas, por ejemplo, en el sermón de la montaña. O bien, por ejemplo, podría comparar el texto y el contenido de los Diez Mandamientos dados a través de Moisés con aquello que mostraron y muestran  hoy en día las Iglesias.

     Un párrafo del libro «Y Otra Vez Cantó el Gallo. Una Historia Crítica de la Iglesia», de Karlheinz Deschner, subrraya lo dicho anteriormente: «Para Jesús, religión y derecho, fe y ley eran términos opuestos. Pues él estaba claramente en contra de regular por medio de la ley la relación de las personas para con Dios. Durante todo el tiempo de su actividad pública, luchó contra la Torá [la ley judía], contra el clericalismo, contra los preceptos de los cultos y las complicaciones jurídicas en la relación de las personas con Dios, y pagó esta lucha con su muerte. La Iglesia de la ley judía lo crucificó sólo para que posteriormente pudiera levantarse la Iglesia de la ley católica. Pues todo lo que condenó Jesús de la Iglesia de la Torá, lo ha vuelto a traer la Iglesia católica» (pág.246).

     Un remedio probado sería, además, usar el sentido común y preguntarse si los medios «mágicos» con los que la Iglesia católica quiere guiar a las personas a Dios son plausibles. ¿Puede ser una ayuda adorar huesos?. ¿Tiene sentido prometer la salvación a través de los sacramentos?. Ocuparse de la fe es sin duda algo que también se puede hacer con la lógica y el sentido común.

     Todavía se podría añadir un aspecto más: quien sabe que la Iglesia vaticana y la Iglesia luterana se remiten a las llamadas inspiraciones, influencias, profecías y palabras divinas, podría preguntarse: ¿por qué habrían de manifestarse Dios y por qué Cristo precisamente en estas instituciones tan impregnadas de crímenes y perversiones?. ¿No es acaso más creíble que Dios se manifieste allí donde siempre se ha manifestado, es decir, a través de los grandes profetas?. ¿Y no resulta acaso lógico que Dios, que ha hablado en todos los tiempos, hable también en el tiempo actual?.


Dios no es variable

     No sólo Dios, no sólo Jesús, el Cristo, deberían ser rehabilitados, sino también el gran profeta Moisés. Dios dio a través de Moisés los maravillosos Diez Mandamientos. Éstos fueron pronunciados desde la ley eterna del amor de Dios. Lo que la casta sacerdotal atribuyó a Moisés, falsificando las palabras del Antiguo Testamento, no corresponde en absoluto a los Diez Mandamientos, así como tampoco a otras declaraciones contenidas en el Antiguo Testamento. Precisamente si se comparan los terribles detalles en los libros de Moisés, las palabras e indicaciones que supuestamente Dios habría dado a los hombres a través de Moisés, con los Diez Mandamientos originarios, uno pensaría que Dios es variable. No obstante, algo sí que es seguro: Dios es invariable. La descripción que en cambio se adjudica a Dios en el llamado Antiguo Testamento, en los libros de Moisés, es como un mosaico compuesto al arbitrio del «artista» del momento. La palabra de Dios a través de sus profetas está mezclada aquí con fragmentos de textos de procedencia totalmente distinta, que fueron concebidos sobre todo por la casta sacerdotal. ¿Puede uno imaginarse seriamente que Moisés haya bajado del Sinaí, tirara al suelo las tablas de la Ley y después haya hecho asesinar a tres mil personas como castigo por haber construído en su ausencia un becerro de oro alrededor del cual bailaban?. ¿Puede uno imaginarse las llamadas a ir a la guerra contra los pueblos vecinos?. ¿Puede uno imaginarse que Dios quiera que a un hijo obcecado y rebelde se le arrastre ante los ancianos y haga que todos los hombres de la ciudad lo maten a pedradas? (Números 18:21). Todo esto y mucho más se encuentra en este libro embebido de sangre, que la Iglesia católica romana califica como la verdadera palabra de Dios. ¡Ése no es en absoluto el Dios invariable, verdadero y eterno!. Se trata sencillamente de una transformación del culto sacerdotal pagano incorporada a estos libros, pues es sabido que los libros de Moisés no se escribieron en el tiempo de este gran profeta, sino mucho más tarde. A los escritos de entonces se los denomina en teología «escritos de los sacerdotes»; la Iglesia sabe entonces muy bien la procedencia y las correlaciones de estos escritos. Las crueldades que se pueden leer en ellos y las palabras que presentan a Dios como a un monstruo terrible y sediento de sangre, no son otra cosa que el resultado de una toma de posesión de los contenidos de los cultos sacerdotales paganos dominantes en aquel tiempo.


Sacerdotes contra profetas.

     Lo infame es naturalmente que también los grandiosos Diez Mandamientos de Dios fueran falsificados. Existen por un lado los Diez Mandamientos originarios que todos conocemos: «Honrarás a Dios sobre todas las cosas. No matarás. No levantarás falso testimonio». Pero por otra parte, poco después hay en la Biblia una segunda versión de estos Diez Mandamientos, en el segundo libro de Moisés, el Éxodo. Dos de estos supuestos mandamientos de Dios dicen, por ejemplo: «No ofrecerás la sangre de mi sacrificio junto con pan fermentado» (Éxodo 23:18), y: «No cocerás al cabrito en la leche de su madre» (Éxodo 23:19). Aquí se encuentran las ideas y conceptos que dan base a crueles sacrificios de animales, y esto se atribuye a Dios y a su profeta Moisés. También de esta adaptación falsificada está escrito que son los Diez Mandamientos de Dios. ¿Pero de qué Dios?.

     Los profetas de Israel dijeron que Dios no cambia. Por ejemplo, en el profeta Malaquías se lee: «Yo, el Señor, no cambio» (Mal. 3:6). Si partimos de la base de que Dios no cambia, pero constatamos en el Antiguo Testamento cambios y divergencias, éstos deben haber sido introducidos lógicamente por alguna otra persona. ¿Por quién?. Por nadie más que la casta sacerdotal, que falsificó tanto el Antiguo como posteriormente el Nuevo Testamento.

     De ello resulta que se debería pensar en rehabilitar también a los profetas del Antiguo Testamento, pues ellos hablaron siempre en contra de la casta sacerdotal, contra el obrar de los sacerdotes. Básicamente hay que considerar que en la Antigüedad, aproximadamente hasta el siglo XV, sólo la casta sacerdotal tenía la posibilidad de escribir la historia, aquello que había sucedido, y de transmitirlo en gran escala a las generaciones posteriores. Y esta casta sacerdotal siempre falsificó la historia y la verdad en el sentido que mejor le convenía, en el del culto idólatra pagano. De este modo se llegó a calumniar a los grandes profetas de la manera más vil, poniendo en sus labios palabras que procedían en realidad de los que practicaban cultos paganos.

     Vemos entonces que las Iglesias, católica y protestante, son una obra artificial pagana que no tiene absolutamente nada que ver con la verdadera vida, el verdadero mensaje de Dios que aún en parte se puede encontrar en la Biblia. Ellas desarrollaron una religión artificial de culto, que se compone de muchos componentes paganos, de los cuales Jesús de Nazaret no enseñó absolutamente nada. Las Iglesias han adaptado la Biblia a su conveniencia, añadiendo en ella cosas que después determinaron como correctas, pero no se atienen a las enseñanzas más importantes de Jesús de Nazaret. Por ello puede decirse que se trata de dos mundos diferentes, incompatibles entre sí. Por un lado las verdaderas palabras de los profetas y la enseñanza originaria de Jesús de Nazaret, que están contenidas aún en parte en la Biblia, y por otro lado las enseñanzas o incluso la desastrosa historia de la Iglesia.

     Nuestros lectores son libres de sacar sus propias consecuencias, hacer valer su propio sano juicio y sentido común y preguntarse: ¿Puede ser posible que Dios transmita a los seres humanos a través de su hijo una enseñanza tan paradójica como la que las Iglesias proclaman como la enseñanza de él?. ¿Puede ser posible que Dios amenace a toda persona con que la enviará a la condenación eterna, o que quiera atraerla hacia él con medios de magia?. Cada persona lleva en sí, en lo profundo de su alma, lo divino: ¿Qué le indica su consciencia despierta?. ¿Desea usted dar crédito a esas sensaciones, tener confianza en ellas, o quiere someterse a las absurdidades, al reglamento sofisticado, oportuno para sus metas e hipócrita, de una casta sacerdotal que quiere asegurarse con sus dictados coactivos el poder sobre las almas y los hombres?, Cada uno puede decidir por sí mismo.

     Comparemos una vez más los complicados reglamentos de la Iglesia con las reglas sencillas y geniales que conducen al mundo a la paz y a los hombres a Dios y que nos enseñó Jesús, el Cristo: Lo que quieras que otros te hagan, hazlo primero tú a ellos. Algo paralelo a esta declaración lo encontramos en la voz popular: «Lo que no quieres que otros te hagan a ti, no se lo hagas tampoco tú a nadie». Quien utilice su sano entendimiento, leerá por tanto el sermón de la montaña de Jesús y los Diez Mandamientos, y constatará que ellos tienen poco o nada que ver con los dogmas y ritos eclesiásticos. Y después se preguntará posiblemente si quiere seguir permaneciendo en esa Iglesia, seguir pagando impuestos eclesiásticos y seguir dejándose amenazar por ella.


«¿No hace acaso la Iglesia muchas cosas buenas?». Un cuento.

     Una que otra persona vacila en sacar la consecuencia de salirse de la Iglesia, argumentando: ¿no hace acaso la Iglesia muchas obras buenas, con jardines de infancia, residencias para ancianos y hospitales?. Esta impresión engaña. Se trata de un cuento, por no decir un engaño a la sociedad, en este caso la alemana. Pues sólo una parte muy reducida de los impuestos en beneficio de la Iglesia es destinada a estas llamadas obras de caridad. La mayor parte del dinero que las Iglesias emplean en obras sociales y en hospitales para la ciudadanía en general, son subvenciones que proceden del  Estado y del dinero que pagan los clientes de estos establecimientos. Por tanto, no es verdad que si se deja de pagar los impuestos a la Iglesia peligrarían las obras sociales del Estado. Las enormes aportaciones que fluyen anualmente a la Iglesia a través de subvenciones procedentes de las arcas estatales, benefician sólo en una pequeña parte al bien público; la mayor parte beneficia exclusivamente a una burocracia eclesiástica, de la que los creyentes escapan por cientos de miles cada año.

     Mostramos aquí brevemente algunas cifras concretas sobre Alemania para nuestros lectores: menos de un 8% de los impuestos a favor de la Iglesia son destinados a fines sociales públicos. De un 90 a un 100% de las entidades sociales confesionales son subvencionadas por el Estado, financiándolas con el dinero que los contribuyentes aportan a las arcas generales. Por ejemplo, un «jardín de infancia de la Iglesia» es financiado en un 10% por la Iglesia, 15% por los padres y 75% por el Estado.

     Las Iglesias presentan también su labor a favor de los pobres en el Tercer Mundo de manera muy elogiable. Pero miremos esto con detención. ¿Quién da los donativos a las instituciones eclesiales alemanas de beneficencia «Pan para el Tercer Mundo» o «Misereor»?. No son las Iglesias mismas, sino que éstas sólo apelan ante la población para que ésta dé donativos. Y los ciudadanos, que de todas formas ya apoyan a las Iglesias con sus impuestos, son los que prestan la ayuda financiera para los pobres en el mundo, pero no las Iglesias institucionales.


Bodas o entierros: también son posibles sin la Iglesia

     Posiblemente después de estos hechos se anime más de alguna persona a salirse de la institución Iglesia. Sin embargo, de acuerdo con la experiencia, más de alguien se preguntará en tal caso: ¿y qué sucederá conmigo, por ejemplo, cuando muera?. ¿Seré enterrado simplemente en algún lugar sin gozar de un «funeral en regla»?. En relación con esta pregunta se pudo leer en la publicación alemana «Seniorenmagazin» (Revista para los Jubilados), edición 4/5 de 2005, lo siguiente: «"Ahora ya he conseguido salirme de la Iglesia —cuenta la jubilada Maria N.—. Lo que se enseña allí ya no me convencía. A Jesús lo encuentro bien, pero la Iglesia ha hecho de eso una cosa muy diferente". Por el miedo a no ser enterrada como es debido en caso de que se saliese de la Iglesia, siguió siendo miembro de ella durante un tiempo, hasta que asistió a los funerales de una persona conocida. Y ésta fue una ceremonia no eclesiástica, que la convenció tanto, que seguidamente se salió de la Iglesia». Existe, pues, sin duda la posibilidad de un funeral digno, sin que intervenga la Iglesia oficial. Igualmente existen también bodas, p. ej., al aire libre, un enlace matrimonial festivo sin la Iglesia. Un entierro o un enlace matrimonial sin participación de la Iglesia tienen en general cada vez más aceptación en Alemania.

     Digno de tener en cuenta es también si no es imprudente abandonar la Iglesia, pero invitarla para ciertas festividades familiares, haciéndose casar o enterrar por ella. ¿No habría que preguntarse qué espíritu, qué energías fluyen en estas ceremonias eclesiásticas?. Si me tomo el derecho de aceptar los servicios de la Iglesia, ¿no debería preguntarme quién me está en realidad enterrando?. ¿No se trata en realidad del funcionario de una institución que probablemente durante mi vida me ha condenado eternamente varias veces, porque no creo en cada detalle de sus dogmas?. ¿No van también incluídas estas condenas, estas amenazas, en las ceremonias correspondientes, en la llamada bendición del cura que me quiere enviar al mundo del más allá?. Visto así, no está exento de peligros el decir: «Quiero tener que ver por lo menos de vez en cuando con esta Iglesia, en el bautizo de mis hijos, en las bodas y en los entierros». No olvidemos quién está actuando en estas ceremonias y con qué espíritu son practicadas.


Bendiciones peligrosas

     Aquí se plantea la pregunta esencial: ¿Puede en realidad un pecador dar la bendición?. Pues el cura es también un pecador. ¿A qué se puede pues atribuír el que un cura, un pecador, imparta la bendición?. Ya en el paganismo era normal que alguien con un cargo determinado, como el de sacerdote u obispo —ya en aquel entonces existía todo esto— estaba destinado a ejercer esa función. La Iglesia adoptó esa práctica. El sacerdote puede por consiguiente otorgar su bendición, independientemente de qué clase de persona sea. Aquí se separa entonces el cargo de la persona, aunque en definitiva sea algo esquizofrénico y contradiga por lo demás la enseñanza de Jesús, el Cristo, el que no instituyó ningún cargo. ¿Pues qué clase de salvación puede partir de una persona que tal vez lleva en sí lleva mucha desgracia?. Esto contradice completamente la lógica del sano sentido común y la enseñanza de Jesús, que dijo aproximadamente: un buen árbol da buenos frutos... Pero ya en el paganismo eran las cosas así y también la Iglesia adoptó esta costumbre pagana, como muchas otras, de tal manera que un sacerdote o un obispo o un Papa están llamados por principio a otorgar la bendición, independientemente de qué valores o falta de valores representen. Si la energía que parte de ellos no es de una ética y moral elevadas, de condición divina, su «bendición» no puede conceder ni concederá naturalmente ni fuerza, ni luz, ni salvación. Y aún cuando el sacerdote no fuera ningún gran «pecador», ¿en nombre de quién otorga él la bendición?. Él lo hace en nombre y por encargo de su institución, es decir de la Iglesia. No obstante, y como ya se ha expuesto a menudo, ésta es un culto sacerdotal pagano con un ídolo en la cúspide. Quien por tanto reciba la bendición de un sacerdote, estará en cualquier caso «bendecido», a saber, con el mal de esa casta.

     En relación a esto a uno le podría venir a la mente la asociación con los abusos de menores por parte de sacerdotes. De acuerdo con la norma de la institución Iglesia es incluso posible que un tal sacerdote, directamente después de abusar de un menor, pueda otorgar una «bendición» en función de su cargo. Según las enseñanzas de la Iglesia, sólo depende del símbolo externo que se pone, sólo del rito de los llamados sacramentos. No importa en absoluto quién otorgue los sacramentos. Si esa persona se atiene a las formas externas, de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia entrará en vigencia el llamado efecto sagrado del sacramento. Por eso no se trata de otra cosa que de un acto de culto mágico, pues está totalmente vacío de contenido y se refiere únicamente a lo externo.

     Una persona de veras creyente, a la que le importe la unión con Dios y su salvación, su fuerza, dirá seguramente: yo sólo deseo una bendición que provenga del espíritu del Cristo, del verdadero espíritu eterno, que vive en cada alma y en cada persona. Y esta bendición del espíritu eterno se suscitará en definitiva por el perdón que alcanzaré si reconozco mis pecados, me arrepiento de ellos, los purifico y no vuelvo a cometer más lo malo. En el acto de no volver a cometer los pecados reconocidos, fluye hacia mí la bendición del Cristo de Dios, su luz, su fuerza. ¿Para qué necesito entonces a un cura?. No es la persona la que necesita a un sacerdote, sino que el sacerdote necesita a la persona. Pues él vive prácticamente de los creyentes. Él necesita su energía y su dinero para poder vivir y mantener a una institución tan cara. De aquí se concluye que el sacerdote vive de los «niños que balbucean». Sin duda alguna, ¡pero sólo mientras éstos sigan «balbuceando» y no comiencen a pensar!.


Más de un sacerdote tiene mala conciencia

     Un cristiano originario, que años antes fue pastor Protestante, es decir, parte misma del «sistema Iglesia», lo confirma. Él nos cuenta: «Cuando yo estaba ante el altar preguntaba a los reunidos: "¿Creéis que la bendición que os imparto es la bendición de Dios?. Si es así, pronunciad un "sí"". A esto los presentes contestaban en voz alta: "sí". Y seguidamente yo les decía: "Entonces os perdono todos vuestros pecados", aunque yo no sabía exactamente qué pasaba en particular con cada creyente. Pero la enseñanza de la Iglesia había prescrito que así debía ser el transcurso de la ceremonia. Posteriormente, ese "sí" dado en voz alta casi automáticamente, me recuerda un poco al balbuceo de los niños. Los fieles sólo tienen que decir "sí", y el cura necesita esto para poder impartir su bendición, que en realidad no es tal».

     El antes pastor Protestante reconoce que su mala conciencia hizo que un día él prácticamente escapara de la Iglesia luterana, habiéndose dado cuenta de que aquello no era cierto, que no era correcto continuar así. De este reconocimiento sacó la conclusión de que no podía seguir haciendo aquello. Se le hizo claro que había engañando a sus semejantes.

     También sacerdotes, es decir pastores, consiguen liberarse al parecer de este «sistema Iglesia», a raíz del claro entendimiento y la conciencia de responsabilidad, como la del pastor del que se acaba de hablar. Aunque en su caso se haya dado, además, la condición de haber tenido todavía una conciencia intacta. Y él sabía en el fondo de su corazón a quién deseaba seguir y servir. Se trata seguramente también de una pregunta de firmeza y fortaleza de carácter si uno está dispuesto a vivir según lo que ha reconocido. ¿Podría ser que muchos de los que pertenecen a esta casta sacerdotal han perdido ya esas cualidades y valores positivos?; ¿o ven sencillamente sus privilegiadas condiciones de vida como el valor más elevado de su existencia terrenal?. ¿O tal vez no están dispuestos a cambiar su «reverendísima» vida por la vida sencilla de un igual entre iguales?. Ellos necesitan la posición elevada para continuar con el engaño, el que básicamente es doble: por un lado porque esta exteriorización, estos ritos mágicos, naturalmente que no pueden conducir a Dios; por otra parte, porque en el caso de muchos curas, por no decir de la mayoría, ni ellos mismos creen en ello, y sin embargo exigen del pueblo que sigan estas normas de cultos.


Enfermos a causa de la Iglesia

     Es una situación esquizofrénica con la que se enfrentan los curas y pastores cuando engañan a sus creyentes de esa manera. Lo que eso supone para cada caso lo describe el teólogo Protestante luterano y psicoterapeuta alemán Klaus Thomas, que en Berlín trató durante años a personas afectadas de cansancio vital. Él escribe: «Entre los hasta ahora 22.000 pacientes del organismo denominado "Atención Médica a los afectados de Cansancio Vital" de Berlín, vimos unos 7.000 neuróticos, de los cuales unos 3.000 se podían contar como enfermos de eclesiogenia». «Eclesiógeno» significa «causado por la Iglesia». «Esto supone un porcentaje de aproximadamente un 43%. Como grupo especial hay que mencionar a funcionarios de la Iglesia, que también fueron tratados por nosotros. De ellos, un 57,4% mostraron como diagnóstico principal el de neurosis eclesiógena».

     Vemos que los mismos curas enferman por lo que hacen a otras personas, al difundir las enseñanzas, las amenazas de la Iglesia. El mismo teólogo y sicoterapeuta comprobó también que «el 12% de sus pacientes son sacerdotes Protestantes luteranos y sus esposas, todos ellos profesores de religión, diáconos y estudiantes de teología, a pesar de que estas personas ni siquiera suponen un 1% de la población total; el 40% de sus pacientes sufren de eclesiogenias, es decir que sufren de neurosis causadas por las enseñanzas luteranas y las influencias de la educación». Lo mismo vale naturalmente para las enseñanzas católicas y sus repercusiones. El padre jesuíta católico Ruppert Lay, igualmente psicoterapeuta, llega a las mismas conclusiones: «La mitad de los pacientes que vienen a mis terapias han enfermado por las experiencias que hicieron en su infancia y en su juventud. La idea de un Dios que castiga permanece en ellos de forma inconsciente, aunque ya no se crea en Dios. Y como la persona no se puede quitar sus pecados, se castiga a sí misma y huye refugiándose en la neurosis, el alcohol o el trabajo. Éstos son los motivos por los que esa gente vienen a mis terapias». Ahí se ve de modo claro toda la fatal dimensión de las consecuencias.

     Del siquiatra británico Ian Hancock procede la declaración de que los creyentes católicos padecen con más frecuencia que las personas menos religiosas de neurosis obsesiva, como la de lavarse las manos durante horas.


Baluarte católico de suicidas

     Tal vez a modo de colofón: La ciudad católica alemana de Würzburg es el baluarte de los suicidas en Alemania, según una noticia del periódico alemán Mainpost del 3 de Julio de 1999: «La ciudad y la región de Würzburg muestran los índices más altos de suicidio en Alemania. En ningún otro lugar de Alemania se han suicidado tantas personas en los últimos años como en el área de la ciudad obispal de Würzburg. En Würzburg y alrededores hasta un 29% más de personas se entregan libremente a la muerte que en el resto de Alemania; y con especial frecuencia son mujeres las que se suicidan en Würzburg». El catedrático, de nombre Schmittke, que dirigió esas investigaciones, también pensó en las causas de esto. Él cree que el ambiente conservador de Würzburg, fuertemente marcado por el catolicismo, hace la vida muy difícil, incluso a veces imposible, a personas que descienden a una categoría social inferior. Si en Würzburg alguien pierde su empleo, se habla mucho de ello y entonces esto se considera una ignominia.

     ¡Estos son hechos terribles!. ¿Y cómo puede uno protegerse de todos estos peligros?. Ya lo hemos advertido: abandonar esta institución sería el remedio más eficaz. ¿Pero qué ocurre con los niños?. Tal vez algunos padres deberían reflexionar si no quieren tal vez ahorrar a sus hijos este destino, no sólo por la alta probabilidad de servir de objeto de satisfacción sexual a un cura pedófilo, sino también por el peligro de suicidio y otros. ¿Por qué no ofrecen a sus hijos la posibilidad de crecer sin ese adoctrinamiento, sin estar expuestos a estos peligros?.

     Estimados lectores: ya ven ustedes lo que se puede derivar de una simple pregunta. Normalmente suele aceptarse sin más que se hable de «Iglesia», «sacerdotes» y de un «Santo Padre». Hemos intentado explicar qué gran estafa y qué entontecimiento de la población hay detrás de todo eso. Esperamos haber conseguido que más de alguno de ustedes haya recibido un incentivo para cuestionar de manera analítica las cosas con las que se encuentra a diario.–



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