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domingo, 31 de julio de 2011

Savitri Devi - La Filosofía de la Esvástica


     Del libro de Savitri Devi (nombre literario de Maximine Portas, 1905-1982) "Gold in the Furnace" (Oro en el Crisol), publicado originalmente escrito en inglés en 1952, hemos seleccionado su primer capítulo y puéstolo en castellano. Lo habíamos hallado en inglés en nazi.org.uk sin ninguna referencia. Tampoco aparecía como un escrito independiente en la página oficial de dicha autora (savitridevi.org). Al averiguar a qué obra pertenecía, cotejamos nuestra traducción con la ofrecida en todos los sitios, y lamentamos decir que dicha traducción al castellano es bastante deplorable, casi un borrador. En fin; este escrito es valioso por muchas razones: es claro en sus planteamientos y sus referencias, directo y valiente en su crítica, y generoso en su esperanza. Se trasunta en todo este texto la devoción mística que impregnaba su alma y que la orientaba tanto hacia el Sol como hacia la veneración del Führer. Brillante académica, políglota, con una amplia visión del panorama internacional, muchos la consideran una prominente sacerdotisa del Nacionalsocialismo.


La Filosofía de la Esvástica
por Savitri Devi



     “Tú has puesto a cada hombre en su lugar. Los has hecho diferentes en la forma y en el lenguaje, y en el color de su piel. Como un divisor, has dividido a los pueblos extranjeros”.
(Akenatón, Himno Largo al Sol, hacia 1.400 a.C.)

     “De la corrupción de las mujeres procede la mezcla de las castas; de la mezcla de las castas, la pérdida de las tradiciones inmemoriales; de la pérdida de las tradiciones inmemoriales, la carencia de entendimiento; y de éste, todos los males”.
(Bhagavad-Gita 1:41-42, adaptación)

   Todas las grandes culturas del pasado cayeron en la decadencia debido únicamente a que la raza de la cual habían surgido envenenó su sangre".
(Adolf Hitler, Mein Kampf, I, xi).


     Un movimiento como el Nacionalsocialismo, destinado a convocar a millones de personas, no atrae a cada uno de sus adherentes por los mismos motivos. Esto importa poco, mientras el movimiento sea triunfante. Entonces, mientras más, mejor. Incluso del camarada que se integra al Partido por las ventajas materiales que él espera obtener de ello, se puede sacar provecho. Y sus hijos, en cualquier grado –siempre que sean de sangre irreprochable– pueden ser convertidos en mejores nazis que él mismo.

     Pero puede esperarse que sólo aquellos que sustentan la idea Nacionalsocialista por algo vital y fundamental –sólo aquellos que encontraron en ella la expresión perfecta de su propia filosofía de toda la vida– se adhieran a ella bajo cualquier circunstancia cualquiera que ésta fuese. No digo que ellos sean los únicos probablemente en aferrarse a ella. Un sentido del deber, un sentimiento caballeresco de obligación hacia su pasado glorioso, una conciencia de gratitud hacia un régimen que les dio grandes privilegios mientras duró, pueden impulsar, por supuesto, a miles de otros a permanecer fieles en medio de privaciones indecibles. Y aquellos miles deben ser elogiados. Pero ninguna lealtad es digna sino la que está basada sobre la imposibilidad física de traicionarse a uno mismo. “Uno no puede matar una Weltanschauung –una perspectiva ante el universo, una filosofía– por la fuerza, sino sólo por el impacto agresivo de otra Weltanschauung”. Éstas son las propias palabras del fundador del Nacionalsocialismo [adaptación de ideas de la Primera Parte, cap.5, del Mein Kampf]. ¡Y cuán verdaderas ellas suenan hoy, después de veinticinco años!. Los verdaderos Nazis –aquellos que pueden (y van a) resistir, y derrotar, al final, a las fuerzas combinadas de un mundo temporalmente triunfante– son aquellos para quienes no solamente el lado político del Nacionalsocialismo sino la concepción Nacionalsocialista del hombre y de la vida es tan natural que ninguna otra “Weltanschauung” pueda quizá interesarles, no importando cuán astutamente sea publicitada por gente que pretende saber el arte de la publicidad al revés y al derecho.

* * * *

     La concepción Nacionalsocialista del hombre y de la vida es todo menos "nueva". Sus primeros exponentes en esta tierra fueron probablemente los videntes más antiguos de la humanidad, y los principios en los cuales está basada son tan antiguos como la vida misma. Sólo el movimiento Nacionalsocialista es nuevo. No simplemente nuevo, sino único en su clase. Es, en toda la evolución de Occidente, la única tentativa sistemática de construír un Estado –no sólo eso, sino de organizar un continente– sobre el reconocimiento sincero de las leyes eternas que gobiernan el crecimiento de las razas y la creación de la cultura; un esfuerzo racional para detener la decadencia de una raza superior y la confusión subsecuente. Es el movimiento “contra el Tiempo” por excelencia —el movimiento contra la antiquísima tendencia descendente de la Historia, consciente de la única manera de salir de los males y de la fealdad de nuestra época degenerada, de vuelta a la alegría y la gloria de cada gran principio, e incitando denodadamente a seguir por aquel camino a la gente más noble de Occidente.

     Pero precisamente para poder apreciar toda su novedad y toda su belleza, habría que tener en mente la eternidad de la filosofía que está detrás de ello, de aquello que llamo la filosofía de la Esvástica.

     Ésta no es la filosofía de ningún hombre. Es, en la lúcida conciencia de los realmente grandes que son capaces de sentirla —desde los legisladores arios más antiguos de la India védica y post-védica hasta Adolf Hitler hoy— la sabiduría del Cosmos, la filosofía del Sol, Padre y Madre de la Tierra.

     Pues el hombre es sólo una parte del Cosmos, “un producto solar”, como un brillante autor inglés dijo [Norman Douglas, How About Europe?, Londres, 1930]. Él no puede impunemente establecer leyes para él yendo en contra de aquellas leyes no escritas, eternas, que gobiernan la vida como un conjunto. En particular, él no puede desatender las leyes que regulan el arte de la crianza y la evolución de las razas, y esperar evitar las consecuencias que automáticamente siguen, tarde o temprano, a aquel “pecado contra la voluntad del Creador” [Mein Kampf, I, xi] y que son la “degeneración física y moral”.

     La filosofía cristiana —mejor dicho la filosofía de todas aquellas religiones internacionales cuyo adherente puede llegar a ser “cualquier persona”, en un nivel de igualdad con todos los otros adherentes— pone el acento sobre la mente, "el alma", el lado "inmaterial" del hombre (suponiendo que sea eterno y de inestimable valor) a costa de aquella cosa pasajera: el cuerpo. Se olvida de que, como el vehículo de transmisión de la vida, el cuerpo también participa de la divina eternidad; de que no es simplemente el "templo del Espíritu Santo”, sino el creador de aquel conocimiento que es el Espíritu Santo, en el individuo, en la progenie del individuo, y en la raza en general.

     Las religiones más antiguas en el mundo —ninguna de las cuales era "internacional", sino que tenían aplicación entre el pueblo en medio del cual ellas emanaban la sabiduría sobrehumana— acentuaban la importancia primaria del lado físico del hombre; la santidad del acto de vivir; los deberes y las responsabilidades del cuerpo no sólo hacia el "alma" individual, que puede ser considerada como un instrumento de desarrollo, sino hacia las generaciones pasadas y futuras; hacia la raza, es decir, hacia el Cosmos, del cual la raza es una parte. Ellas propiciaban el culto privado de los antepasados de cada hombre y el culto público de los héroes de cada pueblo, y prohibieron los matrimonios objetables como un pecado contra los muertos y contra los aún no nacidos –como un pecado contra la Vida eterna. Ellas admitían como una conclusión inevitable la desigualdad fundamental de seres humanos, arraigada en causas imponderables, la desigualdad de las razas humanas y la diferenciación absoluta de los sexos.

     No hemos copiado a los Antiguos. Ninguna cosa viviente es nunca una "copia". Y el movimiento Nacionalsocialista, si es algo, es viviente; y no sólo eso sino que, a pesar del triunfo temporal de sus enemigos, es la verdadera fuerza de vida y resurrección en el mundo medio muerto de hoy. No, no hemos copiado a los Antiguos. Pero hemos, bajo la inspiración de ese dios entre los hombres –Adolf Hitler– llegado a ser conscientes una vez más de la sabiduría de todos los tiempos sin la cual la vida está obligada a decaer; de la sabiduría, de cuyo olvido gradual se deriva, desde el alba de la Historia en adelante, la degeneración creciente de la humanidad y, en particular, la decadencia de las naciones arias. Una vez más nos hemos hecho conscientes del hecho de que “sólo en la sangre pura puede Dios habitar” [1]. Y desde la religión fabricada por el hombre y la moralidad centrada en el hombre, que ha dominado el conocimiento occidental durante por lo menos los pasados mil quinientos años, hemos vuelto a una perspectiva religiosa centrada en la vida, a una moralidad basada sobre la desigualdad de derechos y la diversidad de deberes tanto entre individuos como entre razas, y a una concepción política que proclama el derecho y el deber de las razas superiores –y de las personalidades superiores en cada raza– a gobernar. Y hemos intentado hacer de este mundo primeramente un lugar seguro para los mejores –para la élite racial de la humanidad–, y luego un lugar seguro para todos los vivientes, bajo la protección de los mejores.

[1. Wulf Sörensen (Heinrich Himmler), Die Stimme der Ahnen. Eine Dichtung, Magdeburgo, Nordland, 1936, p.36. (En Inglés: The Voice of the Ancestors: A Poetical Work, by Wulf Sörensen, Hammer, 1993, p.39)].

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     Esto es tan verdadero, que los representantes inteligentes y ortodoxos de una parte del mundo en el cual la tradición aristocrática de los arios, fosilizada como puede haberse hecho en el curso de los siglos, nunca fue sumergida –la India hindú– han juzgado más de una vez al Nacionalsocialismo con una comprensión más profunda y clara que la mayor parte de los europeos fuera de Alemania. Sorprendería a muchos Nacionalsocialistas alemanes saber con qué entusiasmo se saludaron las victorias del Führer en aquella tierra distante durante la reciente guerra. Había, indudablemente, mucha enemistad hacia el dominio británico expresada en ello. Pero había en ello también algo más, algo más profundo, mucho más profundo. Era la expresión de seis mil años de lealtad resuelta a la raza bella, fuerte, verdaderamente superior: los arios, o "los nobles”, los adoradores del Sol y de la Aurora Boreal, que una vez llevaron los Vedas desde su hogar ártico abandonado hace tanto tiempo [2], y fundaron la civilización que, hasta este día, en India, todavía lleva su sello; era el reconocimiento de que el espíritu de aquellos antiguos arios santificados había despertado por fin en sus descendientes modernos más genuinos, en la lejana Europa, y triunfaba.

[2. Lokamanya Bal Gangadhar Tilak, The Artic Home in the Vedas: Being Also a New Key to the Interpretation of Many Vedic Texts and Legends, Poona, Kesari, 1903].

     India ya no sería luego “la última fortaleza de la cultura aria”, como algunos renovadores hindúes la habían llamado, ya que la cultura aria conquistaría de nuevo Europa bajo la guía de uno de aquellos hombres que aparecen una vez en la historia del mundo. Pues la victoria de este Hombre —la victoria del ario sobre el "mlechha" [en las antiguas escrituras sánscritas designa a las razas inferiores], la victoria del ideal de la jerarquía racial sobre el de la uniformidad democrática, del liderazgo inspirado sobre la vanidad de la manada obstinada— sería la victoria de India también, ya que lo mejor de la tradición de India era el ancestral regalo de la raza eterna de aquel Hombre. Y aunque no cualquiera podía expresar esto, muchos lo sintieron, más o menos tenuemente. Más de un hindú de casta superior, consciente de la verdadera naturaleza del conflicto europeo —no Alemania contra Inglaterra, sino el Nacionalsocialismo contra todas las formas de democracia; el verdadero punto de vista ario contra el judío—, más de uno, digo, había ensalzado en el promotor de la resurrección occidental, Adolf Hitler, a un "devata", es decir, un "luminoso”, un ser por encima de la humanidad, y la encarnación moderna del siempre retornante Salvador. Los he escuchado decir eso, a algunos de ellos en público.

     Pero del conocimiento nebuloso de las masas analfabetas de la India surgieron también en esos días intuiciones notables. Siempre recordaré a un joven sirviente –un muchacho de unos quince años– diciéndome en los gloriosos años ’40: “Yo también admiro a su Führer”. Y cuando le pregunté si era sólo porque éste estaba triunfando que él lo admiraba, el muchacho contestó: "¡Oh, no!. Lo admiro, y lo amo, porque él está luchando para sustituír, en Occidente, la Biblia por el Bhagavad-Gita”. Él había obtenido aquella extraordinaria pieza de información en una conversación en el mercado de pescados de Calcuta. Yo estaba perpleja, porque la información, aunque literalmente imaginaria, era absolutamente exacta en su espíritu.

     Y recordé en mi mente las palabras de la vieja Escritura sánscrita: “De la corrupción de las mujeres procede la mezcla de las castas; de la mezcla de las castas, la pérdida de las tradiciones inmemoriales; de la pérdida de las tradiciones inmemoriales, la carencia de entendimiento; y de éste, todos los males", o, en idioma moderno: del apareamiento indiscriminado procede la mezcla de razas desiguales (siempre en perjuicio de la raza superior); de aquella mezcla, viene la pérdida de la memoria racial –la ignorancia de quiénes fueron los antepasados de uno, y quién es uno mismo– y de esto, la carencia de entendimiento de los derechos y deberes de uno –del lugar natural de uno en el mundo– y su consecuencia: “todos los males”, decadencia, muerte.

     Sí, era verdadero que el "Nuevo Orden en Europa” significaba la restauración de la perspectiva aria expresada en este texto inmemorial, como opuesta a todas las religiones y las ideologías de la igualdad; el triunfo de la Filosofía de la Esvástica sobre el de la Cruz o de la Media Luna o el de la Hoz y el Martillo, y el final de la causa primordial de "todos los males”: el apareamiento indiscriminado. Y era verdadero que Adolf Hitler estaba conduciendo la guerra para defender este Nuevo Orden contra los agentes de la desintegración que habían planeado aplastarlo. Y era verdadero también que, durante siglos, ningún gran hombre de acción en Occidente ni en Oriente había vivido y había luchado con  absoluto desinterés y desapego —según la verdadera enseñanza del Bhagavad-Gita— como él lo hizo. La maravilla es que aquella gente sencilla, a tanta distancia, había encontrado una frase contundente para formular aquella verdad.

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     La idea central del Nacionalsocialismo es que sólo en la nobleza natural de la sangre, fuente de las cualidades inherentes de la raza, está el secreto de la grandeza. Es ocioso preguntar por qué una raza es más dotada que otra; por qué una tiene un genio creativo y otras no. Es tan necio como preguntar por qué un plátano no es un roble. El Sol mismo, responsable de todas las diferencias entre los hombres así como entre las otras especies vivientes, ha decretado desde la eternidad la que debía ser, en este planeta, la raza creativa por excelencia. Y por eso el antiquísimo símbolo solar –la Esvástica– ha llegado a identificarse con el movimiento Nacionalsocialista. Detrás de la voluntad de Adolf Hitler, que decidió que debería ser así, estaba la voluntad divina del Sol.

     Es en particular asombroso comprobar cuán históricamente válidas son todas las afirmaciones de Hitler acerca de la supremacía de los arios en todo el mundo, a través de todas las épocas; y más asombroso aún, si en la época en que escribió su famoso libro el Führer no había visto nada del mundo fuera de Alemania (salvo los campos de batalla de Ypres y otros sitios donde él había luchado como un soldado durante la Primera Guerra Mundial) y nunca había tenido el tiempo para convertirse en un erudito.

     Él escribió desde su corazón. A pesar de ello, al otro extremo de la Tierra, monumentos extravagantes que levantan sus líneas majestuosas entre arboledas de palmeras bajo cielos extraños, himnos y poemas en lenguas extravagantes, las memorias atávicas y las tradiciones sagradas de pueblos extraños –algunos quizá desconocidos para él en 1923–, proclaman la verdad de lo que él escribió. Pinturas y esculturas en templos del sur de la India, dramas de bailes sagrados en la costa de Malabar, frisos sobre las paredes en ruinas de Angkor Wat, y las historias repetidas hasta el día de hoy por todas partes de India, Java y Bali, perpetúan la gloria de Rama, el correcto héroe ario, cuyos hechos una vez llenaron el Oriente y el Sur con la maravilla, y a quien los descendientes de las razas sojuzgadas todavía reverencian como a un dios. Y cuando uno recuerda la inspiración detrás de aquellas obras de arte y de aquellas tradiciones, uno no puede sino maravillarse de la exactitud de aquel claro resumen de la evolución de la humanidad escrito por el campeón moderno de la raza aria en la fortaleza de Landsberg am Lech: el undécimo capítulo de la primera parte de Mein Kampf. En efecto, dondequiera que uno admire los remanentes tangibles de una gran cultura (siempre y cuando uno haga el esfuerzo de ir lo suficientemente lejos hacia el pasado), uno termina remontando aquella cultura a la gloriosa raza creativa del Norte a la cual pertenecen tanto los justos guerreros exaltados en las epopeyas sánscritas (y retratados con la técnica de sus adoradores del Sur en las paredes de los templos dravidianos y palacios camboyanos) como el propio autor de Mein Kampf y su amado pueblo.

     Toda Asia debe más o menos su cultura a la influencia del pensamiento indio. Y el pensamiento indio –pensamiento sánscrito– no es sino la flor del alma aria, o nórdica, en un medioambiente tropical. Y si, como algunos eruditos creen, uno también puede demostrar que las mismas influencias han dado origen a las culturas de la antigua América, en la cual la Esvástica era también sagrada –y que el mismo hecho, a saber, que “la desaparición gradual de la raza creativa original” por la mezcla de sangres ha causado su perdición–, entonces uno sólo habrá demostrado cuán extraordinaria fue la intuición de la Historia que tuvo Hitler, y cuán sólida es la roca sobre la cual él fundó el Nacionalsocialismo.

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     Algunos han dicho que la grandeza de Adolf Hitler está en el hecho de que él despertó el patriotismo alemán como ninguno lo había hecho antes. Aquellos que odian a Alemania —aquellos que tienen o piensan que tienen algún interés en tratar de mantenerla abatida— la odian por aquella misma razón. Pero en realidad su grandeza consiste en mucho más que esto. Porque el patriotismo alemán que él despertó no es el patriotismo convencional que enseñan a cada niño europeo en la escuela desde que hubo Estados separados en Europa. Es un aspecto particular de un sentimiento más amplio y más profundo, y más natural. Es la expresión, en el pueblo alemán –el primero en tener el privilegio de recuperarla en Occidente– de la conciencia aria mundial, que está por encima de las fronteras; la expresión del orgullo colectivo de todos aquellos que, no importando cuán lejos ellos vivan ahora de su original hogar nórdico, afirman pertenecer a aquella raza realmente noble y hermosa a quien el mundo debe lo mejor de su cultura.

     Una conmoción como ninguna nación la había experimentado aún —un despliegue de una recobrada juventud triunfante; un canto de alegría y de libertad, a escala millonaria— fue realmente atestiguada en Alemania bajo el encanto de la personalidad magnética de Hitler, y aquello, a pesar de más de mil quinientos años de desmoralizantes influencias. Pero allí no yace todo el "milagro alemán". Yace también, y quizás aún más, en el hecho de que los arios de todo el mundo (pocos, es verdad, pero los mejores) aclamaron a Hitler, y a Alemania con él, como el campeón de sus derechos, como el hombre y el país destinados a cumplir, por fin, sus históricas aspiraciones. Yace en el hecho de que, durante esta guerra, los ingleses estaban felices por sufrir en campos de concentración en su propio país por la idea Nacionalsocialista; de que gente de varias naciones extranjeras en guerra con Alemania, incluyendo uno o dos franceses, habían muerto por ella [como Robert Brasillach, tiroteado el 6 de Febrero de 1945]; de que, en la lejana India, en 1942, algunos hombres y mujeres esperaban con alegría ver la marcha del ejército alemán desde Rusia a través de Afganistán en el camino triunfal que los primeros conquistadores arios habían tomado, seis mil años antes —el Paso Khyber [en castellano, Jáiber]— para encontrar en Delhi a sus aliados japoneses; y en el hecho de que, después de esta guerra, permaneció (y todavía permanece) una minoría de arios no-alemanes listos a afrontar la tortura y la muerte por el placer de desafiar a los perseguidores del Nacionalsocialismo sobre el mismo suelo de la Alemania ocupada.

     Esta atracción mundial de Adolf Hitler muestra suficientemente que, aunque en su forma moderna se originó en Alemania —y no podía probablemente haberse originado en ningún otro lugar—, la doctrina Nacionalsocialista trasciende a Alemania. Como lo he dicho, es la verdad eterna sobre las leyes de la vida y la evolución de las razas humanas, entendida desde el punto de vista de la raza nórdica.

     De que esta raza nórdica es una aristocracia natural, no hay duda. Primero, una aristocracia física. Para asegurarse de ello, uno sólo necesita mirar a sus representantes, sobre todo los tipos germánicos más puros entre los alemanes y los suecos, en apariencia, quizás, los hombres más bellos sobre la Tierra. Una aristocracia de carácter también, como conjunto. Uno sólo tiene que vivir con escandinavos, alemanes, o la verdadera gente inglesa, después de pasar años entre arios menos puros, o razas totalmente diferentes, para darse cuenta de esto. Una aristocracia de benevolencia, también –su signo más atractivo de superioridad. Y esto es un hecho. La mejor prueba de ello puede ser vista en la compasión espontánea que los niños nórdicos de sangre más pura muestran hacia los animales, incluso antes de ser enseñados a hacer así. ¡Compare esto con la crueldad espontánea de los niños de otras razas, con pocas excepciones!. Un niño alemán de cinco años o un muchacho inglés se detendrán para acariciar a un gato u ofrecer algo para comer a un perro en la calle. Un niño de cinco años de las tierras del Mediterráneo, o del Medio Oriente, lanzará una piedra sobre el perro, tirará la cola del gato, o hará algo peor muchas veces. La indiferencia de los adultos hacia el sufrimiento animal en cualquier parte del mundo, salvo en las pocas tierras donde la sangre nórdica obviamente prevalece, horroriza bastante, para no hablar de la maldad innata de la mayoría de los niños.

     Aquello solo ya sería suficiente para confirmar la creencia de uno en la superioridad del ario puro, y para reforzar las esperanzas de que después de tres o cuatro generaciones de formación apropiada –y una reproducción juiciosa– la raza podría llegar a ser una raza de superhombres, creadores de una nueva cultura de la Edad de Oro, digna de los sueños de Nietzsche, digna del amor de Hitler. Sería suficiente para confirmarlo a uno en su propia convicción de que la tarea que la Alemania Nacionalsocialista había emprendido —el refuerzo sistemático de la raza maestra en Europa que hubiera podido conducirla hacia una super-civilización sin paralelo— era, y todavía es, suficientemente digna de su momento.

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     Aquella tarea fue comenzada en Alemania, como todos saben, mediante la promulgación de un cierto número de leyes sanitarias, tendientes a detener todos los apareamientos objetables (y así prevenir el futuro deterioro físico y moral de la raza), y por una nueva educación a gran escala. Cuando uno recuerda que Adolf Hitler asumió el gobierno en 1933, y que Inglaterra, como un instrumento dócil de la judería internacional, declaró la guerra contra él en 1939, uno no puede sino maravillarse por la enormidad de lo que él llevó a cabo en el lapso de seis años. Ningún dios podría haberlo hecho mejor en un tiempo tan corto.

     Más aún, las medidas realmente tomadas no habrían sido suficientes para mantener a la gente en el camino deseado durante siglos sin una nueva –o muy antigua– perspectiva religiosa, expresión de la renacida alma nórdica, saliendo a la luz y creciendo al lado del Estado Nacional. Los hombres prominentes del Movimiento –Adolf Hitler más que ningún otro– estaban conscientes de esto. Y no solamente teóricos como Alfred Rosenberg y profesores del nuevo pensamiento, como Ernst Bergmann [profesor en la Universidad de Leipzig bajo el régimen Nacionalsocialista, autor de Die 25 Thesen der deutschen Religion, Las 25 Tesis de la Religión Alemana] y otros, sino pensadores fríos y de mentalidad práctica como el doctor Goebbels han acentuado repetidas veces la necesidad de acabar con la influencia de todas las iglesias cristianas de cualquier tipo si el Nacionalsocialismo debe disfrutar de un triunfo durable.

     En efecto, el hecho de que, debido a la guerra contra los agentes extranjeros de la judería, no se pudo poner bastante atención a la lucha contra las iglesias y especialmente contra la Iglesia Católica —el más amargo de todos los opositores al Nacionalsocialismo en Alemania—, ese hecho, digo, debe ser contado como una de las causas principales de la pérdida de la guerra. Las Iglesias han demostrado demasiado bien, por su actitud hacia el Nacionalsocialismo derrotado después de la guerra, qué responsabilidad tuvieron ellas en su fracaso y qué cantidad de poder ellas esperaban disfrutar sobre sus ruinas.

     Pero hay más que eso en la aversión instintiva que nosotros sentimos hacia ellas, al grado de que estamos conscientes de lo que estamos apoyando. Las Iglesias, como organizaciones temporales, comercializadas y aferradas al poder, son bastante abominables. La “Weltanschauung” cristiana misma es lejos el peor enemigo del Nacionalsocialismo. Es inútil tratar de esconder el hecho para "no asustar” a la gente: uno no puede ser al mismo tiempo un Nazi y un cristiano, de la denominación que fuere. Es absurdo decir que uno sí puede serlo. Es perder el tiempo señalar casos concretos de hombres y mujeres que realmente lo son. Tales gentes son malos cristianos o malos Nazis, o ambos, gente sincera pero ilógica, que se engaña a sí misma, o astutos tránsfugas tratando de engañar a otros.

     Uno sólo tiene que pensar cinco minutos para comprender que una doctrina centrada alrededor de la raza y la personalidad probablemente no puede ir de la mano con una enseñanza que proclama que todas las almas humanas son igualmente preciosas ante los ojos de un Dios que odia el orgullo. Las Iglesias tal vez algún día contemplen la posibilidad de comprometerse con nosotros, si ellas lo juzgan oportuno. Pero no puede haber ningún compromiso en absoluto entre el cristianismo —o, a propósito, entre ninguna religión antropocéntrica de la igualdad— y la Filosofía de la Esvástica. Si debemos triunfar al final, entonces el cristianismo debe irse, complazca esto o no a todos nuestros amigos que todavía hoy llevan el sello de una formación cristiana. El cristianismo debe irse, de modo que el alma nórdica, que aquél aplastó hace más de mil años, pueda vivir y prosperar una vez más en la fuerza y orgullo de su juventud renovada; de modo que Alemania, y todos los países en los cuales la sangre aria está todavía viva, puedan desarrollar su propia conciencia religiosa —conciencia que ellos habrían tenido si Roma y Jerusalén nunca hubieran interferido con ellos.

     La religión de los arios nacidos-de-nuevo debe tener naturalmente mucho en común con aquella del Norte europeo pre-cristiano, y con aquella, de similar origen y espíritu, que se mantuvo viva hasta hoy en India, en la tradición de los Vedas. Debe ser, ante todo, la religión de un pueblo sano, orgulloso e independiente, acostumbrado a luchar, dispuesto a morir, pero, mientras tanto, feliz de vivir, y seguro de vivir para siempre, en su raza inmortal; una religión centrada alrededor de la adoración de la Vida y de la Luz, alrededor del culto a los héroes, el culto de los antepasados y el culto al Sol, fuente de toda alegría y poder sobre la Tierra. En efecto, debe ser una religión de alegría y de poder –y de amor también; no de aquel amor mórbido por la enfermiza y pecadora "humanidad" a costa de la mucho más admirable Naturaleza, sino de amor por toda la belleza viviente: amor por los bosques y las bestias, por los niños sanos, por los fieles camaradas de uno en cada campo de actividad, por los líderes de uno y los dioses de uno; sobre todo, por el Dios supremo, la fuerza de la Vida personificada en el Sol, el "Calor y Luz dentro del Disco", para citar las expresivas palabras del mayor adorador del Sol de la Antigüedad [el faraón Akenatón de Egipto, hacia 1.400 a.C.]. La religión de los arios regenerados debe ser una en la cual la idea cristiana de la "concepción en el pecado” ceda el paso a aquella de la concepción en el honor y la alegría dentro de la noble raza, siendo el único "pecado" (junto con todas las formas de cobardía y deslealtad) el pecado de la procreación infamante –el pecado mortal contra la raza.

     El conflicto entre el Nacionalsocialismo y las Iglesias cristianas en nuestros tiempos, es sólo un aspecto de la larga lucha entre los credos de la Vida que aceptan la jerarquía natural de las razas humanas, e individuos, no menos que de las especies animales, y que tratan al hombre sólo como una parte de la Naturaleza viva, y los credos centrados en el hombre que niegan las irreductibles diferencias de calidad entre una raza humana y otra, mientras postulan, por otra parte, un abismo artificial entre la "humanidad" como conjunto y el resto de la Creación. El credo antropocéntrico por excelencia de hoy, el comunismo, no es sino el resultado natural y lógico de la democracia occidental basada en “la voz de la mayoría”, como Adolf Hitler lo ha señalado varias veces. Pero la democracia occidental, por su parte, es sólo el resultado natural y lógico de siglos de enseñanza cristiana. Toda la charla estúpida y sentimental de Rousseau y los subsecuentes absurdos sobre la "igualdad de derechos" de todos los seres humanos, a los cuales la Revolución francesa debe su prestigio dentro y fuera del país, habrían sido impensables en una Europa pagana, no afectada desde el comienzo por el pretencioso discurso original judío sobre la igualdad de derechos de todas las almas humanas y la subsecuente "dignidad de todos los hombres” ante los ojos de Dios amante del hombre.

     Aquellos de nosotros que comprendemos totalmente esto, que he llamado la Filosofía de la Esvástica —expresión de nuestras propias aspiraciones más profundas, y lo único satisfactorio—, podemos afrontar con calma el presente y las adversidades por venir. Ninguna propaganda democrática, humanitaria o cristiana, abierta o disfrazada, puede cambiarnos. Formamos aquella minoría elegida de verdaderos Nazis alrededor de quienes, un día, después del colapso venidero, los remanentes de la intrépida raza aria se juntarán para comenzar un nuevo ciclo histórico, bajo la inspiración inmortal de Hitler.


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