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lunes, 3 de enero de 2011

Robert Faurisson - Las Organizaciones Judías Imponen el Credo del Holocausto


   Presentamos ahora la Introducción del libro del profesor Robert Faurisson (n. en 1929) "Escritos Revisionistas 1974-1998", publicado en Marzo de 1999. Tomada de vho.org/aaargh.


Las Organizaciones Judías Imponen 
el Credo del Holocausto
por Robert Faurisson

   Si durante tantos años he seguido investigando en la Historia encarnizadamente y sin preocuparme mucho de la "cuestión judía" como tal, es que, en mi opinión, ésta no tenía más que una importancia secundaria, y me podía desviar de lo esencial: yo buscaba, antes que nada, determinar la parte que le correspondía a la verdad y al mito en la historia llamada del "Holocausto" [Shoah, en hebreo]; mucho más me interesaba restablecer la materialidad de los hechos que no buscar las responsabilidades.

   Sin embargo, muy a pesar mío, dos hechos me obligarían a salir de mi reserva: la actitud de numerosos judíos hacia mis labores y su insistencia amenazante sobre eso que apasiona a tantos entre ellos: "La cuestión judía".



   A principios de los años '60, cuando abordé lo que Olga Wormser-Migot iba a llamar, en su tesis de 1968, "el problema de las cámaras de gas", de antemano supe las consecuencias que podía entrañar semejante empresa. El ejemplo de Paul Rassinier me advertía que podía temer graves repercusiones. Pero decidí seguir adelante, ceñirme a una investigación de carácter puramente histórico y publicar el resultado. Elegí además dejarle al adversario eventual la responsabilidad de salir del terreno de la controversia universitaria para emplear los recursos de la coerción y tal vez la violencia física.

   Esto fue precisamente lo que ocurrió. Utilizando una comparación, podría decir que de alguna manera la frágil puerta del despacho en que redactaba mis escritos revisionistas cedió, un día, súbitamente, bajo la presión de una muchedumbre vociferante de protestatarios. No me quedó más remedio que constatar que la totalidad o casi totalidad de los encandilados eran hijos e hijas de Israel. "Los judíos" acababan de irrumpir en mi vida. Los descubría de pronto, no tal como los había conocido hasta entonces –es decir como individuos distintos unos de otros– sino como elementos imposibles de desprender unos de otros, un grupo unido por el odio y (por usar el término que ellos prefieren) la "cólera". Frenéticos, echando espuma por la boca, en un tono que combinaba el gemido y la amenaza, me venían a gritar que mis trabajos los erizaban, que mis conclusiones eran falsas y que tenía que rendir pleitesía a su propia concepción de la historia de la segunda guerra mundial. Esta interpretación kosher coloca a "los judíos" en el centro de esa guerra, en tanto que víctimas inconfundibles de un conflicto que no dejó de causar unos cuarenta millones de muertos. Según ellos, su masacre era algo único en la historia del mundo. Se me avisaba que, a no ser que me sometiera, me arruinarían la carrera universitaria. Y que me llevarían a los tribunales. Después, por la vía mediática el gran Sanedrín –conformado por los sacerdotes, notables y doctores de la ley judía– lanzó contra mi persona una virulenta campaña de llamados al odio y a la violencia. No haré aquí el recuento de la sarta interminable de afrentas, agresiones físicas y procesos judiciales que me tocó padecer.

   Los responsables de estas asociaciones me tratan a menudo de "nazi", cosa que no soy. Más bien soy, en mi relación con ellas, un "palestino", tratado como tal e inclinado a creer que los judíos en la diáspora tratan a los que les caen mal como lo hacen a ojos del mundo entero en Palestina. Si se quiere, mis escritos son las piedras de mi Intifada. Y francamente no descubro diferencia esencial entre la conducta de los responsables sionistas en Tel-Aviv o Jerusalén y la de los responsables judíos de París o Nueva York: la misma dureza, el mismo espíritu de conquista y de dominación, los mismos privilegios, sobre un fondo incesante de chantaje, de presiones acompañadas con quejas y gemidos. Esto en cuanto a la dimensión espacial. ¿Acaso sucede algo distinto en el tiempo?. ¿El pueblo judío acaso fue tan desdichado en los siglos pasados como lo pretende?, ¿sufrió tantas guerras y guerras civiles como los demás pueblos?, ¿tantas miserias y congojas padecieron?. Y ¿no tuvo verdaderamente ninguna responsabilidad en las reacciones de hostilidad de las que tanto se queja?.

   Sobre este último punto, escribe Bernard Lazare [judío]: "Si esta hostilidad, esta repugnancia incluso, no se hubieran ejercido en contra de los judíos más que en un país y en una época determinada, sería fácil distinguir las causas estrictas de estos brotes de ira; pero por el contrario, esta raza ha tenido que enfrentar el odio de todos los pueblos entre los cuales se acomodó. Es preciso suponer, ya que los enemigos de los judíos pertenecían a las razas más diversas, y vivían en regiones muy alejadas unas de otras, se regían por leyes diferentes, se gobernaban según principios incluso opuestos, no tenían las mismas costumbres, y estaban animados por mentalidades disímiles que no les permitía juzgar de manera igual sobre cada cosa, es preciso, pues, suponer que las causas generales del antisemitismo radican desde siempre en Israel mismo y no entre los que los combatieron".

   Con esto no se trata de afirmar que los perseguidores de los israelitas tenían el derecho de su parte, ni de negar que se cometieran todos los excesos que entrañan los odios vivos, pero sí de postular que los judíos han causado, parcialmente al menos, sus males.

   Bernard Lazare, que no siente enemistad alguna por sus correligionarios, sino todo lo contrario, tiene la franqueza de recordar en varias oportunidades cuánto han sabido a lo largo de su historia, desde la Antigüedad, adquirir privilegios: "(Muchos) entre la gente pobre eran atraídos por los privilegios concedidos a los judíos". En mi calidad de antiguo latinista, reo perseguido ante los tribunales por organizaciones judías, profesor de universidad impedido de dar sus clases por causa de manifestaciones judías y, por fin, autor prohibido por causa de las decisiones del gran rabinato avaladas por la República francesa, a veces me da por confrontar mis experiencias con las de ilustres predecesores. Es así como recuerdo al aristócrata romano Lucius Flaccus. En el año 59 antes de nuestra Era, le tocó a Cicerón defenderlo en particular contra sus acusadores judíos: la descripción que hace el ilustre orador de la influencia, del poder y de los procedimientos de los judíos de Roma en el tribunal, me dan a pensar que si volviera a este mundo, en el siglo XX, para defender a un revisionista, prácticamente no tendría que cambiar una palabra sobre este punto en su defensa en pro de L. Flaccus.

   Como he impartido clases en la Sorbona, también me acuerdo de mi predecesor Henri Labroue, autor de un libro sobre Voltaire como anti-judío. A finales del año 1942, en plena ocupación alemana, en una época en la que nos quieren hacer creer que los judíos y sus defensores se hacían lo más discretos posibles, tuvo que renunciar a impartir sus clases sobre historia del judaísmo. Citemos a André Kaspi: "Una cátedra de historia del judaísmo fue creada en la Sorbona para el año escolar de 1942-43 y confiada a Henri Labroue. Las primeras lecciones dieron lugar a manifestaciones hostiles e incidentes que acarrearon la supresión del curso".

   Pero hoy en día sin falta serían llevados a los tribunales, por demanda de asociaciones judías, decenas de grandes nombres de la literatura mundial, entre los cuales Shakespeare, Voltaire, Víctor Hugo, así como Emilio Zolá (el defensor de Dreyfus también escribió la novela El Dinero). Entre los grandes nombres de la política, incluso Jaurès estaría entre los acusados.

   Semejantes reflexiones podrían valerme el epíteto de anti-semita o anti-judío. Recuso estos calificativos que considero insultos fáciles. No le deseo ningún daño a ningún judío. En cambio, encuentro detestable la manera de actuar de la mayoría de las asociaciones, organizaciones y grupos de presión que pretenden representar los intereses judíos o la "memoria judía".

   A los responsables de esas asociaciones, organizaciones o grupos no les cabe en la mente que uno pueda actuar por simple honestidad intelectual. Si, en lo que a mí respeta, he dedicado buena parte de mi vida al revisionismo, primero en el terreno de los estudios literarios, y luego en el de la investigación histórica, no es a raíz de odiosos cálculos o por servir en un complot anti-judío, sino por un movimiento tan natural como el que hace que el ave cante, que crezca la hoja, y que en las tinieblas el hombre aspire a la luz.


Resistencia Natural de la Ciencia Histórica a este Credo

   Como algunos otros revisionistas, yo hubiera podido hacer efectiva mi rendición, hacer acto de arrepentimiento, retractarme; otra escapatoria hubiera podido ser armar complejos y retorcidos estratagemas. Pero decidí, desde los años '70, resistir dando la cara y a plena luz, y me comprometí conmigo mismo a no entrar en el juego del adversario. Resolví no cambiar nada en mi propia conducta y dejar a los histéricos azuzarse cada día más. Entre los judíos, sólo atendería a aquellos de especial valor que se atreverían a salir en defensa mía por lo menos durante una temporada.

   A veces he oído decir que puede costarle más caro a un judío que a un no-judío el profesar el revisionismo. Los hechos desmienten este aserto. Ningún judío ha sido condenado judiciamente por revisionismo, ni siguiera Roger-Guy Dommergue, quien desde hace años multiplica los escritos más vehementes sobre lo que llama las mentiras de sus "congéneres". Hasta ahora no se han atrevido a aplicarle la ley Pleven (1972) ni la ley Fabius-Gayssot (1990). Conviene no obstante recordar el caso del joven revisionista estadounidense David Cole, que muestra hasta qué grado de violencia algunas organizaciones judías pueden acudir a fin de callar a los judíos que han tomado partido por la causa revisionista.

   Las organizaciones judías, en su conjunto, tratan de anti-semitas a todo el que no adopta su propia concepción de la historia de la Segunda Guerra Mundial. Se les puede comprender ya que el llegar a decir –como estoy haciéndolo aquí– que ellas están entre los principales responsables de la difusión de un mito gigantesco, tiene las apariencias de una opinión derivada del anti-semitismo. Pero en realidad no hago más que sacar las conclusiones evidentes de una encuesta histórica que debe ser, según toda verosimilitud, de lo más seria, ya que ningún tribunal ha podido detectar –ni siquiera con las pesquisas afiebradas de la acusación– la menor huella de ligereza, de negligencia, de ignorancia deliberada o de mentira.

   Además no encuentro motivo para demostrar el menor respeto a grupos de personas que no manifestaron el más mínimo respeto por mis investigaciones, mis publicaciones, mi vida personal, familiar o profesional. Ni ataco ni critico a estos grupos por sus convicciones religiosas o su afecto por el Estado de Israel. Todos los grupos humanos se alimentan con fantasmagorías. Cada cual es libre, por consiguiente, de brindarse a sí mismo una representación más o menos real, o más o menos imaginaria, de su historia. Pero esta representación es lo que no se debe imponer a los demás. Y las organizaciones judías nos imponen la suya, lo cual es en sí inaceptable, y lo es tanto más por cuanto esta representación es obviamente errónea. Y no conozco en Francia otro grupo que haya logrado convertir un artículo de fe de su religión (la de la Shoah) en artículo de la ley republicana; ni otro grupo que se valga del privilegio exorbitante de poseer milicias armadas con el consentimiento del Ministerio del Interior; ni otro grupo, finalmente, que pueda decretar que los universitarios que les caen mal ya no tendrán derecho a enseñar su materia en Francia o en el extranjero (véase, entre otros, el caso de Bernard Notin).


Por un Revisionismo sin Complejos

   Los revisionistas no conocen en realidad ni amo ni discípulo. Forman una tropa heterogénea. No gustan de organizarse, lo que representa tantos inconvenientes como ventajas. El individualismo los hace inaptos para la acción concertada; por otro lado los servicios de policía demuestran ser incapaces de penetrar y vigilar un conjunto tan inconexo; no pueden reconstituír una red porque precisamente no existe red revisionista alguna. Son individuos que se sienten libres de improvisar, cada uno según sus aptitudes o sus gustos, una actividad revisionista que tomará las formas más diversas. La calidad de los trabajos emprendidos padece de esta situación, y hay que reconocer que el resultado es desigual. Desde este punto de vista, se puede decir que queda mucho por hacer todavía. El simple aficionado se codea con el erudito, con el hombre de acción y con el rebuscador de archivos. No he de dar nombres aquí para no catalogar a cada cual.

   En cuanto a la manera de librar el combate revisionista, por supuesto los revisionistas se dividen entre partidarios y adversarios de una especie de realismo político. La mayoría considera que, frente a la potencia del tabú, lo mejor es proceder de manera oblicua y no encarar brutalmente a los secuaces de la ortodoxia. Para esos revisionistas, es torpe e imprudente, por ejemplo, tirarse a decir que el "Holocausto" es un mito; sería mejor, según ellos, insinuar que el "Holocausto sí se dio, pero no hasta el grado que comúnmente se supone". Prendados de una estrategia o de tácticas, tales revisionistas procurarán cuidar las susceptibilidades judías, y son los que van a sugerir, erróneamente, que la parte legendaria del "Holocausto" se le debe achacar principalmente a los comunistas o a los Aliados pero no a los judíos, o mejor dicho, apenas a éstos. Incluso se dan casos de principiantes en el revisionismo que practican la engañosa confusión de presentar a los judíos como víctimas de una especie de creencia universal errónea, en la misma medida que los demás: Se habrían encontrado obligados los judíos –de alguna manera por una fuerza inmanente– a creer en el genocidio y en las cámaras de gas, a la vez que la misma supuesta fuerza los llevaba a reclamar más y más dinero por reparación de sufrimientos ficticios. Pásese algún judío errante al campo revisionista, se le festejará como al más genuino genio del revisionismo. Si retoma a su cuenta, con torpeza, los descubrimientos de sus predecesores no-judíos acerca de Auschwitz, se le saludará al recién convertido como un faro del pensamiento científico.

   Acepto algunas formas de este realismo político, pero con la condición de que no conlleve arrogancia. No hay ninguna superioridad, intelectual o moral, en pensar que el fin justifica los medios y consentir que a veces conviene tomarle prestadas al enemigo las armas del disimulo y la mentira. Ahora bien, a mí personalmente me agrada más un revisionismo sin complejos ni muchos compromisos. Declárese el color. Márchese derecho hacia el blanco. Solo, si es preciso. Sin cuidarse del adversario. Además una larguísima experiencia del combate revisionista me hace pensar que la mejor estrategia y la mejor táctica pueden consistir en una sucesión de ataques frontales; el contrincante no se la esperaba; nunca se imaginó que se tendría la audacia de desafiarlo así; descubre que ya no da miedo; se desconcierta.


Un Conflicto sin Fin

   Cien veces los revisionistas han propuesto a sus adversarios un debate público sobre el genocidio, las cámaras de gas y los Seis Millones. Las organizaciones judías siempre se han retraído ante esta propuesta. Ya se ha comprobado que no la aceptarán. Por lo menos la Iglesia Católica admite una forma de diálogo con los ateos, pero la Sinagoga no olvidará la ofensa que se le ha hecho y no se resolverá jamás a correr el riesgo de semejante diálogo con los revisionistas. Además, hay demasiados intereses políticos, financieros y morales en juego para que, por su lado, los responsables del Estado de Israel o de la Diáspora acepten entablar semejante debate sobre la versión kosher de la historia de la Segunda Guerra Mundial.

   Continuará pues la prueba de fuerza. No le veo fin. El conflicto al que asistimos entre "exterminacionismo" y "revisionismo", es decir entre una historia oficial, estancada, sagrada, por un lado, y una historia crítica, científica, profana, se inscribe en la lucha sin fin que se entabla en las sociedades humanas desde milenios atrás, entre la fe y la razón, o la creencia y la ciencia. La fe en el "Holocausto" forma parte integral de una religión, la religión hebraica de la cual, mirándolo bien, las fantasmagorías del "Holocausto" no son más que una emanación. Nunca se ha visto que una religión se derrumbe bajo los golpes de la razón. No ha de desaparecer de la noche a la mañana la religión judía con uno de sus componentes más activos. Según las interpretaciones vigentes, se trata de una religión con mil quinientos años de edad, o tres mil, o cuatro mil años. No hay por qué imaginar que los hombres del año 2000 tengan el privilegio de presenciar en directo el naufragio de una religión tan antigua.

   También se oye decir a veces que el mito del "Holocausto" podría borrarse un día como se desplomó hace poco el comunismo estaliniano o como se hundirán un día el mito sionista y el Estado de Israel. Esto es comparar lo que no es comparable. Comunismo y sionismo descansan sobre bases frágiles: los dos presuponen en el ser humano altas aspiraciones que son ampliamente ilusorias: el desinterés generalizado, la repartición igualitaria entre todos, el sentido del sacrificio, el trabajo en provecho de todos; sus emblemas son, en un caso, la hoz, el martillo y el koljoz, y en el otro la espada, el arado y el kibutz. La religión judía, bajo la indumentaria estrambótica de la masora o del pilpul, no se detiene en las nubes: Apunta hacia abajo para apuntalar el golpe exacto; apuesta a lo real. Bajo el manto de las extravagancias talmúdicas y de prestidigitaciones intelectuales o verbales, se nota que está vinculada por encima de todo con el dinero, el rey dólar, el becerro de oro y las blanduras de la sociedad de consumo. ¿Quién puede creer que estos valores perderán algo de su poderío en un futuro próximo? Y, además, ¿cómo la desaparición del Estado de Israel podría acarrear nefastas consecuencias para el mito del "Holocausto"? Al contrario, millones de judíos, obligados a correr o a regresar a los países ricos de Occidente, no dejarían de clamar ante el "segundo holocausto" y ya estarían nuevamente y con mayor estruendo, acusando al mundo entero de esta nueva prueba impuesta al pueblo judío, al cual convendría "indemnizar" una vez más.

   Por último –y esto harto se nota con los relatos del "Holocausto"– la religión judía está anclada en lo que tal vez sea lo más profundo en el ser humano: el miedo. Ahí radica su fuerza. Ahí radica la clave de su probable duración a pesar de todos los contratiempos y golpes asestados a los mitos por el revisionismo histórico. Mientras especulen con el miedo, los judíos religiosos siempre saldrán ganando.

   Me suscribo a la constatación del sociólogo e historiador Serge Thion: "El revisionismo histórico, que ha ganado todas las batallas intelectuales desde hace veinticinco años, cada día va perdiendo la batalla ideológica. El revisionismo choca con lo irracional, contra un pensamiento cuasi-religioso, con la negativa a tomar en cuenta aquello que proceda de un polo no-judío; estamos en presencia de una especie de teología laica de la cual Elie Wiesel es el gran sacerdote internacional consagrado por la atribución del premio Nobel".


El Porvenir entre Represión e Internet

   Los recién llegados al revisionismo no deberán hacerse ilusiones. Ardua de veras será la tarea. ¿Acaso menos de lo que fue para Paul Rassinier y sus sucesores más directos?. ¿Acaso será menos feroz la represión? Personalmente lo dudo. Tal vez el cambio de los equilibrios políticos en el mundo y las técnicas de comunicación les den a las minorías la oportunidad de hacerse oír mejor que en un pasado reciente. Gracias a Internet, para los revisionistas la censura tal vez sea más fácil de burlar, y es de suponer que las fuentes de información histórica se volverán más asequibles.

   Esto no quita que en este fin de siglo y de milenio [1999] el hombre está llamado a vivir la extraña experiencia de un mundo en que libros, periódicos, radios y cadenas de televisión están más que nunca controlados por el poder del dinero o por la policía del pensamiento, mientras que paralelamente se desarrollan, a gran velocidad, nuevos medios de comunicación que escapan en parte al control. Parecería un mundo de dos caras: una se estanca y envejece, y la otra tiene la desfachatez de la juventud y mira hacia el porvenir. Se observa el mismo contraste en la investigación histórica, que vigila la policía del pensamiento en todo caso: por un lado los historiadores oficiales, que multiplican las obras sobre el "Holocausto", se encierran en el terreno de la creencia religiosa o del raciocinio a puertas cerradas mientras que, por otra parte, algunos cerebros independientes se esfuerzan por acatar solamente los preceptos de la razón y la ciencia; gracias a estos últimos, la libre investigación histórica muestra una impresionante vitalidad, especialmente en Internet.

   Los partidarios de una historia oficial, protegida y garantizada por la ley, estarán condenados para siempre a encontrar frente a ellos a los contestatarios de una verdad de oficio. Los unos tienen –producto de la edad– el poder y el dinero; los otros, un porvenir verdadero.


Recrudece la Represión

   Hay un punto sobre el cual el presente libro puede aportar tanta información a los revisionistas como a los anti-revisionistas: es el de la represión que padecen los primeros por culpa de los segundos.

   Cada revisionista recibe sus buenas palizas y sabe lo que le está costando expresarse sobre un tema tabú; pero no siempre tiene conciencia de lo que a la misma hora padecen sus semejantes en otros países. En cuanto a los anti-revisionistas, suelen minimizar sistemáticamente la amplitud de sus actos represivos; sólo les duelen sus propios tormentos, comparables a los de Torquemada y de los Grandes Inquisidores: necesitan golpear, golpear siempre; se les cansa el brazo, se acalambran, sufren, gimen; encuentran que si a alguien hay que compadecer, es a los verdugos; se tapan ojos y oídos para evitar ver y oír a todas sus víctimas. A veces incluso se sorprenden, tal vez de buena fe, cuando se les presenta la lista de los revisionistas a los que lograron destruír en su vida personal, familiar o profesional, arruinar con multas y apresar en cárcel, herir de gravedad, matar, empujar al suicidio, mientras que a la inversa no se podría alegar un solo caso en que un revisionista le haya tocado un solo pelo a uno de sus adversarios.

   Hay que decir que la prensa procura disimular lo más posible los efectos de esta represión generalizada. En Francia, el diario Le Monde tiene la particularidad de silenciar ciertos horrores que hubieran levantado desfiles de protesta y manifestaciones de todo tipo en el mundo entero si judíos anti-revisionistas al estilo de Vidal-Naquet hubieran sido las víctimas. A lo sumo, lo mejor que se puede esperar de los apóstoles de la Shoah será una advertencia contra los excesos del anti-revisionismo que podrían dañar la imagen de los judíos y la causa sagrada de la Shoah.

   En la oleada de las ultimísimas medidas de represión contra los revisionistas, mencionaremos en Francia la revocación de la Educación Nacional de Michel Adam, profesor de Historia y Geografía en un colegio secundario en Bretaña; con 57 años, y cinco hijos que criar, se encuentra privado de cualquier recurso o indemnización. En cuanto a Vincent Reynouard, profesor revocado también, el tribunal de Saint-Nazaire lo acaba de condenar el 10 de Noviembre de 1998 a tres meses de prisión más 10.000 francos de multa por la difusión del Informe Rudolf; con 29 años, padre de tres hijos pequeños, se halla sin recursos así como su esposa. En Francia igualmente, está el caso del "pastor" Protestante Roger Parmentier, excluído del Partido Socialista por haber apoyado ante un tribunal a Roger Garaudy, mientras Jean-Marie Le Pen está siendo procesado, en Francia y en Alemania, por una declaración anodina sobre "el detalle" de las cámaras de gas.

   En Barcelona, el 16 de Noviembre [1998], por demanda del Centro Simon Wiesenthal, SOS Racismo-España, las dos comunidades israelitas de la ciudad y el movimiento judío liberal español, el librero Pedro Varela ha sido condenado a cinco años de prisión por "negación del Holocausto" e "incitación al odio racial" por escrito. También se le ha condenado a una multa de treinta mil francos y pesados gastos de justicia. Los 20.972 libros y cientos de cassettes que componen el fondo de sus librería serán destruídos... por el fuego. Su librería había sido objeto de atentados e incendios; varias veces lo habían agredido a él y a la empleada. Y se dice que ahora el Centro Simón Wiesenthal estaría intentando obtener la anulación del doctorado concedido a Pedro Varela hace más de diez años.

   En Alemania, se secuestran y se queman cada día más escritos revisionistas. Gary Lauck (ciudadano estadounidense extraditado por Dinamarca hacia Alemania), Gunther Deckert y Udo Walendy siguen presos, y se van a sentir dichosos si no se les prolonga la prisión bajo cualquier pretexto. Erhard Kemper, de Munster, después de un año de prisión y amenazado con nuevas penas largas que lo mantendrían preso posiblemente hasta el fin de sus días, ha tenido que refugiarse en la clandestinidad. Otros alemanes o austriacos viven exiliados.

   En Canadá, el calvario de Ernst Zündel y sus amigos sigue, ante uno de esos tribunales ad hoc, llamados "comisiones de derechos humanos", en que se ven pisoteados los derechos normales de la defensa; por ejemplo, allí está prohibido demostrar que lo que uno ha escrito corresponde a una verdad comprobable; a esas comisiones no les interesa la verdad; lo único que les interesa es ¡saber si lo que está escrito lastima a algunos! Otras comisiones especiales vinculadas con el Intelligence Service de Canadá toman sus decisiones a puertas cerradas y sobre la base de expedientes no comunicados a los interesados, en caso de que sean revisionistas. Durante 1999, Ottawa adoptará una ley anti-revisionista que autorizará a la policía a secuestrar en domicilios privados cualquier libro o material que pudiere propagar el revisionismo, según la policía misma; esa misma ley estipulará que los tribunales alinearán su práctica sobre la de las comisiones ad hoc y ya no le permitirán al acusado defenderse invocando la verdad de lo que escribe.

   En el mundo entero las asociaciones judías multiplican iniciativas con vistas a la adopción de una ley anti-revisionista específica. Hace poco, en ocasión de una conferencia reunida en Salónica, la Asociación Internacional de Abogados y Juristas Judíos ha reclamado la instauración de semejante ley en Grecia y ha dado a conocer que organizaría conferencias idénticas en más de veinte países.


El Deber de Resistencia

   Cualesquiera puedan ser las tempestades y vicisitudes presentes o venideras, el historiador revisionista debe mantener el rumbo. Al culto de una memoria tribal fundada sobre el miedo, la venganza y el lucro, le sobrepondrá la búsqueda obstinada de la exactitud. De esta manera, sin quererlo siquiera, le rendirá la debida justicia a todos los sufrimientos de todas las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. Y desde ese punto de vista, él será quien evite cualquier discriminación por la raza, la religión, la comunidad. Por encima de todo, rechazará la impostura suprema con la que culminó el conflicto: el proceso de Nüremberg, el de Tokio y mil otros juicios de la post-guerra, en oportunidad de los cuales hoy en día aún, sin tener que rendir la menor cuenta de sus propios crímenes, el vencedor se atribuye el derecho de perseguir y condenar al vencido.

   En contra de la visión romántica de Chateaubriand, al historiador no le corresponde "la venganza de los pueblos", ni mucho menos la venganza de un pueblo que se pretende elegido por Dios. Sobre cualquier tema, el historiador en general, y el historiador revisionista en particular, no tienen otra misión que la de comprobar si es exacto lo que se dice. Se trata de una misión elemental, evidente pero –por lo que enseña la experiencia– peligrosa.



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