BUSCAR en este Blog

martes, 9 de noviembre de 2021

Sobre Marxismo Cultural y Corrección Política (2)

 

     Completamos con esta entrada la presentación en castellano del estudio The Origins of Cultural Marxism and Political Correctness del profesor y doctor en Historia Jefrey Breshears, publicado hace cinco años (theareopagus.org). En esta segunda parte el autor se refiere a algunos tempranos teóricos del marxismo cultural, a la Escuela de Frankfurt, su fundación, su agenda y sus aportes, y luego a su establecimiento en Estados Unidos, llevando el neo-marxismo, y toda su siniestra influencia allí, primordialmente desde posiciones académicas, en el mundo cultural de la década de los años '60, con un énfasis final del autor en el ámbito de la música popular estadounidense. Todo este informado esfuerzo del profesor Breshears tiene como fin lograr comprender la evolución y malsanos efectos de una doctrina que desde que estaba en su huevo ha tenido en mente un trabajo de destrucción y debilitamiento de lo que por genética siempre ha aborrecido.

Los Orígenes del Marxismo Cultural

y la Corrección Política (2 de 2)

por Jefrey D. Breshears, 2016

 

 

MARXISMO CULTURAL: TEÓRICOS TEMPRANOS

 

UN NUEVO FOCO

     Después de la Primera Guerra Mundial la gran revolución proletaria a nivel continental que muchos marxistas esperaban nunca se materializó. Las clases obreras de Europa nunca se unieron en masa detrás de la bandera roja, y con el fracaso de la revolución comunista en Alemania, el colapso del régimen de Bela Kun en Hungría, y la derrota del Ejército Rojo en Polonia, la Unión Soviética quedó aislada como el solitario Estado comunista. La teoría marxista clásica había demostrado ser insuficiente en términos de convocar a las masas de Europa, y en medio de los debates intelectuales de la posguerra en círculos comunistas surgieron dos teóricos que redefinieron el marxismo de acuerdo con los tiempos: Antonio Gramsci y Georg Lukacs. Más bien que enfocarse exclusivamente en la sub-estructura económica de la sociedad, Gramsci y Lukacs pusieron su atención en la superestructura: la cultura. Aquélla era una tarea más completa y ambiciosa, pero a largo plazo resultaría ser una estrategia brillante y eficaz para socavar a la civilización occidental.

 

ANTONIO GRAMSCI

     Antonio Gramsci (1891-1937) fue un periodista, filósofo y teórico político italiano. Él se unió al Partido Socialista italiano en vísperas de la Primera Guerra Mundial, y durante los siguientes años él escribió para diversos periódicos socialistas. Después de que la guerra terminó, Gramsci contribuyó decisivamente a la fundación del Partido Comunista de Italia.

     Gramsci estuvo entre los primeros que reconocieron que una revolución marxista dependía de infiltrar y subvertir instituciones culturales claves y de cambiar gradualmente los valores de una sociedad, un proceso que requeriría una prolongada guerra cultural de desgaste. Viajando a la Unión Soviética en 1922 como un representante del Partido Comunista italiano, él fue testigo de la fuerza bruta y la tiranía implicada en la tentativa de convertir aquella nación al socialismo. Su conclusión fue que el comunismo era demasiado radical y demasiado ateo para ser aceptado voluntariamente en el Oeste. Lo que era necesario era una campaña de propaganda persistente y prolongada que debilitara la confianza de la gente en los valores tradicionales y las creencias religiosas, haciéndolos así más dóciles al socialismo radical. Ésa era la esencia y la teoría de lo que sería llamado más tarde neo-marxismo.

     Gramsci trabajó para la Comintern en Moscú y luego en Viena, desde donde él esperaba difundir la revolución bolchevique a través de toda Europa. Dejando a su esposa y familia en Moscú, él volvió a Italia para ayudar a crear un frente unido de partidos izquierdistas en oposición al régimen fascista de Mussolini. Desde 1924 él representó al partido comunista en la legislatura italiana, pero en 1926 él fue detenido durante una represión contra disidentes. En su proceso judicial, el acusador declaró: "Durante veinte años debemos impedir que este cerebro funcione". Por lo visto, eso sonó como una buena idea al juez, y Gramsci fue condenado justo a eso, a veinte años en prisión. Ocho años más tarde él fue liberado por motivos de salud, y murió un par de años después de eso.

     Mientras estuvo en prisión Gramsci escribió sus Cuadernos de Prisión, una especie de guía para la guerra cultural. Él llamó a su tesis de trabajo y estrategia Teoría Crítica. Un Asalto Sistemático y de Amplia Base contra los Fundamentos Morales e Institucionales de la Cultura Occidental. Ésa era una agenda ambiciosa ya que Gramsci estaba convencido de que las clases obreras eran ciegas a sus intereses de clase debido a dos factores:

(1) Los capitalistas y otros conservadores sociales controlaban las instituciones culturales principales, incluyendo los medios de comunicación y el sistema educacional. A través de las generaciones, esas instituciones tradicionales mantuvieron el control social promoviendo valores burgueses y creando una cultura de consenso.

(2) El cristianismo era una fuerza contrarrevolucionaria que ejerció gran influencia en la civilización occidental. En la mente de Gramsci y sus compañeros, la moralidad y la ética cristianas eran idénticas a los valores burgueses y por lo tanto intrínsecamente represivas. El cristianismo mantenía a las masas dóciles y pacificadas haciéndoles promesas vacías con respecto al otro mundo más bien que enfocar la atención en sistemas sociales y políticos injustos en este mundo.

     Gramsci abogó por un ataque en dos frentes contra la cultura capitalista: tanto desde abajo hacia arriba como a la inversa. Primero, los marxistas deberían formular y poner en práctica una cultura proletaria únicamente secular que apelara a las clases obreras a fin de aumentar su sentido de conciencia de clase y solidaridad. Una parte esencial de esa estrategia era cuestionar la suposición convencional de que los valores y la moralidad burgueses, incluyendo las tradicionales religiones católica y Protestante, eran naturales, racionales y justos. De manera correspondiente, los marxistas deberían trabajar para con el tiempo transformar la cultura europea por medio de un proceso de "hegemonía cultural", es decir, infiltrándose y controlando las instituciones culturales que ejercen la mayor influencia en la sociedad. Mientras que Marx había escrito acerca de las "alturas dominantes" de la economía —las industrias estratégicas que esencialmente controlaban la producción y la distribución nacional—, la visión de Gramsci consistía en socavar, y finalmente apoderarse de, las alturas dominantes de la cultura.

     Como un marxista clásico, Lenin había considerado a la cultura como "auxiliar" de la economía y la política. Gramsci, sin embargo, pensaba diferente, y sostuvo que el mejor modo de ganar el poder político y económico era por medio de un prolongado proceso de subversión cultural. Como él escribió, "En el nuevo orden, el socialismo triunfará primero capturando la cultura mediante la infiltración de las escuelas, las universidades, las iglesias y los medios de comunicación, transformando la conciencia de la sociedad".

     Aunque su carrera como un revolucionario fue relativamente efímera, Gramsci contribuyó significativamente a la agenda neo-marxista. Su Cuaderno de Prisión y otros escritos estuvieron entre los trabajos sociopolíticos más influyentes del siglo XX, como lo revela cualquier estudio académico sustancial en teoría social y cultura popular.

 

GEORG LUKACS

     Al igual que Gramsci, el filósofo marxista húngaro Georg (o Gyorgy) Lukacs (1885-1971) se enfocó en la importancia estratégica de la cultura en relación a una transformación marxista de la civilización occidental. Lukacs creció en Budapest y era el hijo de un rico banquero inversionista judío húngaro. Siendo un estudiante talentoso, él recibió un doctorado en historia y crítica literaria de la Universidad de Budapest en 1909. Nueve años más tarde, en medio de la Primera Guerra Mundial, él se convirtió al comunismo y se afilió al partido comunista húngaro.

     El año siguiente Lukacs sirvió como el Comisario del Pueblo para la Educación y la Cultura en la república soviética húngara de Bela Kun, y en esa posición él lanzó una campaña de "terrorismo cultural", una especie de terapia de choque diseñada para cambiar radicalmente la cultura. Una de las prioridades de Kun era introducir un completo programa de adoctrinamiento en educación sexual en las escuelas, el cual promovía la experimentación sexual, el "amor libre", las relaciones sexuales prematrimoniales, y ataques contra el matrimonio monógamo y contra puntos de vista cristianos tradicionales acerca de la sexualidad. Los niños fueron animados a rechazar los valores de sus padres y de las autoridades de la Iglesia. Lamentablemente para Lukacs y sus compañeros soviéticos, sin embargo, el programa encontró una firme oposición, sobre todo de la Iglesia Católica, y fue considerado tan radical que se enajenó a las clases obreras y produjo un contragolpe contra el gobierno del "pueblo".

     Cuando la república soviética húngara fue derrocada, Lukacs buscó refugio primero en Viena y luego en la Unión Soviética, donde él planificó estrategias con Gramsci y otros emigrados comunistas. En 1923 él fue enviado a Alemania donde presidió una reunión de intelectuales y académicos izquierdistas que condujo a la fundación del Instituto para la Investigación Social (IIS). Durante la siguiente década el IIS funcionaría como el primer centro de estudios neo-marxista que tenía el objetivo de socavar los valores e instituciones occidentales. En su asociación con la Universidad de Frankfurt, el IIS más tarde llegó a ser conocido simplemente como la Escuela de Frankfurt.

     Durante varios años Lukacs trabajó en Moscú como un agente de la Internacional Comunista, pero él se retiró de la participación activa en política por diferencias tácticas con Lenin y los bolcheviques rusos. En 1929 él se trasladó a Viena, pero el año siguiente él y su esposa huyeron a la URSS para evitar su detención. Con Stalin ahora en el poder, a Lukacs no le permitieron emigrar sino quince años más tarde, después del final de la Segunda Guerra Mundial. Stalin recelaba de los intelectuales neo-marxistas como Lukacs y sus colegas en el IIS, considerándolos como demasiado cosmopolitas e independientes. Por lo tanto, él forzó a Lukacs a la "autocrítica" e incluso ordenó que fuera encarcelado temporalmente como un simpatizante de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. De alguna manera Lukacs logró sobrevivir a las periódicas y paranoides purgas de Stalin a pesar de que la mayoría de los comunistas extranjeros, incluyendo a Bela Kun, fueron ejecutados durante ese período.

     Después de la guerra Lukacs volvió a casa a Hungría donde estuvo involucrado con el partido comunista húngaro. En 1956 él se convirtió en un ministro en el efímero gobierno reformista revolucionario de Imre Nagy hasta que fue violentamente aplastado por los soviéticos. Casi ejecutado después del colapso de la Revolución húngara, él se retractó públicamente de sus opiniones "revisionistas" y permaneció como un comunista leal hasta su muerte en 1971.

     Lukacs era uno de los principales teóricos marxistas después de la Primera Guerra Mundial. En muchos respectos un marxista ortodoxo, él recordó a sus lectores en su trabajo seminal, Historia y Conciencia de Clase (1923), que "La premisa del materialismo dialéctico es ésta: No es la conciencia del hombre la que determina su existencia, sino al contrario: es su existencia social la que determina su conciencia". Sin embargo, al igual que sus colegas neo-marxistas de la Escuela de Frankfurt, Lukacs también entendió que una revolución marxista exitosa dependía de una prolongada campaña de subversión a fin de debilitar la cultura capitalista burguesa. Ésa era la teoría que estaba detrás de su famoso lema "¿Quién nos liberará del yugo de la civilización occidental?", en la cual él sostuvo que una revolución comunista sólo podía tener éxito si era precedida por una revolución cultural completa. En palabras suyas: "Tal derrocamiento mundial de valores no puede ocurrir sin la aniquilación de los viejos valores y la creación de otros nuevos por los revolucionarios".

     En aquel respecto, y como un ateo militante, Lukacs comprendió que el mayor obstáculo para el avance del marxismo —incluso más que el sistema capitalista burgués— eran las creencias y valores cristianos tradicionales. Para Lukacs, el comunismo era su religión, y él se dedicó incondicionalmente al avance de dicha causa. Pero para tener éxito, la revolución tendría que inspirar la clase de fervor mesiánico y "poder religioso" que caracterizó al cristianismo temprano. El objetivo, sin embargo, no sería la salvación y la auto-realización personal sino "el destino de la comunidad" en un mundo que había sido "abandonado por Dios". Combinando el romanticismo de Rousseau y el realismo marxista, él sostuvo que sólo en el contexto histórico de una sociedad comunista pura podría la Humanidad colectivamente vencer "la falta de hogar trascendental" que impide a cada persona experimentar "el anhelo de todas las almas del lugar al cual ellas una vez pertenecieron, y la nostalgia de la perfección utópica, una nostalgia que se siente a sí misma y a sus deseos como la única realidad verdadera". Esto es (para usar dos términos que deberían ser mutuamente excluyentes) nada menos que marxismo espiritualizado.

     Como un relativista pragmático que creía que el fin justifica los medios, Lukacs sostuvo que una revolución exitosa no puede ser inhibida por consideraciones morales y éticas. A diferencia de los liberales burgueses, los humanitaristas cristianos y los socialistas moderados, a quienes él despreciaba, Lukacs entendió que la guerra cultural es simplemente eso: una guerra. Para tal efecto, todos los escrúpulos deben ser desechados, y no hay ningún lugar para el sentimentalismo o el compromiso. Es o la dominación o la subyugación, una lucha por la supremacía y la supervivencia del más apto. Inspirado por la glorificación del poder bruto, Lukacs pidió el derrocamiento de la cultura occidental por cualquier medio necesario.

     A fin de que la agenda comunista tenga éxito, todos los vestigios de fe y la moralidad cristianas deben ser borrados. Sacando su inspiración de la sección "El Gran Inquisidor" de Los Hermanos Karamazov de Dostoyevski, Lukacs entendió muy bien que si no existe Dios, todo es permisible. Por lo tanto, cualquier acto al servicio de la Revolución está justificado, ya que tal acto no puede ser "ni delito, ni locura... Ya que el crimen y la locura son simplemente objetificaciones de la falta de hogar trascendental". En un pasaje particularmente revelador de "Historia y Conciencia de Clase", Lukacs identificó la fuente de la visión marxista: "El abandono de la singularidad del alma resuelve el problema de soltar las fuerzas diabólicas que están al acecho en toda la violencia que es necesaria para crear la revolución... Cualquier movimiento político capaz de llevar el bolchevismo al Occidente tendría que ser demoníaco".

 

LA ESCUELA DE FRANKFURT

 

LA AGENDA FUNDACIONAL

     En 1923 Felix Weil organizó un simposio de una semana, presidido por Georg Lukacs, en Frankfurt, Alemania, en el cual ellos presentaron una visión para un centro de estudios y de investigación marxista. Irónicamente, tal como Friedrich Engels (el colaborador y benefactor de mucho tiempo de Karl Marx), Weil era hijo de un rico capitalista [judío], pero él se había convertido al marxismo cuando era un alumno de doctorado mientras estudiaba bajo el filósofo político Karl Korsch en la Universidad de Frankfurt. Después de la conferencia, Weil aseguró la financiación para erigir un edificio y financiar los sueldos para un instituto que tendría el estatus académico de una universidad. El nombre original para el centro era Instituto para el Marxismo (Institut für Marxismus), pero para propósitos de relaciones públicas los directores decidieron darle un nombre más genérico, el Instituto para la Investigación Social (Institut für Sozialforschung). Desde entonces, el IIS fue por lo general conocido simplemente como "la Escuela de Frankfurt".

     El primer director del Instituto, Carl Grünberg, era un profesor [judío] de leyes y ciencias políticas en la Universidad de Viena y el primer profesor abiertamente marxista que tenía una cátedra en alguna universidad alemana, y desde el comienzo él y Weil fueron claros acerca de la misión de la Escuela. Inspirado por la obra recientemente publicada de Lukacs "Historia y Conciencia de Clase", su modelo era el Instituto Marx-Engels de Moscú. Según Weil, "Yo quería que el instituto se hiciera conocido... debido a sus contribuciones al marxismo como una disciplina científica". Sin embargo, había siempre una contradicción entre la filosofía declarada del Instituto y la realidad. Aunque teóricamente era una institución marxista, la estructura rectora de la Escuela de Frankfurt era cualquier cosa salvo igualitaria y sin clases sociales. De hecho, era aún más jerárquica y menos colegial que la mayoría de las instituciones académicas, con un único director que estaba potenciado con el control autocrático de las políticas del Instituto, sus programas, su facultad y administración. Aquella inconsistencia aparte, como Martin Jay registra en su libro The Dialectical Imagination: A History of the Frankfurt School and the Institute of Social Research (1973), "Carl Grunberg concluyó su discurso de apertura expresando claramente su lealtad personal al marxismo como una metodología científica, [y declaró que] el marxismo sería el principio rector del Instituto".

     Weil y Grünberg eran marxistas ortodoxos, pero desde el principio ellos estimularon un amplio acercamiento inter-disciplinario al conocimiento académico. Por consiguiente, el Instituto atrajo a talentosos estudiosos no sólo en economía sino también en filosofía, historia, psicología, sociología y otras áreas académicas. Aunque marxista de manera genérica, hubo algunas variaciones filosóficas y énfasis diferentes cuando varios estudiosos aplicaron principios marxistas a su campo particular de estudio. Como un centro de estudios marxista independiente, el Instituto era un centro para el discurso teórico, pero no para el activismo revolucionario. Aunque el IIS comenzó con el apoyo de la Internacional Comunista y algunos de su facultad y personal eran confesos comunistas, el Instituto nunca se afilió oficialmente al Partido Comunista de Alemania (KPD) o al más moderado Partido Socialista de Alemania (SPD). Además, aunque los estudiosos de Frankfurt al principio elogiaron a Lenin y al régimen bolchevique, su apoyo a la URSS fue más atenuado después de que Lenin murió en 1924. De manera interesante, Grünberg y sus colegas procuraron no criticar abiertamente a Stalin sino que circunspectamente mantuvieron su distancia. Por su parte, el paranoide dictador soviético siempre receló del IIS. (De hecho, uno de los fundadores originales del IIS, Richard Sorge, era un espía soviético). Stalin consideraba al Instituto como demasiado cosmopolita, y a su facultad y personal demasiado excéntricos, independientes, e insuficientemente leales.

     Grünberg sufrió un ataque cerebral en 1927 y se retiró como director del Instituto de Investigación Social un par de años más tarde. En 1930 Max Horkheimer se convirtió en el nuevo director [judío] del IIS, y en aquel punto una nueva filosofía se estableció en el Instituto. La visión de Horkheimer del marxismo era más expansiva y dialéctica que rígidamente doctrinaria, y como Gramsci y Lukacs antes de él, él estaba convencido de que el obstáculo principal para la difusión del marxismo era la cultura occidental tradicional. En particular, él despreciaba las creencias y valores ortodoxos cristianos que eran antitéticos a casi todo lo que el marxismo propugnaba.

     Bajo el mando de Horkheimer, los eruditos de Frankfurt procuraron sintetizar el marxismo clásico, el darwinismo social y la psicología freudiana, y en el proceso ellos crearon una ingeniosa ideología que tenía el potencial para transformar radicalmente la cultura occidental. Horkheimer creía que los valores y las acciones humanos, así como las ideologías políticas, no eran exclusivamente productos de condiciones materialistas en la vida, y aquella psicología desempeñó un papel fundamental en la evolutiva dialéctica cultural. Por lo tanto, él insistió en que el Instituto integrara la psicología en su filosofía y teoría política. El resultado, como Martin Jay describe, fue que en los primeros años "el Instituto se ocupó principalmente de un análisis de la sub-estructura socioeconómica de la sociedad burguesa" de acuerdo con el marxismo clásico, mientras que "en los años posteriores a 1930 su interés principal estuvo en su superestructura cultural". Ésta era la base teórica para el neo-marxismo.

     Bajo Horkheimer, la Escuela de Frankfurt desarrolló una interpretación neo-marxista revisionista de la cultura occidental, llamada la Teoría Crítica. En esencia, la Teoría Crítica era un asalto completo e implacable contra los valores y las instituciones de la civilización occidental; en efecto, era una especie de guerra cultural filosófica y psicológica. Basado en ideales marxistas ateos, la Teoría Crítica no ofrecía ninguna alternativa realista, pero era sin embargo una devastadora crítica de la historia, la filosofía, la política, las estructuras sociales y económicas, las principales instituciones, y los fundamentos religiosos de la civilización occidental.

     El objetivo primario de los teóricos de la crítica era la distintiva herencia cristiana de Occidente que enfatizaba la santidad de la vida humana y el valor inherente del individuo. Siendo creados a imagen de Dios, los seres humanos tienen la capacidad racional de discernir el bien y el mal, la responsabilidad moral de elegir entre los dos, y el potencial para construír una sociedad y una cultura más justas, equitativas y humanas, hasta el grado en que ellas funcionen según los principios morales y éticos de la Ley Natural. Los marxistas culturales entendieron que hasta que esas creencias fueran desacreditadas y destruídas, las sociedades occidentales nunca alcanzarían el estado de desesperación y alienación que era un requisito previo esencial para una revolución socialista. Por lo tanto, la prioridad número uno del IIS era destruír la fe y la confianza en la Biblia y en las creencias y valores ortodoxos cristianos, algo que eruditos tanto seculares como liberales cristianos habían estado haciendo desde la época de la Ilustración.

     Por lo tanto, a pesar de las personalidades individuales y los diferentes énfasis de los diversos teóricos de la Escuela de Frankfurt, había una coherencia filosófica básica en su trabajo acumulativo. En último término, lo que unía a esos teóricos era la aplicación de una dialéctica neo-marxista en su crítica implacable de la sociedad y la cultura occidental contemporánea. Como Michael Walsh irónicamente nota en The Devil’s Pleasure Palace: The Cult of Critical Theory and the Subversion of the West (2015), "La Izquierda está siempre al ataque; después de todo, ellos no tienen nada para defender".

     Un importante punto a considerar es que la fuerza impulsora detrás de la investigación de la Escuela de Frankfurt no fue la investigación nunca imparcial sino la promoción agresiva de una agenda socio-política izquierdista radical. Incluso Martin Jay, un profesor de Historia en la Universidad de California en Berkeley que generalmente tiene simpatías por la Escuela de Frankfurt y la Teoría Crítica, concede que "el verdadero objetivo del marxismo... no era el descubrimiento de verdades inmutables, sino el fomento del cambio social". El investigador conservador William S. Lind es más directo: "El objetivo de la Teoría Crítica no era la verdad sino la praxis, o la acción revolucionaria: echar abajo la sociedad y la cultura actuales por medio de la constante crítica destructiva" [William S. Lind, "Further Readings in the Frankfurt School", en Political Correctness: A Short History of an Ideology] [5].

[5] https://www.nationalists.org/pdf/political_correctness_a_short_history_of_an_ideology.pdf

     Horkheimer y sus socios no consideraban la verdad y la razón (incluyendo los dogmas marxistas) como realidades inmutables y trascendentes, pero tampoco ellos se consideraban a sí mismos relativistas, epistemológicamente o éticamente. En vez de eso, ellos sostenían que la verdad existe, pero sólo dentro de la Historia. En este sentido, ellos consideraban que la dicotomía entre absolutismo y relativismo era falsa porque eso era simplemente un constructo teórico divorciado de las situaciones de la vida real. Como Martin Jay explica, "Cada período de tiempo tiene su propia verdad, argumentaba Horkheimer... [y] lo que es verdadero es todo lo que fomenta el cambio social en dirección de una sociedad racional". Él continúa señalando:

     "La dialéctica era magnífica en el ataque de las pretensiones de verdad de otros sistemas, pero cuando llegó a articular el fundamento de su propia presunción y valores, no lo hizo tan bien... La Teoría Crítica tenía un concepto básicamente insustancial de la razón y la verdad, arraigado en condiciones sociales y sin embargo fuera de ellas... Si puede decirse que la Teoría Crítica ha tenido una teoría de la verdad, ella apareció en su crítica inmanente de la sociedad burguesa, que comparaba las pretensiones de la ideología burguesa con la realidad de sus condiciones sociales. La verdad no estaba fuera de la sociedad sino que estaba contenida en sus propias afirmaciones. Los hombres tenían un interés emancipatorio en la actualización de la ideología" [Martin Jay, The Dialectical Imagination, 1973, p. 62].

     Ése es, por decir lo menos, un argumento poco convincente. La afirmación de que la verdad es sólo un producto de la circunstancia histórica de alguien sería a su vez un producto de la circunstancia histórica de alguien, lo cual por supuesto es algo que se auto-refuta. Aunque negaban que ellos eran relativistas epistemológicos, los intelectuales de la Escuela estaban seguros de que la verdad es encontrada sólo dentro de circunstancias históricas, y a pesar de eso ellos reclamaban una exención personal de las restricciones de su propia circunstancia histórica y asumían una perspectiva trascendente de la verdad. En lógica, eso es conocido como la falacia de la "auto-excepción", pero ellos convenientemente resolvieron esa contradicción simplemente descartando la lógica formal y calificándola como pensamiento burgués. Además, la lógica imponía restricciones no deseadas a la imaginación teórica de ellos.

     Bajo el mando de Horkheimer la Escuela de Frankfurt atrajo a algunos brillantes eruditos e intelectuales, incluyendo a Theodor Adorno, Eric Fromm, Wilhelm Reich, Walter Benjamin, Leo Lowenthal y Herbert Marcuse. Al igual que León Trotsky, Rosa Luxemburgo, Georg Lukacs, Bela Kun y otros conocidos marxistas europeos a comienzos del siglo XX, la gran mayoría de los teóricos de dicha Escuela eran judíos seculares, un hecho que los nacionalsocialistas explotaron con éxito en su propaganda en cuanto a una "conspiración judía" de intelectuales comunistas que estaban pervirtiendo a la sociedad alemana.

     Aunque eruditos independientes por derecho propio, los Teóricos Críticos tenían un compromiso común con el neo-marxismo y con la creencia de que la civilización occidental en general, y el cristianismo en particular, han sido fuentes de imperialismo y fuerza de represión a través de toda la Historia. En la visión de ellos, la civilización occidental fue construída sobre la agresión, la opresión, el racismo, la esclavitud, el clasismo y la represión sexual. Décadas más tarde, esa ideología influyó en la fundación de muchos programas de "estudios críticos" en universidades, como Estudios Afroestadounidenses, Estudios Étnicos, Estudios Feministas, Estudios de Paz, y Estudios LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transexuales).

     Particularmente significativo con respecto a esto fue el libro de Wilhelm Reich "La Psicología de Masas del Fascismo" (1933), que ofrecía una intrigante revisión de la dialéctica marxista. A diferencia del marxismo clásico que estaba fundamentalmente basado en la economía y era reduccionistamente simplista en términos de poner a la burguesía contra el proletariado, Reich sostuvo que el verdadero conflicto en el siglo XX era entre "reaccionarios" y "revolucionarios". En otras palabras, la guerra cultural no era exclusivamente un conflicto basado en las clases sociales sino uno entre aquellos que sostenían ideologías sociopolíticas incompatibles. En teoría, ella ponía a aquellos que promovían una visión evolutiva social progresiva en contra de conservadores que desesperadamente se aferran a creencias y valores anticuados. Eso permitió a algunos de entre las clases de la élite en la sociedad, incluyendo a algunos que eran ricos y altamente educados, participar en la épica lucha en curso contra la opresión, de parte de los pobres y las masas explotadas. Por supuesto, eso también abrió la oportunidad para que intelectuales marxistas como Reich y sus colegas de la Escuela de Frankfurt tomaran el liderazgo en la guerra cultural de parte de los oprimidos y las víctimas del capitalismo occidental y de la opresión cristiana. Pero como miembros de la élite intelectual, ellos estaban justificados para mantener una cierta respetuosa distancia de las sucias grandes masas. Como Martin Jay nota, "los miembros del Instituto pueden haber sido implacables en su hostilidad hacia el sistema capitalista, pero ellos nunca abandonaron el estilo de vida de la alta burguesía".

     Retrospectivamente, la Escuela de Frankfurt tuvo un impacto significativo en la evolución de la Izquierda estadounidense durante los últimos 75 años, particularmente el tipo de marxismo cultural que engendró el movimiento de la Nueva Izquierda en los años '60. Desde entonces, la Izquierda ha lanzado una constante guerra cultural de desgaste que ha tenido éxito en gran parte en secularizar la cultura estadounidense y en el socavamiento de valores tradicionales e instituciones, y gran parte de su ideología, inspiración y táctica fue tomada del Instituto para la Investigación Social.

 

EL FACTOR "X"

     El Instituto para la Investigación Social fue fundado como una institución de investigación interdisciplinaria, pero comenzando en 1931 varios psicólogos del Instituto de Psicoanálisis de Frankfurt se hicieron socios de IIS y expandieron significativamente el alcance de la ideología marxista al relacionarla con el campo de la psicología. Desde el comienzo los padres fundadores del Marxismo Cultural entendieron que había dos áreas de la cultura occidental que eran particularmente vulnerables al ataque: el capitalismo y el sexo. Bajo la influencia de los estándares judeo-cristianos de la moralidad y la ética, las sociedades occidentales tradicionalmente habían enfatizado la disciplina sexual y la familia nuclear patriarcal como el fundamento de la sociedad. La psicología humanística, sin embargo, consideraba la disciplina sexual como represión sexual, y como tal fue considerada antinatural y malsana. Así como ellos explotaron los excesos y las vulnerabilidades del capitalismo, los marxistas culturales también capitalizaron la historia del sexismo en su crítica de la cultura occidental. Como prácticamente en todas las sociedades a través de toda la Historia, las mujeres en Occidente habían sido generalmente suprimidas, oprimidas, negadas de derechos civiles básicos, y relegadas a un status subordinado. Ésa era un área de la injusticia social que los Teóricos Críticos podían usar fácilmente para desacreditar la cultura occidental.

     En La Ideología Alemana (1845) de Karl Marx y en El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado (1884) de Friedrich Engels, ambos hombres sostuvieron que el tradicional patriarcado masculino oprimió a las mujeres considerándolas como propiedad de sus padres y sus maridos, y ambos abogaron por la abolición de la familia tradicional. Pero ni Marx ni Engels querían ver a las mujeres realmente liberadas; ellos simplemente querían una revolución sexual en la cual las mujeres fueran liberadas de los contratos matrimoniales para que así ellas pudieran ser tenidas en común por los hombres.

     Un componente clave de la Teoría Crítica era su integración del marxismo con el darwinismo y el freudismo. Haber hecho entrar a Freud en la ecuación fue polémico porque él era generalmente tenido en baja estima por marxistas tradicionales que entendían la psicología humana en términos de conductismo Pavloviano. Filosóficamente, el freudismo era intrínsecamente contrarrevolucionario, ya que reducía la primacía de la economía en la evolución social humana a favor de la liberación por medio del psicoanálisis y la liberación de los impulsos sexuales. Más bien que una violenta revolución externa que liberara inmediatamente a las masas, la revolución freudiana era pacífica, deliberativa, individual e interna. En círculos marxistas tradicionales, el freudismo complicó excesivamente la sublime simplicidad de la dialéctica marxista entera de la Historia como una lucha de clases.

     Pero como revisionistas marxistas orgullosos e independientes, los intelectuales del IIS vieron un gran potencial en la utilización de Freud como un aliado útil en sus esfuerzos para socavar los valores tradicionales occidentales y su cultura. Al igual que Freud, ellos pensaban que la represión sexual era un obstáculo para la evolución social. Según Horkheimer y otros, la sociedad burguesa es intrínsecamente sexualmente reprimida, lo cual es un factor principal en la neurosis y otras formas de enfermedad mental. Ellos creían que una sociedad revolucionaria, post-capitalista y post-cristiana podría liberar a la Humanidad de esa represión, de manera que la liberación sexual de las restricciones de una sociedad patriarcal era un tema principal en la ideología de ellos.

     En este aspecto, el psicólogo social Eric Fromm (1900-1980) desempeñó un papel fundamental en la integración de Marx y Freud. Fromm sostuvo que la orientación sexual es simplemente un constructo social, que no hay ninguna diferencia innata entre hombres y mujeres, y que la sexualidad y los roles de género son socialmente determinados. Además, él sostuvo que las sociedades sexualmente reprimidas desalientan la experimentación sexual y prácticas como el homosexualismo debido a códigos legales artificiales y tabúes moralizadores que son psicológicamente inhibidores y contraproducentes. Todo lo que eso hace, dijo él, es aumentar el nivel de angustia en la sociedad y mantener a la gente en un perpetuo estado de frustración.

     Junto con Fromm, el psicoanalista Wilhelm Reich (1897-1957) fue un influyente propagandista sexual y uno de los creadores de la "política sexual". De hecho, podría ser una subestimación decir que Reich estaba obsesionado con el sexo. Temprano en su carrera él escribió La Función del Orgasmo (1927), donde proclamó que "Hay sólo una cosa incorrecta en los pacientes neuróticos: la carencia de satisfacción sexual plena y repetida". Por lo tanto, concluyó él, la sexualidad es un impulso innato que debería ser liberado de restricciones morales artificiales. En su libro de 1936 La Revolución Sexual (un término que él inventó para vincular la revolución política y la liberación sexual), Reich sostuvo que la represión sexual era la causa subyacente de la mayoría de las patologías psico-sociales. Como Christopher Turner señala en "Wilhelm Reich: The Man who Invented Free Love", Reich logró "crear moralidad a partir de placer", permitiendo con ello que "los radicales vieran su promiscuidad como activismo político". Aunque un teórico influyente en la política sexual izquierdista temprana, Reich fue tan extremo que él pronto perdió credibilidad incluso entre sus colegas marxistas doctrinarios. Poco después de la publicación de La Revolución Sexual él fue expulsado tanto de la Asociación Psicoanalítica Internacional como del Partido Comunista por su excesiva excentricidad.

     En términos de influencia de largo alcance, el más significativo propagandista del sexo de la Escuela de Frankfurt fue el teórico social Herbert Marcuse (1898-1979). Tal como sus colegas Fromm y Reich, Marcuse entendió que una verdadera revolución cultural incluiría, junto con la transformación política y económica, el libertinaje sexual. En este respecto, él pidió el abandono de todos los valores tradicionales y restricciones sexuales a favor de lo que él llamó "perversidad polimorfa". Incluso el concepto de amor matrimonial y fidelidad era contrarrevolucionario, según Marcuse. Aunque el cambio cultural fuera el objetivo último, Marcuse entendió la atracción táctica del principio del placer. En Eros y Civilización (1956) él procuró integrar el neo-marxismo con una especie de neo-freudismo de tal modo de convertir el poder de la libido en una fuerza revolucionaria. Al igual que los radicales jacobinos franceses un siglo y medio antes, la actitud de Marcuse era: "¿Cuál es el bien de una revolución sin una cópula sexual general?".

     Marcuse fue particularmente notable en otro sentido. En su ensayo de 1965 "Tolerancia Represiva" él esencialmente definió la moderna Corrección Política. Según Marcuse, la libertad de expresión debería ser regulada a fin de suprimir opiniones y conductas conservadoras "intolerantes" en interés de garantizar una sociedad más "justa" y "equitativa". En palabras suyas: "La tolerancia liberadora significaría la intolerancia contra movimientos de la Derecha, y la tolerancia de movimientos de la Izquierda". Por buenas razones Marcuse llegó a ser conocido como "el padre de la Nueva Izquierda" en los años '60, del mismo modo como él es uno de los progenitores de la moderna Corrección Política.

 

NEO-MARXISMO ESTADOUNIDENSE

 

LA CONEXIÓN DE COLUMBIA

     Cuando Hitler y el Partido Nacionalsocialista subieron al poder en Alemania en 1933, el Instituto para la Investigación Social de Frankfurt fue cerrado "por tendencias hostiles al Estado", y la mayor parte de su biblioteca fue confiscada. Horkheimer fue uno de los primeros intelectuales en ser despedidos de la Universidad de Frankfurt junto con lumbreras como el teólogo Paul Tillich y el psicólogo Karl Mannheim. Viendo los negativos presagios, la mayor parte de la facultad y el personal del Instituto huyó de Alemania, y los directivos pensaron restablecer la escuela en Ginebra, Londres o París. Significativamente, ellos nunca pensaron buscar refugio en la URSS de Stalin, el único régimen oficialmente marxista en el mundo entonces. Horkheimer y sus colegas pueden haber sido siniestros, pero ellos no eran estúpidos. Ellos sabían muy bien que Stalin nunca habría tolerado sus peculiares teorías revisionistas marxistas.

     En años anteriores el IIS había desarrollado contactos con prominentes estadounidenses, incluyendo el historiador marxista Charles Beard, el sociólogo Robert MacIver, y el teólogo Reinhold Niebuhr, todos los cuales estaban asociados con la Universidad de Columbia en la ciudad de Nueva York. Cuando Horkheimer visitó Estados Unidos en Mayo de 1934, él fue recibido por el presidente de Columbia, Nicholas Murray Butler. Para gran sorpresa de Horkheimer, Butler ofreció la afiliación oficial del IIS con la universidad, incluyendo oficinas y aulas en uno de los edificios de la universidad. Como Martin Jay cuenta la historia:

     "Horkheimer, temiendo que él hubiera entendido mal a Butler debido a su limitado dominio del inglés, escribió una carta de cuatro páginas pidiéndole confirmar y clarificar su oferta. La respuesta de Butler fue un lacónico "¡Usted me ha entendido perfectamente!". Y así el Instituto Internacional para la Investigación Social, como revolucionario y marxista según había aparecido en Frankfurt en los años '20, llegó a instalarse el centro del mundo capitalista, en la ciudad de Nueva York" [Martin Jay, La Imaginación Dialéctica, 1973, p. 39].

     Con eso, el Instituto para la Investigación Social fue restablecido en la Universidad de Columbia y se convirtió en un asilo para refugiados de la Escuela de Frankfurt a lo largo de los años '30 y hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. En el prefacio de la primera edición de los Estudios en Filosofía y Ciencia Social del Instituto publicados en Estados Unidos, Horkheimer reconoció la buena fortuna suya y de sus colegas, y la paz y seguridad que Estados Unidos les ofreció. En palabras de él:

     "La filosofía, el arte y la ciencia han perdido su hogar en la mayor parte de Europa. Inglaterra está luchando ahora desesperadamente contra la dominación de los Estados totalitarios. América, especialmente Estados Unidos, es el único continente en el cual es posible la continuación de la vida científica. Dentro del marco de las instituciones democráticas de este país, la cultura todavía disfruta de la libertad sin la cual, creemos, no se puede existir" [Ibíd., p. 167].

     La gran ironía, por supuesto, fue que mientras Estados Unidos estaba proporcionando refugio a Horkheimer y sus compañeros, ellos estaban trabajando para socavar las mismas tradiciones e instituciones democráticas que les concedieron seguridad y protección. Aunque Horkheimer describiera al Instituto como un centro de estudios apolítico y "científico", él y sus colegas aplicaron los mismos principios de la Teoría Crítica que ellos habían desarrollado en Alemania a la sociedad y la cultura estadounidenses, ya que ellos se enfocaron en dos prioridades:

(1) Una crítica del Nacionalsocialismo alemán, que ellos deshonestamente caricaturizaron, junto con el Fascismo italiano, como ideologías totalitarias "derechistas". En el proceso, ellos vincularon al Nacionalsocialismo con el capitalismo, hasta el extremo de que Horkheimer declaró que aquellos que se abstenían de criticar al capitalismo perdían el derecho de criticar al Nacionalsocialismo.

(2) Una crítica del autoritarismo estadounidense, incluyendo un moderado ataque contra males como el racismo en la sociedad y la cultura estadounidenses. Así como el clasismo había sido tradicionalmente el más vulnerable punto de ataque de Europa, el racismo había sido el problema más persistente de Estados Unidos. A principios de los años '20 Trotsky predijo que tal como el proletariado oprimido constituía la vanguardia revolucionaria en el pensamiento marxista clásico, los negros oprimidos podrían ser movilizados como las tropas de choque para una revolución estadounidense. Aunque eso fuera una completa desviación de la teoría marxista clásica, Horkheimer y sus colegas fueron rápidos en comprender el potencial de esa estrategia.

     En el marxismo clásico la clase proletaria constituía las tropas de choque de la revolución que derrocaría el viejo orden e introduciría el nuevo. Pero en los años '30 los sindicatos habían firmado acuerdos de negociación colectiva con los administradores, y las condiciones materiales en sociedades industriales modernas como Estados Unidos eran tales que las clases obreras habían sido cooptadas por el encanto del materialismo y la promesa de unos niveles de vida crecientes. Como tales, ellas ya no eran aptas para el papel revolucionario, y los teóricos neo-marxistas ya no se sintieron ligados exclusivamente a los intereses del proletariado. En vez de eso, ellos estuvieron dispuestos a aliarse con cualquiera y todas las fuerzas "progresistas" que estuvieran dedicadas a la revolución.

     Cuando Horkheimer y sus socios del IIS se establecieron en Estados Unidos en los años '30, la intolerancia racial y la discriminación eran extendidas y evidentes. Los intelectuales de Frankfurt vieron ese problema como una oportunidad de oro, y ellos efectivamente explotaron tal situación en sus esfuerzos para forjar una nueva alianza revolucionaria de víctimas —es decir, negros, judíos, y las tradicionales clases del proletariado de obreros industriales, agricultores y trabajadores no especializados— junto con sus simpatizantes en la academia, los medios de comunicación, y en el Partido Comunista de EE.UU. Un chiste permanente entre comunistas de Greenwich Village [un distrito en Nueva York] en los años '30 era la conversación entre dos miembros del Partido que hablan de una próxima reunión de célula: "Tú llevas al negro, y yo llevaré al cantante de música folk". Ellos podrían haber añadido: "Y le pediremos a otro camarada que lleve al intelectual judío".

     Todos los sistemas sociales y políticos son imperfectos, y todos son merecedores de un serio examen y crítica. Pero había dos problemas fundamentales con la neo-marxista Teoría Crítica: Primero, ella está basada en una cosmovisión naturalista seriamente defectuosa que, entre otras cosas, no proporciona ninguna base filosófica para juzgar la moralidad o bondad de nada; y segundo, la Teoría Crítica era exclusivamente una calle de dirección única. Mientras sometían a Estados Unidos y Europa occidental a una intensa y debilitante crítica, Horkheimer y sus colegas eran increíblemente ingenuos (o simplemente cobardes) cuando se trataba de la Unión Soviética. A este respecto, ellos eran culpables de emplear un desmesurado doble estándar. Por ejemplo, mientras expresaban indignación por la intolerancia racial en Estados Unidos, ellos encontraban extremadamente difícil criticar la dictadura totalitaria de Stalin en la URSS. Incluso a finales de los años '30, después de que Stalin había asesinado a millones de ciudadanos soviéticos en el Hambre de Terror ucraniana y las diversas purgas, ellos permanecieron prácticamente silenciosos. Como si estuvieran programados, cuando se les preguntaba sobre las atrocidades comunistas y los gulags soviéticos, la típica respuesta temática de ellos sería: "Pero ¿y qué hay de los negros en el Sur?", como si hubiera una equivalencia moral entre ambos casos.

     Cuando el Instituto para la Investigación Social se relocalizó en Estados Unidos, perdió la mayor parte de su financiación. Los gastos asociados con el volver a establecerse y el empleo de más de una docena de intelectuales refugiados, junto con pobres inversiones en la Bolsa y desastrosas transacciones de bienes inmuebles, estrecharon severamente los recursos económicos del Instituto. [Sí, usted leyó eso correctamente: el neo-marxista y anticapitalista IIS invirtió fuertemente en el sistema capitalista]. De hecho, si no hubiera sido por el apoyo financiero que el Instituto recibió de la Fundación Rockefeller, el Columbia Broadcasting System (CBS), la Organización Internacional del Trabajo, el American Jewish Committee, el Jewish Labor Committee, y el Instituto Hacker (una costosa clínica psiquiátrica en Beverly Hills), el IIS probablemente habría dejado de existir.

     Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, varios asociados del IIS, incluyendo a Herbert Marcuse, encontraron empleo en Washington DC en agencias del gobierno como el Consejo de Guerra Económica, la Oficina de Información de Guerra, y la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS, precursora de la CIA). Durante la guerra, la mayor parte de los miembros del Instituto se hicieron ciudadanos estadounidenses. Un pequeño personal, encabezado por Leo Lowenthal y Friedrich Pollock, siguió trabajando en la oficina de Nueva York del Instituto hasta Junio de 1944, cuando el edificio fue entregado a la Marina estadounidense. En aquel punto el IIS fue relocalizado en oficinas más pequeñas en la Low Memorial Library de Columbia, y hacia 1949 el Instituto ya no estaba asociado con la universidad.

     Poco después del final de la Segunda Guerra Mundial Horkheimer fue reclutado por John J. McCloy, el Alto Comisionado estadounidense para Alemania, para volver a Alemania como parte del programa de "des-nazificación" de los Aliados. Horkheimer fue puesto a cargo de reformar la enseñanza superior alemana, y a él se le unió en 1949 su antiguo colega del IIS Theodor Adorno. Durante los años siguientes ellos y sus colegas influyeron en la cultura política en la República Federal de Alemania (Alemania Occidental), y como profesores en la Universidad de Frankfurt ellos adoctrinaron a toda una nueva generación de estudiosos alemanes en la ideología del neo-marxismo, siendo el más conocido el filósofo y sociólogo Jurgen Habermas. En 1951 ellos también tuvieron éxito en el reestablecimiento del Instituto para la Investigación Social.

 

LOS AÑOS '60

     A lo largo de los años '50 docenas de intelectuales que habían estado asociados con el Instituto para la Investigación Social obtuvieron posiciones en universidades estadounidenses. De ésos, Herbert Marcuse surgió como el más influyente. Gracias a su enseñanza y sus escritos, él se convirtió en el vínculo clave entre los neo-marxistas de la Escuela de Frankfurt y el movimiento de la Nueva Izquierda estadounidense de los años '60.

     La Nueva Izquierda incorporó las ideas seminales de la Teoría Crítica en su crítica de Estados Unidos como un Estado fascista y represivo. Para los activistas izquierdistas en los años '60, la Teoría Crítica era mucho más atractiva que el marxismo clásico por 3 motivos:

(1) Ella proporcionaba una desconstrucción completa de la cultura estadounidense como innatamente racista, sexista, imperialista, y obsesionada por el consumidor;

(2) incorporaba las artes y la cultura popular en la revolución cultural; y

(3) celebraba la liberación sexual y un rechazo de los valores morales tradicionales.

     La influencia más significativa en la ideología de la Nueva Izquierda fue Eros y Civilización de Marcuse, libro publicado en 1955. Allí Marcuse sostuvo que la mayor parte de la angustia, complejos y neurosis que la gente joven siente es el resultado de la represión sexual. La solución era una "sociedad no represiva" en la cual prevalecieran los valores socialistas libertarios, es decir, una sociedad igualitaria en la cual los individuos fueran libres de perseguir sus propios impulsos hedonistas. El llamado de Marcuse a la liberación sexual y a la "perversidad polimorfa" inspiró populares slogans de los años '60 como "Haz lo tuyo" y "Si se siente bien, hazlo", pero él enmarcó la revolución erótica en el contexto más amplio de una revolución cultural y política. En palabras de él, "La lucha por el Eros es una lucha política". Su mensaje hedonista estimuló a la vez los egos y la libido de mucha juventud autoindulgente y rebelde en los años '60, y tal era su influencia tanto en Estados Unidos como en Europa que durante los levantamientos estudiantiles en Francia en Mayo de 1968, los activistas llevaban pancartas que decían "Marx / Mao / Marcuse". [En una rara denuncia de un individuo, el Papa Paulo VI en 1969 criticó a Marcuse, junto con Freud, por promover "repugnantes y desenfrenadas expresiones de erotismo" y fomentar un "libertinaje encubierto como libertad" (Citado en Michael J. Minnicino, The New Dark Age, p. 27)].

     Los años '60 fueron un tiempo tumultuoso en la historia estadounidense. Dos de los comentarios más perspicaces durante la década son el de William L. O'Neill adecuadamente titulado Coming Apart (Fragmentándose), y el de Peter Collier y David Horowitz Destructive Generation: Second Thoughts on the Sixties. Como Richard Bernstein, un reportero del New York Times, señaló más tarde en Dictatorship of Virtue: Multiculturalism and the Battle for America’s Future (1993), "Hace treinta años, algo cambió en la mente nacional". Bernstein podría haber añadido que treinta años antes algo también cambió en la mente racional que preparó el escenario para el caos por venir. Comenzando en 1960 con la fundación de Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS), el primer grupo activista estudiantil de la Nueva Izquierda de los años '60, y siguiendo con el movimiento de Berkeley de Libre Expresión de 1964, la aparición de la escena hippie de drogas, el movimiento de contracultura en el distrito Haight Ashbury de San Francisco en 1965, los masivos disturbios en campus universitarios de finales de los años '60, y luego culminando con las matanzas de [la universidad] Kent State [en Ohio] en la primavera de 1970, la sociedad y la cultura estadounidenses pasaron por convulsiones, cuyas réplicas todavía reverberan hoy.

     Durante todas esas duras experiencias la Izquierda gradualmente ganó fuerza y amplió su influencia por medio de la constante infiltración de la enseñanza superior, los medios de comunicación y otras áreas claves de influencia en la vida pública estadounidense. (En la Escuela de Frankfurt, esa estrategia de infiltración y subversión cultural era referida como "la larga marcha a través de las instituciones", una referencia a la Larga Marcha de Mao Tse-Tung a la eventual victoria en la guerra civil china). A lo largo de los años '60, con la intensificación de la Guerra de Vietnam, muchos graduados de universidades e institutos se matricularon en los programas de magíster con la esperanza de evadir la conscripción militar, y algunos de los más radicales finalmente obtuvieron el grado de doctor con la intención de fundamentalmente transformar la sociedad estadounidense por medio del sistema de educación. (De todos los grados de doctor concedidos por universidades estadounidenses en los 110 años entre 1860 y 1970, la mitad fueron concedidos en los años '60). Otros optaron por evitar la conscripción matriculándose en el seminario y haciéndose ministros en denominaciones Protestantes liberales o sacerdotes en la Iglesia Católica.

     Hacia mediados de los años '70 muchos de esos antiguos estudiantes radicales se estaban moviendo hacia posiciones como profesores menores y administradores, y a comienzos de los años '80 ellos estaban firmemente atrincherados en la mayor parte de las universidades y obteniendo contrataciones permanentes. Gradualmente, las facultades de artes liberales se hicieron más radicales cuando los neo-marxistas comenzaron a sustituír a los más viejos liberales de la época del Nuevo Trato que se retiraron, y con el tiempo prevaleció una rígida ideología izquierdista en muchos departamentos. Como Martin Jay ha escrito, "no puede dudarse de que la Teoría Crítica ha conseguido... un status seguro —quizá irónicamente incluso canónico— como un impulso teórico central en la vida académica contemporánea".

     Del mismo modo, así como los antiguos activistas de los años '60 llegaron a dominar en la enseñanza superior, ellos se movieron hacia posiciones claves de influencia en los medios dominantes de comunicación, la radio, la televisión y los medios impresos. Cuando su influencia cultural y poder aumentaron con el tiempo, ellos se pusieron más atrevidos y más agresivos. Tomando prestada una táctica clave de Lenin y los marxistas culturales de una época anterior, los liberales y los izquierdistas radicales comenzaron a etiquetar las opiniones conservadoras como "políticamente incorrectas". La implicación era que sólo los elitistas liberales realmente entendían los parámetros de la ortodoxia política, y cualquier idea fuera de esos límites era dejada de considerar como anticuada, ignorante, prejuiciosa, insensible, intolerante, odiosa e injusta. (O como el argumento es típicamente formulado, las opiniones conservadoras son racistas, sexistas, clasistas, xenofóbicas y homofóbicas). Como tales, dichas opiniones son indignas de la discusión seria y deberían ser prohibidas en la plaza pública.

 

AMERIKA FASCISTA

     Una premisa básica de la ideología neo-marxista es que el Estados Unidos tradicional es fascista de manera innata (de ahí, que escriban "Amerika" con "k" en la propaganda izquierdista [como en alemán, siendo "America" la manera en que europeos y estadounidenses designan a Estados Unidos]). Según esa teoría, hay un fascismo latente en el alma estadounidense a consecuencia de la herencia de EE.UU. de capitalismo, racismo, sexismo, imperialismo y cristianismo.

     En los años '30 la Escuela de Frankfurt patrocinó dos estudios psicoanalíticos acerca del fenómeno del fascismo en Alemania: La Psicología de Masas del Fascismo (1933) de Wilhelm Reich, y Estudios sobre Autoridad y la Familia (1936) de Eric Fromm. Basado en las respuestas a un cuestionario hecho a los consultados, Fromm analizó al pueblo alemán como "autoritario", "revolucionario", o "ambivalente". (Fromm tomó prestadas esas categorías de Johann J. Bachofen, el polémico antropólogo suizo del siglo XIX que afirmó que las sociedades humanas eran originalmente matriarcales). De los resultados de su estudio, Fromm concluyó que el sadomasoquismo era la característica principal de la personalidad autoritaria / fascista. Por supuesto, la interpretación de los datos era cualquier cosa excepto imparcial o científica ya que estaba todo filtrado por una rejilla de valores neo-marxistas y neo-freudianos, pero tenía realmente un gran potencial en términos de su valor propagandístico.

     En 1942 el American Jewish Committee ofreció financiar un Departamento de Investigación Científica dentro del IIS para el propósito de estudiar el anti-semitismo en Estados Unidos. Max Horkheimer consintió entusiastamente en supervisar el proyecto, y durante los años siguientes los investigadores del IIS produjeron cinco volúmenes de investigación. El estudio último y más extenso del tema fue La Personalidad Autoritaria (1950) de Theodor Adorno y otros, en el cual éste procuró verificar estadísticamente lo que él llamó "un nuevo tipo antropológico", el fascista prototípico, según es caracterizado por un particular conjunto de valores morales y culturales convencionales. Según Adorno, esos rasgos autoritarios, que son reforzados y nutridos por la familia patriarcal tradicional, contribuyen a ciertos desórdenes de carácter que condicionan a muchos estadounidenses para aceptar el fascismo y la represión sociopolítica.

     "La Personalidad Autoritaria" promovió una visión de la psico-política basada en la dudosa teoría de Freud acerca del Inconsciente. A pesar de tener un fundamento tan científicamente cuestionable, Adorno argumentó apasionadamente y con un aire de autoridad. Él era mordaz en su desprecio hacia conservadores y tradicionalistas, los cuales él sostuvo que no estaban simplemente equivocados sino que eran mentalmente desequilibrados. Según Adorno, la única persona mentalmente sana es el "liberal genuino", ferozmente independiente, tolerante (excepto, por supuesto, hacia los tradicionalistas), y comprometido con el igualitarismo y la "justicia social" (según la define la Izquierda radical).

     En 1951 la filósofa política [judía] Hannah Arendt ayudó a popularizar la tesis de la personalidad autoritaria en su muy vendido libro Orígenes del Totalitarismo. Max Horkheimer también intervino en la cuestión en un ensayo de 1950 titulado "Las Lecciones del Fascismo", en el cual él asoció la personalidad autoritaria con un conjunto de generalizados rasgos de carácter que incluían una aceptación de valores convencionales, respeto por la autoridad, "pensamiento estereotípico", "una inclinación a la superstición" (es decir, a la religión), y "prejuicio hacia los oponentes propios". Naturalmente, él eximió a su persona y a sus colegas de aquel último estereotipo. [En un artículo continuador titulado "Anti-Semitismo: Una Enfermedad Social", escrito prácticamente en vísperas del "Complot de los Médicos" —la última purga de Stalin dirigida principalmente contra médicos judíos en 1952-1953— Horkheimer notó con una característica perspicacia moral: "Actualmente, el único país donde no parece haber ninguna clase de anti-semitismo es Rusia" [!].

     Desde un punto de vista de márketing, una atracción principal del libro de Adorno era su construcción de una "Escala-F" (escala fascista), un sistema de calificación basado en nueve variables de personalidad que incorpora varios términos que tienen que ver actualmente con la Corrección Política. Según Adorno, el tipo de carácter fascista se identifica fuertemente con los rasgos siguientes:

• Convencionalismo. Adhesión rígida a valores convencionales de la clase media.

• Sumisión autoritaria. Una actitud sumisa y falta de sentido crítico hacia figuras de autoridad.

• Agresión autoritaria. La inclinación a aplicar o imponer valores convencionales en otros.

• Anti-intracepción. Oposición a lo subjetivo, lo imaginativo, o lo intuitivo.

• Superstición y estereotipia. La creencia en un determinismo sobrenatural o místico, y la disposición a pensar en categorías rígidas (es decir, raciales, étnicas y prejuicios de género).

• Poder y "dureza". Una preocupación por la dominación y la sumisión, lo fuerte y lo débil, el seguimiento de líderes; identificación con figuras de poder; exagerada afirmación de fuerza y dureza.

• Destructividad y cinismo. Hostilidad generalizada y la tendencia a vilipendiar a otros.

• Proyectividad. "La disposición a creer que cosas salvajes y peligrosas ocurren en el mundo". [Es decir, una mentalidad conspiracional].

• Sexo. Una preocupación exagerada por la moralidad sexual convencional y una preocupación por las prácticas sexuales de otra gente. [Fuente: Martin Jay, p. 243].

     Tomando prestado de Freud y Fromm, Adorno sostuvo que el caldo de cultivo para el "síndrome autoritario" era la familia patriarcal encabezada por un padre "severo y distante". En tales escenarios, argumentó él, los niños reprimen su hostilidad innata haciéndose pasivos / agresivos, lo que produce trastornos mentales serios como el sadomasoquismo. Por contraste, las familias de niños mentalmente sanos eran más matriarcales, menos convencionales, menos conscientes del status, y menos exigentes. En tales familias ambos padres eran cariñosos y afectuosos, pero la madre, que criaba pero era también fuerte e independiente, era claramente dominante.

     Según Adorno, eso explicaba por qué la personalidad fascista carecía de empatía y compasión por otros. Originalmente, él tomó prestado el término de Fromm para identificar a la antítesis del fascista autoritario, es decir, el "revolucionario", de principios y mentalmente sano. Sin embargo, cuando Adorno finalmente publicó su estudio él se refirió a ese tipo de carácter alternativo como un "liberal" o un "demócrata", términos que eran bastante menos polémicos. Según Adorno, el liberal prototípico era un pensador independiente que estaba comprometido con el "cambio social progresista" y quien, coincidentemente, tenía los mismos valores y las mismas características que Adorno y sus colegas neo-marxistas. Al igual que muchos intelectuales conducidos por una agenda, Adorno se encontró a sí mismo en su investigación, lo que debe haber llegado como una agradable sorpresa.

     [Nota: Muchos han indicado la naturaleza subjetiva y problemática de la investigación de Adorno así como su simplista caricatura de los conservadores. Sin embargo, a pesar de la hipótesis indemostrable del libro, su metodología de revisión interpretativa se convirtió en el procedimiento estándar en las ciencias sociales. Para críticas sustanciales de Adorno y su trabajo, vea de Paul Gottfried, After Liberalism: Mass Democracy in the Managerial State, Princeton, 2001, y las notas que acompañan a The Dialetical Imagination de Martin Jay. Particularmente significativos son aquellos que criticaron la tendencia política de Adorno en el estudio. Edward Shils, por ejemplo, preguntó por qué el autoritarismo era asociado sólo con el Fascismo y no con el Comunismo, y por qué la Escala F no era una Escala C o una Escala T. Obviamente, a pesar de toda su retórica acerca de "tolerancia", los izquierdistas como Adorno eran completamente tendenciosos e intolerantes, iguales a los conservadores a los que ellos despreciaban. Vea Martin Jay, pp. 244-248].

     La tesis de Adorno de que Estados Unidos es fascista de manera innata, claramente se refuta a sí misma. El hecho mismo de que los izquierdistas radicales como él tenían la libertad para propagar sus opiniones contradice su argumento. Dicho en términos simples: si EE.UU. fuera tan racista, xenófobo y represivo como sostiene la Izquierda, ¿por qué sigue atrayendo a multitudes de inmigrantes, tanto legales como ilegales, y por qué prácticamente todos aquellos que vienen aquí legalmente, y la mayoría de los que llegan ilegalmente, deciden quedarse? Los hechos tienden a hablar por sí mismos, y verdaderamente no hay ningún país en el mundo donde los ciudadanos en general, y las minorías raciales y étnicas en particular, disfruten de más libertades civiles, más oportunidades, y de un nivel de vida más alto que en Estados Unidos.

     Más bien que apoyar la tesis neo-marxista de la Amerika [EE.UU.] Fascista, la evidencia indica que el fascismo y el autoritarismo, como la caza de brujas anti-comunista del senador Joseph McCarthy de principios de los años '50, son anomalías en la historia estadounidense. Como sostienen los antiguos radicales de los años '60 Peter Collier y David Horowitz en Destructive Generation, el fenómeno de McCarthy y el Temor Rojo fue simplemente un punto luminoso en la pantalla de radar de la historia estadounidense.

     "La historia del Macartismo muestra cuán ajena es la mentalidad de caza de brujas para el espíritu estadounidense y cuán superficial es su influencia sobre su psique. Apareciendo en las circunstancias extraordinarias del período de posguerra, el Macartismo fue breve en su momento y limitado en sus consecuencias. Y fue completo en el modo en que fue purgado del Estado. La aparición en escena del senador de Wisconsin terminó en un repudio aplastante por parte de sus colegas" [Peter Colier y David Horowitz, Destructive Generation: Second Thoughts on the Sixties, p. 196].

 

LA ESCUELA DE FRANKFURT: UN EPÍLOGO

     Un problema obvio con la neo-marxista Teoría Crítica es que ella es completamente una estrategia sin límites determinados, sin punto fijo o destino realista o estándar de medida. ¿En que punto encuentra uno una pausa en la búsqueda del perfeccionismo utópico? Todos los sistemas humanos son imperfectos, y aquellos que buscan la salvación socio-política en este mundo nunca encontrarán satisfacción. Incluso los defensores de la Teoría Crítica admitieron que sus afirmaciones acerca de la verdad no podían ser evaluadas o sometidas a crítica, verificadas, o examinadas en su falsedad, en cuanto al orden actual, por la simple razón de que el orden actual es completamente defectuoso. Eso requiere un salto de fe que incluso Kierkegaard hubiera encontrado absurdamente presuntuoso.

     A veces, hasta la propia Escuela de Frankfurt ha sido victimizada por su propia ideología radical. A principios de 1969 la Universidad de Frankfurt fue temporalmente cerrada cuando manifestantes estudiantiles llamaron a una huelga general y tomaron el control de varios edificios. Cuando los estudiantes se movieron para ocupar la instalación de la Escuela de Frankfurt, los directores del Instituto, Ludwig von Friedeburg y Theodor Adorno, respondieron tal como los despreciables administradores burgueses lo habían hecho en otras partes en Europa y Estados Unidos: ellos pidieron que la policía expulsara a los bárbaros. Luego, un par de meses más tarde, varias manifestantes irrumpieron en una sala donde Adorno daba una conferencia y organizaron una protesta simbólica, desnudando sus pechos y vociferando acerca de la opresión sexista. Adorno no pareció ni divertido ni impresionado, pero durante un breve momento él fue sometido al tipo de irrespeto, acoso y teatro callejero (o en este caso, teatro de escenario) que los neo-marxistas han patrocinado y han animado durante décadas.

     El legado de la Escuela de Frankfurt es un abigarrado surtido. Mientras los conservadores son unánimes en su condena del Instituto para la Investigación Social por socavar los valores e instituciones estadounidenses tradicionales, los liberales y los izquierdistas son más ambivalentes. Por una parte, la marca de revisionismo marxista que caracterizaba a dicho Instituto abandonó muchos de los dogmas reverenciados del marxismo clásico, incluyendo el potencial revolucionario de la clase obrera, la lucha de clases como el motor dinámico de la Historia, y la subestructura económica como la base del análisis social. Quizá más significativo es que el IIS, compuesto principalmente por intelectuales con tiempo libre y académicos de planta, cortó la conexión entre la teoría revolucionaria y su praxis (o acción). No obstante, en los años '50 más de 50 académicos asociados con el IIS consiguieron posiciones en universidades estadounidenses, y su influencia ayudó a provocar los levantamientos estudiantiles de los años '60 y la radicalización de la enseñanza superior estadounidense. Y a la luz de la realidad política actual, es evidente que el impacto de la Escuela de Frankfurt durante las décadas ha sido inmenso. Entre sus muchos hijos ideológicos poderosos e influyentes, Barack Obama y Hillary Clinton están entre los más notables.

     Para el historiador neo-marxista Martin Jay, la contribución primaria de la Escuela de Frankfurt fue su preservación de la "integridad" del ideal marxista en un tiempo en que el estalinismo amenazaba con deslegitimarlo. La mayoría de los cristianos y los conservadores considerarían que ese solo logro es la acusación más condenatoria contra la Escuela de Frankfurt.

     Michael Minnicino ofrece una evaluación sobria del impacto de la Escuela de Frankfurt sobre los últimos 75 años, junto con la única solución posible para revertir todo el daño que ha sido hecho a la cultura occidental. Como él advierte, si Estados Unidos y el Occidente siguen calle abajo hacia la autodestrucción, aquello podría muy bien dar inicio a una horrorosa nueva "Edad Oscura" en la historia humana.

     "Los principios por los cuales la civilización judeo-cristiana occidental fue construída, ya no son ahora dominantes en nuestra sociedad; ellos existen sólo como una especie de movimiento de resistencia subterráneo. Si aquella resistencia es finalmente sumergida, entonces la civilización no sobrevivirá, y en nuestra época de enfermedades pandémicas y armas nucleares, el colapso de la civilización occidental muy probablemente se llevará al resto del mundo con ella al infierno.

     "La salida es crear un Renacimiento. Si eso suena grandioso, es sin embargo lo que es necesario. Un renacimiento significa comenzar otra vez: desechar el mal, y lo inhumano, y lo que es claramente estúpido, y regresar cientos o miles de años a las ideas que permiten que la Humanidad crezca en libertad y calidad. Una vez que hayamos identificado aquellas creencias principales, podemos comenzar a reconstruír la civilización" [Michael J. Minnicino, "La Nueva Edad Oscura" p. 27] [6].

 

[6] http://editorial-streicher.blogspot.com/2015/07/la-escuela-de-frankfurt-y-la-correccion.html

     En nuestra actual sociedad y cultura "post-cristiana", la respuesta no ha de hallarse en la política o en ninguna ideología socio-política. Un nuevo Renacimiento cultural alboreará sólo como consecuencia de un gran despertar espiritual que no tiene precedentes en su impacto y alcance. Aquello es posible sólo si una masa crítica adopta con resolución los necesarios valores contraculturales, prioridades y estilos de vida. De manera correspondiente, eso es posible sólo si una masa crítica de gente recupera aquellas verdades morales y éticas universales evidentes que son inherentes a la Ley Natural, se resuelve a vivir en consecuencia, y no tolera nada menos en otros.

 

CAMINOS CONVERGENTES

 

SOCIALISMO ORWELIANO Y HUXLEIANO

     En su libro How Now Shall We Live? los autores Charles Colson y Nancy Pearcey contrastan las distópicas predicciones de "Brave New World" de Aldous Huxley (publicado en 1932) con las de "1984" de George Orwell (publicado en 1949). Ambos novelistas pronostican un sombrío futuro para la sociedad humana, pero ellos se diferenciaron en cómo aquella sociedad sería manejada y manipulada por la élite dirigente.

     Orwell temía un brutal sistema de estilo totalitario en el cual el Gran Hermano ejercía el control de todos los aspectos de la vida de su pueblo por medio de la coacción y la intimidación directas. Huxley, por otra parte, previó una sociedad que había sido tan comprometida y corrompida por el narcisismo, el materialismo y el hedonismo, que la gente había renunciado voluntariamente a sus libertades por una vida de facilidad, seguridad y satisfacción inmediata. Mientras Orwell advirtió de un régimen opresivo que controlaba los medios de comunicación y utilizaba la propaganda para difundir mentiras y suprimir la verdad, Huxley describió una sociedad suave, ensimismada, satisfecha y obsesionada con el entretenimiento en la cual nadie se preocupaba por la verdad.

     Mientras que Orwell advirtió de un gobierno todopoderoso e intruso que prohibía libros y otras clases de libre expresión, Huxley pronosticó una clase de tiranía más suave y más seductora en la cual el gobierno no tendría que prohibir libros o censurar discursos porque ya nadie se preocupaba por la lectura de libros serios o de hablar claro acerca de cuestiones políticas. Mientras Orwell predijo una sociedad que había sido privada de la información por censores controlados por el gobierno, Huxley predijo una sociedad sobresaturada de información de medios electrónicos hasta el punto de que la gente perdió la capacidad de procesar racionalmente lo que ellos veían y oían. Y mientras que Orwell describió un mundo en el cual el gobierno controlaba a la gente infligiéndole dolor, Huxley imaginó un mundo donde la gente era manipulada por su ansia de placer, seguridad y protección.

     Como Colson y Pearcey observan, "Ambas novelas han resultado ser misteriosamente exactas, con Orwell describiendo la plaga totalitaria de nuestro siglo, y Huxley la enfermedad de las sociedades libres prósperas". Huxley fue especialmente crítico de los libertarios civiles que están siempre vigilantemente en guardia contra una "tiranía externamente impuesta" pero parecen inconscientes del hecho de que la gente en sociedades occidentales prósperas es particularmente vulnerable a ser manipulada por las superfluas distracciones de la tecnología moderna. (Éste es un tema que el filósofo y sociólogo francés Jacques Ellul comentó extensamente en muchas de sus obras, principalmente en La Sociedad Tecnológica). Más específicamente, Colson y Pearcey comentan que "en ninguna parte el apetito por la distracción es más seductoramente torturado por el entretenimiento banal e irracional de la cultura pop que en Estados Unidos" [Charles Colson y Nancy Pearcey, ¿Cómo Viviremos Ahora?, 1999, pp. 468-469].

     El neo-marxismo que la Escuela de Frankfurt promovió es ciertamente una forma más amable y más suave de marxismo que evita la clase de revolución violenta que el marxismo clásico propugnó, pero ambas ideologías comparten un objetivo similar: una sociedad socialista radical en la cual el gobierno controla la economía así como las vidas públicas de sus ciudadanos. En este sentido, el neo-marxismo es simplemente un medio más gradual y más sutil para el mismo fin. Haciéndose pasar por democrático, igualitario y tolerante, de hecho está a la postre comprometido con la destrucción de los valores e ideales estadounidenses tradicionales, incluyendo los principios de libertad económica y libertades civiles básicas, como la libertad de expresión, la libertad de información, y la libertad de religión.

     La historia estadounidense reciente parece apoyar la tesis de Huxley de que tenemos más que temer de la seducción cultural y las asechanzas de la prosperidad que de la tiranía gubernamental absoluta, pero una sociedad Huxleiana puede así debilitar el tejido social y moral y preparar el terreno para la pesadilla Orweliana final. De hecho, aquel mismo escenario parece estar desarrollándose en este momento cuando el Tío Sam está siendo transformado en el Doctor Sam y finalmente, uno teme, en el Gran Hermano Sam.

     Ésas son perspectivas deprimentes, pero son los productos inevitables del proceso de secularización de la cultura occidental (y estadounidense) que ha estado desplegándose desde el alba de la Ilustración y fue primero manifiesto en la tragedia que fue la Revolución francesa. La marea de secularismo ha bajado y ha fluído durante los últimos dos siglos, pero con el tiempo ha habido una obvia e innegable erosión de los valores cristianos tradicionales y su ética. En su libro The Thirties, Malcolm Muggeridge comentó sobre el daño colectivo a la civilización occidental realizado por idealistas seculares desde Voltaire y Rousseau en el siglo XVIII a teóricos del siglo XX como Margaret Sanger y John Dewey. Como Muggeridge observó:

     «Estamos viviendo en una pesadilla precisamente porque hemos tratado de establecer un paraíso terrenal. Hemos creído en el "progreso", hemos confiado en el liderazgo humano, hemos dado al César las cosas que son Dios... La historia del hombre se reduce al ascenso y la caída de civilizaciones materiales, una Torre de Babel después de otra... hacia abajo a abismos que son horribles de contemplar».

 

NEO-MARXISMO Y CULTURA POPULAR

 

CANALES ROJOS

     En el libro de Martin Jay La Imaginación Dialéctica, el capítulo "Teoría Estética y Crítica de la Cultura de Masas" es particularmente profundo y relevante dada la influencia del Instituto para la Investigación Social en la cultura popular desde los años '40.

     Antes del siglo XX la diferencia entre "arte" y "entretenimiento" era más pronunciada (tal como la línea entre noticias periodísticas y el entretenimiento estaba más claramente definida antes del advenimiento de noticias de televisión por cable). Como generalmente se ha entendido, la apreciación de las bellas artes requería un mayor nivel de conocimientos previos y de concentración enfocada que el entretenimiento popular, y su objetivo era inspirar, iluminar y elevar el alma humana. Con la invención del cine, la música grabada, la radio y la televisión, estas notables nuevas tecnologías tuvieron el potencial para llevar las grandes obras de arte a millones de personas que de otro modo nunca habrían tenido acceso a ellas. A la inversa, esos medios también podían dar satisfacción al denominador común más bajo. Y como comprendieron tempranamente los teóricos neo-marxistas, dichos medios también podían ser explotados con gran efecto para embotar la sensibilidad de la gente y programar de nuevo su pensamiento para objetivos propagandísticos y, por último, para el control social.

     Por supuesto, gran parte de la cultura popular, incluyendo la mayoría de la música, las películas, la televisión, etc., es simplemente un entretenimiento grosero, y como tal la mayor parte de ello es trivial, banal e irrelevante, salvo por el hecho de que eso refleja los sentimientos y el pensar superficial de tantas personas. Sin embargo, algún entretenimiento popular es realmente significativo, y su efecto acumulativo puede ser sustancial. Muchos izquierdistas políticos entendieron eso desde un comienzo, que es por lo cual ellos estaban impacientes por usar esas fascinantes nuevas industrias de comunicaciones para promover su agenda. Como un ejemplo, Theodore Adorno predijo en 1944 que "la televisión intenta la síntesis de la radio y el cine... [y] sus consecuencias serán bastantes enormes".

     En 1941 Max Horkheimer y Adorno dejaron la ciudad de Nueva York y se trasladaron a Pacific Palisades cerca de Santa Mónica, California, donde ellos se unieron a otros izquierdistas alemanes como el dramaturgo Bertolt Brecht y el compositor Arnold Schoenberg. Lamentablemente, no ha sido escrito ningún relato sustancial que explore sus conexiones con Hollywood durante esos años o su influencia en las industrias de televisión y cine. Pero tan tempranamente como en 1938 el Comité de Actividades Anti-Estadounidenses de la Cámara Baja estadounidense había publicado un informe afirmando que muchos comunistas estaban involucrados en el mundo del espectáculo.

     En 1947, al principio del "Temor Rojo" de la posguerra, el Comité mencionado convocó audiencias y citó a más de cuarenta escritores, directores, actores y productores. Antes de que las interrogaciones comenzaran, Walt Disney declaró que la amenaza de los comunistas en la industria cinematográfica era en verdad seria, y él incluso nombró a gente específica que él sospechaba que eran comunistas. Disney fue seguido entonces por Ronald Reagan, presidente del Gremio de Actores de Pantalla, que acusó a algunos dentro de su sindicato de usar "tácticas parecidas a las comunistas" en un intento de controlar las políticas del sindicato. Posteriormente, diez de aquellos que fueron llamados ante el comité rechazaron declarar y fueron citados posteriormente por haber hecho desprecio del Congreso. Ésos fueron los conocidos "Diez de Hollywood", y a todos se les dieron condenas en prisión de un año y fueron oficialmente puestos en la lista negra por ejecutivos de cine y televisión.

     En 1950 un folleto titulado "Canales Rojos: El Informe de la Influencia Comunista en Radio y Televisión", publicado por el periódico comercial conservador Counterattack, nombró a 151 profesionales de la industria del espectáculo como "fascistas rojos" (es decir, miembros pasados o presentes del Partido Comunista estadounidense) o simpatizantes de los comunistas [7]. Muchos de aquellos nombrados, junto con una creciente lista de otros, fueron excluídos del empleo en los medios de comunicación y el mundo del espectáculo durante varios años. Uno de los más notables fue el cantante y compositor de canciones Pete Seeger, que fue prohibido en televisión durante veinte años hasta que él fue finalmente invitado a presentarse en The Smothers Brothers Comedy Hour en 1967. Con su característica actitud desafiante, Seeger cantó una canción contra la guerra dedicada al Presidente Johnson.

[7] Entre aquellos que fueron puestos en una lista en Red Channels estaban Orson Welles (autor, escritor y director), Arthur Miller (dramaturgo y un marido de Marilyn Monroe), Leonard Bernstein (compositor), Aaron Copland (compositor), Edward G. Robinson (actor), Lee J. Cobb (actor), Artie Shaw (músico), y Pete Seeger (cantante folk). Entre aquellos que más tarde fueron puestos en la lista negra como comunistas o simpatizantes de los Rojos estaban Charlie Chaplin (actor, director y productor), Richard Attenborough (actor, productor y director), y Harry Belafonte (cantante).

 

EL FRENTE DE LA MÚSICA

     Los observadores sociales han reconocido hace mucho tiempo el poder de las canciones. En La República, Platón instaba a los filósofos-reyes en su sociedad ideal a controlar con cuidado el estilo y el contenido de la música en su cultura. Platón comprendió el poder y el potencial de la música en términos de su influencia e impacto sobre los valores e ideales de un pueblo, y al igual que los neo-marxistas de la Escuela de Frankfurt después, él entendió que la cultura conduce la política, no al revés. Como el novelista John Steinbeck una vez notó, la música popular expresa los valores y creencias más fundamentales de un pueblo y constituye su "declaración más definida" sobre quiénes y qué son ellos. Según Steinbeck, podemos aprender más sobre una sociedad escuchando sus canciones que por cualquier otro medio de observación, ya que "en las canciones van todas sus esperanzas y heridas, la cólera, los miedos, las carencias y aspiraciones". Leo Löwenthal, un sociólogo [judío] alemán neo-marxista que estuvo asociado con la Escuela de Frankfurt, expresó la misma idea cuando él escribió que "la cultura de masas es psicoanálisis al revés".

     La cultura popular, incluyendo la música, siempre ha funcionado como una especie de barómetro social, y a través de toda la Historia las cuestiones significativas y los acontecimientos del presente a menudo han sido expresados por medio de la música. Desde las conmovedoras baladas impresas de la época Revolucionaria estadounidense a las canciones de fogata de la Guerra Civil, desde los radicales himnos obreros de Joe Hill de principios del siglo XX a las baladas de Woody Guthrie de la época de la Depresión, desde los comentarios socio-políticos folk y rock de los años '60 a las nihilistas declaraciones contemporáneas punk y rap, la música popular a menudo ha expresado el Zeitgeist, el espíritu de la época. A lo largo del siglo XX cientos de canciones populares funcionaron esencialmente como editoriales musicales sociopolíticos, y aunque la mayoría fueron rápidamente olvidadas y dejaron poca impresión duradera, algunas fueron muy profundas y sin duda influyentes.

     [Nota: Antes del advenimiento del fonógrafo, de la radio, y de la mercadotecnia de la música a nivel de masas, la música popular era indistinguible de la música folklórica, cuando las canciones populares de una generación se convertían en las canciones tradicionales de generaciones sucesivas. Fue a principios del siglo XX, con la evolución de una industria comercial de la música, que la música popular se convirtió en una categoría distinta de la música folk].

     Antes del siglo XX las canciones de protesta social a menudo disfrazaban sus mensajes, como en las rimas infantiles de Mother Goose. Sin embargo, con la fusión de varios diferentes movimientos reformistas a principios del siglo XX, la música de protesta socio-política se hizo más abierta y explícita. En particular, el ala izquierda radical del movimiento obrero, como caracterizado por los marxistas Obreros Industriales del Mundo (IWW), utilizaron la música para reunir las tropas y llevar adelante su agenda. Las canciones obreras, como aquellas compuestas por autores como Joe Hill, contenían letras agudas y explícitas y eran cantadas con fervor religioso por los fieles del sindicato.

     Ya que la música popular se hace eco del espíritu de la época, las canciones con mensajes socio-políticos tienden a proliferar particularmente durante tiempos de crisis y perturbación. Ése fue ciertamente el caso durante la Primera Guerra Mundial, cuando los compositores de canciones de Tin Pan Alley [un distrito en Nueva York de reunión de compositores, músicos y productores] produjeron en serie cantidades de canciones de actualidad relacionadas con la guerra. Durante los estridentes y prósperos años '20 pocas canciones serias de actualidad fueron escritas y grabadas, pero después del Colapso de la Bolsa de 1929 y el inicio de la Gran Depresión hubo otra vez una andanada de comentarios musicales socialmente relevantes. Muchas de esas canciones eran producciones suaves y jazzísticas diseñadas para reanimar los decaídos espíritus del pueblo estadounidense, mientras otras trataron más seriamente con la realidad social.

     Del mismo modo, la Segunda Guerra Mundial inspiró muchísimas canciones que expresaron el estado de ánimo de los tiempos. En los relativamente apacibles años '50, sin embargo, la música pop una vez más se retiró hacia la banalidad total. Pocas canciones hablaban de temas diferentes del romance o el hedonismo adolescente. Luego, los caóticos años '60 nuevamente generaron un gran torrente de canciones socio-políticas, pero a diferencia del pasado, esta vez los temas contraculturales dominaron la música, y las letras tendieron a ser abrumadoramente críticas de los estilos de vida y los valores estadounidenses predominantes.

     Desde los años '60 la música popular en general se ha hecho bastante más cínica y sexual. Gran parte de ella es una celebración absoluta de la decadencia, y la glorificación del sexo, las drogas, la violencia, el hedonismo irresponsable y el materialismo irreflexivo es ciertamente inquietante. Si Britney Spears, Madonna, Eminem, Lady Gaga, los hip-hoperos y los raperos gangsta hablan por una masa crítica de gente joven hoy, eso es realmente alarmante. Y aunque la mayor parte de esa música no sea abiertamente política, el hecho mismo de que esos "artistas" sean iconos de la cultura pop es un indiscutible resumen tanto del estado estético como moral de nuestra cultura.

     Muchos se preguntan por qué tanta música popular es tan fea, tan degenerada, tan sexualizada, tan obscena y tan fijada en las drogas y la violencia. Ya que todo arte es una expresión de filosofía y valores, gran parte del problema se debe a la insidiosa influencia del nihilismo y el post-modernismo en la cultura estadounidense contemporánea. Pero algo de ello refleja directamente una ideología política neo-marxista también. Para los críticos sociales izquierdistas radicales, la razón de por qué tanto arte moderno expresa tal rabia e insatisfacción es porque eso refleja la realidad de vivir en una sociedad represiva y opresiva bajo el pesado yugo de la explotación capitalista y valores morales tradicionales influídos por el cristianismo.

     Los marxistas culturales sostienen que toda vida es una lucha contra las fuerzas anulativas del fascismo autoritario. Al principio, el marxismo clásico se enfocó estrechamente en la opresión económica y el conflicto de clases, pero con los neo-marxistas de los años '30 comenzó a ensanchar el alcance de su crítica cultural para incluír una variedad más amplia de factores sociales y psicológicos, especialmente ya que ellos estaban relacionados con dos cuestiones: la liberación sexual y la justicia social, por cuanto eso estaba relacionado con la grave situación de los oprimidos, es decir, minorías marginadas y otros que eran víctimas del orden social burgués. La clase de las víctimas incluía, en particular, a trabajadores de ingresos bajos, minorías raciales, feministas radicales, homosexuales, y no-cristianos en general. Por lo tanto, era dentro del contexto de su neo-marxista Teoría Crítica que ellos abogaron por la politización de las artes como parte de un asalto a toda escala contra la cultura occidental.

     Entre marxistas culturales ha habido dos teorías competidoras en cuanto al papel apropiado del arte revolucionario. El primer enfoque, que Lenin respaldó y que siempre ha sido el más común, se enfoca en el contenido (o sustancia) por sobre el estilo (o estructura). En ese planteamiento, el arte sirve como una forma de "agitación y propaganda" (agitprop), y enfatiza mensajes abiertamente sociales y políticos. Sin embargo, esos mensajes pueden ser o relativamente moderados y virtualmente subconscientes, o directos y confrontacionales. A mediados de los años '60, sin embargo, la mayor parte de la música de protesta se hizo más explícita y agresiva.

     La teoría alternativa del arte revolucionario enfatiza la forma más bien que el contenido, y el mensaje tiene más que ver con el estilo que con el contenido. Ese enfoque ha sido incorporado en varios tipos de la música de vanguardia, como el jazz atonal de forma libre, o los frenéticos y extensos solos de guitarra que eran populares entre algunas bandas de rock en los años '60. Más recientemente, géneros como el rap, el hip-hop, el punk rock y el heavy metal típicamente enfatizan la forma sobre el contenido. En gran parte de esa música las letras son vagas, inarticuladas o hasta ininteligibles, pero el estado de ánimo es obviamente de enojo, agresivo y antisocial. En tal "música", la forma se impone sobre el contenido hasta el punto de que, para tomar prestada la famosa máxima de Marshall McLuhan, el medio es el mensaje. A pesar de la carencia de cualquier mensaje claramente articulado o inteligible, tal música puede funcionar como una potente expresión de protesta socio-política.

     Theodor Adorno, uno de los analistas culturales más prominentes de la Izquierda, era un decidido defensor de la teoría de la forma por sobre el contenido. Adorno comenzó su carrera académica como un crítico de música, y como un marxista doctrinario él tenía una peculiar visión acerca de la música como una declaración política. Él era despectivo de la cultura popular en general, a la que él consideraba como burguesa, frívola y contrarrevolucionaria, y como un musicólogo él era particularmente desdeñoso de la música popular, a la que consideraba trivial, insípida y banal (lo que por supuesto la mayor parte de ella era, y siempre lo ha sido). Como un temprano defensor del post-modernismo, Adorno creía que "verdad" y "moralidad" son completamente relativas a las circunstancias históricas que trabajan inconscientemente en el artista mismo. En su artículo "La Nueva Edad Media: La Escuela de Frankfurt y la Corrección Política" Michael Minnicino describe el quijotesco relativismo de Adorno ya que eso se derivaba de la teoría marxista del materialismo dialéctico:

     "El artista no crea conscientemente obras a fin de elevar a la sociedad, sino que en cambio inconscientemente transmite las presuposiciones ideológicas de la cultura en la cual él nació. La cuestión ya no es qué es universalmente verdadero sino lo que puede ser probablemente interpretado por los autodesignados guardianes del Zeitgeist" [Michael J. Minnicino, "La Nueva Edad Oscura: La Escuela de Frankfurt y la Corrección Política", Fidelio, vol. 1 Nº 1, 1992, p. 10].

     Para Adorno, entonces, el gran desafío para el artista socialmente consciente en medio de una cultura capitalista injusta, fea y explotadora, es exponer la falsedad y la bancarrota completa de tal cultura y por ese medio aumentar el nivel de descontento y alienación entre las masas. Eso requiere nuevas expresiones culturales que incrementarán ese sentimiento de frustración, cólera y rebelión. [Si esto trae a la mente el distorsionador arte moderno y la estéril arquitectura cubista —junto con el heavy metal, el punk rock, el rap y el hip-hop— entonces el lector está tras la pista correcta].

     Adorno era más que sólo un elitista cultural, y tenía una visión radical del arte y la cultura que pocos encontraron aceptable. Según él, ya que la cultura burguesa moderna es intrínsecamente "represiva" y "conformista", el arte sólo podría ser "auténtico" si fuera no comercial, disonante y alienante; en otras palabras, si fuera atonal. Por lo tanto, cualquier forma de arte, como la música, que comunica alegría o contentamiento o armonía, es a lo sumo una expresión de ignorancia o, en el peor de los casos, un respaldo al statu quo autoritario fascista. Al declarar que "el desafío a la sociedad incluye el desafío a su lenguaje", Adorno también podría haber añadido que el desafío a la sociedad incluye no sólo el rechazo de sus valores tradicionales, sino sus formas de arte también. Como él declaró, "Nosotros interpretamos [el arte] como una especie de lenguaje codificado para procesos que están ocurriendo dentro de la sociedad, que debe ser descifrado por medio del análisis crítico". Por lo tanto, el verdadero propósito de la música y cada otra forma de arte moderno debería ser subvertir cualquier cosa inspiradora y elevadora, para frustrar cualquier inclinación espiritual superior, dejando que la única opción creativa sea lo que el dramaturgo neo-marxista Bertolt Brecht llamó el "efecto de extrañamiento".

     Según Adorno, hasta que las actuales contradicciones sociales y políticas sean reconciliadas con la concepción marxista de "justicia social", el arte siempre debe reflejar el actual estado de disonancia y alienación. Para Adorno, todo es político, y ya que la sociedad capitalista burguesa es innatamente discordante y represiva, la única música legítimamente auténtica es la que evita el comercialismo y la "falsa armonía" y expresa las "contradicciones" de la vida moderna. Además, razonó él, así como la verdadera creatividad artística es determinada por factores sociales, así también lo es la apreciación subjetiva del arte por parte de la gente. Es por eso que la cultura popular, incluyendo prácticamente toda la música popular, tiende a ser tan deplorablemente vacía: ella expresa valores burgueses y los gustos para nada sofisticados de las masas, las cuales son el producto psicológica y culturalmente sofocado de un sistema capitalista burgués y su propaganda. El Pueblo tiene que ser liberado de tales coacciones, y Adorno creía que eso podría ser llevado a cabo en parte por medio del verdadero arte y la verdadera música, la cual en el actual contexto social debe ser revolucionaria, contracultural y discordante. En palabras de él:

     "Una exitosa obra [de arte]... no es una que resuelve contradicciones objetivas en una falsa armonía, sino una que expresa la idea de armonía negativamente, encarnando las contradicciones, puras y no comprometidas, en su estructura íntima...

     "El arte... siempre fue, y es, una fuerza de protesta de lo humano contra la presión de instituciones dominantes, religiosas y de otro tipo..." [Citado en Martin Jay, La Imaginación Dialéctica, p. 179].

     [Nota: el marxismo ha sido desde hace mucho tiempo reconocido como una especie de religión sustituta, en el sentido de que propone una gran meta-narrativa histórica, y sus doctrinas fundamentales lo cubren todo, desde el naturalismo ateo y una filosofía secular de la naturaleza humana, hasta teorías relacionadas con el materialismo dialéctico, la guerra de clases y la revolución violenta, la dictadura del proletariado, y la eventual aparición de una utópica sociedad sin clases. Al igual que los cristianos, los marxistas rechazan la noción popular del "arte por el arte", la idea de que el arte debería ser simplemente una expresión de la creatividad individual del artista mismo. A partir de los hechos, los marxistas entienden que el arte no es de ninguna manera carente de valores o valóricamente neutral. A sabiendas o no, todo arte expresa las creencias y los ideales de su creador, y el concepto de la "libertad creativa" artística es en muchos aspectos ilusorio. A diferencia de los cristianos, sin embargo, los marxistas son deterministas estrictos que creen que sólo los factores sociológicos determinan quiénes y qué somos. A la inversa, los cristianos no niegan que la sociedad y la cultura puedan influír en (o condicionar) nuestro carácter y valores, pero los seres humanos todavía tienen alguna libre elección como resultado de ser creados a imagen de Dios. De todos modos, tal como los cristianos, los marxistas creen que el objetivo último del arte es servir a un propósito superior y trascendente. No es simplemente acerca de la auto-expresión individual sino una reflexión acerca de la verdad y la realidad últimas].

     Para Adorno, incluso el jazz moderno, del que muchos conservadores temían que promovía la sensualidad y debilitaba la moralidad tradicional, debería ser rechazado como sólo otro producto comercial. Observando que servía principalmente como música de baile o de fondo ambiental, él cuestionó la afirmación de que el jazz podría ser usado para hacer avanzar la agenda revolucionaria. De hecho, argumentó él, más bien que promover la disonancia y la alienación, la música de jazz realmente mitigaba aquello al reconciliar al individuo alienado con la cultura predominante.

     Antes de Adorno, la mayor parte de la crítica de la cultura popular venía de conservadores sociales. Ahora, sin embargo, ella era atacada como un instrumento del statu quo que pacificaba a las masas y desviaba su atención lejos de toda la opresión, represión e injusticia social inherente en la cultura estadounidense. Como tal, ella era parte de una masiva conspiración capitalista burguesa. El historiador Martin Jay explica:

     «A la Escuela de Frankfurt le disgustaba la cultura de masas, no porque fuera democrática sino precisamente porque no lo era... La industria de la cultura administró una no espontánea [y] falsa cultura más bien que la cultura real. La antigua distinción entre alta y baja cultura había casi desaparecido en la "estilizada barbarie" de la cultura de masas... El mensaje subliminal de casi todo lo que pasaba por arte era la conformidad y la resignación.

     «Cada vez más, el Instituto llegó a sentir que la industria de la cultura esclavizaba a los hombres de modos mucho más sutiles y eficaces que los métodos ordinarios de dominación practicados en épocas más tempranas. La falsa armonía [promovida en la cultura popular] era de algún modo más siniestra que el choque de las contradicciones sociales, debido a su capacidad de calmar a sus víctimas para la aceptación pasiva... Además, la difusión de la tecnología servía a la industria de la cultura en Estados Unidos ya que ayudaba a reforzar el control de gobiernos autoritarios en Europa. La radio, argumentaron Horkheimer y Adorno, era para el fascismo lo que la imprenta había sido para la Reforma...» [Ibíd., pp. 216-217].

     En su estudio de la Escuela de Frankfurt, Jay concluye que el mayor impacto del Instituto sobre la vida intelectual estadounidense fue su crítica de la cultura de masas junto con su análisis del autoritarismo estadounidense. Pero la filosofía de Adorno de la cultura y la música era demasiado extrema incluso para muchos de sus colegas neo-marxistas, algunos de los cuales cuestionaron sus presunciones básicas. Walter Benjamin, colega de Adorno y un notable filósofo y ensayista, expresó la visión marxista más ortodoxa que llegó a prevalecer entre la mayoría de los críticos sociales izquierdistas. A diferencia de Adorno, Benjamin reconoció el inmenso potencial de agitación y propaganda que tenía el entretenimiento comercial, y sostuvo que la música popular podría ser un arma política potente en la guerra cultural en términos de socavar los valores tradicionales, radicalizando a las masas y transformando la cultura. Adorno era escéptico, y sostuvo que cualquier tal tentativa de correlacionar la música popular comercial con el "realismo socialista" sólo tenía éxito en promover el tipo de "armonía prematura" que era contrarrevolucionaria.

     La mayoría de los artistas izquierdistas hizo suya la opinión de Benjamin porque la crítica más radical de Adorno esencialmente eliminaba a cualquier auditorio para el arte de ellos. En este respecto Bertolt Brecht fue particularmente significativo en su utilización del teatro como un foro político para explorar lo que él llamó "la estética crítica del materialismo dialéctico". Brecht inspiró a toda una nueva generación de artistas y actores marxistas, y su influencia fue particularmente importante en películas y en el teatro. Mientras tanto en Estados Unidos, quizá el propagandista más exitoso e influyente de la causa marxista fue el actor y productor de películas Charlie Chaplin, cuyo genio cómico en películas como Tiempos Modernos y El Gran Dictador hábilmente y de manera sutil promovió la agenda izquierdista.

     Dejando aparte las excéntricas opiniones de Adorno, muchos marxistas entendieron intuitivamente el poder de la música politizada como una fuerza social y cultural. Como se señaló antes, el IWW (Industrial Workers of the World) era un sindicato marxista radical a principios del siglo XX que incluía una frágil y volátil coalición de comunistas, socialistas y anarquistas. Según su Manifiesto, dicho sindicato fue fundado sobre "la lucha de clases" y "el conflicto irrefrenable entre la clase capitalista y la clase obrera", y su lema proclamaba que "El objetivo final es la revolución". Las reuniones del IWW a menudo se parecían a las reuniones de reavivamiento religioso de los evangélicos, con discursos conmovedores y emocionales y mucho canto grupal apasionado. Los compositores de canciones convirtieron muchísimos conocidos himnos de iglesia y melodías folklóricas tradicionales en canciones obreras.

     [Nota: Tal como el Partido Socialista estadounidense, el Partido Comunista de EE.UU. y otros grupos de extrema Izquierda, el IWW era constantemente atormentado por disputas sectarias internas y luchas por el poder. Durante la Primera Guerra Mundial perdió a la mayor parte de sus miembros debido a su militante posición pacifista, y muchos de sus líderes fueron acusados de traición y enviados a prisión. "Big Bill" Haywood, la cara pública del sindicato, evadió la prisión huyendo a la URSS, donde él fue tratado como una celebridad por el régimen de Lenin. Cuando Haywood murió en 1928, fue sepultado en el Kremlin, siendo uno de sólo dos estadounidenses así honrados. En su breve pero pintoresca vida el IWW produjo bastantes personajes memorables, incluyendo a los incendiarios agitadores Elizabeth Gurley Flynn y John Reed (presentado en la película Reds, de 1982), junto con Joe Hill, el primer cantante-compositor de canciones de protesta izquierdista notable de Estados Unidos].

     En 1914, el día antes de que él fuera ahorcado según estaba programado, Joe Hill explicó su motivación para escribir canciones de protesta socio-política:

     "Un folleto, no importa cuán bueno sea, nunca es leído más de una vez, pero una canción es aprendida de memoria y repetida una y otra vez. Sostengo que si una persona puede poner unos cuantos fríos hechos de sentido común en una canción, y los viste con una capa de humor para quitarles sequedad, él tendrá éxito en llegar a un gran número de trabajadores que son demasiado poco inteligentes o demasiado indiferentes para leer un folleto o un editorial".

     [Nota: Joe Hill era un inmigrante sueco y un provocador profesional que, según la leyenda izquierdista estadounidense, fue ahorcado por autoridades locales por su valerosa actitud contra la injusticia, de parte de la oprimida clase obrera. De acuerdo a los hechos, él fue ejecutado por asesinar a dos hombres. En el festival de música de Woodstock de 1969, la baladista folk Joan Báez momentáneamente resucitó el recuerdo dormido de este temprano héroe de clase obrera con su melodiosa interpretación melodiosa de "Joe Hill", pero pocos en la muchedumbre sabían algo en cuanto a de quién ella estaba cantando].

     La música de protesta izquierdista no era un factor en la música popular estadounidense durante los años '20, pero con la llegada de la Gran Depresión docenas de canciones relacionadas con los tiempos sonaron en la radio y se convirtieron en éxitos. Algunos izquierdistas estadounidenses, junto con sus homólogos europeos como Theodor Adorno, pensaron que toda la música popular comercial era burguesa y contrarrevolucionaria, pero otros vieron el gran potencial en la explotación del medio para objetivos de propaganda. A pesar de todo, los comunistas estadounidenses generalmente miraban la música popular con sospecha, si es que no con desprecio absoluto. La música popular era en su mayor parte melodías de espectáculos de Broadway, formulistas canciones de amor de Tin Pan Alley, o jazz hiperkinético, y los marxistas más doctrinarios descartaban la industria de la música comercial como sólo otra operación de estafa capitalista.

     En vez de eso, la Izquierda estadounidense prefería la música socio-política de estilo folk de intérpretes como Woody Guthrie, Pete Seeger, y los Almanac Singers. En sus mentes, la música folk era la música del "Pueblo" y por lo tanto era una forma de arte "auténtica". Funcionando fuera de la industria de la música comercial, ella era intrínsecamente una protesta contra el capitalismo. Además, la politizada música folk evitaba la clase de "falsa armonía" —tanto temáticamente como musicalmente— que los neo-marxistas incondicionales como Adorno detestaban. A diferencia del suave jazz comercial y sentimentaloides baladas de amor cantadas por vocalistas melódicos profesionales, la música folk era clara y sin adorno. Presentaba una instrumentación simple, y las canciones eran cantadas (o en muchos casos, graznadas, aulladas, resolladas, gemidas, gruñidas o raspadas) en un estilo sencillo por cantantes con voces maravillosamente inexpertas. La "belleza" de la canción era el mensaje más bien que la melodía, la instrumentación o las voces. Por lo tanto, un pájaro cantor como Woody Guthrie podía ser aclamado como un gran cantante y músico cuando de hecho él no podía haber sonado peor si hubiera nacido sin cuerdas vocales. Tampoco su tocar de la guitarra habría sufrido mucho si él hubiera nacido con sus dedos palmeados.

     El género de canción folk permaneció como el medio preferido y oficialmente aprobado para la música del "Pueblo" en los años '60, como fue determinado por las élites izquierdistas de Greenwich Village que publicaban las revistas Sing Out! y Broadside, y fue dentro de esa subcultura que el joven fenómeno de la música Bob Dylan dominó el género y escribió algunas de la definitorias canciones de protesta de principios de los años '60. Pero Dylan pronto se cansó de la música folk acústica porque la encontraba demasiado restrictiva, y cuando él formó una banda de rock y se puso eléctrico, los puristas folk como Pete Seeger se enfurecieron. Para Seeger y otros puristas izquierdistas, la música política auténtica era la música folk, y ellos consideraron a Dylan como un oportunista comercial vendido a la industria capitalista de la música. Esa opinión, sin embargo, no duró mucho tiempo, ya que otros artistas folk acústicos también finalmente ampliaron su expresión desde los estrictos límites de la música folk tradicional.

     Hacia finales de los años '60 los temas y las influencias izquierdistas se habían infiltrado a fondo en la cultura pop estadounidense en la música, las películas, el teatro, la literatura, e incluso en la televisión. Como Walter Benjamin había previsto, una agenda neo-marxista podría muy efectivamente ser comunicada a audiencias masivas por medio del márketing de masas y nuevas tecnologías. Si el objetivo último era la infiltración cultural y el cambio social, tenían que hacerse concesiones a la realidad de los estilos de vida contemporáneos. De hecho, siendo casi completamente orientada al consumidor y prácticamente carente de estándares de control de calidad, no había un medio más abierto y susceptible a la propaganda izquierdista que la cultura popular. Sin embargo, en décadas posteriores surgió una síntesis única, particularmente en el campo de la música popular. Comenzando con el acid rock y el heavy metal, seguido de las violentas y nihilistas declamaciones del punk rock, el rap y el hip-hop, la música ofensiva se convirtió en la norma cuando fue cómodamente integrada en la industria de música pop dominante. Como Michael Minnicino observó en su artículo "La Nueva Edad Media", las dispares estrategias para la subversión cultural propuestas por Benjamin y Adorno, que en la superficie parecen completamente contradictorias, realmente representan la coordinación de "casi la base teórica entera de todas las tendencias estéticas políticamente correctas que ahora plagan nuestra sociedad". Notablemente, y desgraciadamente, eso ha sido una parte integral de la agenda neo-marxista entera: el alarmante éxito de su chocante y siniestra subversión de la cultura estadounidense.–

 


Primera Parte

http://editorial-streicher.blogspot.com/2021/11/sobre-marxismo-cultural-y-correccion.html

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario