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jueves, 29 de abril de 2021

Gottfried Feder - Sobre la Emancipación de los Judíos en Alemania

 

     Presentamos aquí tres capítulos (9, 10 y 11) del estudio del economista y teórico alemán nacionalsocialista Gottfried Feder "Los Judíos" (Die Juden, 1933), que fue traducido al castellano en los años '70 ó antes, y del que no se hallan versiones ni en alemán ni en inglés. Feder, uno de los fundadores del Deutsche Arbeiterpartei, antecesor del NSDAP, famoso por su "Manifiesto para el Quebrantamiento de la Servidumbre del Interés del Dinero" (1919), en estas informativas líneas habla del anti-judaísmo en Alemania como telón de fondo de la concesión de plenos derechos civiles dada a los judíos especialmente en la segunda mitad del siglo XIX, y del comportamiento de ellos que condujo a que en el Tercer Reich no fueran considerados como ciudadanos sino como extranjeros.


 

9. EL ANTI-SEMITISMO EN ALEMANIA

     Entre los pronunciamientos de alemanes prominentes contra los judíos, que pueden consultarse en el Anuario del Problema Judío (p. 387 y sigs.) se hallan los nombres más célebres: Lutero, Federico el Grande, María Teresa, Kant, Herder, Goethe, Schiller, Fichte, Schopenhauer, Bismarck, Moltke, Billroth, Franz Liszt, Richard Wagner. Nuestros mejores hombres se han pronunciado con suficiente claridad contra los judíos.

     El anti-semitismo en Alemania, el único que trataremos aquí, tiene su historia especial. Toda la Edad Media, de acuerdo con su orientación religiosa general, se afirmaba en esta creencia: en cuanto el judío se hace bautizar, se modifica todo su ser. En todas partes donde los habitantes se vieron en la necesidad de expulsar al judío por su calidad de enemigo del pueblo, se le ofrecía la alternativa de hacerse cristiano y de permanecer en el país. Debe ponerse énfasis en el hecho que, exceptuando los marranos en España, sólo unos pocos grupos más considerables se hicieron bautizar, y la extradición de los judíos de España tuvo lugar recién al final del Medioevo (1492). También los judíos tenían en la Edad Media una orientación religiosa severa: solían vengar la conversión al cristianismo, siempre que de algún modo pudieran hacerlo, con la muerte o al menos amenazaban al apóstata en sus escritos religiosos con ella. Por consiguiente, podemos admitir que solamente poca sangre judía se infiltró durante la Edad Media en nuestro pueblo.

     En el Reich alemán, además, tuvieron lugar en todas partes únicamente extradiciones puramente locales. Así p. ej. los judíos de Núremberg, al ser expulsados, se trasladaron a la vecina Fürth, que no pertenecía al territorio de la ciudad de Núremberg. Extradiciones más extensas de las regiones del Rhin dieron lugar a la ya mencionada migración a Polonia, a la que Casimiro el Grande, presuntamente por la influencia de una amante judía, se ofreció gustosamente a recibir.

     Muy reducido fue también en los dos primeros siglos de los tiempos modernos la conversión de judíos al cristianismo, y eso igualmente en las regiones católicas de Alemania que en las Protestantes. Lutero mismo se expresó en la forma más tajante contra los judíos, y publicó dos escritos especiales contra ellos. Su conclusión es: "Según mi parecer, la cuestión va a parar en esto: si no queremos hacernos partícipes de la blasfemia de los judíos, debemos ser separados y ellos expulsados de nuestro territorio".

     A partir de la época de Lutero se observan en el pueblo alemán dos tendencias de anti-semitismo. En el catolicismo se continúa la orientación medieval: en cuanto el judío esté bautizado, ya no es judío sino católico pleno. El anti-semitismo de la Iglesia católica concernía tan sólo a la religión, como acaece hoy, claro que en la medida en que en ella haya aún vestigios de anti-semitismo. Dado que la Iglesia católica rechaza la idea de raza, no puede tampoco concebir el anti-semitismo racial. No quiere con ello decirse que el protestantismo haya concebido desde un principio el anti-semitismo racial, al que pudieron llevar consecuentemente los dos escritos de Lutero, y tampoco que, dado el caso, el católico no pueda ser anti-semita racial. También dentro del protestantismo se encuentran reiteradamente en determinadas épocas, judíos que ocupan altas posiciones eclesiásticas y políticas, a continuación de lo cual suele hacerse presente nuevamente con mayor claridad el anti-semitismo.

     Desde aproximadamente 1700 hasta 1720, habiendo aparecido recién poco tiempo antes los escritos científicos más rigurosos contra los judíos —entre ellos el de Eisenmenger—, se convierten al protestantismo judíos aislados, hasta rabinos, tornándose en eclesiásticos evangélicos. Ese hecho ha dado pie a que se consideraran y se declararan judaizadas las familias sacerdotales evangélicas por el simple hecho de ser tales. Pero tal proceder no tiene en cuenta que en realidad se trata de muy pocos casos, que no pudieron causar un daño demasiado grande, ante todo no, porque el estamento sacerdotal se completaba siempre con gente nueva tomada del pueblo en general. Es completamente inadecuado sospechar p. ej. en Lessing, como se ha hecho, un aditamento de sangre judía por el hecho de que era hijo de un sacerdote. Una invasión más pronunciada de judíos sufrió el estamento de sacerdotes y profesores de teología evangélicos a partir de 1820, dado que en Berlín un tercio de los judíos se pasaron al protestantismo. De inmediato, toda una serie de esos neófitos llegaron a ser sacerdotes y maestros de teología evangélicos, de un modo exactamente igual a como nuestros judíos polacos después de dos meses en Berlín ya se atreven a instruír al alemán en cuanto a su idioma alemán.

     Es un hecho que alrededor de 1850, prácticamente toda facultad evangélica poseía su judío propio o, como Berlín, hasta varios de ellos. Entre los predicadores prominentes hubo también toda una serie de judíos y, más adelante, de semi-judíos. Las facultades católicas, que en la misma época tuvieron igualmente numerosos nuevos cristianos entre sus maestros, estaban en ese sentido en una situación más favorable, porque tales maestros, en su calidad de célibes, no procreaban, no cubriendo, por lo tanto, las cátedras en los tiempos subsiguientes con sus vástagos.

     En la época después de 1820 también en la política de los países Protestantes hubo un fuerte número de judíos. Unicamente dos casos han de mencionarse: el judío Stahl (1802-1861) llegó a ser el jefe del partido conservador y fundador y director del Kreuzzeitung (Periódico de la Cruz), y el judío Simson (1810-1899) fue elegido para ofrecer al rey Guillermo de Prusia en 1848 la corona imperial alemana y de brindársela otra vez en 1871, de modo que aún en ese acto más glorioso del pueblo alemán de aquel tiempo, un judío desempeñó el rol de intermediario. Sin embargo, en los países Protestantes se ha reconocido muy pronto el peligro judío, y fue allí donde surgieron los primeros y fundamentales escritos y movimientos para la liberación de nuestro pueblo de las influencias perniciosas de los judíos.

     La intensa ola anti-semita de principios del siglo XVIII en los países Protestantes ya fue mencionada. Poco después del año 1800, al hacerse cada vez más ruidosas las tentativas de emancipación, se produjo una nueva avanzada de literatura contra los judíos, que estaba dirigida, ante todo, contra la exigencia formulada por cristianos pagados o engañados de otorgar completa igualdad a los judíos respecto a los cristianos. Pero para nosotros recién los escritos y las pretensiones posteriores a la equiparación de los judíos con los alemanes tienen una significación más que histórica, vital, pues solamente ellos conciernen a nuestra propia situación. Entre ellos debe mencionarse en primer lugar a Richard Wagner con su escrito Sobre el Judaísmo en la Música (1850), que despertó la mayor sensación y fue la causa de una lucha de decenios contra Richard Wagner. Y aún todavía hoy, cuando tantos judíos se llaman según personajes de Wagner, Siegfried y Elsa, el odio íntimo queda mal encubierto. Judíos tales como Franz Werfel y Emil Ludwig (Cohn) hacen todo lo que pueden para empujar a Wagner detrás de Verdi o hasta de Bizet.

     Círculos nacionalistas poco instruídos afirmaron que tanto Lessing como Richard Wagner tenían sangre judía, simplemente porque algunos judíos lo han declarado, lo mismo que de casi todos los hombres célebres no-judíos. Richard Wagner asestó mediante su escrito un golpe extraordinariamente fuerte al judaísmo, ya que puso de manifiesto la completa ineptitud del mismo en un terreno, que alrededor de 1850 fue dominado por ellos: un Meyerbeer fue el soberano de la ópera de París y, en todos lados, un Mendelssohn, que entre sus músicos no toleraba ninguna persona rubia, como refiere Wagner, dominaba en su posición de director general de música de Berlín la totalidad de la vida musical en Alemania, y se dejaba celebrar igualmente en Inglaterra. Pero el mayor golpe que asestó Richard Wagner al judaísmo fue mediante su arte, que era alemán en su sentido más profundo, y eso en la música misma, e igualmente en los temas y en su plasmación única en su género. Con Richard Wagner han cobrado vida en nuestra imaginación los antiguos dioses alemanes así como Sigfrido y Hagen, y nos ha dado el más hermoso cuadro de los viejos burgos alemanes (en "Los  Maestros Cantores") y con ello elevados prototipos y altas metas del más hondo efecto en todo el pueblo alemán.

     Diez años después del trabajo de Richard Wagner sobre el judaísmo apareció un escrito suscrito por H. Raudh, "El Judaísmo y el Estado Alemán" (1861), cuyo autor debe ser considerado seguramente Lothar Bucher, el asesor literario de Bismarck, pues el presunto autor, el hacendado Heinrich Nordmann, no se ha destacado de ningún modo. El trabajo apareció hasta 1879 en nueve ediciones, y a pesar de ello su efecto se limitó a un círculo solamente pequeño. Pero en el transcurso de ese tiempo el judaísmo una vez más llamó la atención aún de los más obtusos sobre su naturaleza perniciosa. Fueron los años de la época de las catástrofes en la Bolsa. Innumerables ahorristas alemanes perdieron, debido a promesas frívolas y maniobras criminales, su futuro. Judá efectuó sus ricos, sus sobremanera ricos, ejercicios de red.

     En aquel entonces el periódico Gartenlaube (Glorieta), poniendo de manifiesto una mentalidad que más tarde no habría de encontrarse ya por mucho tiempo en los así llamados periódicos familiares, publicó una serie de artículos de Otto Glagau: "Estafa en la Bolsa y en las Fundaciones en Berlín" (1876) (Borsen-und Grundungschwindel in Berlin). En ellos se encuentran frases como ésta:

     «No debe ser que por más tiempo una falsa tolerancia y sentimentalidad, enojosa debilidad y temor, nos hagan desistir a nosotros, los cristianos, de proceder contra los abusos y las petulancias de los judíos. No podemos tolerar por más tiempo que los judíos atropellen en todos lados para colocarse en el primer plano, en la cima, que se apoderen en todos lados de la conducción, de la primera palabra... Desde el ministro bautizado hasta el gorrón polaco forman una única cadena, y fuertemente solidarios hacen frente contra los cristianos en cualquier oportunidad. Vosotros tenéis diez veces más franquicia de ofender al canciller del Reich que el judío más raído. Echad solamente una mirada oblicua a un judío ropavejero, e inmediatamente resuena desde Gumbinnen hasta Lindau, desde Meseritz hasta Bamberg y Oppenheim el grito: ¡Israel está en peligro! Mendel Frenkel, encarcelado en un pueblucho de Galicia por fraude o robo, exige en la prisión comida "pura", y como no la recibe, toda la prensa vocifera por asesinato judicial».

     En los años siguientes se publicaron como los escritos anti-semitas más importantes los de Wilhem Marr: "La Victoria del Judaísmo sobre el Germanismo" (1878), los dos de Eugen Dühring: "El Problema Judío como Problema de Raza, de Moral y de Cultura" (1879) y "El Problema Judío como Problema de Prejuicio Racial" (1880); el segundo escrito de H. Raud: "Israel en el Ejército" (1879), y el más importante de todos, el tratado del célebre historiador Heinrich von Treitschke en los Anuarios Prusianos (1879). Luego Paul de Lagarde con su "Judíos e Indogermanos", Gustav Adolf Wahrmund, Friedrich Langbehn: "Rembrandt como Educador" (1890), y Houston Stewart Chamberlain: "Los Fundamentos del Siglo XIX" (1899). Pero en esa época el anti-semitismo se hizo presente por vez primera también en la política del Estado: el predicador de la corte de Berlín, Adolf Stöcker, que por de pronto también había creído poder hacer inocuos a los judíos mediante el bautismo, fundó en 1878 el Partido Social-Cristiano de los Trabajadores, del que parte todo el anti-semitismo parlamentario en Alemania (y en Austria). En una petición de 255.000 firmas Adolf Stöcker exigió la prohibición de la inmigración judía, exclusión de los judíos de cargos públicos, de la profesión de maestro en las escuelas primarias, así como en los institutos de enseñanza media, y de la justicia. Bismarck dejó esa petición sin respuesta; a esa altura del tiempo no recordaba ya su alocución en el Parlamento prusiano de 1847, en la cual había exigido exactamente lo mismo.

     Todo lo enumerado hasta ahora procedía del protestantismo. Cuando el "alemán del Rembrandt" —Friedrich Lengbehn— se convirtió al catolicismo, introdujo de inmediato en su libro las tachaduras que allí agradaron. Gustav Adolf Wahrmund empero, que tuvo que convertirse al ser nombrado profesor en Viena —eso era usual en aquel tiempo—, no dejó por eso de defender el anti-semitismo de igual manera que su amigo y colega orientalista Paul de Lagarde, y si bien no en el Reich alemán, pero sí en Austria, surgió del catolicismo, dominante allí casi con exclusividad, un anti-semitismo parlamentario de acuerdo con el modelo del fundado por Adolf Stöcker, que también habría de alcanzar suma importancia para el Reich alemán; Adolf Hitler aprendió de él cuando joven a observar las circunstancias con ojos claros, tal como se ha expuesto en el capítulo correspondiente.

     No debe sin embargo encubrirse que el Partido Social-Cristiano —el nombre fue adoptado del partido de Adolf Stöcker bajo su jefe Dr. Karl Lueger— en cuanto se ligó a los clericales designando a relativamente muchos sacerdotes católicos como sus representantes, puso una cantidad crítica de agua en su vino, dando expresión al anti-semitismo en realidad ya tan sólo ante los electores y en los periódicos provinciales, haciendo por lo demás tranquilamente negocios con los judíos y manteniendo con ellos relaciones personales (el segundo burgomaestre de Viena del Dr. Lueger fue el medio-judío Porzer), pero el anti-semitismo, una vez representado pública y parlamentariamente, se mantuvo desde entonces vivo en la Austria alemana, y constituye aún hoy la base de la acción y de las influencias del NSDAP. La Liga Alemana de Deportistas, que en aquel entonces fue fundada en Viena constituyendo también en el Reich alemán grupos locales, incluyó en su programa: "Unidad Popular y Pureza Racial". Especialmente debe recordarse aquí a Georg Ritter von Schonerer, el intransigente admirador de Bismarck, para el cual el pueblo alemán en el Reich y en la "Monarquía" (Austria) formaba igualmente una unidad tanto nacional como política. En cuanto a él y su movimiento se refiere, deben consultarse las palabras de Adolf Hitler en Mein Kampf.

     El anti-semitismo en la Austria católica y el hecho de que también muchos sacerdotes se unieron a él y lo defendían en su forma incondicional, dan fe de que de ninguna manera la Iglesia católica se encuentra impedida por sus dogmas de ser anti-semita, como podría quizá creerse. Su actuación en Alemania en contra del anti-semitismo y especialmente contra el Nacionalsocialismo no se basa por consiguiente tampoco en consideraciones dogmáticas, sino que es simplemente la manifestación de una tendencia que de una manera exactamente igual dominó en el protestantismo alemán durante decenios, y que hoy día con toda seguridad es defendida aún por numerosos sacerdotes y profesores de teología, especialmente por aquellos que pertenecen a la francmasonería, los que sin duda alguna no son pocos de entre los más viejos.

     Ahora bien, si, como sucede realmente, podemos comprobar que una parte muy significativa de los sacerdotes evangélicos apoya al Nacionalsocialismo, y que los estudiantes de teología evangélicos hasta son preponderantemente nacionalsocialistas, podremos abrigar la esperanza de que también el catolicismo alemán abandonará su posición inaccesible con respecto al Nacionalsocialismo; la justicia de la lucha contra los judíos, tanto más por cuanto seguramente la mayoría de sus fieles en Alemania son nacionalsocialistas, no podrá escapar tampoco a sus jefes religiosos.

 

10. LOS JUDÍOS EN ALEMANIA ANTES DE LA EMANCIPACIÓN

     La senda hacia el anti-semitismo racial pasó por el humanitarismo del siglo XVIII, lo que sin embargo no impidió de manera alguna a un Herder o a un Goethe expresarse con toda claridad en contra de los judíos. Así como en la Edad Media el judío debía inmediatamente dejar de ser judío cuando era bautizado, a fines del siglo XVIII se pretendía que el judío sería "mejorado en sus condiciones ciudadanas" —así gustábase expresarse en aquel entonces— por el hecho de adoptar nombres alemanes, y a continuación también el idioma alto alemán y la vestimenta europea. Pues en aquella época surgió la convicción de "la igualdad de todo lo que tenga faz humana". Eso fue teoría, a la que la realidad contradecía siempre y en todas partes. Pero los "humanitarios" no quisieron ver la realidad. Quisieron someterla a su teoría. Mas la teoría aún no ha hecho nunca y en ningún lado una cabeza de repollo de una cabeza de col, o que un manzano diera peras. El Salvador lo dice con la misma claridad en los Evangelios: "¿Puede también cosecharse racimos de uva de los espinos, o higos de los cardos?". El Emperador José II, que se transformó en herramienta del humanitarismo teórico, se preocupó por "mejorar en sus condiciones ciudadanas" no sólo a los gitanos sino también a los judíos. Hoy día, después de 150 años, los gitanos, a pesar de todo, continúan siendo gitanos, y los judíos continúan siendo judíos.

     El edicto de José II ordenó a los judíos adoptar nombres alemanes, mejor dicho, de un modo general nombres de familia (apellidos). Pues hasta ese momento, hasta 1780, los judíos usaban comúnmente sólo su denominación de acuerdo con la procedencia, p. ej., Schmul hijo de Leib, hijo de Eisig, hijo de Schlome, en los registros de las sinagogas naturalmente en idioma hebreo. Si un judío se radicaba en un nuevo lugar, por lo común era llamado según aquél. Moisés Mendelssohn de Dessau, que fue considerado filósofo, haciéndose de él el "amigo" de Lessing, se llamaba así por su padre, de nombre Mendel, pero entre los connacionales se le conocía como Moisés Dessau. Es que alrededor de 1750, al actuar en público Moisés Mendelssohn, los judíos aún no tenían nombres de familia.

     Es importante recalcar esto. El que lleve un apellido que ahora es considerado como judío, tal como Rosenberg, Blumenthal, Schonfeld, necesita solamente remontar el rastro de sus antepasados portadores de ese apellido más allá de 1780 —y hasta tal época se llega fácilmente en la investigación de los antepasados—, a fin de obtener claridad con respecto a la eventual procedencia de la estirpe así denominada. Si esa estirpe se llamaba ya antes de 1780 Rosenberg, Blumenthal, Schonfeld, debe ser considerada como no-judía, si no es que esté atestiguado realmente que algún judío haya adoptado ese apellido en ocasión de su bautismo.

     Cierto es que los judíos, al ser bautizados, gustaban darse nombres tales que atestiguaban en forma especial su cristiandad, así ante todo el nombre Cristo mismo, que con casi completa seguridad permite deducir la procedencia judía del antepasado originario de tal nombre. También Christlieb ("Amor de Cristo"), Treu ("Fiel") y Bleibtreu ("Permanece fiel") constituyen nombres adoptados frecuentemente en el bautismo. Esto quiere decir que recién por el edicto de José II la generalidad de los judíos adoptaron nombres de familia. Con placer eligieron aquellos que les gustaban, como Rubinstein, Saphirstein, Goldstein, Veilhenfeld (Campo de Violetas), Rosenfeld, y también Grün (Verde), Blau (Azul), Schwarz (Negro), Rot (Rojo), Gelb (Amarillo), Weiss (Blanco), y luego nombres indicadores de la procedencia, como Lindauer, Wiener, Berliner, Breslauer, Dessauer (ahora Dessoir para que parezca francés), o también solamente Lindau, Wien, Berlín, Breslau, Dessau. Ocasionalmente uno se contentaba con el país de procedencia. De este modo Oesterreicher, Hollander, Frieslander, Pollak, Franzos, Englander, luego Deutsch (en italiano Tedesco) constituyeron casi exclusivamente apellidos de judíos, a menos que alguno de ellos pueda aquí o allá remontarse a antes de 1780. En casos más raros se eligieron denominaciones profesionales, como Wechsler (cambista), Kantor o Singer (cantante), Sofer o Schreiber (o sea Copista de la Torá); cuando un judío era vástago de sacerdote, Kohanida o Levita. También agradaron los nombres Kohn en sus diversas formas, como Kohen, Kahan, Kogan, Kagan, Coogan y semejantes, o Levy en las diversas formas como Löwy, Levit, Levitus, Löwit. (El nombre germánico antiguo Kuhn, que en holandés se escribe Coen y se pronuncia Kuhn, el germánico antiguo Ley, el céltico Lewis, pronúnciese Lúis, no pertenecen a ese grupo.) Algunos pronombres de judíos traducen un nombre judío al alemán o a algún otro idioma. Así Hirsch (Ciervo), Hirschl y Jellinek (checo = Hirschl es traducción del prenombre hebraico Zwillerz, Corazón, y Herzl, del pronombre hebraico Leib).

     Solamente en aquellos casos en los que los judíos se negaban a elegir ellos mismos un apellido, y eso lo hicieron con bastante frecuencia porque temían al nombre como un signo distintivo amenazador, recibieron los nombres de la Comisión, que en algunos casos no resultaron del todo agradables, pero seguramente sólo en aquellos casos en los que el candidato al nombre mostraba especial obstinación. Entonces se dio con apellidos como Achselschweiss (Transpiración Axilar), Kanalgeruch (Olor de Canal), y semejantes.

     El "mejoramiento ciudadano" de los judíos se aplicó, por lo pronto, únicamente a un pequeño círculo, la selección de aquellos que ya se encontraban en el medio de la vida mercantil de la comunidad general, la mayor parte de las veces en la esfera comercial. El actuar en esa esfera no estaba vedado a los judíos en todos aquellos lugares donde tenían derecho de residencia, como igualmente no estaba vedado a ningún extranjero. En los gremios naturalmente no se los admitía, ya que aquéllos estaban constituídos por miembros del pueblo. En otros lugares tenían acceso a los mercados y ferias mientras éstos duraban, en otros más se les permitía la permanencia solamente durante un determinado lapso. Es que estaban bajo la ley de extranjeros, y donde su radicación o su estadía eran indeseables, se les podía negar la entrada. Pero por pequeño que fue el círculo de aquellos judíos que ya tenían relaciones con la generalidad del pueblo alemán, por mucho que la tendencia "humanitaria" de la época viniera a su encuentro —Lessing le dio expresión en su temprana comedia "Los Judíos" y, aunque ya no sin restricciones, en su drama "Nathan el Sabio"—, Herder, Kant, Goethe se dirigieron, como queda dicho, contra los judíos. Aún estaba vivo en aquel entonces un sano instinto. La teoría "humanitaria" no fue capaz aún de enturbiar la clara visión de las realidades. Es que Herder, Kant y Goethe conocieron al verdadero judío. En forma distinta a Lessing, quien recién como estudiante en Leipzig llegó a ver judíos durante la época de feria, ya en su temprana juventud aquéllos habían tenido oportunidad de observar a judíos: Goethe en el ghetto de Frankfurt, Kant y Herder en el Este, donde al judío se lo encontraba tal como es, sin disfraces.

     En otros círculos, en cambio, que a semejanza de Lessing llegaban a conocer a los judíos tardíamente o no los conocieron en absoluto, el "humanitarismo", con su supuesto mejoramiento ciudadano de los judíos, condujo como era de esperar a un estado de privilegio de los judíos. Dos circunstancias fueron ante todo las causas: El romanticismo y la compasión. Especialmente en el protestantismo existía un fuerte romanticismo con respecto a los judíos. Precisamente en los territorios de su mayor expansión vivían pocos judíos, mientras que en los territorios marginales total o al menos principalmente católicos en el Oeste, el Sur y el Este, los judíos eran muy numerosos. En la mayor parte del territorio Protestante se conocía a los judíos únicamente por la Biblia, que para los creyentes constituía un libro religioso, un libro santo. Se estaba mucho más familiarizado con los personajes de la Biblia que con aquellos de la propia historia, se sabía mucho más del rey Saúl y del rey David que de Federico Barbarroja. La descomunal obra de Martin Lutero, la creación de la lengua escrita alemana general mediante su Biblia alemana, que llegaría a constituír el vínculo más fuerte de los troncos alemanes entre sí, por encima de las confesiones y de los límites estatales, que incorporó la Alemania del Norte con su lengua bajo alemana y la Suiza alemana con sus dialectos particulares, a la alemanidad general, tuvo como consecuencia secundaria el peligroso espejismo romántico con que se enfocaba a los judíos precisamente en la parte Protestante del pueblo alemán, que en lo demás se manifestaba en tan distintas maneras como la más activa desde el punto de vista estatal por la rápida ascensión de Brandenburg-Prusia.

     Ese romanticismo y exaltación heroica de las figuras bíblicas pasó completamente por alto el hecho de que, por el contrario, el Antiguo Testamento está lleno de las más repugnantes e infames acciones, que su dios en parte sugiere, aprueba, o al menos deja sin castigo. El fraude de Jacob cometido contra Esaú, los muchos pecados de lujuria, violaciones, vicios antinaturales, las maniobras mercantiles de José en Egipto, las duras alocuciones de reprimenda de los profetas en contra de su propio y profundamente degenerado pueblo, las alocuciones de reprimenda igualmente duras del Salvador en contra de los judíos en los Evangelios, todo ello hubiera podido abrir los ojos, mas el devoto pasaba por alto esos pasajes, precisamente porque se trataba de un libro "santo" dentro del cual leía todo eso. No fue el más pequeño de los factores ese romanticismo primero del judío del Antiguo Testamento y más tarde también del judío del presente, entre los que facilitaron al judío del presente su camino de rápidos progresos en la vida cultural, económica y política del pueblo alemán.

     Los judíos por su parte reconocieron con claridad cuán extremadamente el romanticismo a su respecto fomentaba sus intereses y aspiraciones, y reforzaron más aún la ventaja así lograda haciéndose pasar como los oprimidos, los sufrientes, no tardando en declarar como culpables a los alemanes: que los alemanes habían perseguido en la Edad Media con la máxima crueldad a los judíos, matando a muchos de ellos y encerrando a los supervivientes en el ghetto. Los judíos sabían muy bien que mediante tal proceder mucho se consigue del ario (siempre que no se deje que llegue a revisar sus afirmaciones), el cual por naturaleza posee el sentido de justicia y el espíritu elevado. Con eso especularon los judíos y lo hacen aún hoy día. Sin cesar se lamentaron entonces los judíos de opresión, persecución, encarcelamiento, apartamiento, y siguen lamentándose por ello en la actualidad.

     Al mirar con más detenimiento, todo resulta ser una patraña. Los judíos habían entrado al territorio alemán sin ser llamados, pero a pesar de ello pudieron realizar aquí como extranjeros sus negocios sin encontrar obstáculos, pudieron vivir donde quisieron, gozando del libre ejercicio de su religión y hasta de su propia justicia en todos aquellos casos que no atañían simultáneamente a la población autóctona. Todo lo que los judíos experimentaron realmente de desagradable en el ulterior transcurso de la Edad Media en los países alemanes —e igualmente en los demás países cristianos de Europa— lo ocasionaron culposamente ellos mismos. Eran nómadas en el territorio alemán y como tales sin escrúpulos morales algunos en la vida comercial y en todas sus relaciones con el pueblo entre el cual, sin haber sido llamados, vivían. Sus ilícitas actividades comerciales hicieron que en muchos lugares una gran parte de la población quedara reducida a la más oprimente servidumbre por deudas, que al final en uno u otro lugar condujo a un pogrom y ocasionalmente a expulsiones y al cierre de algún lugar por mayor o menor tiempo.

     Precisamente en aquel entonces se formuló repetidamente contra los judíos la acusación de que empleaban sangre de cristianos con fines rituales y que asesinaban a criaturas y a doncellas cristianas. No nos incumbe ocupamos aquí de esa acusación del llamado asesinato ritual; solamente una cosa debe ser acotada: los judíos, hasta el presente, han tratado de hacer valer su influencia sobre todas las vistas judiciales por presunto asesinato ritual, y en la mayoría de los casos han sabido desbaratar las sentencias, cuando al contrario se debería suponer que ellos mismos tuvieran el mayor interés en dejar que alguna vez una vista se pudiera desarrollar completamente libre de influencias, a fin de que la supuesta inocencia quedara probada. Pero al contrario: la prensa de todo el mundo, conjuntamente con campañas llevadas a cabo con el auxilio de descomunales medios financiaron, se levantaron prestamente cuando, en cualquier punto de la Rusia más ignorada, cualquier judío fue aprehendido en ocasión de un asesinato con las características conocidas y llevado ante la justicia. ¿No está entonces permitido preguntar por qué la totalidad de la judería se levanta de inmediato en defensa de los acusados? ¿Dónde se encuentra algo semejante en cualquier otro pueblo? ¿No constituye ese proceder una explicación irrefutable de la estrecha consanguinidad de ese grupo?

     Los judíos se sintieron en la avanzada Edad Media, debido a su posición financiera, en muchos lugares los amos omnipotentes de la población natural del país, y se permitieron todo. Especialmente supieron someter a su voluntad a muchas mujeres cristianas, de modo tal que reiteradamente tuvieron que promulgarse edictos que establecían que ningún judío puede entrar en una casa cristiana sin acompañante cristiano.

     Todo lo que los judíos de la Edad Media experimentaron de desagradable, constituyeron solamente MEDIDAS DE DEFENSA contra los huéspedes que no habían sido llamados al país. Nunca jamás tiene el judío ni el más mínimo derecho de quejarse por ello, y hasta de inculcar al alemán un sentimiento de culpabilidad. Claro que como el judío considera al no-judío según el Talmud y el Schulchan Aruch solamente como "ganado", solamente como "animal con figura humana", puede ante sí mismo considerar justificados el lamento y la acusación. Pero se guarda muy bien de manifestar esa razón de sus lamentaciones y acusaciones allí donde arteramente se procura compasión. Igualmente los judíos en el ghetto. ¿Quién encierra hoy día, cuando los judíos poseen el dominio de las finanzas de todos los países, a los judíos en el ghetto? Y a pesar de ello, todas las ciudades de alguna magnitud tienen sus ghettos: Viena, Berlín, Londres, Nueva York. Nadie ha obligado a los judíos a residir en determinados barrios, mas ellos mismos han preferido estar allí entre sí. Y no solamente los judíos más pobres habitan de ese modo juntos, también los judíos ricos poseen en los barrios residenciales de las grandes ciudades siempre sectores especiales donde viven solamente judíos. Dada su índole racial, les resulta natural constituír ghettos en todos lados.

     En la Edad Media eso no fue de otra manera. Pero como en aquel entonces todos los judíos eran devotos, se agregaba un factor especial. Al judío devoto no le está permitido durante el sabbath —desde el atardecer del viernes hasta el del sábado— más de un número determinado de pasos fuera de su casa. Por consiguiente, al comienzo del mismo, el viernes al atardecer, se tendía una soga a través de cada calle, encerrando así todo el barrio judío para formar una sola casa, dentro de la cual entonces cada uno podía transitar tanto como quisiera. (Toda la ortodoxia judía está llena de tales recursos y subterfugios destinados a embaucar al propio "dios"). Pero no solamente en la Edad Media y aproximadamente hasta la emancipación eso influyó —junto con otros motivos— para la formación de un ghetto. En el año 1905 se produjo en Konigsberg, la ciudad de Kant, una presentación de la judería ortodoxa ante el comandante en jefe, porque se había derribado una parte de las murallas de la fortaleza que como tal había tenido el valor de una sola casa, con lo cual las leyes referentes a una casa cerrada en sí ya no pudieron ser aplicadas. El asunto llegó hasta el ministro de guerra, y éste ordenó, aunque no precisamente la reconstrucción de la muralla en aquella parte, que la brecha debía ser cerrada mediante un alambre; con eso los judíos se dieron por satisfechos.

     En numerosos casos las ciudades que poseían barrios judíos erigieron a su entrada torres, dentro de las cuales ponían una guardia para ofrecer protección a los judíos para el caso de que el pueblo esquilmado por su usura y oprimido por ellos, se volviera contra ellos. Es que el gobierno de la ciudad obtenía también sus recursos a través de los judíos —los impuestos a los judíos—, y no habrán sido raros los casos en que los judíos supieron subordinarse a uno u otro de los consejeros. No es por lo tanto el caso que los judíos fueran obligados a vivir en el ghetto: ellos formaron, y siguen formando hasta hoy día, los ghettos por causas inherentes a su carácter de grupo consanguíneo, por su interés comercial, etc. (dentro de ese ghetto voluntario fueron aún protegidos especialmente en muchos lugares).

     Algo similar ocurre con el signo amarillo judío, por cuya causa aquellos se quejan tan frecuente como lastimeramente. Ellos mismos exigieron un distintivo exterior para el israelita. En el 4º libro de Moisés dice (Núm. 15:37-39): "Y Yahvé habló a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles que se hagan pezuelos [franjas, flecos, borlas con flecos] en los remates de sus vestidos, por sus generaciones; y pongan en cada pezuelo de los remates un cordón de cárdeno; y serviros ha de pezuelo, para que cuando lo viereis, os acordéis de todos los mandamientos de Yahvé, para ponerlos por obra; y no miréis en pos de vuestro corazón y de vuestros ojos, en pos de los cuales fornicáis".

     La razón por la cual se mandó a los judíos cumplir ésta, su propia prescripción, fue que ellos se introducían a menudo furtivamente, bajo la apariencia de cristianos afincados, en las casas y en las familias, y allí seducían doncellas y provocaban toda clase de calamidades. El establecimiento de la marca judía o de similares signos diferenciales constituyó únicamente una medida de defensa frente a los más graves peligros. Con la persecución en la Edad Media, el ghetto y la marca judía, los judíos engañaron con demasiada frecuencia al alemán crédulo y lo engañan en muchos casos aún hoy.

     La época desde 1780 hasta 1848 ve a los judíos, especialmente en Berlín y Viena, a causa del romanticismo y de la compasión despertada y del sentido de culpabilidad, desempeñar ya un importante papel en la vida social alemana. Los judíos que se "plegaron" a la cultura europea constituyeron, sin duda alguna, una selección formada ya de por sí con miras a la inteligencia, naturalmente, ante todo, a la inteligencia comercial. Personalidades tales como Henriette Herz y Rahel Levin encandilaron en aquel entonces, tal como hoy día encandila un negro que toca el piano. Hubo entonces más placer por una sola judía superficialmente ingeniosa que por noventa y nueve mujeres alemanas nobles e intelectualmente destacadas, e igualmente mayor placer por un joven pianista y compositor como Félix Mendelssohn, el nieto del Moisés Mendelssohn de Dessau, que por noventa y nueve jóvenes alemanes altamente dotados.

     De una trascendencia especial fue que ya entonces se difundió la opinión de que la mejor manera de reparar la presunta injusticia cometida contra los judíos (manera mediante la cual se atestiguaría mejor la propia mentalidad "humanitaria" liberal), era casarse con una judía. De esa manera el consejero de legación historiador Varnhagen von Ense se casó con la judía arriba citada Rahel Levin, y anotó con profundo respeto sus sentencias. El príncipe Louis Ferdinand convivió con la judía Henriette Fromm y tuvo un hijo de ella, el que, como vástago ilegal (wilden Bruch), recibió el nombre de Von Wildenbruch; el nieto de Henriette Fromm fue el poeta Ernst von Wildenbruch. La judía Marianne Meyer llegó a ser como señora de Eybenberg, la esposa morganática del príncipe Heinrich XIV von Reuss-Greizy, y su hermana Sara, la esposa de un barón Von Grothus. Entre 1820 y 1830 un buen tercio de la judería berlinesa, como ya se mencionó, se convirtió al cristianismo. De inmediato se celebró con gran afán el connubio con los jóvenes judíos y las niñas judías bautizadas. Los salones judíos llegaron a tener la voz cantante, y el tono que ellos indicaban, la insolente petulancia, llegó a constituír en adelante aquel espíritu berlinés que ataca los nervios de todos los demás alemanes y a los propios berlineses exentos de aditamento judío.

     En aquella época la emancipación de los judíos constituyó la palabra-impacto. Se trataba de otorgar a los judíos la plenitud de los derechos ciudadanos, la completa equiparación con los ciudadanos. De inmediato se levantaron voces de alerta en su contra. Ya en 1791 aparece una publicación, "Sobre la Condición Física y Moral de los Judíos Actuales", que vaticina que Berlín llegará a ser así una verdadera ciudad judía (un extracto de ese escrito se halla en la "Historia del Judaísmo" de Otto Hauser); en 1803 la publicación de Grattenauer, "Contra los Judíos", causó una gran sensación, pero ante una reclamación de los judíos berlineses fue prohibida por el Estado. En 1816 la obra del francmasón Johann Christian Ehrmann "El Judaísmo en la Masonería", se dirige contra la penetración de los judíos en la orden francmasónica desde Napoleón, quien autorizó su admisión. Mas las disposiciones fueron cayendo sucesivamente en un país alemán tras otro. La subversión de 1848, en la cual los judíos desempeñaron un papel tan importante, exigió como uno de los primeros puntos la total emancipación de los judíos. [...]

     El Parlamento de Frankfurt de 1848, en cuyo seno ya se sentaban varios judíos, exigió en interés del judío: a) incondicional libertad de prensa; b) total libertad de religión, de conciencia y de enseñanza; c) derecho ciudadano alemán general, y d) abolición de todos los privilegios.

     Tal como en Alemania, también en Austria los judíos participaron activamente de la "revolución". En Viena, el representante del estudiantado "alemán" fue el judío Ludwig August Frankl. En todas partes en la vida social alemana se abrieron paso a la fuerza los judíos. En aquel entonces (1841) Dingelstedt escribió las amargas estrofas:

     "Han pasado los días tan vituperados, la hoja quedamente ya se ha dado vuelta, El judío nos arranca, bajo eternos lamentos, astutamente el mango de la mano torpe...

 

     "¿De qué puede servir la emancipación a la tribu que nunca del chalaneo se emancipa? Lo que queréis regalarle, ya ha mucho se lo ha tomado, mientras ustedes disputabais por principios.

 

     "Adonde miréis veréis judíos. Por todas, todas partes el pueblo preferido del Señor. Id, volved a encerrarlos en las viejas callejuelas, ¡antes de que ellos os encierren en barrios cristianos!".

     En la época que siguió al año 1848 el anti-semitismo se limitó a personas aisladas y a más bien pequeños movimientos de defensa. Recién las estafas colectivas que causaron gran escándalo en los últimos años de la década de 1860, con el gran colapso financiero de 1873, hizo nacer el anti-semitismo moderno. En el ínterin, los judíos habían llegado a constituírse en los amos de la prensa y de la totalidad de las transacciones monetarias, y habían sabido alcanzar ellos mismos numerosas posiciones de influencia o a través de testaferros. El Hofprediger (predicador de la Corte) Adolf Stöcker fundó en los años de la década de 1880 el Partido Social-Cristiano, tal como ya señalamos, pero fue obligado en 1890 a dejar su cargo. En Austria, Georg von Schonerer actuaba ya en un sentido más estrictamente nacional, pero pospuso demasiado lo social con relación a los otros puntos del programa de lucha.

     Gran importancia llegó a adquirir el Movimiento del Martillo (Hammer-Bewegung). Los pequeños folletos del valiente Theodor Fritsch, que hoy (1932) cumplen ya casi 31 años de vida, han hecho extraordinariamente mucho para el esclarecimiento con respecto al peligro judío, tanto en lo fundamental como en innumerables detalles. Después de la guerra, la Liga de Defensa y Resistencia desplegó una profunda labor de esclarecimiento. Esa época llevó a la judería a una cima de poder tal como ni siquiera habían alcanzado en España antes de la expulsión de los judíos. Recién entonces la gran masa del pueblo reconoció plenamente el peligro judío.

     El Nacionalsocialismo tuvo desde un comienzo la completa claridad. Especialmente los excelentes artículos de la "Weltkampf" (Lucha Mundial) fundada por Alfred Rosenberg, sirvieron y sirven a la lucha contra la influencia judía en todos los terrenos. La cruz gamada ha llegado a constituírse en símbolo de esta lucha y en la permanente advertencia para los judíos —a los que se ha captado en su modo de ser como en sus viles actividades— que se está en guardia y no se hará alto hasta que el problema judío haya encontrado la solución adecuada.

 

11. LOS JUDÍOS EMANCIPADOS EN ALEMANIA

     Como grupo consanguíneo (con todas las propiedades de una liga secreta) y como nómadas (a los que nada ataba al pueblo y a la tierra en la cual vivían), los judíos de Alemania —hasta 1866 también Austria formaba parte de ella— lograron alcanzar en un tiempo llamativamente breve una posición de poder que no guardaba relación alguna con su porcentaje dentro del pueblo.

     Ya alrededor de 1800, en Berlín y poco tiempo después en Viena, mujeres judías abren sus salones "estéticos", los cuales fueron frecuentados pronto también por nobles y príncipes interesados en la literatura, los que son rodeados de halagos y dominados. Instituciones bancarias judías se hacen rápidamente de enormes fortunas en la época de las guerras napoleónicas. Los Rothschild de Frankfurt llegan a ser los dominadores de las finanzas alemanas y a continuación de toda Europa. Pero están además los Ephraim e Itzig, los Arnstein, Eskeles, Pereira, Wertheimstein, etc. El brillo de esas casas y de sus salones encandila a muchos alemanes de buena fe. Desde allí la fe en la naturaleza todopoderosa del dinero penetra en círculos cada vez más amplios, preparándose la servidumbre de Mammón, el craso materialismo del dinero y del goce.

     En el párrafo precedente se mencionaron algunas mujeres judías con las cuales celebraron uniones miembros de la nobleza y príncipes. Quizás mayor aún que la influencia de esas mujeres, incluyendo a la Rahel Levin, fue la de Dorothea Mendelssohn, la hija de Moisés Mendelssohn, de Dessau, que como esposa de Friedrich von Schlegel se dedicó a la propaganda católica en la Viena del Congreso. Ambas habían pasado poco tiempo antes al catolicismo. En su primera época de actuación Meternich tuvo muchas relaciones con el salón de ambas. Se practicaba allí un determinado "romanticismo", destinado a sumir en la niebla el claro sentido del hombre alemán, táctica que tuvo éxito en muchos casos. Desde entonces el salón judío se mantuvo hasta la época de la Guerra Mundial inclusive, como un factor de la política judía. El sucesor de Bismarck, Caprivi, frecuentaba el salón de la judía señora v. Lebbin; durante el primer tiempo de la Guerra Mundial sostuvo su salón la más adelante arrestada "condesa" Fischler v. Treuberg.

     El que reflexiona sobre los tan rápidos progresos de la influencia judía dentro del pueblo alemán (exactamente lo mismo ha sucedido en los demás pueblos arios), y observa cómo al lado de la conquista del poder del dinero progresa la pérdida del sentido natural de los alemanes en forma realmente sistemática, no puede dejar de admitir un gobierno secreto judío, un Gran Consejo de los Sabios de Sión, desde el cual es dirigido todo y cada uno en particular, tal como un jugador de ajedrez maneja las figuras de su juego. Pero no es necesario hablar de esto. Es suficiente tener siempre ante la vista que cada judío se halla unido con los otros judíos —y no nos cansaremos de reiterar esto— por medio de una endogamia de más de dos mil años, que cada judío necesita obrar solamente tal como su naturaleza le impele, y obrará, por supuesto, en función de su peculiar pueblo. Cada judío es, en todas sus acciones, expresión del carácter de su pueblo.

     Es indiferente que los judíos estén dirigidos por los Sabios de Sión o solamente por su voluntad racista interior, puesto que el resultado es el mismo: en cuanto esté dada la posibilidad, los judíos penetran en todas partes dentro de los diversos círculos de su pueblo huésped, se entremezclan en ellos y los corrompen, y constituyen, hoy como en la antigua Roma, el "fermento de la descomposición nacional".

     La primera emancipación de los judíos en Alemania la trajo Napoleón en Renania ya en el año 1800. También fue Napoleón el que permitió formalmente el ingreso de los judíos a la francmasonería y, por de pronto, la formación de logias judías. En el año 1808 el barón Von Stein (quien en otro sentido fue en cambio adversario de los judíos) otorgó a los judíos en Prusia la ciudadanía en las ciudades, y el conde Hardenberg, a quien nada menos que Goethe consideró un sobornado, promulgó el 12 de Marzo de 1812 un edicto para Prusia que inauguró la total equiparación de los judíos con el pueblo autóctono. En el año 1823 Weimar, como primer Estado, permitió el matrimonio mixto entre judíos y cristianos, lo que, según refiere el canciller Müller, provocó en Goethe un verdadero arranque de cólera.

     Entre otros eminentes alemanes, también Fichte se volvió contra la emancipación de los judíos. En 1793 escribió:

     "Casi a través de todos los países de Europa se está difundiendo un Estado poderoso, de intención hostil, el que se encuentra en guerra permanente con todos los demás, que de muchas maneras oprime con terrible peso a los ciudadanos: se trata de la judería. Yo no creo que ésta sea tan temible por el hecho sólo de que constituye un Estado separado y tan firmemente encadenado, sino porque ese Estado está cimentado sobre el odio a la totalidad del linaje humano. Derechos humanos, los deben tener, a pesar de que ellos a nosotros no nos los conceden... Para darles a ellos derechos ciudadanos no veo otro medio que éste: en una noche cortarles a todos las cabezas y colocarles otras, dentro de las cuales no se oculte ni una sola idea judía".

     Pero todo eso no fueron sino los comienzos. Recién la subversión de 1848 y la época inmediata posterior completaron la emancipación de los judíos, colocándolos en todas partes y en todos los aspectos en igualdad (la famosa igualdad de derechos de los judíos conduce —nos lo enseña la Historia— a la esclavitud de los no-judíos) de condiciones con el pueblo autóctono, a lo sumo que aquí y allá la admisión en el ejército, sobre todo en Prusia, la pudieron obtener por lo pronto y hasta cerca de la Guerra Mundial, solamente por el bautismo. Ahora bien, dado que se trataba de un grupo consanguíneo, de una liga secreta natural, basada en la sangre, y de nómadas extraños, el pueblo autóctono quedaba de tal modo casi sin protección, a merced de los judíos.

     Se produjo entonces en innumerables ocasiones lo que el Talmud prevé para tales casos: "Se enseña: si un israelita llega ante ti con un no-judío para ser juzgado, entonces debes, si puedes, darle (es decir, al israelita) la razón según la ley judaica, y decir a aquél, que así es de acuerdo a nuestra ley. Si la ley de los pueblos mundanos fuera favorable al judío, entonces debes darle a él (al israelita) la razón y decirle a aquél: así es de acuerdo a vuestra ley. Pero cuando no lo fuera, usa la perfidia" (Baba Kamma 113a.). El judío de la liga secreta estuvo de ese modo con respecto al alemán —que erróneamente juzgaba al judío— quien no era miembro de tal liga secreta, siempre en situación ventajosa, y, de acuerdo a sus particularidades, sacó amplio provecho de esa situación. Cuán grave peligro representaba la liga secreta judía para la totalidad del pueblo, seguramente muchos lo reconocieron (el análisis del anti-semitismo lo atestigua), pero la liga secreta supo siempre de nuevo, con sus recursos y subterfugios, hacer reprimir los sanos impulsos por intermedio de sus cómplices.

     Uno de los recursos principales para confundir al alemán es apelar al supuesto brillante talento de los judíos, cuya eficacia reside principalmente en el plano comercial, y lo comercial se extiende para el judío muy profundamente dentro de la literatura, el arte, la ciencia y la política. De los otrora tan vastamente célebres nombres judíos, poco ha quedado. ¿Quién sabe algo del poeta dramático Michael Beer, el hermano del compositor de óperas Meyerbeer, de los líricos y épicos Stieglitz, Karl Beck, Mirtiz Hartmann, Ludwig August Franl, de la poetisa Betty Paoli (Elisabeth Glück), algunos de los cuales murieron recién en la década de 1890? ¿Quién lee aún a Borne, Auerbach, Fanny Lewald, Max Ring?, ¿dónde un teatro representa aún piezas de Mosenthal? Y todos éstos son nombres que en su tiempo figuraban en la cúspide de la literatura alemana. De todos ellos, únicamente Heinrich Heine, hijo de una sefardí, ha conservado alguna fama. (De él dijo Morike: "No hubiera deseado vivir ni un cuarto de hora con Heine a causa de la mentirá de todo su modo de ser"). Pero para la época en la cual vivieron, todos esos poetas y poetisas judíos cumplieron su misión judía: encandilar los ojos del alemán. Tal como se hace hoy, también se procedió en aquel tiempo: un judío ensalzaba al otro y era a su vez ensalzado por éste. Así se llegaba a estar en boca de la gente. A veces también, lo que era igualmente eficaz, haciéndose trizas mutuamente. Visto desde arriba, comprobamos una confabulación con papeles distribuídos que se explica por el hecho de que todos los judíos están emparentados entre sí, siendo al mismo tiempo, nómadas de procedencia extraña en el país de su residencia.

     Lo mismo sucede en la música. Los en otro tiempo tan célebres Ignaz Moscheles, Kalkbrenner, Thaussig, Meyerbeer, Fromenthal, Halevy, Offenbach, Mendelssohn, han sido en parte olvidados por completo y en parte mantenidos artificialmente con vida a duras penas por óperas y radioemisoras conducidas por judíos. "La Judía" de Halevy y "Los Hugonotes" de Meyerbeer constituyen algo así como festejos sinagogales que mantienen aún su habitual público judío. Maestros alemanes tales como Bach, Handel, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Brahms, Franz Liszt, Richard Wagner, Bruckner, poseen, en cambio, pese a todas las trabas, verdadera vida.

     ¿Y en la pintura? ¿Sábese que hace dos generaciones Philip Veit, el primer marido de la arriba citada Dorothea Mendelssohn, y Eduard Bendemann eran considerados figuras descolorantes del arte pictórico alemán?, ¿que se encargó a ellos, judíos bautizados, la decoración de numerosas iglesias, y que se colgaban sus esperpentos multicolores en los museos? Algunos siguen colgados allí, pero prácticamente nadie ya se detiene ante ellos. Esos y otros astros judíos eclipsaban en su tiempo a docenas de artistas alemanes honrados pero que siguen brillando hoy día luminosos en nuestro firmemente artístico, mientras que aquéllos se desvanecieron hace mucho.

     La actividad de los judíos en la literatura, la música, la pintura, etc., sirve a la destrucción del sentido estético de nuestro pueblo alemán, sobre todo, de muchos que poseen altas cualidades. Por tal razón éstos constituyen un peligro grande. Aquéllos, en la lucha contra el judaísmo son embargados de veneración por los judíos "talentosos", como para no pensar ya en absoluto en la lucha; es más, voluntariamente se constituyen en abogados de los judíos aún allí donde se trata de cosas muy distintas de la literatura, música o pintura. Al proceder así no tienen en cuenta que fácilmente encontrarían por cada pseudo-creador judío cien verdaderos artistas alemanes, además del nivel intelectual, en razón de que el artista alemán crea en el idioma de su corazón y el judío en un idioma extraño sobre la base de las tradiciones artísticas de un pueblo que le es extraño. El artista judío, dentro del pueblo que le da hospedaje, por más brillantes que puedan ser sus dotes, siempre podrá ser únicamente un "virtuoso", indistintamente que su arte se exprese en palabras, en sonidos o mediante colores, o en piedra y bronce.

     Pero constituye uno de los cometidos establecidos por la misión de los judíos, sea por conciencia de su falta de auténtica capacidad propia o inconscientemente, el callar en lo posible en la prensa las creaciones de los artistas de su pueblo huésped. Eso incide más duramente sobre los artistas alemanes, porque probablemente en ninguna parte la prensa estuvo tan completamente en manos judías y lo está, aún a pesar del desprestigio que le causó la prensa nacionalsocialista, como en Alemania. Solamente en los casos en los que un poeta, un artista se puso a merced de los judíos con las manos atadas, o en los que se casó con una judía —como Richard Dehemel, Thomas y Heinrich Mann etc.—, encuentra alabanza también en su prensa. Pero esos no-judíos, de tiempo en tiempo deben reiterar su adhesión pública a los judíos, y ninguna de sus obras puede tener una acción contraria a la misión judía. De este modo, ambos Mann sirven de un modo completamente idéntico a la misión judía de obnubilar la mente de los alemanes, como los literatos judíos Jakob Wassermann, Franz Werfel, Lion Feuchtwanger, Emil Ludwig (Cohn), los sucesores de los difuntos Büme, Auerbach, Fanny Lewald, Max Ring, etc.

     Pero éstas son situaciones indignas para el pueblo alemán. Al contrario, de la misma manera que los sionistas en Palestina no quieren que escritores goyim los representen frente al extranjero, que éstos sean los creadores de la literatura para los judíos, que directores de teatro no-judíos en Jerusalén y Tel Aviv representen casi exclusivamente piezas no-judías, y dirigentes no-judíos traigan casi exclusivamente programas no-judíos, y productores de filmes no-judíos rueden casi exclusivamente filmes no-judíos, nosotros exigimos: que los teatros, conciertos, radioemisoras, filmes, sean conducidos por alemanes y que ante todo se ofrezca arte alemán por artistas alemanes.

     El judío Moritz Goldstein escribió en el año 1912 en el Kunstwart:

     "Nosotros, los judíos, administramos los bienes de un pueblo que nos niega el derecho y la capacidad de hacerlo... Nadie duda seriamente del poder que los judíos poseen en la prensa. Particularmente la crítica se halla en vías, al menos en las ciudades capitales y sus diarios influyentes, de constituír realmente un monopolio judío. Igualmente conocido es el predominio del elemento judío en el teatro; casi todos tus directores de teatro de Berlín son judíos, y una gran parte, quizás la mayor parte, de los actores igualmente, y que sin público judío la actividad teatral y los conciertos en Alemania serían prácticamente imposibles, eso se ensalza o deplora siempre de nuevo. Un fenómeno completamente inédito es que también la ciencia literaria alemana parece hallarse a punto de pasar a manos judías".

     Hoy en día, dos decenios más tarde, esto no ha cambiado. En todas partes en el Reich alemán y en el Reich austríaco se observa que la mayoría de los teatros, emisoras de radiodifusión y empresas cinematográficas están en manos de judíos. Los artistas judíos son lógicamente preferidos por ellos, los no-judíos son obstaculizados, empujados a un lado, perseguidos. Miles de artistas alemanes han quedado sin empleo por tal causa. Los grandes conciertos son dirigidos por judíos, y se repiten las tentativas de imponer al sano instinto musical alemán la atonalidad bolchevique, a fin de corromperlo de ese modo. No fue otra la situación en las artes plásticas. Todas las malas prácticas de las tendencias bolcheviques, del cubismo y de los otros "ismos", constituyen una hechura judía, y los horrores que involucran son ciertamente la genuina expresión del alma racial judía. Nuevamente, nadie de nosotros tendrá algo que objetar si en Jerusalén y Tel Aviv tales "obras de arte" son alabadas y adquiridas para museos y las plásticas hasta sean erigidas en parques y ante edificios monumentales; pero donde viven hombres alemanes, ese "arte" judío está fuera de lugar.

     Menos evidente fue durante largo tiempo la penetración y la descomposición de la ciencia alemana por los judíos. Cierto es que numerosos judíos enseñaban ya desde los principios de la emancipación, entre otras funciones, en calidad de profesores universitarios, juristas, médicos, filólogos, teólogos católicos y evangélicos (éstos naturalmente estaban bautizados); los judíos alzaban su "objetividad científica'' como escudo y mostraban su verdadera cara únicamente cuando se hacía necesario un sucesor para alguno de los suyos. Entonces cada cátedra ocupada una vez por un judío era considerada como de propiedad permanente de los judíos, levantándose un gran alboroto por injusticia, relegación, intolerancia confesional, etc., si acaso el judío propuesto como sucesor no fuera nombrado. Un gran número de cátedras llegó a ser de esa manera patrimonio judío. Algunas universidades apelaron al recurso de mantener siempre dos docentes para una materia, uno de los cuales puede ser, hasta ahora, un no-judío. Especialmente en las grandes universidades, tan apetecidas, los judíos pululan en forma impresionante, apoyados por una prensa también controlada por ellos.

     Se recordará la bambolla que se hizo alrededor de Ehrlich luego de Steinach. Cada uno de ellos fue pregonado como un segundo mesías. Hoy día los dos mesías son Albert Einstein y Sigmund Freud, el primero con "su" teoría de la relatividad, el segundo con su psicoanálisis. Ambos sirven a la misión judía de paralizar la capacidad racional de los no-judíos. No solamente que mediante una hábil propaganda judía se pregona a todos los vientos que son ellos los más grandes genios de los tiempos presentes, y que los cándidos otorgan fe a tales ditirambos e infinitos festejos y ahora repiten constantemente: "Está visto que los judíos son los que generan los espíritus más excelsos de toda la Humanidad"; no solamente eso, sino que las doctrinas de ambos sirven ya como tales a la misión judía. Pues la teoría de la relatividad de Albert Einstein halla en todos lados la interpretación popular de que todo es relativo, nada seguro, nada firme, tanto en la matemática como en lo moral, y el psicoanálisis de Sigmund Freud retrotrae prácticamente todas las emociones e impulsos a la sexualidad, empujando con ello a ésta en una forma tal al primer plano que en todo caso para el ario es inadecuada.

     El psicoanálisis se usa ahora para aguijonear el instinto, de imbuír toda la atmósfera de erotismo, reclamando finalmente tolerancia para las mayores atrocidades en ese terreno. Y allí el psicoanálisis coincide en sus efectos con las intenciones "humanitarias" de un Magnus Hirschfeld y con el bochornoso erotismo de tantos escritores judíos, que están llamados a realizar una parte especial de la misión judía: pervertir la vida sexual, sobre cuya limpieza descansa todo el futuro de un pueblo. Pero al menos aquí el peligro judío no parece ser ya tan grande como lo era aún hace cinco o seis años. La juventud alemana de hoy, y en especial la del Nacionalsocialismo, ya no es amenazada por la pornografía judía, burda o "refinada". Ella ha reconocido al enemigo, y tiene ante sí una gran tarea. Servir a ésta le exige toda su fuerza, todo el valor, la totalidad del ser.–

 

 

 

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