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miércoles, 15 de mayo de 2019

Revilo P. Oliver - Raza y Distorsión de la Historia



     El reputado profesor estadounidense de filología clásica de la Universidad de Illinois Revilo P. Oliver (1908-1994) escribió en 1980 en la edición Nº 1 de la revista New Nation el siguiente texto que presentamos en castellano ahora, que se refiere a diversos problemas presentes en la metodología de los estudios históricos, enfocándose, tras recorrer varios casos de falsificaciones históricas, en algunas enormes mentiras que bajo ningún concepto reúnen los requisitos mínimos para ser consideradas como hechos históricos irrefutables.


Raza y Distorsión de la Historia
por Revilo P. Oliver, 1980




     En la década que viene, los métodos de la historiografía sufrirán una considerable modificación.

     La Historia depende principalmente de documentos escritos, desde las tablillas de arcilla de la antigua Sumeria y los jeroglíficos egipcios más tempranos hasta los archivos de los Estados modernos. En ausencia de documentos, el historiador sólo puede sacar conclusiones provisionales de artefactos desenterrados por arqueólogos o conjeturar qué acontecimientos reales dieron origen a cuentos populares y leyendas, tales como los mitos sobre Hércules o la historia de Heimdall en el Rigsthula.

     Es la función del historiador presentar todos los documentos, ya sean supuestos originales o copias de originales perdidos, para el análisis crítico más riguroso para determinar su autenticidad y veracidad. Dondequiera que haya un motivo aparente para la falsificación o falsedad, el documento y sus contenidos deben ser puestos a prueba por cada criterio y técnica disponibles, y sólo raramente son suficientes éstos para dar resultados que tengan un grado tan alto de probabilidad como para estar prácticamente seguros.

     Inevitablemente, por supuesto, hay algunos documentos de gran importancia histórica sobre los cuales subsiste la duda. La famosa carta de Plinio el Joven, evidentemente escrita en 112 d.C., que es la evidencia más temprana de la existencia de una secta con la cual los cristianos modernos admitirían una afinidad, es aceptada ahora como genuina por la mayoría de los investigadores, principalmente a causa de que si ella fuera una falsificación tramada por los cristianos e insertada entre las cartas de Plinio que llegaron hasta nosotros en un solo manuscrito, ahora perdido, eso presupondría en el falsificador un grado de aprendizaje, habilidad y cuidado mucho mayor que el que se encuentra en otras composiciones cristianas. Pero no podemos estar completamente seguros. La carta fue citada, con algunas raras variaciones, por Tertuliano en el mismo Apologeticum, escrito alrededor del año 200, en que aquel Padre de la Iglesia y abogado leguleyo cita una de las falsificaciones cristianas más audaces, una pretendida carta de Poncio Pilatos a Tiberio. Estudios recientes han revelado dos raras anomalías; y no es imposible que Tertuliano o un cómplice tuvieran la necesaria habilidad y diligencia, de manera que la duda permanece.

     La famosa Piedra Rúnica de Kensington, que supuestamente certifica la presencia de exploradores nórdicos en lo que es ahora Minnesota en 1362, ha sido durante mucho tiempo considerada como una falsificación perpetrada por un residente local para gloria de Escandinavia, pero un reciente análisis lingüístico hace parecer improbable que el supuesto falsificador pudiera haber introducido sutiles variaciones dialécticas del Antiguo Nórdico no registradas en la época de él; entonces la duda permanece.


     Estos ejemplos bastan para mostrar la suposición subyacente en toda la crítica histórica: las falsificaciones o imposturas son siempre el trabajo de un individuo o un pequeño grupo de individuos con fines de ganancia, piedad o fines políticos. Los evangelios cristianos más recientes son buenos ejemplos. Cuando Joseph Smith averiguó que estafar a agricultores con cuentos de tesoros enterrados implicaba riesgos legales, él fabricó el Libro de Mormón, probablemente con un escritor ayudante, y reclutó a once perjuros para que certificaran su autenticidad.

     En 1879 y 1883 el "reverendo" William D. Mahan produjo todo un paquete de falsificaciones para demostrar la verdad histórica de una religión a la cual él tenía un profundo apego emocional, y parece que sólo su esposa estuvo involucrada en su piadoso fraude, aunque otros clérigos pronto trataron de entrometerse en lo que había llegado a ser una lucrativa impostura produciendo falsificaciones suplementarias. Smith fundó lo que se convirtió en la Iglesia más determinada, estable y cohesiva en Estados Unidos, excitando la fe emocional de millones de personas que nunca sospecharon que el "Testamento Más Nuevo" era un fraude. El pobre Mahan emprendió una tarea más difícil, para la cual él no tenía ni la educación ni los recursos financieros, pero él estimuló a muchos miles de cristianos ansiosos, y muchos editores emprendedores desde esa época han encontrado muy provechoso reimprimir, ad maiorem gloriam Dei, lo que algunos de ellos llaman "el Volumen Archko" [1].

[1] https://en.wikipedia.org/wiki/The_Archko_Volume


Cartas Falsificadas

     Algunos fraudes políticos son comparables. Las cartas falsificadas de Winston Churchill, que despertaron un considerable entusiasmo en Italia en 1954, eran verosímiles en su contenido y engañaron a muchos italianos instruídos, para quienes el inglés era un idioma extranjero y que nunca habían notado las minuciosas características que distinguen el trabajo de diferentes marcas de máquinas de escribir. Es incierto si los falsificadores estaban interesados sólo en recoger las grandes sumas de dinero que ellos obtuvieron de conservadores italianos por los preciosos documentos históricos, o si habían sido inspirados por el Primer Ministro italiano De Gaspari, que usó dicho fraude para procesar y desacreditar a los conservadores que habían obtenido antes la posesión de cartas probablemente genuinas que él escribió mientras estuvo escondido en el Vaticano en 1940-1943.

     En ausencia de documentos, la tarea de los historiadores es más difícil, y allí donde no hay ninguna evidencia confiable, y la doctrina del "cui bono?" [¿a quién beneficia?] no entrega resultados concluyentes, naturalmente tenemos uno de los innumerables misterios o ambigüedades que sazonan las páginas de la Historia. Los hechos acerca de la muerte del Príncipe heredero austriaco en Mayerling fueron tan exitosamente encubiertos que, si bien podemos tener fuertes sospechas, no sabemos si Rudolph asesinó a su amante y se suicidó.

     Probablemente nunca sabremos por qué el Gran Incendio de Londres de Septiembre de 1666 "comenzó" en vísperas del mismo día para el cual había sido programado por una conspiración, dirigida por personas no identificadas residentes en Holanda, algunos de cuyos agentes fueron arrestados, y tras confesar, fueron ejecutados. Tampoco sabremos por qué una "coincidencia" tan notable no activó ninguna investigación oficial después del acontecimiento.


Evidencia Destruída Completamente

     Cuando las conspiraciones tienen poderes gubernamentales, ellas pueden por lo general encubrir su culpa, y a menudo destruyen tan completamente las pruebas, que las generaciones posteriores quedan con un rompecabezas que ellas pueden resolver de manera sólo parcial o provisional. Ahora sabemos que el asesinato de Abraham Lincoln [Abril de 1865] fue arreglado por una conspiración con el doble propósito de eliminar a una figura política que ya no era útil, y excitar una nueva animosidad contra los Sureños que habían sido conquistados y cuyo país había sido destruído en la desmesurada guerra de agresión de la cual él había sido el líder manifiesto; pero, aparte de algunos mercenarios, la única persona a la que podemos identificar positivamente como un miembro de la conspiración es Stanton, que era el Secretario de Guerra en el gabinete de Lincoln, el cual arregló muchos de los detalles prácticos, y fue capaz, después del acontecimiento, de silenciar a testigos claves, aunque sólo podemos adivinar qué era lo que ellos sabían que hizo necesario hacerlos asesinar judicialmente. Y Stanton parece haber sido sólo un manejador local de actores cuya identidad sólo podemos conjeturar.


     El acorazado de segunda clase Maine, significativamente el barco menos útil en la comparativamente pequeña marina estadounidense, fue enviado a La Habana para intimidar al gobierno legítimo de Cuba, y fue allí destruído [en Febrero de 1898], con gran pérdida de vidas, por una explosión interna. El gobierno estadounidense, sin embargo, fue capaz de encubrir aquel hecho y afirmó que una mina o torpedo español había sido responsable, preparando de esa manera al excitable pueblo estadounidense para la deseada guerra de agresión contra España.


     Hasta donde sé, nadie ha encontrado hasta ahora pruebas para poner la responsabilidad de lo que probablemente habrá sido un "accidente" en un momento complicado. Frecuentemente sucede, por supuesto, que toda la evidencia no es completamente destruída.

     El trabajo del señor Colin Simpson, publicado en 1972, documenta ampliamente los hechos acerca del hundimiento del crucero y barco de municiones británico Lusitania, que había sido disfrazado como un transatlántico para atraer a un gran número de pasajeros estadounidenses, con la esperanza de que un submarino alemán mordiera la "carnada viva" que estaba frente a él.

     Está claro ahora que la atroz maniobra, que ciertamente habría ofendido las sensibilidades del público inglés en 1915, fue concebida por Winston Churchill con sólo unos pocos cómplices. Después del acontecimiento, hubo en Gran Bretaña un considerable número de personas que sabían que el cuento oficial era falso y que tenían sólidas razones para sospechar la verdad, pero los aristócratas (como por ejemplo Lord Mersey, quien se retiró de su asiento por lo que él calificó de "un condenado negocio sucio") fueron silenciados con apelaciones al patriotismo y razones de Estado, mientras que los hombres de menor influencia fueron intimidados.

     En Estados Unidos, el gran engaño fue diligentemente promovido por la cínica pandilla que rodeaba a Woodrow Wilson, un opaco leguleyo a quien los judíos habían entrenado para la Presidencia. Sus esfuerzos fueron, por supuesto, instigados por el gran cuerpo de mercenarios periodísticos, quienes probablemente diseminaron eficientemente mentiras sensacionalistas y con el mismo espíritu con el cual ellos habrían esperado una mesa o un taxi.

     Muchos millones de ciudadanos tanto de Gran Bretaña como de Estados Unidos fueron exitosamente engañados, mientras los hechos eran conocidos por sólo comparativamente pocas personas, y con toda probabilidad el objetivo último de la operación era conocido por aún menos gente.


Logística Mental

     La experiencia ha mostrado que los ejércitos de masas de los Estados "democráticos" luchan con mayor celo cuando ellos están animados por el odio y apoyados por un pueblo enloquecido por el odio que fantasea con que está luchando una guerra santa. Las mentiras se han hecho por lo tanto parte del equipamiento militar, una especie de logística mental; pero es de la esencia de tal propaganda que su falsedad sea conocida sólo por las personas que la fabrican. El modelo de tales operaciones es la famosa fábrica de mentiras que fue manejada por Lord James Bryce durante la Primera Guerra Mundial, en la cual un cuerpo de técnicos expertos falsificó fotografías, mientras mentirosos expertos, incluyendo al historiador Arnold Toynbee, inventaron historias de "atrocidades" para inspirar a los británicos emocionalmente sobreexcitados con un odio fanático contra los increíblemente bestiales alemanes y con un noble ardor cristiano para matarlos.

     Los superiores de Lord Bryce en el Gobierno indudablemente sabían lo que ese grupo estaba haciendo, y un pequeño número de hombres educados y juiciosos debe haber tenido al menos sospechas que ellos ocultaron por miedo o por renuencia a perjudicar el "esfuerzo de guerra", pero el número de personas que sabían o sospechaban la verdad era muy pequeño en comparación con la gran mayoría que fue exitosamente engañada durante la guerra. Y después de la guerra, el secreto ya no pudo ser guardado.

     Es una obviedad, por supuesto, que en los Estados "democráticos" el pueblo debe ser animado a imaginar que él toma decisiones importantes al votar, y debe ser por lo tanto controlado por una conveniente propaganda, que implanta ideas a las cuales los votantes responden automáticamente, tal como los animales entrenados responden a palabras-órdenes en un circo, dejando de esa manera a las masas sólo una elección artificial entre dos cosas prácticamente indistinguibles, sobre la base de la preferencia de ellos por una cierta clase de oratoria, un peinado, o una expresión facial particular.

     La producción de tal propaganda requiere un grado muy alto de habilidad técnica, como puede aprenderse en el tratado más completo sobre el tema, Les Propagandes de Jacques Ellul (París, 1962). El condicionamiento del pueblo debe ser dirigido por un pequeño cuerpo de técnicos expertos al servicio de una oligarquía, con sólo un número limitado de ayudantes que son totalmente conscientes de su tarea. Cuando consideramos a los británicos y los estadounidenses (a diferencia de extranjeros residentes), podemos estar seguros de que la mayor parte de los profesores que inyectan ilusiones en las mentes de los jóvenes, de que muchos de los periodistas que fabrican absurdos para la prensa y la radio, y de que incluso bastantes de los "científicos sociales" que preparan sofismas para los semi-educados, no están conscientes de lo que ellos están haciendo, estando ellos mismos engañados. Y los individuos que sospechan que ellos están engañando a sus víctimas probablemente calman sus conciencias con convicciones de que ellos están involucrados en un trabajo noble en favor de la "democracia" y de sus propios salarios.

     Así, aunque sea verdadero que la fabricación de propaganda, al igual que la manufactura de zapatos o estufas, requiere hoy un número más grande de técnicos y otros empleados que los que eran necesarios hace algunas décadas, el número involucrado en su producción es relativamente pequeño y los empleadores son menos aún, de modo que los historiadores todavía piensan en términos de un pequeño grupo involucrado en un engaño consciente y deliberado de una gran mayoría.


     Para tomar un ejemplo específico, adhuc sub iudice [hasta ahora bajo juicio], una fotografía con alguna evidencia incidental ha sido publicada recientemente para mostrar que el hombre santo que ha estado armando problemas en Persia no es el ayatolá Jomeini que apareció en Francia como un refugiado hace algunos años. Nosotros automáticamente presuponemos que si la evidencia es falsa, fue fabricada por unos cuantos hombres, quizá no más de media docena. Si es genuina, entonces la suplantación fue arreglada por el servicio secreto de alguna importante nación o Estado internacional, requiriendo la complicidad de no más de una docena de hombres, incluyendo al director que dio las órdenes. Deberíamos pensar que es fantástico suponer que hay no menos de cuatrocientas personas ahora en Europa y capaces de decir la verdad, que son parte del fraude, cualquiera sea.


     Los historiadores nunca han pensado en el engaño deliberado como el trabajo de algún número grande de personas. Es verdadero, por supuesto, que algunos grupos minoritarios, religiosos o conspirativos, han tratado de disfrazar sus creencias. Los Mandeos tienen la fama de haber mentido sobre su fe ante forasteros, pero si su religión está justamente representada por las escrituras que han sido obtenidas y publicadas recientemente (p. ej. su Libro Canónico de Oraciones, editado y traducido por el profesor E. S. Drower en 1939), uno se pregunta por qué ellos hicieron ese esfuerzo. En siglos pasados, los chiítas persas, cuando ellos hacían una peregrinación a La Meca, comprensiblemente practicaban la taqiya [mentira o disimulo autorizado en el Islam], ocultando su herejía a los musulmanes más ortodoxos entre quienes ellos tenían que viajar a riesgo de sus vidas.

     En Estados Unidos, el Partido Republicano, que limitó su ingreso a hombres blancos nacidos en el país, excluyendo a judíos y otros extranjeros inasimilables, ganó el apodo por el cual es comúnmente conocido ahora instando a sus miembros a evitar el debate inútil con sus adversarios diciendo: "No sé nada sobre ello". Pero su objetivo no era mantener secretos sus propósitos que, en efecto, eran tan conocidos que, a pesar de la furiosa oposición de políticos profesionales, ellos bien podrían haber conseguido el control del gobierno federal si no hubieran sido interrumpidos y dispersados por la agitación sobre la esclavitud en el Sur. Uno podría citar otros casos de evasión para evitar la molestia o el acoso, pero tales procedimientos se diferencian totalmente de la perpetuación de fraudes y no impugnan la premisa de los historiadores de que las falsificaciones y las imposturas son secretamente concebidas por unos pocos individuos.

     Los historiadores deben ahora revisar drásticamente aquella premisa. Sin importar cuán temerosos puedan ser ellos, no pueden, si son honestos, cerrar sus ojos a la prueba de que engaños masivos pueden ser realizados por miles de individuos, e incluso millones, que actúan unánimemente con un objetivo común.


40 Millones, Demasiado Absurdo


     El gran fraude judío acerca de millones de Personas Elegidas de Dios a quienes los alemanes supuestamente exterminaron, parece haber sido ideado a finales de 1942, cuando se afirmó que en el otoño de aquel año los alemanes habían asesinado a 2 millones de la Raza Santa en diversas maneras. Hacia 1943 el número había sido aumentado a 6 millones, y para mantener la progresión, fue aumentado más tarde a 40 millones, lo que fue visto como tan absurdo que fue reducido luego a 12 millones, y al final de la Cruzada para Salvar a los Soviéticos, la cifra de 6 millones fue tomada como la más grande que podría ser impuesta a los crédulos goyim.


     El motivo original obvio, común a toda la propaganda de guerra, era atizar al ganado que estaban siendo dirigido en estampida contra Alemania, pero puede haber habido un objetivo adicional con la esperanza de que después de la guerra sería posible realizar el plan judío, formulado y publicado por Theodore Newman Kaufman en 1941 [Germany Must Perish], de exterminar a la población entera de Alemania como una advertencia para razas inferiores que podrían querer tener un país propio, no bajo la dirección del Pueblo de Dios.

     Ya que aquello resultó no ser factible, el fraude fue usado como un pretexto para los obscenos asesinatos perpetrados en Núremberg por los vencedores estadounidenses, soviéticos, británicos y franceses, para su rechazo de las convenciones, llamadas en conjunto Derecho Internacional, que habían sido observadas por todas las naciones civilizadas, y para las innumerables y horrorosas atrocidades por las cuales todos los vencedores, dirigidos por sus supervisores judíos, igualmente y para siempre perdieron su reclamo a ser moralmente superiores a los hunos de Atila o los mongoles de Hulagu. Y dicha patraña todavía es usada para saquear Alemania e, indirectamente, a todas las naciones de Occidente para subvencionar la arrogación judía de Palestina y tierras adyacentes.

     Ya no es posible pensar en un engaño a muchos por parte de unos pocos. La falsedad completa de ese fraude, que fue hecho más absurdo cuando las físicamente imposibles cámaras de gas fueron inventadas para disfrazarlo, fue necesariamente conocida por cientos de miles de judíos que permanecieron en el territorio alemán durante la insana guerra, a muchos de los cuales —probablemente 250.000— los alemanes naturalmente internaron como enemigos domésticos, aunque no con la meticulosidad con la cual los estadounidenses pusieron a los japoneses residentes en campos de concentración durante 1942-1945.

     Los judíos que permanecieron en Alemania, tanto aquellos que estuvieron en libertad como aquellos que fueron confinados a diversos campos, necesariamente sabían que no hubo ninguna "cámara de gas" y que no hubo ningún "exterminio", aunque, por supuesto, muchos individuos murieran de enfermedad, vejez e incursiones de bombardeo anglo-estadounidenses sobre varios campos; y, sin duda, algunos fueron muertos por alemanes individuales cuando ellos previeron la derrota y la ruina de su país a manos de las hordas enloquecidas que la raza internacional había movilizado contra ellos, y a manos de las poblaciones polacas y rusas de territorios ocupados cuando los ejércitos alemanes ya no pudieron controlar el antiguo resentimiento contra sus parásitos.


     Además, ya que esa raza siempre ha sido realmente internacional, muchos cientos de miles de judíos, quizá millones, en todo el mundo y sobre todo en Estados Unidos, deben haber sabido o haber sospechado la verdad cuando sus parientes supuestamente exterminados llegaron en tropel al país o mantuvieron correspondencia con ellos. Además, debe haber habido un considerable número de judíos que, incluso sin fuentes de información directa, era lo bastante inteligente para ver que la patraña era intrínsecamente increíble, psicológicamente improbable y físicamente imposible. Pero sin embargo, hasta donde sé, sólo un judío, Josef Ginsburg, que residió en territorio alemán o rumano durante toda la guerra, ha atestiguado que no hubo ninguna política alemana de "exterminar" a su raza; y aunque él publicó sus libros bajo el seudónimo de J. G. Burg, él sólo por casualidad evitó la muerte a manos de terroristas judíos en Múnich.

     La gran mentira judía, que es impuesta actualmente por medio del Terror Judío sobre la población de las naciones occidentales, debe ser distinguida de los exagerados cuentos ahora contados en el territorio soviético, donde el aullido sobre ficticias víctimas judías fue sustituído hace mucho por una afirmación oficial de que los alemanes deliberadamente exterminaron a seis millones de eslavos. Cuánto de esa propaganda, la mayor parte de la cual es tan elaborada que podría incluír las bajas en batalla, es creída por rusos inteligentes, es imposible decir; y nadie se extrañará de la carencia de protestas públicas de parte de personas que saben bien pero viven en territorio soviético bajo una supervisión más estricta que cualquiera que haya sido hasta ahora impuesta a cualquier nación occidental, aunque los judíos naturalmente están tratando de igualarla para propósitos propios y han alcanzado un éxito muy considerable en Alemania Occidental, donde el corrupto gobierno de Bonn ha hecho prácticamente ilegal dudar de cualquier impostura judía, y donde muchos libros que la censura judía no ha aprobado para los goyim pueden circular sólo clandestinamente.

     Aunque el fraude acerca de los "seis millones" siempre ha sido intrínsecamente increíble en todas las varias revisiones que han sido hechas de tiempo en tiempo, y aunque haya sido definitivamente expuesto y demolido por el profesor Arthur A. Butz en su libro Hoax of the Twentieth Century  (1976), la raza entera de ellos, que se cuenta en al menos treinta millones en todo el mundo, insiste frenéticamente, con aparente unanimidad, que las razas inferiores deben creer lo que les dice la Raza Superior de Dios, y lo que es más significativo, profesores judíos refugiados en universidades occidentales y necesariamente sabiendo algo de los métodos de la investigación occidental, automáticamente dieron alaridos y escupieron al profesor Butz, aunque ellos nunca hubieran visto su libro y no supieran siquiera su título correcto. Uno no puede evitar la conclusión de que por muy bien que ellos hayan aprendido o simulado los métodos de la investigación, todas las cuestiones de hechos debían estar rigurosamente subordinadas a los intereses de la raza de ellos.


El Diario de Ana Frank


     Un segundo ejemplo es la falsificación asombrosamente burda llamada el "Diario de Ana Frank", fabricada con tanta negligencia y con tal desprecio hacia las mentes arias que sus muchas contradicciones internas proclaman su falsedad. Dicho "diario" no puede imponerse por sí mismo a ningún lector que tenga siquiera un poco de juicio crítico y una memoria suficientemente buena para retener lo que él leyó en una página al leer otro pasaje unas páginas más adelante. Las evidentes contradicciones en el texto de este fraude han sido enumeradas ahora por el escritor sueco Ditlieb Felderer en Anne Frank's Diary: a Hoax (1980), pero el misterio es por qué tal panfleto fue necesario alguna vez.


     Muchas personas, es verdad, leen los textos religiosos en un trance emocional que paraliza su razón, y uno sólo puede suponer que las personas sentimentales que han sido tan preparadas por la propaganda preliminar que ellas lloran a lágrima viva cuando leen la primera página del "Diario", pueden continuar leyendo en un estupor similar. Ningún lector crítico puede haber sido engañado alguna vez, independientemente de su raza. Pero aquí otra vez, entre 30 y 60 millones de judíos, con aparente unanimidad, están determinados a que los goyim creerán, o profesarán creer, aquel absurdo embuste si ellos han de evitar el castigo por ser racionales. Y uno oye que los tribunales en Alemania Occidental han sostenido que es un delito expresar dudas sobre lo que ningún hombre inteligente puede creer. Uno no puede predecir cuándo los mismos tribunales considerarán que es un "insulto" contra la "nación judía" negar que la Tierra sea plana, como fue expresamente declarado por Dios, quien hizo un convenio para entregar la Tierra entera a Su Pueblo.

     Incluso más significativo es el progresivo abandono de los judíos de sus medidas habituales para juntar en manada a los goyim: soborno, presiones financieras abiertas o sub-repticias, y la manipulación de políticos corrompibles. Pandillas de matones judíos ahora asaltan abiertamente a profesores franceses que se atreven a dudar de lo increíble, manejan garrotes de hierro para partir los cráneos de unos cuantos escritores franceses que se han reunido en privado para hablar del tema prohibido, y abiertamente se jactan de que ellos asesinaron con una bomba de relojería a un profesor francés que se atrevió a presentarse a la elección para la Chambre des Députés. Y existe una violencia comparable por parte de matones judíos, con o sin una adición de zombies de las razas inferiores, en Alemania Occidental, Inglaterra y Estados Unidos, mientras entre 30 y 60 millones de judíos, sin excepciones significativas, aplauden la buena obra y protegen a los criminales por medio de su control de prácticamente todos los medios de comunicación y su control o intimidación de policías y tribunales.


     El drástico mensaje de estos hechos para la historiografía es obvio: Una raza entera (o sub-raza, si usted prefiere esa clasificación) puede mostrar una solidaridad efectiva en la perpetración de groseras mentiras, mientras muchos miles o incluso millones que no pueden sino saber la verdad, a sabiendas participan en el fraude, ya sea por miedo a represalias de sus congéneres, odio a sus víctimas de sus mentiras, o por una confianza en su superioridad biológica, como la que mostramos cuando encarcelamos o matamos animales salvajes y hacemos de vacas, caballos, ovejas y perros nuestros sirvientes o nuestra comida. La implicación para los historiadores en su consideración de toda la información, antigua o moderna, que ha llegado hasta nosotros desde o por medio de fuentes judías es enfáticamente clara e impone una obligación inevitable. Y queda por averiguar si puede haber, o ha habido, fenómenos comparables en aseveraciones aparentemente unánimes hechas por otras razas.–





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