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viernes, 3 de noviembre de 2017

Leonidas y el Ethos Espartano



     Theodore J. O'Keefe (1949), estadounidense editor y escritor de asuntos históricos y políticos, publicó originalmente el siguiente artículo en la revista National Vanguard en su edición de Junio de 1978, habiendo aparecido después en counter-currents.com en Octubre de 2012, de donde lo hemos traducido. Aquí el señor O'Keefe a partir de la célebre batalla de las Termópilas y de la muerte del rey espartano Leonidas realiza alusiones a la educación y valores de Esparta que fue lo que pudo producir gente de tal nivel de heroísmo, protectora de y admirada por toda la antigua Grecia. Entre corchetes hemos puesto algunos añadidos que aportan al texto.


LEONIDAS y el ETHOS ESPARTANO
por Theodore J. O'Keefe
Junio de 1978



     [Cuenta Heródoto, en Los Nueve Libros de la Historia, libro VII, cap. CCVIII, que] El jinete persa condujo con cautela a su caballo. Justo delante la llanura costera se detuvo frente un paso estrecho entre las montañas y el mar, apenas más amplio que un carro. En algún sitio dentro de dicho paso, los griegos se habían reunido para negar la entrada a los persas. Era el deber del jinete determinar el tamaño y la disposición de sus fuerzas. Jerjes, su señor, el Emperador de los persas, sabía que si sus tropas pudieran forzar dicho paso, que los griegos llamaban las Termópilas, sus ejércitos podrían derramarse entonces sin obstáculos en el corazón de Grecia.

     El explorador contuvo su respiración cuando vio a los griegos en el extremo occidental del paso. Su agitación dio lugar a la sorpresa cuando él miró más atentamente. Había sólo aproximadamente 300 de ellos, puestos en orden ante una muralla que bloqueaba el acceso al paso, y ellos se comportaban de la manera más rara. Algunos, completamente desnudos, realizaban ejercicios, como atletas antes de una competición. Otros peinaban sus largos cabellos rubios. Ellos no prestaron atención a su observador.

     ¿Eran aquéllos los tan alabados espartanos? El persa giró su caballo y volvió atrás al campo imperial.

     Jerjes recibió el informe del explorador con un asombro no disimulado. El comportamiento de los griegos parecía imposible de explicar. Hasta ahora su avance por la costa Norte de Grecia había parecido una procesión triunfal. Ciudad tras ciudad se había rendido con el ofrecimiento simbólico de tierra y agua. Cuando por fin los griegos parecían dispuestos a resistir y luchar, sus soldados más bravos, los espartanos, se comportaban más bien como locos que como guerreros.

     El Emperador convocó a Demarato, quien había sido un rey de los espartanos hasta que su participación en intrigas políticas lo hubo obligado a huír a la corte persa. Mientras Jerjes escuchaba desde su trono de oro, Demaratus habló de los espartanos:

     «Una vez antes, cuando comenzamos nuestra marcha contra Grecia, usted me oyó hablar de estos hombres. Le dije entonces cómo esta empresa sucedería, y usted se rió de mí. No me esfuerzo por nada, mi señor, más seriamente que observar la verdad en su presencia; entonces óigame una vez más. Estos hombres han venido para luchar contra nosotros por la posesión del paso, y para aquella lucha ellos se están preparando. Es la práctica común de los espartanos prestar una cuidadosa atención a sus cabellos cuando ellos están a punto de arriesgar sus vidas. Pero le aseguro que si usted puede derrotar a estos hombres y al resto de los espartanos que están todavía en casa, no hay ningún otro pueblo en el mundo que se atreverá a mantenerse firme o a levantar una mano contra usted. Usted tiene que tratar ahora con el mejor reino de Grecia, y con los hombres más valientes» [Heródoto, Historia, lib. VII, cap. CCIX].

     El año era 480 a.C. Durante los tres años anteriores Jerjes había reunido lo que prometía ser la fuerza militar más fuerte que el mundo hubiera visto alguna vez, sacada de cada rincón de sus extensos reinos. Los historiadores modernos son correctamente escépticos de los millones de soldados y marineros meticulosamente enumerados por el gran historiador Heródoto, y de sus interminables catálogos de árabes que montan camellos, escitas con pantalones, y etíopes con el pelo rizado. Sin embargo, el relato de Heródoto da una dramática expresión al sentimiento de los griegos de que todas las innumerables multitudes morenas de África y Asia estaban avanzando sobre ellos.

     Diez años antes, los atenienses, quienes habían despertado la ira del padre y predecesor de Jerjes, Darío, al ayudar a sus primos griegos jonios de Asia Menor en una rebelión fracasada contra sus jefes supremos persas, habían casi aniquilado una expedición punitiva persa en Maratón, a unos pocos kilómetros de Atenas. Era el objetivo de Jerjes vengar aquella derrota y aplastar el poder de los irrespetuosos helenos, como los griegos se llamaban a sí mismos, de una vez para siempre.

     Pero había más que eso en juego. Jerjes era un persa, un ario, del noble linaje aqueménida, que en último término descendía de la misma raza que los helenos. Sus antepasados habían recorrido las montañas y las estepas del Irán y Asia Central, orgullosos y libres.

     Pero cuando los persas habían aumentado su poder y luego habían arrancado a los babilónicos el gran Imperio del Oriente Próximo, sus reyes habían caído víctimas del poder y la parafernalia y la idea del Imperio. Una vez los líderes iranios se habían considerado a sí mismos, y considerado por otros, como los primeros entre arios iguales. Ahora sus congéneres persas, como todos sus otros súbditos, se postraban a los pies de Jerjes. Y tal como sus precursores imperiales, Jerjes tenía la intención de lograr que el resto del mundo conocido hiciera lo mismo.

     Cuando el ejército persa se movió pesadamente a través de los grandes puentes con los cuales el Emperador había unido Europa y Asia en los Dardanelos, los helenos titubearon. Jerjes había acompañado los esfuerzos de sus ingenieros con una campaña diplomática. Mientras sus ingenieros construían los puentes de los Dardanelos y cavaban un canal a través de la península Acte en Tracia por el cual su flota podría eludir el tempestuoso cabo, sus diplomáticos trabajaron para promover el derrotismo en Grecia. Argos y Creta prometieron quedarse neutrales, y la sacerdotisa de Delfos murmuró sombríos oráculos de la conquista persa.


     Los delegados de las ciudades-Estados helénicas que se congregaron en el istmo corintio en la primavera de 480 estuvieron al principio divididos en cuanto a su curso de acción. Los peloponésicos estaban por proteger sólo su península del Sur, mientras que los atenienses y sus aliados en la isla vecina de Eubea presionaron por una expedición al Norte de Grecia. Finalmente el congreso de representantes diplomáticos consintió en enviar una fuerza conjunta de atenienses y peloponésicos al Valle de Tempe, en Tesalia del Norte, que parecía un lugar adecuado para impedir el camino de los persas desde Macedonia hacia Grecia.

     En Tempe, para su consternación, los helenos encontraron que otros pasos permitían la entrada del invasor en la Hellas [nombre de la antigua Grecia] del Norte. Cuando el contingente griego se retiró al Sur, los griegos del Norte abandonaron su determinación de resistir y se sometieron al Emperador persa.

     A medida que las fuerzas de Jerjes comenzaron a avanzar al Sur desde Macedonia a Grecia, los griegos entraron en una suerte de pánico. Después de su primer contacto con la flota persa numéricamente superior, la marina griega huyó por los estrechos entre Eubea y el continente griego. Sólo la pérdida de un número considerable de barcos persas en una tormenta en el cabo Artemisio en la punta Norte de Eubea envalentonó a la flota helénica para navegar hacia el Norte para afrontar al enemigo una vez más. Mientras tanto los atenienses hicieron planes para evacuar a su población a las islas de Salamina y Aegina al Sudoeste.



     Una fuerza permaneció en el campo para confrontar a los persas con una decidida oposición: Leonidas, el rey de los espartanos, había ocupado el crucial paso de las Termópilas.

     Puerta de entrada desde el Norte a Grecia Central, las Termópilas se extendían por más de 6 kms. entre la altísima pared del monte Œta [Eta] y las olas del golfo maliaco. Tanto en sus extremos del Este como occidental, el paso se contraía hasta formar un estrecho camino fácilmente defendible. Durante gran parte de la distancia intermedia, el paso se ensanchaba hasta una extensión más amplia. Allí había varias fuentes termales, tanto de sal como de azufre, de lo cual la Termópilas derivaban su nombre, que significa "puertas calientes".

     La guarnición que resguardaba las Termópilas era al principio bastante más grande que los 300 espartanos que el explorador persa había vislumbrado en la entrada occidental del paso. Detrás de la muralla, que los griegos habían reconstruído de prisa después de ocupar dicho paso, y a lo largo de la elevación del monte Œta, Leonidas había colocado casi 7.000 soldados. Aproximadamente la mitad de ellos eran hombres de las ciudades vecinas de Esparta en el Peloponeso. El resto eran beocios de Tebas y Tespis en Grecia Central, o nativos de las cercanas Focis y Locris.

     Aunque sus aliados griegos fueran muchas veces más numerosos, Leonidas y su guardia espartana formaban la columna vertebral de la fuerza de defensa helénica. En reconocimiento del peligro que conllevaba su misión, los 300 consistían exclusivamente en hombres con herederos varones vivos, de modo que los nombres y los linajes fueran continuados si ellos cayeran. Leonidas y sus hombres eran la élite de una élite, y de su ejemplo dependería la conducta de los otros griegos en las Termópilas.



     ¿Qué suerte de hombres eran los espartanos, que Jerjes vaciló en lanzar sus innumerables ejércitos contra aquellos cientos?.

     Los orígenes de Esparta están envueltos en las nieblas de la antigüedad griega, pero es un hecho cierto que Esparta fue fundada por los dorios. La última oleada de migrantes helénicos desde el Norte, los dorios barrieron a sus precursores griegos, los aqueos, hacia el Oeste a Ática y Asia Menor. Desde el tiempo de las migraciones de los dorios, la tradicional división de los helenos en dorios, jonios y eolios comenzó a tomar forma.

     Los dorios eran probablemente de un tipo más nórdico que las otras tribus griegas. Como escribió el gran clasicista Werner Jaeger [Paideia. The Ideals of Greek Culture, 1939], "La raza dórica dio a Píndaro su ideal del guerrero rubio de orgullosa ascendencia". Como sugiere Jaeger, los dorios —sobre todo los que estaban en Esparta— ponían un premio por la preservación y el mejoramiento de su linaje nativo.

     Una rama de los dorios invadió el distrito de Laconia en el Peloponeso del Sudeste. En palabras del gran historiador John B. Bury [A History of Greece to the Death of Alexander the Great, 1900],

     "Los dorios tomaron posesión del rico valle del Eurotas, y manteniendo puro su propio linaje dorio de la adición de sangre ajena redujeron a todos los habitantes a la condición de súbditos... La eminente cualidad que distinguió a los dorios de las otras ramas de la raza griega fue aquello que llamamos el carácter; y fue en Laconia que esa cualidad se mostró y desarrolló más totalmente, ya que allí el dorio parece haber permanecido más puramente dorio".



     La ciudad de Esparta surgió de la fusión de varios pueblos vecinos a lo largo del río Eurotas. Los espartanos gradualmente llegaron a manejar poder político sobre los otros dorios en Laconia, llamados perioeci [períoikoi, periecos], quienes sin embargo retuvieron algún grado de autonomía y fueron considerados como ciudadanos laconios, o lacedemonios, no así los racialmente extranjeros ilotas, los habitantes pre-dorios de Laconia, a quienes los espartanos redujeron a la servidumbre y negaron todos los derechos políticos.

     Los ilotas soportaban su servidumbre de mala gana y amenazaron constantemente con rebelarse y derrocar a sus señores. Para contener las inclinaciones revolucionarias de los ilotas, los espartanos organizaban periódicas campañas, que contenían algo del espíritu tanto de la cacería de zorras como del pogrom, en las cuales a sus hombres jóvenes se les daba rienda suelta para causar estragos y eliminar a los más agresivos y peligrosos de sus siervos.

     Durante el siglo VIII a.C. los dorios conquistaron a los mesenios, los cuales habían ocupado el resto del Peloponeso del Sur. Un siglo más tarde, ellos suprimieron un levantamiento mesenio sólo después de una guerra larga y difícil. A partir de aquel tiempo, obligados a manejar a sus propios ilotas y rebeldes mesenios también, los espartanos desarrollaron un ethos [espíritu distintivo, carácter, cultura, escala de valores] único que implicaba tanto la preservación de su integridad racial como un completo sistema de educación y organización militar.

     A un grado mayor que cualquier Estado antes o desde entonces, los espartanos salvaguardaron y mejoraron su herencia biológica con un intransigente programa de eugenesia. El matrimonio fuera de la comunidad racial espartana estaba prohibido, y tampoco la inmigración fue tolerada. Había penas para el celibato y el matrimonio tardío, mientras que los hombres que engendraban varios hijos podían ser eximidos de la vigilancia nocturna, e incluso de pagar impuestos.

     Los espartanos requerían que el recién nacido fuera presentado para su inspección por funcionarios del Estado. El descendiente enfermizo o deforme era dejado morir.

     Según el antiguo biógrafo Plutarco, Licurgo, el legendario legislador de Esparta, incluso estableció disposiciones adicionales para una progenie sana, las que siguieron siendo cumplidas en tiempos clásicos. Después de describir la casta educación de los jóvenes espartanos de ambos sexos, Plutarco continúa:

     "Después de guardar el matrimonio con esta modestia y reserva, él [Licurgo] igualmente tuvo cuidado de desterrar los celos vacíos y mujeriles. Para ese objeto, excluyendo todos los desórdenes licenciosos, él hizo, sin embargo, honorable para los hombres dar el uso de sus mujeres a aquellos que ellos consideraran aptos, de modo que ellos pudieran tener hijos por medio de aquéllos... Licurgo permitió a un hombre que fuera avanzado en años y tuviera una esposa joven recomendar a algún virtuoso y aprobado hombre joven, para que ella pudiera tener un hijo de él, que pudiera heredar las buenas cualidades del padre, y ser un hijo para él. Por otro lado, un hombre honesto que sintiera amor por una mujer casada a causa de la modestia de ella y lo bien favorecido de sus hijos podía, sin formalidad, pedir su compañía a su marido, para que él pudiera cultivar, por así decir, en ese trozo de buena tierra, niños dignos y aliados para él mismo. Y en efecto, Licurgo era de la opinión de que los niños no eran tanto propiedad de sus padres como de la comunidad entera, y, por lo tanto, sus ciudadanos no serían procreados por los primeros llegados sino por los mejores hombres que pudieran ser encontrados; las leyes de otras naciones le parecían muy absurdas e inconsecuentes, donde la gente sería tan solícita de sus perros y caballos para demostrar interés y pagar dinero para conseguir una buena raza, y sin embargo mantenían a sus mujeres cerradas, para que fueran madres sólo debido a ellos, quienes podrían ser tontos, o débiles o enfermizos; como si no fuera evidente que los hijos de una mala clase demostrarían sus malas cualidades primero sobre aquellos que los guardaban y criaban, y los niños de buena familia, de manera parecida, sus buenas cualidades" [Plutarco, Vidas Paralelas, tomo I, Licurgo, cap. XV].

     Como podría concluírse, las mujeres de Esparta eran consideradas, en primer lugar, como las madres de niños espartanos. Las mujeres jóvenes eran educadas para la maternidad. Ellas se involucraban en vigorosos ejercicios gimnásticos y bailes, a menudo desnudas, para escándalo de los otros griegos, aunque las mujeres espartanas eran proverbiales por su castidad. Indudablemente a consecuencia de la herencia así como una buena forma física cuidadosamente cultivada, las mujeres de Esparta eran consideradas las más hermosas en Hellas.



     A pesar del énfasis en su papel como madres, las mujeres de Esparta eran las más libres en Grecia. En efecto, ellas fueron acusadas de dominar a los hombres espartanos. Cuando Gorgo, la esposa de Leonidas, fue por ello criticada, ella resumió la situación de las mujeres espartanas sucintamente: "Nosotras gobernamos a los hombres con buena razón, ya que somos las únicas mujeres que dan a luz a hombres" [Plutarco, Licurgo, XIV].

     Los hombres de Esparta eran criados para ser soldados. Ellos dejaban la dirección de los asuntos comerciales y los comercios a los periecos y se dedicaban exclusivamente al negocio del gobierno y la guerra. Cada ciudadano espartano se sustentaba a sí mismo de un trozo hereditario de tierra, cultivada por los ilotas, tierra que no podía ser enajenada ni por venta ni división.

     Entre los siete y veinte años de edad los espartanos recibían su formación militar. Ellos adquirían mucho más que un dominio mecánico de las habilidades militares. Sus instructores se esforzaban por inculcar en sus cadetes una lealtad absoluta a Esparta, la capacidad de soportar cualquier privación, y un coraje inconmovible en el campo de batalla.

     Para mantener el coraje en los hombres jóvenes, el sistema de entrenamiento espartano ponía a prueba las exigencias de la disciplina contra el espíritu desafiante y aventurero de la juventud. Los jóvenes espartanos eran forzados a robar su comida, y sin embargo sometidos a un castigo severo si ellos eran atrapados, una aparente paradoja personificada en la historia del muchacho espartano que dejó a la zorra que él ocultaba bajo su capa desgarrar sus órganos vitales más bien que delatarse. La escuela espartana era cruel pero eficaz, ya que atrapaba a sus estudiantes en el entusiasmo del desafío y peligro constantes.

     Cuando alcanzaba la edad de 20 años el joven espartano se convertía en un soldado hecho y derecho. Durante los siguientes diez años él vivía la vida de cuartel con sus camaradas. Permitido de tomar una esposa, él la veía sólo durante visitas breves y furtivas. En tiempos de paz, los hombres jóvenes eran instructores de los muchachos espartanos.

     En su cumpleaños trigésimo el espartano era investido con el resto de sus derechos y deberes cívicos. A partir de entonces él asistía a la apella, la asamblea del pueblo, y podía votar acerca de medidas propuestas por los dos reyes o por los ephoroi [éforos], la judicatura de cinco hombres de Esparta. El espartano podía establecer por fin su propia casa, aunque estaba todavía obligado a cenar en común con sus pares.

     El principal alimento en esas comidas comunes era un caldo negro [melas zomós] muy favorecido por los espartanos [de cerdo, sal, sangre y vinagre], aunque otros helenos lo encontraran difícil de digerir. Después de participar en una comida espartana un visitante de la opulenta Sibaris se supone que exclamó: ["Es bastante natural que los lacedemonios sean los más bravos de los hombres, ya que cualquier hombre con sus sentidos cabales preferiría morir diez mil veces antes que vivir en una forma tan miserable como ésta"; en Ateneo de Náucratis, Los Deipnosofistas, lib. IV. cap. XV].

     Los espartanos condimentaban sus comidas con un ingenio seco y conciso renombrado a través de Hellas tanto por su sustancia como por su agudeza. Como Plutarco lo cuenta, Licurgo contestó a un espartano que había abogado por la democracia: "Comienza, amigo, y establécela en tu familia". O, como se supone que las mujeres espartanas habrían dicho al entregar a sus maridos e hijos sus escudos antes de que ellos marcharan para luchar: [Regresa] "Con él o sobre él" [ya que regresar de la guerra sin el escudo era la marca de un desertor, que lo abandona en su huída, en tanto los que perecían en batalla eran llevados de vuelta sobre aquél].



     La ley espartana reforzaba el desprecio de sus ciudadanos por el lujo prohibiendo la propiedad privada de oro y plata. El resultado, según Plutarco, era que "los comerciantes no enviaban ningún cargamento a los puertos de Laconia; ningún maestro de retórica, ningún adivino itinerante, ningún proxeneta, ningún artífice de oro o plata, ningún grabador o joyero, ponía el pie en un país que no hacía uso de dinero; de modo que el lujo, privado poco a poco de lo que lo alimentaba e instigaba, se reducía a nada y se desvanecía de por sí" [Plutarco, Licurgo, IX]. Tal como la voluntad de los espartanos, sus monedas estaban hechas de hierro.

     La vida militar de Esparta no sofocaba las mentes y los espíritus de sus ciudadanos. Temprano en su historia Esparta era un centro principal de poesía y música. Terpandro y Alcman llevaron la lira y la lírica desde Asia Menor a las orillas del Eurotas. El cojo Tirteo, el hijo natural de Lacedemón, formó el espíritu moral (ethos) de su país con sus canciones marciales. Siguieron las canciones y los bailes corales, en que los hombres espartanos melódicamente afirmaban su patriotismo, y las doncellas espartanas los animaban a futuros hechos de valor. Con toda justicia Píndaro cantó de Esparta:

     "El consejo de ancianos sabios aquí, / y la lanza conquistadora de los hombres jóvenes, / y danza, y canción y alegría aparecen" [Píndaro, fragmento citado por Plutarco, Licurgo, XXI].

     No fueron tanto las obras de arte de los espartanos como el ideal espartano el que les ganó la admiración de grandes pensadores helénicos como Platón. Había algo noble en la severa simplicidad del estilo de vida espartano. Las leyes fundamentales de Esparta, las rhetroi, que Licurgo dijo que había recibido directo de "Apolo de cabello dorado" eran pocas, no escritas, y directas y concisas. Su objetivo, moldear a los hombres de carácter al servicio del bien común, golpeó una cuerda sensible por toda Hellas.

     No es difícil descubrir en la melancólica alabanza que los helenos brindaban a Esparta una añoranza de los valores y los usos de sus antepasados indoeuropeos. Fuera de Esparta aquéllos a menudo habían sido demasiado olvidados entre los señuelos del lujo oriental, o perdidos para siempre debido a la mezcla de la sangre helénica. Los espartanos, tal como ellos transformaron las toscamente construídas grandes casas de madera de sus antepasados del Norte en relucientes templos dóricos, desarrollaron desde su innata perspectiva racial una guía y baluarte para su Estado.

     Y, por supuesto, fue en el campo de batalla que la areté espartana, o excelencia viril, encontró su principal expresión. Los espartanos no preguntaban cuántos eran los enemigos, sino sólo dónde estaban ellos. Ellos no sabían de rendición, pero sabían bien cómo morir.

     Pero dejemos que Plutarco hable una vez más:

     "Era a la vez una visión magnífica y terrible verlos marchar a la melodía de sus flautas, sin ningún desorden en sus filas, ningún desconcierto en sus mentes o cambio en sus semblantes, tranquila y alegremente avanzando con la música a la mortal lucha. Los hombres de ese carácter probablemente no serían poseídos por el miedo o algún transporte de furia, sino con el deliberado valor de esperanza y confianza, como si alguna divinidad los estuviera asisitiendo y conduciendo" [Plutarco, Licurgo, XXII].

     Tales eran los hombres que enfrentaron a Jerjes y su ejército en las Termópilas.



     Jerjes esperó durante cuatro días, con la esperanza de que los griegos abandonaran su posición, como lo habían hecho en Tesalia. Su tentativa en la guerra psicológica fue algo que se desperdició en los espartanos. Cuando un temeroso griego del campo circundante informó al espartano Dieneces que "tantos son los arqueros persas que sus flechas bloquean el Sol", Dieneces fue imperturbable: "Si los persas esconden el Sol, tanto mejor, pues tendremos nuestra batalla a la sombra sin que moleste el calor" [Heródoto, Historia, lib. VII, cap. CCXXVI].

     Durante el quinto día, hirviendo de cólera por la impertinencia de los griegos, Jerjes envió adelante una fuerza de asalto de medos y cisios, parientes iranios de sus propios persas.

     Las tropas de Jerjes asaltaron la puerta occidental de las Termópilas con un valor que excedía a su habilidad en el combate. Los espartanos se les enfrentaron y los abrumaron en el estrecho espacio entre las rocas y el agua. Bien armada, manejando sus largas lanzas de manera experta, la infantería pesada espartana era más que un equivalente para los iranios con sus espadas cortas y escudos de mimbre. Los espartanos los redujeron por cientos a corta distancia.



     Desde una colina vecina, sentado en su trono de oro, Jerjes miraba los enfrentamientos, furioso por lo que él consideraba la incompetencia de sus soldados. Para llevar el asunto a un rápido final, él ordenó que su guardia de élite, los Immortales del Rey, avanzaran hacia el mortal paso. Otra vez los espartanos pelearon mejor que los hombres del Emperador.

     De repente los espartanos se dieron vuelta y huyeron, aparentemente en una miedosa confusión. Con un grito, los Inmortales se precipitaron al ataque de manera desorganizada. Pero los espartanos estuvieron todos alrededor de ellos en un instante, y cortaron en pedazos a las tropas escogidas del Emperador. Según Heródoto, Jerjes, mirando desde su colina, "saltó a los pies del trono tres veces, de terror por su ejército" [Ibid., cap. CCXII].

     Los enfrentamientos del día siguiente no fueron mejor para los persas. Los aliados griegos entraban por turnos relevando a los espartanos en la entrada occidental, y otra vez los helenos realizaron una sangrienta cosecha. Al ponerse el Sol sobre las montañas occidentales, las aguas del golfo se volvieron bermejas por los montones de persas en la orilla.

     Esa noche, como Jerjes estaba amargamente perplejo por cómo romper el apretón de muerte que tenían los griegos en las Termópilas, apareció un traidor de un distrito local, buscando una rica recompensa. La información que él dio al Emperador fue la perdición de los hombres de las Termópilas.

     Efialtes el maliense reveló a Jerjes la existencia de un camino sobre las colinas y a lo largo de la cresta del monte Œta, por atrás de las Termópilas. El camino no era desconocido para los defensores de las Termópilas, y Leonidas había colocado las tropas focias a lo largo de las elevaciones del monte Œta para rechazar los intentos enemigos de flanquear sus fuerzas en dicho paso.

    Al amanecer la mañana siguiente, los focios oyeron el sonido de pies que marchaban y avanzaban por las hojas caídas que alfombraban el suelo del bosque de robles debajo de la cumbre del monte Œta. Cuando los griegos saltaron para armarse, los Inmortales, reforzadas sus filas, se lanzaron por la ladera. Los focios se retiraron al punto más alto del monte bajo una lluvia de flechas persas, pero las tropas escogidas del Emperador se no dignaron acercárseles. Virando bruscamente a la izquierda, hicieron su camino abajo por la montaña hasta un punto al Este de la entrada trasera de las Termópilas [Ibid., cap. CCXVIII]. Los helenos que estaban en el paso fueron atrapados entre dos fuerzas persas.

     Leonidas se enteró de la amenaza gracias a sus vigilantes que estaban a lo largo del monte Oeta y a rezagados del contingente focio. Él rápidamente examinó las cambiadas circunstancias. Era evidente para el rey espartano que el paso no podía ser defendido durante mucho más tiempo. Los griegos que estaban al Sur tenían necesidad de las tropas involucradas en la defensa de las Termópilas.

     Pero había otras consideraciones. Leonidas y sus 300 hombres eran los primeros de todos los espartanos. Las leyes y costumbres de su ciudad natal les ordenaban triunfar o morir en los puestos que se les asignaran, cualquiera fuese la superioridad de los números del enemigo. Y hubo un oráculo, hecho conocido al principio de la invasión persa, que predijo que Esparta o un rey espartano debían caer en el inminente conflicto.

     Leonidas despidió a las tropas aliadas, a todas excepto los hombres de Tebas y Tespias. El resto de los peloponésicos, así como los focios y locrios, hicieron su camino a través de las colinas entre los ejércitos persas, para luchar otra vez otro día.

     La mañana siguiente, después de que Jerjes había vertido una libación al Sol naciente, sus hombres asaltaron las Termópilas desde ambos lados. Desdeñoso de sus propias vidas, Leonidas y sus hombres se levantaron para encontrar a los persas en el terreno abierto antes de la estrecha entrada al paso. Como seres divinos los espartanos barrieron hacia adelante, abriéndose paso por entre las filas de los enemigos. Una vez más ellos cobraron un gran número de víctimas, a medida que los oficiales persas conducían a sus hombres desde atrás, haciendo gran uso de sus látigos [Ibid., cap. CCXXIII].



     Los helenos lucharon con coraje impetuoso y con determinación implacable. Cuando sus lanzas se astillaron y rompieron, ellos lucharon con sus espadas. Leonidas cayó, y una lucha feroz arreció por el cuerpo del rey espartano. Cuatro veces los persas fueron rechazados, y muchos de sus líderes, incluyendo dos de los hermanos de Jerjes, fueron muertos [Ibid., caps. CCXXIV-CCXXV].

     Gradualmente los espartanos restantes, llevando al caído Leonidas, retrocedieron a una pequeña elevación dentro del paso. Allí ellos hicieron una última resistencia. Al lado de ellos lucharon los bravos ciudadanos de Tespias. Los tebanos se cubrieron con la desgracia al arrojar sus armas y rendirse abyectamente ante Jerjes [Ibid., cap. CCXXXIII].

     Después de una resistencia breve pero furiosa, los espartanos y los tespios fueron aniquilados por la abundante infantería persa. Cuando todo estuvo quieto, y Jerjes caminó entre los muertos en el campo de batalla que él había evitado hasta entonces, el Emperador persa fue lleno de cólera por la tenacidad que Leonidas había mostrado para frustrar su voluntad imperiosa. Él ordenó que el rey espartano fuera degollado, y que su cabeza fuera puesta en una estaca [Ibid., cap. CCXXXVIII].

     Una vez más Jerjes convocó a Demarato.

     "Demarato", comenzó él, "eres un hombre de bien. Todo lo que me has dicho ha resultado verdadero. Ahora dime, ¿cuántos hombres quedan de los lacedemonios, y son todos ellos guerreros tales como estos hombres caídos?".
     "Señor", replicó Demarato, "hay muchos hombres y ciudades en Lacedemonia. Pero le diré lo que usted realmente quiere saber: Esparta sola se jacta de ocho mil hombres. Todos ellos son los iguales de los hombres que lucharon aquí" [Ibid., cap. CCXXXIV].



     Cuando Jerjes oyó esto, palideció. La memoria de las palabras de Demarato debe haber estado mucho tiempo con él durante los meses siguientes, hasta que los compañeros espartanos de Leonidas lo vengaron en la culminante batalla de Platea y expulsaron a las hordas persas para siempre del suelo helénico.

     Los griegos erigieron varios monumentos en las Termópilas, que tenían inscripciones convenientes. Un león marcó el punto donde Leonidas pereció. Pero fue la piedra conmemorativa que los espartanos levantaron en memoria de sus 300 conciudadanos la que mejor evoca el espíritu de su gente. Con brevedad lacónica, dice:

     "Extranjero, si vas a Esparta, diles allí / que nos has visto yaciendo aquí, obedientes a sus leyes".–





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