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martes, 17 de octubre de 2017

Walther Darré - Sobre la Historia de la Nobleza Alemana



     Walther Darré (1895-1953), nacido en Argentina, ingeniero agrónomo, alto funcionario de la SS, ideólogo, ministro de Alimentos y Agricultura (1933-1942) y director de la Oficina de Raza y Reasentamiento durante la Alemania nacionalsocialista, publicó en 1930 su libro Neuadel aus Blut und Boden (Una Nueva Nobleza de Sangre y Suelo). De la traducción de esa obra en castellano (de Joaquín Bochaca) presentamos aquí con fines de ilustración su capítulo segundo, Historia de la Evolución de la Nobleza Alemana, donde da su visión de cómo era considerada la clase de los nobles en la antigua Germania, la revolución que significó la introducción del cristianismo, la contraposición de criterios entre la cultura romana y la germana, la nueva nobleza cristiana y el surgimiento del feudalismo, al que se le comenzó a dar fin con el surgimiento del Estado prusiano.


HISTORIA de la EVOLUCIÓN de la NOBLEZA ALEMANA
por Walther Darré, 1930



     «Una Nación que no conserva los vínculos de sus miembros vivos con sus ancestros está presta a debilitarse, tan seguro como el árbol al que han cortado sus raíces. Lo que fuimos ayer, aún lo somos hoy» (Heinrich von Sybel, Los Nobles en la Antigua Germania).


     La "Nobleza histórica alemana" no puede representar para nosotros el summum racial y la perfección del hombre alemán "germánico". Para ello hay numerosas razones. La opinión general es que nuestra Nobleza pagana germánica ha evolucionado, con el tiempo, en una Nobleza cristiana alemana, y que en la Edad Media la "Nobleza de Palacio", en su decadencia, se convirtió en la Alta Aristocracia alemana, cuyos últimos vestigios fueron enterrados en 1918.

     Esto presupone desconocer un hecho fundamental:

     La Nobleza de los germanos paganos y la de los germanos convertidos no tuvieron nada en común entre sí, en cuanto a su esencia y a sus concepciones sobre el estado nobiliario. Sin duda, una gran parte de la Nobleza pagana se incorporó a la nueva Nobleza de la Edad Media, pero eso no cambia nada. De hecho, la Nobleza medieval fue en muchos lugares amada y honrada, si no por derecho y abiertamente, por lo menos de hecho, como lo había sido la Nobleza pagana. Tiene razón V. Dungern [1] cuando afirma que esa Nobleza de la Edad Media fue el ideal de elevación y de concentración de la fuerza popular, pero ya veremos cómo esa alabanza no debe ser considerada sin restricciones.

[1] "Adelsherrschaft im Mittelalter" (Acción Dirigente de la Nobleza en la Edad Media), Múnich, 1927.

     La Nobleza de los germanos —como en gran parte, igualmente, la de los indo-germanos— reposaba sobre el reconocimiento del carácter hereditario de la desigualdad humana. Según los conceptos antiguos, los orígenes de esas desigualdades se remontaban a los antepasados divinos. Se creía que la sangre llevaba en sí los gérmenes esenciales del carácter del hombre, que las cualidades físicas e intelectuales se transmitían hereditariamente y que la sangre noble transmitía cualidades nobles. De este modo, se creía en la reencarnación del antepasado en su descendencia.

     La pureza de la sangre era preservada por leyes de selección de una lógica impresionante. "Las familias germánicas nobles podían ir disminuyendo, pero no se las podía completar, ni multiplicar" (Von Amira, Principios de Derecho Germánico). Así se explica la extinción sorprendentemente rápida de la Nobleza en ciertas tribus, en los tiempos de las grandes migraciones de los pueblos. No sabemos en qué se fundamentaba la frontera entre la Nobleza y los germanos libres; sin embargo podemos concebirla por nuestros recientes conocimientos sobre la doctrina de la herencia, suponiendo ahí una utilidad desde el punto de vista racial. El autor ha tratado esta cuestión con más detalle en su obra "Das Bauerntum als Lebensquell der Nordischen Rasse" (El Campesinado, Fuente Vital de la Raza Nórdica).

     La Nobleza germánica pagana agrupaba exclusivamente a las familias que se distinguían por la pureza de su descendencia. Entre la preciosa sangre de los germanos ellas eran las más nobles y las mejores; su mantenimiento y las leyes de su selección se justificaban moralmente por un concepto sagrado de los seres y del mundo. Los antiguos nobles germanos no gozaban de privilegios públicos, ni de derechos sobre los demás hombres de la tribu, ni se les concedía más que una prelación de hecho. Su influencia sólo se basaba en la consideración que el pueblo guardaba para con esas familias de élite. En toda la historia de la antigüedad alemana no encontramos ningún hecho material que pueda justificar esa diferencia entre el Noble y el hombre libre en los germanos, distinción basada únicamente sobre conceptos morales y sobre actos hereditarios. "A pesar de todo su amor por la libertad, el germano estaba orgulloso de sus familias nobles. No las consideraba con celos y envidia, sino con reconocimiento y veneración" (W. Arnold, Deutsche Urzeit, Los Tiempos Primitivos de Alemania [2]).

[2] Encontramos estos sentimientos en Inglaterra, donde las relaciones entre la Nobleza y el pueblo son similares a las de la antigua Germania (cf. Dibelius, England, Leipzig, 1929, vol. 1, p. 146): "En el sentimiento del pueblo inglés, la noción del valor de un jefe nacido en una familia antigua está tan profundamente arraigada, que todas las tentativas para implantar la moderna idea de la igualdad están destinadas al fracaso. Siempre es el candidato noble el elegido, el designado en primer lugar para ejercer toda función publica u ocupar todo lugar honorífico de la circunscripción". En los siguientes capítulos veremos que esa reputación de la Nobleza inglesa en medio de su pueblo no es debida al azar. Además del origen en gran parte germánico de la Nobleza inglesa, conviene no olvidar que, contrariamente a la alemana, ha sabido mantenerse aparte de ciertas corrientes de la evolución social.

     Los signos externos de la Nobleza, tales como la corona, el cetro, el trono y el manto real, son desconocidos en el germanismo. La famosa Corona de Hierro de los reyes lombardos no es más que una joya del siglo XV, hecha con los materiales de un brazalete de metal elaborado alrededor del año 900...

     «Fueron las grandes migraciones las que llevaron a los germanos, procedentes de Bizancio, y cada vez más, las ceremonias de Corte y las distinciones de rango. Los Emperadores de Constantinopla conferían a los príncipes germanos, sus aliados, "Cartas de Nobleza" que les concedían el título de "cónsul" o de "patricio', con los privilegios consiguientes, tales como llevar vestimenta de honor, o el derecho a ciertas fórmulas de cortesía que conllevaba el título. Al final fue para ganar influencia sobre sus súbditos de las antiguas provincias romanas que los príncipes germánicos aceptaron esas distinciones» (Otto Lauffer, Germanische Wiedererstehnung, El Renacimiento Germánico, Heidelberg, 1926).

     Suecia, país en que las costumbres de los antiguos germanos subsisten todavía en parte, ha conservado un recuerdo de ese antiguo concepto germánico, que se expresa por el hecho de que las más viejas familias nobles de ese país llevan apellidos modestos y que parecerían poco distinguidos a nuestra burguesía. Tales son los Ochsenstern (Estrellas de Buey, y no Ochsenstiern, Frente de Buey, como escribe Schiller), Schweinskopf (Cabeza de Cerdo), Silberschild (Coraza de Plata), Lorbeerzweig (Rama de Laurel), Adlerflug (Vuelo del Águila), o Ehrenwurzel (Raíz del Honor).

     Los germanos libres y los nobles se tuteaban tranquilamente. La costumbre romana de dirigirse a Sus Majestades los Reyes en tercera persona sólo se introdujo más tarde, para dejar paso a su vez a una etiqueta extranjera [3] impuesta por los Carolingios, etiqueta que se fue complicando en la Edad Media hasta alcanzar su apogeo en tiempo del absolutismo, para desaparecer en 1918... definitivamente, ¡esperémoslo!.

[3] Undeutsch, Extranjero (literalmente, no alemán). Ya en el siglo XVIII el término "deutsch", "thiodisk", de la raíz "thiod", "Volk" (Pueblo), era usado para designar a las tribus del interior de la Germania occidental. Fueron los celtas y los romanos, con exclusión de los germanos, quienes emplearon el nombre de "Germani".


EL CRISTIANISMO, REVOLUCIÓN SOCIAL

     La conversión de los germanos al cristianismo, es decir, a la doctrina de la adquisición de cualidades por la Unción, socavó las bases de la Nobleza germánica. No podemos imaginarnos la revolución moral que provocó esa conversión, ni tampoco la disgregación que provocó en las costumbres y en las leyes. En oposición absoluta con el concepto germánico de la desigualdad hereditaria entre los hombres, el cristianismo proclamaba el "azar del nacimiento", y elevaba a regla moral el precepto de la igualdad entre todos los seres de forma humana. El germano noble se había considerado hasta entonces como el guardián del orden divino, emanado de la fuerza, perpetuado en él, de los actos de su ancestro divino. A partir de entonces ya no podía extraer de su propio ser esa nobleza atribuída únicamente a su posición a la cabeza de la comunidad o de la tribu. La conversión al cristianismo le arrebataba definitivamente su personalidad propia sobre el terreno moral y su posición social en el pueblo, sin contar su concepción propia, y en cierto modo "filosófica", del mundo universal.

     El deber a cumplir en este mundo dejaba de tener relación alguna con las particularidades del nacimiento; pero lo que lo cambiaba todo fue el concepto del cumplimiento del deber moral, que se prolongó desde lo eterno hasta el presente, y desde el presente hasta el más allá. Partiendo de sus creencias paganas, el germano llevaba en sí una especie de ley divina a la cual subordinaba su existencia terrestre, y súbitamente todo eso dejaba de tener valor: ahora necesitaba ganar el más allá mediante una vida en este mundo conforme a las exigencias del dios cristiano... Su yo, su ser consciente, ya no debía su propio valor, basado en el cumplimiento de su deber, al conjunto de los miembros de su tribu, sino que debía merecerlo según un orden moral definido, consagrado y accesible a todos. Ya no sería juzgado sino sólo según la manera en que se preparara un lugar privilegiado en el otro mundo observando la doctrina cristiana. El valor propio del nacimiento noble era, así, ahogado antes de nacer: cada uno, en efecto, se convertía en el igual del Noble en esa carrera hacia la felicidad celestial, puesto que tal era entonces el deber moral de todos.

     La sumisión a esa idea dejaba el camino libre a la influencia de los no-nobles, y más tarde, en el caso de los Francos, de funcionarios vasallos con poder sobre los elementos nobles y libres de Germania, pues lo que habría sido una abominación para los germanos paganos se había convertido en algo natural al servicio de la Idea Cristiana. Por tal razón, al Norte de los Alpes la conversión de los germanos al cristianismo no fue en ninguna parte una cuestión de religión sino una pura medida de oportunismo político destinada a reforzar el poder Real.

     Afortunadamente, el sentimiento de los pueblos germanos era muy noble por naturaleza; el verdadero rasgo dominante de su carácter era un sentido muy seguro del orden de las cosas y una profunda aversión al desorden. Sin ello, la conversión al cristianismo habría podido producir fácilmente efectos de proporciones tales como las de hoy... el comunismo. En efecto, si el bolchevismo ha derribado en Rusia todas las nociones preexistentes de autoridad y de moral, el cristianismo lo había hecho antes que él, en los germanos. Por desgracia, es preciso constatar que el cristianismo tuvo en común con el bolchevismo la crueldad de los medios que empleó para implantarse; no obstante, conviene distinguir entre el cristianismo-Evangelio —la "buena nueva"— y el cristianismo utilitario, tal como lo emplearon ciertos reyes para llegar a sus fines egoístas bajo el manto de la moralidad [4].

[4] En el curso de la Historia colonial moderna, misioneros cristianos, a menudo inconscientemente, han servido a objetivos políticos que no han osado confesar oficialmente.

     Difícilmente puede imaginar el alemán de hoy la importancia de las consecuencias de esa conversión al cristianismo.

     Se le ha repetido tantas veces que ello fue un primer paso en el camino del progreso humano y que no hizo más que contribuír a la felicidad de los germanos, que le cuesta creer que no fue, en su origen, más que una medida política para servir el interés y la ambición de los reyes, y no una adhesión íntima y profunda a una concepción superior de la Divinidad.


LA LUCHA DE LOS PRÍNCIPES GERMANOS Y ROMANOS

     Es preciso, en primer lugar, examinar la situación del antiguo germano ante el Estado. Ciertamente, no tenía un concepto claro del Estado, tal como lo entendemos desde el antiguo Imperio Romano, pero su vida de campesino le proporcionaba ciertas nociones simples sobre la comunidad, el pueblo y las alianzas de pueblos, así como las relaciones de esos grupos en un orden centralizado.

     Concentraciones de ese tipo nacen cada día por necesidades de la vida corriente. Sus atribuciones y su actividad, especialmente en el terreno de las creencias, han sido subordinadas a los vínculos de parentescos entre las tribus y los pueblos, y además respondían a condiciones locales particulares, y, en última instancia, a la autoridad de un reducido número de jefes y de reyes. El punto capital era que las órdenes emanadas de una autoridad superior eran raras, de poca amplitud y de una aplicación limitada, aparte de algunos casos excepcionales; en cambio, el padre de familia —único miembro soberano en la asamblea llamada Thing, a título de poseedor de tierras y no simplemente de hombre libre— era el verdadero depositario del pensamiento de esa formación emanada del pueblo. Por eso mismo, su voluntad era la de la familia, desde donde se prolongaba hasta el consejo comunal y la asamblea del país. El era el "portador" de ese pensamiento familiar, que se propaga exclusivamente desde abajo hasta arriba.

     La edificación del orden social se hace así, igualmente, de abajo hacia arriba, y son las concepciones agrarias de los germanos de la época de la auto-administración las que se hallan en su base. Depende de una multitud de autoridades inferiores; de hecho, los jefes de cada aldea. En esa auto-administración pura, cada uno era jefe, jefe-delegado de los suyos, fuere cual fuese su origen, pero nadie disponía de una autoridad de derecho sobre los demás, clase de mando desconocido en la auto-administración. Ni por sí mismo, ni por sus funciones, ejercía el jefe una dictadura de derecho, tal como el César en la antigua Roma.

     Cada jefe era pues, como es lógico, responsable ante sus compañeros y ante el mismo pueblo, y los campesinos germanos no temieron, cuando lo exigieron las circunstancias, cortar la cabeza de sus reyes. Los jefes y los reyes de Germania eran lo que hoy llamaríamos apoderados revocables, más que reyes en el sentido en que lo entiende la historia de Alemania. Así, el rey no tenía súbditos sino iguales que lo habían investido de unas misiones y de los poderes necesarios para el cumplimiento de tales misiones. En consecuencia el rey podía, en virtud de las responsabilidades que aceptaba, usar de sus poderes sin consultar a nadie.

     Lo que daba fuerza a esa organización era que los derechos del germano estaban salvaguardados, tanto en la vida pública como en la privada. En la Edad Media, ese sistema fue englobado y neutralizado por la "razón de Estado", y es por su reinstauración que luchamos, inconscientemente, desde el barón (Karl) von Stein [1757-1831].

     En cambio, a esa formación le faltaba una figura tangible: no era lo que llamamos en Estado soberano, y le faltaban fronteras de Estado. En eso radicaba su debilidad: no tenía ninguna fuerza de expansión; en el interior, se justicia era satisfactoria, así como el ejercicio de las artes y los oficios, pero toda actividad exterior carecía de objetivos, era vacilante y muy a menudo sólo dependía de la mayor o menor personalidad del jefe.

     Esa concepción germánica de la concentración de los grupos étnicos unidos alrededor de un jefe se oponía a toda colusión con el Imperio Romano y su noción de la posición del individuo en el Estado, heredada de la antigua Roma. En sus orígenes, ciertamente, Roma se había dotado de cargos públicos reservados a los patricios, que se parecían más o menos a las instituciones germánicas, pero, después de la caída de Cartago, cambió sus leyes orgánicas. Los funcionarios ya no se sintieron responsables ante el pueblo soberano y evolucionaron lenta e  imperceptiblemente bajo la influencia de los ciudadanos opulentos convertidos en un poder dentro del Estado. Éstos, verdaderos dueños, adquirieron una autoridad independiente, y el cuerpo de dignatarios, aún cuando reclutado todavía durante mucho tiempo entre las viejas familias romanas, se transformó en una herramienta al servicio de los plutócratas.

     Fue después de la muerte de César, cuando el pueblo empezó a divinizarlo y a venerarlo a la manera asiática, que esa transformación llegó a ser evidente. Ese culto habría sido algo inaudito en la antigua República y demuestra que el pueblo había abandonado totalmente los usos y costumbres de la antigua Roma y había aceptado la idea de una dictadura incondicional. El camino estaba bien marcado, y Augusto se internó en él: transformó Roma en un Estado dirigido de arriba hacia abajo, basado en principio en los derechos del individuo, pero destinado de hecho a someter a las naciones. El resultado principal fue la soldadura de la cuenca mediterránea en una especie de unidad económica.

     Las leyes económicas que, bajo la influencia de las potencias del dinero, se confundieron cada vez más con las del Estado, debían, evidentemente, acabar triunfando sobre la libertad individual de los ciudadanos. El resultado fue un Imperio gestionado, en cuanto a la economía interior y al poder político, por instituciones utilitarias, con fronteras más o menos flotantes. No cabe duda de que el Imperio de los Césares había casi totalmente llevado a cabo el objetivo de las aspiraciones del mundo moderno: la economía mundial internacional, ya que la cuenca mediterránea era, para sus ribereños, la totalidad del mundo conocido. Sin embargo, humanamente, el Imperio romano sólo reposaba sobre un caos de pueblos.

     Podemos pues afirmar, sin temor, que cuando Roma atacó las Galias fue para apropiarse de sus riquezas, y desarrolló su conquista por la necesidad de hacerlas entrar en su unidad económica que se extendía desde el Atlántico hasta Oriente. Fue en tiempos de Augusto cuando se ultimó esa evolución, perfectamente comprensible desde el punto de vista histórico. Las tribus galas, por sus características raciales y su particularismo, rehusaban someterse a la voluntad imperial. Es digno de tener en cuenta que Augusto, con una serie de medidas que sería ocioso exponer aquí, se basó en las afinidades raciales para tratar de unificar las Galias. Para cubrir al Este la frontera de las Galias, intentó con los germanos una operación de englobamiento similar, que fue un fracaso. El gobernador Varo, que había tenido una educación oriental y había sido destinado a Germania, intentó hacer entrar por la fuerza a los germanos en el plan tributario en vigor en el resto del Imperio Romano, pero sólo consiguió la famosa sublevación del año noveno d.C. y el desastre de la selva de Teutoburg, que puso fin durante siglos a esas tentativas de penetración romana.

     El Imperio Romano fue, pues, una realización perfecta, basada en la medida de lo posible en las leyes materiales de la economía que regían, por otra parte, su organismo interno. Pero precisamente por esto el hombre sólo participaba en un papel insignificante, y las leyes de la sangre eran ignoradas. Sólo eran tomadas en consideración el día en que afectaban a la concepción romana del Estado.

     No obstante, ese Imperio, a pesar del poco caso que hacía de la dignidad y de la libertad del hombre, reposaba sobre la noción aceptada de la desigualdad entre los hombres. Sin duda, ya no era, como antes, una especie de "origen divino" lo que perpetuaba en el pueblo la adoración de las familias patricias, sino que la riqueza, la fortuna material, creaban entre los ciudadanos una desigualdad que se transmitía de padres a hijos por la herencia y la transmisión de bienes. A pesar de la profunda inmoralidad de su constitución, ese Imperio de los Césares permaneció invicto mientras persistió en él esa noción de la desigualdad hereditaria: tal es el motivo de por qué el cristianismo desencadenó su hundimiento.

     La época de esa decadencia puede situarse entre los años 235 y 285 d.C. Ferrero lo ha demostrado recientemente en su notable estudio "Untergang der Zivilisation des Altertums" (Decadencia de la Civilización Antigua, Stuttgart, 1923). Según Ferrero,

     «La civilización griega, igual que la latina, reposaba en los principios aristocráticos fundamentales de dos desigualdades igualmente inevitables, necesarias y queridas por los Dioses: la desigualdad de los pueblos y la desigualdad de las clases sociales... En los territorios de cultura griega y latina los gobiernos se basaban en el principio aristocrático del privilegio hereditario de una oligarquía restringida, pero apta para gobernar... jamás Roma fue gobernada "democráticamente", ni siquiera en las épocas más agitadas de la República. Los mismísimos amos del Imperio Romano, hasta Caracalla —es decir, hasta comienzos del siglo III, cien años antes de Diocleciano— se hacían aún elegir, en tanto que selección aristocrática, en el seno de una aristocracia. La casta de los senadores y de los caballeros detentaba, por privilegio, todas las funciones importantes. Constituían una selección entre los "ciudadanos romanos" que, por su parte, nobles o plebeyos, pobres o ricos, instruídos o iletrados, constituían a su vez, todos en bloque, una segunda selección entre la población total del Imperio; selección que, si gozaba de privilegios importantes, estaba, en contrapartida, sometida a leyes severas.

     «La civilización greco-latina reposaba por consiguiente en la fuerza de la selección, y ésta reposaba a su vez sobre el principio de que los hombres, como los pueblos, son desiguales en cuanto a su ser moral. El cristianismo resquebrajó las bases de la estructura aristocrática de la civilización antigua, con su doctrina según la cual todos los hombres son iguales en tanto que hijos de un mismo Dios».

     Hasta el siglo III d.C. no hay ningún antagonismo entre las teorías romana y germana de la desigualdad hereditaria y querida por Dios en la especie humana. Pero los germanos y los romanos difieren a partir de ese momento, de la manera más absoluta, en cuanto a sus teorías sobre el estatuto del ciudadano con relación al conjunto de su pueblo, y el estatuto del ciudadano en el Imperio.

     En el siglo III, por razones de debilidad interna, el Imperio Romano empieza a derrumbarse. Bajo el impulso de las hordas nómadas asiáticas, las tribus de cultivadores germanos, hasta entonces estables, franquean la frontera del Imperio Romano, en el momento exacto en que éste ya no está en posición de defenderlas. Históricamente, es inexacto que haya habido una conquista: la conquista implica la voluntad previa de atacar a un país con objeto de someterlo. Nunca se encuentra esta intención en los germanos —salvo en el caso de la invasión del Piamonte por los lombardos en el siglo VI—, pero todos esos pueblos germanos emigraban, en busca de tierras en que establecerse.

     Esos germanos estaban de acuerdo en servir al Imperio romano, con tal de que se les permitiera vivir a su guisa en las tierras que se les atribuyeran, pero el Derecho Germánico y el antiguo Derecho Romano eran tan inconciliables como el agua y el fuego. Es en esa época donde se sitúa la gran perturbación conocida con el término "Era de las Grandes Migraciones", por el hecho de que los germanos intentaban en vano instalarse en el seno del Imperio romano, sin poder mantenerse en él. Unos, como los vándalos, fueron a desaparecer en África; otros, como los visigodos, atravesaron Italia para desviarse hacia España, refugiándose así en el rincón más remoto del Imperio. Sólo en la Galia los Francos se asentaron total y definitivamente.

     Allí fue, donde, más tarde, debían enfrentarse los antagonismos irreconciliables del Derecho Germano y del Derecho Romano, y entre el concepto romano del Estado y la manera de vivir germánica, lucha que se eternizó durante siglos hasta el día en que Napoleón I decidió imponer, definitivamente, el Derecho Romano en la administración francesa.

     Pero con su Derecho, los Francos aportaron primero a la Galia la libertad individual; dieron el gusto de la libertad y de la dignidad humana al pueblo avasallado y oprimido, que se encenagaba en las marismas de la civilización romana [5].

[5] "Para juzgarla estrictamente, según sus propios principios, la Revolución francesa fue una contradicción de la Historia mundial. Luis XIV había establecido en Francia la monarquía absoluta, y con razón se puede considerar a esa monarquía transformada como una reacción galo-romana contra el elemento germánico todavía predominante en Francia, como un aniquilamiento de las viejas libertades Francas y de la representación de las diversas clases de la Nación, una vuelta al despotismo romano tal como se había aclimatado en la Galia en el curso de los cinco siglos que van de César a Clodoveo". Así se expresa H. von Moltke (Die Westiche Grenzfrage, La Cuestión de las Fronteras Occidentales). Fue contra ese despotismo que se sublevó en 1789 el pueblo francés. Reclamaba la garantía del estatuto de los viejos Francos, de los viejos borgoñones, es decir, de los antiguos germanos de las agrupaciones primitivas, de los grupos convocados por el bando, de los pueblos unidos para formar el Imperio. Pero es una ironía de la Historia ver a ese mismo pueblo francés, entonces todavía germánico en su mayor parte, luchar contra la Nobleza de pelo rubio y ojos azules; ver al revolucionario francés enorgullecerse de rechazar al germanismo hacia los bosques del Este y no dudando en mandar al cadalso a todo hombre de ojos azules y pelo rubio, incluso sin que fuera noble. El revolucionario se jactaba de ser el heredero y el guardián de las libertades romanas, pero eso no le impedía exigir de su Nobleza germánica por la sangre, aunque romanizada, el retorno a las instituciones germánicas. Eso era plantear la cuestión exactamente al revés.

     Los Francos, por su parte, tenían mucho que aprender. En la zona Sur de sus posesiones, allí donde la colonización campesina Franca no había podido implantarse y donde los Francos ya no dominaban la propiedad de bienes raíces, las instituciones romanas habían, más o menos, sobrevivido. Los Francos tuvieron así la oportunidad de constatar, en sus propios dominios, la utilidad de esas instituciones.

     Comprendieron que el Derecho Germánico, perfecto para valorar la personalidad del individuo, era menos fácil de utilizar para dirigir y administrar un Estado según las leyes de una administración organizada. Mientras que la auto-administración Franca reinaba sobre una parte de la Galia, la administración romana conservaba, por otra parte, su autoridad. Los dirigentes Francos tuvieron pues la oportunidad, pacífica, de disciplinarse en los métodos romanos de administración y de gobierno, y apreciaron la utilidad de las instituciones romanas, medio excelente para hacer del conjunto de los Francos —simple aglomeración de ciudadanos— un reino independiente.

     En el nuevo tipo de Estado así creado, el rey de los Francos, recibiendo su "cargo" de los Francos, sus iguales según las bases del Derecho Franco, encontró práctico dar libre curso a sus aspiraciones hacia una ampliación de su poder, y también, tal vez, de sus ambiciones, sobre la base del Derecho Romano de sus otros súbditos. Fueron de esa manera los principios políticos del Derecho galo-romano los que más firmemente sostuvieron los privilegios de los reyes Francos, lo que explica la tendencia de esos reyes a apoyarse en ese Derecho. Ahora bien, el cristianismo, religión de Estado del Imperio romano, se confundía en aquella época con la concepción romana del Estado y del Derecho; por tal razón Clodoveo, convirtiéndose junto con un cierto número de sus Nobles, no disminuyó en absoluto su reino ni su autoridad germánicas.

     Los Francos no pensaron, al principio, en seguir ese ejemplo, y debieron transcurrir todavía siglos para llegar a las conversiones masivas. Pero como el sistema Franco de auto-administración, con su función Real delegada por el pueblo, no podía transformarse en autocracia más que utilizando, a partir de entonces, un cuerpo de funcionarios exclusivamente sometidos al rey, era preciso adoptar, obligatoriamente, una nueva concepción ideológica como base de esa revolución. La lógica ordenaba pues a los reyes Francos a encaminar todos sus esfuerzos a la propagación del cristianismo e impulsar con todas sus fuerzas la conversión.

     Cuando todos los Francos se hubieron convertido en cristianos, su rey pudo, inmediatamente, gobernarlos con funcionarios de su elección dependiendo sólo de su autoridad, fueran o no tales funcionarios Francos libres de origen. Al final de esa evolución encontramos al rey de los Francos que sería más famoso: ¡Carlomagno, el asesino de sajones!. Aunque no descendiera de una familia germana noble, reinó con puño de hierro gracias a sus devotos sicarios. Con él, la concepción romana del Imperio y del Estado se instauró, por primera vez, en una tierra puramente germánica y logró mantenerse en ella.

     Las tendencias políticas y religiosas colaboraron en esa evolución de la realeza Franca; favorecieron la eclosión de una Nobleza Franca cristiana, casi totalmente distinta de la de los Francos paganos, que debería desempeñar un papel de primer orden en la historia de Alemania. Esa colaboración es tan evidente por parte del catolicismo que no podemos dejar de citar al Dr. Eulen Mack, "Kirche, Adel und Volk" (Iglesia, Nobleza y Pueblo, Wolfegg, 1921):

     «En el año 743, exactamente cien años antes del Tratado de Verdún, nos encontramos ante un momento crucial en la historia de la Iglesia y de los Francos. El organizador de la Iglesia en Alemania, Bonifacio, estaba manos a la obra. Pipino, el administrador de palacio de los merovingios, que sostenía con su política la acción de Bonifacio, entronizó, después del interregno de 737 hasta 743, a Childerico III, el último de los merovingios. Si el Estado se encontraba un día en dificultades, la Iglesia lo apoyaba, y recíprocamente; ambos trabajaban en íntima colaboración. Sobre tales bases tomó posición la Iglesia. En el Sínodo de Liftinâ (Estinnes), en el Hennegau, donde se reunieron la nobleza eclesiástica y la nobleza laica, se decidió que los bienes de la Iglesia, secularizados por Carlos Martel, administrador del palacio, desde el año 714 hasta el 741, le serían restituídos. En caso de imposibilidad material, debían continuar en manos de su poseedor a título de "precario", es decir, que ese colono debía pagar anualmente un alquiler, y a su muerte la propiedad volvería a la Iglesia. Fue el origen del feudalismo e igualmente, sin duda, el de los feudos ligios [de vasallaje] y de los bienes inalienables. La Iglesia inauguró el sistema de las prebendas aplicado en gran escala. Fue la primera en gravar las tierras y el suelo, de entrada por su cuenta personal, y luego, creando un tipo de propiedad que, por su evolución, condujo al feudo y al mayorazgo (bienes raíces inalienables). Fue un gobierno para los gobiernos sucesivos [6]. Grandes propietarias agrarias, la Iglesia y la Nobleza concluyeron un estrecho pacto, que continuó en vigor hasta la secularización en 1803».

[6] Esto podría ser mal interpretado: La Iglesia no fue la primera en "ligar" la tierra y el suelo; ya lo estaban con los germanos, como más adelante expondremos; pero sí fue la Iglesia quien, en primer lugar, empezó a proveer de propiedades temporalmente alienadas a familias habilitadas por ella, en virtud del sistema de la prebenda. Implantaba así su influencia en el país, al mismo tiempo que mantenía bajo su dependencia a las familias en cuestión. Entonces era la propiedad agraria la que representaba el poderío económico, y luego político, y así, con toda razón, Macke escribió: «El Papado no habría podido alcanzar tal poder si no hubiera dispuesto a la vez de una fuerza económica y política. Esta última procedía de sus imponentes propiedades agrarias en el marco del Estado, propiedades legadas a la Iglesia por Pipino, padre de Carlomagno. Dos años después de la muerte de Bonifacio, que fue el más grande arzobispo de Maguncia, Pipino, en 756, cedió al Papado la Pentápolis y el Exarcado de Rávena. Fundaba así el poder temporal y el "Mayorazgo" de San Pedro, al hacer depositar sobre su sepulcro las llaves de las ciudades conquistadas. A partir de ese momento, y hasta la proclamación definitiva del dogma de la Infalibilidad pontifical y del reino de la Iglesia sobre todos los pueblos del mundo en que el Papado es soberano por las costumbres y las creencias cuando habla ex-cathedra, esa creación del poder temporal fue el hecho capital en la historia de la Iglesia».


LA NOBLEZA CRISTIANA

     La verdadera Nobleza cristiana de Alemania data del año 496, fecha de la conversión de Clodoveo y de sus nobles. A partir de esa fecha ya no fue el rey quien obtuvo la conversión de los Francos, sino extranjeros, romanos transalpinos o anglosajones, como Willibrod y Winfried-Boniface, trabajando en estrecha vinculación con Roma y difundiendo, al mismo tiempo que su religión, los principios del derecho no-germánico. Ellos fueron quienes impulsaron a los reyes Francos a adoptar determinadas concepciones romanas sobre la autoridad, para consolidar su propio poder. Desde entonces, la concepción romana y la concepción cristiana cooperaron en nuestra historia para hacer del rey elegido por sus pares un autócrata, y por hacer de su misma persona una "fuente de Derecho". A partir de ahí, el antiguo compañero del rey, antaño su igual, se convirtió en su súbdito, y la monarquía germana reemplazó a la democracia.

     Ya había vía libre para la investidura Real de los funcionarios, que hasta entonces habían surgido, por su simple valor personal, de la auto-administración de la comunidad. Así, un cuerpo de funcionarios extranjeros al pueblo por su sangre se superpuso al mismo, y dominó a la masa de los germanos libres y nobles. Es de ese cuerpo de funcionarios Francos de donde salió la mayor parte de la Nobleza alemana.

     Al principio de la Edad Media, esa Nobleza es difícil de apreciar desde el punto de vista racial. Diversos indicios parecen indicar que haya tenido aportaciones de sangre no-nórdica, a causa de los carolingios y de sus funcionarios. Giesebrecht, en su "Historia del Período Imperial Alemán", nos presenta así a Giselbert, duque de Lorena, que vivió hacia 921:

     «El lorenés pasaba por ambicioso, ávido, al mismo tiempo que inestable y pendenciero, y cambiaba frecuentemente de soberano y de campo cuando le convenía. Se le describía como un hombre bajo y rechoncho, de una fuerza hercúlea, con unos ojos tan móviles que nadie podía distinguir su color. Su lenguaje era breve y cortante, y se expresaba de manera complicada y con respuestas obscuras y ambiguas».

     ¡Unos rasgos que nada tienen de germánicos!.

     La dominación Franca fue tan total que, en ninguna tribu, la antigua Nobleza germánica llegó a situarse del todo en los cuadros de la Nobleza cristiana de la Alta Edad Medía. La antigua Nobleza pagana, empero, pudo subsistir; quedan rastros en la sangre de los frisones, donde Von Amira ha podido detectarlos en algunas familias de jefes.

     A causa de su conquista, los sajones fueron los primeros en hacer entrar a su antigua Nobleza en la de la Edad Medía. Sus viejos Nobles habían muerto casi todos en las matanzas de Verden-sur-Aller, y con ocasión de la dispersión de las familias ordenada por Carlomagno. Sin embargo es falso, como se afirma hoy, que Carlomagno hubiera hecho matar a los Nobles por millares para saciar su odio de hombre de raza inferior: el Emperador era demasiado hombre de Estado y demasiado calculador para dejarse arrastrar a la comisión de un acto tan desconsiderado. La verdad es que, para extender su dominación sobre los sajones, se veía obligado a substituír el paganismo por el cristianismo, única manera de justificar la introducción en Sajonia de sus funcionarios no-sajones.

     Ahora bien, en los sajones el paganismo formaba parte integrante de la Nobleza, es decir, que mientras perdurara la Nobleza sajona, el sajón libre continuaría siendo pagano, pues su concepción de la Nobleza y la del cristianismo se excluían mutuamente. La posición de los condes Francos no sería segura mientras subsistiera esa Nobleza sajona, pues también ahí ambas posturas se excluían mutuamente, y la sola fuerza de las armas era impotente para subyugar al valeroso pueblo sajón. La situación llegó a alcanzar una gravedad tan aguda que uno de los dos, Carlomagno o la Nobleza sajona, debía ceder su lugar al otro.

     En el Norte de Alemania el paganismo se mantenía con el mismo vigor que en Sajonia; si los Nobles sajones se hubieran refugiado allí, su influencia se habría ejercido con tanto más vigor sobre los sajones libres que hubieran permanecido en Sajonia. La Historia nos muestra numerosos casos de ese poder de los proscritos. El sueco Almquist Westervick ha demostrado el fracaso de las tentativas de Carlomagno para apoderarse del Báltico pagano (cf. Archivos Biológicos de las Razas y las Sociedades, vol. 19, p. 148). Impulsado por esos acontecimientos, Carlomagno debió decidirse a aniquilar a la Nobleza sajona, tal como Alejandro cortara el nudo gordiano. Wilhelm Teudt-Detmold ha demostrado (Karl, Westfrankenskönig, Romischer Kaiser, Carlomagno, rey de los Francos del Oeste, Emperador Romano) que esa matanza de 4.500 Nobles sajones no se llevó a cabo en Verden, solapadamente y a escondidas, sino en virtud de la Razón de Estado, debido a las circunstancias y ante la amenaza de que la Nobleza sajona se refugiara en el Norte pagano. Se puede atribuír esa matanza a los celos de un hombre de cuna inferior, pero no se debe olvidar que estuvo igualmente motivado por su concepción, muy realista, de las necesidades del Estado, aunque para nosotros, alemanes, eso no sea una excusa.

     En esa lucha entre el estatuto romano y el estatuto germánico, Carlomagno, lejos de representar a los germanos, trató de introducir en Germania el espíritu romano. Esto sólo ya demuestra que él no pudo ser de origen totalmente germánico, y que adolecía de la comprensión de la Nobleza germana, a causa de su herencia. Neckel, en su "Civilización de los Antiguos Germanos", llama la atención sobre ese hecho, y sub-raya cuán buen alumno fue Carlomagno de sus profesores romanos.

     La jornada de Verden es una fecha decisiva para la historia de la Nobleza alemana. Es la culminación de la evolución iniciada por la conversión de Clodoveo el año 496. A partir de Verden (782), se ve reinar en Alemania a una Nobleza cristiana emanada, en gran parte, de la aristocracia Franca de los funcionarios, dudosa en cuanto a la pureza de su sangre alemana, y que sólo fue depurada y completada a partir del reinado de Enrique I. Pero esa Nobleza cristiana, contrariamente a la que la había precedido, ya no desempeña en el pueblo su papel director. Es totalmente diferente; no es más que una capa nueva superpuesta al pueblo alemán, que no llegará a fusionarse con él hasta la época de las Cruzadas.

     La Nobleza alemana se formó en la Edad Media, bajo la dependencia directa de los reinos del Norte y del Noroeste de Europa, ellos mismos en plena evolución. Así es cómo se separó de la vieja Nobleza germánica, y es también una razón de la supervivencia de esta última y de la autoridad que retuvo sobre el pueblo en proporción inversa al éxito del cristianismo en las tribus. Sería posible trazar una curva que, partiendo de Francia, se perdería en el Norte. También los fundadores de monarquías, como Erich Emundssohn, en el siglo X, tuvieron dificultades en alcanzar el éxito. Mantuvieron, es cierto, su monarquía cristiana, pero les fue imposible convertir a sus pueblos en súbditos. Eso explica en Suecia, hasta nuestros días, la supervivencia, en ciertos puntos, de la antigua concepción de la Nobleza.

     En los países alemanes, a principios del siglo X, la independencia de los germanos libres recibió un duro golpe. Era la época de la decadencia del Imperio Franco del Este, antes de que Enrique I hubiera reformado sus estructuras con dureza pero también con clarividencia. Pocos germanos, en esa época, eran bastante fuertes para defender ellos mismos su herencia contra los enemigos del interior o del exterior. Quien era incapaz de ello, se veía forzado a ponerse al servicio de un amo poderoso, eclesiástico o laico. Los campos de los germanos libres del pueblo se habían vuelto estériles por las malas cosechas o por las invasiones húngaras, mientras que había que tomar constantemente las armas para defender al país. Muchos de ellos se veían también obligados a comprar a ese precio su protección y su seguridad. Al principio, los hombres libres conservaron su libertad, pero ésta ya no tenía para ellos el mismo valor, puesto que habían perdido los medios de defenderse contra sus protectores. Así, fácilmente, se convirtieron luego en arrendatarios sujetos al impuesto, lo que representaba entonces una verdadera servidumbre. De tal modo, eran excluídos de las jurisdicciones germánicas (el Thing, o tribunal de los hombres libres), y caían bajo el derecho curial de sus amos.

     Fue entonces cuando los germanos libres de Alemania empezaron a dividirse en dos masas principales. Hubo pronto la clase de los campesinos, compuesta de súbditos y agobiados por los impuestos, y la clase guerrera de dirigentes que se esforzaba en acaparar todo el poder. En todas partes se crearon nuevas obligaciones de servidumbre para ir recortando la vieja libertad popular. En algunas comarcas (altos valles alpinos, landas de Frisia, aldeas aisladas de Westfalia) sobrevivió un tipo de tribu de pequeños y medianos campesinos, tal como ha ocurrido, por ejemplo, en Escandinavia a través de toda la Historia. Pero, en general, el número de hombres libres cultivando y protegiendo ellos mismos sus propiedades tendía a decrecer. Ya no tienen sus tierras por "la gracia divina y el derecho de ser libres bajo el cielo"; ahora es el señor feudal quien decide si el caballo de raza debe ser ensillado para el servicio del amo o si el rocín debe ser enganchado al carro. Aunque el derecho del señor feudal sólo se había implantado desde hacía un siglo, contribuyó mucho al hundimiento del antiguo estatuto comunal. Si recordamos por un momento las palabras que cita Mack: "Iglesia, Nobleza y Pueblo", comprenderemos fácilmente por qué sucedió así.

     Hay que añadir a esto que los individuos capaces de conservar el honor de sus armas y la libertad personal eran, generalmente, destinados al servicio de la Corte y ya no intervenían en la actividad  campesina propiamente dicha. El servicio de vasallo conllevaba un buen salario; procuraba riqueza y honores. Se concedían feudos y el reparto del botín recompensaba a los más valientes. Aunque los feudos no fueran hereditarios en esa época, garantizaban una holgura honorable. Fueron ganando en importancia cuando las incesantes hostilidades situaron en primer plano a los hombres de valor. Está claro que fueron, sobre todo, los mejores elementos quienes se esforzaron en entrar en servicio como vasallos, y que la ruptura con el campesinado libre se hizo cada vez más tajante.

     El desarrollo de la clase de los siervos, sujetos al manejo de las armas, se oponía también a la conservación de la autoridad del campesinado. En la medida que se fue haciendo corriente y obligatorio que los poderosos señores se rodearan de siervos armados no libres, se formó un "séquito" del Señor entre esos hombres constantemente en servicio armado. Esos servidores —los "ministeriales"— fueron pronto los iguales de los vasallos, lo que, al mejorar su posición, debía naturalmente aumentar las diferencias entre vasallos y campesinos.

     Esa evolución alcanzó su apogeo en el siglo XI. Con el Emperador Otto III, hijo de una Noble griega, se pusieron las bases de un Imperio Occidental que debía igualar al de Bizancio, por lo menos en sus aspiraciones. Ese Imperio era una repetición del de Carlomagno, "el asesino de Sajones", pues colocó, como él, al Emperador en el centro de toda clase de poderes. Así es cómo se estableció una dominación independiente de la de los príncipes, que continuaba siendo limitada, según las costumbres inmemoriales de Germania... y recordando al antiguo Imperio Romano Bizantino, aunque sin llegar a igualar su verdadera estructura. Hay que recordar que el vocablo "Emperador" no es más que el nombre del fundador del despotismo romano, es decir, de Julio César, cuyo nombre se pronuncia como nuestro "Kaiser".

     El Imperio de la Alta Edad Media era un Estado militar al mismo tiempo que eclesiástico. Es fácil de comprender en vista del vínculo que hemos expuesto de las tres nociones: Iglesia, Nobleza y Poder. Ese Imperio saca su fuerza tanto del valeroso brazo de los vasallos que llevan la espada como del poder espiritual de la Iglesia, que establece un estrecho vínculo entre el Imperio y Roma... lo que es absolutamente imposible de considerar como una bendición para nuestro pueblo. Es igualmente falso creer que ese Imperio fue idéntico a la autocracia de los siglos posteriores del absolutismo, pues la estructura de la autoridad en el Estado se basaba, a pesar de todo, en el viejo principio germánico según el cual cada hombre enteramente libre, propietario agrario, tenía un papel a desempeñar.

     Pero esta estructura presentó una solución de continuidad debido a la introducción de un poder dispuesto a elevarse por encima de ese viejo principio, a pesar de que no llegara a alcanzar totalmente su objetivo. Observemos, de paso, que ese Imperio basado en el vasallaje y en la Iglesia se parecía mucho a ciertas formas de dominación de los nómadas guerreros que, como se sabe, hacían un dogma del reinado de la espada y de la fuerza y cuyas instituciones y jefes, lejos de servir para elevar o sostener las fuerzas del pueblo, lo explotaban y sometían sin piedad.

     En el siglo XI Alemania padeció violentos disturbios. Toda la vida de ese tiempo recibió una nueva orientación, debido a la omnipotencia con la que aparecían las nociones de feudalismo favorecidas por el Emperador y por la Iglesia. La libertad de los impotentes súbditos estaba en decadencia en casi todas partes, lo que era natural, toda vez que éstos eran refractarios a la asimilación, mientras que el poder se encontraba del lado del Emperador. Se vio cómo la dominación eclesiástica y la laica se repartían las viejas comunidades cuyo estatuto se disgregaba. Los hombres libres de antaño se convirtieron en súbditos de los obispos, de los abades y de los condes. Sólo una minoría de hombres libres del Imperio consiguió resistir. A partir de entonces el honor de las armas, el servicio de caballero y el rango en el ejército del Imperio determinaban la clase, y no, como antaño, el hecho de haber nacido libre.

     Ya en 1024, en la coronación de Conrado II en Maguncia, la jerarquía feudal determinó también las prelaciones que en el momento de prestar juramento al rey, algunos hombres libres, aunque carentes de feudo, se vieron relegados al último rango, es decir, detrás de los vasallos, o sea detrás de los simples soldados.

     Los obispos y los abades, los condes y los señores, llevan a cabo en esa época la construcción de castillos-fortalezas desde los cuales, bien protegidos, podrán defenderse contra vecinos belicosos y mantener a los campesinos en servidumbre. En su libro "El Campesinado, Fuente Vital de la Raza Nórdica", el autor [Walther Darré] ha expuesto el carácter nómada, y no germánico, de ese sistema de castillos-fortaleza importado en Alemania.

     Mencionemos también que la evolución independiente de la vida ciudadana comenzó en esa época. El ciudadano se distinguió muy pronto más y más del campesino y lo consideró con desprecio.

     Así es cómo empezaron en Alemania esos siglos de nuestra historia en los que se tuvo al trabajo de la tierra, de la manera más absoluta, como indigno de un hombre libre. Era inevitable que la Nobleza y el campesinado se enfrentaran pronto como irreductibles enemigos; ya no quedaba casi nada de la antigua unión de la Nobleza y del campesino, de la asociación de la espada y del arado, bases de todo germanismo.


LA CASTA FEUDAL

     La Nobleza, como casta organizada, sólo aparece realmente en nuestra patria en el siglo X. Hay que buscar su origen en las contribuciones y los pillajes impuestos por los húngaros nómadas de las llanuras del Danubio, en ocasión de las incursiones a gran distancia que se libraban periódicamente en Alemania. La pesada formación de combate de los germanos libres no era la más adecuada para resistir a los súbitos ataques de ese pueblo de rápidos jinetes, hasta el punto de que los sajones sólo consideraban digno del hombre libre al soldado de a pie.

     Tomando ejemplo de la caballería Franca, cuya institución se remonta también a los enfrentamientos con los árabes nómadas que invadieron el Sudoeste de Francia, el Rey Enrique I reclutó entre sus infantes sajones y las tropas del resto de Alemania un cuerpo de caballería, que no tardó en igualar a la caballería húngara.

     Pero Enrique I creaba así una formación guerrera cuya naturaleza tendía a reducir la antigua libertad popular, lo que, por otra parte, no tardó en suceder. Antaño, todo hombre libre podía equiparse fácilmente y acudir a la llamada de las armas; pero entonces ya no sería posible. Las guerras civiles, numerosas bajo los sucesores de Enrique I, hicieron del servicio a caballo una carga tal que el hombre libre, sin fortuna, no pudo afrontarla. La concentración de las fuerzas populares debió entonces ceder su lugar a un ejército de oficio compuesto de vasallos. Éste, constantemente bajo las armas, fue preferido, no sólo por su habilidad en el manejo del armamento, sino porque siempre estaba disponible y no disperso, cada uno en su casa en espera de ser convocado, como antes.

     El ejército desempeñó un papel preponderante, pues los grandes estaban entonces constantemente en guerra entre ellos para defender sus privilegios. El antiguo servicio a pie perdió en honor a medida que aumentaba la influencia de la caballería. Pronto soldado y jinete llegaron a ser casi sinónimos, y se pasó del ejército popular al ejército de jinetes. La espada y el arado habían sido para el germano los dos emblemas de su libertad, pero a partir de entonces se separaron. Ya se consideró normal distinguir entre una clase campesina de agricultores y una clase profesional de soldados. Fue el comienzo de una escisión que, en vista de lo que era normal en los germanos, debía fatalmente provocar, en los siguientes siglos, las grandes sublevaciones de las guerras campesinas cuyo fracaso hizo nacer al absolutismo.

     Tal Nobleza no tenia ningún punto en común con la antigua Nobleza germana, de la cual era, al contrario, la antítesis absoluta [7]. El germano libre había aceptado la superioridad de su Nobleza, sabiendo que procedía de familias que, tanto en lo físico como en lo moral, representaban el súmmum de la selección; pero tras los fracasos de las guerras campesinas, fue mediante el látigo y la espada que se debió mantener bajo el yugo a los descendientes de los libres campesinos germanos, para que la nueva Nobleza erigida sobre las funciones y no ya sobre las capacidades, pudiera mantener su dominación [8].

[7] Aviso a los etnólogos que se obstinan en basar en la Nobleza de la Edad Media alemana sus investigaciones sobre la vida espiritual de la raza nórdica.
[8] Los suecos fueron los más afortunados. Los Wasas, y sobre todo el famoso Gustavo Adolfo, afirmaban ser de ascendencia gótica, y en esa ascendencia heroica de los Wasas los campesinos veían la antigua Nobleza goda, la cual les dio jefes para rechazar a la Nobleza extranjera, en general de origen alemán. Los Wasas se opusieron así a la opresión del campesino sueco por una casta nobiliaria. Así el blasón de los Wasas lleva un haz de trigo, con la divisa: "Todo por Dios y por el Campesinado Sueco".

    Hay que hacer constar, en todo caso, que esa transformación tuvo también su aspecto positivo en Alemania. Sin esa organización imperial del Estado —no germánica, es cierto— el germano no hubiera llegado jamás a tener un concepto claro de un Estado Alemán. Por su propia manera de ser habría sido incapaz de crearlo; sus tendencias a una auto-administración equitativa y su concepto de las leyes esenciales de un Estado, le impedían comprender con toda la claridad y la seguridad deseables las indispensables condiciones externas de un Estado organizado.

     Tal vez ésta es la explicación del hecho de que en el transcurso de la Historia los germanos no fundaron nunca grandes Imperios en su propio país ni en las regiones fronterizas. Hay que atribuírlo sin duda a que, reducidos a vivir en medio de una población de origen extranjero con la cual era necesario evitar conflictos, los germanos no pudieron ejercer en el interior de su país sus facultades de auto-gobierno más que en un círculo muy restringido. Les quedaba, pues, la facultad de aplicarse con todas sus fuerzas a las cuestiones puramente exteriores, actividad más fácil y más susceptible de ser coronada por el éxito. En todo caso, es notable e indiscutible que los Estados más poderosos han sido constituídos por el Germanismo en territorios exteriores, tales como Prusia, Austria e Inglaterra, que fueron una especie de colonias. En cambio, en el corazón del país germánico, como en la Alemania del Noroeste, por ejemplo, la población, constituída en su casi totalidad por elementos germánicos, no ha creado nada puramente germánico en lo referente  a Estados importantes: fueron siempre hombres procedentes de otros Estados alemanes quienes tuvieron ese mérito. Con respecto a eso, Treitchske observa que casi todos los hombres de Estado alemanes de alguna envergadura emanan de una o dos generaciones o más de una rama campesina de la Baja Sajonia.

     Todavía hoy [1930] esperamos la creación de un Estado germánico, concebido de conformidad con nuestras costumbres económicas y raciales, es decir, edificado desde abajo hacia arriba... y juiciosamente organizado desde arriba hacia abajo por sus dirigentes, con sus fronteras exteriores definitivas. El Estado prusiano de los Hohenzollern se aproximaba ya mucho a ese ideal. Ese Estado, en sus ideas fundamentales, estaba muy lejos de ser perfecto: el barón Von Stein intentó hacerlo volver a la forma auto-administrativa, pero su tentativa se orientó pronto hacia otro sentido. Un Estado de los germanos bajo una forma germánica —o, lo que viene a ser lo mismo, un Estado de los alemanes bajo una forma alemana— está aún por crear. A nosotros y a nuestros descendientes incumbe esa tarea. Es ese Reich el que esperamos y deseamos con toda nuestra confianza, pero, entretanto, no hemos siquiera actualizado la breve fórmula de E. L. Jahn: "El Estado, base de nuestro pueblo, límite exterior de nuestra nacionalidad".

     Para resumir, diremos: En el curso de los diez primeros siglos, a medida que los alemanes adquirieron una noción más clara del Estado, substituyeron su antigua Nobleza por una nueva. Además de las razones de política interior, hubo, en el terreno moral, el cristianismo, que rehusó tolerar una Nobleza emanada de dioses ancestrales. Así, el siglo XI de nuestra historia, nutrido por la idea de Imperio, se inicia con un concepto totalmente nuevo de la Nobleza. Esa Nobleza cristiana es el punto de partida de nuestra Nobleza histórica, y no la Nobleza pagana de los germanos, aunque haya sido alimentada en parte por esta última. Por tal razón hemos querido recordar que el estudio de la Raza y de los acontecimientos históricos, para quien estudie la evolución de esta Nobleza, llevará a un callejón sin salida a quien olvide esas dos diferentes fuentes, pagana y cristiana, diferencia que subsiste en el terreno de las ideas, aunque se haya atenuado en el de la sangre.–



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