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miércoles, 18 de octubre de 2017

Alexander Jacob - Introducción a Alfred Rosenberg



     Die Spur des Juden im Wandel der Zeiten (El Rastro de los Judíos en el Cambio de las Épocas) fue la primera obra de Alfred Rosenberg, escrita en 1919 y publicada en 1920, como un refugiado del bolchevismo después de huír de su nativa Estonia hacia Alemania, texto que posteriormente fue reeditado en Marzo de 1937. El doctor en Historia Alexander Jacob (1954) publicó en 2012 una traducción al inglés de dicha obra (The Track of the Jew through the Ages) y escribió además una Introducción (pp. I-XIX), que es lo que presentamos ahora en castellano.


"El Rastro del Judío a Través de las Épocas"
Introducción
por Alexander Jacob, 2012



     Alfred Rosenberg nació en 1893 en Reval (hoy Tallin, la capital de Estonia) en el Imperio ruso, y estudió arquitectura en el Instituto Politécnico de Riga donde obtuvo su diploma en 1917. En su juventud él leyó con ávido interés ávido las obras de Kant y de los Idealistas alemanes, así como de Schopenhauer, Nietzsche, Wagner y Houston Stewart Chamberlain. Pero fue su descubrimiento de la filosofía de la India el que sirvió como la inspiración espiritual más profunda de su vida. Como él comenta sobre la primacía de la vida contemplativa en el pensamiento indio, «Cuán lejos estamos aquí de toda la avaricia de poder y dinero, de toda la rapacidad e intolerancia, de toda la mezquindad y arrogancia» (p. 40) [1].

[1] Todas las referencias son de la edición presente.


     En 1918 Rosenberg emigró a Alemania, al principio a Berlín y luego a Múnich, donde conoció a Dietrich Eckart y contribuyó en su revista Auf gut Deutsch [En Buen Alemán]. Fue por medio de Eckart que Rosenberg conoció a Hitler. Rosenberg se había unido ya en Enero de 1919 al NSDAP, es decir, antes de Hitler, quien se integró sólo en Octubre de aquel año. Sin embargo, Rosenberg no estaba muy cerca de Hitler como un ayudante político, y estuvo más o menos restringido a la oficina editorial del periódico Völkischer Beobachter (Observador Nacionalista) al cual contribuyó con varios artículos. El Völkischer Beobachter fue el nombre dado al Münchener Beobachter cuando éste fue adquirido por la Sociedad Thule en Agosto de 1919. En Diciembre de 1920 dicho periódico fue comprado por el NSDAP y editado por Dietrich Eckart hasta su muerte en 1923, cuando Rosenberg asumió una posición editorial.

     Influído tanto por su lectura de autores anti-judíos como por su experiencia de primera mano de la participación de los judíos en la Revolución rusa, Rosenberg volvió su mente a la cuestión judía ya durante el final de la Primera Guerra Mundial. En 1919 él compuso este clásico estudio de los judíos [2]. En 1929 él instituyó la Kampfbund für deutsche Kultur (Asociación Militante en favor de la Cultura Alemana) que duró hasta 1934. Entre los miembros y partidarios de esa sociedad se incluían los editores Hugo Bruckmann y Julius Lehmann y los líderes de la Sociedad Wagner como Winifred Wagner [nuera del compositor], la viuda de Houston Stewart Chamberlain, Eva, y el amigo de Richard Wagner, el barón Hans von Wolzogen.

[2] La primera edición de Die Spur des Juden im Wandel der Zeiten fue publicada en 1920 en Múnich por Boepple (Deutscher Volksverlag). He usado para mi traducción la edición ligeramente mejorada de Rosenberg de 1937 que fue publicada por la Zentralverlag (Editora Central) del NSDAP, Franz Eher, de Múnich.

     El objetivo principal de dicha Asociación era combatir el modernismo en sus diversas formas, como el arte expresionista, la arquitectura de la escuela Bauhaus y la música atonal. En 1930 Rosenberg se convirtió en un miembro nacionalsocialista del Parlamento y publicó su historia cultural Der Mythus des zwanzigsten Jahrhunderts (El Mito del Siglo XX), que él diseñó como una continuación de Die Grundlagen des neunzehnten Jahrhunderts (Los Fundamentos del Siglo XIX, 1899) de Chamberlain. En 1933, después del acceso de Hitler al poder, Rosenberg fue designado líder del departamento político extranjero del NSDAP, pero no ejerció mucha influencia en ese cargo. En 1934 él fue puesto a cargo de la educación intelectual y filosófica del NSDAP.

     Durante la guerra, en Julio de 1940, fue establecido el Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg (Comando del Reichsleiter Rosenberg) que era responsable de la recolección de materiales de arte que eran considerados como pertenecientes directamente al Reich europeo de Alemania. En 1941, después de la invasión de la URSS, Rosenberg obtuvo una designación ministerial como ministro de los Territorios Ocupados del Este, aunque él entró regularmente en conflicto con el brutal Gauleiter Erich Koch que fue nombrado Reichskommissar de Ucrania [3]. Al final de la guerra, en Mayo de 1945, Rosenberg fue capturado por tropas Aliadas y juzgado en Núremberg. A diferencia de Albert Speer, él no se declaró culpable y rechazó distanciarse del Nacionalsocialismo, aunque él claramente había estado opuesto a muchas de sus principales personalidades, sobre todo a Goebbels, Bormann y Himmler, quien había tenido la mayor influencia sobre Hitler y por consiguiente el mayor poder ejecutivo en el Reich. Rosenberg fue encontrado culpable por el Tribunal de Núremberg y ahorcado el 16 de Octubre de 1946.

[3] Al final de la guerra, Koch se ocultó y no fue encontrado por las fuerzas Aliadas sino hasta Mayo de 1949. Él fue juzgado y condenado a muerte en 1959, aunque su sentencia fue conmutada a cadena perpetua, quizá porque los rusos creían que él podía tener información en cuanto al arte confiscado por los nacionalsocialistas desde el palacio Tsarskoe.

     En sus memorias tituladas Letzte Aufzeichnungen (Notas Finales), escritas durante su encarcelamiento entre 1945 y 1946, Rosenberg describió el movimiento nacionalsocialista entero como una respuesta a la cuestión judía:

     «El Nacionalsocialismo fue la respuesta europea a una antiquísima cuestión. Fue la más noble de las ideas a la cual un alemán podía dar toda su fuerza. Él hizo a la nación alemana un regalo de unidad, dio al Reich alemán un nuevo contenido. Fue una filosofía social y un ideal de limpieza cultural condicionada por la sangre. El Nacionalsocialismo fue mal empleado, y al final desmoralizado, por hombres a quienes su creador había dado muy fatalmente su confianza. El colapso del Reich está históricamente vinculado con esto. Pero la idea misma era acción y vida, y no puede ser y no será olvidada. Así como otras grandes ideas conocieron alturas y profundidades, del mismo modo el Nacionalsocialismo también renacerá un día en una nueva generación endurecida por los quebrantos, y creará  en una nueva forma un nuevo Reich para los alemanes. Históricamente madurado, habrá fundido entonces el poder de la creencia con la precaución política. En su suelo campesino crecerá desde raíces sanas como un árbol fuerte que dará un fruto sano. El Nacionalsocialismo fue el contenido de mi vida activa. Lo serví fielmente, aunque cometiendo errores e insuficiencias humanas. Permaneceré leal a él mientras todavía yo viva» [4].

[4] Véanse Memoirs of Alfred Rosenberg, tr. Eric Posselt, Chicago, 1949. PDF en inglés en  https://ia800207.us.archive.org/23/items/MemoirsOfAlfredRosenberg/RosenbergMemoirs.pdf


     En cuanto a la cuestión judía misma, él explicó:

     «La guerra contra la Judería ocurrió porque un pueblo ajeno en suelo alemán se atribuyó el liderazgo político y espiritual del país, y, creyéndose triunfante, alardeó de ello descaradamente. Hoy, sin embargo, la mera protesta contra tal fenómeno coloca, a cualquiera que exija una diferenciación bien definida entre estos campos contrarios, bajo tanta sospecha que nadie se atreve a plantear el asunto sin ser acusado de preparar otro Auschwitz. Y sin embargo, la Historia no se está quieta. Las fuerzas de la vida y de la sangre existen y serán eficaces».

* * * *

     La profundidad del entendimiento de Rosenberg de los peligros de un gobierno judío de la sociedad europea es evidente ya en su primera obra importante sobre los judíos, El Rastro del Judío a través de las Épocas. Enfocándose en los defectos de la mente judía como la fuente de esos peligros, Rosenberg esboza, en la primera parte de este trabajo [5], la formación de la mente judía desde los tiempos más tempranos hasta el presente. En la segunda parte, él contempla la historia de la participación judía en la política europea, sobre todo en Portugal, Francia, Alemania y Rusia, y también examina la contribución de las sociedades masónicas, a partir del siglo XVIII en adelante, a los movimientos revolucionarios que causaron la fatídica emancipación de los judíos europeos. En la última parte, él analiza más cuidadosamente las especiales características y limitaciones del intelecto judío y propone su propia solución a la cuestión judía.

[5] He dividido el texto en mi edición en tres partes para facilitar la lectura y la comprensión.


     Rosenberg comienza señalando que la diáspora judía precedió al Exilio babilónico del siglo VI a.C. Los judíos, que están esencialmente marcados por talentos y ambiciones financieros, habían sido tentados por posibilidades comerciales de dispersarse por todas partes del Mediterráneo y África del Norte mucho antes de que ellos comenzaran a moverse hacia el Este después del Exilio. Lo que es significativo en cuanto a sus tempranas actividades comerciales es que ellos fueron invariablemente marcados por la usura y el engaño, mientras que en la España y el Portugal medievales ellos prosperaron además en la trata de esclavos. Prestando dinero a príncipes para sus aventuras militares así como para sus lujos privados, los judíos adquirieron un poder significativo en las cortes que dio origen a la adquisición de derechos y privilegios preferentes.

     Fue el surgimiento de ese poder judío mal ganado el que condujo a las poblaciones locales a agitaciones y persecuciones anti-judías que finalmente hicieron erupción en muchos países europeos. Los gremios de artesanos que estaban, hasta los siglos XIII y XIV, abiertos a los judíos comenzaron a cerrar sus puertas y los judíos fueron pronto obligados a vivir en ghettos por su propia seguridad para evitar los periódicos arrebatos de violencia anti-judía. Las tentativas de parte de los gobiernos para prohibir la usura y forzar a los judíos a ocuparse en el trabajo manual no llegaron a nada ya que los judíos siempre encuentran modos de soslayar esas leyes.

     Rosenberg revela que la razón principal de por qué el judío fue tan exitoso en sus labores comerciales fue el hecho de que las leyes morales judías descaradamente permitían la deshonestidad en las transacciones con no-judíos. Eso fue en realidad lo que obligó al filósofo alemán Fichte a exclamar:

     «Que los judíos continúen no creyendo en Jesucristo, que no crean en ningún dios en absoluto, mientras ellos no crean en dos leyes morales diferentes y en un dios hostil a la Humanidad» (p. 25).

     Conectada con esta ambivalencia moral de los judíos está su intolerancia de cualquier religión aparte de la suya propia. Esa intolerancia se extendió incluso a apóstatas judíos como Uriel d'Acosta y Spinoza. Rosenberg perceptivamente nota las semejanzas esenciales entre la intolerancia del Judaísmo Talmúdico y la rigidez dogmática del sistema marxista que «da una respuesta a todas las preguntas y excluye los debates». Como él dijo:

     «Este espíritu que conduce a las tropas de la anarquía de manera diplomática y brutal al mismo tiempo, consciente de su objetivo, es el espíritu religioso, económico, político y nacional de la intolerancia fundamental que se ha desarrollado a partir de un fundamento racial; sólo conoce un universalismo de la religión (es decir, el gobierno del dios judío), el comunismo (es decir, los Estados esclavos), la revolución mundial (la guerra civil en todas las formas) y el internacionalismo de todos los judíos (es decir, su gobierno mundial). Ése es el espíritu de la rapacidad desenfrenada e inescrupulosa: la Internacional de negro, rojo y oro son los sueños de los "filósofos" judíos desde Esdrás, Ezequiel y Nehemías hasta Marx, Rothschild y Trotsky».

     Esto está en marcado contraste con la tolerancia de los antiguos hindúes y alemanes. En efecto, es a la tolerancia de los gobernantes persas aqueménidas que los judíos deben su actual existencia, ya que fue Darío I quien permitió que los judíos volvieran a su patria después de su exilio en Babilonia.

     Por otra parte, el judaísmo que cristalizó en ese período fue marcado por lo que el historiador Eduard Meyer llama «la arrogante denigración por la cual todos los otros pueblos, en comparación con el pueblo elegido por el dios que rige al mundo, fueron designados como paganos destinados a la destrucción». Así, Meyer concluye:

     «El códice sacerdotal es la base del judaísmo que existe inalterado desde la introducción de la Ley por Esdrás y Nehemías en 445 a.C. hasta el día presente, con todos los crímenes y monstruosidades, pero también con la despiadada energía orientada por el objetivo, que ha sido inherente a él desde el principio y que produjo, junto con el judaísmo, su complemento, el odio a los judíos» (p. 41).

     El ghetto que llegó a caracterizar la existencia judía en tiempos posteriores fue en realidad originalmente formado por el deseo de los propios judíos de una separación cultural de sus pueblos anfitriones. Más tarde, cuando el resentimiento de la población local se volvió violento, el ghetto sirvió también como una protección contra daños. Gradualmente, la ghettoización y diversas limitaciones a la propiedad y a la inmigración se vio que eran necesarias para proteger a la población local de la influencia judía. Como Rosenberg indica,

     «Los hombres de aquellos tiempos actuaron sobre la base de amargas experiencias y no permitieron que ellos fueran conducidos por slogans obviamente estúpidos y por una efusiva carencia de crítica, como nuestro actual público "civilizado" en Europa lo permite sin ofrecer resistencia. Sólo las leyes de inmigración pueden salvarnos también del dominio judío actual o debemos decidir hacernos más eficientes e inescrupulosos que el judío. (El Estado Nacionalsocialista, por supuesto, ha hecho eso por primera vez)».

     Uno de los signos más característicos y significativos de la hostilidad de los judíos hacia los europeos es su odio al cristianismo. Rosenberg da ejemplos de ese odio contenidos en el Talmud así como en la obra llamada "Toledot Yeshu" que pretende dar un relato de la vida de Jesús. En efecto, no es sorprendente que la Iglesia proscribiera crecientemente obras judías:

     «Imaginemos la situación: en Estados cristianos vive un pueblo extranjero que injuria rencorosamente en sus libros al fundador de la religión estatal, quienes toda la semana en la sinagoga pronuncian la maldición de su dios contra los cristianos y que de otros modos también no hacen ningún secreto de su odio. Incluso una Iglesia menos auto-consciente que la romana habría tenido que tomar medidas masivas para acabar con esa situación».

     Es interesante que las quemas de libros judíos que comenzaron en el siglo XIII fueran de hecho iniciadas por los propios judíos que se opusieron a las escrituras "heréticas" de Moisés Maimónides. Del mismo modo, las incineraciones del Talmud que siguieron fueron instigadas principalmente por judíos convertidos, que mostraron la misma intolerancia en su catolicismo recién descubierto como en su judaísmo previo. Rosenberg va tan lejos como a adscribir las persecuciones anti-científicas de la Iglesia Católica contra pensadores como Galileo Galilei y Giordano Bruno como algo debido a su adopción de una intolerancia judía dentro de su propio sistema eclesiástico. En efecto, durante la Inquisición, los perseguidores más temidos, incluyendo a Tomás de Torquemada, eran judíos conversos al catolicismo: «El simbolismo de la fe católica ellos naturalmente la dejaron de lado, pero la alegría en las persecuciones religiosas encontró en los judíos conversos sus representantes más típicos».

* * * *

     La segunda parte de la obra considera la historia de los judíos en Europa y estudia los casos sobre todo de los judíos en Portugal, Francia, Alemania y Rusia. Al hacer eso, también nota la importancia de la participación de los judíos en el desarrollo del movimiento masónico en Europa. Rosenberg comienza señalando las semejanzas de las experiencias en diferentes Estados europeos donde los judíos fueron admitidos. Al principio ellos son aceptados por sus naciones anfitrionas con poca reserva; después ellos comienzan su innato y explotador negocio usurero para tener a príncipes y pueblos bajo su control, y finalmente ellos sufren persecuciones o expulsiones anti-judías.

     En Portugal, la historia judía comienza ya en el siglo XI, y se ve que los judíos sacaron ganancia enormemente del creciente comercio de esclavos y prestaron esas ganancias a la población local a un interés cada vez más alto hasta que las rebeliones populares finalmente estallaron en el siglo XVI. En Francia, la presencia de los judíos en la tierra puede ser descubierta tan pronto como en el siglo VI, pero fue sobre todo bajo Carlomagno y los carolingios que ellos consiguieron un alto status en Francia como agentes comerciales.

     Como en la mayoría de los países, sus ambiciones mundanas no conocían límites, y en el siglo IX el obispo Agobert de Lyon emprendió una larga y ardua campaña oficial contra su astucia comercial y arrogante maltrato de esclavos cristianos. Pero él encontró que los judíos tenían protección desde altas posiciones, y los esfuerzos que hizo dieron poco fruto. No fue sino hasta comienzos del siglo XIV que las agitaciones populares tuvieron éxito en expulsarlos de Lyon. En Francia central la situación económica después de las Cruzadas era extremadamente favorable a la actividad usurera de los judíos, y ellos la explotaron al máximo, hasta que fueron expulsados a finales del siglo XIV.

     Sólo en Pamiers, a los pies de los Pirineos, fue más tolerable la conducta judía ya que los rabinos impusieron estrictas reglas de moderación entre su gente. Como resultado, apenas hubo alguna persecución de los judíos en esa región. Durante la Revolución francesa, sin embargo, los judíos trabajaron fervorosamente en favor de su emancipación por medio de agentes tales como Herz Cerfbeer en Alsacia y Moses Mendelssohn en Berlín. Y las barreras que separaban su existencia usurera de la de los Gentiles gradualmente comenzaron a ser removidas.

     Aunque los judíos formaron ya en tiempos antiguos una red internacional que ayudó a los judíos en países diferentes por medio de contactos mutuos, el ascenso de la masonería a principios del siglo XVIII les ayudó a funcionar más eficaz y clandestinamente mediante diversas logias de Europa. Al principio los judíos no eran aceptados en las logias masónicas debido a la aversión predominante. Pero, gradualmente, movimientos como el Martinista en el siglo XVIII comenzaron a aceptar a judíos en grandes cantidades, y comenzaron también a ser establecidas logias que eran principalmente judías.

     Los objetivos anti-monárquicos y anti-clericales de los masones están claros en la parte desempeñada por ellos en la Revolución francesa. Rosenberg señala en particular el rol del judío Cagliostro en la iniciación de dicha calamidad. Más tarde, cuando el Ejército Revolucionario decidió expandir sus ideas en otras partes de Europa por medio de expediciones militares, fue ayudado por el hecho de que había masones también entre los generales alemanes que permitieron que los franceses conquistaran el territorio alemán con poca dificultad. Rosenberg explica también las conquistas de Napoleón como en gran parte debidas al apoyo masónico, un apoyo que fue retirado cuando él decidió usar a la masonería para sus propios objetivos más bien que para los de ella.

     En el siglo XIX el desarrollo de logias judías se llevó a cabo sostenidamente hasta que la masonería llegó a ser idéntica a las ideas judías de la revolución. Como comentó acertadamente Gotthold Salomon de la logia de Frankfurt "Rising Dawn" (Creciente Amanecer),

     «¿Por qué tampoco hay ningún rastro en el ritual masónico entero del cristianismo de Iglesia?. ¿Por qué los masones no hablan del nacimiento de Cristo, sino, como los judíos, de la creación del mundo?. ¿Por qué no hay ningún símbolo cristiano en la masonería?. ¿Por qué el círculo, la escuadra y las balanzas?. ¿Por qué no la cruz y otros instrumentos de tortura?. ¿Por qué no, en vez de Sabiduría, Fuerza y Belleza, el trío cristiano: Fe, Esperanza y Caridad?» (p. 110).

     Pronto aparecieron movimientos nacionalistas revolucionarios por todas partes de Europa, como la Joven Alemania, la Joven Italia y la Joven Europa. Los subversivos objetivos anti-europeos de las revoluciones del siglo XIX son revelados en un mensaje escrito por el judío Piccolo Tigre:

     «La cosa más importante es aislar al hombre de su familia y hacerlo inmoral... Cuando usted ha infundido la aversión a la familia y la religión en muchas mentes, luego deje caer algunas palabras que exciten un deseo de entrar en las logias. La vanidad de los burgueses al identificarse con la masonería tiene algo tan banal y universal que siempre estoy encantado de la estupidez humana. Me maravillo de que el mundo entero no llame a las puertas del más eminente y solicite ser un trabajador más en la reconstrucción del templo de Salomón» (p. 113).

     Después de la Comuna de París de 1871, los movimientos revolucionarios fomentados por la masonería gradualmente se transformaron en socialistas y comunistas. Marx y sus colegas se encargaron de que el movimiento socialista no fuera un movimiento puramente de trabajadores sino uno que fuera siempre conducido por intelectuales judíos, como Trotsky, Kuhn y Leviné. Al mismo tiempo, el núcleo de la conspiración anti-europea cristalizó en sociedades exclusivamente judías tales como la orden B'nai B'rith fundada en Nueva York en 1843 y en las sinagogas mismas. El rabino principal de Frankfurt, Isidor, por ejemplo, declaró en 1868:

     «Ya los pueblos, conducidos por las sociedades para la regeneración de progreso e ilustración (es decir, los masones), comienzan a inclinarse ante Israel. Pueda toda la Humanidad, obediente a la filosofía de la Alliance Israélite Universelle, seguir al judío, que gobierna a la intelectualidad de las naciones progresistas. La Humanidad vuelve su mirada a la capital del mundo renovado; aquélla no es Londres, ni París, ni Roma, sino Jerusalén, que se ha elevado desde sus ruinas, que es a la vez la ciudad del pasado y del futuro».

    El sionismo fue la culminación de esa ambición judía y consiguió su gran victoria en 1917 cuando Gran Bretaña conquistó Jerusalén a los turcos. En cuanto a la relación de los judíos con los alemanes y el Imperio alemán, Rosenberg procura destacar antes que nada la incompatibilidad esencial de la mente judía, con su aborrecimiento de la religión mística y de todo lo que cayera fuera del reino del cálculo racional, con la mente alemana, puesto que «no hay en Europa quizás ninguna nación que haya explorado y explicado el misterio interior del hombre como la alemana» (p. 94).

     Rosenberg perspicazmente observa que la "profundidad de sentimiento y ternura" que Schiller elogió en Goethe en efecto constituye la esencia misma del alma europea. Ésa es la razón de por qué, mientras que los judíos fueron capaces de vivir muy cómodamente con franceses e ingleses, ellos odiaron de manera extrema a los alemanes, como lo hicieron con los rusos también, cuyas inclinaciones espirituales estaban en marcada oposición a la existencia judía. No es sorprendente entonces que, cuando los judíos comprendieron que el Imperio británico servía al sueño internacionalista sionista con mayor eficacia que el sueño imperial alemán, ellos decidieran respaldar a los ingleses contra los alemanes en la Primera Guerra Mundial.

     Organizados por medio de la "Alliance Israélite Universelle", los judíos se embarcaron en una resuelta empresa de destruír a Alemania. Es verdad que había algunos judíos anti-sionistas en Alemania que temían que el reconocimiento de los judíos como nación significara que ellos ya no podrían esconderse como "ciudadanos del Estado" cuando fueran acusados de traición comercial o política en sus naciones adoptadas. Pero la solidaridad entre los judíos internacionalmente era suprema, y los tempranos temores de Fichte expresados en sus "Discursos a la Nación Alemana" (1808) fueron materializados:

     «¿No les sorprende a ustedes el pensamiento evidente de que si ustedes conceden a los judíos también la ciudadanía en vuestros Estados, judíos que son, a pesar de ustedes, ciudadanos de un Estado que es más fuerte y más poderoso que todos los vuestros, vuestros otros ciudadanos estarán totalmente bajo los pies de ellos?» (p. 135).

     El horror de un dominio judío total sobre la sociedad europea fue primero realizado en la Revolución rusa, cuando los bolcheviques judíos asumieron las riendas del gobierno de manos de elementos más moderados y establecieron un gobierno ruso judío. Rosenberg de hecho había presenciado de primera mano el control judío del Estado soviético cuando él viajó en 1917 y a principios de 1918 desde San Petersburgo a Crimea. Como él revela:

     «En nombre de la fraternidad y la paz los bolchevistas atrajeron hacia sí a multitudes irreflexivas y se pusieron a trabajar inmediatamente con un odio furioso contra todo lo "burgués" y pronto con una matanza sistemática y una guerra civil, si esa masacre unilateral puede ser llamada así. Todos los intelectuales rusos, que durante décadas habían luchado por el pueblo ruso y habían ido a la horca o habían sido desterrados por el bienestar del pueblo, fueron simplemente asesinados dondequiera que ellos eran atrapados... Los trabajadores y los soldados fueron empujados a tal grado que ya para ellos no había retorno, y se convirtieron en las criaturas carentes de voluntad del tenaz dominio judío que había quemado todos los puentes detrás de sí» (p. 143).

* * * *

     El problema con cualquier gobierno judío del mundo es la cualidad defectuosa y peligrosa de la mente judía misma. Eso es lo que Rosenberg explora en la última parte de esta obra [6]. Él al comienzo se ocupa del Talmud como un ejemplo del intelecto judío y apunta a la carencia completa de cualquier valor metafísico o religioso allí. Más bien, todo es estereotipado: «El mundo ha sido creado de la nada por el dios de los judíos, el pueblo que debería gobernar el mundo y al cual cada cosa creada pertenece por derecho». Alrededor de esta premisa fundamental está tramado un tejido enorme de casuística demasiado sutil y sofistería moral que es a veces incomprensible y a ratos obsceno.

[6] Estas observaciones de Rosenberg deberían hacer de las discusiones contemporáneas del CI judío (véase por ejemplo, G. Cochran, J. Hardy, H. Harpending, "Natural History of Ashkenazi Intelligence", Journal of Biosocial Science 38 (5), 2006, pp. 659-693, y Richard Lynn, The Chosen People: A Study of Jewish Intelligence and Achievement, Washington Summit Publishers, 2011) algo sin valor excepto como ejercicios académicos.

     El otro defecto básico de la mente judía, su tendencia técnica, es ejemplificado en las diversas manifestaciones del modernismo. Como Rosenberg indica,

     «Hoy los ferrocarriles y la poesía, los aviones, la calefacción del agua y la filosofía, pertenecen a la cultura; aquí se requiere una diferenciación metódica. Con la palabra "cultura" habría que designar sólo las expresiones del hombre que son el producto (ya sea sentido o pensado) de una concepción del mundo. A esto pertenecen la religión, la filosofía, la moralidad, el arte y la ciencia, en tanto que ellos no son puramente técnicos. El resto es comercio, economía e industria, lo que me gustaría designar como la técnica de la vida. Ahora, me parece ser una importante percepción de la esencia de la mente judía cuando la califico como una mente predominantemente técnica. En todos los campos que he considerado como pertenecientes a la técnica de la vida, como hemos visto, ella siempre ha sido activa con una energía tenaz y con gran éxito. Pero incluso allí, de donde surge la cultura, es sólo el lado técnico externo de ello en sus diferentes formas en las cuales ha dejado su marca o ha poseído» (p. 152).

     De manera similar ocurre con la obsesión judía con las leyes. Como Rosenberg explica:

     «Mientras más clara y definitivamente el sentimiento por la justicia y la injusticia está arraigado en un pueblo, menos requiere una técnica jurídica complicada, y mucho más cultura espiritual poseerá. Así, es un juicio totalmente erróneo ver en la minuciosa enumeración de las actividades permitidas y prohibidas de la vida diaria una expresión derivada de un ethos superior.

     «Muy por el contrario: ése es un signo de que el foco principal de la moralidad no está dentro del hombre sino que está determinado simplemente por agentes externos, en donde la recompensa y el castigo por su observación son decisivos. Y aquí es característico de la mente judía que la simple moralidad del bien y el mal ha conducido a una maraña de leyes y a un comentario de las mismas durante cientos de años» (p. 153).

     Esto está en contraste con la mente indoeuropea esencial:

     «el conocimiento de los hindúes provino del deseo de inter-conectividad del universo y condujo al conocimiento purificado y simbólico, que así ese conocimiento sirvió sólo como un medio para un objetivo que va más allá del mismo. El judío ha mostrado a través de toda su historia una búsqueda del conocimiento en sí mismo, ha evitado cada metafísica como una enfermedad infecciosa, e instintivamente persiguió a las pocas excepciones que coquetearon con la filosofía. El conocimiento de la Ley era para el judío un objetivo en sí mismo» (p. 154).

     Por eso, indica Rosenberg, la enseñanza de Cristo de un reino "dentro de nosotros" es esencialmente repugnante para el judío.

     Todos los mitos que los judíos aprendieron de los sumero-acadios y, más tarde, de los persas, ellos los convirtieron en hechos históricos que justificaron su único objetivo político de gobernar a otros. Así,

     «Cuando los judíos oyeron hablar de la inmortalidad del alma humana por primera vez de los persas, cuando ellos oyeron de un mesías, un Saoshyant, que libraría al mundo del poder del principio del mal, para establecer un reino divino en el cual entrarían no sólo los santos, sino finalmente también, después de severos castigos, todos los innumerables pecadores penitentes, ellos entendieron de ese principio de un amor que libera al mundo sólo la idea de un mesías dirigente del mundo» (p. 155).

     Aquellos mitos y símbolos adoptados por los judíos en la obra kabalística aparentemente mística llamada el Zohar, se han convertido en «la magia más seca».

     La tendencia técnica de la mente judía es mostrada igualmente en el escrito Moreh Nevukhim [Guía de los Perplejos] de Moisés Maimónides y en las obras de Spinoza, el cual

     «como un genuino técnico judío... llevó a cabo el truco de llevar esas contraposiciones [Descartes y Giordano Bruno] a un denominador común y combinarlas en un ingenioso "sistema". Que él pudiera hacer eso muestra que él no entendió a ninguno» (p. 160).

     De manera similar en la ciencia:

     «No es difícil ahora perfilar la esfera de la mente judía con total rigurosidad. Siempre ha dominado aquel campo de la ciencia que es poseída sólo por medio del entendimiento. La carencia de imaginación y búsqueda interior, que condenó al judío a la esterilidad en religión y filosofía, surge también en la ciencia. Ni una sola idea científica creativa surgió de una mente judía, y en ninguna parte ha señalado nuevos caminos» (p. 162).

     La peligrosa influencia de la mente judía sobre la sociedad tecnológica moderna es resumida por Rosenberg así:

     «Si, gracias a los esfuerzos de hombres llenos de abnegación, la ciencia había sido llevada tan lejos como a estar en la pista de las leyes fundamentales del cosmos, ahora allí apareció un factor que no podría haber surgido fácilmente antes: el procesamiento técnico del conocimiento recolectado que promueve la utilidad inmediata. El hombre comenzó a hacerse cada vez más el esclavo de su creación, de la máquina, y la técnica de la vida se estableció cada vez más. ¡Y eso significó la brecha a través de la cual el judío se precipitó en nuestra cultura!» (p. 163).

     En cuanto a las contribuciones de los judíos a las artes, ellos sólo pueden producir virtuosos que substituyen la calidad de la interpretación por la cantidad, compositores como Mahler que buscan efectos técnicos especiales y empresarios como Reinhardt que producen toda clase de circos de entretenimiento. Los críticos de arte judíos reniegan de la forma por la técnica y favorecen el bolchevismo artístico [7] y el Futurismo, y a pesar de todo se atreven a hablar al mismo tiempo del "alma" y de "experiencias interiores inexpresables".

[7] Hoy en día llamado Marxismo Cultural.

     En el campo literario, Rosenberg señala el caso de Heinrich Heine, quien, a pesar de su barniz de cultura europea, era típicamente judío en su odio al cristianismo. La tentativa de Kant de mostrar que la fe está más allá de la razón era particularmente molesta para la mente de Heine apegada a la razón. De hecho, al final de su vida Heine desistió de todas las tentativas de emular la filosofía europea y dijo en su lecho de muerte: «No tengo que volver al judaísmo, ya que nunca lo he abandonado». Finalmente, el inveterado odio judío al cristianismo ha aparecido en una nueva forma política en la doctrina de Marx, quien predicó el ateísmo materialista para deshacerse de todas las religiones, y el internacionalismo para deshacerse de todas las naciones, de modo que el mundo pudiera ser más fácilmente gobernado por los judíos.

     En el análisis final, la característica esencial de los judíos es una versión completamente nacionalista de la Schopenhaueriana Voluntad de Vivir, el concepto que Nietzsche reinterpretó como Voluntad de Poder [8]. Así «la base del carácter [del judío] es el instinto incontrolado; su objetivo, la dominación mundial; sus medios, su astuto sentido utilitario y su energía». Incapaz de amor y del instinto creativo vinculado a ello, el judío ha dedicado su existencia entera a la adquisición de los medios del gobierno mundial, simbolizado en las óperas del Anillo de Wagner por el oro del Rhin [9]. En contraste con otros conquistadores mundiales, como los romanos, o Napoleón, los judíos están marcados por una esterilidad cultural total detrás del fanatismo religioso que los obliga a representarse a sí mismos como "el pueblo elegido". Pero, al igual que el esclavo que desea representar el papel del señor, el judío sólo tendrá éxito en montar el caballo de su amo hasta la muerte.

[8] Rosenberg descubre la misma característica también entre los otros semitas, los árabes islámicos.
[9] En efecto, tanto Alberich en el Anillo de Wagner como Klingsor en Parsifal son retratos vivos del judío eterno.

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     Una solución al problema de la influencia intelectual judía sobre la sociedad europea, y a su control de ella, sólo puede ser conseguida revocando la emancipación de los judíos:

     «La mente alemana, dejada a sí misma, habría establecido pronto su propio auto-equilibrio, pero por medio del poder judío en la prensa, el teatro, el comercio y la ciencia, aquello fue hecho casi imposible. Nosotros mismos fuimos culpables, ya que no deberíamos haber emancipado a los judíos sino haber creado leyes excepcionales insuperables para el judío, como Goethe, Fichte y Herder habían exigido en vano. Uno no deja el veneno por ahí no observado, no le da una importancia igual que a los antídotos, sino que lo conserva con cuidado en gabinetes oscuros. ¡Esto ha sucedido finalmente —después de 2.000 años— en el Reich Nacionalsocialista!» (p. 165).

     La alarmante expansión del poder judío sólo puede ser contrarrestada por el cese inmediato de la tolerancia, ya que

     «cada europeo debe darse cuenta de que esto es un asunto de todo lo que nuestra mente y nuestro carácter nos han entregado como una tradición heredada para ser fomentada y administrada, y que aquí la tolerancia humanitaria ante la agresiva hostilidad significa claramente el suicidio» (p. 187).

     Un paso crucialmente importante en esa dirección fue sugerido ya por Fichte en el siglo XVIII:

     «Ellos deben tener derechos humanos, incluso si éstos no les pertenecen a ellos como a nosotros... pero darles derechos civiles, no veo ningún medio de hacer eso, en cualquier caso, salvo cortar una noche todas sus cabezas y colocar otras en ellos en las cuales no haya ni una sola idea judía. A fin de protegernos de ellos no veo ningún otro medio que conquistar su alabada tierra para ellos y enviarlos a todos allí» (p. 188).


     Siguiendo a Fichte, Rosenberg sugiere su propio plan para la reducción del poder judío en Alemania, el que aseguraría que

1. Los judíos sean reconocidos como una nación que vive en Alemania. La fe religiosa o la carencia de ella no desempeña ningún papel.

2. Un judío es aquel cuyos progenitores, padre o madre, son judíos según esta nacionalidad; un judío es de aquí en adelante uno que tiene un cónyuge judío.

3. Los judíos no tienen derecho a involucrarse en la política alemana en palabras, escritos o acciones.

4. Los judíos no tienen derecho a ocupar cargos estatales ni a servir en el ejército como soldados o como oficiales. Su desempeño laboral aquí entra en cuestión.

5. Los judíos no tienen derecho a ser líderes en instituciones culturales estatales y comunales (teatros, galerías, etc.) ni a ocupar posiciones profesionales ni pedagógicas en escuelas y universidades alemanas.

6. Los judíos no tienen derecho a trabajar en comisiones, estatales o comunales, de evaluación, control, censura, etc.; ellos tampoco tienen derecho a ser representados en los directorios de bancos estatales o instituciones crediticias comunales.

7. Los judíos extranjeros no tienen derecho a establecerse permanentemente en Alemania. La aceptación en la federación estatal alemana debería estarles prohibida en todas las circunstancias.

8. El sionismo debe ser activamente apoyado a fin de transportar a un cierto número de judíos alemanes cada año a Palestina o generalmente tras las fronteras (p. 189).

     Si bien esas restricciones legales sólo pueden proporcionar las condiciones para el desarrollo natural de la cultura alemana, hay que preocuparse al mismo tiempo de fomentar la cultura alemana. Será necesario en este respecto cultivar un cristianismo que esté igualmente libre de la nociva influencia judía del Antiguo Testamento: «El espíritu cristiano y el "sucio espíritu judío" deben ser separados; con un corte agudo la Biblia debe ser dividida en cristiana y anti-cristiana». En vez de considerar a los antiguos hebreos como los antepasados de los europeos cristianos, sería mucho más apropiado y provechoso estudiar, y absorber, los logros espirituales de los antiguos indoeuropeos, indios, persas, griegos y germanos.

     Aunque los objetivos de Rosenberg del nacionalismo europeo puedan hoy —después de la derrota militar de los nacionalsocialistas— parecer insuperablemente difíciles en vista de la creciente globalización judeo-estadounidense del mundo, uno puede sacar un cierto incentivo del siguiente comentario hecho por Rosenberg en cuanto a la campaña de los nacionalsocialistas para acabar con la esclavitud financiera del Judío Internacional: «Si esto pudiera ser conseguido incluso sólo parcialmente, el hacha habría sido puesta al árbol de la vida del judío» (p. 189).–




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