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sábado, 9 de septiembre de 2017

Chad Crowley - Victoria Mediante la Fuerza



     En el sitio counter-currents.com se publicó hace cuatro días el siguiente texto firmado por Chad Crowley que presentamos en castellano, el cual es una serie de filosóficas reflexiones y orientaciones relativas a la permanencia y supervivencia de la gente occidental Blanca, enfrentada a un hegemónico establishment izquierdista, del cual el autor señala sus debilidades que son a su vez nuevas oportunidades para otros. Recalca, sin embargo, la necesidad del auto-fortalecimiento como único modo de resistir las tribulaciones del Ragnarök.


Victoria Mediante la Fuerza
por Chad Crowley
5 de Septiembre de 2017


     Mucha atención ha sido invertida en la idea de que el (re)establecimiento de un etno-Estado Blanco tiene una importancia suprema y que es de preocupación inmediata para nuestro movimiento y nuestra gente. A primera vista esto parece incuestionablemente así. Sin embargo, los primeros vistazos son a menudo ilusorios. Los individuos más perceptivos entre nosotros comprenderán que el cambio transformacional tiene que comenzar primero dentro de nosotros mismos, individualmente, con el cambio colectivo ocurriendo más tarde. Si como europeos no somos capaces del cambio fundamental dentro de nosotros mismos —físico, espiritual y metafísico— entonces ¿cómo podemos esperar que un etno-Estado Blanco de algún tipo sea exitoso?.

     En El Hombre y la Técnica, Oswald Spengler muy correctamente indicó que el ritmo de la civilización ha cambiado. Este tempo aumentado se refiere a la noción de que lo que hacemos ahora en el presente tendrá exponencialmente más efecto en la trayectoria del destino humano que todas las acciones históricas pasadas. Como tal, no tenemos derecho al lujo de cometer errores.

     Los pueblos europeos Blancos han hecho miles de migraciones a través de los milenios, y es la creencia de este autor que si la creación de un etno-Estado Blanco (o Estados) es hecha sin abordar los problemas que plagan a nuestra raza hoy —tanto internos como externos— entonces aquellos problemas sólo serán transpuestos a un nuevo lugar geográfico. Una transformación monumental que catalice la modificación total del paisaje geopolítico global requerirá una transformación y una revolución desde dentro, en el nivel individual, por medio de la creación de una "conciencia revolucionaria". Sólo entonces la transformación puede propagarse colectivamente por todas partes.

     Escribiendo acerca de Nietzsche, Martin Heidegger preguntó: "¿Está preparado el hombre, como es el hombre en su naturaleza hasta ahora, para asumir el dominio sobre la Tierra entera?" [1]. Inequívocamente y sin ninguna duda no lo estamos, pero cumplir las desalentadoras tareas en vista de nuestra raza presupone que debemos estarlo. Entonces la pregunta está planteada: ¿cómo cambiamos nosotros mismos?; ¿cómo nos liberamos de la falsa narrativa que es el miasma de la post-modernidad y nos movemos con energía hacia un futuro glorioso?.

[1] Bernd Magnus, Heidegger’s Metahistory of Philosophy: Amor Fati, Being and Truth, Holanda, 1970.

     Hay sólo una respuesta, y es muy simple: nosotros luchamos. Más exactamente, debemos prepararnos física y espiritualmente para las inminentes luchas metapolíticas que enfrentamos actualmente y que enfrentaremos en el futuro. La Historia nos ha enseñado que "Los fuertes hacen lo que quieren, y los débiles lo que deben", y de esta antigua máxima de Tucídides sabemos que nuestra lucha requerirá copiosas cantidades de fuerza tanto física como espiritual. La fuerza en este aspecto no está en referencia a ninguna absurda noción neo-darwinista de que "la fuerza es lo correcto" (Might Is Right) sino más en el espíritu del filósofo griego Heráclito, quien postuló que el contenido del carácter de alguien es una opción propia y que, de día en día, lo que usted hace es aquello en lo cual usted se convierte [2].

[2] Robin Waterfield, The First Philosophers: The Presocratics and Sophists, Oxford University Press, 2009.

     Eso significa, en nuestro contexto particular, que la fuerza necesitada por los individuos de nuestro movimiento es la fuerza para resistir de día en día. Nosotros, como individuos y como movimiento, debemos prepararnos para soportar el continuado escarnio y la censura de parte del establishment liberal y humanista, y más destacadamente de parte aquellos más cercanos y más queridos nuestros. Probablemente en los próximos años esos ataques sólo se harán más grandes en su escala y más feroces en su naturaleza.

     Así, la lucha para transformar y para sobrevivir a la próxima embestida presupone que nosotros debemos primero endurecernos, física y espiritualmente, y sublimar nuestra identidad individual hacia un espíritu de unidad, no proyectada por nuestra gente desde la Segunda Guerra Mundial. Nuestro objetivo no es sólo la supervivencia racial, o un mero tomar un asiento en una "mesa multicultural", sino el logro de una magnífica prosperidad. Nuestros progenitores arios no se conformaron con algo menos que una gloriosa transcendencia, y nuestro reavivamiento de aquella llama ancestral no será diferente.

     El economista español del siglo XVII Martín González de Cellorigo, especulando sobre lo real y lo ilusorio, creía que su amada España se había convertido en una "república de hombres hechizados, que viven fuera del orden natural de las cosas", y esa consideración suena cada vez más verdadera en el Occidente post-moderno del siglo XXI que en la España imperial del siglo XVI [3]. "Postmodernidad" es el concepto filosófico que encapsula el espíritu de decadencia que corre desenfrenado a través de todo el mundo occidental. Sus deletéreos vástagos de gran alcance han logrado cautivar nuestra "alma fáustica", y como tales deben ser aniquilados.

[3] J. H. Elliott, España Imperial: 1469-1716, Nueva York, 2002.

     El post-modernismo rechaza toda verdad objetiva, y es por medio de ese anarquismo epistemológico —intrínseco a su naturaleza— que el artificio del universalismo parece orgánico más bien que antinatural y postizo. El científico político francés Pierre Manent postula que la post-modernidad es un proyecto, y como un proyecto nihilista su objetivo último es la disolución de la verdad, mediante la transmisión de una abstracción carente de sentido a todas las facetas de la existencia. Pero ella puede y deber ser destruída.

     En su núcleo, la post-modernidad es solamente una hiper-crítica, y por esa razón el concepto ha sellado su propia desaparición, o al menos ha mostrado su debilidad. Para combatir la hiper-crítica uno sólo tiene que estar en posesión de una verdad más alta, una verdad que tenga la capacidad de trascender lo mundano, lo que la hace incorruptible frente a los procesos de disolución que constituyen el pensamiento post-moderno.

     La necesidad de preservar la raza blanca y la civilización occidental es una verdad trascendente, pero, como todas las creencias, requiere adherentes capaces de defender su especial importancia. Nosotros somos los defensores de esta fe verdadera, y como militantes de la raza tenemos la capacidad de vencer la perversión que es el mundo post-moderno. Sin embargo, para hacer aquello debemos formular un conjunto incorruptible de ideas presupuestas y centradas en el ideal de que la raza blanca no sólo está destinada a sobrevivir material y biológicamente, sino también destinada a ser gloriosa. Al final, es este profundo sentido de esplendor el que procuramos reclamar.

     La post-modernidad es el punto de apoyo metapolítico que la hegemónica "Nueva Izquierda", la Escuela de Frankfurt y su degenerada descendencia utilizan cuando vomitan sus disolutivos improperios. En un mundo de relativismo moral y universalismo, el "talón de Aquiles" de un sentido omnipresente de hiper-crítica es la creencia resuelta en una causa que está más allá de la mala reputación y, como tal, inviolable. La prosperidad de la raza blanca es sólo tal causa, pero necesita defensores incondicionales. La cosmovisión liberal y humanista se basa en las nociones duales de "liberación" y "justicia social", que son solamente reflejos del espíritu de disolución que es la post-modernidad.

     La teleología última de las fuerzas disolutivas que constituyen la post-modernidad es el caos; las nociones de "liberación" y "justicia social" son sus agentes contemporáneos. El objetivo del caos de la post-modernidad es la emancipación universal de las normas raciales y culturales y de los valores de la civilización europea. Para combatir la post-modernidad debemos reforzar nuestra resolución colectivamente, como movimiento, mejorándonos a nosotros mismos individualmente. Nuestra lucha es una "guerra sagrada", una que es tanto supra-política como supra-humana, y como tal requiere la creación de un "Nuevo Hombre", del Übermensch.

     Nuestra lucha racial y la necesidad del nietzscheano Übermensch para llevar a cabo aquella lucha no están basadas sobre alguna abstracta fantasía utópica sino que  más bien representan y son una faceta del renacimiento del "orden natural". El "orden natural” —el orden que repugna a nuestros enemigos, y gracias al cual la raza blanca prosperó durante milenios— es esencialmente platónico y aristotélico en su carácter, y por lo tanto parte fundamental de la tradición socio-cultural occidental. Platón y Aristóteles (aunque en maneras diferentes) concibieron el cosmos como ordenado, perfecto y bueno; más específicamente, era ese "cosmos ordenado", hecho manifiesto en el penúltimo telos [fin último] del mundo natural, el que el hombre debería procurar emular dentro de sí mismo.

     Dicho de manera más sucinta, la jerarquía no-igualitaria del "orden natural" existe dentro del hombre como un microcosmos del cosmos en su totalidad, y es por lo tanto "bueno" esforzarse por la "perfección" dentro de nosotros mismos, independientemente de que pueda obtenerse o no. La civilización europea fue forjada por el "orden natural": alcanzamos una vez nuestra cumbre civilizacional cuando mejor nos adherimos a sus principios eternos, y por eso ellos tienen que ser revividos. De esta manera, nuestra lucha por la raza blanca se convierte en una lucha por la supervivencia misma del "orden natural".

     Una restauración del "orden natural" es posible, pero antes que nada debemos regenerar nuestra alma racial a nivel individual. El erudito francés Gustave Le Bon estaba en lo correcto cuando presentó la noción de que las muchedumbres, que consisten en una colectividad de individuos, forman una mente grupal. Las diversas razas humanas, sin tener en cuenta la debatible nomenclatura taxonómica, consisten en agrupaciones de individuos que cuando se combinan en un "colectivo" son distintas de la suma total de sus partes individuales, y forman una nueva entidad "racial".

     Mediante la creación y adhesión a una idea superior como la prosperidad de la raza blanca, y sosteniendo que esa idea es evidentemente verdadera y por ello inmune a toda la crítica post-moderna, reforzamos nuestra posición en un proceso que tiene dos aspectos. Primero, permite que nosotros podamos crear un nuevo mito y un substrato metapolítico unificado, un "mito de la sangre", uno que recibirá finalmente atavíos pseudo-religiosos y que a su vez llegará a ser sacrosanto. (El aspecto de lo "sagrado" o de lo "religioso" es esencial para el funcionamiento apropiado de cualquier sociedad, y, más importante aún, para la satisfacción de las masas).

     En segundo lugar, mediante la creación de un bloque etno-identitario real, compuesto por agrupaciones sociales sueltamente unidas y heterogéneas, tomará forma también una macro-organización centrada en la premisa de la renovación Blanca/aria, y de esa manera incrementará el poder y la influencia de nuestro movimiento. En resumen, adhiriéndose a un único y omnipresente ideal metapolítico —a saber, que la raza blanca está destinada a prosperar—, en concomitancia con la continua lucha para mejorarnos a nosotros mismos tanto física como espiritualmente, la victoria total se hace una conclusión inevitable si resistimos.

     Los enemigos de nuestra raza, tanto internos como externos, adhieren a una ideología extrañamente auto-destructiva, que es inconsecuente, tanto metapolítica como metafísicamente. La naturaleza intrínsecamente contradictoria de su ideología es evidenciada por el hecho de que en sus "márgenes" políticos sus adherentes se consideran revolucionarios cuando en realidad ellos son los guardianes de un sistema político decadente y de su deplorable Weltanschauung. A pesar de su aplastante superioridad numérica, en términos de hombres y de equipamiento ellos están desconectados de la realidad, y su compartida disonancia cognoscitiva los coloca en una marcada desventaja, independientemente de la fugaz hegemonía de la cual ellos disfrutan actualmente.

     La bancarrota ideológica del establishment liberal y humanístico es tan totalmente penetrante que su ímpetu metafísico y su fase final subyacentes son la disolución misma, lo que hace de él un sistema destinado al fracaso. Como guardianes de la raza blanca, la cantidad e influencia de que carecemos podemos más que compensarlas con resolución y espíritu marcial. Sin considerar las pequeñas rivalidades internas que históricamente siempre han asomado su fea cabeza en movimientos como el nuestro, nosotros como un colectivo estamos unidos por nuestro deseo de revivir la raza blanca, y como tal, nuestro objetivo es justo y productivo. Al final, nuestro objetivo, el renacimiento racial Blanco, es un esfuerzo constructivo y "positivo", mientras que los objetivos de nuestras bêtes noires [bestias negras, anatemas, personas disgustantes o aborrecibles, azotes] son difíciles de delinear, amorfos y condenados al fracaso.

     Sin embargo, el "nihilismo negativo", que se enmascara como un humanismo liberal sincero, posee realmente dos claras ventajas. Primero, su insipidez e inconsistencia de pensamiento lo han hecho metapolíticamente hegemónico, únicamente en virtud de su atractivo para las masas. Se trata de una ideología incongruente para gente fracturada y en malas condiciones. Segundo, gracias a ideólogos de tendencias izquierdistas como Michel Foucault y los de su clase, el establishment propone que su objetivo final (telos) más alto es la libertad, o, más adecuadamente, una "libertad negativa", que no es concebida como un constructo teórico o académico sino más bien como una cosa práctica y del mundo real. La conceptualización de Foucault de la libertad presupone que debe ser ejercida para que exista, y que el "ejercicio" de la libertad es el garante de su perpetuidad; esa teoría ha sido adoptada en gran escala por la Izquierda.

     En consecuencia, la así llamada "Izquierda" es conducida por la necesidad de ejercer la libertad como acción, y hasta relativamente hace poco ha sostenido un virtual monopolio sobre el ámbito del activismo político. Es esa propensión al ejercicio de la acción, en combinación con la amplia atracción de su política plebeya, lo que explica una gran parte del meteórico ascenso de la Izquierda como un movimiento hegemónico. Además, el activismo "izquierdista" se aviene con una sociedad que presupone la "liberación" y la emancipación, mientras que el nuestro representa una regeneración del eterno "orden natural", y como tal, según ellos, debe ser suprimido como "reaccionario".

     Por supuesto, la debilidad colectiva de la raza blanca, a saber, nuestra compartida propensión racial al universalismo y al altruísmo no basado en el parentesco, ha sido también un importante factor contribuyente a la hegemonía de la Izquierda. Esto es particularmente verdadero cuando nuestro intrínseco anti-igualitarismo racial y cultural es azuzado contra un adversario cuya fase final es la eliminación sistemática de todas las formas diferenciadas de status, poder y riqueza. El establishment ofrece satisfacción e inactividad para el "último hombre", mientras que nosotros ofrecemos simplemente un renacimiento racial-cultural y la revitalización de la grandeza.

     Aristóteles lo expresó más directamente cuando él determinó que el poder de discriminación es una parte integral de la psique humana. El poder de discriminar, o discernir, es una función integral del intelecto y de la percepción, y el medio por el cual es formado el juicio cognoscitivo [4]. Así, el establishment liberal y humanista, en su búsqueda del igualitarismo, ha dejado todas las cosas desprovistas de sentido por medio de su incesante necesidad de nivelar e igualar todas las cosas. Toda la gente anda en busca de sentido, y la "Izquierda", en virtud de la artificialidad de sus argumentos, no basados en la realidad ni en el "orden natural" sino en el orgullo desmedido (hybris) de la polémica ideológica, ha construído un sistema que está condenado a la auto-canibalización, gracias a su incesante necesidad de desconstruír.

[4] David Charles, Aristotle on Meaning and Essence, Reino Unido, 2003.

     Para responder a esto, nosotros los Identitarios Blancos, reforzándonos primero como individuos y luego colectivamente, sólo tenemos que continuar nuestra lucha y soportar las pruebas y tribulaciones del Ragnarök. Por virtud de nuestros fuertes y positivos ideales —particularmente cuando son contrastados con el auto-destructivo dogma izquierdista de nuestros adversarios— seremos victoriosos. El dramaturgo romano Terencio una vez escribió que "La fortuna favorece al fuerte", y es esta fuerza, la fuerza dual de nuestra gente y de nuestras ideas, la que finalmente nos pondrá en libertad.


* * * *

     Teniendo en cuenta todo lo dicho, la pregunta todavía permanece: ¿cómo formamos una "conciencia revolucionaria"? Haciéndose eco de las obras más tempranas de Friedrich Nietzsche, Ernst Jünger propuso que el guerrero del futuro es aquel que puede soportar el mayor dolor. Así, en un verdadero modo Jüngeriano, al percibir el cuerpo como un instrumento para el logro de lo heroico, por medio de la des-encarnación de la conciencia, y, por extensión, mediante la negación del sentimiento y del dolor, la creación del Übermensch es una certeza anticipada. ¿Pero en qué campo de batalla nos ponemos a prueba, nosotros Übermenschen emergentes, nosotros, los presagios de un nuevo Herrenvolk? El campo de batalla del cual surgirá el Übermensch de hoy es el del mundo terrenal y contemporáneo.

     El establishment procura reparar todos los males percibidos, todas las diferencias en status, poder y riqueza, y hace aquello mediante el perverso mecanismo de la "justicia social". En Estados Unidos, la poca adherencia que queda a la Primera Enmienda a la Constitución y su noción de la "libre expresión", garantiza que, por el momento al menos, el más severo "juicio" legal hecho sobre herejes como nosotros será un Auto de Fe [ceremonia pública de la Inquisición de abjuraciones y ejecuciones de los herejes] de exilio social y económico. Nosotros los herejes del mundo occidental somos declarados personae non gratae por los "poderes fácticos", ejercidos por la "justicia social" y sus incompetentes "guerreros". De esta manera, para finalmente crecer vigorosamente, debemos deleitarnos en la lucha, endurecernos a nosotros mismos para un futuro que será duramente combatido.

     La pregunta está planteada: ¿nos acobardamos como animales asustados, como el sistema desea que hagamos, o realmente luchamos? Yo he optado por luchar, y esperaría que usted hiciera lo mismo. Pero, ¿cómo luchamos? Luchamos venciendo a aquellos que procuran degradarnos y limitarnos, luchamos al resistir, luchamos consiguiendo la victoria cuando nos enfrentamos a aplastantes probabilidades en contra, y más importante aún, ¡luchamos por la gloria que es la completa magnificencia de la raza blanca! Joseph de Maistre opinó: "En una democracia la gente tiene los líderes que se merece", y como raza deberíamos demostrarnos capaces de resistir el cambio transformativo, ya que un día seremos favorecidos con la patria que hemos ganado.–





1 comentario:

  1. En apenas dos minutos, el eurodiputado Godfrey Bloom nos explica, MAGISTRALMENTE, el fraude del sistema bancario:

    https://www.youtube.com/watch?v=gUYBBHYV5Yg

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