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domingo, 13 de agosto de 2017

Alexander Jacob - Freud y Jung, Implicaciones Sociales



     En el sitio euvolution.com estaba el siguiente ensayo del doctor Alexander Jacob, de la Universidad de Toronto, que hemos puesto en castellano, que fue primeramente publicado en el vol. 33 Nº 4 de la revista académica de Antropología Mankind Quarterly de Londres, de Junio de 1993. Aquí el autor realiza un sugerente marcado contrapunto entre los fundamentos conceptuales y consecuencias sociales de algunos conceptos esenciales presentes en las teorías psicológicas de Freud y de Jung, que termina inclinando la balanza hacia el mayor peso de la interpretación de este último.


FREUD y JUNG
Las Implicaciones Sociales de la Teoría Psicológica
por Alexander Jacob
Junio de 1993



     El propósito de este ensayo es identificar la diferencia filosófica que existe entre los dos sistemas psicológicos más influyentes de la edad moderna, los de Freud y Jung, a fin de que podamos apreciar mejor sus diferentes implicaciones sociales. Esto es significativo por cuanto el movimiento psicoanalítico freudiano está esencialmente arraigado en antiguas creencias que pueden ser remontadas a la Cábala y a distantes tradiciones babilónicas [1], mientras que el pensamiento Junguiano está arraigado en una tradición más claramente occidental [2].

[1] Véase de David Bakan, Sigmund Freud and the Jewish Mystical Tradition, Boston, 1975.
[2] Debo enfatizar que mi intención no es evaluar los logros científicos de Freud y Jung en su integridad sino sólo destacar aquellos aspectos de sus sistemas que tienen una conexión significativa en cuestiones de filosofía social.

     Puede ser declarado desde el comienzo que, como ha sido bien reconocido, los conceptos psicológicos de Freud estaban profundamente basados en antiguas tradiciones del Medio Oriente gracias a su profunda comprensión de la gran riqueza de la herencia cultural judía. No obstante, también podemos percibir en algunos de sus escritos un intento deliberado de encontrar alternativas a los principales principios filosóficos de la civilización europea que lo rodeaban, y que lo consideraban como extranjero. En su obra "La Interpretación de los Sueños", por ejemplo, Freud confesó que él se veía a sí mismo como un moderno Aníbal que tomaría venganza contra Roma, la cual simbolizaba la cultura europea en general y a la Iglesia Católica en particular [3]. Que él hubiera tenido éxito en un alto grado en su tarea es parte del dilema del moderno Occidente.

[3] The Interpretation of Dreams (1900), IV, p. 196 y ss.

     Marthe Robert, en su libro acerca del sentido que tenía Freud de su propia identidad, From Œdipus to Moses (1976), ha revelado el conflicto existente entre las raíces étnicas del psicólogo y los fundamentos clásicos de la sociedad europea en la cual él vivió. Podemos recordar aquí que los judíos fueron emancipados sólo en 1867 en Austria y dos años más tarde en la Confederación Alemana del Norte, y Freud debe haber estado por lo tanto muy consciente de ser un "forastero" en la sociedad vienesa Gentil.

     La aceptación de la gente judía en la sociedad de Europa Central era lenta y estaba marcada por la sospecha y la lucha entre las dos comunidades. Así, como Jacques Maritain ha indicado, "En el fondo de la metafísica freudiana está... el resentimiento, que el propio Freud ha explicado, de un alma insultada y humillada desde la infancia, un resentimiento, como parece, contra la naturaleza humana misma" [4]. Desde muchos puntos de vista los eruditos judíos eran más libres de ver al europeo Gentil claramente, libres del sentido de involucramiento que podría nublar las mentes de los eruditos Gentiles.

[4] Jacques Maritain, "Freudianism and Psychoanalysis: A Thomist View", en Freud and the 20th Century, Cleveland, 1963, p. 253.

     Por otra parte, ellos también deben haber tenido problemas para comprender cómo los propios europeos percibían el comportamiento social que ellos observaban. En cierto modo, ellos estaban en la misma posición que los europeos que estudian las sociedades africanas y asiáticas. Desde el exterior algunas cosas parecían familiares, pero aquellas mismas cosas no podían ser entendidas fácilmente cuando uno no había sido criado con ellas desde la infancia. No es sorprendente, por lo tanto, que Freud dijera a sus colegas en una charla ante la B'nai B'rith que: «Por cuanto yo era un judío, me encontré libre de muchos prejuicios que restringían a otros en el uso de su intelecto; y como un judío estuve preparado para unirme a la Oposición y hacerlo sin un acuerdo con la "mayoría compacta"» (Marthe Robert, op. cit., p. 4).

     La persistente representación hecha por Freud de la sociedad civilizada frente a los instintos sexuales del hombre puede por lo tanto haber sido más que simplemente un producto de una psicología puramente materialista, y en efecto puede haber sido, como Marthe Robert la llamó, una tentativa consciente de poner "el mundo de arriba abajo al revelar la impura fuente de todas las creaciones del espíritu" (p. 55).

     La principal presuposición de la psicología freudiana es que todos los efectos de la llamada cultura y civilización son manifestaciones sociales de instintos infantiles los cuales, en general, retienen su carácter primitivo como sexual y agresivo. Esa limitada visión de la naturaleza humana y de sus productos espirituales es debida al inadecuado esquema de Freud de la psique como estando constituída por tres elementos principales: el Id, el Ego y el Superego. No hay ninguna demarcación clara entre el Id (o Libido) y el Ego (o intelecto racional), ya que las tendencias inconscientes e instintivas del Id están presentes en el Ego a través de todo su desarrollo y lo caracterizan fuertemente hasta en su estado más alto, el "civilizado".

     En cuanto al llamado Superego, éste no es realmente una parte integrante del Yo sino un producto de la interacción entre el Yo individual y la psique social que sirve como un agente admonitorio, o "conciencia", para el Ego. En efecto, Freud sostiene que la conciencia se deriva de las experiencias de la infancia más tempranas de una persona, de modo que el Superego es la imagen paternal interiorizada. La conciencia es realmente una forma de agresividad que, bastante extrañamente, "no representa tanto la severidad que uno ha experimentado de la figura paterna o que uno atribuye a él; representa más bien la propia agresividad de uno hacia ella" (Freud, Civilization and its Discontents [El Malestar en la Cultura], 1930, p. 129).

     Es verdad que Freud admitió "vestigios arcaicos" en el Superego, y por lo tanto él estuvo cerca de admitir que el Inconsciente realmente no puede ser completamente dependiente de su interacción consciente con la realidad externa, como Jung posteriormente iba a establecer [5]. Pero la atribución general de la facultad moral a las circunstancias familiares y a la sociedad en el sistema de Freud más bien que a la psique individual misma, es una distorsión de la filosofía idealista que es típica de una tendencia filosófica racional-materialista que abarcaba tanto a Spinoza como a Marx.

[5] Véase de C. G. Jung, "A Psychological View of Conscience", en Collected Works, vol. X, p. 440: "Primero, el Inconsciente es, ontogenética y filogenéticamente, más antiguo que la consciencia, y en segundo lugar, se trata de un hecho bien conocido que difícilmente puede ser influído, si es que puede serlo de algún modo, por la voluntad consciente".

     Veremos luego cómo Jung corrigió esa inadecuada visión de la conciencia por medio de su sistema de Arquetipos. En efecto, el principal defecto de la psicología freudiana, como Reinhold Niebuhr ha mostrado admirablemente, es que: "Ya que el sistema de Freud es uno sistemáticamente naturalista, no puede, a pesar de las sutilezas de sus análisis de las complejidades de la individualidad humana, hacer justicia plena a la trascendente libertad del espíritu de la cual el Yo es capaz, y no puede examinar las posibilidades creativas y destructivas de aquella libertad". Niebuhr insiste en que el Yo es siempre más que la mera razón: "Sin duda el Yo usa todas sus facultades racionales como instrumentos de esta libertad. La libertad es sin embargo más que la capacidad para el razonamiento discursivo, y las capacidades creativas de esta libertad no le impiden ser usada destructivamente o egoístamente" (R. Niebuhr, "Human Creativity and Self-Concern in Freud's Though", en Freud and the 20th Century, 1963, p. 269).

     La visión de Freud del desarrollo de la civilización humana es similar a la de Thomas Hobbes, ya que repite la tesis de éste del estado de Naturaleza como uno de los vigorosos esfuerzos para satisfacer el hambre fisiológica y apaciguar la lucha física mutua entre los individuos. Sin embargo, a diferencia de Hobbes, Freud no visualiza un Leviatán como una solución política al problema de la naturaleza humana, sino que, más como Spinoza, cree que el entendimiento racional conducirá a una sociedad bien balanceada de hombres que reconciliarán su Ego con su Id y se liberarán de las ilusiones adultas de la civilización derivadas de sus diversos complejos infantiles (Freud, The Future of an Illusion, 1927).

     Es verdad que Freud también concede al amor (es decir, el instinto de la vida), o Eros, un papel en la formación gregaria de sociedades tempranas [6], pero en una forma tan ambigua que está fuertemente aliado con la envidia. Así, la raíz de la propia gregariedad está localizada en los sentimientos de envidia que un niño siente en cuanto a las atenciones de su padre hacia sus hermanos y hermanas [7]. Según Freud, esa envidia es satisfecha de manera sustituta por la identificación de los deseos de cada individuo que está en un grupo con los deseos de los otros en ese grupo.

[6] Véase de Freud, Group Psychology and the Analysis of the Ego (1921), cap. IV, y Beyond the Pleasure Principle.
[7] Group Psychology, cap. IX, "The Herd Instinct".

     En efecto, en "La Interpretación de los Sueños" Freud incluso propone un modelo mítico de la formación de la sociedad temprana tomado prestado de la historia de Edipo según la cual el destino de toda civilización se deriva de una envidia edípica hacia una figura paterna primordial y de un deseo incestuoso hacia una figura materna primordial. Pero cualquiera que no sea engañado por el encanto de nuevas teorías mitológicas puede ver que el complejo edípico no es de ningún modo un fenómeno universal y que, incluso si lo fuera, claramente no podría haber sido el impulso principal para las elevadas creaciones del espíritu que son el sello de la alta civilización.

     Ciertamente, no hay ninguna indicación en las propias obras de Sófocles de que alguno de los acontecimientos acerca de una familia Real específica de Tebas representa el nacimiento de la civilización griega o humana, como, por ejemplo, se supone que lo hace la historia abiertamente mítica de Prometeo [8]. En efecto, se ha argumentado que la concepción de Freud del drama de la sociedad temprana podría ser probablemente una proyección sobre la Humanidad de sus propios complejos psicológicos, al sostener que todas las sociedades tempranas se formaron cuando los hijos de un cierto patriarca colectivamente mataron y devoraron a su padre ya que él representaba un obstáculo para el ansia de poder de ellos (Freud, Totem and Taboo, 1913).

[8] Freud apunta al pasaje de Edipo Rey donde Yocasta consuela al héroe trágico recordándole que su crimen quizá no es tan antinatural como él debe pensar ya que a menudo ocurre en los sueños de los hombres (The Interpretation of Dreams, p. 264). Pero el hecho mismo de que Sófocles esté consciente de ese sueño-deseo y sin embargo no lo convierta en la base moral de su obra dramática, revela que para él el temor a los dioses, representados por el coro, es mucho más significativo para la salud de la nación que el inconsciente entregarse a los deseos reprimidos. El énfasis en estos últimos que Freud proporciona en su sistema es totalmente no-europeo y típicamente moderno.

     Freud estaba en parte racionalizando y en parte universalizando sus propias poco felices experiencias con su padre hasídico, Jakob Freud, que representaba a la judeidad de la cual el psicólogo procuraba inconscientemente liberarse. Esa hipótesis es reforzada en su ensayo "Moisés y el Monoteísmo" (1939), en el cual él describe el asesinato de Moisés [9] por los judíos que lo seguían: Moisés es el padre del ethos religioso judío del cual los judíos intentaron en vano liberarse, ya que la religión yahvista que sucedió al sistema mosaico adquirió gradualmente las características de éste.

[9] Moisés es descrito por Freud como un príncipe egipcio, siendo que dicha bíblica historia tiene sentido psicológico completo solamente si la figura central fuera un judío expulsado de Egipto por su revolucionaria invención religiosa, tal como antes Abraham fue expulsado de Caldea por su incapacidad para adaptarse a la constitución filosófica de los caldeos (véase Josefo, Antigüedades Judías, I, 157; cf. Filón, De Mutatione Nominum, 72-76, y De Migratione Abrahami, 184).

     Sin embargo vemos esto, según la teoría freudiana de que toda civilización se ha basado en orígenes desagradables y que se desarrolló con el tiempo como un sistema que impuso un control cada vez mayor a los instintos primordiales, ayudado por la actividad del Superego. Así, en esta visión, la religión, la filosofía y el arte, las columnas de la civilización humana superior, son todos igualmente "ilusiones" de la vida instintiva que han sido sublimadas. La religión es sólo un producto de la necesidad del niño de un padre protector:

     «La religión es una tentativa de dominar el mundo sensorial en el cual estamos situados, por medio de un mundo de deseos que hemos desarrollado dentro de nosotros como resultado de necesidades biológicas y psicológicas. Pero la religión no puede conseguir aquello. Sus doctrinas llevan la impronta de los tiempos en los cuales ellas surgieron, los ignorantes tiempos de la infancia de la Humanidad. Sus consuelos no merecen ninguna confianza... Si intentamos asignar el lugar de la religión en la evolución de la Humanidad, ella aparece como una adquisición permanente, pero como una contraparte de la neurosis por la cual los hombres civilizados individuales tienen que pasar en su transición desde la infancia a la madurez» (Freud, New Introductory Lectures on Psycho Analysis, 1933, Conferencia XXXV).

     Las enseñanzas religiosas son, por así decir, "reliquias neuróticas", y Freud sugiere que "probablemente ha llegado el tiempo de sustituír los efectos de la represión por los resultados de la actuación racional del intelecto". El arte y la filosofía, también, son parecidos a la neurosis. De hecho, "Podría sostenerse que un caso de histeria es una caricatura de una obra de arte, que una neurosis obsesiva es una caricatura de una religión, y que una ilusión paranoica es una caricatura de un sistema filosófico" [10].

[10] Totem and Taboo, II; cf. Freud, Prefacio a "Reik's Ritual: Psycho-Analytic Studies", 1919.

     Es decir, ellas se diferencian entre sí sólo en su grado de intensidad y no en su tipo. El carácter ilusorio de la filosofía es destacado por Freud de la siguiente manera:

     "La filosofía no está opuesta a la ciencia; se comporta como una ciencia y trabaja en parte con los mismos métodos; se aparta de ella, sin embargo, al aferrarse a la ilusión de ser capaz de presentar un cuadro del universo sin vacíos y coherente, aunque uno que está obligado a colapsar con cada avance nuevo en nuestro conocimiento. Se extravía en su método al sobreestimar el valor epistemológico de nuestras operaciones lógicas y al aceptar otras fuentes de conocimiento, como la intuición" [11].

[11] New lntroductory Lectures; véase la crucial evaluación de Jung de la intuición entre los pueblos germánicos.

     El arte es un producto más inocuo de la transferencia de la actividad instintiva a la imaginación, ya que no pretende ser otra cosa que una ilusión.

     Según Freud, el aspecto desafortunado de la represión de los instintos que constituye la cultura humana es que hace que el individuo sufra un creciente malestar dentro de los límites de la vida civilizada y produce diversos desórdenes psíquicos que Freud mismo y sus seguidores se propusieron curar. Uno de los resultados obvios de la civilización, según Freud, es que "la vida sexual del hombre civilizado es... severamente perjudicada; a veces da la impresión de estar en un proceso de involución como función, tal como nuestros dientes y nuestro cabello parecen ser como órganos" (Civilization and Its Discontents).

     En cuanto al instinto de agresión, Freud sostiene que los hombres civilizados buscan salidas para ese instinto por medio de la creación forzosa de naciones y guerras entre esas naciones. Además, cuando Freud escribió "Más Allá del Principio del Placer" (1920), la experiencia de la Gran Guerra lo había impulsado a identificar, además del instinto de auto-conservación o "instinto de vida" (relacionado con la Libido), un "instinto de muerte", característico del Ego humano e incorporado en el sistema social entero que el Ego crea. Ese instinto de muerte es en efecto capaz de causar la extinción última de toda la Humanidad (Freud, Why War, 1933).

     En esta oscura teoría del Estado, Freud se muestra como un determinista psicológico estricto con poca comprensión acerca del alcance pleno del espíritu humano que está caracterizado por una creativa fuerza de voluntad y que es independiente tanto del Eros [Amor] como de la Ananké [la Necesidad o exigencias de la realidad], identificados por Freud como los poderes motivadores de la civilización. El defecto alarmante del sistema psicológico de Freud por lo tanto es que está, como dijo Maritain, "impregnado y superado en cada lado... por una pseudo-metafísica del carácter más vulgar... porque combina todos los prejuicios del cientismo determinista y maquinal con todos los prejuicios del irracionalismo" (Maritain, op. cit., p. 249).

     En efecto, en este modo estrictamente determinista de pensamiento, las teorías de Freud son paralelas a la limitada concepción económica del hombre postulada por aquel otro principal pensador judío del siglo XIX, Karl Marx, y motivos tales como éstos algunos han afirmado que existe una tendencia en la psique judía a limitarse a sí misma al materialismo racionalista empírico [12].

[12] Se ha sugerido que la perspectiva filosófica de los pueblos semíticos está estrechamente relacionada con su lenguaje "imperfectamente" conjugado y con su carencia de imaginación mitológica. La importancia que un lenguaje totalmente desarrollado tiene para la especulación filosófica fue argumentada por lingüistas del siglo XIX como Wilhelm von Humboldt (1767-1835) y Ernest Renan (1823-1892). Humboldt, por ejemplo, en la Introducción "Einleitung uber die Verschiedenheit des menschlichen Sprachbaues..." declaró que
     "Es evidente que un idioma cuya estructura es muy ampliamente apropiada para el intelecto y que estimula muy intensamente su actividad, debe poseer también el poder más duradero para producir, a partir de su reserva de materiales lingüísticos, nuevas conformaciones, generadas por el paso del tiempo y los destinos de los pueblos. Si las lenguas sánscritas han dado pruebas de su capacidad productiva durante al menos tres mil años, eso es simplemente un efecto de la intensidad de la acción lingüística creativa en los pueblos a los cuales ellas pertenecían" (Wilhelm von Humboldt, Linguistic Variablity and Intellectual Development, Florida, 1971, p. 162).

     Humboldt realmente argumentó que los idiomas semíticos eran "deficientes":
     "En contraste, y me parece más cierto que lo que ha sido discutido hasta este punto —y más importante para determinar la relación de los idiomas semíticos con el desarrollo intelectual—, el íntimo sentido lingüístico en el caso de esos pueblos aún carecía de la necesaria agudeza y claridad con respecto al significado material y a la relación de las palabras... Las palabras conjugadas en las lenguas semíticas no contienen modificaciones en su inflexión de los tonos originales; en vez de eso contienen complementos que producen la verdadera forma fonética. Ahora bien, ya que el morfema raíz original no puede llegar a ser perceptible por el oído en el lenguaje conectado, la animada distinción entre la expresión semántica y la expresión relacional, sufre".

     Renan, un erudito semita, también vio la diferencia que existe entre los idiomas indoeuropeos y los semíticos como siendo la misma que hay entre las formas orgánicas y las inorgánicas. Así, él declaró:
     "Se puede decir que las lenguas arias, comparadas con las semíticas, son los idiomas de la abstracción y de la metafísica, en contraste con los del realismo y la sensualidad. Con su maravillosa flexibilidad, sus diversas flexiones, sus delicadas partículas, sus palabras compuestas, y sobre todo gracias al admirable secreto de la inversión, que permite conservar el orden natural de las ideas sin dañar la determinación de las relaciones gramaticales, los idiomas arios nos transportan principalmente al idealismo pleno, y nos hacen considerar la creación de la palabra como un hecho esencialmente transcendental. Si no se consideran, por el contrario, más que las lenguas semíticas, se podría creer que el lenguaje fue inicialmente sólo una especie de reflejo del mundo exterior" (Renan, Histoire Generale et Systeme Comparé des Langues Semitiques, Paris, 1878, I, I, p. 22).

     Así, la consciencia semítica fue percibida por estos escritores como rígida y estrechamente enfocada: "La abstracción les es desconocida; la metafísica, imposible" (Ibid.).

     De acuerdo a las innovaciones psicológicas de Freud, el hombre es un prisionero de su inconsciente inferior y por lo tanto está privado de una capacidad para el comportamiento ético. Como lo expresa Gerard Bonnot: "Se ha confundido al Diablo con el buen Dios, al bien y al mal, lo humano con lo inhumano, en el mismo determinismo psicológico... Liberador equívoco, Freud nos prohíbe elaborar nuevos valores morales y nos priva del único atributo que los puede fundar: nuestra libertad. Nos deja en manos de la dictadura de una necesidad que, por ser inconsciente, no aparece como menos implacable que las leyes de la física" (G. Bonnot, Ils Ont Tue Descartes: Einstein, Freud, Pavlov, Paris, 1969).

     Lo que es peor, es que la "cura" que Freud y sus seguidores proponen para esa patética situación es, explícita o implícitamente, una liberación racional de la Libido, puesto que si la civilización es una causa de desórdenes psíquicos, entonces el único modo de remediar esos defectos personales es deshacer las represiones del Superego social. Tal objetivo es claramente más compatible con los animales que los hombres, ya que es más fácil para los primeros vivir de acuerdo con sus instintos que para nosotros. En realidad, el resultado lógico de la doctrina de Freud es que el hombre como un ser natural debe ser considerado un "monstruo", de acuerdo a cómo él, no sorprendentemente, es descrito por el freudiano de Izquierda Erich Fromm: «La conciencia de sí mismo, la razón y la imaginación interrumpen la "armonía" que caracteriza a la existencia animal. Su aparición ha hecho del hombre una anomalía, el monstruo del universo» (E. Fromm, The Sane Society [Psicoanálisis de la Sociedad Contemporánea], Nueva York, 1955, p. 23).

     El eslabón entre la visión freudiana del hombre y el caos del modernismo, marcado por lo que A. H. Williamson llama su "orientación anti-histórica, su insistencia en las discontinuidades, su foco sobre lo fragmentado, sus ambigüedades morales" y su intento de "dejar de considerar la experiencia nacional, deslegitimar el patriotismo, disolver los lazos sociales, rechazar las verdades filosóficas y religiosas dominantes" [13] es tan obvia, en el más alto grado, como deplorable [14].

[13] A. H. Williamson, "The Cultural Foundations of Racial Religion and Anti-Semitism", en Lingering Shadows: Jungians, Freudians, and Anti-Semitism, ed. A. Maidenbaum, Boston, 1991, p. 151.
[14] Véase también de Jung, "In Memory of Sigmund Freud" (1939), en Collected Works, XV, 47: "El método psicológico de Freud es y siempre fue un agente cauterizador para el material enfermo y degenerado, como se encuentra principalmente en pacientes neuróticos. Más tarde, cuando las nuevas ideas se encontraron con un amplio reconocimiento, se desarrollaron como un defecto estético, y finalmente, como todo fanatismo, evocaron la sospecha de una incertidumbre interna".

     La omnipresente influencia del pensamiento freudiano sobre la mente occidental, especialmente sobre la estadounidense, no puede ser puesta en duda [15]. Como H. M. Ruitenbeck dijo, "En la estructura del Inconsciente estadounidense, el psicoanálisis, para algunas personas, ha reemplazado a ideologías más tempranas, e incluso a ciertos consuelos religiosos" (Ruitenbeck, op. cit., p. 24).

[15] Para el desarrollo de la psicología freudiana en Europa, véase H. Ellenberger, The Discovery of the Unconscious: The History and Evolution of Dynamic Psychiatry, Londres, 1970; para su influencia en Estados Unidos, véase H. M. Ruitenbeck, Freud and America, Nueva York, 1966.

     La penetración del tejido social por parte de la psicología freudiana es fácilmente evidente en el extendido uso de la terminología psicoanalítica en el lenguaje cotidiano, sobre todo términos como "sentimientos de culpa, inseguridad personal, personalidad no estructurada, inestabilidad", "internalización"... "frustración, tendencias agresivas, trauma" y las omni-inclusivas "tensiones", con una ausencia concomitante de términos positivos como "integridad personal, confianza en sí mismo, responsabilidad" o "coraje moral", como Richard LaPiere ha indicado [16].

[16] Richard LaPiere, The Freudian Ethic, Nueva York, 1959, p. 64; véase también H. J. Eysenck, The Decline and Fall of the Freudian Empire, Washington DC, 1991, pp. 202 y ss.: "El psicoanálisis es en el mejor de los casos una cristalización prematura de ortodoxias espurias; en el peor, una doctrina pseudo-científica, que ha hecho un daño indecible a la psicología y a la psiquiatría por igual. Ha llegado el tiempo de tratarlo como una curiosidad histórica, y de volverse a la gran tarea de construír una psicología verdaderamente científica" (p. 208).

     El estímulo de la auto-expresión en el sillón del psicoanalista está vinculado a la claramente vulgar, y a menudo violenta, libertad de expresión tanto física como vocal que caracteriza a la sociedad moderna en general y que está en nítida oposición a la restricción que es típica de la conducta social en una civilización genuina. En cuanto a las diversas rebeliones, principalmente en Estados Unidos, en los años '60, contra el llamado "Establishment", y la creciente permisividad racial y sexual a la cual han conducido, aquéllas en efecto pueden ser consideradas el triunfo final de un hombre [Freud] que reveló sus intenciones científicas en el epígrafe virgiliano a su trabajo más famoso, La Interpretación de los Sueños: "Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo" [17].

[17] Este verso de la Eneida, VII, 312, "Si no puedo doblegar a los poderes superiores, conmoveré a las regiones infernales", usado para representar la acción de impulsos instintivos reprimidos, bien puede servir como el lema de la producción intelectual entera de Freud.

     Los defectos de la psicología de Freud son mejor destacados al yuxtaponerla al estudio de las discusiones de la psique y su papel en la sociedad contenido en los escritos del psicólogo alemán-suizo Carl Gustav Jung (1875-1961). Jung claramente comprendió que el psicoanálisis es

     "la psicología de estados neuróticos de la mente, definitivamente unilateral, y su validez está confinada sólo a aquellos estados... no es una psicología de la mente sana, y... éste es un síntoma de su fascinación morbosa... está basado en una visión del mundo no sometida a crítica, o que es incluso inconsciente, que tiene tendencia a estrechar el horizonte de la experiencia y a limitar la visión de uno" (Freud and Jung: Contrasts, 1929, en Collected Works).

     A diferencia de la limitada concepción materialista y racional del Ego y el Id propuesta por Freud, que es más bien una concepción fisiológica inconsciente o subconsciente, la Psique o Inconsciente objetivo de Jung es una esfera metafísica de vida o energía universal que se extiende entre el espíritu y la materia:

     «Tal como, en sus límites inferiores, la psique se pierde en el substrato de material orgánico, del mismo modo en sus límites superiores se resuelve en una forma "espiritual" sobre la cual sabemos tan poco como acerca de la base funcional de los instintos. Lo que yo llamaría la psique apropiada se extiende a todas las funciones que pueden ser puestas bajo la influencia de una voluntad» [18].

[18] Jung, "On the Nature of the Psyche" ("Theoretische Uberlegungen fiber das Wesen des Psychischen", 1954). Cf. también "The Psychology of the Child Archetype" (1940), III, 2: «Las "capas" más profundas de la Psique pierden su singularidad individual a medida que se retiran cada vez más lejos hacia la oscuridad. En lo profundo, es decir, a medida que se aproximan a los sistemas funcionales autónomos, se hacen crecientemente colectivas, hasta que se universalizan y se extinguen en la materialidad del cuerpo, esto es, en substancias químicas. El carbono del cuerpo es simplemente carbono. De aquí que "en el fondo" la psique sea simplemente "mundo"».

     En efecto, Jung, en cierto modo como el filósofo Schopenhauer, considera la materia y el alma, o Voluntad, como dos aspectos de una sola realidad primordial [19]: "Dado que la psique y la materia están contenidas en el mismo mundo, y además están en continuo contraste entre sí y por último descansan en factores irrepresentables y transcendentales, no sólo es posible sino bastante probable incluso que la psique y la materia sean dos aspectos diferentes de lo mismo" (Jung, On the Nature of the Psyche, en Collected Works).

[19] Podemos recordar que la materia es caracterizada en el sistema de Schopenhauer como la visibilidad de la Voluntad, mientras que el Alma o Psique es la Voluntad como la Naturaleza ideal, es decir, la Voluntad con una tendencia a manifestarse a través de la materia. Pero por sobre la Voluntad como Naturaleza ideal está la Voluntad como el Yo inefable. Véase A. Jacob, "From the World-Soul to the Will: The Natural Philosophy of Schelling, Eschenmayer, and Schopenhauer", en A. Jacob, De Naturae Natura, Stuttgart, 1992, caps. IX y X.

     La naturaleza última tanto de la materia como del espíritu es "transcendental, es decir, irrepresentable". Y "la única realidad que nos es dada sin un intermediario" es la Psique y sus contenidos. La Psique es una especie de espacio no-físico en el cual actúa la energía, y la energía es a la vez cósmica y humana. La Psique humana, según Jung, tiene tres capas: la Conciencia, el Inconsciente Personal, y el Inconsciente Objetivo o Colectivo. Es este último lo que constituye una diferencia radical entre la psicología de Jung y la de Freud, porque el Inconsciente Colectivo es ese nivel de la Psique que es anterior y más grande que la experiencia personal individual. No es simplemente psíquico sino, primero, espiritual y transcendental. La naturaleza de esta realidad transcendental no puede ser determinada con nuestra limitada razón:

     "Que el mundo dentro y fuera de nosotros se basa en un trasfondo transcendental es tan cierto como nuestra propia existencia, pero es igualmente cierto que la percepción directa del mundo arquetípico dentro de nosotros es tan dudosamente correcta como la del mundo físico fuera de nosotros" [20].

[20] Jung, Mysterium Coniunctionis (1955-1956), VI, Art. 10, en Collected Works. Véase también "On the Nature of the Psyche": "Estamos totalmente conscientes de que no tenemos más conocimiento de los diversos estados y procesos del Inconsciente, en cuanto tales, que los que tiene el físico con respecto a los procesos que subyacen a los fenómenos físicos. De aquello que está más allá del mundo fenoménico no tenemos idea en absoluto, porque no existe una idea que pueda tener alguna otra fuente que el mundo fenoménico".

     La razón de por qué aquí se elude la definición objetiva, es que está íntimamente relacionada con el sujeto de observación: "De ahí que la realidad que subyace a los efectos inconscientes incluya al sujeto de observación y esté por lo tanto constituída en una forma que no podemos concebir. Es, al mismo tiempo, subjetividad absoluta y verdad universal, porque en principio puede ser mostrado que está presente en todas partes, lo cual ciertamente no puede ser dicho de contenidos conscientes de una naturaleza personalista" [21].

[21] Jung, "On the Nature of the Psyche"; cf. A. Schopenhauer, The World as Will and Representation: "Aquello que conoce todas las cosas y no es conocido por ninguna es el sujeto. Es en consecuencia quien soporta el mundo, la condición universal de todo lo que aparece, de todos los objetos... Nunca lo conocemos, pero él es precisamente aquello que conoce dondequiera que hay conocimiento" (Nueva York, 1966, I, 5).

     Por lo tanto, no es simplemente inconsciente como energía psíquica, sino originalmente la conciencia superior, o "absolutes Wissen", del Yo: "Si debemos hacer justicia a la esencia de la cosa que llamamos el espíritu, realmente deberíamos hablar de una conciencia "superior" más bien que del Inconsciente, porque el concepto de espíritu es tal que estamos obligados a conectarlo con la idea de superioridad sobre el Ego-conciencia" (Jung, Geist und Leben, 1926).

     Ese espíritu está "por encima" del intelecto: "El espíritu es algo más alto que el intelecto ya que abarca a éste e incluye también a los sentimientos. Éste es un principio guía de vida que se esfuerza hacia alturas sobrehumanas y brillantes" (Comentario acerca de "El Secreto de la Flor Dorada", 1957).

     Esta distinción entre Consciencia del Ego y Consciencia Superior está completamente ausente en el sistema psicológico de Freud.

     La Psique, que es inmediatamente accesible a nosotros, de esta manera abarca no sólo al "Id" inferior de Freud sino también al Inconsciente Colectivo que es tanto "el depósito de la experiencia del hombre y, al mismo tiempo, la condición previa de esa experiencia" [22]. El Inconsciente Colectivo por consiguiente consiste tanto en instintos como en arquetipos [23].

[22] On the Psychology of the Unconscious (1943), The Archetypes of the Collective Unconscious, en Collected Works.
[23] "El instinto y los arquetipos, juntos forman el Inconsciente Colectivo", en "Instinct and the Unconscious" (1928), en Collected Works.

     Estos últimos son, por así decir, el "autorretrato" del instinto, o la "percepción que el instinto tiene de sí mismo". Y, de nuevo, en su ensayo acerca de la esquizofrenia, Jung describe a los Arquetipos como "impulsos y formas heredados e instintivos que pueden ser observados en todas las criaturas vivientes" (Die Schizophrenie, 1958).

     La diferencia entre el instinto y los Arquetipos es que el primero es el aspecto energético de los Arquetipos manifestados en la materia: "En la medida en que los Arquetipos intervienen en la formación de contenidos conscientes regulándolos, modificándolos y motivándolos, ellos actúan como los instintos" (On the Nature of the Psyche), mientras que el Arquetipo mismo es la "Sinn des Triebs" [Conciencia de los Instintos], o su significado específico. Jung es así cuidadoso para distinguir las representaciones arquetípicas del Arquetipo, el cual es en último término superior:

     «Las representaciones arquetípicas (imágenes e ideas) transmitidas a nosotros por el Inconsciente no deberían ser confundidas con los Arquetipos como tales. Ellas son estructuras variadas de las que todo apunta a una forma básica esencialmente "irrepresentable". Esta última se caracteriza por ciertos significados fundamentales, aunque éstos puedan ser comprendidos sólo aproximadamente... me parece probable que la verdadera naturaleza del Arquetipo no es susceptible de ser hecha consciente, es decir, trascendente» (Ibid.).

     Esta cualidad superior e irrepresentable del Arquetipo es la misma que la realidad trascendente de la Voluntad de Schopenhauer, a saber, el Yo.

     Las imágenes arquetípicas de la Psique son generalmente una actividad formativa vital, parecida a la imaginación productiva:

     «Es difícil ver por qué las actividades psíquicas inconscientes no deberían tener la misma facultad de producir imágenes como aquellas que son representadas en la conciencia; la psique consiste esencialmente en imágenes. Se trata de una serie de imágenes en el sentido más verdadero, no una yuxtaposición o secuencia casual sino una estructura que está completamente llena de sentido y propósito; se trata de una representación visual de actividades vitales» (Spirit and Life, en Collected Works).

    Significativamente, Jung también enfatiza el hecho de que los Arquetipos son "modos típicos de aprehensión" (Instinct and the Unconscious, en Collected Works), confirmando así la percepción de Schopenhauer de que las Ideas son, desde el punto de vista de la Voluntad objetivada o del universo manifiesto, en realidad niveles de conciencia de la realidad de la Voluntad como el Yo. El espíritu tiene tendencia a manifestarse de modos simbólicos en el reino de los fenómenos. En "Die Psychologie der Ubertragung" Jung declara que el Yo es

     «tanto Ego como no-Ego, subjetivo y objetivo, individual y colectivo. Es el "símbolo unificador" que personifica la unión total de los opuestos. Como tal y de acuerdo con su naturaleza paradójica, sólo puede ser expresado por medio de símbolos. Éstos aparecen en los sueños y fantasías espontáneas» (The Psychology of the Transference, 1946).

     Esas manifestaciones empíricas del Yo tienen la cualidad numinosa de su original, y están por ello no limitadas por el espacio o el tiempo. En "Psychologie und Alchemie" Jung sugiere que el Yo tiene tendencia a manifestarse en los sueños, "ya que noche tras noche nuestros sueños practican la filosofía por su propia cuenta" (Psychologie und Alchemie, 1952, II, 3). Esta descripción del significado arquetípico más grande de los sueños está en contraste absoluto con la interpretación empírica de los sueños como cumplimiento de deseos en Freud.

     La simbolización del arquetipo del Yo o del Inconsciente Absoluto es atestiguado no sólo en los Egos individuales sino también, en su forma psicológica más básica y universal, en la mitología. El Inconsciente Colectivo así típicamente se representa a sí mismo por medio de motivos mitológicos. Los arquetipos mitológicos son los patrones subyacentes de la formación de símbolos que, según la herencia racial y cultural, cambian sus manifestaciones particulares en cualquier momento o lugar [24]. El Inconsciente Colectivo, de esta manera, no sólo liga a los individuos a la raza sino que también los une hacia atrás con los pueblos del pasado y su psicología.

[24] Jung, "Synchronizitat als ein Prinzip akausaler Zusammenhange" (1952), en Naturerklarung und Psyche, p. 104.

     Aunque el Inconsciente Colectivo como un todo esté tan lejos de la conciencia humana que ésta realmente no puede entenderlo, un entendimiento básico de la psique colectiva que está detrás del individuo es vital para una vida social e histórica sana. La importancia del Inconsciente como una "influencia determinante de la Historia" es en efecto evidente a través de toda la historia europea. Por ejemplo,

     "Sólo en la época de la Ilustración la gente descubrió que los dioses realmente no existían sino que eran simplemente proyecciones. Así los dioses fueron desechados. Pero la función psicológica correspondiente no fue de ningún modo eliminada; pasó al Inconsciente, y los hombres fueron después de eso envenenados por el exceso de Libido que había sido puesto una vez en el culto de las imágenes divinas... El Inconsciente es prodigiosamente reforzado por ese reflujo de la Libido, y, por medio de sus arcaicos contenidos colectivos, comienza a ejercer una poderosa influencia sobre la mente consciente. El período de la Ilustración se cerró, como sabemos, con los horrores de la Revolución francesa. Y en el presente, también, estamos experimentando una vez más este levantamiento de las fuerzas destructivas inconscientes de la psique colectiva" (Ibid.).

     Puesto que Jung es cuidadoso al diferenciar entre el arquetipo del Yo y los arquetipos individuales relacionados con el Ego racional [25], él puede lógicamente sostener que son los arquetipos sólo del Ego los que tienen que diferenciarse por medio de la evolución psíquica, desde la primitiva identificación de un Yo individual con el mundo que lo rodea hasta el ascenso de la auto-consciencia y su posterior separación de la vida de la Naturaleza que es el dominio del Ego.

[25] El primero es el Yo absoluto e igualmente la Forma de Dios: "Estrictamente hablando, el Dios-imagen no coincide con el Inconsciente como tal sino con un contenido especial de él, a saber, el arquetipo del Yo. Es este arquetipo en el cual ya no podemos distinguir al Dios-imagen empíricamente" (Jung, Answer to Job, en Collected Works).

     Jung discrepa con la visión de Freud de la civilización como resultado de la sublimación de instintos, lo que sólo puede significar una forma sutil de represión. Jung sostiene, en cambio, que «la sublimación no es la "transmutación" de instintos sino la "transferencia" espontánea de la energía desde una forma instintiva a otra, desde un instinto físico, por ejemplo, a su forma arquetípica correspondiente» (W. Odajnyk, Jung and Politics, 1976, p. 179). Como él dijo:

     "La teoría sexual de Freud de la neurosis está basada en un principio verdadero y fáctico. Pero contiene el error de ser unilateral y exclusiva; también comete la imprudencia de tratar de apoderarse de un irrestringible Eros con la burda terminología del sexo. A este respecto Freud es un típico representante de la época materialista, cuya esperanza era solucionar el enigma del mundo en una probeta" [26].

[26] Jung, On the Psychology of the Unconscious. El propio Jung describe a Eros como perteneciente "al aspecto de la naturaleza animal primordial del hombre, que durará mientras el hombre tenga un cuerpo animal. En su otro aspecto el hombre está relacionado con las más altas formas del espíritu. Pero él sólo prospera cuando el espíritu y el instinto están en una correcta armonía".

     En cuanto al así llamado "Complejo de Edipo" Jung sugirió que aquél puede ser más que un mero complejo sexual paternalmente orientado y ser, de hecho, una "evidencia de una notable liberación de las fatalidades de la situación familiar" (Ibid.). Jung expresamente denunció el concepto freudiano del Superego, e insistió en que éste fuera correctamente considerado como "Conciencia", la cual no es un resultado tardío de la interacción entre el individuo y la sociedad por la cual esta última aparece en la forma de un dios patriarcal de prohibiciones, sino más bien un componente arquetípico autónomo de la Psique. Jung sostuvo que:

     «El Superego freudiano no es... una parte natural y heredada de la estructura de la psique; es más bien el almacenamiento conscientemente adquirido de las costumbres tradicionales, el "código moral" como está incorporado, por ejemplo, en los Diez Mandamientos. El Superego es una herencia patriarcal que como tal es una adquisición consciente y una posesión igualmente consciente. Si parece ser un factor casi inconsciente en los escritos de Freud, eso se debe a la experiencia práctica de éste, la que le enseñó que, en un número sorprendente de casos, el acto de conciencia ocurre inconscientemente» (A Psychological View of Conscience, 1958).

     El Superego freudiano, en resumen es, según Jung, "un intento furtivo de pasar de contrabando la imagen tradicional de Yahvé con el vestido de la teoría psicológica".

     «La conciencia no es, en efecto, lo mismo que un precepto moral ya que ella menudo puede estar a menudo en oposición con éstos. En tales conflictos la solución apropiada es entregada por un instinto creativo que brota de una conexión activa entre la Conciencia racional y el Inconsciente no racional. A diferencia de la oposición planteada por Freud entre las demandas colectivas de la sociedad y los instintos rebeldes del individuo, el juicio del instinto creativo del hombre de hecho posee "aquella autoridad irresistible bastante justamente caracterizada como la voz de Dios(Ibid.).

     No debería ser sorprendente que, con la teoría del Inconsciente Colectivo, Jung señale no sólo la relación entre el Yo y el Ego en el despliegue de la civilización humana sino también las diferencias psicológicas básicas entre razas y las influencias psicológicas que ocurren entre ellas. Un ejemplo de la exclusividad de los arquetipos raciales es de hecho ofrecido por la historia moderna de Europa. Jung considera que una de las causas principales de las guerras, cismas y luchas de la Europa moderna se debe a la anómala posición del cristianismo entre los pueblos europeos. Como él lo ve, «"Cristianos alemanes" es una contradicción en los términos» (Jung, Wotan, 1936).

     En su ensayo "Wotan" Jung explica las catástrofes de la Alemania del tiempo de la guerra como debidas a la aparición, bajo tensión, del espíritu nativo de Wotan, el antiguo dios germánico de la guerra y de los truenos, entre el pueblo alemán. La lección a ser aprendida de ese ejemplo es que la conciencia nacionalista de un pueblo es tan esencial como la auto-conciencia de sus componentes individuales: "El nacionalismo, desagradable como es, es por lo tanto un sine qua non, pero el individuo no debe permanecer pegado a ello. Por otra parte, en tanto él es una partícula en la masa, no debe levantarse por encima de ella tampoco" [27].

[27] Jung, carta al doctor James Kirsch, 26 de Mayo de 1934, en C. G. Jung, Letters, Princeton, 1975, vol. I, p. 162. Que las opiniones políticas de Jung estuvieron siempre íntimamente relacionadas con sus opiniones psicológicas, a pesar de su repudio público del régimen nacionalsocialista en 1946, es demostrado por S. Grossman en su artículo "C. G. Jung and National Socialism", Journal of European Studies, 9 (1979), pp. 231-259.

     Jung claramente insiste en la necesidad de aplicar categorías psicológicas diferentes al considerar grupos raciales diferentes. Así, en "Las Relaciones entre el Ego y el Inconsciente", él declaró que

     «es un error completamente imperdonable aceptar las conclusiones de una psicología judía como generalmente válidas... Sin duda, en un nivel más temprano y más profundo del desarrollo psíquico, donde es todavía imposible distinguir entre una mentalidad aria, semítica, camítica o mongola, todas las razas humanas tienen una psique colectiva común. Pero con el comienzo de la diferenciación racial se desarrollan diferencias esenciales en la psique colectiva también» (The Relation between the Ego and the Unconscious, 1928, I, 2).

     Jung critica la equivocada aplicación de categorías judías por parte de Freud "indiscriminadamente a la cristiandad germánica y eslava" porque "A causa de esto, el secreto más precioso de los pueblos germánicos —su creativa e intuitiva profundidad del alma— ha sido explicada como una ciénaga de infantilismo banal". Él continúa:

     «[Freud] no entendió la psique germánica más que lo que lo hicieron sus seguidores germánicos. El formidable fenómeno del Nacionalsocialismo, el cual el mundo entero contempla con ojos sorprendidos, ¿les enseñó algo mejor?. ¿Dónde estaba aquella tensión y energía incomparables mientras ningún Nacionalsocialismo existía aún? Profundamente en la psique germánica, en un foso que es cualquier cosa menos un recipiente de basura de deseos infantiles irrealizables y resentimientos de familia no resueltos. Un movimiento que se apodera de una nación entera debe haber madurado en cada individuo también... Y por eso el alcance [de la psicología médica] debe ser ampliado para revelar a la mirada del médico no sólo las aberraciones patológicas de un desarrollo psíquico perturbado sino los poderes creativos de la psique trabajando por el futuro; no sólo un sombrío fragmento sino el todo significativo» (The State of Psychotherapy Today, 1934).

     Indicando que ni Freud ni Adler son "representantes universalmente válidos del hombre europeo", Jung sugiere que la psicología judía es una representación de "la sombra que nos acompaña a todos nosotros" puesto que, él acusa,

     «Los judíos tienen esta particularidad en común con las mujeres; siendo físicamente más débiles, ellos tienen que apuntar a las grietas en la armadura de su adversario, y gracias a esa técnica que ha sido forzada en ellos durante los siglos, los judíos mismos están mejor protegidos donde otros son más vulnerables. Porque, nuevamente, de su civilización, el doble más antigua que la nuestra, ellos están inmensamente más conscientes que nosotros de las debilidades humanas, del lado sombreado de las cosas, y de ahí que en este respecto sean mucho menos vulnerables que nosotros» (Ibid.).

     La psique de los pueblos germánicos contrasta con la conciencia del Ego predominantemente racional de los judíos, argumenta Jung, y eso explica la mayor creatividad de los primeros:

     «El inconsciente "ario"... contiene fuerzas explosivas y semillas de un futuro aún por nacer, y éstas no pueden ser devaluadas como un romanticismo de guardería de niños sin un peligro psíquico. Los pueblos germánicos todavía juveniles son totalmente capaces de crear nuevas formas culturales que todavía están inactivas en la oscuridad del inconsciente de cada individuo... El judío, que es algo nómada, nunca ha creado aún una forma cultural propia, y por lo que podemos ver, nunca lo hará, ya que todos sus instintos y talentos requieren que una nación más o menos civilizada actúe como anfitrión para su desarrollo» (Ibid.).

     Mientras los arquetipos del Inconsciente Colectivo están generalmente ligados a la raza, según Jung, ellos pueden ser distorsionados por influencias ctónicas que existen en el alma inferior, o Subconsciente. De esta manera, Jung señala la influencia que la mente y las maneras de un pueblo conquistado tiene sobre sus conquistadores. En Estados Unidos, por ejemplo, los europeos han desarrollado inevitablemente características morfológicas así como simbolismos psicológicos propios de los indígenas norteamericanos. Algo de su cultura, por otra parte, se deriva del negro:

     "La música estadounidense saca su principal inspiración del negro, y el baile también. La expresión del sentimiento religioso, las reuniones de renacimiento, los Holy Rollers y otras anormalidades, están fuertemente influídas por los negros" [28].

[28] "Mind and Earth", 1931. Cf. también "The Complications of the American Psychology" (1930): «El hombre inferior tiene una tremenda influencia porque él fascina a las capas inferiores de nuestra psique, la que ha vivido a través de incontables edades de condiciones similares: "Se vuelve siempre a los primeros amores". El bárbaro que está en nosotros es todavía maravillosamente fuerte y se rinde fácilmente al atractivo de sus recuerdos de juventud. Por lo tanto él necesita defensas muy definidas; las defensas del hombre germánico sólo llegan tan lejos como llega la conciencia. Debajo del umbral de la conciencia el contagio encuentra poca resistencia».

     Aunque Jung no declara que esa mezcla de características raciales es completamente dañina, él alaba la virtud de retener los vínculos propios con el suelo nativo de alguien, ya que "el que está arraigado en el suelo perdura" (Mind and Earth). Si explicamos esta sección de los escritos de Jung con la descripción de los Arquetipos, como constituídos de formas a priori y residuos de la experiencia empírica, así como con la explicación Schopenhaueriana de arquetipos o ideas como niveles del auto-conocimiento, veremos que esas interacciones de arquetipos raciales en efecto implican modificaciones de la capacidad de los Egos individuales para entender la realidad interior de la vida o Psique.

     Sin embargo, a pesar de las dimensiones raciales y nacionalistas del Inconsciente Colectivo, el objetivo de la evolución histórica, según Jung, es en realidad la "Individuación". La Individuación es el desarrollo más pleno de la personalidad, y es una "Passion des Ich" [Pasión del Yo]:

     «una auto-capitulación consciente y deliberada que demuestra que usted tiene pleno control de usted mismo, es decir, de su Ego. El Ego así se convierte en el objeto de un acto moral, ya que "Yo" estoy tomando una decisión para beneficio de una autoridad que es superior a mi naturaleza del Ego y que la trasciende. Estoy, por así decir, decidiendo en contra de mi Ego y renunciando a mi reclamación... De ahí que sea completamente posible para el Ego ser convertido en un objeto, es decir, para que una personalidad más compendiosa surja en el curso de su desarrollo y tome al Ego a su servicio. Ya que este crecimiento de la personalidad proviene del Inconsciente, que es por definición ilimitado, el grado de la personalidad que ahora gradualmente se comprende a sí misma, no puede en la práctica ser limitada tampoco. Pero a diferencia del Superego freudiano, es todavía individual. Es de hecho la individualidad en su sentido más alto» (Jung, "Transformation Symbolism in the Mass", 1954, IV, ii).

     No se trata de la afirmación continuada del Ego individual contra el mundo externo sino más bien de la incorporación de ese Ego en la conciencia superior del Yo Absoluto:

     «Pero una y otra vez noto que el proceso de Individuación es confundido con la aparición del Ego en la consciencia, y que el Ego está en consecuencia identificado con el Yo, lo que naturalmente produce un enredo desesperado. La individuación es entonces solamente la centralidad del Ego y el autoerotismo. Pero el Yo comprende infinitamente más que un mero Ego... Es tanto el Yo propio, y todos los otros Yoes, como el Ego. La individuación no lo excluye a uno del mundo sino que congrega al mundo para uno» [29].

[29] "On the Nature of the Psyche". Cf. la carta de Jung del 23 de Agosto de 1953: "Llegar a ser consciente significa un renunciamiento continuo porque es una concentración siempre profundizadora" (Letters, Princeton, 1973-1975); cf. also "Spirit and Life", 1926.

     El objetivo de la Individuación es la participación renovada del Yo individual en el Yo trascendente, puesto que el Ego individual se extiende más allá de la consciencia al reino del espíritu, o de la divinidad. Esto Jung lo trata de ilustrar con el ejemplo de la divinidad de Cristo:

     «En el mundo de las ideas cristianas, Cristo indudablemente representa el Yo. Como la apoteosis de la individualidad, el Yo tiene los atributos de unicidad y de ocurrencia sólo una vez en el tiempo. Pero el Yo psicológico es un concepto trascendente, que expresa la totalidad de los contenidos conscientes e inconscientes, y sólo puede ser descrito en términos antinómicos (tal como la naturaleza trascendente de la luz sólo puede ser expresada por medio de la imagen de ondas y partículas)... Como un personaje histórico Cristo es unitemporal y único; al igual que Dios, es universal y eterno. Del mismo modo el Yo, como una cosa individual, es unitemporal y único; como un símbolo arquetípico, es una imagen de Dios y por lo tanto es universal y eterno» (Jung, Aion, 1951, V, en Collected Works).

     La respuesta de Jung al problema de la consiguiente pérdida de la religión en las teorías de la civilización de Freud no fue así la tradicional judeo-cristiana de un dios en el Cielo sino una interpretación más filosófica del significado simbólico de Cristo usando el arquetipo ideal del Yo como una imagen de la divinidad. Jung también usa como una ilustración de su objetivo ético la doctrina hindú de la inmersión del brahmán en el Atman [supremo Yo universal], términos que sirvieron como fuentes de su concepción del Ich (Yo) y el Selbst (Sí Mismo).

     Jung insiste en que la conciencia última del Yo no es lo mismo que el Ego sino más bien una entidad trascendente superior que es un resultado en la evolución psíquica o en la unión del Ego individual con el ánima inconsciente. Esta realidad superior es también el ámbito de la verdadera libertad, ya que el Yo individual está integrado ahora en el sujeto de la Psique que es el Yo absolutamente libre y creativo. Esa libertad que llega con la realización del individuo como el Yo Absoluto no es, tampoco, un rechazo egoísta del mundo, según Jung, sino más bien una realización de la identidad del Yo individual con la de otros seres: "El Yo es el objetivo de nuestra vida, ya que es la expresión más completa de aquella decisiva combinación que llamamos la individualidad, el florecimiento pleno no sólo del individuo sino del grupo en el cual cada uno añade su parte del todo" (The Relations between the Ego and the Unconscious).

     Esa liberación del Ego es hecha posible por el hecho de que, en la metafísica idealista de Jung, como hemos señalado antes, el mundo externo de la Naturaleza tampoco es sólo materia sino en último término espiritual:

     «La Naturaleza no es sólo materia, ella es también espíritu. Si no fuera así, la única fuente del espíritu sería la razón humana. Es el gran logro de Paracelso haber elevado la "luz de la Naturaleza" a la categoría de un principio... La lumen naturae es el espíritu natural, cuyos extraños y significativos mecanismos podemos observar en las manifestaciones del Inconsciente ahora que la investigación psicológica ha llegado a comprender que el Inconsciente no es sólo un anexo "subconsciente" o el basurero de la Conciencia, sino que es un sistema psíquico en gran parte autónomo para compensar las tendencias y las aberraciones de la actitud consciente, en su mayor parte funcionalmente, aunque a veces los corrija por la fuerza... El Inconsciente no está limitado sólo a los procesos instintivos y reflejos de los centros corticales; también se extiende más allá de la Conciencia y, con sus símbolos, anticipa futuros procesos conscientes. Es por lo tanto muy parecido a una "supra-consciencia"» [30].

[30] "Paracelsus as a Spiritual Phenomenon" (1942); cf. "The Phenomenology of the Spirit in Fairy-Tales" (1948), y "Symbols of Transformation" (1952), II.

     Por contraste, el descubrimiento freudiano del Subconsciente es sólo de la "imagen especular" de la Conciencia, que contiene sólo "reflejos distorsionados de contenidos conscientes" (The Relations between the Ego and the Unconscious, II).

     Considerando esta base metafísica de su psicología, no es sorprendente que Jung, a diferencia de los filósofos o psicólogos materialistas, no considere que la realización de la sociedad ideal es dependiente de modificaciones en las relaciones sociales. Por el contrario, según Jung, los cambios individuales son la condición necesaria de los cambios sociales. El ideal de Jung de una Humanidad espiritualmente regenerada estuvo completamente opuesto a la mentalidad de masas de los tiempos modernos que se despliega bajo la forma de democracia, fascismo o comunismo, puesto que sólo el individuo iluminado es capaz de una vida social realmente impersonal en la cual él solo ha comprendido la identidad metafísica que existe entre su Yo individual y el de los demás. De hecho, hay peligros específicos en los modelos comunitarios postulados tanto por el comunismo como por el fascismo, ya que el ideal comunitario «pone un premio sobre el denominador común más bajo, sobre la mediocridad, y "sobre todo lo que se establece para vegetar de un modo fácil e irresponsable"» (Odajnyk, Jung and Politics, p. 58).

     Eso conduce a una disminución gradual de la cultura al restringir las posibilidades del desarrollo individual, de modo que "la única fuente de progreso espiritual moral para la sociedad es obstruída" (The Relations between the Ego and the Unconscious). Mientras que Freud señaló los peligros de la represión del instinto en la vida civilizada, Jung señala los peligros mayores de la supresión de la psique individual en una sociedad fuertemente socializada, ya que los elementos reprimidos de la psique caen en el Inconsciente y son "transformados en algo esencialmente funesto, destructivo y anárquico" (Ibid.). Tenemos aquí una explicación de los resultados sociales negativos de la ética freudiana ya mencionada. La resultante "inexorable degeneración moral de la sociedad" puede ser comprobada sólo por el individuo iluminado que ha comprendido y ha asimilado todo el ámbito de acción de su Inconsciente.

     Se puede mencionar que Freud, en su ensayo epistolar "¿Por Qué Guerra?" (1933), proclamó que la sociedad sería mejor organizada cuando las masas fueran subordinadas a una élite que haya sometido los instintos de ellos a la "dictadura de la razón". Jung, por otra parte, vio al Estado fascista como resultante precisamente del sistema racionalista de Hegel:

     «La victoria de Hegel sobre Kant dio el golpe más grave a la razón y al posterior desarrollo de la mente alemana y, en último término, de la mente europea, algo tanto más peligroso dado que Hegel era un psicólogo disfrazado que proyectó grandes verdades de la esfera subjetiva sobre un cosmos que él mismo había creado. Sabemos cuán lejos la influencia de Hegel se extiende hoy... [En Hegel encontramos] la ecuación práctica de la razón filosófica con el Espíritu, haciendo así posible aquella manipulación intelectual de aquel objeto que consiguió una brillantez tan horrorosa en la filosofía de él acerca del Estado» (On the Nature of the Psyche).

     Freud, quien es hegeliano en la medida en que su rechazo de la vida instintiva del hombre, por ser productora de las "ilusiones" de la religión y la civilización, es dirigido por su admiración de la razón, merece la misma reprimenda que Jung destinó a Hegel. Es en efecto significativo que, a pesar de su aparente "elitismo", Freud considerara a las dos castas superiores principales, la Iglesia y el Ejército, como dos "grupos artificiales" ligados, como todos los grupos lo están, por lazos libídicos con el líder, Cristo o el Comandante en Jefe, así como con los otros miembros del grupo. Se piensa que esos lazos, como todas las otras relaciones ideales, están basados en la "ilusión" de que el líder ama a todos los miembros por igual. La idea de Jung de un líder nacional, por otra parte, era de alguien totalmente consciente de su Yo y de su identidad racial/arquetípica:

     «el verdadero líder es siempre uno que tiene el coraje para ser él mismo, y que puede mirar a los ojos no sólo a otros sino sobre todo a sí mismo. Es perfectamente natural que un líder esté a la cabeza de una élite, que en siglos anteriores estuvo formada por la nobleza. La nobleza cree, por ley de la Naturaleza, en la sangre y en la exclusividad de la raza» (C. G. Jung Speaking, Princeton, 1977, pp. 59-66).

     Jung, por lo tanto, tenía una comprensión completamente diferente del ideal psicológico racial que gobierna a una nobleza idealista que la que Freud propuso en términos de sus estrechamente limitadas categorías psicológicas.

     En efecto, Jung estuvo opuesto al individualismo desarraigado que se llama a sí mismo "modernismo". Alabando a la democracia, ya que ella "tiene en cuenta la naturaleza humana como es, y permite la necesidad del conflicto dentro de sus propios límites nacionales" (The Fight with the Shadow, 1946), él definitivamente repudia al "hombre moderno" que es anti-histórico y niega el pasado para vivir totalmente en el presente. Jung también deplora la proyección de los deseos y temores personales de la psique individual sobre la sociedad en general, ya sea en la forma de patriotismo —donde la nación es considerada como un padre o una madre de la que debe dependerse o a la que hay que obedecer con obediencia completa— o en la forma de rebelión anárquica contra ese padre colectivo, puesto que, como dijo Jung, "la resistencia a la masa organizada puede ser efectuada sólo por el hombre que está tan bien organizado en su individualidad como la masa misma" (The Undiscovered Self, 1957).

     Hasta que el individuo obtenga un grado considerable de auto-reconocimiento, él permanecerá vulnerable a los movimientos de masas y líderes que pueden usarlo como un peón para llevar adelante sus ambiciones personales. El hombre verdaderamente moderno será el que considere el presente como un punto de transición creativa entre el pasado y el futuro, mientras que los hombres pseudo-modernos "aparecen [como] espectros desarraigados, fantasmas chupadores de sangre cuya vaciedad pone el descrédito sobre sí en su poco envidiable soledad" (The Spiritual Problem of Modern Man, 1928). El hombre verdaderamente moderno es en efecto muy competente y creativo para dominar las tradiciones de su cultura y contribuír con sus propias creaciones espirituales a ellas.

     Lamentablemente, los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial han presenciado el triunfo de la ética freudiana por sobre la junguiana. Puede decirse que la extensa influencia de la limitada psicología racional y materialista de Freud, con su entendimiento restringido de la constitución y poderes de la mente humana, ha contribuído a la inexorable vulgarización del hombre pseudo-moderno. (Si bien esto es especialmente verdadero de la sociedad estadounidense, la creciente influencia de Estados Unidos sobre la mente de Europa no debería ser ignorada tampoco). El correctivo para esa fragmentada visión del mundo, en donde toda la civilización es reducida a sus fuentes psicológicas y sociales más bajas más bien que rastreada hasta ideas arquetípicas que prefiguran las posibilidades espirituales del hombre, debe ser quizá encontrado en la psicología integrativa de Jung con su crucial dimensión del espíritu como la realidad última de la psique, tanto individual como colectiva.–



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