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miércoles, 31 de mayo de 2017

J. A. Miller - Locura y Monoteísmo



     El siguiente ensayo (Madness and Monotheism: Palestine as Psych Ward for the West) que presentamos aquí en castellano, lo encontramos hace un tiempo en un sitio que ya no existe. El artículo tampoco parece estar en algún otro lugar, de modo que ahora sólo existiría bajo la forma de esta traducción. En este escrito de 2006 el autor se enfoca en la región geográfica de Palestina como una muleta mental para una gran cantidad de creyentes en los libros bíblicos, lo que a su vez presta un necesario apoyo al Estado sionista, sacando Miller a colación las revolucionarias investigaciones del académico libanés Kamal Salibi (1929-2011), quien postuló que los hechos narrados en el Antiguo Testamento transcurrieron en una zona de Arabia y también en Yemen, pero jamás en la Palestina geográfica.


LOCURA Y MONOTEÍSMO:
Palestina como Bastión Psíquico de Occidente
por J. A. Miller
18 de Marzo de 2006



     "Jerusalén atrae a toda clase de personas. Fanáticos religiosos y chalados de diferentes grados de desarreglo mental parecían atraídos como por un imán a la Ciudad Santa... hombres y mujeres que se creían la reencarnación de santos, profetas, sacerdotes, mesías y reyes" (Bertha Vester, Our Jerusalem).

     "Hechler tenía un poco de locura, y Herzl también... Parecería que tal es la regla hoy para aquellos, judíos o cristianos, que creen en el destino único de la capital de Israel —Jerusalén— como el lugar de bodas espirituales y salvación para el mundo entero. Bendita es la locura que tiene hambre de lo absoluto..." (Andre Chouraqui, The Prince and the Prophet).

      "De todas las idiosincracias en el mundo, la más dañina... es la idiosincracia religiosa" (Edward Wilmot Blyden).


Un Manicomio Cristiano

     Maldita es la tierra que ha sido cargada con el título de "La Tierra Santa". La única entidad geográfica en el planeta que lleva esa dudosa distinción es Palestina. Por cierto, hay numerosas ciudades en el mundo que son llamadas "santas": Roma, La Meca, Karbala, Lhasa y Lourdes, por nombrar sólo unas pocas. Pero una vez fuera de los límites de la ciudad de tal o cual municipalidad al menos el visitante puede respirar hondo, soltar el cuello y sacar una petaca con alcohol para un rápido reconstituyente. ¿Pero colocar en el mismo saco de la creencia religiosa a una tierra santa donde la gran mayoría de los adherentes de esa religión no viven?, ¿donde cada roca, cada pedazo de ruina, cada pueblo, cada montaña o arroyo, cada fragmento, está cargado con el significado percibido por millones de personas no residentes en aquella tierra?.

     Es mala fortuna ser natural de tal tierra, un mapa de la cual puede ser encontrado en cada muro de escuela dominical Protestante en Estados Unidos, que muestra la propiedad de la tierra atribuída a las supuestas tribus de Israel. Verde para Gad, rosado para Asher, amarillo para Judá: los bienes inmuebles de Dios servidos en deliciosos pasteles, confirmando un sentido de propiedad en las mentes de los jóvenes feligreses desde el comienzo mismo de su instrucción religiosa.

     La resonancia cultural de ese concepto incrustado es incalculable; su impacto sobre los habitantes originales de Palestina es inmenso, una tierra que una parte fuertemente armada y justamente poderosa del mundo exterior ha considerado durante mucho tiempo santa en su totalidad y sobre la cual en consecuencia ha afirmado derechos de propiedad tanto de manera consciente como inconsciente; una tierra acerca de la cual el arzobispo de York expresó con satisfacción en 1875, cuando Theodor Herzl era apenas un niño con pantalones cortos: "Nuestra razón para retornar a Palestina es que Palestina es nuestro país. He usado aquella expresión antes y rechazo adoptar alguna otra" [1]. Para los nativos de tal tierra, nacidos inocentes de la idiosincracia judeo-cristiana occidental, eso es en efecto una desgracia.

[1] Citado en Barbara Tuchman, "Biblia y Espada: Inglaterra y Palestina desde la Edad de Bronce a Balfour" (1984).

     A causa de esa aflicción religiosa basada en un bien raíz, es apropiado examinar la historia y las implicaciones políticas de la religiosidad cristiana occidental y judía dentro de cualquier discusión del Oriente Medio, o más particularmente del problema entre Palestina e Israel. Desde luego, como lo ha señalado Jeffrey Blankfort, existe en EE.UU. (y en menor grado en Europa) un gran grupo de dedicados y altamente organizados "guardianes de las puertas" ordenados a nivel de base y nacional quienes vigilantemente se oponen a cualquier posición, acción o declaración política que pudiera cuestionar o poner en peligro la intrínseca naturaleza judía de Israel.

     Los lobbystas del AIPAC (American-Israel Political Action Committee) con sus enormes recursos financieros se aseguran de que los legisladores estadounidenses caminen por la línea sionista y mantengan fluyendo la cornucopia de los dólares estadounidense para apoyar al Estado sionista, al ritmo de 4.000 millones de dólares por año. Siendo un tercio de toda la ayuda externa estadounidense para un país que tiene sólo el 0,001% de la población de la Tierra, esa suma comprende sólo lo que es auditable; cantidades desconocidas están sepultadas en diversos presupuestos departamentales (principalmente del Pentágono), sin contar las remesas a judíos y fundamentalistas cristianos para apresurar la profecía.

     Los guardianes de las puertas y los lobbystas son ciertamente bastante reales, pero su organización y financiamiento por sí solos no explican su extraordinario éxito. Uno necesita no sólo entender las motivaciones de los guardianes sino también al público de sus cautelosas adulaciones. Déjeme poner esto en palabras simples. Imagínese un EE.UU. budista, con la misma activa y bien aceitada máquina sionista trabajando duro. Los mismos éxitos son apenas imaginables. La imagen simplemente no se concibe.

     Debemos considerar por lo tanto que los esfuerzos de esos guardianes y lobbystas caen en lo que es ya un terreno receptivo y fértil: un judeo-cristianismo empapado en siglos de ideología religiosa del Antiguo Testamento sirve como un caldo de cultivo religioso y psicológico que fácilmente incuba un apoyo abierto o encubierto al sionismo en su última manifestación como el Estado armado y racista de Israel. Escuchemos a A. A. Berle describiendo en 1918 el trasfondo de la actitud occidental de guardián de las puertas:

     "Ninguna república en la Tierra [salvo el Estado judío] comenzará con tal propaganda para su explotación en el pensamiento mundial, o con tal ansioso y minucioso escrutinio de sus más mínimos detalles por millones de personas. El valor de esto para tal Estado sólo puede ser conjeturado. Pero que esto le dará ímpetu y que ayudará en su construcción, no hay ni que decirlo... ¡Piense en lo que significaría para cualquier empresa tener a millones de niños de las escuelas dominicales estudiando acerca de ello cada domingo en el año!" [2].

[2] Citado en Moshe Davis, "Con Ojos hacia Sión" (1977). El laborioso señor Davis ha producido al menos media docena de volúmenes hasta ahora en esta serie, en los cuales él alegremente documenta la obsesión judeo-Protestante con las pactadas tierras de Palestina.

     El excepcionalismo veterotestamentario [del Antiguo Testamento] proporcionó la ideología que impulsó una sangrienta y rapaz expansión estadounidense en Norte y Sudamérica, así como la de la mayor parte de las empresas coloniales europeas. En Estados Unidos específicamente, los Puritanos ingleses y sus descendientes se imaginaron a sí mismos como los elegidos de Dios y encarnaron un espíritu veterotestamentario auto-consciente, dando nombres bíblicos a cientos de ciudades, pueblos e hitos geográficos en la tierra que ellos robaron de los indios norteamericanos, a quienes ellos libremente masacraron dentro de ese mismo espíritu.

     Pero en ninguna parte la agresión imperialista ha estado más involucrada tan interactivamente, y me atrevería a decir tan psicóticamente, con el imperativo bíblico, que en el Oriente Medio en general y en Palestina en particular. Además, esa psicosis se origina sólo en un lado del conflicto, el lado de los agresores, sean ellos sionistas o Protestantes, europeos o estadounidenses. Entender la actitud mental occidental que permite que esta cruel situación continúe casi sin ninguna protesta, es crucial para comprender el conflicto en Palestina y para planificar una acción política eficaz para combatir al sionismo.

     El fallecido Edward Said (1935-2003) explicó brillantemente la ideología del orientalismo, vinculando, como lo hizo, la literatura, el arte y la historiografía con la política imperial. Pero se trata de una religiosidad cristiana occidental enferma, y más particularmente la variedad judeo-Protestante, basada como está en la percepción de Palestina como una zona de propiedades decretadas por Dios y de esa manera cargada con una religiosidad psicológica que está en el núcleo mismo del problema de Palestina. Esa actitud impregna invisiblemente la ideología del Orientalismo, proveyéndolo de un poder virulento cuando se involucra al Oriente Medio en las esferas políticas, militares y académicas.

     Como el Protestantismo se originó de la Iglesia romana, sus ideólogos reenfocaron la espiritualidad del Antiguo Testamento, cuyo texto exuda un sentido fuerte y frecuentemente explícito de Blut und Boden (Sangre y Suelo), Lebensraum (Espacio Vital) y genocidio del Otro aprobado por Dios. Un componente clave en el desarrollo de ese culto fue la firme soldadura de escritura y territorio, como lo "exigió" W. D. Davies en 1974, concepto que fluye directamente de las tradiciones territoriales que saturan el Antiguo Testamento:

     "La necesidad de recordar al Jesús de la Historia implicaba la necesidad de recordar al Jesús de una tierra particular. Jesús perteneció no sólo al tiempo sino al espacio; y el espacio y los espacios que él ocupó tuvieron significación, de modo que los objetos demostrativos del judaísmo siguieron siéndolo en el cristianismo. La historia en la tradición exigía la geografía" [3].

[3] Citado en Davis, "Con Ojos Hacia Sión".

     Esa obsesión judeo-Protestante con el Oriente Medio en general y con el "espacio" palestino en particular ha contribuído con una razón manufacturada para y conforme con los lobbystas y guardianes sionistas de las puertas en las sociedades e instituciones de Estados Unidos y Europa. También arroja luz sobre la parálisis aparentemente inexplicable de los progresistas occidentales en este tema. Los progresistas y liberales occidentales genuinamente "angustiados" continuamente se ponen nerviosos por lo que ellos perciben como la "complejidad" de la cuestión.

     En realidad la cuestión de Palestina es realmente muy simple: Israel es nada menos que una manifestación de la tradicional conquista colonial por parte de una población extranjera que robó tierra y recursos de las personas autóctonas residentes y luego se involucró en la expulsión violenta de tantos de los dichos nativos como le fue posible y oprimiendo a aquellos que quedaron. Pero esta definición sólo funciona si las implicaciones religiosas son removidas completamente. Los "progresistas" del Tercer Mundo, por ejemplo, permanecen notablemente libres de angustia cuando surge la cuestión y son capaces de analizarla bastante fácilmente bajo la rúbrica de colonialismo y racismo. Punto.

     Lo que complica la cuestión en Occidente es por lo tanto un largamente existente adoctrinamiento religioso, a menudo inconsciente, con tradiciones de la tierra del Antiguo Testamento y su subyacente componente de locura, que creo que es particularmente fuerte en los Protestantes como grupo. Yo mismo en diversas ocasiones he sido rotundamente reprendido por progresistas estadounidenses que realmente me han citado las Escrituras acerca del tema de Israel y Palestina. Y a continuación de eso y con una cara inexpresiva esos mismos individuos proclaman su lealtad al secularismo, insensibles a la contradicción que ellos presentan.

     La historia de la obsesión religiosa cristiana con la tierra palestina se remonta al tiempo de las Cruzadas, si usted quiere, como su primera manifestación. Con el pasar de los siglos, sin embargo, la obsesión tomó un formato más sionista, por lo cual en vez de que la Europa cristiana abordara el problema de arrebatar la Tierra Santa a los "musulmanes", se concibió que la tarea en cambio podía ser subcontratada a los judíos, consiguiendo por ese medio la profecía, a la vez que deshaciéndose al mismo tiempo de una despreciada minoría. Como hábilmente lo ha documentado Mohameden Ould-Mey, la Europa Protestante en particular desarrolló una ideología activa de sionismo cristiano mucho antes de la actual variedad estadounidense tan beligerante y psicóticamente ejemplificada por Pat Robertson.

     Durante la Reforma, los Protestantes ingleses comenzaron a enfatizar, como indica Ould-Mey, "los orígenes palestinos del cristianismo, el Antiguo Testamento, los israelitas bíblicos y Jerusalén, a fin de reducir las pretensiones y reclamaciones del catolicismo romano" [4]. La reestructuración religiosa que tuvo lugar implicaba reemplazar al Papa con la Biblia como autoridad espiritual final, cambio teológico que estaba de acuerdo con un retorno a la tribalización del universalismo religioso de la Reforma, dándole una forma nacionalizada y mercantilizada. En el culto religioso y mercantil resultante, la verdadera y mundana medida de la gracia de Dios llegó a ser el punto fundamental del individuo y/o de la nacionalidad, y constituyó un signo visible de la calificación del creyente para la vida eterna o para las llamas eternas del infierno.

[4] Mohameden Ould-Mey, "Génesis Geopolítica y Perspectiva del Sionismo", en Political Geography (2003).

     El concepto de una pactada tierra bíblica también calza de modo natural con la naciente época capitalista, ya que ¿qué es un pacto sino un contrato comercial obligatorio proporcionado por la deidad? Los Protestantes "exigieron la geografía" y vieron a Palestina como la propiedad nombrada en un contrato comercial santo el cual, aunque los signatarios originales eran judíos, ellos como culto estaban calificados ahora para firmar. Para asegurar su éxito, el capitalismo requería disciplinar no sólo los medios de producción, las relaciones sociales, la educación y la sexualidad, sino también la espiritualidad. El protestantismo proporcionó un instrumento disciplinario espiritual ideal, ya que nada disciplina tanto como artículos y sub-cláusulas contractuales que comunican una amenaza legal tácita de parte de una deidad todopoderosa si los signatarios dejaran de cumplir con los términos del pacto.

     El concepto judaico de la calidad de preferido también fue actualizado por el concepto de Calvino de los elegidos. La Reforma le restó fuerza a la frívola preocupación por la pompa, el ritual y la contemplación, substituyéndola en cambio por un foco en el éxito mercantil personal y una espiritualidad encarnada en un trozo real y mundano de tierra, todo lo cual ayudó a la formación de un Estado nacional, capitalista y con fronteras. Nos enteramos en el Libro de los Mártires (1517) de Fox, que el único Dios "amante" es el Dios inglés.

     Así, a la espiritualidad le fue dado un pasaporte, y la deidad nacional resultante se elevó a una posición por encima de las de otras naciones, más particularmente, por encima de la deidad papista comedora de pan y tragadora de vino. Ese sentimiento se ha repetido constantemente durante los siglos entre los yihadistas Protestantes. El repugnante general Boykin que combatió a los musulmanes en Somalia seguramente estaba canalizando a John Fox cuando él declaró: "Yo sabía que mi dios era más grande que el de él. Yo sabía que mi dios era un verdadero dios".

     Cuando la ambición imperial británica, que deseaba fervientemente el control estratégico de Palestina y su área circundante, se combinó con el desarrollo teológico ya mencionado, la santa obsesión territorial fue refinada más aún. Como lo documenta Ould-Mey (y por lo cual él fue despellejado por organizaciones sionistas e israelíes al atreverse a documentar el origen cristiano del Sionismo), la idea del regreso de la judería europea a Palestina como colonos —no sólo para dar cumplimiento a la profecía sino también para proporcionar una población de colonos que sirvieran como matones locales de los británicos— comenzó a ser puesta ampliamente en circulación.

     Mucho antes de que naciera Herzl, un naciente Sionismo Cristiano fue encarnado por la Sociedad de Londres para la Promoción del Cristianismo entre los Judíos, establecida en 1809 con un prospecto que alegremente revela tanto su intención sionista como anti-judía:

—Declarar el mesianismo de Jesús al judío primero y también al no-judío;
—Procurar enseñar a la Iglesia sus raíces judías;
—Animar la restauración física del pueblo judío a Eretz Israel, la Tierra de Israel;
—Animar el movimiento cristiano-hebreo / judeo-mesiánico [5].

[5] http://christchurch-virginiawater.co.uk/articles/czdefine1.html

     Considerando la larga historia del Sionismo Cristiano, la obsesión con las tierras palestinas sólo ha infectado a los judíos de manera comparativamente reciente pero, como todos los virus, ha aumentado quizá su virulencia con la transmisión.

     A medida que progresaba el siglo XIX, los peregrinos occidentales —enriquecidos con ingresos discrecionales fabricados de los salarios del Imperio— comenzaron a derramarse en Palestina; los designios imperiales europeos del Imperio otomano se agudizaron, usando a Palestina como una cuña, y los gobernantes otomanos de las divisiones administrativas (sanjaks) de Palestina comenzaron a sentir una amenaza. El Gran Visir Fuad Pasha parece haber comprendido la anormalidad del interés europeo, y se dice que declaró en 1865: "Nunca concederé a esos locos cristianos ningún mejoramiento del camino en Palestina ya que ellos transformarían entonces a Jerusalén en un manicomio cristiano" [6].

[6] Hilton Obenzinger, American Palestine (Princeton, 1999).

     Esa inundación de viajeros, en gran parte británicos y estadounidenses, produjo un extraordinario torrente de literatura de viajes ya que muchos peregrinos, imbuídos de vanidad occidental y exaltación religiosa, se sentían obligados tras su regreso desde allí a escribir libros que describieran cada detalle de su viaje, cada éxtasis religioso.

     Ese corpus de literatura, que no tiene igual en el tiempo ni en la geografía de ninguna parte, no proporciona tanto una fuente de información exacta acerca de las condiciones en Palestina, como abre una ventana a los designios imperiales occidentales y a la perturbación religiosa, así como el sentido absoluto de propiedad de Palestina sentida por los autores de esos relatos. Al igual que muchas sociedades campesinas, la clase campesina palestina consideró a los más extremos entre los viajeros ebrios de religión como gentes "simples” (basiteen) y los trató con compasión y liberalidad, inconsciente del peligro que ellos representaban.

     Khalid Masha’al, del recientemente victorioso Hamás, indicó que quizá los palestinos ahora entienden el elemento de locura que ellos están enfrentando: "Nunca reconoceremos la legitimidad de un Estado sionista creado en nuestro suelo a fin de expiar los pecados de otros o para solucionar el problema de otros". Los progresistas occidentales deben entender, exponer y combatir el pernicioso papel que su religión tiene en la creación y mantenimiento de la injusticia y violencia cometidas contra los palestinos.


Una Fe Enferma

     El así llamado Síndrome de Jerusalén, en el cual la víctima exhibe "una gran variedad de comportamientos extremos y excitados y estados de ansiedad" mientras está en los alrededores de la Tierra Santa, se dice que fue primeramente diagnosticado por un psiquiatra de Jerusalén en los años '30. Los hospitales psiquiátricos en Israel reportan cientos de esos casos entre los visitantes cada año. Pero el fenómeno en gran parte Protestante de la "excitación religiosa" había sido identificado mucho antes. El "error popular" del Millerismo [*] en el EE.UU. de mediados del siglo XIX fue considerado como tan aberrante que las víctimas peor afectadas fueron confinadas en asilos para locos. En 1844 la primera edición del American Journal of Insanity (más tarde el American Journal of Psychiatry) dedicó un artículo a la locura religiosa o "fe enferma" [7].

[*] NdelT: Los Milleristas eran los seguidores de William Miller, un próspero granjero y predicador bautista de Nueva York del siglo XIX, que creía en la inminencia de la segunda venida de Jesucristo, dando de ella fechas precisas (1844), y cuyos difundidos mensajes alcanzaron a Canadá, Gran Bretaña, Australia y otras partes.
[7] http://www.ellenwhite.org/egw64.htm

     Siendo una obsesión por el fin de los tiempos basada en cálculos numéricos, el Millerismo fue descrito como una manía en la que "el tema es trascendental, el tiempo fijado para la consumación final de todas las cosas demasiado cercano, y la verdad de todo sostenida por matemáticas infalibles", a la que el autor clasificó por encima incluso de la fiebre amarilla y el cólera como una amenaza para la salud pública. Sin embargo, lo que fue considerado una vez como una enfermedad es completamente predominante ahora, y el "hambre de lo absoluto" es políticamente correcta. El Dispensacionalismo, o la creencia en el silencioso y apocalíptico Rapto de la Iglesia, es hoy un hacedor de política y una fuente de dinero completamente respetable; sus acólitos y lacayos ocupan o influyen en muchos de los asientos más altos del poder en Estados Unidos.

     La psicología de la "fe enferma" está más allá del alcance de este ensayo. Sin embargo, yo sugeriría que un sistema de creencias que concede una exención de las reglas sociales corrientes y de las inhibiciones humanas innatas por causa de un concepto de ser "elegido" o "preferido", bien podría inducir un estado en el cual los desvaríos violentos parezcan absolutamente apropiados. Ciertamente la tensión de no conseguir una manifestación mundana de la condición de elegido esperada por alguien (fracaso financiero, aparición del Mesías) podría conducir probablemente a la depresión o a la psicosis en un individuo susceptible. Una vanidad de excepcionalismo podría igualmente alimentar una tendencia a adjudicar la culpa fuera del auto-elegido, porque ¿cómo podría algún elegido probablemente ser culpable?.

     El peculiar fenómeno estadounidense de "going postal" [volverse descontroladamente furioso] está quizá ligado a esa penetrante sensibilidad religiosa. Baruch Goldstein ametrallando a 29 palestinos e hiriendo a más de 120 en la mezquita de Ibrahim en Hebrón (25 de Febrero de 1994, día de Purim) y Denis Michael Rohan quemando el púlpito de la mezquita Al-Aqsa en Jerusalén (21 de Agosto de 1969) son ejemplos notables de la conducta religiosa violenta.

     El sionismo y el protestantismo promueven una creencia en el Yo o grupo excepcional que estimula la opinión de que el Otro externo, no elegido, es la causa de todos los problemas que se enfrentan. La lista de Otros así imaginada es interminable, pero ellos son intercambiables según dicten las circunstancias: anti-judíos, inmigrantes ilegales, Hitler, bombarderos suicidas, la "amenaza Roja" (históricamente), armas de destrucción masiva, Al-Qaeda, madres negras que viven de la asistencia, árabes, pedófilos, cantantes pandilleros de rap, e incluso la ex-cónyuge de alguien. El ego individual y grupal es de esa manera exonerado de responsabilidad simplemente adjudicando el problema a otros.

     Entre el diluvio de viajeros británicos y estadounidenses a Palestina en el siglo XIX había no sólo víctimas del Síndrome de Jerusalén sino aquellos que buscaban alivio de sus demonios o pena colocándose en terapéutica proximidad a "sus" tierras santas. Un primer ejemplo de eso sería el famoso caso de los estadounidenses Horatio y Anna Spafford quienes, después de perder cuatro hijos en el hundimiento del vapor Ville de Havre en 1873, vendieron todas sus pertenencias y se trasladaron a Palestina para esperar al Mesías. Los Spafford, quienes personifican la fusión de la pena personal, la obsesión religiosa con la tierra y el espíritu de empresa de estilo norteamericano, fundaron la colonia estadounidense en Jerusalén, la cual, aunque aparentemente una fundación religiosa benigna, era sin embargo una empresa de colonización.

     El libro Our Jerusalem (note el posesivo "nuestra") de Bertha Spafford Vester exuda una sensibilidad de propiedad y es un verdadero caso ejemplar de la función de Palestina como refugio psíquico para cristianos y judíos occidentales incapaces de enfrentarse a sus problemas en sus países de origen. Vester describe caso tras caso de individuos y grupos religiosos que establecen su residencia en Palestina para implementar su visión religiosa privada, a veces confusa, a veces "racional" [8].

[8] Bertha Spafford Vester, Nuestra Jerusalén (1950).

     Otro peregrino con problemas de salud mental que fue a Palestina fue nada menos que el gigante literario estadounidense Herman Melville, el autor de Moby Dick, cuya narrativa está llena de referencias bíblicas y una especie de sombrío calvinismo. La esposa de Melville, Elizabeth, describió el empeorante estado mental de su marido: "Todos nos sentimos preocupados por las dificultades en su salud durante la primavera de 1853... siendo perjudicada su salud por su excesivo esfuerzo". Nathaniel Hawthorne posteriormente detalló las "quejas de dolores neurálgicos en su cabeza y miembros" de Melville, causados por "una ocupación literaria demasiado constante... y sus escritos, durante mucho tiempo han indicado un mórbido estado mental" [9]. Después del éxito de Moby Dick, Melville pareció sufrir de un bloqueo para escribir, siendo cuestionada su cordura por amigos, vecinos y parientes por igual.

[9] Herman Melville, Clarel: Un Poema y Peregrinación en la Tierra Santa, ed. por Walter Bezanson (Nueva York, 1960).

     El resultado de la estancia de Melville en Palestina y Egipto en 1857, durante la cual él sufrió "epifanías y pánicos" mientras rumiaba la Historia antigua, Yahvé y los recuerdos de su padre autoritario, fue el poema críticamente fracasado "Clarel". Presentando mucha tortuosa contemplación religiosa, el poema interminablemente largo también contiene algunos alarmantes temas sionistas, incluyendo colonos sionistas en Palestina y unos amores con una judía [10]. Que el viaje y el posterior poema eran una forma de terapia de Melville, parece evidente.

[10] Obenzinger, American Palestine.

     En un estilo similar aunque menos torturado, el popular pintor estadounidense del siglo XIX Edward Church emprendió un viaje con su esposa a Palestina y Siria durante 1867-1868 para escapar de la pena que siguió a la muerte de dos hijos. Tras regresar, Church convirtió su propiedad en Nueva York en el río Hudson en una confección orientalista adornada con motivos árabes y bíblicos. Church, al igual que Melville y los Spafford, emprendió su peregrinación a Palestina buscando consuelo por la tristeza y la desesperación, trazando instintivamente un mapa de un itinerario a una tierra considerada como propia por causa de la afiliación religiosa.

     La muchedumbre de viajeros occidentales en Palestina a lo largo del siglo XIX llegó allá porque ellos consideraban el espacio de Palestina con un sentido innato de propiedad religiosa e imperial. Ellos buscaban dicha área no sólo cuando sus psiques estaban aproblemadas o sufrían una pena aplastante sino también simplemente para imprimir su propiedad en el espacio sagrado. Se podría sugerir que como consecuencia del "Holocausto" los judíos europeos igualmente buscaron "su" pactado espacio sagrado para atenuar sus problemas psíquicos de posguerra que ciertamente eran bastante considerables. En todos los casos, el sentido de propiedad era automático y no cuestionado por casi nadie dentro de las comunidades judeo-Protestantes y europeas más grandes. Palestina era, después de todo, simplemente un trozo de tierra conseguido por un contrato que no sólo no tenía fecha de caducidad sino del cual los palestinos nunca podrían ser signatarios.


El Erudito como Terrorista

     La fe enferma no siempre presenta síntomas extremos de desvaríos ilusorios, comportamiento violento o depresión malhumorada. La obsesión occidental con la tierra palestina y su intrínseca irracionalidad no está limitada al laico psicótico o al creyente deprimido. La inviolabilidad de la Palestina geográfica como una pactada tierra bíblica se extiende más allá de los fervientes dispensacionalistas y judeo-cristianos predominantes directamente hasta las arboledas del mundo académico, a aquellos practicantes de la erudición que complacientemente se consideran a sí mismos como modelos de objetividad. La profundidad y la anchura de esa obsesión en su forma académica proporcionan un escudo formidable al Estado israelí, a pesar de su constructo descaradamente racista que lleva a cabo un genocidio lento y sistemático, como han demostrado hasta ahora los fallidos boicots académicos contra Israel.

     Un ejemplo singular de cómo el mundo académico occidental cerró filas contra una teoría "herética" proporciona, si es que nada más, algún cómico alivio al horrible fanatismo sionista. La reacción de la academia en este caso revela el grado hasta el cual el concepto de Palestina como espacio sagrado eterno se ha apoderado de la conciencia política occidental, incluso dentro de un supuesto contexto académico. Con ello se aseguró un esfuerzo a toda velocidad destinado a suprimir la mera sugerencia de que los acontecimientos veterotestamentarios muy probablemente pudieron haber ocurrido totalmente en otra localización geográfica.

     En 1985 el erudito libanés Kamal Salibi publicó un libro con el llamativo título de "La Biblia Vino de Arabia". Manejando un análisis lingüístico y geográfico detallado y convincente, Salibi propuso que las escenas de acción del Antiguo Testamento ocurrieron no en Palestina sino más bien en las occidentales altas tierras árabes de la seca región de Asir hacia el Mar Rojo. El afortunado descubrimiento de Salibi de una concentración excesivamente alta de lugares bíblicos en una estrecha parte de la región de Asir, y el asombroso grado en que las coordenadas para esos sitios árabes correspondían a aquellas trazadas por la acción del Antiguo Testamento, lo llevaron a él, un adecuado detective histórico si alguna vez ha habido uno, a investigar más [11].

[11] Kamal Salibi, The Bible Came from Arabia (1985).

     Que la acción bíblica estuvo históricamente situada en Arabia no es siquiera una idea particularmente nueva, como señala Salibi; la literatura y los textos árabes antiguos contienen numerosas menciones de "israelitas" como un pueblo árabe del Oeste, y varios orientalistas del siglo XIX postularon una localización bíblica árabe hasta que, como hemos visto, fue suplantada con el foco más política y religiosamente ventajoso en Palestina como la Tierra Santa del Protestantismo. Salibi muy razonablemente declaró que una investigación adicional, incluyendo la investigación arqueológica, debía ser emprendida a fin de demostrar o refutar su tesis, e invitó a la comunidad académica a hacer aquello.

     Los estudiosos de la Biblia han estado perplejos durante mucho tiempo acerca de la historicidad de los acontecimientos bíblicos porque los nombres y las coordenadas como ellos existen en la Palestina geográfica simplemente no encajan en la narrativa bíblica. Un grupo de eruditos conocidos como minimalistas, que ven a la Biblia como una narrativa imaginativa más bien que como Historia, ha surgido últimamente precisamente debido a la escasez de sitios bíblicos verificables en Palestina. Sin embargo, es significativo que aunque los estudiosos y los arqueólogos hayan seguido discutiendo acerca de la vaguedad de la geografía bíblica palestina, ellos sin embargo casi unánimemente han rechazado considerar cualquier sugerencia herética de "fuera de su círculo cerrado". Salibi escribe: "Un factor que parece haber unido a esos eruditos desde 1984 ha sido mi propia sugerencia de que la Biblia no tuvo que haber venido de Palestina en absoluto, y que uno podría considerar seriamente la posibilidad de que su origen sea el Oeste árabe" [12].

[12] Kamal Salibi, Secrets of the Bible People (1988).

     Lo que es cierto es que después de más de cien años de excavaciones arqueológicas sólo un puñado de nombres de lugares bíblicos ha sido identificado en Palestina y, además, muchos de esos nombres fueron puestos o por viajeros religiosos (ellos mismos atontados con el motivo de la tierra sagrada) o arqueólogos y estudiosos occidentales que los verificaron por motivos religiosos propios.

     A pesar de la campaña de relaciones públicas de los años '60 y '50 que presentó la edificadora imagen de israelíes musculosos y bronceados involucrados en masa en la sana afición de la arqueología bíblica en su tiempo libre para "redescubrir" sus raíces, los descubrimientos arqueológicos verificables que vinculan los acontecimientos bíblicos con las tierras palestinas han sido, en pocas palabras, insignificantes. La obsesión israelí por la arqueología aficionada debería por lo tanto quedar en su lugar apropiado: un desesperado intento colectivo de "demostrar" sus pretensiones a tierra robada y con ello de mitigar su conciencia grupal.

     La tesis de Salibi se filtró antes de su publicación y alarmó de tal manera a teólogos y eruditos que un golpe preventivo fue publicado en 1984 donde un cierto James Sauer, llevando el sonoro título de presidente de las Escuelas Estadounidenses de Investigación Oriental, atacó con un rechazo infantil, de la clase favorecida en estos días por los críticos que trabajan en Fox News. "Prescindiendo de todas las vocales y usando sólo consonantes", se quejó el profesor Sauer, "apuesto que usted podría encontrar los mismos nombres de lugares tan lejos como en Egipto o incluso en África, y luego concluír que la antigua Jerusalén estaba realmente en Nairobi". Salibi invitó al buen profesor a demostrar la naturalidad de su opinión localizando la antigua Jerusalén en la capital keniana o en algún otro sitio en el mundo, lo cual por supuesto el profesor Sauer rehusó hacer [13].

[13] Kamal Salibi, Secrets of the Bible People.

     La herética proposición de Salibi fue inmediata y furiosamente atacada por los habitantes del círculo cerrado y más allá. El más ansioso entre los críticos de Salibi fue el académico de la School of Oriental and African Studies (SOAS) de la Universidad de Londres, Tudor Parfitt. En el Sunday Times de 1985 la refutación de Parfitt vociferó bajo el titular "Salibi Secuestra a Israel", dando así origen a la útil noción del erudito como terrorista que desde entonces ha sido aplicada para gran ventaja en el mundo académico estadounidense [14]. Parece asombroso al principio que, aparte de los ataques, la tesis de Salibi no haya dado origen a ninguna investigación continuativa seria. Pero la inviolabilidad de Palestina como el teatro fijo e inmutable de la Biblia aparentemente no debe ser cuestionada, no sólo por los creyentes comunes y autoproclamados secularistas sino tampoco por los investigadores.

[14] Las contribuciones académicas de Parfitt —entre las que se incluye una descabellada tentativa de demostrar en base al ADN que la tribu Lemba de Sudáfrica es una tribu perdida de Israel— parecen haber dado frutos de manera generosa. El sitio web de la SOAS manifiesta su "complacencia" por los logros de Parfitt, y luego en tonos perplejos señala que el trabajo de Parfitt ha "atraído gran atención, así como grandes sumas para financiar organismos externos". Compare la celebrada y bien financiada investigación basada en el ADN hecha por Parfitt, con un artículo publicado en 2001 en la revista Human Immunology ("The Origin of Palestinians and Their Genetic Relatedness with Other Mediterranean Populations") que fue censurado después de su publicación porque el autor se atrevió a una documentada investigación que mostraba que los judíos y los palestinos del Cercano Oriente eran genéticamente idénticos.
https://www.theguardian.com/world/2001/nov/25/medicalscience.genetics 
PDF del artículo censurado en https://docs.google.com/file/d/0B-5-JeCa2Z7hcVJWelFCakE3Rmc/edit

     En base a coordenadas geográficas, nombres de lugares y un brillante análisis lingüístico, Salibi construyó un sólido caso para la región de Asir de la península arábiga como el verdadero telón de fondo de la "acción" bíblica. Si el espíritu de la Ilustración no estuviera tan completamente moribundo en Occidente, uno podría esperar que tal tesis se hubiera convertido por lo menos en objeto de investigaciones y excavaciones adicionales [15].

[15] Los gobernantes wahabitas de Arabia Saudí estuvieron tan alarmados como los académicos occidentales por la tesis de Salibi y emprendieron una acción aún más directa. Según Robert Fisk, unas semanas después de la publicación de "La Biblia Vino de Arabia" los sauditas se despertaron de su letargo habitual y enviaron excavadoras para destruír antiguos edificios y ruinas en algunas de las aldeas y pueblos nombrados como posibles escenarios bíblicos por Salibi.

     La incapacidad de los monoteístas occidentales para considerar siquiera la posibilidad de que los acontecimientos bíblicos hayan ocurrido fuera del sitio sagrado especificado por los términos del contrato, parece absurda. La única explicación posible de tan consumada irracionalidad puede ser la temida influencia muerta que ejerce aquel mapa de la Tierra Santa que está en la pared de las aulas religiosas, que representa la abrumadora importancia política, religiosa y psíquica de localizar los acontecimientos bíblicos en un solo trozo de tierra, ahora y para siempre, amén.

     Este capricho religioso —una irracional y extendida creencia en la propiedad de tierras otorgadas por Dios— proporciona una especie de campo de fuerza que impide en todos los niveles el pensamiento claro acerca de Israel y el sionismo. En todas partes del reino del Judeo-Protestantismo encontramos que todos —progresistas seculares, cristianos ordinarios, dispensacionalistas, sionistas (desde los llamados Sionistas de Izquierda hasta los adherentes del partido Shas) y académicos eruditos— son completamente incapaces de pronunciar las frases "el derecho palestino al retorno" o "Estado democrático secular", debido a la creencia fija en un pedazo de tierra religiosa.

     La peligrosa tesis de Salibi no sólo fue activamente contradicha por sionistas y sus testaferros, sino también por académicos de la corriente predominante que revivieron una especie de rechazo menonita contra él, precisamente porque él amenazó el sacrosanto convenio, la implacable localización de los acontecimientos bíblicos en la Palestina geográfica. En ninguna otra área del mundo esta extraña actitud, con su nivel de alta saturación en toda la población de las naciones agresoras, entra en juego en una manera tan tangible y, en último término, letal.

     Sin embargo, la deliciosa imagen de oscilantes hasidim, miembros armados de Gush Emunim [movimiento israelí de colonialismo agresivo en Cisjordania], falanges de dispensacionalistas estadounidenses vestidos con pantalones cortos a cuadros y gorras de béisbol, flanqueados por una tropa de ministros Protestantes liberales que blanden sus Testamentos, todos empujándose unos a otros por tener derecho al santo espacio propio en las tierras altas de Asir en la Península Arábiga, mientras los wahabitas nerviosamente miran desde los márgenes mientras muerden sus uñas, no deja de despertar una sonrisa por la poesía que seguramente puede ser derivada de la justicia [16].

[16] Epílogo: Cuando completé este ensayo llegaron noticias —como si fuese una señal— de explosiones ocurridas en la basílica de la Anunciación en Nazaret (3 de Marzo de 2006). El autor de ese caos fue un israelí que, junto con su esposa e hija, entró en la iglesia vestido como peregrino, empujando un coche de bebé lleno de fuegos artificiales y recipientes de gas. Después de ser rescatado de la furiosa multitud por la policía, las autoridades israelíes rápidamente publicaron declaraciones de que el hombre sufría de "angustia personal” y que no era un extremista religioso. Yo sostendría, sin embargo, que no hay ningún modo de dibujar tal línea entre las dos condiciones, y, de hecho, que no puede existir ninguna línea en absoluto, negándose simplemente la diferencia entre aquellos que actúan como "lobos solitarios" y aquellos con la suficiente disciplina para actuar dentro de un grupo de individuos de un mismo parecer —todos con hambre de lo absoluto—, regularizando así su condición con la descripción "extremista religioso".



Artículo relacionado que proporciona antecedentes de la tesis de Kamal Salibi



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