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sábado, 8 de abril de 2017

Sobre la Criminalización del Racismo



     En el sitio stormfront.org fue publicado en Marzo de 2006 el siguiente texto que se dice que fue extraído de la revista INFO NS de Zaragoza, de su número 15 (Octubre de 1997). Con ideas que nos recuerdan la pluma y las exhortaciones de Ramón Bau, el autor de este artículo profundiza en el concepto de Racismo, mostrando cómo gente muy estúpida y malintencionada ha estado pretendiendo asignar a dicho concepto una carga de odio, siendo que su sentido es precisamente lo contrario: amor a lo propio. Un lúcido texto para entender la malévola voluntad de quienes, sobre todo, han establecido inicuas y momentáneas leyes que castigan el amor y la defensa propia, a los cuales los dioses sin ninguna duda aniquilarán.


LA CRIMINALIZACIÓN del RACISMO
Revista INFO NS
Octubre de 1997



La Herejía como Enfermedad.
Aspectos Psicológicos del Converso

     Uno de los elementos que diferencian claramente los procesos de conversión a la ideología dominante que se utilizan en nuestros días de aquellos usados en otras épocas históricas viene apuntado magistralmente por George Orwell en su inquietante novela "1984", lectura obligada de todos aquellos disidentes y resistentes que al día de hoy mantienen encendida contra viento y marea la llama de la herejía en cualesquiera de sus múltiples formas anatemizadas por el nepotismo totalitario instaurado a nivel planetario, y se caracteriza por obligar al hereje, al recalcitrante, al enfermo, a reconocer públicamente su enfermedad y a realizar un acto de contrición, que debe de revestirse de un carácter fundamentalmente intelectual, que demuestre su nueva adscripción y sirva de ejemplo y medida a aquellos que se mantienen en la herejía, en la enfermedad.

     Si, como bien apunta Orwell, en la Edad Media el hereje ardía en la hoguera sin arrepentimiento alguno, manteniendo la apostasía ante el populacho enfervorizado, y su muerte era semilla y vivero de nuevos idólatras, en nuestro siglo el estalinismo y sus macroprocesos ideológicos adoptaron la fórmula según la cual el engañado, el equivocado, reconocía públicamente su error y, convertido en un guiñapo humano, triturado en lo físico y humillado en lo espiritual, aparecía ante las masas reconociendo su error y manifestando su firme adhesión a la ideología dominante. Aún así era una conversión manifiestamente falsa; en su interior, en lo más oculto de su voluntad y en lo más recóndito de su mente, seguía ardiendo inextinguida la llama de la herejía y sus palabras de adhesión y arrepentimiento sonaban ante el populacho hueras y falsas. El hereje, así presentado, seguía siendo ejemplo para futuros prosélitos, y la descarnada realidad del totalitarismo que combatía se mostraba con toda su impúdica violencia.

     Veamos la evolución secuencial del proceso: en la Edad Media, destrucción física sin arrepentimiento alguno; modernamente, falso arrepentimiento público y forzada conversión al dogma sin verdadera transformación, es decir, sin conseguir curar la enfermedad. Al día de hoy la nueva Inquisición, visto el fracaso que han supuesto ambos métodos para extirpar la herejía exige, obliga al converso, una vez aplicados todos los métodos de coerción imaginables, a practicar un acto de voluntad, un proceso de transmutación mental por el que el equivocado, el enfermo, realmente llega a interiorizar que sus convicciones de antaño eran una verdadera enfermedad, una insana adicción que como todas, le ha provocado dolor y de la que el Sistema lo ha curado salvándolo para la sociedad incorporándolo de nuevo a la grey.

     Ese acto de confesión, de arrepentimiento, de asunción de sus antiguas ideas como una dañina, malsana y nefanda enfermedad que corroía su cuerpo y su mente, debe de ser público y dirigido principalmente hacia sus antiguos correligionarios, los que veían en él un pilar, una columna, una torre-guía que iluminaba sus pasos en su errático e incierto deambular por el sendero de la herejía. El acto mental de demostración de amor por el Gran Hermano no debe de ser una simple declaración de intenciones con visos de coerción en su redacción sino una confesión intelectualmente elaborada que no deje lugar a dudas sobre el grado de contrición experimentado y sobre el repudio, la repugnancia que causa en uno haber pensado como pensó, haber llenado su tiempo, su vida, sus ilusiones con una creencia maldita y equivocada, errónea en sus postulados y criminal en su plasmación.

     Y a fe que los tribunales del moderno Santo Oficio toman buena nota de la declaración y, analizándola concienzudamente, determinan el grado de veracidad, de sometimiento, de contrita humillación que destila, y consecuentemente el grado de "curación" que el enfermo ha experimentado. Si no se ha curado del todo, si la prueba intelectual de su nuevo estado de "salud" arroja alguna sombra de duda, se obligará el enfermo a porfiar en sus alegatos para que ellos asuman el carácter de verdadera transformación, de catarsis purificadora que demuestre que el rebaño ha recuperado a la oveja perdida para la comunidad de creyentes, que, verdaderamente, en cuerpo y alma, ama al Gran Hermano.


El Racismo. Una Herejía para el Siglo XXI. Nuestra Visión

     Qué duda cabe de que algunas herejías, algunas enfermedades, son más nocivas que otras y causan un mayor deterioro en el organismo. Dentro de las más peligrosas, de las más dañinas, hay una que se ha constituído en la Enfermedad por excelencia y de la que el sistema intenta por todos los medios curarnos por nuestro propio bien y el de la Humanidad. Esa terrible enfermedad se llama Racismo. Su solo nombre, como el cáncer o el SIDA, provoca temor, escalofrío y angustia. Lo provoca entre los poderosos y entre la pobre gente de la calle a la que se le ha enseñado a temer y odiar esa palabra.

     El porqué, la última y verdadera razón, ya la hemos explicado en otras ocasiones y no vamos a repetirnos para no aburrir al lector. Los verdaderos motivos por los que el racismo anti-Blanco es usado para destruír y aniquilar nuestra raza son bien conocidos por los que están día a día en la batalla por alcanzar un Nuevo Hombre inserto en una Nueva Humanidad. Pero no vamos a hablar ahora de la lucha cósmica entre el Bien y el Mal, entre la Luz y la Oscuridad, ni siquiera del Enemigo del Mundo y su cohorte de sicarios que esclavizan al mundo. Vamos a hablar del racismo para gente corriente y normal que es lo que nos interesa. Las discusiones entre esoteristas y politólogos las dejaremos para otra ocasión.


El Racismo: Una Doctrina de Amor y No de Odio

     Todos nos hemos encontrado en multitud de ocasiones con personas y amigos, que aún viviendo en una localidad o población objetivamente poco desarrollada, carente de servicios e infraestructuras, y urbanísticamente impresentable, defendían con un ardor difícil de describir las excelencias de la misma y su firme voluntad de reivindicarla dondequiera que se encontraran. Al fin cabo es natural. Se trata de su pueblo, su tierra, el lugar donde ha nacido, donde se ha criado y donde dio tierra a sus antepasados. El paisaje que ve en el horizonte se ha integrado en su vida infundiéndole la seguridad y la confianza que todo hombre necesita. Le podrás hablar de la falta de unas determinadas comodidades, de la maravillosa trama urbana del pueblo de al lado, de lo irregular y descuidado de sus calles... en vano; es su pueblo, es donde ha nacido y donde quiere morir, y defenderá por encima de todo ese sentimiento de identificación con la tierra a la que pertenece y de la que, de alguna manera, depende. Hasta aquí el relato.

     Ahora la pregunta, ¿es esta identificación negativa, perniciosa o dañina?. Creemos que nadie que verdaderamente ame a su tierra contestaría afirmativamente. No, desde luego, amar lo próximo es natural. Desde siempre uno ha amado y defendido lo suyo, con sus carencias y sus limitaciones, pero siempre desde el cariño y el deseo de mejorarlo. Se nos podrá decir que esto no es malo si este amor a lo suyo no implica el odio a lo demás. Totalmente de acuerdo, pero nos preguntamos: ¿por qué habría de suponerlo?. Yo puedo amar a mis padres, a mi esposa, a mis hijos o a mis amigos, y no supone necesariamente que por ello deba odiar a los demás padres, hijos o mujeres. Si amo mi pueblo, mi ciudad, mi nación o mi raza, ¿por qué ese sentimiento automáticamente ha de suponer que odie a las demás?. Alguien debería explicarnos esa relación absurda y aberrante y malintencionada que nos quieren imponer entre amor a lo nuestro y odio a lo demás.

     Desde aquí denunciamos rotundamente esa relación impuesta por el discurso dominante del totalitarismo anti-Blanco que asocia directamente amor con odio. Amor a lo nuestro, odio a lo suyo. Lo repetimos; es falso y nunca podrán demostrarlo ni por la vía de la razón ni la de los hechos. Pero hay algo más. De todos esos "amores" nombrados, el Pensamiento Único permite, tolera, e incluso alienta algunos de ellos. Nadie que proclame que Barcelona, o Mérida, Sevilla o Gandía son las capitales más bellas de España y es, cualquiera de ellas, la ciudad de sus sueños, será visto como un peligro para la sociedad. Amar la ciudad en la que uno vive, desear su cuidado, belleza y prosperidad son positivos. ¿Alguien puede decir que no?.

     Uno también, a diferente escala, puede admirar la belleza, la riqueza paisajística e histórica de su región, y amarla profundamente. Y también la de su patria, de su nación, ensalzándola y alabándola. Hasta aquí no hablamos todavía de "amores peligrosos", dañinos para la sociedad. Nosotros conocemos ardorosos patriotas que ensalzan el amor a la región o a la nación como el más elevado sentimiento que puede experimentar un hombre en su vida. Y aquí viene nuestra sencilla pregunta: ¿Nos pueden explicar todos esos flamígeros patriotas por qué es tan excelso el amor por la nación —comunidad de hombres, de territorio e historia— y tan reprobable el amor a nuestra raza?. ¿Por qué el amor a la ciudad, región, etnia histórica o Nación-patria es tan positiva, maravillosa y benéfica, y el amor a la raza tan horrible, dañino y negativo? Nosotros conocemos la respuesta pero esperamos que ellos nos la contesten. En su constante apología de exaltación del amor a colectividades concretas se encierra la profunda contradicción que hacen al condenar nuestro amor a otra colectividad concreta, en este caso más amplia, rica e integradora: nuestra raza. Y es que, definitivamente, hay amores buenos y amores malos.


El Racismo: Superador de la Separatividad y de la Xenofobia

     Porque nuestra vindicación del racismo va más allá de lo meramente político o social. Nuestro orgullo de pertenecer a la raza blanca como denominación general de los pueblos originarios del tronco indoeuropeo (entre los que nadie dude que se encuentran los que actualmente integran la nación española) y la asunción del racismo como doctrina práctica de uso cotidiano supone un estadio superior en la superación de las divisiones y odios que aquejan a buena parte de la Humanidad, adquiriendo dimensiones éticas y morales. Y nos vamos a intentar explicar dentro de la brevedad que el artículo exige. De todos es sabido que el ideal de fraternidad y hermanamiento de los Pueblos supone, en los albores del siglo XXI, una de las máximas aspiraciones en orden a acabar con las luchas y conflictos que asolan actualmente a la Humanidad. La superación de las barreras que dificultan o interfieren la comunicación entre las colectividades y los pueblos y la superación del odio que los divide es una de las metas que se deben imponer los gobernantes para conseguir realizar el ideal de fraternidad universal entre los pueblos y razas que habitan el planeta.

     Para ello, para alcanzarlo, deberíamos ver en todos sus habitantes unos compañeros de viaje, que participan de modos de vivir y pensar diferentes pero que en su diferencia complementan el mosaico racial y cultural que conforma la riqueza de los pueblos de la Tierra. Nadie negará que es un proyecto bello y encomiable. Lo que impide en numerosas ocasiones su realización son las divisiones, las cosas que nos separan... hay multitud de ellas: cultura, raza, religión, idioma, clase social, mentalidad, etc. Pues bien, nadie nos podrá negar que dentro de la escala de posibles identificaciones con el resto de colectividades que habitan el planeta, de posibilidades de hermanamiento, se puede partir de la identificación más simple y egoísta, la del Yo mismo, hasta aquella más global, ecuménica y holista que sería la identificación absoluta con toda la Humanidad, con todos los habitantes del globo. Dentro de esa escala, de esa jerarquía, uno podría ir subiendo escalones de identificación en función de la generosidad de su alma y del grado de evolución de su conciencia. Así, el siguiente escalón tras el Yo, sería su familia, su comunidad de vecinos, barrio, distrito, ciudad, comarca, región, patria, continente, etc., todas ellas articuladas sobre un componente básicamente humano y territorial.

     El siguiente paso en el nivel de identificación sería su raza, su comunidad biológica de sangre y de tradición. En este sentido, ese nivel de identificación, el racial, es superador de las divisiones nacionales, culturales, religiosas, políticas y sociales. Por poner un ejemplo sencillo y para que se nos entienda, cuando un nacionalista católico irlandés coloca una bomba en un pub Protestante de Belfast y mata a trece personas de su misma raza, es la cultura, el idioma, la nacionalidad y la religión lo que los separa y es la raza lo que los une. Cuando un independentista corso asesina a un gendarme francés de su misma raza, es la cultura, la lengua y la nacionalidad lo que los separa y es la sangre, la raza lo que los une.

     En este sentido, situando la línea de identificación fraternal en el concepto raza y sangre y aplicándolo a parámetros de actuación globales y planetarios, el racismo deviene en doctrina superadora de las divisiones que fraccionan y dividen de manera irreconciliable a buena parte de los pueblos de la Humanidad. La doctrina del racismo positivo llevado a sus últimas consecuencias contempla en todo hombre Blanco un hermano, esté en el lugar del planeta en donde esté, tenga la lengua, la religión o la nacionalidad que tenga. Por encima de divisiones superfluas, a menudo insignificantes y fruto de etapas de la Historia superadas, su pertenencia a una comunidad de sangre y de tradición los hace merecedores de confianza, solidaridad y respeto. Por ello no hay conceptos más antitéticos que racismo y xenofobia. Si eres racista no odias al extranjero ya que el auténtico racismo supera el corsé de la nación y de las fronteras territoriales a menudo artificiales e impuestas muchas veces sin contar con el substrato biológico y humano que encierran.

     El verdadero racismo es superador de toda xenofobia porque entre hombres y mujeres Blancos no hay extranjeros sino hermanos de sangre y de tradición. El verdadero racista no odia sino que ama profundamente. Un Blanco es nuestro hermano, esté en Canadá o en Chile, en Australia o Sudáfrica, en Cantabria o Moscú. El racismo así entendido y aplicado se convierte en un nuevo ecumenismo superador de la separatividad que enfrenta a los hombres y los pueblos y, en ese sentido, no puede ser calificado sino como una doctrina objetivamente positiva para la Humanidad. La brevedad obligada que tenemos que dar a este trabajo nos impide desmenuzar los múltiples interrogantes que plantea la anterior exposición pero creemos que cualquier persona con cierto sentido común entenderá lo que realmente decimos, o queremos decir.


Racismo y Nacionalsocialismo. Generosidad y Fracaso

     No descubrimos nada nuevo si destacamos que el único flanco que han encontrado los historiadores y estudiosos imparciales del Estado nacional-socialista para atacarlo ha sido la institucionalización del racismo como doctrina positiva en la aplicación de su política hacia la comunidad nacional alemana. Últimamente se ha manifestado una corriente que quiere hacer de esta cosmovisión racista aplicada por el NSDAP no sólo la causa de su aniquilamiento por las potencias liberal-comunistas, que veían en ella el único verdadero peligro para sus intereses, sino la causa objetiva y principal de su derrota militar y política. Se apuntan para demostrarlo hechos políticos y bélicos sin apenas trascendencia en el decurso de la conflagración (Dunkerque, política anti-eslava, desconfianza "racial" hacia los fascismos "mediterráneos y asiáticos").

     Todos estos ejemplos cogidos con pinzas son de tal fragilidad que no merecen apenas contestación para cualquier estudioso serio de la Segunda Guerra Mundial. Se habla de errores inducidos por la política de "exclusivismo biológico", que sin duda los hubo, como determinantes, y de algunas declaraciones de Hitler en ese sentido que nadie conocía hasta ahora. Situados en el terreno de lo histórico y a meros efectos de refutación mencionaremos sucintamente dos episodios que sí fueron determinantes, según reconocen todos los expertos, para la derrota de Alemania y que desvirtúan y resitúan en su verdadera dimensión los mencionados más arriba. Estos dos casos, elegidos entre multitud de posibilidades, ponen de manifiesto que la desconfianza alemana hacia unos aliados que resultaron ser a menudo más rémora que ayuda no estaba basada precisamente en cuestiones "biológicas" sino en consideraciones militares estratégicas de serio calado y que tuvieron funestas consecuencias para las armas alemanas.

1. El 30 de Octubre de 1940 tropas italianas acantonadas en Albania inician una ofensiva con intención de apoderarse de Grecia siguiendo órdenes directas de Mussolini que no consulta a sus aliados. La resistencia del ejército griego provoca la pronta retirada de los italianos a sus bases albanesas con considerables pérdidas y el desembarco masivo de divisiones del ejército británico que se estacionan en Grecia y Creta. Grecia llega a ocupar incluso una parte de la Albania italiana. Esa concentración de fuerzas en el flanco Sur de Europa motivó la inevitable intervención del ejército alemán el 27 de Marzo de 1941 como paso previo imprescindible para iniciar con ciertas garantías la invasión de la URSS, cuya fecha de inicio prevista era el 15 de Mayo y que, como consecuencia de esa ofensiva en los Balcanes comenzó, como todos saben, con más de cuatro semanas de retraso (22 de Junio de 1941) y una parte considerable de las divisiones en fase de recomposición tras los duros combates. Todos los historiadores objetivos han considerado esas cuatro semanas de retraso en el inicio de la Operación Barbarroja como decisivas para impedir la toma de Moscú en Diciembre de 1941 con un ejército del Reich bloqueado a sus puertas por los hielos y las lluvias.

2. El 3 de Diciembre de 1941, con el ejército alemán en los arrabales de Moscú y las reservas militares rusas exhaustas, Stalin toma la decisión de llevar al frente a la mayor parte de las tropas situadas en el extremo Oriente. Desguarnece de ese modo la frontera desde Vladivostok a Mongolia interior. Suponen varias decenas de miles de soldados de refresco, duros, cosacos y siberianos en su mayoría, cuya misión era frenar una posible ofensiva japonesa en la frontera oriental. ¿Por qué se arriesga Stalin?. Un espía ruso, Richard Sorge, infiltrado en la embajada alemana de Tokio, accede al plan de Japón para atacar Pearl Harbor el 7 de Diciembre, lo que garantiza que no se producirá ataque alguno en la frontera Sudoriental de Rusia. La llegada de esas curtidas tropas de refresco en un momento decisivo de la batalla de Moscú fue definitivo a la hora de romper el equilibrio del frente en Diciembre de 1941 e inclinar la balanza hacia el lado ruso.

     Hubiera bastado mantener una leve presión militar nipona sobre esa frontera para que Stalin no hubiera podido disponer de esas fuerzas de refresco, otro hecho concreto que ningún historiador objetivo deja de nombrar a la hora de destacar episodios realmente cruciales en el desarrollo global de los acontecimientos bélicos. Y eso por encima de presuntas fobias raciales y exclusivismos biológicos. Podríamos seguir y la lista sería extensa. No se trata tanto de hacer una relación de posibles causas de la derrota de las armas del Tercer Reich como de resituar en su verdadera dimensión algunas que se señalan como cruciales para la misma y que no son sino simples episodios de guerra sin demasiada trascendencia a juicio de la mayoría de especialistas en historia militar. Pero no rehuímos el debate...


Racismo Nacionalsocialista
contra Militarismo Chauvinista Reaccionario

     Es cierto que la política racial alemana estuvo salpicada de prejuicios hacia otras etnias de origen indoeuropeo, especialmente los eslavos y rusos. Y nadie deja de admitir que eso fue objetivamente un error estratégico y una equivocación absurda. Pero nosotros afirmamos sin dudar que, cuando esas políticas discriminatorias se practicaban, lo eran en tanto fruto de un nacionalismo pangermanista reaccionario que estaba arraigado en amplios sectores de la oficialidad del ejército, sectores ligados a las tradicionales castas nobiliarias y aristocráticas prusianas que nunca comprendieron ni quisieron asimilar la verdadera revolución que la doctrina social-racista del NSDAP suponía: que un ario podía ser y era su hermano de sangre por encima de clases y de lenguas.

     De hecho fueron esos sectores militares reaccionarios ligados mayoritariamente a la más rancia "nobleza" los que protagonizaron la mayoría de las conspiraciones contra Hitler y los autores de los atentados que estuvieron a punto de ocasionar su muerte (20 de Julio de 1944, atentado en la Guarida del Lobo. Autor material, el coronel conde Von Stauffenberg). Así afirmamos rotundamente que el Estado socialista alemán fue cruel y cicatero en tanto nacionalista, y fue altruísta y generoso en tanto racista. Fue cruel en tanto una visión chauvinista y reduccionista de la Historia hablaba de una superioridad "alemana" por encima de otros pueblos europeos, y fue generosa, tolerante y constructiva en tanto la cosmovisión racista se fue imponiendo desde las organizaciones más ideologizadas del partido (SS, Ahnenerbe...) a las demás estructuras del Estado.

     No olvidemos que fueron las SS las que integraron bajo su uniforme y sus símbolos a los distintos pueblos europeos partícipes de la lucha contra el materialismo e incluso a otros de procedencia racial distinta que no vamos a relacionar por conocidos. Un ejemplo de ello lo tenemos en la señera figura de León Degrelle, el cual, alejado totalmente de un germanismo reduccionista y lleno él de profundas convicciones religiosas católicas, fue objeto de una especial admiración por el Führer y jamás mencionó que su procedencia no alemana hubiera sido objeto de la menor crítica. O por qué no nombrar al chileno Miguel Serrano y tantos y tantos otros... Afirmamos pues sin ambages que el Estado racista alemán fue generoso en tanto se portó como tal, y se mostró en ocasiones injusto cuando obedecía a impulsos emanados de una visión pan-germanista —no racista— de corte profundamente reaccionario. Es decir, que lo que tuvo de error fue, en definitiva, lo que le faltó de racista, y que no fue precisamente el error el serlo sino el no serlo total y absolutamente con todas sus consecuencias.


Racismo Blanco. Superador del Fratricidio Inter-Europeo

     Otro de los argumentos usados interesadamente para engañar y enfrentar a los pueblos Blancos es confundir racismo con etnicismo o con nacionalismo. El racista no cae en el error de enfrentar etnias, culturas o pueblos Blancos, haciendo de algunos de ellos mejores o peores representantes de las esencias tradicionales arias. Un racista Blanco no hace distinciones positivas o negativas entre las naciones Blancas. Así nuestra alma racial vibra en parecida sintonía ante las manifestaciones culturales, históricas y artísticas de los pueblos que componen y dan vida a nuestra fértil raza. Podemos y debemos, sin duda alguna, identificarnos más con aquellas que nos son más próximas, en las que hemos nacido y de las que participamos directamente, pero todas, repetimos, todas, nos son queridas en tanto fruto de un mismo sentir racial y popular.

     Se ha querido poner en contraposición como un algo antagónico y divergente la cultura de origen mediterráneo con la anglosajona cuando ambas, aún en diferentes momentos históricos determinados por el devenir de acontecimientos políticos y religiosos, son fruto de pueblos del mismo tronco racial que han proyectado su cultura y su civilización específicas en momentos distintos con similares y fructíferos resultados. Querer contraponerlas como algo totalmente extraño y contradictorio es el arma del que quiere hacer renacer el odio y la lucha fratricida entre hermanos de raza, ocultando la verdad y trasladando sus propios miedos y sus frustraciones a los demás. El racismo positivo también supera ese estadio. Así el racista es ajeno a esa presunta contradicción absurda y se puede sentir —y se siente— tan orgulloso de la cultura anglosajona como de la bretona, de la eslava como de la gala, de la báltica o latina como de la escocesa... ya que todas ellas, juntas, forman parte del acervo cultural de los pueblos y naciones Blancos y son una expresión transcendente de su alma racial y popular.

     De este modo y simplificando todo lo posible, como españoles nos sentimos indudablemente orgullosos de la gesta protagonizada por los conquistadores y colonizadores en América del Sur, de sus hazañas y de sus esfuerzos por expandir una cultura y unas creencias religiosas que consideraban positivas para los aborígenes, y como Blancos asumimos como fructífera y enriquecedora la misión cultural y civilizadora llevada a cabo por nuestros hermanos anglosajones y galos en América del Norte o en la India. Y por nuestros hermanos portugueses en África y Brasil... Los enfrentamientos pasados entre Imperios de naciones Blancas no fueron sino la consecuencia lógica de momentos históricos determinados ligados a procesos de expansión y decadencia consustanciales a toda nación que, en un momento dado de su historia, ocupa un lugar hegemónico en el concierto de las naciones, y no precisamente el resultado de una visión biologicista, exclusivista, basada en la supremacía racial de un pueblo sobre otro.

     Otra cosa muy distinta es la constatación de que, al día de hoy, algunas naciones Blancas no son las verdaderas dueñas de sus destinos. El ejemplo más descarnado lo tenemos en Estados Unidos, una nación sometida al dictado de ese 3% de judíos que se han apoderado de sus recursos económicos y comprado y sometido a su clase política. Pero ése es otro tema. Por todo lo anterior ha quedado claro que una cosmovisión racista de la Historia también es superadora de los enfrentamientos entre pueblos y naciones Blancos al considerar su accionar histórico integrado en un todo, resultado todo ello de una particular visión creativa y constructiva de la existencia fruto de su similar origen racial.


El Racismo ¿Una Ideología Moderna?

     Otra tendencia en auge para descalificar el racismo es tan pueril, y a la vez tan lábil, como anatemizarlo por ser una ideología producto de la "modernidad". Algunos expertos lo manifiestan con un cierto aire solemne y misterioso, dando a entender que esa condición, de darse realmente, descalificaría cualquier doctrina, teoría o ideología per se. A nosotros simplemente nos causa risa. Si el racismo es una doctrina moderna o no lo es, debemos de reconocer que nos importa bien poco. ¿Es moderna la penicilina?, ¿es moderno el sistema de enseñanza pública y gratuita?... Si es moderno bienvenido sea ese fruto de la modernidad. Porque si al final condenamos una teoría simplemente porque es "moderna", acabaremos proponiendo como positiva la monarquía absoluta y la corte del Rey Sol. El racismo, ¿es "moderno" o es "antiguo"?. Estéril debate en el que no vamos a entrar, aunque podríamos hacerlo. Preferimos preguntarnos simplemente si es positivo o negativo.

     Por lo demás, no queremos tener nada que ver con aquellos que sacralizan como buena toda estructura política, social o religiosa anterior a 1789 y condenan a la más oscura de las mazmorras todo aquel fruto posterior a tan contradictoria fecha. Porque a lo mejor resulta que estamos más cerca de los investigadores ilustrados que del "Vivan las cadenas" fernandino. ¿Es negativo sentirse parte de una raza civilizadora, compuesta de pueblos culturalmente heterogéneos pero de raíces y orígenes indudablemente unitarios, que a lo largo de la Historia ha demostrado ser la que más valores positivos ha aportado al resto de la Humanidad?. ¿Es negativo defender sus tradiciones, sus esencias artísticas, sus expresiones culturales y su diversidad, deseando mantenerlas al margen de otras manifestaciones culturales extrañas y disolventes que poco o nada han aportado al progreso del mundo?. ¿Es negativo sentirse parte de una comunidad de sangre, sin que por ello se tenga que odiar a otras razas y culturas sino desear su fortalecimiento y consolidación, desde el respeto a sus tradiciones, y al mismo tiempo reclamar el derecho a mantener nuestras diferencias naturales?.

     ¿Quién es el que se cree por encima del Supremo Hacedor, del Espíritu Constructor del Universo que un día creo las razas en su diversidad, para abogar ahora, desde la Ignorancia y la estulticia más obstinada, cuando no desde la traición más evidente, por su desaparición contra natura?. Si el racismo positivo es hijo o no lo es de la modernidad nos preocupa, repetimos, bien poco. Desde nuestra visión natural de la existencia y desde nuestra aceptación del sentido común como manera de entender la vida, aceptamos y asumimos todo lo de positivo que pueda haber aportado la filosofía de la llamada modernidad para beneficio de nuestro pueblo y de nuestra raza. Y arrojamos simplemente al cesto de los papeles todo lo que de destructivo y de pernicioso tenga para ella. Así de sencillo y así de claro.


El Racismo: Una Doctrina Radicalmente Anti-Burguesa

     Otra argumentación usada contra la cosmovisión racista la convierte nada más y nada menos que en una "purulenta secreción de la mentalidad burguesa". La frasecita resulta tan original e impactante como falsa y mezquinamente malintencionada. Veamos; al día de hoy nadie hay más anti-burgués que un auténtico racista. Ya hemos explicado anteriormente que el racismo sitúa el listón más elevado de su solidaridad en el concepto raza, sangre y tradición. Por el contrario, el burgués, el comerciante lo sitúa en la clase social, posesiones materiales y dinero. Esto es así por mucho que nos inventemos frasecitas presuntamente originales, que de novedosas no tienen absolutamente nada ya que han sido siempre utilizadas por los comunistas para descalificar el racismo. De hecho jamás hemos conocido a un verdadero burgués al que pudiéramos calificar de racista. Lo sentimos por ellos. Y retamos al que conozca alguno a que nos lo presente.

      No queremos extendernos demasiado en una cuestión tan elemental y tan evidente. Por poner un sencillo ejemplo, la mentalidad burguesa no se opone a la inmigración sino a la inmigración de los pobres. Un burgués no rechaza la llegada de extranjeros de color por su raza sino porque son sencillamente pobres. Es más, afirmamos rotundamente que no rechazará nunca que su hija se apareé con un moro si éste es poseedor de unos cuantos pozos de petróleo. O con un negro si éste es un popular jugador de baloncesto con la cuenta bancaria bien repleta. No... no nos van a engañar ni a confundir por mucho que lo intenten. El burgués no es racista si el extranjero está bien forrado. Su nivel de identificación está en la cartera y en la cuenta corriente y no en el color de la piel. No importa que Marbella se llene de moros si éstos dejan muchos millones en los casinos y en los hoteles. Ésa es la mentalidad del burgués y no la del racista.

    El capitalista, el comerciante, el vaisya, practica una solidaridad de clase. El racista practica una solidaridad de sangre. Un racista Blanco siempre preferirá que su hija, su hermano, etc., elija para convivir a una persona de su raza aunque humilde y sencilla antes que un extranjero de color forrado de millones. Ésa es la verdadera diferencia entre un burgués y un racista. Nosotros preferimos que Michael Jordan y sus millones se queden en su tierra y que los jeques árabes dediquen su dinero a elevar el nivel de vida de sus súbditos... que buena falta les hace. De este modo, concluímos, el racismo se manifiesta como una auténtica doctrina superadora de la división de clases sociales y de las contradicciones burguesas. No, el racismo no es una doctrina que tenga nada que ver con la burguesía, antes al contrario, es radicalmente anti-burguesa y ningún majadero, a la búsqueda de frases "redondas", nos debe de importunar con sus falaces argumentaciones.


Un Breve Inciso. Indoeuropeos, ¿Nada Más que una Lengua?

     A estas alturas resulta sorprendente encontrarse con historiadores que todavía defienden la teoría de una presunta lengua indoeuropea independiente de un substrato humano y biológico. Tras la 2ªGM el proceso de des-nazificación mundial hizo que, en el campo de la lingüística y la filología, se tuviera mucho cuidado en afirmar que la lengua indoeuropea había sido el fruto civilizador de unos pueblos que irrumpieron desde el Norte del Cáucaso hacia el Sur aproximadamente 2.500 años antes de la Era cristiana. La derrota del nacionalsocialismo hizo que esa evidencia quedara relegada al olvido y su sola mención en las universidades europeas occidentales fuera apostrofada como "racista y filo-nazi".

     No sucedió lo mismo en los países del Este y en la propia URSS, en donde esos complejos no fueron tenidos en cuenta y se siguió utilizando la ciencia, la lógica y el sentido común en la investigación, y no los prejuicios y los dogmas. Sin ánimo de ser exhaustivos al día de hoy, el debate prácticamente está cerrado tras los rigurosos y concluyentes trabajos realizados por el equipo de investigadores dirigido por la prestigiosa indoeuropeísta y arqueóloga lituana María Gimbutas y el mejor especialista actual entre los lingüistas, A. Tovar, que afirman categóricamente lo siguiente:

     "Hoy pese a las tesis más aceptadas y políticamente correctas de la pluralidad de raza y cuna de los indoeuropeos, parece que se ha de admitir el origen de los mismos sobre una raza, patria y momento único, en el que surge la cultura y la lengua básica de estos pueblos. Pues es lógico que la unidad indiscutible de esta lengua y cultura indoeuropea surgiera de un tronco único y no de una pluralidad de pueblos por muy hermanados e interculturados que nos los imaginemos".

     Para finalizar este breve anexo relacionaremos los pueblos originarios del tronco indoeuropeo que constituyen nuestros antepasados más directos: Occidentales: griegos (aqueos, jonios, eolios y dorios), itálicos (osco-umbros), celtas, vénetos e ilirios (dináricos), baltos, eslavos y germanos. Orientales: indos, mitanios, iranios, frigios, tracios y tokarios.


Conclusión. El Racismo Blanco y las Otras Razas. Caminar Juntos

     Por lo demás, el auténtico racista no odia a los pueblos no Blancos sino que los ve como verdaderos compañeros de viaje. Muchos de ellos, qué duda cabe, han aportado desde su grado de evolución y desarrollo aspectos ciertamente positivos al devenir de la Humanidad. No seremos nosotros quienes ignorantemente minimicemos sus aportaciones ni los que, desde la humillación y la vergüenza, las exageremos. Por lo demás, afirmamos sin temor a equivocarnos que un africano o un asiático u otros componentes de pueblos no Blancos jamás participarán del alma y el sentimiento racial que nos es propio a los Blancos. Y además ni siquiera consideramos positivo el que deseen hacerlo. Sin ánimo de caer en estereotipos jocosos, consideramos evidente que por mucho que un negro se vista de baturro y baile la jota se sentirá jamás aragonés.

     Ni aun vistiéndose de chulapa y bailando maravillosamente bien el chotis una caboverdiana sentirá inspiración castiza alguna. Ni un tailandés atiborrándose de cerveza bávara en la feria de Múnich, vestido de tirolés de pies a cabeza, comprenderá nunca el sentido profundamente ritual de esa celebración festiva. Su alma racial no siente lo mismo porque su raza es distinta. Del mismo modo, ni un irlandés ni un catalán ataviado a la usanza de Burkina Fasso conseguirá sentir jamás lo que sienten los naturales de esa ubérrima tierra en una noche mágica de rituales animistas. Es más, afirmamos sin dudarlo que no lo sentiría ni aunque fuera descendiente de cuarta generación, o de quinta o de diez generaciones de nacidos en el África más profunda. Y esto no es ni bueno ni malo, simplemente es así porque es natural.

     Este hecho está perfectamente ejemplarizado en el magnífico film "Memorias de África". Dos pueblos, dos culturas, dos formas de entender la existencia, distintas producto ambas de dos razas diferentes, cada una viviendo desde su diferencia y desde su particular espiritualidad los momentos más simples y los más sagrados. Si la sangre de ese Blanco se ha mantenido pura seguirá sintiendo el vacío interior que embarga a los que se encuentran lejos de los suyos, en tierra extraña y rodeado de extraños. Por mucho que un turista chino se embelese admirando Notre Dame o la Catedral de Santiago nunca sentirá en su interior lo que un Blanco al contemplar el resultado artístico y civilizador que emana de esa expresión plástica y religiosa, obra de uno de sus pueblos... y el que nos quiera entender que nos entienda.

     Las razas que integran los distintos pueblos que habitan el planeta, desde su diferencia, desde su diversidad, pueden y deben de caminar juntas superando odios y divisiones pasadas, cada una de ellas reafirmándose positivamente en sus tradiciones y en sus manifestaciones culturales, filosóficas y artísticas. Y la doctrina del racismo positivo lucha, que nadie lo dude, en esa dirección por la concordia de las razas y por la amistad y el hermanamiento de los pueblos. Ahora bien, sólo se puede exaltar y defender lo que existe, y el proceso de aculturización y de mestizaje que promueve el totalitarismo globallzador es, en este momento, el más inicuo y encarnizado enemigo de los pueblos y de las razas, y particular y especialmente de nuestra humillada, perseguida y denostada raza blanca.

     Por ello esta vindicación del racismo positivo termina con un firme llamamiento a la lucha constructiva y a la guerrilla inteligente contra la mundialización y la globalizacion, contra la subcultura del mestizaje y contra el enemigo del mundo que la promueve, la impone y la exige para acabar definitivamente con los pueblos Blancos que un día, organizados en una cosmovisión hoy proscrita y mortificada, lo humillaron y quebraron sus planes de conquista y esclavitud mundial. Por todo ello, hermano Blanco, reafírmate en el orgullo sano, creador, constructivo y heroico que representa el batallar en el bando de los defensores del futuro de nuestra raza blanca ya que, al hacerlo, no estás sino obedeciendo las leyes naturales y aun, con seguridad, las divinas. No dudes ni por un momento que serás recompensado.–



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