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lunes, 3 de abril de 2017

Piotr D. Ouspensky - El Superhombre



     Piotr Demianovich Ouspensky (1878-1947) fue un esoterista y escritor ruso, conocido por ser un divulgador en Occidente de la doctrina del afamado místico armenio George I. Gurdjieff. En Londres fue publicado en inglés en 1931 un influyente libro suyo, A New Model of the Universe, una colección de ensayos de años anteriores, del cual presentamos aquí su capítulo tercero en una retraducción a partir de la versión castellana hecha en 1950. En este interesante y elaborado ensayo (Superman, finalizado en 1929) el señor Ouspensky analiza las concepciones históricas de la noción del Superhombre, sus atributos asignados, sus complejidades psicológicas, qué es y qué no es, y las posibles vías para acceder a dicha condición, la cual, sostiene el autor, no está reservada al conjunto de la Humanidad, por aquello de la especialización de las funciones y las diferentes capacidades.


EL SUPERHOMBRE
por Piotr D. Ouspensky, 1929



     En estrecho contacto con la idea del conocimiento oculto, la idea del superhombre atraviesa la historia entera del pensamiento humano. La idea del superhombre es tan antigua como el mundo. A través de todos los siglos, a través de cientos de siglos de su historia, la Humanidad ha vivido con la idea del superhombre. Los mitos y las leyendas de todos los pueblos antiguos están llenos de imágenes de un superhombre. Los héroes de los mitos, los Titanes, los semi-dioses, Prometeo que trajo el fuego desde el cielo, los profetas, los mesías y los santos de todas las religiones, los héroes de los cuentos de hadas y de los cantos épicos, los Caballeros que rescatan a princesas cautivas, que despiertan a bellas durmientes, que vencen a dragones y que luchan contra gigantes y ogros, todas éstas son imágenes de un superhombre.

     La sabiduría popular de todos los tiempos y de todos los pueblos ha entendido siempre que el hombre, tal como es, no puede arreglar su propia vida por sí mismo; la sabiduría popular nunca ha considerado al hombre como la realización cumbre de la creación. Siempre ha entendido el lugar del hombre, y siempre ha aceptado y admitido la idea de que puede y debe haber seres que, aun cuando también humanos, son mucho más altos, más fuertes, más complejos y más "milagrosos" que el hombre ordinario. Es sólo el opaco y esterilizado pensamiento de los últimos siglos de la cultura europea el que ha perdido el contacto con la idea del superhombre y ha puesto como su objetivo al hombre tal como es, como ha sido siempre y como siempre será. Y en este relativamente corto periodo de tiempo, el pensamiento europeo había olvidado tan completamente la idea del superhombre que, cuando Nietzsche arrojó esta idea en el Occidente, pareció nueva, original e inesperada. En realidad, esta idea ha existido desde el comienzo mismo del pensamiento humano conocido por nosotros.

     Después de todo, el superhombre nunca ha desaparecido completamente en el pensamiento occidental moderno. ¿Qué otra cosa es, por ejemplo, la leyenda napoleónica, y qué otra cosa son todas las leyendas similares sino intentos de crear un nuevo mito del superhombre? A su modo, las masas viven todavía con la idea del superhombre; ellas nunca están satisfechas con el hombre tal como es, y la literatura que se ofrece a las masas invariablemente les da un superhombre. ¿Qué son en realidad el Conde de Montecristo, Rocambole o Sherlock Holmes sino una expresión moderna de la misma idea de un ser fuerte y poderoso contra el que ningún hombre común puede luchar, que los sobrepasa en fuerza, en valentía y en astucia, y cuyo poder siempre tiene algo de misterioso, de mágico, de milagroso?.

     Si tratamos de examinar las formas en las cuales la idea del superhombre ha sido expresada en el pensamiento humano en diferentes períodos de la Historia, veremos que caen en diversas categorías definidas.

     La primera idea del superhombre lo describió en el pasado, conectándolo con la legendaria Edad de Oro. La idea siempre ha sido la misma. Las gentes soñaron, o recordaban, con tiempos pasados hace mucho en que su vida fue gobernada por superhombres, que lucharon contra el mal, defendieron la justicia y actuaron como intermediarios entre los hombres y la Deidad, gobernando a los hombres conforme a la voluntad de la Deidad, dándoles leyes y comunicándoles mandamientos.

     La idea de la teocracia se encuentra siempre conectada con la idea de superhombres. Dios, o los dioses, como quiera que hayan sido llamados, gobernaron siempre a la gente con el auxilio y por intermedio de superhombres —profetas, jefes, reyes, de un misterioso origen sobrehumano. Los dioses nunca pudieron tratar con los hombres directamente. El hombre nunca fue ni se consideró nunca lo suficientemente fuerte para mirar el rostro de la Deidad y para recibir sus leyes directamente. Todas las religiones comienzan con el advenimiento de un superhombre. La "revelación" siempre llega a través de un superhombre. El hombre no se ha considerado nunca suficientemente capaz de hacer algo de verdadera significación. Pero los sueños del pasado no podían satisfacer al hombre; éste empezó a soñar con el futuro, con el tiempo en que llegaría nuevamente un superhombre. De aquello resultó una nueva concepción del superhombre.

     La gente empezó a esperar al superhombre. Él tendría que venir, que arreglar sus problemas, gobernarlos, enseñarles a obedecer la ley, o traerles otra nueva, una nueva enseñanza, un nuevo conocimiento, una nueva verdad, una nueva revelación. El superhombre tendría que venir para salvar al hombre de sí mismo, así como liberarlo de las fuerzas del mal que lo rodeaban. Casi todas las religiones tienen una expectación semejante de un superhombre, una espera de un profeta, de un mesías.

     En el budismo la idea del superhombre desplaza completamente a la idea de la Deidad, porque el Buda no es Dios, él es solamente un superhombre.

     La idea del superhombre nunca ha estado ausente de la conciencia de la Humanidad. La imagen del superhombre fue formada a partir de muy variados elementos. En ocasiones recibió una fuerte mezcla de la fantasía popular, que puso en ella concepciones que habían surgido de personificaciones de la Naturaleza, del fuego, del trueno, de la selva, del mar. Aquella misma fantasía a veces unió en una sola imagen vagos rumores sobre gente distante, o bien más salvaje, o por el contrario, más civilizada.

     De este modo, los cuentos de caníbales fueron unidos en la imaginación de los antiguos griegos a la imagen del cíclope Polifemo, que devoró a los compañeros de Odiseo. Un pueblo desconocido, una raza desconocida, fueron muy fácilmente transformados en mitos de un singular ser sobrehumano.

     Así, la idea del superhombre en el pasado, o en el presente en países desconocidos, siempre ha sido vívida y rica en contenido. Pero la idea de un superhombre como un profeta o mesías, del superhombre a quien la gente esperaba, ha sido siempre muy oscura. La gente tenía una concepción muy confusa del superhombre, y no entendía de qué manera el superhombre debería diferenciarse del hombre ordinario.

     Y cuando el superhombre vino, la gente lo apedreó o lo crucificó porque no cumplió sus expectativas. Pero a pesar de todo la idea no murió y, aunque en una forma vaga y confusa, sirvió como una medida según la cual medir la insignificancia del hombre. Y la idea se fue olvidando poco a poco cuando el hombre comenzó a perder la comprensión de su insignificancia.

     Para la moderna visión científica del mundo, la idea del superhombre se encuentra en un terreno aparte, como una especie de curiosidad filosófica desconectada de todo lo demás. El pensamiento occidental moderno no sabe cómo expresar la idea del superhombre en una forma apropiada. Siempre distorsiona esa idea, siempre tiene miedo de las deducciones finales que se obtienen de ella y, en sus teorías sobre el futuro, niega toda conexión con ella.

     Esta actitud con respecto a la idea del superhombre se basa en una comprensión equivocada de las ideas de la evolución. El "superhombre", si alguna vez entra en el pensamiento científico, es considerado como un producto de la evolución del hombre, aun cuando por regla general dicho término no se usa en absoluto y se lo sustituye por la expresión "un tipo superior de hombre". En relación con esto, las teorías evolucionistas se han convertido en la base de un ingenuo punto de vista optimista de la vida y del hombre. Es como si la gente se dijera a sí misma: ahora que la evolución existe y que la ciencia reconoce la evolución, se deduce que todo está bien y que en el futuro deberá estar todavía mejor. En la imaginación del hombre moderno que razona desde el punto de vista de las ideas de la evolución, todo debería tener un final feliz. Un cuento debe necesariamente terminar en una boda.

     Es precisamente aquí donde se encuentra el principal error en cuanto a las ideas de la evolución. La evolución, comoquiera que se la entienda, no está asegurada para nadie y para ninguna cosa. La teoría de la evolución significa sólo que nada permanece estacionario, que nada permanece como fue, que todo inevitablemente asciende o desciende, pero de ningún modo necesariamente mejora. Pensar que todo necesariamente mejora es la concepción más fantástica sobre las posibilidades de la evolución.

     Todas las formas de vida que conocemos son el resultado, o bien de la evolución, o bien de la degeneración. Pero no podemos discriminar entre estos dos procesos, y con mucha frecuencia confundimos los resultados de la degeneración con los resultados de la evolución. Sólo en un respecto no nos equivocamos: sabemos que nada permanece siendo lo que fue. Todo "vive", todo se transforma.

     El hombre también es transformado, pero si él está yendo hacia arriba o hacia abajo es una gran pregunta. Más aún, la evolución en el verdadero sentido de la palabra no tiene nada en común con el cambio antropológico del tipo, incluso si consideramos tal cambio de tipo como establecido. Tampoco la evolución tiene nada en común con el cambio de las formas sociales, las costumbres y las leyes, ni con la modificación y la "evolución" de las formas de esclavitud y de los medios de la guerra. La evolución hacia el superhombre es la creación de nuevas formas de pensar y de sentir, y el abandono de antiguas formas.

     Debemos recordar además que el desarrollo de un nuevo tipo se logra a costa del antiguo, que está llamado a desaparecer por el mismo proceso. El nuevo tipo creado a partir de uno antiguo lo supera, por así decirlo, lo conquista, ocupa su lugar. El Zaratustra de Nietzsche habla de esto en las siguientes palabras:

     "Yo os muestro al superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho vosotros para superarlo?
     "¿Qué es el mono para el hombre? ¡Un motivo de risa o una vergüenza dolorosa! Es esto mismo lo que debe ser el hombre para el superhombre: un motivo de risa o una vergüenza dolorosa.
     "El más sabio de entre vosotros no es más que una cosa disparatada; un híbrido, producto de una planta y un fantasma.
     "El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre; una cuerda tendida sobre el abismo. Es peligroso pasar al otro lado, peligroso permanecer en el camino, peligroso mirar hacia atrás, peligroso pararse y peligroso temblar.
     "La grandeza del hombre está en ser  un puente y no un fin; lo que hay en él digno de ser amado es el ser un tránsito y un crepúsculo" (Nietzsche, Así Hablaba Zaratustra, Prólogo, 3 y 4).

     Estas palabras de Zaratustra no han entrado en nuestro usual modo de pensar. Y cuando nos imaginamos a un superhombre, aceptamos y aprobamos en él sólo esos aspectos de la naturaleza humana que deberían ser descartados en el camino. El superhombre se nos presenta como un ser muy complicado y contradictorio. En realidad el superhombre debe ser una entidad claramente definida. Él no puede tener dentro de sí ese eterno conflicto interno, esa dolorosa división interior, que el hombre siente continuamente y que atribuye incluso a los dioses.

     Al mismo tiempo no puede haber dos tipos opuestos de superhombres. El superhombre es el resultado de un movimiento definido, de una evolución definida.

     En el pensamiento corriente el superhombre aparece como un hombre hipertrofiado, con todos los aspectos de su naturaleza enormemente exagerados. Eso, por supuesto, es completamente imposible, porque un aspecto de la naturaleza humana puede desarrollarse solamente a expensas de otros aspectos, y el superhombre puede ser la expresión sólo de uno, y más aún, de un rasgo de la naturaleza humana muy definido. Esas erróneas concepciones del superhombre se deben en un grado considerable al hecho de que el pensamiento ordinario considera al hombre como un tipo mucho más acabado de lo que realmente es.

     La misma ingenua visión del hombre se encuentra en la base de todas las ciencias y teorías sociales existentes. Todas esas teorías toman en cuenta solamente al hombre y a su futuro. Ellas se esfuerzan o bien por prever el posible futuro del hombre, o recomiendan los mejores métodos, desde su punto de vista, para organizar la vida del hombre, para dar al hombre toda la felicidad posible, o para liberar al hombre de sufrimientos innecesarios, de la injusticia, etc. Pero la gente no ve que los intentos de una forzosa aplicación de tales teorías en la vida resultan sólo en un aumento del sufrimiento y la injusticia. Al tratar de prever el futuro, todas esas teorías quieren hacer que la vida sirva y obedezca al hombre, y al hacer eso, no toman en cuenta el hecho real de que el hombre mismo debe cambiar. La gente, al creer en esas teorías, quiere construír sin tomar en consideración que un nuevo amo debe venir y que a un nuevo amo puede no gustarle en absoluto lo que ellos han construído o han empezado a construír.

     El hombre es una forma eminentemente transicional, constante sólo en sus contradicciones y en su inconstancia, que se mueve, que deviene, que cambia ante nuestros ojos. Incluso sin haber hecho un estudio especial, es perfectamente claro que el hombre es un ser bastante inacabado, diferente hoy de lo que fue ayer, y diferente mañana de lo que es hoy.

     Tantos principios contradictorios pugnan dentro del hombre, que una coordinación armónica de ellos es bastante imposible. Esto explica por qué un tipo "positivo" de hombre es imposible. El alma del hombre es una combinación demasiado compleja para que todas las voces que gritan en su interior se unan en un coro armonioso. Todos los reinos de la Naturaleza viven en el hombre. El hombre es un pequeño universo. En él ocurren constantes muertes y constantes nacimientos, el incesante tragar un ser a otro, el devoramiento del más débil por el más fuerte, evolución y degeneración, crecimiento y acabamiento. El hombre tiene dentro de él todas las cosas, desde un mineral a un dios. Y los deseos de Dios en el hombre, es decir, las fuerzas que dirigen su espíritu, conscientes de su unidad con la infinita conciencia del universo, no pueden estar en armonía con la inercia de una piedra, con la inclinación de las partículas a la cristalización, con el reposado flujo de la savia en la planta, con el lento girar de la planta hacia el Sol, con la llamada de la sangre en un animal, con la conciencia "tridimensional" del hombre, que se basa en la separación del hombre del mundo, en su oponer al mundo su propio "yo", y en su aceptación como realidad de todas las formas y divisiones aparentes.

     Y mientras más se desarrolla el hombre interiormente, más poderosamente él comienza a sentir los diferentes aspectos de su alma simultáneamente; y mientras más fuertemente él se siente a sí mismo, más fuertemente se desarrolla dentro de él el deseo de sentir cada vez más, y finalmente empieza a desear tantas cosas, que nunca puede obtener a la vez todo lo que desea; su imaginación lo lleva en diferentes direcciones al mismo tiempo. Una vida ya no es suficiente para él, y necesita diez o veinte vidas al mismo tiempo. Él necesita estar simultáneamente en diferentes lugares, con diferentes personas, en diferentes situaciones; él quiere reconciliar lo irreconciliable y combinar lo incombinable. Su espíritu no desea reconciliarse con las limitaciones del cuerpo y de la materia, con las limitaciones del tiempo y el espacio. Su imaginación viaja infinitamente mucho más allá de todas las posibilidades de realización, exactamente del mismo modo como su sentimiento emocional viaja infinitamente más allá de las formulaciones y logros de su intelecto.

     El hombre se sobrepasa a sí mismo, pero al mismo tiempo empieza a satisfacerse sólo con su imaginación, sin tratar de realizar lo que imagina. Y en sus raros intentos de materialización no se da cuenta de que él consigue cosas diametralmente opuestas a las que cree que está alcanzando. El complicado sistema del alma humana aparece con frecuencia como dual, y hay fundadas razones para semejante punto de vista. En cada hombre viven, por así decirlo, dos seres: un ser que comprende el mundo mineral, el vegetal, el animal y el del humano "tiempo y espacio", y otro que pertenece a algún otro mundo. Uno es el ser del "pasado", y el otro es el ser del "futuro". Pero cuál es el del pasado y cuál el del futuro no lo sabemos. Y el pasado y el futuro se encuentran en eterna lucha y eterno conflicto en el alma del hombre. Puede decirse, sin la más ligera exageración, que el alma del hombre es el campo de batalla del pasado y del futuro.

     El Zaratustra de Nietzsche dice estas interesantes palabras: "Yo soy de hoy y de ayer. Pero en mí hay algo que es de mañana y de pasado mañana, del porvenir" (Así Hablaba Zaratustra, II, De los Poetas). Pero Zaratustra habla no del conflicto sino de la totalidad que incluye al hoy y al ayer, el mañana y el futuro, una totalidad que llega cuando las contradicciones, la multiplicidad y la dualidad han sido vencidas.

     La necesidad de luchar contra el hombre para llegar al superhombre es lo que el pensamiento moderno se rehúsa completamente a admitir. Esta idea difiere completamente de la exaltación del hombre y su debilidad tan característica de nuestros tiempos. Al mismo tiempo esto no significa que la idea del superhombre no juegue un papel en nuestros días. Si ciertas escuelas del pensamiento moderno rechazan la idea del superhombre o tienen miedo de ella, otras, por el contrario, se basan exclusivamente en esta idea y no pueden existir sin ella. La idea del superhombre separa el pensamiento de la Humanidad en dos categorías tajantemente divididas y muy definidas:

—1. La concepción del hombre sin la idea del superhombre, la concepción "científica" del hombre y también una parte considerable de la concepción filosófica del hombre.

—2. La concepción del hombre desde el punto de vista de la idea del superhombre, la concepción mística, ocultista y teosófica del hombre (aunque aquí debe señalarse que casi todo lo que se conoce con esos nombres son sólo concepciones pseudo-místicas, pseudo-ocultistas y pseudo-esotéricas).

     En el primer caso el hombre es considerado como un ser completo. Se estudia su estructura anatómica, sus funciones fisiológicas y psicológicas, su actual posición en el mundo, su destino histórico, su cultura y civilización, la posibilidad de la mejor organización de su vida, sus posibilidades de conocimiento, etc. En todo esto el hombre es tomado tal como es. En este caso la principal atención se concentra en los resultados de las actividades del hombre, en sus logros, sus descubrimientos, sus inventos. Y en este caso esos resultados de las actividades del hombre son considerados como pruebas de su evolución, aunque, como sucede a menudo, ellos demuestren precisamente lo contrario.

     La idea de la evolución en esta concepción del hombre se considera como la evolución general de todos los hombres, de toda la Humanidad. La Humanidad es considerada como evolutiva. Y aun cuando no hay nada análogo a esta evolución en la Naturaleza y no puede ser explicada por ningún ejemplo biológico, el pensamiento occidental no se siente desconcertado por esto y continúa hablando de evolución.

     En el segundo caso el hombre es considerado como un ser incompleto, del que debe resultar algo distinto. Y todo el significado de la existencia de este ser está, en este caso, en su transición hacia ese nuevo estado. Se considera al hombre como una semilla, como una larva, como algo temporal y sujeto a transformación. Y en este caso todo lo que se refiere al hombre es interpretado desde el punto de vista de esa transformación. En otras palabras, el valor de todas las cosas en la vida del hombre es determinado en atención a su grado de utilidad para dicha transformación.

     Pero la idea misma de la transformación sigue siendo muy obscura. Y la concepción del hombre desde el punto de vista del superhombre no puede considerarse ni como popular ni como progresista. Ella forma parte como un atributo indispensable de enseñanzas semi-ocultistas y semi-místicas, pero no juega ningún papel en las filosofías científicas, o en las más difundidas pseudo-científicas, de la vida.

     La razón de esto, más que en cualquier otra cosa, debe verse en la completa divergencia que hay entre la cultura occidental y el pensamiento religioso. Si no fuera por esa divergencia, la concepción del hombre desde el punto de vista de la idea del superhombre no se habría perdido, porque el pensamiento religioso, en su verdadero sentido, es imposible sin la idea del superhombre.

     La ausencia de la idea del superhombre en la mayoría de las modernas filosofías de la vida es en un grado considerable la causa del terrible caos del pensamiento en el cual vive la Humanidad moderna. Si los hombres trataran de conectar la idea del superhombre con los demás puntos de vista más o menos aceptados, ellos verían que ello muestra todo bajo una nueva luz, presentando desde nuevos ángulos las cosas que ellos creían que conocían muy bien, y les recordaría el hecho de que el hombre es sólo un visitante temporal, sólo un pasajero, sobre la Tierra.

     Naturalmente tal punto de vista no podría ser popular. Las modernas filosofías de la vida (o cuando menos una gran cantidad de ellas) están construídas sobre la Sociología, o sobre lo que es llamado así. Y la Sociología nunca piensa en un tiempo tan remoto en que un nuevo tipo se habrá desarrollado a partir del hombre, sino que está preocupada sólo del presente o del futuro cercano e inmediato. Pero es precisamente esa actitud la que sirve simplemente para mostrar el escolasticismo de esa ciencia. La sociología, como cualquier otra ciencia escolástica, trata no con hechos vivos sino con abstracciones artificiales. La sociología, al tratar con el "nivel promedio" y el "hombre promedio", no ve el relieve de las montañas, y no comprende que ni la Humanidad ni el hombre individual son algo plano y uniforme.

     La Humanidad, al igual que el hombre individual, es una cadena de montañas con altas cumbres nevadas y profundos precipicios; y, más aún, en ese incierto periodo geológico en que todo se halla en proceso de formación, cuando cordilleras completas desaparecen, cuando aparecen desiertos en lugar de los mares, cuando surgen nuevos volcanes, cuando campos y bosques son sepultados bajo el flujo de lava hirviente, cuando aparecen y desaparecen continentes y cuando los períodos glaciales van y vienen, un "hombre promedio", con el cual sólo la sociología puede tratar, no existe en la realidad más que la "altura promedio de una montaña".

     Es imposible indicar el momento en que se forma un tipo nuevo más estable. Éste está siendo formado continuamente. El crecimiento se lleva a cabo sin interrupciones. Nunca hay un momento en que algo es completado. Un nuevo tipo de hombre está siendo formado ahora y entre nosotros. La selección ocurre en todas las razas y naciones de la Tierra, excepto en las razas más atrasadas y degeneradas; entre estas últimas se incluyen las razas que usualmente son consideradas como las más avanzadas, es decir, aquellas que han sido absorbidas completamente en la pseudo-cultura. El superhombre no pertenece al futuro histórico. Si el superhombre puede existir sobre la Tierra, él debe existir tanto en el pasado como en el presente. Pero él no permanece en la vida sino que aparece y se aleja.

     Tal como un grano de trigo al llegar a convertirse en una planta sale de la esfera de la vida de los granos; tal como una bellota al llegar a convertirse en un roble sale de la vida de las bellotas; tal como una oruga al llegar a convertirse en crisálida muere para las orugas, y al convertirse en mariposa sale completamente la esfera de observación de las orugas, del mismo modo el superhombre sale de la esfera de observación de otra gente, sale de la vida histórica de ellos.

     Un hombre ordinario no puede ver a un superhombre o enterarse de su existencia, tal como una oruga no puede saber de la existencia de una mariposa. Éste es un hecho que nosotros encontramos extremadamente dificultoso de admitir pero que es natural y psicológicamente inevitable. El tipo superior no puede en ningún sentido ser controlado por el tipo inferior o ser sujeto de observación del tipo inferior; pero el tipo inferior sí puede ser controlado por el superior y puede estar bajo su observación. Y desde este punto de vista, la vida entera y toda la Historia pueden tener un significado y un propósito que nosotros no podemos comprender. Ese significado, ese propósito, es el superhombre. Todo lo demás existe para el único propósito de que, a partir de las masas de la Humanidad que reptan sobre la Tierra, surja y se levante, de tiempo en tiempo, el superhombre, y se aleje de esa manera de las masas hasta hacerse inaccesible e invisible a sus ojos.

     La visión ordinaria de la vida o bien no encuentra objetivo en ella o ve ese objetivo en la "evolución de las masas". Pero la evolución de las masas es una idea tan fantástica e ilógica como lo seria, por ejemplo, la idea de una evolución idéntica de todas las células de un árbol o de todas las células de un organismo. No comprendemos que la idea de la evolución de las masas sea equivalente a esperar que todas las células de un árbol, es decir, las células de las raíces, de la corteza, de la fibra y de las hojas, sean transformadas en células de flores y frutos; es decir, equivale a esperar que todo el árbol sea transformado en flores y frutos.

     La evolución, que usualmente es considerada como evolución de las masas, no puede en realidad ser nunca otra cosa que la evolución de unos cuantos. Y en la Humanidad tal evolución sólo puede ser consciente. Es sólo la degeneración la que puede llevarse a cabo inconscientemente en los hombres.

     La Naturaleza de ninguna manera ha garantizado un superhombre. Ella tiene dentro de sí misma todas las posibilidades, incluyendo las más siniestras. El hombre no puede ser promovido a la calidad de superhombre como una recompensa, ni por un largo tiempo de servicio como un hombre, ni por su irreprochable conducta, ni por sus sufrimientos, ya hayan sido accidentales o creados por él mismo inintencionadamente por su propia estupidez o inadaptabilidad a la vida, o incluso intencionalmente en vista de la recompensa que espera obtener. Nada conduce al superhombre salvo la comprensión de la idea del superhombre, y es precisamente esa comprensión la que está llegando a ser cada vez más rara.

     A pesar de toda su inevitabilidad, la idea del superhombre no es en absoluto clara. Los delineamientos psicológicos del superhombre eluden al hombre moderno como una sombra. Los hombres crean al superhombre de acuerdo a su imagen y semejanza, dotándolo con sus propias cualidades, gustos y defectos, en una forma exagerada. Al superhombre se le atribuyen características y cualidades que nunca pueden pertenecerle, características que son completamente contradictorias e incompatibles, que se despojan unas a otras de todo valor y se destruyen unas a otras. La idea del superhombre generalmente es abordada desde un ángulo equivocado; o bien se la considera demasiado simplemente, puramente en un plano, o demasiado fantásticamente, sin ninguna conexión con la realidad. El resultado es que la idea se distorsiona, y el tratamiento que el hombre hace de ella se hace cada vez más equivocado.

     A fin de de encontrar un enfoque correcto para esta idea, debemos antes que nada crear por nosotros mismos una imagen armoniosa del superhombre. La vaguedad, la indefinición y lo difuso no son de ningún modo atributos necesarios de la imagen del superhombre. Podemos saber más acerca de él de lo que pensamos si simplemente quisiéramos y supiéramos cómo comenzar a tratar con él. Tenemos líneas de pensamiento perfectamente claras y definidas para razonar acerca del superhombre, y nociones perfectamente definidas, algunas conectadas con la idea del superhombre y otras opuestas a ella. Todo lo que se requiere es evitar confundirlas. Entonces la comprensión del superhombre, la creación de una imagen armoniosa del superhombre, dejará de ser el sueño inalcanzable que a veces parece.

     El crecimiento interno del hombre sigue caminos bien definidos. Es necesario determinar y entender dichos caminos; de otro modo, cuando la idea del superhombre llega a aceptarse en una forma o en otra, pero no está conectada vitalmente con la vida del hombre, toma formas extrañas, algunas veces grotescas o monstruosas. La gente que piensa ingenuamente se imagina al superhombre como una especie de hombre exagerado, en quien tanto los aspectos positivos como los negativos de la naturaleza humana se han desarrollado con igual libertad y han alcanzado los límites extremos de su posible desarrollo. Pero eso es exactamente lo que es imposible. La familiaridad más elemental con la Psicología, ciertamente si tomamos a dicha ciencia como una comprensión real de las leyes del ser interno del hombre, muestra que el desarrollo de las características de una clase sólo puede realizarse a expensas de las características de otra clase. Hay muchas cualidades contradictorias en el hombre que no pueden en ningún caso desarrollarse en líneas paralelas.

     La imaginación de los pueblos primitivos concibió al superhombre como un gigante, como un hombre de fuerza hercúlea, de extrema longevidad. Debemos revisar las cualidades del superhombre, es decir, las cualidades que se atribuyen al superhombre, y determinar si esas cualidades pueden ser desarrolladas sólo en el hombre. Si cualidades que pueden existir fuera del hombre son atribuídas al superhombre, se hace evidente que esas cualidades están erróneamente conectadas con él. Sólo deben desarrollarse en el superhombre aquellas cualidades que pueden desarrollarse exclusivamente en el hombre. Por ejemplo, el tamaño gigantesco no puede ser de ningún modo una cualidad de valor absoluto para el superhombre. Los árboles pueden ser todavía más altos; las casas, las torres, las montañas, pueden ser más altas que el más alto gigante que la Tierra pueda soportar. Por lo tanto, la altura y el tamaño no pueden servir como el objetivo de la evolución del superhombre. Además, la biología moderna sabe muy bien que el hombre no puede sobrepasar cierta altura, es decir, su esqueleto no podría sostener un peso que sobrepasara al peso del cuerpo del hombre.

     Tampoco una enorme fuerza física representa un valor absoluto. El hombre con sus propias débiles manos es capaz de construír máquinas más poderosas que cualquier gigante. Y para la "Naturaleza", para la "Tierra", el hombre más fuerte, incluso un gigante, es sólo un pigmeo, imperceptible en su superficie. Ni tampoco la longevidad, por grande que pudiera ser, es un signo de crecimiento interno. Los árboles pueden existir por miles de años, y una piedra puede existir por decenas o cientos de miles de años. Todas esas cualidades no son de ningún valor en el superhombre, porque pueden ser manifestadas aparte de él. En el superhombre deben desarrollarse cualidades que no puedan existir en un árbol o en una piedra, cualidades con las que no puedan competir ni las altas montañas ni los terremotos.

     El desarrollo del mundo interno, la evolución de la conciencia, ése sí es un valor absoluto, que en el mundo que conocemos puede desarrollarse sólo en el hombre y no puede desarrollarse aparte de él. La evolución de la conciencia, el crecimiento interior del hombre es el "ascenso hacia el superhombre". Pero el crecimiento interior se lleva a cabo, no a lo largo de una sola línea sino a lo largo de varias simultáneamente. Esas líneas deben ser establecidas y determinadas, porque mezclados con ellas se encuentran muchos caminos engañosos y falsos que desvían al hombre, lo hacen retroceder o lo conducen a callejones sin salida.

     Es por supuesto imposible dogmatizar acerca de una forma del desarrollo intelectual y emocional del superhombre. Pero diversos aspectos de ello pueden ser mostrados con perfecta exactitud. Así, lo primero que puede decirse es que el superhombre no puede ser pensado en el plano "materialista" corriente. El superhombre debe necesariamente estar conectado con algo misterioso, algo de magia y de hechicería.

     En consecuencia, un interés que se dirija hacia lo "misterioso" y lo "inexplicable", una gravitación hacia lo "oculto", se encuentran inevitablemente conectados a la evolución en dirección al superhombre. El hombre repentinamente siente que no puede seguir ignorando mucho de lo que le ha parecido, hasta entonces, indigno de atención. Inesperadamente empieza a ver todo, por así decirlo, con nuevos ojos, y todo lo "mítico", lo "místico", que apenas ayer rechazaba sonriendo como superstición, adquiere para él de improviso un nuevo y profundo significado, ya simbólico o real. Él encuentra nuevos significados en las cosas, inesperadas y extrañas analogías. Nace en él un interés por el estudio de las religiones, tanto las antiguas como las nuevas. Su pensamiento penetra en el significado íntimo de las alegorías y los mitos, y descubre una significación profunda y extraña en cosas que antes le parecían explícitas y sin interés alguno.

     Podría ser que ese interés en lo misterioso y lo milagroso dé origen a las principales consignas que sirvan para unir a los hombres que empiezan a descubrir el significado oculto de la vida, pero ese mismo interés también sirve para probar a la gente. Un hombre que haya retenido las posibilidades de credulidad o superstición infaliblemente se encontrará ante una de las rocas sumergidas de las cuales está lleno el mar del "ocultismo"; él sucumbirá ante la seducción de algún espejismo, y de un modo u otro perderá su objetivo.

     Al mismo tiempo el superhombre no puede ser simplemente un "gran hombre de negocios" o un "gran conquistador" o un "gran estadista" o un "gran científico". Él debe inevitablemente ser o un mago o un santo. Las leyendas heroicas rusas siempre atribuyen a sus héroes rasgos de sabiduría mágica, es decir, de "conocimiento secreto". La idea del superhombre está directamente conectada a la idea del conocimiento oculto. La expectativa del superhombre es la expectativa de alguna nueva revelación, de un nuevo conocimiento. Pero, como se ha dicho antes, algunas veces la expectativa del superhombre está ligada a las usuales teorías sobre la evolución, es decir, a la idea de la evolución general, y el superhombre es considerado en ese caso como un posible producto de la evolución del hombre. Es curioso que esa teoría, aparentemente muy lógica, destruya completamente la idea del superhombre. La causa de eso se encuentra, por cierto, en la equivocada concepción de la evolución en general.

     Además, por alguna razón, el superhombre no puede ser considerado como un tipo zoológico superior en comparación con el hombre, como un producto de la ley general de la evolución. En este punto de vista hay un error fundamental que se trasluce claramente en todos los intentos de formar una imagen del superhombre de un distante y desconocido futuro. La idea aparece demasiado nebulosa y difusa; la imagen del superhombre en este caso pierde todo color y se hace casi repulsiva, como si surgiese del hecho mismo de llegar a ser legítima e inevitable. El superhombre debe tener en él algo no convencional, algo que quebrante el curso general de las cosas, algo imprevisto, no sujeto a ninguna regla general.

     Esta idea es expresada por Nietzsche: "Quiero enseñar a los hombres el sentido de su existencia: quién es el superhombre, el relámpago de la sombría nube que es el hombre" (Así Hablaba Zaratustra, I, Prólogo, 7). Nietzsche comprendía que el superhombre no puede ser considerado como el producto de un desarrollo histórico que deba realizarse en un futuro distante, que no puede ser considerado como una nueva especie zoológica. El relámpago no puede ser considerado como el resultado de la "evolución de la nube".

     Pero la percepción de la "ilegalidad" del superhombre, su "imposibilidad" desde el punto de vista ordinario, hace que la gente le atribuya cualidades que son realmente imposibles, y de ese modo el superhombre es con frecuencia descrito como una especie de carro de gran tonelaje que va aplastando a la gente a su paso.

     La malignidad, el odio, el orgullo, el engreimiento, el egoísmo, la crueldad, son todos considerados sobrehumanos, con la única condición de que alcancen los más extremos límites posibles y no se detengan ante ningún obstáculo. La liberación completa de toda restricción moral es considerada sobrehumana o acercándose a lo sobrehumano. "Superhombre", en el sentido vulgar y falsificado de la palabra, significa: todo está permitido.

     La supuesta amoralidad del superhombre está asociada con el nombre de Nietzsche. Pero Nietzsche no es culpable de esa idea. Por el contrario, quizá nadie ha puesto nunca en la filosofía del superhombre tanto anhelo de verdadera moralidad y verdadero amor como Nietzsche. El sólo estaba destruyendo la vieja moral petrificada que desde hacia mucho tiempo había llegado a ser anti-moral. Él se rebeló contra la moralidad ya hecha, contra las formas invariables que en teoría son obligatorias siempre y para todos, y que en la práctica son violadas siempre y por todos.

     "Verdaderamente yo os he arrancado cien fórmulas, y los más queridos juguetes de vuestra virtud; y ahora me venís llorando como lloran los niños. Jugaban cerca del mar, vino la ola y se llevó sus juguetes hasta el fondo. Helos aquí que se echan a llorar. Pero la misma ola debe traerles nuevos juguetes y esparcirá ante ellos nuevas conchas multicolores. Así serán consolados; y, como ellos, vosotros también, amigos míos, tendréis vuestros consuelos... ¡y nuevas conchas multicolores!" (Así Hablaba Zaratustra, II, De los Virtuosos).

     Y más adelante:

     "Cuando llegué al lado de los hombres los encontré apoyados sobre una vieja presunción. Todos creían saber, desde hacia mucho tiempo, lo que es bien y mal para el hombre.
     "Yo he sacudido el sopor de este sueño al enseñar que: Nadie sabe todavía lo que es bien y mal... ¡a no ser el creador!" (Así Hablaba Zaratustra, III, De Viejas y Nuevas Tablas, 2).

     En Nietzsche el sentimiento moral es el sentimiento de la creación artística, el sentimiento de servicio. Con frecuencia es un sentimiento severo y despiadado. Zaratustra dice:

     "¡Oh, hermanos míos! ¿Soy yo cruel, por ventura? Mas yo os digo: ¡Preciso es todavía empujar a lo que cae!" (Así Hablaba Zaratustra, III, De Viejas y Nuevas Tablas, 20).

     Obviamente estas palabras están condenadas a ser mal comprendidas y mal interpretadas. La crueldad del superhombre de Nietzsche es considerada como su principal característica, como el principio subyacente a su tratamiento de los hombres. La gran mayoría de los críticos de Nietzsche no quieren ver que esa crueldad del superhombre está orientada contra algo interior, contra algo que está dentro de él mismo, contra todo lo que es "humano, demasiado humano", pequeño, vulgar, literal e inerte, que hace del hombre el cadáver que Zaratustra cargaba sobre su espalda. La no comprensión de Nietzsche es uno de los curiosos ejemplos de una incomprensión que es casi intencional. La idea de Nietzsche del superhombre es clara y simple. Basta con tomar el principio del Zaratustra:

     "¡Oh! ¿Cuál sería tu dicha si no tuvieras a quienes iluminas? Hace diez años que llegas hasta mi caverna y te hubieras cansado de tu luz y de tu camino si no me tuvieras a mí, a mi águila y a mi serpiente. Cada mañana te esperamos para beneficiarnos con tus pródigos rayos y bendecirte por ellos. Mas he aquí que me hastiado de mi sabiduría, como la abeja que ha elaborado excesiva miel. Ahora necesito manos que se me tiendan. Quisiera dar y distribuír...
     "Por eso debo descender yo a las profundidades como lo haces tú por la tarde... ¡Bendice la copa que quiere desbordarse para que de ella fluya el agua de oro llevando a todas partes el resplandor de tus delicias".

     Y más adelante:

     "Cuando Zaratustra descendió de la montaña no encontró a nadie. Pero al llegar al bosque se alzó de pronto delante de él un anciano... Y el anciano habló así a Zaratustra: —Este caminante no me es desconocido. Ha muchos años que pasó por aquí. Se llamaba Zaratustra; pero está muy cambiado. Entonces llevabas tu ceniza a la montaña. ¿Pretendes hoy llevar tu fuego al valle?. ¿No temes al castigo que se da a los incendiarios? Sí; reconozco a Zaratustra. Límpida es su mirada y en su boca no se forma ningún pliegue de tedio...
     "Zaratustra respondió: —Amo a los hombres".

     ¡Y tras esto, las ideas de Nietzsche fueron consideradas como una de las causas del militarismo y el patrioterismo alemanes!.

     Toda esta falta de comprensión hacia Nietzsche es curiosa y característica porque sólo puede compararse a la falta de comprensión de parte del propio Nietzsche hacia las ideas del cristianismo y de los Evangelios. Nietzsche entendió a Cristo de acuerdo con Renán. El cristianismo era para él la religión de los débiles y los miserables. Él se rebeló contra el cristianismo, opuso el superhombre a Cristo, y no quiso ver que él estaba corrigiendo lo mismo que lo había creado a él y a sus ideas [1].

[1] Nietzsche no comprendió o no quiso comprender que su superhombre era en un grado considerable un producto del pensamiento cristiano. Más aún, Nietzsche no era generalmente muy franco, incluso consigo mismo, en cuanto a las fuentes de su inspiración. Nunca he encontrado, ni en sus biografías ni en sus cartas, ninguna indicación de su relación con la literatura "ocultista" contemporánea. Al mismo tiempo él obviamente la conocía bien e hizo uso de ella. Es muy interesante establecer un paralelo entre algunos pasajes del capítulo "De la Virtud Dadivosa" del Zaratustra de Nietzsche, y el capitulo IX, vol. I, de Dogme et Rituel de la Haute Magie, de Eliphas Lévi.

     La característica fundamental del superhombre es el poder. La idea de "poder" está muy a menudo conectada con la idea de lo demoníaco. Y entonces aparece el hombre demoníaco. Mucha gente se ha entusiasmado con lo demoníaco; sin embargo, esa idea es absolutamente falsa y en su esencia no es de un muy alto orden. En realidad, el "hermoso demonismo" que conocemos es una de las "pseudo-ideas" de acuerdo a las cuales la gente vive. No conocemos y no queremos conocer el verdadero demonismo, tal como debe ser según el correcto significado de la idea. Todo mal es muy pequeño y muy vulgar. No puede haber un mal que sea fuerte y grande. El mal siempre consiste en la transformación de algo grande en algo pequeño. Pero ¿cómo puede la gente aceptar tal idea? Ellos necesariamente deben tener un "gran mal".

     El mal es una de las ideas que existen en las mentes de los hombres en una forma falsificada, en la forma de sus propias "pseudo-imágenes". Nuestra vida entera está rodeada de tales pseudo-imágenes. Tenemos un pseudo-Cristo, una pseudo-religión, una pseudo-civilización, pseudo-ciencias, etc., etc. Pero generalmente hablando, puede haber dos clases de falsificaciones: una, la más común, donde se da un substituto en lugar de la cosa real: "en lugar de pan, una piedra, en lugar de pescado, una serpiente" [Mateo 7:9-10]; la otra, un poco más compleja, en la que la "verdad fundamental" es transformada en una exaltada mentira. Esto ocurre cuando una idea o un fenómeno, constante y común en nuestra vida, y pequeño e insignificante en su naturaleza, es pintado por encima y decorado con tanto fervor que finalmente la gente empieza a ver en él una cierta belleza perturbadora y algunos rasgos que invitan a la imitación.

     Un muy hermoso "demonio de la melancolía, el espíritu del exilio" [2] es creado precisamente por medio de tal falsificación de la clara y simple idea de un "demonio". El "Demonio" de Lermontov o el "Satán" de Milton son pseudo-diablos. La idea del Diablo (el calumniador), el espíritu del mal y las mentiras, es inteligible y necesario en la filosofía dualista del mundo. Pero entonces un demonio no tiene características atractivas, mientras que el "Demonio" o "Satán" posee muchas cualidades hermosas y positivas, tales como poder, inteligencia y desprecio por todo lo pequeño y vulgar. Ninguna de éstas son características del Demonio. El Diablo o Satán es un demonio embellecido y falsificado. El verdadero diablo es, por el contrario, la falsificación de todo lo que es brillante y fuerte; él es falsificación, plagio, envilecimiento, vulgarización, la "calle", el "barrio bajo".

[2] Verso inicial del poema "Demon", de 1837, del poeta ruso Mijaíl Lermontov (1814-1841). NdelT.

     En su libro sobre Dostoievsky, A. L. Volynsky llamó una particular atención hacia la forma en que Dostoievsky describe al diablo en "Los Hermanos Karamazov". El Diablo que ve Iván Karamazov es un parásito con pantalones a cuadros, que sufre de reumatismo y que últimamente se ha vacunado contra la viruela. El diablo es vulgaridad y trivialidad encarnadas. Todo lo que él dice es despreciable y vil; es escándalo, sucia insinuación, el deseo de actuar sobre los aspectos más repugnantes de la naturaleza humana. Toda la sordidez de la vida habló con Iván Karamazov en la persona del Diablo. Sin embargo, nosotros estamos inclinados a olvidar la verdadera naturaleza del Diablo y estamos más dispuestos a creer a los poetas, que lo embellecen y hacen de él un demonio de opereta. Los mismos rasgos demoníacos son atribuídos al superhombre. Pero basta con mirar esas cualidades más de cerca para convencerse de que no son más que pura falsificación y mentira.

     Hablando en general, con el objeto de entender la idea del superhombre, es útil tener en mente todo lo que se opone a dicha idea. Desde este punto de vista es interesante notar que además de un diablo con pantalones a cuadros que se ha vacunado, hay otro tipo muy bien conocido, que une en sí mismo todo lo que en el hombre es más opuesto al superhombre. Tal es el procurador romano de Judea en tiempos de Jesucristo, Poncio Pilatos.

     El papel de Pilatos en la tragedia del Evangelio es extremadamente característico y significativo, y si fue un papel consciente, debe haber sido uno de los más difíciles. Pero es extraño que quizá de todos los roles del drama del Evangelio, el de Pilatos necesite menos que ninguno el que sea actuado conscientemente. Pilatos no podía "cometer una equivocación", no podía actuar de tal o cual modo, y por lo tanto él fue tomado en su estado natural como una parte del medioambiente y sus condiciones, tal como la gente que estaba reunida en Jerusalén para la Pascua judía y la multitud que gritaba "¡Crucifícalo!". Y el papel de Pilatos es idéntico al papel de los "Pilatos" en la vida en general. No basta con decir que Pilatos juzgó a Jesús, que lo quiso liberar, y que finalmente lo ejecutó. Eso no determina la esencia de su naturaleza. El punto principal está en el hecho de que Pilatos fue casi el único que comprendió a Jesús. Él lo comprendió, por supuesto, a su propia manera romana; sin embargo, a pesar de comprenderlo, lo entregó para que fuera azotado y ejecutado.

     Pilatos fue indudablemente un hombre muy inteligente, bien educado y culto. Él vio muy claramente que el hombre que estaba delante suyo no era un criminal que "predicaba la sedición al pueblo" o que "los inducía a no pagar los impuestos", etc., como le fue declarado a él por el "verdadero pueblo judío" de ese tiempo; él vio que ese hombre no era un simulador ni un impostor que se llamaba a sí mismo Rey de Judea, sino simplemente un "filósofo", como él mismo pudo haberlo definido. Ese "filósofo" se ganó su simpatía, e incluso su compasión. Los judíos que clamaban por la sangre de un hombre inocente le eran repulsivos. Él trató de ayudar a Jesús, pero era demasiado para él pelear por Jesús en medio de una fervorosa y desagradable ira popular, de manera que, después de una vacilación momentánea, lo entregó a los judíos.

     Él pensó probablemente que estaba sirviendo a Roma, y que en ese caso particular estaba salvaguardando la paz, manteniendo el orden y la tranquilidad entre el pueblo súbdito, y evitando la causa de posibles disturbios, aún sacrificando a un hombre inocente para ello. Aquello fue hecho en nombre de la política, en el nombre de Roma, y la responsabilidad pareció caer sobre Roma. Ciertamente Pilatos no podía haber sabido que los días de la propia Roma ya estaban contados, y que él mismo estaba creando una de las fuerzas que debían destruírla. Pero los pensamientos de Pilatos nunca llegaron tan lejos. Además Pilatos, en relación con sus propias acciones, tenía una filosofía muy conveniente: todo es relativo, todo depende del punto de vista, y nada tiene algún valor particular. Aquélla era una aplicación práctica del "principio de la relatividad". En general, Pilatos es un hombre muy moderno. Con tal filosofía es fácil encontrar el camino en medio de las dificultades de la vida.

     Jesús incluso lo ayudó; él dijo: "Para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad". "¿Qué es la verdad?", contestó irónicamente Pilatos [Juan 18:37-38]. Y eso lo colocó inmediatamente en su modo acostumbrado de pensar y actuar, recordándole quién era él y dónde estaba, y le mostró cómo debía considerar las cosas.

     La característica esencial de Pilatos es que él ve la verdad pero no quiere seguirla. Para evitar seguir la verdad que él ve, tiene que crear para sí mismo una especial actitud escéptica y burlona hacia la idea misma de la verdad y hacia los adherentes de dicha idea. En su propio corazón él no puede considerar a aquéllos como criminales; él ha superado eso, pero debe cultivar en él mismo una cierta actitud ligeramente irónica hacia ellos, que le permitirá sacrificarlos cuando sea necesario.

     Pilatos fue tan lejos que incluso trató de poner en libertad a Jesús, pero por supuesto no se habría permitido a sí mismo hacer nada que pudiera comprometerlo. Eso lo habría hecho sentirse ridículo. Cuando sus intentos fracasaron, como probablemente lo había podido prever, apareció ante la gente y se lavó las manos, demostrando con eso que se desligaba de toda responsabilidad. Todo Pilatos está en ello. El simbólico lavado de manos está indisolublemente conectado con la imagen de Pilatos. Todo él se resume en ese gesto. Para un hombre de desarrollo interno real no puede haber ningún lavado de manos. Ese gesto de engaño interior no puede pertenecer nunca a un hombre de esa clase.

     "Pilatos" es un tipo que expresa lo que en la Humanidad culta impide el desarrollo interno del hombre, y que forma el principal obstáculo en el camino que conduce al superhombre. La vida está llena de pequeños y de grandes Pilatos. La "crucifixión de Cristo" no puede llevarse a cabo nunca sin la ayuda de ellos. Los Pilatos ven y entienden la verdad perfectamente, pero cualquier "dolorosa necesidad", o los intereses de la política según ellos los entienden, o los intereses de su propia posición, pueden obligarlos a traicionar a la verdad y por lo tanto a lavarse las manos.

     En relación con la evolución del espíritu, Pilatos en un estancamiento. El desarrollo verdadero consiste en el armonioso desenvolvimiento de la mente, el sentimiento y la voluntad. Un desarrollo parcial, es decir, en este caso, el desarrollo de la mente y la voluntad sin el desarrollo del sentimiento, no puede ir muy lejos. Para poder traicionar a la verdad, Pilatos tuvo que hacer relativa a la misma verdad. Y esa relatividad de la verdad adoptada por Pilatos lo ayuda a encontrar una salida a las situaciones difíciles en las que su propio entendimiento de la verdad lo coloca. Al mismo tiempo, esa misma relatividad de la verdad detiene su desarrollo interno, la evolución de sus ideas. No se puede ir muy lejos con la verdad relativa. "Pilatos" está condenado a no salir de un círculo cerrado.

     Otro personaje notable en el drama del Evangelio, un tipo de hombre también opuesto a todo lo que en la Humanidad ordinaria conduce al superhombre, es Judas. Judas es un personaje muy extraño en la tragedia del Evangelio. No hay nadie acerca de quien se haya escrito tanto como Judas. En la literatura europea moderna hay intentos de representar y de interpretar a Judas desde todos los puntos de vista posibles. De un modo contrario a la interpretación eclesiástica común de Judas, como un "judío" mezquino y codicioso que vendió a Cristo por treinta monedas de plata, se le representa a veces como una figura incluso superior a Cristo, como un hombre que se sacrificó a sí mismo, que sacrificó su salvación y su "vida eterna" con el objeto de que el milagro de la redención pudiera llevarse a cabo; y también como un hombre que se rebeló contra Cristo, el cual, en su opinión, había arruinado la "causa", se había rodeado de hombres indignos, se había colocado en una posición ridícula, etc.

     En realidad, sin embargo, Judas no es ni siquiera un "papel", y ciertamente no es tampoco un héroe romántico, ni un conspirador deseoso de fortalecer la unión de los apóstoles con la sangre de Cristo, ni un hombre que luchaba por la pureza de la idea. Judas es simplemente un pequeño hombre que se encontró en un lugar equivocado, un hombre corriente, lleno de desconfianza, de temores y sospechas, un hombre que no debía haber estado entre los apóstoles, que no comprendió nada de lo que Jesús dijo a sus discípulos, sino un hombre que por alguna razón u otra fue aceptado como uno de ellos y a quien incluso se le dio una posición de responsabilidad y de cierta autoridad. Judas estaba considerado como uno de los discípulos favoritos de Jesucristo; tenía a su cargo las cuestiones domésticas de los apóstoles, siendo su tesorero.

     La tragedia de Judas era que temía ser descubierto; él mismo se sentía fuera de lugar y lo acechaba el pensamiento de que Jesús pudiera algún día revelar eso a los demás. Y finalmente no pudo soportar más esa situación. El no comprendió algunas palabras de Jesús; quizá sintió en esas palabras una amenaza, una insinuación de algo que sólo él y Jesús sabían. Perturbado y temeroso, Judas desapareció de la cena de Jesús y sus discípulos y decidió denunciar a Jesús. Las famosas treinta piezas de oro, en todo caso, no jugaron ningún papel en eso. Judas actuó bajo la influencia de la ofensa y del temor; quiso romper y destruír lo que no pudo comprender, lo que lo había disgustado y humillado por el solo hecho de estar más allá de su entendimiento. Necesitaba acusar a Jesús y a sus discípulos de supuestos crímenes para poder sentirse dentro de lo correcto. La psicología de Judas es una psicología muy humana, la psicología de difamar lo que no se comprende.

     El hecho de colocar a Pilatos y a Judas lado a lado con Jesús es uno de los rasgos más maravillosos del drama del Evangelio; sería imposible encontrar o imaginar un contraste más sorprendente. Si los Evangelios tuvieran que ser considerados simplemente como una obra literaria, como una obra de arte, entonces el hecho de colocar juntos a Cristo, a Pilatos y a Judas señalaría la mano de un gran autor. En escenas breves, en unas cuantas palabras, se muestran allí contradicciones que no sólo no han desaparecido en la raza humana en dos mil años, sino que han crecido y se han desarrollado con gran exuberancia.

     En lugar de acercarse a la unidad interna, el hombre se aleja cada vez más de ella, pero la cuestión de alcanzar esa unidad es el problema más esencial del desarrollo interno del hombre. A menos que logre esa unidad interna, el hombre no puede tener un "yo", no puede tener voluntad. El concepto de "voluntad" en relación con un hombre que no haya alcanzado la unidad interna es completamente artificial.

     La mayor parte de nuestras acciones son impulsadas por motivos involuntarios. La vida entera se compone de pequeñas cosas a las que nosotros obedecemos y servimos continuamente. Nuestro "yo" cambia continuamente como si estuviera en un caleidoscopio. Todo suceso externo que nos impresiona, toda emoción que repentinamente nace en nosotros, se convierte en soberano por una hora, comienza a construír y a gobernar, y a su vez es inesperadamente depuesto y substituído por algún otro. Y la conciencia interna, sin tratar de dispersar las ilusorias formas creadas por el movimiento del caleidoscopio y sin comprender que en realidad el poder que decide y actúa no es ella misma, respalda todo y dice acerca de esos momentos de la vida en los que están en juego distintas fuerzas externas: "Eso soy yo".

     Desde este punto de vista, la "voluntad" puede definirse solamente como la "resultante de deseos". Por consiguiente, y ya que los deseos no son algo permanente, el hombre es juguete de los estados de ánimo y de las impresiones externas. Nunca sabe lo que habrá que decir o hacer luego. No sólo el día siguiente sino incluso el momento siguiente se encuentran ocultos para él tras la pared de la contingencia.

     Lo que parece ser la sucesión de las acciones del hombre encuentra su explicación en la pobreza de motivos y deseos, o en la disciplina artificial injertada por la "educación", o, sobre todo, en la imitación que unos hombres hacen de otros. Por lo que se refiere a los hombres a los que se llama de "fuerte voluntad", no son otra cosa, generalmente, que hombres de un deseo dominante, en los que los demás deseos desaparecen.

     Si no comprendemos la ausencia de unidad en el mundo interno del hombre, no comprendemos la necesidad de esa unidad en el superhombre, como tampoco comprendemos muchas de sus otras características. Así, el superhombre nos parecerá un ser completamente seco, racional y despojado de toda clase de emociones, cuando en realidad la emocionalidad del superhombre, es decir, su capacidad de sentir, debe exceder considerablemente a la emotividad humana ordinaria.

     La psicología del superhombre nos rehúye porque nosotros no comprendemos el hecho de que el estado psíquico normal del superhombre constituye lo que llamamos éxtasis, en todos los significados posibles de esa palabra. El éxtasis es en tal grado superior a las demás experiencias posibles del hombre que no tenemos ni palabras ni otros medios para describirlo. Los hombres que han experimentado el éxtasis han tratado con frecuencia de comunicar a otros lo que han experimentado, y esas descripciones, a menudo provenientes de diferentes siglos, y de personas que nunca escucharon hablar unas de otras, son maravillosamente parecidas y sobre todo tienen aspectos de conocimiento de lo Desconocido que son semejantes. Más aún, las descripciones de éxtasis real contienen una cierta verdad interna que no puede confundirse y cuya ausencia se siente inmediatamente en los casos de éxtasis fingido, como sucede en las descripciones de las experiencias de los "santos" de las religiones formales.

     Pero, hablando en general, una descripción en palabras simples de las experiencias de éxtasis presenta dificultades casi insuperables. Sólo el arte, es decir, la poesía, la música, la pintura, la arquitectura, pueden lograr transmitir, aun cuando en una forma muy débil, el contenido real del éxtasis. Todo arte verdadero no es en realidad sino un intento de transmitir la sensación de éxtasis, y sólo el hombre que encuentre en ello ese sabor del éxtasis podrá comprender y sentir el arte.

     Si definimos el "éxtasis" como el grado más alto de la experiencia emocional —lo cual es probablemente una definición perfectamente correcta—, se verá claramente que el desarrollo del hombre hacia el superhombre no puede consistir en el desenvolvimiento sólo del intelecto. La vida emocional debe también desarrollarse, debe también evolucionar, en ciertas formas no fácilmente comprensibles. Y el principal cambio en el hombre debe surgir precisamente de la evolución de la vida emocional.

     Ahora, si nos imaginamos al hombre acercándose al nuevo tipo, debemos comprender que él deberá vivir una cierta vida propia que le será peculiar, que se parecerá muy poco a la vida de los hombres corrientes y que será difícil que nosotros podamos concebirla. Habrá muchos sufrimientos en su vida, habrá sufrimientos que hasta ahora nos han podido afectar apenas ligeramente, y habrá también goces de los que los hombres ordinarios no tienen idea alguna, de los que apenas un débil reflejo nos llega a nosotros muy raramente.

     Pero para el hombre que no sufre ningún cambio por el contacto con la idea del superhombre, hay en esta idea un cierto carácter que le da un aspecto muy tenebroso. Ese carácter es el de lo remoto de la idea, el hecho de que el superhombre está muy lejos, aislado de nosotros, de la vida ordinaria. Nosotros ocupamos un lugar en la vida, y él ocupa un lugar diferente, y no tiene ninguna relación con nosotros, salvo que en alguna forma nosotros mismos lo creamos a él. Cuando la gente empieza a darse cuenta de su relación con el superhombre desde este punto de vista, una cierta duda vaga empieza a insinuarse, y poco a poco se convierte en un sentimiento más definido y muy desagradable, que toma forma como una concepción definitivamente negativa de la idea completa.

     La gente puede razonar y con frecuencia ha razonado de esta manera: aceptemos que el superhombre ha de aparecer y que será exactamente como lo hemos descrito, un ser nuevo e iluminado, y que él será en un sentido el resultado de toda nuestra vida. Pero ¿qué significa eso para nosotros, si será él quien exista y no nosotros?. ¿Qué somos nosotros en relación con él: el suelo en el que crecerá una espléndida flor, la arcilla a partir de la cual se modelará una hermosa estatua? Se nos promete una luz que nosotros nunca veremos. ¿Por qué deberíamos estar al servicio de una luz que habrá de brillar para otros? Somos pordioseros, estamos en la oscuridad y en el frío, y se nos conforta mostrándosenos las luces de la mansión de un hombre rico. Tenemos hambre y se nos habla de la magnifica fiesta en la que no tenemos parte. Pasamos toda nuestra vida reuniendo miserables migajas de conocimientos, y luego se nos dice que todos nuestros conocimientos no son sino ilusión, que en el alma del superhombre habrá de nacer una luz en la cual él verá en un instante todo aquello que hemos buscado ansiosamente, a lo que hemos aspirado y no hemos podido encontrar jamás.

     Y los recelos que asaltan a los hombres cuando se encuentran con la idea del superhombre tienen bases muy sólidas. Aquéllos no pueden ser pasados por alto. No pueden ser hechos a un lado diciendo que el hombre debe encontrar la felicidad al tener conciencia de su conexión con la idea del superhombre. Ésas no son sino palabras: "¡El hombre debe!". ¿Y qué sucederá si él no siente esa felicidad? El hombre tiene derecho a saber, tiene derecho a hacer preguntas: ¿por qué debe estar al servicio de la idea del superhombre, por qué debe aceptar esa idea, por qué debe él hacer algo?.

     Con el objeto de descubrir el verdadero significado de la idea del superhombre es necesario entender que la idea es mucho más dificultosa de lo que generalmente se cree. Esto es así porque la idea requiere para su correcta expresión y entendimiento nuevas palabras, nuevos conceptos y un conocimiento que puede muy fácilmente no estar en posesión del hombre.

     Todo lo que se plantea aquí, todo lo que describe al superhombre, incluso si esto introduce algo nuevo en la comprensión de la idea, está lejos de ser suficiente. Ideas tales como la idea del superhombre no pueden ser consideradas en el mismo nivel que las ideas corrientes que se refieren a las cosas y a los fenómenos del mundo tridimensional. La idea del superhombre se retira hasta el infinito y, como todas las ideas que se retiran hacia el infinito, necesita un enfoque muy particular, es decir, desde la dirección del infinito.

     En los antiguos Misterios existía un orden consecutivo y gradual de iniciación. Para poder pasar al grado superior, para subir el siguiente escalón, el hombre que debía ser iniciado tenía que pasar por un curso definido de preparación. Él era sometido luego a las pruebas requeridas, y sólo después de que había pasado por todas las pruebas y de que había demostrado que su preparación había sido seria y había seguido los lineamientos adecuados, las puertas siguientes se abrían ante él y penetraba más profundamente en el interior del templo de la iniciación.

     Una de las primeras cosas que el hombre que debía ser iniciado aprendía y tenía que considerar, era la imposibilidad de seguir un camino de su propia elección y el peligro que le esperaba si no llevaba a cabo todos los ritos y ceremonias preparatorias que se requerían antes de la iniciación; y si él no era capaz de aprender todo lo que era necesario saber, y si no podía recordar todo lo que tenía que guardar en la memoria, se le advertía de las terribles consecuencias que resultaban si se violaba en alguna forma el orden de la iniciación, de los terribles castigos que esperaban al hombre que debía ser iniciado si se atrevía a entrar en el santuario sin haber observado todas las reglas. Y lo que se le exigía en primer lugar era que comprendiera la necesidad de avanzar por etapas. Él tenía que comprender que era imposible para él adelantarse, y que cualquier intento en esa dirección era cierto que terminaría de un modo trágico. Una rigurosa sucesión de desarrollo interno era una regla fundamental de los Misterios. Si tratamos de analizar psicológicamente la idea de la iniciación, comprenderemos que la iniciación era una introducción dentro de un círculo de ideas nuevas. Cada posterior grado de iniciación representaba la revelación de una nueva idea, de un nuevo punto de vista, de un nuevo ángulo de visión. Y en los Misterios las nuevas ideas no eran reveladas a un hombre sino hasta que él había demostrado estar suficientemente preparado para recibirlas.

     En este orden de iniciación dentro de nuevas ideas puede verse una profunda comprensión de las propiedades del mundo de las ideas. Los antiguos comprendían que la recepción de cada nueva idea requería una preparación especial; comprendían que una idea aprendida al pasar puede fácilmente ser vista bajo una luz errónea, o ser recibida de un modo equivocado, y que una idea incorrectamente recibida puede producir resultados bastante indeseables e incluso desastrosos. Los Misterios y las iniciaciones graduales tenían como finalidad proteger a la gente del conocimiento a medias, que muchas veces es mucho peor que la falta total de conocimiento, particularmente en cuestiones que se refieren a lo Eterno, con las cuales los Misterios tenían que tratar.

     El mismo sistema de preparación gradual de la gente para la recepción de nuevas ideas es utilizado en todos los rituales de la magia. La literatura sobre magia y ocultismo fue durante mucho tiempo ignorada completamente por el pensamiento científico y filosófico occidental o rechazada como un absurdo y como una superstición. Y ha sido sólo muy recientemente que los hombres han comenzado a entender que todas esas enseñanzas deben tomarse de un modo simbólico, como un cuadro complejo y sutil de relaciones psicológicas y cósmicas.

     Todos los rituales de magia ceremonial exigen una observancia estricta e incondicional de diversas pequeñas reglas, que a menudo parecen triviales, incomprensibles y sin relación alguna con nada importante. Y también se describen en ella los horrores que esperan a aquel que rompa el orden de las ceremonias, o que lo altere por su cuenta, o que omita algo por negligencia. Existen muchas leyendas de magos que tras invocar a un espíritu no pudieron controlarlo. Eso sucedía, o bien porque el mago olvidaba las palabras de la invocación, o porque de alguna manera quebrantaba el rito mágico, o porque invocaba a un espíritu más poderoso que él, más fuerte que todas sus invocaciones y signos mágicos.

     Todos estos ejemplos de hombres que quebrantan el ritual de iniciación en los Misterios, o de los magos que invocan espíritus más poderosos que ellos, representan igualmente, en una forma alegórica, la posición de un hombre en relación con ideas nuevas que son demasiado poderosas para él y que él no puede manejar porque no tiene la preparación requerida. La misma idea fue expresada en las leyendas y cuentos del fuego sagrado que devoraba a los iniciados que imprudentemente se acercaban a él, y en los mitos de dioses y diosas cuya vista no estaba permitida a los mortales, los que perecían si los contemplaban. La luz de ciertas ideas es demasiado fuerte para los ojos de los hombres, especialmente cuando éstos la ven por primera vez. Moisés no pudo mirar la zarza que ardía, y en el monte Sinaí no pudo ver el rostro de Yahvé. Todas estas alegorías expresan el mismo pensamiento, el del terrible poder y peligro de las ideas nuevas que aparecen inesperadamente.

     La Esfinge con su enigma expresa la misma idea. Ella devoraba a aquellos que se le acercaban y no podían resolver el enigma. La alegoría de la Esfinge significa que hay cuestiones de cierta clase a las que el hombre no debe aproximarse a menos que sepa cómo resolverlas. Una vez que el hombre se ha puesto en contacto con ciertas ideas no puede vivir en adelante como hasta ese momento lo ha hecho; él debe, o bien seguir adelante, o perecer bajo una carga demasiado pesada para él.

     La idea del superhombre está íntimamente conectada con el problema del tiempo y la eternidad, con el Enigma de la Esfinge. En esto está su atracción y su peligro, y es la razón de por qué ese problema afecta tan poderosamente el alma de los hombres. Como antes hemos dicho, la moderna Psicología no comprende el inmenso peligro de ciertos temas, ideas y cuestiones. Incluso en la filosofía primitiva, cuando los hombres dividían las ideas en divinas y humanas, se entendía mejor la existencia de diferentes órdenes de ideas. El pensamiento moderno no está consciente de esto de ninguna manera. La Psicología existente y la Teoría del Conocimiento no enseñan a la gente a discriminar entre los distintos órdenes de ideas, ni tampoco señalan que algunas ideas son muy peligrosas y que no es posible acercarse a ellas sin antes haber pasado por una larga y complicada preparación. Esto sucede porque la Psicología moderna generalmente no toma en consideración la realidad de las ideas, ni comprende esa realidad. Para la mente moderna las ideas son abstracciones de los hechos; ante nuestros ojos las ideas no tienen existencia por sí mismas. Ésta es la razón de por qué resultamos gravemente quemados cuando nos acercamos a ciertas ideas. Para nosotros los "hechos", que no existen, son reales, y las ideas, que son lo único que existe, son irreales.

     La Psicología antigua y la medieval comprendieron mejor la posición de la mente humana en relación con las ideas. Se entendía que la mente no podía tratar con las ideas en una forma correcta mientras la realidad de ellas no le fuera clara. Y aún más, la antigua Psicología entendía que la mente era incapaz de recibir ideas de diferentes clases simultáneamente o que estuvieran fuera del orden debido, es decir, que no podía pasar, sin la debida preparación, de las ideas de un orden a las ideas de otro orden diferente. Se comprendía el peligro de ese trato irregular y desordenado con las ideas. Y ante esto, la pregunta es: ¿en qué debe consistir la preparación?. ¿De qué hablan las alegorías de los Misterios y de los ritos mágicos?.

     Primero que nada, esas alegorías hablan de la necesidad de un conocimiento adecuado para cada clase de ideas, porque hay cosas a las que no es posible acercarse sin tener un conocimiento preliminar. En otros terrenos comprendemos esto perfectamente. Es imposible, sin un conocimiento adecuado, manejar una máquina complicada; es imposible sin tener conocimientos y práctica suficientes manejar una máquina de ferrocarril; es imposible, sin conocer todos los detalles, tocar las distintas partes de una máquina eléctrica de alta potencia. A una persona se le muestra una máquina eléctrica; se le explican sus partes, y se le dice: "Si tocas esta o aquella parte, eso significa la muerte". Y todo el mundo entiende eso y comprende que para conocer la máquina es necesario aprender muchas cosas y durante mucho tiempo. Y la persona entiende también que máquinas de distinta clase requieren conocimientos diferentes, y que el hecho de haber aprendido cómo manejar una máquina de una clase no significa que se pueda manejar toda clase de máquinas.

     Una idea es una máquina de inmenso poder. Pero eso es exactamente lo que el pensamiento moderno no comprende. Cada idea es una máquina muy complicada y delicada. Para poder saber cómo manejarla, es necesario en primer lugar poseer una gran cantidad de conocimientos puramente teóricos y, además de eso, tener mucha experiencia y entrenamiento práctico. Un manejo no capacitado de una idea puede producir la explosión de la idea; el fuego se inicia, la idea arde y consume todo lo que la rodea.

     Desde el punto de vista del pensamiento moderno, todo el peligro se reduce a un razonamiento equivocado, y allí termina. En realidad, sin embargo, eso está lejos de ser el final del asunto. Un error en el razonamiento conduce a toda una serie de errores, y ciertas ideas son tan poderosas, contienen tal cantidad de energía oculta, que tanto una deducción correcta como una deducción errónea que se obtenga de ellas, producirá inevitablemente resultados enormes. Hay ideas que llegan a las más recónditas regiones del alma de los hombres y que, una vez que dichas ideas los han afectado, dejan una huella imperecedera. Más aún, si la idea es tomada equivocadamente, deja una huella equivocada, desvía al hombre de su camino y envenena su vida.

     Una idea mal comprendida del superhombre actúa precisamente de este modo. Aleja al hombre de la vida, siembra la profunda discordia en su alma y, no dándole nada, le quita en cambio todo lo que tenía. Y eso no puede atribuírse a la idea misma sino a la forma equivocada de abordarla. ¿En qué debe consistir, por lo tanto, una forma correcta de acercarse a la idea? Como la idea del superhombre tiene puntos de contacto con el problema del tiempo y con la idea del infinito, no es posible tocar la idea del superhombre sin haber clarificado los medios de acercarse al problema del tiempo y a la idea del infinito. El problema del tiempo y la idea del infinito contienen las leyes de la acción de la máquina. Si el hombre no conoce esas leyes no puede saber cuál será el efecto que se producirá si toca la máquina, si mueve una palanca u otra.

     El problema del tiempo es el enigma más grande que la Humanidad ha tenido que enfrentar. La revelación religiosa, el pensamiento filosófico, la investigación científica y el conocimiento oculto, todos convergen en un punto, esto es, en el problema del tiempo, y todos llegan a una misma idea de él: ¡El tiempo no existe! No existe una aparición y desaparición perpetua y eterna de los fenómenos, ni tampoco la fuente de la que fluyen sin cesar acontecimientos que siempre aparecen y desaparecen. ¡Todo existe siempre! Sólo hay un eterno presente, el Eterno Ahora, que la débil y limitada mente humana no puede ni entender ni concebir.

     Pero la idea del Eterno Ahora no es de ningún modo la idea de una fría y despiadada predeterminación de todo, de una exacta e infalible pre-existencia. Seria muy equivocado decir que si todo existe ya, si el remoto futuro existe ahora, si nuestras acciones, pensamientos y sentimientos han existido por decenas, por cientos y por miles de años y continuarán existiendo por siempre, eso significa que no hay vida, que no hay movimiento, que no hay crecimiento, que no hay evolución.

     Las personas dicen y piensan eso porque no comprenden el infinito y quieren medir las inconmensurables profundidades de la eternidad con sus débiles y limitadas mentes finitas. Y por supuesto ellas están condenadas a llegar a la más desesperanzada de todas las soluciones posibles del problema: Todo es, nada puede cambiar, todo existe de antemano y eternamente; todo se encuentra muerto e inmóvil en formas congeladas entre las cuales palpita nuestra conciencia, que ha creado para sí misma la ilusión de que todo se mueve a su alrededor, un movimiento que en realidad no existe.

     Pero incluso un modo de pensar tan débil y relativo de la idea del infinito como el que es posible para el limitado intelecto humano, con tal de que sólo se desenvuelva dentro de los lineamientos apropiados, basta para destruír este sombrío fantasma de la inmovilidad irremediable.

     El mundo es un mundo de infinitas posibilidades. Nuestra mente sigue el desarrollo de las posibilidades siempre en una sola dirección. Pero en realidad todo momento contiene un número muy grande de posibilidades. Y todas ellas se materializan, sólo que nosotros no lo vemos y no lo sabemos. Nosotros siempre vemos solamente una de las realizaciones, y en eso radica la pobreza y limitación de la mente humana. Pero si tratamos de imaginar la materialización de todas las posibilidades del momento presente, luego del momento siguiente, y así sucesivamente, sentiremos al mundo creciendo infinitamente, multiplicándose incesantemente y haciéndose inconmensurablemente rico y completamente diferente del mundo plano y limitado que nos hemos imaginado hasta este momento.

     Habiéndonos imaginado esta infinita variedad sentiremos una sensación de infinito por un momento y comprenderemos lo inadecuado e imposible que es acercarse al problema del tiempo con medidas terrestres. Comprenderemos cuán infinita riqueza de tiempo yendo en todas direcciones es necesaria para la materialización de todas las posibilidades que surgen en cada momento. Y comprenderemos que la misma idea de que aparezcan y desaparezcan posibilidades es originada por la mente humana, porque de otro modo estallaría y perecería por un solo contacto con la materialización infinita. Simultáneamente con eso percibiremos la irrealidad de todas nuestras deducciones pesimistas en comparación con la vastedad de los horizontes que se despliegan. Percibiremos que el mundo es tan ilimitadamente grande que la sola idea de que pudiera tener límites, el solo pensamiento de que hubiera algo que no estuviera contenido en él, nos parecerá algo ridículo.

     ¿Dónde, entonces, debemos buscar una verdadera comprensión del "tiempo" y de la "infinitud"?; ¿dónde debemos buscar esa extensión infinita en todas direcciones de todo momento?; ¿qué caminos conducen a ella?; ¿qué caminos conducen al futuro que existe ahora?; ¿dónde podremos encontrar los métodos adecuados para tratar con ello?; ¿dónde podremos encontrar los métodos correctos para tratar con la idea del superhombre? Todas éstas son preguntas a las que el pensamiento moderno no da ninguna respuesta. Pero el pensamiento humano no siempre se ha mostrado tan desvalido ante estos problemas. Han existido y existen otros intentos de resolver los enigmas de la vida.

     La idea del superhombre pertenece al "círculo interno". Las religiones y los mitos antiguos siempre representaron en la imagen del superhombre el "yo" superior del hombre, la conciencia del hombre. Ese "yo" superior, o conciencia superior, fue siempre representado como un ser casi separado del hombre común pero, en cierto sentido, viviendo dentro del hombre. Dependía del hombre mismo el que se acercara a ese ser, que se convirtiera en él, que se apartara de él, o incluso que huyera totalmente de él.

     Muy a menudo la imagen del superhombre como un ser que pertenecía al remoto futuro o a la Edad de Oro o al mítico presente, simbolizaba a ese ser interior, el "yo" superior, el superhombre en el pasado, el presente y el futuro. Qué era símbolo y qué era realidad dependía del modo de pensar del hombre particular en cuestión. Aquellos que se inclinaban a considerar lo externo como objetivamente existente consideraban que lo interno era un símbolo de lo externo. Aquellos que lo entendían de un modo diferente y sabían que lo exterior no era lo objetivo, consideraban los hechos exteriores como símbolos de las posibilidades del mundo interno. Pero en realidad la idea del superhombre nunca ha existido separada de la idea de la conciencia superior.

     El mundo antiguo no fue nunca superficialmente materialista. Siempre supo cómo penetrar en las profundidades de una idea y cómo encontrar en ella no sólo un único significado sino varios. El mundo de hoy, habiendo concretado la idea del superhombre en un sentido, la ha privado de su poder interno y su frescura. El superhombre como una especie zoológica nueva está por sobre todo lo monótono. Él es posible y aceptable sólo como una "conciencia superior".

     ¿Qué es la conciencia superior? Aquí, empero, es necesario hacer notar que cualquier división entre "superior" e "inferior", como por ejemplo la división en matemática superior y matemática simple, es siempre artificial. En realidad, desde luego, "lo inferior" no es sino una concepción limitada del todo, y "lo superior" es una concepción más extensa y menos limitada. En relación con la conciencia, esta cuestión de "superior" e "inferior" se comprende de este modo: la conciencia inferior es una limitada auto-conciencia del Todo, en tanto que la conciencia superior es una auto-conciencia más completa.

     "Habéis recorrido el camino que va desde el gusano hasta el hombre, y aún queda en vosotros mucho de lombriz de tierra. Antes fuísteis monos, y aún ahora tiene el hombre más de mono que cualquiera de los monos" (Así Hablaba Zaratustra, Prólogo, 3).

     Por supuesto que estas palabras de Zaratustra no tienen nada que ver con la teoría de Darwin. Nietzsche habló de la discordia en el alma del hombre, de la lucha entre el pasado y el futuro. Él comprendió la tragedia del hombre, que radica en el hecho de que en su alma viven simultáneamente un gusano, un mono y un hombre.

     ¿Y cuál es la relación, entonces, entre esta forma de entender al superhombre y el problema del tiempo y la idea del infinito? Y ¿dónde deben buscarse el "tiempo" y la "infinitud"? Nuevamente, en el alma del hombre está la respuesta de las antiguas enseñanzas. Todo se encuentra dentro del hombre, y no hay nada fuera de él.

     ¿Cómo debe entenderse esto? El tiempo no es una condición de la existencia del universo sino solamente una condición de la percepción del mundo por nuestro aparato psíquico, que impone al mundo condiciones de tiempo, ya que de otro modo nuestro aparato psíquico seria incapaz de concebirlo. El pensamiento occidental, al menos la parte evolutiva de él, la parte que no construye barreras dogmáticas para sí misma, también encuentra "otras posibilidades de estudiar los problemas del tiempo al pasar a cuestiones de Psicología" (Minkovsky). El "pasar a cuestiones de Psicología" en los problemas del espacio y el tiempo, de la necesidad de que habla Minkovsky, significaría para la ciencia natural la aceptación de la proposición de Kant según la cual el tiempo y el espacio no son sino formas de nuestra percepción sensorial que se originan en nuestro aparato psíquico.

     Sin embargo, nosotros no podemos concebir el infinito sin referimos al espacio y al tiempo. Por lo tanto, si el espacio y el tiempo son formas de nuestra percepción y se encuentran en nuestra alma, se deduce de ello que las raíces del infinito deben buscarse también dentro de nosotros, dentro de nuestra alma. Y podemos quizá definirlo como una posibilidad infinita de la expansión de nuestra conciencia.

     Las profundidades ocultas dentro de la conciencia del hombre fueron bien entendidas por los filósofos-místicos cuyo pensamiento estaba íntimamente conectado con los sistemas paralelos de la Filosofía Hermética, de la Alquimia y otros. "El hombre contiene dentro de sí el cielo y el infierno", dijeron ellos; y sus representaciones del hombre a menudo lo mostraron con las distintas caras de Dios y con los mundos de "luz y oscuridad" en él. Ellos afirmaron que penetrando en las profundidades de sí mismo el hombre puede encontrar todo y conseguir todo. Y lo que él obtenga dependerá de lo que busque y cómo lo busque. Y ellos no entendían eso como una alegoría. El alma del hombre en realidad aparecía ante ellos como una ventana o varias ventanas que miraban al infinito. Y el hombre en la vida ordinaria aparecía ante ellos como viviendo, por así decirlo, en la superficie de sí mismo, ignorante e incluso inconsciente de lo que yace en sus propias profundidades. Si el hombre piensa en el infinito, lo concibe como si estuviera fuera de él. En realidad el infinito se encuentra dentro de él. Y al penetrar conscientemente dentro de su alma el hombre puede hallar el infinito dentro de él, puede entrar en contacto con él y entrar en él. (...)

     Esta comprensión interna de la idea de infinito es mucho más verdadera y más profunda que la comprensión externa de él, y ofrece un enfoque más correcto a la idea del superhombre, una comprensión más clara de él. Si el infinito se encuentra en el alma del hombre y si éste puede ponerse en contacto con aquél penetrando dentro de sí mismo, eso significa que el "futuro" y el "superhombre" se encuentran en su alma, y que podrá encontrarlos dentro de sí mismo si los busca en la forma adecuada.

     La característica peculiar y distintiva de las ideas del mundo "real", es decir, del mundo como es, es que, vistas bajo la luz del materialismo, parecen absurdas. Ésta es una condición necesaria. Pero esta condición y la necesidad de ella no son nunca adecuadamente entendidas, y por eso las ideas del "mundo de muchas dimensiones" con frecuencia producen en los hombres un efecto tan pesadillesco.

     El superhombre es una de las posibilidades que se encuentran en las profundidades del alma del hombre. Depende del hombre mismo acercarse a esa idea o alejarse de ella. La proximidad o lejanía del superhombre en relación con el hombre no se encuentran en el tiempo sino en la actitud del hombre hacia esa idea, y no sólo en una actitud mental sino en su relación activa y práctica con ella. El hombre se encuentra separado del superhombre no por el tiempo sino por el hecho de que no está preparado para recibir al superhombre. El tiempo entero se encuentra dentro del hombre mismo. El tiempo es el obstáculo interno para una sensación directa de una cosa u otra y no algo diferente. La construcción del futuro, el hecho de servir al futuro, son sólo símbolos, símbolos de la actitud del hombre hacia sí mismo, hacia su propio presente.

     Es claro que si se acepta este punto de vista y se admite que todo el futuro se encuentra contenido dentro del hombre mismo, sería ingenuo preguntar: ¿qué tengo yo que ver con el superhombre? Es evidente que el hombre tiene que ver con el superhombre, ya que el superhombre es el hombre mismo. Sin embargo, esta idea del superhombre como el "yo" superior del hombre, como algo que se encuentra dentro de él mismo, no contiene todas las formas posibles de entenderlo.

     El conocimiento del mundo tal como es, es algo más sutil y más complejo; no requiere de ninguna negación en absoluto de la existencia exterior del fenómeno en cuestión. Pero el aspecto externo del fenómeno es en este caso conocido por el hombre en su relación con el aspecto interno. Además, la característica distintiva del conocimiento correcto es la ausencia en él de toda negación, y especialmente la ausencia de negación de un punto de vista opuesto. El conocimiento "real", es decir, el conocimiento multi-dimensional y completo, se diferencia del conocimiento material o lógico (es decir, del irreal) sobre todo porque no excluye las concepciones opuestas. El conocimiento verdadero incluye en sí mismo todos los puntos de vista contradictorios, por supuesto después de haberlos despojado primero de complicaciones artificiales y de interpretaciones supersticiosas. Debe entenderse que la ausencia de negación de lo opuesto no significa una necesaria aceptación de lo falso, lo ilusorio y lo supersticioso. El conocimiento es una separación correcta entre lo real y lo falso, y eso es alcanzado no por medio de la negación sino por medio de la inclusión. La verdad incluye todo en sí misma, y lo que no puede entrar dentro de ella muestra por ese solo hecho su falsedad e inexactitud.

     En la verdad existen antítesis; una opinión no excluye a la otra. Por lo tanto, en relación con la idea del superhombre, sólo es verdadera la concepción que incluye tanto el punto de vista externo como el interno.

     No tenemos, a decir verdad, ningún fundamento para negar la posibilidad de la existencia de un superhombre real y viviente en el pasado, o en el presente o en el futuro. Al mismo tiempo debemos reconocer en nuestro mundo interno la presencia de semillas de algo superior a aquello por lo que generalmente vivimos, y debemos reconocer la posibilidad del brote de esas semillas y su manifestación en formas hasta hoy incomprensibles para nosotros. La existencia del superhombre en el pasado o en el futuro no está en contradicción con la posibilidad de una conciencia superior en el hombre que actualmente vive. Por el contrario, el uno revela al otro.

     Los hombres que son conscientes del superhombre dentro de ellos, que son conscientes de la revelación de nuevas fuerzas dentro de ellos, se conectan, por virtud de ese mismo hecho, con la idea del superhombre en el pasado o en el futuro. Y los hombres que buscan un superhombre real y vivo en el presente, revelan por ello la existencia de un principio superior en sus almas.

     La idea del superhombre es difícil de entender y por lo tanto peligrosa, porque hace necesario saber cómo concordar dos puntos de vista opuestos. Un aspecto solamente exterior de esa idea, o un aspecto solamente interior, no puede satisfacer al hombre. Y cada uno de esos aspectos es inexacto a su manera. Cada uno de ellos es en su forma una distorsión de la idea. Y en una forma distorsionada esa idea se convierte en su propio opuesto, y no sólo no eleva al hombre sino que, por el contrario, lo empuja hacia una negación pesimista, o lo lleva a un pasivo "no hacer nada", a un estancamiento.

     La desilusión de la vida y de los objetivos de la vida, cuando es provocada por la idea del superhombre, resulta de una errónea concepción de éste, en gran parte por la sensación de lejanía e inaccesibilidad del superhombre en la vida externa. Por otra parte, una comprensión exclusivamente interna de la idea del superhombre también desapega al hombre de la vida y hace a sus ojos toda actividad inútil e innecesaria. Si el superhombre se encuentra dentro mío, si sólo basta con internarme dentro de mí mismo para encontrarlo, ¿de qué sirven todos los intentos de hacer algo o de encontrarlo fuera de mí mismo?.

     Éstos son los dos escollos que se encuentran sumergidos en las profundidades de la idea del superhombre. El hombre encuentra al superhombre dentro de él mismo cuando empieza a buscarlo fuera de él, y puede encontrar al superhombre en el exterior cuando ha comenzado a buscarlo en su interior.

     Una vez que el hombre haya entendido y haya visualizado la imagen del superhombre tal como éste puede ser, debe reconstruír su vida entera de modo que no contradiga esa imagen... si es que puede. Eso le revelará la idea del superhombre en su alma.

     Un enfoque intelectual de la idea del superhombre es posible sólo después de un prolongado y persistente entrenamiento de la mente. La capacidad de pensar es la primera etapa necesaria en la iniciación, que garantiza un modo seguro de abordar esa idea. ¿Qué significa ser capaz de pensar? Significa ser capaz de pensar de un modo diferente al que estamos acostumbrados a hacerlo, es decir, concebir al mundo bajo nuevas categorías. Hemos simplificado demasiado nuestra concepción del mundo, nos hemos acostumbrado a imaginárnoslo como demasiado uniforme, y debemos aprender ahora nuevamente a comprender su complejidad. Para poder lograr eso es necesario comprender otra vez, y comprender otra vez en una nueva forma, que no sabemos en absoluto qué es el hombre, y comprender que el hombre es indudablemente algo completamente diferente de lo que pensamos que es.

     En nuestros corazones sabemos ciertas cosas muy bien; pero nunca podemos concentrarnos en ellas. Comprendemos una cierta serie de ideas, pero vivimos en otra serie de ideas. La vida gira alrededor de nosotros, y nosotros giramos con ella, y alrededor de nosotros giran nuestras sombras.

     "¿Cómo podría haber algo fuera de mí... para mí?. ¡No existe ningún fuera! Pero todos los sonidos nos hacen olvidar esto" (Así Hablaba Zaratustra, III, El Convaleciente, 2).




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