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viernes, 3 de marzo de 2017

Wagner, Nietzsche, Shaw: Profetas del Superhombre



     De Larry A. Brown, doctor y profesor de Humanidades y Teatro en Nashville, Tennessee (larryavisbrown.homestead.com), encontramos el siguiente texto que presentamos traducido, donde examina a tres autores que tienen en común el referirse a un ideal humano que trasciende al hombre moderno como se le conoce, señalando sus puntos en común y sus divergencias.


Wagner, Nietzsche, Shaw:
Profetas del Superhombre
por Larry A. Brown



     En el mismo año que las fuerzas de Hitler invadieron Polonia, un vistoso personaje de libro de historietas entró en la imaginación pública, y desde entonces el nombre "Superman" ha connotado o bien la temida amenaza de una raza superior, o un héroe fantástico de otro planeta. Sin embargo, los orígenes de dicho término se remontan a la segunda mitad del siglo XIX, cuando Europa presenciaba las últimas brasas del Romanticismo que morían a medida que los fuegos de una nueva fe en la ciencia, la tecnología y el progreso arreciaban a través del mundo.

     En la Exposición Internacional celebrada en Londres en 1850, los visitantes se maravillaron de las últimas invenciones que prometían un estilo de vida más eficiente y productivo. Dentro de otra década todos estaban hablando de las ideas revolucionarias de Charles Darwin, que había proporcionado una tesis factible para explicar la vida en este planeta sin recurrir a un ser divino detrás del proceso. Hombres de ciencia, letras, filosofía, y hasta algunos teólogos, celebraban la recién ganada libertad de la Humanidad y esperaban un brillante futuro.

     Sin embargo, no todos los que observaron esos acontecimientos encontraron razón para alegrarse. Había entre las jubilosas multitudes unos pocos profetas cuyos lamentos de infortunio todavía pueden ser escuchados mucho después de que las optimistas ovaciones se han apagado. Con visiones de previsión artística esos videntes pusieron sus esperanzas no en los logros de su generación sino en una que habría de venir.


WAGNER

     Como argumentó Jacques Barzun (Darwin. Marx. Wagner: Critique of a Heritage, 1958), Darwin y Marx con sus revoluciones científica y política no fueron los únicos que dieron nueva forma al siglo anterior. De manera similar, Richard Wagner cambió la manera en que sus contemporáneos pensaban acerca de las artes. Wagner tiene una reputación decididamente diversa, siendo o elogiado como el campeón de la música y la cultura alemanas, o culpado como la inspiración del arte decadente y el abuelo del nacionalsocialismo.

     Estas conflictivas evaluaciones provienen en parte de las complejas ambiciones de Wagner. No satisfecho con componer música, él quería cambiar el mundo por medio de su obra de arte del futuro. En 1849 Wagner escribió: "Mi tarea es ésta: llevar la revolución dondequiera que yo vaya", ya que él sentía que "la esperanza de un Estado regenerado está unida a una revolución cultural efectuada por medio del popular arte del teatro" (Barzun, p. 232). En sus dramas musicales él describía inspiradores cuentos de heroísmo y valor tomados de los mitos y leyendas germánicos a fin de despertar en el pueblo alemán una conciencia de su potencial grandeza.

     Aunque le tomó 25 años realizar su sueño en el escenario, temprano en su carrera Wagner descubrió su visión ideal de la raza aria en la figura de Siegfried de la mitología nórdica y germánica. Para él Siegfried representaba "el verdadero ser humano", no una figura convencional de la Historia que nos interesa más por los detalles de su vida, sino alguien "puramente humano" (Patrick McCreless, Wagner's Siegfried: Its Drama, History, and Music, 1982, p. 55). Ese ser perfecto no existía aún; como Wagner explicó, "Siegfried es el hombre del futuro a quien añoramos pero no podemos por nosotros mismos darle existencia, el cual debe crearse mediante nuestra destrucción". Él anunciará una nueva fe heroica que suceda al viejo cristianismo. Cuando Wotan dijese: "El dios da lugar al eternamente joven [Siegfried]", decía Wagner al cantante, "eso debería sonar como el anuncio de una nueva religión" (Eric Bentley, The Cult of the Superman, 1, 58).

     Al principio Wagner planeó describir la tragedia del protagonista en un drama musical, La Muerte de Siegfried, siendo completado el primer esbozo en 1848. Wagner entonces decidió introducir ese drama con una comedia heroica sobre las proezas del joven Siegfried que mata a un dragón y despierta a una doncella durmiente con un beso. En El Joven Siegfried (como fue llamada originalmente la parte 3), aquél crece en el bosque como un rudo, alborotador e ingenuo inocente de inmensa fuerza y valor que piensa en osos y dragones como no más que compañeros de juego. Él es ruidoso, violento y arrogante, un impulsivo hombre de acción más bien que de pensamiento. Él no sabe nada de los caminos de dioses u hombres, y poco sobre el mundo exterior del bosque. Siegfried derrota a representantes de las tres razas más antiguas —Fafner el gigante estúpido, Mime el astuto nibelungo, y Wotan el jefe de los dioses— sin comprender el significado de sus propios hechos. En palabras de Bentley, él es "una cruda emanación de la Energía Vital" o Fuerza de Vida, aún sin desarrollar (p. 153).

     Sólo en la escena final con Brünnhilde es transformado Siegfried en el maduro héroe romántico, y sólo entonces él adquiere la estatura para cumplir el alto papel que Wotan le ha deparado. Con Brünnhilde a su lado, Siegfried puede establecer ahora un nuevo orden mundial, uno gobernado por los lazos naturales del amor y no por las restricciones antinaturales de la ley y el poder. En La Muerte de Siegfried, la promesa de la superior raza de Walsung es interrumpida por la traición de Hagen, pero en el final original incluso la muerte no derrota a Siegfried. En su papel como valquiria, Brunilda lo trae de vuelta a la vida y lo lleva en triunfo al Valhala (no destruído por el fuego en la versión de 1848) para ser bienvenido por los dioses como su nuevo jefe (McCreless, p. 9).

     La tragedia final de Siegfried sigue pautas aristotélicas en algún grado. Cuando Siegfried se entera primeramente de la fatídica historia del anillo por las hijas del Rhin, él desdeña el peligro de su maldición y rechaza devolverlo (error, hamartia), ya que el anillo representa un símbolo de sus conquistas en batalla y en el amor. Esa muestra de orgullo y posesividad lo coloca por primera vez bajo el poder de la maldición del anillo, abriendo el camino para su primera y única derrota (inversión, peripeteia) en la forma de la lanza de Hagen. Justo antes de su muerte, el hechizo del olvido abandona a Siegfried y recuerda su verdadero amor por Brünnhilde; él muere reconociendo (cognitio) que la engañó y parece prever su reencuentro más allá de la tumba.

     Por más que Wagner se conforme a la tradición de que el héroe debe ser consciente de la causa de su destrucción, un criterio mucho más significativo para él es que el héroe debe seguir sobre todo sus instintos más humanos y naturales sin tener en cuenta las consecuencias (McCreless, p. 7). En Ópera y Drama (1851) Wagner elogió a Antígona como la más grande de las figuras trágicas porque ella apoyó la ley natural en oposición a las leyes antinaturales del Estado. A la inversa, Wagner criticó el tratamiento que hizo Sófocles de Edipo porque al romper el tabú del incesto, Edipo no violó ninguna ley natural sino sólo la norma social. En opinión de Wagner, deberíamos rechazar el castigo de Edipo por un mal que él cometió estando en la ignorancia y que la Naturaleza no condena.

     En este análisis, que se aplica a sus propios dramas también, Wagner contrasta dos sistemas de moralidad: el antiguo código de la ley, frustrante de la vida, restrictivo e impuesto por el Estado y la Iglesia, y la ética espontánea y afirmadora de la vida de un ser humano totalmente consciente. Los representantes del primero, Creonte y Wotan, pueden funcionar sólo por medio del ejercicio arbitrario del poder. Representando al segundo sistema, Antígona y Siegfried son libres de seguir la conducción de la necesidad interior. Ambos frutos de esas uniones incestuosas nacieron para ser rompedores de tabúes que desafían la moralidad convencional (L. J. Rather, The Dream of Self-Destruction, 1979, p. 55). Sin embargo, como Nietzsche y Shaw repiten más tarde, Wagner advirtió que la sociedad condenará y matará a esos defensores de "la libre autodeterminación del individuo", marcándolos como inmorales sin reconocer que ellos viven de acuerdo a un estándar superior y más humano de moralidad.

     El concepto de Wagner de esta ley natural del amor fue influído por los escritos de Ludwig Feuerbach, a quien el compositor dedicó su ensayo de 1849 "La Obra de Arte del Futuro". Para Feuerbach una filosofía basada en la especulación metafísica o en el simbolismo teológico (es decir, el abstracto idealismo religioso de Hegel) no satisfacía las necesidades de la existencia humana diaria. Él propuso una filosofía más inmediata y sensual basada en el amor, definiendo tanto la epistemología como la existencia en términos de amor:

     "Lo que no es amado, lo que no puede ser amado, no es nada... Donde no hay amor no hay tampoco ninguna verdad. Y sólo algo que ama algo, existe; no ser y no amar es la misma cosa" (Rather, p. 66).

     Para Wagner la forma última del amor era Eros, el amor sexual: "El amor en su actualidad más plena es posible sólo entre los sexos... todo otro amor sólo es un derivado de aquel amor, fluye de él, se refiere a él o artificialmente lo imita" (Rather, p. 65). En el universo mítico de Wagner la renuncia de Alberic al amor es el pecado original que estropea el jardín de Edén, y sólo la unión de amantes perfectos en la pasión suprema puede traer la redención. De hecho, Wagner no puede concebir a su salvador Siegfried sin Brünnhilde:

     "Siegfried solo (el hombre en sí mismo) no es el ser humano completo; él es simplemente la mitad. Es sólo junto con Brünnhilde que él llega a ser el redentor. Para el ser aislado no todas las cosas son posibles; hay necesidad de más de uno, y ésa es la mujer, sufriendo y dispuesta a sacrificarse, que se convierte al final en la verdadera y consciente redentora" (McCreless, p. 5).

     El superhombre no está completo sin la súper-mujer. De hecho, es el supremo amor de Brünnhilde, dispuesta a reunirse con Siegfried en la muerte, el que demuestra ser digno de redimir sus pecados de traición mutua y de restaurar el orden natural devolviendo el anillo.

     Esta filosofía del amor que Wagner expuso a sus amigos como una respuesta a los misterios del Ciclo del Anillo, no satisfizo toda la crítica de ellos, ni tampoco el propio Wagner se agradó de ella por mucho tiempo. Cuando alcanzó su finalización en 1852, el texto de la saga de cuatro noches había tomado un tono oscuro y pesimista. La combinación de la historia de Siegfried con la caída de los Dioses, un elemento no encontrado en ninguna de las fuentes sino en la propia concepción de Wagner, puso sobre la obra entera una gris sombra de nihilismo y desesperación. No fue sino hasta que Wagner leyó las obras de Arthur Schopenhauer en 1854 que él encontró un sistema filosófico para explicar su intuición artística.

     La clave del pensamiento de Schopenhauer es el concepto de la negación de la voluntad. El individuo no es libre sino que está a merced de la voluntad, la fuerza primitiva última que es la base de toda existencia. A medida que la manifestación individual de la voluntad se ejerce en el mundo, entra en conflicto con otras voluntades individuales, causando sufrimiento e infelicidad. El único escape de este cruel pero necesario estado de lucha es la negación de la voluntad del individuo por deferencia a otros. Hay que vivir la vida de un asceta o de un santo, negando todos los placeres y deseos personales, hasta la liberación de la muerte, la renuncia última de la voluntad y el único bien verdadero. (Schopenhauer rechazó el suicidio como un acto en último término egoísta). Incluso el amor sexual se convierte en un medio de afirmar la propia voluntad al tratar al amado como una posesión para la propia satisfacción de alguien. El Ágape, la compasión universal que se auto-sacrifica, sustituye al Eros como la forma suprema del amor.

     Para su asombro, Wagner sintió que Schopenhauer había entendido su obra maestra más profundamente que él mismo. Él ahora comprendía que Wotan, no Siegfried, era la figura trágica principal del Anillo, que era su acto de renuncia en expiación por su avaricia despiadada el que formaba el núcleo de la leyenda y explicaba el significado de la caída de los dioses. El punto culminante de la obra entera llega en el Acto 3 de Siegfried cuando Wotan reconoce ante Erda que él voluntariamente acepta su destino inevitable (cognitio) y luego pierde a Siegfried en combate (peripeteia). La voluntad que una vez gobernó al mundo ahora quiere renunciar a sus reclamaciones, dejándoselas a otra raza.

     Además, las muertes de Siegfried y Brünnhilde son vistas ahora como imágenes terrenales de la renuncia de Wotan, y la pira funeraria de ambos refleja la conflagración del Valhala. Su amor supremo no puede salvarlos, ya que negándose al principio a entregar el anillo, símbolo de su amor erótico, para el bien universal, ellos colocan al egoísta Eros por sobre el desinteresado Ágape. Hay que renunciar no sólo a la avaricia del poder sino al amor sexual también si entra en conflicto con las necesidades de otros.


NIETZSCHE

     Fue esta idea, la heroica renuncia a la voluntad, la que convirtió al mayor discípulo de Wagner en su crítico más áspero. Cuando Friedrich Nietzsche primero conoció al compositor, creyó que él había encontrado el ideal de todos sus sueños: un hombre de genio, fuerza de voluntad, y el deseo de gobernar. Ahí estaba la prueba de que la posibilidad de la grandeza todavía existía en la naturaleza humana. Para el impactado Nietzsche, Wagner era "el más alto de los hombres superiores, que tenía la llave para una nueva época de arte y vida... una premonición del superhombre" (Bentley, p. 75). Acerca de la heroica creación del maestro, Siegfried, Nietzsche lo elogió como el ser humano realmente libre más allá del bien y el mal, hombre por derecho propio, como él debe ser después de la muerte de Dios (Wotan).

     Sin embargo, con el tiempo Nietzsche comenzó a ver grietas en su ídolo viviente, desaprobando el estilo de vida burgués y hedonista de Wagner, su pequeña y temperamental egomanía, su fanático nacionalismo alemán, y su anti-judaísmo. Del mismo modo, el carácter de Siegfried llegó a ser para él menos que sobrehumano, de hecho, demasiado humano: un bruto ignorante conducido por el instinto ciego, un descendiente del hombre natural de Rousseau al que Nietzsche consideraba un fracaso regresivo, no un ser superior. Más bien que volver a la Naturaleza, el hombre tiene que conquistar su propia naturaleza, ascender hacia arriba, no descender hacia abajo desde su estado actual.

     La ruptura de Nietzsche con Wagner es un paralelo de su insatisfacción con Schopenhauer. Una vez él mismo un discípulo de éste, Nietzsche se volvió contra el pesimismo del filósofo en cuanto a la voluntad. Él llamó a Schopenhauer el filósofo de la decadencia y a Wagner, el artista de la decadencia, citando la predilección del compositor por asociar el erotismo con la religión (Parsifal) y con la muerte (Tristán). A diferencia de Siegfried, el héroe del renunciamiento, el hombre de Nietzsche del futuro redimiría a la Humanidad

     "no sólo del ideal prevaleciente (inadecuado) sino también de hacia lo que éste estaba obligado a conducir, desde el gran aborrecimiento, desde la voluntad que tiende a la nada, desde el nihilismo... Este anticristo y anti-nihilista, este conquistador de Dios y de la nada, algún día él debe venir" (Roger Hollinrake, Nietzsche, Wagner and the Philosophy of Pessimism, 1982, pp. 44-47, 71).

     Después de la muerte de Dios, Schopenhauer se había permitido ser esclavizado otra vez, esta vez a la todopoderosa Voluntad. Nietzsche, sin embargo, rechazó creer que la voluntad fuera algo malo o incontrolable. Él aceptó la premisa básica de Schopenhauer de la voluntad como la fuerza fundamental e impulsora de toda la existencia, pero aplicó la evaluación de Fichte de esa fuerza como algo positivo y bueno (Bentley, p. 75). Contra la negación de la voluntad, él ofreció su filosofía de la voluntad de poder.

     En muchas de sus ideas Nietzsche fue precedido por Thomas Carlyle en sus conferencias de 1840 "Sobre los Héroes, la Adoración del Héroe, y lo Heroico en la Historia" (On Heroes, Hero-Worship, and the Heroic in the History). El precepto básico de Carlyle, "que los grandes hombres deberían gobernar y que los demás deberían reverenciarlos", es apoyado por una compleja fe en la Historia y en el progreso evolutivo. Las sociedades, como los organismos, evolucionan a través de toda la Historia, prosperan durante un tiempo, pero inevitablemente se hacen débiles y mueren, dando lugar a un linaje más fuerte y superior. Los héroes son aquellos que afirman este proceso de vida, aceptando su crueldad como necesaria y por lo tanto buena. Para ellos el coraje es una virtud más valiosa que el amor; los héroes son nobles, no santos. El héroe funciona, primero, como un modelo para que otros lo imiten, y segundo, como un creador, moviendo la Historia hacia adelante, no hacia atrás (Historia que es la biografía de grandes hombres).

     Carlyle estuvo entre los primeros de su época que reconocieron que la muerte de Dios no es en sí misma nada por lo cual estar feliz, a menos que el hombre intervenga y cree nuevos valores para sustituír a los antiguos. Para Carlyle el héroe debería convertirse en objeto de adoración, el centro de una nueva religión que proclama a la Humanidad como "el milagro de milagros... la única divinidad que podemos conocer". Para el credo de Carlyle, Bentley propone el nombre de Vitalismo Heroico, un término que abraza tanto una teoría política, el Radicalismo Aristocrático, como una metafísica, el Naturalismo Sobrenatural. Los Vitalistas Heroicos temían que las recientes tendencias hacia la democracia entregarían el poder a los mal criados, incultos e inmorales, mientras que su creencia en una fuerza trascendente en la Naturaleza, que se dirige adelante y hacia arriba, dio alguna esperanza de que esa fuerza vencería a favor de los fuertes, inteligentes y nobles (Bentley, pp. 17-18, 49-58).

     Nietzsche concordó con mucho de la adoración al héroe de Carlyle, transfiriendo muchas cualidades del héroe a su concepto del Superhombre. Él creía que el héroe debería ser reverenciado, no por el bien que él hubiera hecho a la gente sino simplemente por admiración de lo maravilloso. El héroe se justifica a sí mismo como un hombre elegido por el destino para ser grande. En la lucha por la vida él es un conquistador, haciéndose más fuerte por medio del conflicto. El héroe no está avergonzado de su fuerza; en vez de las virtudes cristianas de mansedumbre, humildad y compasión, él cumple con las bienaventuranzas del Vitalismo Heroico: coraje, nobleza, orgullo, y el derecho a gobernar. Su lema: "La vieja regla, el plan simple: que el que tenga el poder lo conserve, y que lo tome el que pueda" (Bentley, p. 52).

     Con tal filosofía uno podría pensar que Nietzsche habría abrazado entusiastamente las opiniones de Charles Darwin, sobre todo su tesis de la supervivencia del más apto. Sin embargo, como Carlyle antes de él y Shaw después, Nietzsche vio el lado oscuro de la remoción que hizo Darwin de la dimensión metafísica del universo. La idea de Dios había dado sentido y propósito a la existencia humana. Sin Dios el hombre ya no estaba hecho a Su imagen, ninguna chispa divina moraba en él, y su vida no tenía ningún significado más alto que la de los animales.

     Nietzsche no discutió la verdad científica de esa tesis, pero temió las consecuencias si los seres humanos no se encargaban de hacer sus vidas significativas y con algún propósito. Él criticó la inconsistencia de aquellos que se alegraban de su nueva libertad con respecto a Dios pero que seguían aferrándose a la moralidad cristiana como si nada hubiera cambiado. Nietzsche comprendió el hecho de que todo había cambiado, y que era tiempo para que el hombre aceptara sus nuevas responsabilidades como la única divinidad en el universo.

     Aunque él veía esa nueva realidad como una razón de esperanza, él quedó amargamente desalentado por la evidencia alrededor de él de que la actual raza del homo sapiens era penosamente incapaz para el desafío. A aquellos que se jactaban de que el hombre había alcanzado el pináculo de la evolución, Nietzsche declaró: "Europeos sobre-orgullosos del siglo XIX, ¡ustedes están delirantemente locos!" (R. J. Hollingdale, Nietzsche: The Man and His Philosophy, 1965, p. 123). Finalmente él abandonó su búsqueda del nuevo hombre en el presente, acudiendo al futuro para su visión del superhombre.

     La filosofía de Nietzsche se basa en tres pilares principales: el superhombre, la voluntad de poder, y el eterno retorno. Estas creencias sustituyen a las doctrinas cristianas de Dios, la salvación divina y la vida eterna (Hollingdale, p. 198). Como sustitutos de conceptos religiosos, esas tres ideas desafían la definición, permaneciendo en el reino de lo poético, lo emotivo y lo misterioso. Como dice Bentley, "Sin el misterio, el superhombre se evaporaría" (p. 122). El portavoz de Nietzsche, Zaratustra, por lo general describe al superhombre con imágenes contrastadas: el hombre es sólo una cuerda estirada sobre un abismo entre la bestia y el superhombre; lo que el mono es para el hombre, eso es el hombre para el superhombre; el hombre es un lago que se eleva cada vez más alto, ahora que él no se derrama en Dios.

     En una metáfora más completa, Zaratustra explica que el hombre es una corriente contaminada. La solución cristiana ha sido remover la contaminación, pero cuando eso es hecho, muy poco permanece. El superhombre, sin embargo, será un mar tan grande que él puede recibir la contaminación sin daño. El cristianismo ha dicho a los hombres que se abstengan del mal, porque "quien toca el betún queda manchado" [Eclesiástico 13:1]. El superhombre sabe que no hay ningún ensuciamiento en el betún, ni tal cosa como el mal, ya que todo lo que existe es necesario.

     Nietzsche no tenía ninguna concepción de una súper-raza; él habló sólo del individuo. Él no compartía el interés de Wagner por el Volk o su creencia en el alma de una raza. La idea de Hitler de una raza pura habría sido absurda para Nietzsche, porque sólo mediante el conflicto entre las razas ocurre el progreso. Para Nietzsche la "lección de la existencia" es que sólo los grandes individuos importan, aquellos que se levantan por encima de su naturaleza animal, por sobre sus instintos más bajos para el mero placer: "La Humanidad debe trabajar continuamente para producir grandes individuos. Ésta y nada más es su tarea" (Hollingdale, p. 127).

     El ser humano se separa del reino animal por medio del ejercicio de su voluntad de poder. Este concepto significa más que el deseo natural de la auto-conservación. Nietzsche creía que los seres humanos tienen una necesidad psicológica de poder, una necesidad de expresar su fuerza, de afirmarse a sí mismos, de dominar. Tal opinión parecería una excusa para la tiranía y el sadismo, salvo que Nietzsche postula el dominio de sí mismo, el poder sobre el Yo, como el objetivo último de la voluntad de poder. El superhombre es el suficientemente fuerte para vencerse a sí mismo. Esa hazaña restaura la distinción entre el hombre y el animal que Darwin había eliminado, sin ayuda de la metafísica.

     Es verdad, sin embargo, que Nietzsche deseaba que los hombres estimularan las pasiones que conducen al mal, ya que ellas son también la fuente de la fuerza necesaria para conseguir la más difícil de las tareas: el dominio del Yo. A él le parecía que una gran maldad era preferible a la debilidad, ya que ella da razón para la esperanza: "Donde hay un gran crimen hay también una gran energía, una gran voluntad de poder, y por consiguiente la posibilidad de auto-superarse" (Hollingdale, p. 195). La voluntad puede ser controlada, pero se requiere la fuerza de un superhombre para hacer aquello.

     Una vez que el superhombre alcanza ese nivel, puede aceptarse a sí mismo como lo que es y a todo lo que le llevó a ese punto, diciendo Sí a su dolor y sufrimiento, así como a sus alegrías y triunfos. Él llega al momento supremo de la existencia cuando esté contento de volver a vivir su vida entera con su bien y su mal; ésta es la idea del eterno retorno. Nietzsche especuló que si el espacio y la energía son limitados, pero infinito el tiempo, entonces finalmente sería alcanzado un punto en que todas las combinaciones posibles de acontecimientos se agotarían y el proceso comenzaría otra vez. Ya fuese verdadera o no dicha teoría, Nietzsche sintió que los hombres tenían un imperativo ético de vivir como si ella fuera verdadera, vivir de tal manera que ellos quisieran vivir la misma vida una y otra vez por la eternidad (en contraste con el deseo budista de Schopenhauer de la redención a partir del renacimiento). Para el superhombre esta afirmación de la vida es el logro más alto de la voluntad de poder.

     Nietzsche a menudo es acusado de ser un pesimista, un anarquista y un nihilista. Él era pesimista con respecto al hombre del siglo XIX, pero no en cuanto a la vida misma. Él exaltó al individuo que vive más allá del bien y el mal, pero sólo después de que él ha conseguido el dominio de sí mismo. Él reconoció la pérdida de todos los valores y de todo sentido, pero sólo como una presuposición, el principio y no el final de su filosofía. En lugar de Dios él puso al Superhombre, un ser superior, pero de todos modos uno de nosotros, que dice Sí a la vida y a la posibilidad de la grandeza humana.


SHAW

     George Bernard Shaw es probablemente el hombre que tuvo mayor responsabilidad en transferir el Übermensch de Nietzsche al idioma inglés y a las mentes de audiencias de habla inglesa, con su obra "Hombre y Superhombre" (Man and Superman). Dicha conexión no debería engañarlo a uno para suponer que Shaw tomó prestado algo más de la filosofía de Nietzsche que el nombre, como Shaw deja en claro en su prefacio a su obra "La Mayor Bárbara" (Major Barbara). Bentley afirma que Shaw no era un Vitalista Heroico, pero tenía algunas inclinaciones hacia aquella dirección (p. 164). Él compartió con Carlyle, Wagner y Nietzsche su evaluación de que el hombre común del siglo XIX era lastimosamente inadecuado para gobernar, un factor que las voces de la democracia no habían considerado probable, y declaró con total sinceridad: "La mayoría de los hombres actualmente en Europa no tienen ningún objetivo al estar vivos" (The Perfect Wagnerite, p. 215; cf. los sentimientos de Nietzsche: "No encuentro fácil creer que la pequeña gente sea necesaria", Bentley, p. 68).

     De esta profunda sensación de fracaso político contemporáneo, Shaw sólo podía esperar la aparición de grandes individuos de genio, actualmente producidos por casualidad pero quizás un día producidos por diseño mediante la eugenesia. Él apreciaba, como lo hizo Nietzsche, el iconoclasta libre espíritu de aquellos que se elevan por encima de la moral convencional para hacer lo que es necesario.

     Shaw era demasiado humanitario, sin embargo, para aprobar la alabanza de la crueldad que hizo Nietzsche. Él creía que el superhombre debería beneficiar a otros, y no vivir únicamente para sí mismo. En "Back to Methuselah" Shaw parece parodiar al héroe nietzscheano en su descripción de Caín, el primer asesino. Cuando Caín reclama para sí mismo el título de superhombre, Eva replica:

     "¡Superhombre! Tú no eres ningún superhombre; tú eres el anti-hombre... Tú desprecias a tu padre, pero cuando él muera el mundo será más rico porque él vivió. Cuando tú mueras, los hombres dirán: Él fue un gran guerrero, pero habría sido mejor para el mundo si él nunca hubiera nacido".

     Shaw y Nietzsche se separaron en la teoría política, ya que por mucho que Shaw admirara a los grandes hombres, él siguió apoyando al socialismo y los derechos de los muchos por sobre los pocos. En "Our Theater of the Nineties" Shaw describió a Nietzsche como "el campeón del privilegio, del poder, de la desigualdad", y resumió las opiniones del alemán:

     "Para él la democracia moderna, el cristianismo paulino, el socialismo, etcétera, son deliberados complots incubados por filósofos malévolos para frustrar la evolución de la raza humana y congregar la estupidez y la fuerza bruta de los muchos débiles contra la benéfica tiranía de los pocos fuertes". En opinión de Shaw aquélla era "una hipótesis absolutamente ficticia... no digna de ser leída si no fuera porque no hay tantas evidencias de que ella no sea verdadera".

     Shaw simpatizó con el análisis de la situación, pero apoyó una solución diferente. En "The Perfect Wagnerite" (El Wagneriano Perfecto) Shaw hizo uso de mitología del Anillo como alegoría para catalogar los problemas sociopolíticos de su tiempo. Él veía tres categorías de hombres: los "enanos morales", cuya avaricia los lleva a esclavizar a otros y cuya astucia permite que ellos se salgan con la suya; los gigantes laboriosos pero estúpidos que suministran la fuerza de trabajo; y los dioses administrativos, quienes, debido a la deficiente mentalidad de los gigantes, deben gobernar por medio de un ejercicio mecánico de la ley y de la amenaza del castigo más bien que por la razón.

     Finalmente Wotan comprende que, para crear una mejor forma de gobierno, lo que el mundo necesita no son nuevas leyes sino nuevos hombres, no un Siegfried individual sino una raza de héroes, o, en palabras de John Tanner [personaje de Man and Superman, de Shaw], en "Revolutionist's Handbook", una democracia de superhombres. El superhombre de Shaw no quiere gobernar sobre otros sino elevar a toda la Humanidad a su nivel. Sólo cuando toda la gente esté tan desarrollada como para desear naturalmente hacer lo que resta para la raza entera, tendrá Shaw alguna confianza en el hombre como un ser político.

     El concepto de Shaw del superhombre fue influído menos por Nietzsche que por su admiración a Ibsen y Wagner (Carl Henry Mills, "Shaw's Superman: A Re-evaluation", 1970, p. 52). En "Brand" de Ibsen, Shaw encontró dos cualidades que se aplican a su superhombre: la energía heroica y la disposición a servir a una fuerza más alta, sea Dios o la Evolución Creativa. El héroe posee por naturaleza una fuerte voluntad propia, pero reconoce la existencia de un mundo-voluntad, más antiguo y superior al suyo propio, y desea alinear su voluntad con la causa de ese mundo-voluntad.

     Brand es uno de tales héroes, y ninguno de los posteriores personajes masculinos "realistas" de Ibsen demuestra la intensidad y la dedicación de ese noruego hombre de Dios. Sin embargo, en la visión de Shaw, Brand falla (como lo hacen Peer Gynt y Julian) porque él es un idealista. Él actúa como si fuera el nuevo Adán en un mundo perfecto donde es posible vivir sin compromisos (Shaw, The Quintessence of Ibsenism). Finalmente, él y todo lo que él ama son aplastados bajo el peso de sus grandes ideales.

     El Siegfried de Wagner recibió de Shaw una crítica similar y provisionalmente favorable. Él admiraba la libertad completa de Siegfried con respecto a la vieja avaricia del mundo y su sed de poder, y su independencia del decrépito sistema de leyes de los dioses que ya no se aplican a él. El joven héroe

     "no conoce ninguna ley sino su propio estado de ánimo... y es, en resumen una persona totalmente amoral, un anarquista innato... una anticipación del Superhombre de Nietzsche". Siegfried tipifica "el hombre saludable criado con perfecta confianza en sus propios impulsos y con una vitalidad intensa y alegre que está por encima del miedo, la pesadez de conciencia, la malicia, y las improvisaciones y muletas morales de la ley y el orden que los acompañan" (The Perfect Wagnerite).

     La gente siempre ha sido fascinada por el individualista "liberado de la conciencia", pero por lo general son reacios a excusar sus acciones por miedo a la desaprobación divina. Ahora, sin embargo, sin ningún Dios que lo derribe, este "nuevo Protestante" rechaza no sólo la autoridad de la Iglesia para dirigir su vida sino la del cielo también. Finalmente esa tendencia conduce al anarquismo —ningún gobierno salvo el auto-gobierno—, y en ese punto Shaw abandona el prototipo heroico de Wagner.

     La anarquía, al igual que el amor y la auto-renuncia, era una de varias panaceas idealistas ante las cuales Wagner sucumbió hacia el final de su carrera. Shaw concluyó que "la única fe que cualquier discípulo razonable puede ganar del Anillo no es en el amor sino en la vida misma como un poder incansable que está continuamente empujando hacia adelante y hacia arriba... creciendo desde dentro, por su propia inexplicable energía, hacia formas de organización cada vez más altas" (The Perfect Wagnerite), un resumen menos de la creación de Wagner que de la propia religión de Shaw de la Fuerza de la Vida

     Al final debemos acudir a las creaciones dramáticas de la propia fértil imaginación de Shaw para encontrar los verdaderos modelos para el superhombre de Shaw. Shaw nunca los define claramente; él mantiene a propósito a su hombre del futuro envuelto en el misterio, ya que, como dice John Tanner, "La prueba del superhombre estará en los vivientes". Sin embargo, sabemos algo de lo que Shaw admiró en sus héroes y heroínas. Sobre todo lo demás, la mayor cualidad del protagonista de Shaw es su capacidad de hacer cosas. Sus hombres son prácticos, directos, y conocen la manera en que el mundo funciona (un rasgo del que Siegfried carece completamente). Sus mujeres manejan eficientemente tanto sus casas como a sus maridos. Sus personajes históricos, Napoleón y César, pueden parecer menos grandes que las leyendas sobre ellos, pero son más humanos, más en contacto con los asuntos cotidianos del gobierno. Ellos no tienen ninguna ilusión heroica con respecto a sí mismos u otros, y debido a eso, ellos llevan a cabo las cosas sólo soñadas por idealistas. Su fuerza deriva no de orgullo o coraje —los rasgos admirados por Nietzsche— sino de su sentido común.

     Junto a los hombres de acción están los espíritus contemplativos, aquellos artistas-filósofos que habita el cielo de Don Juan, y aquellos que representan a la avanzada Humanidad en el año 31.920 d.C. Shaw no contrasta esos reinos del pensamiento y la acción; Don Juan [Don Juan in Hell es una parte de Man and Superman de Shaw] insiste: "En el Cielo, como lo imagino, querida señora, usted vive y trabaja en vez de jugar y fingir. Usted afronta las cosas como ellas son". La contemplación no es un escape desde la realidad hacia alguna dimensión metafísica de ideas sino el objetivo de la propia Fuerza de la Vida. En vez de permitirse placeres hedonistas, la mente contemplativa busca un objetivo y una dirección: "Estar en el infierno es ir a la deriva; estar en el cielo es dirigir el curso".

     Los Antiguos de Shaw en su visión del futuro parecen realmente removidos de la realidad física, no mostrando ningún interés por las artes y los bailes de los "niños", pero esa apatía hacia el mundo viene de la idea neo-platónica de Shaw de que la Mente última procura escapar de la limitación de la materia. Los Antiguos son "activos" en la contemplación; el objeto de sus pensamientos nunca es revelado, pero el caso es que, de todos modos, nadie que viva hoy podría entenderlos o apreciarlos.

     El héroe de Shaw vive de acuerdo a una ética más alta no cargada por valores tradicionales y códigos morales anticuados. John Tanner disfruta de su reputación como un desvergonzado anarquista, autor de "el libro más reprensible que haya escapado alguna vez a la hoguera", en parte porque llama la atención hacia sus opiniones progresistas, y en parte porque él se deleita exponiendo a potenciales pensadores liberales. Sin embargo, para el verdadero superhombre el período de transición hacia el estado avanzado no será tan fácil. En su prefacio a "The Sanity of Art" Shaw comentó:

     "No podemos pedir al superhombre simplemente que añada un conjunto superior de virtudes para doblegar morales respetables, ya que él indudablemente va a vaciar mucha moralidad respetable como agua sucia y a sustituírla por nuevas y extrañas costumbres, sacándose de encima viejas obligaciones y aceptando otras nuevas y más pesadas".

     El superhombre que aparece tempranamente, antes de que el resto de la raza haya evolucionado a su nivel, será llamado un loco cuya conciencia no corresponde a la de la mayoría: "El superhombre ciertamente vendrá como un ladrón en la noche, y se le disparará en consecuencia". El hombre no puede entender los caminos del superhombre en mejor forma que los de corta vida pueden comprender a los Antiguos en la historia de Shaw del futuro.

     En sus dos principales obras dramáticas que tienen que ver con el superhombre, "Man and Superman" y "Back to Methuselah (A Metabiological Pentateuch)", Shaw profetizó su venida en diferentes maneras pero siempre por incitación de la Fuerza de la Vida. La doctrina de Shaw de la Fuerza de la Vida, el dios de su única religión, fue su respuesta al acto de Darwin de "desterrar del universo la Mente", como Samuel Butler dijo adecuadamente. La contribución de Darwin a la teoría de la evolución, la hipótesis de la selección natural, proporcionó un medio para justificar el aparente sentido de objetivo y dirección detrás del proceso de la vida antes atribuído a Dios. En vez de por causa de una misteriosa fuerza teleológica, la evolución funciona completamente por casualidad.

     En un acto de fe, Shaw rechazó esa visión de un universo irracional, prefiriendo creer en una voluntad impersonal pero creativa que dirige el desarrollo de todas las cosas vivientes hacia formas superiores. Así él promovió la teoría desarrollada más tempranamente por Lamarck de la Evolución Creativa, en la cual los organismos cambian porque ellos desean cambiar. Shaw admitió ser un místico en esa materia, que la Fuerza de la Vida es "una hipótesis metafísica", un "milagro" y un "misterio"; pero ése no fue el único modo en que él podía explicar la diferencia entre un cuerpo vivo y uno muerto, algo que el materialismo no puede hacer (Shaw, Agitations: Letters to the Press).

     En la versión de Shaw de la Evolución Creativa, durante millones de años la Fuerza de la Vida experimentó ciegamente mediante ensayo y error hasta que se hizo sensible con la llegada del ser humano. Ahora busca niveles más altos de conciencia desarrollando la capacidad mental humana. Según Don Juan, "[la Vida] necesita un cerebro... no sea que en su ignorancia se resista a sí misma" (Hombre y Superhombre). Un verdadero discípulo de la Fuerza de la Vida, Don Juan le explica al diablo cómo ella usa los juegos de amor para sus propios objetivos. Cada sexo tiene su papel: el hombre encarna la conciencia filosófica de la Vida, la mujer encarna su fecundidad. Ella es el jugador primario, haciendo todo lo que puede para conseguir un marido y continuar la raza.

     Después de que el hombre hace su parte, él queda libre para búsquedas intelectuales que a su vez aumentan la conciencia colectiva de la Fuerza de la Vida. Más bien que combatir dicho proceso, como Tanner trata de hacer, los hombres y las mujeres deberían rendirse fácilmente a él. "Ésta es la verdadera alegría en la vida", escribe Shaw en el prefacio, "el ser usado para un propósito reconocido por usted mismo como poderoso". Para cooperar totalmente con la Fuerza de la Vida, Tanner en su manual promueve un programa de crianza eugenésica patrocinado por el gobierno para acelerar el gran experimento para producir al superhombre.

     En "Back to Methuselah" la solución para el éxito de la Vida es algo diferente. Esa obra monumental hace la crónica de la historia entera de la raza humana desde Adán hasta los Antiguos de 30.000 d.C. Ella presenta la tentativa de Shaw de una utopía basada en la evolución espiritual y mental más bien que las típicas utopías del siglo XIX basadas en el progreso tecnológico. Según El Evangelio de los Hermanos Barnabas (obra que es parte de Back to Methuselah), la salvación de la Humanidad depende del aumento del promedio de vida en algún punto en torno a los 300 años. Ellos creen que la muerte es simplemente un hábito adquirido, una inconveniencia que corta a hombres y mujeres antes de que ellos puedan alcanzar la verdadera madurez; en el presente "la vida es demasiado corta para que los hombres la tomen en serio".

     Sin embargo, los hermanos no proponen ningún programa de eugenesia o alguna fórmula secreta para conseguir esa inmortalidad temporal. La vida llevará a cabo sus misteriosos objetivos sin la cooperación de los hombres, e incluso contra sus voluntades si fuese necesario. Como señala el personaje Franklyn, "Si [la Vida] no puede [solucionar sus problemas] por medio de nosotros, producirá agentes más capaces. Usted y yo no somos la última palabra de Dios". Además, en este juego posterior el superhombre ha sido sustituído o reemplazado por el ideal de la pura Mente. Incluso después de 30.000 años la Vida no está contenta como para descansar en sus trabajos hacia la creación de Dios.

* * * *

     En esta breve historia de ideas hemos visto tres versiones comparables pero distintas del Superhombre. El Siegfried de Wagner se liberó de la jurisdicción divina, pero permaneció demasiado como un bruto irracional como para complacer a Nietzsche. El Übermensch de Zaratustra ganó la libertad de vivir más allá del bien y el mal, pero su aceptación de la crueldad como un medio viable para aquel objetivo lo convirtió en un candidato a tirano supremo, una posibilidad que Shaw detestaba. La visión de Shaw de la Humanidad última elevó a la Mente tan por encima del nivel de la realidad sensual como para dejar a la mayor parte de los lectores completamente fríos ante su visión del futuro.

     En los tres casos, sin embargo, el Superhombre fue una proyección de la esperanza que esos autores todavía mantenían para la raza humana a pesar de la evidencia de que el espécimen presente no estaba preparado para sobrevivir en un universo sin Dios. Esos romanticos recientes (y Shaw era, en este respecto, tan idealista como los demás) proporcionaron un contrapeso muy necesario a la fe incuestionada en el progreso científico y tecnológico que, desde la perspectiva de la Era nuclear, parece temerosamente desplazada. Podemos no creer en sus profecías del superhombre, pero a fin de sobrevivir en el futuro, necesitamos su creencia en la Humanidad.–



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