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miércoles, 29 de marzo de 2017

René Binet - Socialismo y Racismo



     René Binet (1913-1957), activista político francés vinculado en su juventud al comunismo, por haber confundido al marxismo con el socialismo, tras la Segunda Guerra, tras ser detenido en 1940 como prisionero de guerra por los alemanes, se convirtió al nacionalsocialismo, actuando posteriormente en política enfatizando en su propuesta de socialismo europeo aspectos racialistas y anti-comunistas. De su obra Contribution à une Éthique Raciste, publicada póstumamente en 1975 y traducida al castellano en 1980, presentamos de esta última versión su segundo capítulo, Socialismo y Racismo, no sin haber hecho múltiples correcciones en base al texto original.



SOCIALISMO Y RACISMO
por René Binet



     La civilización que hemos convenido en llamar Occidental no ha nacido con la aparición de una religión o con el comienzo del esplendor de una ciudad sino verdaderamente con la aparición de una raza superior a la que desde entonces, sólo a causa de su aspecto exterior, se la llama la raza blanca.

     En el momento prehistórico en que retrocedían las primitivas razas amarillas o negroides, que hasta entonces habían ocupado nuestro continente europeo, el hombre Blanco aportó ya, junto con una incuestionable superioridad intelectual y técnica, las formas más desarrolladas de su arte. La expresión conjugada de su superioridad técnica, de su inteligencia y de su sentido de las bellas formas son tales que, desde ese momento, se puede casi hablar de una intelectualidad Blanca relativa a sus contemporáneos

     Sin duda, en adelante, ciertas partes de esta raza magnífica han podido sufrir el mestizaje, degenerar y desaparecer. Otros grupos del mismo origen,  que se encontraban preservados, aseguraron siempre el relevo. De lucha en lucha y de migración en migración a través de los siglos se encuentra siempre la presencia activa de una raza superior que representa un tipo físico y moral bien definido. Gracias a esta raza, la antorcha de una civilización Blanca pasó hasta el mundo histórico y hasta nosotros, herederos responsables de su legado.

     Hubo épocas en que la pureza de este tipo más extensamente difundido en todo el continente, sin vecindad inmediata de razas menos desarrolladas y menos elevadas, no tuvo ningún problema de defensa ni de unidad. Ha habido, por el contrario, otras épocas en que esta raza no se encontró sola en las vastas extensiones europeas, sino que los movimientos de invasión, aportando la mezcla más o menos extendida de sangres, trajeron al mismo tiempo la división y la parcelación territorial. No obstante, siempre, en los momentos de flujo y reflujo, el genio de la raza blanca mantuvo la superioridad de su nivel sobre todas las otras.

     Se tratará de oponernos como argumento la muy antigua existencia de una "civilización" amarilla en China, por ejemplo y como prueba se nos indicará que los chinos habían "resuelto" ciertos problemas sociales mediante la nacionalización y el cultivo común de la tierra, asociando 800 años antes de Cristo el cultivo de tierras personales con el cultivo del "koljoz", lo que nos conduce naturalmente a ciertas comparaciones. Sin embargo, un constante estado de guerra civil hizo de su historia una serie de largas convulsiones, donde cada movimiento se manifestó por algunos centenares de miles de cabezas cortadas. Se puede concluír con cierta razón que su ineptitud para un gobierno y una organización estables es la prueba, junto a ciertas capacidades técnicas, de su incapacidad en el dominio de la organización social.

     La similitud de sus reacciones frente a problemas, como el de la organización agraria nos permite también, por otra parte, encontrar razones raciales en ciertas manifestaciones "políticas y sociales" de nuestra época. Por el contrario, en el momento en que las cabezas chinas caían por millares en los confines de la China en guerras civiles renovadas sin cesar, la civilización romana, la civilización helénica, por no citar sino las más próximas a nosotros, brillaban con un esplendor completamente particular. Igualmente aquellos pueblos que los griegos y los romanos llamaban bárbaros habían alcanzado un grado de civilización mucho más elevado que China. Esto es tan verdadero, que todavía su organización política y social es capaz de inspirar nuestra política moderna.

     ¿Cómo comparar también las filosofías chinas con las nuestras, cuando aquéllas no son sino alternativamente la teoría de gimnasias físicas tendientes a un estado extático, o la copia mal asimilada de filosofías de la India aria?.

     Al mismo tiempo, las filosofías más puras de Grecia ya habían visto el día. Platón y Aristóteles, Heráclito y Pitágoras, ya habían entregado al mundo Blanco las premisas de sus sistemas actuales.

     Desde entonces, cada retroceso de la civilización en Occidente ha coincidido con el avance del mundo oriental o africano, con una penetración de las razas inferiores y de la mezcla de sangres. La propia mezcla de sangres se tradujo inmediatamente en un retroceso social importante en todos los ámbitos.

     En el apogeo de la cultura griega, el genio de la raza blanca inspiró a Platón la primera de las doctrinas socialistas, la concepción de un Estado unitario y socialista, una crítica de los principios de la propiedad de los cuales aún hoy no han caducado todos.

     En el momento en que la cultura romana llegó a su cumbre, comenzó a caminar por la vía de la decadencia como consecuencia de los aportes asiáticos. Julio César, amigo y adherente del complot de Catilina, vuelve a hacerse cargo de las principales leyes y reivindicaciones sociales de su tiempo, las impone al Imperio, y sienta las bases del primer Estado social de forma dictatorial de Occidente.

     Posteriormente, periódicamente el pensamiento occidental, frente a la anarquía de Oriente, frente a una comunidad de la miseria predicada tanto por los amarillos como por los semitas y además bajo formas ligeramente diferentes, planteó la idea de un Estado poderosamente unitario y responsable, asegurando a todos sus miembros los derechos a una prosperidad y a un nivel de vida material e intelectual únicos para cada época.

     Ésta es la historia del desarrollo del pensamiento socialista como manifestación del genio de la raza blanca que sería necesario que fuera escrita. La aptitud de la raza blanca para unir el orden más riguroso con el socialismo más popular dentro del gobierno del Estado le es completamente distintiva.

     Hasta este día, cada vez que se ha materializado la unidad fundamental de Occidente en torno a un pensamiento social venido del fondo de su genio, una nueva ola de invasiones ha llegado de África o del Oriente que la rompe doblemente por la fuerza y por la mezcla de sangres. Es necesario destacar, por otra parte, que la mezcla de sangres por la vía "pacifica" es la que preludia frecuentemente dicha ruptura, como fue el caso de Grecia y Roma, sin la intervención de la fuerza.

     Cada vez que por esos medios la unidad se encontró rota, una nueva Era de anarquía política comenzó. El nivel de vida material y espiritual de los pueblos retrocedió otro tanto. No es solamente la anarquía en sí misma la que rebajó ese nivel, ni las consecuencias de guerras civiles o externas, sino la aparición de teorías sociales extrañas a las concepciones de Europa, que negaban la importancia de las realizaciones sociales, concepciones que principalmente predicaban el abandono y el desprecio de los bienes o que sustituían la organización social sistemática por una caridad arbitraria e impotente.

     Es así cómo Grecia se hundirá menos bajo los golpes de los medas o de Alejandro que por la llegada de millares de orientales que, deslizándose dentro de la falange macedónica, quebraron la unidad racial y popular y llevaron consigo sus filosofías y religiones negativas.

     De igual forma, Roma se hundirá menos por los golpes de los germanos que por los de Espartaco y sus semejantes, judíos y esclavos, que predicaban la igualdad de las razas y de los hombres y el desprecio de los bienes de este mundo, en una palabra, del mundo social.

     Cuando más tarde la Iglesia tomó en sus manos ciertas realizaciones sociales, fue en la medida en que su desbordamiento por los pueblos europeos la desconectó, por la fuerza de las cosas, de sus orígenes semíticos. El "genio latino" del que habla Maurras habría sido letra muerta como ocurre en ciertos lugares de nuestro Occidente actual, si la nueva sangre de los "bárbaros" no la hubiera vivificado, animado y purificado. Dicho "genio latino" habría sido letra muerta si los pueblos aún sanos de raza no hubieran introducido su espíritu de empresa, de conquista y de combate.

     ¿No es característico que los "grandes" Papas que tendieron hacia la unificación de Occidente, restaurando su voluntad de conquista y de combate y al mismo tiempo animando al pueblo llano a exigir sus derechos, hayan sido Papas francos o normandos y que uno de los más grandes haya tenido por nombre Hildebrando y haya salido de Cluny?.

     ¿Sería además casual que los Emperadores de Occidente hayan visto sus Imperios desplomarse posteriormente más por los golpes de las invasiones orientales y de la ideología semítica, que por el peso de sus errores o de revoluciones internas?. El espíritu de las razas europeas, espíritu de orden, de jerarquía, de unidad, al mismo tiempo que un espíritu profundamente social, debió en toda época del desarrollo de Occidente oponerse al espíritu de anarquía comunizante del semita.

     Hoy en día, cuando es posible al fin conocer las verdaderas causas de la decadencia y la división de los pueblos, tenemos el derecho de descubrir todo lo que el genio de nuestras razas blancas puede y debe aportar aún a la civilización, de orden, de progreso y de desarrollo armonioso para las realizaciones sociales finalmente conscientes.

     Es necesario subrayar que todo pensamiento socialista ha salido de Occidente, en tanto que el espíritu del semitismo no ha sido más que un factor de falso igualitarismo, de desorden, de división, de envilecimiento social y humano.

     Nosotros tendremos que resolver al mismo tiempo los problemas de la unidad social, racial y popular de Europa, al mismo tiempo que el problema político y social, propiamente dicho, de la unidad socialista. Cada vez que hablemos de la raza o de la política, cada uno de los problemas se resuelve solamente por el otro.

     Remontándonos a las fuentes de nuestra civilización, y de nuestra cultura, podremos expresar cuál puede ser la concepción más conforme a sus tradiciones y sus necesidades, y diremos cómo el Partido debe ser el portador de esas tradiciones y de esas concepciones al adaptarlas solamente a las necesidades de nuestra época.

     Representante de un ideal positivo, unitario y socialista, ligado a una historia y a un desarrollo racial determinados, ¿podrá nuestro pueblo liberarse de la hipoteca que siglos de abandono y de decadencia hacen pesar sobre él y del que es la expresión?. ¿Podrá imponérsele aquello a una nación que desde hace mucho tiempo ha perdido de vista su verdadero rol y su dignidad primordial?, Sí, si estamos prestos a restaurar poco a poco sus características específicas y a mejorarlas.

     ¿Marchamos hacia el aislamiento orgulloso de una minoría racial que deberá, durante décadas, mantener alumbrada la antorcha del progreso y tenerla fuera del alcance de manos maléficas?. ¿O vamos, por el contrario, hacia un renacimiento de los pueblos de Occidente, dentro de la comprensión armoniosa del rol de cada uno y hacia la unidad reconquistada?. Sólo nuestra acción incesante nos permitirá responder a estas preguntas.

     La solución de estos problemas está ligada a nuestra propia capacidad de organización de las fuerzas renovadoras y a nuestra aptitud para recrear la nueva élite que será capaz de transportar nuestros principios a la ciudad y al Estado.

     A nosotros se nos presentarán, a partir de ahora, los problemas de la organización de la vida pública y de la educación dada a la juventud. Al lado de estos problemas que son inmediatos, se presentan otros apenas menores y que son aquellos de la civilización y del lugar que tendremos en la comunidad étnica que representamos. Sabemos que nuestros pueblos pueden tener un lugar importante y ser un factor dirigente de la historia de la raza blanca y, por consiguiente, de la historia de la Humanidad entera.

     Porque somos y deseamos ser de nuestra época, tendremos que ver cuáles son los problemas que representa además la "distorsión" de los movimientos socialistas por los judíos, que le han inoculado teorías extranjeras, y el problema de la división de Europa en las circunstancias actuales. En fin, veremos qué tareas nos impone la pertenencia a una raza superior hoy en día. Es por esto por lo que tendremos presente en el espíritu que somos el producto de una larga evolución que nos transmite un patrimonio bien determinado.

     No olvidaremos ya que, como socialistas, no podemos estar desligados de los grandes precursores del pensamiento socialista tales como Platón, Tomás Moro, Proudhon, Blanqui o Sorel. Y así llegamos a la época del desarrollo científico, donde será posible reconciliar lo que parecía irreconciliable: las teorías aristocráticas de Gobineau, Chamberlain, Vacher de Lapouge, Nietzsche, con las de los maestros del socialismo, gracias a los estudios más recientes de las leyes biológicas.

     Nos será posible reconciliar al pueblo con su élite, y decir a ese mismo pueblo "hay que", al mismo tiempo que los hombres del Partido tendrán el derecho y el deber de decir "yo quiero". Será posible poco a poco que el pueblo se establezca y se confunda progresivamente con el Partido y pueda llegar a decir a su vez "yo quiero", sin perjuicio del imperativo racial que lo determina, porque habrá tomado conciencia de ese imperativo.

     Reconciliando al pueblo consigo mismo, reuniendo a los trabajadores intelectuales y manuales y confiando a cada uno el papel que le reserva su propia valía, tendremos la oportunidad de ver nacer en Occidente una nueva conciencia con una nueva unidad. Tendremos la posibilidad de decir a cada uno: "Es tiempo de reencontrar tu orgullo original, tu fuerza y tu salud. Tú debes superar la triste Humanidad de nuestros tiempos para crear un hombre nuevo, más allá y por encima de ella. No tengas consideración, ni remordimiento ni compasión; los viejos dioses están muertos". Con un hombre nuevo nacen nuevas medidas, y para cada uno la posibilidad de realizar su destino y su obra.

     Éstos son los orígenes de los movimientos socialistas que han puesto delante de nosotros los problemas de la unidad de una manera imperiosa: la unidad del mundo y su propia unidad para reformar este mundo reunificado por ello.

     Ahora bien, su nacimiento no está ligado a las mismas causas ni ha conocido ni medios ni métodos similares en cada país, donde su unidad estuvo de este modo amenazada desde su nacimiento.

     Los diferentes grupos socialistas han nacido bajo el impulso de necesidades inmediatas y no ideológicas. Variables según el desarrollo técnico y social de cada región, variables según los niveles de los grupos étnicos que las constituían, dichas necesidades imponían métodos diversos. De la justificación de esos métodos surgieron teorías diversas.

     Así en el plano ideológico, incluso en el caso en que se les presentaron problemas absolutamente idénticos, cada variedad racial expresó sus necesidades y organizó su propio socialismo en forma diferente. Más ordenado en los países nórdicos e Inglaterra, sufriendo más netamente la influencia semítica en Alemania, enteramente semitizado en Rusia, y en Francia e Italia la inestabilidad de la mezcla racial impuso múltiples formas en estas últimas.

     De este modo, desde el nacimiento de la Primera Internacional, la división profunda estalló, y en la Segunda Internacional, la división se manifestó con agudeza aún mayor y cada grupo fue llamado al ejercicio del poder en sus diferentes países.

     Sería, sin embargo, un error, desafortunadamente muy frecuentemente cometido, el tratar de ver el socialismo solamente a través de las Internacionales, las cuales no fueron, propiamente hablando, sino fragmentos de socialismos. Las Internacionales fueron empresas destinadas a canalizar y a desviar de sus verdaderos objetivos las tendencias socialistas profundas de los pueblos europeos. La voluntad de unidad y disciplina de los pueblos fue lo que les llevó a desear tales organizaciones, pero no a confiar la dirección de esas organizaciones a hombres extranjeros al continente europeo.

     Al lado de la necesidad de un proletariado naciente y sobreexplotado de dotarse de organismos de combate y de defensa, el análisis del desarrollo histórico por los teóricos de la raza blanca condujo a estos últimos a trazar las bases de una concepción del mundo más acorde al equilibrio humano, a la naturaleza y al genio de las razas europeas. Esta última influencia, que hizo concordar cada desarrollo conceptual con cada grupo racial, fue el origen de diversas teorías en los comienzos, tanto y quizá más que las diferentes condiciones económicas.

     Así pues, al mismo tiempo que una organización de combate, la organización socialista fue, desde su nacimiento, una organización de pensamiento y de educación. Al lado de los movimientos socialistas puramente materialistas, nacieron movimientos socialistas esencialmente idealistas, entre los cuales los anarquistas, sin lugar a dudas, son los representantes auténticos de nuestra época. El hecho de que se hayan apartado de su propósito original y de su verdadero origen no puede en nada modificar nuestro punto de vista a este respecto.

     El hecho de que la banca judía internacional, y después el Estado soviético, hayan financiado abundantemente a las Internacionales dirigidas por judíos, no ha ayudado para nada a que su desarrollo fuese rápido y considerable, poniendo a su disposición los medios que los grupos socialistas competidores con sus adherentes no podían evidentemente reunir con el fruto de su trabajo. Al final, los no-judíos adinerados igualmente han marchado alineados con la banca judía mucho más que con sus compatriotas socialistas, lo que no fue de poca influencia en el estancamiento de los movimientos aislados, que permanecieron nacionales al mismo tiempo que socialistas.


     El desarrollo de los conocimientos científicos y principalmente de la antropología y la biología, habrían podido y debido conducir a una atenuación de las divergencias de origen, al permitir la unificación de las bases doctrinales de los diferentes socialismos nacionales. Sin embargo, aquello durante mucho tiempo no sucedió, y fue solamente la guerra de 1939-1940 la que hizo que numerosos socialistas tomaran conciencia de la realidad nacional y racial. Ella hizo al mismo tiempo que numerosos nacionales tomaran conciencia de la realidad social, lo que permitió entre los pueblos europeos una enorme fermentación de movimientos políticos e incluso de capas sociales. Así se establecieron nuevas relaciones de raza a raza, de gobierno a gobierno y de grupo a grupo.

     De ahí en adelante, la conciencia de una unidad cierta de todo Occidente volvió a ser sensible, y al mismo tiempo la idea de una nueva unidad del socialismo occidental sobre la base de los parentescos raciales apareció como la idea más adecuada para preparar un nuevo reagrupamiento de los pueblos de Occidente.

     La continua división de los movimientos socialistas en su forma moderna, parece un problema insuperable, teniendo en cuenta que ha sido además mantenida por los "teóricos" a menudo judíos y por arribistas de toda clase. De allí proviene, como puede apreciarse hoy, la actual situación, no de una ebullición de ideas en el seno de los socialismos de Occidente, sino más bien de su debilidad ideológica y de la impotencia en que se han encontrado para superar la falta de un programa conjunto. Ese mal provino del hecho de que ni unos ni otros habían conseguido aislar doctrinalmente las razones profundas y reales de sus divisiones continuas, ni los motivos y justificaciones de una unidad desde el punto de vista de los datos esenciales del programa.

     Periódicamente, en efecto, nacen dentro del socialismo occidental grandes movimientos tanto de tendencia únicamente sindicalista como puramente política y que han tenido la pretensión de despertar o renovar el socialismo europeo. Cada uno de ellos no ha obtenido como resultado práctico más que el escindir aún más el socialismo al no encontrar un alma y una razón de ser. La voluntad expresada por los "renovadores" de "regresar", unos a Marx, otros a Proudhon o a Jaurès, no ha sido más que la manifestación de su incapacidad para crear por sí mismos la gran corriente socialista que, reincorporándose sin embargo a las tradiciones más puras del socialismo occidental, se adaptase al nivel de nuestro desarrollo técnico y a las necesidades predominantes de las razas occidentales.

     Sólo la conmoción causada en el mundo por el advenimiento del Socialismo Alemán bajo su forma racista en 1933 llevó a un cierto número de teóricos a revisar varias de las consignas de base de sus programas y de sus doctrinas. Sin embargo, no tuvieron la suficiente originalidad para "digerir" la lección y repensarla.

    Del mismo modo que ellos habían seguido antes a Marx o a la URSS o a Jaurès, se engancharon al remolque del Nacionalsocialismo alemán, sin comprender que éste no hacía sino lo que correspondía a las necesidades de un cierto grupo racial y que no podía tal cual aplicarse al Occidente entero. El sentimiento oscuro de esta insuficiencia y de esta impotencia, carencia de ahí en adelante habitual, no podía sino llevar a la multiplicación de programas y de organizaciones. Diversos movimientos y corrientes paralelas competidores y a menudo enemigos, se repartieron una vez más al pueblo francés. El "hecho" de la ocupación, que incitó al ocupante a dividir o a agudizar las divisiones que podían serle útiles, no pudo evidentemente facilitar la tarea de clarificación ideológica necesaria. El resultado más claro de esa situación fue solamente que el socialismo semítico de la Segunda y Tercera Internacional tomó la ventaja en todos los dominios de la política occidental, a pesar de las tendencias espontáneas totalmente contrarias de grandes capas populares de Occidente. Es por eso que estas últimas todavía esperan la orientación y la doctrina que les falta.

     Se podría preguntar por qué los franceses, cuyas tendencias a la unidad han sido siempre tan profundas que ellos fueron el primer pueblo en encontrar el camino de la unidad nacional, han aceptado también fácilmente las escisiones dentro del movimiento socialista. Se trata sin duda de que para ellos ni el principio de la unidad ni el principio de la autoridad deben sobresalir por sobre el orden organizativo, y les parece posible, siguiendo una famosa consigna, "marchar separadamente para golpear juntos", lo que no concebiría naturalmente ni un alemán ni tampoco un inglés.

     Al pueblo francés le parece por lo tanto perfectamente lógico seguir aquello que cree que es la "verdad" en lugar de seguir con disciplina a una organización en la que no aprobaría todas las consignas y a la que sin embargo podría influír de manera más eficaz desde el interior. Su ansia de absoluto y de claridad le hace exigir posiciones tajantes y no provisionales medidas a medias que le permitirían, sin embargo, llegar a resultados tangibles mucho más rápidamente.

     La tarea esencial de los socialistas consecuentes es, por lo tanto, responder inmediatamente y de manera clara, responder totalmente a todos los problemas planteados y generar sobre todo las grandes consignas permanentes que, al resolver las cuestiones largamente pendientes, permitirán reunir masivamente a diferentes corrientes de un socialismo nacional francés, consciente de su rol europeo y ligado a los diferentes movimientos similares de Europa.

     Es inexacto e injusto decir que la división es el resultado de un individualismo excesivo de los franceses o el fruto de principios críticos imprudentemente introducidos en la doctrina socialista. Jamás, en efecto, los teóricos socialistas de las razas occidentales han pretendido que fue útil estar solos, más que aceptar una divergencia de opinión en el seno de la organización. Sólo los semitas han podido organizar y erigir como principio esta fórmula que los alimentó, y basándose en el deseo de absoluto de los occidentales han así literalmente defraudado a una de las tendencias más puras.

     Es verdadero sostener que, cuando observamos la historia de las múltiples escisiones del movimiento socialista bajo su forma no semita, constatamos que su frecuencia se ha debido sobre todo a la coexistencia, dentro del movimiento, de principios que le pertenecen en propiedad y otros que ha recibido del marxismo y de sus diferentes disidencias semíticas.

     El Socialismo Nacional, sea sindicalista o político, sea racista o no, inmediatamente ha aplicado ese principio esencial de que la realidad sustancial del socialismo no es de esencia organizativa sino doctrinal, y que se caracteriza no por ser un ejemplo del aumento del nivel de los salarios o del número de delegados de empresas sino por ser una concepción nueva del papel del hombre en el mundo y en la sociedad. Ese nuevo rol para la creación de un hombre más sano, más completo y más responsable, debe implicar según su concepción una renovación social. Pero el socialismo ha tardado mucho tiempo en comprender, si de algún modo lo ha comprendido, que esta concepción doctrinal puede sufrir ciertas interpretaciones de detalle o de forma, a condición de que la línea fundamental y las grandes normas sean mantenidas y respetadas. Después de todo, no ha comprendido que la calidad de adherente no puede estar vinculada solamente al cumplimiento puro y simple de gestos exteriores de propaganda política, sino a una adhesión personal profunda, a una reforma individual que establece a cada uno de ellos como modelo y ejemplo.

     Muchas escisiones han sido provocadas por el autoritarismo doctrinal, no con respecto a las cuestiones esenciales sino a las de aplicación de detalles, sin ver que sólo cuenta la unidad de combate que tengan los militantes con respecto a los grandes problemas, que tengan una misma orientación y que acepten en su vida personal las consecuencias de esa orientación general.

     Se trata, por lo tanto, para nosotros, no de materializar una unidad formal sobre una consigna de aplicación inmediata sino la unidad profunda en cuanto a las formas generales de la orientación doctrinal y personal; las diversas modalidades de aplicación pueden concurrir hacia el mismo fin si una disciplina de organización lo suficientemente flexible permite las realizaciones prácticas inmediatas.

     Hay que señalar que después de 1945 una tendencia muy precisa al reagrupamiento se manifiesta en los movimientos que la guerra y sus consecuencias han destinado a la desaparición. Es así cómo los mejores y más desinteresados hombres de los movimientos nacionales y socialistas han buscado dentro de una evidente buena fe acercarse y colaborar. De esta manera asistimos a un movimiento exactamente inverso a aquel que ha dispersado a los socialistas de finales del siglo XIX y principios del XX. No cabe ninguna duda de que falta aún la doctrina definitiva que le dará la necesaria cohesión, en Francia al menos, pero el hecho de la reunión de diferentes tendencias debe permitir una elaboración doctrinal más activa. Así se cumplirá la tarea que los organismos dispersos no han podido llevar a buen fin, ya que aparentemente los elementos esenciales de la doctrina están ya reunidos.

     Se puede encontrar una razón en esta tendencia a la reunificación en el hecho de que las clases han visto esfumarse los antagonismos que los movimientos del socialismo semítico habían mantenido sistemáticamente. Los "capitalistas" nacionales parecen, en muchos ámbitos, tener una conciencia un poco mejor de sus deberes sociales, y los militantes socialistas aprecian más justamente el papel de organización y de dirección del "capitalista" cuando este último queda ligado a su empresa y trabaja realmente.

     Así se llega a una concepción más armónica del rol de cada uno, y en el conjunto doctrinal la idea de la unidad nacional y racial, fuera de consideraciones y antagonismos de clase, ha hecho progresos evidentes. Al mismo tiempo, esta idea crea un sentimiento más claro de solidaridad entre miembros de una misma comunidad popular, y desarrolla la voluntad de realizaciones sociales y de comprensión reciproca. Esto es lo que explica la atenuación de las divergencias de clase y la posibilidad inmediata de un socialismo que sea en sí y al mismo tiempo nacional.

     Que esta situación eminentemente favorable no sea aprovechada, y será evidente que los antagonismos tendrán la tendencia a renacer. Si el partido socialista de la unidad nacional y racial no puede ponerse a realizar un programa de educación y de construcción socialista y racista, la lucha de clases, a pesar de su tendencia a desaparecer por el hecho del progreso técnico, será prolongada y endurecida por un tiempo del que no se puede predecir su duración.

    Pero la tarea esencial es la constitución inmediata de un cuerpo doctrinal suficientemente preciso y completo para que la educación individual de todos los adherentes impida en lo sucesivo nuevas escisiones o las haga ineficaces. Se trata en general de reunir los elementos dispersos y de realizar la síntesis.

     Al estudiar toda la historia del socialismo, en efecto, se concluye que es solamente en los momentos de torpeza intelectual individual, en los instantes en que el estudio y la adhesión personal hicieron lugar al partidismo hacia una organización o hacia una persona, cuando las escisiones se produjeron más fácilmente. En efecto, el papel de jefe cambió tanto que exigió entonces una obediencia pasiva pura y simple donde el menor error personal de parte de los que obedecen se consideró ilusorio o problemático, a falta de una adhesión más profunda basada en el estudio y la educación política, lo que implica un involucramiento sincero.

     No es por lo tanto verdad que el principio de la escisión sea inherente al pueblo francés, o a la doctrina socialista, sino sobre todo al hecho de que cada teórico se ha limitado a tener una visión fragmentaria del socialismo, en lugar de crear la doctrina de conjunto la cual sólo ella puede permitir una unidad de fondo diversamente expresada en la forma.

     No es la doctrina sino la insuficiencia de doctrina, ni es tampoco la discusión sino la discusión superficial, lo que ha implicado las escisiones. Vayamos por lo tanto al fondo del problema y extraigamos algunas verdades fundamentales de la doctrina y de sus necesidades permanentes, y en lo sucesivo toda escisión grave será evitada. El adherente mismo estará mejor armado para juzgar la sinceridad del jefe que le ofrecerá una "tendencia" nueva mediante la escisión. Él estará en mejor condición de rechazar una división tal y preferirá romper con el jefe en cuestión que con la unidad indispensable del movimiento y del pueblo.

     Es, en consecuencia, en la medida en que sepa responder a todas las cuestiones, resolver todos los problemas y ser verdaderamente unitario, que el socialismo concretará las condiciones de la fidelidad individual, única condición de la unidad. Es en la medida en que sepa afirmar sus propios principios y sus métodos particulares que el socialismo nacional y unitario será verdaderamente nacional y unitario.

     Es necesario que sea él mismo capaz de colocar a todo nuevo adherente frente a su responsabilidad personal y su propio deber, en vista de la necesidad impuesta sobre él de darse por entero a la causa de su pueblo y de su raza. Es esta única actitud la que hará que cada uno se evalúe a sí mismo y que lo llevará a tomar conciencia de los lazos que lo ligan a su raza y a su pueblo, y por consecuencia a la concepción social que es propia de su raza y de su pueblo. Esa actitud permitirá combinar la absoluta libertad de cada uno con la profunda adhesión personal. En la medida en que se establezca una comunidad espiritual entre el adherente y su raza, así como entre el adherente y su partido, expresión de la raza y del pueblo, la unidad será salvaguardada y asegurada.

     La unidad no debe ser buscada en una atenuación de tal o cual posición o para evitar tal o cual susceptibilidad sino en el examen total y profundo de todos los problemas, en una acentuación y profundización del estudio en su aplicación franca y sistemática.

     A la luz de los acontecimientos de 1939-1940, el socialismo pareció haber comprendido que la cuestión de la unidad del movimiento en Francia está ligada íntimamente a la unidad de los movimientos de Europa. En la medida en que el Socialismo Nacional francés resuelva sus propios problemas, contribuirá a aclarar los problemas de la unidad en Europa y en el mundo mediante el Imperio.

     Los pueblos coloniales soportan, en efecto, con cada vez mayor impaciencia el peso de una dominación cuyo sentido se les escapa, puesto que los pueblos Blancos no parecen capaces de organizar entre ellos ni la paz ni tampoco la guerra, ni tampoco llegar a un entendimiento entre culturas que a ellos les parecen idénticas en su esencia. Pareciera merecidamente que los pueblos Blancos no saben dirigirse ni entenderse y que son por lo tanto bastante osados para querer presentarse como modelos y a comportarse como amos. Ellos se muestran más animados cuando esos pueblos les dan derechos exorbitantes y los instan a que se conviertan en los verdaderos árbitros de sus querellas internas y externas.

     Es tiempo de reconquistar para el socialismo, y dentro de la toma de conciencia de las necesidades raciales y nacionales, una unidad y autoridad que son las condiciones de nuestra supervivencia y del mantenimiento de nuestra dirección material y moral.

     Es evidente que al momento del trabajo de unificación de las fuerzas socialistas y nacionales nosotros chocaremos con las fuerzas internacionales semitas existentes que no aceptarán muy fácilmente ver sustituída su noción de partido internacional (declarado así explícitamente en la Tercera Internacional y virtualmente en la Segunda) por la noción de partidos estrictamente nacionales, uniéndose por la vía de la representación mutua y de negociaciones por afinidades raciales, en una verdadera federación de partidos y Estados socialistas y nacionales Será difícil igualmente hacer aceptar a dichas organizaciones como tales, las que no son más que organizaciones con directivas semitas, los principios de nación, raza, selección y jerarquía.

     Tendremos por lo tanto que luchar simultáneamente por la unidad entre las organizaciones que aceptan ya las grandes líneas de nuestra concepción y, por otro lado, por la unidad con las individualidades de las grandes Internacionales que acepten esos mismos principios.

     Es posible por lo tanto que grupos enteros de las Internacionales vengan a nosotros, pero no podemos naturalmente creer que esas secciones de la Internacional puedan ser admitidas, sin usar la fuerza, por una decisión de organización hasta el plano teórico donde nosotros nos ubicamos. Ellos no podrían aceptar una unidad orgánica que sería la confesión abierta de su derrota programática que ya es suya. La adhesión no será entonces en la mayor parte de los casos sino individual.

     Por otra parte, el hecho de que pidamos a cada uno estudiar y que nosotros demos los medios, nos da la seguridad de que las viejas teorías deben, en un plazo más o menos breve, hundirse y desaparecer. Al imperativo de la "línea general" impuesta por los siete integrantes del bureau político ruso nosotros oponemos la adhesión profunda de cada uno, no tanto a un partido sino a una concepción de la vida y del mundo.

     La organización debe ser un Partido fundado completamente en el contacto personal con el alma de la Raza.

     A cada uno decimos, siguiendo una frase célebre, "Llega a ser lo que eres", y le pedimos que vean si su virtud y su elección llevan el mismo nombre y tienen el mismo sentido profundo que la virtud y la elección de su vecino y de su pueblo, aunque no sean la misma elección ni la misma virtud sino algo diferente que les pertenece en propiedad y que no son iguales a las de los otros. A cada uno de los miembros del Partido deberemos enseñar estas palabras que la democracia ha proscrito de su vocabulario: "Yo soy" y "Yo quiero".

     A cada uno además, cuando haya conquistado esa posición moral, nueva para él, de "yo soy", esa conciencia de su valía en tanto que miembro de la raza, le diremos que todavía ese valor no es suficiente porque es sólo la manifestación exterior de la herencia recibida. Más allá de él mismo, más allá del "yo soy", cada uno debe conquistar para la raza un valor nuevo y, superándose a sí mismo, debe crear para su generación, y después de él para los milenios venideros, un valor nuevo y una nueva emoción.

     ¿Qué valdría aquel que fuera el más destacado en el seno de una Humanidad degradada, disminuída y degenerada? Ése no sería más que el más grande de los degenerados y de los enanos.

     El hombre que nosotros deseamos formar debe ser no aquel que va delante de una Humanidad tal cual es en este instante sino aquel que, más allá, sea el pionero de un hombre nuevo y de una sociedad nueva.

     Aquel que tiene el aliento corto y los músculos relajados, aquel que teme el peligro y el esfuerzo, aquel que sobre todo teme estar a menudo solo en medio los abucheos de la multitud, que aquél se aparte de nuestra ruta y deje la vía libre al libre desarrollo de nuestra raza.

     Aquel que se crea también predestinado por los derechos y privilegios, apártese de nuestra ruta. Nosotros no ofrecemos a aquellos que vienen más que esfuerzo y trabajos, la certeza de los golpes y la fe en la victoria final. Aquellos que encuentran insustancial este alimento, que se hagan a un lado también. Ellos no son de los nuestros. Con nosotros no hay más que deberes, no hay salarios ni recompensas materiales. Esos deberes cada uno los ha escogido libremente para ser la simple tarea de cada día.

     Aquel que, por otra parte, está presto a perderlo y arriesgarlo todo, aquel que desea servir y aún servirse y superarse a sí mismo, que venga a nuestras filas porque él está destinado a vivir en nuestra atmósfera, y cualquiera otra le sería sofocante.–



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