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jueves, 9 de febrero de 2017

Jean-Michel Angebert - Catarismo y Hitlerismo



     De los dos autores franceses que firman como Jean-Michel Angebert, de su libro "Hitler y la Tradición Cátara" (1971), hemos recogido aquí su capítulo noveno, Catarismo y Hitlerismo, en el cual se alude a diversos aspectos de la vida de Hitler y se lo relaciona con un trasfondo metafísico que deriva del catarismo, según los autores, conocidos anti-nacionalsocialistas. Agregamos este capítulo a otros de los mismos autores porque a pesar de todo siempre presentan informaciones curiosas e interesantes.


CATARISMO Y HITLERISMO
por Jean-Michel Angebert, 1971




1. LA PERSONALIDAD de HITLER

     La personalidad de Hitler fue siempre un enigma, incluso a los ojos de sus más próximos colaboradores; con mayor motivo, los historiadores que quieren bosquejar un retrato fidedigno del jefe del Tercer Reich se enfrentan a una situación embarazosa.

     Se ha descrito a Hitler alternativamente como un loco, un genio, un criminal, un poseso, o incluso un pequeño burgués, lo que es, confesémoslo, cuando menos paradójico.

     Como toda personalidad excepcional, Hitler tenía un alma compleja, inasequible, que escapaba a cualquier juicio tajante. Las nociones de bien y mal no tienen ya ningún sentido cuando se aplican a semejante personaje, cuya extraña singularidad atrae siempre a las multitudes ávidas de misterio. Lo que es cierto es el aspecto profético, místico y visionario de este moderno brujo, que puede, asimismo, presentar al mundo la faz de un cínico, de un ser duro e insensible.

     Sabidos son los dones prodigiosos del orador que predicaba el nuevo evangelio de los arios, resucitando con una intuición inquietante la elocuencia medieval de los profetas místicos y de los iluminados. ¿Acaso no ha tratado él mismo, en Mein Kampf, del poder mágico del verbo?.

     Cuando se dirigía a las multitudes, Hitler entraba verdaderamente en trance, estableciendo una comunicación mediúmnica con su auditorio, proyectando su fluído hacia la masa, de la cual, en reciprocidad, recogía su impulso, como un acumulador recoge la corriente eléctrica. Era realmente el Trommel, el tambor de Alemania, como le gustaba titularse a sí mismo.

    «Este hombre —escribe Otto Strasser (Hitler y Yo)—, que, como una membrana sensible, registra las vibraciones del corazón humano, ha sabido, con una intuición que ningún don consciente podría remplazar, convertirse en el portavoz de los deseos más secretos, de los instintos a menudo menos confesables, de los sufrimientos y de las íntimas rebeliones de su pueblo».

     Si Hitler pudo desempeñar ese papel de magnetizador del pueblo alemán, sin duda lo debe a sus orígenes bávaros. Alemania meridional es un semillero de médiums: Stockhamer, los hermanos Schneider, ocultistas conocidos en el mundo entero, ¿no nacieron acaso, como Adolf Hitler, en la pequeña ciudad de Braunau del Inn?.

     En las conversaciones privadas que sostuvo con las celebridades de su tiempo, el Führer conservaba también ese mismo poder de fascinación. Una de sus secretarias (Christa Schroeder, Doce Años Junto a Hitler) ha relatado el hecho:

     «Cuando Hitler hablaba, bien fuera con un solo interlocutor o ante una multitud, ese don se manifestaba con la misma intensidad. Literalmente, fascinaba e imponía su voluntad. (...) Emanaba de él ese fluído magnético que nos acerca a las personas o, por el contrario, nos separa de ellas. (...) Ese extraordinario poder sugestivo explica el que hombres desesperados que acudían a verlo volvieran a partir llenos de confianza».

     En el proceso de Núremberg, el mariscal Von Blomberg confirmó, gracias a su testimonio, esas afirmaciones que podrían parecer exageradas:

     «Era casi imposible contradecir a Hitler, no sólo porque hablaba siempre con una extrema volubilidad y una gran violencia, sino también porque tenía, de hombre a hombre, una influencia tan grande que uno se sentía más o menos forzado a seguirlo y a participar de sus ideas. Era indiferente que se dirigiera a un solo hombre o a un millón. Os arrastraba y os convencía a pesar vuestro. Su magnetismo personal era formidable. Tenía un enorme poder de sugestión».

     Keitel afirmó: «Hitler era un motor formidable». ¿Cómo ejercía el Führer ese poder?. ¿Era acaso mediante la voz, ese torrente fragoroso que arrastra las piedras de los Alpes austríacos, o por esa mirada azul que a veces hacía estremecerse y otras encandilaba, y de la que el escritor Alphonse de Chateaubriant decía que estaba hecha «del azul profundo de las aguas de su lago de Konigsee, cuando el lago, en los alrededores de San Bartolomé, refleja las poderosas rupturas estriadas de las nubes de su Tirol?».


     Por su parte, el historiador Benoist-Méchin, que en 1941 tuvo una estrecha relación con el Führer, quedó impresionado por esa mirada extraña:

     «Sus ojos —dos ojos tan extraños que no me han permitido ver otra cosa que ellos— eran de un azul claro y transparente, estriados en gris. Se habría dicho que estaban vacíos y como privados de vida. Pero rápidamente uno se veía obligado a rectificar este juicio. Lo que daba esa sensación de vacío era su fijeza. Se podría decir que las pupilas de Hitler, en lugar de observar al mundo, estaban vueltas hacia dentro y contemplaban un espectáculo que se desarrollaba en el interior de sí mismo. A diferencia de la mayoría de las personas, cuya mirada se dirige a vosotros —o que incluso puede llegar a transparentaros—, la del Canciller parecía que os aspiraba y os arrastraba a su mundo interior. Se experimentaba como una especie de vértigo, al que uno no podía sustraerse más que por un esfuerzo de voluntad».

     Es cierto que el personaje de Hitler presenta un aspecto bastante desconcertante. Goebbels, ministro de Propaganda, que era uno de sus íntimos, confió un día a su ayudante de campo, el príncipe de Schaumburg-Lippe:

     «Trabajo con él desde hace años, lo veo casi cada día, y, no obstante, hay momentos en que se me escapa por completo. ¿Quién puede vanagloriarse de conocerlo tal como realmente es? En el mundo de la fatalidad absoluta, donde él se mueve, nada tiene ya sentido, ni el bien, ni el mal, ni el tiempo, ni el espacio, y lo que los hombres llaman el éxito no puede servir de criterio. Me tomará usted por un loco, pero escuche lo que voy a decirle: Es probable que Hitler desemboque en una catástrofe. Pero sus ideas, transformadas, obtendrán de ella una nueva fuerza. Hitler tiene enemigos en el mundo que barruntan cuál puede ser su verdadera personalidad. Pero dudo que, aparte de mí, tenga un solo amigo que lo sepa. Y, a pesar de esto, lo que hay en última instancia lo ignoro. ¿Es realmente un hombre? No podría jurarlo. Hay momentos en que me produce escalofríos».

     La afirmación de Hitler: «Sigo, con la seguridad de un sonámbulo, el camino que me indica la Providencia», apoya la hipótesis de los poderes supra-normales. Pero, ¿de dónde habría obtenido Hitler tales poderes: del grupo Thule que lo había iniciado en el esoterismo oriental; del misterioso monje de los guantes verdes enviado por los sabios del Tibet; o bien de una revelación más antigua? No olvidemos la infancia de Hitler, bañada de romanticismo y de maravilla, así como tampoco la famosa abadía de Lambach, donde fue educado a partir de la edad de diez años. Ya en esa época el destino le reveló el emblema que había de hacer su fortuna y su desgracia: la cruz gamada.


     El anciano prior de la abadía de Lambach del Traun (Alta Austria) guardaba todavía en 1930 el recuerdo del joven Adolf Hitler:

     «Hitler no podía pasar inadvertido. El hijo del aduanero jubilado era, a los ojos de los habitantes, un mal muchacho que no prometía nada bueno. Ciertamente, era susceptible, indisciplinado, y gustaba de faltar a clases y correr por el bosque. Leía con frecuencia las novelas populares del Far West del escritor Karl May. Pero Hitler era muy dotado. Conservamos de él el recuerdo de un niño singularmente voluntarioso y atormentado, que sentía con arrebato el encanto de los oficios divinos, que se dejaba ganar por la poesía de nuestros claustros tranquilos, de los patios sonoros, de las tumbas. Había llamado nuestra atención (y, no obstante, no tenía por aquel entonces más que diez años) por sus maneras de jefe y la autoridad de su porte. Era él quien conducía a sus camaradas a través del claustro, quien les indicaba sus puestos en los bancos de la clase. Era él quien llevaba la voz cantante».

     De la abadía de Lambach, Hitler conservará una precoz experiencia mística que se desarrollará más tarde en tendencias neo-gnósticas catarizantes y, sobre todo, el signo de la cruz gamada grabada treinta años antes en todo el monasterio por el padre abad Theodorich Hagen. Eclesiástico muy erudito, el padre Hagen estaba más o menos versado en astrología. Era igualmente un especialista del Apocalipsis de Juan, libro que sabemos constituía la base de la religión cátara, y de Joachim de Flore, el célebre autor visionario, profeta del Tercer Imperio y del Espíritu Santo, acusado por los teólogos de simpatía hacia la herejía albigense.

     En 1856 el padre Hagen efectuó un largo viaje al Próximo Oriente, residiendo, entre otros lugares, en Jerusalén, y luego en la isla de Patmos, donde Juan había tenido sus visiones celestes. También visitó Persia, Arabia, Turquía y el Cáucaso, estudiando allí, sin duda, el sufismo islámico, a la búsqueda de la unidad transcendente de las religiones.

     Al regresar a Lambach en 1868 ese curioso benedictino se puso en seguida a contratar obreros y ebanistas, a los que ordenó esculpir en todos los rincones de la abadía, sobre la piedra, la madera e incluso sobre los objetos del culto, un signo desconocido para todos: la svástica, o cruz gamada. Este ejemplo es único en los anales de la Iglesia. Pero, ¿acaso el padre Hagen era todavía católico cuando hizo trazar el signo venerado en Occidente por los neo-gnósticos cataros y templarios?.

     Subrayemos otro hecho que acrecienta la importancia de estas revelaciones:

     Mientras el joven Adolf Hitler aún era alumno en la célebre abadía, un monje cisterciense, que respondía al nombre de Adolf Joseph Lanz, y cuyo físico era el tipo mismo del ario rubio de ojos azules, se detuvo para una estancia en Lambach.

     Ese hombre, atraído por la austeridad de la vida monástica, permaneció durante varias semanas encerrado en la biblioteca del monasterio, donde realizaba misteriosas investigaciones. ¿Descubrió allí lo que buscaba? Lo cierto es que, abandonando su hábito, el monje cisterciense partió para Viena, donde al año siguiente (1900) fundó la Orden del Nuevo Temple, inspirada, como su nombre indica, en los célebres monjes-soldados, y de la cual se proclama el nuevo Gran Maestre. El mismo Adolf Lanz habría sido iniciado, según sus palabras, por un sucesor de Jacques de Molay. Según Wilfried Daim, Hitler leía asiduamente Ostara, el periódico publicado desde 1905 por Georg Lanz von Liebenfels, alias Adolf Joseph Lanz, que, hecho significativo, utilizaba la cruz gamada como signo de reconocimiento.

     Para Lanz, las razas inferiores de cabellos oscuros eran los monos de Sodoma representados por la Biblia, los demonios, por oposición a los arios de ojos azules, obra maestra de los dioses, dotados de «emisores de fuerza» y de «órganos eléctricos» que les aseguraban una absoluta supremacía sobre todas las otras criaturas. Lanz pretendía despertar a los dioses que dormitaban en el hombre, a fin de dotar nuevamente a éste con la fuerza divina que le restituiría el poder original. Lanz pretendía de este modo haber formado a varios grandes hombres políticos, entre ellos a Adolf Hitler... y Lord Kitchener.

     Adolf Hitler, reconocido desde la más tierna infancia, pudo muy bien beneficiarse, como los dalai lamas del Tibet, de una iniciación semejante completada por ulteriores adquisiciones, lo cual explicaría su odio a la Iglesia romana, cuya «intolerancia» fustigaba, y sus invocaciones constantes a una religión que él llamaba «personal», pero que no era, en realidad, más que un tardío resurgimiento del catarismo templario. Joseph Greiner, que conoció a Hitler en Viena y en Múnich, nos señala, entre sus lecturas preferidas, La Mitología Germánica. Según el mismo testimonio, Hitler

     «guardaba en su memoria, mucho mejor que la mayoría de los profesores, la sustancia de los 25.000 versos de Parsifal. Martín Lutero y toda la historia de la Reforma le placían mucho, y manifestaba un vivo interés por el dominico Savonarola. Estaba muy instruído acerca de las actividades de Zuinglio en Zúrich y de Calvino en Ginebra, y había leído las enseñanzas de Confucio, así como las de Buda y su época. Leyó un enorme número de obras sobre Moisés, Jesús, y los orígenes del cristianismo, y en este sentido estudió las obras de Renán y de Rosaltis. Entre los clásicos, leyó a Shakespeare, Goethe, Schiller, Herder, Wieland, Ruckert y Dante, y, entre los modernos, a Scheffel, Stifter, Hammerling, Hebbel, Rosegger, Hauptmann, Sudermann, Ibsen y Zola».

     Al enumerar los autores preferidos de Hitler, nos damos cuenta de que su elección estaba orientada por consideraciones muy particulares. El estudio de la sabiduría oriental y tibetana, del nacimiento del cristianismo que vio florecer a los autores gnósticos, y luego de la Reforma anti-católica, se completa con la lectura de autores cuya obra está fuertemente teñida de esoterismo: Dante, Goethe, y, mucho más cerca de nosotros, Hauptmann.

     Esas tendencias a cultivar lo extraño se irán afirmando con una fuerza progresivamente mayor, y la vida privada de Adolf Hitler nos muestra a un hombre víctima del vértigo de una mística religiosa, que con frecuencia será interpretada en un sentido contrario.

     Nadie ignora que Hitler era vegetariano. Pero, ¿se ha preguntado alguien acerca de las verdaderas razones de semejante ascesis, que llegaba hasta proscribir por completo toda bebida que contuviera alcohol? Nadie se ha percatado del hecho de que el vegetarianismo hitleriano concordaba admirablemente con la doctrina cátara, al igual que el rechazo de los placeres sensuales se corresponde con la ética de los «perfectos» [cátaros].

     Ante algunos íntimos, el Führer gustaba de explicarse sobre los motivos de su régimen alimenticio, sin aclarar, no obstante, las razones profundas de semejante disciplina. Le agradaba confiar a Otto Dietrich que se abstenía de carne y de cigarrillos no sólo por razones higiénicas sino por «convicción razonada» y para lograr «una purificación generalizada» de todo su ser. En sus conversaciones de sobremesa, Hitler con el fin de provocar en sus invitados una repugnancia hacia los manjares carnosos, no duda en describir, con los detalles más horribles, el trabajo de los matarifes en los mataderos. Esas muertes de animales le repugnan profundamente. Adora los animales y no encuentra palabras bastante duras para condenar a los cazadores, a los que detesta. En verdad, Hitler creía en la reencarnación de las almas en los cuerpos de los animales, como los budistas y los cátaros, los cuales creían en la metempsicosis. Es esto lo que explica el amor del Canciller por toda la creación viviente y, en primer lugar, por los perros, que son los compañeros más próximos del hombre. «Soy un amigo de los animales —confesaba Hitler— y estimo particularmente a los perros».

     Con auténtica ternura, describe a su perro Fuchsl, al que adoptó durante la Primera Guerra Mundial:

     «Fue en Enero de 1915 cuando di con Fuchsl; estaba persiguiendo un ratón que había saltado dentro de nuestra trinchera. Se debatió, intentando morderme, pero yo no aflojé la presa. Por fin, lo atraje hacia mí. Intentaba constantemente escaparse. Con una paciencia ejemplar (el animal no comprendía una palabra de alemán), lo habitué poco a poco a mi persona. Al principio, no le daba más que bizcochos y chocolate: había adquirido esas costumbres de los ingleses, que estaban mejor alimentados que nosotros. Luego, me dediqué a educarlo. No me dejaba ni a Sol ni a sombra... (...)

     «No sólo simpatizaba con ese animal sino que me interesaba también estudiar sus reacciones. Por último, terminé por enseñárselo todo: saltar obstáculos, subir por una escalera, volver a bajarla... Lo esencial es que un perro duerma siempre al lado de su dueño. Cuando tenía que salir de la trinchera, lo dejaba atado en ella. Mis camaradas me decían que durante mi ausencia no se interesaba por nadie. Y ya de lejos me reconocía, ¡Qué derroche de entusiasmo en mi honor!».


     Más adelante, Hitler tendrá varios perros, entre ellos Rudi, un perro policía que lo seguía por todas partes, tanto en Prusia Oriental como en el búnker de la Cancillería.

     Otro rasgo del personaje era su afecto por los niños. Las fotografías que muestran al Führer abrazando a niños y niñas pequeños que se acercaban a él para llevarle regalos o flores no son sólo producto de la propaganda. En su vida privada, Hitler actuaba del mismo modo. Así, los cinco hijitos de Goebbels iban con frecuencia a la Cancillería o a Berghof para visitar a aquel a quien familiarmente llamaban «tío Adolf» y al que adoraban. Por su parte, Hitler, que para los demás tenía un carácter irascible, mostraba con ellos una paciencia angélica distribuyéndoles golosinas o contándoles divertidas historietas. Al no tener él mismo descendencia, el Canciller se titulaba «el padre de todos los niños alemanes».


     También la vida sexual del Führer es un misterio, incluso a los ojos de los historiadores. A pesar de lo que se ha podido afirmar, nosotros creemos que Hitler practicaba la castidad, y no debido a algún tipo de impotencia sino por convicción razonada, con un espíritu de disciplina y purificación que recuerda al de los gnósticos y los cátaros. En la óptica hitleriana, el abandono de la continencia sexual debía entrañar la pérdida de esos poderes supranormales conferidos a título excepcional a un hombre político. Por este motivo, Hitler mantuvo siempre con las mujeres relaciones únicamente platónicas. Eso no le impedía gustar de la compañía de mujeres jóvenes, con las que mostraba una cortesía vienesa. Sus maneras galantes estaban impregnadas de un acento de la vieja Austria que sabía seducir. En cierto sentido imitaba a los trovadores, a esos Minnesinger cantados por Wagner que loaban el amor cortesano. Albert Zoller escribe un testimonio de Christa Schroeder:

     «A Hitler le gustaban las mujeres que se adornaban con flores naturales. Llegaba hasta el punto de coger las que decoraban la mesa y lanzarlas, con una mirada incitante, a sus invitadas. Cuando las mujeres a las que así había manifestado su interés las habían prendido en sus cabellos o en su blusa, Hitler les dirigía siempre un cumplido encantador. Cuando una mujer llegaba a la mesa adornada con unas flores cuyo color no le gustaba, al instante escogía otras de un jarrón y se las tendía con la sugerencia de que se combinaban mejor con la blancura de su piel o con el color de su vestido» (Albert Zoller, Hitler en Privado, París, 1949, p. 88).

     Pocas mujeres se encuentran en la vida de Hitler, aunque en sus tiempos de esplendor se le hayan atribuído numerosas aventuras. Tres figuras femeninas se destacan en su vida sentimental, tres nombres que él rodeó de un amor idealizado y como desencarnado: Estefanía, Geli Raubal y, finalmente, Eva Braun.

     Hitler tenía dieciséis años cuando se enamoró por primera vez. La muchacha se llamaba Estefanía. «Todas las noches —dice Léon Degrelle—, él se instalaba en el puente de Linz para verla pasar». Durante los seis meses que duró el flirteo, no se atrevió a decirle una palabra. A esa edad Hitler era muy tímido, y el adolescente se consumió durante diez años, lo que puede parecer increíble, en el amor de esa aparición lejana, imitando a los poetas de finales de la Edad Media Dante y Petrarca, a los que admiraba. «En toda la juventud de Hitler —afirma Degrelle— no hay más que un solo amor, tanto si eso gusta como no» (Léon Degrelle, Hitler para Mil Años, París, 1969).

     En el curso de su agitada vida de tribuno político, Hitler conoció varios idilios, pero todos terminaron trágicamente. Un primer amor culminó con el suicidio de una muchacha en una habitación de hotel. Los amores del pintor austríaco están marcados por un signo trágico revelador de una pasión imposible. Angela (Geli) Raubal, su propia sobrina, a la que amó hasta el punto de perder la cabeza por ella, se suicidó de un disparo de revólver.

Angela "Geli" Raubal

     La última unión del Führer fue la joven y rubia Eva Braun, que le fue presentada por su fotógrafo, Hoffmann, y con la que se casó «in extremis» el 29 de Abril de 1945. Ya en 1932 Eva había intentado poner fin a sus días por medio de un pequeño revólver que siempre llevaba en su bolso. Hitler no comprendía a las mujeres que se enamoraban apasionadamente de él. Vivía en un mundo inaccesible en el que la embriaguez de los sentidos no tenía ninguna significación, y el amor era, antes que nada, amistad.

     Hay que citar también el nombre de una bella joven inglesa, Unity Mitford. «Parecía —relata un testigo de la época— una diosa griega, esbelta, rubia, el tipo germánico perfecto». La muchacha creía conseguir, mediante su amor, reconciliar a Hitler con Inglaterra. Unity seguía al Führer en todos sus desplazamientos, y éste, a veces, la invitaba. La belleza de sus rasgos despertaba la admiración de Hitler, pero el idilio no fue nunca más allá. Tras la declaración de guerra del 3 de Septiembre de 1939, Unity, desesperada, se disparó un tiro en la sien bajo las ventanas de la Cancillería. Gravemente herida, fue confiada a las manos de los más expertos cirujanos del Reich. Cada día Hitler le mandaba rosas. Se organizó un tren especial para conducirla hasta Suiza. Desde allí, pudo regresar a Inglaterra, donde murió de pesadumbre algún tiempo después de la desaparición de su ídolo.

     La vida sentimental de Adolf Hitler era alucinante. Terminó en las llamas de una hoguera cátara el 30 de Abril de 1945.

     Semejantes fenómenos sólo son comprensibles a la luz de una visión muy particular de la vida y de las cosas. Hitler había hecho un voto de castidad, como los «puros» [cátaros], los revestidos albigenses. A sus ojos, la pureza del cuerpo, ese templo del alma, era tan indispensable como la pureza del espíritu, tercer grado en la jerarquía espiritual, para entrar en comunicación con las entidades superiores que le inspiraban los grandes temas de su misión, pues Hitler creía en una fuerza superior, asimilable a Dios, y lo afirmó constantemente en sus discursos, en los que invoca al Todopoderoso, e incluso en sus conversaciones privadas. Pero, ¿cuál era su concepto del Ser Supremo?. ¿Era, tal vez, el que le atribuye Alphonse de Châteaubriant en La Gerbe des Forces?:

     «Hitler, como Jeremías, bajó a la casa del alfarero; y es en esa casa del alfarero donde Dios le dio a escuchar la palabra... de modo que todo, hoy, en Alemania, todo este extraordinario renacimiento alemán, surge de la mansión del alfarero».

     Por nuestra parte, añadamos que la alusión al alfarero de la Biblia puede tener un sentido suplementario; sabido es que los cátaros ejercían gustosamente la profesión de artesano y singularmente la de alfarero, oficio muy honorable entre ellos, después del de tejedor.

     Otras alusiones al catarismo pueden descubrirse. Hitler recibió con grandes honores al escritor Gerhart Hauptmann, ilustre autor de Los Tejedores de Silesia, obra teatral cuya acción se sitúa en el siglo XIX pero que contiene un considerable número de símbolos relativos a los tejedores en la Edad Media, es decir, a los cátaros. Un reporte afirma:

     «Gerhart Hauptmann fue introducido en la sala. El Führer le estrechó la mano y lo miró a los ojos. Era la famosa mirada de la que todo el mundo habla. Hitler sacudió otra vez la mano de Hauptmann. En ese momento, pensaban las personas presentes, saldrán las palabras inmortales que entrarán en la Historia. Ahora, pensaba también Hauptmann. Y el Führer del Reich por tercera vez sacudió la mano del gran poeta, y luego pasó a los visitantes siguientes. Lo que no impidió a Gerhart Hauptmann decir a sus amigos, algo más tarde, que esa entrevista había sido la cumbre y la recompensa de toda su vida».

     Hitler había estrechado por tres veces las manos de Hauptmann. Ahora bien, la cifra tres es un signo de reconocimiento entre los iniciados de algunas Órdenes, principalmente los cátaros. Mediante ese gesto Hitler reconocía al iniciado y le transmitía su fluído, lo que aclara con una nueva luz la interpretación, por otra parte absurda, del propio Hauptmann a propósito de ese encuentro.

     Al estudiar el pensamiento del propio Führer, quien algo dejó traslucir de él en el curso de las largas veladas de la guerra, el lector podrá darse cuenta de que la relación que hemos establecido no es en ningún caso atrevida.


2. LAS CONCORDANCIAS

     Todo el viejo fondo gnóstico, dualista y cátaro se disimulaba en el nacionalsocialismo, como en toda sociedad de naturaleza ambigua, abierta hacia el exterior y hacia el interior. A los ojos del observador superficial, el hitlerismo debió de pasar por una manifestación exacerbada del sempiterno pangermanismo, y nada más. El resto... era cuenta de los iniciados de la secta. Sin embargo, algunos entrevieron la verdad; por ejemplo, el célebre astrólogo Constant Kerneïz, especialista del budismo tibetano, que, haciendo el horóscopo de Hitler, señaló en su tema natal la posición de la Luna a 6º 37' de Capricornio, posición que corresponde en el zodíaco hindú al asterismo Sravana. Éste tiene una significación muy especial: su influencia determina los jefes de escuelas filosóficas y políticas, los fundadores de sectas religiosas. Hitler despreciaba abiertamente la astrología que desvelaba el fondo de su secreta cosmogonía.

     Es, sin duda, su deseo de acercarse a los astros lo que impulsó al Canciller a construír, en la cima del monte Kehlstein, en los Alpes bávaros, su famoso Nido del Águila, donde se retiraba para meditar sus proyectos y donde recibía a los huéspedes notables con el fin de impresionarlos. En ese lugar romántico, señala un informe,

     «acude a la memoria la figura del rey Luis II de Baviera, ese rey de leyenda con sus palacios wagnerianos, su soledad y su locura. Disimulado en una garganta rocosa, oculto a todos los ojos, un ascensor escala varios centenares de metros y desemboca en una casa de cristal, invisible en medio de las rocas, frente a la montaña de Watzmann. Allí, cerniéndose por encima del mundo, inaccesible, lanza sus truenos el Führer alemán. Es su aguilera. Allí afronta la eternidad, lanzando un desafío a los siglos».

     Refugiándose en las cimas donde únicamente sobrevuela el águila real, Hitler pretendía seguir la huella de Zoroastro, el profeta de los arios, y suceder en la realeza espiritual a los albigenses que hicieron de Montségur un templo-fortaleza consagrado al culto solar. Berchtesgaden era un lugar sagrado, a semejanza del Venusberg y del Tabor pirenaico. Esos pensamientos mágicos debían de obsesionar al Führer de la Gran Alemania cuando, a través de los amplios ventanales de la Kehlsteinhaus [casa del Kehlstein, una cima en Berchtesgaden], contemplaba el espectáculo grandioso de las cumbres alpinas perfilando sus crestas nevadas sobre el horizonte.


      De vez en cuando, Hitler salía de su sueño interior para desarrollar ante sus comensales los temas de la Weltanschauung nacionalsocialista: la admiración por el mundo antiguo, impregnado de sabiduría y de conocimientos esotéricos, el desprecio hacia el cristianismo, tal como es enseñado, el odio hacia la Iglesia católica, con, a veces, revelaciones de una simpatía inconfesada por todos los herejes y buscadores de dioses.

     En la gran sala del Berghof, ante la alta chimenea de mármol donde quemaban troncos enteros de árboles, Hitler permanecía silencioso durante largos momentos, fascinado por el espectáculo de las llamas, interrogando a las brasas crepitantes. Súbitamente, salía de su reflexión, y, ante sus estupefactos invitados, se lanzaba a largos monólogos tratando de explicar a los profanos sus propios conceptos del mundo. A sus ojos, todo el mal había comenzado con la aparición del cristianismo, destructor del sacerdocio antiguo y de la ciencia iniciática. Así,

     «Cristo era un ario, y Pablo se había servido de su doctrina para movilizar el hampa y organizar de ese modo un pre-bolchevismo. Esa intrusión en el mundo señala el fin de un largo reinado, el del claro genio greco-latino».

     Por otra parte, Hitler no hacía ningún misterio de su admiración por Grecia:

     «Si consideramos por un momento a los griegos antiguos (que eran germanos), encontramos en ellos una belleza muy superior a la belleza hoy día propalada, y con esto me refiero tanto al terreno del pensamiento como al de las formas. Si uno se remonta más lejos en el pasado, se puede encontrar nuevamente en los egipcios a seres humanos con la calidad de los griegos. Desde el nacimiento de Cristo, sólo unas cuarenta generaciones se han sucedido en la Tierra, y nuestro saber se remonta tan sólo a unos pocos milenios antes de la Era cristiana».

     Estas últimas palabras proyectan un débil resplandor sobre las ideas que podían bullir en el cerebro del Führer. Los custodios de la ciencia sagrada nacida de la tradición atlante, a saber, los grandes sacerdotes de Egipto, eran considerados, tanto en el pensamiento de Hitler como en el de los gnósticos y los filósofos neoplatónicos de Alejandría, como maestros del conocimiento integral, aspiración secreta del nacionalsocialismo, que de ese modo pretendía apurar en su última manifestación abierta, el catarismo, los tesoros de cierta sabiduría perdida.

     «Los sacerdotes de la Antigüedad —habla Hitler— estaban más cerca de la Naturaleza y buscaban modestamente la significación de las cosas. Frente a esto, el cristianismo promulga sus inconsistentes dogmas y los impone por la fuerza. Semejante religión lleva en sí misma la intolerancia y la persecución. No hay nada más sangriento».

     Esa denuncia de los excesos cometidos por la Iglesia encuentra su lógica en la línea seguida por el amo del Tercer Reich. Los que habían encendido las hogueras de antaño debían ver recaer sobre sí mismos las persecuciones. Semejante concepción, invirtiendo los signos de la Historia, confunde a judíos y cristianos en una misma execración.

     Hitler podía dejar que se manifestara su admiración por el autor de La Divina Comedia, obra que consagra la unión del catarismo templario:

     «Merece la pena poner de manifiesto las semejanzas existentes entre la evolución de Alemania y la de Italia. Los creadores de la lengua, Dante y Lutero, se levantaron contra el deseo de ecumenismo del Papado».

     Anticristiano, lo era ciertamente el autor de Mein Kampf, en la medida en que la Iglesia y la cristiandad se habían confundido durante largo tiempo, dando la jerarquía eclesiástica su aspecto definitivo a la doctrina; no obstante, la persona de Cristo no era, en su opinión, objeto de desprecio; al contrario, el Canciller declaraba a sus íntimos que Jesús luchó contra el materialismo corruptor de su época; asi, pues, contra los judíos. Todo su odio se dirige, por tanto, a los hijos de Israel, y en primer lugar a Pablo, quien fundó las primeras comunidades cristianas de Europa, Pablo de Tarso, que al principio fue uno de los más encarnizados adversarios de los cristianos, se dio cuenta de pronto de la posibilidad de utilizar inteligentemente, y para otros fines, una idea que ejercía semejante poder de fascinación... «Fue entonces que el futuro Pablo desnaturalizó con un diabólico refinamiento la idea cristiana». Se encuentra de nuevo aquí el tema gnóstico de la doctrina alterada; incluso el odio contra Pablo es una de las constantes de la religión maniquea, antepasada lejana de los cátaros...

     «Esta idea, que contenía una declaración de guerra al Becerro de Oro, al egoísmo y al materialismo judíos, la convirtió en el grito de libertad de los esclavos de todo tipo contra la minoría, contra los señores, contra los dominadores» (Hitler, Conversaciones de Sobremesa, pp. 346-347).

     Por el contrario, Hitler, cuando no encontraba palabras lo bastante hirvientes para denunciar «la impostura del Antiguo Testamento», reservaba sus alabanzas para las filosofías tradicionales orientales, impregnadas de esoterismo, que dieron nacimiento a la gnosis y, más tarde, a la fe albigense.

     «En ocasiones, uno siente —confiaba Hitler a sus comensales— un violento sentimiento de cólera ante el pensamiento de que algunos alemanes hayan podido deslizarse hacia esas doctrinas teológicas desprovistas de toda profundidad, mientras existen otras, como la de Confucio, Buda y Mahoma, que ofrecen a la inquietud religiosa un alimento más preciado».

     Habiendo fracasado, después de las persecuciones, todas las tentativas para sustituír la tutela de la Iglesia por una verdadera libertad religiosa, el odio hacia el clero católico sigue siendo una constante de las afirmaciones hitlerianas. «La Iglesia se plegó a la necesidad de imponer brutalmente su código moral. Incluso no retrocedió ante la hoguera, entregando a las llamas, por millares, a hombres de gran valor». Después de lo que hemos leído, esta alusión al drama de los albigenses no puede sorprendernos.

     El tema, sin embargo, seguía siendo tabú, y Hitler no podía revelar los secretos de la secta. ¿Por qué, si no hubiera creído en esas ideas, habría conservado como un talismán, en su despacho de la Cancillería, la lanza que, según se dice, había atravesado el costado de Cristo?. Es sabido, que, juntamente con el Graal, ese emblema era uno de los dos signos del esoterismo cátaro. Lo que ha confundido a los biógrafos es el doble aspecto del personaje: uno, frío, casi positivista, razona como un librepensador; el otro, misterioso, filósofo, desarrolla una mística que contradice sus afirmaciones precedentes.

     «Es cierto que pertenezco por naturaleza a una especie completamente diferente. Me gustaría no ver sufrir a nadie, no hacer daño a nadie. Pero cuando vislumbro que la especie está en peligro, entonces la más fría razón sustituye al sentimiento».

     No se actúa de modo distinto cuando se quiere confundir las pistas. En esto se han equivocado numerosos historiadores, y no los menos importantes. Éste es el motivo por el que se impone un ensayo de síntesis metafísica del nacionalsocialismo. A la luz de esta comparación comprenderemos la profunda afinidad que ligaba al nacionalsocialismo hitleriano con cierta concepción del neo-maniqueísmo cátaro.


3. INTENTO de ACERCAMIENTO METAFÍSICO

     «El Cristo integral no ha aparecido sobre la Tierra. Su imagen humana y divina debe todavía completarse. Un día, la salvación del mundo y la Redención se cumplirán cuando Dios y el Hombre penetrarán vivientes en el Espíritu. Cuando incluso la imagen de Jesús, reflejo de nuestros sentidos, vacile y se borre en el flujo continuo de los tiempos, cuando incluso todo testimonio de Jesús desaparezca. Entonces Dios-Hombre será él centro, él corazón luminoso de todos los mundos» (Lenau, Los Albigenses).

     Este poema, de inspiración cátara, podría ser igualmente firmado por un gnóstico... o por un intelectual nacionalsocialista. Se encuentran de nuevo en él los dos temas, el de un Cristo fantasmal y una especie de panteísmo que hace del hombre el revelador divino dentro de una resurrección del mito racialista.

     En todo caso, lo que sorprende en las minorías del nacionalsocialismo es ese horror gnóstico por la materia, fuente de corrupción que parece contradecir el racialismo elevado a la altura de un principio. Alphonse de Châteaubriant, que era profundamente creyente, fue testigo de ese fenómeno. Intelectual brillante, el autor de La Gerbe des Forces se dejó hechizar por las catedrales de luz, los fastos de Núremberg, la Roma nacionalsocialista, y el romanticismo de una nueva Alemania que se le aparecía como la ciudadela de una espiritualidad renovada. Dejando hablar a los jóvenes jefes del partido y de la SS, escribe:

     «Nos negamos a pensar y a ser, dijeron, como si al haber tenido lugar la creación de Dios de una vez por todas, el Universo y el hombre dentro del Universo no tuvieran más que aceptar positivamente todas las fases de la culminación fatal de las cosas.

     «Nos negamos a cruzarnos de brazos bajo el determinismo de las pretendidas leyes de la materia. Lo que nosotros queremos es de tipo interior, es una construcción interior... ¡Pero la queremos!. ¡No permitiremos que nadie nos impida construír ante Dios y ante los hombres lo que debe ser construído!

     «Contra el envilecimiento del hombre materializado se ha levantado, después de Hitler, el hombre alemán, para arrancar al hombre mundial de este envilecimiento que millares de hombres vienen a estudiar y a formarse en los Ordensburg germánicos. Si comprendemos mejor el orden de los grandes movimientos que se han sucedido desde la invasión de la Roma semítica por los bárbaros, pasando por la coronación de Carlomagno y la erección de la catedral de Reims, para desembocar en la Revolución Francesa, comprenderemos mejor el sentido profundo, histórico, de estas grandes margaritas que adornan cada lugar de los jóvenes creyentes del nuevo mundo, jóvenes aspirantes a regenerarse, en el gran comedor de Vogelsang».

     Chateaubriant sintió que en sus interlocutores había una referencia a una tradición continua transmitida por grupos u Órdenes consideradas como los antepasados de los nacionalsocialistas:

     «Hablaba como si yo hubiera sido un templario de Francia, uno de esos últimos templarios de Francia, una especie de último superviviente de las matanzas y de las hogueras de la ciudad, llegado para escuchar y recoger los pensamientos serios de cualquier rudo Caballero de la Orden teutónica».

     «Los alemanes del nacionalsocialismo rechazan el monismo materialista y el deísmo» —le decía el jefe del Ordensburg de Krosingsee al autor—. Sabemos también que Pitágoras dijo: "No hay arriba ni abajo. La cultura es el lazo humano entre la Naturaleza y la belleza suprema concebida por el espíritu perfecto"».

     La referencia a los Templarios es clásica, dado que los monjes-Caballeros recogieron de los albigenses, tras la desaparición de éstos, la antorcha de la tradición gnóstica. A este respecto, hemos relatado al principio de este libro la aventura del intelectual nacionalsocialista Otto Rahn, a la búsqueda del Graal pirenaico. En esa búsqueda, el racialismo aparece claramente como un mito que sostiene el culto idealizado de la sangre pura elevado a la altura de una mística.

     Rahn invoca también la Orden del Temple y reivindica dicha filiación que él pretendía imponer en los círculos más cerrados de la SS y del Partido. Es oportuno recordar que, en el prólogo de su libro, el autor de La Cruzada contra el Graal cita el nombre de Maurice Magre, del que alardea de ser su amigo. Ahora bien, el escritor francés, conocido como vulgarizador del budismo, fue un ferviente partidario del catarismo, fenómeno religioso al que dedicó dos obras notables: La Sangre de Toulouse y El Tesoro de los Albigenses. En esta última obra, publicada en 1938, es decir, en plena efervescencia hitleriana, aparecía la glorificación del signo elegido por Hitler, la cruz gamada, que nos viene descrita mediante perífrasis, sin duda por temor a asustar al lector:

     «Y aquella piedra, pregunté otra vez, que está tallada como los hitos indicadores que pueden verse en la encrucijada de los caminos, ¿qué significa?.

     «Yo señalaba una piedra que tenía en uno de sus lados dos líneas cortadas en tres partes y que formaban una especie de rueda. Se parecía a la que tanto me había intrigado en el bosque de Cabrioules.

     «Indica claramente un camino a seguir, pero se trata de un camino que no lleva a ninguna dirección conocida. Ese signo fue grabado en otro tiempo, un poco por todas partes, por hombres que venían de Oriente. Bastaba para resumir una inmensa sabiduría. Pero el sentido de esa escritura se ha perdido. El Santo Graal es una palabra viviente del mismo lenguaje» (Maurice Magre, El Tesoro de los Albigenses, p. 244).

     Sin embargo, cuando los trovadores cátaros, tras la caída de Montségur, cantaban este verso de cariz profético: «Al cabo de setecientos años reverdeció el laurel», estaban lejos de suponer que un día, transcurridos los siete siglos, una secta política invocaría su nombre bajo secreto para rodearse de una aureola espiritual. Éste es el motivo por el cual Hitler afirmaba, en 1944 (o sea, en el séptimo centenario de la hoguera de Montségur), que la Humanidad conocía cada 700 años una renovación del Espíritu.

     ¿Qué significan estas palabras? En todo caso, no existen dudas de que, en el clima gnóstico y neo-cátaro en que se complacían los pontífices nacionalsocialistas, desde Rosenberg a Himmler, todos estaban persuadidos de haber restablecido los lazos con las profecías trovadorescas del siglo XIII.–


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