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sábado, 25 de febrero de 2017

Hans Sponholz - Algunos Conceptos Nacionalsocialistas



     Circula en formato electrónico e impreso en papel un texto del periodista y escritor propagandístico alemán Hans Sponholz (1902-1982) titulado "Breviario Político Nacionalsocialista". Aquélla es la edición en castellano que en 1976 hizo la Editorial Milicia (Argentina) titulada "Breviario Nacionalsocialista. Contribución a la Educación Ideológica", texto traducido por Eva Pardo de la Cruz del folleto "Deutsches Denken. Beiträge für die weltanschauliche Erziehung" (Pensamiento Alemán. Contribución para la Educación Ideológica), publicado en Berlín en 1935, donde su autor pretendió "que este libro pueda ser un modesto instrumento para la formación del hombre alemán", siendo el señor Sponholz en ese entonces un Obersturmführer [teniente] del personal de la jefatura principal de las SA (Sturmabteilung, Tropas de Asalto), en el departamento de literatura. Él fue durante el Tercer Reich temporalmente redactor jefe del diario Die Grenzmark en Flatow, y se trasladó más tarde al periódico nacionalsocialista oficial Volkischer Beobachter, viviendo durante un tiempo en Frankfurt (Oder), y más tarde en Múnich. Después de la Guerra se estableció en Ebersberg, en Baviera, donde trabajó como periodista para el periódico Ebersberger Zeitung, una publicación del Merkur de Múnich. En Abril de 1950 fue ascendido a director editorial. Sponholz fue autor hasta sus últimos años de una veintena de textos.



     Sponholz fue altamente honrado después de la Segunda Guerra en la República Federal de Alemania como conservacionista (ecologista). En 1973 fundó el Círculo de la Liga Conservacionista de Ebersberg, otorgándosele el mismo año el Premio Protección de la Naturaleza de Baviera, junto con el renombrado etólogo (Premio Nóbel) Konrad Lorenz y Horst Stern. En 1980 fue galardonado con la Cruz Federal al Mérito por su contribución a la conservación. Desde 1992 una calle llevó el nombre de Hans Sponholz en Ebersberg, en la localidad de Kirchseeon, lo que se revirtió después de la sorpresiva divulgación en 2013 por parte del Archivo Estatal de Ebersberg de su pasada actividad durante el nacionalsocialismo, que era hasta entonces desconocida, siendo anulado el nombramiento de la calle.



     Del texto "Pensamiento Alemán. Contribución para la Educación Ideológica", un texto oficial de las academias de las SA, del que por el momento no está disponible el original en alemán ni alguna traslación al inglés —siendo la traducción castellana prácticamente la única versión existente—, presentamos entonces aquí una selección de capítulos, destinados a la formación y reforzamiento de la gente de la SA, de los alemanes en general y, por extensión, de la gente simpatizante del nacionalsocialismo o afín a él.


Pensamiento Alemán.
Contribución para la Educación Ideológica
(Selección)
por Hans Sponholz, 1935



NACIONALISMO E INTERNACIONALISMO

     Ser internacionalista significa pensar al margen de la nación, significa hermanar a los pueblos sin consideración por las fronteras y las diferencias raciales, significa promover esa "unión" aunque el propio pueblo sucumba por ello. Ser internacionalista entraña renegar de la propia sangre y nacionalidad, rechazar el concepto de Patria y las obligaciones y nexos que de él derivan. El internacionalismo se remite a la época de la Revolución Francesa de 1789. Entonces surgió el slogan de "Libertad, Igualdad y Fraternidad", que también llegó a ser consigna para la revuelta de Noviembre de 1918 [en Alemania]. Libertad es aquella libertad que tenía en mente el Capital bursátil y financiero judeo-internacional, y que en realidad no se quería que fuera otra cosa que una carta blanca para la desenfrenada explotación y lenta esclavización de todos los pueblos. Libertad era también aquella concepción que veía su meta en un vivir desenfrenado. Igualdad: ¡una idea desvariada!.

     No existen en la Naturaleza dos seres vivientes, dos flores u hojas que sean exactamente iguales. ¿Quisieras tú poner a un cafre zulú de piel negra, semi-animal, o a un judío de piernas torcidas, de cabeza lanuda, y a un ario orgulloso, recto y culto el cartabón de la igualdad? Nunca se te ocurriría esto. Ni dos seres humanos ni dos pueblos pueden ser iguales. Observa un bosque: todos los árboles han sido plantados en el mismo momento. Pero los unos son débiles y achaparrados, los otros altos, fuertes y orgullosos. Si quisieras volverlos iguales, podrías o bien tratar de hacer crecer los árboles débiles y enclenques, cosa imposible, o bien deberías quitar la copa a los grandes, fuertes y orgullosos, para rebajarlos a la medida de los pequeños, igualmente algo imposible. ¡Fraternidad! Hermanos han de ser todos los hombres. Mientras no haya ángeles sobre la Tierra sino seres humanos malos y buenos, fuertes y débiles, la fraternidad es una frase tan hueca y vacía como la de igualdad, concebida para que los pueblos caigan presa de sueños imposibles, logrando de esta manera tanto más fácilmente que se transformen en dóciles instrumentos del judaísmo internacional.

     El desvarío internacionalista es representado actualmente sobre todo por el marxismo (engendro del judío Karl Marx).

     Ésta es la culpa más grave de esa doctrina desvariada, que alienó al trabajador alemán de la Nación, del pueblo, denigrándolo como "proletario", lo incitó a la cruenta lucha de clases y lo arrojó a los brazos del delirio de "Proletarios de todos los países, uníos". Y todo esto durante el más amargo tiempo de penuria del pueblo alemán que hubiera exigido el empeño de todas las últimas fuerzas. Ésta es la grave culpa del marxismo, que quebró la voluntad de defensa y con ello asestó una puñalada al Frente dirigido contra el enemigo, que mintió al pueblo con seductoras imágenes del futuro y en realidad lo llevó a la más profunda miseria, al oprobio, al escarnio y al deshonor.

     El espía francés [Pierre] Desgranges pudo constatar triunfalmente en su obra "En Misión Secreta en Territorio Enemigo" [En Mission chez l'Ennemi, 1930], que con la ayuda de gigantescas sumas de dinero que Francia donó durante la guerra a la Socialdemocracia alemana la revuelta estalló en el momento indicado. Mientras, más tarde, los propulsores generalmente judíos del marxismo gozaban de la existencia, espléndida y alegremente, en puestos seguros con sueldos pecaminosamente altos, millones de alemanes apenas podían vivir miserablemente como desocupados. Trabajo y pan se les había prometido, y como receptores de limosnas se los entregaba a la miseria más amarga. Ningún pueblo de la Tierra se movió para ayudar a Alemania en el muy ponderado "sentimiento de solidaridad". El trabajador alemán se vio traicionado y vendido.

     La mentalidad internacionalista es un crimen cometido contra el pueblo, un pecado mortal contra la Patria. El que piensa internacionalmente no ama a Alemania. El hombre SA empero debe amar a su Patria con todo el fervor de su corazón.

     Tú eres un hombre SA y con ello te dedicas a la Nación, al pueblo y a la Patria. ¿Tienes completamente clara conciencia de lo que esto significa? Tu militancia no debe tener nada en común con ese patriotismo de bebedores de cerveza, de una burguesía cobarde, perezosa, de ingrato recuerdo, que siempre encontraba su triste expresión en la mesa reservada de los parroquianos habitúales en los himnos Heil dir im Siegerkranz y Deutschland über Alles. Semejante patriotismo fracasa en el momento en que la exigencia del sacrificio se aproxima a sus portadores. Fracasó en 1918 al dejar sin resistencia la calle a la revuelta de Noviembre, escondiéndose cobarde y miserablemente detrás de los postigos de las ventanas y prefiriendo la propia comodidad y seguridad al destino incierto del combatiente.


     ¡Nacionalismo! Éste es el amor y la entrega ilimitados, es permanente disposición para el sacrificio. El nacionalismo no se acredita en los días de la dicha y del esplendor, en los que es fácil y no ofrece peligro hacer alarde de nacionalista. El nacionalismo se prueba cuando tu pueblo y tu país es acosado por feroces enemigos, cuando sobre tu Patria se extienden, bajas, las negras nubes de la desdicha, y cuando es perseguido y proscrito aquel que mantiene su lealtad para con ella.

     ¡Nacionalismo! Esto significa, camarada, que debes estar dispuesto a actuar por Alemania en todas partes y a toda hora, y a dejarte despedazar si con ello rindes algún provecho. Por ella has de poder hacer todo y dejar todo. Nada debe serte demasiado difícil y nada demasiado duro cuando se trata del servicio por Alemania. "Alemania debe vivir aun cuando tengamos que morir": esto debe ser para tí sagrado legado y sagrada ley, ley que no está escrita en el papel sino que está hondamente grabada en tu corazón y por ello forma parte de tu corazón.

     El hombre del Frente, aunque la llama del primer entusiasmo impetuoso hacía tiempo que se había extinguido, se mantuvo firme en la guerra de trincheras, y su infernal fuego graneado durante largos años no cesó nunca, a pesar de que tenía la convicción de que el momento y la Patria lo habían traicionado y volvían a traicionarlo a diario. Él se mantuvo firme y murió, a pesar de que sabía hacía mucho que los gobernantes en casa no sólo malinterpretaban el sentido de la gran pugna sino que incluso lo falseaban; permaneció inflexible y murió con la fe en la Alemania del mañana, que ante su ojo visionario crecía desde los sepulcros de los caídos y de las trincheras de los sobrevivientes. Se sentía como la simiente viva de este Nuevo Reich.

     ¡Camarada SA! Tú eres el nacionalista elegido. Todo servicio no es fin en sí mismo, toda la preparación física e ideológica tiene como meta final la creación de hombres capaces y dispuestos a ser protectores y defensores del Reich. "En el servicio por la Patria se consumen mis fuerzas": esta antigua norma, directriz y lema vital prusiano, ¡es una dura e inexorable exhortación a ti, camarada! Trabaja en tu perfeccionamiento y vive tu vida por Alemania, ¡pero hállate siempre también dispuesto a morir para servir al porvenir y a la eternidad alemana cuando el Führer te llama!.


SOCIALISMO

     Socialismo es, frente al marxismo, que afirmaba buscar la solidaridad del proletariado internacional, la solidaridad nacional de todos los miembros de un pueblo. Socialismo es camaradería de todos los connacionales. El individuo no vale nada, la comunidad es todo. El individuo debe empeñarse por la comunidad. Si el pueblo sucumbe, termina también el individuo. Nadie puede desligarse del destino del pueblo y sustraerse a él. Por otra parte, lo que beneficia a la colmena beneficia también a la abeja.

     Nuestro cuerpo se compone de un enorme número de células. ¿Qué sucedería si la una estuviese contra la otra, si todas no colaboraran en plena armonía? Las células cerebrales son con mucho las más importantes. ¿Qué sucedería si esas células se declarasen en huelga y no dejasen ya correr sangre a las de la mano o de los pies? . Entonces esos órganos morirían. De esto resulta que uno debe empeñarse por el otro, ¡uno por todos y todos por uno!. Te has herido. La suciedad ha penetrado en la herida. El peligro de una septicemia es enorme. Pero, en ese momento, el gobierno del organismo envía fuerzas combativas en formas de glóbulos blancos de la sangre. Ellos destruyen a los intrusos enemigos, la herida supura y la curación puede producirse. Así trabajan todas las células del cuerpo conjuntamente en un perfecto espíritu comunitario.

     Nuestro organismo popular estuvo en el mayor peligro de sucumbir al espíritu del odio de clases, al espíritu de la descomposición. Nadie ya confiaba en nadie, todos eran enemigos de todos. "Y si no quieres ser mi hermano, te rompo la cabeza", decía la consigna marxista, cuya aplicación hizo crecer muchos centenares de tumbas sobre tierra alemana. Nadie quería servir, todos solamente ganar. El organismo popular sangraba de mil heridas profundas y con la sangre del pueblo alemán engordaba el súper-capital judío.

     El socialismo alemán de Adolf Hitler, que nació de la vivencia de camaradería de la trinchera, puso fin a ese espantoso estado. Su primera expresión fue la SA, que de esta manera se hizo cargo de la herencia de la camaradería del Frente.

     En ella marchaba el muchacho campesino junto al de la ciudad, el trabajador del puño junto al trabajador de la frente, el académico junto al desocupado: ni rango, ni clase, ni dinero y bienes valían ya, a todos los unía la camisa parda, a todos el mismo espíritu de camaradería. El uno se empeñaba por el otro. sobre todo en los peores momentos. Hasta el último pedazo de pan era compartido. Con sangre mil veces derramada la SA selló su moral socialista de la disposición para el sacrificio.

     El 9 de Noviembre de 1923 cayeron ante la Feldherrnhalle, en Múnich, camaradas que habían pertenecido a los distintos estamentos y profesiones: sirvientes, cerrajeros, comerciantes, académicos. Y en los últimos años de la lucha moría el obrero junto al campesino, el estudiante universitario junto al desocupado, todos sostenidos por el mismo sentimiento y por la misma fe; eran socialistas de la acción y realizadores de la maravillosa frase que escribió el poeta trabajador [Heinrich Lersch, 1889-1936]: "Deutschland muss Leben" [Alemania debe vivir]. Socialismo no significa igualdad marxista. El socialismo valora según el rendimiento. Cuanto más uno crea y actúa para su pueblo, tanto más valioso es para la comunidad y tanto más apto es para desempeñar cargos dirigentes.

     Socialismo tampoco tiene el mismo significado que social, una palabra que tiene un desagradable sabor a patrocinio y beneficencia burguesas. "El socialismo es justicia. No da nada como regalo, sino como derecho", dice el doctor Goebbels. El connacional que empeña todo su ser por la comunidad y que sin propia culpa llega a estar en situación de penuria, tiene merecido derecho al auxilio por parte de la comunidad (del NSV [Nationalsozialistische Volkswohlfahrt, Bienestar Popular Nacionalsocialista] y otros). Pero no tiene semejante derecho el que cae por propia culpa e ineptitud. "El socialismo no es una religión de los débiles, no carga sobre el Estado la obligación de hacer arrastrar conjuntamente una cola creciente de incapaces por una minoría de pocos capaces" (Bernhard Köhler).

     ¡Camarada, tú eres socialista! Todas las diferencias de rango y clase están borradas en tus filas. Tu amor y camaradería pertenece a todo el que está contigo en las filas, sea cual sea su nivel. Tu amor pertenece a todo compatriota honesto en su intención para con Alemania. Tu orgullo y tu fuerza ha de ser no dejarte sobrepasar por nadie en el espíritu activo de camaradería socialista.


EL FÜHRER

     La conducción es un don otorgado por Dios. No se puede aprender, no se puede inculcar por educación y la práctica. El liderazgo se halla profundamente en la esencia de su portador, ¡está en la sangre!.

     El verdadero Führer es siempre modesto, no se viste con trajes centelleantes. no hace ostentación ni se vanagloria. Como todo lo grande en el mundo, es del todo sencillo y llano, y así también el liderazgo carece de superficialidades y oropeles. El que utiliza efectismo externo y presume de Führer (conductor) es siempre un Verführer (seductor), que trata de cubrir su vacuidad con paños de colores y joyas fulgurantes. ¡Ay de aquéllos que, prendados de lo exterior, se dejan seducir y lo siguen!.

     El verdadero Führer no se sirve de frases tornasoladas, que ascienden como pompas de jabón iridiscentes y estallan al menor soplo de viento. El que ama el tintineo altisonante de las palabras no tiene nada que decir y quiere esconder detrás su ignorancia e incapacidad, tal como el judío se esconde detrás del cebo barato e hipócrita, las trampas de su engaño.

     El verdadero Führer es natural y llano. El reconocimiento y la gloria de todo un mundo pueden amontonarse alrededor suyo, pero él sigue siendo fiel a sí mismo. El que embriagado y cegado por la alabanza de la muchedumbre levanta una reja de presunción alrededor suyo y se aísla en fría inaccesibilidad de los seguidores, tampoco él es un Führer, sino un seductor, para quien los seres humanos sólo valen mientras lo llevan sobre sus hombros alto y más alto. Cuando ya no tiene que esperar una gloria mayor les da un puntapié.

     ¡El verdadero Führer vive como ejemplo! El vivir ejemplarmente es mucho más difícil que el morir como ejemplo en la embriaguez de la victoria de las columnas en asalto. El morir como ejemplo dura sólo un momento, el vivir como ejemplo se extiende por sobre años y decenios y genera eternamente una riqueza única. El verdadero Führer no exige nada de sus seguidores que él no esté en todo momento dispuesto y capacitado para hacer. No ha sido designado por el destino como Führer el que goza con avidez de exquisitos alimentos mientras los hombres buscan vanamente un pedazo de pan; no es un Führer el que se despereza sobre blandos almohadones de plumas mientras sus seguidores tratan vanamente de encontrar un poco de paja para su lecho, y tampoco es Führer el que protege sus manos con guantes de piel mientras sus partidarios tienen que sufrir el frío.

     El verdadero Führer no sólo vive el ejemplo en el Frente. El que prohibe a sus hombres beber en una taberna dudosa y secretamente visita justamente esa taberna y allí se embriaga, no ha entendido nada del liderazgo. No puede extrañarse cuando detrás de sus espaldas se murmura y protesta, cuando la confianza poco a poco se va desmoronando. La confianza es el fundamento más potente para que actúen provechosamente, en común, la conducción y los conducidos. Donde no existe, se difunde la "obediencia del cadáver", se anida el temor ante el castigo y, en último término, los hombres sólo obedecen las órdenes porque temen el castigo.

     El verdadero Führer apela siempre a las buenas cualidades de sus seguidores, al sentimiento del honor, a la lealtad, a la fe, al amor por el pueblo y la Patria, a la aptitud para el sacrificio. Él sabe mantener en permanente movimiento estas grandes cualidades y orientarlas hacia los altos fines de la resurrección nacional.

     El falso Führer apela a los bajos instintos de los seres humanos, la codicia, el goce, la envidia; hace promesas para mantener a los seguidores mientras lo considera conveniente en interés de su propia vida holgada y la de su cenáculo.

     El verdadero Führer se dirige al sentimiento de sus fieles, levanta un puente de corazón a corazón, y millones de corazones laten creyentes por él, inquebrantables en la confianza. El falso Führer se dirige al intelecto frío, calculador y "sutil". Sólo sobre esta base tiene detrás suyo a la gente, para perderla rápidamente cuando no cumple las esperanzas calculadas por la misma.

     El verdadero Führer señala a sus seguidores el camino y la meta, que él sólo merced a su liderazgo otorgado por Dios es capaz de reconocer. Ve su misión nunca terminada en la conservación y la afirmación de sus seguidores, en el acrecentamiento y la evolución hacia arriba de sus virtudes, la ve en el ideal de preparar a su pueblo la eternidad.

     El verdadero Führer está firme cual una roca en el oleaje. Las olas y el viento no le pueden hacer daño.

     El verdadero Führer siente muy íntimamente el latido del corazón de sus seguidores y los escucha, sintiéndose uno con ellos.

     Con Adolf Hitler ha surgido para el pueblo alemán, en su mayor denigración, el Führer. Seguirlo ha de constituír la más sagrada obligación y el mayor orgullo de todo connacional.


EL JUDÍO

     Los judíos no forman una raza autónoma sino que son un pueblo en el que se han encontrado diferentes razas, entre otras la pro-asiática y la oriental.

     El Führer dijo del judío que éste forma el contraste más formidable con el ario, y continúa: «Seguramente en ningún pueblo del mundo el instinto de autoconservación está más fuertemente desarrollado que en el así llamado "pueblo elegido". Es y sigue siendo el parásito típico, un parásito que como un bacilo se extiende cada vez más en cuanto una base de cultivo favorable invita a ello. Con todos los medios trata de corromper los fundamentos raciales del pueblo a someter...».

     El historiador Mommsen designó al judaísmo como "fermento" de la descomposición, esto es, como portador de la corrupción, y así es en efecto. En todas partes donde el judío se anida, ya sea entre los alemanes, los franceses, los ingleses o en otras partes, es siempre judío y no alemán, francés o inglés. Tampoco quiere formar un Estado propio en el país propio, no piensa realmente en asentarse en un territorio propio porque debería labrar la tierra y trabajar con el sudor de su frente, pero eso no está en la naturaleza del judío. Con el menor esfuerzo quiere siempre y en todas partes sacar la máxima ganancia posible, y por eso lo encontramos allí donde sin trabajo puede enriquecerse, en la Bolsa, en el comercio y en la economía.

     Esto es lo que diferencia fundamentalmente al judío del ario: aquél es el rapaz, éste el productor. El ario plasma valores, es el ser humano eternamente creativo; el judío, aquél que no produce sino que sólo procura vender lo más caro posible los valores que otros crearon. El uno trabaja, el otro negocia los frutos del trabajo, realiza usura con ellos y explota a los productores. En todas partes donde se trabaja pesadamente, en el arado, junto al torno, en la fábrica, no se halla al judío, fiel a su esencia y su concepción que le hace sentir el "trabajo con el sudor de la frente" como maldición.

     Uno de los objetos de especulación más apreciados es para el judío la tierra. Miles de campesinos de viejo arraigo fueron despojados por el negociante en tierras judío mediante intereses usureros de su campo y su vivienda. Para arruinar la artesanía honesta y al comerciante no-judío, el judío inventó las grandes tiendas con sus sucios métodos comerciales. El judío de la gran tienda trata de engañar con mil tretas y artimañas al comprador, trata de deslumbrar con baratijas y fruslerías, pero lo que ofrece es mercadería de mala calidad. La propaganda es para él lo más importante, y como ésta es muy costosa debe ahorrarse en la calidad de la mercadería. En todas partes donde el judío aparece se apodera de las finanzas. Ha dejado siempre de lado todo aspecto moral y hecho de la codicia el elemento dominante de la economía.

     En todas partes donde se puede obtener fácil ganancia se introduce el judío. Por su dominio político se convirtió en proveedor del Ejército, él fue la fuerza decisiva en las sociedades comerciales de guerra que brotaban como hongos del suelo.

     Un rol pernicioso desempeñó la judería en Alemania en la política. Desde los comunistas hasta los Nacional-alemanes alcanzaban sus relaciones. En todas partes habían sabido introducir a su gente y no pasó mucho tiempo hasta que tuvieron los hilos en la mano y marcaron el rumbo. Bajo Guillermo II eran habituales los judíos de Corte, entre ellos Ballin, los dos Rathenau, Simmon, etc. El Káiser en los últimos años no resolvía nada sin consultar a Ballin. La Constitución de la República de Noviembre fue obra del político judío Preuss.

     Funesta e increíble fue la influencia que la judería logró sobre todo después del derrumbe de 1918, en el que igualmente tiene considerable participación. El problema del marxismo es una parte del problema judío. El propio Karl Marx provenía de una familia de rabinos y se llamaba en realidad Mardochai. El materialismo más craso es lo característicamente judío en sus obras. El fundador del partido marxista alemán, el SPD [Sozialdemokratische Partei Deutschlands, Partido Socialdemócrata Alemán], fue el judío Ferdinand Wolfsohn, que se llamó luego Loslauer y finalmente Lassalle.

     Entre los dirigentes judíos extraordinariamente numerosos de ambos partidos marxistas, el Socialdemócrata y el Comunista (KPD) no se encontraba ninguno que hubiese sido obrero. Los judíos estaban en los consejos, en los periódicos y en las escuelas del partido. El judío Kautsky publicaba el semanario socialdemócrata Die Neue Zeit. En 1915 se formó el SPD independiente, que organizó las huelgas de los obreros de las fábricas de municiones, siendo así culpable de la muerte de miles de alemanes. Sus fundadores y dirigentes eran los judíos Haase, Bernstein, Kautsky, Hilferding (quien más tarde llegó a ser ministro de Finanzas y provocó la inflación), Hertz, Wurm, Luxemburg, Hoch, Cohn, Davidsohn, Herzheim, Eisner, Levy y muchos otros.

     "Hemos inducido a la deserción a nuestra gente que iba al Frente. A los desertores los hemos organizado, munido de documentos falsos, de dinero y de volantes sin firma. Hemos enviado a esa gente hacia todos los puntos cardinales, sobre todo de nuevo al Frente, para que actuasen sobre los soldados y desmoralizasen el Frente, y así el desmoronamiento se ha realizado en forma paulatina pero segura", confesó Water, el miembro judío del Consejo de Soldados en Magdeburgo en 1919. Con la Revuelta de Noviembre la judería tuvo completamente libre el camino para su poder exclusivo. Al "Consejo de los Delegados del Pueblo" pertenecían los judíos Landsberg y Haase. Simmon llegó a ser ministro de Finanzas prusiano. En los ministerios y organismos de prensa pululaban los judíos.

     En 1930 se realizaron en Berlín cursos organizados por el SPD para la formación cultural del obrero. Como maestros actuaban 13 judíos y 3 alemanes. También la literatura partidaria estaba dominada por el judaísmo. Tal como en el SPD, el judaísmo actuaba en forma no menos consecuente en el Partido Comunista alemán y en el bolchevismo. Los bolcheviques, que en Rusia tienen a millones de seres humanos en su conciencia, eran judíos, y más precisamente en parte judíos que antes habían jugado un rol en el SPD alemán, entre ellos, por ejemplo, Trotsky (Braunstein). En el Consejo de los Comisarios del Pueblo había 17 judíos entre 22 miembros. También el judaísmo llevaba la voz cantante en las asociaciones pacifistas, con las que trabajaba estrechamente la Reichsbanner [1].

[1] Literalmente, Estandarte del Reich. Esa organización de hampones y terroristas fue fundada en 1924 para la protección de la República judeo-bolchevique-capitalista, surgida de la gran traición de Noviembre de 1918 (NdelT).

     Que el judío se había adueñado en los últimos decenios de casi la totalidad de la prensa alemana es harto conocido. Él dirigía la opinión pública y lanzaba las flechas envenenadas de su odio contra todo lo que era alemán y prusiano. Igualmente conocidos son los nombres de los canallas y criminales judíos Barmat, Kutisker, Sklarek y del cabecilla del hampa norteamericana Jack Diamond. Pero dondequiera que fuesen aprehendidos criminales judíos, la judería gritaba y gemía, azuzando en cambio tanto más rabiosamente contra aquellos que por motivos enteramente nobles habían eliminado a los traidores de la Patria.

     Un rol funesto jugaba el judaísmo en la cultura alemana, en el teatro, la música, la literatura, etc. Lo patológico, degenerado, criminal y anormal triunfaba en todo sentido. Había que ser sádico, masoquista y homosexual. 421 veces fue representada la pieza Jonny Spielt Auf en los escenarios judíos de Alemania, que glorificaba la mezcla de razas y el robo. Piezas de burdel estaban a la orden del día y con ellas música de negros y poesía judía. Judaizado estaba el cine, judaizada la radiodifusión. Hasta en la gimnasia y en el deporte imperaba el judío. Especialmente significativo era su actuación corruptora en la ciencia. El profesor universitario judío Gumbel fue el que acuñó la frase del "campo del deshonor" [2].


[2] Para referirse al campo de batalla que desde antiguo el ario ha denominado "campo del honor" (NdelE).

     La naturaleza judía está en la oposición más crasa a la naturaleza del alemán. El judío es el materialista más radical, el alemán el idealista más creyente. El judío observa todo solamente con el ojo del comerciante tasador. Si el alemán se encuentra en un bosque experimenta recogimiento y solemnidad, el judío tasa el valor de la leña.

     El judío fue nuestra desgracia. El formó un Estado dentro del Estado y como tal tuvo participación decisiva en la corrupción del pueblo anfitrión, él destruyó lo heroico, puro y noble en el pueblo y puso en su lugar su espíritu de comerciante y mercachifle. El fue el espíritu del mal en nuestro pueblo.

     No debe pensarse que el judío por el bautismo se transforme en otra persona. De la misma manera que un perro de la calle mediante agua no puede transformarse en un noble perro ovejero, tampoco un judío mediante el bautismo puede racialmente devenir otro. El judío sigue siendo pues judío. Por eso también es erróneo hablar del judaísmo como de una comunidad religiosa

     El judío Münzer en un momento de debilidad reveló abiertamente la ruta y la meta de la campaña de destrucción judeo-bolchevique: "Nos hemos introducido como carcoma en los pueblos, infiltrando y envileciendo a las razas, hemos quebrado el vigor, vuelto todo blando, putrefacto, agusanado, con nuestra cultura desvirtuada".

     El nacionalsocialista rechaza al judío con toda decisión. Ve en él al gorrón y parásito, reconoce en él al peor y más peligroso enemigo de la idiosincrasia y de la mentalidad arias. Esto el nacionalsocialista no lo olvida nunca, jamás, pero no ve su misión en insensatas destrucciones e invectivas sino en la incansable tarea de esclarecimiento sobre él judío. La toma del poder por el nacionalsocialismo quebró la influencia del judaísmo. Esto no debe conducir a que ahora descansemos en una actitud contemplativa. El judío es suficientemente astuto como para intentar, siempre de nuevo, a través de senderos torcidos, conquistar en forma fraudulenta nuevamente las posiciones perdidas.

     El grito de ¡Alemania, Despierta! no debe extinguirse jamás en lo que respecta a la cuestión judía.


COMUNIDAD POPULAR

     Éste es el gran cambio que se ha operado en nuestro pueblo y que tiene visos de milagro: el sentido por la comunidad, el conocimiento de que todos los miembros del pueblo deben estar juntos en las buenas y en las malas, el conocimiento de que la penuria del último connacional es la penuria de toda la Nación y que el calvario de ésta también asunto de todo el pueblo. Durante años numerosos compatriotas se dejaron engañar por la tornasoleante palabra-impacto de la solidaridad internacional, se astillaron en clases sociales y se consumieron en el odio entre hermanos. Orgullo de clase, envidia y malevolencia imperaban en la vida alemana.

     Entre tanto marchaban en la SA los portadores de aquel sentido de camaradería y de comunidad popular que había resucitado en la vivencia de las trincheras, el obrero junto al académico, el artesano junto al muchacho campesino, hombres de todas las profesiones y estamentos, exteriormente unidos por la camisa parda, interiormente compenetrados por un espíritu y un pensamiento. El profesor marchaba en fila con los muchos desocupados de la Tropa de Asalto berlinesa. Con lágrimas les pidió a aquéllos el "tú" de la camaradería.

     En una dura y ardiente lucha se abrió paso victoriosamente la idea de la comunidad popular. Cuán hondo ha penetrado hoy, se puede reconocer por los extranjeros que llegan a Alemania y comprueban como lo más llamativo a la comunidad popular que se manifiesta también exteriormente.

     Trabajadores del puño, trabajadores de la frente, una trinidad viviente, creadora, sostenida por el espíritu de la solidaridad nacional. ¿Cuándo jamás el mundo ha presenciado algo más grandioso que la Obra de Ayuda Invernal alemana, que da testimonio elocuente de la esencia y voluntad de la comunidad popular alemana?. ¿Hay algo más grande que el ejemplo del ya desocupado durante años que sacrifica con ojos luminosos su óbolo para aquellos connacionales que están en situación aun peor que él?.

     ¿Qué significa frente a esto el pequeño resto de los eternamente de ayer, que aún continúan apartados?. ¿Qué significa el lastimoso grupo frente a la unión del pueblo que en su totalidad ha reconocido hace mucho qué es lo que importa? Nunca jamás nos detendremos por algunos pocos faltos de carácter que se ponen de través y que creen que su "mejor ascendencia" o su "mayor riqueza" constituyen para ellos una carta blanca.

     Potentemente resuena la canción del trabajo creador a través de las comarcas alemanas, aquel trabajo que ennoblece a todos los connacionales indistintamente dónde están colocados, si junto al yunque, al escritorio, en la galería de la mina o con la escoba en la calle. El acorde fundamental de esta melodía, empero, es la vivencia de la comunidad popular. "Un pueblo unido de hermanos" marcha orgulloso y alegremente hacia la aurora del Nuevo Reich!.


PUEBLO Y ESTADO

     Un Estado siempre presupone un pueblo. El pueblo es el contenido, el Estado solamente el recipiente, la forma, que ha de servir al mejor desenvolvimiento posible de la vida y al bienestar del pueblo y que debe ser adecuado a su ser y a su carácter.

     Bajo el régimen de Noviembre el Estado, considerándose una finalidad en sí, promulgó leyes que si bien le servían a él, a la forma exterior, y por consiguiente a sus usufructuarios, en cambio causaban inconmensurable daño al pueblo y a la nacionalidad.

     Todo judío del Este podía llegar a ser ciudadano mediante un acto simple y así penetrar carcomiendo en la médula vital del pueblo alemán. El Führer dio en forma totalmente clara e inequívoca su sentido al Estado: "El Estado es un medio para un fin. Su fin reside en la conservación y promoción de una comunidad de seres humanos física y psicológicamente de la misma especie: el Estado no nos manda a nosotros. Nosotros mandamos al Estado, y por lo tanto a nosotros los nacionalsocialistas se nos ha encomendado ejercer el mando sobre el Estado y, gobernarlo".

     La interpretación liberal dejaba prevalecer sin restricciones al individuo aislado y negaba todo nexo con el pueblo, omitía la relación del concepto de "pueblo" con la raza. Hemos visto así en el pasado inmediato la aparición y el predominio de influencias raciales extrañas en todos los sectores de la vida alemana, de la política, de la economía, del arte, etc. Un Estado que se desliga de los valores raciales de su pueblo, por ley natural debe desintegrarse. A estos fenómenos de desintegración debía ponerse coto si quería evitarse que los alemanes, al igual que los griegos y los romanos, se degenerasen y sucumbiesen.

     Un pueblo sólo puede afirmarse en la Historia cuando defiende sus valores raciales y mantiene a su raza libre de mezclas extrañas a la especie.

     El Führer abrió de par en par la puerta a este conocimiento y nos descubrió nuevos horizontes.

     La herencia de sangre preponderantemente nórdica se ha impuesto siempre en la historia alemana. A los altos valores de esta raza las culturas deben su origen, a ellos debe el pueblo alemán la línea heroica de su historia, la vigorosa fuerza creativa, su aptitud en los más diversos campos.

    Como nuestro pueblo, por lo tanto, es en descollante medida portador de esta raza creadora de cultura, al Estado le están impuestas especiales obligaciones para su promoción y conservación (directivas para la conservación de la pureza de la raza, limpieza del cuerpo administrativo de elementos racialmente extraños, afincamiento). Si bien el nacionalsocialismo concede a todas las razas que están representadas en el pueblo alemán —además de la nórdica por tanto también a la faliana, éstica, dinárica y báltica del Este— derecho y valor, exige sin embargo la conducción espiritual de la que predomina en todos sin excepción, o sea la nórdica.

     En ningún caso, así dice el Führer, un pueblo que se compone de distintos núcleos raciales puede dejar determinar su vida, en los intereses más importantes, a la larga por dos o tres concepciones al mismo tiempo. Eso conduce forzosamente tarde o temprano a la disolución de una reunión tan antinatural. Pero si esto ha de ser evitado, entonces es decisivo qué componente racial es capaz de imponer, en base a su naturaleza, su concepción del mundo, que fija la línea según la cual ha de transcurrir la evolución histórica del pueblo.

     Al reunir el nacionalsocialismo a los seres humanos que según su predisposición más íntima pertenecen a esta concepción del mundo y llevarlos a una comunidad orgánica, se transforma en el partido de aquéllos que, en realidad, de acuerdo con su naturaleza, deben ser asignados a una raza determinada. Él reconoce a este respecto la realidad de las distintas substancias raciales en nuestro pueblo. También está lejos de rechazar en sí esta mezcla, que configura el cuadro general de la expresión de vida de nuestro pueblo. Él sabe que la gama normal de nuestras aptitudes está condicionada por la composición racial interior de nuestro pueblo, pero desea que la conducción política y cultural de nuestro pueblo reciba el sello y la expresión de aquella raza cuyo heroísmo solo, gracias a su predisposición innata, ha creado de un conglomerado de distintos componentes al pueblo alemán.

     El nacionalsocialismo se pronuncia con ello por una doctrina heroica de la valoración de la sangre, de la raza y de la personalidad, así como de las eternas leyes de la selección. La lucha por nuestra raza significa simultáneamente la lucha contra la contra-raza: el judaísmo. De acuerdo al programa del NSDAP sólo puede ser ciudadano el que es connacional, conciudadano sólo aquél que es de sangre alemana. El alemán nace como miembro del Estado, para ganarse mediante su espíritu de sacrificio, el cumplimiento del deber y entrega total, el derecho de ciudadanía.

     El orgullo y el honor del nacionalsocialista ha de ser el poder pertenecer como ciudadano a un Reich tan espléndido como el alemán, que del más obscuro oprobio y la vergüenza, bajo la conducción de Adolf Hitler, se abrió la senda hacia la luz.

     Este orgullo obliga a afirmar con la más profunda convicción, junto con el Führer: ¡Yo no soy nada, mi pueblo es todo!.


NOBLEZA DEL TRABAJO

     De acuerdo al concepto del Antiguo Testamento, el trabajo es una maldición. El liberalismo hizo suya esta falsificación: el trabajo no es más que mercancía, que se debe vender al precio que "fije" la oferta y la demanda. El burgués consideró al trabajador del puño como un ser humano de segundo orden, un mal necesario al que había que eludir. El olor de sudor y trabajo no era apropiado para las narices de los “finos" señores; éstos eran aquellos que explotaban ávidos de lucro al trabajador y engordaban con su sudor. El abismo entre capital y trabajo fue abierto espantosamente hondo.

     De un lado estaba el trabajo, despojado de todo valor ideal y de todo sentido ético, sentido más y más como carga agobiante, como estupidez digna de lástima; del otro lado, el capital en manos de miserables, que bailaban la demencial danza alrededor del Becerro de Oro, cuyas máquinas machacaban día y noche al ritmo de "recoger vorazmente, recoger vorazmente". ¡Ninguno de ellos pensaba en crear valores a través del capital, para el pueblo y la nación, y dar así al capital un fundamento moral!.

     La Alemania Nacionalsocialista conoce sólo una nobleza, la nobleza del trabajo, la nobleza del rendimiento.

     Dondequiera que estés colocado, ya sea en la galería de la mina, sobre la cubierta del barco, en la plataforma de la locomotora, junto al retumbante yunque o al arado, en el escritorio o en el pupitre del profesor, noble es todo trabajo, y el barrendero no es de nobleza menor que el consejero de Estado, siempre que dé el justo sentido a su trabajo y rinda algo.

     ¡Trabajo es felicidad, trabajo es alegría! Bajo este pensamiento ha de estar tu labor diaria. Trabajador del puño: no subestimes tu actividad, también ella es necesaria. ¿Qué resultaría si tuviésemos sólo empleados, sólo trabajadores intelectuales y ningún trabajador del puño? También tú eres una importante ruedecilla en la gran fábrica, también tu actividad es esencial para el bienestar del pueblo.

     ¿Te avergüenzas de tu chaqueta sucia de tierra y remendada? Llévala con orgullo, mi camarada. Noble es el sudor que la impregnó, y sagradas son las huellas de tu laboriosidad, y todo remiendo vale como distintivo de honor de tu incansable fatiga.

     ¡Trabajo es bendición! ¿Qué hay más hermoso que producir con ardiente celo?. ¿Qué da alegría más pura que ver generarse y crecer algo bajo tus pensamientos y bajo tus manos? Tu obra, ¿qué puede darte mayor orgullo?.

     Tú no trabajas únicamente por el dinero, porque entonces serías un triste esclavo jornalero; tú trabajas porque el trabajo es para ti la más profunda necesidad de la vida, porque ves en él un pedazo de la fuerza divina de creación y plasmación, que sobre la gris vida cotidiana te levanta hacia las estrellas.

     Trabajo no es sólo deber para ti, es tu sagrado derecho, es un don de Dios. ¡Dichoso de ti si tienes tu espíritu y tus miembros sanos!.

     Algo infinitamente triste está en el que no tiene trabajo, que quisiera producir con manos alegres y sentimiento gozoso y a quien no le está permitido producir, y que se siente expulsado del círculo de los que actúan y trabajan. Pero él tiene al menos el ansia por el trabajo. Pero ¡ay! del que no lleva en sí ese deseo y que desperdicia sus días. Y aunque estuviese ataviado con oro y púrpura, su condición es más miserable que la del animal que lucha para cubrir las necesidades y el alimento de su existencia.

     El que no trabaja no tiene derecho a alimentarse. "¡Sólo se gana tanto la libertad como la vida el que a diario las debe conquistar!".

     Sagradas son las cicatrices del soldado, pero no menos sagrados los callos del hombre de trabajo.


ESPÍRITU DE HÉROES Y ESPÍRITU DE MERCADERES

     La vida del ser heroico está dominada única y exclusivamente por el pensamiento: ¿cómo sirvo de la mejor manera a mi pueblo? La vida del individuo orientado mercantilmente está colmada de otra preocupación: ¿cómo obtengo ganancias de mi pueblo?.

     Aquéllos son idealistas, éstos materialistas. Aquéllos compenetran su existencia de altas metas, ven su cometido en el servicio a la comunidad y empeñan en ello su sangre y su vida. Éstos sólo piensan en organizarse la vida lo más llena de goces posible, sin consideración por el bienestar de los otros. El materialista, con ayuda de su dinero, únicamente busca títulos, condecoraciones, mujeres, lujo. Su dios es Mammón, y su religión el negocio. No le importa traicionar o violar por ventajas personales lo que para otros es sagrado.

     Este espíritu nefasto dominó durante largo tiempo la vida alemana, hasta que el Führer dio al pueblo una nueva fe y, en medio de un séquito pequeño pero fanático, en difícil lucha tomó por asalto baluarte tras baluarte del adversario y plantó en ellos el estandarte del movimiento de liberación alemán. El idealismo alemán, el espíritu heroico triunfó sobre el materialismo anti-alemán, triunfó sobre el espíritu mercantil. Imbuír de una moral heroica a nuestro pueblo hasta el último hombre es la gran tarea que exige nuestra entrega total.

     El espíritu heroico en su transfiguración más pura se manifiesta en el hombre que se entrega a una idea que, según la opinión de la masa —y quizás también según su propia opinión—, por el momento parece perdida, pero a pesar de ello se empeña con la fe de que su sacrificio actuará como ejemplo, y que la llama inextinguible de su propia vida podrá encenderse en cientos y miles de otros y llevarlos a la victoria. Con este espíritu cayó un Albert Leo Schlageter [3]. Animado de este pensamiento, más de uno quedó tirado afuera ante el enemigo y murió, a pesar de que sabía que su justa causa estaba traicionada, y murió con la fe en una Nueva Alemania que irrumpiría desde torrentes de sangre de sacrificio. Heroicamente murió [Arnold von] Winkelried, quien, para abrir una brecha para sus hombres, asió las destellantes lanzas que esgrimía delante suyo el enemigo y se las incrustó en el pecho.


[3] Fusilado por las tropas de la Francia judía ocupantes del territorio alemán del Ruhr (NdelT). https://es.wikipedia.org/wiki/Albert_Leo_Schlageter

     El proceder heroico no necesita revelarse solamente en la lucha y en la guerra. También la vida cotidiana da a luz héroes.

     ¡Combatamos a todas las almas de mercaderes y a todos aquellos que con su Yo practican idolatría! Nuestra vida pertenece al pueblo: ¡Si vivimos, vivimos para Alemania, y si morimos, morimos por Alemania! Ya sea que vivamos o muramos, ¡siempre es por Alemania!.


COBARDÍA Y ESPÍRITU DE DEFENSA

     Pacifismo significa hacer la paz a cualquier precio. Aunque sea una paz del oprobio y del deshonor, una paz que es peor en sus consecuencias que la peor de las guerras. ¡Paz, sólo paz!.

     Pacifismo es cobardía por principio.

     ¡Nunca más guerra! Así escribieron y gimieron, rompieron defensas y armas en ruin sumisión. "¡Nunca más guerra!", fue la consigna cuando sacaron de los libros de lectura de los niños todas las canciones que recordaban a la Patria, la libertad y la lucha. ¡Nunca más guerra! Esto es lo mismo que si se gritase destempladamente: "¡Nunca más tempestad!, ¡nunca más tormenta!, ¡nunca más huracán!". Por graves que puedan ser los daños que causan estos poderes de la Naturaleza y por profundas las heridas que cause la guerra, ello será inevitable mientras habiten sobre esta Tierra los hombres y no cohortes de ángeles que agitan palmas.

     El pacifismo es una miserable traición a la Patria. Entrega a un pueblo la soga del suicidio para evitar la muerte. No le importa que, como sucedió en Alemania, miles y miles sucumban bajo los efectos de una paz que es violencia, que millones de seres humanos llenen las calles como desocupados. Esencial es para él solamente que haya paz. ¡Y eso que una paz puede ser peor que la peor guerra! Todo animal se defiende contra su verdugo, se defiende contra la muerte.

     ¿El hombre solamente no ha de defenderse cuando se le hace sufrir una injusticia, cuando extraños lo violentan? Por la santa paz ¿ha de decir sí y amén a todo tormento y apremio?.

     Es que así se salva al pacifismo, ese engendro repugnante de cerebros anormales y enfermizos.

     El que no se defiende y lucha, sucumbe en este mundo de las duras realidades, y tampoco merece mejor suerte, porque no se prestaría ningún servicio a la Humanidad si se procrean seres débiles y criaturas cobardes.

     "Nada de lo que es grande en este mundo —así dice el Führerha sido regalado al ser humano; todo debe ser amargamente conquistado por la lucha". Inexorablemente el destino pasa por encima del que no sabe luchar.

     Así como en la existencia individual, así también en la vida del pueblo. Los pueblos que se enervaron, que confiaron en la bondad y amistad de sus notorios enemigos y rindieron homenaje a la idea de la paz a cualquier precio, fueron aniquilados. Tampoco merecieron otro destino, porque ya no aportaban de ese modo ningún progreso a la Humanidad.

     Está claro como el Sol que un pueblo débil que vive en la molicie, sencillamente provoca al adversario fuerte, y si llamado al amor por la Humanidad se ahoga en el grito de triunfo del vencedor.

     Nuestro pueblo alemán confió en los cantos de sirena de falsos profetas y depuso las armas en un momento en que el último llamamiento a las filas quizás hubiera asegurado la victoria alemana. La triste consecuencia fue una paz oprobiosa, como ningún pueblo de la Tierra aún la ha conocido. Mientras Alemania se desarmaba hasta la camisa y se ofrecía como un cordero dispuesto al sacrificio al círculo de brutales matarifes, éstos se armaban riéndose de sus cínicas promesas en las que los ilusos habían confiado, y blindaban a sus hombres y a su país, creando armas de gigantescas dimensiones y aniquilador poder.

     No fue bastante que los falsos profetas en la Patria destrozasen la defensa exterior; mucho peor fue que quebrantasen la disposición interna del pueblo para la defensa. Escuela, teatro, cultura, toda la vida pública fue infestada por un enfermizo pacifismo. ¡Si los muchachos jugaban a los soldados, eso ya se consideraba como peligroso para el Estado!.

     Adolf Hitler fue quien puso un alto a esas tristes figuras y terminó con ese repulsivo espíritu decadente y traidor. No quiere una guerra, porque conoce sus horrores, pero el pueblo ha de estar pronto a defender su existencia y su futuro si enemigos ávidos de botín lo atacan. El Führer quiere para Alemania igualdad de derechos con los otros pueblos, quiere una paz del honor. Si los otros se arman, entonces no le ha de estar vedado a Alemania tomar las medidas necesarias para el aseguramiento de su existencia. Como nos fueron negadas, Alemania se separó de la Liga de las Naciones, y todo el pueblo alemán aprobó ese paso de su Conductor y dio expresión abrumadora a su demanda de igualdad de derechos. Sobre la base de esa confianza el Führer pudo promulgar el 16 de Marzo de 1935 la Ley sobre el Servicio Militar Obligatorio General, restableciendo con ello el honor del pueblo alemán.

     Disposición para la defensa no significa clamor de guerra, y no tiene nada que ver con ansias de conquista. La disposición para la defensa es de naturaleza pacífica, pero hace que todo un pueblo bajo las armas acuda a las fronteras cuando sus enemigos lo amenazan. Un viejo proverbio dice: "¡Si quieres la paz, prepárate para la guerra!". Esto no significa otra cosa que estar siempre alerta.

     Defensa y armas son el honor del hombre. Si las pierde, está deshonrado. El hombre SA afirma con alegre corazón la disposición para la defensa. Pese a no ser materialmente portador de armas de la Nación como el Ejército del Reich, su espíritu está siempre bajo las armas.


MORAL DEL SOLDADO

     Si se uniforma a un hombre y se dan armas a su mano, con ello aún no se transforma en soldado. Al contrario, uno que quizás sólo tiene a mano un garrote o ni siquiera eso, puede muy bien ser soldado. La condición del soldado es, por ende, no tanto un asunto exterior como la predisposición y actitudes internas.

     La moral del soldado, por lo tanto, no depende del arma. Soldado puede ser sólo el que se empeña totalmente por una causa reconocida por él como buena.

     Empeño total de su persona, de todas las posesiones y pertenencias es la condición previa, primera y esencial, para la verdadera condición de soldado.

     Con ello, todo el que se entrega totalmente ya encarna un modo de ser miliciano. Hablamos por eso también de soldados del trabajo, soldados del día común.

     El minero que desciende a la profundidad preñada de amenazas, el marino que guía su barco a través del oleaje siniestramente amenazador, el aviador que pilotea su máquina a través de nubes y viento, ellos son soldados.

     El soldado es un enemigo jurado de toda medianía. Desde el más profundo conocimiento vive según la palabra del poeta: "La libertad y el reino de los cielos no los ganan los mediocres". El soldado odia todo lo que oscila y tambalea, conoce sólo un claro O lo uno, o lo otro, un Si o un No. Nada le repugna tanto como el mezquino "a medias".

     El soldado desprecia la frase altisonante, multifacética, lo mismo que la tibieza y todo alarde y vanagloria. Con justificada desconfianza ve detrás de esas cosas un bostezante vacío y una oquedad.

     El soldado mira con desprecio a los que hacen negocios, los cuales, fríos hasta el corazón, sólo conocen una meta: llenar sus cuentas bancarias a costa de un pueblo que defiende lo más sagrado con millones de sacrificios de sangre.

     Literatos judaizados acuñaron la vergonzosa expresión del "campo del deshonor", y falsificaron la consigna de Pidder Lüng [balada del poeta alemán Detlev von Liliencron, 1844-1909] "Antes muerto que esclavo" en "Antes tres veces esclavo que muerto".

     El soldado no ama la muerte, pero tampoco la teme. Siempre la prefiere a la servidumbre. Morir no será fácil, pero la esclavitud a través de las generaciones es morir mil veces. El soldado es la encarnación de la palabra del poeta: "¡Y si no empeñáis la vida, nunca os ganaréis la vida!".

     La condición de soldado no tiene nada en común con el militarismo. Si la primera está sostenida por la voluntad moral de un pueblo, el militarismo dirige sus cañones hacia afuera y se complace en el fragoroso tanque de acero.

     Y ha sido el espíritu guerrero del hombre SA, que constituye un ejemplo para su pueblo, quien salvó el honor de Alemania del pantano liberal-marxista.


CORAJE Y VIRILIDAD

     "No todo día puede resplandecer la luz del Sol..." dice la canción de los prusianos. No todo día te enlaza rosas alrededor de la frente.

     Tampoco debería ser así, porque "nada es más difícil de soportar que una serie de días buenos". Es que entonces uno se acostumbra tanto a ellos que ya no impresionan como felices. La costumbre embota. Cuán bueno es que en el ciclo a veces se cubra y se esconda el Sol. Cuando después de largos oscuros días de lluvia vuelve a clarear, ¿no resplandece mucho más claro y radiante?.

     ¡Camarada SA! No te dejes amargar la vida por preocupaciones, desilusiones y penurias. Un verdadero hombre SA siempre mantiene la cabeza en alto. Y si alguna vez te golpea con especial dureza, aprieta los puños, pon tenso tu cuerpo y deja que dos palabras te den nuevo ánimo: "¡Yo quiero!".

     Dejar caer la cabeza, estar acongojado, sentirse mortificado en toda ocasión como una vieja solterona a quien en la vejez se le da un año de más, eso no es propio de un hombre SA, lo deshonra a él y al espíritu de la tropa. ¡Un corazón auténtico no puede ser aniquilado!.

     No dejarse dominar por las cosas sino tomar las riendas y enseñorearse de los acontecimientos, éste es el arte de vivir.

     Y si te ha sido dada una tarea que te resulta difícil, atácala valientemente con fresca temeridad, virilmente. La indecisión, la tibieza y la mediocridad no corresponden al modo de ser del hombre ario.

"Cobardes pensamientos, vacilaciones temerosas,
la mujeril timidez, el miedoso lamento,
no cambian la miseria, no te liberan.
A despecho de todos los poderes mantenerse;
nunca inclinarse, mostrarse fuerte,
te echarán en los brazos de los dioses"

(Goethe).

     ¿Rehúyes la responsabilidad? Entonces no eres un hombre SA. El hombre SA responde siempre de su proceder. ¿Temes hacer algo mal? Es mejor hacer de cualquier manera algo, aún con peligro de hacerlo mal, que no emprender nada; si tu acción luego resulta haber sido desacertada, puedes aprender de ella y sacarle provecho.

     Con coraje y virilidad el hombre SA se confiesa siempre por el Führer y por la Idea. Y si cañones de fusiles se dirigen amenazantes contra él, si lo esperan torturas y la muerte, sus ojos consagrados a la muerte resplandecen en heroica disposición, y su corazón posee el saber de la inmortalidad de su espíritu.

     Camarada: ¡sé un hombre íntegro y como tal transita por la vida!.–



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