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miércoles, 11 de enero de 2017

Reflejos del Mito Platónico de la Atlántida



     Reproducimos aquí un texto de 2011, que hemos editado un poco, de la licenciada en Humanidades y periodista española Cristina de Pedro Martín que circula en la red (quizá su tesis de Licenciatura), que habla del impacto que en tiempos modernos sigue teniendo el antiguo mito de la Atlántida narrado por Platón en el siglo IV a.C. en sus diálogos Timeo y principalmente en el Critias, que se refleja en autores como Francis Bacon, Julio Verne, Helena Blavatsky e Ignatius Donnelly, y, a juicio de la autora, en algunos temas impulsores del nacionalsocialismo.


LA ATLÁNTIDA: LA SOCIEDAD PERFECTA
La Utopía del Nacionalsocialismo y del Positivismo
Científico como Espejo del Mito Platónico
por Cristina de Pedro Martín
16 de Junio de 2011



     La estructura de este estudio incluye una introducción, un apartado dedicado al fundamento del mito, y una valoración de las distintas perspectivas de la sociedad perfecta a lo largo del tiempo, centrándonos en dos ejemplos, la idea de progreso y el nacionalsocialismo.

     Este trabajo se plantea como meta la interrelación existente entre la idea de sociedad perfecta y el mito platónico de la Atlántida. Se quiere investigar el fundamento del mito, los hechos que contribuyeron a su creación (a través de un ejemplo histórico y otro literario) y que plasman el sentido de la Atlántida como mito: la sociedad perfecta. El ideal de progreso científico y la teoría de la pureza de la raza aria no buscan sino de alguna manera escenificar esa sociedad perfecta platónica más allá del tiempo del filósofo heleno. Se trata de la comparación entre dos tipos de utopía que usan la Atlántida como espejo: la utopía política, totalitaria y racial de los nacionalsocialistas, y la positivista, "científica", con matices ilustrados, ligada al ideal de progreso.

     Este trabajo bebe directamente de fuentes impresas. Para ello se requiere recopilar las manifestaciones escritas sobre el mito que forman parte de su fundamento, por supuesto los Diálogos de Platón, donde nos detendremos a analizar las intenciones del filósofo, un mito pedagógico, una "mentira", palabra que él mismo llega a utilizar en algún otro de sus relatos, que actúa como recurso pedagógico. El mito ayuda a simplificar y aclarar una conclusión filosófica, en este caso una teoría política. El libro de Ignatius Donnelly La Atlántida: El Mundo Antediluviano [1882] es parada obligada por contribuír a su resurrección. A partir de aquí, el trabajo se basará en toda aquella bibliografía específica que nos ayude a aclarar el sentido del mito, la sociedad perfecta.


* * * * *


1. INTRODUCCIÓN

     Sobre la Atlántida, la civilización perdida, se han escrito multitud de libros a lo largo de la Historia. Aún hoy inspira a la literatura, a la ciencia-ficción, a los cómics, al cine o a los videojuegos. Estamos ante un mito que se fundamenta en autores clásicos, pero que se alimenta de creencias populares. Platón escribió en sus diálogos sobre una civilización en guerra con Atenas, una superpotencia autárquica en la que vivían superhombres gobernados por los más ancianos, que obedecían las leyes divinas y se comportaban con gran virtud: una sociedad perfecta. Con el tiempo, su naturaleza divina se fue corrompiendo hasta alcanzar una dimensión mucho más humana. Se volvieron viciosos y Zeus, como castigo, decidió exterminar el país de los atlantes.

     Dado que el filósofo griego se interesaba tanto por las sociedades ideales (La República, que en griego significa Ciudad-Estado) no parece insensato interpretar dicha historia como una parábola, un relato cuya finalidad es ilustrar una lección. Así, Platón pretendía con ese mito mostrar su sociedad perfecta. Pero no sólo eso. Tal y como se ha sugerido, Platón sitúa a la polis como base de toda teoría política. Ser político, el equivalente a vivir en una polis, significaba un mundo basado en la persuasión y la palabra.

     Por el contrario, todo aquel que estaba fuera de la polis, como los esclavos o los bárbaros, permanecían desprovistos de una forma de vida. "Lo que dieron por sentado todos los filósofos griegos es que la libertad se localiza exclusivamente en la esfera política, que la necesidad es de manera fundamental un fenómeno pre-político, característico de la organización doméstica privada, y que la fuerza y la violencia se justifican en esa esfera porque son los únicos medios para dominar la necesidad y llegar a ser libre" (H. Arendt, Los Orígenes del Totalitarismo, Madrid, 1973, pp. 43-44).

     La República, y por ende, la Atlántida acaban por marcar una idea plenamente vigente en la tradición occidental, la de la polis, integradora y libre para unos, la sociedad perfecta, feroz e inmisericorde para los excluídos del sistema, sean los esclavos del mundo antiguo o los marginados de nuestros días; una polis que se concede el poder de la fuerza para someter a esos agentes externos; una idea de la violencia no sólo física sino ideológica, social, cultural, histórica e incluso a veces "necesaria" para la configuración ideal de una sociedad perfecta..

     A lo largo de la Historia algunos defensores de la existencia de la Atlántida, como ciertas corrientes ocultistas e historiográficas, insisten en la veracidad del mito y avalan la existencia de una presunta madre de todas las civilizaciones. Ni el positivismo ni el racionalismo han podido revertir esta tendencia, ni tampoco la ciencia ha podido obviar que algunos de sus argumentos se apoyan sobre datos contrastados. Lo cierto es que en la mitología un hecho se repite una y otra vez, aunque con distintas tonalidades. En la tradición nórdica, sumeria, griega, hebrea, mesoamericana, china, polinésica o andina se hace referencia a una Era antigua en la que se produjo un acontecimiento que marcó la historia del hombre en la Tierra: un antiguo reino, famoso por su riqueza y su sabiduría, que fue destruído por algún acontecimiento de carácter catastrófico.

     Partimos de la base de que la tradición occidental se sustenta sobre el génesis hebreo y el mundo clásico griego. Hacia el año 350 a.C. Platón escribió en sus diálogos Timeo y Critias sobre la existencia de una gran isla que ocupaba gran parte de lo que hoy conocemos como el Océano Atlántico. Critias, discípulos de Sócrates, narra una historia que escuchó de su padre cuando era niño y que éste a su vez escuchó de Solón, el gran legislador ateniense y uno de los Siete Sabios de Grecia. Solón oyó de boca de los sacerdotes de Sais en Egipto la historia de la isla Atlántida, que se remonta al principio de los tiempos. Entonces los dioses reinaban sobre la tierra y se repartían el mundo para que cada uno de ellos lo gobernase. Poseidón, dios del mar, recibió una isla a la que llamó Atlántida, eligió a una mujer mortal, Clito, e inició una dinastía de reyes que reinaría durante siglos. Al mayor de sus hijos, Atlas, le proporcionó la ciudad que llevaba su nombre y que sentaría su hegemonía sobre las otras nueve.

     Otros autores clásicos tales como Teopompo, Heródoto y Diodoro Sículo hacen también referencia al mito, al que otorgan diferente denominaciones. También Agustín en La Ciudad de Dios, Plutarco, en Isis y Osiris, y otros autores como Estrabón, Posidonio o Apolodoro asumen la existencia de otras civilizaciones míticas. Durante la Edad Media, el mito parece caer en el olvido hasta su recuperación por los humanistas del Renacimiento. Alfonso Reyes y Francisco López de Gómara sugieren que Colón pudo haber estado influído por la leyenda de la Atlántida e incluso López ve en la voz náhuatl atl (agua) un indicio de un vínculo entre aztecas y atlantes. Más allá de las teorías filosóficas, islas como las Azores, las Canarias y las Antillas figuraron en los mapas como posibles vestigios del continente perdido entre los siglos XVI y XVII.

     En 1626 el filósofo inglés Francis Bacon publica La Nueva Atlántida, una especie de utopía a favor de un mundo basado en los principios de la razón y el progreso científico y técnico. La obra del gran empirista inglés sigue el sendero abierto por Platón que lleva a reconstruír su propio sueño social en el que sus ciudadanos son plenamente felices en virtud de una perfecta organización del Estado que limita a su mínima expresión cualquier mal o amenaza. Con el empirismo y la búsqueda del método científico entramos en la antesala del Positivismo que impregnaría la doctrina científica a lo largo de todo el siglo XIX de la mano del filósofo francés Auguste Comte y del pensador británico John Stuart Mill. Ésta es la corriente que subordina todo conocimiento al verdadero saber científico, un conocimiento que sólo puede ser auténtico si éste puede ser refutado a través de la afirmación positiva de teorías aplicadas a través del método que dispone la ciencia.


     Así, la obra de Bacon, filósofo y padre del empirismo inglés de su época, se convierte en el puente que nos conducirá al Positivismo. Además, nos sirve como una consecuencia lógica o prolongación científica del pensamiento ilustrado que marcó el siglo XVIII como el Siglo de las Luces. En cierto modo estamos ante la doctrina política más científica posible. No en vano, la Ilustración subordina todo pensamiento a la lógica de la razón, el único camino posible para abandonar el sendero de las tinieblas de la Humanidad.

     Tendremos que esperar hasta la segunda mitad del siglo XIX para que el mito creado por Platón adquiera la fascinación que tiene hoy en día. La novela Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino, publicada por Julio Verne en 1869 y 1870, describe un encuentro de los protagonistas con los restos de una sumergida Atlántida. Pudiera parecer que éste fue un excelente escritor de aventuras, pero escritor de aventuras al fin al cabo. Nada más lejos de la realidad. Verne representa mejor que nadie a través de su obra lo que Bacon apuntaba un siglo atrás. El escritor francés dibuja en sus aventuras extraordinarios avances con los que el hombre no había sido aún capaz de soñar, los mismos adelantos científico-tecnológicos que, como sugería La Nueva Atlántida, nos permitirán controlar el furor de los elementos y servirnos de la sabiduría de la Naturaleza, esto es, el sendero hacia la sociedad perfecta que marca el ideal de progreso científico.

     Doce años más tarde [en 1882], el congresista estadounidense Ignatius Donnelly publica Atlántida: El Mundo Antediluviano, donde concluye que hubo una mundo, ya desaparecido, que fue el origen de toda civilización humana y cuyo eco perduró en la leyenda de la Atlántida. Ese libro marcó un antes y un después en la historia de la creación del mito por la relevancia que tuvo para su época y por despertar en las conciencias el espíritu arqueológico y aventurero.

     Habría que remontarse años atrás, a las teorías ocultistas de Blavastsky en su obra La Doctrina Secreta [1ª ed. 1888], para ver cómo por primera vez se relaciona el origen atlante con el ario, uno de los pilares del movimiento nacionalsocialista. Helena Blavastsky fundó en 1875 en Nueva York, junto con el coronel Henry Stell Olcott, la denominada Sociedad Teosófica, principal promotora del conocimiento ocultista oriental, aquella corriente que pretende unir filosofía y ciencia buscando en la religión el conocimiento divino.

     El pangermanismo de comienzos del siglo XIX se apoyaba, sorprendentemente, sobre una vertiente mística, además de la evidente cultural y política. Al tiempo, la Ariosofía, una rama alemana de la Teosofía, se extendía rápidamente por algunas de las ciudades alemanas y austriacas. Madame Blavatsky defendía en su libro La Doctrina Secreta una visión del pasado que coincidía con algunos principio pangermanos y con la vuelta de muchos alemanes a las viejas leyendas arias. La Teosofía hablaba concretamente de la existencia de cuatro razas principales que preceden a la actual, que habría de ser la quinta, la de los arios, y cuyo origen ha de remontarse a la legendaria Atlántida.

     Se dice en esa obra que existe una raza pura que proviene de la Atlántida y que fue migrando a través del desierto de Gobi hasta el Himalaya. Los mensajes de Blavatsky eran libro de cabecera de algunos nacionalsocialistas, como por ejemplo del político, militar e historiador Karl Ernst Haushofer, de quien se dice que influyó sobremanera en Hitler y avaló el uso de la svástica sinistrógira [o levógira] como emblema nacionalsocialista y símbolo de destrucción de la que habría de resurgir una raza pura. La cruz gamada ya entonces fue descrita por Blavatsky como "los cuatro brazos de la X, o cruz decusada, y de la cruz hermética, indicando los cuatro puntos cardinales, eran bien comprendidos por las mentes místicas de los indos, brahmanes y budistas, siglos antes que se oyese hablar de ello en Europa, pues ese símbolo se encuentra en todo el mundo...". Haushofer perteneció a una sociedad cuyas ideas giraban en torno a la búsqueda de la raza perfecta que Himmler transformó en las SS. Por todo ello, son sobradamente conocidas las expediciones de los nacionalsocialistas, por ejemplo al Tíbet, en busca de aquella raza que provenía de la Atlántida [1].

[1] Lesta J., Las Claves Esotéricas del Tercer Reich, Madrid, editorial EDAF, 2005; p. 107.

     Por tanto, queremos partir del camino que nos planteó Platón, el mito de la Atlántida, La República, y seguir dos senderos, centurias después, en pos de la sociedad perfecta: la utopía política de la teosofía de la que bebió el nacionalsocialismo, y la utopía científica de Bacon y Verne.


2. ORIGEN DEL MITO. El Poder de Seducción de la Atlántida:
de Platón a Ignatius Donnelly

     Dice Edwin Ramaje en su obra Atlantis: Fact or Fiction? que es difícil saber cuántos libros se han escrito sobre la Atlántida y que 2.000 le parece un número razonable, aunque algunos cálculos llegan hasta los 10.000 [2]. En la historia del mito han influído muchos autores desde que Platón lo mencionara por primera vez, y son difíciles de situar en las categorías de realidad, ficción o incluso ciencia-ficción por sus conjeturas. Quizás sea porque nunca sabremos con exactitud qué empujó a Platón a describir esa civilización [3], pero lo cierto es que fuese su origen prehistórico o imaginario, esa leyenda es un caso único porque ha perdurado a través de los siglos sin apoyo de ninguna religión. Hoy en día, en pleno siglo XXI, aún permanece viva su memoria.

[2] Ramaje E., Perspectives Ancient and Modern, en Atlantis: Fact or Fiction?, Indiana University Press, 1978, pp. 34-35,.
[3] Ellis, R., En Busca de la Atlántida, Barcelona, 2000, pp. 14-15.

     Si su origen es Platón, remitámonos al diálogo Timeo escrito por el filósofo en 350 a.C.: Sócrates hace un repaso con sus alumnos Timeo, Hermócrates y Critias sobre una lección acerca del Estado. El filósofo plantea cuál es la mejor forma de gobierno y quiénes los más indicados para gobernar en la que es una clara referencia a su República. Así pues, el propio Sócrates solicita a sus alumnos un ejemplo de sociedad que contenga los mismos valores que la Ciudad-Estado. Es Critias quien se atreve a recuperar una tradición para el caso práctico de las lecciones de su maestro. La fuente de dicho relato es Solón, el más grande de los Siete Sabios, historiador griego que vivió hacia el 500 a.C., pariente y gran amigo de Drópides, bisabuelo de Critias, quien habría escuchado en la ciudad Egipcia de Sais una historia que relata cómo "Atenas había llevado a cabo en otros tiempos grandes y admirables cosas, hoy caídas en el olvido a causa de los años y de la muerte de los hombres"... [4]. Se refiere Critias a la gran victoria de Atenas sobre una "poderosa armada que venía a través del mar Atlántico".

[4] «En efecto, nuestros escritos refieren cómo vuestra ciudad detuvo en una ocasión la marcha insolente de un gran imperio, que avanzaba del exterior, desde el Océano Atlántico, sobre toda Europa y Asia. En aquella época se podía atravesar aquel océano dado que había una isla delante de la desembocadura que vosotros, así decís, llamáis Columnas de Heracles. Esa isla era mayor que Libia y Asia juntas y de ella los de entonces podían pasar a las otras islas y de las islas a toda la tierra firme que se encontraba frente a ellas y rodeaba el océano auténtico, puesto que lo que quedaba dentro de la desembocadura que mencionamos parecía una bahía con un ingreso estrecho. En realidad, era mar, y la región que lo rodeaba totalmente podría ser llamada con absoluta corrección tierra firme. En dicha isla, Atlántida, había surgido una confederación de reyes grande y maravillosa que gobernaba sobre ella y muchas otras islas, así como partes de la tierra firme. En ese continente dominaban también los pueblos de Libia, hasta Egipto, y Europa hasta Tirrenia. Toda esa potencia unida intentó una vez esclavizar en un ataque a toda vuestra región, la nuestra, y el interior de la desembocadura. Entonces, Solón, el poderío de vuestra ciudad se hizo famoso entre todos los hombres por su excelencia y fuerza, pues superó a todos en valentía y en artes guerreras, condujo en un momento de la lucha a los griegos, luego se vio obligada a combatir sola cuando los otros se separaron, corrió los peligros más extremos y dominó a los que nos atacaban. Alcanzó así una gran victoria e impidió que los que todavía no habían sido esclavizados lo fueran y al resto, cuantos habitábamos más acá de los confines heráclidas, nos liberó generosamente. Posteriormente, tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario en un día y una noche terribles, la clase guerrera vuestra se hundió toda a la vez bajo la tierra, y la isla de Atlántida desapareció de la misma manera, hundiéndose en el mar. Por ello, aún ahora el océano es allí intransitable e inescrutable, porque lo impide la arcilla que produjo la isla asentada en ese lugar y que se encuentra a muy poca profundidad» (Platón, Timeo, 24e-25d, en Diálogos, tomo VI, Ed. Gredos, Madrid, 1992, pp.167-168).

     Las siguientes palabras de dicho Diálogo suponen la gran pista aprovechada por los arqueólogos para encontrar los vestigios de la Atlántida: "En aquella época, se podía atravesar aquel océano dado que había una isla delante de la desembocadura que vosotros, así decís, llamáis columnas de Heracles". Esa construcción, las Columnas de Hércules, constituyeron un elemento legendario de origen mitológico, situado en el estrecho de Gibraltar que señalaba el límite del mundo conocido, la última frontera para los antiguos navegantes del Mediterráneo.

     En el siguiente diálogo, Critias o la Atlántida, Platón hace una detallada descripción sobre la sociedad atlante: 9.500 años antes que el sabio Solón, existió una civilización denominaba Atlántida, cuyo centro era una isla, dirigida por 10 reyes, mayor que Libia y Asia juntas, y que después, cuando supuestamente se hundió tras un terremoto, acabaría por convertirse en una infranqueable barrera que impedía a los viajeros cruzar el océano. Se trataba de una sociedad autárquica [5], gobernada por un rey, el más anciano, Atlas, que transmitía siempre al mayor de sus descendientes la corona, prolongando una dinastía que se extendió a lo largo de muchas generaciones. Cada uno de los diez reyes tenía el absoluto control de los ciudadanos y de las leyes en su ciudad y distrito.

[5] «Poseían tan gran cantidad de riquezas como no tuvo nunca antes una dinastía de reyes ni es fácil que llegue a tener en el futuro, y estaban provistos de iodo de lo que era necesario proveerse en la ciudad y en el resto del país. En efecto, aunque importaban mucho del exterior a causa de su imperio, la mayoría de las cosas necesarias para vivir las proporcionaba la isla: en primer lugar, todo lo que, extraído por la minería, era sólido o fusible, y lo que ahora sólo nombramos, entonces era más que un nombre: la especie del oricalco que se extraía de la tierra en muchos lugares de la isla, el más valioso de todos los metales entre los de entonces, con la excepción del oro; y todo lo que proporciona el bosque para los trabajos de los carpinteros, ya que todo lo producía de manera abundante y alimentaba, además, suficientes animales domésticos y salvajes. En especial, la raza de los elefantes era muy numerosa en ella. También tenía comida el resto de los animales que se alimenta en los pantanos, lagunas y ríos y los que pacen en las montañas y en las llanuras, para todos había en abundancia y así también para este animal que es por naturaleza el más grande y el que más come. Además producía y criaba bien todo lo fragante que hoy da la tierra en cualquier lugar, raíces, follaje, madera, y jugos, destilados, sea de flores o frutos. Pero también el fruto cultivado, el seco, que utilizamos para alimentamos y cuanto usamos para comida —denominamos legumbres a todas sus clases— y todo lo que es de árboles y nos da bebidas, comidas y aceites, y el que usamos por solaz y placer y llega a ser difícil de almacenar, el fruto de los árboles frutales, y cuantos presentamos como postres agradables al enfermo para estímulo de su apetito, la isla divina, que estaba entonces bajo el Sol, producía todas estas cosas bellas y admirables y en una cantidad ilimitada. Como recibían todas estas cosas de la tierra, construyeron los templos, los palacios reales, los puertos, los astilleros y todo el resto de la región» (Platón, Critias 114d-115c., en Diálogos, tomo VI, Ed. Gredos, Madrid, 1992, pp. 287-288).

     El Imperio de los atlantes se extendió hasta Egipto y Tirrena. Sus conocimientos de ingeniería civil les permitieron construír templos, dársenas y puertos, acueductos... Desde el mar abrieron un canal hasta el recinto exterior que utilizaron como puerto, disponiendo la embocadura de modo que las naves más grandes pudieran entrar sin dificultad. Un muro de piedra rodeaba cada anillo de tierra, colocando torres y puertas a la entrada de las bóvedas de los canales y en los puentes. El muro exterior estaba cubierto por una capa de bronce, el siguiente de estaño, y el tercero de oricalco. En el centro se alzaba un inaccesible templo sagrado dedicado a Clito y Poseidón. Había también fuentes de agua fría y caliente, jardines, edificios, piscinas, pistas para carreras de caballos, casas... Ya fuera de la ciudadela, alrededor del canal que conducía al mar, había multitud de viviendas, y el canal estaba lleno de buques mercaderes.

     El resto de la isla lo ocupaba una llanura con una longitud de tres mil estadios [unos 550 kms.], rodeada de montañas y surcada por ríos, lagos, prados y bosques. Una ley predominaba sobre todas las demás: los reyes no debían acudir a las armas unos contra otros y debían prestarse ayuda mutua, deliberar juntos sobre asuntos importantes y dejar el mando supremo a los descendientes de Atlas. Durante muchas generaciones, mientras perduró la naturaleza divina, obedecieron las leyes. Unían la amabilidad con la sabiduría, despreciaban lo que no fuera virtud sin importar la posesión de riquezas. Pero con el paso del tiempo la esencia divina se fue diluyendo en humana ("porque se había mezclado muchas veces con muchos mortales y predominó el carácter humano"). Su naturaleza mortal se impuso y su divinidad se corrompió. "El dios de dioses Zeus, que reina por medio de leyes, puesto que puede ver tales cosas, se dio cuenta de que una estirpe buena estaba dispuesta de manera indigna y decidió aplicarles un castigo para que se hicieran más ordenados y alcanzaran la prudencia. Reunió a todos los dioses en su mansión más importante, la que, instalada en el centro del universo, tiene vista a todo lo que participa de la generación y, tras reunirlos, dijo...". El texto del Critias termina así, abruptamente; al parecer no pudo terminarlo o nos ha llegado incompleto.

     Si examinamos la mitología histórica de Occidente comprobamos que muy pocos mitos han perdurado tanto como la Atlántida. Hoy pocos griegos creen en Zeus o Poseidón, pero el relato de Platón se ha difundido más allá de las fronteras convirtiéndose en uno de los legados perdurables del mundo antiguo. Dice Richard Ellis que "hemos mantenido el relato a lo largo del tiempo porque satisface una necesidad. Es una crónica de poder y de muerte, de codicia y de castigo, de desastre natural y de misterio... todos los elementos que dan interés a una historia" [6]. Pero la Atlántida es algo más, es el paradigma de la sociedad perfecta, la ejemplificación de la perfecta evolución de una civilización que aspira a la felicidad y que acaba por envilecerse.

[6] Ellis, R., En Busca de la Atlántida, op. cit., p. 327.

     A partir del relato de Platón, los autores que hablan del mito de la Atlántida, como algo cierto o utópico, son innumerables. En la Antigüedad, Estrabón, Poseidonio y Plinio el Viejo aludieron en algún momento de su obra a la Atlántida de Platón, y más adelante Plutarco se atrevió a nombrar a los sacerdotes que relataron a Solón la historia del continente perdido: Sonkhis de Sais y Psenophis de Heliópolis. Ya en el siglo V Proto ofrece más datos del relato al sugerir que el filósofo de la academia platónica Crantor viajó a Egipto donde vio las estelas que relataban la misma historia que oyó Solón [7]. La lista sigue ampliándose con Teopompo, Plinio, Diodoro Sículo, Claudio Eliano, Estadio... Las propias características de la Edad Media sumergieron el mito bajo las aguas para que fuera recuperado por los humanistas ya en el Renacimiento, que relacionaron la propia leyenda con el descubrimiento de América. El caso más sonado fue el del escritor mejicano Alfonso Reyes: "America se anunciaba en el Timeo y el Critias cuando Platón hablaba de la Atlántida, poderoso Imperio... Era en cierto sentido, la premonición de la gran Tenochtitlán que siglos más tarde verían los soldados y los humanistas que llegaron con la Conquista. En este sentido, América nació en el deseo utopista de Europa" [8].

[7] Proto, Commentary on Plato's Timaeus, Cambridge University Press; pág 76.
[8] Serrato Córdova, J. E., Ensayos Inéditos. América como Historia y Narración. Crítica de la Utopía Americana. Perspectivas y Críticas de Alfonso Reyes. Editorial Plaza y Valdés; p. 194.

     Reyes incide en que la Atlántida trabajó por América [9] en el sentido de que el mito estimuló la recuperación de viejas utopías; creer de nuevo en la existencia de un continente desconocido. Francisco López de Gómara sugirió en 1552 un vínculo entre aztecas y atlantes [10]: "...Pero no que hay para qué disputar ni dudar de la isla Atlántide, pues el descubrimiento y conquistas de las Indias aclaran llanamente lo que Platón escribió de aquellas tierras, y en Méjico llaman a la agua atl, vocablo que parece, ya que no sea, al de la isla. Así que podemos decir cómo las Indias son las islas y tierra firme de Platón, y no las Hespérides, ni Ofir y Tarsis, como muchos modernos dicen".

[9] Reyes Caracas, A., Ultima Tule y Otros Ensayos. Biblioteca Ayacucho, Venezuela, 1992.
[10] López de Gómara, F., Historia General de las Indias y Conquista de Méjico, CCXX.

     Tendremos que esperar hasta 1626 para que el filósofo inglés Francis Bacon publique La Nueva Atlántida, una fábula a favor del mundo basado en los principios de la razón y el progreso científico y técnico en la que más tarde nos adentraremos. El mito platónico refleja un punto de inflexión en la segunda mitad del siglo XIX con la publicación, en 1869, de la novela de Julio Verne Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino y años más tarde con la obra de Ignatius Donnelly, Atlantis: El Mundo Antediluviano.

     En 1882 el congresista estadounidense Ignatius Donnelly afirmó la existencia de una región desaparecida que fue el origen de toda civilización humana: la Atlántida. Donnelly es considerado uno de los primeros estudiosos del mito. Llegó incluso a ser vicegobernador de Minnesota al tiempo que su obra de más éxito se preparaba "de forma excelente para su tiempo" según Lucile Hansen [11]. El libro marcó un antes y un después en la historia del mito platónico pues tuvo una gran acogida, fue reeditado hasta 1976 y hoy en día sigue a la venta. Sus hipótesis fueron contemporáneas a una época en la que el avance de la ciencia dotaba a su tesis de una cierta veracidad. Tanto fue así que el gobierno británico organizó una expedición a las islas Azores, lugar donde el autor ubicaba la Atlántida.

[11] Luile Taylor, H., The Ancient Atlantis, Amherst, 1969, pp. 55-56.

     Sin embargo, el tiempo ha situado a Donnelly en el lugar de la ingenuidad, tergiversación y conclusiones subjetivas. Edwin Ramage escribe en su Atlantis: Fact or Fiction que "las proposiciones dan una idea de la falta general de juicio crítico que impregna el libro. En casi todas las páginas hay algún ejemplo de suposición temeraria, conclusión precipitada, razonamiento viciado o argumento basado puramente en la retórica. Gran número de los hechos que se exponen no tienen nada de hechos, y en el esfuerzo entusiasta por crear su Atlántida se advierte una ingenuidad sorprendente" (Ellis, R., En Busca de la Atlántida, p. 59).


     Sin embargo la proeza de Donnelly reside en que "el entusiasmo del autor vivificó lo que hubiera podido estar embalsamado en una vitrina, y lo convirtió en un libro importantísimo para ciertas mentalidades. Donnelly creó una visión de un pasado de oro, de aventureros arrojados que extendían la civilización por el mundo, de Edenes que en otro tiempo existieron y luego perecieron; y debería ser una lección para todos nosotros..." [12].

[12] Bleiler, Introducción a Atlantis: The Antediluvian World, de Donelly, Dover, Reino Unido, 1976.

     Al igual que Donnelly creyó en sus palabras, multitud de arqueólogos, historiadores, filósofos o simples aficionados también lo hicieron y ubicaron la Atlántida en los más distantes lugares, asociando a los atlantes con diferentes culturas de la Antigüedad. Ignatius Donnelly sugiere en su obra que el origen de la raza aria se encuentra en los superhombres atlantes, una hipótesis que será retomada por los nacionalsocialistas.


3. LA SOCIEDAD PERFECTA

3.1.1 Francis Bacon y La Nueva Atlántida; Verne y el Positivismo

     Después de que Platón introdujera el concepto de una sociedad utópica desaparecida, un filósofo, político, abogado y escritor inglés usó la Atlántida como estructura para idear un modus vivendi ideal. Francis Bacon (1561-1626) era un hombre preocupado por el porvenir de la ciencia y sus futuras aplicaciones en la vida del hombre, por lo que orientó su interés hacia la conquista de la Naturaleza por el ser humano. Es considerado el padre del empirismo, o la subordinación del pensamiento científico a hechos probados mediante la observación y la experiencia sensible. Al igual que hizo Platón, Bacon esboza en La Nueva Atlántida (1627) un modelo de Estado ideal en el cual los ciudadanos son felices debido al control del medio y los elementos en el marco de una perfecta organización social. Ya el título mismo de la obra nos remite al filósofo griego, e incluso hace hincapié en la leyenda platónica; pero Bacon no se ocupa de la organización de la economía y de la sociedad, que cree secundaria, sino de un nuevo orden producto de una institución selecta, la Salomon's House (o el College of the Six Days' Work), de la que los súbditos no deben tener conocimiento.

     Comenzando por el principio, Bacon relata un viaje hacia la China y el Japón del siglo XVII en el que la tripulación se ve obligada a descender de sus navíos y acudir en busca de ayuda hacia una isla misteriosa con una cuanto menos curiosa política exterior. Esa exótica sociedad es gobernada por la denominada Casa de Salomón, cuyo "fin de nuestra Fundación es el conocimiento de las causas y movimientos secretos de las cosas, así como la ampliación de los límites del imperio humano para hacer posibles todas las cosas". En resumen, una utopía tecnológica gobernada por científicos que concentran el conocimiento.

     Sin citarlo expresamente, Bacon predice la invención del submarino, el avión, el micrófono, la genética, los cultivos artificiales, el control de las lluvias... Tiene un gran interés por anunciar una organización social que gira en torno a la llegada de la ciencia y la técnica. Dice Bacon que la armonía entre los seres humanos puede alcanzarse mediante un control de la Naturaleza que les facilite los medios precisos para su vida. Éste es uno de los aspectos más fascinantes de La Nueva Atlántida, la supeditación de la organización económica y política de su utopía a la conquista de la Naturaleza por el hombre.

     Bacon sugiere que, más allá de la justicia del buen gobierno, la armonía de la Humanidad —la sociedad perfecta— sólo puede alcanzarse mediante un control preciso del medioambiente que les permite el acceso a los medios necesarios para su supervivencia. Lo que podría parecer una perogrullada no lo es tal si atendemos al hecho inequívoco de que a lo largo de los tiempos el dominio del hombre sobre la Naturaleza siempre ha sido limitado. En el mundo de hoy la Humanidad aún padece hambrunas, plagas, enfermedades y está a merced de terremotos y maremotos. Su utopía consiste pues en la reforma de la sociedad a través de la ciencia aplicada, partiendo de una revisión de los objetivos y los métodos científicos.

     Bacon, máximo exponente del empirismo inglés de su época, deja el terreno abonado para la eclosión del positivismo a principios del siglo XIX. Estamos ante una escuela filosófica que afirma que el único conocimiento auténtico es el conocimiento científico, es decir, aquel que sólo puede ser refutado a partir de la afirmación positiva de las teorías a través del método científico al que tanto contribuyó el autor de La Nueva Atlántida. El positivismo viene a renovar y sustituír los postulados de la Ilustración del siglo XVIII y a contestar al Romanticismo de final de siglo. El Siglo de las Luces alumbra un tiempo en que los pensadores ilustrados depositaron toda su fe en la razón, capaz de derrotar a la ignorancia, la tiranía o la superstición, una corriente ante la que se rebeló el Romanticismo apenas cien años después, una revolución contra el racionalismo de la Ilustración, que rechaza el despotismo ilustrado y apuesta por el liberalismo, una escuela filosófica que antepone el sentimiento, la búsqueda constante de la libertad, la esencia del hombre y el sentir de la Naturaleza. El Romanticismo viene a ser un grito de libertad ante el corsé ilustrado. Como respuesta, y como necesidad de acotar la épica romántica del conocimiento, a principios del siglo XIX surge el Positivismo que somete el racionalismo ilustrado al conocimiento científico.

     Es aquí cuando emerge del centro del Tierra la figura del escritor francés Julio Verne. El Positivismo ya anuncia una nueva visión del mundo: un mensaje que habría de ser difundido por la hasta entonces casi inexistente literatura de divulgación científica. Las novelas de Verne nacen en el momento preciso: Francia vive un periodo de florecimiento de su ciencia e industria bajo el gobierno de Napoleón III. Ya entonces, el editor de Verne, Pierre-Jules Hetzel, contempla la futura obra de Verne como un plan educativo que pasa por despertar el interés de la juventud por la ciencia y por la formación de los dirigentes de la sociedad del futuro. Es Julio Verne quien comienza a describir detalladamente los mismos adelantos tecnológicos que Bacon ya apuntaba un siglo atrás, aquellos que nos permitirán controlar la Tierra trazando el camino hacia una sociedad perfecta marcada por el ideal de progreso científico. Es Verne quien sugiere por primera vez un cohete espacial en De la Tierra a la Luna (1865), utiliza globos aerostáticos en Cinco Semanas en Globo (1863) o incluso describe el mundo global e interconectado de nuestros días, la aldea global de Mc Luhan, con dos siglos de antelación en la magnífica La Vuelta al Mundo en 80 Días (1873).

     Es entonces cuando Verne deja de ser considerado como un escritor más de aventuras para convertirse en un visionario científico, un autor muy ligado al ideal de progreso y ciencia que dibujaba Bacon en su Nueva Atlántida. De hecho, y volviendo a beber de las fuentes originales en el mito platónico, el que la civilización perdida —y por ende la búsqueda de la sociedad perfecta— interesaba a Verne se demuestra en las páginas de una de sus obras más recordadas: 20.000 Leguas de Viaje Submarino (1869). Verne no sólo "inventa" el submarino o la escafandra de buceo, "descubre" y describe minuciosamente cientos de especies marinas y "explora" antes que nadie el fondo submarino, sino que el inolvidable y misterioso capitán Nemo y sus compañeros se encuentran a miles de kilómetros de profundidad con las ruinas de lo que antaño fue la gloriosa Atlántida, un punto de inflexión en la obra de Verne que conecta a Platón con el Positivismo.

     Es en este mágico momento literario cuando el mañana mira al pasado. Si entre las misiones encomendadas a Verne se incluía la formación de los dirigentes de la sociedad del futuro, qué mejor ejemplo que mostrar la Atlántida como espejo de lo que pudo ser y no fue. Si aceptamos el castigo de Zeus al pueblo atlante, Verne dibuja el mito, una civilización que refleja la sociedad perfecta a la que aspira el conocimiento científico. Pero también una polis que fue víctima de su autocomplacencia al caer en las pasiones humanas que, precisamente, reivindicaba el Romanticismo. Verne recupera la leyenda atlante para mostrar el camino a los dirigentes de la sociedad del futuro. Y lo hace a través de una utopía tecnológica —cuyo máximo exponente es el submarino Nautilus— gobernada por un científico que concentra el conocimiento, el capitán Nemo, exactamente como la Casa de Salomón que dibujaba Francis Bacon, pero con una curiosidad añadida: Nemo significa "nadie" en latín. ¿Propone Verne un subliminal desafío literario a sus lectores, los gobernantes del futuro?.

     Y así presenta Julio Verne a los ojos del profesor Aronnax los restos de la Atlántida: "¡Qué relámpago atravesó mi mente!. ¡La Atlántida!, la antigua Merópide de Teopompo, la Atlántida de Platón, ese continente negado por Orígenes, Porfirio, Jámblico, D'Anville, Malte-Brun, Humboldt, para quienes su desaparición era un relato legendario, y admitido por Posidonio, Plinio, Amiens-Marcellin, Tertuliano, Engel, Sherer, Tournefort, Buffon y D'Avezac, lo tenía yo ante mis ojos, mostrando aún los irrecusables testimonios de su catástrofe..." (Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino).


3.1. La Utopía Nacionalsocialista.
La Raza Aria: la Sociedad Perfecta

     Si bien fueron los alemanes del Tercer Reich los que materializaron las ideas de una Alemania aria y pura como la Atlántida, la idea no es suya, sino que se remonta tiempo atrás. Cuando se busca bibliografía referente a la Atlántida siempre se puede encontrar algo en las secciones de ocultismo, magia y esoterismo. Le podemos otorgar mayor o menor credibilidad pero estamos ante una evidencia que no se puede obviar.

     Una de las grandes responsables de la penetración del esoterismo en la ideología nacionalsocialista es Helena Blavatsky, una espiritista rusa residente en Nueva York. En 1871 reveló que un mahatma tibetano llamado Koot Hoo le había legado su conocimiento sobre esa civilización perdida. En su poder obraba una serie de cartas que hablaban de las siete razas fundamentales humanas que se suceden en el tiempo: los rmoahals, los tlavatls, los toltecas, los turanios, los acadios, los mongoles y la raza aria, superior a todas las demás. Las doctrinas teosóficas de Helena Blavatsky fueron traducidas al alemán y aplaudidas por los grupos ocultistas austriacos y alemanes de principios del siglo XX. Sus teorías fueron retomadas por la investigadora británica Annie Besant (1847-1933), de gran prestigio en su época. Ella fue quien las extendió por todo Occidente. El resultado fue una extensión de ideas similares a las teosóficas que reivindicaban las tradiciones germánicas y que desembocaron en el nacionalsocialismo a través de los teóricos anti-judíos Guido von List y Lanz von Liebenfels, los fundadores de la Ariosofía, una reinterpretación nacionalsocialista alemana de las doctrinas teosóficas de Helena Blavatsky, retomadas después por Annie Besant.

     La idea de la Atlántida como origen de la raza aria comienza a desarrollarse tras el desastre de 1918, bajo formas pretendidamente científicas que escondían todo un ideario ideológico. El primer alemán que se aproximó al tema fue el autor Kart Georg Zschaetzsch. En La Atlántida, Patria Primitiva de los Arios, publicado en 1922, afirma que "sin la presencia de un tronco ario, ningún Estado puede subsistir" [13].

[13] Vidal-Naquet, P., La Atlántida, Pequeña Historia de un Mito Platónico, Madrid, 2006, p. 138.

     La Sociedad Thule, fundada en 1918 y catalogada como una simple agrupación para el estudio de la antigüedad teutónica, tuvo mucho que ver en la búsqueda de Hiperbórea, tal y como conocían los nacionalsocialistas a la Atlántida. Dicha organización mantenía contactos muy estrechos con seguidores de la teosofía y otros ocultistas como Madame Blavatsky y tenían por objetivo la reivindicación de la raza aria. Fue la organización que patrocinó al partido al Deutsche Arbeiter Partei (DAP), después el Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista (NSDAP) de Adolf Hitler. Thule, en la mitología alemana, era un paraíso perdido al Norte del océano Atlántico. Los ocultistas alemanes pensaban que antiguamente, existían allí superhombres dotados con poderes increíbles y que, por supuesto, Alemania debía recuperar esa grandeza.


     Himmler, jefe de las SS y mano derecha de Hitler, fundó en 1935 un elitista instituto de investigación conocido como Ahnenerbe, término cuyo significado se deriva de la voz alemana "herencia ancestral" y cuyo objetivo teórico era demostrar y obtener evidencias de los logros y hazañas de los ancestros de Alemania, incluso desde el Paleolítico. La Ahnenerbe destacó por su departamento arqueológico, que se dedicó a la búsqueda del Santo Grial, el Arca de Noé y... la propia Atlántida, una misión que contemplaba además la transmisión de ese legado cultural al pueblo alemán. El Führer creía en los arios, una raza de hombres y mujeres altos, esbeltos, de cabello rubio, procedentes del Norte de Europa, padres de la civilización. Así lo afirmó Adolf Hitler en la obra que plasma todo su pensamiento político, Mein Kampf (Mi Lucha, 1925). Dice así: "Toda la cultura, todos los resultados del arte, la ciencia, la tecnología... constituyen casi exclusivamente el producto creativo del ario... Sólo él fue el fundador de toda la Humanidad superior...".

    Dicha Sociedad contaba con varios departamentos, y uno de ellos estaba dedicado al estudio del alfabeto rúnico, obligatorio para altos mandos de las SS y del que emana la propia esvástica. Ese alfabeto era utilizado comúnmente en el día a día nacionalsocialista y podemos encontrarlo en banderas, símbolos y multitud de enseñas. Ese abecedario escandinavo tiene su origen en los antiguos guerreros vikingos y se remonta a los antiguos hiperbóreos, que habían inventado esos símbolos como herramientas de poder [14]. Tal es así, que el símbolo de las SS obtiene su inspiración en la simbología rúnica que estudió el esotérico y estudioso anti-judío Guido von List, tal y como apunta el historiador George L. Mosse [15].

[14] Lesta J., Las Claves Esotéricas del Tercer Reich, Madrid, 2005, p. 122.
[15] Mosse, G. L., La Cultura Nacionalsocialista: La Vida Intelectual, Cultural y Social en el Tercer Reich, Barcelona, 1973.

    Von List, Jorg Lanz von Liebenfels y Phillip Stauff popularizaron la Ariosofía, corriente intelectual que fusionaba el concepto de la raza propio de la Teosofía con el fundamento del nacionalismo alemán para afirmar la superioridad de la raza aria como base para la conquista germana de los Imperios. Y ésta era precisamente la misión de la Ahnenerbe: revelar al mundo un nuevo retrato del mundo antiguo en el que una raza de paleo-alemanes se atribuyera el papel de padre y origen de la civilización. Para ello, los nacionalsocialistas viajaron a lugares como África, Sudamérica, Oriente Próximo, Escandinavia o incluso el Tíbet, expediciones cuyo objetivo era recuperar alguna forma de antiguo conocimiento ario que pudiera demostrar la supremacía de la raza. En el seno de dicha institución, la denominada como "cuestión atlántica" era frecuentemente evocada.

     El erudito alemán Friedrich Schlegel fue el primero que habló de los arios en su libro Ensayo sobre la Lengua y la Sabiduría de los Indios en 1808, donde sugiere que en un pasado remoto, una brillante nación de sacerdotes guerreros prosperó en las cordilleras del Himalaya. Vivieron en paz hasta que "alguna inconcebible desolación de la conciencia humana los transformó. Se volvieron carnívoros y belicosos y salieron su remoto lugar para llegar a Alemania y Escandinavia" [16], en un curioso paralelismo con el catastrófico final atlante. Tiempo después, Theodor Benfey, un estudioso decimonónico del sánscrito, sugirió que los arios provenían del Norte de Europa, no del Himalaya.

[16] Pringle, H., El Plan Maestro, Barcelona, 2011, p. 56.

     En el pensamiento nacionalsocialista se interpretaba como la atribución de un papel conquistador a los antepasados alemanes. Sólo falta Herman Wirth, uno de los más famosos prehistoriadores germanos que llegó a asumir el cargo de presidente de la Anhenerbe. Wirth aseguró que "la raza nórdica había evolucionado hacia un territorio ártico hacía unos dos millones de años, fundando una civilización en un continente hoy perdido del Atlántico Norte. Acaso las fuertes mujeres nórdicas, que poseían la capacidad de verlo todo, habían gobernado su primitivo Imperio como un matriarcado durante miles de años, hasta que un gran cataclismo sumergió su tierra y los supervivientes huyeron hacia Europa septentrional y Norteamérica. ¿Y no era posible que aquella espléndida patria nórdica fuera la legendaria Atlántida perdida?" (Pringle, El Plan Maestro, p. 88).

     Wirth conocía sobradamente el relato de Platón y pensaba que aquél contenía una descripción precisa de la ubicación y destino de su pretendido Imperio imaginario en el Atlántico Norte. Intensificó entonces todos sus esfuerzos en tratar de demostrar esa teoría. Tras examinar varios estudios geológicos sobre el fondo marino del Atlántico Norte concluyó que la Atlántida había ocupado una región que hubo de extenderse ininterrumpidamente desde Islandia hasta las Azores antes de hundirse por actividad tectónica. Sólo algunos fragmentos pudieron permanecer en la superficie. Wirth se refería a las Islas Canarias y Cabo Verde. Su teoría levantó gran interés en la sociedad alemana, incluso entre los hombres más influyentes. Ese respaldo reforzó su tesis y lo proveyó de un aura académica hasta entonces inexistente. Sus visiones pretendían seducir a los alemanes, atrayéndolos hacia sueños de superioridad racial y grandeza nacional.

     A partir de ahí, Himmler ordenó una serie de expediciones desde Escandinavia a lo largo y ancho del globo para demostrar el paso de los arios a través de la Historia y probar la génesis de una gran cultura. El propio Himmler creía que unos antiguos emigrantes de la Atlántida habían fundado una gran civilización en Asia interior, cuya capital era una ciudad llamada Obo.

     Una de las expediciones más destacadas fue la que lideró el zoólogo Ernst Schäfer en el Tíbet, aunque no podemos olvidar otras misiones en el desierto del Gobi o en Mongolia, donde también se buscaron las ruinas de esa mítica ciudad. Hermann Wirth hizo dos viajes financiado por la Ahnenerbe al Norte del planeta. Wirth creía que el foco originario de la raza aria se situaba en Groenlandia e Islandia, el mismo escenario que dibuja Julio Verne en Viaje al Centro de la Tierra, donde dice que se encuentran las puertas de las entrañas del mundo.

     Basándose en la leyenda de que la Atlántida es la madre de todas las civilizaciones, qué mejor que asociarla con la raza aria para proclamar al mundo la supremacía germana. Los nacionalsocialistas expulsaron al pueblo judío de la polis e hicieron grandes esfuerzos por relacionar el origen de la raza aria con los superhombres atlantes. Tan es así, que el nacionalsocialismo recurre al componente cultural basado en la Historia-geografía-cosmogenia y las misteriosas leyes que sustentan este mundo, una esfera que conecta con sorprendente facilidad con las masas y contribuye decisivamente a su nacionalización. Hitler cree que las razones de su acción política se ocultan en un mundo tan lejano como glorioso que contiene una mágica sabiduría. Ése es el instrumento para forjar un glorioso futuro. La Sociedad Thule, que nació como un grupo de estudio con vocación intelectual, acabó por integrarse como parte activa de un partido de masas.

     Aquellos iniciados trabajaron con gran convicción y llegaron a influír de manera decisiva en el pensamiento de muchos de los grandes líderes del nacionalsocialismo. Hablamos de personajes de la talla del propio Hitler, Himmler o Rudolf Hess que llegaron a atribuírse el papel de constructores de una nueva civilización en la medida en que eran depositarios de los secretos de la antigua sabiduría de los superhombres atlantes, la raza aria, una suerte de neo-paganismo que, según August von Galen, obispo de Münster durante el Tercer Reich, descrito por el New York Times el 8 de Junio de 1942 como el "más feroz opositor del programa nacionalsocialista anti-cristiano", se refiere al nacionalsocialismo como un hecho religioso.


Conclusiones

     La crónica de Platón sobre la Atlántida parece representar el mejor de todos los mundos posibles desde la perspectiva de un filósofo griego del siglo IV a.C., la utopía de una sociedad perfecta: su República. Se adelanta al concepto de "utopía", que fue concebido por Tomás Moro en su obra de 1516 De Optimo Reipublicae Statu deque Nova Insula Utopia, donde Utopía es una comunidad ficticia y pacífica que establece la propiedad común de sus bienes, en contraste con la propiedad privada y la relación conflictiva entre las sociedades contemporáneas de Tomás Moro. Las autoridades de Utopía se eligen mediante voto popular, al contrario que las sociedades medievales europeas. El término "utopía" se suele asociar a lo ilusorio, a lo idílico pero imposible; aunque generalmente se usa para identificar una sociedad digna y justa, muy alejada del ideal actual. La República de Platón se enmarca dentro de las utopías del mundo antiguo, pues está constituída por una clase dirigente que se sostiene gracias al trabajo de la clase trabajadora, los siervos y esclavos, sobre quienes justifica el uso de la fuerza al ser agentes excluídos de la polis griega.


     La Atlántida de Platón puede entenderse como un posible modelo narrativo de la ciudad ideal, a la que a Platón dedica más atención en otros diálogos, mientras que La República es toda una propuesta de cómo se debería organizar una ciudad para su correcto funcionamiento y en la que los ciudadanos pudieran llegar a ser plenamente personas. Intentaremos analizar esas semejanzas entre la Atlántida y La Republica platónica.

     Una de las propuestas fundamentales de la filosofía platónica es que cada persona ocupe el lugar para el que esté capacitado y haya sido educado. Si todos cumplen con lo que se espera de ellos, la ciudad funcionará a la perfección, será justa y todos serán felices. Así pues, el estado perfecto estaría formado por tres clases sociales: los gobernantes, los guardias y los productores. A los gobernantes les concerniría la dirección del Estado, a los guardias su protección y defensa, y a los productores el abastecimiento de todo lo necesario para la vida: la alimentación, ropa, viviendas...

     La clase dirigente de la Atlántida estaba basada en un gobierno donde "la comunidad de los reyes se regían por las disposiciones de Poseidón tal como se las transmitían la constitución y las leyes escritas por los primeros reyes en una columna de oricalco que se encontraba en el centro de la isla en el templo de Poseidón, donde se reunían bien cada lustro, bien, de manera alternativa, cada seis años, para honrar igualmente lo par y lo impar. En las reuniones deliberaban sobre los asuntos comunes e investigaban si alguno había infringido algo y lo sometían a juicio... Había muchas otras leyes especiales acerca de los honores de cada uno de los reyes; lo más importante: no atacarse nunca unos a otros y ayudarse todos en caso de que alguien intentara destruír la estirpe real en alguna de sus ciudades y tomar en común, como antes, las determinaciones concernientes a la guerra y a otras actividades, bajo la conducción de la estirpe de Atlante... Poseían pensamientos verdaderos y grandes en todo sentido, ya que aplicaban la suavidad junto con la prudencia a los avatares que siempre ocurren y unos a otros, por lo que, excepto la virtud, despreciaban todo lo demás, tenían en poco las circunstancias presentes y soportaban con facilidad, como una molestia, el peso del oro y de las otras posiciones" (Platón, Critias 119c-121a, en Diálogos, tomo VI, Ed. Gredos, Madrid, 1992, pp. 293-295).

     Los protectores de la Atlántida debían proporcionar a la guerra "la sexta parte de un carro de guerra hasta diez mil carros, dos caballos y jinetes, además de un par de caballos sin carro, un infante con escudo pequeño y el guerrero que lucha sobre el carro y conduce los dos caballos, dos hoplitas, arqueros y honderos, también dos cada uno, lanzadores de piedras y lanceros con armamento ligero, tres cada uno, y cuatro marineros para cubrir la tripulación de mil doscientas naves" (Platón, Critias 119b, op. cit., p. 293). En la República de Platón también existe un grupo que se dedica a la protección de la ciudad y deben recibir un salario por parte de los protegidos.

     Todas las clases sociales atlantes "No se equivocaban, embriagados por la vida licenciosa, ni perdían el dominio de sí a causa de la riqueza sino que, sobrios, reconocían con claridad que todas esas cosas crecen de la amistad unida a la virtud común, pero que con la persecución y la honra de los bienes exteriores, éstos decaen y se destruye la virtud con ellos. Sobre la base de tal razonamiento y mientras permanecía la naturaleza divina, prosperaron todos sus bienes..." (Platón, Critias 121a, op. cit., p. 295). La ciudad de la República platónica se compone de tres clases sociales que se corresponden, además de con una tarea, con una virtud: prudencia y sabiduría para los gobernantes, fortaleza y valor para los guardianes, y templanza para la clase productora.

     "Mas cuando se agotó en ellos la parte divina porque se había mezclado muchas veces con muchos mortales y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las circunstancias que los rodeaban y se pervirtieron; y al que los podía observar les parecían desvergonzados, ya que habían destruído lo más bello de entre lo más valioso, y los que no pudieron observar la vida verdadera respecto de la felicidad, creían entonces que eran los más perfectos y felices, porque estaban llenos de injusta soberbia y de poder..." (Critias 121a y b, pp. 295-296). Para Platón, la corrupción de un principio está en su exceso, es la falta de virtud y se manifiesta en la discordia.

     Con estos ejemplos, venimos a demostrar cómo Platón quiso ejemplificar en su Atlántida la sociedad perfecta que describía en su República.

     El mito de la Atlántida será recuperado por un autor empirista, Francis Bacon, que en su Nueva Atlántida sitúa la organización social en un segundo plano para ensalzar una utopía tecnológica gobernada por científicos que concentran el conocimiento. Bacon supedita la organización económica y política, en la que tanto hincapié hizo Platón, a la conquista de la Naturaleza por el hombre. El autor inglés sí cree al igual que la utopía de Platón en el beneficio común del desarrollo de la técnica como una fuente del conocimiento de la realidad y donde la ciencia es una herramienta al servicio del hombre.

     Francis Bacon, como hombre de su tiempo, nos ofrece su perspectiva sobre el futuro de la ciencia y la técnica, como claves, como motores indiscutibles de la evolución humana hacia la sociedad perfecta. Por tanto, el ideal de progreso que nos propone Bacon y la nueva corriente de pensamiento dominante del siglo, retoma con fuerza el mito platónico de la Atlántida en cuanto razón y ciencia han de imponerse para la construcción de la ansiada sociedad perfecta. Su obra La Nueva Atlántida se enmarca dentro de la concepción tecnocentrista, pues la técnica es para él el conocimiento de la realidad y de la transformación de la Naturaleza para la edificación de una sociedad ideal. Bacon imagina una sociedad en la que se tienen conocimientos técnicos y científicos muy avanzados en casi todos los campos de la vida del ser humano y en la que gobiernan los tecnócratas.

     El testigo lo recoge Julio Verne, al describir detalladamente los mismos adelantos tecnológicos que Bacon ya apuntaba un siglo atrás, aquellos que nos permitirán controlar la Tierra trazando el camino hacia una sociedad perfecta marcada por el ideal de progreso científico. Su penetración en la cultura popular occidental es mucho más profunda que la de Bacon. La obra literaria de Verne no es mera literatura juvenil de aventuras como muchos creen. Verne tiene una misión mucho mayor: iniciar la novela de divulgación científica, asentar los principios del conocimiento científico —positivismo— y, mucho más importante, formar a los gobernantes de la sociedad del futuro. El autor francés no sólo es un pionero en el género literario sino que es un visionario del mundo del mañana. Especialmente conmovedora es la escena de 20.000 Leguas de Viaje Submarino cuando Nemo, un súper-hombre, que vive en una utopía tecnológica en su tiempo como lo es el Nautilus, contempla los vestigios de aquello que un día fue perfecto por dominar las leyes de la Naturaleza y cayó en desgracia por vicios exclusivamente humanos.

     Pero ni Bacon ni Verne fueron los últimos en pretender una sociedad perfecta. El Tercer Reich alemán aspiraba a lo mismo, pero en su caso particular, la sociedad perfecta debía estar regida por una raza aria pura. Así pues, el nacionalsocialismo se basaba en una utopía para la realización de un proyecto social en donde gobernase una élite que se sustentara en la raza como único cuerpo político. La utopía de la sociedad perfecta que caracterizaba al nacionalsocialismo se basaba en el principio de la raza, que organizaba las clases sociales.

     La Atlántida se resumía para los nacionalsocialistas en un conglomerado de razones que justificaran esas expectativas. La búsqueda de esa civilización perdida era política y racial hacia sus propios orígenes. Todas sus tesis y expediciones giraban en torno a tres metas. Por una parte, primaba el aspecto cosmológico, pues consideraban que conocer esa civilización les permitiría alcanzar el conocimiento del mundo. Si la Atlántida era la madre de todas las civilizaciones, en ella encontrarían respuestas a todo. Por la misma razón, los arqueólogos han intentado sin frutos encontrarla. Más allá del valor histórico, si existe un pueblo-origen y anterior a todo, éste debe guardar celoso los secretos del hombre en la Tierra, las dudas que han atormentado a los estudiosos desde el principio de los tiempos, y el nacionalsocialismo quería su trozo del pastel.

     Por otro lado, comprobar que el mito platónico era cierto les concedía desembarazarse de los supuestos orígenes judíos. La tradición occidental se había vuelto monoteísta y el pueblo judío era el gran protagonista. Los hombres ya no descendían de Zeus, ahora lo hacían de Abraham, otorgándole al pueblo judío el origen y centro de la Historia. Si había alguna posibilidad de acabar con esa norma, ahí estarían los nacionalsocialistas.

     Y por último, y no menos importante, los alemanes eran conscientes de que los orígenes germanos no suponían ningún orgullo para la historia del hombre, y el hecho de descender de los atlantes los situaría en el centro de la Historia. Para gran decepción de Himmler, Hitler tomaba poco interés en la Ahnenerbe y llegó a declarar, quejándose del apasionado entusiasmo de Himmler por la prehistoria de la Europa septentrional: "¿Por qué tenemos que llamar la atención de todo el mundo sobre el hecho de que no tenemos pasado? Ya es bastante malo que los romanos erigieran grandes construcciones mientras nuestros antepasados seguían viviendo en chozas de barro..." (Pringle, H., El Plan Maestro, p. 95).

     Se planteaba entonces la posibilidad de establecer lazos con los atlantes que pudieran demostrar su origen germano. Y tampoco iban a desaprovechar esa ocasión. Es lo que se conoce como "atlante-nacionalismo", fenómeno que dará que hablar en el futuro, porque si algo ha demostrado la Atlántida de Platón es que es un mito que se alimenta con el paso del tiempo, como ejemplo de futuras sociedades perfectas.–



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