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viernes, 20 de enero de 2017

La Religión Cristiana Aria y Richard Wagner



     En el sitio counter-currents.com fue publicado en Septiembre de 2012 el siguiente escrito del doctor en Historia y escritor de origen indio Alexander Jacob (de quien ya hemos presentado otros artículos), que ofrecemos ahora en castellano. En este texto el señor Jacob examina sucintamente los fundamentos filosóficos y religiosos que estaban tras los escritos y las obras musicales del compositor y teórico alemán Richard Wagner, en relación a antiguas culturas indoeuropeas, de las cuales sostiene él que en realidad surgió el cristianismo, llamado a elevar a la Humanidad mediante el despojo del egoísmo. Hay que señalar que Alexander Jacob es también pianista y ha grabado e interpretado públicamente transcripciones para piano de las obras wagnerianas Parsifal y El Anillo de los Nibelungos.


La RELIGIÓN CRISTIANA ARIA
y la POLÍTICA de RICHARD WAGNER
por Alexander Jacob
11 de Septiembre de 2012



"Soy el ser más alemán. Yo soy el espíritu alemán"
(Richard Wagner, Diario de Richard Wagner 1865-1888,
Londres, 1980, p. 73).


     Richard Wagner (1813-1883) es universalmente celebrado hoy como el exponente consumado de la ópera alemana del siglo XIX, cuyo desarrollado idioma Romántico ayudó a guiar las innovaciones musicales del Modernismo a principios del siglo XX. La mayor parte de las personas, además, tiene una noción general de que él era una figura polémica debido a sus pronunciadas opiniones anti-judías. Pocos, sin embargo, se preocupan de leer detenidamente sus diversos trabajos en prosa para entender el coherente sistema ético, basado en Schopenhauer y Proudhon, que acompañó los grandes dramas musicales de Wagner.

     Ya que es imposible divorciar la mente del músico de su música, sobre todo cuando se trata de la excepcionalmente desarrollada de un genio como Wagner, nos beneficiaría tener una idea clara de las doctrinas racial-cristianas de Wagner de la regeneración social y política, junto a nuestra apreciación más fácil de su música abrumadoramente poderosa. Aunque ha habido algunos estudios serios acerca del pensamiento político de Wagner en años recientes, éstos son, comprensiblemente, de calidad variable [1].

[1] Después de Les Idées Politiques de Richard Wagner (París, 1947) de M. Boucher, los estudios recientes del pensamiento político de Wagner incluyen E. Eugène, Les Idées Politiques de Richard Wagner y Leur Influence sur l’Idéologie Allemande (1870-1845), París, 1978; F. B. Josserand, Richard Wagner: Patriota y Político (Washington DC, 1981); A. D. Aberbach, The Ideas of Richard Wagner: An Examination and Analysis of His Major Aesthetic, Political, Economic, Social and Religious Thought (Washington DC, 1984); P. L. Rose, Wagner: Raza y Revolución (Londres, 1992), y H. Salmi, Imagined Germany: Richard Wagner’s National Utopia (Nueva York, 1999).

     Sería, en general, aconsejable evitar clasificar a Wagner —así como al más rapsódico y no sistemático Nietzsche— bajo cualquiera de los "ismos" modernos, y entonces procuraré aquí elucidar la filosofía de Wagner simplemente señalando pasajes fundamentales en sus principales obras en prosa que iluminan las dimensiones religiosas y políticas de su pensamiento.

     Puede afirmarse desde un principio que Wagner considera en su obra sólo la historia y la cultura de la raza indoeuropea ya que él piensa que ella es la más altamente desarrollada espiritualmente. Wagner tiende a relacionar la fuerza de esta facultad espiritual a los hábitos alimenticios del linaje original, es decir, a lo que él creía que había sido su vegetarianismo original.

     En su ensayo tardío "Religión y Arte", escrito en 1880 bajo la influencia de su lectura del Essai sur l'Inégalité des Races Humaines (1853) de Arthur conde de Gobineau, Wagner traza la historia de los arios a partir de lo que él considera que fue su hogar original en India y postula una migración gradual en dirección hacia el Oeste a través de Irán, Grecia y Roma. En el curso de esas migraciones, Wagner observa que la raza ha experimentado un debilitamiento de su fuerza espiritual por una conversión gradual del vegetarianismo a la comida de carne, costumbre que ha hecho a los pueblos occidentales cada vez más violentos en su conducta social e histórica.

     El cristianismo es considerado por Wagner como una inversión de esa tendencia en cuanto que Cristo impuso la cohabitación pacífica de pueblos dedicados al cultivo de la espiritualidad interior. Lamentablemente, su íntima conexión con el judaísmo ha transformado al cristianismo original en un credo de beligerante rapacidad y conquista que no refleja tanto las enseñanzas de Cristo como los exhortaciones de los viejos profetas israelitas para aniquilar a los enemigos de Yahvé.

     La descripción de Wagner del progreso de los arios no es quizá completamente exacta, ya que no hay ninguna certeza de que los arios se hayan asentado primero en India más bien que en las regiones alrededor del Mar Negro, junto con las otras ramas de los indoeuropeos.

     Además, él tiende a interpretar las particularidades de las religiones Zoroastriana y griega como debidas a las condiciones sociológicas en las cuales los iranios y los griegos se encontraron en la Antigüedad. Por ejemplo, él explica el dualismo de la religión zoroastriana como debido a que los arios que se habían trasladado a Irán como conquistadores después de hacerse comedores de carne provenientes del clima más suave de India, "todavía podrían expresar su consternación por las profundidades a las cuales ellos se habían hundido", y así habían desarrollado una religión basada en una conciencia viva del "pecado", que forzó una oposición entre "el Bien y el Mal, la Luz y la Oscuridad, Ormuz y Ahrimán". Esto es por supuesto falso, ya que todas las religiones antiguas, incluyendo al zoroastrismo, estaban basadas en la percepción cosmológica y no fueron desarrolladas para explicar las condiciones históricas de cualquier nación particular.

     Sólo el judaísmo puede ser explicado en tales términos sociológicos ya que éste representa una rebelión de un particular grupo étnico del  antiguo Cercano Oriente —los arameos y hebreos— contra la religión cosmológica de sus vecinos en Mesopotamia. Esto en efecto es aclarado en los pasajes de las Antigüedades Judías (I, 157) de Flavio Josefo, y de De Mutatione Nominum (72-6) de Filón el Judío, que exponen las mundanas ambiciones materialistas y nacionalistas del hebreo Abraham, que instituyó el culto tribal de Yahvé.

     De acuerdo a Wagner, la primera manifestación de un reconocimiento del deterioro de la fuerza racial entre los indoeuropeos occidentales ocurrió entre los pitagóricos, que fundaron "confraternidades silenciosas... apartadas de la confusión del mundo... como una santificación del pecado y la miseria". La ejemplificación más completa de la necesidad de la renuncia al mundo, sin embargo, fue la ofrecida por Cristo, que dio su propia carne y sangre "como la expiación última y más alta por todo el pecado de la sangre derramada y la carne asesinada".

     Nuevamente, Wagner parece inconsciente del hecho de que la propia historia cristiana toma prestado fuertemente de los prototipos babilónico y dionisiaco (Marduk, Dionisio), cuya muerte y resurrección eran meras representaciones mitológicas del drama primordial de la fuerza solar cósmica que fue forzada hacia el inframundo antes de que pudiera ser revivida en nuestro universo como el Sol.

     Wagner entiende la historia cristiana literalmente y sostiene que los problemas del cristianismo provienen de la apropiación de la administración de los ritos de comunión por parte de los sacerdotes, de modo que la gente en general dejó de entender el mandato de la abstinencia de toda carne contenida en la ofrenda de Cristo de su propia carne y sangre a sus discípulos. Además, la Iglesia como institución podía mantenerse y propagarse políticamente sólo apoyando la violencia y la rapiña de los Emperadores que contribuyeron a la eventual ruina de la fuerza interior de la raza. En esas aventuras internacionales la Iglesia fue gradualmente obligada a volver a sus raíces judaicas, puesto que

     «dondequiera que los ejércitos cristianos fueran para robar y asesinar, incluso bajo la bandera de la Cruz, no era el nombre del Todo-Sufriente el que era invocado, sino que Moisés, Josué, Gedeón y todos los otros capitanes de Yahvé que lucharon por el pueblo de Israel eran los nombres invocados para encender el corazón de la matanza, de lo cual la historia de Inglaterra en el momento de las guerras Puritanas suministra un claro ejemplo, arrojando una luz sobre la evolución del Antiguo Testamento de la Iglesia».

     Con la adopción de esa agresión cuasi-judaica, la Iglesia cristiana comenzó a actuar como el heraldo del judaísmo mismo, el cual, aunque caracterizado por un deseo fanático de gobernar el mundo, se había visto obligado hasta entonces a vivir una vida oprimida entre las otras naciones en las cuales se encontraba durante la Diáspora:

     «Despreciado y odiado igualmente por cada raza... sin la productividad inherente y sólo preparándose para la ruina general, en el curso de las revoluciones violentas esa gente muy probablemente se habría extinguido tan completamente como las ramas más grandes y más nobles antes de ellos; el Islam en particular parecía llamado a realizar el acto de extirpación, ya que tomó para sí al dios judío como el creador del Cielo y la Tierra, para elevarlo por medio del fuego y la espada como el único dios de todo lo que respira. Pero los judíos, así parece, pudieron dejar de lado toda parte en ese reinado del mundo de su Yahvé, ya que ellos habían ganado una parte en un desarrollo de la religión cristiana que servía bien para entregarla en sus manos con el tiempo, con todos sus incrementos de cultura, soberanía y civilización».

     En Europa, los judíos como prestamistas veían a toda la civilización europea como un mero instrumento de su propio ascenso gradual al poder: "Para el judío que hace la suma, el resultado de esta cultura es simplemente la necesidad de emprender guerras, junto con la más grande de hacer dinero para ellos" ("Conócete a Tí Mismo", suplemento a Religión y Arte). El poder excesivo que los judíos han conseguido a consecuencia de este astuto procedimiento, así como debido a su emancipación en medio del siglo XIX, está así basado en lo que Wagner considera que es la base de todas las guerras, a saber, la "propiedad". Internacionalmente, la protección de la propiedad implica el mantenimiento del "ejército armado", y "el éxito asombroso de nuestros judíos residentes en ganar y amontonar un enorme acopio de dinero siempre ha llenado a nuestras autoridades del Estado Militar solamente con respeto y alegre admiración".

     Las revoluciones socialistas y democráticas montadas en Alemania fueron también soluciones inadecuadas a los problemas que resultan de la propiedad ya que ellas eran imitaciones totalmente no-alemanas de agitaciones franco-judaicas. En efecto, la "democracia" misma es en Alemania "puramente una cosa trasladada" que existe solamente en la "prensa" ("¿Qué es Alemán?", 1865). La política de partidos es totalmente un círculo vicioso que obscurece el verdadero conflicto entre alemanes y judíos bajo una confusión de nombres que son totalmente no-alemanes, como "liberal", "conservador", "social-demócrata" y "conservador liberal". Sólo cuando "el demonio que mantiene a aquellos juerguistas en la obsesión de su lucha partidaria no puede encontrar más un dónde o cuándo estar al acecho entre nosotros, allí no habrá ningún judío".

     Lo que es peor es que los agitadores judíos usaron slogans nacionalistas alemanes como "Deutschtum" y "Libertad alemana" para engañar a la gente alemana y calmarla con una falsa sensación de superioridad:

     «Mientras Goethe y Schiller habían lanzado el espíritu alemán al mundo sin hablar tanto del espíritu "alemán", esos especuladores democráticos llenan cada libro y tienda de libros, cada así llamado teatro de sociedad anónima, con maniquíes vulgares y completamente insípidos, siempre adornados con el resuello de "deutsch" y "deutsch" otra vez, para atraer con engaños a la plácida muchedumbre».

     En el desarrollo del espíritu alemán por lo tanto habría que tener cuidado para evitar la tentación de la auto-complacencia, de creer que cada alemán es "algo grande y no tiene que hacer ninguna clase de esfuerzo para llegar a serlo". En realidad el hecho de que

     «Goethe y Schiller, Mozart y Beethoven, hayan salido del vientre del pueblo alemán demasiado fácilmente, tienta al grueso de los talentos mediocres a considerar a las grandes mentes propias como un derecho de nacimiento, para persuadir a la masa con la flatulencia demagógica de que ellos mismos son otros Goethes y Schillers».

     El remedio de Wagner al problema de los conflictos internacionales basados en las finanzas judías, o mejor dicho en el crédito —que en efecto ha sustituído a la religión como "un poder espiritual, o más bien como un poder moral"—, es el renacer del carácter genuinamente alemán. La prueba de la fuerza racial de los alemanes es el "orgullo de raza" que, en la Edad Media, proporcionó príncipes, reyes y Emperadores a través de toda Europa y que todavía puede ser encontrado en la vieja nobleza de origen germánico. Un signo obvio de lo verdaderamente alemán es el lenguaje mismo [2]:

     «Sentimos nuestro aliento que rápido nos pone bajo la presión de una civilización foránea; caemos en la incertidumbre sobre nosotros mismos: sólo tenemos que excavar las raíces en el verdadero suelo-padre de nuestro idioma para cosechar inmediatamente una respuesta tranquilizadora acerca de nosotros mismos, no acerca de lo verdaderamente humano. Y esta posibilidad de extraer siempre de la fuente prístina de nuestra propia naturaleza que nos hace sentirnos ya no una raza, ni una mera variedad del hombre, sino una de las ramas primordiales de la virilidad, es lo que siempre nos ha otorgado grandes hombres y héroes espirituales».

[2] El foco de Wagner en el lenguaje como la expresión esencial del espíritu racial y nacional está tomado prestado de los Discursos a la Nación Alemana de Fichte (1807).

     Esta fuerza de carácter es en verdad la única defensa que los alemanes tienen contra las artimañas de la raza judía, que logra conservar fácilmente su propio carácter racial debido a la naturaleza única de su "religión", la cual en efecto no es una religión en absoluto sino "simplemente la creencia en ciertas promesas [del dios judío] que de ninguna manera se extienden más allá de esta vida temporal... como en cada religión verdadera, sino simplemente a esta vida actual en la Tierra, con lo cual la raza [judía] ciertamente se ha asegurado el dominio sobre todo lo que vive y lo que no". Esta ambición inhumana del judío es encarnada en el Parsifal de Wagner por el personaje de Klingsor, que se corta a sí mismo de todo el amor humano castrándose a fin de adquirir poder sobre otros. Como Wagner lo dijo, atrapado en "un instinto cerrado contra toda idealidad", permanece el judío siempre como "el demonio formativo de la perdición del hombre".


     La liberación de las constricciones del judaísmo sólo puede comenzar con un esfuerzo para entender la naturaleza de la repugnancia instintiva que uno siente hacia la "esencia primaria" del judío a pesar de su emancipación ("La Judería en la Música", 1850): "Con todo nuestro hablar y escribir a favor de la emancipación de los judíos, siempre nos hemos sentido instintivamente repelidos por cualquier y verdadera relación efectiva con ellos". A diferencia del verdadero poeta, que consigue su inspiración "de solamente una contemplación constante y afectuosa de la vida instintiva, de aquella vida cuya vista es bienvenida entre el Pueblo", el judío educado permanece "ajeno y apático... en medio de una sociedad que él no entiende, con cuyos gustos y aspiraciones él no simpatiza, y cuya historia y evolución siempre han sido indiferentes para él".

     El judío "no está en correlación con nadie sino con aquellos que necesitan su dinero: y sin embargo nunca el dinero ha prosperado hasta el punto de tejer un vínculo considerable entre hombre y hombre". Así el judío sólo considera las obras de arte como otros tantos objetos que son comprados y vendidos: "Lo que los héroes de las artes, con indecibles esfuerzos que consumen la voluntad y la vida, han arrancado del demonio del arte de dos milenios de miseria, hoy el judío lo convierte en un bazar de arte". La tolerancia hacia los judíos en la sociedad alemana significaría así la substitución de la genuina cultura alemana con un simulacro.

     En el «Anexo a "La Judería en la Música"» publicado en 1869, Wagner añade: "Si la perdición de nuestra cultura puede ser detenida mediante una expulsión violenta del elemento extranjero destructivo, soy incapaz de decidirlo, ya que eso requeriría fuerzas con cuya existencia no estoy familiarizado". Y todas las tentativas de asimilar a los judíos en la sociedad alemana deberían tener cuidado de apreciar totalmente las verdaderas dificultades de tal asimilación antes de que sea aprobada cualquier medida recomendando aquello.

     A aquellos que puedan pensar que Wagner es sólo un Hitler con disfraz de oveja, en efecto puede ser sorprendente que él haya sido de hecho un cristiano profundamente filosófico, cuyo cristianismo estaba infundido con el espíritu de la filosofía de Schopenhauer, la cual él primero leyó en 1852 [3].

[3] Véase de M. Boucher, op. cit., p. 18. El Mundo como Voluntad y Representación (Die Welt als Wille und Vorstellung) de Schopenhauer fue publicado primeramente en 1818.

     El primer requisito para un verdadero cristiano, según Wagner, es divorciar su concepción de Cristo con la del Yahvé de los judíos. En efecto, si Jesús es proclamado como el hijo de Yahvé, "entonces cada rabino judío puede refutar triunfalmente toda la teología cristiana, como ha sucedido en efecto en cada época" ("Public and Popularity", 1878). Así no es sorprendente que la mayor parte de la población haya llegado a ser atea:

     «Que el dios de nuestro Salvador haya sido identificado con el dios tribal de Israel es una de las confusiones más terribles en toda la Historia mundial... Hemos visto al dios cristiano condenado a iglesias vacías mientras templos cada vez más imponentes son levantados entre nosotros a Yahvé».

     La razón de que los judíos permanezcan judíos, el pueblo de Yahvé, a pesar de cada cambio, es que, como hemos señalado ya, el judaísmo no es una religión sino una ambición política financiera.

     El cristianismo Schopenhaueriano de Wagner, por otra parte, exige el reconocimiento del "sentido moral del mundo", el reconocimiento de la raíz de todo el sufrimiento humano, a saber, la voluntad y sus pasiones concomitantes. "Sólo el amor que surge de la compasión, y que lleva su compasión al extremo aniquilamiento de la voluntad propia, es el redentor amor cristiano, en el cual Fe y Esperanza están ambas incluídas" ("What Boots this Knowledge?", suplemento a Religión y Arte, 1880). Aquí otra vez Wagner presta de nuevo atención a la constitución natural de los indoeuropeos, quienes sólo ellos poseen "la facultad del sufrimiento consciente" en una forma muy desarrollada.

     En otro suplemento a Religión y Arte, "Hero-dom and Christendom" (1881), Wagner sostuvo que la superioridad de la raza blanca es demostrada por el mismo hecho de que mientras "las razas amarillas se han visto a sí mismas como surgidas de los monos, la raza blanca ha remontado su origen a los dioses y se ha considerado como marcada para el liderazgo". Aunque Wagner creía que la substitución de los vegetales por la comida de animales era una de las causas principales de la degeneración del hombre ("un cambio en la sustancia fundamental de nuestro cuerpo"), su lectura del Essai de Gobineau lo llevó a considerar la mezcla racial, sobre todo con judíos, como otra causa de la corrupción de la sangre:

     «Ciertamente puede ser correcto atribuír esta miope pesadez de nuestro espíritu público a un enviciamiento de nuestra sangre, no sólo por el apartamiento del alimento natural del hombre sino sobre todo por la contaminación de la sangre heroica de las razas más nobles con la de antiguos caníbales ahora entrenados para ser los agentes comerciales de la sociedad».

     Aunque la constitución psíquica altamente desarrollada de los indoeuropeos sea su característica distintiva, la excelencia de Cristo como individuo se debe a que sólo él representa "la quintaesencia del sufrimiento voluntario mismo, aquella Compasión divina que fluye por toda la especie humana, su fuente y origen". Wagner incluso hace una pausa para considerar si Cristo podría haber sido de la raza blanca del todo ya que la sangre de ésta estaba en proceso de "palidecer y coagularse". Incierto en cuanto a la respuesta, Wagner llega a sugerir que la sangre del Redentor puede haber sido "el sublimado divino de la especie misma" que surgió del "redentor esfuerzo supremo de la Voluntad para salvar a la Humanidad en su agonía en sus razas más nobles". Reconocemos en esta declaración el mensaje del último y más intensamente religioso drama musical de Wagner, Parsifal.


     Sin embargo, Wagner también se preocupa de enfatizar que, aunque la sangre del Salvador fue derramada para redimir a toda la Humanidad, ésta no está destinada a conseguir una igualdad universal como resultado, ya que las diferencias raciales persistirán. Y si el sistema del liderazgo mundial por parte de la raza blanca fue marcado por la explotación inmoral, la unión de la Humanidad puede ser conseguida sólo por "una concordia moral universal, tal como no podemos sino considerar al verdadero cristianismo elegido para que la origine".

     Además de estas nociones sobre la gracia redentora de Cristo a ser encontradas en ese ensayo de 1881, Wagner antes ya había bosquejado la ética de su propia versión del cristianismo, en su esbozo de 1849 para la proyectada ópera "Jesús de Nazaret". Según esta obra, la primera solución al problema del mal en el mundo había sido la institución de la Ley. Sin embargo, esta Ley estática, cuando se organizó como el Estado, estuvo en oposición con el siempre cambiante ritmo de la Naturaleza, y el hombre entró invariablemente en conflicto con la Ley artificial. Las faltas contra la Ley eran en realidad principalmente debido al egoísmo original del hombre, que procuró proteger su propiedad personal, incluyendo su esposa y su familia, por medio de leyes hechas por el hombre. Wagner, en una manera Proudhoniana [4], rechaza esas leyes e insiste en el Amor como la base de todas las relaciones familiares así como sociales.

[4] Para las diversas semejanzas entre la filosofía de Proudhon y la de Wagner, sobre todo su veneración de Cristo, su denuncia de los judíos, y su socialismo anti-comunista basado en el genio del pueblo, véase de M. Boucher, op. cit., p. 160 y ss.. El aborrecimiento que sentía Proudhon por el comunismo es evidente en su descripción de ese sistema como "la exaltación del Estado, la glorificación de la policía" (Ibíd., p. 161).

     El hombre puede conseguir una unidad con Dios sólo por medio de una unidad con la Naturaleza, y esta unidad es posible sólo mediante la substitución de la Ley por el Amor. Al exponer su versión de la doctrina cristiana del Amor, Wagner recurre a una teoría cuasi-schopenhaueriana de la voluntad y sus esfuerzos egoístas:

     «El proceso de aplazar mi Yo en favor de lo universal es el Amor, es la Vida activa misma; la vida no activa, en la cual habito por mí mismo, es egoísmo. Este darnos cuenta de nosotros mismos por medio de la propia abnegación resulta en una vida creativa, porque abandonando nuestro Yo enriquecemos a la generalidad, así como a nosotros mismos».

     Lo opuesto, o "no llegar a ser conscientes de nosotros mismos en lo universal, da lugar al pecado". Un egoísta que no da nada a lo universal será robado al final de todo por éste contra su propia voluntad y él morirá sin encontrarse otra vez en lo universal.

     En este contexto, Wagner hace una pausa para identificar la naturaleza de mujeres y niños como seres esencialmente egoístas. Una mujer puede deshacerse de su egoísmo natural sólo por medio de los dolores del parto y el amor impartido a sus hijos. Así la mujer puede encontrar la salvación sólo por su amor por un hombre, aunque un hombre también es enriquecido por su amor por una mujer, ya que ése es el acto desinteresado más básico del cual él es capaz. En realidad, para un hombre, el acto sexual mismo implica un vertimiento de su sustancia vital.

     Más allá de este amor por una mujer, sin embargo, un hombre puede despojarse de su ego también por el amor a un compañerismo mayor que el simplemente personal y sexual. Éste es el amor por la propia patria, que obliga a los hombres a sacrificar su vida por el "bienestar de la comunidad".

     Sin embargo, Cristo señaló un camino más alto que incluso el sacrificio patriótico, y ése es el desistimiento de uno mismo por el bien de la Humanidad en general. Cada sacrificio es al mismo tiempo un acto creativo, el del amor sexual así como el patriótico, ya que el primero resulta en la multiplicación de uno mismo en hijos, y el segundo en la preservación de las muchas vidas que constituyen la nación de uno. El sacrificio de uno mismo por toda la Humanidad, sin embargo, es el más completo "apartamiento con el vaciado cofre de aquella fuerza generativa, y así una última creación en sí misma, a saber, la conmoción de todo el egoísmo improductivo, un hacer lugar para la vida". Tal muerte es el "más perfecto acto de amor". Wagner así identifica la transfiguración conseguida por medio de la muerte como "el cautivador poder del mito cristiano" (Ópera y Drama, 1850). Pero podemos notar que éste es igualmente el mensaje de toda la tragedia clásica, y que Wagner estaba simplemente interpretando la historia cristiana en términos indoeuropeos tradicionales.

     Aunque la redención que uno consigue mediante el sacrificio de uno mismo sea personal, Wagner también había considerado el gobierno de las naciones desde el punto de vista de la ética schopenhaueriana. En su ensayo "Sobre el Estado y la Religión" (1864-1865), dedicado a su patrón Ludwig II de Baviera, Wagner expuso su ideal religioso-político del rey-filósofo usando las categorías del sistema filosófico de Schopenhauer. Él comienza admitiendo la locura de su anterior participación en las revoluciones socialistas de 1848 y reconoce al Estado como el garante de la estabilidad de la nación. Sin embargo, el Estado es más auténtica y totalmente representado no por gobiernos democráticos o socialistas constitucionales sino más bien por el monarca, ya que el monarca

     «no tiene nada en común con los intereses de los partidos, sino que su única preocupación es que el conflicto de esos intereses sea ajustado precisamente para la seguridad del todo... Así, en comparación con los intereses de partido, él es el representante de intereses puramente humanos, y a los ojos del ciudadano que busca partido él por lo tanto ocupa en verdad una posición casi sobrehumana».

     De esta manera, en el monarca es finalmente conseguido el ideal del Estado, un ideal que no es ni percibido ni cultivado por el intelecto egoísta sino sólo por la supra-egoísta "Wahn" [ilusión] o "visión" irracional. Wagner asocia esta Wahn con el "espíritu de la raza" y con el de las especies a las cuales Schopenhauer había señalado en su análisis del comportamiento grupal de insectos, como abejas y hormigas, que construyen sociedades con una preocupación aparentemente inconsciente por el bienestar del todo sin tener en cuenta a los individuos dentro de ello. En las sociedades humanas este instinto altruísta es en realidad manifestado como patriotismo. Sin embargo, el sacrificio que el patriotismo exige es a menudo tan arduo que no puede durar indefinidamente y es, posteriormente, probable que sea contaminado por el egoísmo natural del individuo, el cual puede ver en el Estado también sólo una salvaguardia de sus propios intereses junto con los de sus prójimos. A fin de sostener la patriótica Wahn por lo tanto se requiere un símbolo durable, y ese símbolo es en efecto el monarca.

     Un monarca no tiene "ninguna opción personal, puede no permitir ninguna aprobación a sus inclinaciones puramente humanas, y las necesidades deben llenar una gran posición para la cual solamente grandes componentes naturales pueden calificar". Si su visión de su propio deber patriótico está marcada por la ambición y la pasión, él será un guerrero y conquistador. Por otra parte, si él es de altos valores morales y compasivo por naturaleza, él comprenderá que el patriotismo mismo es inadecuado para satisfacer las más altas aspiraciones de la Humanidad, las que en efecto requieren el vehículo no del Estado sino de la religión. El patriotismo no puede ser el objetivo político humano final ya que se convierte demasiado fácilmente en violencia e injusticia contra otros Estados.

     El instrumento particular por medio del cual la patriótica Wahn es distorsionada en la lucha internacional es la así llamada "opinión pública" que es creada y mantenida por la prensa. A diferencia del rey, que es el representante genuinamente desinteresado del bienestar del Estado, la opinión pública creada por la prensa es una parodia del rey en tanto fomenta el patriotismo mediante la adulación del "vulgar egoísmo de la masa". Así, la prensa es "el tirano más implacable" de cuyo despotismo más sufre el rey, que está preocupado por "consideraciones puramente humanas que están lejos por encima del mero patriotismo". Así es que "en las fortunas y el destino de los reyes el mensaje trágico del mundo puede ser primero traído completamente a nuestro conocimiento".

     Ya que la justicia perfecta nunca puede ser alcanzable en este mundo, la persona religiosa naturalmente encuentra a la patriótica Wahn inadecuada, y sigue en cambio una religiosa o divina que demanda de él "sufrimiento voluntario y renuncia" de este mundo entero al cual se aferra el hombre egoísta. La felicidad interior, o revelación, que llena a un hombre (o "santo") que emprende tal renuncia, no puede ser transmitida a la gente ordinaria excepto mediante el dogma religioso y el cultivo de una fe "sincera, indudable e incondicional". La religión verdadera es preservada sólo en el individuo que percibe más allá de la diversidad de la percepción sensorial "la unidad básica de todo ser". Esta visión beatífica interior puede ser transmitida a los hombres ordinarios no mediante las exhortaciones de un clero vano sino sólo por medio del edificante ejemplo de figuras santas:

     «De ahí que haya un sentido profundo y significativo detrás de que la gente se dirija a Dios por medio de sus amados santos; y dice poco para la alardeada ilustración de nuestra época el que cada comerciante inglés, por ejemplo, tan pronto como él ha donado su abrigo del domingo y tomado el libro correcto con él, opina que él está entrando en relación personal inmediata con Dios».

     Una vez que la religión acudió al Estado para su mantenimiento y propagación, también se vio forzada a convertirse en una institución del Estado y a servir a la justicia imperfecta del Estado. De ahí las detestables luchas religiosas que han marcado la conducta política de las naciones modernas.

     Ya que la verdadera religiosidad nunca puede ser comunicada por medio de la discusión religiosa ni incluso por el sofisma filosófico, sólo el rey puede unir, si él está dotado con una naturaleza espiritual particularmente elevada, o Wahn, los dos reinos esencialmente diferentes de Estado y religión en un todo armonioso. El sello de una mente realmente noble es que "para ella cada incidente, a menudo el aparentemente más trivial, de la vida y de la relación del mundo es capaz de mostrar rápidamente su correlación más amplia con la raíz esencial de toda existencia, y así de mostrar la vida y el mundo en su verdadero y terriblemente serio significado". Y sólo "la exaltada situación casi sobrehumana" del rey le permite también la superior posición ventajosa para ver la tragedia de las "pasiones mundanas" y le concede la "gracia" que marca el ejercicio de la equidad perfecta.

     Vemos por lo tanto que los ideales filosóficos de Wagner reviven los ideales platónicos, schopenhauerianos y socialistas proudhonianos en un mensaje de amor cristiano que es tan exaltado como su música. Para aquellos que objetan hoy al cristianismo como una religión monoteísta judaica a la que se debe renunciar a favor de nebulosos renacimientos neo-paganos, los escritos de Wagner revelan la verdadera virtud indoeuropea de una religión que fue ciertamente indoeuropea en sus orígenes y que ha continuado, cuando se divorció de su posterior inmersión en la historia del pueblo judío, poseyendo un profundo valor espiritual para la elevación de la Humanidad.

     En cuanto a las críticas de Wagner hacia los judíos por su dominación de Estados mediante el crédito y su degradación del pueblo mediante la prensa, aquéllas en efecto se han hecho más persuasivas hoy que lo que deben haber sido en su propio día, ya que las formas judías de "socialismo" y "comunismo" y "democracia" que han dominado la época de posguerra en efecto han tenido éxito en robarle al mundo no sólo la monarquía sino también toda filosofía y religión verdaderas.–



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