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jueves, 26 de enero de 2017

Acerca de la Postmodernidad



     En la madrileña revista Nómadas de Ciencias Sociales, en su Nº 29 (Enero-Junio de 2011), fue publicado el siguiente artículo del doctor en Filosofía chileno Adolfo Vásquez Rocca, que da un panorama de la corriente cultural que fue bautizada como Postmodernismo, la cual como se sabrá no es sino una subversión de las partes contra el todo, un movimiento anti-jerárquico aplicado a todo orden de cosas y destructivo de los discursos unificadores y hegemónicos, que cae, en su lógica, en diversos absurdos y paradojas.


La POSMODERNIDAD.
Nuevo Régimen de Verdad, Violencia Metafísica
y Fin de los Meta-Relatos
por Adolfo Vásquez Rocca
Enero de 2011




1. De la Des-Totalización del Mundo
a la Obsesión Epistemológica por los Fragmentos

     Lo que se denomina "Post-Modernidad" aparece como una conjunción ecléctica de teorías. Esa amalgama va desde algunos planteamientos nietzscheanos e instintivistas hasta conceptos tomados del Pragmatismo anglosajón, pasando por retazos terminológicos heideggerianos, nietzscheanos y existencialistas. Se trata, pues, de un tipo de pensamiento en el que caben temáticas dispersas y, a menudo, conjuntadas sin un hilo teórico claro.

     La post-modernidad no es una época que se halle después de la Modernidad como etapa de la Historia. El "post" de la post-modernidad, a juicio de Gianni Vattimo [1], es "espacial" antes que "temporal". Esto quiere decir que estamos sobre la modernidad. La Post-Modernidad no es un tiempo concreto ni de la Historia ni del pensamiento sino que es una condición humana determinada.

[1] Vattimo, Gianni, El Fin de la Modernidad. Nihilismo y Hermenéutica en la Cultura Postmoderna / La Fine della Modernità, Milán, 1985.

     El término Post-modernidad nació en el domino del arte y fue introducido en el campo filosófico hace tres décadas por Jean-François Lyotard con su trabajo La Condición Postmoderna [2].

[2] Lyotard, Jean-François, La Condición Postmoderna, Madrid, 1987.

     Jean-Francois Lyotard explica la condición postmoderna de nuestra cultura como una emancipación de la razón y de la libertad de la influencia ejercida por los "grandes relatos", los cuales, siendo totalitarios, resultaban nocivos para el ser humano porque buscaban una homogeneización que elimina toda diversidad y pluralidad: "Por eso, la Postmodernidad se presenta como una reivindicación de lo individual y local frente a lo universal. La fragmentación, la babelización, no es ya considerada un mal sino un estado positivo" porque "permite la liberación del individuo, el cual, despojado de las ilusiones de las utopías centradas en la lucha por un futuro utópico, puede vivir libremente y gozar el presente siguiendo sus inclinaciones y sus gustos".

     La postmodernidad, dice Lyotard, es una edad de la cultura. Es la Era del conocimiento y la información, los cuales se constituyen en medios de poder, época de desencanto y declinación de los ideales modernos; es el fin, la muerte anunciada de la idea de progreso.


2. De los Grandes Relatos a las Petites Histoires

     El término Postmodernidad puede ser identificado con las coordenadas de la corriente francesa contemporánea desde Bataille a Derrida, pasando por Foucault, con particular atención al movimiento de la Desconstrucción de indudable actualidad y notoria resonancia en la intelectualidad. Las oposiciones binarias que rigen en Occidente —sujeto/objeto, apariencia/realidad, voz/escritura, etc.— construyen una jerarquía de valores nada inocente, que busca garantizar la verdad, y sirve para excluír y devaluar los términos inferiores de la oposición, metafísica binaria que privilegia la realidad y no la apariencia, el hablar y no el escribir, la Razón y no la Naturaleza, al hombre y no a la mujer.

     La Era Moderna nació con el establecimiento de la subjetividad [3] como principio constructivo de la totalidad. No obstante, la subjetividad es un efecto de los discursos o textos en los que estamos situados [4]. Al hacerse cargo de lo anterior, se puede entender por qué el mundo postmoderno se caracteriza por una multiplicidad de juegos de lenguaje que compiten entre sí, pero tal que ninguno puede reclamar la legitimidad definitiva de su forma de mostrar el mundo.

[3] Habermas, Jürgen, El Pensamiento Postmetafisico, Madrid, 1990, p. 85.
[4] El dominio del sujeto se ve subvertido por el hecho de que siempre nos encontramos situados de antemano en lenguajes que no hemos inventado (donde la Razón es equiparada a una subjetividad dominante, a una voluntad de poder) y que necesitamos para poder hablar de nosotros mismos y del mundo.

     Con la deslegitimación de la racionalidad totalizadora procede lo que ha venido a llamarse el fin de la Historia. La postmodernidad revela que la Razón ha sido sólo una narrativa entre otras en la Historia; una gran narrativa, sin duda, pero una de tantas. Estamos en presencia de la muerte de los meta-relatos, en la que la Razón y su sujeto —como detentador de la unidad y la totalidad— vuelan en pedazos. Si se mira con más detenimiento, se trata de un movimiento de desconstrucción del cogito y de las utopías de unidad. Aquí debe subrayarse el irreductible carácter local de todo discurso, acuerdo y legitimación. Esto nos instala al margen del discurso de la tradición literaria (estética) occidental. Tal vez de ahí provenga la vitalidad de los engendros del discurso periférico, en los márgenes de la Filosofía, como dirá Derrida.

     La des-totalización del mundo moderno exige eliminar la nostalgia del Todo y la Unidad. Como características de lo que Foucault ha denominado la episteme postmoderna podrían mencionarse las siguientes: desconstrucción, des-centración, diseminación, discontinuidad y dispersión. Estos términos expresan el rechazo del cogito que se había convertido en algo propio y característico de la filosofía occidental, con lo cual surge una "obsesión epistemológica" por los fragmentos.

     La ruptura con la Razón totalizadora supone el abandono de las grandes narraciones, del discurso con pretensiones de universalidad, y el retorno de las petites histoires. Tras el fin de los grandes proyectos aparece una diversidad de pequeños proyectos que alientan modestas pretensiones. Aquí se insiste en el irreductible pluralismo de los juegos de lenguaje, acentuando el carácter local de todo discurso, y la imposibilidad de un comienzo absoluto en la historia de la Razón. Ya no existe un lenguaje general sino una multiplicidad de discursos. Y ha perdido credibilidad la idea de un discurso, consenso, historia o progreso en singular: en su lugar aparece una pluralidad de ámbitos de discurso y narraciones.

     Además de señalar que la desmitologización de los grandes relatos es lo característico de la postmodernidad, es necesario aclarar que esos meta-relatos no son propiamente mitos, en el sentido de fábulas. Ciertamente tienen por fin legitimar las instituciones y prácticas sociales y políticas, las legislaciones, las éticas, pero, a diferencia de los mitos, no buscan esa legitimación en un acto fundador original sino en un futuro por conseguir, en una idea por realizar. De ahí que la modernidad sea un proyecto.

     Los meta-relatos son las verdades supuestamente universales, últimas o absolutas, empleadas para legitimar proyectos políticos o científicos. Así por ejemplo, la emancipación de la Humanidad a través de la de los obreros (Marx), la creación de la riqueza (Adam Smith), la evolución de la vida (Darwin), la dominación de lo inconsciente (Freud), etc.

     El mundo postmoderno ha desechado los meta-relatos. El meta-relato es la justificación general de toda la realidad, es decir, la dotación de sentido a toda la realidad. Ninguna justificación puede alcanzar a cubrir toda la realidad, ya que necesariamente caerá en alguna paradoja lógica o alguna insuficiencia en la construcción (especialmente en la completitud o en la coherencia) que desdice sus propias pretensiones omni-abarcantes. El hombre postmoderno no cree ya los meta-relatos; el hombre postmoderno no dirige la totalidad de su vida conforme a un solo relato, porque la existencia humana se ha vuelto tan enormemente compleja que cada región existencial del ser humano tiene que ser justificada por un relato propio, por aquello que los pensadores postmodernos llaman micro-relatos.

     El micro-relato tiene una diferencia de dimensión respecto del meta-relato, pero esta diferencia es fundamental, ya que sólo pretende dar sentido a una parte delimitada de la realidad y de la existencia. Cada uno de nosotros tiene diferentes micro-relatos, probablemente desgajados de meta-relatos, que entre ellos pueden ser contradictorios, pero el ser humano postmoderno no vive esa contradicción porque él mismo ha deslindado cada una de esas esferas hasta convertirlas en fragmentos. El hombre postmoderno vive la vida como un conjunto de fragmentos independientes entre sí, pasando de unas posiciones a otras sin ningún sentimiento de contradicción interna, puesto que éste entiende que no tiene nada que ver una cosa con otra. Pero esto no quiere decir que los micro-relatos no sean cambiables, ya que responden al criterio fundamental de utilidad, esto es, son de tipo pragmático.

     Ahora bien, si no hay meta-relatos tampoco hay utopías. La única utopía posible —si acaso pudiera todavía haber una— es la huída del mundo y de la sociedad, y la conformación del espacio utópico en el seno de la intimidad, con determinados elementos degradados de las tradiciones orientales, de los nuevos orientalismos. Es una utopía fragmentada para un mundo fragmentado, una religión muy propia de la Postmodernidad, sin sacrificios y sin privaciones.

     ¿En qué punto nos encontramos ahora? Sin duda en el dominio de la interpretación y la sobre-interpretación. Las interpretaciones dotan de sentido a los hechos. La interpretación es una condición necesaria para que podamos conocer la realidad, para que nos podamos relacionar con ella. La interpretación cuaja en la tradición, y es el conocimiento de nuestras formas de interpretación el objeto de la ciencia central de la Posmodernidad: la Hermenéutica. La Hermenéutica tiene sus orígenes en los principios del conocimiento humano; no en vano Aristóteles escribió una tratado sobre la interpretación. Con Gadamer [5] la Hermenéutica cobra un nuevo giro: ya no pretende aprehender el verdadero y único sentido del texto sino manifestar las diversas interpretaciones del texto y las diversas formas de interpretar. Hemos aludido por primera vez a un elemento fundamental del pensamiento postmoderno: el texto.

[5] Gadamer, Hans-Georg,  El Giro Hermenéutico, Madrid, 1990.

     En la postmodernidad, si la entendemos como Filosofía del Lenguaje o Teoría Literaria, el texto se independiza del autor hasta tal punto que el autor puede ser obviado. En la postmodernidad hay dos tendencias muy marcadas y contradictorias sobre la autoría: la que la desprecia al centrarse únicamente en el texto, y la que quiere explicar el texto como trasunto del autor. No cabe hablar propiamente de un autor, pues el autor del texto se ha perdido, como también se ha perdido el ser humano como sujeto, es decir, como director libre de sus acciones.

     Gianni Vattimo, por su parte, define el pensamiento postmoderno con claridad: en él lo importante no son los hechos sino sus interpretaciones. Así como el tiempo depende de la posición relativa del observador, la certeza de un hecho no es más que eso, una verdad relativamente interpretada y, por lo mismo, incierta. La postmodernidad, por más polifacética que parezca, no significa una ética de carencia de valores en el sentido moral, pues precisamente su mayor influencia se manifiesta en el actual relativismo cultural. La moral postmoderna es una moral que cuestiona el cinismo religioso predominante en la cultura occidental y hace hincapié en una ética basada en la intencionalidad de los actos y en la comprensión inter y transcultural de corte secular de los mismos. En este sentido la  postmodernidad abre el camino a la tolerancia, a la diversidad. Es el paso del pensamiento fuerte, metafísico, de las cosmovisiones filosóficas bien perfiladas, de las creencias verdaderas, al pensamiento débil, a una modalidad de nihilismo débil, a un pasar despreocupado y, por consiguiente, alejado de la acritud existencial.

     Vattimo ha elaborado la idea de un pensamiento débil [6] como portavoz de la sospecha. Se trata de un pensamiento eminentemente crítico que no tolera ninguna pretensión totalitaria sobre la realidad, ningún pensamiento que quiera trascender los límites del micro-relato. Detrás de cada intención totalitaria, de cada meta-relato como pretensión de interpretación última y definitiva sobre la realidad y el sentido del mundo, se esconde un interés del poder, de un poder manifiesto u oculto, que, a través del lenguaje ontologizado y ontologizante —metafísico y/o teológico— quiere someter la realidad a una visión unívoca y normativa, anulando y vaciando la potencialidad humana de hacer y crear mundos.

[6] Vattimo, Gianni, El Pensamiento Débil / Il Pensiero Debole, Milán, 1983.

     Debemos situar el punto de partida de este paradigma —del asalto a la Razón— en la filosofía de Nietzsche. Aunque ubicado poco antes, contemporáneo al Iluminismo, debemos hacer justicia al Romanticismo, corriente continental que inició la crítica de la Modernidad poniendo énfasis ya no en la Razón sino en la intuición, la emoción, la aventura, en un retorno a lo primitivo, al culto al héroe, a la Naturaleza y a la vida y, por sobre todas las cosas, en una vuelta al panteísmo. Nietzsche se encargará de revitalizar estos motivos casi un siglo más tarde, imprimiéndoles su sello propio, una filosofía cuyos rasgos esenciales han de ser el individualismo, un relativismo gnoseológico y moral, el vitalismo, el nihilismo y el ateísmo, todo esto sobre un telón de fondo irracionalista.

     Gianni Vattimo tiene razón cuando ve en Nietzsche el origen del postmodernismo, pues él fue el primero en mostrar el agotamiento del espíritu moderno en el "epigonismo". De manera más amplia, Nietzsche es quien mejor representa la obsesión filosófica del Ser perdido, del nihilismo triunfante después de la muerte de Dios.

     El postmodernismo aparece, pues, como resultado de un gran movimiento de des-legitimación llevado a cabo por la Modernidad europea, del cual la filosofía de Nietzsche sería un documento temprano y fundamental.

     La postmodernidad puede ser así entendida como una crítica de la Razón ilustrada tenida lugar a manos del cinismo contemporáneo. Baste pensar en Sloterdijk y su Crítica de la Razón Cínica [7], donde se reconoce como uno de los rasgos reveladores de la Postmodernidad el anhelo de momentos de gran densidad crítica, aquellos en que los principios lógicos se difuminan, la Razón se emancipa y lo apócrifo se hermana con lo oficial, como acontece según Sloterdijk con el nihilismo desde Nietzsche, y aun desde los griegos de la escuela Cínica.

[7] Sloterdijk, Peter, Critica de la Razón Cínica I y II, Madrid, 2004.

     La ruptura con la razón totalizadora aparece, por un lado, como abandono de los grandes relatos —emancipación de la Humanidad— y del fundamentalismo de las legitimaciones definitivas, y, por otro, como crítica de la "totalizadora" ideología sustitutiva que sería la Teoría de Sistemas.

     La postmodernidad ha impulsado —al amparo de esta crítica— "un nuevo eclecticismo en la arquitectura, un nuevo realismo y subjetivismo en la pintura y la literatura, y un nuevo tradicionalismo en la música" [8]. La repercusión de este cambio cultural en la Filosofía ha conducido a una manera de pensar que se define a sí misma, según he anticipado, como fragmentaria y pluralista, y que se ampara en la destrucción de la unidad del lenguaje operada a través de la filosofía de Nietzsche y Wittgenstein.

[8] Innerarity, Daniel, Dialéctica de la Modernidad, Madrid, 1990, p. 114.

     Lo específicamente postmoderno son los nuevos contextualismos o eclecticismos. La concepción dominante de la postmodernidad acentúa los procesos de desintegración. Subyace igualmente un rechazo del racionalismo de la modernidad a favor de un juego de signos y fragmentos, de una síntesis de lo dispar, de dobles codificaciones; la sensibilidad característica de la Ilustración se transforma en el cinismo contemporáneo: pluralidad, multiplicidad y contradicción, duplicidad de sentidos y tensión en lugar de franqueza directa, "de esta manera pero también de esta otra" en lugar del univoco "o lo uno o lo otro", elementos con doble funcionalidad, cruces en lugar de unicidad clara.

     Así, con la postmodernidad se dice adiós a la idea de un progreso unilineal, surgiendo una nueva consideración de la simultaneidad; se hace evidente también la imposibilidad de sintetizar formas de vida diferentes, correspondientes a diversos patrones de racionalidad.

     La postmodernidad, como proceso de descubrimiento, supone un giro de la conciencia, la cual debe adoptar otro modo de ver, de sentir, de constituírse, ya no de ser, sino de sentir, de hacer. Descubrir la dimensión de la pluralidad supone descubrir también la propia inmersión en lo múltiple.

     La Modernidad confundió la Razón, entendida como facultad, con una forma de racionalidad concreta. Toda la Razón había quedado recluída al ámbito de la razón científica natural y matemática, y se ignoraron otras formas de racionalidad y de pensamiento, a las que se les consideraba menores o irracionales, especialmente en relación a la racionalidad propia del pensamiento estético y literario.


3. El Crepúsculo del Deber, la Ética Indolora
y las "Consignas" Cosméticas

     En la cultura postmoderna se acentúa un individualismo extremo, un "proceso de personalización" que apunta a la nueva ética permisiva y hedonista: el esfuerzo ya no está de moda, y todo lo que supone sujeción o disciplina austera se ha desvalorizado en beneficio del culto al deseo y de su realización inmediata, como si se tratase de llevar a sus últimas consecuencias el diagnóstico de Nietzsche sobre la tendencia moderna a favorecer la "debilidad de la voluntad", es decir, la anarquía de los impulsos o tendencias y, correlativamente, la pérdida de un centro de gravedad que lo jerarquiza todo; la pluralidad y la desagregación de los impulsos, la falta de un sistema entre ellos, desemboca en una "voluntad débil". Asociaciones libres, espontaneidad creativa, no-directividad, nuestra cultura de la expresión, pero también nuestra ideología del bienestar, estimulan la dispersión en detrimento de la concentración, lo temporal en lugar de lo voluntario, y contribuyen al desmenuzamiento del Yo, a la aniquilación de los sistemas psíquicos organizados y sintéticos.

     La Postmodernidad es un momento de "consignas" cosméticas: mantenerse siempre joven; se valoriza el cuerpo y adquiere auge una gran variedad de dietas, gimnasias de distinto tipo, tratamientos revitalizantes y cirugías estéticas. En la postmodernidad los sucesos pasan, se deslizan. No hay ídolos ni tabúes, tragedias ni apocalipsis; la expresión "no hay drama" expresará la versión adolescente postmoderna.

     La condición postmoderna es, sin embargo, tan extraña al desencanto como a la positividad ciega de la deslegitimación. ¿Dónde puede residir la legitimación después de los meta-relatos? El criterio de operatividad es tecnológico, y no es pertinente para juzgar lo verdadero y lo justo. El consenso obtenido por discusión, como piensa Habermas, violenta la heterogeneidad de los juegos de lenguaje. Y la invención siempre se hace en el disentimiento. El saber postmoderno no es solamente el instrumento de los poderes: hace más útil nuestra sensibilidad ante las diferencias, y fortalece nuestra capacidad de soportar lo inconmensurable. No encuentra su razón en la homología de los expertos sino en la paralogía de los inventores (Lyotard, op. cit.).


4. De la Estética del Simulacro a la Incautación de lo Real

     El "ser" ya no cuenta, el valor deviene en "parecer" [9], lo que se conoce como la "cultura del simulacro" [10].

[9] Jean Baudrillard establece la diferencia entre disimular y simular. Lo primero es fingir no tener lo que se tiene. Quien disimula, intenta pasar inadvertido, pero quien simula, aparenta ser quien no es, o poseer lo que no tiene; busca crear una imagen de algo inexistente. El disimulo no cambia la realidad, sólo la oculta o enmascara; en cambio, la simulación muestra como verdadero algo que no lo es. Uno remite a una presencia, lo otro a una ausencia, a una nada. Ahora el problema actual es la simulación, concluye Baudrillard. De este modo, ahora el simulacro produce una disociación entre lo que se muestra y la realidad, entre el ser y el parecer.
[10] Lipovetsky, Gilles, El Crepúsculo del Deber. La Ética Indolora de los Nuevos Tiempos Democráticos, Barcelona, 1996 (1992).

     Los escritos de Baudrillard, otro de los profetas de la Postmodernidad, tributan a una obsesión por el signo y sus espejos, el signo y su producción febril en la sociedad de consumo, la virtualidad del mundo y la transparencia del mal [11]. La mercancía y la sociedad contemporánea están consumidas por el signo, por un artefacto que suplanta y devora poco a poco lo real, hasta hacerlo subsidiario. Lo real existe por voluntad del signo, el referente existe porque hay un signo que lo invoca. Vivimos en un universo extrañamente parecido al original, donde las cosas aparecen replicadas por su propia escenificación, señala Baudrillard.

[11] Baudrillard, Jean, La Transparencia del Mal, Barcelona, 2001.

     La Postmodernidad, en contraste con la Modernidad, se caracteriza por las siguientes notas: nihilismo y escepticismo, reivindicación de lo plural y lo particular, des-construcción, y una relación entre los hombres y las cosas cada vez más mediatizada, lo que implica una desmaterialización de la realidad (Lyotard). Con respecto a esto, Jean Baudrillard habla de un "asesinato de la realidad". En su libro El Crimen Perfecto presenta metafóricamente cómo se produce en las postrimerías de siglo esta desaparición de la realidad mediante la proliferación de pantallas e imágenes, transformándola en una realidad meramente virtual: "Vivimos en un mundo en el que la más elevada función del signo es hacer desaparecer la realidad, y enmascarar al mismo tiempo esa desaparición".

     No existe ya la posibilidad de una mirada, de una mirada de aquello que suscita la mirada, porque, en todos los sentidos del término, aquello otro ha dejado de mirarnos. El mundo ya no nos piensa. Si ya no nos mira, nos deja completamente indiferentes. De igual forma el arte se ha vuelto por completo indiferente a sí mismo en cuanto pintura, en cuanto creación, en cuanto ilusión más poderosa que lo real. No cree en su propia ilusión, y cae irremediablemente en el absurdo de la simulación de sí mismo.

     Baudrillard intuye la evolución de fin de milenio como una anticipación desesperada y nostálgica de los efectos de des-realización producidos por las tecnologías de la comunicación. Anticipa el despliegue progresivo de un mundo en el que toda posibilidad de imaginar ha sido abolida. El feroz dominio integral del imaginario sofoca, absorbe, anula la fuerza de imaginación singular.

     Baudrillard localiza precisamente en el exceso expresivo el núcleo esencial de la sobredosis de realidad. Ya no son la ilusión, el sueño, la locura, la droga ni el artificio los depredadores naturales de la realidad. Todos ellos han perdido gran parte de su energía, como si hubieran sido golpeados por una enfermedad incurable y solapada [12]. Lo que anula y absorbe la ficción no es la verdad, así como tampoco lo que deroga el espectáculo no es la intimidad; aquello que fagocita la realidad no es otra cosa que la simulación, la cual secreta el mundo real como producto suyo.

[12] Baudrillard, Jean, Cultura y Simulacro, Barcelona, 1993.

     Baudrillard, exhausto de la esperanza del fin, certifica que el mundo ha incorporado su propia inconclusibilidad, la eternidad inextinguible del código generativo, la insuperabilidad del dispositivo de la réplica automática, la metáfora viral. La extinción de la lógica histórica ha dejado el sitio a la logística del simulacro y ésta es, según parece, interminable.

     El momento postmoderno es, como se ve,  un momento antinómico, en el que se expresa una voluntad de desmantelamiento, una obsesión epistemológica con los fragmentos o las fracturas, y el correspondiente compromiso ideológico con las minorías políticas, sexuales o lingüísticas. Es necesario, a este respecto, tener presente que en la expresión "momento postmoderno" la palabra "momento" ha de tomarse literalmente, como un parpadeo, como "un abrir y cerrar de ojos" y, por decirlo paradójicamente, como categoría fundamental de una conciencia de época, claramente post-histórica.

     La complejidad del momento postmoderno no es sólo una cuestión de perspectiva histórica —o más bien de una falta de ella— sino que viene dada por el propio movimiento de repliegue sobre sí mismo característico de la postmodernidad (frente a los desarrollos lineales de la periodización moderna o clásica), lo que la dota de un espacio histórico informe y desestructurado donde han caído los ejes de coordenadas a partir de los cuales se establecía el sentido y el discurso de la escena histórico-cultural de una época.

     La caída de los discursos de legitimación que vertebraban los diferentes meta-relatos de carácter local y dependiente, ha producido —como se ha señalado— una nivelación en las jerarquías de los niveles de significación y la adopción de prácticas inclusivistas e integradoras de discursos adyacentes, paralelos e incluso antagónicos.

     La postmodernidad es aquel momento en que las dicotomías se difuminan y lo apócrifo se asimila con lo oficial.

     Desde un determinado punto de vista, la "revolución de la postmodernidad" aparece como un gigantesco proceso de pérdida de sentido que ha llevado a la destrucción de todas las historias, referencias y finalidades. En el momento postmoderno el futuro ya ha llegado, todo ha llegado ya, todo está ya ahí. No tenemos que esperar ni la realización de una utopía ni un final apocalíptico. La fuerza explosiva ya ha irrumpido en las cosas. Ya no hay nada que esperar. Lo peor, el soñado final sobre el que se construía toda utopía, el esfuerzo metafísico de la Historia, el punto final, está ya entre nosotros. Según esto, la postmodernidad sería una realidad histórica–post-histórica ya cumplida, y la muerte de la modernidad ya habría hecho su aparición.

     En este sentido, el artista postmoderno se encuentra en la misma situación de un filósofo: el texto que escribe, la obra que compone, no se rigen en lo fundamental por reglas ya establecidas, y no pueden ser juzgadas según un canon valorativo, esto es, según categorías ya conocidas. Antes bien, son tales reglas y categorías lo que el texto o la obra buscan. De modo que artista y escritor trabajan sin reglas, trabajan para establecer las reglas de lo que habrá llegado a ser. La negación progresiva de la representación se vuelve aquí sinónimo de la negación de las reglas establecidas por las anteriores obras de arte, que cada nueva obra ha de llevar a cabo de nuevo.

     Todo esto ya se encuentra prefigurado en las vanguardias artísticas de comienzo del siglo XX.


5. Del Meta-Relato a la Posmodernidad Estética;
Discurso y Producción

     Ahora bien, el postmodernismo como ideología puede ser entendido como un síntoma de los cambios estructurales más profundos que tienen lugar en nuestra sociedad y su cultura como un todo o, dicho de otra manera, en el modo de producción.

     Esta constatación del modo diferente de construcción de la realidad va seguida de la distinción entre una estetización "superficial" y una profunda: la primera refiere a fenómenos globales como el embellecimiento de la realidad, lo cosmético y el hedonismo como nueva matriz de la cultura y la estetización como estrategia económica; el segundo incluiría las transformaciones en el proceso productivo conducidas por la nuevas tecnologías y la constitución de la realidad por los medios de comunicación.

     Dentro de este escenario global es que debe analizarse lo que ha estado gestándose en los últimos doscientos años; nos  referimos a la "estetización epistemológica" o, como he querido llamarlo, el giro estético de la epistemología. Éste se inicia con el establecimiento de la Estética como disciplina epistemológica basal, que pasa por la configuración nietzscheana del carácter estético-ficcional del conocimiento, y termina en el siglo XX con la estetización epistemológica que puede rastrearse en la nueva filosofía analítica y el establecimiento de la Hermenéutica —la interpretación que dota de sentido a los hechos— como ciencia central de la Postmodernidad. De allí que surjan como categorías fundamentales —en el modo de hacer filosofía— el texto y el discurso. Con Gadamer la Hermenéutica cobra un nuevo giro, y ya no pretende aprehender el verdadero y único sentido del texto sino manifestar las diversas interpretaciones del texto y las diversas formas de interpretar. Hemos aludido por primera vez a un elemento fundamental del pensamiento postmoderno: el texto.

     La Postmodernidad, si la entendemos como Filosofía del Lenguaje, es una reflexión sobre el lenguaje escrito, en contraposición con la tendencia anglosajona que se centra en el lenguaje oral. El texto se independiza del autor hasta tal punto que el autor puede ser obviado. El texto se independiza de su autor, porque con cada lectura tiene lugar una reelaboración, que es en sí misma una reinterpretación; no tiene sentido intentar encontrar lo que el autor ha querido decir, sino lo que los lectores, a lo largo de la historia, han dicho lo que el texto quería decir. La verdad se transforma en verdad interpretativa o verdad hermenéutica.


6. Desconstrucción de la Noción de "Autor"

     La noción de "autor" —como creador individual de una obra artística o literaria— se puede situar histórica y culturalmente en el tránsito de la modernidad a la postmodernidad; la noción de creador individual empieza a problematizarse desde fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, donde la noción se hace insostenible.

     Tal como lo refiere Foucault, el autor, que desde el siglo XIX venía jugando el papel de regulador de la ficción, papel característico de la Era industrial y burguesa, del individualismo y de la propiedad privada, habida cuenta de las modificaciones históricas posteriores, no tuvo ya ninguna necesidad de que esa función permaneciera constante en su forma y en su complejidad. Para Foucault, el autor es una producción cultural que mediante la experiencia de una subjetividad replegada sobre sí —fragmentada— da lugar al yo individual, a la personalidad que difumina la conciencia de pertenecer a un colectivo. Así, la pérdida de la experiencia colectiva modifica la noción misma de relato y con ello el sentido colectivo de la escritura, esto es, como memoria e inconsciente que se escribe.

     De este modo se intentará abolir al autor, así como a cualquier otra forma de institucionalización de la escritura. Por ello el discurso no será considerado más que en sus des-centramientos y sus des-territorializaciones. Al dar por cierta la desaparición del sujeto, el discurso que funda la subjetividad no puede mantener los mismos niveles de coherencia más que como una forma de ejercer poder.

     Todas las operaciones que designan y asignan las obras deben ser consideradas siempre como operaciones de selección y de exclusión. "Entre los millones de huellas dejadas por alguien tras su muerte, ¿cómo se puede definir una obra?". Responder la pregunta requiere una decisión de separación que distingue (de acuerdo con criterios que carecen tanto de estabilidad como de generalidad) entre los textos que constituyen la "obra" y aquellos que forman parte de una escritura o una palabra "sin cualidades" y que, por ende, no han de ser asignados a la "función de autor".

     Debe considerarse además que esas diferentes operaciones —delimitar una obra (un corpus), atribuírla a un autor, producir su comentario— no son operaciones neutras. Ellas están orientadas por una misma función, definida como "función restrictiva y coercitiva" que apunta a controlar los discursos clásicos, ordenándolos y distribuyéndolos.

     Como sucesor del autor, el escritor ya no tiene pasiones, humores, sentimientos, impresiones, sino un rol bifurcador de discursos propios y ajenos, en una inter-textualidad que prolifera hasta perder los lindes del yo, hasta la escisión de la identidad o su fragmentación esquizoide en la escritura.

     La muerte del autor responde, de este modo, al proyecto de des-subjetivación, que intenta eliminar la referencia a un sujeto originario sustentador de la verdad y el sentido del texto. En efecto, el sujeto que comienza a pensarse en la escritura es un sujeto deudor de las citas de la cultura que tejen su obra. El entramado que constituye al texto posee una referencialidad infinita, que multiplica desde distintas vertientes elementos refractarios de otras. Aquello que preexiste de trasfondo es la muerte de un referente máximo que establezca los linderos —los alcances— de las miradas; es la proliferación de las perspectivas.

     De este modo, en el pensamiento contemporáneo ha tenido lugar un acoso sistemático a las nociones de sujeto y verdad, tal como la tradición científica y filosófica las concibió, decretando su expulsión de los reductos de la psicología, la Historia, la antropología y la sociología. La pretensión de objetividad por parte de un sujeto que no puede ser sino contingente, ha generado una serie de dudas y sospechas en torno a la noción misma de sujeto que sustenta los discursos científicos y filosóficos desde la Modernidad.

     En la Postmodernidad, dijimos, hay dos marcadas tendencias sobre la autoría: la que la desprecia centrándose únicamente en el texto, y la que quiere explicar el texto como trasunto del autor. En la primera, no cabe hablar propiamente de un autor, pues el autor del texto se ha perdido como sujeto. Hoy son los sistemas de producción de signos los que reclaman para sí la atención, y esto está dado en lo que Debord llamará la sociedad del espectáculo, o Lipovetsky, el imperio de lo efímero. De allí que fenómenos en apariencia banales como el el cine, la moda, el diseño y la arquitectura, entendidos éstos como sistemas productores de signos, o de narratividades —de acuerdo a su modo de constitución—, influyan de manera decisiva en el modo de ser, en el ethos postmoderno, el cual puede ser entendido desde dentro de su proceso de gestación sólo a partir de las claves hermenéuticas que nos proporciona el paradigma estético.


7. Las Obras de Arte como Organizaciones Imaginarias del Mundo

     Así Lyotard al utilizar los términos "relato", "grandes relatos" y "meta-relato" se dirige a un mismo referente: los discursos legitimadores a nivel ideológico, social, político y científico. Un meta-relato es, en la terminología de Lyotard, una gran narración con pretensiones justificatorias y explicativas de ciertas instituciones o creencias compartidas, un léxico último.

     El discurso legitimador se caracteriza no por ser prosa narrativa sino principalmente prosa argumentativa. Todo intento de realizar políticamente un sistema ideológico tiene en su interior el germen del totalitarismo, la determinación de la pluralidad a partir de un solo punto de vista que se impone por todos los medios posibles. En cambio, los micro-relatos, las narraciones literarias, por ejemplo, no tienen la intención de dar cuenta de hechos verdaderos sino que su consistencia artística deriva de su verosimilitud, es decir, de la capacidad del texto para hacerse creíble dentro de su contexto y del mundo que ha creado. 

     De este modo las obras de arte no son, pues, objetos específicos —aislados del mundo y de su acontecer— sino más bien organizaciones imaginarias del mundo, las que para ser activadas requieren ser puestas en contacto con un modo de vida, por particular que éste sea, con un fenómeno concerniente al ser humano, de modo tal que, como se hace evidente en la postmodernidad, arte, producción y vida se co-determinan y se co-pertenecen.

     El estallido de los grandes relatos es, de este modo, el instrumento de la igualdad y de la emancipación del individuo liberado del terror de los megasistemas, de la uniformidad de lo Verdadero, el momento del derecho a las diferencias, a los particularismos, a las multiplicidades en la esfera del saber aligerado de toda autoridad suprema, de cualquier referencia de realidad.

     La operación del saber postmoderno es la de la heterogeneidad y dispersión de los lenguajes al modo de Babel, de las teorías flotantes, todo lo cual no es más que una manifestación del hundimiento general —fluído (líquido) y plural— que nos hace salir de la edad disciplinaria y amplía la continuidad democrática e individualista que dibuja la originalidad del momento postmoderno, es decir, el predominio de lo individual sobre lo universal, de lo psicológico sobre lo ideológico, de la comunicación sobre la politización, de la diversidad sobre la homogeneidad y de lo permisivo sobre lo coercitivo.–



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