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jueves, 3 de noviembre de 2016

Sobre Spengler y la Génesis de la Cultura



     El siguiente artículo, del cual presentamos aquí en castellano sólo su primera mitad, fue publicado en counter-currents.com en Marzo pasado, y se refiere al aporte del filósofo Oswald Spengler en la definición del origen de las culturas, que se debería a la relación del ímpetu juvenil con el sentimiento de la divinidad, relación que analiza brevemente el autor de este texto.


SPENGLER: La NUMINOSA GÉNESIS de la CULTURA
por Christopher Pankhurst
29 de Marzo de 2016



     La contribución radical de Oswald Spengler a la filosofía de la Historia fue observar que las diferentes Culturas y Civilizaciones son formas de vida singulares y que todas ellas tienen una cierta expectativa de vida. La progresión lineal de la Historia, desde la Edad de Piedra al liberalismo occidental predominante, es un mito. No existe una línea única de la Historia que recorra a toda la Humanidad. En vez de ello, las Culturas nacen, se desarrollan, envejecen y mueren. La primavera de una alta Cultura es, para Spengler, contemporánea con la primavera de otra, no con otras sociedades humanas que puedan existir en ese entonces.

     El punto puede ser clarificado mediante la analogía con el organismo humano. Un niño vivo hoy es contemporáneo con un niño que vivió en tiempos romanos en el sentido de que ambos comparten la misma etapa de desarrollo. Es el Destino de ambos niños crecer hasta la adultez, luego descender a la senilidad y la muerte. Ese Destino puede ser frustrado por la enfermedad, la violencia o el hambre, de modo que el niño nunca madura, pero sigue siendo el Destino del organismo humano seguir tal proceso de crecimiento que conduce a la muerte.

     Dentro de ese proceso de crecimiento, Spengler distingue entre dos etapas separadas: la Cultura y la Civilización. La Cultura es indicativa de la fase energética juvenil, y transforma los imperativos simbólicos de su génesis en altas y técnicas innovaciones adecuadas a su cosmovisión. Inevitablemente, esas altas formas comienzan a añejarse y comienza entonces a irrumpir la fase civilizacional. La Civilización lógicamente crece a partir de la Cultura, y aquélla representa un movimiento hacia un estilo de vida más urbano donde llegan a buscarse la novedad y el cosmopolitismo.

     Spengler identificó al Barroco como el punto alto de la Cultura Occidental, y al contrapunto en música y a la pintura al óleo como las formas artísticas supremas que expresaron la esencia de aquella Cultura. Desde aquella cima nos hemos movido al despliegue de la etapa democrática de la Civilización. Spengler tiene claro que esta etapa es dominada por el poder del dinero. También está asociada con el ascenso del racionalismo, identificado en la cultura occidental con la época de la Ilustración. En esta etapa democrática, las ciudades crecen y las tradiciones de la gente mueren. La innovación intelectual llega a ser valorada mientras que la religión desaparece. Las formas culturales que nos rodean en este momento han decaído y degenerado debido a la lógica interior del crecimiento y decadencia orgánicos, de modo que tenemos sólo manías, modas y opiniones, enmascaradas como Cultura.

     Esta forma de democracia plutocrática sólo puede existir por un breve tiempo, ya que pronto se agota en su inquieta búsqueda de novedad y cambio. Por último, cada uno se aburre con las superficiales maquinaciones de ese tipo de sociedad y comienza a surgir un anhelo de algo más profundo y más significativo, un prestar atención a la llamada de la sangre:

     «Allí despierta al final un profundo anhelo por toda la antigua y valiosa tradición que todavía permanece viva. Los hombres están cansados hasta la repugnancia de la economía del dinero. Ellos esperan la salvación desde alguna parte u otra, algún verdadero ideal de honor y caballerosidad, de nobleza interior, de altruísmo y deber. Y ahora alborea el tiempo en que los poderes de la sangre llenos de forma, que el racionalismo de la Megalópolis ha suprimido, despiertan de nuevo en las profundidades» (Spengler, en La Decadencia de Occidente).

     Esto representa el comienzo de la época Cesarista. Esta época proviene de las democracias, pero las reemplaza. Está caracterizada por un expansivo impulso imperialista de imponer su cosmovisión a un campo tan amplio como le sea posible. El desarrollo interior de la vida cultural ha alcanzado ya la madurez plena, de manera que no habrá ningún desarrollo significativo en ese sentido. El anhelo de algo más significativo es satisfecho volviendo a formas más tempranas de la Cultura que precedieron a la época democrática. Esas formas ya no son capaces de desarrollo, pero mediante un nuevo compromiso con ellas la población de la Civilización Imperial es una vez más capaz de recobrar un sentido de nobleza y la conexión con lo numinoso que había sido perdido.

     Spengler se refiere a ese retorno a formas más tempranas como una "Segunda Religiosidad". Los tempranos impulsos religiosos están osificados ahora pero ellos todavía proporcionan suficiente inspiración para dar ímpetus al Imperium, ya que ellos son al menos paradigmáticamente superiores al reinado del dinero y la trivialidad. En esta fase particular podemos ver surgir muchos nuevos cultos a medida que la gente gradualmente pierde la fe en la democrática edad del dinero, y busca algo más perenne:

     «Tenemos en el mundo europeo-estadounidense de hoy el fraude ocultista y teosófico, la estadounidense Christian Science, el falso budismo de salones, el negocio de las artes y oficios religiosos (más activo en Alemania que incluso en Inglaterra) que provee de lo necesario a grupos y sectas de sentimiento Gótico o Clásico-tardío o Taoísta. En todas partes esto es sólo un juguetear con mitos en los que nadie realmente cree, una degustación de cultos de los que se espera que podrían llenar el vacío interior. El materialismo es obvio y honesto, y la burla de la religión, superficial y deshonesta. Pero el hecho de que esta última sea posible, de ningún modo presagia un nuevo y genuino espíritu de búsqueda que se declara a sí mismo, primero silenciosamente, pero pronto enérgica y abiertamente, en el  civilizado despertar de la conciencia» (Ídem).

     Cuando la fase Imperial ha llevado a cabo su curso entonces eso significa que aquella cultura particular ha terminado. Las poblaciones que viven dentro de los límites del difunto Imperio son invadidas por los bárbaros y vuelven a ser un campesinado ahistórico. Esa clase campesina subsistirá en una manera adecuada a todas las clases campesinas y no tendrá nada que ofrecer a la Historia. Pero dentro de ese campesinado surgirá necesariamente una necesidad de entender y articular la presencia del Numen:

     «Él siente sobre sí una vida ajena casi indescriptible de poderes desconocidos, y remonta el origen de esos efectos a los "númina", al Otro, en la medida en que ese Otro también posee Vida.... Ahora bien, es importante observar cómo la conciencia de cada Cultura intelectualmente condensa sus "numina" primarios. Eso impone palabras significativas —nombres— en ellos y de esa manera los conjura (se apodera de ellos o los constriñe). En virtud del Nombre ellos están sujetos al poder intelectual del hombre que posee el Nombre. La declaración del nombre correcto (en Física, el concepto correcto) es un conjuro» (Ídem).

     Esa añoranza de alguna forma de expresión más alta, alguna expresión significativa de ideales duraderos, encuentra una salida en la proliferación de nuevas religiosidades y cultos. De esa matriz de anhelo místico pueden surgir los retoños de una nueva Cultura que tendrá su propia particular visión del mundo y expectativas de vida. De esa percepción del Numen puede nacer una nueva forma Cultural y, así, el ciclo de nacimiento, crecimiento y muerte puede comenzar otra vez en un nuevo vehículo.

     La concepción de Spengler de la Historia ha atraído la crítica de todos los lados. Muchos críticos han cuestionado el elemento de inevitabilidad que es inherente en el modelo de Spengler. Theodor Adorno negó que fuera históricamente necesario seguir el modelo que Spengler describió, y él veía a Spengler como un abogado de la decadencia que describió. Para Adorno, que fue una influencia intelectual clave para las fuerzas de la Nueva Izquierda, Spengler es cómplice de los procesos históricos que él describe, porque rechaza aceptar que el despliegue histórico puede ser cambiado. Según el modelo de Spengler, el período de vida de una Cultura está determinado por el imperativo de la lógica interna y por tener una duración limitada.

     Para Spengler, ese ciclo de vida probablemente no puede ser extendido, del mismo modo que la vida de un ser humano no puede ser ampliada a 300 años. Como él famosamente escribió, "optimismo es cobardía" (en El Hombre y la Técnica). Adorno rechaza aceptar la idea de que hay una decadencia inevitable que no puede ser frenada. Debido a su aborrecimiento del cesarismo de Hitler, Adorno afirma que la fase imperial de Occidente es, de hecho, un descenso voluntario hacia la barbarie y la opresión. Adorno sostiene que las culturas del pasado murieron porque estaban basadas en la explotación, y por lo tanto carecieron de equilibrio (Theodor W. Adorno, Prisms). Con la posibilidad del Comunismo ofrecido por Marx ya no era necesario sucumbir ante las fuerzas descritas por Spengler:

     «En un mundo de vida brutal y oprimida, la decadencia se convierte en el refugio de una vida potencialmente mejor mediante su renuncia a su lealtad a ésta y a su cultura, su crudeza y su sublimidad. Los impotentes, quienes, según las directrices de Spengler, deben ser hechos a un lado y aniquilados por la Historia, son la encarnación negativa dentro de la negatividad de esa cultura de todo, que promete, aunque débilmente, romper la dictadura de la cultura y acabar con el horror de la Prehistoria. En la protesta de ellos está la única esperanza de que el destino y el poder no tendrán la última palabra. Lo que puede oponerse a la decadencia de Occidente no es una cultura resucitada sino la utopía que está silenciosamente contenida en la imagen de su decadencia» (Adorno, Ibid.).

     Quizás Adorno tiene un punto. Después de todo, el refugio de la decadencia ha sido manifestado más adecuadamente a través de todas las antiguas culturas de Occidente por sus seguidores, incluso si no hay aún ningún signo de la utopía. Para Spengler, sin embargo, tales desviaciones son demasiado previsibles en esa etapa de la decadencia cultural. La existencia de decadencia, comunismo u otras manías intelectuales es algo que podría ser apoyado o refutado, pero no es algo que pueda afectar el flujo más amplio de la Historia:

     «Si estas doctrinas son "verdaderas" o "falsas" es —debemos reiterar y enfatizar— una pregunta sin significado para la historia política. La refutación de, supongamos, el marxismo, pertenece al reino de la disertación académica y los debates públicos, en los cuales cada uno siempre tiene razón y su oponente siempre está equivocado... El poder que esos ideales abstractos poseen, sin embargo, apenas se extiende en el tiempo más allá de los dos siglos que pertenecen a la política de partidos, y su final se origina no en la refutación sino en el aburrimiento... La creencia en el programa era la señal y la gloria de nuestros abuelos; en nuestros nietos eso será una prueba de provincianismo. En su lugar se está desarrollando ahora mismo la semilla de una nueva resignada piedad, surgida de la conciencia torturada y el hambre espiritual, cuya tarea será fundar un nuevo Lado de Acá que busca secretos en vez de brillantes conceptos, y al final los encontrará en las profundidades de la "segunda religiosidad"» (Spengler, en La Decadencia de Occidente).

     Mientras Adorno detesta la "estructura universal" de Spengler y niega la aplicabilidad de su pronóstico al Occidente del siglo XX, su propia formulación de la Nueva Izquierda se basa en la inevitabilidad histórica de Marx y en el modelo particular de la Historia que él promulgó, un modelo basado en la aplicabilidad universal. La crítica de Adorno contra Spengler parece estar demasiado influída por la fase particular del ciclo en que él estaba viviendo, y está quizás teñida por la cobardía optimista común a los utópicos en todas partes.

     Otro pensador que niega la inevitabilidad del modelo de Spengler viene del extremo opuesto a Adorno en el espectro político. En su introducción al libro Imperium de Francis P. Yockey, Willis Carto sostuvo que la decadencia última de Occidente puede ser evitada debido a la singular situación tecnológica disponible para Occidente en ese entonces. Específicamente, escribiendo en el alba de la Era espacial, Carto sugiere que la exploración del espacio podría cumplir el imperativo expansivo de la fase cesarista sin causar la debilitante mezcla de razas que sigue al Imperialismo.

     Para Carto, es esa mezcla racial la que proporciona la causa orgánica para la decadencia de una Cultura. Todas las Culturas concluyen con una fase universalista e imperialista debido a la lógica interior de su forma de vida. Esto, acepta Carto, no puede y no tiene que ser evitado. Pero, con el advenimiento de la navegación espacial, debería ser posible satisfacer la necesidad interior de la exploración Fáustica evitando la caída mestizada de todas las Culturas anteriores. Carto ve el Destino del Hombre Occidental en la colonización espacial y en la creación de un Imperium inter-estelar.

     Ésa es una respuesta ingeniosa al pesimismo de Spengler ya que reconoce la necesidad de los procesos históricos identificados por Spengler pero procura alinearlos ante un objetivo trascendente, en concordancia con el impulso hacia el espacio infinito identificado con el espíritu Fáustico. Pero nadie que escribiera en 1960 podría haber previsto el limitado futuro que la exploración espacial iba a tener. La película 2001: Una Odisea Espacial, de Stanley Kubrick, estrenada en 1968, dio una sobria predicción de computadores inteligentes y conscientes controlando un vuelo tripulado a Saturno. Ese escenario estaba basado en las mejores predicciones tecnológicas disponibles en ese entonces, y ahora parece increíblemente sobre-optimista. Mientras más viajamos a lo largo del arco final de nuestra Cultura Occidental, el pesimismo de Spengler aparece más exacto.

     A diferencia de la crítica de Adorno hacia Spengler, Carto compartía muchas de las presunciones básicas de Spengler y esperaba participar en la realización de la siguiente fase del ciclo. Desde nuestra perspectiva parece cada vez menos probable que hay un futuro para nuestra Cultura. ¿No hay espacio para la esperanza?.

     Hay un poco de incertidumbre con respecto a la fase particular del ciclo por el que estamos pasando. A mediados del siglo XX parecía claro que la época cesarista estaba con nosotros, por cuanto varios líderes europeos reemplazaron sus sistemas democráticos con nuevos regímenes fundados en ideales pre-democráticos. La hegemonía estadounidense que se alcanzó desde 1945 puede ser vista como el cese del imperativo cesarista, o como su realización más profunda en la difusión global de la ideas occidentales.

     Esta última interpretación, si es correcta, socavaría el modelo de Spengler ya que demostraría el logro del Imperium mediante el poder del dinero más bien que por la transcendencia de los valores del dinero. Ciertamente, Yockey vio 1945 como la representación del comienzo de una pseudo-morfosis, una especie de enfermedad que hace que el organismo cultural deje de estar en sincronía con su Destino. Para Yockey, esa enfermedad era debida a la distorsión de la Cultura impuesta por las élites judías en EE.UU. que se han apoderado de aquel país y que ahora lo gobiernan para sus propios fines. Spengler había descrito la pseudo-morfosis histórica como la imposición de una antigua forma cultural sobre una forma más joven y más vital.

     Si aceptamos que el orden mundial Global que acelera el paso bajo la (distorsionada) bandera estadounidense es, de hecho, una distorsión pseudo-mórfica del Destino de Occidente, entonces estamos enfrentados con dos escenarios posibles: el primero es que la fase cesarista ha sido frustrada, en cuyo caso la Cultura ya está muerta, y no puede haber ninguna posibilidad de renovación cultural; el segundo escenario es que el Orden Mundial Global es sólo una extensión del período democrático del dinero, que el cesarismo de los años '30 fue prematuro, y que estamos aún por comenzar la auténtica fase de Imperium de nuestra Cultura. Así, o estamos entrando en un descenso ahistórico hacia un campesinado o estamos esperando una renovación Imperial de formas anteriores.

     Lo interesante consiste en que, en cualquiera de aquellos escenarios, estamos viviendo en una época en que esperaríamos ver los comienzos de nuevas añoranzas de lo numinoso. Antes de considerar la posibilidad de tales nuevas formas numinosas emergiendo, será provechoso trazar un breve esbozo del arco de desarrollo de la Cultura artística occidental. La intención es simplemente identificar la lógica interna de la decadencia de Occidente.

     El Concilio de Trento (1545-1563) desempeñó un importante papel en el desarrollo de la música occidental. En esa conferencia eclesiástica se habló de la cuestión del contrapunto en la música. Dicho asunto era polémico porque algunos consideraban que el Contrapunto estaba siendo desplegado por pura ornamentación, sólo con un valor de entretenimiento. Mientras que el canto llano permitía la claridad completa al cantar líneas de escritura, el Contrapunto tendía (ése era el argumento) a obscurecer el texto al emplear complicadas técnicas musicales que exigían la adulación por derecho propio. La música estaba destinada a ser un mero vehículo para la alabanza a Dios. La leyenda dice que el compositor Palestrina persuadió al Concilio acerca de los méritos del Contrapunto al componer una misa que utilizaba aquella técnica tan maravillosamente que ellos aceptaron su aplicación como un arte conveniente para la adoración.

     El Contrapunto se convirtió en el emblema de la Cultura de Occidente. Para Spengler, la formulación simbólica fundamental para el modo de aprehensión de Occidente era la añoranza del espacio infinito. El Contrapunto era el modo perfecto de expresar ese anhelo: "El simbolismo del Contrapunto pertenece a la extensión, y por medio de la polifonía significa el espacio infinito" (Spengler, La Decadencia de Occidente). Esta forma de expresión característicamente occidental se desarrolló en la forma de la sonata, y su voz llegó a ser la de los instrumentos de cuerda:

     «El tema de la Fuga, "es"; el del nuevo movimiento de la sonata, "deviene", y el asunto de su elaboración es, en un caso, un cuadro, y en el otro, un drama. En vez de una serie de cuadros conseguimos una sucesión cíclica, y la verdadera fuente de ese lenguaje tonal estaba en las posibilidades, comprendidas al fin, de nuestra más profunda y más íntima clase de música: la música de las cuerdas. Es cierto que el violín es el más noble de todos los instrumentos que el alma Fáustica ha imaginado y creado para la expresión de sus últimos secretos, y es cierto también que es en los cuartetos de cuerdas y las sonatas para violín que ha experimentado sus momentos más trascendentes y más sagrados de iluminación plena. Aquí, en la música de cámara, el arte occidental en conjunto alcanza su punto más alto» (Spengler, Ibid.).

     Lo que ha ocurrido en este punto en el desarrollo de la Cultura es que la música ha llegado a ser una cosa en sí misma. Ya no es usada como un anexo a otras artes o formas religiosas, sino que ha llegado a ser en cambio la principal forma de expresión por derecho propio. Mientras que el símbolo primario de la Cultura Clásica era el cuerpo, que representaba una cosmovisión conceptual basada en un sentimiento de solidez y que fue mejor expresada por medio de la escultura, el símbolo primario occidental es el espacio infinito, el horizonte lejano, y esto encuentra su expresión suprema por medio de la música polifónica de las cuerdas.

     La creación de la forma de la sonata también fue acompañada por desarrollos adicionales en la cultura occidental. En particular, la novela alcanzó un cierto auge de formulación alrededor de la mima época que la sonata, y ambas formas comparten semejanzas estructurales. En una sonata clásica el primer tema es presentado en la llave inicial que luego tiende un puente a un segundo tema en una llave diferente. Los dos temas son desarrollados antes de que ambos sean finalmente resueltos retornando a la llave inicial. Este esquema de unidad interrumpida por el conflicto que es resuelta entonces en una unidad posterior, es la base de la mayoría de las novelas clásicas y se podría decir que representan la forma de la novela. En efecto, se trata de una estructura que es la base de los mitos y sagas de héroes que acompañaron el nacimiento de la Cultura, de manera que puede verse que, en este sentido, la sonata y la novela son la cristalización final de los mitos subyacentes de nuestra Cultura.

     Con el logro de estas formas no hay ninguna otra parte donde la Cultura pueda ir. Desde su inicio la Cultura ha estado desarrollando las formas de su expresión apropiadas para su aprehensión específica de lo numinoso. Desde las sagas más tempranas, pasando por las obras medievales de moralidad y obras mímicas, hasta la grandilocuencia del teatro Isabelino, y finalmente a la privadamente consumida e individualmente elaborada forma de la novela, la Cultura ha viajado desde una experiencia compartida de numinoso heroísmo a la contemplación privada de la psicología personal. Una trayectoria similar ha sido seguida en el campo de la música: desde la poesía heroica anglosajona (que habría sido acompañada por el heorp, un instrumento de cuerdas), pasando por la ritualizada música de iglesia de los tiempos medievales, a la polifonía y la música de cámara del siglo XVIII y luego a la música absoluta que buscó expresión puramente en sus propios términos, concluyendo con el estéril experimentalismo del siglo XX.

     Para Yockey, y otros, las degradaciones artísticas del siglo XX fueron una consecuencia de la deformación de la Cultura. En particular, Yockey se refirió a la revolución de 1933, que vio el total acrecentamiento del poder judío bajo Roosevelt en Estados Unidos. Siguiendo el modelo de Yockey, la apropiación judía del poder en EE.UU. condujo a la hegemonía de la influencia judía en las artes, y creó la posibilidad para la difusión de aquellas ideas distintivas de la mentalidad judía: la atonalidad de Schoenberg, el desarrollo del minimalismo por Reich, etc. Es indudablemente cierto que el ascenso del poder judío en EE.UU. ha conducido a una exacerbación de fuerzas artísticas que son antitéticas a la moral de Occidente, pero es todavía el caso que la Cultura de Occidente había sido puesta ya en curso hacia gran parte del individualismo y trivialidad que a menudo es hoy día desestimado como algo "judío".

     El verdadero problema con la idea de la distorsión de la Cultura es que tiende a minimizar la importancia del verdadero arco del desarrollo cultural occidental al obsesionarse con aquellos elementos que son extranjeros a ella, y así dejando de reconocer que la Cultura Occidental ya estaba declinando sin la influencia de los judíos. El peligro aquí consiste en que, mientras se juega a "buscar al judío", tendemos a remontarnos a  formas culturales más antiguas y más satisfactorias, pero cuya fuerza ha sido gastada ya. Al hacer eso, arriesgamos reemplazar una especie de pseudo-morfosis por otra. Esto es así porque la tendencia es volver a las cáscaras de formas culturales anteriores, cáscaras ya no animadas por la fuerza numinosa que las hizo poderosas anteriormente.

     Ya hemos visto que la génesis de la Cultura, así como la segunda religiosidad, está animada por la percepción de lo numinoso. El numen es el dios que preside y que pertenece a un lugar particular. La palabra está relacionada con el latín nuere = asentir con la cabeza, y con el griego neuein = inclinar la cabeza, indicando un asentimiento o una orden. Así, la palabra indica los efectos del poder de la deidad. Si debemos comenzar a buscar signos de incipientes apasionamientos culturales bajo la superficie de lo que se hace pasar como esfuerzo artístico hoy día, será necesario buscar aquellas corrientes que transmiten algo de lo numinoso, o que rinden adoración a la deidad que preside.

     En la busca de tales signos es importante recordar que lo numinoso está relacionado con lo sobrecogedor, y como tal no tiene relación con formas que podrían procurar adular a estructuras religiosas existentes. Las formas artísticas capaces de encarnar lo numinoso a menudo serán sorprendentes e inesperadas.




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