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miércoles, 23 de noviembre de 2016

Robert Faurisson - La Historia Oficial y las Mentiras



     De la introducción al texto "Escritos Revisionistas. 1974-1998" del profesor e investigador francés Robert Faurisson, una colección de artículos revisionistas de la Historia, disponible en la red, hemos escogido para presentar aquí el capítulo "La Historia Oficial: Un Poco de Verdad Combinada con Mucha Mentira", más un breve preámbulo, que habla de una diversidad de hechos que, de haber sido anteriormente considerados como algo establecido, son hoy, a la luz de la persistente investigación histórica de la Segunda Guerra, descartados sólo como propaganda malintencionada.


La Historia Oficial: Un Poco de Verdad
Combinada con Mucha Mentira
por Robert Faurisson




EL REVISIONISMO HISTÓRICO

     El revisionismo es asunto de método y no una ideología. Preconiza, para cualquier investigación, la vuelta al punto de partida, el examen al que sigue el reexamen, la relectura y la reescritura, la evaluación a la que sigue la reevaluación, la reorientación, la revisión, la refundición; es, en su espíritu, lo contrario de la ideología. No niega, sino que apunta a afirmar con mayor exactitud. Los revisionistas no son «negadores» ni «negacionistas»; se esfuerzan por investigar y encontrar cosas ahí donde, supuestamente, ya no había nada que buscar ni nada que encontrar.

     El revisionismo puede ejercerse en cien actividades de la vida cotidiana y en cien ámbitos de la investigación histórica, científica o literaria. No forzosamente pone en tela de juicio ideas ya formadas sino que a menudo lleva a matizarlas. Trata de desenmarañar lo verdadero de lo falso. La Historia es, por esencia, revisionista; la Ideología es su enemigo. Dado que la ideología nunca se encuentra tan fuerte como en tiempos de guerra o de conflictos, y dado que fabrica entonces una profusión de falsedades para las necesidades de su propaganda, el historiador se verá, en esa circunstancia, obligado a extremar la vigilancia: examinando con lupa lo que se le pudo asestar de «verdades», posiblemente se dé cuenta de que, ahí donde una guerra provocó decenas de millones de víctimas, la primera de las víctimas habrá sido la verdad comprobable: una verdad que se tratará de buscar y de restablecer.

     La historia oficial de la Segunda Guerra Mundial contiene un poco de verdad combinada con mucha mentira.


LA HISTORIA OFICIAL:
UN POCO de VERDAD COMBINADA con MUCHA MENTIRA

SUS RETROCESOS SUCESIVOS
ANTE los AVANCES del REVISIONISMO HISTÓRICO.


     Es exacto que la Alemania nacionalsocialista creó campos de concentración; lo hizo después —y junto con— muchos otros países, convencidos todos de que dichos campos serían más humanos que la cárcel: Hitler veía en esos campos lo que Napoleón III había creído ver en la creación de las colonias penitenciarias: un progreso para el ser humano. Pero es falso que haya creado «campos de exterminio» (expresión forjada por los Aliados).

     Es exacto que los alemanes fabricaron camiones que funcionaban con gas (Gaswagen). Pero es falso que hayan fabricado camiones de gas homicidas (si sólo uno de esos camiones hubiera existido, estaría expuesto en el museo del automóvil o en los museos del «Holocausto», aunque fuera bajo la forma de un bosquejo con valor científico).

     Es exacto que los alemanes empleaban el Zyklon (producto a base de ácido cianhídrico utilizado desde 1922) para proteger mediante la desinsectación la salud de los civiles, de las tropas, de los prisioneros o de los internados. Pero jamás emplearon el Zyklon para matar a nadie y mucho menos a multitudes de seres humanos. A raíz de las drásticas precauciones en el manejo del gas cianhídrico, los pretendidos gaseamientos homicidas de Auschwitz o de otros campos habrían sido, además, radicalmente imposibles.

     Es exacto que los alemanes contemplaban una «solución final de la cuestion judía» (Endlösung der judenfrage). Pero esa solución era territorial (territoriale Endlösung der Judenfrage), y no homicida: se trataba de instar o, en caso de ser necesario, de forzar a los judíos a abandonar Alemania y su esfera de influencia en Europa para establecer, mediante un acuerdo con los sionistas, un hogar nacional judío, en Madagascar o donde fuera. Muchos sionistas colaboraron con la Alemania nacionalsocialista para que se llevara a cabo esa solución.

     Es exacto que unos alemanes se reunieron, el 20 de Enero de 1943, en una casa en las afueras de Berlín (Berlín-Wannsee) para tratar de la cuestion judía. Pero contemplaron allí la emigración forzada o la deportación de los judíos así como la creación futura de una entidad judía específica, y no un programa de exterminio físico.

     Es exacto que algunos campos de concentración poseían hornos crematorios para la incineración de los cadáveres. Pero era para combatir mejor las epidemias y no para incinerar en ellos, como algunos se atrevieron a veces a decirlo, a seres vivos además de los cadáveres [1].

[1] Los «bebés judíos [eran] arrojados vivos en los crematorios» (Pierre Weill, director de la SOFRES, «El Aniversario Imposible», Le Nouvel Observateur, 9 de Febrero de 1995, p.53).

     Es exacto que los judíos conocieron los sufrimientos de la guerra, del internamiento, de la deportación, de los campos de retención, de los campos de concentración, de los campos de trabajo forzado, de los ghettos, de las epidemias, de las ejecuciones sumarias por toda clase de razones; también padecieron represalias o incluso masacres, porque no hay guerra sin masacres. Pero es también exacto que todos esos sufrimientos los padecieron de igual manera otras naciones o comunidades durante la guerra y, en particular, los alemanes y sus aliados (exceptuando los sufrimientos de los ghettos, puesto que el ghetto es primero y ante todo una creación específica de los propios judíos [2]); es sobre todo verosímil, para quien no padezca una memoria hemipléjica y para quien se esfuerza por conocer las dos caras de la historia de la Segunda Guerra Mundial (la cara que siempre se muestra y la cara que casi siempre se oculta), que los sufrimientos de los vencidos durante la guerra y después de la guerra fueron, tanto en el aspecto cuantitativo como cualitativo, peores que los de los judíos y de los vencedores, sobre todo en lo referente a las deportaciones.

[2] «Es por otra parte muy interesante [...] subrayar que el ghetto es históricamente un invento judío» (Nahum Goldmann, Le Paradoxe Juif, conversación en francés con León Abramowicz, París, 1976, p. 83-84; véase también Pierre-André Taguieff, «L’Identité Juive et Ses Fantasmes», L’Express, 20-26 de Enero de 1989, p. 65.

     Es falso que, como algunos se atrevieron a afirmarlo durante mucho tiempo, haya existido orden alguna de Hitler o de alguno de sus próximos colaboradores de exterminar a los judíos. Durante la guerra, algunos soldados y oficiales alemanes fueron condenados por sus propios tribunales militares, y a veces fusilados, por haber matado judíos.

     Es bueno que los exterminacionistas (es decir aquellos que creen en el exterminio de los judíos) hayan terminado, rendidos, por reconocer que no se encuentra rastro de ningún plano, de ninguna instrucción, de ningún documento relativo a una política de exterminio físico de los judíos y que, de la misma manera, hayan admitido por fín que no se encuentra rastro de presupuesto alguno para semejante empresa ni de ningún organismo encargado de llevar a cabo tal política.

     Es bueno que los exterminacionistas por fin hayan concedido a los revisionistas que los jueces del Proceso de Núremberg (1945-1946) aceptaron como verdaderos, hechos que eran de pura invención como el cuento del jabón fabricado con la grasa de los judíos, el cuento de las pantallas de lámparas hechas de piel humana, el de las «cabezas reducidas», el cuento de los gaseamientos homicidas de Dachau; y sobre todo es bueno que los exterminacionistas hayan reconocido por fin que el elemento más espectacular, más espantoso, más significativo de ese proceso, es decir la audiencia del 15 de Abril de 1946 en la que se vio y se escuchó cómo un ex-comandante del campo de Auschwitz (Rudolf Höss) confesó públicamente que, en su campo, se había gaseado a millones de judíos, fue sólo el resultado de las torturas aplicadas a éste. Dicha confesión, presentada durante tantos años y en tantas obras históricas como la «prueba» N° 1 del genocidio de los judíos, los historiadores, al menos, la echaron al olvido.

     Es una suerte que algunos historiadores exterminacionistas hayan reconocido por fin que el famoso testimonio del SS Kurt Gerstein, elemento esencial de su tesis, no tiene valor alguno; es detestable que la Universidad francesa le haya retirado al revisionista Henri Roques su título de doctor por haberlo demostrado en 1985.

     Es patético que Raúl Hillberg, el Papa del exterminacionismo, se haya atrevido a escribir, en 1961, en la primera edición de The Destruction of the European Jews, que habían existido dos órdenes de Hitler de exterminar a los judíos, para luego declarar, a partir de 1983, que dicho exterminio se había realizado por sí mismo, sin ninguna orden ni plan sino a raíz de «un increíble encuentro de las mentes, una transmisión de pensamiento consensual» dentro de la vasta burocracia alemana. R. Hillberg sustituyó así la imputación gratuita por la explicación mágica (telepatía).

     Es bueno que por fín los exterminacionistas hayan abandonado más o menos, en la práctica, la acusación, fundamentada en «testimonios», según la cual existían cámaras de gas homicidas en Ravensbrück, en Oranienburg-Sachsenhausen, en Mauthausen, en Hartheim, en Struthof-Natzweiler, en Stutthof-Dantzig, en Bergen-Belsen...

     Es bueno que la cámara de gas nacionalsocialista más visitada del mundo —la de Auschwitz I— haya sido reconocida por fin, en 1995, por lo que era, es decir, una fabricación. Es una suerte que se haya admitido por fin que «AHÍ TODO ES FALSO» y, personalmente, me alegro de que un historiador que forma parte del establishment oficial haya podido escribir: «A finales de los años '70, Robert Faurisson explotó esas falsificaciones tanto mejor cuanto que los responsables del museo mostraban entonces reticencias en reconocerlas» [3]. Me alegro cuanto más que la justicia francesa me había condenado, de manera inicua, por haberlo dicho.

[3] Eric Conan, «Auschwitz: la Mémoire du Mal», L’Express, 19-25 de Enero de 1995, p. 68.

     Es bueno que, en el mismo artículo, el mismo historiador haya revelado que una personalidad destacada del mundo judío como Théo Klein ve en esa «cámara de gas» sólo un «artificio».

     Es bueno también que, en ese mismo artículo, el mismo historiador haya revelado primero que las autoridades del museo de Auschwitz son concientes de que engañaron a millones de visitantes (500.000 por año a principios de los años '90), aunque sin embargo, en el futuro seguirán engañando a los visitantes porque, según la subdirectora del museo, «Decir la verdad [sobre esa «cámara de gas»] es demasiado complicado. Ya veremos más tarde» [4].

[4] Ibid. En 1992, es decir mucho tiempo después de «finales de los años '70», un joven revisionista californiano de origen judío, David Cole, se presentará como el descubridor de las falsificaciones de la «cámara de gas» de Auschwitz I. En un video mediocre, mostrará, por una parte, la versión de los guías del museo («esta cámara de gas es auténtica») y por otra parte, la versión de un encargado del museo, Franciszek Piper («la cámara de gas es "very similar" a la original»). Hasta ahí nada nuevo. El problema es que D. Cole y sus amigos luego exageraron mucho —por no decir más— al afimar a continuación que F. Piper había reconocido que había habido un «fraude». En efecto, había habido fraude, pero lamentablemente D. Cole no había sabido demostrarlo porque conocía mal el expediente revisionista. Podía haber confundido definitivamente a F. Piper mostrándole, en el video, los planos originales que yo había descubierto en 1975/1976 y publicado «a finales de los años '70». En ellos se ve muy claramente que la actual pretendida «cámara de gas» es el resultado de varios disfraces del lugar, los cuales se realizaron después de guerra. Por ejemplo, los cuatro pretendidos «orificios para verter el Zyklon B» que existen en el techo fueron abiertos —de manera muy rudimentaria y muy torpe— después de la guerra: los fierros del concreto fueron seccionados por los comunistas polacos y dejados así como estaban.

     Es una suerte que en el año 1996 dos historiadores de origen judío, el canadiense Robert Jan van Pelt y la estadounidense Deborah Dwork, hayan denunciado, por fin, algunos de los enormes embustes del campo-museo de Auschwitz y el cinismo con el que allí se engaña a los visitantes [5].

[5] R. J. van Pelt y D. Dwork, Auschwitz. 1270 to the Present, Londres, Yale University Press, 1996, p. 363-364, 367, 369.

     Es, en cambio, inadmisible que la UNESCO (United Nations Educational, Scientific and Cultural Organisation) mantenga desde 1979 su patrocinio a un sitio como el de Auschwitz en cuyo centro se encuentra, con la falsa «cámara de gas» (sin hablar de otras enormes falsificaciones), una impostura ahora comprobada; la UNESCO (cuya sede está en París) no tiene derecho a utilizar las aportaciones de los países miembros para respaldar una enorme estafa tan contraria a la «educación», a la «ciencia» y a la «cultura».

     Es una suerte que Jean-Claude Pressac, después de haber sido tan celebrado, se encuentre desacreditado. A ese farmacéutico, lanzado por la pareja Klarsfeld, le pareció inteligente buscar una posición intermedia entre aquellos que creen en las cámaras de gas y aquellos que no. Para él, de alguna manera, la mujer que había que examinar no estaba ni embarazada ni no embarazada sino medio-embarazada y aún, con el paso del tiempo, cada vez menos embarazada. Autor de escritos supuestamente dedicados a las cámaras de gas nacionalsocialistas pero en los cuales no se podía dar con una foto de conjunto, ni con un dibujo de conjunto de uno de esos mataderos químicos, el patético chapucero debía aportar la prueba, el 9 de Mayo de 1995, ante la XVII Cámara del Tribunal Correccional de París, de su completa incapacidad para contestar a las preguntas de la presidente del Tribunal sobre cómo habría podido ser uno de aquellos mataderos. Tres años después, no le quedó más remedio que escribir: «Así, según las declaraciones de ex-miembros del Sonderkommando, se estima con alta probabilidad que una película sobre los gaseamientos homicidas fue rodada por los SS en Birkenau. ¿Por qué no se habría de descubrir por casualidad en el ático o el sótano de un ex-SS[6].

[6] J. C. Pressac, «Enquête sur les Chambres à Gaz», en Auschwitz, la Solution Finale, París, Collections de L’Histoire, N° 3, Octubre de 1998, p. 41.

     Es una suerte que la «cámara de gas» en ruinas, que forma parte del Krematorium II de Birkenau (Auschwitz II), pueda servir sobre todo para demostrar «in vivo» y «de visu» que jamás hubo «Holocausto», ni en ese campo ni en otra parte. En efecto, según los interrogatorios de un acusado alemán y según fotografías aéreas «retocadas» por los Aliados, el techo de aquella cámara de gas habría contado con cuatro aberturas especiales (de 25 x 25 cms., precisaban) para verter el Zyklon. Ahora bien, cualquiera puede darse cuenta en ese lugar de que ninguna de esas aberturas existe ni jamás existió. Siendo Auschwitz la capital del «Holocausto» y ese crematorio en ruinas el punto clave del exterminio de los judíos en Auschwitz, pude decir en 1994 —y la fórmula parece haber dado frutos en las mentes—: «No Holes, No "Holocaust"» (Si no hay agujeros, no hay «Holocausto»).

     Es una suerte igualmente que se haya invalidado así una sarta de «testimonios» según los cuales aquellos gaseamientos habían existido y es, al mismo tiempo, en extremo lamentable que tantos alemanes, juzgados por los vencedores, hayan sido condenados y a veces ejecutados por crímenes que no pudieron haber cometido.

     Es bueno que a la luz de juicios que se parecen a farsas judiciales los propios exterminacionistas emitan dudas acerca de la validez de más de un testimonio; esos testimonios aparecerían todavía como más claramente erróneos si por fin alguien se tomara el trabajo de ordenar peritajes judiciales de la supuesta arma del supuesto crimen ya que, en mil juicios acerca de Auschwitz o de otros campos, ningún tribunal ordenó peritaje alguno de ese tipo (siendo la única excepción, muy poco conocida, la del Struthof-Natzweiler, cuyas conclusiones fueron ocultadas hasta que yo las revelé). Ya se sabía sin embargo muy bien que testimonios o confesiones han de contextualizarse y verificarse y que, a falta de estas dos condiciones, carecen de valor probatorio.

     Es una suerte que la historia oficial haya rebajado —a menudo en proporciones considerables— el supuesto número de víctimas. Se necesitaron más de cuarenta años de presiones revisionistas para que las autoridades judías y las del museo de Auschwitz retiraran las diecinueve placas que, en diecinueve idiomas diferentes, anunciaban que el número de las víctimas del campo ascendía a cuatro millones. Luego se necesitaron cinco años de disputas internas para llegar a un acuerdo sobre la nueva cifra de un millón y medio, cifra que, posteriormente, fue a su vez rápidamente discutida por parte de los autores exterminacionistas. J-C. Pressac, el protegido de S. Klarsfeld, ya sólo propone, por su parte, la cifra de 600.000 a 800.000 víctimas judías y no-judías para toda la duración de la existencia del complejo de Auschwitz.

     Es una lástima que esa búsqueda de la verdadera cifra no se prosiga hasta alcanzar la probable cifra de 150.000 personas, víctimas, principalmente, de epidemias en cerca de cuarenta campos del complejo de Auschwitz. Es lamentable que, en las escuelas de Francia, se siga proyectando la película Nuit et Brouillard (Noche y Niebla), en la que el número de los muertos de Auschwitz asciende a nueve millones; además, en esa película se perpetúa el mito del «jabón fabricado con los cuerpos», el de las pantallas de lámparas de piel humana y el la de las huellas de rasguños de las víctimas en el concreto de las cámaras de gas; en la película se oye decir incluso que ¡«nada distinguía la cámara de gas de un bloque común»!.

     Es bueno que en 1988 Arno Mayer, catedrático de origen judío, que enseñaba en la Universidad de Princeton, haya escrito de repente: «Las fuentes para el estudio de las cámaras de gas son a la vez escasas y poco confiables»; pero ¿por qué haber afirmado durante tanto tiempo que las fuentes eran numerosas y fidedignas?, y ¿por qué haber insultado a los revisionistas que escribían desde 1950 lo que Arno Mayer descubría en 1988?.

     Es bueno sobre todo que en 1996 un historiador, Jacques Baynac, quien se había vuelto especialista, incluso en el diario Le Monde, en tratar a los revisionistas de falsificadores, haya reconocido por fin que no hay, definitivamente, ninguna prueba de la existencia de las cámaras de gas. Es, puntualiza él, «penoso de decir como de escuchar» [7]. Tal vez, en algunas circunstancias, la verdad sea para algunos «penosa de decir como de escuchar» pero, para los revisionistas, la verdad es agradable tanto de decir como de escuchar.

[7] Jacques Baynac en Le Nouveau Quotidien (de Lausanne), 2 de Septiembre de 1996, p. 16, y 3 de Septiembre de 1996, p. 14; veáse, anteriormente, Jacques Baynac y Nadine Fresco, «Comment s’en Débarrasser?», Le Monde, 18 de Junio de 1987, p. 2.

     Es una suerte, por fin, que los exterminacionistas se hayan permitido atentar contra el tercer y último elemento de la trinidad de la Shoah: la cifra de seis millones de muertes judías. Parece ser que esa cifra fue lanzada por primera vez (¡un año antes del final de la guerra en Europa!) [8] por el rabino Michael Dov Weissmandel (1903-1956); radicado en Eslovaquia, ese rabino fue el principal artífice de la Mentira de Auschwitz a partir de pretendidos testimonios de eslovacos tales como Rudolf Vrba y Alfred Wetzler; organizaba intensas «campañas de información» dirigidas a los Aliados, a Suiza y al Vaticano. En una carta del 31 de Mayo de 1944 no dudaba en escribir: «Hasta la fecha, seis veces un millón de judíos de Europa y de Rusia han sido aniquilados» [9].

[8] A veces se sostuvo que la cifra de seis millones tenía su origen en un artículo periodístico de 1919 de Martin H. Glynn «The Crucifixion of Jews Must Stop!». El susodicho M. H. Glynn lanzaba una suscripción de fondos a favor de seis millones de judíos europeos que, decía él, se encontraban hambrientos y perseguidos y por lo mismo vivían un «holocausto», una «crucifixión». La palabra «holocausto» en su acepción de «desastre» ya existe en inglés desde el siglo XVII; aquí, en 1919, designaba las consecuencias de una hambruna descrita como un desastre amenazador. En 1894, Bernard Lazare aplicaba dicha palabra a las masacres de judíos: «De vez en cuando, reyes, nobles o burgueses ofrecían a sus esclavos un holocausto de judíos [...] se ofrendaban judíos en holocausto» (L’Antisémitisme, Son Histoire et Ses Causes, 1894, reedición, París, 1985, pp. 67, 71).
[9] «Till now six times a million jews from Europe and Russia have been destroyed», Lucy S. Dawidowicz, en una recopilación, A Holocaust Reader, New York, 1976, p. 327; se trata de cartas traducidas del hebreo y publicadas en Nueva York en 1960 bajo el título de Min hametzar.

     De la misma manera, mucho antes del final de la guerra, baraja esa cifra de seis millones el judío soviético Ilia Ehrenburg (1891-1967), que quizá fuera el más rabioso propagandista de la Segunda Guerra Mundial [10]. En 1979 esa cifra fue calificada de repente como «simbólica» (es decir, falsa) por parte del exterminacionista Martín Broszat con motivo del juicio de un revisionista alemán. En 1961 Raúl Hilberg, el más prestigioso de los historiadores convencionales, estimaba el número de muertes judías en 5,1 millones. En 1953 otro de esos historiadores, Gerald Reitlinger, había sugerido una cifra situada entre 4,2 y 4,6 millones. Pero, de hecho, ningún historiador de esa escuela presentó cifras sustentadas en una investigación; sólo se trata de las conjeturas personales de cada quien.

[10] Debo este descubrimiento al historiador alemán Joaquín Hoffmann. En Stalins Vernichtungskrieg 1941-1945, p. 161 y n. 42 de la p. 169, señala que Ilia Ehrenburg da esa cifra en un artículo de Soviet War News del 4 de Enero de 1945, titulado «Once again Remember!» Cuando intenté comprobar este punto en el Imperial War Museum de Londres, no encontré nada en esa fecha; en cambio, di con el texto señalado por J. Hoffmann bajo otro título y con otra fecha: bajo el título de «Remember, Remember, Remember» y con fecha del 22 de Diciembre de 1944, pp. 4-5. ¿Habría que concluír que Soviet War News se publicaba bajo varias formas?.

     Por su parte, el revisionista Paul Rassinier propuso la cifra de alrededor de un millón de muertes judías pero a partir, apuntaba, de datos proporcionados por la parte adversa; por tanto en este caso también se trataba de una conjetura. La verdad es que muchos judíos europeos murieron y que muchos sobrevivieron. Con los medios modernos de cálculo, debería ser posible determinar lo que «mucho» significa en ambos casos. Pero las tres fuentes de las que se podrían sacar los datos necesarios están, en la práctica, vedadas a los investigadores independientes o de acceso limitado:

     —Se trata en primer lugar de la enorme documentación compilada por el Servicio Internacional de Investigaciones (SIR) de Arolsen-Waldeck (Alemania), que depende del Comité Internacional de la Cruz Roja (Suiza) y cuyo acceso está controlado con celo por diez Estados entre los cuales está Israel.

     —Se trata luego de los documentos en poder de Polonia y Rusia y de los cuales sólo una parte se ha dado a conocer: registros de defunciones de algunos campos, registros de las incineraciones, etc.

     —Se trata por fin de los nombres de los millones de sobrevivientes judíos que cobraron o siguen cobrando indemnizaciones o reparaciones financieras, sea en Israel, sea en varias decenas de países representados en el Congreso Judío Mundial. La simple enumeración de aquellos nombres mostraría hasta qué punto una comunidad de la que frecuentemente se dice que fue «exterminada» en absoluto fue exterminada.

     Todavía 52 años después de la guerra, el Estado de Israel estima en unos 900.000 la cifra, en el mundo, de los «sobrevivientes» del «Holocausto» (exactamente: entre 834.000 y 960.000) [11]. Según una estimación del estadista sueco Carl O. Nordling, al que presenté esa evaluación del gobierno israelí, es posible, a partir de la existencia de 900.000 «sobrevivientes» en 1997, concluír la existencia, en 1945, de un poco más de tres millones de «sobrevivientes» al terminarse la guerra.

[11] Vease «Holocaust Survivors», Adina Mishkoff, Administrative Assistant, AMCHA, Jerusalén, 13 de Agosto de 1997 (cifras divulgadas por el Gabinete del Primer Ministro israelí).

     Todavía a la fecha, las organizaciones de «sobrevivientes» pululan bajo las más diversas denominaciones; reúnen lo mismo ex-«resistentes» judíos que ex-niños de Auschwitz (es decir, niños judíos nacidos en ese campo o internados desde su infancia con los padres), trabajadores forzados judíos o, más sencillamente, fugitivos o clandestinos judíos. «Milagrosamente salvados» por millones ya no son un «milagro» sino el producto de un fenómeno natural. La prensa estadounidense relata con bastante frecuencia reencuentros entre sobrevivientes de una misma familia de la cual cada miembro estaba, nos aseguran, convencido hasta la fecha de que «toda su familia» había desaparecido.


     En resumen, a pesar del dogma y a pesar de las leyes, la búsqueda de la verdad histórica sobre la Segunda Guerra Mundial en general y sobre la Shoah en particular, ha progresado en los últimos años; al gran público se lo mantiene en la ignorancia de esos avances; quedaría pasmado al enterarse de que muchas de sus creencias más sólidas han sido, desde principios de los años '80, relegadas por los historiadores más ortodoxos al renglón de los mitos populares. Podría decirse que existen, al respecto, dos concepciones del «Holocausto»: por una parte, la del gran público y, por otra, la de los historiadores conformistas; la primera parece inquebrantable, en tanto que la segunda amenaza con desplomarse, por los muchos parches apresurados que se le aplican.

     Las concesiones hechas a los revisionistas por los historiadores ortodoxos, año tras año, sobre todo a partir de 1979, han sido tan importantes en cantidad y en calidad que dichos historiadores se encuentran hoy en un callejón sin salida. Ya no tienen nada de sustancial que decir sobre el tema del «Holocausto». Les pasaron el relevo a los directores de cine, a los novelistas, a la gente de teatro. Hasta los museógrafos están empantanados. En el Holocaust Memorial Museum de Washington tomaron la «decisión» de no ofrecer a los visitantes «ningúna representación física de las cámaras de gas» (declaración que me hizo en Agosto de 1994 Michael Berenbaum, responsable científico del museo, en presencia de cuatro testigos, además autor de una guía de más de 200 páginas en la cual, en efecto, no aparece ninguna representación física de las cámaras de gas, ni siquiera de una miserable y falaz maqueta que lo mismo se les presenta a los visitantes [12]. Los visitantes del museo tienen prohibido sacar fotografías.

[12] La miserable y falaz maqueta (con sus pretendidas aberturas en el techo para el Zyklon mientras que dichas aberturas, como se puede comprobar todavía hoy, nunca existieron, y con sus pretendidas columnas perforadas mientras que las columnas de concreto, como todavía se puede apreciar, estaban llenas) está reproducida en otro libro-guía publicado en 1995; véase Jeshajahu Weinberg y Rina Elieli, Nueva York, p. 126-127; en cambio, esa guía no reproduce lo que, en la guía anterior, de M. Berenbaum, venía presentado como la prueba determinante de los gaseamientos homicidas: una pretendida puerta de càmara de gas en Majdanek.

     A Claude Lanzmann, autor de Shoah, película que destaca por su ausencia de contenido histórico o científico, ya sólo le queda hoy el recurso de vaticinar lamentando que «los revisionistas ocupen todo el terreno» [13]. En lo que respecta a Elie Wiesel, recurre a la discreción de todos; nos ruega encarecidamente que ya no busquemos ver de cerca o imaginar lo que ocurría, según él, en las cámaras de gas: «Las cámaras de gas, más vale que permanezcan cerradas a la mirada indiscreta. Y a la imaginación» [14].

[13] Le Nouvel Observateur, 30 de Septiembre de 1993, p. 96.
[14] Tous les Fleuves Vont à la Mer (Mémoires), París, Le Seuil, 1994, p. 97.

     Los historiadores del «Holocausto» se metamorfosearon en teóricos, en filósofos, en pensadores. Sus querellas entre «intencionalistas» y «funcionalistas» o bien entre partidarios y adversarios de una tesis como la de Daniel Goldhagen sobre la propensión casi natural de los alemanes al anti-judaísmo y al crimen racista, en ningún caso podrían disimularnos la indigencia de sus trabajos propiamente históricos.–





5 comentarios:

  1. Impecable, muchas gracias por este artículo.

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  2. Muy bueno, es una opinion, pero estaria bien que empezarais a traducir textos de esos "escritos revisionistas" que si no me equivoco estan en la red

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    1. Los "Escritos Revisionistas" son una serie de artículos bastante específicos y contingentes en 4 volúmenes, con más de 500 páginas cada uno en promedio, sólo en francés, de los cuales con dificultad se puede obtener un resumen tan bueno como el que artículos como el aquí presentado ofrece. Si encontrásemos en esos Escritos un texto que valiese la pena traducir muy probablemente lo haremos. Por de pronto, el señor Faurisson ha publicado otros textos de mayor interés y no tan detallistas y circunstanciales que sí podemos ofrecer. Saludos.

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    2. Gracias por vuestra gran labor. Sin duda elaborais grandes articulos, los cuales sigo con detenimiento. Seguir asi. Un saludo

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