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lunes, 7 de noviembre de 2016

John Bell - Demonizando al Nacionalismo



     Encontramos en el sitio library.flawlesslogic.com el siguiente breve texto de hace 38 años (Demonizing Nationalism) que presentamos aquí traducido, una recapitulación de hechos del período entre las Guerras Mundiales más algunas reflexiones, a partir del libro "Quién Financió a Hitler" de James y Suzanne Pool (1978). Originalmente fue publicado en Marzo de 1996 en el periódico Nationalist Times. Volvemos a sugerir, para un análisis más profundo con respecto a la financiación que recibió Hitler y su partido, el artículo de Veronica Clark que presentamos ya en Febrero de 2014.


Demonizando al Nacionalismo
por John Bell
Marzo de 1996



     Adolf Hitler surgió de la Primera Guerra Mundial como un cabo de ejército condecorado pero sin dinero, amargado por la guerra perdida y por el devastador Tratado de Versalles, lo cual él, como muchos alemanes, atribuyó a la traición más bien que al fracaso de las armas alemanas. Sin embargo en 1933 él era el líder indiscutible de una Alemania renaciente, reverenciado por su propio pueblo como ha habido pocos líderes en la Historia. La historia de aquel ascenso es importante porque las fuerzas que formaron el mundo en el cual Hitler contendió por el poder son las mismas que le dan forma a nuestro mundo hoy: los sombríos y aparentemente desconectados mundos del bolchevismo y de las finanzas internacionales.

     El libro "Quién Financió a Hitler", de James y Suzanne Pool, pinta un cuadro que decepcionará a los seguidores de conspiraciones, pero que puede sorprender a aquellos que han visto a Hitler únicamente como un megalómano demoníaco porque la Izquierda lo ha retratado de ese modo durante los últimos 60 años. El punto fundamental es que Hitler subió al poder legalmente mediante las urnas electorales. Y él lo hizo en gran medida —aunque de ningún modo de manera exclusiva— en virtud de pequeñas contribuciones de alemanes de clase media y baja que fueron los más dañados por la guerra, por el Tratado de Versalles y la inflación galopante que eso provocó, y por la amenaza malévola y penetrante de la revolución comunista.

     Entre los creyentes en conspiraciones ha sido durante mucho tiempo un artículo de fe que Hitler fue secretamente financiado por el bolchevismo, por Wall Street o por banqueros judíos internacionales. En efecto, la Segunda Guerra Mundial hizo al mundo más seguro para el bolchevismo, entregando la mitad de Europa en manos comunistas. También devastó las naciones Blancas del mundo, matando en el proceso a millones de la flor de la virilidad europea. Sin embargo, "Quién Financió a Hitler" presenta poca evidencia que apoye la tesis de conspiración. La mayor parte del dinero que Hitler recibió de la clase rica provino de individuos nacionalistas alemanes, británicos y estadounidenses que actuaron solos, un ejemplo de los cuales es el fabricante de automóviles Henry Ford. Si el comunismo realmente proporcionó dinero, eso constituyó sólo una pequeña fracción del apoyo a Hitler.

     La verdad es que Hitler fue el político más popular en Alemania a fines de los años '20 y principios de los '30. Él no se apropió del poder derrocando a un régimen legítimo. Él recogió los votos de millones de trabajadores alemanes corrientes, dueños de tiendas y artesanos. A él se le opusieron no sólo los comunistas —con quienes él emprendió, muy literalmente, una batalla a muerte— sino también la mayor parte del mando militar, industrial e intelectual de Alemania. Su ejército callejero de "Camisas Pardas" (las SA) ha sido condenado, pero en la Alemania post-1ªGM ésa era una necesaria táctica de defensa propia adaptada de los comunistas, quienes rutinariamente usaban la violencia de las muchedumbres contra sus opositores.

     El Tratado de Versalles creó condiciones económicas donde el mensaje populista de Hitler pudo ganar una audiencia. Los Aliados forzaron a una Alemania postrada y amenazada desde dentro por la revolución comunista, a aceptar toda la culpa por la guerra. Las reparaciones incluyeron la pérdida de 65.000 kms² de territorio junto con 6 millones de habitantes. Alemania perdió el 65% de sus reservas minerales de hierro, el 45% de su carbón, el 72% de su zinc y el 10% de su capacidad industrial. Un impuesto del 26% fue colocado sobre todas las importaciones alemanas. Se ha estimado que, con los intereses, la carga de reparación en dinero en efectivo habría tomado 50 años para ser pagada.


     Cartel anti-Versalles de Hitler: Alemania encadenada, y la frase "¡Sólo el Nacionalsocialismo liberará a Alemania de la mentira de la culpa única!".

     Cuando la economía de Alemania colapsó en la hiperinflación a principios de los años '20, Versalles fue el culpable. Los estadounidenses que recuerdan la inflación de dos dígitos bajo Jimmy Carter que condujo a la elección de Ronald Reagan en 1980 no son capaces de concebir la situación de Alemania. Al final de la Primera Guerra Mundial, el marco de Alemania se cambiaba a razón de 9 por dólar. Hacia Enero de 1922, la proporción había aumentado a 192 marcos por dólar. Hacia Noviembre de 1923, se requerían ¡4 billones de marcos para comprar un dólar! La gente llevaba carretillas llenas de dinero a la tienda para comprar un pan. La carretilla valía más que el dinero que estaba en ella. Millones de familias alemanas vieron sus ahorros de toda la vida destruídos.

     En ese brebaje de bruja político, el nacionalismo de Hitler dio esperanzas al hombre común. Si no hubiera prevalecido la élite de Alemania sobre el Presidente alemán Paul von Hindenburg para escamotearle el poder a Hitler, él habría sido hecho Canciller en 1932, para cuyo tiempo el Partido Alemán Nacional-Socialista de Trabajadores (NSDAP) era el partido más grande en Alemania, con casi dos veces más diputados en el Reichstag que su competidor más cercano, los debilitados socialdemócratas. Significativamente, el partido comunista era el tercer partido más grande.

     Hitler creó la moderna campaña electoral sin ayuda, usando aeroplanos para hacer no menos de cuatro o cinco discursos por día a través de Alemania. En todas partes él fue saludado como un salvador por alemanes corrientes hartos de la estridente pobreza y la agitación comunista. Sin embargo la clase dirigente todavía se oponía a él. Sólo sosteniendo el espectro del comunismo ante la aristocracia prusiana, la anticuada clase terrateniente de los Junkers, ante el mando militar y los industriales alemanes, fue capaz Hitler de asegurar la base de poder entre bastidores necesaria para ganar el cancillerazgo.

     En los primeros años Hitler recibió sólo un apoyo modesto de ricos industriales alemanes. La mayoría apoyaba a diversos partidos políticos, algunos con opiniones moderadamente socialistas. Ellos estaban ansiosos por declarar inválido el Tratado de Versalles, pero no estaban impacientes para arriesgar otra guerra. Además, ellos estaban mortalmente temerosos de la influencia del comunismo. La industria alemana a veces hacía sorprendentes concesiones de salario a los trabajadores alemanes, incluso durante el auge de la depresión de posguerra, a fin de impedir a los comunistas ganar un punto de apoyo. Sin embargo, ellos no quisieron apoyar a Hitler en los primeros años, quizá porque ellos percibieron en el mensaje de Hitler una disposición a tomar genuinos riesgos.

     Hubo excepciones notables, individuos patrióticos cuya pasión por la restauración de una Alemania nacionalista fuerte, sin el odiado Tratado de Versalles, pesó más que su precaución y que los llevó a apoyar a Hitler por convicción. Temprano, él recibió ayuda de la secreta Sociedad Thule, un grupo de aristócratas dedicados a la reconstrucción de una Alemania fuerte. Más tarde, dos ricos industriales alemanes se convirtieron en sus promotores claves.

     Uno era Emil Kirdorf, que comenzó a contribuír a Hitler en 1927. Kirdorf, cuya fortuna fue hecha en la industria de explotación del carbón alemán, era tan anti-socialista que antes de la guerra él pensaba que el Káiser mismo era un peón de los moderados socialdemócratas. Los autores señalan que "su enemistad con el Káiser fue llevada tan lejos que él rechazó aparecer en cualquier reunión social donde el monarca estuviera presente". Para tal hombre, la marca de Hitler del nacionalismo apelaba a los principios.

     Hacia 1929 Hitler tenía el apoyo de Fritz Thyssen, heredero de los enormes activos del acero de su padre, August Thyssen. En 1926 el padre murió y Fritz se convirtió en el presidente del consejo de administración de la corporación Vereinigte Stahlwerke (Acerías Unidas), el más grande consorcio del acero en Alemania. Thyssen dio más dinero a Hitler que cualquier otro individuo. Él odiaba al comunismo con pasión, quizá porque durante la abortada revolución comunista alemana de 1918 tanto él como su padre fueron detenidos por un grupo revolucionario comunista y casi ejecutados por un pelotón de fusilamiento. Ellos fueron liberados cuatro días más tarde cuando incluso esos fanáticos comunistas no pudieron encontrar ninguna acusación creíble para ejecutarlos.

    A pesar de su popularidad entre la gente corriente alemana, Hitler sabía que él necesitaba el apoyo de las instituciones establecidas de Alemania. Para dicho fin él cultivó cuidadosamente a sus pocos partidarios industriales, con la esperanza de que él pudiera hacer algún avance. En 1929 Emil Kirdorf convocó a Hitler para que le garantizara que los Camisas Pardas dejarían en paz a las industrias de Alemania. Hitler contestó que él necesitaba sólo tres cosas para imponer totalmente su autoridad en el partido:

"Quiero algo de tiempo, suficiente dinero, y el levantamiento de la prohibición contra mis actividades políticas en Prusia".

—"¿Y si yo le diera a usted todo eso?", preguntó Kirdorf.

"Usted y los otros industriales podrían dictar la línea del Partido en tanto le afectara a ustedes y a las propiedades que ustedes poseen".

     Como James y Suzanne Pool señalan, "A partir de aquel día Hitler básicamente cumplió con ese acuerdo". Hitler dio similares garantías al Ejército en 1930 a medida que su NSDAP ganaba apoyo popular, admitiendo que los Camisas Pardas "habían sido establecidos exclusivamente para la protección del Partido en sus actividades de propaganda". En una Alemania atormentada por muchedumbres comunistas y violencia callejera, esa protección, tan extraña como pudiera parecer a los protegidos estadounidenses de hoy, era una necesidad de supervivencia.

     En Enero de 1932 Hitler apeló a los dirigentes industriales de Alemania en un discurso en el Club de la Industria de Dusseldorf. Si bien él ganó unos cuantos nuevos conversos, presentó una defensa fuertemente razonada del nacionalismo alemán que parece haber desactivado a gran parte de su oposición organizada entre los dirigentes industriales. Los Pool escriben:

     «El auditorio temía al comunismo más que a cualquier otra cosa. Comprendiendo eso, Hitler hizo del peligro del marxismo el tema central de su discurso. Él habló del tema con lógica racional e hizo algunas predicciones sorprendentemente exactas sobre el futuro desarrollo de aquél».

     Hitler argumentó que la democracia liberal y la idea de la igualdad humana conducirían inevitablemente al comunismo.

     «Ustedes, señores, sostienen que la vida de los negocios alemanes debe ser construída sobre la base de la propiedad privada. Ahora bien, una concepción tal como la de la propiedad privada sólo puede ser defendida si de una u otra manera parece tener un fundamento lógico. Esa concepción debe deducir su justificación ética de una percepción de la necesidad que la Naturaleza dicta... Estoy obligado a decir que la propiedad privada puede ser moralmente y éticamente justificada sólo si admito que los logros de los hombres son diferentes».

     «Y una vez que eso es admitido, es locura decir que en la esfera económica no hay indudablemente diferencias en valor, pero eso no es verdadero en la esfera política... En períodos de decadencia nacional, siempre encontramos que en lugar del valor de la personalidad, una niveladora idea de la supremacía de los meros números, la democracia, lo sustituye... [Pero ahora] el propio concepto de la igualdad humana ha sido desarrollado como un "sistema" político y económico, y ese sistema... es el comunismo».

     La tesis de Hitler es históricamente válida. Karl Marx favoreció la democracia, declarando en su "Manifiesto Comunista" de 1848 que "El primer paso en la revolución de la clase obrera... es ganar la batalla por la democracia". Los fundadores de Estados Unidos detestaban la democracia. John Randolph habló burlonamente de el "rey número". James Madison dijo que las democracias inevitablemente degeneraban hacia el gobierno de la muchedumbre.

* * * *

     Ningún estudio de Hitler está completo sin la cobertura de la relación de Hitler con los judíos. En efecto, es este aspecto el que forma el corazón y el alma de la difamación que la Izquierda ha hecho sobre Hitler, y, por extensión, sobre todo el nacionalismo. El libro "Quién Financió a Hitler" no es la excepción. Contiene varios reproches obligatorios contra el "anti-semitismo" y el "racismo". Sin embargo, aparece también una curiosa opinión alternativa, en gran parte basada en hechos que reciben sólo una crítica silenciada. Esos hechos poco conocidos explican gran parte de la actitud negativa de Hitler y de los europeos de su tiempo hacia los judíos.

    La discusión se centra alrededor del apoyo de Henry Ford a la oposición de Hitler al bolchevismo. A principios de los años '20, Ford publicó un periódico, el Dearborn Independent, en gran parte dedicado a exponer las raíces judías del bolchevismo y la complicidad entre los comunistas de la Unión Soviética y los banqueros judíos de Wall Street. Sus artículos, incluyendo su análisis de los Protocolos de los Sabios Ancianos de Sión, fueron coleccionados en la forma de libro, un estudio en cuatro volúmenes llamado "El Judío Internacional, el Principal Problema del Mundo". Los Pool escriben:

     "Tanto Ford como Hitler creían que los capitalistas judíos y los comunistas judíos eran socios que pretenden conseguir el control de las naciones del mundo. Sus opiniones [de Ford y de Hitler] difieren algo, pero eso era principalmente resultado de sus contrastantes posiciones y nacionalidades.... El comunismo era una creación completamente judía. Su fundador, Karl Marx, no sólo era el nieto de un rabino sino que, más importante aún, los judíos tenían posiciones principales, así como un alto porcentaje de membresía, en los partidos comunistas en todo el mundo".

     Los autores afirman que este hecho era de poca importancia. Pero ellos dejan en pie algunos hechos indiscutibles.

     "Esta acusación contra los judíos fue creída por muchos alemanes de clase media porque aquélla parecía realmente conformarse a los hechos... Mientras había sólo 7 millones de judíos entre la población rusa total de 136 millones, su parte en la membresía de los partidos revolucionarios era aproximadamente del 50%... Sin embargo, la mayoría de los judíos no estaba entre los soldados rasos sino más bien en los grados superiores de la burocracia soviética". Lenin, él mismo en parte judío, dijo que "Los judíos proporcionaron un porcentaje particularmente alto de los líderes del movimiento revolucionario".

     Esos hechos eran bien conocidos en todas partes de Europa como consecuencia de la Revolución bolchevique de 1917 y el Terror Rojo que siguió, durante el cual literalmente decenas de millones de ciudadanos Blancos rusos de clase media fueron asesinados. La probable razón de la carnicería que ellos llevaron a cabo era el genocidio, es decir, la eliminación de los genes de aquellos que poseían el suficiente intelecto y la resolución para alimentar la oposición a los bolcheviques. Los estadounidenses deberían considerar cuidadosamente las implicaciones de esos suprimidos acontecimientos históricos. Al contrario de la percepción corriente, el comunismo no está muerto. Si alguna vez consigue la ventaja aquí, tendremos nuestro propio Terror Rojo.

     Ningún hombre en la Historia ha sido más vilipendiado que Adolf Hitler. Independientemente de lo que uno crea sobre el presunto "genocidio" llevado a cabo por Hitler —y hay un creciente cuerpo de erudición que cuestiona muchas de las afirmaciones más extravagantes—, todo el mundo reconoce que los asesinatos de masas cometidos por Stalin y Mao son mucho más altos que cualquier cosa de la que Hitler haya sido acusado alguna vez. Las cifras para esos asesinos alcanzan tan alto como 65 millones para cada caso, una carnicería que desafía a la imaginación. Sin embargo, sólo Hitler recibe la persistente ira de la Izquierda. A estas alturas, debería habérsele ocurrido al menos a unos cuantos estadounidenses preguntar por qué.

     La respuesta es que Hitler demandó el nacionalismo europeo como una respuesta al comunismo, al liberalismo y al internacionalismo. Tanto Stalin como Mao eran comunistas, comprometidos con la dominación mundial comunista, tal como Henry Ford lo explicó hace mucho. El igualitarismo comunista es una impostura, destinado a dividir las lealtades de pueblos étnicamente relacionados. Hitler es todavía demonizado hoy porque si la Izquierda va a concretar su sueño de la conquista mundial, no puede permitir el ascenso del nacionalismo, ni la validación de las aspiraciones nacionalistas del pasado.–




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