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miércoles, 5 de octubre de 2016

Enoch Powell y Su Discurso "Ríos de Sangre"



     Esta entrada reúne la traducción de cuatro textos diferentes que giran en torno al que fuera parlamentario británico Enoch Powell (1912-1998), y específicamente a un discurso que diera el 20 de Abril de 1968 sensacionalistamente llamado el discurso "Ríos de Sangre", que versaba sobre el asunto de la inmigración masiva en Reino Unido. El primer texto, de Shane Croucher y publicado el 30 de Marzo de 2015 en ibtimes.co.uk, lo hemos tomado como introducción general de esta entrada. Luego viene el texto mismo del discurso de Powell, tomado de telegraph.co.uk. En seguida va una breve noticia de Marzo de este año (breitbart.com) que alude al personaje y su discurso en referencia a Alemania; y finalmente un breve ensayo de Ciarán J. Burke de 2008 (amsterdamlawforum.org), magíster de la Vrije Universiteit de Amsterdam y actualmente un investigador de doctorado en el European University Institute de Florencia, que contextualiza el mencionado discurso en relación a las contemporáneas leyes inmigratorias inglesas.





INTRODUCCIÓN


     Enoch Powell fue un diputado durante 37 años, primero por los Conservadores (1950-1974) y luego por el Partido Unionista del Ulster (1974-1987), actuando brevemente como secretario financiero en la Tesorería en el gobierno de MacMillan (1957), y como ministro de salud (1960-1963).

     Un clasicista por formación en el Trinity College, en Cambridge, él fue un talentoso académico y orador, convirtiéndose en profesor (de griego antiguo) a la edad de sólo 25 años, el más joven en el Imperio británico. Después de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual trabajó en Inteligencia en África del Norte e India, ascendiendo hasta general de brigada (y otra vez el más joven en tener dicho rango), él fue a trabajar para el partido Conservador.

     Él postuló como un candidato Conservador en las elecciones generales de 1950 para el escaño del Sudoeste de Wolverhampton, nominación que ganó. Ése fue el principio de una carrera política definitiva en la Gran Bretaña de posguerra, en la cual él asumiría una fuerte postura contra la unión del Reino Unido a la Comunidad Económica Europea, contra el desarrollo de relaciones más cercanas con Estados Unidos y contra la "desnacionalización" de industrias mucho antes de la victoria electoral de Margaret Thatcher en 1979.

     Sin embargo, es una postura en particular, acerca del asunto de la inmigración, por la cual él se hizo celebre. El gobierno laborista en los años '60 introdujo una legislación que abrió las puertas a inmigrantes de la Comunidad Británica de Naciones [sobre todo de las ex-colonias británicas], el cual quería que vinieran y ayudaran a reconstruír el país después de la guerra y proveyeran de personal a servicios públicos claves, como el Servicio Nacional de Salud (NHS).

     Después de la independencia de la India del Imperio británico en 1949, que acabó con las aspiraciones de Powell de convertirse en el virrey, él había abogado por el desmantelamiento del proyecto imperial entero y contra la misma Comunidad Británica de Naciones, porque él pensaba que los Estados independientes deberían seguir solos su camino.

     A pesar de sostener puntos de vista sociales relativamente progresistas para su tiempo —él votó a favor de la legalización de la homosexualidad, por ejemplo—, son sus estrictas opiniones en cuanto a la inmigración por la cual más se lo recuerda.

     Fue en un encendido discurso de 1968 en una reunión de una asociación del partido Conservador en Birmingham que él dijo que la inmigración al país desde Estados de la Commonwealth, como India y Jamaica, amenazaba la armonía social.

     "Debemos estar locos como nación, literalmente locos, para permitir la afluencia anual de un contingente de aproximadamente 50.000 personas, que son en su mayor parte el material del futuro crecimiento de la población descendiente de inmigrantes", dijo Powell. "Es como mirar a una nación afanosamente ocupada en amontonar su propia pira funeraria. Tan dementes estamos que actualmente permitimos inmigrar a personas solteras para que funden una familia con cónyuges y novias a quienes ellos nunca han visto".

     Él añadió: «Cuando miro adelante, estoy lleno de presentimientos; al igual que el romano, me parece ver "el río Tíber espumando con mucha sangre"». Powell también mencionó una carta de un votante Blanco de clase media que estaba preocupado de que los niveles de inmigración significaran un día que "el hombre negro tendrá ventaja por sobre el hombre Blanco", de manera que esperaba que sus hijos se establecieran en el extranjero.

     El polémico discurso le costó su posición como secretario de defensa en el gabinete de oposición después de que él fue despedido por el líder conservador Ted Heath, de quien se dijo que había sido entonces inundado con cartas que deploraban la decisión.

     Powell es todas las cosas para toda la gente. Él es un espantajo racista para los anti-fascistas. Para los pragmáticos derechistas, un titán intelectual cuyas muchas contribuciones a la política son pasadas por alto. Para la extrema Derecha, un profeta del inminente colapso basado en la raza del Reino Unido.


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DISCURSO "RÍOS de SANGRE"
de ENOCH POWELL
20 de Abril de 1968


     El siguiente es el texto completo del discurso llamado "Ríos de Sangre" (Rivers of Blood) de Enoch Powell (1912-1998), que fue pronunciado en una reunión de la Conservative Association (Conservative Political Centre) en el Hotel Midland en Birmingham, Inglaterra, el 20 de Abril de 1968.


     La función suprema del arte de gobernar es tomar precauciones contra los males evitables. Al buscar hacer aquello, se encuentran obstáculos que están profundamente arraigados en la naturaleza humana.

     Uno de ellos es que, por el orden mismo de las cosas, tales males no son demostrables hasta que ellos han ocurrido: en cada etapa en su inicio hay espacio para la duda y para la disputa sobre si ellos son reales o imaginarios. Del mismo modo, ellos atraen poca atención en comparación con los problemas actuales, que son a la vez indiscutibles y apremiantes, de lo cual se origina la obsesiva tentación de toda la política de ocuparse del presente inmediato a costa del futuro.

     Sobre todo, la gente está dispuesta a confundir la predicción de problemas con el causar problemas, e incluso con desear problemas: "Si sólo", a ellos les gusta pensar, "si sólo la gente no hablara de ello, probablemente no ocurriría".

     Quizá este hábito se remonta a la creencia primitiva de que la palabra y la cosa, el nombre y el objeto, son idénticos.

     En todo caso, la discusión de los futuros y graves pero, con el esfuerzo de ahora, evitables males es la ocupación más impopular y al mismo tiempo la más necesaria para el político. Aquellos que a sabiendas la esquivan, merecen, y con bastante frecuencia reciben, las maldiciones de aquellos que vienen después.

     Hace una semana o dos tuve una conversación con un votante, un hombre trabajador de mediana edad completamente corriente, empleado en una de nuestras industrias nacionalizadas.

     Después de una frase o dos acerca del clima, él de repente dijo: "Si yo tuviera el dinero para irme, no me quedaría en este país". Di una respuesta a modo de justificación en el sentido de que incluso este gobierno no duraría para siempre; pero él la ignoró, y continuó: "Tengo tres hijos, todos los cuales fueron a la escuela, y dos de ellos están casados ahora, con familia. No estaré satisfecho hasta que yo los haya visto a todos ellos radicados en el extranjero. En este país dentro de 15 ó 20 años el hombre negro tendrá la ventaja por sobre el hombre Blanco".

     Puedo oír ya el coro de disgusto: ¿Cómo me atrevo a decir una cosa tan horrible?, ¿cómo me atrevo a agitar problemas e inflamar los sentimientos repitiendo tal conversación?.

     La respuesta es que no tengo el derecho a no hacer aquello. Aquí hay un compatriota inglés decente y común, que a plena luz del día en mi propia ciudad me dice a mí, su representante en el Parlamento, que en su país no valdrá la pena vivir, por sus hijos.

     Yo simplemente no tengo el derecho de encoger mis hombros y pensar en otra cosa. Lo que él dice, miles y cientos de miles lo están diciendo y pensando, no en todas partes de Gran Bretaña, quizás, sino en las áreas que ya están experimentando la transformación total para la cual no hay paralelo en los mil años de la historia inglesa.

     En 15 ó 20 años, de acuerdo a la tendencia actual, habrá en este país tres millones y medio de inmigrantes de la Comunidad Británica de Naciones [de las ex-colonias británicas] y sus descendientes. Ésas no son cifras mías. Es la cifra oficial dada al Parlamento por el portavoz de la Oficina del Registrador General.

     No hay ninguna cifra oficial comparable para el año 2000, pero debe estar entre cinco y siete millones, aproximadamente un décimo de la población total, y acercándose a la del Gran Londres. Por supuesto, esa cantidad no estará uniformemente distribuída desde Margate a Aberystwyth y desde Penzance a Aberdeen. Áreas enteras, ciudades y partes de ciudades a través de Inglaterra estarán ocupadas por secciones de la población inmigrante y sus descendientes.

     A medida que el tiempo avanza, la proporción de este total que son descendientes de inmigrantes, aquellos nacidos en Inglaterra, que llegaron aquí por exactamente la misma ruta que el resto de nosotros, aumentará rápidamente. Ya hacia 1985 los nacidos aquí constituirían la mayoría. Es este hecho el que crea la extrema urgencia de la acción ahora, de precisamente esa clase de acción que es la más difícil de tomar por los políticos, la acción donde las dificultades están en el presente pero los males a ser prevenidos o reducidos al mínimo están en varios Parlamentos en el futuro.


     La primera pregunta natural y racional de una nación enfrentada a tal perspectiva es: "¿Cómo pueden ser reducidas sus dimensiones?". Dado que no puede ser totalmente evitable, teniendo en cuenta que las cantidades son primordiales, puede ser limitada: el significado y las consecuencias de un elemento foráneo introducido en un país o población son profundamente diferentes según si aquel elemento es el 1% o el 10%.

     Las respuestas a esta pregunta simple y racional son igualmente simples y racionales: deteniendo, o virtualmente frenando, la futura afluencia, y promoviendo la máxima salida de ellos. Ambas respuestas son parte de la política oficial del Partido Conservador.

     Es casi difícil de creer que en este momento 20 ó 30 niños inmigrantes adicionales estén llegando desde el extranjero sólo a Wolverhampton cada semana, y esto significa 15 ó 20 familias adicionales dentro de una década o dos. Aquellos a quienes los dioses desean destruír, ellos primero los vuelven locos [Those whom the gods wish to destroy, they first make mad]. Debemos estar locos como nación, literalmente locos, para permitir la afluencia anual de un contingente de aproximadamente 50.000 personas, que son en su mayor parte el material del futuro crecimiento de la población descendiente de inmigrantes. Es como mirar a una nación afanosamente ocupada en amontonar su propia pira funeraria. Tan dementes estamos que actualmente estamos permitiendo que personas solteras inmigren para que funden una familia con cónyuges y novios a quienes ellos nunca han visto.

     Que nadie suponga que dicho flujo disminuirá automáticamente. Por el contrario, incluso a la actual tasa de admisión de sólo 5.000 por año, hay suficiente para unas 25.000 personas adicionales por año ad infinitum, sin tener en cuenta la enorme reserva de parientes existentes en este país; y no estoy haciendo ninguna concesión en absoluto para el ingreso fraudulento. En estas circunstancias nada bastará, sino sólo que la afluencia total que viene para su asentamiento deba ser reducida inmediatamente a proporciones insignificantes, y que sean tomadas las medidas legislativas y administrativas necesarias sin tardanza.

     Enfatizo las palabras "para su asentamiento". Esto no tiene nada que ver con la entrada de ciudadanos de la Comunidad Británica de Naciones [Commonwealth] en este país, que no son ajenos, para objetivos de estudio o de mejorar sus calificaciones, como (por ejemplo) los médicos de la Comunidad Británica de Naciones que, en beneficio de sus propios países, han posibilitado que nuestros servicios de hospitales sean ampliados más rápido que lo que lo habrían sido de otra manera. Ellos no son, y nunca han sido, inmigrantes.

     Vuelvo a la re-emigración. Si toda la inmigración terminara mañana, la tasa de crecimiento de la población inmigrante y descendiente de inmigrantes sería considerablemente reducida, pero el tamaño proyectado de ese elemento en la población todavía dejaría inalterado el carácter básico de peligro para la nación. Esto sólo puede ser abordado mientras una proporción considerable del total todavía comprende a personas que entraron en este país durante aproximadamente los últimos diez años.

     De ahí la urgencia de implementar ahora el segundo elemento de la política del Partido Conservador: el estímulo de la re-emigración.

     Nadie puede hacer una estimación de la cantidad de personas que, con una generosa ayuda, decidirían volver a sus países de procedencia o ir a otros países ansiosos de recibir la mano de obra y las habilidades que ellos representan.

     Nadie lo sabe, porque ninguna política tal ha sido intentada aún. Sólo puedo decir que, incluso actualmente, los inmigrantes en mi propio distrito electoral de vez en cuando se me acercan, preguntando si puedo encontrarles ayuda para regresar a sus lugares de origen. Si una política tal fuera adoptada y perseguida con la determinación que la gravedad de la alternativa justifica, el consiguiente flujo de salida podría cambiar apreciablemente las perspectivas.

     El tercer elemento de la política del Partido Conservador es que todos quienes están en este país como ciudadanos deberían ser iguales ante la ley, y que no habrá ninguna discriminación o diferencia hecha entre ellos por parte de la autoridad pública. Como lo ha dicho el señor (Edward) Heath [líder del partido Conservador], no tendremos "ciudadanos de primera clase" y "ciudadanos de segunda clase". Esto no significa que los inmigrantes y sus descendientes deberían ser considerados como una clase privilegiada o especial o que al ciudadano debería serle negado su derecho a discriminar, en el manejo de sus propios asuntos, entre un conciudadano y otro, o que él debería ser sometido a una imposición en cuanto a sus razones y motivos para comportarse en una manera legal más bien que en otra.

     No podría haber una más burda malinterpretación de la realidad que la que es sostenida por aquellos que vociferantemente exigen una legislación, como ellos la llaman, "contra la discriminación", ya sean ellos editorialistas de la misma clase, y a veces en los mismos periódicos, que los que año tras año en la década del '30 trataron de cegar a este país ante el creciente peligro que encaraba, o arzobispos que viven en palacios y que comen delicadamente con la ropa de cama suspendida directamente sobre sus cabezas. Ellos lo han entendido exacta y diametralmente de manera equivocada.

     La discriminación y la privación, la sensación de alarma y de resentimiento, se origina no con la población inmigrante sino con aquellos entre quienes ellos han venido y están todavía viniendo.

     Es por eso que plantear una legislación de esta clase [anti-discriminación] ante el Parlamento en este momento es arriesgar lanzar un fósforo encendido en la pólvora. La cosa más amable que puede ser dicha sobre aquellos que la proponen y la apoyan es que ellos no saben lo que están haciendo.

     Nada es más engañoso que la comparación entre el inmigrante de las ex-colonias británicas en Gran Bretaña y el negro estadounidense. La población negra de Estados Unidos, que ya existía antes de que Estados Unidos se convirtiera en una nación, comenzó literalmente como esclavos y más tarde se le dio la libertad y otros derechos de ciudadanía, al ejercicio de la cual ellos han llegado sólo gradualmente y aún de manera incompleta. El inmigrante de la Comunidad Británica de Naciones vino a Gran Bretaña como un ciudadano pleno, a un país que no conocía ninguna discriminación entre un ciudadano y otro, y él entró al instante en posesión de los derechos de cada ciudadano, desde el voto hasta a un tratamiento gratuito en el Servicio Nacional de Salud.

     Cualesquiera sean los inconvenientes que hayan encontrado los inmigrantes, han surgido no de la ley o de la política pública o de la administración, sino de aquellas circunstancias y contingencias personales que causan, y siempre causarán, el destino y la experiencia de un hombre al ser diferente de otro.

      Pero mientras para el inmigrante la entrada a este país constituyó una admisión a privilegios y oportunidades ansiosamente buscados, el impacto sobre la población existente fue muy diferente. Por motivos que éstos no podían entender, y preguntándose por una decisión predeterminada acerca de la cual ellos nunca fueron consultados, ellos se encontraron convertidos en forasteros en su propio país.

     Ellos encontraron a sus mujeres incapaces de obtener camas de hospital para sus partos, a sus hijos incapaces de obtener lugares donde educarse, sus casas y vecindarios cambiados más allá del reconocimiento, sus proyectos y perspectivas para el futuro derrotados. En el trabajo ellos encontraron que los empleadores dudaban en aplicar al trabajador inmigrante los estándares de disciplina y competencia requeridos al trabajador nativo; ellos comenzaron a oír, a medida que pasaba el tiempo, cada vez más voces que les decían que ellos eran ahora los no deseados. Ellos ahora se están enterando de que un privilegio de dirección única va a ser establecido por una ley del Parlamento, una ley que no puede, y que no está destinada a, funcionar para protegerlos o para compensar sus agravios, sino que va a ser decretada para dar al forastero, al descontento y al agente provocador el poder de exponerlos al escarnio por sus acciones privadas.

     En los cientos y cientos de cartas que recibí cuando ahora último hablé de este asunto hace dos o tres meses, había una notable característica que era en gran parte nueva y que encuentro inquietante. Todos los miembros del Parlamento están acostumbrados al típico corresponsal anónimo; pero lo que me sorprendió y alarmó era la alta proporción de gente corriente, decente y sensata, que escribía una carta racional y a menudo muy bien escrita, quienes creían que ellos tenían que omitir su dirección porque era peligroso haberse comprometido a escribir a un parlamentario estando de acuerdo con las opiniones que yo había expresado, y que creían que ellos arriesgarían penas o represalias si se averiguaba que habían hecho eso. El sentimiento de ser una minoría perseguida que está creciendo entre la gente inglesa corriente en las áreas del país que están afectadas, es algo que aquellos sin experiencia directa difícilmente pueden imaginar.

     Voy a dejar que simplemente una de aquellos cientos de personas hable por mí:

     "Hace ocho años en una respetable calle en Wolverhampton una casa fue vendida a un negro. Ahora sólo una persona Blanca (una anciana mujer jubilada) vive en esa calle. Ésta es su historia. Ella perdió a su marido y a sus hijos en la guerra. Entonces ella convirtió su casa de siete piezas, su único bien, en una pensión. Ella trabajó mucho y le fue bien, pagó su hipoteca y comenzó a ahorrar algo para su vejez. Entonces llegaron los inmigrantes. Con un miedo creciente, ella vio cómo se apropiaban de una casa tras otra. La tranquila calle se convirtió en un lugar de ruido y confusión. Con pesar, los arrendatarios Blancos que ella tenía se mudaron de allí.

     "El día después de que el último arrendatario se marchara, ella fue despertada a las 7:00 AM por dos negros que querían usar su teléfono para ponerse en contacto con el empleador de ellos. Cuando ella se negó, tal como habría rechazado a cualquier extraño a tal hora, ella fue insultada y temió que habría sido atacada si no hubiera sido por la cadena en su puerta. Familias inmigrantes han tratado de alquilar cuartos en su casa, pero ella siempre se ha negado. Su pequeño ahorro de dinero se acabó, y después de pagar los impuestos, ella tiene menos de 2 libras esterlinas por semana. Ella fue a solicitar una reducción de contribuciones y fue vista por una muchacha joven, la cual al oír que ella tenía una casa de siete piezas, sugirió que ella debiera arrendar parte de ello. Cuando la anciana dijo que la única gente que ella podría conseguir eran negros, la muchacha dijo: "El prejuicio racial no la llevará a ninguna parte en este país". Entonces ella se fue a casa.

     "El teléfono es su cable salvavidas. Su familia paga las cuentas y la ayuda como mejor ellos pueden. Los inmigrantes han ofrecido comprar su casa, a un precio que el eventual propietario sería capaz de recuperar, al cobrarle a sus arrendatarios, en cosa de semanas, o como máximo unos meses. Ella está llegando a tener miedo de salir. Las ventanas han sido rotas. Ella encuentra excrementos depositados en su buzón. Cuando va a las tiendas, ella es seguida por encantadores y sonrientes niños negros. Ellos no pueden hablar inglés, pero una palabra ellos saben: "Racista", cantan ellos. Cuando la nueva ley de las Relaciones entre Razas [Race Relations Act, Oct. de 1968] sea aprobada, esa mujer está convencida de que irá a prisión. ¿Y está ella muy equivocada? Comienzo a preguntarme".

     La otra peligrosa ilusión de la cual sufren aquellos que son, voluntariamente o no, ciegos ante la realidad, está resumida en la palabra "integración". Estar integrado en una población significa hacerse, para todos los objetivos prácticos, indistinguible de sus otros miembros.

     Ahora bien, en todos los tiempos, allí donde hay marcadas diferencias físicas, sobre todo de color, la integración es difícil aunque, tras un período, no imposible. Hay entre los inmigrantes de la Comunidad Británica de Naciones que han venido a vivir aquí durante los pasados quince años más o menos, muchos miles cuyo deseo y propósito es llegar a estar integrados, y cada pensamiento y esfuerzo de los cuales están orientados en aquella dirección. Pero imaginar que tal cosa entra en las cabezas de una mayoría grande y creciente de inmigrantes y sus descendientes es una pretensión absurda, y a la vez peligrosa.

     Estamos aquí al borde de un cambio. Hasta ahora ha sido la fuerza de las circunstancias y del entorno lo que ha hecho de la idea misma de la integración algo inaccesible para la mayor parte de la población inmigrante: porque ellos nunca concibieron o pretendieron tal cosa, y su cantidad y concentración física significaron que las presiones orientadas hacia la integración que normalmente pesan sobre cualquier pequeña minoría no funcionaran.

     Ahora estamos viendo el crecimiento de fuerzas concretas que están actuando contra la integración, de intereses creados en la preservación y agudización de las diferencias raciales y religiosas, con miras al ejercicio de una dominación real, primero sobre los inmigrantes y luego sobre el resto de la población. La nube que no es más grande que la mano de un hombre, que puede muy rápidamente nublar el cielo, ha sido visible recientemente en Wolverhampton y ha mostrado signos de extenderse rápidamente.

     Las palabras que estoy a punto de usar, al pie de la letra tal como ellas aparecieron en la prensa local el 17 de Febrero [de 1968], no son mías sino las de un miembro laborista del Parlamento que es un ministro en el gobierno actual:

     "La campaña de las comunidades Sikh para mantener costumbres inadecuadas en Gran Bretaña es algo muy lamentable. Trabajando en Gran Bretaña, particularmente en los servicios públicos, ellos deberían estar preparados para aceptar los términos y las condiciones de sus empleos. Reclamar derechos comunitarios especiales (¿o habría que decir "ritos"?) conduce a una peligrosa fragmentación dentro de la sociedad. Este comunitarismo es una úlcera; ya sea practicado por gente de un color u otro, debe ser fuertemente condenado".

     Todo el crédito es para John Stonehouse por haber tenido la perspicacia para percibir aquello, y el coraje para decirlo.

     Para esos elementos peligrosos y conflictivos la legislación propuesta en la Ley de Relaciones de Razas es el pábulo mismo que ellos necesitan para prosperar. Ahí está el medio para mostrar que las comunidades inmigrantes pueden organizarse para consolidar a sus miembros, para agitar y hacer campañas contra sus conciudadanos, y para intimidar y dominar al resto con las armas legales que los ignorantes y los mal informados han proporcionado. Y cuando miro adelante, estoy lleno de presentimientos; al igual que el romano, me parece ver "el río Tíber espumando con mucha sangre" [Virgilio, Eneida].

     Aquel fenómeno trágico e incontrolable que miramos con horror al otro lado del Atlántico, pero que está allí entretejido con la historia y la existencia de Estados Unidos mismo, está viniendo a nosotros aquí por nuestra propia voluntad y nuestra propia negligencia. En verdad, casi ha llegado. En términos numéricos, será de proporciones estadounidenses mucho antes del final de este siglo.

     Sólo la acción resuelta y urgente lo evitará ahora mismo. Si existirá la voluntad pública para exigir y obtener aquella acción, no lo sé. Todo lo que sé es que ver y no hablar sería la gran traición.–




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Importante Periódico Alemán:
El Problemático Anti-Inmigracionista de los Años '60s
Enoch Powell Tenía Razón
por Oliver J. J. Lane
31 de Marzo de 2016


     El periódico alemán del establishment Die Welt (El Mundo) ha publicado un favorable artículo sobre Enoch Powell, quien fuera un político conservador británico —un héroe de los paladines anti-inmigración de masas, a menudo vilipendiado por la Izquierda política—, en una reflexión acerca de la crisis inmigratoria.

     En el discurso político británico, la referencia al fallecido diputado por Wolverhampton es muy a menudo una invitación a una tormenta de crítica de la misma clase que surge entre los activistas pro-inmigración de masas que contribuyeron a la caída del propio señor Powell. Sin embargo lo mismo no parece ser verdadero en Alemania donde un reflexivo artículo editorial sobre la premonición de los comentarios del señor Powell en cuanto a la migración de masas ha provocado poca agitación.

     Mencionando la fuente clásica de su famoso discurso conocido como "Ríos de Sangre" —el poeta romano Virgilio—, la columna del historiador alemán Michael Stürmer dijo que nadie en la política británica había sido "castigado" tan "despiadadamente" como Powell por salirse de la línea.

     Titulado "La Temprana Advertencia de Powell acerca de la Migración de Masas", el artículo se abre citando el libro de Eclesiastés de la Biblia, donde dice "Todo en la tierra tiene su propio tiempo y su propia sazón", apelando a la idea de que Powell mismo estaba adelantado a su propio tiempo, y que fue crucificado políticamente por ello.

     El artículo comenta que el mensaje de Powell no sólo estuvo "contra la corrección política de los años '60", sino que también ofendió los intereses de la industria británica que quería importar mano de obra barata. Persiguiendo aquel objetivo, sostiene el editorial, tanto Gran Bretaña como Alemania no prestaron entonces atención a "la idea de las consecuencias a largo plazo", y por ello sufren hoy.

     Ese oportunismo era algo de lo que el señor Powell estaba consciente, y más bien que acudir silenciosamente a la Cámara de los Lores después de su despido del gabinete en la sombra, él prefirió en cambio caer sobre su propia espada para revelar la locura de la política oficial en cuanto a la migración de masas. El artículo relata que aquélla era una posición que él sabía por sondeos de opinión que muchos británicos compartían.

     Al finalizar, el artículo sostiene que el señor Powell no habría experimentado ningún placer al ver sus predicciones cumplidas, ninguna maligna alegría (Schadenfreude). Sin embargo, declara que él tuvo la capacidad de ver el futuro de la migración de masas "antes y más claramente que otros".

     Enoch Powell fue despedido del gabinete en la sombra en 1968 después de un discurso político considerado en ese entonces más allá de lo aceptable. Hablando ante una audiencia del partido conservador en Birmingham, el señor Powell dijo que el país estaba experimentando una transformación forzada por la migración de masas, para la cual "no hay ningún paralelo en mil años de historia inglesa".

    Él dijo: "Debemos estar locos como nación, literalmente locos, para permitir la afluencia anual de un contingente de aproximadamente 50.000 personas, que son en su mayor parte el material del futuro crecimiento de la población descendiente de inmigrantes. Es como mirar a una nación afanosamente ocupada en amontonar su propia pira funeraria".

     Citando un verso de la Eneida de Virgilio, el señor Powell dijo las palabras que permitirían que los medios predominantes de comunicación cerraran el debate de la inmigración durante las décadas por venir: «Y cuando miro adelante, estoy lleno de presentimientos; al igual que el romano, me parece ver "el río Tíber espumando con mucha sangre"».

     En comparación con la cifra de 50.000 que el señor Powell citó, en 2015 617.000 personas emigraron al Reino Unido. En Alemania, la cifra se aproximó a los dos millones.–


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"Como el Romano":
Enoch Powell y la Ley Inglesa de Inmigración
por Ciarán J. Burke, 2008


Introducción

     El 20 de Abril de 1968, en una reunión del Partido Conservador británico en un hotel de Birmingham, el diputado parlamentario y Secretario de Defensa del Gabinete de Oposición Enoch Powell pronunció un discurso. Ninguno de sus colegas dentro del partido había sido previamente advertido de su contenido. Aquél iba a ser un discurso histórico y polémico, que es recordado como el discurso "Ríos de Sangre".

     Powell habló claro contra la inmigración excesiva y contra el multiculturalismo que se estaba haciendo palpable en Gran Bretaña hacia fines de los años '60. Powell sostuvo que ese asunto estaba siendo barrido bajo la alfombra por el gobierno laborista de entonces y que la inmigración incontrolada cambiaría y dañaría irrevocablemente a la Gran Bretaña que él conocía. Sin embargo, el polémico discurso de Powell fue etiquetado como "racista" por los líderes de su propio partido. Powell fue condenado al desierto político, para nunca retornar.

     En 2008, el aniversario Nº 40 del discurso de Powell, siento que es pertinente reexaminar el discurso "Ríos de Sangre", así como la reacción ante él, con la ventaja que da la visión retrospectiva. En este ensayo evaluaré el impacto del discurso, si tuvo alguno, sobre la ley de inmigración en Gran Bretaña desde 1968 en adelante. También demostraré el abismo que se abrió entre la línea declarada de ambos partidos en el asunto de la discriminación contra los inmigrantes, y el régimen legal consagrado en este aspecto.


I. El Discurso "Ríos de Sangre"

     Las palabras "Ríos de Sangre" todavía evocan imágenes de Powell en muchos en Gran Bretaña, pero la frase es en sí misma una cita errónea. Las verdaderas palabras de Powell fueron: «Tal como el romano, me parece ver "el río Tiber espumando con mucha sangre"». Ésa era una alusión a la Eneida del romano Virgilio, en la cual la Sibila profetiza: "Bella, horrida bella, et Thybrim multo spumantem sanguine cerno" (Veo guerras, horribles guerras, y el Tíber espumando con mucha sangre, Eneida VI, 86-87).

     En el discurso Powell contó algunas conversaciones entre él y sus votantes locales. Según Powell, un tema recurrente en sus conversaciones había sido la inmigración. Él pintó un cuadro de una población británica autóctona cada vez más asediada que se sentía amenazada por la llegada de una gran cantidad de inmigrantes que no parecían hacer ningún esfuerzo para integrarse. Al contrario, sus acciones hacían que muchos vecinos vivieran con temor. Powell citó a uno de sus residentes diciendo que "Si tuviera el dinero para irme, yo no me quedaría en este país... dentro de quince o veinte años, el negro tendrá la ventaja por sobre el hombre Blanco".

     Powell mencionó una carta, una de muchas que él había recibido, acerca de un residente local, una anciana que vivía sola y que era entonces la única persona Blanca que vivía en su calle. Él describió el temor y el abuso que ella sufría a manos de sus nuevos vecinos:

     «Ella se ha puesto temerosa de salir. Las ventanas han sido rotas. Ella encuentra excrementos dentro de su buzón. Cuando ella va a las tiendas, es seguida por encantadores y sonrientes niños negros. Ellos no pueden hablar inglés, pero una palabra ellos conocen: "Racista", cantan ellos. Cuando la nueva ley de Relaciones de Razas sea aprobada, esa mujer está convencida de que irá a prisión. ¿Y está ella muy equivocada? Comienzo a preguntarme» [1].

[1] El discurso "Ríos de Sangre" está impreso en su integridad en S. Heffer, Like the Roman: The Life of Enoch Powell, Phoenix, Weidenfeld & Nicolson, 1999.

     La Ley de Relaciones de Razas (1968) a la que Powell se refiere fue una de las medidas legislativas propuestas para tratar con la migración en la Gran Bretaña de entonces. Ella daría una causa de demanda a cualquiera que hubiera sido objeto de discriminación en base a su raza. Hablaré luego de su contenido.

     Powell, un hombre instruído (él era un graduado de Cambridge y había sido un profesor en la Universidad de Sydney), había decidido deliberadamente usar una terminología polémica a fin de destacar ese asunto y conseguir que se hablara de ello. Palabras como "piccaninnies" (pequeños negros) eran, incluso en 1968, un lenguaje inaceptable, pero Powell sintió que era necesario dar expresión a muchos de sus votantes que sentían que ellos serían criticados duramente por manifestar sus preocupaciones en público. Powell sabía lo que hacía, pero sintió que tenía que ser hecho: "Puedo oír ya el coro de maldiciones: ¿Cómo me atrevo a decir una cosa tan horrible?, ¿cómo me atrevo a agitar el problema e inflamar los sentimientos repitiendo tal conversación? La respuesta es que no tengo el derecho de no hacerlo".


II. Las Ideas de Powell

     Powell se veía a sí mismo como un hombre de principios, y tomó en serio la democracia y la libertad de expresión. Él vio como su deber como parlamentario expresar la opinión de sus votantes, independientemente de en qué consistieran aquellas opiniones. Sin embargo, Powell tenía otra agenda menos obvia.

     Powell había pasado gran parte de los años '40 en India, y había visto la violencia comunitaria que había barrido el país alrededor de la fecha de su independencia. Las profundas divisiones entre grupos individuales dentro del país habían conducido a la discordia social, y finalmente a la violencia. El año anterior a la independencia de India, el 15 de Agosto de 1947, más de medio millón de personas perdió sus vidas a consecuencia de la lucha civil. Era ese temor al comunalismo [communalism] el que espoleó a Powell a la acción.

     La idea de que Powell fue inspirado por el odio racial ha sido mostrada como algo muy dudoso por las conclusiones de un reciente proyecto de documental de la BBC [2]. Robert Shepherd, el principal investigador del documental, recordó uno de los mejores discursos de gabinete de Powell, cuando él acusó al gobierno Conservador en 1959 de haberle fallado a detenidos africanos que fueron golpeados y asesinados en la Kenia gobernada por los británicos. Powell proclamó rotundamente que no podía haber reglas africanas para África y reglas británicas para Gran Bretaña. Habiendo atacado a sus colegas Conservadores, se sentó en la Cámara de los Comunes y lloró. Hablando acerca de ese incidente de nuevo [3], 34 años después, las lágrimas comenzaron a fluír una vez más. Shepherd notó en el curso de su trabajo que Powell era un firme creyente en la igualdad humana y que su destructivo ataque a los Comunes y su reacción emocional no podían ser fácilmente reconciliados con una acusación de racismo.

[2] BBC Radio 4, 1968: Rivers of Blood – The Real Source (3 de Marzo de 2008).
[3] Channel 4 Television, What Has Become of Us? (Documental, 1993).

     Además, las tres políticas que Powell propuso en su discurso, a saber, la restricción del flujo de migrantes, la promoción de la máxima salida de ellos, y el tratamiento genuinamente igualitario de todos los residentes del Reino Unido ante la ley, eran parte de la política oficial del Partido Conservador en ese entonces.

     Sin embargo, Powell se opuso al Proyecto de Ley de Relaciones de Razas (más tarde convertido en Ley) de 1968. A pesar de la afirmación del gobierno laborista de Harold Wilson de que dicho proyecto de ley contrarrestaría la discriminación, a Powell le pareció que aquél en cambio la acentuaría. La opinión de Powell era que esa legislación era en sí misma discriminatoria, ya que daría efectivamente una causa de demanda sólo a los inmigrantes y no a los británicos. Él sintió que la igualdad implicaba la libertad de elección y que "al ciudadano no debería negársele discriminar, en el manejo de sus asuntos privados, entre un conciudadano y otro, o que él debería ser sometido a una imposición en cuanto a sus razones y motivos para comportarse en una manera legal más bien que en otra". En opinión de Powell, el derecho legal a discriminar contra aquellos que habían rechazado integrarse adecuadamente en la sociedad británica era una medida defendible. Ese proyecto de ley sólo serviría para proteger los derechos de inmigrantes que no deseaban integrarse.

     Powell admitió en su discurso que la integración era quizá más difícil para aquellos que eran de manera visible físicamente diferentes de los británicos nativos, pero sostuvo que, con el tiempo, nada era insuperable. Simplemente, afirmó Powell, un incentivo para integrarse era especialmente importante, ya que eso aseguraría la futura homogeneidad de la sociedad británica y protegería al Estado contra el violento espectro del comunalismo. Para Powell, un enfoque integracionista tenía que tener prioridad por sobre cualquier agenda multiculturalista. Si la gente quería ir a Gran Bretaña, ellos tenían que estar dispuestos a convertirse en tan británicos como les fuese posible.


III. Reacción al Discurso

    La reacción al discurso de Powell estuvo perceptiblemente dividida entre la gente y los poderes políticos fácticos. El apoyo popular estaba con Powell, al menos inicialmente. Él recibió 100.000 cartas que se referían al discurso, de las cuales sólo 800 eran de naturaleza negativa.

     Sin embargo, la reacción a nivel parlamentario fue completamente diferente. El diputado laborista Edward Leadbitter refirió dicho caso al director de la Fiscalía Pública (quien descartó el caso). El líder liberal Jeremy Thorpe habló de unas razonables presunciones contra Powell por incitación. Muchos principales conservadores del Gabinete en la Sombra [Shadow Cabinet] se indignaron por el exabrupto de Powell. Iain McLeod, Quintin Hogg y Robert Carr todos amenazaron con su dimisión a menos que Powell fuera despedido. Por lo tanto, el líder conservador Edward Heath despidió a Powell de su cargo como Secretario de Defensa de la Oposición. Heath dijo del discurso de Powell que era "racista en el tono y que era probable que exacerbara las tensiones raciales". Los parlamentarios conservadores Duncan Sandys, Gerald Nabarro y Teddy Taylor hablaron públicamente contra el despido de Powell. Heath respondió diciendo: "Despedí al señor Powell porque creí que su discurso era inflamatorio y responsable de dañar las relaciones de razas. Estoy determinado a hacer todo lo que pueda para prevenir que los problemas raciales se desarrollen como una lucha civil... No creo que la gran mayoría del pueblo británico comparta el modo del señor Powell de presentar sus opiniones en su discurso" [4].

[4] BBC Television, Panorama (con Sir Robin Day, 22 de Abril de 1968).

     Sin embargo, a pesar de la opinión de Heath, el apoyo a Powell fue prontamente evidente. El 23 de Abril, 1.000 trabajadores portuarios se declararon en huelga en protesta por el despido de Powell. El 24 de Abril, 600 trabajadores de los muelles de St. Katherine también se declararon en huelga, y numerosas fábricas a través del país se sumaron. 600 cargadores de carne marcharon hacia el palacio de Westminster y entregaron a Powell un documento de 92 páginas apoyándolo. Tales actividades como consecuencia del despido de un hombre que no era ni siquiera un miembro del gobierno, permanecen como algo notable.

     La Organización Gallup reaizó un sondeo de opinión a finales de Abril y encontró que el 74% del electorado británico estaba de acuerdo con los sentimientos de Powell tal como fueron expresados en el discurso. La encuesta también encontró que él era el candidato favorito para convertirse en el siguiente líder conservador. Estaba claro, entonces, que la democracia habría sido mejor servida promoviendo el programa de Powell más bien que condenándolo al ostracismo. Sin embargo, Heath consideró a Powell una seria amenaza política y así, a pesar de su popularidad y la de sus ideas, no debía haber ningún retorno de Powell desde el desdén. En vez de ello, iba a ser estimulado un enfoque "alternativo" a la inmigración, comenzando con la Ley de Relaciones de Razas y la Ley de Inmigrantes de la Comunidad Británica de Naciones (1968) [5].

[5] Heffer, op. cit., pp. 199-316.


IV. La Política Británica de Inmigración en los Años '60 y '70

     Dos acontecimientos claves de ese período fueron la independencia primero de Kenia y luego de Tanzania y Uganda. Cada uno de esos Estados tenía, en el momento de la independencia, una establecida población de minorías que había llegado desde el subcontinente indio, la mayor parte de los cuales habían sido introducidos en África por Gran Bretaña, en tanto potencia colonial, para trabajar en proyectos de construcción. Tras la independencia, los Estados de África Oriental persiguieron una política de "africanización" que requería que los residentes explicitaran su lealtad a los nacientes Estados. Muchos asiáticos no estuvieron dispuestos a consentir en ello. Algunos fueron reacios a perder su conexión británica [6]. Aquello tuvo serias consecuencias: A muchos se les negó el empleo y procuraron usar lo que la protección del Reino Unido y las Colonias pudiera ofrecer. Sus pasaportes fueron proporcionados por la Alta Autoridad Británica, y estaban por lo tanto bajo la Ley de Inmigrantes de la Commonwealth y no sujetos a controles de inmigración. Sin embargo, la Ley de 1968, una consecuencia de la migración de masas de esa minoría asiática hacia el Reino Unido, establecía que los súbditos británicos estaban libres de controles inmigratorios sólo si ellos, o al menos uno de sus padres o abuelos, hubieran nacido, hubieran sido registrados, hubieran sido adoptados o se hubieran naturalizado en el Reino Unido. Para aquellos sometidos a controles, se introdujeron estrictas cuotas.

[6] P. Shah, Refugees, Race and the Legal Concept of Asylum in Britain, Londres, 2000.

     La historia de los asiáticos de África Oriental ilustra cómo el gobierno británico se preparó para mezclar asuntos de nacionalidad y de inmigración. Si bien aquella gente retuvo su status de CUKC (Ciudadano del Reino Unido y las Colonias), aquello en efecto carecía de valor ya que no confería un derecho de entrada a su país de nacionalidad. Sin embargo, estaba claro que cualquier restricción sería aplicada mucho menos severamente a los ciudadanos de la "Antigua Comunidad Británica de Naciones", es decir, a los inmigrantes Blancos de Australia, Nueva Zelanda y Canadá [7].

[7] V. Bevan, The Development of British Immigration Law, Beckenham, 1986.

     El problema de las razas no-Blancas siguió dominando el debate público en cuanto a la inmigración dentro del Reino Unido. Cuando la Ley de Inmigración fue aprobada (1971), la definición racial de aquellos con derecho a entrar y de aquellos sin ese derecho estuvo completa. Si bien las leyes posteriores [8] han introducido cambios sustanciales en el proceso de inmigración y en los derechos de los inmigrantes, la Ley de 1971 permanece hasta este día como la fuente de los poderes del Ministerio de Asuntos Interiores (Home Office) para tomar decisiones acerca de la entrada, permanencia y deportación. Previamente, la ley del Reino Unido había dividido el mundo en súbditos británicos y extranjeros. Ésa era la categoría fundamental que decidía si los individuos disfrutaban del derecho a entrar en el Reino Unido o no.

[8] La Ley de Inmigración y Asilo (1999) y la Ley de Nacionalidad e Inmigración (2002).

     La legislación entonces, como hemos visto, restringía los derechos de algunos súbditos británicos hasta el grado en que esos derechos llegaron a ser efectivamente sin valor. La Ley de Inmigración dio el derecho a vivir en el Reino Unido a aquellos definidos como "patriales" (patrials), lo cual esencialmente requería un vínculo cercano de sangre o matrimonial con un ciudadano de la Commonwealth nacido en el Reino Unido, o una naturalización previa de un mínimo de cinco años. El efecto neto de esa Ley era excluír a los afro-caribeños y asiáticos de disfrutar de un derecho de ingreso.

     Spencer destaca la existencia, desde la Ley de 1962 hasta la Ley de 1971, de una fuerte dependencia de directrices, concesiones e instrucciones no publicadas. Esas pautas menos formales determinarían, en efecto, el resultado de las postulaciones para la inmigración. Ya en el curso de la implementación de la Ley de Inmigrantes de la Commonwealth (1962) las orientaciones internas dejaban claro que cualquier medida permitida a los funcionarios de inmigración para rechazar el ingreso sobre la base de que los requerimientos no habían sido cumplidos, no sería aplicada a los inmigrantes provenientes de la "Nueva Comunidad Británica de Naciones" [9].

[9] I. Spencer, British Immigration Policy since 1945: The Making of Multi-Racial Britain, Londres, Routledge, 1997.

     De lo expuesto podemos concluír que a pesar de las fanfarronadas y bravatas de ambos partidos al condenar el racismo de Powell, había, de hecho, un régimen que, para todos los efectos, discriminaba entre diferentes clases de ciudadanos británicos, en gran parte sobre la base de la raza. Dicho régimen nunca fue etiquetado como tal, pero ése era claramente su efecto neto. La Ley de Relaciones de Razas (1968) era una nimiedad, destinada a disminuír las tensiones alrededor de los relativamente pocos inmigrantes que habían logrado pasar las pruebas que la Ley de 1962 había puesto para ellos. Aquello sentó un tono multicultural que no estuvo destinado a integrar a los inmigrantes, al conferirles, como lo hizo, el derecho a oponerse a cualquier restricción contra su libertad de vivir exactamente como les placiese. La idea era que al vivir separadamente unos de otros, se producirían menos roces entre los nativos y los inmigrantes.

     Dicha Ley bien puede haber estado destinada a aliviar las tensiones raciales a corto plazo, como pretendía Heath, pero no se encontró en armonía con la legislación inmigratoria de la época. Los ciudadanos de la Comunidad Británica de Naciones, conscientes de que la puerta al Reino Unido se estaba cerrando lentamente, se vieron motivados a postular en mayores cantidades. Además, muchos inmigrantes (principalmente hindúes que trabajaban en el sector médico) que previamente habían tenido la intención de dejar el Reino Unido después de algunos años, y que por lo tanto nunca habían hecho ningún esfuerzo significativo para integrarse, tomaron la decisión de quedarse en Gran Bretaña, y debido a haber estado naturalizados durante un período mayor que cinco años, tenían derecho a invitar a sus familias a ir a vivir con ellos. El resultado fue que, a pesar de la Ley de 1971, la inmigración continuó velozmente, y aparecieron comunidades enteras de inmigrantes que estaban poco dispuestos a integrarse, y que tenían un instrumento legal que las protegería de cualquier efecto negativo que emanara de su no-integración.


V. Comunalismo en Acción

     El argumento de Powell, basado en su experiencia en India, era que un fracaso en integrar a comunidades extranjeras en el tejido social de una nación las conduciría a formar sus propios grupos sociales separados, y que siendo ése el caso, particularmente en tiempos de lucha económica, surgiría la violencia, ya que las fisuras entre los intereses de la comunidad local y los de los recién llegados se harían crecientemente evidentes y provocarían la fricción inter-étnica. Powell había citado previamente un ejemplo de eso en 1967 en Birmingham. Allí, los conductores Sikhs de autobuses se opusieron a ser obligados a llevar puesto el uniforme de la compañía de autobuses, y amenazaron con la violencia si sus demandas de una excepción a la regla, sobre la base de la religión, no eran satisfechas. A pesar de que inicialmente rechazaron aquello, después de que surgió la amenaza de violencia las autoridades locales finalmente consintieron y cambiaron las reglas. Powell vio en eso un peligroso precedente y predijo que eso podría ser el principio de una ola de violencia comunalista [10].

[10] E. Powell, Freedom and Reality, Nueva York, 1969.

     Por supuesto, se puede discutir si la predicción de Powell en su discurso fue certera. Los disturbios raciales de Brixton, Bristol, St. Paul, Toxteth y Handsworth de principios de los años '80, junto con las actividades del National Front, han sido citados por algunos como pruebas de su veracidad [11], del mismo modo como lo han sido los presuntos ataques terroristas del 7 de Julio [de 2005], realizados, como lo fueron, por súbditos británicos que nunca se habían integrado en la sociedad británica. Sin embargo, la defensa de la retórica de Powell es todavía altamente polémica, como lo averiguó Nigel Hastilow a costa propia. Hastilow, el proyectado candidato conservador por Halesowen y Rowley Regis fue obligado a dimitir después de que él escribió un artículo defendiendo las predicciones de Powell [12].

[11] Por el propio Powell, entre otros.
[12] N. Hastilow, "Britain Seen as a Soft Touch", Wolverhampton Express and Star, Noviembre de 2007.


Conclusión: ¿Una Lección Ignorada?

     Evidentemente, el debate entre integración y multiculturalismo es un asunto de política pública, pero la legislación debe reflejar un patrón coherente. Además, en un Estado democrático deberían reflejarse clara y abiertamente las opiniones del electorado. El hecho es que en la Gran Bretaña en los años '60 y '70 ése no fue el caso. En público, tanto laboristas como conservadores condenaron a Powell por intolerancia racial. Sin embargo, ambos partidos consideraron adecuado ayudar a establecer un régimen legal que, clandestina y silenciosamente, por medio de nuevas clasificaciones y pautas discrecionales, consagró un sistema de clasificación racial.

     Powell no deseaba la discriminación contra los inmigrantes, sino simplemente un menor ingreso en términos de números, y un impulso legislativo para que los inmigrantes se integraran en la sociedad británica. El gobierno de esa época persiguió activamente políticas discriminatorias en privado, a la vez que se levantaba contra la "discriminación" (y suprimía el libre discurso y la libertad de expresión) en público.

     Edward Heath justificó el despido de Powell afirmando que él haría todo lo que estuviera en su poder para disminuír las posibilidades de que pudiera surgir la lucha civil como consecuencia de tensiones raciales. Ésa fue también la posición del Primer Ministro Harold Wilson. Sin embargo, ambos partidos siguieron, y siguen hasta este día, apoyando una agenda multiculturalista. Fue sólo después del 11-S que la idea de adquirir un sentido de "britaneidad" como una exigencia para los inmigrantes ha aparecido en un primer plano nuevamente.

     En 1997 el líder parlamentario de los conservadores Norman Tebbit advirtió de los peligros del multicultulturalismo, diciendo que a los niños nacidos en Gran Bretaña "debería enseñárseles que la historia británica es su propia historia, o ellos serán para siempre extranjeros que tienen pasaportes británicos, y este reino se convertirá en una Yugoslavia". Tebbit fue reprendido por la oficina del líder conservador William Hague, diciendo que él dio una "impresión de intolerancia". Sin embargo, avanzando una década hasta el día actual, vemos un apoyo tanto por parte de conservadores como laboristas para controles de inmigración más estrictos, una prueba para todos los nuevos inmigrantes acerca de cómo integrarse en la sociedad británica, y rigurosas nuevas leyes contra el terrorismo que claramente apuntan a grupos minoritarios.

     Los ciudadanos británicos están ahora claramente lo bastante asustados, después del 7/7, de los alienados inmigrantes y sus descendientes que viven entre ellos, como para comenzar a impulsar un punto de vista "integracionista". A ellos los disturbios raciales, el terrorismo y el temor les han enseñado una lección. Queda en pie la pregunta, sin embargo, de si esa misma lección podría haber sido aprendida 40 años antes.–




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