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sábado, 8 de octubre de 2016

El Bosque y el Alma "Fáustica"



     Encontrando en el sitio theimaginativeconservative.org el siguiente artículo de su autora, la reportera, ensayista y analista estadounidense Marcia A. Christoff (o Christoff-Kurapovna), que vive en Viena, publicado allí en Junio de 2014, decidimos ponerlo en castellano por el buen tono que comunica, casi un homenaje al árbol y al bosque, junto con recordar diversos elementos que lo aluden.


El Bosque y el Alma "Fáustica"
por Marcia A. Christoff
13 de Junio de 2014



"Las raíces profundas permanecen intocadas por la escarcha"
(John R. R. Tolkien).


     Se ha dicho que el alma germánica y el bosque son la misma cosa: el bosque mitológico, que contrasta el espléndido aislamiento del hombre en su soledad contra la infinitud de la Naturaleza. Sólo esa clase de alma podría tener en su idioma una palabra tal como Waldeinsamkeit —"la soledad del bosque"—, del mismo modo como uno de los pasajes más conmovedores de la literatura occidental es la escena de Pascua de Resurrección en el Fausto de Goethe: "Una incomprensible y dulce añoranza / me llevó a vagar por bosques y praderas, / y entre miles de tibias lágrimas / sentí un mundo surgir para mí" (Primera parte, I).

     Las leyendas del Norte han sido elaboradas alrededor de ciertas especies de árboles —abetos, fresnos, robles, olmos—, y en las pinturas de Caspar David Friedrich, el representante del apogeo del Romanticismo alemán, densas murallas de árboles magníficos empequeñecen a un solitario soldado napoleónico, una relación metafórica de lo que está aislado, como una fortaleza, oscuro e impenetrable. Los cuentos de hadas de los hermanos Grimm todos ocurrieron en los bosques, mientras Sigfrido, Parsifal, Tristán, Hamlet, Fausto —aquellos héroes esencialmente del Norte— todos añoraban los bosques en los cuales sus vidas interiores fueron despertadas.


     Oswald Spengler, el minuciosamente erudito historiador alemán, escribió en su obra Untergang des Abenlandes (La Decadencia de Occidente) acerca de la nórdica "nostalgia por los bosques; la misteriosa compasión, el inefable sentido de abandono", y comparó al hombre "fáustico" —que era su ideal occidental— con los hombres clásicos de la Antigüedad, escribiendo que "el susurro de los bosques, un encanto que ningún poeta Clásico jamás sintió, continúa con sus secretas preguntas: ¿De dónde?, ¿Hacia dónde?".

     El bosque, tan vigorizante y bautismal, impregnado de aquellos ecos de Goethe que reverberan la lírica tristeza del magnánimo solitario (Fausto), roto su contemplativo esplendor (del bosque) sólo por un ocasional vapor de rayos de Sol, como "irregulares motas de luz que juegan en su volumen lleno de sombra", como escribe el doctor Spengler. En efecto, si Dios hizo al Hombre a su imagen, uno puede decir que la Naturaleza tuvo algo que aportar, y añadió tres elementos suyos propios: el Mar, la Piedra y, sobre todo, el Bosque. El mar, representando lo que es racional, claro, iluminado en el alma de un hombre; la piedra, para expresar su necesidad de dar forma a la Historia, la experiencia y la memoria. Pero más profundamente, el bosque, la oscuridad dentro del Hombre, una silenciosa convocatoria desde lo profundo dentro del murmullo de árboles que dan ocasión a que un hombre descubra su propia y auténtica voz.

     Para Spengler, el hombre clásico era el apolíneo, un individuo, una entidad estática, para quien la Historia es mitológica, anecdótica, siempre presente. Él es las ciudades-Estado, la vida pública, la vida política, dórica y euclidiana. El "ansioso y preocupado" hombre fáustico, por otra parte, que "floreció con el nacimiento del estilo románico", está por siempre tendiendo hacia algo y mirando hacia atrás; él es la profundidad de la perspectiva en la pintura, él es el irreprimible descubridor de continentes y el explorador de los suelos oceánicos. El hombre apolíneo "es la estatua desnuda; el fáustico, el Arte de la Fuga". En el arte, el primero son los calculados contornos; el segundo, la luz y la sombra. El apolíneo es Delfos, el Olimpo y el Elíseo; el fáustico es el Valhala, Avalon y el Grial. El apolíneo se ve a sí mismo en la epopeya homérica; el fáustico, en la de Galileo, la católica y la Protestante; este último está formado por las dinastías del período barroco, por la Beatriz de Dante, y por... Fausto. (Hay, también, una tercera alma de la civilización, la mágica, que pertenece a las culturas judaico-islámica y "orientales"). El hombre fáustico es, en suma, el Bosque, "inquieto e insatisfecho", como un roble que "se agita más allá de su cima" o como un tilo, que entre el Sol y la sombra es "incorpóreo, ilimitado, espiritual".

     El Bosque, expresado como el alma de Occidente, toma forma en las más altas creaciones del arte, la arquitectura religiosa, la música, la literatura, y en el sentido occidental del Destino y la Duración, en el "arraigamiento" del espíritu de un hombre, su familia y su legado. En arquitectura, los grandes bosques de las llanuras del Norte —escribió Spengler— fueron la inspiración para las catedrales, con sus interiores mezclados con una luz misteriosa, "el interminable, solitario y crepuscular bosque... el anhelo secreto de todas las formas de edificación occidental". En su obra Le Genie du Christianisme, el escritor francés del siglo XIX Chateaubriand atribuyó el desarrollo de las catedrales góticas a la adoración bajo arcos de árboles. El historiador francés del arte sagrado Emile Mâle, evocando la relación dramática de aquella arquitectura con las obras de la Naturaleza, escribió que "la catedral, como la llanura o el bosque, tiene atmósfera y perfume, esplendor y crepúsculo... y penumbra".

    El Bosque es música clásica: está Sigfrido —el héroe que nunca conoció el miedo—, nacido en el bosque y muerto en él, cuyo glorioso viaje al Rin en el primer Acto del Götterdämmerung (de Wagner) parece hacer entrar al oyente, capa tras capa, profundamente en un mundo negro como boca de lobo de lealtades de clan, lazos de sangre, suelo y semilla, todo dentro de un cavernoso laberinto del bosque. (...)

     Incluso la forma de un órgano de iglesia, cuya invención es uno de los capítulos más conmovedores en la historia de la música occidental, es, escribe Spengler, "una historia de una añoranza del Bosque, un deseo de hablar en el lenguaje de aquel verdadero templo del alma occidental".

     El bosque es literatura: Para el profundamente espiritual poeta bohemio-austriaco Rainer Maria Rilke, Dios no debía ser encontrado en la pintura, la escultura, o en los iconos, sino viviendo en los oscuros bosques, ni ser retratado "con lapislázuli ni con oro, sino con un color hecho de corteza de manzano". En su hermoso Das Stunden-Buch (El Libro de las Horas), Rilke escribe a Dios en una serie de cartas de amor: "A menudo te imagino, tus ininterrumpidas cascadas en muchas formas. Tú corres como una manada de ciervos luminosos y yo soy oscuro. Yo soy bosque".

     Robert Musil, el excéntrico y brillante autor austriaco que escribió Der Mann Ohne Eigenschaften (El Hombre Sin Atributos), al contemplar las relaciones humanas, escribe del "amor, este antiguo bosque de la excentricidad". Ernst Jünger usó el simbolismo del bosque para asumir un enfoque filosófico y político contra lo que él veía como las tendencias totalitarias de la Democracia moderna en su obra de 1951 Der Waldgang (La Emboscadura), al escribir acerca del "rebelde del bosque", el individuo que, "aislado y desarraigado" por el Estado, procura conservar su libertad en un mundo totalitario encontrando refugio en el bosque.

     En cuanto a viajes interiores en busca de refugio —ya sea ideológico o puramente emocional—, ¿quién puede olvidar la cautivadora primera estrofa del Infierno de Dante: "En el medio del camino de nuestra vida / me encontré en una selva oscura / por haberme apartado del camino recto"?.


     La mitología nórdica es, por supuesto, el antiguo precursor de tales imágenes literarias forestales. Profundamente en Schwarzwald (Selva Negra, Alemania), reside la noble familia Fürstenburg, y hace décadas le compró al entonces empobrecido Estado alemán el Nibelungenlied (Cantar de los Nibelungos) original, el épico poema del Norte, uno también nacido en los bosques. En la epopeya escandinava, los poéticos Eddas, el nórdico dios Odín se cuelga del gran fresno Yggdrasil durante nueve días y nueve noches tratando de adquirir el poder supremo.

     Uno de los símbolos que se repiten en la mitología alemana, austríaca y suiza cristiana es el de San Huberto, el cazador redimido por un venado santo que tenía una cruz en su cornamenta. Hoy, los juegos de cornamenta que uno a menudo ve encima de las puertas principales de casas de campo y cabañas de caza en la Europa de habla alemana no son trofeos de cacerías como se cree comúnmente sino representaciones de esa leyenda cristiana.


     El por qué los países de habla alemana son tan apegados a sus bosques puede ser remontado hasta la leyenda de la batalla de Teutoburg, como se encuentra descrita por Tácito en su historia, Germania, cuando los soldados de Arminius usaron el camuflaje de los árboles para distraer a los romanos, no habituados a los bosques, cuando aquéllos lanzaron, usando la sorpresa, ataques de tipo guerrilla desde los bosques. Incluso la palabra alemana para "occidental" —Abendland o "Tierra de la Tarde"— denota al bosque: altura y madurez, a diferencia de un país que se está desarrollando, llamado Morgenland.


     Luego, también, está Rusia, con su propia marca de mitología nórdica y una intensa conciencia forestal. Como escribió el historiador y bibliotecario del Congreso James Billington en su clásico libro The Icon and the Axe, el Oso ruso, según la leyenda, era originalmente un hombre al que se le habían negado los tradicionales pan y sal de la amistad humana, y en venganza tomó una nueva forma y se retiró al bosque para protegerse contra las intrusiones de los humanos, su antigua especie. La gran novela de Leonoid Leonov de mediados de los años '50, The Russian Forest, describe cómo el régimen soviético desempeñó un papel central en la destrucción del bosque, ya que era un símbolo de la antigua cultura rusa.

     El bosque es también Historia: Está la famosa Ruta de los Castillos  que conduce desde Burgenland, la provincia oriental de Austria, hasta Semmering, justo al Sur de Viena, hacia el Oeste a Estiria, y a Carintia, donde entre 18 fortalezas y castillos uno se encontrará con el Schloss Schalling, el "Castillo de los Demonios", que se asienta solitariamente, cautelosamente, dentro de un rico bosque de Estiria, donde un día en el siglo XIII dos príncipes de Babenberg tradujeron la Carta Magna inglesa al alto alemán. Luego está el Burg Stubegg, una fortaleza a otros 16 kms. al Sur, donde los caballeros Cruzados decidieron recuperarse porque se pensaba que los vinos producidos allí eran milagrosos. Cualquiera de esos viajes lo llevará ciertamente a uno a pasar por los muchos castillos de los príncipes de Liechtenstein, ellos mismos entre los dueños más grandes de bosques en Europa e Iberoamérica, cuyos dominios principescos han guardado y conservan la colección privada de arte más grande del mundo.


    Pero sobre todo, el Bosque es el enraizamiento de la vida; es Destino, por lo tanto, Tiempo, para el hombre fáustico, no importa el origen de éste. Como dijo Spengler, "la nobleza y la clase campesina son parecidas a una planta e instintivas, profundamente arraigadas en la tierra ancestral, propagándose a sí mismas en el árbol familiar, criando y siendo criadas". En la aristocrática Europa Central, el bosque llegó a ser el medio por el cual conservar el largo plazo, en riqueza y familia.

     Había un famoso "Fürstenspiegel" o "Espejo de Príncipes" —aquellos clásicos manuales de instrucción para la educación de un monarca, nacidos en los reinos de Persia y escritos en gran medida en el siglo XIX europeo— que instruía a los príncipes germánicos sobre este mismo asunto. El Fürst (Príncipe) Gundaker von und zu Liechtenstein, en su Instructio et Consilium pro Principe Regente de 1653, propuso una teoría abstracta acerca de la relación entre tierra y longevidad, entre tiempo y dinero. "El dinero es la sangre del cuerpo político", escribió él en el prefacio de la obra, y ningún buen príncipe, del Sacro Imperio Romano u otro alguno, nunca se apartó de aquella conciencia.

     Eso significaba un lazo firme con la tierra boscosa, que era, y sigue siendo hasta este día, la empresa elegida de aquellas viejas familias: "Los bosques vírgenes se convirtieron en la energía financiera; los adormecidos espíritus del oro se despertaron en la empresa", escribió Spengler (una vez más) en su hermosa formulación. O, como comenta el príncipe Gundaker: "Madera, minas de sal, oro, plata, mercurio, cobre y hierro: éstos son el regalo de la Naturaleza para el inteligente". Su Fürstenspiegel posteriormente advierte: "El príncipe siempre debería asegurarse de que su situación financiera sea mejor que la de cualquier rival, y debería procurar que ningún otro noble tenga una mayor reserva financiera que la de él". Ciertamente su apellido cumplió con tal promesa a partir de los bosques que ellos poseían.

     Pero quizás el ejemplo más conmovedor de este lazo fáustico con la tierra como la base de la familia, la riqueza y la Historia debe ser encontrado en el proceso de uno de los grandes bosques de Europa desde el pináculo de la vitalidad y la producción hasta el desgaste y la ruina de nuestros días. Fue un día, hará unos trescientos años, a principios del siglo XVIII, que el Emperador Carlos VI ofreció a una distinguida y antigua familia alemana una gran franja de tierra en el reino Habsburgo de Croacia-Eslavonia (en la moderna Croacia y una parte de Servia) por servicios militares contra los ejércitos otomanos invasores.

     La prudente noble familia, los Eltz del Rin rico en bosques, rehusó el regalo ofrecido, ya que ellos deseaban permanecer Reichsfrei ("libres" de las condiciones financieras y políticas del Emperador), ofreciendo en cambio comprar la tierra de Su Majestad Imperial a condición de que dicha tierra estuviera compuesta por el derecho al suelo, los palacios, títulos y demases, etc., que hubieran venido con la propiedad de aquella tierra si fuera de poca importancia. Un miembro de la familia fue a examinar el terreno, notando cómo la tierra caía sueltamente por sus dedos, siendo granulosa y fina, manteniéndose unida, pero no compactándose.

     Aquella tierra era un suelo rico, arcilloso y con margas —"que podría alimentar a toda Europa", como ha sido dicho de aquella fértil tierra—, formado de un terreno calcáreo abundante en arcilla y bien provisto de calcio. Ése era un suelo raro en Europa, un moderado equilibrio de elementos contrarios en una región de Europa llevada a extremos en diversos sentidos. Esa tierra negra era producto del llamado clima "panonio", conocido por su extremo calor de verano y crudos inviernos, que creaba algo de la mejor agricultura de Europa y... sus mismos más grandes robles.

     El joven hombre reconoció inmediatamente que él tenía, literalmente en sus manos, los componentes de una gran industria de silvicultura de allí a 200 años. Y bastante seguro, a mediados del siglo XIX, 160 años después de que su primera cosecha de robles había sido cultivada, la familia surgió como una de las más ricas de Europa Central, coronada su propiedad territorial por un bellísimo palacio barroco amarillo y blanco [en Vukovar, Croacia], siendo a la vez los terrenos de crianza originales de los famosos caballos Lipizzaner íntegramente blancos.


     La familia había convertido el suelo de Eslavonia en uno de los bosques más deseados en el mundo, hasta que, a saber, la familia fue expulsada, y los bosques, los robles, el suelo y el palacio fueron confiscados en parte después de la Primera Guerra Mundial y luego completamente después de la Segunda Guerra. Sólo los caballos sobrevivieron, habiendo sido a tiempo enviados fuera del país a Austria, donde ellos todavía son entrenados con el escudo de armas de los Eltz en sus bridas de plata pura.

     La tierra cayó en tal ruina hacia la segunda década del siglo XX que muchos de los diversos nuevos dueños comunitarios de aquella tierra —receptores de la generosidad socialista— pidieron que la familia regresara y se hiciera cargo de su manejo; pero la familia declinó la petición. Sólo una imagen de su palacio en el dorso del billete de mayor valor en la antigua Yugoslavia permaneció como reconocimiento de lo que aquella familia, de sangre azul pero con el amor por el bosque corriendo por sus venas, significó alguna vez para dicha región.

     "Aquí soy un Hombre. ¡Aquí, me atrevo a ser!", escribió Goethe de sus queridas y oníricas excursiones a los bosques. Aquel sentido de "Ser" es de todo lo que se trata el Bosque para el hombre fáustico: el Misterio que inspira a la imaginación, la Realidad más intensa que existe.–



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