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lunes, 26 de septiembre de 2016

Entrevista a Hervé Ryssen (2006)



     La siguiente entrevista con el profesor y escritor francés Hervé Ryssen, continuando con la entrada anterior, en algunos sitios en inglés se cita como su fuente la desaparecida página suiza de información alternativa mecanopolis.org que la habría difundido en Febrero de 2009. Habiendo accedido al original en francés, se dice allí que esta entrevista fue publicada en Junio de 2006 en la revista francesa Tabou (Nº 10) y también en la nacionalista Réfléchir et Agir (Nº 22). La hemos traducido desde allí (Les Origines Religieuses du Mondialisme. Entretien avec Hervé Ryssen), comprobando a la vez la corrección de la versión inglesa de Greg Johnson. Diez años después, todo lo que el señor Ryssen ha dicho sigue siendo absolutamente cierto, puesto que las mismas fuerzas enemigas de la Humanidad, esos miserables delirantes, siguen actuando según sus planes previstos y denunciados.


LOS ORÍGENES RELIGIOSOS del MUNDIALISMO
Entrevista con Hervé Ryssen
Junio de 2006



—Pregunta: Hervé Ryssen, usted acaba de publicar un libro, Les Espérances Planétariennes (Las Esperanzas Planetarias, 2005), que finalmente expone a plena luz la lógica del mundialismo y sus fundamentos religiosos. Durante un demasiado largo tiempo, en efecto, los intelectuales del ámbito nacionalista no se han atrevido a abordar los "temas que disgustan" y se han abstenido de denunciar la propaganda cosmopolita. ¿Podría en primer lugar usted explicar el título de su libro para nuestros lectores?

—Hervé Ryssen: Yo acudí a la producción escrita de intelectuales judíos con el fin de intentar comprender la visión que ellos tenían del mundo. Después de haber leído decenas de ensayos políticos, novelas y narrativas de toda clase, noté que la palabra "esperanza" aparecía con regularidad en esos textos. Por supuesto para ellos eso significa expectativas de un mejor mundo, de un Mesías y de una "tierra prometida". Recordemos que aunque los cristianos hayan aceptado a su propio Mesías, los judíos todavía esperan al suyo. Esa espera mesiánica es el núcleo de la religión hebraica y de la mentalidad judía en general, incluso entre los judíos ateos. Ése es el punto fundamental. En cuanto al término "planetarias", se trata de un neologismo que simplemente significa la aspiración a un mundo sin fronteras.

     Mi trabajo está centrado exclusivamente en intelectuales judíos. Contrariamente a lo que muchas personas pudieran pensar, el uso de la palabra "judío" no es todavía ilegal. Sé bien que muchos en el ámbito nacionalista comienzan a sudar ante la simple mención de esa palabra, pero eso es probablemente porque ellos temen escuchar comentarios anti-semíticos que en efecto son fuertemente castigados hoy. Personalmente, no siento de ninguna manera ese temor, ya que mis trabajos están basados exclusivamente en la investigación a través de fuentes judías. Digamos que tengo un enfoque racional del tema y, me atrevería a decir, completamente desapasionado.

—P: Uno efectivamente a menudo oye a judíos hablar de la "tierra prometida" y del "Mesías", pero siempre hemos entendido mal lo que esos conceptos significan. La "tierra prometida" ¿no es el Estado de Israel?

—Hervé Ryssen: Históricamente, ésa es la tierra de Canaán, que Yahvé dio a Abraham, como uno puede leerlo en el Génesis, el primer libro de la Torá. Pero incluso antes de la destrucción del segundo Templo por las legiones romanas de Tito y de la dispersión de los judíos, muchos de ellos ya vivían en la diáspora. Allí ellos permanecieron hasta 1917 cuando, con la Declaración Balfour que creó un "hogar judío en Palestina", ciertos judíos pudieron pensar que recuperando la "tierra prometida" los tiempos mesiánicos estaban finalmente próximos. Pero no habría que olvidar que otros judíos, mucho más numerosos, pensaban entonces en la misma época que la tierra prometida estaba localizada más al Norte, en esa inmensa Unión Soviética donde, después de la Revolución de Octubre de 1917, tantos judíos aparecieron en los niveles más altos del poder. Sin embargo, basta leer textos un poco más antiguos para darse cuenta de que en el siglo XIX era Francia —el país de los derechos humanos— la que despertaba todas las esperanzas judías y la que constituía, a los ojos de los judíos del mundo entero, la "tierra prometida". La Viena de principios del siglo XX, o la Alemania de la República de Weimar durante el período de entre guerras, también pudieron ser consideradas como "tierras prometidas", ya que la cultura y las finanzas, en particular, estaban muy ampliamente influídas por banqueros, intelectuales y artistas de origen judío.

     Notemos que esa esperanza siempre termina en una cruel desilusión. El hecho es que el Estado de Israel no constituye ningún "refugio de paz" [1], que es lo menos que se puede decir. En cuanto a la Rusia judeo-bolchevique, ella se volvió contra los judíos, que fueron expulsados del poder después de la Segunda Guerra Mundial. La "Francia de los derechos humanos" está hoy en vías de Tercermundización, y se escucha desde 2001 que algunos judíos llaman a huír de este país "anti-semita", donde los judíos sufren cada vez más la cólera de árabes jóvenes. En resumen, para los judíos todo siempre parece terminar mal, dondequiera que ellos vayan, hagan ellos lo que hagan.

[1] Significado etimológico de Jerusalén. N. de G. Johnson

     La "tierra prometida", de esta manera, durante mucho tiempo estuvo encarnada en el "sueño norteamericano". Desde la década de 1880 decenas de milares de judíos se fueron desde Europa Central hacia Estados Unidos, donde ellos esperaban una mejor vida, lejos de los cosacos, los pogroms y del odiado Zar. Pero la más reciente "tierra prometida" fue evidentemente Rusia después del colapso del sovietismo. En unos pocos años, un puñado de "oligarcas" había conseguido apoderarse de una gran parte de las privatizadas riquezas rusas. El mejor conocido entre ellos, el multimillonario Khodorkovski, duerme hoy en las prisiones de la nueva Rusia de Vladimir Putin. Manifiestamente, esa nueva "tierra prometida" ¡tampoco había sido la buena! En suma, usted lo ha comprendido, hay que entender que desde su salida del ghetto, los judíos nunca han dejado de cambiar de "tierra prometida", y su vagar finaliza sistemáticamente en decepción. Sólo Estados Unidos todavía representa a sus ojos ese El Dorado y todavía alimenta sus esperanzas. Pero ¿por cuánto tiempo más?.

P: Usted nos habla aquí de Historia y geografía, pero ¿no son el mesianismo y la idea de la tierra prometida más bien conceptos religiosos?

—Hervé Ryssen: Aquí volvemos al núcleo del asunto. Si usted habla con un rabino en la calle des Rosiers [centro del barrio judío en París], él le dirá inmediatamente que los judíos aspiran sobre todo a la instauración de un mundo de paz, un mundo en el cual todos los conflictos habrán desaparecido, ya sean sociales o conflictos entre razas o naciones. Es ese mundo de paz universal el que hay que alcanzar, ya que ellos identifican dicho mundo de paz con los tiempos mesiánicos. Los autores son bastante claros aquí. Esto es lo que el filósofo Emmanuel Lévinas escribe sobre este asunto: «Se pueden agrupar las promesas de los profetas en dos categorías: políticas y sociales. La alienación que la arbitrariedad de los poderes políticos introduce en el cometido humano entero, desaparecerá; pero la injusticia social, la dominación de los ricos sobre los pobres, desaparecerá al mismo tiempo que la violencia política... En cuanto al mundo futuro, nuestro texto sigue definiéndolo como "la Humanidad unida en un destino colectivo"» (Difficile Liberté, París, 1963, pp. 85-86).

     El rabino jefe del Consistorio central, Jacob Kaplan, ha recordado también, en Le Vrai Visage du Judaïsme (La Verdadera Cara del Judaísmo, París, 1987), el famoso pasaje que es una de las fuentes del mesianismo judío: "El lobo vivirá con la oveja; el tigre descansará con el cabrito; el ternero, el cachorro de león y el carnero vivirán juntos, y un niño los conducirá" (Isaías, 11:6-9). "Ésta es evidentemente una imagen —añade Kaplan— de las relaciones que serán establecidas entre las naciones, felices de mantener la unidad y la concordia entre ellas".


     En su libro acerca del mesianismo, David Banon confirma esta visión del mundo: "La Era mesiánica, tal como ella ha sido descrita por el conjunto de los profetas, consiste en la supresión de la violencia política y la injusticia social" (David Banon, Le Messianisme, París, 1998, pp. 15-16).

     Las profecías hebraicas nos prometen de esta manera la progresión de la Humanidad hacia un mundo unificado, y paralelo a esto, la supresión de las desigualdades sociales. Se reconocen allí evidentemente tanto las fuentes primitivas del marxismo como las que inspiran hoy a nuestra ideología planetariana en este comienzo del tercer milenio, la cual, ayudada por la publicidad, hace soñar a tantos de nuestros conciudadanos. Éste es el punto central de la visión judía del mundo. Es de aquí de donde hay que partir si se quiere comprender el universo mental de los judíos. Y esto es lo que explica que los judíos tengan siempre la palabra "paz" tanto en su boca. Su "combate por la paz” es incesante.


     Un ejemplo: en Marzo de 2000 Chirac inauguró una "Muralla por la Paz" (Mur pour la Paix) en el Campo de Marte, concebida por Clara Halter, la esposa del escritor judío Marek Halter. Es una especie de vestíbulo de vidrio, donde la pequeña Clara escribió la palabra "Paz" en 32 idiomas, para burlarse, uno imagina, de los cadetes de la academia militar [l'École Militaire] instalada justo enfrente. Esas obras tienen un significado religioso que muy pocos goyim pueden detectar.


     Uno puede sostener así que el concepto de "tierra prometida" no significa otra cosa que una esperanza de dimensión planetaria, donde todas las naciones habrán desaparecido. Es eso lo que nos dice el filósofo Edgar "Morin" [Nahum] cuando escribe: "No tenemos la tierra Prometida, pero tenemos una aspiración, un deseo, un mito, un sueño: materializar la Tierra como patria" (Edgar Morin, Un Nouveau Commencement, París, 1991, p. 9). Y eso es también sobre lo cual habla Jacques Attali [judío] en L’Homme Nomade: "hacer del mundo una tierra prometida" (París, 2003, p. 34). De esta manera, es ese mundo unificado y pacificado el que será la "tierra prometida". Pero estos textos nos llevan a pensar a veces que, en el espíritu de ciertos intelectuales, la idea es tomada en sentido literal, es decir, que ¡sería bueno si la Tierra entera les fuera prometida!, de lo cual surgen comportamientos a veces un poco invasivos...

P: A juzgar por la política del Presidente estadounidense George W. Bush, no parece que los numerosos consejeros sionistas que están a su lado actúen en favor del mundo de "paz" del cual usted habla. ¿Cómo explica usted esas contradicciones?

—Hervé Ryssen: Es innegable que los jefes de la comunidad judía estadounidense tienen una buena parte de responsabilidad por la guerra contra Iraq. Habría que ser ciego para no verlo; habría que ser de mala fe para negarlo. Su peso político en los sucesivos gobiernos estadounidenses ha sido de cualquier modo siempre importante desde comienzos del siglo XX. Los nacionalistas estadounidenses como el famoso aviador Charles Lindbergh denunciaron en su tiempo las presiones del "lobby judío" (en Estados Unidos, ésa es una camarilla entre otras) para empujar a un pueblo fuertemente aislacionista hacia la guerra contra la Alemania Nacionalsocialista. Ya en los años '20 el fabricante Henry Ford había comprendido la magnitud del problema e hizo difundir ampliamente ese tipo de información en un periódico creado para ese efecto. Se recordará además que Madeleine "Albright" [Korbelova] y los halcones del ministerio estadounidense de Asuntos Exteriores impusieron todo su peso en la guerra contra Servia en 1999. Usted por lo tanto tiene perfecta razón al destacar esta contradicción entre la fe mesiánica y las "operaciones terrestres", si se me permite decirlo.

     ¡Pero muy sinceramente a usted se le declarará entonces que esas guerras son "acciones de paz"! Escuche un poco a Elie Wiesel, precisamente un Premio Nóbel de la "Paz", que era naturalmente un ultra-belicista en 1991, cuando él agitaba para ir a bombardear Iraq: "No se trata solamente de ayudar a Kuwait", dijo él entonces, "sino de proteger al mundo árabe entero". Todos los occidentales debían por lo tanto ser movilizados contra "el asesino de Bagdad", culpable de hacer pesar una amenaza sobre el Estado de Israel: "En la guerra de él", escribe Wiesel, "es imperativo hacer la guerra. Contra la fuerza destructiva que él emplea contra la Humanidad, es necesario oponer una fuerza más grande, para que la Humanidad permanezca con vida. Porque se trata de la seguridad del mundo civilizado, de su derecho a la paz, y no solamente del futuro de Israel... ¿Sed de venganza? No: sed de justicia. Y de paz" (Elie Wiesel, Mémoires 2, París, 1996, pp. 144, 146, 152).

     Usted constata aquí que él no vacila en cubrirse con los grandes ideales de paz y amor cuando se trata de aniquilar a su enemigo. Pero por supuesto él tiene bien entendido que está fuera de cuestión el que el propio Estado judío se ocupe en esas viles acciones militares. Es la tarea de Occidente, que debe por lo tanto ser convencido mediante campañas de "sensibilización", ir a derrocar al dictador. Una vez que el enemigo es vencido, el incansable combate por la democracia y por la "paz" se encuentra nuevamente en armonía con la situación política. Después de haber aplastado a los enemigos, uno efectivamente está siempre a favor de la "paz".

P: Usted habla acerca de "democracia". ¿Qué relación puede haber entre un sistema político y la fe mesiánica? La democracia ¿es necesaria para la llegada del Mesías?

—Hervé Ryssen: La democracia no siempre ha sido el único caballo de batalla de las esperanzas planetarias. Durante un largo tiempo, el ideal marxista también desempeñó ese papel. Es bien sabido que el propio Marx y la gran mayoría de los principales ideólogos y líderes marxistas eran judíos: Lenin tenía orígenes judíos, y lo mismo Leon Trotsky, Rosa Luxemburg, Georg Lukacs, Ernest Mandel, etc., así como la casi totalidad de los líderes de Mayo del ’68. Eso no es ninguna casualidad, y difícilmente existe algún pequeño militante comunista de base que no lo sepa. El marxismo aspira al establecimiento de un mundo perfecto, donde las religiones, así como las naciones, habrán desaparecido al mismo tiempo que los conflictos sociales. Este esquema, se constata, calza perfectamente dentro del marco mesiánico. El pensamiento de Marx en último término no es más que la secularización de la escatología judía tradicional.

     George Steiner [judío] ha podido presentar al marxismo desde la perspectiva de las profecías bíblicas: "El marxismo", dice él, "es en el fondo simplemente un judaísmo que se impacienta. El Mesías ha tardado mucho en venir. Es el hombre mismo el que instaurará el reino de justicia, sobre esta Tierra, aquí y ahora... predicó Karl Marx en sus manuscritos de 1844, donde uno reconoce el eco transparente de la fraseología de los Salmos y los profetas" (George Steiner, De la Bible à Kafka, 1996, 2002 en francés).


     Ni Marx, ni Lenin ni Trotsky creían en Dios, y aún así sus orígenes judíos aparecen a plena luz a través de la rejilla de lectura del mesianismo judío. El marxismo político sin embargo ha sido marginado en Europa después de la caída del Muro de Berlín. El hecho es que, en los proyectos de unificación planetaria, la democracia triunfó en todas partes donde el comunismo fracasó. Se constata, sin embargo, que los grupos de la extrema Izquierda siguen beneficiándose de toda la atención de los medios de comunicación en las sociedades occidentales. Eso es porque ellos representan la punta de lanza del proyecto de una sociedad igualitaria y multirracial, y canalizan en un sentido mundialista las oposiciones radicales que ha suscitado el sistema liberal. Esta movilizadora utopía es siempre necesaria para un sistema democrático desesperante, que no ofrece nada a su juventud salvo deambular por los supermercados. Es por lo tanto anidado al interior mismo de la democracia que el marxismo presta finalmente sus mejores servicios. El marxismo y la democracia son dos fuerzas absolutamente complementarias y mutuamente indispensables en el proyecto de edificación del Imperio global. Sin el comunismo, los opositores se dirigirían inevitablemente hacia las corrientes nacionalistas, y el sistema no sobreviviría.

P: Después del fracaso del comunismo de Estado, ¿serían por lo tanto la democracia multirracial y los "derechos humanos" el arma absoluta de las fuerzas "planetarias"?

—Hervé Ryssen: El objetivo de los mundialistas es destruír las culturas tradicionales y arraigadas, para llegar a un mundo uniforme. Esta aspiración a la unidad ha sido expresada por el filósofo hasídico Martin Buber, quien no parece darse cuenta verdaderamente de que él nos está dando aquí una definición exacta del totalitarismo: "En todas partes", escribe él, "uno encontrará [en el judaísmo] la aspiración hacia la unidad. Hacia la unidad dentro del individuo. Hacia la unidad entre los miembros divididos del pueblo, y entre las naciones. Hacia la unidad del hombre y todas las cosas vivientes, hacia la unidad de Dios y el mundo" (Judaïsme, 1982, p. 35). Para llegar a ese mundo perfecto, es así necesario moler, fragmentar y disolver todas las resistencias nacionales y las identidades étnicas o religiosas. La "unidad" sólo podrá conseguirse a partir del polvo humano y de los residuos de las grandes civilizaciones, y en esta empresa de destrucción de las civilizaciones tradicionales, la inmigración desempeña un papel esencial. La doctrina de los "derechos del hombre" es aquí un arma de guerra de una terrible eficacia.

     Esto es lo que dice al respecto el gran rabino Kaplan: "Para el advenimiento de una Era sin amenazas para el género humano deberíamos poder contar mucho con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre... El respeto por la Declaración Universal de los Derechos del Hombre es una obligación tan apremiante que es el deber de cada uno contribuír a todas las acciones que tienden a hacerla aplicar universal e integralmente". La Humanidad entera debe someterse a ella. Esto equivale a decir que los "derechos humanos" son el instrumento privilegiado para ver realizarse las promesas de Yahvé. De esta manera, no es casual que René Cassin, el inspirador de la Declaración de 1948, fuera también el secretario general de la Aliance Israélite Universelle. En 1945 el general De Gaulle lo designó a la cabeza del Consejo de Estado. Su cuerpo reposa en el Panteón, el templo de los grandes hombres de la república.

P: ¿Podemos decir que existe una homogeneidad de pensamiento entre los intelectuales judíos acerca del asunto de la inmigración?

—Hervé Ryssen: Los intelectuales judíos pueden ser liberales, marxistas, sionistas, religiosos o ateos. Pero todas esas divergencias no invalidan en absoluto el fundamento mesiánico de sus aspiraciones. Y en cuanto a la inmigración, precisamente, puedo confirmarle que existe entre ellos unanimidad. He aquí por ejemplo lo que Daniel Cohn-Bendit, el antiguo líder de Mayo del ’68 y secretario alcaldicio de Frankfurt, nos dice: "En Frankfurt am Main, la población residente está compuesta por extranjeros en más de un 25%, pero uno puede decir que Frankfurt no colapsará si el porcentaje de extranjeros alcanza un día un tercio de su población global" (Xénophobies, 1998, p. 14).

     Él está en esto perfectamente en sincronía con el socialista Jacques Attali, que escribe respecto a Alemania, confrontada con el envejecimiento de su población: "Haría falta en efecto que la parte de la población extranjera naturalizada llegue a un tercio de la población entera, y a la mitad de la de las ciudades" (Jacques Attali, Dictionnaire du XXIe Siècle, 1998). Habría también otra solución, que sería estimular el índice alemán de natalidad. Pero Jacques Attali no la considera, porque sólo una sociedad multirracial garantiza la realización de los proyectos planetarios. Para Francia, Attali propone la misma solución: "Será necesario que al mismo tiempo se dé los medios para un completo rejuvenecimiento, y acepte la entrada de un gran número de extranjeros" (L’Homme Nomade, 2003, p. 436).

     Un reciente informe del Banco Mundial (Noviembre de 2005) también anima a Rusia para que abra sus fronteras y emprenda una gran política de inmigración, lo cual sería "una de las principales condiciones de un crecimiento económico estable" y permitiría hacer frente al envejecimiento de la población. Notemos que a pesar de todo Paul Wolfowitz [judío], el presidente del Banco Mundial, jamás ha estimulado la inmigración árabe a Israel para apoyar a la inestable demografía de ese país.

     Declaraciones que van en este mismo sentido son encontradas sistemáticamente en la casi totalidad de los intelectuales judíos, sean ellos marxistas, como Jacques Derrida, socialistas como Guy Konopnicki, o liberales como Guy Sorman o Alain Minc. Unos y otros además presentan una desagradable tendencia a tratarnos como retrasados, y nos quieren hacer creer, por ejemplo, que la inmigración no ha aumentado durante veinte años o que la inseguridad no estaría en ningún caso relacionada con ese fenómeno. Cohn-Bendit nos asegura categóricamente que ¡"para detener el racismo, lo mejor sería aumentar en adelante el número de extranjeros"!. Sus comentarios sobre este asunto son alucinantemente descarados. Vea también a Guy Sorman, que nos explica tranquilamente que la Francia de antaño, con sus dialectos y hablas regionales, era en resumen "más multicultural que lo que es hoy" (En Attendant les Barbares, pp. 174-179). Éste es un ejemplo entre muchos de este descaro a toda prueba, del cual ellos están muy orgullosos, y que ellos llaman [en yíddish] "chutzpah".

     El objetivo es destruír el mundo Blanco, y, de manera más general, todas las sociedades arraigadas. Todos esos intelectuales nos aseguran que esta evolución es inevitable, y que, por consiguiente, es inútil oponerse a ella. Hay que recordar aquí que en el esquema marxista, anteriormente era la sociedad sin clases la que iba a ser "inevitable". Escuchemos al director de prensa Jean "Daniel" [Bensaïd]: "Nada detendrá el movimiento de poblaciones golpeadas por la pobreza hacia un Occidente viejo y rico... Es por esto que la sabiduría y la razón consisten en disponerse de aquí en adelante a recibir cada vez más inmigrantes, para los cuales es necesario preparar la acogida" (Le Nouvel Observateur, 13 de Octubre de 2005). Usted lo ha comprendido: se trata de prohibirnos la idea misma de defendernos. La homogeneidad del discurso cosmopolita es en este tema verdaderamente asombrosa.

P: A menudo escuchamos decir que los judíos fueron considerados por los nacionalsocialistas como una "raza inferior". Las investigaciones que usted ha hecho, me parece, tienden a demostrar que ellos más bien tienen la tendencia a considerarse a sí mismos como la "raza superior". ¿Qué hay de esto?

—Hervé Ryssen: Puedo asegurarle que existe un inmenso orgullo de pertenecer al "pueblo elegido". Y entre los intelectuales ese orgullo se combina con un desprecio no menos grande por las naciones sedentarias, consideradas como muy claramente inferiores. Las declaraciones acerca de este tema son innumerables. Esto es lo que escribió, por ejemplo, Bernard-Henri Levy en el primer número del diario Globe en 1985: "Por supuesto somos resueltamente cosmopolitas. Por supuesto, todo lo que es regional, las bourrées, las gaitas, en suma, lo típicamente francés o chauvinista, nos resulta ajeno, verdaderamente detestable". Las "patrias de cualquier clase y sus procesiones de cosas pasadas de moda" le repugnan en grado sumo: todo eso es solamente "una timorata y tensa retirada a las identidades más pobres". "Hablar dialectos regionales, bailar al ritmo de bourrées, marchar al sonido de gaitas... tanta espesa necedad asquea" (L’Idéologie Française, 1981, pp. 212-216).

     El filósofo Emmanuel Lévinas ha expresado él también su fe en las virtudes del desarraigo y el nomadismo. Para él, el mayor atraso, ciertamente, es el que representan las civilizaciones paganas de la Antigüedad: "El paganismo", escribe él, "es el espíritu local: el nacionalismo en lo que tiene de cruel y despiadado. Una Humanidad forestal, una humanidad pre-humana". Ciertamente, todo eso no es digno del genio de los beduinos del desierto: "Es sobre el árido suelo del desierto, donde nada está fijo, el lugar donde el verdadero espíritu descendió en un texto para realizarse de manera universal... La fe en la liberación del hombre no es sino una unidad con la desestabilización de las civilizaciones sedentarias, con el desmoronamiento de los pesados grosores del pasado... Es necesario ser subdesarrollado para reivindicarlos como razón de ser y luchar en su nombre por un lugar en el mundo moderno" (Emmanuel Lévinas, Difficile Liberté, 1963; ed. de 1995, p. 299).

     No les basta, en consecuencia, a esos intelectuales decirnos no importa qué, adormecernos con los "derechos humanos", amarrarnos las manos a la espalda con leyes represivas, e inyectarnos en las venas un cuerpo extraño. Es necesario además que nos viertan en nuestros oídos su desprecio por nuestras antiguas culturas. Pero ese desprecio no parece apaciguar completamente su espíritu de venganza. Todavía es necesario que nos insulten y nos escupan en la cara: "ignorantes, xenófobos, paranoicos, estúpidos, delirantes, etcétera". He ahí lo que nosotros somos.

     En La Vengeance des Nations (1990), Alain Minc, que nos explica los beneficios de la inmigración, nos asegura que es "la ignorancia la que alimenta la xenofobia" (p. 154), que es por lo tanto necesario "luchar contra el delirio xenófobo" y acabar con esta "paranoia francesa" (p. 208). Y para hacer aquello, Alain Minc propone favorecer sistemáticamente a los inmigrantes en relación a los franceses, según el modelo estadounidense. Como lo proclama en Estados Unidos el muy mediático Michael Moore en su libro aparecido en 2002 Stupid White Men, verdaderamente ya no vale la pena tratar con guantes a los estúpidos hombres Blancos, ya que ellos no comprenden nada de nada de lo que les está sucediendo.

     Y no voy a hacer aquí el recuento de las innumerables películas en las cuales los cineastas cosmopolitas parecen saciar su venganza contra la civilización cristiana y el hombre Blanco en general. Me parece evidente, considerando toda esa logorrea, que esa gente nos odia. Si ellos fueran fluorescentes, parpadeantes, o si llevaran una baliza giratoria sobre sus cabezas ¡veríamos un poco más claro!.

P: ¿Cómo explica usted ese manifiesto sentimiento de venganza, a pesar de que los textos religiosos (judíos) tienden la paz universal?. ¿De dónde proviene esa venganza de la cual usted habla?

—Hervé Ryssen: El espíritu de venganza se encuentra en muy numerosos textos. Se transparenta bajo la pluma de novelistas como Albert Cohen, en Frères Humains, o Patrick Modiano (La Place de l’Etoile). El gran gurú estadounidense de la corriente afro-céntrica, Martin Bernal, quien es un "blanco", también ha evocado ese sentimiento: "Mi objetivo es acabar con la arrogancia intelectual de los europeos". Ahora, si uno se sumerge en un pasado más lejano, puede darse cuenta de que esas actitudes han cruzado los siglos sin la menor dificultad.

     A principios del siglo XVI, por ejemplo, el rabino Shlomo Molkho, que fue considerado por numerosos judíos como una figura mesiánica, escribió sus muy reveladoras visiones proféticas en las cuales se encuentra la idea de una "venganza contra los pueblos" que va a cumplirse. Él también nos asegura que "los extranjeros serán quebrantados" y que "las naciones temblarán" (Moshe Idel, Messianisme et Mystique, 1994, pp. 65-66). Y Moshe Idel hace este comentario: "El poema de Molkho evoca claramente el advenimiento de una doble venganza: contra Edom y contra Ismael", es decir, contra la cristiandad y contra el Islam; y luego él añade posteriormente: "Dios revela no sólo cómo luchar contra el cristianismo... sino todavía cómo destruír la fuerza del cristianismo para que advenga la Redención" (p. 48). Es claro ¿no?.

     Uno puede encontrar este tipo de delirio profético en muchos otros personajes históricos judíos, como en aquel Isaac Abravanel, que era el jefe de la comunidad judía de España antes de la expulsión de 1492, el cual llegó a ser uno de los míticos héroes de los judíos de origen ibérico. Él también expresó muy explícitamente la venganza del pueblo de Israel contra la cristiandad y llamó entonces a que "todas las naciones vayan a la guerra contra el país de Edom" (la visión de Abdías, citada en Jean-Christophe Attias [judío], Isaac Abravanel: La Mémoire et l'Espérance, París, 1992, p. 256).

     Para aquellos que todavía se preguntan sobre los motivos de este odio secular, aquí hay una pequeña explicación: "Está cercano el día cuando el Eterno tomará venganza contra todas las naciones que destruyeron el Primer Templo y que subyugaron a Israel en el exilio. Y tú también, Edom, así como hiciste en el momento de la destrucción del Segundo Templo, conocerás la espada y la venganza (Abdías)... Cualquier liberación prometida a Israel está asociada con la caída de Edom" (Attias, p. 276).

     Este odio vengativo de veinte siglos también ha sido expresado por el filósofo Jacob Talmon, quien escribió en 1965: "Los judíos tienen cuentas sangrientas y muy antiguas que ajustar con el Occidente cristiano" (J. L. Talmon, Destin d’Israël, París 1965, p. 18). Pierre Paraf, el ex-presidente de la LICA (Ligue contre l'Antisémitisme), rememora, en la voz de un personaje de su novela publicada de nuevo en 2000: "Tantos de nuestros hermanos, marcados con la rouelle [*], gimen bajo el látigo de los cristianos. ¡Gloria a Dios! Jerusalén los reunirá un día; ¡ellos tendrán su venganza!" (Pierre Paraf, Quand Israël Aima, París, 1929; ed. 2000, p. 19). ¡Dos mil años de odio!. ¡Es necesario creer que esa gente tiene un resentimiento tenaz!.

[*] La Rouelle (rodela o rodaja), pieza de tejido redondo, a menudo de color amarillo, que los judíos debían llevar cosida a sus vestimentas, de manera que se viera, en diversos momentos de la Historia. NdelT.


P: Estamos efectivamente bastante lejos del estereotipo cinematográfico del "pobre pequeño judío perseguido". ¿Puede uno finalmente tomar en serio la idea comúnmente admitida, o "prejuicio", de que "los judíos quieren dominar el mundo"?

—Hervé Ryssen: Usted sabe, no tengo ninguna idea personal sobre ese asunto, y me contento con analizar lo que está escrito. Por consiguiente, no puedo afirmar que se trate de una disposición general del conjunto de los intelectuales judíos. Pero esa idea ha sido expresada por algunos de ellos. El libro acerca de Abravanel confirma esta interpretación, sobre la base de textos bíblicos: «En la época mesiánica», se dice allí, «Samuel pensó que todas las naciones estarían sometidas a Israel, conforme a lo que está escrito: "Su dominio se extenderá de mar a mar y desde el río hasta los confines de la tierra" (Zacarías 9:10)» (Attias, Isaac Abravanel, p. 181). "En el tiempo de la liberación que vendrá, un rey de la casa de David reinará" (Attias, p. 228). Aquélla será "la gran paz que reinará sobre la tierra en la época del Rey-Mesías" (Attias, p. 198). ¡Aquí tenemos la confirmación de que Israel milita en favor de la "paz"!.

     En Flammes Juives, una novela aparecida en 1936 y reeditada en 1999, Camille Marbo cuenta la historia de unos jóvenes judíos marroquíes que dejan su mellah [los barrios judíos en Marruecos] en los años '20 para instalarse en Francia. Allí se habla explícitamente de "conquista del mundo por Israel" (p. 10). Uno encuentra más adelante estos pasajes: «"Israel debe gobernar el mundo", dijo Daniel... "Se nos teme", repitió el anciano Benatar, "porque somos la raza de los Profetas"» (p. 18); «No es aún nuestra generación la que puede conquistar a la cristiandad. Ustedes mismos pondrán los fundamentos, y sus hijos quedarán listos para la tarea. Ellos se mezclarán con los cristianos. Israel conducirá al mundo tal como debe» (p. 126). Existen muchos otros textos todavía sobre el tema.


P: La voluntad de instaurar un gobierno mundial ¿no es entonces un delirio de "iluminados", como diría Taguieff?

—Hervé Ryssen: Es bastante claro que todo esto está siendo puesto en ejecución para hacernos renegar de nuestras raíces, nuestras tradiciones, nuestra historia, nuestras familias y nuestras patrias, a fin de hacernos aceptar mejor la sociedad "abierta" tan querida por los espíritus cosmopolitas, y la idea de un gobierno mundial. Alain Finkielkraut insiste en este punto: "El mal", escribe él, "viene al mundo por las patrias y por los nombres de las familias" (Alain Finkielkraut, L’Humanité Perdue, p. 154). El hombre post-moderno debe dejar de "perseguir los rastros del pasado en él mismo así como en otros". Su título de gloria "es ser cosmopolita, y hacer la guerra contra el espíritu patriotero" (Alain Finkielkraut, Le Mécontemporain, París, 1991, pp. 174-177). A partir de allí, uno puede admitir finalmente la idea de una "confederación planetaria", como la ha deseado el sociólogo Edgar "Morin" [Nahum] en todos sus libros, o mejor aún, trabajar para la instauración del gobierno mundial, como lo expresa Jacques Attali: "Después de haber establecido instituciones continentales europeas, aparecerá probablemente la necesidad urgente de un gobierno mundial" (Dictionnaire du XXIe Siècle). Todo aquello, evidentemente, no impedirá que el famoso cazador anti-fascista Pierre-André Taguieff se indigne con las elucubraciones anti-judías y que afirme que la idea de la dominación mundial es una aberración o una "superchería".

P: No se puede negar, sin embargo, que los judíos han conocido persecuciones atroces a través de los siglos. ¿Cómo explican ellos mismos sus desgracias?

—Hervé Ryssen: Ése es probablemente el capítulo más desconcertante de la cuestión. En este punto, también, las explicaciones son todas concordantes y se basan la mayoría de las veces en la teoría del "chivo expiatorio": en períodos difíciles, el gobierno o la gente se vuelven contra una víctima especialmente designada que es acusada de "todas" las faltas, "pasadas, presentes o futuras".

     Sin embargo, los principales interesados manifiestan a menudo también una incomprensión total del fenómeno. Así, para Clara Malraux [Goldschmidt] (la primera esposa del escritor André Malraux) el odio anti-judío "es menos difícil de soportar cuando uno sabe que es total y absolutamente injustificado y que, por ese hecho, el enemigo es transformado en el enemigo de la Humanidad" (Clara Malraux, Rahel, Ma Grande Sœur, París, 1980, p. 15). El enemigo de los judíos es el enemigo de toda la Humanidad. Esto es también lo que Elie Wiesel expresa cuando él escribe en el volumen 2 de sus Memorias: "Así es y no se puede hacer nada: el enemigo de los judíos es el enemigo de la Humanidad... Matando a los judíos, los asesinos se proponían matar a toda la entera Humanidad" (Elie Wiesel, Mémoires, vol. 2, París, 1996, pp. 72, 319). En efecto, matar a un judío que es, por así decir, inocente por naturaleza, es forzosamente atacar a toda persona inocente o a toda otra comunidad. Por lo tanto es correcto definirlo como el enemigo de la Humanidad. Pero hay también otra interpretación, más clásica, que está basada en la idea de que sólo los judíos son definidos como la Humanidad, derivando las otras naciones, según una supuesta fórmula del Talmud, de "la semilla del ganado".

     En su libro titulado Le Discours de la Haine (El Discurso del Odio), aparecido en 2004, el filósofo André Glucksmann [judío] sostiene que "el odio a los judíos es el enigma entre todos los enigmas... Los judíos no son de ninguna manera la fuente del anti-semitismo; es necesario considerar esta pasión en sí misma y por sí misma, como si los judíos a los que persigue, sin conocerlos, no existieran... Dos milenios en que el judío estorba. Dos milenios en que él es un problema viviente para su entorno. Dos milenios que no son simplemente por nada" (André Glucksmann, Le Discours de la Haine, París, 2004, pp. 73, 86, 88). Usted lo ha entendido: "el judío" es siempre inocente. Éstos sin embargo no son testimonios aislados, y esta actitud parece ser la de una mayoría de los intelectuales judíos. Emmanuel Lévinas también ha expresado esta opinión, tal como otro filósofo judío, Shmuel Trigano, para quien el fenómeno del anti-judaísmo "ha permanecido inexplicado a pesar de una biblioteca inmensa sobre el tema" (Shmuel Trigano, L’Idéal Démocratique... à l’Épreuve de la Shoah [El Ideal Democrático... Confrontado con el "Holocausto"], París, 1999, p. 17).

P: Se oye también a menudo decir que el anti-semitismo es una enfermedad mental.

—Hervé Ryssen: Puesto que ese fenómeno es inexplicado, y que los judíos son inocentes, lógicamente el problema no puede provenir más que de los goyim. Escuchemos este testimonio de Yeshayahu Leibowitz, filósofo de las religiones, encontrado en el libro titulado Portraits Juifs: "Se trata de un fenómeno que es históricamente incomprensible. El anti-semitismo para mí no es un problema de los judíos sino de los goyim" (Herlinde Loelbl, Portraits Juifs, Frankfurt, 1989; ed. francesa 2003). En el primer tomo de su Memorias, Elie Wiesel ha escrito también: "Yo no estaba lejos de decirme: es un problema de ellos, no nuestro" (Elie Wiesel, Mémoires, vol. I, París, 1994, pp. 30, 31).

    La explicación para el desequilibrio mental de los anti-semitas es muy frecuentemente encontrada bajo la pluma de intelectuales judíos. El libro de Raphaël Draï, Identité Juive, Identité Humaine, publicado en 1995, retoma esta idea: «El anti-semita atribuye al judío las intenciones que él mismo alimenta... La dimensión psicopatológica de tal construcción debe fijar la atención... Los judíos presentados, realmente son judíos proyectados; la imagen "judaizada" pertenece al delirio de los anti-semitas» (Raphaël Draï, Identité Juive, Identité Humaine, París, 1995, pp. 390-392).

     El escritor [judío] ruso Vassili Grossman ha expresado la misma idea: "El anti-semitismo", dice él, "es el espejo de los defectos de un hombre tomado individualmente, de sociedades civiles, de sistemas estatales. Dígame de qué usted acusa a los judíos, y le diré de qué usted usted mismo es culpable. El Nacionalsocialismo, cuando atribuyó a un pueblo judío que él mismo había inventado, rasgos como el racismo, la voluntad de dominar el mundo o la indiferencia cosmopolita por su patria alemana, dotó de hecho a los judíos con sus propias características" (Vassili Grossman, Vie et Destin, París, 1960, 1983, pp. 456-458). En suma, usted lo ha comprendido, el anti-judío rechaza en los judíos sus propias taras. En este nivel, esto efectivamente pertenece al ámbito de la psicoterapia. ¡Pero queda por averiguar si son realmente los goyim quienes más la necesitan!.–




2 comentarios:


  1. Los judíos son los que impulsan la tolerancia el globalismo y la diversidad cultural debido a su creencia de que los judíos están más seguros sólo en una sociedad abierta y complaciente que ofrezca una amplia gama de actitudes y comportamientos, así como la aceptación irrestricta de todos los grupos religiosos y étnicos. Es por ese motivo que los judíos respaldan los derechos de los aberrosexuales y cualquiera de las posturas liberales de las llamadas “cuestiones de diversidad cultural".

    Lo que hacen los judíos realmente es diluir cualquier expresión homogeneizante de las sociedades en las que se enquistan, ya que es en ellas donde ellos pueden medrar con más libertad e impunidad, por ello no debe sorprender que los lobbies judaicos apoyen cualquier movimiento por anormal que sea, no porque piensen que es bueno para el país, sino porque es bueno para los judios, ni hablar que ellos en su “tierra prometida” no lo aplican.

    Lo que hacen en la actualidad, no hay que olvidar, ya lo han hecho en el pasado,concretamente cuando convirtieron a la República del Weimar en la más degenerada expresión de depravación e inmoralidad que puede caer una sociedad cuando es orientada con habilidad por los ingenieros sociales.Todos los resortes sociales fundamentales en aquel momento posterior a la 1a guerra mundial habian sido cooptados por judíos quienes nunca fueron tan prósperos como en ese tristísimo período de la historia alemana.

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