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sábado, 17 de septiembre de 2016

Adolf Hitler - Discurso sobre el Arte Alemán (1937)



     El siguiente, a nuestro juicio, es un texto clave para la comprensión del fenómeno artístico del siglo XX, aparte de ser un testimonio único del pensamiento de Adolf Hitler en cuanto a cómo él, en tanto artista pintor, juzgaba la actividad pictórica y cultural alemana contemporánea. Se trata del discurso que con gran orgullo pronunció durante la inauguración de la Casa del Arte Alemán en Múnich el 18 de Julio de 1937, junto con su correspondiente exhibición, que fue publicado íntegro al día siguiente tanto en el Völkischer Beobachter de Múnich como en el Freiburger Zeitung. La traducción castellana que ofrecemos aquí tiene como base la publicación en alemán de este último periódico (pp. 1 y ss.). Además hemos revisado la traducción algo enrevesada que ofreciera CEDADE en España ("Adolf Hitler. Discursos Completos 1933-1938"), junto con compararla con diversas versiones fragmentarias que circulan en inglés. A dicho interesante discurso, lleno de intensos conceptos, criterios rotundos y líricas esperanzas, le hemos adjuntado, en base a informaciones de diversas fuentes, una breve introducción que describe el contexto en que fue pronunciado, y entre corchetes hemos agregado algunos datos clarificadores.

DISCURSO de HITLER al Inaugurar la
CASA del ARTE ALEMÁN en Múnich
18 de Julio de 1937



INTRODUCCIÓN

     Adolf Hitler era un genuino patrón de las artes, con un amor por la pintura y la arquitectura, pero un patrón sólo de aquellas artes que él aprobaba. Habiendo sido un pintor en su juventud, Hitler se consideraba a sí mismo el crítico supremo de lo que era o no era un arte apropiado. El moderno arte "degenerado" estaba definitivamente fuera. Para promover el arte "apropiado" Hitler hizo construír la Haus der Deutschen Kunst (Casa del Arte Alemán) en Múnich, para que fuera el escenario de especiales exhibiciones anuales.

      El 18 de Julio de 1937 Adolf Hitler inauguró la primera "Gran Exposición del Arte Alemán" en la "Haus der Deutschen Kunst" diseñada por Paul Ludwig Troost (1873-1934) en Múnich, y pronunció en esa ocasión un discurso de apertura, en el que se mostró crítico con el llamado "arte moderno", tratando especialmente con el cubismo, el dadaísmo, el futurismo y el impresionismo. Algunas partes de este discurso hoy son más relevantes que nunca, lo que puede ser una razón, además de su falta de idoneidad para una políticamente correcta "reconciliación con el pasado" (reeducación), para que su texto sea silenciado en todas partes.


       El 14 de Julio de 1937 tuvieron lugar conversaciones en preparación para el "Día del Arte Alemán" (Tag der Deutschen Kunst), que debía celebrarse en Múnich entre el 16 y el 18 de Julio. Numerosas actividades fueron programadas para aquel día, como una procesión por la ciudad representando "2.000 Años de Cultura Alemana". En presencia del Führer, una representación de Tristan und Isolde en el Teatro Nacional de Múnich abrió las festividades.


     La ceremonia de inauguración de la Haus der Deutschen Kunst, al extremo Sur del Jardín Inglés, el parque más grande de Múnich, ocurrió el 18 de Julio. Hitler había puesto la piedra angular allí durante una gran ceremonia el 15 de Octubre de 1933. El nuevo edificio debía servir como un reemplazo para el viejo "Palacio de Cristal", que había sido una galería de arte localizada en el viejo Jardín Botánico. Años atrás habían sido expuestas en ese edificio colecciones de arte, hasta que resultó completamente destruído por un incendio en 1931. La apertura de una exposición de arte complementó la inauguración del nuevo edificio. Otra exposición, la famosamente titulada Entartete Kunst (Arte Degenerado), estaría en exhibición al mismo tiempo, desde el día siguiente, 19 de Julio.

     En esa ocasión, Hitler pronunció un discurso sobre la cultura, un discurso programático acerca de la política cultural nacionalsocialista y de su concepción del "arte alemán", que fue marcadamente más interesante que sus conferencias anuales sobre el tema, que él entregaba en los Congresos del Partido. Hablando en un edificio, la construcción del cual él mismo había dirigido e influído arquitectónicamente, Hitler encontró inspiración para una sucinta expresión sin precedentes de sus ideas acerca del arte. Aquella tarde, Hitler presenció un enorme desfile en Múnich. Al día siguiente, él recorrió la exposición de arte una vez más.

     Cuando Hitler abrió oficialmente la "Gran Exposición del Arte Alemán", aquélla fue la primera de ocho exposiciones celebradas anualmente en Múnich en dicha Casa durante el período 1937-1944, en el que los nacionalsocialistas trataron de definir y mostrar lo mejor de la creación artística alemana. Las obras de arte expuestas fueron elegidas en un concurso público, abierto a todos los artistas alemanes. Los artistas Adolf Ziegler, presidente de la Cámara de Bellas Artes del Reich, el escultor Arno Breker y Karl Albiker, todos los cuales eran leales al régimen, formaron originalmente el jurado para la muestra de 1937, aunque Hitler y Goebbels estuvieron involucrados personalmente en las decisiones. Se presentaron 20.000 obras de todas las formas de arte. 900 trabajos fueron seleccionados, de los cuales finalmente fueron exhibidos 600. Posteriormente Hitler colocó a su fotógrafo Heinrich Hoffmann, junto con el director Karl Kolb, a cargo de elegir las obras de arte para esas exposiciones anuales.

     Entre las obras exhibidas se incluían desnudos, escenas cotidianas, objetos inanimados (bodegones), paisajes idealizados, escenas mitológicas, imágenes de trabajadores y héroes, y sobre todo retratos de gente aria "pura", lo cual fue declarado como la más alta expresión del arte alemán. Las exposiciones anuales presentaban también escenas militares, retratos del Führer y otros líderes nacionalsocialistas, sitios asociados con la juventud de Hitler y escenas que promovían tradiciones alemanas, particularmente arte "volkisch" con escenas agrícolas, incluyéndose, entre otras, obras de los escultores Josef Thorak, Arno Breker y Fritz Klimsch, y de reconocidos pintores NS como Leopold Schmutzler (1864-1940), Thomas Baumgartner (1892-1962), Adolf Wissel (1894-1973), Sepp Hilz (1906-1967) o Paul Junghanns (1876-1958), así como de Karl Truppe, Alce Eber, Wilhelm Hempfing, Ernst Liebermann y Adolf Ziegler. La participación en la exposición de arte era casi indispensable para la carrera de un artista en el Estado nacionalsocialista.
    
     Después del final de la Segunda Guerra Mundial, el edificio del museo fue primero usado por las fuerzas de ocupación estadounidenses como un comedor para oficiales; en aquel tiempo, el edificio llegó a ser conocido como el "P1", una abreviatura de la dirección de la calle en que estaba, en el Nº 1 de la Prinzregentenstrasse. Las autoridades militares estadounidenses confiscaron la mayor parte de ese arte al final de la Segunda Guerra Mundial, pero muchas obras fueron devueltas a Alemania en los años '80, donde permanecen almacenadas, no accesibles al público general. La colección de Arte de Guerra del Ejército estadounidense en Washington aún retiene varias de las obras confiscadas, principalmente aquellas que muestran retratos de Hitler y otros líderes y miembros nacionalsocialistas. Muy pocas obras de la antigua Haus der Deutschen Kunst están en manos privadas hoy.


     Comenzando en 1946, las salas del museo, ahora divididas en varias áreas de exposición más pequeñas, comenzaron a ser usadas como espacio para exhibición temporal de muestras comerciales y exhibiciones de arte itinerante. Algunas partes del museo también fueron usadas para presentar obras de las galerías de arte de Múnich que habían sido destruídas durante la guerra. En 2002 la Colección Nacional de Artes Modernas y Contemporáneas se trasladó desde allí a la Pinakothek der Moderne. Hoy, no alojando ninguna exposición de arte permanente propia, el museo todavía es usado como un edificio para exposiciones temporales e itinerantes. Desde 1983, el edificio del museo también alberga al club nocturno P1, un conocido sitio de reunión de la alta sociedad de Múnich.


* * * *


DISCURSO del FÜHRER en la Inauguración de la
PRIMERA GRAN EXPOSICIÓN del ARTE ALEMÁN
München, 18 de Julio de 1937



     Cuando hace cuatro años tuvo lugar la solemne colocación de la primera piedra de este edificio, todos estábamos conscientes de que no sólo se había puesto la piedra de una nueva Casa, sino que acababa de ser puesto el fundamento de un nuevo y auténtico arte alemán. Se hacía necesario producir un cambio en el desarrollo de toda la producción cultural alemana. A muchos les costó renunciar al nombre de Palacio de Cristal de Múnich [Münchener Glaspalast], así como dar un nuevo nombre a este nuevo edificio. Sin embargo, nosotros entonces consideramos adecuado proclamar la Casa que debía acoger en sus salas la continuación de aquella que era la más famosa exposición del arte alemán no como "Nuevo Palacio de Cristal" sino como la "Casa del Arte Alemán". Porque precisamente estaba la cuestión de examinar y responder si existía todavía en general un arte alemán.

Colocación de la primera piedra de la Casa del Arte Alemán, 15 Oct. 1933

     El hundimiento y la ruina general de Alemania, como sabemos, no se produjeron sólo en sus ámbitos económico y político, sino también, y quizá en una medida mucho mayor, en el cultural. Este proceso, además, no era posible explicarlo únicamente por el hecho de la derrota bélica. Tales catástrofes han devastado a menudo a pueblos y Estados, y precisamente ellas han representado frecuentemente el estímulo para su purificación y, por lo tanto, su elevación interior. Aquella avalancha de fango y de inmundicia que el año de 1918 había vomitado sobre la superficie de nuestra existencia no había nacido de la derrota de la guerra, sino que solamente había sido liberada por ella. Un organismo ya completamente corrompido sólo mediante la derrota sentía toda la extensión de su descomposición interna. Comenzó entonces, tras el colapso de las aparentemente todavía en orden previas formas sociales, estatales y culturales, a triunfar aquella bajeza que desde hacía mucho tiempo había existido en el fondo de todos los ámbitos de nuestra vida.

     Por cierto, la ruina económica fue naturalmente la más sentida, ya que solamente ella llegaba de manera insistente a la conciencia de la gran masa. Frente a ella, el colapso político fue simplemente negado por numerosos alemanes o, al menos, no fue reconocido, mientras que el colapso cultural no fue percibido ni comprendido por la inmensa mayoría de nuestro pueblo.

     Es digno de destacar que en ese tiempo de creciente decadencia y colapso general comenzaron a triunfar en la misma medida los slogans y las frases hechas. Pero aquí resultaba naturalmente más difícil combatir en el largo plazo el ampliamente perceptible colapso económico con la grandilocuencia de pálidas teorías. Por cierto, también por contraste se habló infinitamente mucho de los modernos logros de contenido socialista o comunista, de pareceres económicos liberales, de las eternas leyes de los hechos o de las condiciones de la economía nacional. Pero la pobreza generalizada, particularmente la provocada por el desempleo de millones de individuos, no logró ser erradicada, y a pesar de las consecuencias sufridas por los afligidos, no se dejó de hablar de todo ello. Por lo tanto, ocultar mediante slogans o frases vacías el desastre económico de la nación se hizo más difícil que disimular la crisis política.

     Aquí se dio la posibilidad, al menos en un cierto período tras el nacimiento de la República de Noviembre [1], mediante ciertos slogans democráticos y marxistas así como por medio de continuas alusiones a los diversos factores de la "solidaridad internacional", a la efectividad de los organismos internacionales, etc., de enturbiar la comprensión del pueblo alemán acerca del colapso y decadencia política sin precedentes, o por lo menos de dificultar su percepción de la dimensión de ese desastre. Pero con el tiempo, el slogan de "la fuerza de los hechos" sucumbió, por otra parte, sólo en virtud de la clarificación nacionalsocialista.

[1] El 9 de Noviembre de 1918, después de que Guillermo II fuera constreñido a abandonar el poder y el país, fue proclamada la República. El gobierno republicano, apoyado por el partido socialista y el Centro católico, fue presidido por Ebert, que después se convirtió en presidente de la república. Nota de CEDADE.

     Cada vez más personas reconocían que por medio de la democracia marxista-parlamentaria y la economía centrista, ellos estaban llegando a una continua y creciente fragmentación ideológica y política, a una progresiva anulación del sentimiento unitario del pueblo y, por ello, de la comunidad nacional, lo que llevaría, en consecuencia, a la parálisis de la vitalidad interna y externa de nuestro pueblo. Aquel incipiente debilitamiento del organismo nacional alemán provocó, sin embargo, aquella ilegalidad internacional que encontró su compensación política externa en el constante rechazo a reconocer a Alemania igualdad de derechos.

     Es sólo atribuíble a la creencia en la tendencia de los hombres a olvidar, el que hoy se intente a menudo, por parte de políticos o de diplomáticos extranjeros, dar la impresión de estar con mucho gusto dispuestos a conceder, o al menos a querer garantizar, a una Alemania democrática —es decir, regida de manera parlamentaria democrático-marxista— Dios sabe qué beneficios vitales en este mundo. Ahora bien, esa forma de gobierno democrático-parlamentaria, prevista en y posteriormente copiada del extranjero, no consiguió siquiera en lo más mínimo hace algunos años impedir que la Alemania de entonces fuese oprimida, extorsionada y saqueada hasta que quedó poca cosa que obtener de nuestro pueblo.

     No; a pesar de que nuestros enemigos internos y externos procuraron, por razones bastante evidentes, ocultar la debilidad alemana mediante la acostumbrada vaguedad de las frases convencionales internacionales, la dureza de los hechos ayudó a que el pueblo alemán se educara y abriera los ojos acerca del grado del colapso y la decadencia que había sufrido bajo los auspicios de sus democráticos ideólogos de la Sociedad de Naciones dirigidos por el mundo occidental.

     Más exitosa, y sobre todo más duradera, fue, por otro lado, la confusión de las concepciones, alcanzada mediante slogans y frases huecas, acerca de la naturaleza de la cultura en general, y de la vida cultural y de la descomposición cultural alemana en particular.

     Ante todo, es necesario decir que

1) el ámbito de aquellos que de manera informada se ocupaban de las cuestiones culturales no es, naturalmente, ni de cerca tan amplio como el de los que debían interesarse en las cuestiones económicas, y

2) en este campo, en un grado mayor que en otros, el judaísmo se había apoderado de aquellos instrumentos e instituciones que crean y por lo tanto al final terminan gobernando a la opinión pública. El judaísmo sabía cómo, particularmente por su abuso de su posición en la prensa, y con la ayuda de la denominada "crítica de arte", no sólo confundir progresivamente la percepción natural acerca de la esencia, los deberes y el propósito del arte, sino sobre todo destruír la sana sensibilidad general en dicha área.

     En lugar de la razón natural y el instinto humano normales aparecieron determinados slogans, los que, gracias a su constante repetición, gradualmente dejaron inseguros de sus convicciones o al menos intimidados a gran parte de aquellos que se ocupaban de cuestiones artísticas o que juzgaban las producciones artísticas, de forma que aquéllos no se atrevieron a combatir abierta y claramente el continuo flujo de sofismas.

     Comenzando por afirmaciones estéticas de tipo general, como, por ejemplo, que el arte es internacional, hasta el análisis de las creaciones artísticas en algunas de sus expresiones esencialmente intrascendentes, se desarrollaba la continua tentativa de confundir la sana razón y los instintos de la gente. Mientras por una parte se presentaba al arte sólo como un producto colectivo internacional, destruyendo con ello por lo tanto completamente toda comprensión de su conexión con el pueblo, por otra parte se lo vinculaba cada vez más a los tiempos; es decir, ahora ya no existía un arte de un pueblo, o, mejor, de una raza, sino en cada caso sólo un arte de una época.

     Según esa teoría, los griegos no le dieron forma al arte griego sino que fue una determinada época la que les permitió desarrollarse como expresión de ella. Lo mismo es válido naturalmente para el arte romano, el cual también sólo por casualidad coincidió con el ascenso del Imperio romano. De manera similar, las posteriores épocas artísticas de la Humanidad no habrían sido producidas por árabes, germanos, italianos, franceses, etc., sino que, del mismo modo, fueron fenómenos condicionados por las épocas. Según esto, tampoco hoy existe un arte alemán o francés, o japonés o chino sino que simplemente se produce un "arte moderno". En consecuencia, el arte como tal no sólo resulta completamente desconectado de las producciones de un pueblo, sino que se revela como la expresión de una determinada generación, el cual hoy es etiquetado con la palabra "moderno" y que por lo tanto mañana resultará, naturalmente, no moderno, y, como tal, "pasado de moda".

     Por tanto, mediante una teoría tal, el arte y la actividad artística resultan ciertamente al final idénticos al trabajo manual de nuestras modernas sastrerías y talleres de moda, y por lo tanto están de acuerdo con la máxima «Cada año una cosa diferente». Primero, el impresionismo; luego el futurismo, el cubismo, y quizá también el dadaísmo, etc. Es por lo tanto bastante claro que uno encontrará para las más demenciales y monstruosas creaciones miles de expresiones calificativas; y las ha encontrado. Si, por un lado, no fuese tan lamentable, podría ser casi divertido constatar con cuántos slogans y frases huecas durante los últimos años los auto-designados "dedicados al arte" han publicitado y explicado sus penosos productos.

     Triste fue comprobar, sin embargo, cómo precisamente mediante esos slogans y embustes no sólo surgió progresivamente una sensación de inseguridad general en la evaluación de las producciones o en las aspiraciones artísticas, sino cómo todo eso ayudó a crear y a extender esa cobardía y ese temor que hizo que hombres por otra parte inteligentes se abstuvieran de tomar posición contra ese bolchevismo cultural [Kulturbolschewismus], o que no rechazaran a los despreciables propagandistas de esas incultas estupideces.

     Ya he mencionado que la prensa se puso al servicio de la propaganda para ese envenenamiento de nuestra sana sensibilidad cultural y artística. El factor decisivo fue que ella consiguió corromper tan gradualmente el entendimiento de sus lectores, que éstos, en parte por inseguridad, pero en parte también por cobardía, simplemente ya no se atrevieron a oponerse a esa destrucción del arte y la cultura. Debido a eso sólo entonces los pragmáticos mercaderes judíos de arte consiguieron ofrecer, y sobre todo valorizar, de la noche a la mañana, maravillosos garabatos simplemente como la creación de un arte nuevo, y por consiguiente "moderno", mientras que, por el contrario, obras de gran valor repentinamente eran despreciadas sin ninguna consideración, y sus autores simplemente sacados del camino como anticuados.

     Es en este calificativo de "moderno" donde radica la justificación de la destrucción de todo aquello que no desea participar de esas aberraciones. Y así como lamentablemente la vestimenta no es valorada hoy de acuerdo a su belleza sino sólo según su novedad, y por consiguiente no de acuerdo a su verdadero valor de belleza, del mismo modo también los viejos maestros son simplemente marginados, desde que ya no es moderno el tolerarlos ni adquirirlos. Naturalmente, el artista verdaderamente grande se pondrá en contra de una concepción de ese tipo. Pero ¿cuántos artistas auténticos y grandes de todas las épocas han aparecido en el mundo en el pasado?. Los genios verdaderamente grandes que han llegado hasta nosotros desde el pasado fueron también en su época los únicos elegidos entre los innumerables que habían sido llamados. Y esos pocos, ciertamente, conscientes de su propio valer, siempre se habrían puesto en contra —como lo hacen también hoy— de los conceptos de "moderno" y "no moderno".

     Y es que el verdadero arte es y permanece siempre en sus creaciones como un arte eterno, es decir, no está sujeto a la ley de la valoración de las producciones de los talleres de sastrería, que se restringe a las estaciones. Su reconocimiento lo recibe en tanto revelación inmortal que se origina en la naturaleza íntima de un pueblo. Por otra parte, es naturalmente comprensible que, al compararse con esos gigantes, que son los verdaderos creadores y portadores de una cultura humana superior, los espíritus inferiores respiren totalmente aliviados cuando se ven liberados de la opresiva eternidad de esos titanes y se les concede a sus obras al menos la momentánea importancia que otorga el mundo contemporáneo.

     Al que simplemente no está destinado en sus creaciones a la eternidad, tampoco le nace querer hablar de la eternidad sino que desea, por el contrario, obscurecer en la mayor medida posible ante el mundo a esos gigantes que desde el pasado se proyectan en el futuro, a fin de ser él mismo descubierto —aunque sólo como una débil y pequeña llama— por la búsqueda de los contemporáneos.

     Esos insignificantes garabateadores del arte ciertamente son, en el mejor de los casos, tan sólo una experiencia momentánea. ¡Ayer inexistentes, hoy "modernos", pasado mañana ya olvidados!. Y fueron precisamente esos ínfimos productores de arte los que quedaron encantados con la invención judía de la dependencia del arte con respecto a la época, porque si bien no tenían ninguna perspectiva de sobrevivir como manifestaciones de la eternidad, por carecer de tal destino, tenían sin embargo la posibilidad de existir, gracias a aquello, al menos como fenómeno contemporáneo.

     Por eso fue de lo más natural que precisamente esa ralea de pequeños fabricantes de arte contemporáneo ayudara entonces ansiosamente a

1) eliminar la creencia en el vínculo del arte con el Pueblo y por tanto en la inmortalidad en el tiempo de una obra de arte, y

2) evitar a sus propias obras artísticas la comparación con las creaciones del pasado, para poder imponer su derecho a la existencia, al menos en el mundo contemporáneo.

     Luego la Revolución de Noviembre hizo lo que todavía faltaba para que, en el sentido de la planificada descomposición, esas insignificantes libélulas del arte fuesen admitidas en las academias y en las galerías, y se encargó de que por ese medio de ahí en adelante las nuevas promociones saliesen similares a aquéllas, es decir, también de un formato insignificante. Porque esos espíritus son más pequeños cuanto mayor es su aversión, no sólo contra las creaciones de los grandes del pasado, sino también contra toda grandeza del futuro. Por esto son precisamente esos enanos del arte, que exigen la mayor tolerancia cuando se critica sus propias producciones, los que ejercitan la mayor intolerancia al evaluar las creaciones de otros, y no sólo contra los artistas del pasado sino también contra los de la actualidad. Exactamente como ocurrió en la política, también hubo aquí una conspiración de los deficientes y los inferiores contra los mejores del pasado, y un temor contra los mejores del presente, o simplemente contra los presentidos mejores del futuro.

     Tan pocas habilidades positivas tienen ahora para mostrar esos maltratadores del arte como grande es su bien estudiado léxico lleno de slogans y frases huecas. Sí, de eso ellos tienen conocimiento. No existe una moderna obra de arte que carezca de una precisa interpretación impresa de su significado, por lo general incomprensible. Además, una y otra vez benefició a aquellos miserables fanfarrones del arte la cobardía de nuestra denominada burguesía acomodada, y, en no menor medida, la falta de seguridad de aquellos que, por haberse enriquecido rápidamente y sin esfuerzo, carecían en gran medida de educación para poder valorar de algún modo las obras de arte, los cuales, precisamente por ello, vivían en su mayoría en el temor de cometer equivocaciones en esa área y por lo tanto de quedar desenmascarados de improviso por su falta de cultura.

     No hubo por lo tanto para esa ralea de productores y distribuidores de arte absolutamente nada mejor que ayudarse mutuamente, y etiquetar desde el primer momento a todos los que descubrían el juego o que no querían tomar parte en él, como "incultos ignorantes". Contra los nuevos ricos, ése era el modo más seguro de anular aquel instinto quizá todavía dormido de querer defenderse, ya que desde un principio se enfatizaba, en primer lugar, que la obra de arte en cuestión era de difícil comprensión, y que, en segundo lugar, por lo tanto precisamente por eso su precio era extremadamente alto. Y nadie de los de esa clase de advenedizos expertos en arte quería, por razones comprensibles, que se descubriera que él no poseía ninguna comprensión del arte, ni tampoco el suficiente dinero para comprar una obra.

     Sí, casi se podría decir que entre ese tipo de compradores lo elevado del precio solicitado era considerado muy a menudo como la mejor prueba de la calidad del producto. Y si la exagerada alabanza de una estupidez tal era acompañada además por frases incomprensibles, tanto más fácilmente, por lo tanto, se pagaba el dinero pedido por ella, por cuanto todavía se podía tener la secreta esperanza de que aquello que uno mismo no comprendía, no podía, desde luego, ser comprendido por el ojo del vecino, de manera que al comprador, al final, en todo caso le quedaba al menos la satisfacción de poseer una ventaja bastante clara ante su competidor económico en cuanto a la comprensión del arte moderno. Después de todo, de uno no podía de ninguna manera sospecharse que no entendiera una cosa tal. Por el contrario: desde el momento en que una cosa es por sí misma incomprensible, qué notable personalidad demuestra ser él, ya que con esa actitud prueba que gracias a Dios ¡todavía forma parte de aquellos que son capaces de resolver mentalmente tan arduos problemas!. Sí, nuestros corruptores judíos comprendieron demasiado bien a sus inocentes víctimas [2] burguesas, ¡y los modernos intérpretes del arte que marchan junto a ellos igualmente comprendieron bastante rápido lo que estaba ocurriendo!.

[2] NdelT: El texto alemán dice "a sus Pappenheimer burgueses", haciendo alusión a la desgraciada familia Pappenheimer, acusada de brujería y ejecutada en 1600. Véase https://es.wikipedia.org/wiki/Familia_Pappenheimer

     Quisiera por lo tanto hacer hoy en este lugar la siguiente observación: Hasta la ascensión del Nacionalsocialismo al poder existía en Alemania un arte así llamado "moderno", es decir, como justamente lo dice la esencia de esa palabra, casi cada año algo diferente. Sin embargo, la Alemania nacionalsocialista desea nuevamente un "arte alemán", y este arte debe ser y será, como todos los otros valores creativos de un pueblo, un arte eterno. Si, sin embargo, aquél no tuviese tal valor de eternidad para nuestro pueblo, entonces ya hoy mismo carecería de un valor superior.

     Por lo tanto, cuando se puso la primera piedra de esta Casa se inició con ello la edificación de un templo, no para un así llamado "arte moderno", sino para un auténtico y eterno arte alemán, o mejor aún, una casa para el arte del pueblo alemán, y no para algún arte internacional de 1937, 1940, 1950 ó 1960. Porque el arte no está fundamentado en el tiempo sino únicamente en los pueblos, y por eso tampoco el artista debe erigir un monumento a una época sino más bien a su pueblo, porque el tiempo es algo que cambia, y los años llegan y pasan. Lo que existiera sólo en virtud de una determinada época debería ser tan pasajero como ella misma. Ese carácter efímero no sólo deterioraría lo que se ha producido antes de nosotros, sino también lo que hoy está surgiendo o lo que principalmente en el futuro recibirá su conformación.

      Nosotros los nacionalsocialistas, en cambio, conocemos sólo un tipo de fugacidad: el carácter efímero del pueblo mismo. Sus causas ya son conocidas por nosotros. Pero en tanto un pueblo existe, él permanece como un polo inconmovible en medio del flujo de las apariencias. Él es aquello que es duradero y que permanece. Y lo mismo ocurre con el arte: en cuanto expresión de esta naturaleza existente, constituye un monumento eterno, que existe por sí mismo y que es permanente. Y por eso no existe tampoco un parámetro de ayer o de hoy, de moderno o anticuado, sino que sólo hay una medida de lo "valioso", y, por lo tanto, de "eterno" o "transitorio". Y esta eternidad es inherente a la vida de los pueblos, en tanto ellos mismos permanecen eternos, es decir, mientras existen.

     Por lo tanto, cuando hablo de "arte alemán" —para el cual esta Casa fue construída— percibo el parámetro de su valor en el pueblo alemán, en su naturaleza y en su vida, en sus sentimientos, en sus impresiones, y veo su desarrollo a través del desarrollo del pueblo alemán. Y por lo tanto el parámetro del valor o no valor de nuestra vida cultural y, por consiguiente, de nuestra creación artística, está en el grado de existencia del pueblo.

     Por la historia del desarrollo de nuestro pueblo sabemos que éste se compone de un cierto número de razas más o menos diferentes que, en el curso de los milenios gracias a la influencia formadora de un determinado núcleo racial dominante, determinaron esta mezcla que hoy vemos ante nosotros como nuestro pueblo. Esta fuerza que en el pasado formó al pueblo, y que continúa haciéndolo, existe aún hoy en la misma Humanidad aria que nosotros reconocemos no sólo como portadora de nuestra propia cultura sino también de las antiguas culturas anteriores a nosotros. Este tipo de composición de nuestro carácter nacional condiciona la multiformidad de nuestro propio desarrollo cultural, así como el parentesco natural que resulta de ello con los pueblos y las culturas de los núcleos raciales similares de las otras familias de pueblos europeos. De todos modos, sin embargo, nosotros que vemos en el pueblo alemán emergiendo gradualmente el resultado final de este desarrollo histórico, deseamos un arte que tenga siempre cada vez más en cuenta el proceso de unificación de esta estructura de razas y que asuma por ello una orientación homogénea y conclusiva.

     A menudo se ha planteado la pregunta de lo que realmente significa en este momento "ser alemán". Entre todas las definiciones que se han dado en el curso de los siglos y por parte de muchas personas sobre este asunto, la que me parece probablemente la más respetable es aquella que no intenta en absoluto proporcionar ante todo alguna explicación sino que más bien establece lo que ha sido una norma. La regla más excelente que puedo imaginar para mi pueblo en este mundo como tarea de su vida ya fue expresada un día por un gran alemán: "¡Ser alemán significa ser claro!" [Deutsch sein, heißt klar sein]. Sin embargo, esto significaría que ser alemán es también ser lógico y, sobre todo, también ser llamado veraz; una norma grandiosa, que ciertamente obliga a cada individuo a tenerla como su deber y, por ello, a materializarla. A partir de esta norma, encontramos por lo tanto un criterio válido general para lo correcto, porque la naturaleza de nuestro arte corresponderá a la ley de vida de nuestro pueblo.

      El actual profundo anhelo interior de un auténtico arte alemán, que lleva en sí la influencia de esta norma de la claridad, siempre ha existido en nuestro pueblo. Dicho anhelo se ha manifestado en nuestros grandes pintores, en nuestros escultores, en los formadores de nuestra arquitectura, en nuestros pensadores y poetas, y, quizá sobre todo, en nuestros músicos.

     Cuando en aquel desafortunado 6 de Junio de 1931 el viejo Palacio de Cristal [Glaspalast] se acabó entre el fuego y las llamas, se quemó con él un inmortal tesoro de un muy genuino arte alemán. Ellos eran llamados "Románticos", y fueron además, sin embargo, los mejores representantes de esa búsqueda alemana de la naturaleza real y verdadera de nuestro pueblo, y de la sincera y decente expresión de esa ley vital presentida interiormente. Porque no sólo los temas representados fueron decisivos para su caracterización de la naturaleza alemana, sino igualmente la forma de representación clara y simple de esos sentimientos. Y, por lo tanto, no es casualidad que precisamente esos maestros fueran los más cercanos a la parte más alemana, y por tanto más natural, de nuestro pueblo.


     Esos maestros eran y son inmortales, aún hoy, pues aunque muchas de sus creaciones ya no existen en sus originales, en su mayoría existen hasta ahora preservadas en copias o en reproducciones. Sin embargo, tan apartados estaban el actuar y las obras de esos hombres de la patética mercantilización de muchos de nuestros modernos así llamados "artistas creativos", es decir, de sus anti-naturales garabatos y pintarrajos, que éstos sólo han podido ser cultivados, patrocinados y aprobados gracias a la actividad de personajes similares, de literatos carentes de escrúpulos, a los cuales, sin embargo, el pueblo alemán en su sano instinto ha permanecido de todos modos siempre completamente extraño, y los ha considerado como una abominación.

     Nuestros Románticos alemanes de antaño no tuvieron en absoluto la más leve intención de ser o querer ser antiguos o siquiera modernos. Ellos sentían y percibían como alemanes, y naturalmente daban por hecho, por consiguiente, que sus obras serían valoradas permanentemente mientras hubiera un pueblo alemán. Qué tragedia, por lo tanto, que precisamente sus obras resultasen quemadas, mientras que las producciones de nuestros modernos fabricantes de arte, que en todo caso han sido anunciadas como pertenecientes a la época, desafortunadamente se han conservado simplemente por demasiado tiempo entre nosotros. Sin embargo, nosotros queremos conservarlas ahora también como documentos de la más profunda decadencia de nuestro pueblo y su cultura. Además, para dicho propósito debería servir la exposición del periodo de la decadencia, que también en estos días inauguramos [Entartete Kunst, Arte Degenerado] y que recomendamos que la visiten los camaradas del pueblo alemán. Ella va a ser para muchos una saludable enseñanza.


     Durante los largos años de planificación y por lo tanto de construcción intelectual y organización del nuevo Reich, a menudo me ocupé de las tareas que el renacimiento de la Nación nos iba a imponer, particularmente en el área del proceso de limpieza de su vida cultural. Porque Alemania debía resurgir no sólo política o económicamente, sino realmente ante todo en lo cultural. Sí, yo estaba y estoy convencido de que esta última área tendrá en el porvenir una importancia mucho mayor todavía que las otras dos. Siempre he combatido y rechazado la actitud de nuestros pequeños cerebros de la República de Noviembre que descartaban cualquier gran plan cultural, cualquier gran plan de construcción, simplemente con su declaración de que a un pueblo arruinado política y económicamente no se le podía imponer en absoluto la carga de tales proyectos.

     Yo, por el contrario, justo después de nuestro colapso era de la convicción de que los pueblos que alguna vez tropiezan y se encuentran pisoteados por todo el mundo que los rodea, tienen con toda justicia como primer deber frente a sus opresores expresar y enfatizar aún más conscientemente su propio valer, pues no existe hoy más orgulloso documento del superior derecho a la existencia de un pueblo que sus inmortales logros culturales. Por eso siempre estuve determinado —si el destino nos daba un día la fuerza— a no discutir este asunto con nadie, sino además a tomar aquí decisiones, porque la comprensión de tareas tan grandes no es dada a todos.

     En cualquier caso, es inútil discutir con espíritus pequeños y materialistas sobre asuntos que éstos simplemente no comprenden, porque se extienden mucho más allá de sus horizontes. Pero todavía más equivocado, sin embargo, hubiera sido dejarse realmente confundir por aquellos que como enemigos fundamentales de un renacimiento nacional comprendían muy exactamente la importancia de la elevación cultural y que por lo tanto realmente intentaban por todos los medios obstaculizarla e impedirla.

     Entre los numerosos y diversos proyectos que se me ocurrieron durante la guerra y la posterior época del colapso, estuvo también el de construír en Múnich —la ciudad con la mayor tradición, con mucho, en exposiciones artísticas—, en vista del estado completamente indigno del viejo edificio, un nuevo y gran palacio para exhibiciones del arte alemán. Y también pensé hace muchos años en el lugar que ahora se ha elegido. Pero cuando imprevistamente el viejo Palacio de Cristal encontró su fin de manera tan terrible, a todo el dolor por la irreemplazable pérdida de los más altos valores culturales alemanes, amenazaba además el peligro de que entonces, por medio de los representantes de la peor descomposición artística existente en Alemania, se anticipara una tarea que hace muchos años yo ya había contemplado precisamente como una de las más necesarias del nuevo Reich. Puesto que en 1931 la asunción del poder por parte del Nacionalsocialismo era una perspectiva que estaba todavía a una distancia muy incierta, el que este Tercer Reich edificara el nuevo Palacio de Exposiciones era apenas una posibilidad.

     De hecho, durante algún tiempo pareció también que los "hombres de Noviembre" habían decidido proporcionar en un futuro para la exposición del arte alemán en Múnich un edificio que, además de que poco tenía que ver con el arte alemán, habría correspondido en cambio a las circunstancias y condiciones bolcheviques de aquella época. Quizá algunos de ustedes tienen conocimiento de los proyectos para aquel edificio, previsto entonces en el viejo Jardín Botánico, ahora tan maravillosamente diseñado. Se trataba de un objeto muy difícil de definir: un edificio que habría podido ser igualmente una industria textil sajona, o quizá el mercado cubierto de una ciudad de tamaño mediano, o posiblemente también una estación ferroviaria, o incluso una piscina techada.

     No necesito garantizarles cómo yo sufría entonces con el pensamiento de que a una primera desgracia la hubiera sucedido ahora una segunda, ni sobre cómo, en consecuencia, precisamente en este caso particular, quedé verdaderamente contento, dichoso, por la pusilánime falta de determinación por parte de mis adversarios políticos de entonces. Radicaba allí a pesar de todo quizá la única esperanza de poder recuperar al final todavía para el Tercer Reich la nueva construcción de un palacio para las exposiciones de arte en Múnich como su primera gran tarea.

     Todos ustedes comprenderán ahora si un pesar realmente doloroso me llena en estos días, por el hecho de que la Providencia no ha permitido presenciar este día junto al hombre que, como uno de los más grandes arquitectos alemanes, inmediatamente después de nuestra asunción al poder, diseñó para mí los planos de esta obra. Cuando me presenté ante el profesor [Paul] Ludwig Troost, quien trabajaba ya en los edificios del Partido, con la petición de construír un edificio para exposiciones de arte en este sitio, ese hombre excepcional ya había realizado una serie de bocetos grandiosamente concebidos para un edificio de este tipo —conforme a los concursos de entonces— situado en el área del viejo Jardín Botánico. ¡Y esos planos también mostraban su mano maestra!.


    Sin embargo, él ni siquiera envió al jurado de entonces dichos planos como proyecto para el concurso, por la única razón —como él con amargura me contó— de que estaba convencido de que habría sido totalmente inútil presentar tales trabajos ante una comisión para la cual todo arte noble y decente era considerado como detestable, y cuyo único propósito y objetivo final era la bolchevización, es decir, la desintegración caótica, de toda nuestra vida alemana y, por ende, de nuestra vida cultural. De esta manera, el público nunca tuvo ningún conocimiento en absoluto de esos proyectos. Sólo después ha sido conocido el nuevo diseño que está ahora materializado ante ustedes.

     Y este nuevo concepto arquitectónico —todos ustedes estarán de acuerdo conmigo hoy— es un nacimiento realmente espléndido y artístico. Este edificio es tan único y original que no puede ser comparado con ninguna otra cosa. No existe ningún edificio respecto del cual se pueda afirmar que aquél es el modelo y que éste es la copia. Como todas las creaciones arquitectónicas verdaderamente grandes, esta Casa es única y memorable, y no sólo quedará impresa en la memoria de cada uno por su originalidad, sino que en sí misma es un hito; sí, yo podría incluso decir que es un verdadero monumento para esta ciudad y, por sobre y más allá de eso, para el arte alemán.



     Al mismo tiempo, esta obra magistral es tan magnífica en su belleza como funcional en su diseño y características, sin que en ninguna parte ningún requerimiento técnico se enseñoree de la obra en su conjunto. Es un templo del Arte y no una fábrica, ni una central de calefacción vecinal, ni una estación ferroviaria ni una planta de distribución eléctrica.

     Este gran y extraordinario diseño artístico no sólo cumple con los requerimientos y armoniza con el lugar mismo, sino que además los nobles materiales empleados y su ejecución exacta y concienzuda cumplen con aquello también.


     Y precisamente la cuidadosa ejecución distingue a la gran escuela de aquel desaparecido maestro [m. el 21 de Enero de 1934], el cual quería que este edificio no fuese un mercado para bienes artísticos sino más bien un templo del arte. Y en el mismo sentido suyo, su sucesor, el profesor [Leonhard] Gall, se ha mantenido fiel a este legado y ha continuado genialmente su construcción, asesorado y acompañado por una mujer que con justo orgullo lleva no sólo el apellido sino también el título de su esposo [la viuda de Ludwig Troost, la también arquitecta Gerdy Troost]. Y como tercer arquitecto posteriormente se unió [Ernst] Haiger a este grupo. Lo que ellos han proyectado, la diligencia y el arte de los trabajadores y artesanos alemanes lo han llevado a cabo ahora.

Adolf Hitler y la viuda de Ludwig Troost, Gerdy Troost

     De manera que aquí se ha construído una casa lo suficientemente digna para ofrecer a las producciones artísticas más elevadas una oportunidad de mostrarse ante el pueblo alemán. Y así la edificación de esta Casa debería, por lo tanto, representar un punto decisivo que pone fin a la caótica chapucería arquitectónica anterior a nosotros, una primera nueva construcción que está llamada a ser digna de los logros inmortales de nuestra vida en cuanto a la historia del arte alemán.

     Ustedes comprenderán ahora, sin embargo, que no puede ser suficiente donar al arte creativo alemán este edificio, una construcción que es tan refinada, definida y genuina que podemos con toda justicia llamarla una "Casa del Arte Alemán" [Haus der Deutschen Kunst], sino que es necesario que de ahora en adelante las exhibiciones mismas cambien de dirección con respecto a la decadencia artística experimentada, escultórica y pictórica.

     Si me atrevo ahora a expresar una opinión para manifestar mis puntos de vista y actuar en concordancia con esa percepción, ante todo hago uso del derecho a hacer aquello no sólo por causa de mi actitud hacia el arte alemán en general sino sobre todo por causa de la contribución que yo mismo he hecho a la restauración del arte alemán. Porque ha sido este actual Estado, que conquisté y organicé junto con mis camaradas de lucha a través de una larga y dificultosa batalla contra un mundo de adversarios, el que ha proporcionado las grandes condiciones sobre las cuales el arte alemán puede florecer renovado y fuerte.

     No han sido los coleccionistas de arte bolcheviques o sus satélites literarios quienes han creado las bases para la existencia de un nuevo arte, o siquiera asegurado la supervivencia del arte en Alemania, sino nosotros, que hemos dado vida a este Estado y que desde entonces hemos puesto a disposición del arte alemán los poderosos medios que necesita para asegurar su existencia y su creación, y sobre todo nosotros, por lo tanto, porque nosotros mismos hemos asignado al arte nuevas e importantes tareas. Debido a eso, si en toda mi vida yo no hubiese logrado nada más que haber materializado este edificio que está aquí, ya con esto habría hecho por el arte alemán más que todos los ridículos escritorzuelos de nuestros antiguos periódicos judíos o que los pequeños pintarrajeadores de arte quienes, previendo su propio carácter efímero, como única recomendación sólo tenían para alabar la novedad de sus propias creaciones.



     Sin embargo, estoy seguro de que, incluso prescindiendo totalmente de esta nueva obra, el nuevo Reich alemán originará un extraordinario florecimiento del arte alemán, porque nunca hasta ahora a éste le habían sido asignadas tareas tan enormes, como es el caso hoy en este Reich y como será en el futuro. Y nunca antes la asignación de los medios requeridos para ello ha sido más generosa que en la Alemania nacionalsocialista.

      Por cierto, cuando hablo ante ustedes aquí hoy, estoy hablando también como representante de este Reich, y así como creo en la eternidad de este Reich, que no es otra cosa que el organismo viviente de nuestro pueblo, del mismo modo sólo soy capaz además de creer, y por esto de trabajar, en y para un arte alemán eterno. Por consiguiente, el arte de este nuevo Reich no deberá ser valorado según los estándares de "antiguo" o "moderno", sino que deberá, como arte alemán, asegurar su propia inmortalidad ante nuestra historia. Porque el arte, después de todo, no es una moda.

     Así como la esencia y la sangre de nuestro pueblo poco cambian, del mismo modo el arte debe abandonar su carácter efímero, para convertirse en cambio en una expresión gráfica digna, en su continua y creciente creación, del desarrollo vital de nuestro pueblo. El cubismo, el dadaísmo, el futurismo, el impresionismo, etc., nada tienen que ver con nuestro pueblo alemán, porque todos esos términos no son ni antiguos ni modernos: ellos son simplemente el afectado balbuceo de gente a la cual Dios ha negado la gracia de un talento verdaderamente artístico, y a quienes en cambio les ha otorgado la capacidad de hablar estupideces y de engañar. Por lo tanto, quisiera declarar solemnemente en este momento que es mi irrevocable determinación de ahora en adelante limpiar, tal como lo he hecho en el campo de la confusión política, de toda hueca palabrería la vida artística alemana.

     Las "obras de arte" que no pueden ser comprendidas por sí mismas sino que requieren, a fin de justificar su propia existencia, un aparatoso conjunto de instrucciones con el objetivo de encontrar finalmente a alguien tan acobardado que pacientemente acepte un absurdo tan estúpido o impúdico, ¡ya no se abrirán camino, de ahora en adelante, entre el pueblo alemán!.

     Todos esos slogans tales como "experiencia interior", "una intensa convicción", "poderosa intención", "prometedora sensación", "actitud heroica", "empatía significativa", "experiencia de la sucesión del tiempo", "primitivismo original", etcétera, todas esas estúpidas y artificiosas excusas, frases hechas y charlatanerías ya no servirán más como justificación ni en absoluto como recomendación para productos que no tienen ningún valor o que simplemente no tienen ningún talento. Si alguien posee una poderosa intención o una fuerte experiencia interior, debería demostrarlo mediante sus obras y no mediante una burda palabrería. En cualquier caso, a nosotros nos interesa mucho menos la supuesta intención que la capacidad. Por lo tanto, el artista que pretenda venir a exponer en esta Casa o de surgir en Alemania en el futuro, debe tener capacidad. Después de todo, ¡la intención sin duda se sobreentiende desde un comienzo!.

     Y sería el colmo realmente si un hombre fastidiara a sus conciudadanos con obras con las cuales en el fondo él ni siquiera pretendiese algo. Cuando esos charlatanes, sin embargo, intentan ahora hacer atractivas sus obras presentándolas simplemente como la expresión de una nueva época, lo único que podríamos decirles es que no es el arte el que crea una nueva época, sino que más bien es la vida general de los pueblos la que toma nuevas formas y busca por lo tanto a menudo una nueva expresión. Aparte de esto, todos aquellos que en las últimas décadas han estado hablando acerca de un nuevo arte en Alemania, no han comprendido, en todo caso, los nuevos tiempos alemanes. Porque no son los literatos los formadores de una nueva época sino más bien los luchadores, es decir, los verdaderamente constructivos, los que guían al pueblo y que por ello son los fenómenos que hacen la Historia. Además, sin duda aquellos penosos y confundidos pinceladores y escritorzuelos difícilmente pueden ser contados entre este grupo.


     Por otra parte, es o bien una descarada desvergüenza o una estupidez difícilmente comprensible pensar presentar, sobre todo en nuestros tiempos actuales, obras que tal vez podrían haber sido hechas hace diez mil o veinte mil años por un hombre de la Edad de Piedra. Ellos hablan acerca de un primitivismo del arte, pero con eso olvidan por completo que no es tarea del arte alejarse de la evolución de un pueblo en sentido retrógrado, sino que su única tarea sólo puede ser simbolizar aquella evolución viva.


       La nueva época actual trabaja sobre un nuevo tipo de hombre. Enormes esfuerzos se están llevando a cabo en innumerables ámbitos de la vida para elevar a nuestro pueblo, para formar a nuestros varones, niños y jóvenes, y a nuestras muchachas y mujeres, más sanos y, por consiguiente, más fuertes y más hermosos. ¡Y de esa fuerza y esa belleza fluye una nueva sensación de vida, una nueva alegría de vivir!. Nunca la Humanidad se encontró tan cerca de la Antigüedad clásica en su apariencia y en su estructura mental como hoy.

     Los juegos deportivos, de competición y de lucha, fortalecen a millones de cuerpos jóvenes, y los vemos ahora creciendo en una forma y condición que quizá durante miles de años no había sido admirada, y difícilmente hubiera sido prevista. Está surgiendo aquí un tipo humano luminosamente hermoso, que después de un arduo trabajo rinde homenaje a la espléndida máxima antigua: "¡Amarga semana, pero alegre fiesta!" [3].

[3] "Saure Wochen, frohe Feste!", verso de Goethe, en Der Schatzgräber, El Buscador de Tesoros, 1797. NdelT.

     Este tipo humano, al cual por primera vez vimos manifestarse el año pasado [1936] ante el mundo entero durante los Juegos Olímpicos en su radiante y orgullosa fuerza física y salud, ese tipo humano, señores prehistóricos tartamudos del arte, representa el tipo de la nueva época. Pero ustedes ¿qué producen? ¡Deformes lisiados y cretinos, mujeres que únicamente inspiran repugnancia, hombres más semejantes a los animales que a los humanos, y niños que, si estuviesen vivos, tendrían que ser vistos legítimamente como una maldición de Dios!. Y esos atroces diletantes tienen la osadía de presentar todo esto ante el mundo contemporáneo como arte de nuestra época, es decir, como expresión de lo que forma la época actual y que le imprime su sello.

     Que no se diga simplemente que así es cómo precisamente esos artistas ven. He observado entre las pinturas enviadas aquí algunas obras de las que en verdad es necesario suponer que el ojo de determinados individuos muestra las cosas de un modo distinto a como son realmente, es decir, habría que suponer que efectivamente existen individuos que ven las figuras actuales de nuestro pueblo sólo como degenerados cretinos y que perciben —o, como ellos dicen, "experimentan"— los campos esencialmente como azules, el cielo verde, las nubes de color amarillo azufre, etc.

     No quiero involucrarme en una controversia acerca de si aquéllos ven o perciben ahora verdaderamente de ese modo o no, pero puedo impedir, en nombre del pueblo alemán, que desgraciados tan miserables, los cuales evidentemente sufren de trastornos en su visión, intenten persuadir a la fuerza al mundo de que los resultados de sus defectuosas contemplaciones son en efecto realidades, o que quieran presentarlas de algún modo como "arte".

     No; aquí hay sólo dos posibilidades: Quizá esos supuestos "artistas" realmente ven las cosas de esa manera y creen por lo tanto en aquello que representan, en cuyo caso sería necesario investigar si sus defectos oculares se han producido por fallas mecánicas o por transmisión hereditaria. En el primer caso, lo lamentamos mucho por esos desgraciados; la segunda posibilidad es significativa para el Ministerio del Interior del Reich, el cual por lo tanto debería preocuparse de la cuestión de al menos impedir una ulterior transmisión hereditaria de tan terribles defectos visuales. O bien, por otra parte, ellos no creen en la realidad de esas impresiones, sino que por otras razones procuran perturbar a la Nación con semejantes farsas, y por lo tanto tal acción cae dentro del ámbito de la justicia penal.


      Esta Casa, de todos modos, no ha sido ideada ni construída para las obras de una clase tal de incompetentes o abusadores del arte. Sobre todo, además, aquí no se ha trabajado durante cuatro años y medio ni se ha requerido el máximo esfuerzo de miles de trabajadores, para exponer luego producciones de individuos que, por otra parte, son tan perezosos como para pintarrajear una tela en cinco horas, con la segura esperanza de ellos de que el desvergonzado elogio de sus obras no dejaría de producir la necesaria impresión de que dichas telas eran las fulgurantes creaciones de semejantes genios, creando así las condiciones para su inclusión. No; a la escrupulosidad del constructor de esta Casa y a la diligencia de sus trabajadores debe corresponder también el esfuerzo de aquellos que quieran ser exhibidos en esta Casa. ¡No estoy interesado además en lo más mínimo en si esos pseudo-artistas cacarean alrededor de los huevos que han puesto, y por lo tanto si entre ellos los examinan o no!.

     ¡Porque el artista no crea sólo para el artista, sino que crea, como todos los demás, para el pueblo!. Y por esto de ahora en adelante nos encargaremos de que sea precisamente el pueblo el llamado a ser nuevamente el juez de su propio arte. Y no se puede decir simplemente que el pueblo no posee ninguna comprensión de un verdadero y valioso enriquecimiento de su propia vida cultural. Años atrás, antes de que los críticos hicieran justicia al genio de Richard Wagner, él ya tenía al pueblo de su parte. Sin embargo, el pueblo, por el contrario, no ha tenido en estos últimos años nada que ver en absoluto con el así llamado "arte moderno" que fue puesto delante suyo. No ha tenido ninguna relación con él.

     La gran masa estuvo completamente desinteresada en nuestras exhibiciones de arte, o bien se mantuvo completamente a distancia. Gracias a su sano sentir, el pueblo vio todos esos pintarrajos como lo que en efecto son: el producto de una impúdica y descarada arrogancia o de una falta de capacidad simplemente espantosa. Millones de personas de nuestro pueblo han sentido instintivamente y con plena seguridad que los balbuceos artísticos de estas últimas décadas —similares a las toscas creaciones de niños sin talento de entre ocho y diez años— no podían bajo ninguna circunstancia ser considerados realmente como expresión de nuestra época actual o incluso del porvenir alemán.

     Puesto que hoy sabemos que la evolución de millones de años se repite a sí misma comprimida en unas pocas décadas en cada humano individual, vemos por lo tanto con esto simplemente la demostración de que una producción artística que no supera el nivel de desempeño de niños de ocho años no es "moderna", y mucho menos "futurística", sino por el contrario extremadamente arcaica, probablemente mucho más antigua todavía que el período en el cual los hombres de la Edad de Piedra grababan imágenes de su entorno sobre las paredes de las cavernas. Esos chapuceros por lo tanto no son modernos sino decrépitos, penosos retardados para los cuales ya no hay lugar en este tiempo moderno de hoy.

     Sé, por lo tanto, que cuando el pueblo alemán visite ahora estas salas, me reconocerá también aquí como su portavoz y su consejero, ya que constatará que por primera vez en muchas décadas su apreciación aquí ha experimentado no el fraude artístico sino la honrada creación artística. Así como ya ha dado hoy su aprobación a nuestros edificios, del mismo modo también expresará, además de un interno suspiro de alivio, su gozosa adhesión a esta purificación del arte.


      Y esto es crucial, ya que un arte que no puede contar con la aprobación más alegre y profunda de las grandes masas sanas del pueblo, sino que se apoya sólo en pequeñas camarillas —en parte por interés, en parte por tedio—, resulta insoportable. Un arte tal sólo intenta confundir el sano e instintivo sentimiento de un pueblo, en vez de fortalecerlo de buena gana, y por lo tanto sólo provoca disgusto y frustración, y por esto esos miserables sujetos quisieran referirse al hecho de que tampoco los grandes maestros del pasado habían sido comprendidos en su tiempo. No, muy por el contrario: fueron más que nada los criticastros —por lo tanto, nuevamente los literatos— los que, como opresores y atormentadores de aquellos genios, los alejaron de su pueblo.

     De todos modos tenemos la convicción de que el pueblo alemán estará nuevamente como antes frente a sus futuros verdaderos grandes artistas alemanes con una simpatía plena y alegre. Él, sin embargo, volverá sobre todo a apreciar de nuevo el trabajo digno y la honesta perseverancia y el esfuerzo para ir al encuentro de lo profundo del corazón de nuestro pueblo alemán y su espíritu, y servirlo. Y ésa debe ser también una tarea de nuestros artistas, quienes no deben mantenerse alejados de nuestro pueblo si no quieren que en un breve tiempo su camino los conduzca al aislamiento.


      De esta manera, esta exhibición hoy es un comienzo, pero, según estoy convencido, un comienzo necesario y prometedor, que también en esta área provocará el beneficioso cambio como el que ya hemos conseguido en tantas otras áreas. Porque en esto nadie debe engañarse: el Nacionalsocialismo se ha propuesto a sí mismo como tarea liberar al Reich alemán, y con ello a nuestro pueblo y a su vida, de todas aquellas influencias que son perniciosas para nuestra existencia, y aunque esta obra de limpieza, sin embargo, no puede ser realizada en un solo día, a ninguna manifestación que participe de tal corrupción debiese ocultársele el hecho de que tarde o temprano llegará para ella la hora de su eliminación.

     Mediante la apertura de esta exhibición ha comenzado el fin de la demencia en el arte [Kunstvernarrung], y por lo tanto el fin de la destrucción cultural de nuestro pueblo. A partir de ahora emprenderemos una implacable lucha de limpieza contra los últimos elementos de la descomposición de nuestra cultura. Si existe alguno entre ellos que sin embargo todavía cree estar destinado a lo superior, ha dispuesto de un período de cuatro años para demostrarlo. Pero estos cuatro años también nos han bastado a nosotros para llegar a un juicio definitivo. Ahora, sin embargo —quiero asegurarles a ustedes aquí—, todas aquellas camarillas de charlatanes, diletantes y estafadores del arte que se apoyaban recíprocamente y que vivían de eso, han sido desalojadas y eliminadas. Esos anticuados prehistóricos de la cultura de la Edad de Piedra y tartamudos del arte, si fuera por nosotros, que regresen a las cavernas de sus antepasados y realicen allí sus primitivos garabateos internacionales. La Casa del Arte Alemán de Múnich ha sido edificada por el pueblo alemán sólo para el arte alemán.

     Para mi gran alegría hoy puedo constatar cómo, además de muchos decentes artistas ya marchitos y ancianos, que hasta ahora habían sido aterrorizados y dejados de lado pero que han permanecido en su esencia constantemente alemanes, nuevos maestros han aparecido entre nuestros jóvenes. Un paseo por esta exposición les permitirá a ustedes reencontrar mucho que nuevamente reconocerán como bello y que sobre todo saludarán como decente, y que percibirán como bueno. Excepcionalmente, el nivel de las obras gráficas enviadas fue desde el comienzo en promedio extraordinariamente elevado, y por ello quedamos satisfechos.

     Muchos de nuestros jóvenes artistas, sin embargo, a partir de lo que es deseable, sabrán encontrar de ahora en adelante el camino que tendrán que seguir, discernirlo, y lograrán quizá obtener de la grandiosidad de la época en la cual todos nosotros vivimos una nueva inspiración, pero sobre todo mantener la determinación para un trabajo riguroso y, por tanto, además talentoso al final.

     Y cuando, en primer lugar, también en esta área la sagrada acuciosidad recobre otra vez sus derechos, entonces no me cabe duda de que el Todopoderoso suscitará nuevamente, entre la masa de esos decentes creadores de arte, algunas singulares personalidades, y las elevará al eterno estrellado firmamento de los inmortales geniales artistas de las grandes épocas. ¡Porque nosotros no creemos que con los grandes hombres de los siglos pasados se haya acabado el tiempo de los individuos dotados de poder creador, y que en vez de ello en el futuro surgirá una época de viscosas masas colectivas!. ¡No!. Creemos que precisamente hoy, como lo prueban las más grandes creaciones individuales en tantas áreas, también en el campo del arte los valores superiores de la personalidad se manifestarán nuevamente victoriosos.


      Por lo tanto, no puedo expresar en este momento ningún otro deseo sino que le sea concedido a esta nueva Casa que sus salas en los siglos futuros nuevamente puedan exhibir ante el pueblo alemán muchas obras de grandes artistas, para contribuír de esa manera no sólo a la gloria de esta ciudad genuinamente artística, sino también al honor y al rango de la toda la Nación alemana.

     Con esto, ¡declaro abierta al público la Gran Exposición del Arte Alemán de Múnich de 1937!.–




Fuente:
—http://www.kunstzitate.de/bildendekunst/manifeste/nationalsozialismus/hitler_haus_der_kunst_37.htm
—http://de.metapedia.org/wiki/Quelle/Rede_vom_18._Juli_1937_%28Adolf_Hitler%29


2 comentarios:

  1. Magnífico discurso del Führer.
    Lamentablemente se sigue condicionando a la sociedad para que acepte como arte cualquier cosa que se nos imponga.
    Notable intención la de suprimir el "arte basura", ya que aunque muchos no lo noten, también pervierte mentes. Un ejemplo en la actualidad es la "pseudo música" con la que pervierten sin escrúpulos a millones de jóvenes en el mundo.

    Nuevamente muy agradecido por la excelente traducción que han hecho y que nos brindan sin más intención que ilustrar un poco más nuestras mentes.

    Heil!

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  2. La "lista" de Roosevelt y la broma de Hitler.

    https://www.youtube.com/watch?v=QKuj9JFTdE4

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